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>Afganistán, un pozo sin fondo

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Por RICARDO MARTÍNEZ DE RITUERTO (El Pais.com, 04/04/2010)

Adolescentes afganas con elegantes uniformes escolares salen de los colegios y pasan bajo carteles que anuncian otros centros de enseñanza bilingües en Kabul mientras unas banderolas anuncian exámenes de inglés en las calles de la capital afgana, abarrotadas de coches que se mueven sin semáforos sobre un piso digno de Carlos Sainz. A escasas decenas de kilómetros en dirección noreste, feraces campos verdes irrigados y tachonados de cerezos en flor alegran los ojos a vista de helicóptero en la provincia de Kapisa. Dos escenas de una sociedad pobre y martirizada por 30 años de guerra que quiere volver a vivir y que se hacen añicos de inmediato. La imagen ideal de las escolares se desvanece ante la realidad del 86% de analfabetismo en Afganistán. El abigarrado Kabul atestado de gente es un oasis en este país, como es un espejismo el oasis del valle del Tagab en Kapisa.

En lo alto del pueblo de Tagab, una base avanzada francesa vive sitiada por talibanes y asimilados. Ejecutar allí una simple operación de policía supone movilizar unos 700 soldados en tareas de protección y seguridad. “Seamos realistas. Estamos en la Edad Media”, cuenta un jefe militar francés a los periodistas que visitan el lugar por iniciativa de la OTAN.

Afganistán acaba de estrenar el año 1389 de su calendario, posiblemente equiparable al siglo XIV de nuestra era en hábitos, tradiciones, valores, creencias y relaciones de poder. La comunidad internacional lleva allí enfangada desde 2001, intentando aprender, comprender y buscando soluciones. La cruda estructura medieval afgana se agudiza por la corrupción, el narcotráfico y los intereses geoestratégicos en conflicto de los vecinos, con Pakistán a la cabeza. “Yo ya estuve aquí en 2004, y de la corrupción no se hablaba nada porque nuestro conocimiento era cero”, comenta el general canadiense Eric Tremblay, portavoz de la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad (ISAF, dirigida por la OTAN). También es un veterano de Afganistán el teniente coronel estadounidense Michael Loos, destinado ahora en el Centro de Instrucción Militar de Kabul (KMTC), el campamento en las afueras de la capital donde se va a formar a toda la oficialidad y la mitad de los soldados con que se quiere reforzar el Ejército afgano conforme a la nueva estrategia del general Stanley McChrystal, dirigida a crear un Afganistán estable, capaz de valerse por sí mismo y en paz con sus vecinos.

Las anteriores misiones de Loos eran de combate y, según él, fueron “mucho menos importantes que la de ahora, formar un ejército cuanto antes”. El empeño asumido el pasado enero por la comunidad internacional en Londres es que el Ejército Nacional Afgano (ANA) pase de sus actuales 100.000 efectivos a 171.600 para octubre del año que viene. “Me sorprendió lo duros que eran. Su espíritu es de auténticos guerreros”, evoca Loos de sus anteriores estancias y sus encuentros con los improvisados hombres de armas.

También son unos 100.000 los policías afganos. La previsión es que lleguen hasta 134.000 en octubre de 2011 conforme a otro programa paralelo de formación que busca dotar a Kabul con unas fuerzas de seguridad (soldados y policías) de 305.600 hombres, número estimado como necesario para ocupar el terreno y comenzar a preparar la transición hacia la plena asunción de la seguridad nacional por los afganos. Medida que será respondida con la progresiva evacuación de las fuerzas de ISAF y de Estados Unidos, que este verano rondarán los 140.000 soldados.

La formación de las fuerzas de seguridad afganas se ve trabada por el analfabetismo, los abandonos y la necesidad de buscar un equilibrio étnico que refleje la compleja demografía nacional de pastunes (44%), tayikos (31%), hazaras (11%), uzbekos (9%) y otros grupos menores. Los responsables militares y policiales confían en el éxito final, ahora ensombrecido por la escasa participación en el proyecto (3%-5%) de los pastunes del sur. Su inclusión es políticamente crucial porque esos pastunes sureños constituyen el núcleo de la resistencia talibán.

