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>El Dalai Lama renuncia a su papel como representante del Tíbet

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El pais.com (10/03/2011)
El Dalai Lama, Premio Nobel de la Paz en 1989 y líder del budismo, anuncia que renuncia a su papel político como representante del pueblo del Tíbet.
El religioso, llamado Tenzin Gyatso, adelanta en un comunicado colgado en su página web que en la próxima reunión del parlamento tibetano en el exilio, el 14 de marzo, impulsará las reformas necesarias para operar una transición a un representante electo democráticamente. “Desde los años sesenta vengo insistiendo en que los tibetanos necesitan un líder elegido libremente por ellos mismos al que yo pueda devolverle el poder. Ahora hemos llegado claramente al momento en el que este propósito pueda llevarse a cabo”, ha subraya desde Dharamsala (India) el histórico dirigente. Ya en noviembre adelantó que plantearía su sucesión en un plazo de seis meses.
El religioso asegura que, desde que comenzó a revelar su propósito de renunciar a la representación de los tibetanos, ha recibido constantes apoyos tanto desde el extranjero como desde el Tíbet. “Mi propósito no tiene nada que ver con una intención de escurrir el bulto de la responsabilidad, sino que creo que en el largo plazo representará un beneficio para el Tíbet”, abunda en otro pasaje del comunicado.
Las actividades diplomáticas del Dalai Lama, exiliado desde hace 50 años, se centran principalmente en defender la causa del Tíbet, una región controlada por China que considera que tiene derechoa a la autodeterminación. Pekín tacha al Dalai Lama de separatista que pretende escindir la región del Himalaya, y se opone a cualquier tipo de recibimiento por Gobiernos extranjeros. El Nobel ha declarado repetidas veces que no busca la independencia de la región, sino una autonomía real dentro del Estado chino y que se respeten los derechos humanos, la religión y la cultura de su pueblo.
El Dalai Lama se ha definido a sí mismo en ocasiones como “semiretirado” del liderazgo político, si bien mantiene el liderazgo espiritual. En Dharamsala se encuentra la sede del Gobierno en el exilio, el cual ya cuenta con un primer ministro elegido democráticamente, Lobsang Tenzin.

marzo 9, 2011 Publicado por | Dalai Lama, Tíbet | Dejar un comentario

>Infiernos tibetanos

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Por Xulio Ríos, director del Observatorio de la Política China, CASA ASIA-IGADI (EL CORREO DIGITAL, 26/03/09):

Esta vez, el régimen chino no fue pillado por sorpresa. El cincuenta aniversario de la huida del Dalai Lama y el primero de los graves disturbios de marzo del pasado año cuando miles de tibetanos afearon la celebración olímpica haciéndole perder la cara a China ante el mundo, han sido contestados oficialmente con numerosas iniciativas, destacando una doble ofensiva. En primer lugar, reforzando el control de las fronteras tibetanas y en las áreas claves del Tíbet histórico (que incluye vastas áreas de las provincias de Qinghai, Gansu y Sichuan). En segundo lugar, impulsando una frenética actividad propagandística destinada a reivindicar no sólo la pertenencia a China de Tíbet sino el carácter profundamente democrático de la liberación promovida por el Ejército Rojo frente a la esclavitud vigente en la teocracia del Dalai Lama. El próximo día 28 de marzo se celebrará, por primera vez, el Día de la Emancipación de los Siervos, declarada jornada inhábil. El Dalai Lama ha denunciado que Pekín creó en Tíbet un infierno en la tierra y las autoridades chinas replicaron divulgando en masa las imágenes del infierno feudal existente durante el gobierno de los lamas.

Si algo han demostrado los cincuenta años transcurridos es que por muy fuerte e intenso que haya podido ser el dominio chino, el problema tibetano subsiste. Es verdad que con la política de reforma y apertura iniciada en 1978 han llegado otros tiempos a Lhasa. Atrás quedaron los excesos y atrocidades de la Revolución Cultural, padecidos por el conjunto de la sociedad china. El cambio de estrategia apuesta por el desarrollo y la plena integración de Tíbet en el espacio económico de China. En paralelo, la protección cultural y religiosa y su orientación hacia el turismo, con la realización de grandes inversiones en los últimos años, no ha seducido a los tibetanos generando una auténtica ola de estupefacción entre la mayoría han, que no comprende ese rechazo a la modernidad proveniente de Pekín. El riesgo de folclorización de su cultura preocupa poco a quienes sólo ven en ella motivo de negocio.

Pero el problema central sigue vigente. La autonomía tibetana va poco más allá del mero simbolismo. Todos saben que en el Partido-Estado, es el primero quien impone sus reglas, aspirando a controlarlo todo, incluyendo la reencarnación de los dignatarios budistas para asegurar su docilidad. El PCCh ha emitido un decreto prohibiendo las reencarnaciones que no cuenten con su aprobación. El Panchen Lama elegido por Pekín declaraba recientemente al visitar una exposición en el Palacio Cultural de las Nacionalidades de la capital china que «sin el Partido Comunista Chino, más de un millón de siervos tibetanos no habrían conocido jamás la dignidad humana o la libertad».

Frente a la incomprensión que genera su política, los dirigentes chinos no parecen haber encontrado aún mejor solución que la represión, confiando, pacientemente, en que esa modernidad vaya erosionando la coraza religiosa que hoy preserva la identidad tibetana. Y, en paralelo, confiando en que la hipotética muerte del Dalai Lama (73 años) genere una amplia ola de dispersión y confusión entre sus seguidores, lo que facilitaría, junto a la creciente presencia demográfica, un asentamiento pleno de su poder en la zona. Poco importa que el Dalai Lama tenga la ventaja de controlar a los sectores más radicales de su movimiento y frenar la tendencia a la violencia que anida en quienes rechazan su ‘vía media’. El recurso al terror deslegitimará del todo la causa tibetana.

El diálogo con los representantes del Dalai Lama no ha dado resultado alguno y no parece previsible que pueda darlo a corto plazo. El primer ministro Wen Jiabao reiteró su disposición a seguir dialogando, pero al mismo tiempo se deshace en duras acusaciones que a modo de palos en la rueda precipitan su fracaso. Todo indica que se trata únicamente de mostrar cierta buena fe destinada a desarmar la crítica exterior, a quien se acusa en el Libro Blanco sobre los 50 años de democracia en Tíbet, publicado hace unas semanas, de atizar el conflicto con el propósito de «debilitar, dividir y demonizar a China». La neutralidad en relación al problema tibetano se erige hoy como la condición ’sine qua non’ para poder cooperar con China, en un esfuerzo por contener la amplia proyección internacional de la cuestión tibetana. Todo un mensaje dirigido especialmente a la UE, donde se han abierto fisuras en este tema con el apoyo del Parlamento europeo y de países como Francia.

En ese contexto, hoy resultan impensables iniciativas como la anunciada por Hu Yaobang, secretario del PCCh en 1980, quien prometía en Lhasa una progresiva sustitución de los cuadros de la mayoría han por los tibetanos en la administración de los asuntos de esta nacionalidad. China, claramente a la defensiva, no encuentra otra solución que la construcción de esa ‘Gran Muralla’ propuesta por Hu Jintao en las sesiones parlamentarias que culminaron el pasado 13 de marzo.

La unidad nacional tiene en China matices propios, derivados de un empeño unificador que pretende cerrar las heridas de un doloroso proceso de decadencia histórica. Toda la relativa flexibilidad que aún nos puede mostrar en relación a Taiwán nunca la podremos observar en relación a Tíbet (o a Xingjiang) si ello pone en duda la firmeza de su proyecto. Pekín no parece dispuesto a rectificar un ápice su política, ciertamente capaz de someter los brotes de hostilidad tibetana pero gravemente incapaz de suscitar un mínimo de lealtad social entre sus gentes.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 26, 2009 Publicado por | China, Tíbet | Dejar un comentario

China y los sucesos del Tíbet

Por Eugenio Bregolat, Ex embajador de España en China. Ha publicado recientemente La Segunda Revolución China (EL PERIÓDICO, 20/04/08):

El Tíbet saltó a las primeras páginas de la prensa mundial el mes pasado, cuando algunos tibetanos atacaron a personas de etnias han y hui y sus bienes. No cabe duda de que los primeros en emplear la fuerza eran tibetanos. Los incidentes han puesto de relieve que China tiene un problema en la Región Autónoma del Tíbet. Las varias tandas de negociación entre Pekín y representantes del dalái lama no han dado hasta ahora fruto positivo.

Aunque existen versiones distintas de la historia, es indudable que desde el siglo XIII, en que tanto China como Tíbet fueron conquistados por los kanes mongoles, han existido lazos entre ambos, más o menos fuertes en diversos momentos históricos. El mundo entero reconoce que el Tíbet forma parte de China, y así lo admite el propio dalái lama, que aspira solamente a un régimen de autonomía. La independencia es de todo punto imposible, tanto porque nadie la reconocería como porque los tibetanos carecen de fuerza para exigirla y nadie les ayudaría.

