El riesgo del microtrasvase del Ebro
En la región metropolitana de Barcelona, donde viven 5,5 millones de personas, la garantía de abastecimiento de agua es muy corta. Dos años de sequía han puesto a la región en peligro de cortes de suministro que, si no llueve hasta la fecha límite, podrían producirse entre el otoño del 2008 y la primavera de 2009 (cuando se supone que va a funcionar a pleno rendimiento la desalinizadora de El Prat del Llobregat). Para no llegar a este extremo, además de una explotación extrema de todos los recursos actuales (acuíferos y embalses) se están buscando diferentes soluciones, como el transporte de agua en barcos (a 10 euros el metro cúbico) en trenes, o la reutilización de las aguas de la depuradora de El Prat que se van a bombear río arriba.
Pero si no llueve, en otoño del 2009 habrá restricciones. Una pieza más de este rompecabezas es el trasvase de aguas de la cuenca del Ebro al área de Barcelona. Primero se pensó desde el alto Segre y después del bajo Ebro. El total es de 40 hectómetros cúbicos, (un 8% del consumo anual). Un microtrasvase del minitrasvase actual.
PERO ESTE microtrasvase puede ser un fiasco total. Desde el punto de vista ambiental, probablemente su efecto sobre la parte baja del Ebro será mínimo. Y si se combinara con una cesión de derechos en la cuenca y el volumen trasvasado desde el próximo otoño hasta la primavera del 2009, y se compensara con una avenida generada en el Segre, primero (20 metros cúbicos por segundo, durante 23 días) y en el bajo Ebro, después (600 metros cúbicos por segundo, durante un día), su efecto ambiental sobre los dos ríos sería positivo.
Este posible beneficio ambiental no debe hacer olvidar que cualquier acción en la gestión del agua (independientemente de la urgencia) debe ser sostenible con criterios económicos, sociales y medioambientales.
Es evidente que el microtrasvase del Ebro no cumple en ninguno de los tres casos. Económicamente, no parece muy razonable gastar 182 millones de euros en una tubería que puede servir solo para una vez. Socialmente, ya se ha visto que ha encendido los ánimos de las gentes del Ebro. Y el fiasco puede ser total, porque podría ser que la tubería no llegara a transportar agua o fracasar en el objetivo de impedir las restricciones, bien porque llueva en otoño y la alerta se desactive, bien porque la obra no se termine en el plazo que se ha comprometido, como opinan algunos ingenieros.
A esta situación hemos llegado por varios motivos. Uno es el miedo que parecen tener los políticos a la palabra trasvase, que ni siquiera osan pronunciar. Ello les impide hacer lo que es propio de una emergencia: reunir a todos los implicados (¡pero con tiempo!) y buscar el consenso una vez que se puede demostrar que los que piden agua han hecho los esfuerzos oportunos para ser eficientes. Sin participación pública en las decisiones no hay nueva cultura del agua. El tercero es que esta solución ha sido impuesta desde Madrid a la Generalitat, y además, ¡pagando ella y responsabilizándose de la obra! Esto suena a tras de cornudo, apaleado. Vaya, un desastre.
¿Es posible buscar otra solución? Las últimas lluvias y nieves dan un respiro de un mes. Todavía es posible una concertación social para que los habitantes de la región metropolitana (por ejemplo, su confederación de vecinos) se reúnan con las gentes de la plataforma del Ebro, con los regantes del Urgell, con la sociedad de las tierras de Lleida y con todos los posibles implicados para llegar a un gran acuerdo que permita que los posibles cedentes del agua entiendan que la necesidad de la región de Barcelona es real, que el plan de la Agència Catalana de l’Aigua para el futuro ( gestión de la demanda, con recursos no convencionales y sin trasvases) es posible. Por su parte, los que van a recibir agua deben comprometerse a ser eficientes y a reflexionar sobre el modelo de desarrollo de Catalunya y su distribución territorial. Sería conveniente que los políticos catalanes se olvidaran de sus diferencias y lideraran este proceso.
UNA SOLUCIÓN alternativa es posible: un trasvase de aguas desde el canal de Urgell (distante solo 32 kilómetros de los confines de la cuenca del Llobregat), que puede construirse más rápidamente que el microtrasvase del Ebro y asociarse a un Centro de Transferencias de Agua de Catalunya (que con el tiempo debería incluir el trasvase del Ter). Si somos capaces de llegar a un acuerdo, la mejor noticia que podríamos tener en estos meses es que la manifestación de la Plataforma de l’Ebre del próximo día 18 se desconvoca. Hay que apelar también a la gente del Ebro para que haga un ejercicio de responsabilidad y ayude a construir una solución donde ni el río ni la sociedad catalana (ni su economía) pierdan otra vez. Los millones de catalanes de la región metropolitana, que han demostrado en los últimos años que una nueva cultura del agua es posible, ahorrando y siendo eficientes (la región metropolitana ha disminuido su consumo en los últimos cuatro años), no se merecen las restricciones. Colaboremos todos para encontrar una solución que sea sostenible de verdad y con visión de futuro para la gestión de agua en Catalunya.
Cuando pase la sequía hablaremos con más detalle del modelo de desarrollo o del Ródano. La sostenibilidad del ciclo del agua depende en gran medida de cómo nos imaginemos el futuro y sin una nueva cultura del territorio y de desarrollo económico, al final no será posible la nueva cultura del agua.
>El riesgo del microtrasvase del Ebro
>
En la región metropolitana de Barcelona, donde viven 5,5 millones de personas, la garantía de abastecimiento de agua es muy corta. Dos años de sequía han puesto a la región en peligro de cortes de suministro que, si no llueve hasta la fecha límite, podrían producirse entre el otoño del 2008 y la primavera de 2009 (cuando se supone que va a funcionar a pleno rendimiento la desalinizadora de El Prat del Llobregat). Para no llegar a este extremo, además de una explotación extrema de todos los recursos actuales (acuíferos y embalses) se están buscando diferentes soluciones, como el transporte de agua en barcos (a 10 euros el metro cúbico) en trenes, o la reutilización de las aguas de la depuradora de El Prat que se van a bombear río arriba.
Pero si no llueve, en otoño del 2009 habrá restricciones. Una pieza más de este rompecabezas es el trasvase de aguas de la cuenca del Ebro al área de Barcelona. Primero se pensó desde el alto Segre y después del bajo Ebro. El total es de 40 hectómetros cúbicos, (un 8% del consumo anual). Un microtrasvase del minitrasvase actual.
