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>La plume et le dictateur ou la revanche de Bourguiba

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Par Jalel Ben Abdallah, maître de conférences (LE MONDE, 29/03/11):
Habib Bourguiba, premier président de la Tunisie indépendante, a toujours pensé que la Tunisie était trop exiguë pour sa stature et que son œuvre civilisatrice lui survivrait longtemps. A un rythme vertigineux, l’histoire de son pays lui donne raison et retentit bien au-delà de ses frontières. Est-ce un hasard que l’embrasement du monde arabe soit parti de ce peuple ? Certainement pas. Il est simplement le plus éduqué de la région. Et pour cette raison d’ailleurs, il est le mieux placé pour accoucher d’une véritable démocratie. Vingt-trois ans après son départ, la politique éducative de Bourguiba a eu raison de son médiocre successeur.
Dès l’aube de l’indépendance, Bourguiba avait déployé des moyens colossaux pour éduquer son peuple, alors majoritairement analphabète. Il était profondément convaincu que c’était l’unique planche de salut pour un pays dépourvu de richesses naturelles. Qu’il en soit convaincu ne suffisait pas, il devait entraîner les femmes et les hommes qui l’ont accompagné dans son œuvre de construction de la Tunisie moderne. Il y a réussi avec brio. Le succès était tel que l’homme qui l’a renversé, pourtant modérément instruit, n’avait d’autre choix que de poursuivre cette politique. Ça l’a perdu.
Ce que la Tunisie a vomi le 14 janvier, c’est d’avoir été gouvernée pendant si longtemps par un individu inculte, qui préparait à sa succession, au gré des jours, son gendre bigot et tout aussi inculte ou son intrigante épouse diplômée en coiffure. Mohamed Bouazizi, ainsi que beaucoup de jeunes tunisiens diplômés, s’était résigné à survivre de petits boulots. En revanche, il n’a pas supporté de voir sa dignité bafouée par un agent municipal et par un préfet opposant à sa doléance une surdité méprisante. C’est cela qui a poussé Mohamed Bouazizi à s’immoler par le feu et la rue tunisienne à s’embraser. Ce n’est pas une vulgaire révolte du pain. C’est une révolution de la liberté et de la dignité. Le tunisien sacralise l’éducation et cela a eu raison d’un clan mafieux tellement déficient en la matière.
L’ironie du sort a voulu que dans une ultime tentative de reprendre le dessus sur les événements, quelques jours avant sa fuite, le despote se soit adressé aux Tunisiens en ces termes : “J’ai fait le choix de gouverner un peuple éduqué, avec la difficulté que cela présente, plutôt qu’un peuple inculte et docile.” Se doutait-il en disant cela que le glas avait déjà sonné ? Mon propos n’est pas d’absoudre Bourguiba. Je pense même que si on dit souvent, à juste titre, que Bourguiba a été une chance pour la Tunisie, on ne dit pas assez que la Tunisie a été la chance de Bourguiba.
La Tunisie a été le premier pays arabe à abolir l’esclavage (1846) et à se doter d’une Constitution (1861). Le foisonnement intellectuel à la fin du XIXe siècle et au début du XXe siècle, bien que cantonné à une élite bourgeoise, a eu suffisamment d’impact sur le reste de la population pour permettre à Bourguiba de mener à bien ses réformes audacieuses. Bourguiba a eu l’intelligence de voir que c’était possible et il l’a fait. Mon propos est de lui reconnaître un rôle majeur dans cette révolution et à ce titre, nous réconcilier avec sa mémoire devient possible. Aujourd’hui, avec la Tunisie, Bourguiba renaît de ses cendres. Son successeur, lui, est définitivement mort.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 30, 2011 Publicado por | Túnez | Dejar un comentario

>El regreso a Túnez

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Por Jean Daniel, director de Le Nouvel Observateur. Traducción de José Luis Sánchez-Silva (EL PAÍS, 26/03/11):
Recién llegado a Túnez, escucho lo que se dice aquí sobre los libios. Los tunecinos conocen bien a Gadafi. Si nos remontamos en el tiempo, recordaremos que, de no ser por Burguiba, habrían sido absorbidos por Libia. Hoy, viven bajo la amenaza del dictador de Trípoli, lo que hace que estén muy atentos a cosas que yo había pasado por alto. Los tunecinos con los que me he entrevistado sabían desde hace una semana que Gadafi estaba reteniendo a sus tropas y reuniendo a sus tribus sin sufrir verdaderos reveses. Gadafi estaba seguro de que Europa no intervendría y de contar con apoyos en el mundo árabe y, sobre todo, africano. Tenía la certeza de poder precipitar su victoria o frenar su avance para considerar una partición (no le interesa realmente la Cirenaica).
Los tunecinos tienen miedo. Por eso celebraron el gesto de Nicolas Sarkozy, que borraba las torpezas de una diplomacia demasiado timorata. Pero ¿por qué Sarkozy no esperó a los demás europeos? En todo caso, los tunecinos empezaron a respirar mejor cuando escucharon una confidencia de Alain Juppé: a su regreso de El Cairo, dio a entender que la Liga Árabe era menos hostil de lo que se decía a la creación de una zona de exclusión aérea. Cosa curiosa, y para ellos chocante, solo Argelia parecía verla con malos ojos.
Por el momento, al menos desde la óptica tunecina, Libia sigue estando en posición de destruir la nueva imagen que nos habíamos forjado del mundo árabe e incluso del hombre árabe.
Evidentemente, comparto esas inquietudes que, sin embargo, no me hacen olvidar que también he regresado aquí para reencontrarme con mi juventud, para expresar mi gratitud, para reaprender la esperanza. Cuando conocí este país, en los años cincuenta, la lucha por la independencia la encarnaba un hombre excepcional: Habib Burguiba. Hoy, vuelvo a una nación independiente, pero enriquecida además por la libertad que le ha procurado la audacia de su juventud. Esta nación tiene mil rostros y no tiene ninguno. Es un vacío relleno por todas las virtualidades. Por tanto, es imposible prever nada ni cabe excluir ninguna hipótesis. Me siento lo suficientemente cerca de este pueblo como para maravillarme con él de lo que ha hecho y pensaba no poder hacer. A decir verdad, los tunecinos aún no se creen su propia audacia, o más bien la de su juventud; como si fuera absolutamente necesaria cierta frescura y una gran inocencia para declarar insoportable algo que lo era desde hacía mucho tiempo y para creer que podían terminar con las humillaciones infligidas por un régimen odiado. Qué duda cabe que se dieron circunstancias excepcionales. Supongamos que el joven Bouazizi, en vez de inmolarse en Sidi Bouzid, hubiese cometido un atentado suicida. Es fácil imaginar lo que hubieran dicho. Solo habría sido un ejemplo más de ese fanatismo heredado de una barbarie que viene de lejos, que no respeta las vidas de los civiles. Las mujeres tunecinas, con solo pensar que un atentado semejante pudiera tener imitadores, nunca se habrían movilizado para despertar a la nación, como lo han hecho. El gesto de Bouazizi “desfanatizó” el martirio, lo volvió ejemplar, pero no en el sentido de que hubiese que imitarlo, sino en el de que era absolutamente necesario mostrarse digno de él. En el sentido de que culpabilizaba a aquellos que se habían amoldado al déspota y seguían deplorando cada día el deshonor que conllevaba su sometimiento.
Ahora nos encontramos ante un “equilibrio inestable”, con todos los riesgos y la angustia que eso comporta. En efecto, la fuerza del déspota radicaba en esa estabilidad alabada por doquier. Era la estabilidad del orden lo que garantizaba la cobarde solidaridad de los aliados, los vecinos y los Gobiernos europeos. Adiós a la estabilidad; adiós al orden. En su lugar, unos poderes difíciles de reemplazar o que se redistribuyen según unos criterios aún inciertos, múltiples periódicos y partidos demasiado numerosos. En sus discursos, todos pretenden interpretar la voluntad popular, y esta preocupación es seguramente un logro irreemplazable. Hay cosas que ya nadie se permite, por miedo a que el pueblo las rechace. Pero también hay cierta dificultad para aprehender el rostro de ese pueblo al que se lo deben todo y permanece más o menos ilocalizable, como durante la revuelta de Mayo del 68. Sin embargo, me parece que, mientras afirmaba su autoridad, un hombre ha encontrado las palabras del consenso. Me refiero a Caid Essebsi, el nuevo primer ministro, al que le veo muchos puntos en común con Burguiba. Como su mandato es provisional, dispone de cierta autoridad y hace de ella un uso calculado. ¿Qué descubren hoy los jóvenes revolucionarios? Que la contestación de la autoridad no es la insurrección, que la insurrección no es la revolución, que la revolución no es la democracia. Es decir, que hay que atravesar diversas etapas antes de alcanzar el objetivo. Y, por el momento, el objetivo es la Asamblea Constituyente. Esta plantea muchos problemas. La historia nos enseña que tales asambleas tienden a transformarse en instituciones legislativas. Y también sabemos que la elección de los constituyentes debe venir acompañada por el mantenimiento de un poder capaz de garantizar un orden sin déspota.
Ahora quiero evocar brevemente a Túnez, tal y como lo concibió su fundador en el momento de la independencia. Como Burguiba había tenido que luchar contra un partido neorreligioso denominado Vieux Destour, desconfiaba de los teólogos. Como su principal rival, Salah Ben Youssef, simpatizaba con el nasserismo, temía al panarabismo. Y como los campesinos se convertían de buena gana en fellaghas, es decir, en disidentes militarizados, desconfiaba a la vez de las debilidades del pueblo y del peligro que representaba el poder del Ejército. Burguiba nunca olvidaría ninguno de estos elementos durante su reinado, que, en el fondo, estuvo marcado por su idea de un pueblo compuesto esencialmente por alumnos para los que él era un maestro permanente e irreemplazable. Este pedagogo se negó a ver crecer a su pueblo, mientras se esforzaba en educarlo y en liberar a sus mujeres. Burguiba practicaba una forma de despotismo ilustrado. ¿Qué lección podemos extraer hoy? Tal vez esperar que, tras la caída del tirano, surja otro pedagogo de la democracia, libre, en este caso, de ciertas tentaciones.
Terminaré con unas observaciones sobre algunos hechos muy simples que me han llamado la atención en Túnez.
Me ha parecido que tanto las mujeres de la burguesía como del pueblo se están implicando de una manera más fervorosa y radical que nunca. La emancipación de la que se han venido beneficiando ha sido un factor de progreso en todos los terrenos. Podría ser que, en adelante, la vida democrática fuese impulsada por las mujeres tanto como por los jóvenes.
Stéphane Hessel y yo tuvimos ocasión de hablar, en una sala abarrotada, sobre las virtudes de la democracia y los méritos que conlleva ser un fanático de esta. Las cuatro quintas partes de los asistentes eran jóvenes. Cuando releo las frases que acabo de escribir, me pregunto de dónde nos viene a todos este candor admirativo, cuando hace tan poco estábamos instalados en el desencanto y la indignación. Hay una necesidad de creer, contra todo lo razonable, y tal vez sea la no violencia de estos revolucionarios la que nos la impone. Los intelectuales europeos, desde Hegel y Marx, han pensado que la revolución y la violencia eran consustanciales, que la violencia era engendradora de historia; incluso ha habido un reputado filósofo comunista que ha escrito recientemente que cuantos más muertos, más esperanza habría. ¿Qué fue lo que nos alejó de las utopías, sino la barbarie de quienes pretendieron llevarlas a la práctica? Dicho esto, me pregunto si los jóvenes tunecinos que han provocado esta conmoción y tienen todas las razones para estar orgullosos de ello son conscientes de sus responsabilidades. El fracaso de la gran aventura tunecina sería desastroso no solo para Túnez, no solo para el Magreb, ni siquiera para el mundo árabe, sino para el Mediterráneo y, tal vez, sobre todo para nuestra capacidad de creer en el hombre rebelde.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 28, 2011 Publicado por | Túnez | Dejar un comentario