AL DESCONOCER qué ha ocurrido en los diversos encuentros negociadores y dónde estos se han atascado, es imposible formar juicio. Los países occidentales, entre ellos España y la UE “abogan porque se alcance, mediante el diálogo, una solución duradera y aceptable que preserve la cultura y la región tibetana en el seno de la República Popular China”.

Ni los países occidentales ni el propio dalái lama son partidarios del boicot de los Juegos Olímpicos, y ello por varias razones. La primera es que el boicot, que significaría para China una monumental “pérdida de cara”, redundaría en un endurecimiento de la política de Pekín hacia la región. La segunda es que dificultaría mucho más un eventual acuerdo negociado, ya que este solo es posible contando con la buena disposición del Gobierno chino.

La tercera es el impacto sobre la política interna china. En los últimos 30 años se han producido en China enormes cambios económicos. El Banco Mundial dice que ha hecho en una generación lo que a la mayoría de países les ha costado siglos. Los efectos sociales, psicológicos y políticos del cambio económico son indudables. En China han aparecido nuevas clases sociales, se ha reducido el poder del Estado, hay cientos de miles de estudiantes en el extranjero, cientos de millones de teléfonos móviles e internautas, docenas de millones de turistas que van y vienen…

EN EL TERRRENO estrictamente político, aun sin abrazar una democracia liberal, se han dado pasos relevantes, como la introducción de los conceptos de Estado de derecho y de derechos humanos en la Constitución, el avance lento pero indudable en ambos campos, la legalización de la propiedad privada, las elecciones municipales en pueblos de hasta 10.000 habitantes, o la admisión de los empresarios privados, verdaderos capitalistas, en el que todavía se llama Partido Comunista de China.

El margen de libertad de los ciudadanos es significativo y creciente. Todo esto puede parecer poco si se compara con los países occidentales, pero no se habría podido ni soñar cuando Deng Xiaoping lanzó la reforma económica, 30 años atrás. Un boicot de los Juegos reforzaría a los elementos más nacionalistas e involucionistas.
Der Spiegel recoge las declaraciones de Liu Xiaobo, uno de los principales disidentes democráticos durante los sucesos de Tiananmen, en 1989, según las cuales el boicot de los Juegos Olímpicos no es la forma adecuada de castigar a China, que, si los Juegos fracasan, dejará de prestar al resto del mundo toda atención en materia de derechos humanos.

Una cuarta razón que desaconseja el boicot de los Juegos es su impacto sobre la política exterior china. Una integración de la emergente gran potencia en el orden internacional pacífica y satisfactoria para todos es uno de los imperativos geopolíticos del siglo que comienza. Esta integración ha tenido hitos fundamentales, como el inicio de la reforma económica, en 1978, o el ingreso de China en la Organización Mundial del Comercio (OMC), en el 2001. Otros dos hitos deben ser los Juegos Olímpicos de Pekín y la Expo de Shanghái, en el 2010. Que los Juegos, en vez de contribuir a la integración de China en el orden internacional, ayudaran, con una humillación, a lo contrario, sería desastroso para todo el mundo. Los tibetanos en primer lugar.

ES IMPORTANTE subrayar que el hombre de la calle está en China genuinamente indignado por el tratamiento que ha dado parte de la prensa occidental a los sucesos del Tíbet y por los incidentes en el recorrido de la antorcha olímpica. China no olvida que de mediados del siglo XIX a mediados del siglo XX fue sometida a explotación colonial, primero por las potencias occidentales y después por Japón, y sospecha que muchos desean evitar su reemergencia como una gran potencia. Así, en definitiva, tienen razón todos cuantos se oponen al boicot de los Juegos, empezando por la UE y por el propio dalái lama. Los Juegos nos darán una ocasión para dialogar con China y para contribuir a que se reemprendan las negociaciones que han de llevar a un acuerdo aceptable para ambas partes.

abril 21, 2008 Publicado por | China, juegos olímpicos, Tíbet | Dejar un comentario

>China y los sucesos del Tíbet

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Por Eugenio Bregolat, Ex embajador de España en China. Ha publicado recientemente La Segunda Revolución China (EL PERIÓDICO, 20/04/08):

El Tíbet saltó a las primeras páginas de la prensa mundial el mes pasado, cuando algunos tibetanos atacaron a personas de etnias han y hui y sus bienes. No cabe duda de que los primeros en emplear la fuerza eran tibetanos. Los incidentes han puesto de relieve que China tiene un problema en la Región Autónoma del Tíbet. Las varias tandas de negociación entre Pekín y representantes del dalái lama no han dado hasta ahora fruto positivo.

Aunque existen versiones distintas de la historia, es indudable que desde el siglo XIII, en que tanto China como Tíbet fueron conquistados por los kanes mongoles, han existido lazos entre ambos, más o menos fuertes en diversos momentos históricos. El mundo entero reconoce que el Tíbet forma parte de China, y así lo admite el propio dalái lama, que aspira solamente a un régimen de autonomía. La independencia es de todo punto imposible, tanto porque nadie la reconocería como porque los tibetanos carecen de fuerza para exigirla y nadie les ayudaría.

AL DESCONOCER qué ha ocurrido en los diversos encuentros negociadores y dónde estos se han atascado, es imposible formar juicio. Los países occidentales, entre ellos España y la UE “abogan porque se alcance, mediante el diálogo, una solución duradera y aceptable que preserve la cultura y la región tibetana en el seno de la República Popular China”.

Ni los países occidentales ni el propio dalái lama son partidarios del boicot de los Juegos Olímpicos, y ello por varias razones. La primera es que el boicot, que significaría para China una monumental “pérdida de cara”, redundaría en un endurecimiento de la política de Pekín hacia la región. La segunda es que dificultaría mucho más un eventual acuerdo negociado, ya que este solo es posible contando con la buena disposición del Gobierno chino.

La tercera es el impacto sobre la política interna china. En los últimos 30 años se han producido en China enormes cambios económicos. El Banco Mundial dice que ha hecho en una generación lo que a la mayoría de países les ha costado siglos. Los efectos sociales, psicológicos y políticos del cambio económico son indudables. En China han aparecido nuevas clases sociales, se ha reducido el poder del Estado, hay cientos de miles de estudiantes en el extranjero, cientos de millones de teléfonos móviles e internautas, docenas de millones de turistas que van y vienen…

EN EL TERRRENO estrictamente político, aun sin abrazar una democracia liberal, se han dado pasos relevantes, como la introducción de los conceptos de Estado de derecho y de derechos humanos en la Constitución, el avance lento pero indudable en ambos campos, la legalización de la propiedad privada, las elecciones municipales en pueblos de hasta 10.000 habitantes, o la admisión de los empresarios privados, verdaderos capitalistas, en el que todavía se llama Partido Comunista de China.

El margen de libertad de los ciudadanos es significativo y creciente. Todo esto puede parecer poco si se compara con los países occidentales, pero no se habría podido ni soñar cuando Deng Xiaoping lanzó la reforma económica, 30 años atrás. Un boicot de los Juegos reforzaría a los elementos más nacionalistas e involucionistas.
Der Spiegel recoge las declaraciones de Liu Xiaobo, uno de los principales disidentes democráticos durante los sucesos de Tiananmen, en 1989, según las cuales el boicot de los Juegos Olímpicos no es la forma adecuada de castigar a China, que, si los Juegos fracasan, dejará de prestar al resto del mundo toda atención en materia de derechos humanos.

Una cuarta razón que desaconseja el boicot de los Juegos es su impacto sobre la política exterior china. Una integración de la emergente gran potencia en el orden internacional pacífica y satisfactoria para todos es uno de los imperativos geopolíticos del siglo que comienza. Esta integración ha tenido hitos fundamentales, como el inicio de la reforma económica, en 1978, o el ingreso de China en la Organización Mundial del Comercio (OMC), en el 2001. Otros dos hitos deben ser los Juegos Olímpicos de Pekín y la Expo de Shanghái, en el 2010. Que los Juegos, en vez de contribuir a la integración de China en el orden internacional, ayudaran, con una humillación, a lo contrario, sería desastroso para todo el mundo. Los tibetanos en primer lugar.

ES IMPORTANTE subrayar que el hombre de la calle está en China genuinamente indignado por el tratamiento que ha dado parte de la prensa occidental a los sucesos del Tíbet y por los incidentes en el recorrido de la antorcha olímpica. China no olvida que de mediados del siglo XIX a mediados del siglo XX fue sometida a explotación colonial, primero por las potencias occidentales y después por Japón, y sospecha que muchos desean evitar su reemergencia como una gran potencia. Así, en definitiva, tienen razón todos cuantos se oponen al boicot de los Juegos, empezando por la UE y por el propio dalái lama. Los Juegos nos darán una ocasión para dialogar con China y para contribuir a que se reemprendan las negociaciones que han de llevar a un acuerdo aceptable para ambas partes.

abril 21, 2008 Publicado por | China, juegos olímpicos, Tíbet | Dejar un comentario

>El último de los tibetanos

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Por Ian Buruma, profesor de Derechos Humanos en el Bard College (LA VANGUARDIA, 13/04/08):

¿Están condenados los tibetanos a sufrir la misma suerte que los indios estadounidenses? ¿Acabarán siendo poco más que una atracción turística, vendiendo recuerdos baratos de una cultura que alguna vez fue grande? Ese triste destino parece cada vez más probable y el año olímpico ya se ha visto opacado por los esfuerzos del Gobierno chino para reprimir la oposición a que llegue.

