>Afghan women are still at risk
>
>Interrogantes sobre la violencia contra la mujer
>
>Una víctima iraní de maltrato aplicará el ‘ojo por ojo’ al hombre que la cegó con ácido
>
Una mujer iraní de 30 años Ameneh Bahrami, que en 2004 quedó ciega cuando un pretendiente despechado le arrojó ácido a la cara después de que no le aceptara como esposo, ha decidido aplicar la ley Talión, que permite la legislación de Irán y que exige un castigo igual al crimen cometido.
La joven, que vive en Barcelona, donde ha sido sometida a diferentes intervenciones quirúrgicas en ojos y rostro ha explicado que ha rechazado la petición de piedad de su verdugo, un compañero de facultad, quien le ha llegado a implorar que, si no le perdona, le mate, pero que no le deje ciego.
Ameneh recuerda que él no tuvo ninguna compasión cuando le esperó durante horas en la puerta de su trabajo para quemarle la cara y dejarla ciega, y ha añadido, además, que su verdugo será “afortunado”, al menos más que ella: “será anestesiado antes de que se le arrojen cinco o diez gotas de ácido en los ojos, será fácil para él”, ha dicho inflexible.
La mujer está a la espera de una carta del juzgado de su país para viajar a Irán, aunque se da la circunstancia de que, al estar totalmente ciega, no podrá ejecutar ella la sentencia, pero, recalca: “habrá mucha gente que quiera hacerlo por mí”.
Según la legislación iraní, Ameneh “sólo” podrá cegarle de un ojo si no paga antes 20.000 euros por ejecutar la sentencia de forma total, ya que las leyes de su país establecen que la mujer vale la mitad que un hombre, es decir, dos ojos de una mujer por uno de un hombre.
“Yo quiero pagarle con el ojo por ojo“, ha asegurado Ameneh, quien cree que el hombre que le agredió “no debe ir por la calle libremente, la gente tiene derecho a estar segura y saber lo que hizo”.
Vive en España con 400 euros de pensión
La joven iraní, huida de su país por miedo, vive sola desde hace cuatro años en una habitación de alquiler en un piso compartido, gracias a una pequeña pensión de 400 euros del Gobierno español, aunque asegura que sufre mareos, está enferma y necesita a alguien para su día a día, pero que su madre no puede venir porque no le conceden el visado.
No obstante, asegura que prefiere esta situación a regresar a Irán, y teme también por lo que le pueda pasar a su familia y amigos.
El doctor Ramón Médel, del Instituto de Microcirugía Ocular de Barcelona, ha explicado que Ameneh, a la que ha atendido, llegó a mantener durante dos años la visión del 40% de un ojo, pero que una infección por hongos acabó dejándola ciega totalmente.
>Familia patriarcal y machismo asesino
>
A la memoria de mi querida y admirada Marisa
No existe una relación inmediata de causa/efecto, pero sí puede afirmarse que la estructura de valores de la familia patriarcal constituye un caldo de cultivo, un terreno abonado, un ambiente propicio para el machismo asesino. De ahí que el gravísimo problema de la violencia de género deba atacarse desde su raíz: el tradicional poderío del varón en todos los ámbitos de la sociedad, y muy particularmente en el hogar familiar.
Es curioso cómo muchas mujeres describen los avances igualitaristas de los hombres -esposos, novios, hijos, padres- en la casa común con expresiones como que el hombre “ayuda” o “colabora” en las faenas domésticas, desde el convencimiento de que el trabajo doméstico es, básicamente, obligación de la mujer -esposa, novia, hija, madre-. Una trabajadora, dentro y fuera de casa, ironizaba hace unas semanas, en televisión: “Mi marido y yo tenemos el trabajo repartido; él deshace la cama y yo la hago, él come y yo hago la comida”.
De esa situación hay un paso a Mi marido me pega lo normal, título de un libro del forense Miguel Lorente, recientemente designado delegado del Gobierno para la Violencia de Género. Lorente, con experiencia por sus anteriores cargos en la Junta de Andalucía, expone las causas habituales del maltrato del hombre a su mujer (”no tener preparada la comida”, “llevarle la contraria”, “no estar en casa cuando él llegó o llamó”, “quitarle la autoridad ante los hijos u otras personas”…) y el objetivo de las palizas: mantener la autoridad y lograr que ella esté sometida y controlada. Según Lorente, se trata de una violencia estructural, que actúa de “elemento estabilizador de la convivencia bajo el patrón de dominio patriarcal] diseñado”, de modo que existe “permisividad social hacia la agresión a la mujer en pequeñas dosis”.
De hecho, en las encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) sobre las cuestiones que más inquietan a los españoles, el maltrato intrafamiliar no figura nunca entre las preocupaciones principales, a pesar de tratarse de un fenómeno con todos los ingredientes para suscitar la alarma social y con muchas más víctimas mortales que, por ejemplo, el terrorismo.
Una muestra de las raíces históricas patriarcales de la violencia machista la ofrece, en el siglo XVIII, Juan Jacobo Rousseau: “La mujer está hecha para obedecer al hombre; la mujer debe aprender a sufrir injusticias y a aguantar tiranías de un esposo cruel sin protestar. La docilidad por parte de una esposa hará a menudo que el esposo no sea tan bruto y entre en razón”. Y dos siglos después, el inefable Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, con muchos adeptos, apuntillaba: “La mujer no tiene por qué ser inteligente. Basta con que sea discreta”.
¿Puede extrañar demasiado que el patriarca austriaco Josef Fritzl, tras esclavizar durante 24 años a su hija Elisabeth, se atreva ahora a alardear de haber celebrado en familia la Navidad con aquellas criaturas procreadas mediante violación y que presuma de no “haberlos matado a todos”? Su compatriota, la escritora feminista Elfriede Jelinek, ha arremetido contra un país incapaz de cuestionar “la palabra del padre” y menos aún la autoridad de un padre-abuelo, reflejo de sus rigurosas estructuras patriarcales.
En España también podemos tener claro que el origen del machismo asesino, y de la no menos grave dominación masculina consentida y silenciosa, está en ese modelo patriarcal de familia nucleado en torno a un matrimonio sacramental y procreativo que une a ambos cónyuges, como predica la Iglesia y aplican los maltratadores, “hasta que la muerte los separe”.
