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>Afghan women are still at risk

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By Ivan Simonovic, the United Nations assistant secretary-general for human rights (THE GUARDIAN, 27/03/11):
Sima is 15 but looks younger. I met her in Kabul, in the female juveniles section of the Badam Bagh prison. She talks very little, but her eyes are full of grief. A defence lawyer told me it was likely she had been raped.
What is Sima’s crime? She is serving her sentence for running away from domestic violence. About half of all women in Afghan prisons are there for the same “crime”. Some of them are in prison with their babies. The youngest ones are no older than 12. Having spent time in jail, they will rarely be accepted back by their families and communities.
Ten years since the Taliban fled Kabul, while new laws, policies and development aid have brought some benefits to Afghan women, deep-rooted challenges remain. The Office of the United Nations High Commissioner for Human Rights recently issued a report on harmful traditional practices against women and girls in Afghanistan. About half of women get married before the age of 15. It is estimated that 70-80% of marriages are forced. Selling girls or giving them away in settlement of a conflict is common practice. The literacy rate of Afghan girls of 15 or more is just 12%. Unsurprisingly, violence and abusive behaviour against them is widespread.
Afghanistan has ratified the convention on the elimination of discrimination against women, but its initial report is long overdue. A law on elimination of violence against women has been adopted recently, but its enforcement is a real challenge: victims are reluctant to seek help from police officers, 99% of whom are male.
So, what can they do when they face abuse? Desperate girls and women all too often commit suicide, an increasing number of them by self-immolation. Those who have the courage to run away and seek refuge within their family are often returned to their abusive husbands or parents. The ones who try to find a safe haven at their neighbours’ or friends’ houses face criminal charges for the intent to commit zina (adultery, or sexual relations out of marriage). The punishment is not provided by law – nor, I was told by experts, is it consistent with sharia, which requires witnesses and proof. It is based merely on an instruction of the supreme court of Afghanistan. The only safe haven for victims are NGO-run shelters for women and girls, yet Afghan authorities have recently threatened their continued operation.
I visited the oldest shelter in Afghanistan and talked to the girls and women under its protection. It was heartbreaking to hear their pleas for the maintenance of the shelters, as they are the only places they can go: “If this place is closed, I have no option then to kill myself”, a young women told me. I raised the issue with President Karzai, who assured me that the number of shelters would not be reduced and that he was in favour of government financially supporting NGO-run shelters.
The UN security council has adopted a resolution extending the mandate of the UN assistance mission in Afghanistan. It “strongly condemns” continuing discrimination against women and girls; calls for enhanced efforts to secure their rights; and supports women’s shelters. It also addresses the main problem: empowerment of Afghan women and ensuring that women’s rights are an integral part of peace, reintegration and reconciliation efforts. If girls are not educated and women not included in political life, public administration and the justice system, traditional harmful practices will continue and their human rights will never be protected. Only if they are present and active in peace talks can they rest assured that even the modest gains secured to date will not be used as bargaining chips.
For peace to be sustainable and just, both Taliban and women should sit at the negotiating table and be included in shaping decisions on the future of Afghanistan.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 28, 2011 Publicado por | Afganistán, violencia de género | Dejar un comentario

>Interrogantes sobre la violencia contra la mujer

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Por José Sanmartín Esplugues, rector de la Universidad Internacional Valenciana (EL MUNDO, 16/04/10):
Desde el año 2000, el Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia ha venido realizando una investigación minuciosa y estricta sobre muertes violentas de mujeres a escala internacional. Eso ha permitido, al menos, detectar algunas características que no parecen ser coyunturales y que tienen un interés especial para España.
La primera de esas notas tiene que ver con el hecho de que, entre los años 2000 y 2006, España haya ocupado uno de los lugares más bajos en el ranking internacional sobre violencia contra la mujer con resultado de muerte. Anualmente, la pareja o ex pareja ha matado a tres mujeres por cada millón de féminas mayores de 14 años en España; en Europa, a cuatro; y, en América, a ocho.
Si esto es así, ¿por qué la percepción de este problema en la sociedad española es casi como si estuviéramos en guerra? Cuantos viajamos por el extranjero sabemos de la mala fama que España arrastra a este respecto.
George Gerbner (1919-2005) decía que la visión reiterada de violencia en la televisión no sólo puede inducir imitación o insensibilización ante la violencia real. También, y sobre todo, puede hacer que se perciba la realidad con tintes más violentos que los que ya tiene de por sí.
La respuesta a la cuestión arriba planteada podría venir por esta vía. Eso no significa, desde luego, que la televisión y, en general, los medios de comunicación audiovisual sean los responsables únicos de que haya una percepción social tan distorsionada como la aludida. Nadie, sin embargo, puede negarles una influencia crucial.
La segunda característica es que, en ese mismo periodo, la tasa de mujeres asesinadas por la pareja o ex pareja en España ha estado por debajo de la de la mayoría de países noreuropeos. En particular, la de España (tres mujeres por millón) es mucho menor que la de Finlandia (10) o la de Noruega (cinco). Este hecho lleva a poner en cuestión lo que quizá no hayan sido más que mitos; por ejemplo, que el sur (caliente) de Europa es más violento que el norte.
Desde luego, una creencia ampliamente extendida es que en los países nórdicos y, especialmente, en los países escandinavos (como adelantados de la Historia en este contexto), la educación no sexista es una realidad desde hace años. Pero lo cierto es que mueren más mujeres de forma violenta en Finlandia que en España. Por consiguiente, la hipótesis de que los feminicidios se explican únicamente a partir de la asunción de estereotipos rígidos de masculinidad y feminidad a través de una educación sexista no parece quedar corroborada del todo por los datos ofrecidos.
Quizá sea hora de que, sin rasgarnos las vestiduras, nos aproximemos a este problema con actitud científica abierta. No son raros los científicos que, en ocasiones, le cortan las piernas a la realidad para que se ajuste al tamaño de sus teorías, como Procusto hacía con sus huéspedes para que se adaptaran a sus camas. Los ideólogos y, en general, quienes comparten una ideología política, a menudo, no sólo le cortan las extremidades inferiores, sino también las superiores y cuanto no se adecue a sus tesis.
Personalmente, estoy en contra de esta especie de supremacía de lo teórico y, por supuesto, del pensamiento único. Estoy muy a favor, en cambio, de hacer uso de cuantas conjeturas (no contradictorias entre sí) puedan emplearse para explicar un problema. Pues bien, que tras los feminicidios hay sexismo lo considero algo obvio en la mayoría de los casos. Que puede haber más cosas, también. En particular, el agresor de mujeres presenta algunas características psicológicas muy marcadas. No estoy queriendo decir ni que el agresor nazca así, ni que tales características adopten la forma de trastornos mentales o de la personalidad que incapaciten para distinguir el bien del mal.
Respecto de si los agresores de mujeres nacen o se hacen, me permito afirmar que, en su gran mayoría, son producto de la mala educación. Pero, por tal no entiendo sólo la educación sexista. El sexismo puede ser la gota que colma el vaso.
Por mala educación me refiero también a la que proporcionan determinados modelos familiares de crianza, como el autoritario o el hiperprotector. Tanto un modelo como el otro potencian el hipercontrol de los hijos, aunque a través de caminos distintos. En el modelo autoritario, en retroceso, se imponen despóticamente las decisiones: unos (de ordinario, el padre) mandan y los demás miembros de la familia se someten. En el modelo hiperprotector, en aumento, los padres viven la vida de los hijos, eliminando de su camino cualquier dificultad, cualquier problema que pueda frustrarlos, controlándolos hasta en lo más mínimo, pero amablemente. Ambos modelos llevan a los hijos a no aprender que hay responsabilidades propias que todo ser humano ha de asumir.
Esta característica cognitiva suele ir acompañada de una forma peculiar de pensamiento: el mundo siempre se divide en dos bandos. En uno está él. En el otro, el culpable de cuanto negativo le pasa. Este estilo cognitivo suele ir acompañado, entonces, de reacciones con ira e, incluso, con violencia ante la mínima frustración de las expectativas. Una reacción, por cierto, que el agresor encontrará justificada porque creerá que ha sido el otro (la pareja, por ejemplo) quien la ha provocado.
¿Sería científicamente descabellado pensar, entonces, en que, al menos en algunos casos, juega un papel importante en la agresión contra mujeres el haber sido educado en alguno de los modelos descritos? Creo que no sólo no sería descabellado ampliar la batería de hipótesis con la que estamos abordando el problema de la violencia contra la mujer. Considero que, científicamente, es necesario analizar cuantas hipótesis estimemos pertinentes, aunque haya quien, desde un punto de vista ideológico, lo vea como algo no sólo inconveniente, sino equivocado. Ciencia e ideología política no tienen por qué ir de la mano. Casi al revés: cuando la ideología impregna (más que eso, cuando guía desde dentro) la ciencia es cuando se cometen los mayores errores.
La tercera característica es que, entre 2000 y 2006, tanto las mujeres que han muerto de forma violenta a manos de sus parejas o ex parejas como estas últimas son, sobre todo, jóvenes. Si el sexismo fuera el responsable único de este grave problema, no se entendería este hecho, porque es una conjetura ampliamente extendida la de que las generaciones más jóvenes han sido educadas de manera menos machista que las generaciones anteriores.
Como soy ecléctico, creo, en definitiva, que el problema tiene muchas con-causas, no una sola causa, por influyente que nos pueda parecer. Y que no es el sexismo a solas, ni los modelos educativos dominantes a secas, ni los medios de comunicación… la causa de la violencia contra la mujer. Son todos ellos y, quizá, muchos más.
Lo que no significa, desde luego, que haya que cruzarse de brazos y esperar a conocerlos todos. Los grandes cambios empiezan siempre por mínimas pero eficaces variaciones. Jay Haley (1923-2007) decía que, para derribar la presa de un pantano sólo hay que hacerle un pequeño agujero: el resto lo hará el agua. Desgraciadamente, en el caso de la violencia contra la mujer, temo que no hemos dado todavía con la clave de inicio del derrumbe.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

