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Por Félix de Azúa, escritor (EL PERIÓDICO, 19/04/09):

A una edad temprana, cuando la arcilla todavía húmeda solo se sostiene si gira velozmente, conocí a un personaje notable. Era el heredero del pintor Rusiñol y, aunque quizá entonces no contara ni 50 años, me parecía un anciano al borde de la muerte. Coincidíamos en verano, época en la que mis abuelos me llevaban consigo a un balneario del Pirineo. Rusiñol júnior, larguirucho, filiforme, de presencia gótica, era allí celebrado por hablar con los gansos del estanque. Más tarde me diría que tenía por más inteligente la conversación de los gansos que la de los veraneantes. Conmigo hacía una excepción. Al parecer, mis abuelos habían comentado con aquel caballero que la familia andaba inquieta porque yo no hacía más que leer, cuando mis compañeros destacaban ya en el fútbol y los ejercicios espirituales. Creo que llegaron a preguntar, a él que era hombre de lecturas, si se tenía algún remedio.

LO QUE LE hacía más gracia es que yo leyera en francés (los motivos no vienen al caso), pero de aquella amistad entre niño y anciano me vino el tener a disposición su biblioteca, una de las pocas de Barcelona saturadas de libros prohibidos. En domingos alternos me acercaba hasta la Diagonal y, tras una breve conversación durante la cual era tratado como una persona mayor, Rusiñol tanteaba los rimeros y al fin daba con un libro que me cedía, siempre con la misma advertencia: “Sobre todo, que no lo vean tus padres”. Así pude leer, sin apenas enterarme, a Sartre, a Camus, a Aragon y tantos otros con los que volvería a coincidir al cabo de los años como si fueran amigos del colegio. Ninguno, sin embargo, le avivaba tanto como Malraux.

No puedo asegurar que entendiera gran cosa de La condición humana, aunque la fascinación es algo ínsito en los niños y cuando se une al juego imaginativo da unos resultados explosivos. Debí de leerlo como si fuera una película de Fu Man Chu. La fe de Rusiñol en las futuras generaciones, sin embargo, llegaba tan lejos que, cuando le devolví la gran novela indochina, algo hubo en mi comentario que iluminó su fino rostro. Tomó un volumen, lo puso solemnemente en mis manos y dijo: “Este da lo mismo que lo vean”. Era El museo imaginario, de Malraux, en la edición de 1947.

No recuerdo haber entendido gran cosa, pero de inmediato advertí que en aquellas páginas se encerraba una sabiduría que había seducido a gente tan imponente como el señor Rusiñol, y si algo define a los niños es el deseo de apropiarse de todo cuanto de valor ven en sus mayores. Lo leí con ahínco, tropecé, despellejéme, me fui de bruces sangrando por ojos y oídos, quizá no logré terminarlo. No siendo un volumen fácil de disimular, me contrarió que mis padres no se alarmaran, sino que incluso vieran mi dedicación con indulgencia. De modo que no cejé porque adivinaba la ironía con la que tratarían de reducirme: “¡Ah!, pero ¿ya lo has dejado?”. No lo dejé. Sin duda porque era un volumen muy bien ilustrado (la soberbia selección fotográfica la había dirigido Malraux en persona) y es admirable lo que se puede desatar en la fantasía de un crío cuando ve unas fieras devorándose según el arte de las estepas asiáticas del siglo primero. En mi cuarto, junto a las inevitables fotos de Brigitte Bardot, figuraba un descendimiento de Van der Weyden en igualdad de condiciones, aunque con diverso ensoñamiento.

Pasaron los decenios y acabé como profesional de la teoría del arte. Para entonces ya conocía el descrédito que había caído sobre Malraux a partir de la colaboración con De Gaulle y su desprecio por el Mayo del 68. Para los expertos, además, los trabajos sobre arte eran un capricho de aficionado y aquel ensayo que me hizo sudar tinta había sido machacado por profesores ingleses (Gombrich) y franceses (Duthuit) hasta no dejar ni ruinas. El método, tachado de “impresionista” a pesar de que Merleau-Ponty lo había alabado, carecía de valor científico. El viejo Malraux, patético morfinómano que apenas podía controlar los ataques nerviosos que le contraían el rostro de un modo grotesco, era pasto de burlas y crueldades por la izquierda de salón apoltronada en el poder, excepto Bernard-Henri Lévy, lo que le honra.

ESTA SEMANA Santa hizo frío y llovió con impertinencia en Madrid. Procesiones muy populares, la del Cristo de Medinaceli en particular, hubieron de suspenderse. La gente lloraba desconsolada. Habrá quien se burle de estas masas devotas que poco tienen que ver con la religión católica y mucho con el arte primitivo. A mí no me provocan ningún sentimiento de superioridad, sino más bien lo contrario: la certeza de haber perdido la inocencia del dolor, esa capacidad para mudar el sufrimiento inútil, la pasión absurda, en fuente de sentido que alivie nuestra desesperada mortalidad.

Tenía conmigo Las voces del silencio, al que no había regresado en el último siglo y del que forma parte aquel “museo imaginario” del señor Rusiñol. Sobre los rostros contritos de los creyentes oía la potente voz de Malraux contándome con esa intensidad cegadora que solo da el resplandor de la verdad, cómo transformamos a los dioses una y otra vez, infatigablemente, porque el dolor, el sufrimiento, la insensatez y la desesperación son nuestros peores enemigos. Y contra ellos solo cabe alzar la dignidad de la poesía.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

abril 19, 2009 - Posted by | literatura

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