¿Cómo atajar esa lacra? La juez Manuela Carmena reveló hace años que un recluso le manifestó en la cárcel: “Yo he matado a mi mujer, pero no soy ningún delincuente”. Lorente niega que se deba tratar como un mero “conflicto de pareja”, según pretendió algún psicólogo, y apuesta por la justicia penal, por cierto mal organizada y poco sutil para resolver conflictos en los que conviven los sentimientos con los delitos. Los propios jueces han cuestionado en más de cien casos los tipos penales feministas creados por la Ley Integral contra la Violencia de Género, mientras siguen sin aplicarse los preceptos educacionales de esa ley integral y continúan pendientes medidas igualadoras, como la equiparación salarial entre ambos sexos y la obligación de los hombres de pedir el permiso de paternidad. En 2007, casi 40.000 mujeres tuvieron que abandonar el trabajo para encargarse de los hijos, frente a sólo 2.000 padres.
En ese contexto, un Gobierno con más mujeres que hombres, una joven ministra de Igualdad y una mujer al frente de las varoniles Fuerzas Armadas constituyen medidas pedagógicas saludables, que crispan a la caverna, pero que no coinciden con la realidad extragubernamental. Mientras predomine la dominación patriarcal, sigan existiendo situaciones de desigualdad y, como ha dicho Ángela San Román, directora del Instituto de la Mujer de Castilla-La Mancha, “se cuestione permanentemente el avance de la mujer”, estaremos sembrando la semilla del maltrato.
Familia patriarcal y machismo asesino
A la memoria de mi querida y admirada Marisa
No existe una relación inmediata de causa/efecto, pero sí puede afirmarse que la estructura de valores de la familia patriarcal constituye un caldo de cultivo, un terreno abonado, un ambiente propicio para el machismo asesino. De ahí que el gravísimo problema de la violencia de género deba atacarse desde su raíz: el tradicional poderío del varón en todos los ámbitos de la sociedad, y muy particularmente en el hogar familiar.
Es curioso cómo muchas mujeres describen los avances igualitaristas de los hombres -esposos, novios, hijos, padres- en la casa común con expresiones como que el hombre “ayuda” o “colabora” en las faenas domésticas, desde el convencimiento de que el trabajo doméstico es, básicamente, obligación de la mujer -esposa, novia, hija, madre-. Una trabajadora, dentro y fuera de casa, ironizaba hace unas semanas, en televisión: “Mi marido y yo tenemos el trabajo repartido; él deshace la cama y yo la hago, él come y yo hago la comida”.
De esa situación hay un paso a Mi marido me pega lo normal, título de un libro del forense Miguel Lorente, recientemente designado delegado del Gobierno para la Violencia de Género. Lorente, con experiencia por sus anteriores cargos en la Junta de Andalucía, expone las causas habituales del maltrato del hombre a su mujer (”no tener preparada la comida”, “llevarle la contraria”, “no estar en casa cuando él llegó o llamó”, “quitarle la autoridad ante los hijos u otras personas”…) y el objetivo de las palizas: mantener la autoridad y lograr que ella esté sometida y controlada. Según Lorente, se trata de una violencia estructural, que actúa de “elemento estabilizador de la convivencia bajo el patrón de dominio patriarcal] diseñado”, de modo que existe “permisividad social hacia la agresión a la mujer en pequeñas dosis”.
De hecho, en las encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) sobre las cuestiones que más inquietan a los españoles, el maltrato intrafamiliar no figura nunca entre las preocupaciones principales, a pesar de tratarse de un fenómeno con todos los ingredientes para suscitar la alarma social y con muchas más víctimas mortales que, por ejemplo, el terrorismo.
Una muestra de las raíces históricas patriarcales de la violencia machista la ofrece, en el siglo XVIII, Juan Jacobo Rousseau: “La mujer está hecha para obedecer al hombre; la mujer debe aprender a sufrir injusticias y a aguantar tiranías de un esposo cruel sin protestar. La docilidad por parte de una esposa hará a menudo que el esposo no sea tan bruto y entre en razón”. Y dos siglos después, el inefable Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, con muchos adeptos, apuntillaba: “La mujer no tiene por qué ser inteligente. Basta con que sea discreta”.
¿Puede extrañar demasiado que el patriarca austriaco Josef Fritzl, tras esclavizar durante 24 años a su hija Elisabeth, se atreva ahora a alardear de haber celebrado en familia la Navidad con aquellas criaturas procreadas mediante violación y que presuma de no “haberlos matado a todos”? Su compatriota, la escritora feminista Elfriede Jelinek, ha arremetido contra un país incapaz de cuestionar “la palabra del padre” y menos aún la autoridad de un padre-abuelo, reflejo de sus rigurosas estructuras patriarcales.
En España también podemos tener claro que el origen del machismo asesino, y de la no menos grave dominación masculina consentida y silenciosa, está en ese modelo patriarcal de familia nucleado en torno a un matrimonio sacramental y procreativo que une a ambos cónyuges, como predica la Iglesia y aplican los maltratadores, “hasta que la muerte los separe”.
¿Cómo atajar esa lacra? La juez Manuela Carmena reveló hace años que un recluso le manifestó en la cárcel: “Yo he matado a mi mujer, pero no soy ningún delincuente”. Lorente niega que se deba tratar como un mero “conflicto de pareja”, según pretendió algún psicólogo, y apuesta por la justicia penal, por cierto mal organizada y poco sutil para resolver conflictos en los que conviven los sentimientos con los delitos. Los propios jueces han cuestionado en más de cien casos los tipos penales feministas creados por la Ley Integral contra la Violencia de Género, mientras siguen sin aplicarse los preceptos educacionales de esa ley integral y continúan pendientes medidas igualadoras, como la equiparación salarial entre ambos sexos y la obligación de los hombres de pedir el permiso de paternidad. En 2007, casi 40.000 mujeres tuvieron que abandonar el trabajo para encargarse de los hijos, frente a sólo 2.000 padres.
En ese contexto, un Gobierno con más mujeres que hombres, una joven ministra de Igualdad y una mujer al frente de las varoniles Fuerzas Armadas constituyen medidas pedagógicas saludables, que crispan a la caverna, pero que no coinciden con la realidad extragubernamental. Mientras predomine la dominación patriarcal, sigan existiendo situaciones de desigualdad y, como ha dicho Ángela San Román, directora del Instituto de la Mujer de Castilla-La Mancha, “se cuestione permanentemente el avance de la mujer”, estaremos sembrando la semilla del maltrato.
¿Por qué una madre puede matar a sus hijos?
En la localidad navarra de Mutilva Alta murieron la semana pasada dos niños, de 3 y 7 años, por una ingesta de tranquilizantes presuntamente proporcionados por su madre, que intentó posteriormente suicidarse inhalando el monóxido de carbono que despedía el tubo de escape de su automóvil; la policía llegó a tiempo de impedirlo. También habría pretendido intoxicar con benzodiacepina (psicotropo tranquilizante) a sus dos hijos mayores, de 12 y 14 años, que fueron hospitalizados y que ya se encuentran fuera de peligro.
