>Le Vietnam après le XIe congrès du Parti communiste
>
>El modelo vietnamita
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Hace unas semanas, el flamante Emerging Markets Forum, dirigido por Harinder Kohli y The Centennial Group, una especie de Davos de los mercados emergentes, organizó una reunión de alto nivel en Hanoi, después de haber hecho lo mismo en España, en Uruguay y en Marruecos. Dicha reunión permitió a varios participantes, incluyendo al que escribe, formarse una idea, sin duda inicial y superficial, pero no por ello menos fascinante, del “modelo vietnamita”. Se trata, como es bien sabido, de la combinación de un férreo régimen de partido único, en el clásico estilo socialista (que va desde el mausoleo de Ho Chi Minh, idéntico a los de Lenin y Mao, hasta una prensa acrítica, oficial, y propagandista) con una economía de mercado casi salvaje, apenas regulada, pero tan boyante que le ha brindado al país casi 15 años de un crecimiento anual del 8%, y más de 18.000 millones dólares de inversión extranjera el año pasado, uno de los montos más altos del mundo con relación al PIB.
Es cierto que actualmente la economía de Vietnam atraviesa por zonas de turbulencia -un repunte inflacionario, quizá un cierto aletargamiento- pero, de todas maneras, su desempeño a lo largo de los últimos 15 años es impresionante. A ello se debe que, junto con la perpetuación en el poder del Partido Comunista, el país sea percibido por varias otras naciones que hoy se encuentran en una situación semejante a la de Vietnam hace 20 años, como un modelo digno de emular. Huelga decir que la nación más tentada por este esquema es Cuba.
Se ha mencionado repetidamente a lo largo de los últimos años que quien condujo siempre la antigua y estrecha relación de la isla con Hanoi fue Raúl Castro. Se sabe también que volvió muy entusiasmado con lo que vio, en Vietnam, durante su viaje a aquel país para asistir en abril de 2005 a los festejos conmemorativos del 30º aniversario de la toma de Saigón por los tanques del general Giap y los guerrilleros del Vietcong. Entusiasmo, por cierto, que contrasta con la reacción del hermano mayor de Raúl, quien supuestamente lamentó que los vietnamitas se hubieran vuelto revisionistas y partidarios del capitalismo. Y sobre todo es casi una perogrullada afirmar que Vietnam constituye un ejemplo mucho más adecuado y viable para Cuba que China -una analogía imposible- para salir del atolladero en el que se encuentra.
Pero el esquema vietnamita representa igualmente una opción atractiva para aquellos Gobiernos que buscan hacer negocios con La Habana y normalizar sus relaciones con ella, sin correr los riesgos que podrían implicar una exigencia de democratización: un éxodo migratorio masivo o un enfrentamiento directo. Así, reformas económicas con altos niveles de crecimiento en el horizonte, aunado a un control político total del poder y de la estabilidad por parte de las Fuerzas Armadas y del Partido Comunista, parecería ser la mezcla ideal anhelada por Raúl Castro y muchos de sus amigos y aliados, hipotéticos o reales, para la isla: he allí la tentación vietnamita.
Por desgracia, incluso un sobrevuelo breve y distante de la experiencia de Vietnam sugiere que la emulación cubana consiste probablemente en un sueño guajiro. Habría muchos factores que explicaran por qué, pero como prenda basten tres botones. En primer lugar, la sociedad vietnamita constituye un conglomerado mucho más jerarquizado, homogéneo y aislado del resto del mundo que la cubana; el país ha derrotado lo que denomina cinco ataques imperiales a lo largo de los siglos (los mongoles, los Han, de China, Francia, Estados Unidos, y de nuevo, los chinos de la República Popular), gracias a su disciplina y su sentido de sacrificio absolutamente inverosímiles.