>Movimientos de liberación en las naciones árabes

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Por Alain Touraine, sociólogo. Traducción de Juan Ramón Azaola (EL PAÍS, 11/02/11):
Los tunecinos han expulsado a Ben Ali; Egipto se ha levantado contra Mubarak; en numerosos países han tenido lugar manifestaciones contra unos dirigentes autoritarios. La situación puede evolucionar en cualquier dirección, hacia la victoria o hacia la derrota popular. Pero es ahora mismo, a pesar de las incertidumbres, cuando es preciso comprometerse con unos acontecimientos cuya importancia mundial no puede ser negada por nadie.
Hace ya muchos años que existen dictaduras, militares o civiles, religiosas o laicas, en el mundo árabe y mayormente musulmán, y que, esporádicamente y salvo en algún lugar, se manifestaban muestras de descontento de la población traducidas en el estallido de disturbios violentos. Pero, excepto los especialistas, ya casi nadie se preguntaba acerca de la solidez o la fragilidad de los regímenes autoritarios. Los Gobiernos occidentales apoyaban a las dictaduras, que les parecían ser la única fuerza capaz de oponerse al avance del terrorismo yihadista, y en particular a Al Qaeda. Se contentaban con ello, e incluso lo aprovechaban para dejar que se desarrollase en los países europeos esa islamofobia que se ha apoderado fácilmente de las opiniones públicas, sobre todo tras el 11 de septiembre de 2001 en Nueva York. ¿Acaso hay que ir más lejos y pensar que la crisis de los regímenes autoritarios se observa también en países exsoviéticos como Bielorrusia o Ucrania, o en la Rusia de los zares que Putin parece querer reconstruir? Si aceptamos la hipótesis de que estos fenómenos están relacionados entre sí, su causa común más verosímil es la del fin de la guerra fría y la caída del imperio soviético, que había recibido el apoyo del nacionalismo árabe, con el Egipto de Nasser a la cabeza, en su lucha contra Israel y Estados Unidos.
Ahora el mundo al completo ha entrado en un nuevo periodo de su historia, en el que ya no se ve dominado por la guerra fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética sino por la rivalidad, en primer lugar, económica, entre Estados Unidos, país deudor, y China, país acreedor.
Túnez había conquistado el apoyo, económico y político, de Occidente al acabar con los islamistas. Pero ha sido el conjunto de su población la que se alzó en diciembre de 2010 contra la privación de libertad, a pesar de una cierta mejora de la situación económica nacional y del mantenimiento de la liberación femenina que había decidido Burguiba. Y la revolución que ha expulsado a Ben Ali no ha sido preparada y dirigida por los islamistas, ni tampoco por el conjunto de los partidos políticos, sino por “la calle”, tras la inmolación de Mohamed Buazizi, convertido así en el Jan Palach tunecino.
Hoy es en el centro del mundoárabe, en un Egipto en el que los Hermanos Musulmanes están considerados como la principal fuerza de oposición al presidente Mubarak, donde el pueblo se levanta sin ser conducido por ninguna fuerza organizada.
Pero la importancia de Egipto, país de más de 80 millones de habitantes y líder del mundo árabe y musulmán, exige la intervención de elementos más específicos en su análisis. El poder de organización y de movilización de los Hermanos Musulmanes, así como la fuerte influencia del aparato del Estado sobre la vida económica, tanto como sobre la vida política, obliga a introducir la hipótesis de una contrarrevolución, en la que piensan los países occidentales, la de una victoria no solamente de los Hermanos sino de los yihadistas, e incluso de una política de agresión respecto a Israel. Muchos observadores piensan que los que tienen miedo de la globalización misma son más numerosos que los que esperan de ella una modernización económica y una apertura política.
Sin embargo, mantengo que la idea de la transformación global que he definido predominará sobre las características nacionales en los distintos países. En particular, el tema antiisraelí ha estado ausente de las manifestaciones tanto en Egipto como en Túnez y las clases medias que forman la base social de los Hermanos tienen también muchas razones para anhelar una apertura de la sociedad.
Por el contrario, lo que muy probablemente no será transformado en Egipto será el papel dominante que desempeña el Ejército. Ya ha obtenido la eliminación de Gamal -el hijo de Mubarak que se preparaba para sucederle- y tiene una conciencia más nacional que económica, pero también sabemos lo fuertes que son los vínculos de dependencia de las fuerzas armadas egipcias respecto de Estados Unidos, que le suministran una ayuda financiera considerable. En el momento en que escribo, la situación está aún abierta, pero la pluralidad de las posibles evoluciones me parece que se sitúa en el seno de la mutación que afecta al mundo entero.
Es incluso posible que el país más alejado de todas estas conmociones, Afganistán, aplastado por la guerra entre los norteamericanos y los talibanes, y por la corrupción de un Gobierno ligado al tráfico de opio, encuentre en la crisis que se ha abierto el medio de salir de esos callejones sin salida. Contrariamente a lo que piensan los israelíes en general, esta crisis puede incluso conducir a una solución de la contradicción que les oponen los palestinos, llevando a las dos partes en que están divididos a dar prioridad al desarrollo interno de su país. El caso más difícil es el de Argelia, dominado desde hace tiempo por el conflicto abierto entre los islamistas radicales y un régimen autoritario tan incapaz como el régimen iraní de transformar los grandes recursos proporcionados por el petróleo y por el gas en la elevación del nivel de vida de la población.
La monarquía marroquí, cuyo fracaso social también es patente, ha seguido con Mohamed VI el ejemplo de Burguiba al reconocer los derechos de las mujeres y está protegida por su origen sagrado, pero ha estado bastante penetrada por las influencias occidentales para estar expuesta a levantamientos democráticos o económicos no controlados por el islamismo radical.
Lo cual permite concluir desde ahora, cuando todavía no estamos sino al principio de los levantamientos en toda la región, que asistimos al desmoronamiento del mundo que había sido construido y mantenido para el enfrentamiento de norteamericanos y soviéticos. El islamismo radical está obligado a volverse hacia los problemas de los países musulmanes en lugar de concentrarse en el terrorismo y la propaganda antiamericana y antiisraelí. Las dictaduras árabes ya no pueden mantenerse en el poder en nombre de su lucha contra el islamismo radical, y para sobrevivir deben preocuparse sobre todo del conjunto de la población y en particular de la situación de sus jóvenes diplomados de clase media.
El país más poderoso de la región, Turquía, puede sentirse menos desgarrado entre Teherán y Bruselas y combinar más fácilmente su propia occidentali-zación con el fortalecimiento del islam en todo su territorio. Los anatemas lanzados por Occidente contra Ahmadineyad bien podrían ceder la plaza al reconocimiento de una zona tapón que se extendiera entre Líbano y Pakistán y fuera reforzada por la preocupación, finalmente activada, por elevar el nivel de vida de sus poblaciones.
En Túnez, los islamistas han dado prueba de una discreción y una prudencia que no se esperaba. Más aún, en Egipto, los Hermanos Musulmanes no se han puesto a la cabeza de un partido revolucionario. ¿Por qué no habríamos de ver en Egipto lo que vemos desde hace varios años en Turquía, a un Erdogan combinando islamismo y democracia?
El islam ya no puede confiar su porvenir a la violencia antioccidental. Es preciso que desde ahora se muestre como una fuerza de apoyo a las clases populares y a las clases medias, que ante todo quieren ser consideradas como trabajadoras.
La rueda gira. Los actuales acontecimientos en Túnez, en Egipto, en Yemen y también en países como Jordania o quizá Argelia no llevan consigo un único futuro. La represión militar, el empeoramiento de la situación actual, la evolución hacia la democracia son todos posibles en cualquiera de ellos, pero sean cuales sean los futuros de los países de la región, existen ya pruebas suficientes de crisis generalizada de los regímenes políticos del mundo árabe que justifican la hipótesis aquí presentada de un cambio general como consecuencia de la sustitución de los enfrentamientos internacionales por los problemas sociales internos como determinantes principales de la vida política de los países de la región.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

febrero 21, 2011 Publicado por | conflicto social, Egipto, Túnez | Dejar un comentario