La mujer, que recibía tratamiento psiquiátrico por una depresión, se encontraba muy abatida desde hace un año por el proceso de separación iniciado por su marido, y la angustiaba en exceso la idea de divorciarse. Según fuentes próximas al caso, la pareja había decidido, por mutuo acuerdo, que la guarda y custodia la ejerciera la madre y que el padre tuviera un amplio régimen de visitas. La vista para el divorcio estaba fijada para el próximo 14 de marzo.
Ante estos antecedentes y conocidos los hechos, los vecinos de Mutilva Alta se preguntaban consternados: ¿Cómo puede tener alguien semejante reacción hacia sus propios hijos? La pregunta nos invita, en primer lugar, a ahondar en el estado y en el proceso mental que lleva a una persona a un desenlace tan terrible. Y, en segundo término, plantea la importancia que debería tener la información, la prevención y el tratamiento en el ámbito de la salud mental.
En el análisis de las posibles causas de este tipo de tragedias (más allá del caso en particular) se hace referencia habitualmente al trastorno mental transitorio (estado de perturbación pasajero, de aparición brusca e imprevisible, con trastornos en la voluntad y en la comprensión), a la psicosis o a la depresión. En el caso de la localidad navarra, el diagnóstico que se ha difundido es el de depresión, y en torno a él realizaremos, fundamentalmente, nuestras reflexiones.
Hay personas en Mutilva Alta que han manifestado que ‘la mujer no está en su sano juicio’, y tienen razón porque a veces es el amor en su vertiente delirante lo que puede desencadenar que una madre dé por finalizada la vida de sus hijos. Este sentimiento desmedido, avivado por un cuadro de depresión profunda, puede explicar en parte estos casos. En sujetos que padecen una depresión grave se presentan de manera reiterada expectativas tremendamente catastróficas respecto a su futuro y al de sus hijos, y se instalan en una especie de túnel o agujero negro en el que la única salida que encuentran es la de terminar definitivamente con el supuesto sufrimiento de sus seres más queridos (ante su ausencia, nadie les va a proteger mejor que ellos), y con su propio infierno. Esta mujer ya ha manifestado que se encontraba seriamente afectada por el proceso de divorcio y que el 19 de enero había tomado la decisión de matar a sus hijos y luego suicidarse.
La depresión desde el discurso médico se puede entender como una ‘modificación profunda del humor’, en el sentido de la tristeza y el sufrimiento moral, asociada a un ‘desinvestimiento’ de toda actividad. El término depresión se utiliza a veces de un modo muy genérico para nombrar diversos síntomas y patologías, que se pueden entender de diferente manera según el diagnóstico (no es lo mismo una neurosis que una psicosis maniaco-depresiva) que se establezca de la estructura clínica en cuestión.
En otros casos de parricidio hacia los hijos nos encontramos con el denominado ’síndrome de Medea’, que hace referencia a la tragedia griega en la que la protagonista mata a sus hijos para vengarse de su marido. Medea, hija de Eetes, rey de la Cólquide, se enamoró de Jasón, a quien defendió contra su padre y luego ayudó a apoderarse del vellocino de oro. Más tarde huyeron a Corinto, donde Jasón rechazó a Medea para casarse con Creusa, hija del rey. Medea, por despecho, degolló a los hijos que había tenido con Jasón, vengándose de esta forma del esposo que la había abandonado.
También hay sujetos femeninos que identifican la feminidad fundamentalmente con la maternidad y que refuerzan esta identificación desde el reconocimiento del otro. El homicidio del propio hijo representa (más allá de la venganza) la destrucción de lo que simbolizaba el vínculo de unión con su compañero, que la sostenía desde la palabra de amor como mujer y como madre.
Sabemos que las separaciones traumáticas en casos muy concretos desencadenan un estado depresivo que, a veces, impide al propio sujeto demandar un tratamiento a tiempo, ya que desde la desesperación no se contempla la posibilidad de encontrar una solución.
Es por lo que este tipo de casos extremos que terminan en tragedia nos ponen de relieve la importancia que debería tener la información, la prevención y el tratamiento en el ámbito de la salud mental. A veces, solamente se toma conciencia de las dolencias del psiquismo cuando se desencadena una crisis aguda o un ataque de pánico y se acude al servicio de urgencias del hospital más próximo. En estas situaciones, se subvierten los habituales esquemas de razonamiento, no se entiende nada y se desmorona la vida del sujeto. Cuando se toca fondo se acepta de buen grado, aunque no siempre, el tratamiento farmacológico, que en muchos casos tiene que ir acompañado de la realización de una psicoterapia en la que el sujeto puede ir tejiendo y descubriendo de qué manera está implicado (con su posición personal, identificaciones ) en los acontecimientos que le desbordan, al mismo tiempo que va cambiando su posición subjetiva y su vínculo con el otro.
En algunas ocasiones, antes de comenzar un tratamiento nos encontramos con dos inconvenientes. El primero es que en el discurso social opera, a modo de resistencia al cambio, la creencia común de que uno tiene una personalidad débil si no puede superar por sí mismo (idea que toma fuerza del narcisismo y de la comparación imaginaria con el otro) determinados problemas. El segundo condicionante es la dificultad que existe desde el lado de la institución sanitaria pública para ofrecer tratamientos psicológicos que requieren una asistencia regular y continuada durante el tiempo que se estime necesario.
Ello no impide, en ningún caso, reconocer los progresos que se han realizado últimamente en este ámbito, aunque es necesario avanzar más para conseguir, entre otras cosas, que la salud mental ocupe un lugar tan relevante como el que tiene hoy en día la salud física. De esta manera se crearán las condiciones para que cuando una persona no pueda salir por sí misma de una depresión demande a tiempo un tratamiento o una psicoterapia a un profesional, al que se le otorga un saber acerca de su síntoma y de la causa de su sufrimiento, para que pueda dirigir la cura.
La tragedia de Mutilva Alta ha puesto de manifiesto la actualidad de estas cuestiones y la necesidad de investigar y avanzar en el conocimiento, la prevención y el tratamiento. Lo expresaba, a su manera, una vecina la localidad navarra, que se ponía en el lugar de la parricida y manifestaba, con una buena dosis de afecto y comprensión: «Los niños me dan pena, mucha pena, pero mucha más me da la madre. Cuando se dé cuenta de lo que ha hecho se hundirá para siempre». Esperamos que no sea así.
¿Por qué una madre puede matar a sus hijos?
En la localidad navarra de Mutilva Alta murieron la semana pasada dos niños, de 3 y 7 años, por una ingesta de tranquilizantes presuntamente proporcionados por su madre, que intentó posteriormente suicidarse inhalando el monóxido de carbono que despedía el tubo de escape de su automóvil; la policía llegó a tiempo de impedirlo. También habría pretendido intoxicar con benzodiacepina (psicotropo tranquilizante) a sus dos hijos mayores, de 12 y 14 años, que fueron hospitalizados y que ya se encuentran fuera de peligro.