Contrario senso, y quizá para bien, la sociedad cubana reviste exactamente los rasgos opuestos: la diversidad, el caos, el calor humano y la hospitalidad, la práctica perenne de “resolver”, y su coexistencia más o menos pacífica, durante mucho más tiempo que sus vecinos, con tres manifestaciones de dominio externo, a saber: España durante el siglo XIX, EE UU hasta 1959, y la URSS durante los siguientes 30 años. Todo ello nos conduce al segundo factor.
En Vietnam se ha consolidado la propiedad privada a lo largo y ancho de la economía. Abarca la tierra, la vivienda, los negocios pequeños y grandes, los millones de motonetas, y las decenas de millones de teléfonos celulares; en Cuba prácticamente no existe. Debido a los rasgos culturales anteriormente descritos, el pueblo vietnamita parece haber aceptado un intercambio que otros pueblos no tolerarían: el libre acceso a la propiedad privada, a múltiples bienes de consumo, y a una prosperidad relativa, sin ningún acceso a ninguna libertad de ningún tipo. A algunos cubanos quizá también les agradaría este quid pro quo, pero a muchos más tal vez no, razón por la cual, por lo menos a lo largo de los últimos dos años, Raúl Castro no se ha atrevido a permitir la propiedad privada de casi nada, por temor a perder el control del proceso sucesorio. Acaba de ofrecerle a los cubanos la oportunidad de volver al campo y recibir pequeñas extensiones de tierra en usufructo por 10 años; tierras que no pueden poseer, vender, alquilar o hipotecar. Veremos si esto seduce a alguien. Sí seduciría a muchos la plena propiedad de su casa, pequeños negocios, tierras, o un acceso generalizado a las comunicaciones, ya que tal vez decidirían conversar interminablemente con otros cubanos y venderles sus bienes a otros cubanos, también: los que residen del otro lado del estrecho de Florida.
Se trata, por supuesto, del tercer factor, y no es despreciable. La población de Vietnam alcanza 85 millones de habitantes; dos millones y medio de vietnamitas se hallan fuera de su país, muchos en EE UU, pero muchos otros repartidos por todo el mundo. Algunos quieren volver, otros no; a algunos se les permite la adquisición de propiedades en su patria anterior, a otros no; pero no representan un elemento significativo de la ecuación económica, política o internacional de su país.
En cambio, existe aproximadamente un millón y medio de cubanos en el exilio, casi todos ellos concentrados en Miami, a 150 kilómetros de La Habana; representan casi el 15% de la población cubana total, y mantienen vínculos notablemente cercanos con sus familiares en la isla, a pesar de medio siglo de dificultades y obstáculos en materia de viajes, remesas y comunicaciones.
Este exilio cubano jamás obtendrá la satisfacción de haber derrocado a Fidel Castro, pero muy posiblemente pueda disfrutar de la oportunidad de comprar un tajo considerable de su legado. Impedírselo por la fuerza probablemente resulte imposible; convencerlo por las buenas de que desista de hacerlo, o persuadir a los cubanos de la isla de no vender sus propiedades hipotéticamente recién adquiridas, también se antoja improbable. Por tanto, si Cuba persiste en seguir el camino de Vietnam, cambiando para seguir igual, quizá acabe en el peor de todos los mundos posibles: sin una verdadera economía de mercado nacional, y sin un sistema político democrático.
El modelo vietnamita
Hace unas semanas, el flamante Emerging Markets Forum, dirigido por Harinder Kohli y The Centennial Group, una especie de Davos de los mercados emergentes, organizó una reunión de alto nivel en Hanoi, después de haber hecho lo mismo en España, en Uruguay y en Marruecos. Dicha reunión permitió a varios participantes, incluyendo al que escribe, formarse una idea, sin duda inicial y superficial, pero no por ello menos fascinante, del “modelo vietnamita”. Se trata, como es bien sabido, de la combinación de un férreo régimen de partido único, en el clásico estilo socialista (que va desde el mausoleo de Ho Chi Minh, idéntico a los de Lenin y Mao, hasta una prensa acrítica, oficial, y propagandista) con una economía de mercado casi salvaje, apenas regulada, pero tan boyante que le ha brindado al país casi 15 años de un crecimiento anual del 8%, y más de 18.000 millones dólares de inversión extranjera el año pasado, uno de los montos más altos del mundo con relación al PIB.