abril 29, 2010 Publicado por | violencia de género | Dejar un comentario

>Una víctima iraní de maltrato aplicará el ‘ojo por ojo’ al hombre que la cegó con ácido

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EFE. 04.03.2009 – 13:01h

Una mujer iraní de 30 años Ameneh Bahrami, que en 2004 quedó ciega cuando un pretendiente despechado le arrojó ácido a la cara después de que no le aceptara como esposo, ha decidido aplicar la ley Talión, que permite la legislación de Irán y que exige un castigo igual al crimen cometido.

La joven, que vive en Barcelona, donde ha sido sometida a diferentes intervenciones quirúrgicas en ojos y rostro ha explicado que ha rechazado la petición de piedad de su verdugo, un compañero de facultad, quien le ha llegado a implorar que, si no le perdona, le mate, pero que no le deje ciego.

Ameneh recuerda que él no tuvo ninguna compasión cuando le esperó durante horas en la puerta de su trabajo para quemarle la cara y dejarla ciega, y ha añadido, además, que su verdugo será “afortunado”, al menos más que ella: “será anestesiado antes de que se le arrojen cinco o diez gotas de ácido en los ojos, será fácil para él”, ha dicho inflexible.

La mujer está a la espera de una carta del juzgado de su país para viajar a Irán, aunque se da la circunstancia de que, al estar totalmente ciega, no podrá ejecutar ella la sentencia, pero, recalca: “habrá mucha gente que quiera hacerlo por mí”.

Según la legislación iraní, Ameneh “sólo” podrá cegarle de un ojo si no paga antes 20.000 euros por ejecutar la sentencia de forma total, ya que las leyes de su país establecen que la mujer vale la mitad que un hombre, es decir, dos ojos de una mujer por uno de un hombre.

Yo quiero pagarle con el ojo por ojo“, ha asegurado Ameneh, quien cree que el hombre que le agredió “no debe ir por la calle libremente, la gente tiene derecho a estar segura y saber lo que hizo”.

Vive en España con 400 euros de pensión

La joven iraní, huida de su país por miedo, vive sola desde hace cuatro años en una habitación de alquiler en un piso compartido, gracias a una pequeña pensión de 400 euros del Gobierno español, aunque asegura que sufre mareos, está enferma y necesita a alguien para su día a día, pero que su madre no puede venir porque no le conceden el visado.

No obstante, asegura que prefiere esta situación a regresar a Irán, y teme también por lo que le pueda pasar a su familia y amigos.

El doctor Ramón Médel, del Instituto de Microcirugía Ocular de Barcelona, ha explicado que Ameneh, a la que ha atendido, llegó a mantener durante dos años la visión del 40% de un ojo, pero que una infección por hongos acabó dejándola ciega totalmente.

marzo 8, 2009 Publicado por | Islam, violencia de género | Dejar un comentario

>Familia patriarcal y machismo asesino

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Por Bonifacio de la Cuadra (EL PAÍS, 04/06/08):

A la memoria de mi querida y admirada Marisa

No existe una relación inmediata de causa/efecto, pero sí puede afirmarse que la estructura de valores de la familia patriarcal constituye un caldo de cultivo, un terreno abonado, un ambiente propicio para el machismo asesino. De ahí que el gravísimo problema de la violencia de género deba atacarse desde su raíz: el tradicional poderío del varón en todos los ámbitos de la sociedad, y muy particularmente en el hogar familiar.

Es curioso cómo muchas mujeres describen los avances igualitaristas de los hombres -esposos, novios, hijos, padres- en la casa común con expresiones como que el hombre “ayuda” o “colabora” en las faenas domésticas, desde el convencimiento de que el trabajo doméstico es, básicamente, obligación de la mujer -esposa, novia, hija, madre-. Una trabajadora, dentro y fuera de casa, ironizaba hace unas semanas, en televisión: “Mi marido y yo tenemos el trabajo repartido; él deshace la cama y yo la hago, él come y yo hago la comida”.