La mujer, que recibía tratamiento psiquiátrico por una depresión, se encontraba muy abatida desde hace un año por el proceso de separación iniciado por su marido, y la angustiaba en exceso la idea de divorciarse. Según fuentes próximas al caso, la pareja había decidido, por mutuo acuerdo, que la guarda y custodia la ejerciera la madre y que el padre tuviera un amplio régimen de visitas. La vista para el divorcio estaba fijada para el próximo 14 de marzo.
Ante estos antecedentes y conocidos los hechos, los vecinos de Mutilva Alta se preguntaban consternados: ¿Cómo puede tener alguien semejante reacción hacia sus propios hijos? La pregunta nos invita, en primer lugar, a ahondar en el estado y en el proceso mental que lleva a una persona a un desenlace tan terrible. Y, en segundo término, plantea la importancia que debería tener la información, la prevención y el tratamiento en el ámbito de la salud mental.
En el análisis de las posibles causas de este tipo de tragedias (más allá del caso en particular) se hace referencia habitualmente al trastorno mental transitorio (estado de perturbación pasajero, de aparición brusca e imprevisible, con trastornos en la voluntad y en la comprensión), a la psicosis o a la depresión. En el caso de la localidad navarra, el diagnóstico que se ha difundido es el de depresión, y en torno a él realizaremos, fundamentalmente, nuestras reflexiones.
Hay personas en Mutilva Alta que han manifestado que ‘la mujer no está en su sano juicio’, y tienen razón porque a veces es el amor en su vertiente delirante lo que puede desencadenar que una madre dé por finalizada la vida de sus hijos. Este sentimiento desmedido, avivado por un cuadro de depresión profunda, puede explicar en parte estos casos. En sujetos que padecen una depresión grave se presentan de manera reiterada expectativas tremendamente catastróficas respecto a su futuro y al de sus hijos, y se instalan en una especie de túnel o agujero negro en el que la única salida que encuentran es la de terminar definitivamente con el supuesto sufrimiento de sus seres más queridos (ante su ausencia, nadie les va a proteger mejor que ellos), y con su propio infierno. Esta mujer ya ha manifestado que se encontraba seriamente afectada por el proceso de divorcio y que el 19 de enero había tomado la decisión de matar a sus hijos y luego suicidarse.
La depresión desde el discurso médico se puede entender como una ‘modificación profunda del humor’, en el sentido de la tristeza y el sufrimiento moral, asociada a un ‘desinvestimiento’ de toda actividad. El término depresión se utiliza a veces de un modo muy genérico para nombrar diversos síntomas y patologías, que se pueden entender de diferente manera según el diagnóstico (no es lo mismo una neurosis que una psicosis maniaco-depresiva) que se establezca de la estructura clínica en cuestión.
En otros casos de parricidio hacia los hijos nos encontramos con el denominado ’síndrome de Medea’, que hace referencia a la tragedia griega en la que la protagonista mata a sus hijos para vengarse de su marido. Medea, hija de Eetes, rey de la Cólquide, se enamoró de Jasón, a quien defendió contra su padre y luego ayudó a apoderarse del vellocino de oro. Más tarde huyeron a Corinto, donde Jasón rechazó a Medea para casarse con Creusa, hija del rey. Medea, por despecho, degolló a los hijos que había tenido con Jasón, vengándose de esta forma del esposo que la había abandonado.
También hay sujetos femeninos que identifican la feminidad fundamentalmente con la maternidad y que refuerzan esta identificación desde el reconocimiento del otro. El homicidio del propio hijo representa (más allá de la venganza) la destrucción de lo que simbolizaba el vínculo de unión con su compañero, que la sostenía desde la palabra de amor como mujer y como madre.
Sabemos que las separaciones traumáticas en casos muy concretos desencadenan un estado depresivo que, a veces, impide al propio sujeto demandar un tratamiento a tiempo, ya que desde la desesperación no se contempla la posibilidad de encontrar una solución.
Es por lo que este tipo de casos extremos que terminan en tragedia nos ponen de relieve la importancia que debería tener la información, la prevención y el tratamiento en el ámbito de la salud mental. A veces, solamente se toma conciencia de las dolencias del psiquismo cuando se desencadena una crisis aguda o un ataque de pánico y se acude al servicio de urgencias del hospital más próximo. En estas situaciones, se subvierten los habituales esquemas de razonamiento, no se entiende nada y se desmorona la vida del sujeto. Cuando se toca fondo se acepta de buen grado, aunque no siempre, el tratamiento farmacológico, que en muchos casos tiene que ir acompañado de la realización de una psicoterapia en la que el sujeto puede ir tejiendo y descubriendo de qué manera está implicado (con su posición personal, identificaciones ) en los acontecimientos que le desbordan, al mismo tiempo que va cambiando su posición subjetiva y su vínculo con el otro.
En algunas ocasiones, antes de comenzar un tratamiento nos encontramos con dos inconvenientes. El primero es que en el discurso social opera, a modo de resistencia al cambio, la creencia común de que uno tiene una personalidad débil si no puede superar por sí mismo (idea que toma fuerza del narcisismo y de la comparación imaginaria con el otro) determinados problemas. El segundo condicionante es la dificultad que existe desde el lado de la institución sanitaria pública para ofrecer tratamientos psicológicos que requieren una asistencia regular y continuada durante el tiempo que se estime necesario.
Ello no impide, en ningún caso, reconocer los progresos que se han realizado últimamente en este ámbito, aunque es necesario avanzar más para conseguir, entre otras cosas, que la salud mental ocupe un lugar tan relevante como el que tiene hoy en día la salud física. De esta manera se crearán las condiciones para que cuando una persona no pueda salir por sí misma de una depresión demande a tiempo un tratamiento o una psicoterapia a un profesional, al que se le otorga un saber acerca de su síntoma y de la causa de su sufrimiento, para que pueda dirigir la cura.
La tragedia de Mutilva Alta ha puesto de manifiesto la actualidad de estas cuestiones y la necesidad de investigar y avanzar en el conocimiento, la prevención y el tratamiento. Lo expresaba, a su manera, una vecina la localidad navarra, que se ponía en el lugar de la parricida y manifestaba, con una buena dosis de afecto y comprensión: «Los niños me dan pena, mucha pena, pero mucha más me da la madre. Cuando se dé cuenta de lo que ha hecho se hundirá para siempre». Esperamos que no sea así.
>¿Por qué una madre puede matar a sus hijos?