PERO ESTE microtrasvase puede ser un fiasco total. Desde el punto de vista ambiental, probablemente su efecto sobre la parte baja del Ebro será mínimo. Y si se combinara con una cesión de derechos en la cuenca y el volumen trasvasado desde el próximo otoño hasta la primavera del 2009, y se compensara con una avenida generada en el Segre, primero (20 metros cúbicos por segundo, durante 23 días) y en el bajo Ebro, después (600 metros cúbicos por segundo, durante un día), su efecto ambiental sobre los dos ríos sería positivo.
Este posible beneficio ambiental no debe hacer olvidar que cualquier acción en la gestión del agua (independientemente de la urgencia) debe ser sostenible con criterios económicos, sociales y medioambientales.
Es evidente que el microtrasvase del Ebro no cumple en ninguno de los tres casos. Económicamente, no parece muy razonable gastar 182 millones de euros en una tubería que puede servir solo para una vez. Socialmente, ya se ha visto que ha encendido los ánimos de las gentes del Ebro. Y el fiasco puede ser total, porque podría ser que la tubería no llegara a transportar agua o fracasar en el objetivo de impedir las restricciones, bien porque llueva en otoño y la alerta se desactive, bien porque la obra no se termine en el plazo que se ha comprometido, como opinan algunos ingenieros.
A esta situación hemos llegado por varios motivos. Uno es el miedo que parecen tener los políticos a la palabra trasvase, que ni siquiera osan pronunciar. Ello les impide hacer lo que es propio de una emergencia: reunir a todos los implicados (¡pero con tiempo!) y buscar el consenso una vez que se puede demostrar que los que piden agua han hecho los esfuerzos oportunos para ser eficientes. Sin participación pública en las decisiones no hay nueva cultura del agua. El tercero es que esta solución ha sido impuesta desde Madrid a la Generalitat, y además, ¡pagando ella y responsabilizándose de la obra! Esto suena a tras de cornudo, apaleado. Vaya, un desastre.
¿Es posible buscar otra solución? Las últimas lluvias y nieves dan un respiro de un mes. Todavía es posible una concertación social para que los habitantes de la región metropolitana (por ejemplo, su confederación de vecinos) se reúnan con las gentes de la plataforma del Ebro, con los regantes del Urgell, con la sociedad de las tierras de Lleida y con todos los posibles implicados para llegar a un gran acuerdo que permita que los posibles cedentes del agua entiendan que la necesidad de la región de Barcelona es real, que el plan de la Agència Catalana de l’Aigua para el futuro ( gestión de la demanda, con recursos no convencionales y sin trasvases) es posible. Por su parte, los que van a recibir agua deben comprometerse a ser eficientes y a reflexionar sobre el modelo de desarrollo de Catalunya y su distribución territorial. Sería conveniente que los políticos catalanes se olvidaran de sus diferencias y lideraran este proceso.
UNA SOLUCIÓN alternativa es posible: un trasvase de aguas desde el canal de Urgell (distante solo 32 kilómetros de los confines de la cuenca del Llobregat), que puede construirse más rápidamente que el microtrasvase del Ebro y asociarse a un Centro de Transferencias de Agua de Catalunya (que con el tiempo debería incluir el trasvase del Ter). Si somos capaces de llegar a un acuerdo, la mejor noticia que podríamos tener en estos meses es que la manifestación de la Plataforma de l’Ebre del próximo día 18 se desconvoca. Hay que apelar también a la gente del Ebro para que haga un ejercicio de responsabilidad y ayude a construir una solución donde ni el río ni la sociedad catalana (ni su economía) pierdan otra vez. Los millones de catalanes de la región metropolitana, que han demostrado en los últimos años que una nueva cultura del agua es posible, ahorrando y siendo eficientes (la región metropolitana ha disminuido su consumo en los últimos cuatro años), no se merecen las restricciones. Colaboremos todos para encontrar una solución que sea sostenible de verdad y con visión de futuro para la gestión de agua en Catalunya.
Cuando pase la sequía hablaremos con más detalle del modelo de desarrollo o del Ródano. La sostenibilidad del ciclo del agua depende en gran medida de cómo nos imaginemos el futuro y sin una nueva cultura del territorio y de desarrollo económico, al final no será posible la nueva cultura del agua.
¡Agua va!
En España al oír este grito de “¡Agua va!”, había que apartarse con premura, porque se te venía encima cualquier tipo de porquería que los vecinos evacuaban por la puerta de su vivienda. Todavía lo viví en mi adolescencia, en el peculiar barrio sevillano de Bellavista, carente entonces de alcantarillas y pavimento y típica concentración humana de aluvión de la buena gente que venía a la capital a buscar las oportunidades que no tenía en sus pueblos, o de los que se quedaban allí después de cumplir condena de trabajos forzados en el vecino canal de los presos, o del Bajo Guadalquivir para la España oficial.
Las aguas residuales están todas, o casi, canalizadas en esta España nuestra, pero las últimas voces nos indican que tenemos que seguir atentos al famoso grito si no queremos ensuciarnos.
El agua despierta pasiones, provoca conflictos, es el bien más preciado, por encima del petróleo. También el más abundante y escaso a la vez en este planeta Tierra compuesto de agua en sus cuatro quintas partes. Pero sólo el 1% es potable. Y cambio climático, crecimiento y desplazamientos de población agudizan el problema. Así es en todas partes del mundo, con escasas excepciones.
España tampoco es una excepción, sino uno de los territorios afectados más seriamente por estos factores. Así lo fue históricamente y lo es hoy en que la enfermedad de la escasez de recursos disponibles se ha agravado. Mucho antes de que Francia u otros países europeos pensaran en el agua como problema, en España se hacían obras hidráulicas.
En los territorios más afectados, las controversias sin solución dieron lugar a fórmulas de arbitraje, a tribunales del agua, que tienen una larga tradición y aún subsisten. Por eso no es extraño lo que nos ocurre hoy. Por eso todos tienen razón, aunque las razones sean contradictorias entre sí. Por eso hay que evitar que se ensucie el debate del agua y nos lo arrojemos como antaño al grito de “agua va”.
En nuestro caso hemos visto el agravamiento del problema en las últimas décadas. Se han hecho algunas cosas, más de las que parece cuando se discute lo inmediato en las llamadas guerras del agua, pero éstas se muestran insuficientes ante la magnitud del reto. Cuando llueve nos calmamos, casi olvidamos la amenaza que subyace. Vienen las tormentas y se acaba la tormenta política y mediática. Luego es al revés.