El destino de Tíbet no es simplemente cuestión de la opresión semicolonial. A menudo se olvida que muchos tibetanos, especialmente las personas educadas de las ciudades grandes, estaban tan ansiosos de modernizar su sociedad a mediados del siglo XX que vieron a los chinos comunistas como sus aliados en la lucha contra el gobierno de los monjes y los terratenientes. A principios de los años cincuenta, el joven Dalai Lama mismo quedó impresionado por las reformas chinas y escribió poemas en alabanza del presidente Mao.

Sin embargo, en lugar de reformar la sociedad y la cultura tibetanas, los chinos comunistas acabaron por destruirlas. En nombre del ateísmo marxista oficial, se aplastó la religión. Durante la revolución cultural, se demolieron monasterios y templos (a menudo con la ayuda de los guardias rojos tibetanos). Y el Dalai Lama y su séquito se vieron obligados a huir a India.

Nada de esto fue exclusivo de Tíbet. La destrucción de tradiciones y la uniformización cultural forzada sucedieron en todas partes de China. En algunos aspectos, los tibetanos recibieron un trato menos despiadado que la mayoría de los chinos. Tampoco la amenaza al carácter único tibetano ha provenido únicamente de los comunistas. En 1946, el general Chang Kai Chek declaró que los tibetanos eran chinos y ciertamente no les habría concedido la independencia si sus nacionalistas hubieran ganado la guerra civil.

Si el budismo tibetano ha resultado severamente dañado, el comunismo chino apenas ha sobrevivido a los estragos del siglo XX. Pero el desarrollo capitalista ha sido aún más devastador para la tradición tibetana. Tíbet se ha beneficiado de enormes cantidades de dinero chino para la energía y la modernización del país. Los tibetanos no se pueden quejar de quedarse atrás en la transformación de China de una ruina de Tercer Mundo a una maravilla de desarrollo urbano.

Pero el precio en Tíbet ha sido más alto que en cualquier otra parte. La identidad regional, la diversidad cultural y las artes y costumbres tradicionales han quedado sepultadas bajo el cemento, el acero y el vidrio por toda China, y todos los chinos respiran el mismo aire contaminado. Pero por lo menos, los chinos de la etnia han pueden sentir orgullo por el renacimiento de su fortuna nacional. Los tibetanos, por el contrario, sólo podrán compartir este sentimiento si se convierten plenamente en chinos.

Los chinos han exportado su versión del desarrollo moderno a Tíbet no sólo en arquitectura e infraestructuras, sino también en personas – oleada tras oleada de personas: empresarios de Sichuan, prostitutas de Hunan, tecnócratas de Pekín, funcionarios del Partido de Shanghai y tenderos de Yunan; la mayoría de la población de Lhasa ya no es tibetana-.

Dado que el idioma de enseñanza en las escuelas y universidades de Tíbet es el chino, todo el que quiera ser más que un campesino pobre, limosnero o vendedor de baratijas tiene que ajustarse a las normas chinas. Incluso los intelectuales tibetanos que quieren estudiar su propia literatura clásica deben hacerlo en traducciones al chino. Mientras, los turistas chinos y extranjeros se visten con ropa típica tibetana para tomarse fotos de recuerdo ante el antiguo palacio del Dalai Lama.

Ahora la religión se tolera en Tíbet, igual que en el resto de China, pero bajo condiciones estrictamente controladas. Los monasterios y los templos se explotan como atracciones turísticas, al tiempo que los agentes del Gobierno tratan de asegurar que los monjes respeten el orden. Todavía no han tenido un éxito total; el resentimiento entre los tibetanos es muy profundo. En las últimas semanas, ese resentimiento se desbordó, primero en los monasterios y después en las calles, contra los migrantes chinos han. El Dalai Lama ha dicho en repetidas ocasiones que no busca la independencia, y el Gobierno chino ciertamente se equivoca al culparlo de la violencia. Pero mientras Tíbet siga siendo parte de China, es difícil ver cómo podría sobrevivir su singular identidad cultural.

Fuera de Tíbet, sin embargo, la situación es otra. Si los chinos son responsables de extinguir el viejo estilo de vida en Tíbet, pueden ser, sin proponérselo, los causantes de que se mantenga vivo fuera. Al obligar al Dalai Lama a exilarse, han garantizado el establecimiento de una diáspora tibetana que bien podría sobrevivir de una manera más tradicional de lo que habría sido probable incluso en un Tíbet independiente. Las culturas de diáspora se nutren de sueños nostálgicos de volver.

¿Y quién puede decir que esos sueños nunca se cumplirán? Los judíos lograron aferrarse a los suyos durante casi dos mil años.

abril 14, 2008 Publicado por | China, Tíbet | Dejar un comentario

El último de los tibetanos

Por Ian Buruma, profesor de Derechos Humanos en el Bard College (LA VANGUARDIA, 13/04/08):

¿Están condenados los tibetanos a sufrir la misma suerte que los indios estadounidenses? ¿Acabarán siendo poco más que una atracción turística, vendiendo recuerdos baratos de una cultura que alguna vez fue grande? Ese triste destino parece cada vez más probable y el año olímpico ya se ha visto opacado por los esfuerzos del Gobierno chino para reprimir la oposición a que llegue.

El destino de Tíbet no es simplemente cuestión de la opresión semicolonial. A menudo se olvida que muchos tibetanos, especialmente las personas educadas de las ciudades grandes, estaban tan ansiosos de modernizar su sociedad a mediados del siglo XX que vieron a los chinos comunistas como sus aliados en la lucha contra el gobierno de los monjes y los terratenientes. A principios de los años cincuenta, el joven Dalai Lama mismo quedó impresionado por las reformas chinas y escribió poemas en alabanza del presidente Mao.

Sin embargo, en lugar de reformar la sociedad y la cultura tibetanas, los chinos comunistas acabaron por destruirlas. En nombre del ateísmo marxista oficial, se aplastó la religión. Durante la revolución cultural, se demolieron monasterios y templos (a menudo con la ayuda de los guardias rojos tibetanos). Y el Dalai Lama y su séquito se vieron obligados a huir a India.

Nada de esto fue exclusivo de Tíbet. La destrucción de tradiciones y la uniformización cultural forzada sucedieron en todas partes de China. En algunos aspectos, los tibetanos recibieron un trato menos despiadado que la mayoría de los chinos. Tampoco la amenaza al carácter único tibetano ha provenido únicamente de los comunistas. En 1946, el general Chang Kai Chek declaró que los tibetanos eran chinos y ciertamente no les habría concedido la independencia si sus nacionalistas hubieran ganado la guerra civil.

Si el budismo tibetano ha resultado severamente dañado, el comunismo chino apenas ha sobrevivido a los estragos del siglo XX. Pero el desarrollo capitalista ha sido aún más devastador para la tradición tibetana. Tíbet se ha beneficiado de enormes cantidades de dinero chino para la energía y la modernización del país. Los tibetanos no se pueden quejar de quedarse atrás en la transformación de China de una ruina de Tercer Mundo a una maravilla de desarrollo urbano.

Pero el precio en Tíbet ha sido más alto que en cualquier otra parte. La identidad regional, la diversidad cultural y las artes y costumbres tradicionales han quedado sepultadas bajo el cemento, el acero y el vidrio por toda China, y todos los chinos respiran el mismo aire contaminado. Pero por lo menos, los chinos de la etnia han pueden sentir orgullo por el renacimiento de su fortuna nacional. Los tibetanos, por el contrario, sólo podrán compartir este sentimiento si se convierten plenamente en chinos.

Los chinos han exportado su versión del desarrollo moderno a Tíbet no sólo en arquitectura e infraestructuras, sino también en personas – oleada tras oleada de personas: empresarios de Sichuan, prostitutas de Hunan, tecnócratas de Pekín, funcionarios del Partido de Shanghai y tenderos de Yunan; la mayoría de la población de Lhasa ya no es tibetana-.

Dado que el idioma de enseñanza en las escuelas y universidades de Tíbet es el chino, todo el que quiera ser más que un campesino pobre, limosnero o vendedor de baratijas tiene que ajustarse a las normas chinas. Incluso los intelectuales tibetanos que quieren estudiar su propia literatura clásica deben hacerlo en traducciones al chino. Mientras, los turistas chinos y extranjeros se visten con ropa típica tibetana para tomarse fotos de recuerdo ante el antiguo palacio del Dalai Lama.

