>El desprecio
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Por Víctor Gómez Pin, catedrático de Filosofía (EL PAÍS, 02/04/11):
Indicaba La Rochefoucauld que lo propio de la mediocridad es el creerse superior. De tal ceguera, el desprecio es entonces inevitable corolario. Pero aquel que se entrega a la ebriedad del desprecio olvida que para su víctima este es quizás el sentimiento que puede con mayor dificultad ser superado. La historia del colonialismo da buena prueba de ello. Los resistentes árabes de la Argelia francesa, o los compañeros de Mandela en Sudáfrica, habrán podido superar el haber sido víctimas de explotación económica, de maltrato físico y hasta de odio, pero dudo mucho que haya habido sutura para el sentimiento de que su comunidad era vista como intrínsecamente poco decente o, en el mejor de los casos, tratada con condescendencia. En el conflicto bélico de Argelia hubo sin duda crímenes por ambos lados. Mas en esos diferendos en los que la responsabilidad es compartida, si una de las fracciones es víctima de desprecio por parte de la otra se da una asimetría que confiere a la primera una legitimidad moral. Por eso fue imperativo en su día tomar posición contra los partidarios de la Argelia francesa.
El desprecio se manifiesta en ocasiones en forma exclusivamente verbal, pero entre seres de palabra esta es potencialmente arma temible, por cuyas heridas se exige reparación. Sea cual sea el resultado de la crisis de Siria, me atrevo a conjeturar que los términos rebaño y horda con los que un esbirro del clan familiar en el poder se refirió a las víctimas de la masacre de Deraa acabarán pesando fuertemente en la balanza.
El mayor peso de la crisis en la Europa periférica ha sido ocasión de que ciertos políticos y comentaristas expresen con impudicia opiniones hirientes para la dignidad y que inevitablemente dejan huella. El mismo día en que el primer ministro José Sócrates estaba llamado a justificar su gestión de la crisis social y financiera de Portugal ante los demás mandatarios europeos, el director de redacción del diario económico parisino La Tribune efectuaba el siguiente diagnóstico: “En los orígenes de la crisis se encuentra el problema… del menú gratuito. Durante 10 años los convidados del euro han estado en el festín sin pagar la cuenta… y he aquí que ahora les es presentada. Demasiado elevada para los comensales sin maneras, convertidos de nuevo en famélicos”.
Ni que decir tiene que los míseros gorrones en cuestión son los que en otro artículo del mismo diario se continúa calificando de Pigs, acrónimo que algunos creían ya en desuso y aquí enmarcado en una amable frase relativa a lo imprescindible del “recurso al palo” dado “que el incentivo de la zanahoria, bajo forma de fondos estructurales, de los que se nutrieron ampliamente los Pigs, realmente no ha funcionado”.
Que no se trate de opiniones vertidas en alguna publicación marginal, sino en el segundo periódico económico de Francia, constituye un indicio de que la manifestación del sentimiento de pertenencia a comunidades intrínsecamente superiores ha dejado de ser en Europa algo chocante. Cuando en marzo de 2010 la revista alemana Focus esgrimía en su portada una Venus de Milo haciendo la peineta a la Europa seria, y ponía despectivamente en duda que Grecia (al igual que España, Irlanda y Portugal) tuviera intención de devolver a Alemania su dinero, muchos estimaron que estábamos ante una provocación anecdótica. Vemos, sin embargo, que la cosa ha calado.
No se trata de una Europa a dos velocidades, se trata del vejatorio sentimiento de que una Europa limpia y que trabaja ha de arrastrar el peso de una Europa tendente a la gandulería. Obviamente no hay lugar para el análisis. Lejos queda el tiempo en que lo decente era intentar dar cuenta de las múltiples variables y la complejidad en la relación de fuerzas que desde el siglo XIX habían determinado la división de Europa entre zonas rurales y zonas fabriles. Los clichés y prejuicios se generalizan, entre países comunitarios y en el seno de muchos de ellos, contaminando de paso otras causas, empezando por legítimas reivindicaciones culturales y lingüísticas que, a la larga, nada tienen que ganar con tal amalgama.
Nadie duda de que la Europa periférica tiene intereses objetivos en seguir vinculada a los países rectores de la llamada Unión, entre otras cosas para intentar salir juntos del pantano social y moral en que estamos inmersos, pero desde luego no al precio de interiorizar una jerarquía vejatoria entre comunidades del continente, a veces pertenecientes a un mismo país.
Cuando los tribunos de la Liga Norte sintieron por vez primera que con total impunidad podían referirse a los meridionales italianos como parásitos aprovechados de los que era sano despegarse, algo en la dignidad de los ciudadanos europeos se había ya resquebrajado. Mucho tiene que ver con ello la pasividad ante un orden económico y social que implica renuncia al ideario de fraternidad e igualdad heredado de la Ilustración. Es simplemente hora de restaurar tal ideario.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>The EU as a Global Actor: Its Evolving Role in Multilateral Organizations
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El estudio explora el modo en que la UE podría mejorar su potencial de actuación como un actor global y, específicamente actuar de una manera más efectiva y unitaria en los organismos y foros multilaterales. Partiendo del Tratado de Lisboa, se analiza el actual estatus de la UE ante los principales organismos internacionales, y se proponen vías para mejorarlo y reforzar la influencia de la Unión en el sistema de gobernanza global. Las conclusiones de dicho estudio fueron presentadas en Bruselas el 22 de Marzo de 2011 por Vicente Palacio y Manuel de la Rocha Vázquez en una comparecencia ante el Comité de Relaciones Exteriores del Parlamento Europeo (FUNDACIÓN ALTERNATIVAS, 31/03/11).
Leer artículo completo (PDF). Disponible, incluido el vídeo de la comparecencia, en la Fundación Alternativas.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>Bonos para un sueño
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Por Antonio Roldán Monés, asesor en el Parlamento Europeo (EL PAÍS, 30/03/11):
En uno de sus últimos artículos Tomaso Padoa-Schioppa, uno de los grandes europeístas de nuestro tiempo y padre intelectual del euro, escribía: “Si la respuesta política a una amenaza sistémica no es, en sí misma, también sistémica, sus posibilidades de éxito serán nulas. Solo una Unión más unida, capacitada para mediar con crisis sistémicas, será capaz de confrontar los pánicos sucesivos en los mercados y los frenazos en la actividad económica”.
El Pacto por el Euro Plus que acaba de acordar el Consejo Europeo supone un avance significativo hacia la Unión Económica, pero no es suficiente. Solamente los eurobonos pueden ofrecer una respuesta sistémica para terminar con las persistentes amenazas al euro. Su puesta en marcha se interpretaría como una apuesta definitiva por el federalismo, reabriría el debate sobre la necesaria fiscalidad común y demostraría el compromiso real de nuestros líderes con el proyecto político europeo.