Los ciudadanos españoles se han ido desplazando de las zonas donde hay agua pero las condiciones climáticas y socioeconómicas son más difíciles y menos gratas para vivir, hacia las zonas más cálidas, con menos agua y, paradójicamente, con más oportunidades. Desde allí reclaman agua, y desde los territorios de origen los que quedaron reclaman expectativas con el agua que tienen, con el uso de la misma, con el potencial para su desarrollo. Tan delicado es el tema, tan politizado en el sentido negativo de la palabra, no en el positivo, que no quiero señalar los múltiples ejemplos que se dan en nuestra geografía.
Además, en los años que van de este nuevo siglo, los flujos migratorios y el aumento de población consiguiente, se han concentrado, por las mismas razones, en estas zonas demandantes de agua de nuestro litoral.
Como siempre ha habido tensiones, no podemos dejar de preguntarnos sobre las sobrevenidas con magnitud especial por la decisión del Gobierno de llevar agua a Barcelona, como conducción, trasvase, traslado o como quieran llamarle, a partir de un excedente ya trasvasado y no utilizado, que va desde los receptores en las comarcas de Tarragona y procedente del Ebro, y tiene una base legal de comienzos de los años 80, en tiempos de UCD.
Si no hubiera sido Cataluña la reacción sería tensa, como siempre, pero dentro de un orden, sin la aspereza y la demagogia que acompaña a la que estamos viviendo. Es el fruto de una mala cosecha de enfrentamiento territorial que entre todos tenemos que cortar. Digo entre todos, para no excluir voluntades necesarias, porque las responsabilidades son compartidas, aunque no sean de la misma naturaleza y dimensión.
Sólo quiero atenerme al agua, ahora que se pone de moda hablar de balances de otra naturaleza entre los territorios, para decir algunas cosas que han pasado y otras que pienso pueden y deben pasar, con el propósito de recuperar el sentido común y encauzar (nunca mejor expresión) las posibles y múltiples respuestas que hay que ir articulando.
La precondición, tal vez lo más difícil, es que la política del agua se haga con mayúsculas, atendiendo a los ciudadanos en el conjunto del territorio, alejándola de la cosecha inmediata de votos, manteniendo las mismas actitudes en el Gobierno y en la oposición, en el centro o en las comunidades. Es una forma como otras de definir lo que debería ser una política de Estado, con la mínima incidencia oportunista electoralista.
Hace dos décadas tenía la responsabilidad de gobernar y con ella la conciencia de que el problema del agua era, sustancialmente, una responsabilidad del Gobierno que presidía, porque afectaba a todo el espacio público que compartimos como españoles. Los ríos, los acuíferos, las aguas del mar, en la península y en las islas, configuraban el problema como de todos, sin capacidades locales para darle respuesta de fondo.
Ya sonaban voces ecologistas razonables, junto a gritos irracionales. Ya se criticaban decisiones con argumentos oportunistas por el mero hecho de estar en la oposición, para cambiar después, radicalmente, desde el Gobierno. Ya soportábamos descalificaciones e incluso burlas por las presas, como la de La Serena. Ya vimos el rechazo total al único plan hidrológico nacional que mereciera ese nombre, de los que después bautizaron otros con la misma denominación pero sin contenido nacional porque solo afectaba al Ebro.
Sobre todo esto ha caído lluvia y sequía, además de olvido de los antecedentes. Lo que el Gobierno hace estos días lo hemos hecho varias veces, todos los gobiernos de la democracia, urgidos por la necesidad y por las imprevisiones o las previsiones que las circunstancias no permitieron cumplir. Por eso hay que hacer una reflexión seria y sosegada. Mejor sin prisas porque el asunto es urgente y pasará facturas a todo el mundo. La gobernanza de España está afectada por este desafío, aunque haya otros.
Para empezar, hay que decir que tenemos poca agua disponible y despilfarramos mucha. Por mala infraestructura en las conducciones, por sistemas obsoletos de riego, por aventuras excesivas en urbanismo y campos de golf, por malos hábitos de consumo. Por responsabilidades, en fin, públicas y también cívicas de las que tenemos que hacernos cargo. Se haga lo que se haga con la política del agua, este tipo de comportamientos han de ser corregidos y las medidas de racionalización y ahorro van a seguir siendo imprescindibles en la mezcla final.
Los curiosos, o los deseosos de no perder la memoria, pueden ver en las hemerotecas y en el ministerio de Fomento el porcentaje de capacidad de embalse sobre el total nacional que se construyó durante el periodo en que fui presidente del Gobierno. Encontrarán la respuesta a la pregunta de por qué Extremadura no tiene problemas en esta sequía.
Más les gustará conocer o reconocer los feroces ataques al Plan Hidrológico Nacional que presentó Borrell siendo ministro del ramo. El que después fuera presidente del Gobierno llegó a decir que había agua o no la había donde Dios -con mayúsculas- quería y que no se debía actuar contra la voluntad divina. Menos mal que no aplicó el mismo argumento al gaseoducto que viene de Argelia.
Con esto quiero decir que los PNH, o los trasvases, no son de izquierdas o de derechas, como ahora se pretende, sino oportunos o no, necesarios o no. Depende de razones técnicas, de coste, oportunidad, medioambientales, etc. Por eso, años después de haber fracasado con aquel ambicioso Plan Hidrológico, que era Nacional porque pretendía la articulación de todas las cuencas, no volvería -si pudiera- a proponerlo. Las condiciones tecnológicas muestran respuestas más adecuadas económicamente y con menos impacto medioambiental.
No hay que demonizar ni sacralizar ninguna fórmula para arreglar el desafío, para evitar la irracionalidad en un debate cargado siempre de sentimientos. Si algún trasvase fuera necesario y mejor que otras medidas en términos económicos, medioambientales y sociales, ¿por qué excluirlo? Tampoco podremos excluir la regulación y aprovechamiento de nuestros cauces con los mismos requerimientos.
Esto no avala el que ahora se reclama como Plan Hidrológico de los primeros años de esta década. Muchos técnicos, no todos, han mostrado alternativas más operativas y razonables que ese trasvase del Ebro, incluyendo los costes energéticos y los ecológicos. Pero no se engañen. Estos días se dice que para huir del espectáculo de los políticos hay que acudir a los técnicos. El esfuerzo conducirá a la melancolía, porque opiniones técnicas las hay de todo tipo, incluso las tiene el primo de Rajoy, y después de contrastar la mejor información técnica disponible, volveremos inexorablemente a la política, que para eso está.