De esa situación hay un paso a Mi marido me pega lo normal, título de un libro del forense Miguel Lorente, recientemente designado delegado del Gobierno para la Violencia de Género. Lorente, con experiencia por sus anteriores cargos en la Junta de Andalucía, expone las causas habituales del maltrato del hombre a su mujer (”no tener preparada la comida”, “llevarle la contraria”, “no estar en casa cuando él llegó o llamó”, “quitarle la autoridad ante los hijos u otras personas”…) y el objetivo de las palizas: mantener la autoridad y lograr que ella esté sometida y controlada. Según Lorente, se trata de una violencia estructural, que actúa de “elemento estabilizador de la convivencia bajo el patrón de dominio patriarcal] diseñado”, de modo que existe “permisividad social hacia la agresión a la mujer en pequeñas dosis”.

De hecho, en las encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) sobre las cuestiones que más inquietan a los españoles, el maltrato intrafamiliar no figura nunca entre las preocupaciones principales, a pesar de tratarse de un fenómeno con todos los ingredientes para suscitar la alarma social y con muchas más víctimas mortales que, por ejemplo, el terrorismo.

Una muestra de las raíces históricas patriarcales de la violencia machista la ofrece, en el siglo XVIII, Juan Jacobo Rousseau: “La mujer está hecha para obedecer al hombre; la mujer debe aprender a sufrir injusticias y a aguantar tiranías de un esposo cruel sin protestar. La docilidad por parte de una esposa hará a menudo que el esposo no sea tan bruto y entre en razón”. Y dos siglos después, el inefable Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, con muchos adeptos, apuntillaba: “La mujer no tiene por qué ser inteligente. Basta con que sea discreta”.

¿Puede extrañar demasiado que el patriarca austriaco Josef Fritzl, tras esclavizar durante 24 años a su hija Elisabeth, se atreva ahora a alardear de haber celebrado en familia la Navidad con aquellas criaturas procreadas mediante violación y que presuma de no “haberlos matado a todos”? Su compatriota, la escritora feminista Elfriede Jelinek, ha arremetido contra un país incapaz de cuestionar “la palabra del padre” y menos aún la autoridad de un padre-abuelo, reflejo de sus rigurosas estructuras patriarcales.

En España también podemos tener claro que el origen del machismo asesino, y de la no menos grave dominación masculina consentida y silenciosa, está en ese modelo patriarcal de familia nucleado en torno a un matrimonio sacramental y procreativo que une a ambos cónyuges, como predica la Iglesia y aplican los maltratadores, “hasta que la muerte los separe”.

¿Cómo atajar esa lacra? La juez Manuela Carmena reveló hace años que un recluso le manifestó en la cárcel: “Yo he matado a mi mujer, pero no soy ningún delincuente”. Lorente niega que se deba tratar como un mero “conflicto de pareja”, según pretendió algún psicólogo, y apuesta por la justicia penal, por cierto mal organizada y poco sutil para resolver conflictos en los que conviven los sentimientos con los delitos. Los propios jueces han cuestionado en más de cien casos los tipos penales feministas creados por la Ley Integral contra la Violencia de Género, mientras siguen sin aplicarse los preceptos educacionales de esa ley integral y continúan pendientes medidas igualadoras, como la equiparación salarial entre ambos sexos y la obligación de los hombres de pedir el permiso de paternidad. En 2007, casi 40.000 mujeres tuvieron que abandonar el trabajo para encargarse de los hijos, frente a sólo 2.000 padres.

En ese contexto, un Gobierno con más mujeres que hombres, una joven ministra de Igualdad y una mujer al frente de las varoniles Fuerzas Armadas constituyen medidas pedagógicas saludables, que crispan a la caverna, pero que no coinciden con la realidad extragubernamental. Mientras predomine la dominación patriarcal, sigan existiendo situaciones de desigualdad y, como ha dicho Ángela San Román, directora del Instituto de la Mujer de Castilla-La Mancha, “se cuestione permanentemente el avance de la mujer”, estaremos sembrando la semilla del maltrato.

junio 4, 2008 Publicado por | violencia de género | Dejar un comentario

Familia patriarcal y machismo asesino

Por Bonifacio de la Cuadra (EL PAÍS, 04/06/08):

A la memoria de mi querida y admirada Marisa

No existe una relación inmediata de causa/efecto, pero sí puede afirmarse que la estructura de valores de la familia patriarcal constituye un caldo de cultivo, un terreno abonado, un ambiente propicio para el machismo asesino. De ahí que el gravísimo problema de la violencia de género deba atacarse desde su raíz: el tradicional poderío del varón en todos los ámbitos de la sociedad, y muy particularmente en el hogar familiar.

Es curioso cómo muchas mujeres describen los avances igualitaristas de los hombres -esposos, novios, hijos, padres- en la casa común con expresiones como que el hombre “ayuda” o “colabora” en las faenas domésticas, desde el convencimiento de que el trabajo doméstico es, básicamente, obligación de la mujer -esposa, novia, hija, madre-. Una trabajadora, dentro y fuera de casa, ironizaba hace unas semanas, en televisión: “Mi marido y yo tenemos el trabajo repartido; él deshace la cama y yo la hago, él come y yo hago la comida”.

De esa situación hay un paso a Mi marido me pega lo normal, título de un libro del forense Miguel Lorente, recientemente designado delegado del Gobierno para la Violencia de Género. Lorente, con experiencia por sus anteriores cargos en la Junta de Andalucía, expone las causas habituales del maltrato del hombre a su mujer (”no tener preparada la comida”, “llevarle la contraria”, “no estar en casa cuando él llegó o llamó”, “quitarle la autoridad ante los hijos u otras personas”…) y el objetivo de las palizas: mantener la autoridad y lograr que ella esté sometida y controlada. Según Lorente, se trata de una violencia estructural, que actúa de “elemento estabilizador de la convivencia bajo el patrón de dominio patriarcal] diseñado”, de modo que existe “permisividad social hacia la agresión a la mujer en pequeñas dosis”.

De hecho, en las encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) sobre las cuestiones que más inquietan a los españoles, el maltrato intrafamiliar no figura nunca entre las preocupaciones principales, a pesar de tratarse de un fenómeno con todos los ingredientes para suscitar la alarma social y con muchas más víctimas mortales que, por ejemplo, el terrorismo.

Una muestra de las raíces históricas patriarcales de la violencia machista la ofrece, en el siglo XVIII, Juan Jacobo Rousseau: “La mujer está hecha para obedecer al hombre; la mujer debe aprender a sufrir injusticias y a aguantar tiranías de un esposo cruel sin protestar. La docilidad por parte de una esposa hará a menudo que el esposo no sea tan bruto y entre en razón”. Y dos siglos después, el inefable Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, con muchos adeptos, apuntillaba: “La mujer no tiene por qué ser inteligente. Basta con que sea discreta”.

