>Más allá de la tragedia de Ripollet
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Por Javier Elzo, catedrático emérito de Deusto (EL PERIÓDICO, 04/11/07): Llevo años escribiendo que los niveles de violencia de los adolescentes y jóvenes no son, en la actualidad, superiores a los que había hace 50 años, ni siquiera a los de hace 10 o 15. Pero añado inmediatamente que encontramos, con demasiada frecuencia, episodios de violencia entre jóvenes, adolescentes o menores de edad, escalofriantes e inimaginables en otros tiempos. El último, estos mismos días. Hemos sabido que dos menores de edad han sido detenidos por los Mossos d’Esquadra, en Ripollet, acusados de degollar y golpear en la cara hasta la muerte a una niña de 14 años a la que conocían del barrio y que era compañera de ellos en el mismo centro docente. Parece que había rencillas amorosas, pero el detalle, fundamental para esclarecer lo sucedido, es secundario cuando se pretende, como en estas líneas, reflexionar sobre episodios similares al de Ripollet. PIENSO EN la mujer rociada de gasolina en un cajero, cuyo juicio se ha visto recientemente. Recuerdo a las tres niñas que rompieron la pierna a otra en una agresión a la salida de un instituto de León. Unos chavales en Barakaldo (Vizcaya) mataron a patadas, en el atrio de una iglesia, a un menesteroso y fueron a contárselo a sus compañeros. Un exalumno agrede a un profesor en Alicante y su amiga lo graba en el móvil. El alcalde de Tolosa (Guipúzcoa) denuncia que los menores extranjeros causan problemas en el municipio y los comerciantes afirman estar “hartos, amenazados, asustados y preocupados”. Desgraciadamente, podríamos seguir con los ejemplos. Estamos ante un problema real y la violencia juvenil, quizá menor en número que hace, digamos 40 años, hoy es más grave. Violencia que nadie se explica. No solamente los padres de las víctimas. Tampoco los padres de los agresores, como parece que ha sucedido esta vez, según refiere la prensa. Estamos ante lo que vengo denominando violencia gratuita, término que exige alguna precisión. Decimos gratuita pues no parece responder ni a objetivos estratégicos (como las violencias racistas, revolucionarias o nacionalistas) ni corresponderse a situaciones de marginalidad o desarraigo social. No es la violencia del chaval inmigrante, desarraigado, fuera de su cultura y lejos de sus padres. No es la violencia del menor que proviene de una familia desestructurada, a veces sin padre, otras con una madre desbordada, angustiada, estresada e incapaz de ayudar a su hijo como quisiera. No. Estamos ante la violencia de un chaval o chavala, hijo o hija de una familia normal como la suya y la mía. ¿Qué es lo que está pasando? Distinguiría, sucintamente, varias causalidades o motivaciones. En unos casos se puede tratar de un mero juego (trágico juego ciertamente, pero juego al fin). De ahí que se hable también de violencia lúdica. Muchas veces esta manifestación de violencia no es sino la consecuencia del aburrimiento, hastío y falta de alicientes en la vida cotidiana de no pocos adolescentes y jóvenes. Es, claramente, el caso de los chavales de Barakaldo. No hay que olvidar la violencia machista en ciertas manifestaciones de chicos que se sienten relegados por el empuje y protagonismo de las chicas. Estamos, sin duda, ante una especie de revival del machismo que llevo años denunciando. Pero personalmente, cada día doy más importancia, en menores normales de familias acomodadas y sin mayores historias, al fenómeno de la aceleración de la vida que no nos deja ver lo que sucede a nuestro derredor. Unos datos. En el último estudio con escolares catalanes en el que participé, no pasa del 33% la proporción de padres que, según sus hijos –me limito a los hijos que han sido objeto de maltrato reiterado en el centro docente–, saben todo lo que les pasa. Un 34% afirman que se enteran de algo, y el resto, que no saben nada. Si les preguntamos si se enteran sus profesores, la realidad no es más reconfortante. Muchos padres y profesores no nos enteramos de lo que pueden sufrir nuestros hijos y alumnos.
Creo que, en el estado actual de las cosas, esta será un importante explicación a tener en cuenta ante las manifestaciones, aparentemente inexplicables, en menores y jóvenes que tienen de todo, pero que siempre quieren más, que luego no saben qué hacer con lo que tienen, que lo que quieren lo quieren al momento y que no toleran ninguna dilación al respecto.
Los hijos, cada día en mayor número, crecen solos, ante el dolor y la impotencia de sus padres, a quienes lo último que desearía es culpabilizar. En particular a los padres de la víctima y de los agresores de Ripollet, ante los que, como padre, solo puedo abrazarles en la distancia.