Es cierto que actualmente la economía de Vietnam atraviesa por zonas de turbulencia -un repunte inflacionario, quizá un cierto aletargamiento- pero, de todas maneras, su desempeño a lo largo de los últimos 15 años es impresionante. A ello se debe que, junto con la perpetuación en el poder del Partido Comunista, el país sea percibido por varias otras naciones que hoy se encuentran en una situación semejante a la de Vietnam hace 20 años, como un modelo digno de emular. Huelga decir que la nación más tentada por este esquema es Cuba.
Se ha mencionado repetidamente a lo largo de los últimos años que quien condujo siempre la antigua y estrecha relación de la isla con Hanoi fue Raúl Castro. Se sabe también que volvió muy entusiasmado con lo que vio, en Vietnam, durante su viaje a aquel país para asistir en abril de 2005 a los festejos conmemorativos del 30º aniversario de la toma de Saigón por los tanques del general Giap y los guerrilleros del Vietcong. Entusiasmo, por cierto, que contrasta con la reacción del hermano mayor de Raúl, quien supuestamente lamentó que los vietnamitas se hubieran vuelto revisionistas y partidarios del capitalismo. Y sobre todo es casi una perogrullada afirmar que Vietnam constituye un ejemplo mucho más adecuado y viable para Cuba que China -una analogía imposible- para salir del atolladero en el que se encuentra.
Pero el esquema vietnamita representa igualmente una opción atractiva para aquellos Gobiernos que buscan hacer negocios con La Habana y normalizar sus relaciones con ella, sin correr los riesgos que podrían implicar una exigencia de democratización: un éxodo migratorio masivo o un enfrentamiento directo. Así, reformas económicas con altos niveles de crecimiento en el horizonte, aunado a un control político total del poder y de la estabilidad por parte de las Fuerzas Armadas y del Partido Comunista, parecería ser la mezcla ideal anhelada por Raúl Castro y muchos de sus amigos y aliados, hipotéticos o reales, para la isla: he allí la tentación vietnamita.
Por desgracia, incluso un sobrevuelo breve y distante de la experiencia de Vietnam sugiere que la emulación cubana consiste probablemente en un sueño guajiro. Habría muchos factores que explicaran por qué, pero como prenda basten tres botones. En primer lugar, la sociedad vietnamita constituye un conglomerado mucho más jerarquizado, homogéneo y aislado del resto del mundo que la cubana; el país ha derrotado lo que denomina cinco ataques imperiales a lo largo de los siglos (los mongoles, los Han, de China, Francia, Estados Unidos, y de nuevo, los chinos de la República Popular), gracias a su disciplina y su sentido de sacrificio absolutamente inverosímiles.
Contrario senso, y quizá para bien, la sociedad cubana reviste exactamente los rasgos opuestos: la diversidad, el caos, el calor humano y la hospitalidad, la práctica perenne de “resolver”, y su coexistencia más o menos pacífica, durante mucho más tiempo que sus vecinos, con tres manifestaciones de dominio externo, a saber: España durante el siglo XIX, EE UU hasta 1959, y la URSS durante los siguientes 30 años. Todo ello nos conduce al segundo factor.