El reciente colapso político y económico de Portugal, de consecuencias todavía inciertas, es una prueba más de que esta no es simplemente una crisis financiera o de la deuda soberana. A pesar de los compromisos acordados para mejorar la gobernanza económica, los ataques a la eurozona persisten. La crisis ha sacudido los pilares de la Europa que conocíamos y sigue estando en juego la supervivencia del euro y, por extensión, el proyecto político de la Unión. Por esa razón, la solución no puede basarse únicamente en una mejor coordinación intergubernamental de políticas económicas y una mayor disciplina fiscal. La crisis nos exige sentar las bases de una verdadera gobernanza económica posnacional.
El Pacto por el Euro Plus tiene dos grandes debilidades, una de método y otra de contenido: al basarse en el método intergubernamental, es decir, en los compromisos voluntarios de los Estados para su cumplimiento, corre el riesgo de quedarse en papel mojado -como le sucedió, por ejemplo, a la Estrategia de Lisboa. En segundo lugar, no aborda la debilidad fundamental de nuestra Unión Monetaria (UME), la carencia de una fiscalidad común que permita corregir nuestros desequilibrios internos y responder a shocks macroeconómicos asimétricos como el que ahora padecemos.
La Unión Europea necesita mayores recursos propios para fomentar inversiones en bienes públicos europeos, resolver los problemas bancarios y moderar los desequilibrios de nuestra geografía económica. Muchos europeos quizás no sepan que la Unión Europea gasta apenas el 1% de su renta, una cantidad simplemente insuficiente, para responder a nuestras obligaciones comunes.
La falta de recursos propios es una de las razones por las que la eurozona ha sufrido la crisis con mayor agudeza que, por ejemplo, Estados Unidos, que entraba en la crisis con unas ratios de deuda y déficit sobre el PIB, en algunos de sus Estados, más altos que en los países de la eurozona. Con un sistema fiscal compartimentado en secciones nacionales, la especulación financiera internacional ha sido capaz de atacar los puntos más débiles de nuestra UME. Es probable que si Estados Unidos no gozara de un presupuesto federal fuerte, del 40% del PIB en su caso, hoy estaríamos hablando de Florida o California en vez de Grecia o Irlanda.
Las dificultades en las que se encuentra Europa son en gran parte consecuencia de una tendencia histórica de raíces profundas que se traduce en una crisis irreversible de los Estados nación europeos, incapaces de afrontar en el marco de la soberanía nacional los retos que plantea la globalización. La crisis ha funcionado como un seísmo en ese largo proceso y ha forzado a un replanteamiento de las estructuras de gobierno.
Hasta el momento, se han realizado avances notables en lo que se refiere al gobierno económico. Hace tan solo tres años hubiese sido impensable que en 2011 se pusieran en funcionamiento tres autoridades de supervisión financiera europeas y un Consejo Europeo encargado de prevenir riesgos sistémicos. Tampoco nadie hubiera imaginado que estaríamos funcionando en un Semestre Europeo para una mejor coordinación de nuestras políticas presupuestarias, ni que se acordara la reforma del recién nacido Tratado de Lisboa para crear un Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE), o lo que es lo mismo, un Fondo Monetario Europeo.
Todas esas medidas son positivas y contribuirán a acercar nuestras políticas en materia económica, a prevenir riesgos y a mediar con futuras crisis. No obstante, un fondo de rescate basado en las contribuciones de los Estados no será suficiente si los contagios se extienden. Incluso podría resultar contraproducente, si los altos costes de los rescates repercutieran en tensiones políticas entre los miembros de la eurozona.
Tampoco, desgraciadamente, parece que estén sirviendo para demasiado las pruebas de resistencia bancarias, ni los recortes sociales ad infinítum, exigidos por Alemania. No olvidemos que la crisis política en Portugal ha estallado en el proceso de aprobación del cuarto plan de recortes en un año y, con todo, los intereses del bono luso a 10 años siguen estando alrededor del 8%.
Los mercados ya no dudan de la solvencia de uno u otro país; están poniendo en duda la continuidad de la UME en su forma presente. La única respuesta que puede calmar esas dudas es un paso adelante definitivo hacia el federalismo fiscal. Los eurobonos ofrecerían la evidencia de que ese camino es posible, de que existe la voluntad política para avanzar en la integración europea hasta sus últimas consecuencias.
Como apuntaban recientemente Jean-Claude Junker, primer ministro y ministro del Tesoro de Luxemburgo, y Giulio Tremonti, ministro de Economía y Finanzas de Italia, “los eurobonos permitirían mandar un mensaje rotundo a los mercados sobre nuestro compromiso político con la Unión Económica y Monetaria y sobre la irreversibilidad del euro”.
Los títulos de deuda europeos podrían ser emitidos por una nueva Agencia Europea de la Deuda (EDA) que sustituiría al MEDE y tendría el mandato de alcanzar una emisión del papel vigente del 40% del PIB de la Unión. Los Estados miembros tendrían la posibilidad de financiarse con bonos europeos, bonos “azules”, según la propuesta del think tank Bruegel, hasta un cierto límite de endeudamiento y por encima de ese límite se verían obligados a emitir bonos nacionales de deuda, “bonos rojos”.
Esto permitiría que el mercado europeo de deuda alcanzara el nivel de liquidez de los bonos del Tesoro de Estados Unidos, con unos tipos de interés muy bajos -puesto que el riesgo de suspensión de pagos asociado al conjunto de la eurozona sería prácticamente nulo- y evitaría ataques especulativos. Asimismo, sería la mejor fórmula para incentivar la disciplina fiscal -desde luego más eficiente que la inclusión de límites de deuda y déficit en nuestras constituciones nacionales, como se ha propuesto-, puesto que los países harían lo posible por evitar los “bonos rojos” soberanos, mucho más caros.
Pese a lo que algunos puedan pensar, esta no es una decisión técnica, es una decisión política fundamental que serviría de termómetro del compromiso por la convergencia y la solidaridad europeas que impregnan la palabrería de nuestros tratados. Alemania, principal detractora de la idea, debería liderar ese cambio, puesto que ella sería la primera beneficiada de una Europa estable y bien equipada para navegar en las aguas económicas globales.
Tras 60 años de viaje europeo nos encontramos en un punto de inflexión. La declaración Schuman, que dio el pistoletazo de salida a la integración europea, decía: “Europa no se construirá toda de una vez, o siguiendo un único plan. Se logrará a través de acuerdos concretos que crearán una solidaridad de facto”. Entonces, la propuesta de poner en común la producción del carbón y del acero sentó las bases del desarrollo económico interdependiente, como primer paso hacia la Unión Europea que conocemos hoy. Ahora, la decisión sobre los eurobonos es probablemente el paso más importante de la Europa poscrisis, que reflejaría la fortaleza fundamental de nuestro compromiso con la idea de Europa.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>Service européen pour l’action extérieure
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Préjugés, défis et potentiels: une analyse sans idées préconçues du Service européen pour l’action extérieure. Par Elmar Brok, député européen allemand, Groupe du Parti Populaire Européen, Démocrates-Chrétiens (LE MONDE, 22/03/11):
L’Union européenne a une chance historique à portée de main : la chance de créer une politique étrangère cohérente. Cette politique doit être mise en œuvre par un instrument commun, le nouveau Service européen des affaires étrangères (SEAE), représenté par la Haute représentante (HR), qui est également vice-présidente de la Commission (VP) et présidente du Conseil des ministres “Affaires étrangères”.