>Violencia juvenil y nuevas tecnologías
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Por Juan Carlos Rodríguez, investigador de Analistas Socio-Políticos y profesor de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid (EL MUNDO, 01/10/08): Los sucesos acontecidos hace unos días en un instituto de Finlandia, que desembocaron en el asesinato de una decena de personas y el suicidio del asesino, un joven de 22 años, vuelven a traer a la discusión pública el problema de la violencia juvenil, sus causas y los modos de prevenirla o paliarla. Cuando se trata de una matanza cometida con un arma de fuego, el reflejo condicionado de muchos políticos, periodistas y ciudadanos del común es poner en cuestión la regulación de la tenencia de armas en el país en el que han ocurrido los hechos. Como en bastantes ocasiones estos asesinatos tienen lugar en Estados Unidos, pronto se producen denuncias de su permisiva legislación sobre armas como la causa de la tragedia. En esta ocasión, la masacre se ha producido en Finlandia, y no es la primera de estas características en tiempos recientes, pues un hecho similar tuvo lugar en noviembre de 2007. Coincide también que la tenencia personal de armas está bastante extendida en el país nórdico, y ya se oyen voces en Finlandia proponiendo una legislación de armas más restrictiva. No me ocupo de esta suerte de reflejo condicionado de la discusión pública, muchos de cuyos partícipes reaccionan pidiendo medidas urgentes para atajar las supuestas causas de un problema, en este caso, la regulación de los permisos para llevar armas. No, me interesa otro, cada vez más resaltado, relacionado con las circunstancias previas al asesinato, en las que resulta característico el uso de internet o alguna otra nueva tecnología de la comunicación y la información. El joven finlandés había colgado en YouTube varios vídeos mostrando su afición a las armas cortas y, aparentemente, había avisado, de manera genérica, de sus mortíferas intenciones. En noviembre de 2007, el asesino y suicida había mostrado claramente en YouTube su voluntad de asesinar. Y en abril de 2007, el estudiante coreano responsable de la matanza en Virginia Tech, en Estados Unidos, en la que murieron 33 personas -incluyendo al homicida-, también utilizó medios audiovisuales para explicar su visión de los terribles hechos que iba a protagonizar, aunque esta vez los difundió como un DVD enviado por correo a un medio de comunicación. En una escala, obviamente, muy inferior, pero también con bastante difusión mediática, se cuenta una colección creciente de casos de acoso escolar o maltrato entre adolescentes grabados con la cámara del teléfono móvil por los perpetradores o sus cómplices. Estos, después, los difunden mediante mensajes a otros móviles, o, incluso, los cuelgan en YouTube, procurando la difusión de sus odiosas acciones, de las que, aparentemente, se sienten orgullosos. En realidad, es de esperar que cada vez sea más frecuente que determinados casos, graves o no tanto, de violencia de adolescentes y jóvenes (y de personas más adultas, claro) aparezcan vinculados, de un modo u otro, al uso de internet o los teléfonos móviles o, incluso, a los videojuegos. No sería de extrañar, pues cada vez más ámbitos de la vida, desde el cultivo intelectual personal hasta la diversión, pasando por el comercio o las relaciones de amistad o de compañeros, transcurren parcialmente por esos nuevos canales. Sin embargo, no son pocos los partícipes en la discusión pública que enfatizan el vínculo entre nuevas tecnologías y violencia, alertando de lo dañino de aquéllas, especialmente porque puedan alentar en adolescentes y jóvenes una mayor agresividad y un mayor grado de conductas nihilistas. Así, no es raro leer o escuchar a expertos, reconocidos o no, advertir de las negativas consecuencias de la utilización de videojuegos violentos o de la frecuentación de según qué páginas en internet, o alertar de la despersonalización de las relaciones humanas que implican las comunicaciones por el messenger o los chats. Algunos han llegado a afirmar que el hábito de operar en mundos virtuales puede llevar a muchos jóvenes a no considerar a los demás como seres humanos, sino como cosas. Y otros, sobre la base de consideraciones similares, apuntan a un futuro más violento para nuestros jóvenes. Obviamente, ambas cuestiones, la de la violencia o la agresividad juvenil y su relación con las nuevas tecnologías, no admiten respuestas sencillas. Sin embargo, sí conviene afrontar su discusión, siquiera en el nivel habitual en el que ha de manejarse un público medianamente atento, a partir de datos e informaciones que contribuyan a formarnos una imagen más cabal de los problemas. Veamos un par de ellos. Por lo pronto, es difícil saber si acciones violentas como la de Finlandia están aumentando o no, pues, por su carácter extraordinario, es muy complicado fijar tendencias. Lo que sí podemos medir para algunos países, de modo aproximado, es si está aumentando la delincuencia juvenil o no, o si lo hace la más violenta. El panorama que ofrecen los datos es mixto. En Estados Unidos, el país por antonomasia de las matanzas con armas de fuego (y de las nuevas tecnologías), la tasa de jóvenes de 10 a 17 años detenidos por delitos violentos (asesinato, homicidio involuntario, robo con coacción, violación, entre otros) aumentó bastante en la segunda mitad de los años 80 del siglo pasado, hasta alcanzar niveles máximos hacia 1994, pero después cayó hasta niveles inferiores a los de la primera mitad de los 80. Por ejemplo, los detenidos por asesinato alcanzaron un máximo de 14 por 100.000 en 1993, pero en 2005 se situaron en 4 por 100.000, mientras que los detenidos por violación pasaron de 22 a 12 por 100.000 en las mismas fechas. En Finlandia también parece observarse una reducción de la delincuencia juvenil en la última década, a pesar de casos como los mencionados más arriba. Por el contrario, en otro país también muy tecnificado, Japón, a la caída de las tasas desde una primera cima a comienzos de los 80 le ha sucedido una tendencia al alza desde finales de los 90. No contamos con buenas cifras para España, debido a rupturas de las series por cambios en la legislación, a lo reciente de la recogida continuada de datos y, sobre todo, a un factor que dificulta la comparación diacrónica, la creciente presencia de adolescentes y jóvenes extranjeros, quienes, por término medio, muestran una tasa de delincuencia bastante superior a la de los españoles. Los fragmentarios datos sugieren, si acaso, una tendencia a la baja. Sin embargo, sí podemos hacernos una idea de cómo ha evolucionado recientemente una de las formas de violencia juvenil más discutidas, el acoso escolar. Dos encuestas homologables entre sí, ambas para el Defensor del Pueblo, llevadas a cabo en 1999 y 2006, apuntan a que el nivel de acoso escolar, no tan alto como se suele pensar, se mantiene o tiende a la baja, según el indicador que se use. Que la evolución de la delincuencia juvenil, también la más violenta, sea dispar en cuatro