>En El Cairo y en Túnez, quien vuelve es Rifa

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Por Guy Sorman, ensayista (ABC, 05/02/11):
Durante la revolución de julio de 1830, el joven Rifa, de la ciudad de Tahta en el Alto Egipto (Al Tatawi), se encontraba en París: imán titulado de la mezquita de Al Azhar en El Cairo, acompañaba a una delegación de príncipes egipcios a los que su pachá, Mehemet Ali, había encargado estudiar en Francia las ciencias contemporáneas para que su país sacara provecho de ello a su regreso. Los príncipes se distrajeron, pero Rifa aprendió rápido el francés y se convirtió en el niño bonito de los salones de la época. A lo largo de los siete años que duró su estancia, reunió una gigantesca biblioteca que más tarde ordenó traducir al árabe. Una vez acabada su misión, se convirtió en el principal consejero del pachá, creó escuelas para niñas, publicó los primeros periódicos en lengua árabe e introdujo las ciencias en la enseñanza: Rifa fue el fundador del Egipto moderno, en unos tiempos en los que su país resplandecía sobre el conjunto del mundo musulmán. Pero hubo una reforma, solo una, que Rifa no logró que el pachá consintiera: la adopción de una Constitución política. A Rifa le había impresionado especialmente la Revolución de 1830: el rey Carlos X era impopular, los parisinos se rebelaron, unos cañonazos causaron algunas víctimas, pero tres días más tarde, Luis Felipe ascendía al trono con el beneplácito general y sus poderes delimitados por una nueva Constitución. Rifa contó todo eso y otros recuerdos en un pequeño libro titulado L’Or de Paris (El oro de París), donde también habla de las parisinas: son, escribía, tan infieles como las cairotas, pero ¡en Francia a sus maridos les da igual!
Nada le parecía más útil a Rifa que ese concepto de Constitución: permitía cambiar de régimen sin guerra civil, minimizando la violencia. Pero el pachá de Egipto, dispuesto a aceptar todo de la ciencia francesa y partidario de Rifa en sus controversias teológicas con los clérigos integristas de Al Ahzar (Rifa consideraba concretamente que el Corán no imponía el velo a las mujeres y tampoco privarlas de educación ya que mediante la educación podían acceder al Corán), se negó a que su poder absoluto fuese limitado por una Constitución. ¡Qué pena! La faz del mundo árabe podría haber cambiado. En nuestros tiempos, los egipcios más ilustrados son conscientes de ello ya que es un retrato (presumiblemente) de Rifa el que adorna la entrada de la nueva biblioteca de Alejandría. Ello no impidió que, tras las reformas de Rifa, Egipto se convirtiera en un país lo suficientemente moderno para que hasta la década de 1950, su futuro y su prosperidad parecieran asegurados; lo mismo que en Irak, Siria o Líbano. La verdadera tragedia del mundo árabe no se debe en absoluto al islam o a no se sabe qué fatalidad cultural, sino a la influencia nefasta de las ideologías contemporáneas. Nasser es el culpable, a partir de 1956, de haber roto la economía egipcia desde el momento en que sustituyó la burguesía cosmopolita y emprendedora de El Cairo y Alejandría por el modelo soviético: el resto del mundo árabe le siguió, con expulsiones y nacionalizaciones, y los desastrosos resultados económicos y éticos que conocemos.
Cuando los Hermanos Musulmanes, una hermandad inicialmente más orientada hacia la ayuda mutua que hacia la violencia, trataron de oponerse a él, Nasser los exterminó, ordenó ejecutar a sus jefes y los condenó a la ilegalidad. El mismo esquema se reprodujo en Argelia, donde el ejército impuso el socialismo (moderado por la corrupción) y demonizó a los partidos musulmanes después de que estos tuvieran el mal gusto de ganar las elecciones municipales en 1991. Fue tras la anulación de esas elecciones por parte de la dictadura militar (una prevaricación vivamente aprobada en aquella época por François Mitterrand) y no antes, cuando los islamistas iniciaron en Argelia una guerra civil inacabada.
Esta historia del mundo árabe, reducida a lo básico, conviene tenerla en mente para entender los levantamientos de Túnez o de El Cairo. La alianza contra natura entre las democracias occidentales y los déspotas árabes frente al supuesto peligro islamista es una invención conjunta de esos déspotas y de nuestros demócratas. Nicolas Sarkozy, que retoma para sí la tesis sin palabras refinadas de Jacques Chirac, declaraba muy recientemente que había que «elegir entre Ben Ali y los barbudos». Pero entre los manifestantes de Túnez o de El Cairo distinguimos pocos barbudos: consideraremos que los «Hijos de Rifa» (una expresión utilizada con frecuencia por los demócratas egipcios para reconciliarse con su propia historia) son mayoritarios, en cualquier caso entre la clase culta, que es la que dirige la revuelta. Por tanto, Rifa tenía razón: los árabes son perfectamente capaces de adoptar una Constitución sin que esta sea ni islamista, ni tiránica. Añadamos a beneficio de aquellos a los que atraigan las comparaciones que la revolución iraní de 1979 fue dirigida por una clericatura chií, una tecnocracia religiosa propia del Irán feudal y totalmente desconocida en las sociedades suníes del Magreb. A los Hijos de Rifa, por tanto, les falta constituirse en un partido o movimiento social, algo que, lo reconocemos, no ha sido, hasta ahora, su punto fuerte.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

febrero 8, 2011 Publicado por | conflicto social, Egipto, Túnez | Dejar un comentario

>Haiti has lessons for Tunisia

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By Mark V. Vlasic, an adjunct professor of law at Georgetown University who worked on the Haiti/Duvalier asset recovery team while serving as head of operations of the World Bank’s StAR Secretariat and Greg Cooper, a law student at the University of Texas (THE WASHINGTON TIMES, 04/02/11):
When Tunisian President Zine el-Abidine Ben Ali abruptly fled Tunisia‘s chaos,becoming an exile of a nation that he and his wife reportedly used as their personal cookie jar, it was deja vu all over again.
Amid rumors that Mr. Ben Ali fled along with 1.5 tons of gold (worth approximately $65 million), his escape seems eerily reminiscent of president-for-life Jean-Claude “Baby Doc” Duvalier’s escape from Haiti. According to reports, it appears that both leaders fled aboard aircraft filled with stolen loot from countries that had endured nearly two decades of corruption and nepotism under their regimes. In a mysterious turn of events and after 25 years in exile, Mr. Duvalier recently returned to Port-au-Prince as Swiss and Haitian officials are working to return millions of his frozen assets to Haiti. Considering the similarities, one must ask: Can post-Ben Ali Tunisia learn something from post-Duvalier Haiti?
Much like post-Duvalier Haiti, Tunisia is in a fragile state, and after an attempt to create a unity government with opposition leaders, it is clear that events that will define its future are still in motion. When the dust settles and a stable government is formed, one of the major questions it will face will be whether it will follow Haiti‘s lead in trying to achieve some measure of justice by attempting to recover allegedly ill-gotten gains accumulated by the Ben Ali family.
Indeed, concerns about high-level corruption were among the reasons for the uprising in Tunisia, so it stands to reason that any new government would be well-served by launching a proper investigation into the allegations of malfeasance that have arisen.
In a matter of days since Mr. Ben Ali‘s quick departure, his international assets are being identified and targeted abroad. In France, President Nicolas Sarkozy‘s office announced it would block all “suspicious” movements of the Ben Ali family’s assets, preventing their liquidation or transfer out of the country. Similar actions are being taken in the United States. In Canada, there are reports of Tunisian expatriates protesting outside a $2.5 million stone mansion that is purported to be the property of Mr. Ben Ali‘s 30-year-old son-in-law. And in Switzerland, a country recognized for being forward-leaning in helping recover stolen assets (including passing a law to help repatriate Duvalier-related funds to Haiti), the Swiss Federal Council decided to block “with immediate effect” any possible funds in Switzerland of Mr. Ben Ali and his associates.
These are welcome steps forward – and a testament to a new era of fighting impunity – in which alleged kleptocrats are no longer openly welcomed by private banks and Western governments – but rather, sovereign states and political leaders step in to ensure that, as World Bank President Robert B. Zoellick put it, there are “no safe haven* for those who steal from the poor.”
But a full accounting of Mr. Ben Ali‘s wealth has yet to be revealed – and it will take time and sustained political will by any new Tunisian government to run all leads to an end. Indeed, it took years for Haiti to commence a sustained effort to recover Duvalier-related assets.
Unfortunately, political will on the part of a post-kleptocratic government is one of the rarest, yet most necessary, ingredients for successfully recovering illicit assets. And even should a new Tunisian government be willing to investigate the former president’s assets, identifying and recovering stolen assets is far from easy.
This is one of the reasons Mr. Zoellick made the Stolen Asset Recovery (StAR) Initiative, a global partnership to help recover assets from past dictators, his first initiative after joining the World Bank. Mr. Zoellick and his colleagues recognized that grand corruption – not unlike the alleged corruption in the cases of Mr. Duvalier and Mr. Ben Ali – is a global issue that demands a global response.
According to Jean-Pierre Brun, the lead author of new StAR handbook on recovering stolen assets, “the [asset recovery] process can be overwhelming for even the most experienced practitioners. It is exceptionally difficult for those working in the context of failed states, widespread corruption, or limited resources.” Thus, for Tunisia, any quest to recover stolen assets will not be simple. But it is not the only country to face such challenges.
Over the past few years, the Haitian government has been working quietly with officials from Switzerland and the StAR Initiative to help recover assets purportedly stolen by Mr. Duvalier (indeed, such effortslikely prompted Mr. Duvalier‘s sudden return to Haiti). And even though time-consuming, Haiti is on track to possibly recover millions of dollars of assets that are frozen in Swiss bank accounts – bringing some sense of justice to a country sorely in need of good news.
Thus, with the recent departure of Mr. Ben Ali comes the possibility of a new chapter for Tunisia – one in which corruption does not dominate the country – and in which the rule of law plays a central role in society. Should the new government decide to enter into the world of asset recovery, it should do so knowing that the success of such operations depends a great deal upon the political willpower of the successor government to sustain its recovery efforts. Let us hope the new leaders in Tunisia are statesmen, emboldened by the examples of Haiti and others to continue their fight against corruption, and that future dictators and kleptocrats around the world take notice. For it is only by collective and targeted international action that we can ensure that there will be no safe haven for stolen assets.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