En Vietnam se ha consolidado la propiedad privada a lo largo y ancho de la economía. Abarca la tierra, la vivienda, los negocios pequeños y grandes, los millones de motonetas, y las decenas de millones de teléfonos celulares; en Cuba prácticamente no existe. Debido a los rasgos culturales anteriormente descritos, el pueblo vietnamita parece haber aceptado un intercambio que otros pueblos no tolerarían: el libre acceso a la propiedad privada, a múltiples bienes de consumo, y a una prosperidad relativa, sin ningún acceso a ninguna libertad de ningún tipo. A algunos cubanos quizá también les agradaría este quid pro quo, pero a muchos más tal vez no, razón por la cual, por lo menos a lo largo de los últimos dos años, Raúl Castro no se ha atrevido a permitir la propiedad privada de casi nada, por temor a perder el control del proceso sucesorio. Acaba de ofrecerle a los cubanos la oportunidad de volver al campo y recibir pequeñas extensiones de tierra en usufructo por 10 años; tierras que no pueden poseer, vender, alquilar o hipotecar. Veremos si esto seduce a alguien. Sí seduciría a muchos la plena propiedad de su casa, pequeños negocios, tierras, o un acceso generalizado a las comunicaciones, ya que tal vez decidirían conversar interminablemente con otros cubanos y venderles sus bienes a otros cubanos, también: los que residen del otro lado del estrecho de Florida.
Se trata, por supuesto, del tercer factor, y no es despreciable. La población de Vietnam alcanza 85 millones de habitantes; dos millones y medio de vietnamitas se hallan fuera de su país, muchos en EE UU, pero muchos otros repartidos por todo el mundo. Algunos quieren volver, otros no; a algunos se les permite la adquisición de propiedades en su patria anterior, a otros no; pero no representan un elemento significativo de la ecuación económica, política o internacional de su país.
En cambio, existe aproximadamente un millón y medio de cubanos en el exilio, casi todos ellos concentrados en Miami, a 150 kilómetros de La Habana; representan casi el 15% de la población cubana total, y mantienen vínculos notablemente cercanos con sus familiares en la isla, a pesar de medio siglo de dificultades y obstáculos en materia de viajes, remesas y comunicaciones.
Este exilio cubano jamás obtendrá la satisfacción de haber derrocado a Fidel Castro, pero muy posiblemente pueda disfrutar de la oportunidad de comprar un tajo considerable de su legado. Impedírselo por la fuerza probablemente resulte imposible; convencerlo por las buenas de que desista de hacerlo, o persuadir a los cubanos de la isla de no vender sus propiedades hipotéticamente recién adquiridas, también se antoja improbable. Por tanto, si Cuba persiste en seguir el camino de Vietnam, cambiando para seguir igual, quizá acabe en el peor de todos los mundos posibles: sin una verdadera economía de mercado nacional, y sin un sistema político democrático.
Why Were We in Vietnam?
Doing business in China is beginning to cost real money. Not that Chinese workers are buying second homes or anything like that: Their average wage is still a little short of a dollar an hour. But so many Chinese have now left their villages for the factories that the once bottomless pool of new young workers is beginning to run dry, and the wages of assembly-line employees are rising 10 percent a year.
Worse yet, new labor laws are making it harder for employers to cheat their workers out of their wages and benefits. Many American businesses that do their manufacturing in China had warned against those laws; the American Chamber of Commerce in Shanghai had flatly opposed them. But the good old days of Maoist labor discipline, when the government could send tens of millions of skilled workers down to the farms to be toughened up and periodically tortured, are gone. Mao’s heirs, though not above a touch of torture here and there just to keep the system humming along, are concerned, as he was not, with achieving social harmony, even if that means compelling employers to sign, and honor, contracts with their employees.
Confronted with such appalling squishiness, what’s a good, cost-cutting American business to do? Many are fleeing south of the border — not our border (Mexico costs way too much) but China’s.
They’re bound for Vietnam.
According to a report by Keith Bradsher in the New York Times last month, such multinational companies as Canon (the printer and copier maker) and Hanesbrands (the North Carolina-based underwear empire) are expanding or building factories in Hanoi, where they churn out products for Wal-Mart and other American retailers. Foreign direct investment in Vietnam increased 136 percent between 2006 and 2007, while it increased just 14 percent in China.