>
En la localidad navarra de Mutilva Alta murieron la semana pasada dos niños, de 3 y 7 años, por una ingesta de tranquilizantes presuntamente proporcionados por su madre, que intentó posteriormente suicidarse inhalando el monóxido de carbono que despedía el tubo de escape de su automóvil; la policía llegó a tiempo de impedirlo. También habría pretendido intoxicar con benzodiacepina (psicotropo tranquilizante) a sus dos hijos mayores, de 12 y 14 años, que fueron hospitalizados y que ya se encuentran fuera de peligro.
La mujer, que recibía tratamiento psiquiátrico por una depresión, se encontraba muy abatida desde hace un año por el proceso de separación iniciado por su marido, y la angustiaba en exceso la idea de divorciarse. Según fuentes próximas al caso, la pareja había decidido, por mutuo acuerdo, que la guarda y custodia la ejerciera la madre y que el padre tuviera un amplio régimen de visitas. La vista para el divorcio estaba fijada para el próximo 14 de marzo.
Ante estos antecedentes y conocidos los hechos, los vecinos de Mutilva Alta se preguntaban consternados: ¿Cómo puede tener alguien semejante reacción hacia sus propios hijos? La pregunta nos invita, en primer lugar, a ahondar en el estado y en el proceso mental que lleva a una persona a un desenlace tan terrible. Y, en segundo término, plantea la importancia que debería tener la información, la prevención y el tratamiento en el ámbito de la salud mental.
En el análisis de las posibles causas de este tipo de tragedias (más allá del caso en particular) se hace referencia habitualmente al trastorno mental transitorio (estado de perturbación pasajero, de aparición brusca e imprevisible, con trastornos en la voluntad y en la comprensión), a la psicosis o a la depresión. En el caso de la localidad navarra, el diagnóstico que se ha difundido es el de depresión, y en torno a él realizaremos, fundamentalmente, nuestras reflexiones.
Hay personas en Mutilva Alta que han manifestado que ‘la mujer no está en su sano juicio’, y tienen razón porque a veces es el amor en su vertiente delirante lo que puede desencadenar que una madre dé por finalizada la vida de sus hijos. Este sentimiento desmedido, avivado por un cuadro de depresión profunda, puede explicar en parte estos casos. En sujetos que padecen una depresión grave se presentan de manera reiterada expectativas tremendamente catastróficas respecto a su futuro y al de sus hijos, y se instalan en una especie de túnel o agujero negro en el que la única salida que encuentran es la de terminar definitivamente con el supuesto sufrimiento de sus seres más queridos (ante su ausencia, nadie les va a proteger mejor que ellos), y con su propio infierno. Esta mujer ya ha manifestado que se encontraba seriamente afectada por el proceso de divorcio y que el 19 de enero había tomado la decisión de matar a sus hijos y luego suicidarse.
La depresión desde el discurso médico se puede entender como una ‘modificación profunda del humor’, en el sentido de la tristeza y el sufrimiento moral, asociada a un ‘desinvestimiento’ de toda actividad. El término depresión se utiliza a veces de un modo muy genérico para nombrar diversos síntomas y patologías, que se pueden entender de diferente manera según el diagnóstico (no es lo mismo una neurosis que una psicosis maniaco-depresiva) que se establezca de la estructura clínica en cuestión.
En otros casos de parricidio hacia los hijos nos encontramos con el denominado ’síndrome de Medea’, que hace referencia a la tragedia griega en la que la protagonista mata a sus hijos para vengarse de su marido. Medea, hija de Eetes, rey de la Cólquide, se enamoró de Jasón, a quien defendió contra su padre y luego ayudó a apoderarse del vellocino de oro. Más tarde huyeron a Corinto, donde Jasón rechazó a Medea para casarse con Creusa, hija del rey. Medea, por despecho, degolló a los hijos que había tenido con Jasón, vengándose de esta forma del esposo que la había abandonado.
También hay sujetos femeninos que identifican la feminidad fundamentalmente con la maternidad y que refuerzan esta identificación desde el reconocimiento del otro. El homicidio del propio hijo representa (más allá de la venganza) la destrucción de lo que simbolizaba el vínculo de unión con su compañero, que la sostenía desde la palabra de amor como mujer y como madre.
Sabemos que las separaciones traumáticas en casos muy concretos desencadenan un estado depresivo que, a veces, impide al propio sujeto demandar un tratamiento a tiempo, ya que desde la desesperación no se contempla la posibilidad de encontrar una solución.
Es por lo que este tipo de casos extremos que terminan en tragedia nos ponen de relieve la importancia que debería tener la información, la prevención y el tratamiento en el ámbito de la salud mental. A veces, solamente se toma conciencia de las dolencias del psiquismo cuando se desencadena una crisis aguda o un ataque de pánico y se acude al servicio de urgencias del hospital más próximo. En estas situaciones, se subvierten los habituales esquemas de razonamiento, no se entiende nada y se desmorona la vida del sujeto. Cuando se toca fondo se acepta de buen grado, aunque no siempre, el tratamiento farmacológico, que en muchos casos tiene que ir acompañado de la realización de una psicoterapia en la que el sujeto puede ir tejiendo y descubriendo de qué manera está implicado (con su posición personal, identificaciones ) en los acontecimientos que le desbordan, al mismo tiempo que va cambiando su posición subjetiva y su vínculo con el otro.
En algunas ocasiones, antes de comenzar un tratamiento nos encontramos con dos inconvenientes. El primero es que en el discurso social opera, a modo de resistencia al cambio, la creencia común de que uno tiene una personalidad débil si no puede superar por sí mismo (idea que toma fuerza del narcisismo y de la comparación imaginaria con el otro) determinados problemas. El segundo condicionante es la dificultad que existe desde el lado de la institución sanitaria pública para ofrecer tratamientos psicológicos que requieren una asistencia regular y continuada durante el tiempo que se estime necesario.
Ello no impide, en ningún caso, reconocer los progresos que se han realizado últimamente en este ámbito, aunque es necesario avanzar más para conseguir, entre otras cosas, que la salud mental ocupe un lugar tan relevante como el que tiene hoy en día la salud física. De esta manera se crearán las condiciones para que cuando una persona no pueda salir por sí misma de una depresión demande a tiempo un tratamiento o una psicoterapia a un profesional, al que se le otorga un saber acerca de su síntoma y de la causa de su sufrimiento, para que pueda dirigir la cura.
La tragedia de Mutilva Alta ha puesto de manifiesto la actualidad de estas cuestiones y la necesidad de investigar y avanzar en el conocimiento, la prevención y el tratamiento. Lo expresaba, a su manera, una vecina la localidad navarra, que se ponía en el lugar de la parricida y manifestaba, con una buena dosis de afecto y comprensión: «Los niños me dan pena, mucha pena, pero mucha más me da la madre. Cuando se dé cuenta de lo que ha hecho se hundirá para siempre». Esperamos que no sea así.