Hay que tener presente la solución tecnológica que nos viene del agua del mar. Recuerdo que un amigo, de excepcional cabeza, me decía cuando lo trataba de convencer del drama del agua en el mundo, que el problema era de desarrollo tecnológico, no de recursos. Creo que tenía y tiene una parte sustancial de razón dada la composición del planeta que habitamos. El progreso en la utilización del agua del mar ha sido enorme y seguirá avanzando en costes y en reducción del impacto. ¿Por qué negarse a su uso preferente en la mezcla de soluciones que necesitamos?
Tenemos que ser muy rigurosos con los acuíferos y el rigor está en aplicar las leyes. Porque hay leyes, y se pueden mejorar, pero su aplicación exigirá una toma de conciencia de todos y no una burla permanente o un mirar para otro sitio como ocurre con frecuencia. Y también debemos seguir actuando sobre la capacidad de embalse, de nuevo teniendo en cuenta los requerimientos medioambientales y económicos que han cambiado radicalmente.
Todas las medidas, con dosificación adecuada, van a ser necesarias, en todo el territorio y en cada rincón. Por eso, siento recordar que el Parlamento de la nación, sobre el que pasarán las iniciativas del Gobierno, será el gran árbitro del desafío del agua. Si no, no tendrá solución de verdad.
¡Manos a las obras!
>¡Agua va!
>
En España al oír este grito de “¡Agua va!”, había que apartarse con premura, porque se te venía encima cualquier tipo de porquería que los vecinos evacuaban por la puerta de su vivienda. Todavía lo viví en mi adolescencia, en el peculiar barrio sevillano de Bellavista, carente entonces de alcantarillas y pavimento y típica concentración humana de aluvión de la buena gente que venía a la capital a buscar las oportunidades que no tenía en sus pueblos, o de los que se quedaban allí después de cumplir condena de trabajos forzados en el vecino canal de los presos, o del Bajo Guadalquivir para la España oficial.
Las aguas residuales están todas, o casi, canalizadas en esta España nuestra, pero las últimas voces nos indican que tenemos que seguir atentos al famoso grito si no queremos ensuciarnos.
El agua despierta pasiones, provoca conflictos, es el bien más preciado, por encima del petróleo. También el más abundante y escaso a la vez en este planeta Tierra compuesto de agua en sus cuatro quintas partes. Pero sólo el 1% es potable. Y cambio climático, crecimiento y desplazamientos de población agudizan el problema. Así es en todas partes del mundo, con escasas excepciones.
España tampoco es una excepción, sino uno de los territorios afectados más seriamente por estos factores. Así lo fue históricamente y lo es hoy en que la enfermedad de la escasez de recursos disponibles se ha agravado. Mucho antes de que Francia u otros países europeos pensaran en el agua como problema, en España se hacían obras hidráulicas.
En los territorios más afectados, las controversias sin solución dieron lugar a fórmulas de arbitraje, a tribunales del agua, que tienen una larga tradición y aún subsisten. Por eso no es extraño lo que nos ocurre hoy. Por eso todos tienen razón, aunque las razones sean contradictorias entre sí. Por eso hay que evitar que se ensucie el debate del agua y nos lo arrojemos como antaño al grito de “agua va”.
En nuestro caso hemos visto el agravamiento del problema en las últimas décadas. Se han hecho algunas cosas, más de las que parece cuando se discute lo inmediato en las llamadas guerras del agua, pero éstas se muestran insuficientes ante la magnitud del reto. Cuando llueve nos calmamos, casi olvidamos la amenaza que subyace. Vienen las tormentas y se acaba la tormenta política y mediática. Luego es al revés.
Los ciudadanos españoles se han ido desplazando de las zonas donde hay agua pero las condiciones climáticas y socioeconómicas son más difíciles y menos gratas para vivir, hacia las zonas más cálidas, con menos agua y, paradójicamente, con más oportunidades. Desde allí reclaman agua, y desde los territorios de origen los que quedaron reclaman expectativas con el agua que tienen, con el uso de la misma, con el potencial para su desarrollo. Tan delicado es el tema, tan politizado en el sentido negativo de la palabra, no en el positivo, que no quiero señalar los múltiples ejemplos que se dan en nuestra geografía.
Además, en los años que van de este nuevo siglo, los flujos migratorios y el aumento de población consiguiente, se han concentrado, por las mismas razones, en estas zonas demandantes de agua de nuestro litoral.
Como siempre ha habido tensiones, no podemos dejar de preguntarnos sobre las sobrevenidas con magnitud especial por la decisión del Gobierno de llevar agua a Barcelona, como conducción, trasvase, traslado o como quieran llamarle, a partir de un excedente ya trasvasado y no utilizado, que va desde los receptores en las comarcas de Tarragona y procedente del Ebro, y tiene una base legal de comienzos de los años 80, en tiempos de UCD.
Si no hubiera sido Cataluña la reacción sería tensa, como siempre, pero dentro de un orden, sin la aspereza y la demagogia que acompaña a la que estamos viviendo. Es el fruto de una mala cosecha de enfrentamiento territorial que entre todos tenemos que cortar. Digo entre todos, para no excluir voluntades necesarias, porque las responsabilidades son compartidas, aunque no sean de la misma naturaleza y dimensión.
Sólo quiero atenerme al agua, ahora que se pone de moda hablar de balances de otra naturaleza entre los territorios, para decir algunas cosas que han pasado y otras que pienso pueden y deben pasar, con el propósito de recuperar el sentido común y encauzar (nunca mejor expresión) las posibles y múltiples respuestas que hay que ir articulando.
La precondición, tal vez lo más difícil, es que la política del agua se haga con mayúsculas, atendiendo a los ciudadanos en el conjunto del territorio, alejándola de la cosecha inmediata de votos, manteniendo las mismas actitudes en el Gobierno y en la oposición, en el centro o en las comunidades. Es una forma como otras de definir lo que debería ser una política de Estado, con la mínima incidencia oportunista electoralista.
Hace dos décadas tenía la responsabilidad de gobernar y con ella la conciencia de que el problema del agua era, sustancialmente, una responsabilidad del Gobierno que presidía, porque afectaba a todo el espacio público que compartimos como españoles. Los ríos, los acuíferos, las aguas del mar, en la península y en las islas, configuraban el problema como de todos, sin capacidades locales para darle respuesta de fondo.