¿Puede extrañar demasiado que el patriarca austriaco Josef Fritzl, tras esclavizar durante 24 años a su hija Elisabeth, se atreva ahora a alardear de haber celebrado en familia la Navidad con aquellas criaturas procreadas mediante violación y que presuma de no “haberlos matado a todos”? Su compatriota, la escritora feminista Elfriede Jelinek, ha arremetido contra un país incapaz de cuestionar “la palabra del padre” y menos aún la autoridad de un padre-abuelo, reflejo de sus rigurosas estructuras patriarcales.

En España también podemos tener claro que el origen del machismo asesino, y de la no menos grave dominación masculina consentida y silenciosa, está en ese modelo patriarcal de familia nucleado en torno a un matrimonio sacramental y procreativo que une a ambos cónyuges, como predica la Iglesia y aplican los maltratadores, “hasta que la muerte los separe”.

¿Cómo atajar esa lacra? La juez Manuela Carmena reveló hace años que un recluso le manifestó en la cárcel: “Yo he matado a mi mujer, pero no soy ningún delincuente”. Lorente niega que se deba tratar como un mero “conflicto de pareja”, según pretendió algún psicólogo, y apuesta por la justicia penal, por cierto mal organizada y poco sutil para resolver conflictos en los que conviven los sentimientos con los delitos. Los propios jueces han cuestionado en más de cien casos los tipos penales feministas creados por la Ley Integral contra la Violencia de Género, mientras siguen sin aplicarse los preceptos educacionales de esa ley integral y continúan pendientes medidas igualadoras, como la equiparación salarial entre ambos sexos y la obligación de los hombres de pedir el permiso de paternidad. En 2007, casi 40.000 mujeres tuvieron que abandonar el trabajo para encargarse de los hijos, frente a sólo 2.000 padres.

En ese contexto, un Gobierno con más mujeres que hombres, una joven ministra de Igualdad y una mujer al frente de las varoniles Fuerzas Armadas constituyen medidas pedagógicas saludables, que crispan a la caverna, pero que no coinciden con la realidad extragubernamental. Mientras predomine la dominación patriarcal, sigan existiendo situaciones de desigualdad y, como ha dicho Ángela San Román, directora del Instituto de la Mujer de Castilla-La Mancha, “se cuestione permanentemente el avance de la mujer”, estaremos sembrando la semilla del maltrato.

junio 4, 2008 Publicado por | violencia de género | Dejar un comentario

¿Por qué una madre puede matar a sus hijos?

Por Araceli Medrano (EL CORREO DIGITAL, 12/02/08):

En la localidad navarra de Mutilva Alta murieron la semana pasada dos niños, de 3 y 7 años, por una ingesta de tranquilizantes presuntamente proporcionados por su madre, que intentó posteriormente suicidarse inhalando el monóxido de carbono que despedía el tubo de escape de su automóvil; la policía llegó a tiempo de impedirlo. También habría pretendido intoxicar con benzodiacepina (psicotropo tranquilizante) a sus dos hijos mayores, de 12 y 14 años, que fueron hospitalizados y que ya se encuentran fuera de peligro.

La mujer, que recibía tratamiento psiquiátrico por una depresión, se encontraba muy abatida desde hace un año por el proceso de separación iniciado por su marido, y la angustiaba en exceso la idea de divorciarse. Según fuentes próximas al caso, la pareja había decidido, por mutuo acuerdo, que la guarda y custodia la ejerciera la madre y que el padre tuviera un amplio régimen de visitas. La vista para el divorcio estaba fijada para el próximo 14 de marzo.

Ante estos antecedentes y conocidos los hechos, los vecinos de Mutilva Alta se preguntaban consternados: ¿Cómo puede tener alguien semejante reacción hacia sus propios hijos? La pregunta nos invita, en primer lugar, a ahondar en el estado y en el proceso mental que lleva a una persona a un desenlace tan terrible. Y, en segundo término, plantea la importancia que debería tener la información, la prevención y el tratamiento en el ámbito de la salud mental.

En el análisis de las posibles causas de este tipo de tragedias (más allá del caso en particular) se hace referencia habitualmente al trastorno mental transitorio (estado de perturbación pasajero, de aparición brusca e imprevisible, con trastornos en la voluntad y en la comprensión), a la psicosis o a la depresión. En el caso de la localidad navarra, el diagnóstico que se ha difundido es el de depresión, y en torno a él realizaremos, fundamentalmente, nuestras reflexiones.

Hay personas en Mutilva Alta que han manifestado que ‘la mujer no está en su sano juicio’, y tienen razón porque a veces es el amor en su vertiente delirante lo que puede desencadenar que una madre dé por finalizada la vida de sus hijos. Este sentimiento desmedido, avivado por un cuadro de depresión profunda, puede explicar en parte estos casos. En sujetos que padecen una depresión grave se presentan de manera reiterada expectativas tremendamente catastróficas respecto a su futuro y al de sus hijos, y se instalan en una especie de túnel o agujero negro en el que la única salida que encuentran es la de terminar definitivamente con el supuesto sufrimiento de sus seres más queridos (ante su ausencia, nadie les va a proteger mejor que ellos), y con su propio infierno. Esta mujer ya ha manifestado que se encontraba seriamente afectada por el proceso de divorcio y que el 19 de enero había tomado la decisión de matar a sus hijos y luego suicidarse.

La depresión desde el discurso médico se puede entender como una ‘modificación profunda del humor’, en el sentido de la tristeza y el sufrimiento moral, asociada a un ‘desinvestimiento’ de toda actividad. El término depresión se utiliza a veces de un modo muy genérico para nombrar diversos síntomas y patologías, que se pueden entender de diferente manera según el diagnóstico (no es lo mismo una neurosis que una psicosis maniaco-depresiva) que se establezca de la estructura clínica en cuestión.

En otros casos de parricidio hacia los hijos nos encontramos con el denominado ’síndrome de Medea’, que hace referencia a la tragedia griega en la que la protagonista mata a sus hijos para vengarse de su marido. Medea, hija de Eetes, rey de la Cólquide, se enamoró de Jasón, a quien defendió contra su padre y luego ayudó a apoderarse del vellocino de oro. Más tarde huyeron a Corinto, donde Jasón rechazó a Medea para casarse con Creusa, hija del rey. Medea, por despecho, degolló a los hijos que había tenido con Jasón, vengándose de esta forma del esposo que la había abandonado.

También hay sujetos femeninos que identifican la feminidad fundamentalmente con la maternidad y que refuerzan esta identificación desde el reconocimiento del otro. El homicidio del propio hijo representa (más allá de la venganza) la destrucción de lo que simbolizaba el vínculo de unión con su compañero, que la sostenía desde la palabra de amor como mujer y como madre.

Sabemos que las separaciones traumáticas en casos muy concretos desencadenan un estado depresivo que, a veces, impide al propio sujeto demandar un tratamiento a tiempo, ya que desde la desesperación no se contempla la posibilidad de encontrar una solución.