Ahora la religión se tolera en Tíbet, igual que en el resto de China, pero bajo condiciones estrictamente controladas. Los monasterios y los templos se explotan como atracciones turísticas, al tiempo que los agentes del Gobierno tratan de asegurar que los monjes respeten el orden. Todavía no han tenido un éxito total; el resentimiento entre los tibetanos es muy profundo. En las últimas semanas, ese resentimiento se desbordó, primero en los monasterios y después en las calles, contra los migrantes chinos han. El Dalai Lama ha dicho en repetidas ocasiones que no busca la independencia, y el Gobierno chino ciertamente se equivoca al culparlo de la violencia. Pero mientras Tíbet siga siendo parte de China, es difícil ver cómo podría sobrevivir su singular identidad cultural.

Fuera de Tíbet, sin embargo, la situación es otra. Si los chinos son responsables de extinguir el viejo estilo de vida en Tíbet, pueden ser, sin proponérselo, los causantes de que se mantenga vivo fuera. Al obligar al Dalai Lama a exilarse, han garantizado el establecimiento de una diáspora tibetana que bien podría sobrevivir de una manera más tradicional de lo que habría sido probable incluso en un Tíbet independiente. Las culturas de diáspora se nutren de sueños nostálgicos de volver.

¿Y quién puede decir que esos sueños nunca se cumplirán? Los judíos lograron aferrarse a los suyos durante casi dos mil años.

abril 14, 2008 Publicado por | China, Tíbet | Dejar un comentario

>Como EEUU, China construye su imperio hacia el oeste / Just like America, China is building a multi-ethnic empire in the west

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Por Parag Khanna, director de The Global Governance Initiative e investigador de la New America Foundation. Este texto es un extracto del libro El segundo mundo: imperios e influencia en el nuevo orden global (Randomn -House), que aparecerá publicado la semana que viene (EL MUNDO / THE GUARDIAN, 27/03/08):

Es difícil encontrar un occidental que intuitivamente no apoye la idea de un Tíbet libre. Ahora bien, ¿acaso los norteamericanos dejarían que se les separaran Texas o California? En el caso de China, el juego de altos vuelos que se trajeron ingleses y rusos por el control del Asia central no concluyó ayuno de consecuencias ni de resultados, cosa que no puede decirse de Rusia o Gran Bretaña. De hecho, la gran ganadora de ese juego fue China.

Los acuerdos sobre fronteras de 1895 y 1907 dejaron en manos de Rusia el macizo de Pamir y establecieron el Pasillo de Vaján, la estrecha franja oriental de Afganistán fronteriza con China, para que hiciera de parachoques con Gran Bretaña. Sin embargo, en lugar de ceder a los rusos el Turkestán oriental (el Uigurstán), los británicos financiaron la recuperación del territorio por China, que lo integró en su seno con el nombre de Xinjiang (que literalmente significa Nuevos Dominios). Mientras que el Turkestán occidental fue dividido en las impenetrables stán soviéticas (las cinco repúblicas federadas de la URSS: Kazajstán, Kirguizistán, Uzbekistán, Tajikistán y Turkmenistán), China reafirmó su hegemonía tradicional sobre Xinjiang y el Tíbet, que en la actualidad constituyen sus dos provincias más extensas (y las menos estables; Pekín ha acusado ahora al Dalai Lama de confabularse con los uigures separatistas de confesión musulmana en Xinjiang). Sin embargo, el país sería sin ellos como Estados Unidos sin el territorio que hay al oeste de las Rocosas, un país al que se le negarían su majestad y su condición imperiales.

Todo mochilero que haya visitado el Tíbet y Xinjiang durante la pasada década sabrá que el imperio chino es absolutamente real: el negocio redondo de las regiones occidentales de China forma parte, sin duda alguna, del destino manifiesto de China. Con el final de la guerra civil en 1949, China volcó de manera inmediata todos sus esfuerzos en sobreponerse a «la tiranía del terreno» y en dominar las extensiones interminables de montañas y desiertos con los objetivos de explotar sus enormes recursos naturales, para lo que fundó colonias penitenciarias y bases militares, y de ampliar el Lebensraum o espacio vital de su población, que crecía en progresión geométrica.

Tanto el Tíbet como Xinjiang tienen la desgracia de poseer los recursos que China quiere y de interponerse en el camino que lleva a los recursos que China necesita: el Tíbet dispone de inmensas cantidades de árboles madereros, uranio y oro, y los dos territorios constituyen la puerta geográfica por la que China canaliza su flujo comercial hacia el exterior (y accede a la energía que llega al interior), con Kazajstán, Kirguizistán, Tajikistán, Afganistán y Pakistán.

Décadas de esfuerzos del ejército y de auténticas multitudes de trabajadores han abierto el camino a una hegemonía china que nadie osa cuestionar. El tren de las alturas que une Shanghai y Lhasa, que entró en servicio en el año 2006, no representa el punto de partida de la hegemonía china, sino su culminación.

El Tíbet y Xinjiang constituyen en la actualidad el marco idóneo para el nacimiento de un imperio multiétnico con una serie de características que a lo que más recuerdan es a la expansión de las fronteras norteamericanas hace ahora cerca de dos siglos. Los chinos están convencidos de su misión civilizadora tanto como lo estaban los colonos norteamericanos: ellos son los que traen el desarrollo y la modernidad. A los tibetanos, asiáticos y budistas, y a los uigures, turcomanos y musulmanes, los están arrancando del tercer mundo a marchas forzadas, les guste o no.

Ahora tienen carreteras, líneas de teléfono, hospitales y puestos de trabajo. Las matrículas escolares están bajando de precio o se han suprimido con el fin de promover la educación básica y la asimilación a China, la sinización. A diferencia de aquellos europeos que pretenden definir la Unión Europea como un club cristiano, los chinos no tienen inhibiciones a la hora de anexionarse territorios musulmanes. La nueva mitología del nacionalismo chino está basada no en ahogar a las minorías sino en garantizarles una condición común dentro de un estado paternalista: a uigures y tibetanos, aunque no sean han (chinos auténticos, por el nombre de la dinastía Han, reinante del 206 a. de J.C. al 220 d. de. J.C.), se les dice que son chinos.

«La Unión Soviética se hundió porque experimentaron prematuramente con la glasnost (transparencia) antes de haber conseguido la unidad entre los pueblos», explica en Shanghai un intelectual chino dedicado al estudio de Asia central. Los grandes imperios se mantienen mediante una combinación de fuerza y normas legales; como ilustran los sucesos de las últimas semanas, China está firmemente decidida a no variar de postura.

Hasta en los rincones más remotos del Tíbet existen pequeñas bases que albergan unidades del Ejército Popular de Liberación, con soldados que practican dos veces al día artes marciales en las plazas públicas, con frecuencia, justo al lado de antiguos stupa (monumentos funerarios) budistas, lo que resulta amenazador. Suele darse el caso de que zonas de jungla inaccesible, declaradas espacios protegidos por razones medioambientales, sean en realidad campamentos militares. Los rótulos en los que se lee un desafiante Tibet power (poder tibetano, en traducción literal) se refieren exclusivamente a la empresa china de electricidad de ese nombre (power significa también energía o electricidad).

China ha bombeado miles de millones de dólares en desarrollo con la esperanza de granjearse la buena voluntad de los apenas tres millones de tibetanos. En Lhasa, barrios de casas de piedra prácticamente en ruina han sido reemplazados por viviendas sólidas construidas a lo largo de las vías públicas que conectan la ciudad con la nueva estación de ferrocarril. La consecuencia de la modernidad china, sin embargo, es que una ciudad que tiempo atrás simbolizó la autenticidad cultural ha pasado a ser simplemente un lugar remoto en el que todavía hay más yaks que personas.

Una recompensa aún mayor que el Tíbet es el mucho más extenso y más poblado territorio de Xinjiang, con sus yacimientos de petróleo, sus desiertos y sus montañas. La absorción demográfica ha sido descrita como «segregacionismo con características chinas». Los musulmanes de Xinjiang han sido siempre levantiscos e incluso por un breve periodo de tiempo, al final de la guerra civil, proclamaron un Turkestán oriental independiente. Sin embargo, con la campaña Desarrollar el oeste, llevada a cabo en los años 50, comenzó la masiva repoblación han y, durante la revolución cultural, Xinjiang quedó sellada a cal y canto para proceder a una matanza generalizada, con destrucción de la mezquita y quema del Corán. Los violentos enfrentamientos que tuvieron lugar en en 1996 Urumqi, la capital de Xinjiang, demostraron que ninguna cultura islámica, aún pacífica, tenía posibilidades de salir adelante en una situación controlada por los chinos. China paralizó la reconstrucción de la mezquita y lanzó la campaña Dales duro, durante la cual metió en la cárcel y ejecutó a centenares de presuntos separatistas. Aún hoy día pueden verse los resultados del plan que Mao y Deng pusieron en marcha pero que no se llegó a completar: una línea de ferrocarril y una carretera para transportar carbón, emigrantes y mercancías a lo largo del desierto de Taklamakan, lo que facilitaba la hanificación de una provincia en la que los uigures no representan en la actualidad más que la mitad de la población.