Ya sonaban voces ecologistas razonables, junto a gritos irracionales. Ya se criticaban decisiones con argumentos oportunistas por el mero hecho de estar en la oposición, para cambiar después, radicalmente, desde el Gobierno. Ya soportábamos descalificaciones e incluso burlas por las presas, como la de La Serena. Ya vimos el rechazo total al único plan hidrológico nacional que mereciera ese nombre, de los que después bautizaron otros con la misma denominación pero sin contenido nacional porque solo afectaba al Ebro.
Sobre todo esto ha caído lluvia y sequía, además de olvido de los antecedentes. Lo que el Gobierno hace estos días lo hemos hecho varias veces, todos los gobiernos de la democracia, urgidos por la necesidad y por las imprevisiones o las previsiones que las circunstancias no permitieron cumplir. Por eso hay que hacer una reflexión seria y sosegada. Mejor sin prisas porque el asunto es urgente y pasará facturas a todo el mundo. La gobernanza de España está afectada por este desafío, aunque haya otros.
Para empezar, hay que decir que tenemos poca agua disponible y despilfarramos mucha. Por mala infraestructura en las conducciones, por sistemas obsoletos de riego, por aventuras excesivas en urbanismo y campos de golf, por malos hábitos de consumo. Por responsabilidades, en fin, públicas y también cívicas de las que tenemos que hacernos cargo. Se haga lo que se haga con la política del agua, este tipo de comportamientos han de ser corregidos y las medidas de racionalización y ahorro van a seguir siendo imprescindibles en la mezcla final.
Los curiosos, o los deseosos de no perder la memoria, pueden ver en las hemerotecas y en el ministerio de Fomento el porcentaje de capacidad de embalse sobre el total nacional que se construyó durante el periodo en que fui presidente del Gobierno. Encontrarán la respuesta a la pregunta de por qué Extremadura no tiene problemas en esta sequía.
Más les gustará conocer o reconocer los feroces ataques al Plan Hidrológico Nacional que presentó Borrell siendo ministro del ramo. El que después fuera presidente del Gobierno llegó a decir que había agua o no la había donde Dios -con mayúsculas- quería y que no se debía actuar contra la voluntad divina. Menos mal que no aplicó el mismo argumento al gaseoducto que viene de Argelia.
Con esto quiero decir que los PNH, o los trasvases, no son de izquierdas o de derechas, como ahora se pretende, sino oportunos o no, necesarios o no. Depende de razones técnicas, de coste, oportunidad, medioambientales, etc. Por eso, años después de haber fracasado con aquel ambicioso Plan Hidrológico, que era Nacional porque pretendía la articulación de todas las cuencas, no volvería -si pudiera- a proponerlo. Las condiciones tecnológicas muestran respuestas más adecuadas económicamente y con menos impacto medioambiental.
No hay que demonizar ni sacralizar ninguna fórmula para arreglar el desafío, para evitar la irracionalidad en un debate cargado siempre de sentimientos. Si algún trasvase fuera necesario y mejor que otras medidas en términos económicos, medioambientales y sociales, ¿por qué excluirlo? Tampoco podremos excluir la regulación y aprovechamiento de nuestros cauces con los mismos requerimientos.
Esto no avala el que ahora se reclama como Plan Hidrológico de los primeros años de esta década. Muchos técnicos, no todos, han mostrado alternativas más operativas y razonables que ese trasvase del Ebro, incluyendo los costes energéticos y los ecológicos. Pero no se engañen. Estos días se dice que para huir del espectáculo de los políticos hay que acudir a los técnicos. El esfuerzo conducirá a la melancolía, porque opiniones técnicas las hay de todo tipo, incluso las tiene el primo de Rajoy, y después de contrastar la mejor información técnica disponible, volveremos inexorablemente a la política, que para eso está.
Hay que tener presente la solución tecnológica que nos viene del agua del mar. Recuerdo que un amigo, de excepcional cabeza, me decía cuando lo trataba de convencer del drama del agua en el mundo, que el problema era de desarrollo tecnológico, no de recursos. Creo que tenía y tiene una parte sustancial de razón dada la composición del planeta que habitamos. El progreso en la utilización del agua del mar ha sido enorme y seguirá avanzando en costes y en reducción del impacto. ¿Por qué negarse a su uso preferente en la mezcla de soluciones que necesitamos?
Tenemos que ser muy rigurosos con los acuíferos y el rigor está en aplicar las leyes. Porque hay leyes, y se pueden mejorar, pero su aplicación exigirá una toma de conciencia de todos y no una burla permanente o un mirar para otro sitio como ocurre con frecuencia. Y también debemos seguir actuando sobre la capacidad de embalse, de nuevo teniendo en cuenta los requerimientos medioambientales y económicos que han cambiado radicalmente.
Todas las medidas, con dosificación adecuada, van a ser necesarias, en todo el territorio y en cada rincón. Por eso, siento recordar que el Parlamento de la nación, sobre el que pasarán las iniciativas del Gobierno, será el gran árbitro del desafío del agua. Si no, no tendrá solución de verdad.
¡Manos a las obras!
>Agua, escala y proporción
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La escala de un fenómeno no es su medida, sino su carácter. Un mapa ampliado no es un plano, solo es un mapa grande. En los planos figuran los detalles; en los mapas, no. Lanzarse a la carretera con los planos del piso no sirve de nada. De ahí que haya que tener en la cabeza la gran escala del mapa al hablar de territorio y la pequeña escala del plano al abordar el marco personal. Transitar de una dimensión a la otra con agilidad y proporción escalar es capital para moverse sabiendo por qué. La escala temporal también cuenta. Todo no pasa a la vez. Reímos deprisa, crecemos despacio. Las risas suceden a los lloros sin que el niño cambie de tamaño. Cada fenómeno tiene su tempo. Una paella son 20 minutos. Hay que saber recorrer las escalas espaciales respetando las temporales. En todo. Y, en concreto, cuando se trata de gestionar el agua de un territorio.