países en los cuales se ha extendido mucho el uso de internet, móviles y videojuegos sugiere que es dudosa la existencia de una relación entre el uso de nuevas tecnologías y las inclinaciones o conductas agresivas o violentas. También apuntan a ello los estudios que han intentado medir dicha relación directamente. Es habitual escuchar afirmaciones tales como que quienes más aficionados son a los videojuegos son más agresivos. De hecho, esto se ha comprobado en algunas encuestas. Sin embargo, es difícil de establecer la dirección de la causalidad, de haberla: ¿los videojuegos vuelven a los adolescentes agresivos o son los adolescentes más agresivos los que más gustan de jugar con videojuegos? En estudios de índole experimental se han constatado aumentos temporales de los niveles de ciertos indicadores de agresividad, justo tras jugar con la consola o el ordenador, pero no está claro que tengan consecuencias a más largo plazo. De hecho, una revisión bibliográfica muy reciente de toda esta temática ha concluido que el uso de los videojuegos no está asociado con conductas más agresivas, sino, curiosamente, con algunos efectos cognitivos positivos. También se han encontrado a veces asociaciones entre consumo televisivo y agresividad, pero quienes han llevado las investigaciones de más calado no se han atrevido a establecer inferencias de causalidad sólidas. Es decir, no se observa un patrón de aumento de la violencia juvenil en sociedades tecnificadas ni se comprueba una asociación clara entre consumo de tecnologías como los videojuegos y la agresividad. Ello no quiere decir que el uso, sobre todo excesivo, de nuevas tecnologías por parte de adolescentes y jóvenes no pueda tener efectos perjudiciales. De hecho, en La adolescencia, sus vulnerabilidades y las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, Víctor Pérez-Díaz y yo hemos mostrado algunas asociaciones negativas, como las existentes entre un peor rendimiento escolar y el uso de aparatos como la videoconsola y el teléfono móvil. A lo que apunto al recordar ese par de informaciones es a la conveniencia de plantear una discusión pública sobre problemas como la violencia o la delincuencia juvenil de modo distinto a lo que a veces parece habitual, esto es, como una sucesión de reflejos condicionados, de resortes que saltan ante acontecimientos extraordinarios. Más bien, conviene la pausa y la reflexión, la ponderación de la dimensión de los fenómenos y las tendencias en curso, así como el conocimiento aquilatado que vamos acumulando sobre ellos, que suele recordarnos la complejidad de esos problemas y de sus causas. Está bien que salten las alarmas, pero también lo está empezar la conversación una vez que su ruido se ha apagado.
Perfil de un estudiante asesino
El principal diario finlandés, Helsinki Sanomat, ha amanecido reemplazando su particular primera de publicidad por una gran fotografía de una mujer que frente al colegio del asesinato se pregunta: ¿Por qué? Pocas respuestas concretas hay todavía a la pregunta de la mujer, pero nuevos datos revelan que Matti Saari, si bien no mostraba un perfil sólido de un psicópata, había publicado en Internet mensajes de odio, guerra y venganza muy similares a los de Pekka-Eric Auvinen, el estudiante de bachillerato que mató el pasado 7 de noviembre a ocho compañeros, e incluso ambos tenían gustos similares.
Saari, que afirmaba ser ateo y vivía solo con su gato, se definía a sí mismo como un misántropo comprometido y ninguno de sus compañeros sospechaba de él. De hecho, había dicho en la redmyspace.com que estaba interesado en conocer amigos y en trabajar en grupo. Sin embargo, fuentes de la investigación han informado de que había dejado en el apartamento donde vivía, en una residencia de estudiantes, dos breves notas escritas a mano en las que daba a entender que había empezado a planear la matanza hace seis años. “El contenido de las notas indica que odiaba a la raza humana y que había empezado a planear esto en 2002″, ha declarado a los medios de comunicación locales Jari Neulaniemi, el jefe de la investigación.
Tragedias similares
Hechos muy parecidos a los que se dieron con Auvinen. Los dos jóvenes protagonistas de las masacres finlandesas no parecían tipos agresivos para sus compañeros, pero ambos terminaron por colgar vídeos en YouTube donde mostraban su odio a la humanidad.
Parafraseando la letra de la canción War (Guerra) del grupo Wumpscut, Saari escribió en You Tube: “Toda la vida es guerra y toda la vida es dolor y lucharás solo en tu guerra personal”. Auvinen, que leía a Nietzsche y admiraba a Hitler, amenazaba en su vídeo con la eliminación de todos aquellos a quienes consideraba “incapacitados” y “fracasos de la selección natural”.
Tanto uno como otro, compartían su pasión por el grupo de rock industrial KMFDM, y ambos pasaron sus últimas horas en Internet. Auvinen y Saari iniciaron su sesión en el portal irc-gallery por última vez el día de la matanza, antes de ir al instituto y abrir fuego contra sus compañeros de clase.
Ayer se conoció que Saari, aficionado al cine de terror, enumeró en varias páginas weblos ordenadores, las armas, el sexo y la cerveza entre sus hobbies. Saari además publicó una fotografía de su arma, una pistola Walther P22. Un internauta encontró demasiadas similitudes entre el vídeo de Saari y Auvinen y llamó a la policía, pero los agentes interrogaron al chaval de 22 años y no le consideraron peligroso. Hasta el punto de que, según ha informado la ministra de Interior de Finlandia, Anne Holmund, el agente que interrogó a Saari el lunes fue el mismo que resolvió concederle la licencia de armas de fuego el pasado agosto.
>Perfil de un estudiante asesino
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El principal diario finlandés, Helsinki Sanomat, ha amanecido reemplazando su particular primera de publicidad por una gran fotografía de una mujer que frente al colegio del asesinato se pregunta: ¿Por qué? Pocas respuestas concretas hay todavía a la pregunta de la mujer, pero nuevos datos revelan que Matti Saari, si bien no mostraba un perfil sólido de un psicópata, había publicado en Internet mensajes de odio, guerra y venganza muy similares a los de Pekka-Eric Auvinen, el estudiante de bachillerato que mató el pasado 7 de noviembre a ocho compañeros, e incluso ambos tenían gustos similares.
Saari, que afirmaba ser ateo y vivía solo con su gato, se definía a sí mismo como un misántropo comprometido y ninguno de sus compañeros sospechaba de él. De hecho, había dicho en la redmyspace.com que estaba interesado en conocer amigos y en trabajar en grupo. Sin embargo, fuentes de la investigación han informado de que había dejado en el apartamento donde vivía, en una residencia de estudiantes, dos breves notas escritas a mano en las que daba a entender que había empezado a planear la matanza hace seis años. “El contenido de las notas indica que odiaba a la raza humana y que había empezado a planear esto en 2002″, ha declarado a los medios de comunicación locales Jari Neulaniemi, el jefe de la investigación.