Es por lo que este tipo de casos extremos que terminan en tragedia nos ponen de relieve la importancia que debería tener la información, la prevención y el tratamiento en el ámbito de la salud mental. A veces, solamente se toma conciencia de las dolencias del psiquismo cuando se desencadena una crisis aguda o un ataque de pánico y se acude al servicio de urgencias del hospital más próximo. En estas situaciones, se subvierten los habituales esquemas de razonamiento, no se entiende nada y se desmorona la vida del sujeto. Cuando se toca fondo se acepta de buen grado, aunque no siempre, el tratamiento farmacológico, que en muchos casos tiene que ir acompañado de la realización de una psicoterapia en la que el sujeto puede ir tejiendo y descubriendo de qué manera está implicado (con su posición personal, identificaciones ) en los acontecimientos que le desbordan, al mismo tiempo que va cambiando su posición subjetiva y su vínculo con el otro.

En algunas ocasiones, antes de comenzar un tratamiento nos encontramos con dos inconvenientes. El primero es que en el discurso social opera, a modo de resistencia al cambio, la creencia común de que uno tiene una personalidad débil si no puede superar por sí mismo (idea que toma fuerza del narcisismo y de la comparación imaginaria con el otro) determinados problemas. El segundo condicionante es la dificultad que existe desde el lado de la institución sanitaria pública para ofrecer tratamientos psicológicos que requieren una asistencia regular y continuada durante el tiempo que se estime necesario.

Ello no impide, en ningún caso, reconocer los progresos que se han realizado últimamente en este ámbito, aunque es necesario avanzar más para conseguir, entre otras cosas, que la salud mental ocupe un lugar tan relevante como el que tiene hoy en día la salud física. De esta manera se crearán las condiciones para que cuando una persona no pueda salir por sí misma de una depresión demande a tiempo un tratamiento o una psicoterapia a un profesional, al que se le otorga un saber acerca de su síntoma y de la causa de su sufrimiento, para que pueda dirigir la cura.

La tragedia de Mutilva Alta ha puesto de manifiesto la actualidad de estas cuestiones y la necesidad de investigar y avanzar en el conocimiento, la prevención y el tratamiento. Lo expresaba, a su manera, una vecina la localidad navarra, que se ponía en el lugar de la parricida y manifestaba, con una buena dosis de afecto y comprensión: «Los niños me dan pena, mucha pena, pero mucha más me da la madre. Cuando se dé cuenta de lo que ha hecho se hundirá para siempre». Esperamos que no sea así.

febrero 27, 2008 Publicado por | violencia de género | Dejar un comentario

¿Por qué una madre puede matar a sus hijos?

Por Araceli Medrano (EL CORREO DIGITAL, 12/02/08):

En la localidad navarra de Mutilva Alta murieron la semana pasada dos niños, de 3 y 7 años, por una ingesta de tranquilizantes presuntamente proporcionados por su madre, que intentó posteriormente suicidarse inhalando el monóxido de carbono que despedía el tubo de escape de su automóvil; la policía llegó a tiempo de impedirlo. También habría pretendido intoxicar con benzodiacepina (psicotropo tranquilizante) a sus dos hijos mayores, de 12 y 14 años, que fueron hospitalizados y que ya se encuentran fuera de peligro.

La mujer, que recibía tratamiento psiquiátrico por una depresión, se encontraba muy abatida desde hace un año por el proceso de separación iniciado por su marido, y la angustiaba en exceso la idea de divorciarse. Según fuentes próximas al caso, la pareja había decidido, por mutuo acuerdo, que la guarda y custodia la ejerciera la madre y que el padre tuviera un amplio régimen de visitas. La vista para el divorcio estaba fijada para el próximo 14 de marzo.

Ante estos antecedentes y conocidos los hechos, los vecinos de Mutilva Alta se preguntaban consternados: ¿Cómo puede tener alguien semejante reacción hacia sus propios hijos? La pregunta nos invita, en primer lugar, a ahondar en el estado y en el proceso mental que lleva a una persona a un desenlace tan terrible. Y, en segundo término, plantea la importancia que debería tener la información, la prevención y el tratamiento en el ámbito de la salud mental.

En el análisis de las posibles causas de este tipo de tragedias (más allá del caso en particular) se hace referencia habitualmente al trastorno mental transitorio (estado de perturbación pasajero, de aparición brusca e imprevisible, con trastornos en la voluntad y en la comprensión), a la psicosis o a la depresión. En el caso de la localidad navarra, el diagnóstico que se ha difundido es el de depresión, y en torno a él realizaremos, fundamentalmente, nuestras reflexiones.

Hay personas en Mutilva Alta que han manifestado que ‘la mujer no está en su sano juicio’, y tienen razón porque a veces es el amor en su vertiente delirante lo que puede desencadenar que una madre dé por finalizada la vida de sus hijos. Este sentimiento desmedido, avivado por un cuadro de depresión profunda, puede explicar en parte estos casos. En sujetos que padecen una depresión grave se presentan de manera reiterada expectativas tremendamente catastróficas respecto a su futuro y al de sus hijos, y se instalan en una especie de túnel o agujero negro en el que la única salida que encuentran es la de terminar definitivamente con el supuesto sufrimiento de sus seres más queridos (ante su ausencia, nadie les va a proteger mejor que ellos), y con su propio infierno. Esta mujer ya ha manifestado que se encontraba seriamente afectada por el proceso de divorcio y que el 19 de enero había tomado la decisión de matar a sus hijos y luego suicidarse.

La depresión desde el discurso médico se puede entender como una ‘modificación profunda del humor’, en el sentido de la tristeza y el sufrimiento moral, asociada a un ‘desinvestimiento’ de toda actividad. El término depresión se utiliza a veces de un modo muy genérico para nombrar diversos síntomas y patologías, que se pueden entender de diferente manera según el diagnóstico (no es lo mismo una neurosis que una psicosis maniaco-depresiva) que se establezca de la estructura clínica en cuestión.

En otros casos de parricidio hacia los hijos nos encontramos con el denominado ’síndrome de Medea’, que hace referencia a la tragedia griega en la que la protagonista mata a sus hijos para vengarse de su marido. Medea, hija de Eetes, rey de la Cólquide, se enamoró de Jasón, a quien defendió contra su padre y luego ayudó a apoderarse del vellocino de oro. Más tarde huyeron a Corinto, donde Jasón rechazó a Medea para casarse con Creusa, hija del rey. Medea, por despecho, degolló a los hijos que había tenido con Jasón, vengándose de esta forma del esposo que la había abandonado.

También hay sujetos femeninos que identifican la feminidad fundamentalmente con la maternidad y que refuerzan esta identificación desde el reconocimiento del otro. El homicidio del propio hijo representa (más allá de la venganza) la destrucción de lo que simbolizaba el vínculo de unión con su compañero, que la sostenía desde la palabra de amor como mujer y como madre.