The reason for the move south is straightforward: Vietnamese factory workers make about a quarter of what their Chinese counterparts earn.
But why Vietnam and not, say, Thailand, where labor is similarly cheap?
Vietnam’s edge, it seems, is political. “Communism means more stability,” Laurence Shu, the chief financial officer of Shanghai-based Texhong, one of the world’s leading manufacturers of cotton fabrics, told Bradsher. This view, Bradsher reports, is common among Asian executives and some American executives, too, though they have the presence of mind never to say so on the record. After all, Vietnam, like China, outlaws independent unions. Absent free speech and free elections, no radical shifts in the government’s economic policies are likely to be sprung upon unsuspecting American businesses.
Now, far be it from me to begrudge the Vietnamese their moment in the sun before global capital finds them too costly and moves on to Bangladesh and Somalia. But didn’t we fight a war to keep Vietnam from going communist? Something like 58,000 American deaths, right? And now American business actually prefers investing in communist Vietnam over, say, the more or less democratic Philippines? In all likelihood, it would prefer investing in communist Vietnam to investing in a more chaotic, less disciplined democratic Vietnam, if such existed.
Let’s imagine, just as an exercise, that we’re trying to explain this to those 58,000 Americans and their loved ones. We could argue that by investing in communist countries, we’re pushing them toward democracy. But everything we know about China suggests that, in reality, such investments merely make authoritarian regimes stronger. We could argue that what we’re really doing is bringing communist nations into the world capitalist system. Then again, the effect of bringing into the global labor pool hundreds of millions of low-wage workers — people whose wages are held in check by both capital mobility and communist repression — is to hold down wages in democratic nations with advanced economies and with no national strategy to preserve and expand good jobs at home (i.e., in the United States).
Or we could argue that our onetime opposition to communism was noble and all that but that, unburdened by the illusions of the past, American business, backed by the American government, has realized that the problem with communism wasn’t that it was undemocratic but that it was anti-capitalist. And that once communism was integrated into a world capitalist system, its antipathy toward democracy not only wouldn’t be a bad thing but would actually be good. That is clearly the political logic that underpins our involvement with China. It’s a little dicier to say this about our growing involvement with Vietnam, since all those Americans whose names are on that wall on the Mall probably didn’t realize how compatible with global American enterprise Vietnamese communism would turn out to be or how the cause of democracy would turn out to have been of no real importance at all.
I guess a note from the American establishment to those men and women with their names on the Wall would be in order. Something like: Say, guys — sorry ’bout that!
>Why Were We in Vietnam?
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Doing business in China is beginning to cost real money. Not that Chinese workers are buying second homes or anything like that: Their average wage is still a little short of a dollar an hour. But so many Chinese have now left their villages for the factories that the once bottomless pool of new young workers is beginning to run dry, and the wages of assembly-line employees are rising 10 percent a year.
Worse yet, new labor laws are making it harder for employers to cheat their workers out of their wages and benefits. Many American businesses that do their manufacturing in China had warned against those laws; the American Chamber of Commerce in Shanghai had flatly opposed them. But the good old days of Maoist labor discipline, when the government could send tens of millions of skilled workers down to the farms to be toughened up and periodically tortured, are gone. Mao’s heirs, though not above a touch of torture here and there just to keep the system humming along, are concerned, as he was not, with achieving social harmony, even if that means compelling employers to sign, and honor, contracts with their employees.
Confronted with such appalling squishiness, what’s a good, cost-cutting American business to do? Many are fleeing south of the border — not our border (Mexico costs way too much) but China’s.
They’re bound for Vietnam.
According to a report by Keith Bradsher in the New York Times last month, such multinational companies as Canon (the printer and copier maker) and Hanesbrands (the North Carolina-based underwear empire) are expanding or building factories in Hanoi, where they churn out products for Wal-Mart and other American retailers. Foreign direct investment in Vietnam increased 136 percent between 2006 and 2007, while it increased just 14 percent in China.