Tragedias similares
Hechos muy parecidos a los que se dieron con Auvinen. Los dos jóvenes protagonistas de las masacres finlandesas no parecían tipos agresivos para sus compañeros, pero ambos terminaron por colgar vídeos en YouTube donde mostraban su odio a la humanidad.
Parafraseando la letra de la canción War (Guerra) del grupo Wumpscut, Saari escribió en You Tube: “Toda la vida es guerra y toda la vida es dolor y lucharás solo en tu guerra personal”. Auvinen, que leía a Nietzsche y admiraba a Hitler, amenazaba en su vídeo con la eliminación de todos aquellos a quienes consideraba “incapacitados” y “fracasos de la selección natural”.
Tanto uno como otro, compartían su pasión por el grupo de rock industrial KMFDM, y ambos pasaron sus últimas horas en Internet. Auvinen y Saari iniciaron su sesión en el portal irc-gallery por última vez el día de la matanza, antes de ir al instituto y abrir fuego contra sus compañeros de clase.
Ayer se conoció que Saari, aficionado al cine de terror, enumeró en varias páginas weblos ordenadores, las armas, el sexo y la cerveza entre sus hobbies. Saari además publicó una fotografía de su arma, una pistola Walther P22. Un internauta encontró demasiadas similitudes entre el vídeo de Saari y Auvinen y llamó a la policía, pero los agentes interrogaron al chaval de 22 años y no le consideraron peligroso. Hasta el punto de que, según ha informado la ministra de Interior de Finlandia, Anne Holmund, el agente que interrogó a Saari el lunes fue el mismo que resolvió concederle la licencia de armas de fuego el pasado agosto.
Ways to be sure the kids are alright
Youth violence has become a national puzzle. Everyone is searching for the solution, but before it can be found we have to understand why teenagers are spilling blood on Britain’s streets.
There are two types of children involved – “imitators” and “initiators”. The initiator child learns violence in their abusive or neglectful family home. Deprived of loving relationships, the part of the brain responsible for control, empathy and anticipating the consequences of their actions does not develop healthily. Deep in the emotional centres of their brain, traumatic memories of abuse are stored – lethally unprocessed – that later generate bad behaviour and agitated energy. This type of child is “thermostatically impaired” – they cannot “regulate” their emotions and energy. Without calm they cannot learn or self-sooth.
Younger, battered children bank their revenge. When they are older and physically more robust they get the chance to make the shift from “underdog” to “top dog”. They know it is better to be powerful; you are less likely to be attacked, hence their preoccupation with “respect”. Designer clothes, “bling”, weapons, even having a tear tattooed on the side of your face to show you have killed, sends the message: “I am so violently competent, don’t attack – my revenge will be lethal.”
Initiator children report feeling “soothed” when they are hunting down their next victim. They experience calm after battering someone. Research demonstrates that this soothing has parallels in the release of neurochemical calmers in their brains. This type of child is violent because they seek relief from it. They plan, execute it and then they feel rewarded.
Many initiator children I have dealt with talk about being “triggered” – or “switching”. The anxious child is propelled into a state of neurochemical fury, perhaps by some incident reawakening some past memory of abuse. During this fury they often don’t hear or see the people who are trying to calm them down. If the victim pleads, the perpetrator’s response is one of revulsion: they don’t like begging because it reminds them of when they were children, pleading but with no one to protect them. Many of the remorseless killings are as a result of this “switching” mechanism.
These children are not afraid of prison; no threat from the authorities can be worse than what has already happened to them. They believe life is not worthwhile – no one cherished them. In being suicidally brave they can kill without regret.
The initiator child sets the temperature at street level, influencing the behaviour of imitator children. They are children from ordinary homes who have no need to be violent, but are forced into aggression to survive their attackers. Imitator children are bullied, or watch their peers being deeply humiliated. They are forced into imitating violence to acquire a higher power rating. Violated children, fed up of with being at the bottom of the pecking order, “tool up” to protect themselves. Violence is therefore a public health issue – like a virus it is spreading among children.
The knifings tell us that children don’t feel safe.
At Kids Company we have learnt from traumatised children the most effective way of helping them. The primary task is to make children safe, find them somewhere to live (84 per cent are homeless), remove them from the drug trade, and meet their basic needs for food and clothing: 60 per cent are unregistered with GPs and some have never been to a dentist; some suffer from malnutrition and infections; they have received no immunisation because they haven’t been to school for years; 83 per cent are addicted to substances that they use to self-medicate as many sleep badly and suffer night terrors.
The task is to work with young people to achieve “self-regulation” – to balance out their hyper-agitation with the ability to calm down. To relieve excessive anxiety we use sports: martial arts, boxing, and gym specialists are on the premises. When the kids want to fight they step in and give them a “safe fight” to release pent-up energy. For those in need of risk we provide challenging activities such as rock climbing or go-karting. Eventually we encourage young people to engage in intensive sports, during which we coach them away from addictions.
We use everything from massage and reflexology to meditation to create self-calming experiences that can be called on in times of aggression or anxiety. Once they are confident in managing their energy we begin therapeutic work using the arts to explore traumatic memories. Kids Company workers act as “compassionate companions”, helping the child to share the pain and grieve, sometimes in words and sometimes in pictures. Then we look to the future, to the child’s aspirations. Education, employment and volunteering help the child to reconnect to society as a valued and valuing citizen.
It takes time to build an internal control mechanism, but it is always more effective than a surveillance camera, ASBOs or prison. The University of London evaluated Kids Company’s holistic programme. Data from one street-level centre showed that 87 per cent of the young people returned to education and employment – compared with a national reoffending rate of 80 per cent. Over three years the University of London’s research showed an 89 per cent reduction in reoffending.