Violencias domésticas
Hoy, este que escribe, tiene gana de meter bulla; es decir, de escribir algo que huela a rancio sin que necesariamente tenga que ser ese el tufillo que desprenda. Empecemos. Poca gente he admirado tanto, durante los últimos años, como aquel coronel de la Guardia Civil que se descolgó en los periódicos afirmando haber sido maltratado por su esposa; es decir, como un hombre al que su mujer había infligido maltrato físico; no solo psíquico, que parece ser el aceptado. Hay que tenerlos muy bien puestos para hacer tal confesión en un país que, sin ser distinto en tal sentido de muchos otros, por no decir de todos, pasa por ser la cuna del machismo hispánico, al parecer, el más acendrado de todo el orbe occidental. Y además perteneciendo, en su condición de jefe, al benemérito instituto fundado por el duque de Ahumada. Un loco, un suicida, o un santo. Quizá tan solo un tío cabal. Lamento no recordar su nombre.
EN SU confesión pública señalaba el coronel el hecho, según creo recordar, de haber acudido a uno de los llamados juzgados de violencia de género sin lograr que le prestasen la mínima atención. Desde entonces procuro fijarme en las denuncias de ese tipo. En ellas siempre hay un marido quejoso de la prácticamente nula predisposición de estos juzgados a ocuparse de un tipo de violencia que debería ser llamada de otro modo, acaso violencia doméstica, quizá violencia intrafamiliar; de alguna otra manera que evitase relacionarla con un género cuando en realidad puede ser y de hecho es practicada por los dos, algo que inclina la conocida y al parecer equilibrada balanza de la justicia tendenciosamente hacía un solo lado.
La pregunta es, puesto que todos sabemos cuántas mujeres mueren anualmente a manos de sus maridos, cuántos hombres lo hacen a las de sus esposas. No en las de sus esposas, cantidad de ellos. No ignoramos que los hombres mueren antes, vayamos a saber por qué, aunque la ampliamente considerada emancipación de la mujer esté ayudando de forma denodada a nivelar las cifras. Vayamos a saber también por qué. ¿Cuántos lo hacen? ¿Cincuenta al año? ¿Habla alguien de ellos? ¿Dice alguien algo de ese atroz número de envenenamientos que según no pocos permanece ignorado, cuando no silenciado y oculto?
LAS PREGUNTAS anteriores sugieren otras. Admitamos, la mayoría de la gente así lo considera, que en los llamados juzgados de violencia de género se presta especial atención a las demandas presentadas por quienes en la pareja matrimonial ocupan el lugar considerado siempre más débil y necesitado de protección; el de las mujeres. Nada que objetar a ello. Deben ser atendidas en la medida en la que lo están siendo. Pero sin olvidar nunca que la realidad suele tener dos caras, al menos; que la violencia se puede ejercer de muy distintos e irritantes modos; y que de buenas intenciones se empedró siempre el infierno.
¿Qué sucederá o que sucede cuando en uno de estos juzgados la demanda de protección o la denuncia se formula desde un matrimonio homosexual? Si el juzgado es de violencia de género, supuestamente, ¿habrá que ponerse a discriminar el rol que juega cada uno de los componentes en el seno de su pareja? ¿Cuál será la dirección si la pareja en cuestión es de lesbianas, cuál si es gay? ¿Habrá que saber primero quién es quien o habrá que atajar directamente la violencia? Siéndolo, al menos habiéndolo sido históricamente, el problema no es de género, no es únicamente de violencia de género. El problema es de violencia. Lo que hay que combatir es la violencia. No solo la ejercida por una parte de la pareja, sino la desarrollada por las dos, siempre que esta se produzca.
Pensamos con palabras, nos construimos con ellas y la construcción así entendida de una sociedad no es más que la sumatoria del constructo de las individualidades que la forman. Quizá eso sea algo parecido a lo que se puede acabar por llamar o por considerar parte del imaginario colectivo. Pero también es cierto que ese imaginario no siempre se estructura de abajo a arriba y puede hacerlo, de hecho también lo hace, de arriba a abajo.
ENTONCES son los individuos, los líderes de opinión, los políticos salvadores de patrias, o fundamentalmente los colectivos actuantes en el seno de esa sociedad, quienes crean los estados ambiente, los estados de opinión que determinan lo que Maurice Maeterlinck denominó “el espíritu de la colmena”; es decir, aquella determinación colectiva que nos hace pensar que, efectivamente, las abejas son capaces de emitir juicio. La prueba más evidente de ello, sigue diciendo Maeterlinck, es que, en cantidad de oportunidades, el enjambre se equivoca en sus acciones colectivas y pone en peligro su propia razón de ser.
La experiencia de los años transcurridos desde que se implantaron deja en evidencia la discriminación que supone el hecho de que un juzgado pueda ser llamado de violencia de género. Sucede así desde el momento en que esta no es ejercida siempre unilateralmente, sino que puede actuar en los dos sentidos. De hecho, lo hace así.
CONSIDÉRESE, pues, a esta violencia intrafamiliar o doméstica, matrimonial o como se decida. Y si no, llámensele a las cosas por su nombre para que nadie, incluso un coronel de la Guardia Civil, pueda sentirse llamado a engaño. Llamémosle juzgado de violencia machista, que la hay y se ejerce con una profusión estremecedora. Negarlo sería tan miserable como hacerlo con la otra y equivalente, tan terrible como ella.
Violencias domésticas
Hoy, este que escribe, tiene gana de meter bulla; es decir, de escribir algo que huela a rancio sin que necesariamente tenga que ser ese el tufillo que desprenda. Empecemos. Poca gente he admirado tanto, durante los últimos años, como aquel coronel de la Guardia Civil que se descolgó en los periódicos afirmando haber sido maltratado por su esposa; es decir, como un hombre al que su mujer había infligido maltrato físico; no solo psíquico, que parece ser el aceptado. Hay que tenerlos muy bien puestos para hacer tal confesión en un país que, sin ser distinto en tal sentido de muchos otros, por no decir de todos, pasa por ser la cuna del machismo hispánico, al parecer, el más acendrado de todo el orbe occidental. Y además perteneciendo, en su condición de jefe, al benemérito instituto fundado por el duque de Ahumada. Un loco, un suicida, o un santo. Quizá tan solo un tío cabal. Lamento no recordar su nombre.