EL TER NACE y trabaja en Catalunya. Y en ella muere. Es un río catalán. El Segre también, pero se administra desde Zaragoza porque desemboca en el Ebro, que no es un río aragonés… Ya puestos, que intervenga también París, porque nace en la Alta Cerdanya, actualmente francesa. Falla la escala histórica, porque la España de las confederaciones hidrográficas es de los años 20 y la de las autonomías, de ahora. También falla la escala espacial, porque territorio no equivale a geografía. La cuenca es un concepto geográfico; el territorio es un concepto socioambiental. Administrar a golpe de geografía un espacio político superado es una mala opción territorial.
Eso, por arriba. Por abajo, es un error interpretar los ríos mirando los planos del patio. No es nuestro el río que pasa por nuestra casa. No es tampoco nuestra la carretera que atraviesa nuestro municipio. Sin aportación de espacio local, no existirían ni uno ni otra, pero carreteras y ríos solo se entienden contemplando su recorrido en el espacio global y en el tiempo total. Un Segre mirado desde Oliana y gobernado desde Zaragoza bajo directrices de Madrid sería difícilmente inteligible.
Tenemos poca agua y hemos de poder gestionar tanto la del Segre como la del Ter. Soberanamente, pero sobre todo acertadamente. Repetir en el Segre la experiencia del Ter sería una triste gracia. “Que no nos toquen el Ter, nada de trasvases”, decía un buen hombre con vehemencia. Demasiado tarde. El Ter se trasvasa desde 1959. Muchas personas sentencian sobre cosas que desconocen: es el mal de unos tiempos en que se opina sin criterio. De un caudal medio de 15-17 metros cúbicos por segundo, se programaron inicialmente en el Ter extracciones de 2-3 metros cúbicos, siempre que aguas abajo de Sau-Susqueda continuaran fluyendo por lo menos tres. Pero la cuota de extracción no ha cesado de aumentar desde 1959. Ahora se sitúa en siete metros cúbicos por segundo.
Es mucho. En épocas de estiaje ligadas a sequía es demasiado. Maldita la gracia de decisión soberana. Estos siete metros representan tres cuartas partes del río agostado, tal vez más. Estamos fuera de escala. Hace meses que el Ter no desemboca en el mar. Seguramente nada puede hacerse en las presentes circunstancias, salvo agradecer el sacrificio y programar resueltamente una mengua gradual de cuota. Cuando menos, eso. Pero en cinco o seis años deben haberse dispuesto fuentes alternativas para disminuir la presión sobre el Ter. Es de estricta justicia distributiva y de buena lógica territorial. ¿Cómo lograrlo?
Hay que comenzar gestionado adecuadamente la demanda. La oferta ha de ser proporcionada a las posibilidades razonables, y por eso es preferible gestionar la demanda (de cuánta agua puede disponerse) que la oferta (cómo poner en el mercado cuanta agua se quiera). Hay municipios del Vallès que consumen 300 litros de agua por persona y día. Los barceloneses pasan con 120. A los usuarios del Centre Esplai (edificio sostenibilista de El Prat del Llobregat) les basta con 65. Todos tienen el agua que necesitan, pero los váteres y la jardinería del Centre Esplai funcionan con el agua gris de las duchas. ¿Qué sentido tiene potabilizar en Cardedeu el agua de Sau-Susqueda captada en el Pasteral para mandarla al váter en Sabadell? Solo bebemos el 2% del agua que consumimos (y casi toda es envasada, o sea, un pequeño trasvase). En el Centre Esplai se gestiona la demanda y se optimiza la eficiencia. Habría que hacerlo en toda Catalunya. El Ter reviviría y superaríamos las sequías.
LA AGÈNCIA Catalana de l’Aigua ha anunciado que adoptará esta línea: gestión de la demanda, eficiencia de uso (urbano y también agrícola) y suministro diversificado (captación de ríos y acuíferos locales, reutilización de agua depurada, eventual desalación, interconexión de redes); entonces, los trasvases, simplemente, corregirían los déficits irreductibles. Los trasvases, grandes o pequeños, tienen siglos de tradición (de ahí los acueductos romanos, por ejemplo). El problema actual no nace del concepto, sino de la desproporción (porcentaje de caudal sustraído, distancia a recorrer, uso final del agua). Que el agua del Ter o del Ebro permita equilibrar balances es razonable; que los desequilibre aún más, insensato. Superada la sequía, habría que actuar proporcionadamente y a la escala adecuada. Sería la auténtica nueva cultura del agua contra la vieja incultura de siempre.
Agua, escala y proporción
La escala de un fenómeno no es su medida, sino su carácter. Un mapa ampliado no es un plano, solo es un mapa grande. En los planos figuran los detalles; en los mapas, no. Lanzarse a la carretera con los planos del piso no sirve de nada. De ahí que haya que tener en la cabeza la gran escala del mapa al hablar de territorio y la pequeña escala del plano al abordar el marco personal. Transitar de una dimensión a la otra con agilidad y proporción escalar es capital para moverse sabiendo por qué. La escala temporal también cuenta. Todo no pasa a la vez. Reímos deprisa, crecemos despacio. Las risas suceden a los lloros sin que el niño cambie de tamaño. Cada fenómeno tiene su tempo. Una paella son 20 minutos. Hay que saber recorrer las escalas espaciales respetando las temporales. En todo. Y, en concreto, cuando se trata de gestionar el agua de un territorio.
EL TER NACE y trabaja en Catalunya. Y en ella muere. Es un río catalán. El Segre también, pero se administra desde Zaragoza porque desemboca en el Ebro, que no es un río aragonés… Ya puestos, que intervenga también París, porque nace en la Alta Cerdanya, actualmente francesa. Falla la escala histórica, porque la España de las confederaciones hidrográficas es de los años 20 y la de las autonomías, de ahora. También falla la escala espacial, porque territorio no equivale a geografía. La cuenca es un concepto geográfico; el territorio es un concepto socioambiental. Administrar a golpe de geografía un espacio político superado es una mala opción territorial.
Eso, por arriba. Por abajo, es un error interpretar los ríos mirando los planos del patio. No es nuestro el río que pasa por nuestra casa. No es tampoco nuestra la carretera que atraviesa nuestro municipio. Sin aportación de espacio local, no existirían ni uno ni otra, pero carreteras y ríos solo se entienden contemplando su recorrido en el espacio global y en el tiempo total. Un Segre mirado desde Oliana y gobernado desde Zaragoza bajo directrices de Madrid sería difícilmente inteligible.