Sabemos que las separaciones traumáticas en casos muy concretos desencadenan un estado depresivo que, a veces, impide al propio sujeto demandar un tratamiento a tiempo, ya que desde la desesperación no se contempla la posibilidad de encontrar una solución.

Es por lo que este tipo de casos extremos que terminan en tragedia nos ponen de relieve la importancia que debería tener la información, la prevención y el tratamiento en el ámbito de la salud mental. A veces, solamente se toma conciencia de las dolencias del psiquismo cuando se desencadena una crisis aguda o un ataque de pánico y se acude al servicio de urgencias del hospital más próximo. En estas situaciones, se subvierten los habituales esquemas de razonamiento, no se entiende nada y se desmorona la vida del sujeto. Cuando se toca fondo se acepta de buen grado, aunque no siempre, el tratamiento farmacológico, que en muchos casos tiene que ir acompañado de la realización de una psicoterapia en la que el sujeto puede ir tejiendo y descubriendo de qué manera está implicado (con su posición personal, identificaciones ) en los acontecimientos que le desbordan, al mismo tiempo que va cambiando su posición subjetiva y su vínculo con el otro.

En algunas ocasiones, antes de comenzar un tratamiento nos encontramos con dos inconvenientes. El primero es que en el discurso social opera, a modo de resistencia al cambio, la creencia común de que uno tiene una personalidad débil si no puede superar por sí mismo (idea que toma fuerza del narcisismo y de la comparación imaginaria con el otro) determinados problemas. El segundo condicionante es la dificultad que existe desde el lado de la institución sanitaria pública para ofrecer tratamientos psicológicos que requieren una asistencia regular y continuada durante el tiempo que se estime necesario.

Ello no impide, en ningún caso, reconocer los progresos que se han realizado últimamente en este ámbito, aunque es necesario avanzar más para conseguir, entre otras cosas, que la salud mental ocupe un lugar tan relevante como el que tiene hoy en día la salud física. De esta manera se crearán las condiciones para que cuando una persona no pueda salir por sí misma de una depresión demande a tiempo un tratamiento o una psicoterapia a un profesional, al que se le otorga un saber acerca de su síntoma y de la causa de su sufrimiento, para que pueda dirigir la cura.

La tragedia de Mutilva Alta ha puesto de manifiesto la actualidad de estas cuestiones y la necesidad de investigar y avanzar en el conocimiento, la prevención y el tratamiento. Lo expresaba, a su manera, una vecina la localidad navarra, que se ponía en el lugar de la parricida y manifestaba, con una buena dosis de afecto y comprensión: «Los niños me dan pena, mucha pena, pero mucha más me da la madre. Cuando se dé cuenta de lo que ha hecho se hundirá para siempre». Esperamos que no sea así.

febrero 27, 2008 Publicado por | violencia de género | Dejar un comentario

>¿Por qué una madre puede matar a sus hijos?

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Por Araceli Medrano (EL CORREO DIGITAL, 12/02/08):

En la localidad navarra de Mutilva Alta murieron la semana pasada dos niños, de 3 y 7 años, por una ingesta de tranquilizantes presuntamente proporcionados por su madre, que intentó posteriormente suicidarse inhalando el monóxido de carbono que despedía el tubo de escape de su automóvil; la policía llegó a tiempo de impedirlo. También habría pretendido intoxicar con benzodiacepina (psicotropo tranquilizante) a sus dos hijos mayores, de 12 y 14 años, que fueron hospitalizados y que ya se encuentran fuera de peligro.

La mujer, que recibía tratamiento psiquiátrico por una depresión, se encontraba muy abatida desde hace un año por el proceso de separación iniciado por su marido, y la angustiaba en exceso la idea de divorciarse. Según fuentes próximas al caso, la pareja había decidido, por mutuo acuerdo, que la guarda y custodia la ejerciera la madre y que el padre tuviera un amplio régimen de visitas. La vista para el divorcio estaba fijada para el próximo 14 de marzo.

Ante estos antecedentes y conocidos los hechos, los vecinos de Mutilva Alta se preguntaban consternados: ¿Cómo puede tener alguien semejante reacción hacia sus propios hijos? La pregunta nos invita, en primer lugar, a ahondar en el estado y en el proceso mental que lleva a una persona a un desenlace tan terrible. Y, en segundo término, plantea la importancia que debería tener la información, la prevención y el tratamiento en el ámbito de la salud mental.

En el análisis de las posibles causas de este tipo de tragedias (más allá del caso en particular) se hace referencia habitualmente al trastorno mental transitorio (estado de perturbación pasajero, de aparición brusca e imprevisible, con trastornos en la voluntad y en la comprensión), a la psicosis o a la depresión. En el caso de la localidad navarra, el diagnóstico que se ha difundido es el de depresión, y en torno a él realizaremos, fundamentalmente, nuestras reflexiones.

Hay personas en Mutilva Alta que han manifestado que ‘la mujer no está en su sano juicio’, y tienen razón porque a veces es el amor en su vertiente delirante lo que puede desencadenar que una madre dé por finalizada la vida de sus hijos. Este sentimiento desmedido, avivado por un cuadro de depresión profunda, puede explicar en parte estos casos. En sujetos que padecen una depresión grave se presentan de manera reiterada expectativas tremendamente catastróficas respecto a su futuro y al de sus hijos, y se instalan en una especie de túnel o agujero negro en el que la única salida que encuentran es la de terminar definitivamente con el supuesto sufrimiento de sus seres más queridos (ante su ausencia, nadie les va a proteger mejor que ellos), y con su propio infierno. Esta mujer ya ha manifestado que se encontraba seriamente afectada por el proceso de divorcio y que el 19 de enero había tomado la decisión de matar a sus hijos y luego suicidarse.

La depresión desde el discurso médico se puede entender como una ‘modificación profunda del humor’, en el sentido de la tristeza y el sufrimiento moral, asociada a un ‘desinvestimiento’ de toda actividad. El término depresión se utiliza a veces de un modo muy genérico para nombrar diversos síntomas y patologías, que se pueden entender de diferente manera según el diagnóstico (no es lo mismo una neurosis que una psicosis maniaco-depresiva) que se establezca de la estructura clínica en cuestión.

En otros casos de parricidio hacia los hijos nos encontramos con el denominado ’síndrome de Medea’, que hace referencia a la tragedia griega en la que la protagonista mata a sus hijos para vengarse de su marido. Medea, hija de Eetes, rey de la Cólquide, se enamoró de Jasón, a quien defendió contra su padre y luego ayudó a apoderarse del vellocino de oro. Más tarde huyeron a Corinto, donde Jasón rechazó a Medea para casarse con Creusa, hija del rey. Medea, por despecho, degolló a los hijos que había tenido con Jasón, vengándose de esta forma del esposo que la había abandonado.

También hay sujetos femeninos que identifican la feminidad fundamentalmente con la maternidad y que refuerzan esta identificación desde el reconocimiento del otro. El homicidio del propio hijo representa (más allá de la venganza) la destrucción de lo que simbolizaba el vínculo de unión con su compañero, que la sostenía desde la palabra de amor como mujer y como madre.