febrero 8, 2011 Publicado por | Haití, Túnez | Dejar un comentario

>Una expresión ciudadana

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Por Gema Martín Muñoz, directora general de Casa Árabe y profesora de Sociología del Mundo Árabe e Islámico de la UAM (EL PAÍS, 04/02/11):
Las manifestaciones que se están dando en Túnez, primero, y Egipto, a continuación, son ante todo un movimiento ciudadano. No se limita a una revuelta popular, ni a una sublevación social por las pésimas condiciones socioeconómicas en que se vive. Es una demanda firme de ejercer sus derechos de ciudadanía. Y están todos juntos, musulmanes, cristianos, islamistas, laicos, clases medias, estudiantes, intelectuales. Desde hace años todas las encuestas sociológicas que regularmente se hacen entre las opiniones públicas árabes nos estaban diciendo sistemáticamente que su principal aspiración era gozar de un Estado de derecho. Pocos atendían a este sustancial dato, tan ocupados siempre en el peligro islamista, el velo islámico, preservar el statu quo… De ahí la sorpresa.
Parece que a los árabes les gusta la democracia, para sorpresa probablemente de algunos. Y parece que están preparados para ejercerla. Se sienten ciudadanos y quieren serlo. La sorpresa viene, en todo caso, de la errónea interpretación de identificar regímenes con país, y de no prestar atención a las enormes dinámicas de cambio y maduración ciudadana que las mujeres, los jóvenes y la mayor parte de la sociedad estaban realizando desde hace años en esos países. No se ha mirado a la sociedad, solo a los sistemas políticos.
En esas sociedades, las mujeres (con velo y sin él) están haciendo su particular revolución silenciosa contra el patriarcado y están participando activamente en esa gran reivindicación ciudadana, y en general los jóvenes (el 70% de la población tiene menos de 30 años), principalmente urbanos, muy politizados y con una mayoritaria preparación universitaria y diplomada, representan un enorme potencial para el desarrollo democrático y socioeconómico del país. Y si este se trunca, representan por el contrario un inmenso desafío de alienación ciudadana con indeseables evoluciones.
Se está viendo con simpatía esta movilización porque, y es totalmente cierto, es civil y los partidos islamistas no han desempeñado ningún papel. Y eso es bueno porque ni ellos, ni ningún otro partido, podrá reclamar legitimidad alguna de origen. La legitimidad más que nunca es de la ciudadanía entera, con todas las ideologías presentes. Pero ello no significa que no vayan a tener un papel que jugar en la transición democrática si esta se desarrolla bien. En el caso de Túnez, donde acaba de llegar Rachid Gannuchi, líder carismático de En Nahda, el movimiento islamista va a recuperar base social. En Egipto, laoposición política más estructurada y con base social son los Hermanos Musulmanes. Su perfil de actuación está siendo deliberadamente bajo (En Nahda ha anunciado que no presentará candidatura a la presidencia de Túnez). Esta posición responde a la conciencia de que cualquier viso de protagonismo islamista puede ofrecer el tan útil argumento del “peligro islamista” para perder el sustantivo apoyo externo a la reivindicación ciudadana y quebrar la unidad interna existente.
De hecho, los menos interesados en que esa evolución democrática se desarrolle son quienes están intentando poner en primera línea de la información el riesgo de que Egipto sucumba en manos de radicales islamistas. Pero la cuestión que se plantea es que si se impone la dinámica democrática, los nada radicales islamistas del Nahda tunecino y de los Hermanos Musulmanes egipcios estarán presentes en el proceso, y eso no debe privar de legitimidad ni apoyo a la tan necesaria transición democrática. Podríamos en este caso adaptar la famosa frase clintoniana a: “¡Es la democracia, estúpido!”. La pertinaz actitud de elegir unilateralmente a los actores que deben participar en la escena política en esta parte del mundo en nombre de sus ciudadanos ha hecho ya todo su fracasado recorrido. Como también lo han hecho las propuestas diversas de reforma política edulcorada y para la galería internacional que desde finales de los ochenta se han prometido sin resultado práctico alguno. El momento y el discurso de la reforma está caducado, ahora es el tiempo de la transición democrática, y lo que esos ciudadanos árabes están expresando es lo mismo que los ciudadanos españoles pedimos con la misma firmeza y entusiasmo hace más de 35 años.
La dimensión del cambio es, sin duda, de gran alcance porque supone modificar los parámetros sustanciales de la política internacional en esta región. Dejar de entender el statu quo como sinónimo de estabilidad porque, por el contrario, ha engendrado rabia, humillación, pobreza, extremismos. Afrontar que se podrá tener buenos aliados pero no clientelas. Y eso tiene muchas consecuencias en esta parte del mundo.
El caso de Egipto es, en este sentido, mucho más desafiante. Su peso simbólico y estratégico es determinante, y sin duda preocupa a muchos el alcance que tendría su cambio de régimen. Pero el nacionalismo que también alimenta la rebelión es otro componente sustancial a tener en cuenta para valorar la fuerza de la movilización. Los egipcios se saben referencia de toda la región y han digerido muy mal su pérdida de influencia regional, desplazada a otras partes del mundo árabe, las consideradas excesivamente estrechas relaciones con Israel, y su gran debilitamiento intelectual, otrora líder y pionero en la producción cultural árabe. Todos estos factores, unidos a una profunda alienación contra un sistema que les ha marginado, empobrecido y despreciado, se han convertido en una explosiva alquimia de componentes, verdadero polvorín en la actualidad. Por todo ello, la quiebra o intento de rendición de esta rebelión ciudadana egipcia (promoviendo el caos, el enfrentamiento violento y la provocación) augura un más que probable baño de sangre que ni el nacionalista Ejército egipcio, actor fundamental, ni la comunidad internacional pueden permitir. Las consecuencias serían desastrosas (más violencia, más radicalización, más inestabilidad).
Pero también es cierto que si la transición democrática arraiga, es necesario un sustancial apoyo económico internacional que acompañe al frágil proceso político. Durante mucho tiempo se ha defendido en Europa que invertir en el desarrollo económico era la clave para contribuir a la transformación de esos países, desentendiéndose de las cláusulas que vinculaban esa política al avance democrático (como establecía la declaración de Barcelona, los acuerdos de libre comercio, la nueva política de vecindad, etcétera). Los resultados han sido escasos y efímeros. Es ahora, en el apoyo al desarrollo económico acompañado de democracia, donde los actores exteriores tienen una verdadera baza que jugar: siendo fieles a sus propias definiciones, declaraciones y objetivos y dejando de lado los hegemonismos trasnochados que con cierto regusto colonial se han justificado por una pretendida minoría de edad política árabe. El carácter ciudadano de estas manifestaciones los ha definitivamente liquidado.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

febrero 4, 2011 Publicado por | conflicto social, Egipto, Túnez | Dejar un comentario