Tenemos poca agua y hemos de poder gestionar tanto la del Segre como la del Ter. Soberanamente, pero sobre todo acertadamente. Repetir en el Segre la experiencia del Ter sería una triste gracia. “Que no nos toquen el Ter, nada de trasvases”, decía un buen hombre con vehemencia. Demasiado tarde. El Ter se trasvasa desde 1959. Muchas personas sentencian sobre cosas que desconocen: es el mal de unos tiempos en que se opina sin criterio. De un caudal medio de 15-17 metros cúbicos por segundo, se programaron inicialmente en el Ter extracciones de 2-3 metros cúbicos, siempre que aguas abajo de Sau-Susqueda continuaran fluyendo por lo menos tres. Pero la cuota de extracción no ha cesado de aumentar desde 1959. Ahora se sitúa en siete metros cúbicos por segundo.
Es mucho. En épocas de estiaje ligadas a sequía es demasiado. Maldita la gracia de decisión soberana. Estos siete metros representan tres cuartas partes del río agostado, tal vez más. Estamos fuera de escala. Hace meses que el Ter no desemboca en el mar. Seguramente nada puede hacerse en las presentes circunstancias, salvo agradecer el sacrificio y programar resueltamente una mengua gradual de cuota. Cuando menos, eso. Pero en cinco o seis años deben haberse dispuesto fuentes alternativas para disminuir la presión sobre el Ter. Es de estricta justicia distributiva y de buena lógica territorial. ¿Cómo lograrlo?
Hay que comenzar gestionado adecuadamente la demanda. La oferta ha de ser proporcionada a las posibilidades razonables, y por eso es preferible gestionar la demanda (de cuánta agua puede disponerse) que la oferta (cómo poner en el mercado cuanta agua se quiera). Hay municipios del Vallès que consumen 300 litros de agua por persona y día. Los barceloneses pasan con 120. A los usuarios del Centre Esplai (edificio sostenibilista de El Prat del Llobregat) les basta con 65. Todos tienen el agua que necesitan, pero los váteres y la jardinería del Centre Esplai funcionan con el agua gris de las duchas. ¿Qué sentido tiene potabilizar en Cardedeu el agua de Sau-Susqueda captada en el Pasteral para mandarla al váter en Sabadell? Solo bebemos el 2% del agua que consumimos (y casi toda es envasada, o sea, un pequeño trasvase). En el Centre Esplai se gestiona la demanda y se optimiza la eficiencia. Habría que hacerlo en toda Catalunya. El Ter reviviría y superaríamos las sequías.
LA AGÈNCIA Catalana de l’Aigua ha anunciado que adoptará esta línea: gestión de la demanda, eficiencia de uso (urbano y también agrícola) y suministro diversificado (captación de ríos y acuíferos locales, reutilización de agua depurada, eventual desalación, interconexión de redes); entonces, los trasvases, simplemente, corregirían los déficits irreductibles. Los trasvases, grandes o pequeños, tienen siglos de tradición (de ahí los acueductos romanos, por ejemplo). El problema actual no nace del concepto, sino de la desproporción (porcentaje de caudal sustraído, distancia a recorrer, uso final del agua). Que el agua del Ter o del Ebro permita equilibrar balances es razonable; que los desequilibre aún más, insensato. Superada la sequía, habría que actuar proporcionadamente y a la escala adecuada. Sería la auténtica nueva cultura del agua contra la vieja incultura de siempre.
>Sin regadío no hay agricultura
>
En relación con el polémico trasvase del Segre a Barcelona, quiero hacer los siguientes comentarios, desde una perspectiva científica y técnica: si investigamos los antepasados árabes de Lleida, Murcia y Valencia, entre otros, y el tipo de agricultura que practicaban en sus huertas, veremos que la agricultura mediterránea es fundamentalmente de regadío.
Los técnicos que nos dedicamos a la agricultura tenemos muy claro que sin agua no hay agricultura, ni ganadería, ni por extensión alimentos para los humanos. El cultivo que no consume agua no existe y, por lo tanto, la agricultura que permite vivir a la gente y asentarla en el territorio ha sido principalmente la de regadío. Solo hay que ver lo que pasa en las zonas de secano tradicional de Catalunya: no pueden mantener la población, son las menos pobladas y las más empobrecidas.
LA SOCIEDAD urbana desconoce el papel del agua en la agricultura. Sin un análisis profundo, reprochan al sector primario que utiliza demasiada agua (más del 70% del total), que es ineficiente en su uso y que las prácticas agrícolas asociadas al riego generan una alta contaminación ambiental. Esta misma sociedad debería saber que para producir fruta o maíz se necesitan un mínimo de 4.000 a 6.000 metros cúbicos de agua por hectárea. Para producir un kilo de trigo, un mínimo de 1.000 litros, y para un kilo de carne de cerdo, más de 3.000. Además, algunos suelos necesitan periódicamente un exceso de agua (de lluvia o riego) para evitar la salinización que, con el tiempo, los convertiría en tierra yerma. Sin agua no hay agricultura. Pensemos en ello ahora que todos nos quejamos del incremento de precios de los productos alimenticios.
La investigación agraria ha demostrado que es posible ahorrar entre el 20% y el 30% de los caudales de riego, sin disminuir los rendimientos, modernizando y cambiando los sistemas de riego y de producción. Ahora bien, hace falta una inversión mínima de entre 9.000 y 12.000 euros por hectárea, y aún falta por ver quién debería asumirla.
Creemos que la discusión y las acciones de la Administración tendrían que girar alrededor de favorecer, y si es necesario obligar, a modernizar los sistemas de riego para ahorrar agua, en lugar de quitarla sin avisar, planificar y consensuar con el territorio. De todas maneras, la agricultura ya hace años que trabaja en el ahorro del agua. Los agricultores de Ponent, con su esfuerzo e iniciativa, fueron pioneros en el uso racional del agua, hace unos 150 años, cuando pusieron en marcha el canal d’Urgell. Los nuevos regadíos utilizan los sistemas más eficientes, como la aspersión y el goteo, y pueden llegar a ahorrar entre un 20% y un 30% del agua. O sea, que mientras que la agricultura hace tiempo que trabaja en sistemas de riego más eficientes para ahorrar agua, las grandes ciudades han empezado a ahorrar recursos muy tarde y muy tímidamente.
Esta discusión nos lleva a reflexionar sobre el modelo de país que queremos. Si es un modelo centralizado y macrocefálico que consume todos los recursos del territorio y que impide el desarrollo del resto, es insostenible, insolidario e inmoral. Es imprescindible, pues, que la redistribución respete a las zonas rurales que tienen su desarrollo ligado a los recursos naturales y a la agricultura.