“En cada familia pastún hay un talibán”, comentó recientemente Richard Holbrooke, el emisario de Barack Obama para Afganistán y Pakistán, palabras que provocaron una tormenta política en Kabul porque también es pastún Hamid Karzai, el presidente. “Lo que dijo Holbrooke es cierto”, apunta un observador local pastún que reclama el anonimato. Este analista certifica que los pastunes analfabetos y religiosos son el semillero de los talibanes, rechazados por los pastunes con educación, como él. Aquellos son la mayoría, y estos, los que se relacionan con los occidentales.

El hecho es que la resistencia a Karzai ha venido ampliándose en los últimos años, con incidentes y ataques por todo el país, en parte como reflejo de la frustración de los afganos con la corrupción e incapacidad del Gobierno central para gobernar (dando así la razón a quienes quieren derribarlo a la afgana, a tiros) y porque la irrupción de las fuerzas extranjeras en zonas antes controladas por los talibanes ha acabado con una situación que les permitía explotar inmensas bases territoriales.

La actual ofensiva militar en la provincia de Helmand irá pronto seguida de otra en la vecina de Kandahar, con la capital homónima y cuna de los talibanes como gran objetivo. Complicada operación por el tamaño de la ciudad y porque en esa región caciquea sin límites Wali, el hermano del presidente. Frente a lo que ocurría antes, cuando a la eliminación de los talibanes por los soldados seguía el repliegue militar y el abandono del terreno y, como corolario natural, su inmediata recuperación por los integristas, el plan del general McChrystal reclama que el territorio ganado sea consolidado. De ahí la necesidad de incrementar las fuerzas de seguridad afganas con las que ocupar permanentemente el espacio, proyecto de formación de soldados y policías para el que siguen faltando los prometidos instructores de la OTAN y de la UE.

Sólo para la formación castrense, la Alianza Atlántica se ha comprometido a enviar 2.325 formadores. La realidad es que sobre el terreno sólo hay 424, lo que deja un déficit de 1.901. Los distintos Gobiernos aliados han dicho que desplazarán a otros 815 instructores, pero aun así faltan 1.086 hombres. El grueso del esfuerzo de formación militar recae en Estados Unidos, que de los 1.000 millones de dólares mensuales que supone la misión de formación de las nuevas tropas desembolsa 890 millones. Sin ironías, pero dejando las cosas en su sitio, el general William Cadwell, máximo responsable del programa de instrucción, hace notar que la dotación financiera que la UE dedica durante todo un año al plan le permite a él cubrir dos semanas de operaciones.

Todos los años son el decisivo para que la comunidad internacional empiece a ver la salida del túnel afgano, y este 2010 no podía ser menos. Así se ha venido diciendo desde el derrocamiento del Gobierno talibán en 2001, y en cada ocasión lo ha sido en vano. Serge Labbé, representante civil adjunto de la OTAN en Afganistán, cree que este lo es “porque el presidente Barack Obama va a enviar 30.000 soldados adicionales”, razona el canadiense. “Creo que hemos tocado fondo en Afganistán”.

“Hasta finales del año pasado, la situación de inseguridad seguía deteriorándose, pero ya se ha estabilizado. Ahora estamos tratando de mejorar”, asegura el general reconvertido en civil tras una carrera militar no exenta de sobresaltos (discutida actuación en Somalia, de la que fue exonerado) y con años de trabajo en el país asiático asesorando al Gobierno en la reconstrucción y el desarrollo.

Labbé confiesa que “hasta hace poco tiempo no hemos sido conscientes de la tarea que teníamos en Afganistán y sólo con la Operación Mushtarak [lanzada hace casi dos meses en la provincia sureña de Helmand] se ha empezado a aplicar la estrategia adecuada. Es la única solución”. Según él, hasta finales de año no se verá si hay tendencia hacia la satisfacción de las expectativas de la comunidad internacional en el país centroasiático.