La aniquilación de la población local, de su historia y de su arquitectura, así como su sustitución por brillantes rascacielos, que rinden homenaje al moderno capitalismo chino, ha convertido Urumqi en la Shanghai de la Ruta de la Seda a su paso por el norte. Una autopista de seis carriles atraviesa la ciudad y la mayoría han llena de gasolina los depósitos de sus flamantes coches japoneses en las enormes gasolineras de Sinopec y PetroChina. Urumqi bulle de comerciantes de Rusia y Pakistán y de todas las stán que hay por medio, que acuden a comprar productos chinos baratos para revenderlos en sus lugares de origen sacándoles un beneficio. Los uigures son en la actualidad una minoría marginada dentro de la ciudad. Los turistas chinos abarrotan las escasas atracciones naturales accesibles y han hecho que el Lago Celestial, de aguas de color esmeralda, haya dejado de ser celestial.

No deja de resultar irónico que la sensación prácticamente absoluta de seguridad que China tiene en relación con estas dos provincias constituya la mayor esperanza de cara a una glasnost china: China ya no percibe que haya la menor resistencia a su hegemonía por lo que algún día podría aflojarse ese control. Los tibetanos, tan entregados a las cuestiones del espíritu, llevan muchísimo tiempo mirando al sur, a Nepal y a la India, en busca de un apuntalamiento de su cultura y, ya en el siglo XVIII, Tíbet disfrutaba de una autonomía funcional con permiso de China, un modelo cuya recuperación ha propuesto el actual Dalai Lama. Una vez que el jefe espiritual budista haya abandonado la escena, es posible que China sienta una menor inquietud por los intercambios culturales entre budistas y que incluso restablezca el papel que tuvo el Tíbet como zona de paso de la Ruta de la Seda cuando se esculpieron las Cuevas de los Mil Budas en Dunhuang, hace más de 1.000 años.

Los tibetanos y los uigures irán ganando con el tiempo una mayor prosperidad que sus vecinos mongoles, kirguizos, tajikos, afganos, paquistaníes, indios y nepalíes, todo lo cual proporcionará posiblemente a los chinos una base para la reivindicación de su hegemonía no belicosa en otras partes de Asia. Sin embargo, China conseguirá esta hegemonía antes de lo que dice.

********************

It is difficult to find a westerner who does not intuitively support the idea of a free Tibet. But would Americans ever let go of Texas or California? For China, the Anglo-Russian great game for control of central Asia was neither inconclusive nor fruitless, something that cannot be said for Russia or Britain. Indeed, China was the big winner.

Boundary agreements in 1895 and 1907 gave Russia the Pamir mountains and established the Wakhan Corridor – the slender eastern tongue of Afghanistan that borders China – as a buffer to Britain. But rather than cede East Turkestan (Uighurstan) to the Russians, the British financed China’s recapture of the territory, which it organised into Xinjiang (which means “New Dominions”). While West Turkestan was splintered into the hermetic Soviet Stans, China reasserted its traditional dominance over Xinjiang and Tibet, today its largest – and least stable – provinces. (Beijing has now accused the Dalai Lama of colluding with Muslim Uighur separatists in Xinjiang.) But without them, the country would be like America without all territory west of the Rockies: denied its continental majesty and status.

Every backpacker who has visited Tibet and Xinjiang in the past decade knows that the Chinese empire is painfully real: the western region’s going concern is undoubtedly Chinese Manifest Destiny. With the end of the civil war in 1949, China endeavoured immediately to overcome the “tyranny of terrain” and tame the interminable mountain and desert landscapes with the aim of exploiting vast natural assets, establishing penal colonies and military bases, and expand the Lebensraum for its exploding population.

Both Tibet and Xinjiang have the misfortune of possessing resources China wants and of being situated on the path to resources China needs: Tibet has vast amounts of timber, uranium and gold, and the two territories constitute China’s geographic gateway for trade flow outward – and energy flow inward – with Kazakhstan, Kyrgyzstan, Tajikistan, Afghanistan and Pakistan.

Decades of labour by the army and swarms of workers have paved the way for unchallenged Chinese dominance. The high-altitude train linking Shanghai and Lhasa that began service in 2006 represents not the beginning of Chinese hegemony, but its culmination.

Tibet and Xinjiang today set the stage for the birth of a multi-ethnic empire in ways that resemble nothing so much as America’s frontier expansion nearly two centuries ago. Chinese think about their mission civilatrice much as American settlers did: they are bringing development and modernity. Asiatic, Buddhist Tibetans and Turkic, Muslim Uighurs are being lifted out of the third world – whether they like it or not.

They are getting roads, telephone lines, hospitals and jobs. School fees are being reduced or abolished to promote basic education and Chineseness. Unlike those Europeans who seek to define the EU as a Christian club, there are no Chinese inhibitions about incorporating Muslim territories. The new mythology of Chinese nationalism is based not on expunging minorities but granting them a common status in the paternalistic state: Uighurs and Tibetans, though not Han, are told they are Chinese.

“The Soviet Union collapsed because they experimented with glasnost prematurely, before the achieved unity among the peoples,” explains a Chinese intellectual in Shanghai who studies central Asia. Large empires are maintained through a combination of force and law; and as recent weeks illustrate, China is determined not to waver.

In even the remotest corners of Tibet, small bases house platoons of the People’s Liberation Army, with soldiers menacingly practising martial arts twice daily in public squares, often right next to ancient Buddhist stupas. Inaccessible jungle areas designated environmentally protected zones are often actually military encampments. Signs trumpeting “Tibet power” refer strictly to the Chinese electricity company.

China has pumped in billions of development dollars, hoping to generate goodwill among the scarcely 3 million Tibetans. In Lhasa, crumbling stone quarters have been replaced with sturdy homes built along thoroughfares connecting the city to the new railway station. The consequence of Chinese modernity, however, is that a city that once symbolised cultural authenticity has become merely a gateway to the remote plateaus where wild yak still outnumber people.

An even greater prize than Tibet is the far larger and more populous Xinjiang, with its oil deposits, deserts and mountains. Its demographic dilution has been dubbed “apartheid with Chinese characteristics”. Xinjiang’s Muslims have always been unruly, even briefly securing an independent East Turkestan at the end of the civil war. But massive Han resettlement began with the “Develop the west” campaign of the 1950s, and in the cultural revolution Xinjiang was sealed off for a massive pogrom of mosque destruction and Qur’an burning. Violent clashes in Urumqi, Xinjiang’s capital, in 1996 proved that no peaceful Islamic culture would prevail in a Chinese-dominated environment. China suspended all mosque reconstruction and launched a “Strike Hard” campaign, imprisoning and executing hundreds of suspected separatists. Today one can see the results of a programme Mao and Deng began, but never completed: a railway and highway transporting coal, migrants and goods across the Taklamakan desert, facilitating the Hanification of a province where Uighurs now make up only half the population.

The annihilation of local people, history and architecture, and their replacement with shiny skyscrapers paying tribute to modern Chinese capitalism, make Urumqi the Shanghai of the northern Silk Road. A six-lane freeway runs through the city, and the Han majority fill up spiffy Japanese cars at the large Sinopec and PetroChina petrol stations. Urumqui buzzes with traders from Russia to Pakistan and all Stans in between, who buy cheap Chinese goods to be sold back home at a profit. Uighurs are now a marginalised minority in the city. Chinese tourists crowd the few accessible natural attractions, making the emerald-coloured Heavenly Lake no longer very heavenly.

Ironically, China’s near absolute sense of security over both provinces is the greatest hope for a Chinese glasnost: China no longer faces any meaningful resistance to its rule and so some day may lighten up. Spiritual Tibetans have long looked south to Nepal and India for their cultural underpinnings, and in the 18th century Tibet was allowed a functional autonomy from China, a model the current Dalai Lama has proposed. Once he passes the scene, China might be less anxious about cultural exchange between Buddhists, further restoring Tibet’s role as the Silk Road passage it was when Dunhuang’s Caves of the Thousand Buddhas were carved, more than a millennium ago.