Malheureusement, les chances et les perspectives apportées par le SEAE, qui a commencé son travail voilà à peine quatre mois, sont souvent masquées par nombre de préjugés dans le débat public. Le SEAE est souvent condamné sans réflexion: nouveau “mammouth” rempli de fonctionnaires, il serait une “supra-autorité” qui engloutirait l’argent des contribuables. “Trop cher, trop peu démocratique… et pour quoi faire?”, voilà la teneur des débats. Ces préjugés trouvent leur origine dans une certaine mentalité eurosceptique, qui s’oppose à toutes les nouvelles évolutions, mais aussi dans l’ignorance et une mauvaise communication. Ils résultent également pour partie d’une vision unilatérale. Si l’on observe le SEAE uniquement par la lorgnette du budget, c’est vrai: il n’est pas neutre pour le budget de l’Union. Toutefois, en comparaison avec les services nationaux des affaires étrangères et au vu de son efficacité et de la réduction des redondances qu’il permettra d’effectuer, personne ne saurait prétendre sérieusement que ces dépenses sont inadéquates. Surtout, le SEAE ne peut pas être sorti de son contexte pour être observé sous un seul de ses aspects : cela fausse la vue d’ensemble. Il faut plutôt l’envisager dans son ensemble, en gardant à l’esprit son potentiel.
En effet, ces préjugés et raccourcis sont dangereux, car, par une sorte de cercle vicieux “circulus vitiosus”, ils réduisent les chances de réussite du SEAE, un organe opportun et même nécessaire. Le plus grand danger pour le SEAE, c’est qu’il ne soit pas accepté. Ces préjugés représentent donc un obstacle majeur à l’acceptation du SEAE parmi la population et à la volonté des élites politiques des Etats membres de l’utiliser et de le faire vivre.
Pour cette raison, il est d’autant plus important de jeter un regard objectif, critique et plurilatéral sur le SEAE. Il n’est pas besoin de maquiller ses problèmes et ses défis, mais il faut souligner son potentiel et sa raison d’être. Les citoyens européens doivent pouvoir s’en faire une image sans idée préconçue, en comprendre l’utilité et le sens. Ils doivent saisir qu’il ne s’agit pas d’un 28e ministère des Affaires étrangères (encore une idée préconçue !). L’idée du SEAE, c’est bien de créer une plus-value européenne.
DE L’UTILITÉ ET DES POTENTIELS DU SEAE
Avec le traité de Lisbonne, l’Union européenne a réformé en profondeur sa politique étrangère. La création du SEAE doit également être regardée sous cet angle. Le SEAE est né de trois nouveautés introduites par le traité de Lisbonne: la désignation d’un président permanent du Conseil européen, qui représente l’Union européenne à l’étranger, comme un chef d’État ou de gouvernement, la nomination par le Conseil européen, avec l’accord du président de la Commission, également directeur de la PESC, de la Haute représentante pour les Affaires étrangères et la politique de sécurité de l’Union et la reconnaissance écrite de la personnalité juridique de l’Union, qui l’habilite totalement à prendre des décisions sur le plan international.
Le Parlement européen (PE) appelait déjà en 2000 à la création d’un service diplomatique commun, qui répond au rôle international de l’Union et renforce sa visibilité et sa capacité d’action sur la scène internationale. Les raisons de cette réforme de la politique extérieure européenne et l’introduction du SEAE en particulier ne sont pas obscures, contrairement à ce que d’aucuns prétendent. Le SEAE n’est pas un “jouet” élaboré par les fonctionnaires européens ou les élites politiques, au contraire : dès la Convention sur l’avenir de l’Europe et la Conférence intergouvernementale pour le Traité de Lisbonne, on savait très précisément ce que le SEAE devrait et pourrait faire.
La création du SEAE vient premièrement du fait que, durant les dernières années, l’UE a vu régulièrement qu’elle montrait encore de nombreuses incohérences en matière de politique étrangère. Celles-ci se produisaient d’abord sur le plan horizontal de la coopération entre les différentes institutions et politiques. En effet, les affaires extérieures de l’UE sont partagées entre la PESC/PESD intergouvernementale d’un côté, et les politiques communes de l’autre, comme la politique européenne de voisinage, la politique de développement et la politique commerciale extérieure. Ces deux politiques étaient développées sans concertation entre les institutions. Conséquemment, elles n’étaient pas assez coordonnées, ce qui a pu mener à des contradictions et des divergences. Par exemple, il pouvait arriver qu’une négociation commerciale ait lieu entre le Commissaire au commerce et un pays tiers, pendant que le Haut Représentant et le Conseil des ministres “Affaires étrangères” critiquaient le viol des droits de l’Homme dans ce même pays.
Par ailleurs, les incohérences pouvaient se produire de manière verticale entre la politique étrangère de l’UE et les politiques étrangères nationales. Ainsi, les États membres ne parvenaient souvent pas à trouver une position commune et agissaient isolément plutôt qu’ensemble. Il est arrivé que l’ancien Haut Représentant Javier Solana, le président du Conseil, la Commissaire aux affaires extérieures, le président français et la chancelière allemande s’expriment sur un même sujet de manière contradictoire. Conséquence: l’UE et ses États membres restaient sans influence. L’exemple le plus flagrant en est la guerre en Irak. Gerhard Schröder était contre, Tony Blair pour: finalement, les deux sont restés impuissants face aux États-Unis.
Lire l’intégralité de la note sur le site de la Fondation Robert-Schuman
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>Pacto por el euro y modelo alemán
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Por Josep Borrell, presidente del Instituto Universitario Europeo de Florencia (EL PERIÓDICO, 22/03/11):
El pacto por el euro pretende responder a la crisis de la deuda soberana en la zona euro en la línea de lo planteado por Alemania y Francia. Es un nuevo instrumento de acción y disciplina colectiva que se añade al Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC), también sometido a revisión para endurecer las sanciones a quienes lo incumplan.
Las diferencias iniciales acerca de ese pacto eran muy grandes. Se llegó a un acuerdo de principio para rebajar la tensión en los mercados de deuda después de que las agencias de calificación, que mas valdría llamar de descalificación, rebajaran la nota de la deuda española y portuguesa. Ahora, ese acuerdo deberá ser afinado y confirmado en el Consejo Europeo del próximo fin de semana.