>Le peuple, ça n’existe pas, la démocratie, oui

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Par Jan Marejko, écrivain, philosophe (LE TEMPS, 03/02/11):
Pour reprendre une formule marxiste classique, rien ne nous répugne plus que l’oppression de l’homme par l’homme. D’où l’enthousiasme que soulève en nous la révolte d’un peuple contre ses oppresseurs, comme cela se produit en ce moment en Afrique du Nord. Mais il y a un hic et de taille. Il n’y a pas de peuple.
Dire qu’il n’y a pas de peuple, ça choque. Ce n’en est pas moins vrai. Un peuple ce n’est pas du singulier mais du pluriel. Un peuple, surtout aujourd’hui, ce sont de multiples associations, de multiples partis, de multiples religions, de multiples tendances. On peut allonger la liste à l’infini. On dira qu’en Tunisie, en Egypte, en Algérie, il n’y a pas tellement de pluralisme. Peut-être, mais il y en a. Dès lors, lorsqu’un peuple se soulève, ce n’est pas lui qui se soulève, mais les divers éléments dont il se compose. On conviendra, avec Jean-Paul Sartre, qu’il y a, dans un mouvement révolutionnaire, comme une fusion de tous ces éléments. Mais même en l’admettant, il est évident que cette fusion est très brève. Une fois l’enthousiasme retombé, des tribuns se profilent qui prétendent parler au nom du peuple. Comme ces tribuns apparaissent avant toute élection, ils se sont nécessairement autoproclamés ou poussés en avant par des foules enthousiastes. Leur légitimité ne tient pas à des votes déposés dans une urne mais à leur charisme, parfois à leur habileté dans le recrutement de groupes armés.
Même Trotski, pourtant pas un enfant de chœur, ne voulait pas que Lénine prît le pouvoir. Ce dernier le prit tout de même et l’on connaît la suite. La révolution du peuple russe conduisit à un régime dont le degré d’oppression a dépassé de loin celui du tsarisme. On pourrait dire la même chose de la Révolution française. Les révoltés parisiens ne voulaient certainement pas, à l’origine, couper des têtes. Il n’en reste pas moins qu’environ trois ans après la prise de la Bastille, trois mille têtes furent coupées sur la guillotine dans la seule ville de Paris. Cela donne à réfléchir.
On aurait donc voulu entendre, de la part des médias occidentaux, quelque retenue dans la manière de présenter les soulèvements de rue à Tunis ou au Caire. Non pas du tout pour les condamner, mais pour signaler que nous, en Occident, de tels soulèvements, nous en avons connu. Et que le résultat a souvent été très loin des espérances! Qu’il convient donc d’être prudent dans nos jugements ou appréciations. Car outre les Révolutions française ou russe, il y a aussi eu la Commune de Paris dont la répression a été si sanglante qu’elle fait encore froid dans le dos. Bref, un soulèvement populaire est toujours légitime mais il peut conduire à une oppression encore pire que celle dont il a voulu se débarrasser. Nous, Occidentaux, ne pouvons plus rendre de grands services au reste du monde. Mais ce rappel-là, nous pourrions encore le faire.
On ne l’a pas assez fait. Plus précisément, on ne l’a fait qu’en référence à la menace islamiste. Les soulèvements populaires auxquels nous assistons pourraient être dangereux, nous a-t-on expliqué, parce que des mollahs pourraient les utiliser à leur profit. Nous oublions ainsi plus de deux siècles de sanglants soulèvements révolutionnaires en Occident pour nous concentrer uniquement sur le danger d’une mise au pas des peuples par les appels des muezzins. Par conséquent, nous continuons à proclamer bonnes toutes les révolutions et ne les voyons menacées que par l’islam. En matière de logique binaire, on pourrait difficilement faire mieux.
Le plus étrange est qu’on s’est abondamment moqué, il y a quelques années, de la thèse de Francis Fukuyama qui annonçait la fin de l’histoire. Or si nous jugeons tous les événements politiques qui se produisent sous nos yeux comme autant d’étapes sur le chemin d’une démocratisation universelle de la planète, nous sommes effectivement en train d’assister à la fin de l’histoire. Tout convergerait vers le meilleur régime imaginable. Il n’y aurait que la démocratie. Ce serait elle ou le chaos.
Si l’on voulait favoriser un islamisme radical, on ne pourrait mieux faire que donner dans cet simplissime alternative. Les peuples détestent l’oppression, mais ils n’apprécient pas non plus qu’on leur dise quelle est la direction qu’ils doivent suivre pour être de bons élèves. A leur répéter sur tous les tons qu’il n’y a qu’une seule direction et qu’elle consiste en une démocratisation de leurs régimes politiques et seulement en cela, ils pourraient se mettre à loucher dans une autre direction, à savoir un régime peut-être pas radicalement islamiste, mais plus ou moins théocratique et en tout cas hostile à la laïcité qui caractérise les démocraties occidentales.
C’est à ce point-là que «communauté internationale» pourrait, pour une fois, faire preuve de doigté. Elle pourrait rappeler deux choses: d’abord qu’un rousseauisme simpliste évoquant une unanime élection par le peuple enthousiaste est une imposture. Elle pourrait ensuite rappeler qu’aucun peuple ne peut s’élire lui-même. Cela encouragerait, pour le moins, un minimum de pluralisme. Enfin, cette même communauté pourrait aussi rappeler qu’il y a diverses formes de démocraties mais que toutes reposent au moins sur deux éléments fondamentaux: l’élection des gouvernants à intervalles réguliers d’une part – la séparation des pouvoirs d’autre part. Si ces deux éléments sont garantis, tout le reste est secondaire.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

febrero 4, 2011 Publicado por | Egipto, Túnez | Dejar un comentario

>Caos bajo los cielos: qué magnífica situación

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Por Slavoj Zizek, filósofo esloveno. Traducción de Jesús Cuéllar Menezo (EL PAÍS, 03/02/11):
En las revueltas de Túnez y Egipto hay algo que no puede por menos de llamarnos poderosamente la atención, y es la patente ausencia del fundamentalismo islámico: siguiendo la más pura tradición democrática laica, la gente se ha limitado a levantarse contra un régimen opresivo y corrupto, y contra su propia pobreza, para exigir libertad y esperanza económica. El cínico postulado liberal de cuño occidental, según el cual en los países árabes las concepciones realmente democráticas únicamente están presentes en las élites más abiertas, mientras que a la gran mayoría de la población solo la puede movilizar el fundamentalismo religioso o el nacionalismo, ha quedado desmentido. Evidentemente, la gran pregunta es: ¿qué ocurrirá el día después? ¿Quién se alzará con el triunfo político?
En Túnez, cuando se constituyó un nuevo Gobierno provisional, de él quedaron excluidos los islamistas y la izquierda más radical. Los demócratas petulantes reaccionaron diciendo: “bueno, son fundamentalmente lo mismo, dos extremos totalitarios”, pero ¿son las cosas tan simples? ¿Acaso a lo largo del tiempo quienes se han venido enfrentando no han sido precisamente los islamistas y la izquierda? Aunque unos y otros estén momentáneamente unidos contra el régimen, cuando se acerquen a la victoria su unidad se resquebrajará y se embarcarán en un combate a muerte, con frecuencia más cruel que el librado contra su enemigo común.
¿Acaso no asistimos precisamente a esa pugna después de las últimas elecciones iraníes? Lo que cientos de miles de partidarios de Musavi defendían era el sueño popular que alentó la revolución jomeinista, es decir, libertad y justicia. Aunque ese sueño fuera una utopía, entre los estudiantes y la gente corriente supuso una imponente explosión de creatividad política y social, de experimentos y debates organizativos. Esa auténtica apertura que desató inusitadas fuerzas de transformación social, un momento en el que “todo parecía posible”, fue después poco a poco sofocado cuando las fuerzas vivas islamistas se hicieron con el control político.
Aun ante movimientos abiertamente fundamentalistas, hay que tener cuidado de no perder de vista el componente social. A los talibanes se los suele presentar como un grupo fundamentalista islámico que se impone mediante el terror; sin embargo, cuando en la primavera de 2009 ocuparon el valle paquistaní del Swat, The New York Times informó de que habían fraguado “una revolución de clase que explota las profundas fisuras existentes entre un pequeño grupo de terratenientes acaudalados y sus desposeídos arrendatarios”. Si al “aprovecharse” de los sufrimientos de los campesinos lostalibanes estaban “dando la voz de alarma sobre los riesgos que pesan sobre Pakistán, que sigue siendo mayormente feudal”, ¿qué es lo que impedía a los demócratas partidarios de ese país, así como de EE UU, “aprovecharse” igualmente de esos sufrimientos, tratando de ayudar a los campesinos sin tierra? ¿Acaso las fuerzas feudales paquistaníes son el “aliado natural” de la democracia liberal?
Es inevitable llegar a la conclusión de que el auge del radicalismo islámico fue siempre el reverso de la desaparición de la izquierda laica en los países musulmanes. Cuando Afganistán aparece retratado como el ejemplo más extremo de país fundamentalista musulmán, hay que preguntarse si todavía alguien se acuerda de que hace 40 años era un país con una sólida tradición laica en el que un poderoso partido comunista se hizo con el poder sin contar con la Unión Soviética. ¿Adónde fue a parar esa tradición laica?
Resulta esencial situar en ese contexto los acontecimientos que están teniendo lugar en Túnez y Egipto (y en Yemen y… ojalá hasta en Arabia Saudí). Si la situación se “estabiliza”, de manera que los antiguos regímenes sobrevivan con ciertas operaciones cosméticas de carácter democrático, se generará una insuperable oleada fundamentalista. Para que sobrevivan los elementos clave del legado democrático, sus partidarios precisan de la ayuda fraterna de la izquierda radical.
Si nos ubicamos de nuevo en Egipto, veremos que la reacción más vergonzosa y peligrosamente oportunista fue la de Tony Blair, tal como la recogió la CNN: el cambio es necesario, pero debería ser un cambio estable. Hoy en día, un “cambio estable” en Egipto solo puede significar un compromiso con las fuerzas de Mubarak por medio de una ligera ampliación del círculo de poder. Por eso hablar ahora de transición pacífica es una obscenidad: al aplastar a la oposición, el propio Mubarak la hizo imposible. Una vez que lanzó al Ejército contra los manifestantes, la opción estuvo clara: o bien una transformación cosmética en la que algo cambie para que todo siga igual o bien una auténtica ruptura.
Aquí está por tanto el quid de la cuestión: no se puede decir, como en el caso de Argelia hace una década, que permitir unas elecciones auténticamente libres equivalga a entregar el poder a los fundamentalistas islámicos. Israel se quitó la máscara de la hipocresía democrática y apoyó abiertamente a Mubarak, y, al apoyar al tirano objeto de la revuelta, ¡dio nuevas alas al antisemitismo popular!
Otra de las preocupaciones de los demócratas es que no haya un poder político organizado que llene el vacío cuando Mubarak se vaya: por supuesto que no lo hay; ya se ocupó él de que así fuera, reduciendo cualquier posible oposición a la condición de ornamento marginal. De manera que el resultado será como el del título de la famosa novela de Agatha Christie, Y entonces no quedó ninguno. Según el razonamiento de Mubarak, o él o el caos; pero es un razonamiento que va en su contra.
La hipocresía de los demócratas occidentales es asombrosa: antes apoyaban públicamente la democracia, pero ahora, cuando el pueblo se alza contra los tiranos para defender, no la religión, sino una libertad y una justicia laicas, se muestran “profundamente preocupados”… ¿Por qué esa preocupación? ¿Por qué no alegrarse de que la libertad tenga una oportunidad? Hoy día, el lema de Mao Zedong resulta más pertinente que nunca: “bajo los cielos hay caos: qué magnífica situación”.
Entonces, ¿adónde debería ir Mubarak? La respuesta a esta pregunta también está clara: a La Haya. Si hay alguien que merece sentarse allí, es él.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

febrero 4, 2011 Publicado por | conflicto social, Egipto, Túnez | Dejar un comentario