Social work departments are too depleted to deal with the scale of the challenge; social workers are often too scared to do the home visits, too terrorised to report their worries. About 553,000 children a year are referred to child protection services, but there is only capacity to put 30,700 on the child protection register and allocate a social worker to help to protect them. This failure is now disguised under a new term called “safeguarding” – a key part of the Government’s Every Child Matters agenda. We couldn’t protect the ones who needed it, now we’re saying “every child is going to be protected”. There’s one very serious catch: the Government has still not come up with a way of holding to account local authorities who airbrush out their failures – who checks how many invisible children are left outside the system?
Children see the discrepancy between our pretentions and the reality. The abandoned child waits to deliver his revenge for the danger we expose him to. Threats from children bear a message: zero tolerance for violence against children will result in no violence from children.
>Ways to be sure the kids are alright
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Youth violence has become a national puzzle. Everyone is searching for the solution, but before it can be found we have to understand why teenagers are spilling blood on Britain’s streets.
There are two types of children involved – “imitators” and “initiators”. The initiator child learns violence in their abusive or neglectful family home. Deprived of loving relationships, the part of the brain responsible for control, empathy and anticipating the consequences of their actions does not develop healthily. Deep in the emotional centres of their brain, traumatic memories of abuse are stored – lethally unprocessed – that later generate bad behaviour and agitated energy. This type of child is “thermostatically impaired” – they cannot “regulate” their emotions and energy. Without calm they cannot learn or self-sooth.
Younger, battered children bank their revenge. When they are older and physically more robust they get the chance to make the shift from “underdog” to “top dog”. They know it is better to be powerful; you are less likely to be attacked, hence their preoccupation with “respect”. Designer clothes, “bling”, weapons, even having a tear tattooed on the side of your face to show you have killed, sends the message: “I am so violently competent, don’t attack – my revenge will be lethal.”
Initiator children report feeling “soothed” when they are hunting down their next victim. They experience calm after battering someone. Research demonstrates that this soothing has parallels in the release of neurochemical calmers in their brains. This type of child is violent because they seek relief from it. They plan, execute it and then they feel rewarded.
Many initiator children I have dealt with talk about being “triggered” – or “switching”. The anxious child is propelled into a state of neurochemical fury, perhaps by some incident reawakening some past memory of abuse. During this fury they often don’t hear or see the people who are trying to calm them down. If the victim pleads, the perpetrator’s response is one of revulsion: they don’t like begging because it reminds them of when they were children, pleading but with no one to protect them. Many of the remorseless killings are as a result of this “switching” mechanism.
These children are not afraid of prison; no threat from the authorities can be worse than what has already happened to them. They believe life is not worthwhile – no one cherished them. In being suicidally brave they can kill without regret.
The initiator child sets the temperature at street level, influencing the behaviour of imitator children. They are children from ordinary homes who have no need to be violent, but are forced into aggression to survive their attackers. Imitator children are bullied, or watch their peers being deeply humiliated. They are forced into imitating violence to acquire a higher power rating. Violated children, fed up of with being at the bottom of the pecking order, “tool up” to protect themselves. Violence is therefore a public health issue – like a virus it is spreading among children.
The knifings tell us that children don’t feel safe.
At Kids Company we have learnt from traumatised children the most effective way of helping them. The primary task is to make children safe, find them somewhere to live (84 per cent are homeless), remove them from the drug trade, and meet their basic needs for food and clothing: 60 per cent are unregistered with GPs and some have never been to a dentist; some suffer from malnutrition and infections; they have received no immunisation because they haven’t been to school for years; 83 per cent are addicted to substances that they use to self-medicate as many sleep badly and suffer night terrors.
The task is to work with young people to achieve “self-regulation” – to balance out their hyper-agitation with the ability to calm down. To relieve excessive anxiety we use sports: martial arts, boxing, and gym specialists are on the premises. When the kids want to fight they step in and give them a “safe fight” to release pent-up energy. For those in need of risk we provide challenging activities such as rock climbing or go-karting. Eventually we encourage young people to engage in intensive sports, during which we coach them away from addictions.
We use everything from massage and reflexology to meditation to create self-calming experiences that can be called on in times of aggression or anxiety. Once they are confident in managing their energy we begin therapeutic work using the arts to explore traumatic memories. Kids Company workers act as “compassionate companions”, helping the child to share the pain and grieve, sometimes in words and sometimes in pictures. Then we look to the future, to the child’s aspirations. Education, employment and volunteering help the child to reconnect to society as a valued and valuing citizen.
It takes time to build an internal control mechanism, but it is always more effective than a surveillance camera, ASBOs or prison. The University of London evaluated Kids Company’s holistic programme. Data from one street-level centre showed that 87 per cent of the young people returned to education and employment – compared with a national reoffending rate of 80 per cent. Over three years the University of London’s research showed an 89 per cent reduction in reoffending.
Social work departments are too depleted to deal with the scale of the challenge; social workers are often too scared to do the home visits, too terrorised to report their worries. About 553,000 children a year are referred to child protection services, but there is only capacity to put 30,700 on the child protection register and allocate a social worker to help to protect them. This failure is now disguised under a new term called “safeguarding” – a key part of the Government’s Every Child Matters agenda. We couldn’t protect the ones who needed it, now we’re saying “every child is going to be protected”. There’s one very serious catch: the Government has still not come up with a way of holding to account local authorities who airbrush out their failures – who checks how many invisible children are left outside the system?
Children see the discrepancy between our pretentions and the reality. The abandoned child waits to deliver his revenge for the danger we expose him to. Threats from children bear a message: zero tolerance for violence against children will result in no violence from children.
Educar antes que castigar
No puede dudarse de que somos sinceros cuando nos horrorizamos ante el sufrimiento de un niño maltratado. Pero tampoco de que somos incoherentes cuando ese mismo niño, al convertirse poco tiempo después en un preadolescente molesto, olvidamos nuestra generosidad y exigimos sanciones más severas.
Parece que nos cuesta comprender –no queremos pensar que nos negamos a ello– que la infancia, la adolescencia y la juventud de toda persona forman un continuo en el que los sufrimientos de cada etapa tienen una fuerte repercusión en las etapas subsiguientes.