En la eurozona, como en la clase de un gran colegio, hay buenos y malos alumnos. El irlandés es el alumno rebelde que se niega a aceptar la consigna de armonización de las políticas fiscales, imprescindible para evitar la marcha divergente de las economías europeas. Su nuevo primer ministro se niega a aumentar el tipo del impuesto de sociedades, que con el 12,5% representa un claro dumpin fiscal para el resto de los países de la eurozona. En consecuencia, no se le rebajó el interés de los préstamos europeos que pedía. El alumno díscolo deberá hacer un gesto si quiere la ayuda de los demás.
El alumno bueno es el griego que porfía pese a la resistencia social que levanta su plan de saneamiento y de reformas estructurales. Y, además, promete acelerar su programa de privatizaciones hasta 50.000 millones. El premio ha sido una rebaja de un punto en el tipo de interés de los préstamos del Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FESF) y prorrogar el plazo de devolución de 4,5 años a 7,5.
Falta le hace a Grecia este balón de oxígeno. El esfuerzo que se les está pidiendo a sus ciudadanos es enorme y las dudas sobre una reestructuración de su deuda crecen cada día. En el fondo, lo que se ha hecho es ya una reestructuración, al menos de la deuda que le habíamos comprado los europeos, puesto que hemos aceptado cobrar más tarde y con menos interés.
Portugal está en la cuerda floja, intentando escapar del acoso de los mercados y evitar tener que pedir la ayuda europea. Ha anunciado un nuevo plan de economías y de reformas que ha sido recibido sin demasiado entusiasmo. Parece como si sus socios en el euro pensaran que sería mejor que Portugal aceptase ser ayudado para rebajar la tensión en el mercado de deuda pública.
España ha anunciado que presentará nuevas reformas y ajustes. Y se ha quejado, con razón, del comportamiento de las agencias de notación que han rebajado la calificación de nuestra deuda sin explicaciones ni motivos. Pero el problema es que los mercados se creen más a estos agentes, supuestamente neutrales, que a los gobiernos, obviamente interesados en defender su caso. La diferencia de evaluación de las necesidades de capital de las cajas tendrá que ser resuelta si queremos que la calma vuelva a los mercados de deuda española.
Alemania ha aceptado aumentar la capacidad efectiva del FESF desde los 250.000 millones actuales a 440.000. A partir del 2013 tendrá naturaleza permanente y una capacidad efectiva de 500.000 millones. Además, podrá comprar directamente deuda de un Estado en dificultades a un tipo de interés pactado. En la práctica es como si se diera ayuda sin tener que pedirla formalmente. En cambio, nada de eurobonos ni de que el FESF compre a los bancos la deuda que ya tienen. Justo lo contrario de lo que puede hacer el BCE. Esta distinción entre mercados primarios y secundarios de deuda es cada vez más artificial. Pero veremos qué ocurre este fin de semana, porque Finlandia ya ha anunciado su oposición a lo que al fin Alemania ha acabado aceptando.
A cambio, el nuevo pacto de competitividad, o pacto por el euro, plantea un conjunto de medidas sobre pensiones, salarios y déficits que en el fondo equivalen a imponer a todos los países europeos la draconiana austeridad que Alemania lleva practicando desde hace 10 años. La gran cuestión que se abre ahora es si el modelo alemán es tan bueno como su capacidad exportadora parece indicar. Y si es trasladable al conjunto de Europa.
Ambas cosas son muy discutibles. Para empezar, sus excedentes comerciales son la contrapartida de los déficits de los demás países europeos. Para que alguien exporte alguien tiene que importar, y hasta hace poco Alemania conseguía dos tercios de su superávit comercial con sus socios europeos. Si toda Europa hubiese aplicado las políticas de austeridad alemanas, el resultado hubiese sido una grave recesión. Y ese riesgo todavía existe.
El modelo alemán tiene componentes que no me gustaría imitar. En Alemania, la pobreza, la precariedad y las desigualdades han crecido explosivamente en los últimos años. La inversión en infraestructuras materiales e inmateriales, educación incluida, ha caído y su demografía está en un estado crítico. De todo eso se habla poco, pero es una realidad que hay que conocer a la hora de juzgar el pacto por el euro, su motivación y sus potenciales consecuencias.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>Reconstruire l’Europe
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Par Nicolas Baverez, économiste et historien (LE MONDE, 21/03/11):
Après les négociations du G20 et la dévastation du Japon, la crise européenne s’emballe.
Sur le plan économique, la divergence s’exacerbe entre le miracle allemand (croissance de 3 %, chômage de 7 %, déficit public de 2,5 % du produit intérieur brut, excédent commercial de 155 milliards d’euros) et la récession persistante des pays périphériques (de – 4 % en Grèce à – 0,1 % en Espagne, où le taux de chômage dépasse 20 %).
Sur le plan financier, la Grèce ne peut échapper à une restructuration de sa dette, tandis que le nouveau gouvernement irlandais entend renégocier les conditions du plan de secours et que le Portugal persiste à différer le recours inéluctable à l’aide, alors qu’il emprunte à 7,7 % avec une dette de 85 % du PIB et une croissance potentielle de 1 %.
L’Europe aura donc perdu toutes les batailles depuis le déclenchement de la crise.
Bataille de la reprise dont elle fut la variable d’ajustement en raison de la surévaluation de l’euro.
Bataille commerciale avec le blocage de la dynamique du grand marché, son ouverture sans réciprocité et son pilotage par une politique de la concurrence qui joue contre la production et l’innovation.
Bataille financière avec les crises liées de la dette souveraine et d’un système bancaire non restructuré et régulé par l’absurde.
Bataille politique avec la montée des populismes et de l’hostilité à l’Europe chez ses citoyens.
Bataille diplomatique avec l’inexistence tragique de l’Union face aux révolutions du monde arabe.
Le constat de faillite, partagé par les partenaires de l’Union, les marchés et les citoyens, est clair : dans un monde incertain fait de risques et de chocs, l’Europe agit toujours trop peu et trop tard.
La crise se prolongera jusqu’à entraîner la rupture de l’euro et de l’Europe si un accord n’intervient pas sur une solution globale qui repose sur trois piliers : la transformation de l’euro en zone monétaire pérenne, ce qui implique désendettement, compétitivité économique et solidarité financière ; la réassurance de l’Allemagne, qui est la condition de son efficacité ; la création d’un gouvernement économique, qui constitue le socle de sa légitimité.
Une course de vitesse est engagée entre la prise de conscience des dirigeants européens et l’accélération des crises : choc pétrolier, tsunami japonais, tensions sur les dettes souveraines et secteur financier.
Sur le plan économique se dessine un programme cohérent, associant une supervision budgétaire étroite, un effort de compétitivité fondé sur l’encadrement des salaires et la rationalisation des Etats-providence, un fonds de soutien porté de 440 à 500 milliards d’euros de manière permanente à compter de 2013, une relance du grand marché sous la forme d’un début d’harmonisation fiscale (assiette puis taux de l’impôt sur les sociétés) et sociale.