Sabemos que las separaciones traumáticas en casos muy concretos desencadenan un estado depresivo que, a veces, impide al propio sujeto demandar un tratamiento a tiempo, ya que desde la desesperación no se contempla la posibilidad de encontrar una solución.

Es por lo que este tipo de casos extremos que terminan en tragedia nos ponen de relieve la importancia que debería tener la información, la prevención y el tratamiento en el ámbito de la salud mental. A veces, solamente se toma conciencia de las dolencias del psiquismo cuando se desencadena una crisis aguda o un ataque de pánico y se acude al servicio de urgencias del hospital más próximo. En estas situaciones, se subvierten los habituales esquemas de razonamiento, no se entiende nada y se desmorona la vida del sujeto. Cuando se toca fondo se acepta de buen grado, aunque no siempre, el tratamiento farmacológico, que en muchos casos tiene que ir acompañado de la realización de una psicoterapia en la que el sujeto puede ir tejiendo y descubriendo de qué manera está implicado (con su posición personal, identificaciones ) en los acontecimientos que le desbordan, al mismo tiempo que va cambiando su posición subjetiva y su vínculo con el otro.

En algunas ocasiones, antes de comenzar un tratamiento nos encontramos con dos inconvenientes. El primero es que en el discurso social opera, a modo de resistencia al cambio, la creencia común de que uno tiene una personalidad débil si no puede superar por sí mismo (idea que toma fuerza del narcisismo y de la comparación imaginaria con el otro) determinados problemas. El segundo condicionante es la dificultad que existe desde el lado de la institución sanitaria pública para ofrecer tratamientos psicológicos que requieren una asistencia regular y continuada durante el tiempo que se estime necesario.

Ello no impide, en ningún caso, reconocer los progresos que se han realizado últimamente en este ámbito, aunque es necesario avanzar más para conseguir, entre otras cosas, que la salud mental ocupe un lugar tan relevante como el que tiene hoy en día la salud física. De esta manera se crearán las condiciones para que cuando una persona no pueda salir por sí misma de una depresión demande a tiempo un tratamiento o una psicoterapia a un profesional, al que se le otorga un saber acerca de su síntoma y de la causa de su sufrimiento, para que pueda dirigir la cura.

La tragedia de Mutilva Alta ha puesto de manifiesto la actualidad de estas cuestiones y la necesidad de investigar y avanzar en el conocimiento, la prevención y el tratamiento. Lo expresaba, a su manera, una vecina la localidad navarra, que se ponía en el lugar de la parricida y manifestaba, con una buena dosis de afecto y comprensión: «Los niños me dan pena, mucha pena, pero mucha más me da la madre. Cuando se dé cuenta de lo que ha hecho se hundirá para siempre». Esperamos que no sea así.

febrero 27, 2008 Publicado por | violencia de género | Dejar un comentario

Violencias domésticas

Por Alfredo Conde, escritor (EL PERIÓDICO, 19/01/08):

Hoy, este que escribe, tiene gana de meter bulla; es decir, de escribir algo que huela a rancio sin que necesariamente tenga que ser ese el tufillo que desprenda. Empecemos. Poca gente he admirado tanto, durante los últimos años, como aquel coronel de la Guardia Civil que se descolgó en los periódicos afirmando haber sido maltratado por su esposa; es decir, como un hombre al que su mujer había infligido maltrato físico; no solo psíquico, que parece ser el aceptado. Hay que tenerlos muy bien puestos para hacer tal confesión en un país que, sin ser distinto en tal sentido de muchos otros, por no decir de todos, pasa por ser la cuna del machismo hispánico, al parecer, el más acendrado de todo el orbe occidental. Y además perteneciendo, en su condición de jefe, al benemérito instituto fundado por el duque de Ahumada. Un loco, un suicida, o un santo. Quizá tan solo un tío cabal. Lamento no recordar su nombre.

EN SU confesión pública señalaba el coronel el hecho, según creo recordar, de haber acudido a uno de los llamados juzgados de violencia de género sin lograr que le prestasen la mínima atención. Desde entonces procuro fijarme en las denuncias de ese tipo. En ellas siempre hay un marido quejoso de la prácticamente nula predisposición de estos juzgados a ocuparse de un tipo de violencia que debería ser llamada de otro modo, acaso violencia doméstica, quizá violencia intrafamiliar; de alguna otra manera que evitase relacionarla con un género cuando en realidad puede ser y de hecho es practicada por los dos, algo que inclina la conocida y al parecer equilibrada balanza de la justicia tendenciosamente hacía un solo lado.

La pregunta es, puesto que todos sabemos cuántas mujeres mueren anualmente a manos de sus maridos, cuántos hombres lo hacen a las de sus esposas. No en las de sus esposas, cantidad de ellos. No ignoramos que los hombres mueren antes, vayamos a saber por qué, aunque la ampliamente considerada emancipación de la mujer esté ayudando de forma denodada a nivelar las cifras. Vayamos a saber también por qué. ¿Cuántos lo hacen? ¿Cincuenta al año? ¿Habla alguien de ellos? ¿Dice alguien algo de ese atroz número de envenenamientos que según no pocos permanece ignorado, cuando no silenciado y oculto?

LAS PREGUNTAS anteriores sugieren otras. Admitamos, la mayoría de la gente así lo considera, que en los llamados juzgados de violencia de género se presta especial atención a las demandas presentadas por quienes en la pareja matrimonial ocupan el lugar considerado siempre más débil y necesitado de protección; el de las mujeres. Nada que objetar a ello. Deben ser atendidas en la medida en la que lo están siendo. Pero sin olvidar nunca que la realidad suele tener dos caras, al menos; que la violencia se puede ejercer de muy distintos e irritantes modos; y que de buenas intenciones se empedró siempre el infierno.

¿Qué sucederá o que sucede cuando en uno de estos juzgados la demanda de protección o la denuncia se formula desde un matrimonio homosexual? Si el juzgado es de violencia de género, supuestamente, ¿habrá que ponerse a discriminar el rol que juega cada uno de los componentes en el seno de su pareja? ¿Cuál será la dirección si la pareja en cuestión es de lesbianas, cuál si es gay? ¿Habrá que saber primero quién es quien o habrá que atajar directamente la violencia? Siéndolo, al menos habiéndolo sido históricamente, el problema no es de género, no es únicamente de violencia de género. El problema es de violencia. Lo que hay que combatir es la violencia. No solo la ejercida por una parte de la pareja, sino la desarrollada por las dos, siempre que esta se produzca.

Pensamos con palabras, nos construimos con ellas y la construcción así entendida de una sociedad no es más que la sumatoria del constructo de las individualidades que la forman. Quizá eso sea algo parecido a lo que se puede acabar por llamar o por considerar parte del imaginario colectivo. Pero también es cierto que ese imaginario no siempre se estructura de abajo a arriba y puede hacerlo, de hecho también lo hace, de arriba a abajo.