EN SU confesión pública señalaba el coronel el hecho, según creo recordar, de haber acudido a uno de los llamados juzgados de violencia de género sin lograr que le prestasen la mínima atención. Desde entonces procuro fijarme en las denuncias de ese tipo. En ellas siempre hay un marido quejoso de la prácticamente nula predisposición de estos juzgados a ocuparse de un tipo de violencia que debería ser llamada de otro modo, acaso violencia doméstica, quizá violencia intrafamiliar; de alguna otra manera que evitase relacionarla con un género cuando en realidad puede ser y de hecho es practicada por los dos, algo que inclina la conocida y al parecer equilibrada balanza de la justicia tendenciosamente hacía un solo lado.
La pregunta es, puesto que todos sabemos cuántas mujeres mueren anualmente a manos de sus maridos, cuántos hombres lo hacen a las de sus esposas. No en las de sus esposas, cantidad de ellos. No ignoramos que los hombres mueren antes, vayamos a saber por qué, aunque la ampliamente considerada emancipación de la mujer esté ayudando de forma denodada a nivelar las cifras. Vayamos a saber también por qué. ¿Cuántos lo hacen? ¿Cincuenta al año? ¿Habla alguien de ellos? ¿Dice alguien algo de ese atroz número de envenenamientos que según no pocos permanece ignorado, cuando no silenciado y oculto?
LAS PREGUNTAS anteriores sugieren otras. Admitamos, la mayoría de la gente así lo considera, que en los llamados juzgados de violencia de género se presta especial atención a las demandas presentadas por quienes en la pareja matrimonial ocupan el lugar considerado siempre más débil y necesitado de protección; el de las mujeres. Nada que objetar a ello. Deben ser atendidas en la medida en la que lo están siendo. Pero sin olvidar nunca que la realidad suele tener dos caras, al menos; que la violencia se puede ejercer de muy distintos e irritantes modos; y que de buenas intenciones se empedró siempre el infierno.
¿Qué sucederá o que sucede cuando en uno de estos juzgados la demanda de protección o la denuncia se formula desde un matrimonio homosexual? Si el juzgado es de violencia de género, supuestamente, ¿habrá que ponerse a discriminar el rol que juega cada uno de los componentes en el seno de su pareja? ¿Cuál será la dirección si la pareja en cuestión es de lesbianas, cuál si es gay? ¿Habrá que saber primero quién es quien o habrá que atajar directamente la violencia? Siéndolo, al menos habiéndolo sido históricamente, el problema no es de género, no es únicamente de violencia de género. El problema es de violencia. Lo que hay que combatir es la violencia. No solo la ejercida por una parte de la pareja, sino la desarrollada por las dos, siempre que esta se produzca.
Pensamos con palabras, nos construimos con ellas y la construcción así entendida de una sociedad no es más que la sumatoria del constructo de las individualidades que la forman. Quizá eso sea algo parecido a lo que se puede acabar por llamar o por considerar parte del imaginario colectivo. Pero también es cierto que ese imaginario no siempre se estructura de abajo a arriba y puede hacerlo, de hecho también lo hace, de arriba a abajo.
ENTONCES son los individuos, los líderes de opinión, los políticos salvadores de patrias, o fundamentalmente los colectivos actuantes en el seno de esa sociedad, quienes crean los estados ambiente, los estados de opinión que determinan lo que Maurice Maeterlinck denominó “el espíritu de la colmena”; es decir, aquella determinación colectiva que nos hace pensar que, efectivamente, las abejas son capaces de emitir juicio. La prueba más evidente de ello, sigue diciendo Maeterlinck, es que, en cantidad de oportunidades, el enjambre se equivoca en sus acciones colectivas y pone en peligro su propia razón de ser.
La experiencia de los años transcurridos desde que se implantaron deja en evidencia la discriminación que supone el hecho de que un juzgado pueda ser llamado de violencia de género. Sucede así desde el momento en que esta no es ejercida siempre unilateralmente, sino que puede actuar en los dos sentidos. De hecho, lo hace así.
CONSIDÉRESE, pues, a esta violencia intrafamiliar o doméstica, matrimonial o como se decida. Y si no, llámensele a las cosas por su nombre para que nadie, incluso un coronel de la Guardia Civil, pueda sentirse llamado a engaño. Llamémosle juzgado de violencia machista, que la hay y se ejerce con una profusión estremecedora. Negarlo sería tan miserable como hacerlo con la otra y equivalente, tan terrible como ella.
-
Recientes
- >Un regard juridique sur les mutations dans le monde arabe
- >EU-Turkey Accession Negotiations: the State of Play and the Role of the New Turkish Foreign Policy
- >The limits of air power
- >La filosofía del "pienso, luego ‘tuiteo’"
- >El miedo conquista Siria
- >Islandia enjaula a sus banqueros
- >Cuando la farsa se tiñe de sangre
- >Unlearned lessons from Chernobyl and Fukushima
- >In Egypt’s Democracy, Room for Islam
- >Croatia protests show failure of political promise
- >Le genre humain, menacé
- >El precio de la democracia en el mundo
-
Enlaces
-
Archivos
- abril 2011 (22)
- marzo 2011 (231)
- febrero 2011 (67)
- agosto 2010 (4)
- julio 2010 (1)
- mayo 2010 (27)
- abril 2010 (98)
- noviembre 2009 (5)
- septiembre 2009 (59)
- agosto 2009 (2)
- julio 2009 (13)
- junio 2009 (1)
-
Categorías
- Abjasia
- aborto
- administración pública
- adopción
- Afganistán
- Africa
- agricultura
- agua
- Al Qaeda
- Alemania
- alianza de civilizaciones
- alimentos
- América Latina
- Andreotti
- anorexia
- Antártida
- anticoncepción
- antisemitismo
- antropología
- apostasía
- Apoyos didácticos
- APRENDIENDO EL BLOG
- Aprendiendo en el blog
- Arabia Saudí
- Argelia
- Argentina
- armamentismo
- armas
- armas nucleares
- Armenia
- arqueología
- arquitectura
- Arte
- Asia
- astronomía
- Australia
- Austria
- automotriz
- aviación
- ética
- Bahréin
- Balcanes
- ballet
- Banca
- Banco Central Europeo
- Banco Mundial
- Bangladesh