RENOUVEAU DU COUPLE FRANCO-ALLEMAND
Au plan politique, cette stratégie s’adosse au renouveau du couple franco-allemand. Il trouve son origine dans le revirement des dirigeants allemands, qui se sont persuadés de l’impossibilité pour l’Allemagne de préserver son développement et son leadership européen en cas d’implosion de l’euro ou de déclin du continent.
La stabilisation de l’euro et la relance de l’Europe ne sont pas pour autant acquises. Le plan comporte en effet deux angles morts : d’abord, l’absence de procédure de défaut organisé – à laquelle certains pays, comme la Grèce, ne pourront échapper – et de restructuration des banques – dont les actifs toxiques devraient pouvoir être rachetés par le fonds ; ensuite, la Banque centrale européenne pourrait ruiner toute reprise avec la hausse des taux précoce, qu’elle a annoncée pour avril 2011, plus aberrante que celle de juillet 2008.
Mais les plus grandes difficultés sont politiques.
En Allemagne, le fossé se creuse entre la chancelière, Angela Merkel, et son ministre des finances, Wolfgang Schäuble, d’une part, le parti libéral, vital pour la coalition, et surtout, l’opinion allemande d’autre part.
Du côté des nations en situation de défaut potentiel, les mouvements sociaux ou les électeurs remettent en question les plans d’aide. Enfin, la majorité des membres de l’Union sont hostiles à la constitution d’un directoire économique et monétaire franco-allemand.
Ledit couple présente d’ailleurs nombre de fragilités du fait des faiblesses de la France, qui a des discours fermes mais une stratégie incohérente. Avec une croissance limitée à 1,5 % et un déficit commercial de 51 milliards d’euros, une impasse structurelle de 6 % du PIB et une dette publique de 88 % du PIB, une dépense sociale qui culmine à 35 % du PIB et un taux de chômage de 14,5 %, un secteur privé réduit à 43,4 % de la dépense nationale, la France présente au plan national les caractéristiques inverses des objectifs qu’elle prétend fixer à ses partenaires, de concert avec l’Allemagne, pour le sauvetage de la zone euro.
La rencontre entre l’Europe politique à la française et l’Europe économique et monétaire à l’allemande ne sera durable que si le redressement de notre pays vient compléter la renaissance économique de l’Allemagne réunifiée.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>Necesitamos un pacto para salir de la ficción
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Por Martín Ortega Carcelén, profesor de Derecho Internacional en la Universidad Complutense (EL PAÍS, 21/03/11):
Desde 2008 Europa está viviendo sobre un presupuesto ilusorio: aquí no ha pasado nada, la crisis financiera es manejable. Esta es una ficción inteligente porque permite al sistema seguir funcionando a la espera de que el viento cambie. Sin embargo, esa espera será en vano.
Los planes de rescate para Grecia e Irlanda aprobados el año pasado son en realidad préstamos para seguir tirando durante 2010, 2011 y 2012, sujetos a condiciones muy duras como reducir drásticamente los sueldos y el gasto público. Los demás europeos y el FMI ofrecieron dinero a esos países a un interés más bajo que el de los mercados, pero ese dinero hay que devolverlo con intereses porque se trata de préstamos al fin y al cabo. Aunque se ha calificado de rescate, Grecia e Irlanda siguen sumidos en el agujero.
El grave problema es qué va a ocurrir después de 2012 con esos países (y los demás que tengan que aceptar planes similares) cuando, después de pasar por la unidad de cuidados intensivos, salgan otra vez a la jungla financiera apenas recuperados y se les exijan de nuevo intereses exorbitantes, lo que les pondría de nuevo en riesgo de quiebra.
El Consejo Europeo del 24 y 25 de marzo prevé prolongar las ayudas a partir de 2013, e introducir medidas de gobernanza del euro para supervisar colectivamente las economías nacionales. Aunque son positivas, estas acciones no atacan el problema de fondo y no serán suficientes para calmar a los mercados. Con las condiciones de austeridad impuestas y en un contexto de crisis global acentuada por la catástrofe en Japón, es muy dudoso que Grecia e Irlanda puedan crecer a un ritmo significativo que les permita pagar sus deudas en un plazo razonable. Por este motivo, es preciso salir de la ficción y explorar soluciones más ambiciosas.
Una primera solución sería, simplemente, que esos países reestructuren su deuda, eufemismo que ha sido superado por el del corte de pelo (haircut, en inglés) también usado en círculos financieros, que no es más que una quita de parte del valor del papel en el mercado. Ahora bien, esta quiebra parcial, que reduce el valor de la deuda existente, afectaría a la confianza sobre el euro y, más concretamente, a muchos bancos de los grandes países de la Unión tenedores de esa deuda, por lo que se resisten con uñas y dientes.
Una segunda opción es dejar salir a Grecia, el caso más problemático, del euro, lo que le permitiría devaluar su moneda nacional para competir en mejores condiciones, recibir turistas y exportar. Pero esta idea, que tiene sus virtudes, también se considera anatema porque puede afectar a la credibilidad de lamoneda única. ¿Quién sería el siguiente en salir?
La opción conservadora, que el próximo Consejo Europeo se dispone a revalidar, es seguir como hasta ahora y además utilizar las futuras perspectivas financieras para compensar a esos países con fondos estructurales, mientras el Banco Central Europeo continúa comprando su deuda, con la esperanza de que esas ayudas les permitan respirar.
Por diversos motivos, estas no son vías adecuadas. La primera es inaceptable, la segunda impracticable, y la tercera no hace más que alargar el blando sueño hasta que abramos los ojos. Necesitamos tomar otra ruta que, a pesar de ser atrevida, sea al mismo tiempo realizable. En vez de seguir prestando dinero a países con problemas, la Unión Europea debería hacerse cargo de parte de sus deudas (y de parte de los activos tóxicos de bancos y cajas de otros países, no solo de España, las cajas alemanas también cuecen habas) con fondos del contribuyente europeo. Esto supone la creación de un fondo diferente del actual, que tendría como único fin la asunción de las deudas públicas y privadas más imposibles y venenosas.
Esta solución costaría unos 110.000 millones de euros, aproximadamente un 1% del PIB total de la Unión Europea, aunque hay estimaciones para todos los gustos. La dificultad sería elegir los casos donde la asunción de deuda es más necesaria. La gran ventaja sería el efecto psicológico inmediato que ejercería sobre el sistema financiero y quizás también sobre la economía.
Esta alternativa carga sobre las espaldas del pobre contribuyente, una vez más, los excesos de algunos bancos irresponsables y de Gobiernos imprudentes ayudados por magos de las finanzas, como Goldman Sachs que asesoró al Gobierno griego para falsear sus cuentas. Sobre todo el contribuyente alemán, que se siente pagano de tales alegrías, se opondría a dicha reducción de deudas con dinero público.
Sin embargo, esta solución es la única que nos permitirá salir del marasmo financiero en que nos encontramos. A fin de cuentas, los contribuyentes de los países ricos estarían ayudando no solo a los países periféricos, sino también a sus propios bancos porque ellos son los acreedores que más expuestos están a créditos dudosos.