CIERTAMENTE, es fácil exigir leyes que protejan a los niños, nadie desaprovecha la ocasión de hacerlo, pero no lo es tanto abordar el tema de su responsabilidad. Lo cierto es que si la responsabilidad es ya un tema espinoso en el derecho de adultos, cómo no iba a serlo cuando hablamos de los jóvenes. ¿A partir de qué edad puede exigírsele a un menor que sea responsable de sus actos?
Se trata de preguntas muy graves que no deberían ser tratadas con ligereza sino con toda la prudencia y el respeto que merece un tema que colinda con el milenario debate del libre albedrío. Ciertamente, si las mentes más brillantes de la historia del pensamiento no lograron solucionarlo, ¿no parece demasiado arriesgado pensar que lo vamos a solucionar nosotros ahora?
La gran mayoría de los especialistas en el tema coinciden en que es imposible solucionar esta cuestión recurriendo exclusivamente a criterios científicos, de ahí que se haya adoptado como solución de mínimos el establecimiento de una edad biológica parcialmente convencional, los 14 años, por debajo de la cual, no se le aplican al menor medidas penales sino tan solo educativas.
Esta creencia en la mayor generosidad y efectividad de los medios educativos sobre los represivos dice mucho y bien sobre nuestra sociedad. Quizás cuando de aquí a unos siglos, los historiadores recuerden la Europa de principios del siglo XXI, una de las pocas cosas que se elogiarán de nuestras sociedades será este tipo de esfuerzos sociales. Y son muchos los países que siguen creyendo en esto. Así, en España, Alemania, Austria o Italia, por citar sólo algunos ejemplos, la edad mínima por debajo de la cual no se le pueden aplicar medidas penales a los menores son los 14 años, y en Dinamarca, Noruega y Finlandia, los 15.
Sin embargo, una fuerte corriente de populismo punitivo ha empezado a invadir nuestros países con la idea de que con más penas y más castigos conseguiremos construir una sociedad más segura. Como no podía ser de otra manera, dicha corriente ha acabado contagiando también la voluntad educativa de nuestra justicia juvenil. No es de extrañar, pues, que a pocas semanas de unas elecciones generales oigamos la propuesta de bajar la edad penal a los 12 años.
Lo cierto es que la ley de responsabilidad penal de los menores ha sido una buena ley. Una ley que si bien llegó con mucho retraso, supuso un verdadero avance en el camino de una sociedad más justa y benevolente. ¿No es triste que después de haber sido de los últimos en sumarnos a esta generosa apuesta queramos ser ahora los primeros en abandonarla?
Por otra parte, dicha ley ha sido modificada cuatro veces en seis años sin que en este tiempo la delincuencia juvenil haya aumentado significativamente. Es más, los estudios destacan que las intervenciones con menores son de mayor dureza que tiempo atrás.
Parece algo absurdo argumentar que los menores son conscientes de “la maldad de sus hechos”. Claro que lo son. Hasta el niño que en el parque le coge la pala a otro niño (que siempre le gusta más) sabe que no está bien lo que hace y aun así eso no justifica que su acción deba ser tratada mediante el instrumento penal.
SI REALMENTE nuestro objetivo es educar en la responsabilidad, no debemos pensar que lo vamos a conseguir mediante la justicia penal, ni siquiera en su modalidad juvenil. ¿De qué manera este tipo de castigo puede generar sentimientos de empatía, capacidad de dar razón de las propias actuaciones o deseo de no volver a cometer en el futuro los mismos errores?
Debemos pedir a las leyes mayor efectividad, no mayor popularidad. Debemos tratar de cambiar las cosas que no funcionan, haciendo caso de las investigaciones sociales, no hacer cambios innecesarios con el objetivo de ganar votos. En todo caso, ante la duda, ¿no es nuestra obligación dejar de infligir dolor, sobre todo si encima no estamos seguros de que sea necesario?
>Educar antes que castigar
>
No puede dudarse de que somos sinceros cuando nos horrorizamos ante el sufrimiento de un niño maltratado. Pero tampoco de que somos incoherentes cuando ese mismo niño, al convertirse poco tiempo después en un preadolescente molesto, olvidamos nuestra generosidad y exigimos sanciones más severas.
Parece que nos cuesta comprender –no queremos pensar que nos negamos a ello– que la infancia, la adolescencia y la juventud de toda persona forman un continuo en el que los sufrimientos de cada etapa tienen una fuerte repercusión en las etapas subsiguientes.
CIERTAMENTE, es fácil exigir leyes que protejan a los niños, nadie desaprovecha la ocasión de hacerlo, pero no lo es tanto abordar el tema de su responsabilidad. Lo cierto es que si la responsabilidad es ya un tema espinoso en el derecho de adultos, cómo no iba a serlo cuando hablamos de los jóvenes. ¿A partir de qué edad puede exigírsele a un menor que sea responsable de sus actos?
Se trata de preguntas muy graves que no deberían ser tratadas con ligereza sino con toda la prudencia y el respeto que merece un tema que colinda con el milenario debate del libre albedrío. Ciertamente, si las mentes más brillantes de la historia del pensamiento no lograron solucionarlo, ¿no parece demasiado arriesgado pensar que lo vamos a solucionar nosotros ahora?
La gran mayoría de los especialistas en el tema coinciden en que es imposible solucionar esta cuestión recurriendo exclusivamente a criterios científicos, de ahí que se haya adoptado como solución de mínimos el establecimiento de una edad biológica parcialmente convencional, los 14 años, por debajo de la cual, no se le aplican al menor medidas penales sino tan solo educativas.
Esta creencia en la mayor generosidad y efectividad de los medios educativos sobre los represivos dice mucho y bien sobre nuestra sociedad. Quizás cuando de aquí a unos siglos, los historiadores recuerden la Europa de principios del siglo XXI, una de las pocas cosas que se elogiarán de nuestras sociedades será este tipo de esfuerzos sociales. Y son muchos los países que siguen creyendo en esto. Así, en España, Alemania, Austria o Italia, por citar sólo algunos ejemplos, la edad mínima por debajo de la cual no se le pueden aplicar medidas penales a los menores son los 14 años, y en Dinamarca, Noruega y Finlandia, los 15.