The reason for the move south is straightforward: Vietnamese factory workers make about a quarter of what their Chinese counterparts earn.
But why Vietnam and not, say, Thailand, where labor is similarly cheap?
Vietnam’s edge, it seems, is political. “Communism means more stability,” Laurence Shu, the chief financial officer of Shanghai-based Texhong, one of the world’s leading manufacturers of cotton fabrics, told Bradsher. This view, Bradsher reports, is common among Asian executives and some American executives, too, though they have the presence of mind never to say so on the record. After all, Vietnam, like China, outlaws independent unions. Absent free speech and free elections, no radical shifts in the government’s economic policies are likely to be sprung upon unsuspecting American businesses.
Now, far be it from me to begrudge the Vietnamese their moment in the sun before global capital finds them too costly and moves on to Bangladesh and Somalia. But didn’t we fight a war to keep Vietnam from going communist? Something like 58,000 American deaths, right? And now American business actually prefers investing in communist Vietnam over, say, the more or less democratic Philippines? In all likelihood, it would prefer investing in communist Vietnam to investing in a more chaotic, less disciplined democratic Vietnam, if such existed.
Let’s imagine, just as an exercise, that we’re trying to explain this to those 58,000 Americans and their loved ones. We could argue that by investing in communist countries, we’re pushing them toward democracy. But everything we know about China suggests that, in reality, such investments merely make authoritarian regimes stronger. We could argue that what we’re really doing is bringing communist nations into the world capitalist system. Then again, the effect of bringing into the global labor pool hundreds of millions of low-wage workers — people whose wages are held in check by both capital mobility and communist repression — is to hold down wages in democratic nations with advanced economies and with no national strategy to preserve and expand good jobs at home (i.e., in the United States).
Or we could argue that our onetime opposition to communism was noble and all that but that, unburdened by the illusions of the past, American business, backed by the American government, has realized that the problem with communism wasn’t that it was undemocratic but that it was anti-capitalist. And that once communism was integrated into a world capitalist system, its antipathy toward democracy not only wouldn’t be a bad thing but would actually be good. That is clearly the political logic that underpins our involvement with China. It’s a little dicier to say this about our growing involvement with Vietnam, since all those Americans whose names are on that wall on the Mall probably didn’t realize how compatible with global American enterprise Vietnamese communism would turn out to be or how the cause of democracy would turn out to have been of no real importance at all.
I guess a note from the American establishment to those men and women with their names on the Wall would be in order. Something like: Say, guys — sorry ’bout that!
"Vencimos a EE UU porque supimos engañarles"
Tiene 81 años, pero física y mentalmente aparenta muchos menos. El teniente general Nguyen Dinh Uoc afirma, 40 años después de la ofensiva del Tet (Año Nuevo vietnamita), que el alto mando vietnamita la desató porque sabía que “para ganar la guerra al Ejército más avanzado del mundo tenía que confundirle y atraparle en su engaño”. Quien estuvo al frente de la división de tanques durante la batalla de Dien Bien Fu -en la que el legendario general Vo Nguyen Giap arrebató Vietnam a Francia (1954)- asegura que de aquellas contiendas no queda rencor. “Luchábamos con coraje por la reunificación de Vietnam”, dice.
Ante las elecciones de 1956, previstas en la Conferencia de Ginebra e impedidas por Estados Unidos, este teniente general fue destinado al frente de la propaganda militar como director de la revista del Ejército.
Pregunta. ¿Usted participó en la preparación de la ofensiva del Tet?
Respuesta. No. Precisamente el secretismo fue uno de los motivos de su éxito. Sólo seis personas la planificaron y estuvieron al tanto de toda la operación: el general Van Tien Dung, como comandante de la operación; Tran Van Tra, comandante en jefe del Frente Nacional de Liberación de Vietnam del Sur (Vietcong, en la terminología estadounidense); Le Duan, secretario general del Partido Comunista de Vietnam, y el general Giap, máximo responsable militar y mano derecha del líder Ho Chi Minh, que ya estaba enfermo.