Ahora bien, un plan de reducción de deuda debería ir aparejado a una regulación más seria de bancos, bolsas y mercados financieros. Sería como un pacto de nunca jamás en el que los Gobiernos europeos, que representan a los ciudadanos, salvaran a bancos y Estados al borde de la quiebra (beneficiando a todos de paso) pero fijaran al mismo tiempo mecanismos jurídicos vinculantes para hacer inviables los excesos del pasado.
Es cierto que la Unión Europea ha comenzado a introducir una nueva regulación más estricta de las finanzas, pero las medidas son todavía demasiado tímidas. Se han creado instituciones de coordinación que agrupan a los supervisores nacionales, pero sus competencias son muy limitadas. Se ha propuesto introducir una tasa para las transacciones internacionales, prohibir las ventas en corto o limitar los sueldos de los gestores, pero muchos se oponen. La necesidad de una mayor regulación para impedir los abusos sigue tan vigente como justo después de la crisis.
Figuras como Mervyn King, gobernador del Banco de Inglaterra, acaba de denunciar que los bancos hagan prevalecer los beneficios por delante de los clientes.
El sistema financiero europeo sigue tocado. Si queremos evitar la imagen de bancos zombis que se hizo famosa en Japón, tenemos que sanarlos. Para ello la actividad financiera debe regularse, racionalizarse y adelgazar mucho.
No podemos emplear dinero público para apuntalar el sistema y permitir que, después, siga adicto a las malas prácticas. Algunos profesionales de ese volátil planeta financiero, con bastante descaro, se quejan de la sobrerregulación de su sector y apuntan que su industria puede deslocalizarse hacia paraísos fiscales.
Frente a esta desfachatez después de todo lo que ha pasado, la Unión Europea debería seguir siendo la punta de lanza del control financiero en el interior y, en su acción exterior, trabajar para una más exigente regulación en todo el mundo.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>La Unión Europea quiere tapar el sol con un dedo
>
Por Daniel Gros, director del Centro de Estudios de Política Europea. Traducción de Kena Nequiz (Project Syndicate, 04/03/11):
¿Está más cerca la crisis del euro de llegar a una solución? Los líderes europeos han prometido elaborar para finales de este mes un paquete exhaustivo no solo para acabar con la crisis sino también para preservar la estabilidad del euro. Desafortunadamente, es poco probable que tengan éxito, porque la mayor parte de los elementos que se han dado a conocer hasta ahora abordan los síntomas de la crisis, no sus causas subyacentes.
La canciller alemana, Ángela Merkel, suele subrayar, con razón, que no debe hablarse de una “crisis del euro”, sino de una “crisis de deuda”. Si añadiera que esta es una crisis de deuda tanto soberana como bancaria, tendría aún más razón.
Pero un corolario inmediato de ese diagnóstico es que resolver esta crisis exige encontrar una solución al problema de la deuda – es decir, al problema de los soberanos sobreendeudados y los bancos insolventes. Lamentablemente, nada se está haciendo en ninguno de estos frentes cruciales.
Los nuevos y complejos mecanismos para la coordinación de la política económica que dominan la agenda de la Unión Europea podrían ser útiles para presionar a los países miembros de la eurozona a fin de que adopten políticas más sensatas para aumentar la competitividad de sus economías y fortalecer sus posiciones fiscales. Pero hay que recordar que, hasta hace poco, Irlanda, y en cierta medida España, se ponían como ejemplos brillantes de economías competitivas que habían creado una cantidad sin precedentes de empleos.
Así pues, es dudoso que una coordinación más estrecha de la política económica impida que se creen nuevas burbujas. Cuando surja un fuerte boom en otro sector, la tentación de decir que “esta vez es diferente” será irresistible una vez más.
En cualquier caso, a los mercados financieros no les importa mucho el futuro marco para la coordinación de las políticas en la eurozona. Necesitan saber cómo se abordará el exceso de deuda ahora.
Pero, ¿por qué tendría que ser tan importante para los mercados financieros un problema de deuda en las economías llamadas generalmente “periféricas”? Grecia, Irlanda y Portugal, que se tambalea actualmente al borde de la insolvencia, representan menos del 6% de la economía de la eurozona. Sus problemas no serían algo importante si el sistema financiero de Europa fuera robusto. Una crisis de deuda periférica se ha transformado en una crisis sistémica porque el sistema financiero de la eurozona está demasiado interconectado y es demasiado débil.
Dada esa interconexión de los mercados financieros en una zona con moneda común, una debilidad en un extremo se extiende a todo el sistema, que no puede estabilizarse hasta que se resuelvan todos los componentes de la debilidad. Sin embargo, Europa carece de un órgano común que tenga los recursos fiscales necesarios para estabilizar al sistema en su conjunto. Esos recursos existen a nivel nacional, pero su utilización generalmente está determinada por consideraciones e intereses puramente nacionales. Dicho de otro modo, Europa se enfrenta a un problema fundamental de acción colectiva.
La experiencia ha mostrado que solo una crisis aguda puede obligar a los líderes de Europa a actuar juntos en un esfuerzo concertado. No obstante, en el otoño de 2008, en el momento más álgido de la crisis financiera global, los jefes de Estado de la eurozona no consideraron la creación de un fondo común para rescates bancarios. En cambio, se conformaron con un paquete de medidas nacionales para estabilizar los sistemas bancarios nacionales uno por uno.
El total del compromiso global era impresionante, pues llegaba al 20% del PIB. No obstante, la muestra de unidad duró poco. La ejecución del paquete fue desigual y algunos países acabaron no haciendo nada. No se abordaron las áreas clave de debilidad de los mercados financieros europeos, incluyendo los bancos con capital insuficiente en los países del centro, y el sistema no pudo soportar la segunda oleada de la crisis, que se desencadenó por la pérdida de credibilidad de los países periféricos en los mercados financieros.
La Unión Europea hizo frente a las crisis de Grecia e Irlanda dando a ambos países nuevas líneas de crédito, pero se hizo muy poco para fortalecer la capacidad del sistema financiero de resistir un impago de cualquier magnitud significativa. El único intento que se hizo en ese sentido fue la publicación en julio de 2010 del resultado de las pruebas de resistencia que se hicieron a más de 90 de los bancos más grandes de la UE. Pero este episodio mostró una vez más lo que se puede esperar cuando no existe un órgano que vigile la estabilidad sistémica en toda la Unión. Cada supervisor nacional tiene un incentivo para concluir que “nuestros bancos son seguros”, aun cuando muchas instituciones tienen muy poca capitalización y por lo tanto debilitan a todo el sistema.
El grado en que esto se cumplía se reveló en noviembre de 2010, cuando se descubrió que básicamente todo el sistema bancario irlandés, que había sido declarado sano en junio, estaba en quiebra. El mercado decidió que tal vez ese fuera también el caso del gobierno irlandés, que tuvo que ser rescatado entonces por el Mecanismo europeo de estabilización financiera (EFSF, por sus siglas en inglés).