Tibetans and Uighurs will gradually become more prosperous than their neighbouring Mongols, Kyrgyz, Tajiks, Afghans, Pakistanis, Indians, and Nepalis – and this may provide a basis for Chinese claims of a benevolent hegemony elsewhere in Asia. But China will achieve that dominance before it talks about it.

abril 1, 2008 Publicado por | China, Tíbet | Dejar un comentario

Como EEUU, China construye su imperio hacia el oeste / Just like America, China is building a multi-ethnic empire in the west

Por Parag Khanna, director de The Global Governance Initiative e investigador de la New America Foundation. Este texto es un extracto del libro El segundo mundo: imperios e influencia en el nuevo orden global (Randomn -House), que aparecerá publicado la semana que viene (EL MUNDO / THE GUARDIAN, 27/03/08):

Es difícil encontrar un occidental que intuitivamente no apoye la idea de un Tíbet libre. Ahora bien, ¿acaso los norteamericanos dejarían que se les separaran Texas o California? En el caso de China, el juego de altos vuelos que se trajeron ingleses y rusos por el control del Asia central no concluyó ayuno de consecuencias ni de resultados, cosa que no puede decirse de Rusia o Gran Bretaña. De hecho, la gran ganadora de ese juego fue China.

Los acuerdos sobre fronteras de 1895 y 1907 dejaron en manos de Rusia el macizo de Pamir y establecieron el Pasillo de Vaján, la estrecha franja oriental de Afganistán fronteriza con China, para que hiciera de parachoques con Gran Bretaña. Sin embargo, en lugar de ceder a los rusos el Turkestán oriental (el Uigurstán), los británicos financiaron la recuperación del territorio por China, que lo integró en su seno con el nombre de Xinjiang (que literalmente significa Nuevos Dominios). Mientras que el Turkestán occidental fue dividido en las impenetrables stán soviéticas (las cinco repúblicas federadas de la URSS: Kazajstán, Kirguizistán, Uzbekistán, Tajikistán y Turkmenistán), China reafirmó su hegemonía tradicional sobre Xinjiang y el Tíbet, que en la actualidad constituyen sus dos provincias más extensas (y las menos estables; Pekín ha acusado ahora al Dalai Lama de confabularse con los uigures separatistas de confesión musulmana en Xinjiang). Sin embargo, el país sería sin ellos como Estados Unidos sin el territorio que hay al oeste de las Rocosas, un país al que se le negarían su majestad y su condición imperiales.

Todo mochilero que haya visitado el Tíbet y Xinjiang durante la pasada década sabrá que el imperio chino es absolutamente real: el negocio redondo de las regiones occidentales de China forma parte, sin duda alguna, del destino manifiesto de China. Con el final de la guerra civil en 1949, China volcó de manera inmediata todos sus esfuerzos en sobreponerse a «la tiranía del terreno» y en dominar las extensiones interminables de montañas y desiertos con los objetivos de explotar sus enormes recursos naturales, para lo que fundó colonias penitenciarias y bases militares, y de ampliar el Lebensraum o espacio vital de su población, que crecía en progresión geométrica.

Tanto el Tíbet como Xinjiang tienen la desgracia de poseer los recursos que China quiere y de interponerse en el camino que lleva a los recursos que China necesita: el Tíbet dispone de inmensas cantidades de árboles madereros, uranio y oro, y los dos territorios constituyen la puerta geográfica por la que China canaliza su flujo comercial hacia el exterior (y accede a la energía que llega al interior), con Kazajstán, Kirguizistán, Tajikistán, Afganistán y Pakistán.

Décadas de esfuerzos del ejército y de auténticas multitudes de trabajadores han abierto el camino a una hegemonía china que nadie osa cuestionar. El tren de las alturas que une Shanghai y Lhasa, que entró en servicio en el año 2006, no representa el punto de partida de la hegemonía china, sino su culminación.

El Tíbet y Xinjiang constituyen en la actualidad el marco idóneo para el nacimiento de un imperio multiétnico con una serie de características que a lo que más recuerdan es a la expansión de las fronteras norteamericanas hace ahora cerca de dos siglos. Los chinos están convencidos de su misión civilizadora tanto como lo estaban los colonos norteamericanos: ellos son los que traen el desarrollo y la modernidad. A los tibetanos, asiáticos y budistas, y a los uigures, turcomanos y musulmanes, los están arrancando del tercer mundo a marchas forzadas, les guste o no.

Ahora tienen carreteras, líneas de teléfono, hospitales y puestos de trabajo. Las matrículas escolares están bajando de precio o se han suprimido con el fin de promover la educación básica y la asimilación a China, la sinización. A diferencia de aquellos europeos que pretenden definir la Unión Europea como un club cristiano, los chinos no tienen inhibiciones a la hora de anexionarse territorios musulmanes. La nueva mitología del nacionalismo chino está basada no en ahogar a las minorías sino en garantizarles una condición común dentro de un estado paternalista: a uigures y tibetanos, aunque no sean han (chinos auténticos, por el nombre de la dinastía Han, reinante del 206 a. de J.C. al 220 d. de. J.C.), se les dice que son chinos.

«La Unión Soviética se hundió porque experimentaron prematuramente con la glasnost (transparencia) antes de haber conseguido la unidad entre los pueblos», explica en Shanghai un intelectual chino dedicado al estudio de Asia central. Los grandes imperios se mantienen mediante una combinación de fuerza y normas legales; como ilustran los sucesos de las últimas semanas, China está firmemente decidida a no variar de postura.

Hasta en los rincones más remotos del Tíbet existen pequeñas bases que albergan unidades del Ejército Popular de Liberación, con soldados que practican dos veces al día artes marciales en las plazas públicas, con frecuencia, justo al lado de antiguos stupa (monumentos funerarios) budistas, lo que resulta amenazador. Suele darse el caso de que zonas de jungla inaccesible, declaradas espacios protegidos por razones medioambientales, sean en realidad campamentos militares. Los rótulos en los que se lee un desafiante Tibet power (poder tibetano, en traducción literal) se refieren exclusivamente a la empresa china de electricidad de ese nombre (power significa también energía o electricidad).

China ha bombeado miles de millones de dólares en desarrollo con la esperanza de granjearse la buena voluntad de los apenas tres millones de tibetanos. En Lhasa, barrios de casas de piedra prácticamente en ruina han sido reemplazados por viviendas sólidas construidas a lo largo de las vías públicas que conectan la ciudad con la nueva estación de ferrocarril. La consecuencia de la modernidad china, sin embargo, es que una ciudad que tiempo atrás simbolizó la autenticidad cultural ha pasado a ser simplemente un lugar remoto en el que todavía hay más yaks que personas.

Una recompensa aún mayor que el Tíbet es el mucho más extenso y más poblado territorio de Xinjiang, con sus yacimientos de petróleo, sus desiertos y sus montañas. La absorción demográfica ha sido descrita como «segregacionismo con características chinas». Los musulmanes de Xinjiang han sido siempre levantiscos e incluso por un breve periodo de tiempo, al final de la guerra civil, proclamaron un Turkestán oriental independiente. Sin embargo, con la campaña Desarrollar el oeste, llevada a cabo en los años 50, comenzó la masiva repoblación han y, durante la revolución cultural, Xinjiang quedó sellada a cal y canto para proceder a una matanza generalizada, con destrucción de la mezquita y quema del Corán. Los violentos enfrentamientos que tuvieron lugar en en 1996 Urumqi, la capital de Xinjiang, demostraron que ninguna cultura islámica, aún pacífica, tenía posibilidades de salir adelante en una situación controlada por los chinos. China paralizó la reconstrucción de la mezquita y lanzó la campaña Dales duro, durante la cual metió en la cárcel y ejecutó a centenares de presuntos separatistas. Aún hoy día pueden verse los resultados del plan que Mao y Deng pusieron en marcha pero que no se llegó a completar: una línea de ferrocarril y una carretera para transportar carbón, emigrantes y mercancías a lo largo del desierto de Taklamakan, lo que facilitaba la hanificación de una provincia en la que los uigures no representan en la actualidad más que la mitad de la población.

La aniquilación de la población local, de su historia y de su arquitectura, así como su sustitución por brillantes rascacielos, que rinden homenaje al moderno capitalismo chino, ha convertido Urumqi en la Shanghai de la Ruta de la Seda a su paso por el norte. Una autopista de seis carriles atraviesa la ciudad y la mayoría han llena de gasolina los depósitos de sus flamantes coches japoneses en las enormes gasolineras de Sinopec y PetroChina. Urumqi bulle de comerciantes de Rusia y Pakistán y de todas las stán que hay por medio, que acuden a comprar productos chinos baratos para revenderlos en sus lugares de origen sacándoles un beneficio. Los uigures son en la actualidad una minoría marginada dentro de la ciudad. Los turistas chinos abarrotan las escasas atracciones naturales accesibles y han hecho que el Lago Celestial, de aguas de color esmeralda, haya dejado de ser celestial.

No deja de resultar irónico que la sensación prácticamente absoluta de seguridad que China tiene en relación con estas dos provincias constituya la mayor esperanza de cara a una glasnost china: China ya no percibe que haya la menor resistencia a su hegemonía por lo que algún día podría aflojarse ese control. Los tibetanos, tan entregados a las cuestiones del espíritu, llevan muchísimo tiempo mirando al sur, a Nepal y a la India, en busca de un apuntalamiento de su cultura y, ya en el siglo XVIII, Tíbet disfrutaba de una autonomía funcional con permiso de China, un modelo cuya recuperación ha propuesto el actual Dalai Lama. Una vez que el jefe espiritual budista haya abandonado la escena, es posible que China sienta una menor inquietud por los intercambios culturales entre budistas y que incluso restablezca el papel que tuvo el Tíbet como zona de paso de la Ruta de la Seda cuando se esculpieron las Cuevas de los Mil Budas en Dunhuang, hace más de 1.000 años.