>La segunda liberación árabe

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Por Felipe Sahagún, profesor de Relaciones Internacionales y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO (EL MUNDO, 02/02/11):
Las protestas en Túnez que acabaron con el régimen de Ben Ali en apenas cuatro semanas y las de Egipto desde el 25 de enero, pueden considerarse la cuarta oleada democrática internacional en medio siglo y la segunda oleada de liberación en el mundo árabe.
Las tres internacionales anteriores trajeron la democracia al sur de Europa, a Latinoamérica, a Europa central y oriental, y a partes importantes de Asia y África. La primera y, por ahora, la única árabe acabó con el control colonial a mediados del siglo XX, pero fue secuestrada desde el primer día por nacionalistas que impusieron sistemas tan represivos, unos con apoyo de Occidente y otros con apoyo del bloque soviético, como aquellos a los que sustituyeron.
Lo sucedido en Túnez desde el 17 de diciembre hasta mediados de enero y los primeros ocho días de movilización egipcia contra su régimen dictatorial son nuevos procesos de liberación de pueblos hartos de la corrupción, represión y mala gestión económica de dictadores sin ninguna legitimidad democrática.
Mucho más que el estancamiento económico -Egipto y Túnez están creciendo por encima del 4% anual-, en sus protestas han influido la injusticia, la represión, el paro masivo y la revolución informativa -gracias a la televisión por satélite, los móviles e internet-, que ha hecho trizas la maquinaria de la gran mentira sobre la que descansaba el sistema.
Los nuevos medios no han causado, pero sí impulsado y facilitado de forma decisiva, este movimiento de liberación al reforzar a los más débiles, abrir espacios para nuevos dirigentes, poner el foco internacional en su ignorada realidad, llenar el vacío informativo que los medios tradicionales, sin credibilidad alguna, habían perdido y acelerar la pérdida del miedo de los ciudadanos a reclamar sus derechos.
El miedo y la impotencia los mantuvo callados durante decenios y las grandes potencias miraron hacia otro lado a cambio de la estabilidad que los dictadores árabes garantizaron.
En el caso de Egipto, además de estabilidad, proporcionó 30 años de paz -fría, pero paz al fin y al cabo- con Israel, seguridad para el comercio por el canal de Suez, un importante freno del radicalismo iraní en la región y apoyo logístico decisivo en las guerras contra la URSS en Afganistán, contra el Irak de Sadam Husein y contra Al Qaeda.
La sombra de la caída del Shah, la inercia y el temor a un nuevo régimen antioccidental y antiisraelí en El Cairo explican las vacilaciones de Washington y de la UE en los primeros días de la crisis. Frente al temor, tan extendido en Occidente, a una repetición de lo sucedido en Irán hace 32 años, o a ejemplos posteriores como los resultados electorales en Argelia (1991) o Gaza (2006), tenemos la revolución indonesia que acabó con la dictadura de Suharto en 1998, las elecciones en Turquía del último decenio y el hecho de que, en más de 160 elecciones con participación de partidos islamistas en los últimos 15 años, el resultado obtenido por ellos ha sido de, aproximadamente, un 8%.
Si la realidad electoral no fuera suficiente, ya va siendo hora de que EEUU ponga su diplomacia donde -sobre todo desde la Agenda de Libertad de Bush en 2003- pone su retórica, y de que la UE empiece a defender en serio, como se comprometió a hacer en el frontispicio del Tratado de Lisboa, la democracia y los derechos humanos. Las declaraciones a favor de elecciones libres y justas, y de una transición ordenada, por la Casa Blanca, por el Departamento de Estado y por la UE en las últimas horas indican que han perdido cualquier esperanza en la supervivencia de Mubarak. Si no se atreven a decirlo con su nombre y apellido es, más que nada, para no desestabilizar o debilitar de forma peligrosa a sus aliados de Jordania, Marruecos, Arabia Saudí y el Golfo.
A pesar de ello, el monarca jordano se adelantó al tsunami y ayer mismo anunció un cambio de Gobierno. Será insuficiente si no va acompañado pronto de reformas democráticas serias como las que los egipcios exigen en las calles.
Los principales grupos de la oposición egipcia, a la que se están uniendo a diario miembros del partido en el poder, el NDP, prácticamente descabezado, han nombrado ya un comité negociador con el encargo de acordar -con el vicepresidente Suleiman y, sobre todo, con el Ejército- un plan de transición.
El plan incluye seis demandas. La primera, que hasta ayer consideraban innegociable, es la dimisión inmediata de Mubarak. Las otras son su rendición de cuentas ante la Justicia; el procesamiento del ex ministro del Interior, Habib el Adli, a quien se considera responsable principal de los muertos (entre 150 y 300, según las fuentes) y miles de heridos desde que comenzaron las manifestaciones; el establecimiento de una Comisión Constitucional o de Sabios para aprobar las nuevas reglas de juego; la formación de un Gobierno de unidad o de salvación nacional; y la disolución inmediata del Parlamento.
La rama de olivo presentada por Suleiman el lunes por la noche por televisión -diálogo con todos, reducción de precios, subsidios a los más necesitados (el 40% de los 84 millones de egipcios sobrevive con menos de dos dólares diarios), plan masivo contra el paro y revisión de los resultados electorales de noviembre, un pucherazo en toda regla- se queda demasiado corta y llega demasiado tarde.
Hace un mes este discurso podría haber salvado a Mubarak. Hoy su única salvación depende del Ejército y la declaración del lunes de su portavoz, Ismail Etman -«el Ejército no tiene intención de utilizar y no utilizará la fuerza contra el pueblo»-, fue recibida por la mayoría de los egipcios como una invitación a manifestarse en la Gran Marcha de ayer y en la convocada ya para el próximo viernes sin miedo a los tanques.
Presentándose como defensor de la libertad de expresión del pueblo, el Ejército deja atrás definitivamente a Mubarak, refuerza su rol de institución neutral y se consolida como la fuerza decisiva del régimen que nazca sobre los escombros del actual.
La advertencia de Etman de que «el Ejército no permitirá actos violentos que pongan en peligro la seguridad del país o causen graves daños a la propiedad» es la única espada de Damocles que todavía podría revertir el proceso y frenar el, aparentemente inevitable, cambio de régimen con un baño de sangre a lo Tiananmen.
Hasta ahora nadie ha podido vincular los incendios de edificios, la violencia, los saqueos y los motines en las cárceles, de los que han escapado miles de presos (comunes y políticos), con los manifestantes.
Parece, más bien, que la propia Policía, dependiente de Interior y brazo ejecutor de la represión durante decenios, está detrás de muchos de estos excesos para atemorizar a los civiles inocentes, la inmensa mayoría, y justificar el aplastamiento del movimiento de liberación. De ser así, la trampa no ha funcionado y el propio Ejército ha desplazado a la Policía de las calles para evitar males mayores.
Para que estos procesos de liberación -culminado felizmente en Túnez y a punto de hacerlo en Egipto- se encaucen correctamente y fructifiquen en democracias, la oposición desorganizada y, en buena medida, espontánea tiene que transformarse cuanto antes en plataformas de construcción institucional dispuestas al compromiso.
La primera dificultad es encontrar líderes limpios, que no hayan colaborado con las dictaduras salientes y puedan dirigir la transición con el apoyo de la mayoría.
Egipto, afortunadamente, los tiene. Mohamed el Baradei y Ayman Nour son dos de ellos, al menos para el proceso constituyente. El primero ya ha sido autorizado por los principales grupos de la oposición, incluidos los Hermanos Musulmanes, para hablar en su nombre.
Los interlocutores del régimen saliente serán, seguramente, Omar Suleiman, vicepresidente desde el sábado pasado, jefe de los servicios secretos egipcios y hombre de confianza de Israel y de los palestinos; y el general Sami Hafez Anan, jefe del Estado Mayor, con los mejores contactos en el Pentágono. La crisis, de hecho, le sorprendió en Washington, donde tenía previsto permanecer hasta hoy.
El Ejército, con unos 340.000 efectivos, es la única institución con la influencia y la credibilidad necesarias para sustituir el régimen de Mubarak y garantizar una transición en paz.
Hace 10 días, cuando el final de Mubarak aún parecía imposible, el único grupo reconocible detrás de las protestas era el Movimiento 6 de Abril, sin vínculos ideológicos a ningún grupo conocido, nacido a principios de 2008 e impulsor de las principales huelgas y manifestaciones desde entonces. En su dirección colectiva figuran docenas de periodistas, profesores independientes, jueces, abogados y funcionarios.
Hoy, cuando el final de Mubarak parece cuestión de horas o de días, el Movimiento 6 de Abril es sólo la vanguardia o punta de lanza de una constelación de fuerzas que integra ya a docenas de partidos, grupos y movimientos.
La Mezquita, que en las principales crisis árabes jugó un papel tan importante o más que el Ejército, en esta ocasión ha mantenido un perfil bajo, igual que los Hermanos Musulmanes, a pesar de que en las elecciones a las que se han presentado en Egipto, siempre con grandes restricciones, han obtenido excelentes resultados.
La tunecina ya está dando los primeros frutos, con un Gobierno de unidad, la convocatoria de elecciones libres en seis meses y una mesa de negociación de las nuevas reglas de juego con la ayuda de instituciones especializadas en transiciones democráticas como el Consejo de Europa, cuyo secretario general visitó ayer Madrid.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

febrero 4, 2011 Publicado por | conflicto social, Egipto, Túnez | Dejar un comentario