La “crisis del Euro” solo terminará cuando los problemas de deuda de la periferia de Europa ya no puedan amenazar la estabilidad general del sistema financiero de la eurozona. Esto requerirá una gama de medidas tales como requisitos de capital más altos para la deuda soberana, pruebas de resistencia reales de los bancos y la ampliación del mandato del EFSF de modo que también pueda recapitalizar bancos y no solo rescatar países.
Asegurar la estabilidad financiera sistémica es lo que se debe hacer ahora. Eso, y no los mecanismos elaborados de coordinación de la política económica o los ambiciosos proyectos para la competitividad, es lo que debería estar en primer lugar de la agenda del Consejo Europeo.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>Con la democracia, a calzón quitado
>
Por Carlos Carnero, embajador en misión especial para proyectos en el marco de la integración europea (EL PAÍS, 01/03/11):
Vivimos buenos tiempos para la libertad. La movilización popular ha derrocado en pocas semanas a varios dictadores en el Mediterráneo. Podemos felicitarnos de que 2011 haya traído de la mano -como dijo Machado respecto a la primavera y la República- un aire fresco que reivindica los ideales que generaciones enteras no han dejado de defender durante varios siglos desde las revoluciones norteamericana y francesa. En medio de la crisis, muchos pueblos han decidido retomar en sus manos el futuro.
Y sin embargo, el mundo democrático no ha sido capaz de participar en los acontecimientos en tiempo real desde el primer momento. Anonadado por la velocidad de los mismos o temeroso de no poder predecir plenamente su desarrollo, pocas medidas concretas tomó respecto a Túnez y Egipto para que los autócratas sintieran en el momento oportuno el empuje no solo de sus pueblos, sino de la comunidad internacional. Seguro que ahora se ponen en marcha estrategias para contribuir al éxito de las transiciones, y eso estará bien.
Pero lo más positivo de estas semanas es que, aprendida la lección con inusitada rapidez y en correspondencia con las demandas ciudadanas, la Unión Europea y Estados Unidos han sido capaces de estar a la altura de sus responsabilidades al conseguir que el Consejo de Seguridad de la ONU se haya pronunciado con contundencia sobre Libia, adoptando por unanimidad acuerdos importantísimos e iniciando una dinámica que, más allá del caso particular, debería marcar un antes y un después en la respuesta de las democracias a las violaciones de la libertad y los derechos humanos.
Para que eso sea así, tenemos que debatir sobre qué hacer para contribuir a acabar con las dictaduras, conformando un nuevo consenso internacional (del que la UE debería ser promotora principal) que impida a quienes las encabezan pensar que todo lo que sucede hoy es un sarampión que pasará mientras ellos permanecen.
Debatir mientras actuamos, por supuesto, y sobre temas que se nos plantearán muchas veces a lo largo de los próximos años, de manera que cuando llegue el momento hayamos podido conformar una hoja de ruta que aplicar a la especificidad de cada caso y que, por su propia existencia, surta efectos preventivos y disuasorios sobre criminales y tiranos.
Empezando por el derecho de injerencia humanitaria, que la realidad ha situado de nuevo en escena. Ante actuaciones armadas como la de Gadafi contra su propio pueblo, ¿debería la UE plantear una intervención militar internacional que protegiera a las potenciales víctimas civiles? ¿Tendría que elevar esa propuesta al Consejo de Seguridad de la ONU y, aunque no la amparara, llevarla a cabo, con o sin aliados? ¿Sería eso compatible con el derecho internacional y la soberanía nacional y, aunque no lo fuera, prevalecería un imperativo moral que obligase por encima de otra consideración? Mi respuesta es que ya lo hicimos en Kosovo y deberíamoshaberlo hecho en Ruanda. El derecho (o, si se quiere, la obligación) de injerencia humanitaria, ejercido con tanta prudencia como compromiso, debe estar siempre presente entre los instrumentos para impedir crímenes contra la humanidad.
Siguiendo por los acuerdos con terceros. ¿Tiene la UE que establecer nítidamente unos estándares de democracia y derechos humanos por debajo de los cuales no suscribiría ningún acuerdo o rompería los existentes? ¿Ha de limitarse a incluir una cláusula democrática que, a diferencia de la actual, se activaría unilateralmente a partir de una mayoría absoluta del Parlamento Europeo o de una cualificada del Consejo, compuesto por los Gobiernos? ¿Tales estándares han de ser efectivos en todo tipo de acuerdos, incluyendo los comerciales? Mi opinión: aplicar el principio de solo hay acuerdo con libertades y activación de la cláusula democrática a través de las citadas decisiones por mayoría. Con un corolario: hacer más exigente y efectivo el Código de Exportación de Armas en vigor.
Continuando por las sanciones contra los dirigentes de los regímenes autoritarios. ¿Ha de apoyar la UE de forma mucho más activa la persecución penal de los criminales contra la humanidad? ¿Tiene que elaborar la UE una lista de los que considera que pueden ser acusados de serlo y de otros dictadores, con o sin decisión de la ONU, de forma que no les conceda visados y les confisque sus bienes, acordando con otros Estados hacer lo propio (incluyendo Estados Unidos o Suiza) o enfrentándose políticamente con quienes no sigan esa línea? Mi parecer: sí.
Terminando por las relaciones diplomáticas de la UE (y sus miembros). ¿Se pueden mantener con regímenes autoritarios, aplicando la doctrina de que se tienen relaciones con Estados, no con Gobiernos? ¿Debe reconocerse a la oposición democrática un estatus público y notorio que favorezca su credibilidad y su visibilidad? Mi criterio: sí a aquella doctrina para poder influir y consideración de la oposición como interlocutor oficial.
En la práctica, lo que está pasando en el Mediterráneo nos permite y, al tiempo, nos obliga a retomar una discusión viva sobre la prevención de conflictos en la década de los noventa, a partir del genocidio en Ruanda y de la guerra en Bosnia, que la invasión de Irak promovida por George Bush en 2003 contribuyó a hacer desaparecer. Pues una cosa, por ejemplo, es la intervención armada para evitar una limpieza étnica con miles de muertos y desplazados -injerencia humanitaria- y otra radicalmente distinta poner al mundo al borde del precipicio para garantizar intereses estratégicos revestidos de defensa de la democracia violando el derecho internacional -unilateralismo, Irak.
Afortunadamente, las visiones de la democracia, los derechos humanos y el derecho internacional del Estados Unidos de Obama y de la UE del Tratado de Lisboa-Constitución Europea son tan similares que les permiten obtener éxitos como la resolución del Consejo de Seguridad sobre Gadafi y ganar así la confianza de millones de ciudadanos en el mundo.
