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>A la cárcel por nada

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Por JOHN CARLIN (El País.com, 04/10/2008)


Rico, guapo y fuerte. Era la imagen juvenil del sueño americano. Tenía 17 años recién cumplidos y esa mañana iba a empezar el nuevo año escolar. Pero Marty Tankleff nunca llegó al colegio. Sus padres habían sido atacados a martillazos y acuchillados durante la noche. Y cuando bajó a desayunar descubrió en el ensangrentado salón de su casa a su madre, muerta, y a su padre, que murió unas semanas después, inconsciente, agonizando.

Era tan sólo el comienzo de una pesadilla que duraría 20 años. El oscuro destino kafkiano en el que se hundió Tankleff, y del que acaba de emerger, demuestra que los presos extranjeros de Guantánamo no son los únicos que sufren las arbitrariedades del aparato punitivo estadounidense. Los propios ciudadanos del país -incluso los aparentemente privilegiados como Marty- viven sujetos a sus caprichos.

“La terrible lección de mi caso”, dice Tankleff en una entrevista con EL PAÍS en Nueva York, “es que esto le puede pasar a cualquiera, que no existe protección adecuada para personas perfectamente inocentes cuando el sistema se empeña en que son culpables”.

El padre de Tankleff, Seymour, era un hábil hombre de negocios. La madre, Arlene, una apasionada de las orquídeas. Marty no era su hijo biológico. Lo habían adoptado recién nacido. Vivían en una lujosa mansión con vistas al mar en Long Island, en el Estado de Nueva York, que les había costado un millón de dólares, y que hoy valdría mucho más.

La fecha del doble asesinato fue el 7 de septiembre de 1988. Casi de inmediato, la policía del condado de Suffolk decidió que Marty era el principal sospechoso. Por dos razones: que había reaccionado a la muerte de sus padres con una extraña, anonadada calma; y que su medio hermana mayor -que ya no vivía con la familia- convenció al detective encargado del caso, James McCready, de que Marty era el asesino.

Tankleff fue procesado, el jurado le declaró culpable y el juez le condenó a 50 años de cárcel. La hermana, Shari Rother, se llevó toda la herencia y, con parte del dinero, su marido abrió un bar con el detective McCready. Tras 17 años de cárcel, a finales de 2007, Tankleff fue puesto en libertad. La Corte Suprema del Estado de Nueva York declaró el 22 de julio pasado que nunca habían existido motivos legales para llevarle a juicio por la muerte de sus padres.

La investigación original del caso se había basado única y exclusivamente en una “confesión” que el detective McCready logró extraer del traumatizado adolescente el mismo día del asesinato. “Después de horas de interrogatorio, a McCready se le ocurrió la brillante idea de fingir que había hablado por teléfono con mi padre y que él le había dicho que había sido yo el que les atacó”, recuerda Tankleff, que hoy tiene 37 años y luce, a pesar del horror de la historia que cuenta, un sorprendente buen humor. “Era mentira, ya que mi padre nunca recuperó la conciencia, pero yo no lo sabía en ese momento. Y el problema fue que en esa época de mi vida confiaba en la policía, del mismo modo que confiaba en mi padre”.

Cuando McCready le relató al joven con aire de triunfo los supuestos detalles de la llamada ficticia, éste se hundió. “¿Será que estuve poseído?”, le contestó, perplejo, como recordando alguna película de terror. “¿Será que sufrí un apagón mental?”. Y entonces confesó. Una confesión verbal, que no se grabó, de la que se retractó y que se negó a firmar. Sin embargo, el testimonio del detective fue suficiente para convencer al jurado.

“Se me había borrado de la memoria el recuerdo del instante en el que el tribunal me declaró culpable, pero ahora lo he visto en vídeo”, afirma Tankleff. “Me puse a llorar y la sala estalló en gritos. Mis familiares -mis tíos, los hermanos de mis padres, y mis primos- estaban histéricos. Sentían rabia y dolor. No se podían creer que semejante injusticia fuera posible en nuestro país”.