Los tibetanos y los uigures irán ganando con el tiempo una mayor prosperidad que sus vecinos mongoles, kirguizos, tajikos, afganos, paquistaníes, indios y nepalíes, todo lo cual proporcionará posiblemente a los chinos una base para la reivindicación de su hegemonía no belicosa en otras partes de Asia. Sin embargo, China conseguirá esta hegemonía antes de lo que dice.

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It is difficult to find a westerner who does not intuitively support the idea of a free Tibet. But would Americans ever let go of Texas or California? For China, the Anglo-Russian great game for control of central Asia was neither inconclusive nor fruitless, something that cannot be said for Russia or Britain. Indeed, China was the big winner.

Boundary agreements in 1895 and 1907 gave Russia the Pamir mountains and established the Wakhan Corridor – the slender eastern tongue of Afghanistan that borders China – as a buffer to Britain. But rather than cede East Turkestan (Uighurstan) to the Russians, the British financed China’s recapture of the territory, which it organised into Xinjiang (which means “New Dominions”). While West Turkestan was splintered into the hermetic Soviet Stans, China reasserted its traditional dominance over Xinjiang and Tibet, today its largest – and least stable – provinces. (Beijing has now accused the Dalai Lama of colluding with Muslim Uighur separatists in Xinjiang.) But without them, the country would be like America without all territory west of the Rockies: denied its continental majesty and status.

Every backpacker who has visited Tibet and Xinjiang in the past decade knows that the Chinese empire is painfully real: the western region’s going concern is undoubtedly Chinese Manifest Destiny. With the end of the civil war in 1949, China endeavoured immediately to overcome the “tyranny of terrain” and tame the interminable mountain and desert landscapes with the aim of exploiting vast natural assets, establishing penal colonies and military bases, and expand the Lebensraum for its exploding population.

Both Tibet and Xinjiang have the misfortune of possessing resources China wants and of being situated on the path to resources China needs: Tibet has vast amounts of timber, uranium and gold, and the two territories constitute China’s geographic gateway for trade flow outward – and energy flow inward – with Kazakhstan, Kyrgyzstan, Tajikistan, Afghanistan and Pakistan.

Decades of labour by the army and swarms of workers have paved the way for unchallenged Chinese dominance. The high-altitude train linking Shanghai and Lhasa that began service in 2006 represents not the beginning of Chinese hegemony, but its culmination.

Tibet and Xinjiang today set the stage for the birth of a multi-ethnic empire in ways that resemble nothing so much as America’s frontier expansion nearly two centuries ago. Chinese think about their mission civilatrice much as American settlers did: they are bringing development and modernity. Asiatic, Buddhist Tibetans and Turkic, Muslim Uighurs are being lifted out of the third world – whether they like it or not.

They are getting roads, telephone lines, hospitals and jobs. School fees are being reduced or abolished to promote basic education and Chineseness. Unlike those Europeans who seek to define the EU as a Christian club, there are no Chinese inhibitions about incorporating Muslim territories. The new mythology of Chinese nationalism is based not on expunging minorities but granting them a common status in the paternalistic state: Uighurs and Tibetans, though not Han, are told they are Chinese.

“The Soviet Union collapsed because they experimented with glasnost prematurely, before the achieved unity among the peoples,” explains a Chinese intellectual in Shanghai who studies central Asia. Large empires are maintained through a combination of force and law; and as recent weeks illustrate, China is determined not to waver.

In even the remotest corners of Tibet, small bases house platoons of the People’s Liberation Army, with soldiers menacingly practising martial arts twice daily in public squares, often right next to ancient Buddhist stupas. Inaccessible jungle areas designated environmentally protected zones are often actually military encampments. Signs trumpeting “Tibet power” refer strictly to the Chinese electricity company.

China has pumped in billions of development dollars, hoping to generate goodwill among the scarcely 3 million Tibetans. In Lhasa, crumbling stone quarters have been replaced with sturdy homes built along thoroughfares connecting the city to the new railway station. The consequence of Chinese modernity, however, is that a city that once symbolised cultural authenticity has become merely a gateway to the remote plateaus where wild yak still outnumber people.

An even greater prize than Tibet is the far larger and more populous Xinjiang, with its oil deposits, deserts and mountains. Its demographic dilution has been dubbed “apartheid with Chinese characteristics”. Xinjiang’s Muslims have always been unruly, even briefly securing an independent East Turkestan at the end of the civil war. But massive Han resettlement began with the “Develop the west” campaign of the 1950s, and in the cultural revolution Xinjiang was sealed off for a massive pogrom of mosque destruction and Qur’an burning. Violent clashes in Urumqi, Xinjiang’s capital, in 1996 proved that no peaceful Islamic culture would prevail in a Chinese-dominated environment. China suspended all mosque reconstruction and launched a “Strike Hard” campaign, imprisoning and executing hundreds of suspected separatists. Today one can see the results of a programme Mao and Deng began, but never completed: a railway and highway transporting coal, migrants and goods across the Taklamakan desert, facilitating the Hanification of a province where Uighurs now make up only half the population.

The annihilation of local people, history and architecture, and their replacement with shiny skyscrapers paying tribute to modern Chinese capitalism, make Urumqi the Shanghai of the northern Silk Road. A six-lane freeway runs through the city, and the Han majority fill up spiffy Japanese cars at the large Sinopec and PetroChina petrol stations. Urumqui buzzes with traders from Russia to Pakistan and all Stans in between, who buy cheap Chinese goods to be sold back home at a profit. Uighurs are now a marginalised minority in the city. Chinese tourists crowd the few accessible natural attractions, making the emerald-coloured Heavenly Lake no longer very heavenly.

Ironically, China’s near absolute sense of security over both provinces is the greatest hope for a Chinese glasnost: China no longer faces any meaningful resistance to its rule and so some day may lighten up. Spiritual Tibetans have long looked south to Nepal and India for their cultural underpinnings, and in the 18th century Tibet was allowed a functional autonomy from China, a model the current Dalai Lama has proposed. Once he passes the scene, China might be less anxious about cultural exchange between Buddhists, further restoring Tibet’s role as the Silk Road passage it was when Dunhuang’s Caves of the Thousand Buddhas were carved, more than a millennium ago.

Tibetans and Uighurs will gradually become more prosperous than their neighbouring Mongols, Kyrgyz, Tajiks, Afghans, Pakistanis, Indians, and Nepalis – and this may provide a basis for Chinese claims of a benevolent hegemony elsewhere in Asia. But China will achieve that dominance before it talks about it.

abril 1, 2008 Publicado por | China, Tíbet | Dejar un comentario

>Injerencia o silencio en el Tíbet

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Por Mateos Madridejos, periodista e historiador (EL PERIÓDICO, 22/03/08):

La trágica convulsión del Tíbet era previsible, y probablemente inevitable, como protesta anticipada por los Juegos Olímpicos de Pekín, un acontecimiento que desde hace mucho tiempo se configura como arma política y propagandística por los anfitriones y por los que protestan y/o se escandalizan por su celebración en un país poco respetuoso con el espíritu olímpico y los valores de la democracia. Tan pronto como China decidió que la antorcha, símbolo universal de los JJOO, visitara Taiwán y el Tíbet, las fuerzas secesionistas de ambos territorios pusieron el grito en el cielo.

La represión arreció a medida que se aproximaban los Juegos, como reveló un informe de Amnistía Internacional, de abril del 2007, mientras Pekín condenaba, como es habitual en las dictaduras, la politización del evento con el objetivo de “perjudicar la imagen de China y ejercer presión sobre su Gobierno”. No es menos cierto que los defensores de los derechos humanos apelaron al Comité Olímpico, denunciaron la colusión china con el régimen de Sudán, responsable de los crímenes de Darfur, y lanzaron una campaña denigrando los Genocide Olimpics.

Tras los disturbios de Lasa, el primer ministro chino, Wen Jiabao, salió a escena para dictar una diatriba contra el dalái lama y asegurar que las protestas fueron “fomentadas y organizadas por la camarilla” que le rodea, para “sabotear los Juegos”, acusación cuya retórica recuerda los dicterios que los guardias rojos, armados con el libro de Mao, arrojaban contra el grupo de dirigentes acusados de seguir “la senda capitalista” durante la tumultuosa revolución cultural (1965-1966). Algo parecido al sermón absolutorio que Deng Xiaoping pronunció ante los jerarcas del régimen tras haber ahogado en sangre la revuelta de Tiananmen (junio de 1989.