- Bélgica
- Benedicto XVI
- Berlusconi
- bibliotecas
- Bielorrusia
- Birmania
- Bohr
- Bolívar
- Bolivia
- Bolsa
- Brasil
- budismo
- Burundi
- Bush
- Bután
- Calderón
- cambio climático
- Camboya
- canon digital
- capitalismo
- Caribe
- carrera espacial
- cáncer
- Cáucaso
- código penal
- celebración
- censura
- Centroamérica
- Che Guevara
- Chechenia
- Cheney
- Chequia
- Chile
- China
- Chipre
- choque de civilizaciones
- ciberactivismo
- ciencia
- cine
- ciudadania
- Colombia
- comercio
- comercio internacional
- comunicación política
- comunismo
- conflicto armado
- conflicto social
- conflicto territorial
- Congo
- constitución
- consumismo
- contaminación
- Convenios de Ginebra
- cooperación internacional
- cooperación policial
- Corea del Norte
- corrupción
- Corte Penal Internacional
- Costa de Marfil
- Costa Rica
- crímenes contra la humanidad
- crímenes de guerra
- crimen organizado
- criminalidad
- Cristianismo
- Croacia
- Cuba
- cuerpos y fuerzas de seguridad
- cuidados paliativos
- cultura
- cultura maya
- Cumbre económica
- custodia
- Dalai Lama
- Defensa
- delincuencia
- delitos económicos
- delitos sexuales
- Democracia
- democracia económica
- demografía
- dependencia
- deporte
- derecha
- Derecho
- derechos civiles
- derechos humanos
- derechos políticos
- desastres naturales
- deslocalización industrial
- dictaduras
- Dinamarca
- diplomacia
- discapacidad
- discriminación
- divorcio
- dopaje
- drogadicción
- ecología
- economía
- Ecuador
- Educación
- Educación para la Ciudadanía
- Egipto
- El Salvador
- elecciones
- embarazo
- empleo
- energía
- enfermedad mental
- entrevista
- Epidemias
- Eritrea
- ESA
- esclavitud
- Eslovaquia
- Eslovenia
- España
- Espacio Europeo de Educación Superior
- Estados Unidos
- Estonia
- ETA
- Etiopía
- Europa
- eutanasia
- Evo Morales
- Evolución
- Ex-Repúblicas Soviéticas
- exploración espacial
- familia
- FARC
- Fascismo
- Física
- feminismo
- Fidel Castro
- Filipinas
- filosofía
- Finlandia
- FMI
- Formación Profesional
- Foro Social Mundial
- Fox
- Francia
- franquismo
- Frida
- fuerzas armadas
- G-20
- G-8
- Gaddafi
- ganadería
- Gandhi
- gasto militar
- gastronomía
- genética
- General
- geología
- Geopolítica
- Georgia
- Ghana
- Globalización
- golpe de Estado
- Grecia
- Guantánamo
- Guatemala
- guerra
- Guerra civil española
- guerrilla
- Guinea Ecuatorial
- Haití
- hepatitis
- Holanda
- homosexualidad
- Honduras
- Hugo Chávez
- identidad cultural
- ideología
- Iglesia
- Iglesia-Estado
- Igualdad
- Igualdad de género
- ILCA
- impuestos
- incendios
- India
- indigenismo
- infancia
- infraestructura
- integración
- intelectuales
- interculturalidad
- Internet
- intimidad
- investigación
- IRA
- Irak
- Irán
- Irlanda
- Irlanda del Norte
- Islam
- Islandia
- Israel
- Italia
- Japón
- juegos olímpicos
- justicia
- juventud
- Kazajstán
- Kenia
- Kirguistán
- Kirguizistán
- Kurdistán
- laicismo
- Líbano
- lectura
- lengua española
- lengua extranjera
- lenguaje
- Letonia
- Liberalismo
- libertad
- libertad de expresión
- Libia
- libros
- Liechtenstein
- limpieza étnica
- literatura
- Lituania
- mafia
- magnicidio
- Magreb
- Malasia
- maltrato infantil
- Marruecos
- marxismo
- Maternidad
- matrimonio
- matrimonio homosexual
- Mauritania
- México
- música
- McCain
- medicamentos
- medicina
- medio ambiente
- Medio Oriente
- medios de comunicación
- Mediterráneo
- memoria histórica
- mercado laboral
- Merkel
- metro
- migración
- misiones de paz
- moda
- Moldavia
- monarquía
- moneda
- moriscos
- muerte
- multiculturalismo
- multilinguismo
- mundo árabe
- museos
- Nacionalismo
- narcotráfico
- NASA
- Naturaleza
- Navidad
- nazismo
- neocons
- Nepal
- neurociencia
- Nicaragua
- Noruega
- nuevas tecnologías
- Obama
- oceanos
- ocio
- ong
- ONU
- OPEP
- Orden Mundial
- ordenamiento jurídico
- Osetia del Sur
- OTAN
- ovnis
- Pakistán
- Panteras Negras
- paraísos fiscales
- Paraguay
- paramilitares
- partidos políticos
- patentes
- patrón de medida
- pederastia
- pedofilia
- pena de muerte
- pensamiento
- pensiones
- Perú
- periodismo
- Phineas Gage
- piratería
- plurilinguismo
- pobreza
- poder judicial
- política
- política exterior
- política linguistica
- Politica social
- Polonia
- populismo
- Portugal
- Premios Nobel
- prisiones
- privacidad
- profesorado
- propiedad intelectual
- prostitución
- protección a menores
- psicología
- publicidad
- Putin
- racismo
- Ratzinger
- reconocimiento facial
- referéndum
- Reino Unido
- relaciones transatlánticas
- Religión
- República Democrática del Congo
- reportaje
- responsabilidad social
- revoluciones
- Ruanda
- Rumanía
- Rusia
- Rutherford
- Sahara Occidental
- salarios
- salud
- salud mental
- salud pública
- saqueo cultural
- Sarkozy
- símbolos nacionales
- símbolos religiosos
- seguridad aérea
- seguridad ciudadana
- seguridad laboral
- seguridad nacional
- seguridad vial
- servicios
- servicios secretos
- sexismo
- sexualidad
- SIDA
- sindicalismo
- siniestros
- Siria
- sistema electoral
- sistema penitenciario
- sistema político
- sistema sanitario
- socialismo
- sociedad
- sociedad de la información
- Somalia
- Sri Lanka
- Sudáfrica
- Sudán
- Suecia
- Suiza
- tabaquismo
- Tailandia
- Taiwan
- tauromaquia
- Tíbet
- Túnez
- Teatro
- tecnología
- telefonía
- televisión
- Teoría del Estado
- tercera edad
- terrorismo
- testimonios
- Timor Oriental
- TLCAN
- Tony Blair
- tortura
- tradiciones
- transexualidad
- transición
- transporte
- trastorno de la personalidad
- trasvases
- Tribunal Constitucional
- Tribunal Penal Internacional
- turismo
- Turquia
- Ucrania
- UE
- UNESCO
- Unión Europea
- universidad
- Universo
- urbanismo
- Uzbekistán
- víctimas del terrorrismo
- Venezuela
- videojuegos
- Vietnam
- violencia
- violencia de género
- violencia en la escuela
- violencia infantil
- violencia juvenil
- violencia sexual
- visión
- vivienda
- wikileaks
- xenofobia
- Yemen
- Yunque
- Zimbabwe
-
RSS
RSS de las entradas
RSS de los Comentarios