Tankleff tuvo la suerte de que una asistenta social se apiadó de él y le ayudó a que le instalaran en una sección relativamente tranquila de la prisión, y no en la que le hubiera correspondido, junto a los criminales más empedernidos. Quizá eso explique en parte por qué hoy nadie que trate con él por primera vez se imagine que ha pasado por lo que ha pasado. Corpulento y musculoso, con aspecto más joven del que corresponde a sus 37 años, emana la vivacidad y el optimismo libre de complicaciones del joven estadounidense medio. Sonríe fácilmente, gesticula mucho con las manos, los ojos le brillan. No delata ningún resentimiento, ni siquiera hacia su hermana o su amigo el detective McCready, y da la impresión de haberse olvidado de que ha pasado la mitad de la vida en la cárcel, que perdió su juventud. Siente que tiene mucho que hacer y que su porvenir será feliz.

Cuando habla de su caso, lo hace casi como si estuviera hablando de otra persona; como si fuera un abogado hablando de su cliente. En cierto modo, en eso es en lo que se convirtió, ya que dedicó su vida detrás de las rejas, con la ayuda infatigable de familiares y amigos, a promover una nueva investigación del caso, y a documentarse sobre el sistema legal de su país. Su propósito ahora, además de demandar al Estado de Nueva York, es estudiar derecho y luchar profesionalmente en favor de los incontables casos que hay similares al suyo. “Calculo que el 5% de los presos son inocentes”, sostiene, apoyándose en los datos de un organismo estadounidense llamado Innocence Project, que mantiene que la cuarta parte de presos condenados que después son declarados inocentes, tras hacerse pruebas de ADN, habían sido engañados por la policía para que confesaran.

En el caso de Tankleff no fue necesario recurrir al ADN. Los hechos visibles del caso apuntaban de manera tajante a su inocencia, o al menos a su no culpabilidad. Resulta extraordinario, como han señalado diarios de la talla de The New York Times, que haya pasado tanto tiempo en la cárcel sin que nadie a escala institucional hiciera nada para sacarle de ella.

Existen más pruebas sólidas de criminalidad contra el detective McCready que contra Tankleff. Como declaró en repetidas ocasiones el abogado de éste, “McCready es la razón por la cual ese caso está podrido. Cualquier investigación tiene que incluir, por definición, una investigación del detective”.

La realidad es que a McCready sí se le investigó. Una comisión estatal concluyó en 1989 que el detective había cometido perjurio durante un juicio en 1985, que había prestado “testimonio falso, sabiendo que lo era”, contra otro hombre acusado de asesinato. La misma comisión descubrió que entre los investigadores policiales del condado de Suffolk se había vuelto perversamente habitual extraer confesiones falsas y mentir ante los tribunales. Sin embargo, un año después, en 1990, las conclusiones de la comisión no influyeron para nada en el juicio de Tankleff. Tampoco tuvo ningún peso en el destino del joven una extraordinaria -y más verosímil- versión alternativa de los hechos que McCready optó por ignorar.

La noche de su muerte, los padres de Tankleff habían estado jugando al póquer con amigos hasta las tres de la madrugada. Ésta era una rutina semanal en su casa. Uno de los presentes fue Jerry Steuerman, un ex socio de negocios de Seymour Tankleff que debía a éste más de 500.000 dólares. Esa misma semana le tenía que haber pagado 50.000. Según otras personas que participaron en la partida esa noche, Steuerman fue el último en irse.

Una semana después del asesinato, Steuerman fingió su propio suicidio, se afeitó la barba, cogió un autobús con destino a Atlantic City y, desde allí, se fue en taxi al aeropuerto de Newark, donde compró un billete de avión con un nombre falso, voló a California y se internó en un remoto spa. Marty Tankleff insistió desde un principio en que Steuerman era el principal sospechoso, no él. ¿Por qué McCready eligió no seguir esta aparentemente provechosa vía de investigación? El abogado de Tankleff ha sugerido una explicación: que el detective y Steuerman tenían, como se estableció mucho después, una relación personal desde antes del asesinato.

“Ahí podría haber muerto el caso”, observa Tankleff, “pero la otra gran lección de todo esto es el valor de la perseverancia. Nunca hay que rendirse”. Su perseverancia y la de sus familiares, especialmente los hermanos de sus padres, que siempre creyeron en él y que no se rindieron nunca en su intento por llegar al fondo del caso.

Pero también hubo un poco de suerte.

Una mujer llamada Karlene Kovacs, que no tenía ninguna conexión con la familia Tankleff o con el caso judicial, escuchó una historia en el transcurso de una cena celebrada un domingo de 1991 que la conmocionó. Uno de los invitados, Joseph Creedon, contó de repente en la mesa que había participado en el asesinato de Arlene y Seymour Tankleff; que el hijo, Marty, no había tenido nada que ver; que tuvo un cómplice en el crimen llamado Jerry Steuerman.

