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>Mao todavía da miedo

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Por JOSÉ REINOSO (El Pais.com, 04/04/2010)

“Un día pasaba junto a uno de esos pozos en los que se recogen los excrementos de las pocilgas cuando vi que un cerdo se había caído dentro. Pensé en alejarme, debido al fuerte olor que desprendía, pero entonces me acordé del pensamiento del presidente Mao, salté al interior, salvé al cerdo y lo lavé con agua. Cuando llegué a casa, mi madre me preguntó dónde me había metido porque traía un olor insoportable. Le conté lo que había ocurrido, y me dijo: ‘Tú eres una chica, no deberías haber hecho eso’. Pero yo le contesté: ‘Lo importante no es que te hayas ensuciado la ropa con excrementos, sino que los excrementos no manchen el pensamiento de Mao”.

Corría el año 1970, China se encontraba en plena vorágine de la Revolución Cultural, el movimiento desatado cuatro años antes por el líder chino para reavivar el espíritu revolucionario y defenestrar a sus rivales políticos, y allí estaba Wu Chenyin -una joven estudiante que había sido enviada, como millones de chinos, a ser reeducada entre los campesinos- aplicando el Libro Rojo de Mao.

La chica pasaba largas horas leyendo el misal con las citas de Mao Zedong, que todo ciudadano debía poseer y llevar consigo en todo momento, y lo aplicaba para todo en su vida, como hizo aquel día para salvar al afortunado gorrino.

Wu lo cuenta en un relato escrito a mano con tinta azul, en aquellos tiempos de caos y denuncia, que ha permanecido en el silencio y la oscuridad de las estanterías hasta hace poco. Pekín desclasificó el año pasado, de forma discreta, una parte de los archivos de los años de la Revolución Cultural. El documento con las experiencias de la joven estudiante, de una veintena de páginas, salpicado de manchas de humedad, correcciones en rojo y borrones para eliminar algunos caracteres, forma parte de esos archivos hasta ahora secretos.

Los registros desclasificados de la Revolución Cultural ocupan sólo 16 volúmenes del total de 21.568 que los Archivos Municipales de Pekín han hecho públicos en cuatro ocasiones -1996, 1997, 2001 y 2009-, y que cubren la etapa que va desde principios del siglo XX hasta 1978.

El Gobierno se muestra siempre cauto sobre todo lo que rodea los excesos del maoísmo y la figura del líder chino, cuyo retrato preside la plaza de Tiananmen, en Pekín. De ahí el limitado número de registros desclasificados del periodo de la Revolución Cultural y la inocuidad de los temas que tratan. Poco o nada hay sobre las persecuciones a los intelectuales, las denuncias entre miembros de la misma familia, los desplazamientos forzados de millones de personas, las torturas, los suicidios, la quema de libros, la destrucción de templos y obras de arte, el caos económico o la violencia política, que causaron entre varios cientos de miles y tres millones de muertos, según las fuentes.

Los documentos desclasificados se pueden consultar en los Archivos Municipales de Pekín, que están alojados en un edificio blanco de tejados curvos en el sur de la capital. En la recepción, una funcionaria registra el nombre del visitante, su número de carné de identidad y el motivo de la visita antes de dejarle acceder a una sala con medio centenar de mesas con lámparas y algunos ordenadores, presidida por una maqueta del Estadio Olímpico Nacional y un cuadro de la Gran Muralla.

Los documentos de la Revolución Cultural, en tacos de folios atados con cordones, incluyen textos escritos a mano y transcripciones mecanografiadas, y están plagados de frases revolucionarias y referencias al dirigente chino, como “Con el Gran Timonel navegaremos el océano” o “Con el pensamiento de Mao haremos la revolución”.

La mayor parte de los archivos hace referencia a normativas gubernamentales, cifras económicas o estadísticas de producción y comercio de la época. Pero los relatos y datos que recogen, divertidos unos, rutinarios la mayoría, arrojan un poco más de luz sobre un periodo de la historia china por el cual pasan de puntillas los libros de texto oficiales.

Son especialmente interesantes aquellos capítulos que abordan el adoctrinamiento de los intelectuales enviados al campo, la politización de la economía, la letra de las canciones revolucionarias o sobre los guardias rojos (grupos de estudiantes y universitarios organizados en unidades paramilitares para combatir a los revisionistas y a quienes no eran lo suficientemente revolucionarios).

“China debe aprender de la Unión Soviética en el desarrollo de las estadísticas. Si no, debemos tomar la realidad como punto de partida y ser creativos. El pensamiento revolucionario es el asunto más importante para las estadísticas nacionales”, cuenta en un discurso recogido en uno de los archivos el “camarada Mu Qiao”. Otro boletín, fechado en 1972, detalla sobre papel muy fino el número de guardias rojos y pequeños guardias rojos reclutados en Pekín: 223.380 y 557.305, respectivamente. Y otro recoge los salarios en 1968 de los trabajadores de la editorial que publicaba el Libro Rojo de Mao.

Varios estudiantes enviados a las zonas rurales, como Wu Chenyin, narran también cómo superan las dificultades diarias gracias a la inspiración del Gran Timonel, mientras intercalan sus discursos con eslóganes como “Es totalmente necesario que los jóvenes instruidos vayan al campo para ser reeducados por los pobres y los campesinos”, “Los tiempos han cambiado, el hombre y la mujer son iguales” o “No olvides nunca la lucha de clases”. La Revolución Cultural finalizó con la muerte de Mao en 1976.

abril 4, 2010 - Posted by | China

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