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>Elogio de lo superfluo, indulto del error

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Por Jorge Wagensberg, director del Área de Ciencia de la Fundación La Caixa (EL PAÍS, 17/04/09):

Observar es buscar diferencias entre cosas similares. Comprender es encontrar similitudes entre cosas diferentes. La ciencia avanza balanceándose sin cesar entre la observación y la comprensión: de la una a la otra, de la otra a la una. ¿Y el arte? Decir: en el fondo, ciencia y arte son una misma cosa es tan superficial como afirmar: en el fondo, ciencia y arte no tienen nada que ver. Los dos extremos son falsos, pero con el mérito de enmarcar la verdad que se despliega entre ellos.

La relación entre ciencia y arte tiene interés tanto por sus convergencias, que las hay, como por sus divergencias, que también son notorias. Afinando el foco, lo mismo ocurre entre la ciencia y formas más particulares del arte (ciencia y pintura, ciencia y música, ciencia y literatura…), o entre el arte y construcciones más propias de la ciencia (arte y matemática, arte y física, arte y biología…). Ensayemos, por ejemplo, un careo entre ciencia y literatura.

La ciencia es una forma de conocimiento. También la literatura. Todo lo que no es la realidad misma es ficción. Cualquier literatura, incluido el ensayo es, en rigor, una ficción de la realidad. La ciencia, cualquier ciencia, no lo es menos. Sin embargo, la ciencia es más bien una teoría, la literatura más bien una práctica.

La ciencia empieza con la comprensión del mundo y acaba narrando historias, historias que reconstruyen el pasado (cómo ha llegado este paisaje a ser como es), historias que anticipan el futuro (cómo llegará este paisaje a ser lo que será). La literatura empieza narrando historias, pero nunca descarta dar con alguna comprensión de la realidad.

La ciencia es la forma de conocimiento que más se protege contra la ideología y las creencias de sus creadores. La literatura quizá sea la más eficaz para envolver y transmitir creencias, ideologías o meras intuiciones.

El científico, para lograr esta higiene ideológica, se impone una drástica cirugía en tres actos.

El primero y más doloroso consiste en expulsar el Yo de sus contenidos. Con buena objetividad se gana buena universalidad. La ciencia es de uno para todos, aunque sea al alto precio de borrar a ese uno del mapa.

En el segundo acto se decanta todo lo presuntamente superfluo, un nuevo sacrificio para la identidad del autor que ve con tristeza cómo lo más propio de sí mismo se escapa por el desagüe. El premio en este caso tampoco está mal: se trata de anticipar la incertidumbre, la supervivencia.

Y el tercer acto consiste en la persecución implacable del error. El científico avanza con el error, vive con, para y del error. Para ello no deja nunca de enfrentar su verdad con la realidad que pretende comprender. En caso de duda se impone la evidencia experimental. El autor corta por lo sano todo lo que huela a incoherencia o a vacío y con ello se despoja de las complejidades que más le distinguen como ser humano. Pero esto también tiene premio. Gracias a la obsesión por detectar y machacar contradicciones, la ciencia, necesariamente, progresa.

Paradójicamente, cada uno de estos tres sacrificios esconde un gozo intelectual. Separar el Yo de la realidad inaugura el placer de la conversación entre la mente y su mundo exterior (uno).

Decantar lo superfluo produce el más intenso de los gozos intelectuales, aquel que cae con toda nueva comprensión o con toda nueva intuición (dos).

Y de la persecución de contradicciones arranca nada menos que el proceso cognitivo entero. Es el estímulo (y tres): la constatación de que algo se mueve, el anuncio de que algo está a punto de cambiar.

Pero, atención, la mala noticia es que el científico no publica tales gozos intelectuales. Cada gozo intelectual implícito es un efecto colateral de una exclusión primaria. En ciencia lo prioritario es comprender el mundo y para ello se sacrifica el Yo, lo superfluo y el error. El gozo intelectual asoma sólo desde la sombra para crear una íntima adicción al conocimiento científico.

En literatura, curiosamente, se invierten los términos. Si hay algo prioritario buscado por un escritor cuando escribe o por un lector cuando lee, eso es, justamente, alguna clase de gozo intelectual. Y si en el intento resulta que ganamos algo de la comprensión del mundo o de la condición humana, entonces viva la literatura. Quizá esté aquí la clave de una fecundación mutua entre ciencia y literatura.

La ciencia se acerca a la literatura aflojando las tuercas del método científico, la literatura a la ciencia apretándolas. Delicadamente.

Lo primero equivale a tres cosas: el rescate del Yo, el elogio de lo superfluo y el indulto del error. ¿Gana algo con ello la ciencia? Bueno, no es lo mismo aflojar el método, después de haber obtenido sus beneficios, que no aflojarlo porque nunca ha estado apretado. La diferencia es colosal: después del sacrificio en tres actos, uno gana indicios sobre cuál es la parte de uno mismo que compromete la buena comprensión de la realidad. El científico encontraría así un camino para romper su soledad cósmica y para sopesar con más precisión donde termina su rigor científico y donde empieza su rigor mortis. La ciencia no se hace sólo con método científico porque éste sirve para tratar ideas, pero no sirve para capturarlas.

Simétricamente, acerquémonos ahora a la ciencia desde territorio literario. En este caso, el ejercicio consiste en descentrar el Yo, evitar un empacho con lo superfluo y en tratar mínimamente los errores. Suavemente.

Muchos autores, como Borges o Melville, habitan este territorio fronterizo con plena naturalidad. Pero vaya por delante la obviedad de que ello no es condición necesaria ni suficiente para ser un gran escritor. Es el caso de Kafka, o de Proust, cuya garra literaria nadie discute. Pero ¿gana algo la literatura aventurándose hacia la ciencia?

La condición humana siempre está en el origen y el fin de toda literatura. Pero digamos que la comprensión de aquella da un salto significativo cada vez que alguien empuja el Yo fuera del centro del escenario. Moisés apartó el Yo humano de la cohabitación con los dioses, Copérnico empujó el Yo terrícola fuera del centro del cosmos, la revolución americana y la revolución francesa descentraron el Yo aristócrata y Marx lo intentó con el Yo burgués, Darwin barrió el Yo del Homo sapiens del centro de la evolución y Freud desplazó el Yo consciente del centro de la comprensión de sí mismo.

No: descentrar el Yo en literatura no puede ser malo. El ejercicio abre nuevos caminos hacia la comprensión de la condición humana y, de paso, reduce el riesgo de contar siempre la misma historia.

Lo superfluo no tiene por qué ser vergonzante pero tampoco es necesariamente un gran honor. Los diferentes géneros literarios se asocian a su capacidad para asimilar carga superflua: mayor la de un novelón de mil quinientas páginas que la de una novela de trescientas, mayor la de una novela que la de un cuento, la de un cuento que la de un poema y la de un poema que la de un aforismo. Todo bien. Es decir, pensando sólo “a peso” ya se puede decir que un aforismo es más científico que una novela y un poema lo es más que un cuento.

No: dosificar lo superfluo y tratar las contradicciones tampoco puede ser malo dentro de cada género literario. Y es ahí, bajo lo superfluo y de entre los errores, de donde puede brotar un nuevo recurso o un nuevo discurso.

Revolver lo superfluo y las contradicciones significa para la literatura remover la tierra que pisa. Incluso es posible que, durante este proceso, la literatura tropiece con un gozo intelectual científico, lo desentierre y nutra con él alguna de sus historias.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

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abril 17, 2009 - Posted by | ciencia, cultura, pensamiento

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