ENTONCES son los individuos, los líderes de opinión, los políticos salvadores de patrias, o fundamentalmente los colectivos actuantes en el seno de esa sociedad, quienes crean los estados ambiente, los estados de opinión que determinan lo que Maurice Maeterlinck denominó “el espíritu de la colmena”; es decir, aquella determinación colectiva que nos hace pensar que, efectivamente, las abejas son capaces de emitir juicio. La prueba más evidente de ello, sigue diciendo Maeterlinck, es que, en cantidad de oportunidades, el enjambre se equivoca en sus acciones colectivas y pone en peligro su propia razón de ser.

La experiencia de los años transcurridos desde que se implantaron deja en evidencia la discriminación que supone el hecho de que un juzgado pueda ser llamado de violencia de género. Sucede así desde el momento en que esta no es ejercida siempre unilateralmente, sino que puede actuar en los dos sentidos. De hecho, lo hace así.

CONSIDÉRESE, pues, a esta violencia intrafamiliar o doméstica, matrimonial o como se decida. Y si no, llámensele a las cosas por su nombre para que nadie, incluso un coronel de la Guardia Civil, pueda sentirse llamado a engaño. Llamémosle juzgado de violencia machista, que la hay y se ejerce con una profusión estremecedora. Negarlo sería tan miserable como hacerlo con la otra y equivalente, tan terrible como ella.

febrero 22, 2008 Publicado por | violencia de género | Dejar un comentario

Violencias domésticas

Por Alfredo Conde, escritor (EL PERIÓDICO, 19/01/08):

Hoy, este que escribe, tiene gana de meter bulla; es decir, de escribir algo que huela a rancio sin que necesariamente tenga que ser ese el tufillo que desprenda. Empecemos. Poca gente he admirado tanto, durante los últimos años, como aquel coronel de la Guardia Civil que se descolgó en los periódicos afirmando haber sido maltratado por su esposa; es decir, como un hombre al que su mujer había infligido maltrato físico; no solo psíquico, que parece ser el aceptado. Hay que tenerlos muy bien puestos para hacer tal confesión en un país que, sin ser distinto en tal sentido de muchos otros, por no decir de todos, pasa por ser la cuna del machismo hispánico, al parecer, el más acendrado de todo el orbe occidental. Y además perteneciendo, en su condición de jefe, al benemérito instituto fundado por el duque de Ahumada. Un loco, un suicida, o un santo. Quizá tan solo un tío cabal. Lamento no recordar su nombre.

EN SU confesión pública señalaba el coronel el hecho, según creo recordar, de haber acudido a uno de los llamados juzgados de violencia de género sin lograr que le prestasen la mínima atención. Desde entonces procuro fijarme en las denuncias de ese tipo. En ellas siempre hay un marido quejoso de la prácticamente nula predisposición de estos juzgados a ocuparse de un tipo de violencia que debería ser llamada de otro modo, acaso violencia doméstica, quizá violencia intrafamiliar; de alguna otra manera que evitase relacionarla con un género cuando en realidad puede ser y de hecho es practicada por los dos, algo que inclina la conocida y al parecer equilibrada balanza de la justicia tendenciosamente hacía un solo lado.

La pregunta es, puesto que todos sabemos cuántas mujeres mueren anualmente a manos de sus maridos, cuántos hombres lo hacen a las de sus esposas. No en las de sus esposas, cantidad de ellos. No ignoramos que los hombres mueren antes, vayamos a saber por qué, aunque la ampliamente considerada emancipación de la mujer esté ayudando de forma denodada a nivelar las cifras. Vayamos a saber también por qué. ¿Cuántos lo hacen? ¿Cincuenta al año? ¿Habla alguien de ellos? ¿Dice alguien algo de ese atroz número de envenenamientos que según no pocos permanece ignorado, cuando no silenciado y oculto?

LAS PREGUNTAS anteriores sugieren otras. Admitamos, la mayoría de la gente así lo considera, que en los llamados juzgados de violencia de género se presta especial atención a las demandas presentadas por quienes en la pareja matrimonial ocupan el lugar considerado siempre más débil y necesitado de protección; el de las mujeres. Nada que objetar a ello. Deben ser atendidas en la medida en la que lo están siendo. Pero sin olvidar nunca que la realidad suele tener dos caras, al menos; que la violencia se puede ejercer de muy distintos e irritantes modos; y que de buenas intenciones se empedró siempre el infierno.

¿Qué sucederá o que sucede cuando en uno de estos juzgados la demanda de protección o la denuncia se formula desde un matrimonio homosexual? Si el juzgado es de violencia de género, supuestamente, ¿habrá que ponerse a discriminar el rol que juega cada uno de los componentes en el seno de su pareja? ¿Cuál será la dirección si la pareja en cuestión es de lesbianas, cuál si es gay? ¿Habrá que saber primero quién es quien o habrá que atajar directamente la violencia? Siéndolo, al menos habiéndolo sido históricamente, el problema no es de género, no es únicamente de violencia de género. El problema es de violencia. Lo que hay que combatir es la violencia. No solo la ejercida por una parte de la pareja, sino la desarrollada por las dos, siempre que esta se produzca.

Pensamos con palabras, nos construimos con ellas y la construcción así entendida de una sociedad no es más que la sumatoria del constructo de las individualidades que la forman. Quizá eso sea algo parecido a lo que se puede acabar por llamar o por considerar parte del imaginario colectivo. Pero también es cierto que ese imaginario no siempre se estructura de abajo a arriba y puede hacerlo, de hecho también lo hace, de arriba a abajo.

ENTONCES son los individuos, los líderes de opinión, los políticos salvadores de patrias, o fundamentalmente los colectivos actuantes en el seno de esa sociedad, quienes crean los estados ambiente, los estados de opinión que determinan lo que Maurice Maeterlinck denominó “el espíritu de la colmena”; es decir, aquella determinación colectiva que nos hace pensar que, efectivamente, las abejas son capaces de emitir juicio. La prueba más evidente de ello, sigue diciendo Maeterlinck, es que, en cantidad de oportunidades, el enjambre se equivoca en sus acciones colectivas y pone en peligro su propia razón de ser.

La experiencia de los años transcurridos desde que se implantaron deja en evidencia la discriminación que supone el hecho de que un juzgado pueda ser llamado de violencia de género. Sucede así desde el momento en que esta no es ejercida siempre unilateralmente, sino que puede actuar en los dos sentidos. De hecho, lo hace así.

CONSIDÉRESE, pues, a esta violencia intrafamiliar o doméstica, matrimonial o como se decida. Y si no, llámensele a las cosas por su nombre para que nadie, incluso un coronel de la Guardia Civil, pueda sentirse llamado a engaño. Llamémosle juzgado de violencia machista, que la hay y se ejerce con una profusión estremecedora. Negarlo sería tan miserable como hacerlo con la otra y equivalente, tan terrible como ella.

febrero 22, 2008 Publicado por | violencia de género | Dejar un comentario

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