Labbé no especula sobre qué pasaría en caso de un nuevo fracaso. Prefiere limitarse a advertir que “el tiempo juega contra nosotros”. El objetivo último es transferir a los afganos el control de la seguridad de su propio país en cinco años, conforme reclamó Hamid Karzai en su toma de posesión, el pasado mes de noviembre. “¿El que se transfiera la seguridad supone que se habrán resuelto todos los problemas de gobernanza y desarrollo de Afganistán?”, se pregunta Labbé. Y se responde: “No. La comunidad internacional va a seguir aquí por mucho tiempo a través de Naciones Unidas”. ¿Y se cumplirá el deseo de Karzai de concluir su segundo mandato presidencial con toda la seguridad del país en sus manos? “Probablemente no”.

La política y la economía son las otras dos patas del sistema sobre las que se quiere levantar al nuevo Afganistán. La política tiene su primera gran cita en la jirgha de la paz convocada para dentro de un mes en Kabul, una asamblea de notables que suscita el escepticismo en los analistas locales versados en los matices de la intrincada sociedad afgana. “Será una pérdida de tiempo”, vaticina uno. Aunque en los últimos días los enemigos de Karzai han emitido señales alentadoras para Kabul y para una comunidad internacional deseosa de escapar del laberinto afgano. Esa asamblea de notables debe sancionar en Kabul el diálogo con la insurgencia y los subsiguientes planes de reconciliación y reintegración del Gobierno, a los que la comunidad internacional deberá dar su aval político y financiero en otra conferencia a celebrar en junio en la capital afgana -primera de la larga serie de conferencias internacionales sobre Afganistán, iniciada con la de Bonn en 2001-. Y la política tiene otra vertiente mucho más complicada, la de encuadrar a Pakistán en el juego de la estabilización. Pakistán, creador de los talibanes y con seculares ambiciones de influencia sobre su débil vecino, es la bicha de los afganos. “India y Pakistán libran su guerra en nuestro territorio”, resume Najiba Ayubi, alta responsable de un grupo multimedia nacional, muy recelosa de su influyente vecino. “Pakistán creó a los talibanes para algo, y no los abandonará si no es por algo”.

“Conseguir seguridad no depende sólo del Ejército y de las fuerzas de seguridad, sino que consiste en lograr el apoyo de la población”, apunta Mohamed Tariq Ismati, director ejecutivo del Ministerio de Rehabilitación Rural y Desarrollo, mascarón de proa del esfuerzo internacional para salvar Afganistán. Ismati aboga por un “desarrollo que respete los valores y necesidades de la fábrica social afgana y que, por ello, acerque la gente al Gobierno”.

Son cruciales para salir bien del desafío afgano la gobernanza y la lucha contra la corrupción, el cáncer afgano por antonomasia, un fenómeno omnipresente del que todos hablan: “Aquí todos los policías eran corruptos”, dice Kai Vittrup, el danés que dirige la misión de la UE para la formación de la nueva policía. “Que el Gobierno haga nombramientos razonablemente no corruptos…”, recomienda Serge Labbé. Y Herman Nicolai, directivo en la ISAF, advierte: “Un juez no puede vivir con un sueldo de 69 dólares. De ahí la corrupción”.

Y también será vital para la estabilización el reordenamiento de la contribución económica internacional. “La financiación internacional de proyectos debe canalizarse a través del Gobierno y del Programa de Solidaridad Internacional, para que los afganos vean que el Gobierno de Kabul hace cosas por ellos”, dice Mark Ward, consejero de desarrollo en la misión de Naciones Unidas en Afganistán. En este país, la comunidad internacional ha invertido mucho, mal, sin coordinación, buscando el beneficio propio y el golpe de efecto propagandístico en vez de hacerlo pensando en los afganos. “Hay que aprovechar el tremendo capital disponible para contratar con las compañías locales, que sean ellas las que ofrezcan bienes y servicios a los planes internacionales, que se haga funcionar la economía y se cree empleo y desarrollo”, insiste Ward.

Si así se consigue eliminar el oxígeno que da vida a los talibanes, las escolares de Kabul con sus delicados velos sobre la cabeza tendrán un futuro. Y campos verdes como los de Tagab se convertirán en alternativa al desbocado cultivo de la amapola, de la que se extrae el 90% de la heroína que corre por el mundo. A un diplomático escéptico, con largos años de aplicado observador de los vaivenes políticos nacionales e internacionales en Afganistán, le suena a cuento de la lechera.

abril 4, 2010 - Posted by | Afganistán

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