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>Guerra de abordajes en el Índico

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Por JUAN JESÚS AZNÁREZ / AGENCIAS – Madrid / Mogadiscio – 19/04/2009

El mecánico del carguero estadounidense simuló haberse rendido y llevó al pirata a la sala de máquinas, donde estaba escondido el resto de la tripulación. “Dime dónde están o te mato”, le había amenazado el somalí, un chaval de 16 años armado con un fusil de asalto, integrante de la partida que, el pasado día 8, asaltó el Maersk Alabama en aguas del océano Índico. Inopinadamente, otro marinero, emboscado entre las turbinas, saltó sobre el africano. El mecánico, Zahid Reza, de 41 años, aprovechó la confusión para empuñar un picahielos y desgarrar la mano del pirata, rápidamente inmovilizado. Alguien le pisó el cuello.

Capturado el capitán Richard Philips, de 53 años, los 19 tripulantes decidieron reconquistar el primer navío norteamericano secuestrado en una ruta navegada por 20.000 mercantes al año. Antes de levar anclas cargado con 17.000 toneladas de ayuda humanitaria, la tripulación del Alabama fue advertida de la peligrosidad de la travesía en el golfo de Adén y las costas de Somalia.

El secuestro del capitán Philips, seguido al minuto por medios de todo el mundo, ha sido el más divulgado de la interminable sucesión de ataques piratas que sufre la zona y cuyos últimos episodios se vivieron ayer. Un buque belga, el Pompei, con 10 tripulantes fue capturado sólo unas horas después de que una fragata holandesa en misión de la OTAN liberara a 20 pescadores yemeníes secuestrados hace una semana.

En 2008, los piratas ejecutaron más de 120 asaltos y lograron decenas de millones de euros en rescates, según los cálculos disponibles. La situación ha empeorado: desde enero, el número de ataques llegó a 70, según la Oficina Internacional Marítima. Cinco piratas y un rehén francés murieron durante el rescate militar del Alabama y del yate galo Tanit, ocurrido este último el pasado día 10.

Ex pescadores somalíes y mafias diversas organizan los grupos dedicados a la extorsión en alta mar, contra quienes se piden medidas de excepción. Bombardear sus asentamientos en tierra fue la propuesta del senador estadounidense Jim Webb.

La guerra marítima puede agravarse. Los piratas intensificaron la persecución de los buques que se aventuran por las aguas más peligrosas del mundo; si no detienen la marcha son tiroteados con armas automáticas o lanzagranadas. El estallido de un proyectil de carga hueca sobre un petrolero cargado sería catastrófico.

El asalto del Maersk Alabama comenzó poco después del desayuno. La alarma acústica del buque confirmó los temores del capitán Phillips: cuatro hombres con fusiles AK-47 y pistolas alcanzaron la cubierta con escalas y maromas. Intimidando a gritos y ráfagas, exigieron la presencia de la marinería, que se había atrincherado en la sentina, entre las máquinas y las calderas, siguiendo las instrucciones del capitán. Antes, apagaron los motores y cortaron la energía para inmovilizar el carguero, y hundieron la lancha rápida de los delincuentes.

Sin ventilación, ni troneras, sofocados durante horas, escucharon un tiro en cubierta: el balazo de un pirata había rozado la oreja de Reza con un mensaje claro: o revelaba el escondite de sus compañeros o el próximo plomazo habría de arrebatarle la oreja y la vida. Reza dirigió al africano hacia la zona de motores donde sería reducido.

Los captores del pirata ofrecieron liberarle a cambio del capitán Phillips, rehén en un bote de salvamento del Maersk Alabama, pilotado por tres piratas. No hubo acuerdo porque el objetivo de los delincuentes era otro: dos millones de dólares de rescate. Otra millonada piden por la quincena de buques con 300 tripulantes apresados en puertos norteños de Somalia, un país de ocho millones de habitantes fracturado por la pobreza y las guerrillas islamistas desde 1991. Las armadoras deberán pagar rescates que oscilan entre los 200.000 euros y el millón y medio. La flotilla internacional de navíos de guerra desplegada en la zona, incluida la fragata española Numancia, ha impedido numerosos secuestros pero no puede con la enorme superficie a su cargo: más de un millón y medio de kilómetros cuadrados de océano. En operaciones de rescate, cinco piratas han sido abatidos.

Las circunstancias en que cayeron los secuestradores del capitán Phillips fueron audaces debidas a la falta de acuerdo. En el primer día, cuando parecía que el intercambio de rehenes iba a ser posible, el jefe de los bucaneros rompió las negociaciones abruptamente. “¡Vámonos!”, ordenó. La lancha se alejó velozmente con el rehén y tres piratas a bordo.

Para entonces, el destructor USS Brainbrige navegaba hacia el lugar. Tardaron en llegar pues la distancia a cubrir era de más de 500 kilómetros. Un equipo de fuerzas especiales llegó a la zona en avión, saltó en paracaídas y una lancha lo condujo al destructor, donde esperaban agentes del FBI especializados en secuestros. Retomado el contacto con la lancha del capitán secuestrado y los piratas pidieron ser remolcados hacia aguas mansas pues el oleaje amenazaba con volcarles.

Dispuesto a todo, desesperado ante la posibilidad de un largo secuestro, Richard Phillips se tiró al agua el viernes, día 10. Trató de ganar a nado las escalas del destructor, pero varias ráfagas de AK-47 sobre su cabeza le hicieron volver atrás. Las horas previas al desenlace fueron especialmente intensas. El mar se había encabritado y los piratas se impacientaban. A gritos, reclamaron el dinero del rescate. Cuando anocheció la tensión había alcanzado máximos preocupantes.

Tres francotiradores de la Marina con visión nocturna tomaron posiciones en el destructor, a unos 50 metros del objetivo. Los tres apretaron el gatillo al mismo tiempo y los tres acertaron en la cabeza de los piratas, a quienes los clanes de Putlandia rindieron honores en un banquete con cinco camellos sacrificados. “Nos vengaremos”, juró Abdi Kolis, un jefe pirata. “Ahora lloran las familias de nuestros compañeros, pero un día llorarán familias estadounidenses y francesas”.

Los límites de la misión de la OTAN

Siete piratas somalíes que atacaron ayer por la mañana a un buque griego y retenían desde hace una semana a 20 pescadores yemeníes fueron liberados al poco de ser apresados por militares holandeses de la fragata De Zeven Provincien, en una decisión que pone de manifiesto con crudeza los límites de la misión de la OTAN en la zona, ante la falta de cobertura legal para detener a los piratas.

Tras abortar el ataque contra el mercante griego, los militares holandeses obligaron a los piratas a regresar a su barco nodriza, un pesquero yemení botín de otro secuestro. Allí descubrieron a los 20 rehenes. “Los han liberado y han requisado las armas”, explicó el teniente portugués Alexandre Fernandes, comandante de otra fragata de la misión. Pero como “la OTAN no tiene protocolos de detención, cada buque militar sigue su ley nacional”. La legislación holandesa dice que su Ejército “sólo puede detener a los piratas si son holandeses, si los rehenes son holandeses o si actúan en aguas holandesas”. Así las cosas, y como “los piratas no usaron sus armas” contra los soldados, precisa Fernandes, poco después del incidente los somalíes estaban de vuelta en su guarida.

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abril 19, 2009 - Posted by | piratería, Somalia

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