P. ¿Ustedes dieron por perdida la batalla de Khe Sanh antes de empezarla?
R. Fue nuestra decisión. Khe Sanh fue la trampa. Estados Unidos que haríamos en Khe Sanh lo que en Dien Bien Fu, pero nosotros sabíamos que ellos tenían una fuerza destructiva mucho mayor que los franceses y que no podíamos hacerles frente directamente. Infiltramos a nuestros hombres por las colinas, frente a la base de EE UU en Khe Sanh, y ellos concentraron allí dos divisiones aéreas y más de 500 aviones y helicópteros mientras nosotros penetrábamos por todo Vietnam del Sur. [En menos de tres meses de sitio, combates y bombardeos -entre el 21 de enero y el 6 de abril- murieron 10.000 vietnamitas y 500 marines].
P. ¿Por qué se lanzó la ofensiva del Tet?
R. Para darle la vuelta a la guerra. Estados Unidos pensaba que la tenía ganada, que éramos muy débiles y sólo podíamos atacar en el bosque. Demostramos nuestra fuerza y nuestro coraje con un ataque conjunto en el corazón de las ciudades de 41 provincias en dos noches [el 31 de enero y el 1 de febrero].
P. ¿Por qué eligieron la tregua del Año Nuevo para atacar?
R. Necesitábamos cogerles por sorpresa y aunque unos meses antes estábamos preparados, queríamos causar el máximo impacto en un año electoral norteamericano y esperamos a que entrara 1968.
P. ¿Qué consecuencias inmediatas tuvo la ofensiva?
R. La confusión de la Casa Blanca, que tuvo que reunir el 25 y el 26 de marzo a toda la plana mayor de sus estrategas para ver qué se hacía en Vietnam. Era lo que perseguíamos.
P. ¿Temieron que Estados Unidos respondiera con armas nucleares?
R. Sabemos que examinaron esa posibilidad pero la descartaron porque pensaron que la Unión Soviética o China responderían y no querían meterse en un conflicto nuclear. Además, entre 1964 y 1972 les capturamos a 591 militares, la mayoría pilotos, y no querían arriesgarse a matarles.
P. Militarmente, la ofensiva del Tet se considera una batalla perdida, aunque tuviera como consecuencia que ganaran la guerra.
R. No perdimos nada porque lo ganamos todo. La reunificación era lo único importante.
P. Murieron 45.000 norvietnamitas, frente a 6.000 estadounidenses y survietnamitas. ¿Cómo puede considerarla una victoria?
R. Fue el principio del fin de la presencia de Estados Unidos en nuestro país, la salida del general Westmoreland de Vietnam; el fin del presidente Johnson, que no se presentó a la reelección, y el inicio, al año siguiente, de la retirada parcial de las tropas norteamericanas.
P. Después de tanto sufrimiento, ahora les invaden las inversiones norteamericanas. ¿Qué opina?
R. ¡Bienvenidas sean! La guerra pasó y ahora tenemos que mirar al futuro. Nuestras relaciones son nuevas, no se parecen en nada al pasado. Son relaciones de beneficio mutuo entre países libres.
>"Vencimos a EE UU porque supimos engañarles"
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Tiene 81 años, pero física y mentalmente aparenta muchos menos. El teniente general Nguyen Dinh Uoc afirma, 40 años después de la ofensiva del Tet (Año Nuevo vietnamita), que el alto mando vietnamita la desató porque sabía que “para ganar la guerra al Ejército más avanzado del mundo tenía que confundirle y atraparle en su engaño”. Quien estuvo al frente de la división de tanques durante la batalla de Dien Bien Fu -en la que el legendario general Vo Nguyen Giap arrebató Vietnam a Francia (1954)- asegura que de aquellas contiendas no queda rencor. “Luchábamos con coraje por la reunificación de Vietnam”, dice.