Por miedo, la señora Kovacs tardó tres años en contárselo a un policía retirado amigo suyo. (“Me mata pensar que dejé pasar tanto tiempo”, dice ahora). Éste fue el momento decisivo; lo que puso en marcha una secuencia de acontecimientos que acabaron, muchos años después, en la liberación de Tankleff. Se sumaron a la causa varios abogados, algunos de ellos trabajando pro bono, y toda una cohorte de voluntarios. Y finalmente, en 2001, tras un contacto establecido por una tía de Tankleff, se sumó, como corresponde en todo buen thriller (Tankleff va a escribir un libro sobre sus experiencias, y no descarta que se haga una película), un curtido investigador privado.

Jay Salpeter, enterado de los detalles del caso, se presentó ante Tankleff en la cárcel y le dijo: “Si eres inocente, Marty, contrátame. Si no, no me hagas perder el tiempo”. El preso le dijo que era inocente y, para convencerle, se prestó a una prueba del detector de mentiras, que pasó con éxito.

Salpeter, un policía retirado de la ciudad de Nueva York, estudió el expediente, interrogó a familiares de Tankleff y decidió empezar tirando del hilo que le había proporcionado la señora Kovacs. Se enteró de que Joseph Creedon, el invitado a la cena, había estado varias veces en la cárcel y se puso a buscar a delincuentes que habían sido cómplices suyos. El primero con el que se encontró fue un tal Glen Harris, que admitió haber sido el conductor que había llevado a Creedon a la escena del asesinato de los Tankleff. Se negó a repetirlo bajo juramento, pero, siguiendo más pistas, Salpeter localizó a un cura que le dijo que Harris le había confesado su participación en el asesinato. Otro de los numerosos testigos que Salpeter logró localizar le dijo que Steuerman, el ex socio que debía dinero a Seymour Tankleff, le había dicho una vez -en plan bravucón- que había matado a dos personas.

El trabajo de Salpeter, junto al del creciente equipo de apoyo a Tankleff (reunidos todos en la página web martytankleff.org), no logró que se reabriera el caso y que se procediese a enjuiciar a Steuerman y sus supuestos cómplices. Sin embargo, fue suficiente para que empezaran a aparecer artículos en los periódicos de Nueva York y programas de radio y televisión en los que se reclamaba justicia para Tankleff. Hasta que, por fin, la enorme y a veces inhumana máquina del poder judicial no tuvo más remedio que atender su petición y reconocer que había cometido un calamitoso error.

Hacia el final de dos horas de entrevista con Tankleff en un despacho de la ciudad de Nueva York, éste abre un maletín y saca un ordenador portátil. Lo enciende y entra en un archivo en el que tiene las fotos del día de la fiesta en la que celebró su libertad, tras haber ido antes al cementerio a visitar las tumbas de sus padres. Tiene que haber visto cientos de veces las fotos, que pasan automáticamente una detrás de otra, pero las mira una vez más, embobado como un niño, con una sonrisa permanentemente en los labios. A veces suelta una carcajada, a veces señala, sobresaltado, a gente por la que siente un especial afecto. “¡Mira, mira: mi tía Marianne!”. “¡Mi amigo Paul!”. “¡Jay!”. Es como si no se acabara de creer que ya está libre; como si necesitara estas innegables pruebas oculares para constatar que es verdad.

Se acaban las fotos y, con cierta resignación (porque si hubiera estado solo, seguramente las habría querido volver a repasar), cierra el archivo. Pero no tarda en volver a sonreír. La cárcel no ha logrado arrebatarle, a pesar de los esfuerzos del detective McCready y del aparato judicial, una cierta ingenuidad juvenil. Más bien es como si esos 17 años hubieran congelado su adolescencia en el tiempo; como si con la muerte de sus padres se hubiera parado el reloj. Tankleff dice hoy, con ganas: “No hay tiempo que perder; hay que recuperar el tiempo perdido”. Tiene prisa por emprender y acabar sus estudios de derecho. “Hay demasiada gente en la misma situación en la que he estado yo, y mi tarea de ahora en adelante es hacer todo lo que esté a mi alcance para ayudarles, del mismo modo que tantísima gente, para mi enorme fortuna, me ayudó a mí”.

octubre 4, 2008 - Posted by | justicia, reportaje

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