China está sometida a un régimen despótico, de capitalismo exacerbado, mas el partido comunista mantiene el monopolio de la actividad política y, por supuesto, de la represión. Si el Comité Olímpico creyó en algún momento que los JJOO servirían para ampliar los estrechos límites de la tolerancia y mitigar la represión, confundió sus deseos con la realidad. El secretario general de la ONU exhorta a las autoridades de Pekín a la moderación y la Unión Europea sostiene sin razonarlo que el boicot olímpico es ineficaz, quizá porque China no puede ser tratada como Serbia.

SEGÚN EL disidente Wei Jingsheng, que pasó 18 años en las cárceles chinas, “solo la presión internacional combinada con la interna puede ofrecer sólidos resultados”. Pero tanto el Comité Olímpico, escondido detrás del apoliticismo, como las potencias occidentales que miran para otro lado olvidan que la concesión de los Juegos implicaba como contrapartida una sustancial mejora de los derechos humanos y la promesa de Pekín de no utilizar la fuerza contra los que son víctimas de una opresión que se confunde con la historia del régimen.

Si el dalái lama es sincero cuando aboga por la autonomía cultural, no por la independencia, reconoce su “impotencia” y rechaza cualquier responsabilidad en el motín, todo parece indicar que los activistas de Lasa y los jóvenes exiliados que organizan las marchas Free Tibet 2008 rechazan tanto el proyecto del jefe espiritual refugiado en la India desde 1959 como la fallida estrategia de la no violencia. El escritor Tenzin Tsundue declaró recientemente que la pretensión del dalái lama era patética y “altamente improbable” porque China jamás otorgará una genuina autonomía al Tíbet.

Pekín se mostrará inflexible mientras la agitación no decaiga. Al valor geopolítico del Tíbet se une el temor de alentar un movimiento susceptible de abrir la caja de pandora de las minorías en otras regiones periféricas en las que anida una creciente hostilidad hacia los han, la etnia mayoritaria. Si los tibetanos denuncian la sinización abusiva, las trampas burocráticas o el traslado de poblaciones, el Gobierno chino explota la fiebre nacionalista, que alcanza su paroxismo en internet, y fustiga la supuesta conspiración exterior. Por eso la India extrema las precauciones y exige prudencia a los exiliados.

NADIE ESTÁ interesado en el descarrilamiento de la economía china, uno de los pilares del progreso asociado con la globalización. Un poder fuerte en Pekín, que garantice la unidad del país, la coordinación de tan gigantesco esfuerzo y la disciplina laboral, constituye una necesidad insustituible. Tratándose de China, potencia nuclear que dispone del mayor ejército del mundo, el naciente derecho de injerencia humanitaria entra en colisión con la soberanía, base del orden jurídico internacional. Con la ONU, donde Pekín tiene derecho de veto, o más allá de la ONU.

La anarquía, la destrucción o debilitamiento de un Estado, aun en defensa de la libertad, es siempre un acto políticamente arriesgado y moralmente problemático. Las democracias deberían reflexionar sobre la mejor acción conjunta para llenar el vacío que se abre entre la no injerencia, el ineficaz boicot de los JJOO y la intolerable pasividad. Hay que enterrar la deificación del mercantilismo, el doble rasero (liberad Kosovo y abandonad el Tíbet) y el cinismo que prevalece en las relaciones entre las potencias. O el error del Departamento de Estado de EEUU, que retiró a China de la lista de países que pisotean los derechos humanos, o el silencio en vez de la denuncia del horror.

marzo 31, 2008 Publicado por | China, Tíbet | Dejar un comentario

Injerencia o silencio en el Tíbet

Por Mateos Madridejos, periodista e historiador (EL PERIÓDICO, 22/03/08):

La trágica convulsión del Tíbet era previsible, y probablemente inevitable, como protesta anticipada por los Juegos Olímpicos de Pekín, un acontecimiento que desde hace mucho tiempo se configura como arma política y propagandística por los anfitriones y por los que protestan y/o se escandalizan por su celebración en un país poco respetuoso con el espíritu olímpico y los valores de la democracia. Tan pronto como China decidió que la antorcha, símbolo universal de los JJOO, visitara Taiwán y el Tíbet, las fuerzas secesionistas de ambos territorios pusieron el grito en el cielo.

La represión arreció a medida que se aproximaban los Juegos, como reveló un informe de Amnistía Internacional, de abril del 2007, mientras Pekín condenaba, como es habitual en las dictaduras, la politización del evento con el objetivo de “perjudicar la imagen de China y ejercer presión sobre su Gobierno”. No es menos cierto que los defensores de los derechos humanos apelaron al Comité Olímpico, denunciaron la colusión china con el régimen de Sudán, responsable de los crímenes de Darfur, y lanzaron una campaña denigrando los Genocide Olimpics.

Tras los disturbios de Lasa, el primer ministro chino, Wen Jiabao, salió a escena para dictar una diatriba contra el dalái lama y asegurar que las protestas fueron “fomentadas y organizadas por la camarilla” que le rodea, para “sabotear los Juegos”, acusación cuya retórica recuerda los dicterios que los guardias rojos, armados con el libro de Mao, arrojaban contra el grupo de dirigentes acusados de seguir “la senda capitalista” durante la tumultuosa revolución cultural (1965-1966). Algo parecido al sermón absolutorio que Deng Xiaoping pronunció ante los jerarcas del régimen tras haber ahogado en sangre la revuelta de Tiananmen (junio de 1989.

China está sometida a un régimen despótico, de capitalismo exacerbado, mas el partido comunista mantiene el monopolio de la actividad política y, por supuesto, de la represión. Si el Comité Olímpico creyó en algún momento que los JJOO servirían para ampliar los estrechos límites de la tolerancia y mitigar la represión, confundió sus deseos con la realidad. El secretario general de la ONU exhorta a las autoridades de Pekín a la moderación y la Unión Europea sostiene sin razonarlo que el boicot olímpico es ineficaz, quizá porque China no puede ser tratada como Serbia.

SEGÚN EL disidente Wei Jingsheng, que pasó 18 años en las cárceles chinas, “solo la presión internacional combinada con la interna puede ofrecer sólidos resultados”. Pero tanto el Comité Olímpico, escondido detrás del apoliticismo, como las potencias occidentales que miran para otro lado olvidan que la concesión de los Juegos implicaba como contrapartida una sustancial mejora de los derechos humanos y la promesa de Pekín de no utilizar la fuerza contra los que son víctimas de una opresión que se confunde con la historia del régimen.

Si el dalái lama es sincero cuando aboga por la autonomía cultural, no por la independencia, reconoce su “impotencia” y rechaza cualquier responsabilidad en el motín, todo parece indicar que los activistas de Lasa y los jóvenes exiliados que organizan las marchas Free Tibet 2008 rechazan tanto el proyecto del jefe espiritual refugiado en la India desde 1959 como la fallida estrategia de la no violencia. El escritor Tenzin Tsundue declaró recientemente que la pretensión del dalái lama era patética y “altamente improbable” porque China jamás otorgará una genuina autonomía al Tíbet.

Pekín se mostrará inflexible mientras la agitación no decaiga. Al valor geopolítico del Tíbet se une el temor de alentar un movimiento susceptible de abrir la caja de pandora de las minorías en otras regiones periféricas en las que anida una creciente hostilidad hacia los han, la etnia mayoritaria. Si los tibetanos denuncian la sinización abusiva, las trampas burocráticas o el traslado de poblaciones, el Gobierno chino explota la fiebre nacionalista, que alcanza su paroxismo en internet, y fustiga la supuesta conspiración exterior. Por eso la India extrema las precauciones y exige prudencia a los exiliados.

NADIE ESTÁ interesado en el descarrilamiento de la economía china, uno de los pilares del progreso asociado con la globalización. Un poder fuerte en Pekín, que garantice la unidad del país, la coordinación de tan gigantesco esfuerzo y la disciplina laboral, constituye una necesidad insustituible. Tratándose de China, potencia nuclear que dispone del mayor ejército del mundo, el naciente derecho de injerencia humanitaria entra en colisión con la soberanía, base del orden jurídico internacional. Con la ONU, donde Pekín tiene derecho de veto, o más allá de la ONU.

La anarquía, la destrucción o debilitamiento de un Estado, aun en defensa de la libertad, es siempre un acto políticamente arriesgado y moralmente problemático. Las democracias deberían reflexionar sobre la mejor acción conjunta para llenar el vacío que se abre entre la no injerencia, el ineficaz boicot de los JJOO y la intolerable pasividad. Hay que enterrar la deificación del mercantilismo, el doble rasero (liberad Kosovo y abandonad el Tíbet) y el cinismo que prevalece en las relaciones entre las potencias. O el error del Departamento de Estado de EEUU, que retiró a China de la lista de países que pisotean los derechos humanos, o el silencio en vez de la denuncia del horror.

marzo 31, 2008 Publicado por | China, Tíbet | Dejar un comentario

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