Para todo ello partimos de lo mucho avanzado por la tantas veces injustamente criticada (hacerlo es casi una moda estos días) Unión Europea, que ha creado instrumentos -siempre con el apoyo de España- tan propios y avanzados como la cláusula democrática en sus acuerdos con terceros, se implica con permanencia en la construcción de la democracia, respeta el derecho internacional, adopta sanciones contra los dictadores, sostiene perseguir los crímenes contra la humanidad, participa en misiones de construcción o mantenimiento de la paz en todo el planeta, aplica ya un código de venta de armas, escucha a las oposiciones democráticas, es el primer donante en ayuda oficial al desarrollo y creó el Proceso Euromediterráneo de Barcelona.
Una UE que, eso sí, no quiere emular al almirante estadounidense Decatur cuando, tras su actuación en Trípoli a principios del siglo XIX, dijo aquello de “Mi país, con razón o sin ella”.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>La inútil búsqueda de dinero más barato de Europa
>
Por Daniel Gros, director del Centro de Estudios de Política Europea. Traducción de Kena Nequiz (Project Syndicate, 03/02/11):
Recientemente se han propuesto varias formas de “bonos europeos” comunes, eurobonos para ser más exactos, como salida a la actual crisis del euro, y sus proponentes hacen hincapié en las perspectivas de disminución de los costos del crédito. Pero esto parecen ser más bien deseos.
Para entender por qué, sólo hay que pensar en los beneficios a largo plazo que pueden esperarse de esos bonos. ¿Ofrecerían los bonos europeos tasas de interés inferiores a las del promedio de los bonos nacionales?
Los proponentes de los bonos europeos aducen que crearían un mercado mucho mayor y más líquido que los de los bonos nacionales. Pero es probable que esta ventaja sea limitada, un ahorro potencial de algunas décimas de punto porcentual, dado que las tasas de interés de bonos similares de alta calidad –como los que emiten Alemania y Austria–difieren únicamente por ese margen.
Otra supuesta ventaja de los bonos europeos es que se compartiría el riesgo: si los riesgos de los miembros individuales de la eurozona que tienen dificultades para pagar no fueran muy distintos – y no estuvieran demasiado relacionados– la emisión conjunta de bonos debería, en principio, reducir el riesgo crediticio de los bonos europeos en comparación con el riesgo promedio de los bonos nacionales.
Pero ese argumento no se puede utilizar ahora que los riesgos en la eurozona son tan asimétricos (cero en el centro y considerables en la periferia) y están tan relacionados entre los países de la periferia (son vulnerables a las mismas sacudida, por ejemplo, tasas de interés elevadas o crecimiento lento).
Así pues, es probable que los beneficios de los bonos europeos a nivel de la eurozona sean insignificantes. Vale la pena repetir el punto clave de esta sombría ciencia: nada es gratis. Las pérdidas para los países acreedores en términos del aumento de los costos del crédito y de la disminución de los ingresos generados por los intereses contrarrestarían los beneficios para los países deudores en términos de un menor costo del financiamiento.
Pero países como Grecia, Irlanda, Portugal y España se enfrentan a un verdadero problema: ahora que han terminado sus auges del consumo y la construcción, parece inevitable un largo período de crecimiento lento. Al mismo tiempo, tienen que pagar tasas de interés mucho más elevadas, lo que hace que su deuda aumente, al tiempo que su capacidad de pago se estanca. Por lo tanto, las tasas de interés bajas son vitales para estos países.
Pero es poco probable que los bonos europeos puedan alcanzar siquiera este objetivo limitado. Ha habido muchas propuestas, pero todas comparten dos características. En primer lugar, permitirían a los países de la eurozona emitir bonos que estarían garantizados “de manera conjunta y separada” por todos los miembros hasta cierto nivel –por ejemplo, el 40% del PIB, como en la propuesta más reciente del Primer Ministro de Luxemburgo, Jean-Claude Juncker, y el Ministro de Finanzas de Italia, Giulio Tremonti. En segundo lugar, los bonos europeos tendrían prioridad sobre las reclamaciones privadas. Este segundo componente es crucial porque haría que todas las demás deudas públicas fueran subordinadas.
En la práctica, eso significaría que si, por ejemplo, Grecia tuviera que reestructurar su deuda una vez que se hubieran emitido bonos hasta el límite permitido, presumiblemente pagaría la totalidad de esos bonos (que esencialmente representan deuda multilateral oficial) y los acreedores privados absorberían todas las pérdidas. El valor de las reclamaciones privadas caería en consecuencia.
La emisión de bonos europeos no reduciría la deuda global de un país, únicamente cambiaría su composición. Sabemos que las empresas no pueden cambiar su valor de mercado total al cambiar la composición de sus pasivos (dar prioridad a algunas reclamaciones sobre otras). Lo mismo se aplica en el caso de los países: dar prioridad a algunas reclamaciones sobre otras no conducirá a la reducción de los costos de crédito promedio debido al costo más elevado del financiamiento privado después de que se le reduzca a deuda subordinada.
La sustitución parcial de deuda nacional con bonos europeos podría reducir el costo del servicio de deuda marginal para los países en dificultades mientras se emitan. Sin embargo, en última instancia, su costo promedio no sería inferior porque, otra vez, si los acreedores oficiales tienen prioridad sobre los privados, el financiamiento oficial a gran escala –que se usa principalmente para rembolsar vencimientos de deuda – impediría el acceso de los gobiernos a los mercados privados de crédito.
Además, mientras más bonos europeos se emitan, más se acentuará este problema porque el sobreendeudamiento existente en el mercado privado se hace cada vez más riesgoso. Dado que los costos del crédito tienden a subir proporcionalmente más que el aumento del riesgo, un país con un gran volumen de bonos europeos pendientes de hecho podría encarar mayores costos de crédito. La experiencia también muestra que el mercado a menudo excluye los riesgos graves, lo que implica que un país con una carga alta de deuda y muchos bonos europeos pendientes podría no ser capaz de emitir deuda privada en absoluto.
Por supuesto, si los países miembros estuvieran dispuestos a compartir todos sus créditos podrían obtener, en promedio, una pequeña reducción de los costos del servicio de deuda. Sin embargo, ello exigiría una europeización de la política económica global, incluidas, por ejemplo, las normas sobre pensiones y las tasas fiscales. Dado que los miembros de la eurozona rechazaron incluso la idea de sanciones automáticas para los países con déficits excesivos, no es probable que aprueben una pérdida de soberanía tan amplia.
¿Significa esto que los bonos europeos son en general una mala idea? No. Si todos los países miembros tuvieran poca deuda pública, emitir bonos europeos hasta del 40% o 60% del PIB cubriría todas sus necesidades de financiamiento, y podrían ganar una prima de liquidez modesta. Los mercados no les permitirían emitir demasiada deuda adicional y no habría riesgo de impago. Entonces, una condición esencial para considerar la emisión de bonos europeos es reducir primero la deuda pública a un nivel sostenible. Sin embargo, esto no está en la agenda oficial, al menos por el momento.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
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