>¿Singularidad tunecina? Los límites de un contagio regional

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Por Abdennour Benantar, Université Paris 8, Francia (REAL INSTITUTO ELCANO, 01/02/11):
Tema: El régimen tunecino había hecho hincapié en el liberalismo económico para ocultar el liberalismo político, pero la revuelta popular ha puesto de manifiesto el fracaso de su empeño.
Resumen: Nadie se esperaba que, en apenas unos días, Sidi Buzid se convirtiera en la capital árabe de la protesta popular y la inmolación en modus operandi de una juventud desesperada. Aún es pronto para calibrar las implicaciones del alzamiento tunecino, pero se puede decir de entrada que ya nada es como antes: una población decidida se ha impuesto a un presidente autoritario. Se trata de un precedente histórico para una región en la que los cambios se hacen desde arriba.
Análisis: Este análisis parte de cuatro hipótesis: (1) la “revolución desde abajo” ha instigado un cambio formidable en el régimen –por ahora– y no un cambio de régimen; (2) la salida negociada y segura de Ben Ali es fruto de un acuerdo doble, dentro del régimen y entre éste, en especial los militares, y EEUU; (3) la ausencia de islamistas ha evitado la represión brutal de la revuelta y le ha granjeado el reconocimiento de EEUU; y (4) la posibilidad de contagio queda limitada por razones locales, interárabes e internacionales.
En primer lugar, se analizará la naturaleza de este levantamiento y los actores involucrados, abordando el papel decisivo de las clases populares y del ejército, así como el papel limitado de la clase media y la oposición. A continuación, se examinarán los límites de un posible contagio regional. Por último, se estudiarán los obstáculos principales para la democratización de Túnez, las grandes ecuaciones por resolver y las enseñanzas que pueden extraerse. Cabe destacar cuatro conclusiones: (1) la revuelta no ha provocado una auténtica caída del régimen al no haber roto con la elite autoritaria; (2) sin contar con una dirección, la revuelta corre el peligro de no tener suficiente peso durante el proceso político posterior a Ben Ali; (3) las ambigüedades persisten en cuanto al papel de los militares, la actitud de EEUU y los acuerdos relativos a la salida de Ben Ali; y (4), por último, la posibilidad de contagio regional queda limitada por diversas razones.
Cambio desde abajo
El mundo árabe está acostumbrado al cambio desde arriba, bien sea por golpes de Estado o por presiones –incluso injerencias– externas. El cambio real es infrecuente y la tendencia es que haya presidencias vitalicias y que el poder sea hereditario. Pero hete aquí que el joven tunecino que se inmoló a modo de protesta desencadenó una movilización popular sin precedentes que ha provocado, por primera vez en la región, un cambio desde abajo. En este sentido, los enemigos exteriores más inmediatos (árabes) de la “Revolución de los Jazmines” son precisamente los partidarios de la presidencia vitalicia y del poder hereditario, antítesis mismas de la reapropiación por el pueblo de su propio destino. Esta revuelta no sólo ha expulsado a Ben Ali del poder y del país, sino que también ha desestabilizado a los regímenes árabes. Estos últimos afirman respetar la voluntad del pueblo tunecino, aun cuando no respetan la de sus propios pueblos.
Actores de la revuelta
Por actores principales entendemos las capas populares y el ejército, y por actores secundarios, la clase media y la oposición, en un discreto segundo plano durante la fase inicial del movimiento; ahora bien, junto a las organizaciones profesionales, estos últimos han desempeñado un papel importante durante la fase de organización.
Las sublevaciones populares se encuentran en el origen de este alzamiento. En realidad, la clase media no se movilizó, al menos no desde el principio. El modelo tunecino debería haberse ajustado al siguiente esquema: la aparición de una clase media debería haber llevado a que dieran a conocer sus reivindicaciones políticas tras haberse garantizado un determinado nivel de calidad de vida. Sin embargo, no ocurrió así. El régimen no sufrió presiones por parte de la clase media, así que prosiguió con su inercia autoritaria y se transformó en un régimen autoritario y mafioso: las redes mafiosas del capitalismo de Estado se impusieron sobre la política. De este modo, el régimen mantuvo a raya a la clase media y aplastó a las clases populares. Fueron estas últimas, sin nada que perder –a diferencia de la clase media–, las que propiciaron la caída de Ben Ali en menos de un mes.
Sin embargo, para apreciar este levantamiento en su justa medida, hay que destacar otro factor decisivo en la transformación del país: la actitud del ejército. Al negarse a disparar contra los manifestantes, el ejército adoptó una decisión ajena a la cultura política árabe. Sin lugar a dudas, fue un momento histórico en la región. Al actuar de este modo, el ejército abrió una enorme brecha en el aparato represivo del régimen de Ben Ali y dejó al descubierto las fuerzas de seguridad a su servicio. En última instancia, todo el aparato represivo quedó paralizado. La experiencia de los países del Este ya demostró que, una vez que el aparato represivo de los regímenes autoritarios y dictatoriales deja de funcionar, el régimen se derrumba. Así ha sido en Túnez, con la excepción de que aquí no se vino abajo el régimen, sino la cabeza del ejecutivo. Por el momento, el alzamiento se ha saldado con una continuidad, algo distinta, del régimen. En lo fundamental, no ha cambiado el régimen, que ahora trata de asimilar la nueva situación e intenta apropiarse de la revuelta. Los hombres del antiguo-nuevo régimen conservan la práctica totalidad de sus puestos en el gobierno de unidad nacional.
Por lo tanto, uno de los dos obstáculos para la democratización de Túnez es precisamente la ausencia de ruptura con el antiguo régimen. Las elites autoritarias siguen al mando. La composición del gobierno de unidad nacional refleja un cambio en el régimen, no un cambio de régimen. Es una ruptura abortada con la elite autoritaria. Sin embargo, la experiencia de la transición democrática en el Este demostró que los países que no logran la ruptura con las elites autoritarias no consiguen democratizarse.
Al parecer, se ha producido un desajuste, un divorcio entre algunos componentes esenciales del aparato represivo y la cabeza del ejecutivo. La cuestión es saber por qué y cómo adoptó esta decisión el ejército tunecino. Es posible que la salida protegida de Ben Ali esté destinada a salvar al régimen, pero la precipitación de los acontecimientos y el destino negociado del asilo a plena luz del día provocan cierta incredulidad ante este acuerdo. No obstante, el hecho de que el ejército no lo detuviese, sino que, al contrario, le garantizara una salida segura, parece indicar la existencia de un acuerdo (abandonar el poder frente a una salida segura). También es posible que se hayan querido evitar las represalias populares contra Ben Ali, presentándole los hechos consumados a raíz del alzamiento, para librarse así de un presidente que se había vuelto incómodo. Otra posibilidad es que su salida negociada sea el fruto de un doble acuerdo, en el seno del régimen y entre los militares y EEUU, en ausencia de Francia, aferrada a toda costa al statu quo y sin creer en la caída inminente del presidente. Por otra parte, también es posible que el ejército haya querido desembarazarse de él y no haya podido actuar, ya que la cultura de los golpes violentos es ajena al país. Habría esperado, por tanto, el momento propicio para actuar sin ser acusado de golpista con el consentimiento estadounidense.
La oposición, por su parte, se mostró más bien vacilante, como si no quisiera o no pudiera precipitarse a un futuro incierto por miedo a una represalia violenta, así que dejó que el pueblo se enfrentara solo a su destino. Cuanto más conciliador se mostraba el régimen hacia los manifestantes, más se enardecía el tono de la oposición: su escalada de poder en la escena mediática se produjo de forma paralela a las concesiones progresivas del régimen. En definitiva, lo que propulsó a la oposición no fue la generalización de la revuelta, sino el desplome vertiginoso del poder de Ben Ali. Fueron las capas populares quienes dieron su sangre para llevar a buen término esta “revolución”, lejos de implicaciones y contribuciones partidistas. Esto permitió al alzamiento conservar su independencia frente a todas las tendencias políticas y dejar paso a la oposición y a las organizaciones de la sociedad civil para ocuparse de la organización en la segunda fase (tras la huida del presidente depuesto). Sin embargo, esta circunstancia también impidió que la revuelta contara con verdaderos representantes. Es aquí donde radica el principal defecto de este alzamiento sin dirección. El hecho de no disponer de representantes legítimos para negociar en nombre del pueblo sublevado puede despojar a este último de su retribución política. Existe el riesgo de que se vuelva a acaparar el poder y se acometan cambios desde la continuidad, no desde la ruptura con el pasado autoritario. En resumen, lo más difícil no es sublevarse, sino controlar el proceso político en el Túnez de la era post-Ben Ali.
¿Contagio?