Sin embargo, una fuerte corriente de populismo punitivo ha empezado a invadir nuestros países con la idea de que con más penas y más castigos conseguiremos construir una sociedad más segura. Como no podía ser de otra manera, dicha corriente ha acabado contagiando también la voluntad educativa de nuestra justicia juvenil. No es de extrañar, pues, que a pocas semanas de unas elecciones generales oigamos la propuesta de bajar la edad penal a los 12 años.
Lo cierto es que la ley de responsabilidad penal de los menores ha sido una buena ley. Una ley que si bien llegó con mucho retraso, supuso un verdadero avance en el camino de una sociedad más justa y benevolente. ¿No es triste que después de haber sido de los últimos en sumarnos a esta generosa apuesta queramos ser ahora los primeros en abandonarla?
Por otra parte, dicha ley ha sido modificada cuatro veces en seis años sin que en este tiempo la delincuencia juvenil haya aumentado significativamente. Es más, los estudios destacan que las intervenciones con menores son de mayor dureza que tiempo atrás.
Parece algo absurdo argumentar que los menores son conscientes de “la maldad de sus hechos”. Claro que lo son. Hasta el niño que en el parque le coge la pala a otro niño (que siempre le gusta más) sabe que no está bien lo que hace y aun así eso no justifica que su acción deba ser tratada mediante el instrumento penal.
SI REALMENTE nuestro objetivo es educar en la responsabilidad, no debemos pensar que lo vamos a conseguir mediante la justicia penal, ni siquiera en su modalidad juvenil. ¿De qué manera este tipo de castigo puede generar sentimientos de empatía, capacidad de dar razón de las propias actuaciones o deseo de no volver a cometer en el futuro los mismos errores?
Debemos pedir a las leyes mayor efectividad, no mayor popularidad. Debemos tratar de cambiar las cosas que no funcionan, haciendo caso de las investigaciones sociales, no hacer cambios innecesarios con el objetivo de ganar votos. En todo caso, ante la duda, ¿no es nuestra obligación dejar de infligir dolor, sobre todo si encima no estamos seguros de que sea necesario?
Delincuencia juvenil
El aumento de la delincuencia juvenil se ha convertido en un problema importante en Europa y en otras partes del mundo, aunque hasta fecha reciente no ha alcanzado la categoría de problema político preferente. Leo por ejemplo el titular destacado de The Sunday Times:”La ministra del Interior afirma que se siente insegura al andar de noche por las calles de Londres”. En algunas ocasiones la cuestión forma parte de manera patente del problema más general y amplio de la inmigración en Europa (recuérdense los gritos proferidos por jóvenes turcos contra esos “alemanes de mierda”).
Como Angela Merkel, canciller alemana, informó, la mitad de los delitos registrados en Alemania son cometidos por jóvenes de menos de 21 años y de ellos la mitad son “de origen inmigrante”. Es imposible negar la gravedad del problema, que de forma creciente polariza la reclamación de medidas al respecto a cargo de las autoridades. Francia vive una situación similar. Un alto porcentaje de los internos de las cárceles franceses son negros o norteafricanos.
No obstante, en el Reino Unido la mayoría de los ataques delictivos son cometidos por bandas de jóvenes negros contra otros negros y de blancos contra otros blancos. Tampoco debería olvidarse el papel de grupos juveniles neonazis. Ciertos barrios de las capitales europeas se han convertido en zonas prohibidas e incluso las fuerzas policiales sólo entran en grupo.
En lo concerniente al terrorismo, se ha subrayado acertadamente que la cuestión se asocia a los abscesos o sarpullidos juveniles: el hecho de que en las sociedades del norte de África y de Oriente Medio, de elevada natalidad, la presencia de tantos jóvenes varones – muchos de ellos en paro- contribuye a una fácil caída en la violencia. Sobre la delincuencia juvenil se ha hablado habitualmente de la pobreza, pero, como máximo, tal factor es sólo parte del panorama completo. El índice de delincuencia juvenil en Finlandia (como en otros países nórdicos) y en Holanda es muy alto, aunque no son países pobres y el desempleo es escaso. Los delitos juveniles suelen cometerse bajo el influjo de drogas y alcohol (en Finlandia, la mitad de los casos). Se da un notable auge del fenómeno en Rusia y en China (e incluso en Japón).
Las estadísticas sobre delincuencia son sólo aproximadas; según cifras oficiales, hay menos delitos en Sudáfrica que en Canadá, pero ello significa meramente que sólo se informa a la policía y llega a juicio una parte de los delitos. Sólo al llegar al índice de homicidios y asesinatos (que deben declararse) se pone de relieve que Sudáfrica muestra uno de los índices más altos del mundo en tanto que el de Canadá es muy inferior.
¿Qué puede hacerse para lograr que las calles europeas sean más seguras y se reduzca la violencia juvenil? Los alemanes han enviado a jóvenes delincuentes a Siberia, en el Reino Unido se han instalado dispositivos en las escuelas para detectar cuchillos y otras armas, en China se manda a los jóvenes violentos a escuelas especiales donde han de trabajar muy duro. Algunos expertos (y muchos políticos) han recomendado la aplicación de castigos más severos, incluida la detención en cárceles a edad más temprana en casos extremos.
Algunos políticos han propuesto que los jóvenes inmigrantes en posesión de un largo historial de violencia deberían ser devueltos a su país de origen. En algunos países, la izquierda radical ha protestado contra los castigos más severos, pero, según los sondeos, la opinión pública no les secunda al respecto. En la mayoría de los países europeos, sigue abierta la cuestión de la detención a edad más temprana. Es interesante observar que, de acuerdo con los sondeos, la postura favorable al encarcelamiento en edad temprana muestra los índices más bajos en Francia, España y sobre todo Catalunya.