Ante las elecciones de 1956, previstas en la Conferencia de Ginebra e impedidas por Estados Unidos, este teniente general fue destinado al frente de la propaganda militar como director de la revista del Ejército.
Pregunta. ¿Usted participó en la preparación de la ofensiva del Tet?
Respuesta. No. Precisamente el secretismo fue uno de los motivos de su éxito. Sólo seis personas la planificaron y estuvieron al tanto de toda la operación: el general Van Tien Dung, como comandante de la operación; Tran Van Tra, comandante en jefe del Frente Nacional de Liberación de Vietnam del Sur (Vietcong, en la terminología estadounidense); Le Duan, secretario general del Partido Comunista de Vietnam, y el general Giap, máximo responsable militar y mano derecha del líder Ho Chi Minh, que ya estaba enfermo.
P. ¿Ustedes dieron por perdida la batalla de Khe Sanh antes de empezarla?
R. Fue nuestra decisión. Khe Sanh fue la trampa. Estados Unidos que haríamos en Khe Sanh lo que en Dien Bien Fu, pero nosotros sabíamos que ellos tenían una fuerza destructiva mucho mayor que los franceses y que no podíamos hacerles frente directamente. Infiltramos a nuestros hombres por las colinas, frente a la base de EE UU en Khe Sanh, y ellos concentraron allí dos divisiones aéreas y más de 500 aviones y helicópteros mientras nosotros penetrábamos por todo Vietnam del Sur. [En menos de tres meses de sitio, combates y bombardeos -entre el 21 de enero y el 6 de abril- murieron 10.000 vietnamitas y 500 marines].
P. ¿Por qué se lanzó la ofensiva del Tet?
R. Para darle la vuelta a la guerra. Estados Unidos pensaba que la tenía ganada, que éramos muy débiles y sólo podíamos atacar en el bosque. Demostramos nuestra fuerza y nuestro coraje con un ataque conjunto en el corazón de las ciudades de 41 provincias en dos noches [el 31 de enero y el 1 de febrero].
P. ¿Por qué eligieron la tregua del Año Nuevo para atacar?
R. Necesitábamos cogerles por sorpresa y aunque unos meses antes estábamos preparados, queríamos causar el máximo impacto en un año electoral norteamericano y esperamos a que entrara 1968.
P. ¿Qué consecuencias inmediatas tuvo la ofensiva?
R. La confusión de la Casa Blanca, que tuvo que reunir el 25 y el 26 de marzo a toda la plana mayor de sus estrategas para ver qué se hacía en Vietnam. Era lo que perseguíamos.
P. ¿Temieron que Estados Unidos respondiera con armas nucleares?
R. Sabemos que examinaron esa posibilidad pero la descartaron porque pensaron que la Unión Soviética o China responderían y no querían meterse en un conflicto nuclear. Además, entre 1964 y 1972 les capturamos a 591 militares, la mayoría pilotos, y no querían arriesgarse a matarles.
P. Militarmente, la ofensiva del Tet se considera una batalla perdida, aunque tuviera como consecuencia que ganaran la guerra.
R. No perdimos nada porque lo ganamos todo. La reunificación era lo único importante.
P. Murieron 45.000 norvietnamitas, frente a 6.000 estadounidenses y survietnamitas. ¿Cómo puede considerarla una victoria?
R. Fue el principio del fin de la presencia de Estados Unidos en nuestro país, la salida del general Westmoreland de Vietnam; el fin del presidente Johnson, que no se presentó a la reelección, y el inicio, al año siguiente, de la retirada parcial de las tropas norteamericanas.
P. Después de tanto sufrimiento, ahora les invaden las inversiones norteamericanas. ¿Qué opina?
R. ¡Bienvenidas sean! La guerra pasó y ahora tenemos que mirar al futuro. Nuestras relaciones son nuevas, no se parecen en nada al pasado. Son relaciones de beneficio mutuo entre países libres.
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