CREEMOS EN LA solidaridad interterritorial, pero estas palabras implican bidireccionalidad. Me cuesta ver la sensibilidad y la solidaridad del Govern de Catalunya con los territorios que tienen en la agricultura y la ganadería su principal fuente de riqueza. Se ha publicado repetidamente que la provincia de Lleida debe convertirse en un referente europeo para los temas agroalimentarios; sin embargo, la mayoría de los nuevos centros de investigación agraria del Departament d’Agricultura, Alimentació i Acció Rural se han instalado alrededor de Barcelona (el Centro Agroforestal, en Caldes de Montbui; el Centro de Economía Agraria, en Castelldefels; Centros de Residuos, también agrarios, en Mollet del Vallès; el de Genómica Agraria, en Barcelona; el de Agroalimentación, en Mercabarna).
Otro punto muy cuestionable es el calendario propuesto del trasvase, a partir del mes de octubre, sin tener en cuenta que las aguas del otoño y el invierno son esenciales para llenar los embalses y garantizar el riego del siguiente verano. Este desconocimiento también se aplica a los canales que abastecen de agua de boca a muchas poblaciones de la Catalunya interior.
ESPERO QUE este artículo nos ayude a todos (incluidos los gobernantes) a valorar el papel de los regadíos como elementos imprescindibles para el desarrollo y el equilibrio territorial y para recordar que la agricultura no despilfarra el agua, sino que el agua que se utiliza es imprescindible para obtener alimentos de consumo humano y producción animal, aunque se puede ser más eficiente.
Sin regadío no hay agricultura
En relación con el polémico trasvase del Segre a Barcelona, quiero hacer los siguientes comentarios, desde una perspectiva científica y técnica: si investigamos los antepasados árabes de Lleida, Murcia y Valencia, entre otros, y el tipo de agricultura que practicaban en sus huertas, veremos que la agricultura mediterránea es fundamentalmente de regadío.
Los técnicos que nos dedicamos a la agricultura tenemos muy claro que sin agua no hay agricultura, ni ganadería, ni por extensión alimentos para los humanos. El cultivo que no consume agua no existe y, por lo tanto, la agricultura que permite vivir a la gente y asentarla en el territorio ha sido principalmente la de regadío. Solo hay que ver lo que pasa en las zonas de secano tradicional de Catalunya: no pueden mantener la población, son las menos pobladas y las más empobrecidas.
LA SOCIEDAD urbana desconoce el papel del agua en la agricultura. Sin un análisis profundo, reprochan al sector primario que utiliza demasiada agua (más del 70% del total), que es ineficiente en su uso y que las prácticas agrícolas asociadas al riego generan una alta contaminación ambiental. Esta misma sociedad debería saber que para producir fruta o maíz se necesitan un mínimo de 4.000 a 6.000 metros cúbicos de agua por hectárea. Para producir un kilo de trigo, un mínimo de 1.000 litros, y para un kilo de carne de cerdo, más de 3.000. Además, algunos suelos necesitan periódicamente un exceso de agua (de lluvia o riego) para evitar la salinización que, con el tiempo, los convertiría en tierra yerma. Sin agua no hay agricultura. Pensemos en ello ahora que todos nos quejamos del incremento de precios de los productos alimenticios.
La investigación agraria ha demostrado que es posible ahorrar entre el 20% y el 30% de los caudales de riego, sin disminuir los rendimientos, modernizando y cambiando los sistemas de riego y de producción. Ahora bien, hace falta una inversión mínima de entre 9.000 y 12.000 euros por hectárea, y aún falta por ver quién debería asumirla.
Creemos que la discusión y las acciones de la Administración tendrían que girar alrededor de favorecer, y si es necesario obligar, a modernizar los sistemas de riego para ahorrar agua, en lugar de quitarla sin avisar, planificar y consensuar con el territorio. De todas maneras, la agricultura ya hace años que trabaja en el ahorro del agua. Los agricultores de Ponent, con su esfuerzo e iniciativa, fueron pioneros en el uso racional del agua, hace unos 150 años, cuando pusieron en marcha el canal d’Urgell. Los nuevos regadíos utilizan los sistemas más eficientes, como la aspersión y el goteo, y pueden llegar a ahorrar entre un 20% y un 30% del agua. O sea, que mientras que la agricultura hace tiempo que trabaja en sistemas de riego más eficientes para ahorrar agua, las grandes ciudades han empezado a ahorrar recursos muy tarde y muy tímidamente.
Esta discusión nos lleva a reflexionar sobre el modelo de país que queremos. Si es un modelo centralizado y macrocefálico que consume todos los recursos del territorio y que impide el desarrollo del resto, es insostenible, insolidario e inmoral. Es imprescindible, pues, que la redistribución respete a las zonas rurales que tienen su desarrollo ligado a los recursos naturales y a la agricultura.
CREEMOS EN LA solidaridad interterritorial, pero estas palabras implican bidireccionalidad. Me cuesta ver la sensibilidad y la solidaridad del Govern de Catalunya con los territorios que tienen en la agricultura y la ganadería su principal fuente de riqueza. Se ha publicado repetidamente que la provincia de Lleida debe convertirse en un referente europeo para los temas agroalimentarios; sin embargo, la mayoría de los nuevos centros de investigación agraria del Departament d’Agricultura, Alimentació i Acció Rural se han instalado alrededor de Barcelona (el Centro Agroforestal, en Caldes de Montbui; el Centro de Economía Agraria, en Castelldefels; Centros de Residuos, también agrarios, en Mollet del Vallès; el de Genómica Agraria, en Barcelona; el de Agroalimentación, en Mercabarna).
Otro punto muy cuestionable es el calendario propuesto del trasvase, a partir del mes de octubre, sin tener en cuenta que las aguas del otoño y el invierno son esenciales para llenar los embalses y garantizar el riego del siguiente verano. Este desconocimiento también se aplica a los canales que abastecen de agua de boca a muchas poblaciones de la Catalunya interior.
ESPERO QUE este artículo nos ayude a todos (incluidos los gobernantes) a valorar el papel de los regadíos como elementos imprescindibles para el desarrollo y el equilibrio territorial y para recordar que la agricultura no despilfarra el agua, sino que el agua que se utiliza es imprescindible para obtener alimentos de consumo humano y producción animal, aunque se puede ser más eficiente.
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