Muchos expertos han sugerido que debería considerarse a los padres responsables de las fechorías de sus hijos. Una propuesta, tal vez, juiciosa y sensata, pero ¿cómo llevarla a la práctica si la autoridad de la familia declina y los jóvenes ya no escuchan ni hacen caso de sus mayores y superiores? Hoy día la autoridad de la banda callejera suele contar mucho más. La calle y el grupo son el hogar de muchos jóvenes que dejaron la escuela (o fueron expulsados) y no se preparan para ningún oficio o profesión. Las bandas han adquirido importancia primordial no sólo en Europa, sino también en Norteamérica (incluido México). Probablemente sea cierto (como razonan algunos investigadores de la violencia juvenil) que la iniciativa y el liderazgo de grupos violentos se concentra en un puñado de líderes, de modo que si estos son identificados y apartados de la escena juvenil, el problema será más manejable.
Sea cual fuera la explicación dada y/ o aceptada, la violencia juvenil ha seguido aumentando desde los años setenta, a veces de modo espectacular, en Europa y asimismo en otras partes del mundo. No existe una única explicación ni un único remedio. Pero en cualquier caso sigue creciendo la demanda de hacer frente a este problema de modo más enérgico. Y los políticos – también de modo creciente- están tomando también mayor nota de ello.
Delincuencia juvenil
El aumento de la delincuencia juvenil se ha convertido en un problema importante en Europa y en otras partes del mundo, aunque hasta fecha reciente no ha alcanzado la categoría de problema político preferente. Leo por ejemplo el titular destacado de The Sunday Times:”La ministra del Interior afirma que se siente insegura al andar de noche por las calles de Londres”. En algunas ocasiones la cuestión forma parte de manera patente del problema más general y amplio de la inmigración en Europa (recuérdense los gritos proferidos por jóvenes turcos contra esos “alemanes de mierda”).
Como Angela Merkel, canciller alemana, informó, la mitad de los delitos registrados en Alemania son cometidos por jóvenes de menos de 21 años y de ellos la mitad son “de origen inmigrante”. Es imposible negar la gravedad del problema, que de forma creciente polariza la reclamación de medidas al respecto a cargo de las autoridades. Francia vive una situación similar. Un alto porcentaje de los internos de las cárceles franceses son negros o norteafricanos.
No obstante, en el Reino Unido la mayoría de los ataques delictivos son cometidos por bandas de jóvenes negros contra otros negros y de blancos contra otros blancos. Tampoco debería olvidarse el papel de grupos juveniles neonazis. Ciertos barrios de las capitales europeas se han convertido en zonas prohibidas e incluso las fuerzas policiales sólo entran en grupo.
En lo concerniente al terrorismo, se ha subrayado acertadamente que la cuestión se asocia a los abscesos o sarpullidos juveniles: el hecho de que en las sociedades del norte de África y de Oriente Medio, de elevada natalidad, la presencia de tantos jóvenes varones – muchos de ellos en paro- contribuye a una fácil caída en la violencia. Sobre la delincuencia juvenil se ha hablado habitualmente de la pobreza, pero, como máximo, tal factor es sólo parte del panorama completo. El índice de delincuencia juvenil en Finlandia (como en otros países nórdicos) y en Holanda es muy alto, aunque no son países pobres y el desempleo es escaso. Los delitos juveniles suelen cometerse bajo el influjo de drogas y alcohol (en Finlandia, la mitad de los casos). Se da un notable auge del fenómeno en Rusia y en China (e incluso en Japón).
Las estadísticas sobre delincuencia son sólo aproximadas; según cifras oficiales, hay menos delitos en Sudáfrica que en Canadá, pero ello significa meramente que sólo se informa a la policía y llega a juicio una parte de los delitos. Sólo al llegar al índice de homicidios y asesinatos (que deben declararse) se pone de relieve que Sudáfrica muestra uno de los índices más altos del mundo en tanto que el de Canadá es muy inferior.
¿Qué puede hacerse para lograr que las calles europeas sean más seguras y se reduzca la violencia juvenil? Los alemanes han enviado a jóvenes delincuentes a Siberia, en el Reino Unido se han instalado dispositivos en las escuelas para detectar cuchillos y otras armas, en China se manda a los jóvenes violentos a escuelas especiales donde han de trabajar muy duro. Algunos expertos (y muchos políticos) han recomendado la aplicación de castigos más severos, incluida la detención en cárceles a edad más temprana en casos extremos.
Algunos políticos han propuesto que los jóvenes inmigrantes en posesión de un largo historial de violencia deberían ser devueltos a su país de origen. En algunos países, la izquierda radical ha protestado contra los castigos más severos, pero, según los sondeos, la opinión pública no les secunda al respecto. En la mayoría de los países europeos, sigue abierta la cuestión de la detención a edad más temprana. Es interesante observar que, de acuerdo con los sondeos, la postura favorable al encarcelamiento en edad temprana muestra los índices más bajos en Francia, España y sobre todo Catalunya.
Muchos expertos han sugerido que debería considerarse a los padres responsables de las fechorías de sus hijos. Una propuesta, tal vez, juiciosa y sensata, pero ¿cómo llevarla a la práctica si la autoridad de la familia declina y los jóvenes ya no escuchan ni hacen caso de sus mayores y superiores? Hoy día la autoridad de la banda callejera suele contar mucho más. La calle y el grupo son el hogar de muchos jóvenes que dejaron la escuela (o fueron expulsados) y no se preparan para ningún oficio o profesión. Las bandas han adquirido importancia primordial no sólo en Europa, sino también en Norteamérica (incluido México). Probablemente sea cierto (como razonan algunos investigadores de la violencia juvenil) que la iniciativa y el liderazgo de grupos violentos se concentra en un puñado de líderes, de modo que si estos son identificados y apartados de la escena juvenil, el problema será más manejable.
Sea cual fuera la explicación dada y/ o aceptada, la violencia juvenil ha seguido aumentando desde los años setenta, a veces de modo espectacular, en Europa y asimismo en otras partes del mundo. No existe una única explicación ni un único remedio. Pero en cualquier caso sigue creciendo la demanda de hacer frente a este problema de modo más enérgico. Y los políticos – también de modo creciente- están tomando también mayor nota de ello.
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