Estos acontecimientos sirven de inspiración a los pueblos árabes y la posibilidad de contagio se cierne sobre los Estados en situación precaria (Egipto, Argelia, Jordania, Yemen, etc.). Los regímenes destacan las “especificidades” locales. Aunque es cierto que las situaciones sociopolíticas son dispares, las semejanzas son mucho más notables que las diferencias. Incluso podría decirse que estos regímenes han alcanzado una unidad árabe en materia de bloqueo político, injusticia social y corrupción. No obstante, no basta con la presencia de los mismos ingredientes, sino que hacen falta elementos desencadenantes que no se pueden controlar y que dependen, por un lado, de la espontaneidad y amplitud del movimiento y, por otro, de la reacción de determinados actores internos y externos. La cuestión principal no es saber si el modelo tunecino –en este caso se puede hablar de modelo– va a encontrar su réplica en otros países árabes, sino si el ejército de dichos países va a mostrar la misma actitud que el ejército tunecino. Por el momento, se ha contenido el desbordamiento (spillover). El contagio observado en Argelia, por ejemplo, ha sido muy limitado tanto en amplitud como en duración. Los casos de inmolación ocurridos en Argelia, Mauritania, Egipto y Yemen no han suscitado movilizaciones populares. La transposición del modelo tunecino no ha traído más cola que esa. No obstante, si la revuelta perdura en el tiempo y consigue poner fin al régimen del presidente destituido, la posibilidad de contagio impondrá una presión mucho mayor sobre otros Estados.
Además, cabe cuestionarse por un lado la actitud de EEUU y por el otro la ausencia del fantasma islamista. El reconocimiento de EEUU hacia los manifestantes, sin que sirva de precedente, puede explicarse a través de tres consideraciones. En primer lugar, para ellos Túnez no es un Estado clave en la región, como sí ocurre con Arabia Saudí y Egipto. Cuesta imaginarse la misma actitud ante manifestaciones parecidas en estos dos últimos países. Después, la falta de adscripción del alzamiento a una tendencia política determinada supuso un elemento tranquilizador para EEUU. Por último, los islamistas no se atribuyeron el alzamiento, como suele ocurrir con las insurrecciones en el mundo árabe. Todo eso explica por qué EEUU rompió, con mayor o menor retraso, una regla de oro respetada por todas las potencias occidentales: no apoyar nunca las reivindicaciones democráticas en aquellos países cuyos gobiernos les sean favorables. Para darse cuenta, basta con comparar sus reacciones ante los sucesos ocurridos en Irán y ante el alzamiento tunecino. Es cierto que la democracia no puede imponerse desde el exterior, pero sí se le pueden poner impedimentos. Así ocurre en el mundo árabe, donde las potencias occidentales han demostrado ser verdaderos obstáculos para la democratización.
Por lo que respecta a la ausencia islamista, cabe buscar la explicación en la relativa modernidad de la sociedad tunecina, en la escasa capacidad de movilización de los islamistas a causa de la represión y, por último, en una posible estrategia de los islamistas consistente en no situarse en primer plano para evitar que el régimen legitimase la represión de la revuelta. En este sentido, cualquier levantamiento en el mundo árabe que adquiriese tintes islamistas sería reprimido por los gobiernos con el apoyo occidental. Habida cuenta de que la influencia islamista sigue siendo muy fuerte en numerosos países, es poco probable que el escenario tunecino se reproduzca fácilmente en otros lugares. Además, el hecho de que los manifestantes no recibieran apoyo de países extranjeros también dotó al movimiento de una credibilidad y una independencia innegables. Los guardianes del orden establecido no pudieron acusarlos de haber sido manipulados por el extranjero. Ni la acusación de mano extranjera (conspiración) ni la de terrorismo permitieron desacreditar el alzamiento y, por tanto, legitimar su represión.
Por último, no hay que subestimar la capacidad de los regímenes árabes para sobrevivir al cambio y renovarse desde dentro, sin cambiar su rumbo ni su naturaleza, puesto que han aprendido a deslizarse de una forma a otra de autoritarismo a merced de los acontecimientos. No obstante, se impone la prudencia. Si el régimen de Ben Ali, considerado uno de los más sólidos de la región –por ser uno de los más autoritarios–, corrió tal suerte, el escenario podría repetirse en otros lugares. Los regímenes árabes ya andan protegiéndose y mostrándose a la defensiva: bajada de los precios de los productos de primera necesidad, aumento del poder adquisitivo de determinados grupos de población, orden a las fuerzas de seguridad de evitar el enfrentamiento con posibles manifestantes, etc. Cabe señalar que se trata de medidas de emergencia: no son más que una técnica de adaptación para evitar que la situación pase a mayores, para acortar el periodo con riesgo de contagio sin atender a la raíz del problema. La capacidad de los regímenes para capear los vientos del cambio y desposeer de sentido a las reivindicaciones sociopolíticas sigue siendo grande.
De lo ya mencionado se puede inferir el otro obstáculo para la democratización en Túnez, que no es sino el rechazo de los Estados árabes a que uno de ellos se democratice, porque eso se traduciría en inestabilidad para su propio territorio. Por miedo al efecto dominó, y habida cuenta de las fuertes interpenetraciones interárabes, los regímenes actuales no tolerarán la existencia de una democracia real en Túnez. Bajo el pretexto de volver a la calma y a la estabilidad, procurarán que del movimiento no surja una verdadera democracia en el país, sino más bien una apertura política tan suficiente para apaciguar el fervor popular, como limitada para no poner en peligro la supervivencia del régimen. De hecho, algunos Estados árabes afirman querer respetar la voluntad del pueblo tunecino, pero ninguno de ellos criticó la “confiscación” del poder por parte de las élites autoritarias del antiguo régimen.
Algunas enseñanzas
  1. El cambio desde abajo, a través de un alzamiento popular, no sólo es posible sino que también es eficaz. Ante la falta de transición política desde arriba, el pueblo acabará rebelándose, en una sublevación que puede desembocar en anarquía o incluso en guerra civil si la dirigen o si se apropian de ella los movimientos radicales. Los regímenes que mantienen manu militari el control sobre el Estado y la sociedad acaban perdiéndolo todo.
  2. El fin de una creencia ampliamente extendida que consiste en decir que los pueblos árabes no se rebelan y que las “revoluciones de terciopelo” no son posibles en el mundo árabe.
  3. El alzamiento tunecino ha sido popular, espontáneo, masivo y sin orientación política. No tiene héroes, ni grandes figuras insurgentes o representantes con los que las “autoridades” puedan negociar. Precisamente, el héroe de la “Revolución de los Jazmines” está muerto: Mohamed Buazizi, cuya inmolación dio paso a la revuelta. No obstante, las revoluciones suelen dar lugar a la aparición de figuras emblemáticas y mediáticas. He ahí otra de las especificidades de este alzamiento, puesto que gracias a su naturaleza no partidista y a su canal mediático, Internet, no necesitó personificar la información para difundirla, en contraste con los medios tradicionales que buscan interlocutores que encarnen la “revolución”. En las redes sociales, todo el mundo difunde la información y todo el mundo la recibe.
  4. El modelo de la república hereditaria ha sufrido un grave revés. El poder hereditario instalado en la región corre el peligro de ser arrollado por el de la revuelta popular, lo que al menos tendrá como consecuencia que los proyectos de presidencia vitalicia y de sucesiones familiares acabarán posponiéndose en el mundo árabe.
  5. Las cuestiones económicas no pueden servir de pretexto en ningún caso para el aplazamiento sine die de la democracia. El vínculo entre desarrollo económico y desarrollo democrático es, hoy más que nunca, indisociable.
  6. La era de las redes sociales en Internet ha hecho añicos el sistema de cerrojo mediático de los Estados autoritarios. El régimen tunecino, que siempre mantuvo un férreo control sobre la información y sobre Internet, debe su caída, en parte, a la red, a la aparición de las redes sociales, auténticos repetidores mediáticos para un alzamiento popular. Las imágenes de las manifestaciones llegan a todos los rincones del planeta gracias a los manifestantes internautas.
Conclusión: Para evitar la agitación social y los procesos incontrolables de insurrección, hay al menos dos ecuaciones que resolver.
Admitir que no se puede mantener la disociación entre liberalismo económico y liberalismo político porque el segundo es la salvaguarda del primero: ante la ausencia de cualquier control democrático, el régimen se vuelve autoritario y mafioso, y la rebelión se erige entonces como único mecanismo de reajuste de la trayectoria política. Inyectar dinero para el desarrollo social no concede inmunidad frente a los levantamientos. La apertura del campo político corre pareja con el reparto equitativo de las riquezas y de los dividendos del crecimiento. El régimen tunecino hacía hincapié en el liberalismo económico para ocultar el liberalismo político, pero la revuelta popular puso de manifiesto el fracaso de su empeño. No sólo de pan vive el hombre, se alimenta igualmente de cultura y libertad. El bienestar también es una cuestión de dignidad y libertad. A igualdad de desarrollo entre dos países, se escogerá aquel en el que haya más libertades. En ese sentido, la problemática de la migración continuará apareciendo aun en contextos de crecimiento sostenido. Se constata además que entre los candidatos a la migración clandestina hay multitud de personas que provienen de clases acomodadas.
Acabar con la opción euroamericana, que prefiere la estabilidad precaria, garantizada por regímenes autoritarios, a (la temida inestabilidad de) un proceso democrático que no controla. Al final, las potencias euroatlantistas no han tenido ni estabilidad ni democracia en la región. Además, si bien es cierto que la democracia no puede venir impuesta por agentes externos, lo cierto es que sí puede ser –y es– obstaculizada por dichos agentes, muy a pesar de su discurso ético.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

febrero 4, 2011 Publicado por | conflicto social, Túnez | Dejar un comentario

   

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