>El descubrimiento de la Palafoxiana
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En los primeros tres años de los intrépidos 80, una jauría de escritores españoles y latinoamericanos capitaneados por Carlos Barral hicimos más de quince viajes a México. Tal jarca demencial levantaba comentarios encontrados por donde iba, fuera una feria del libro, fueran presentaciones editoriales o intervenciones de televisión. El recordado Rafael-Humberto Moreno Durán llamó «las alegres comadres de Windsor» a aquel grupo de lujo viajero, donde iban desde el poeta Ángel González, al editor José Esteban y el novelista Bryce Echenique o los venezolanos Adriano González León y Salvador Garmendía. El principal «agente de viajes» de aquellos vuelos trasatlánticos y fastuosos fue Arturo Azuela.
Cada viaje a México resultaba para nosotros una epifanía. Caballero Bonald evoca en su último tomo de memorias, La costumbre de vivir, alguno de aquellos periplos interminables y salvajes donde «los descubrimientos» de tumbas de poetas del exilio, las conversaciones con mujeres extraordinarias (que aparecían a nuestro paso como ángeles del cielo), las visitas a universidades y las francachelas interminables en la Cueva de Amparo Montez, en la Zona Rosa, y en el Hotel Ciudad de México, junto al Zócalo, marcaban la leyenda de aquel ejército de escritores líricos y donjuanescos que, como el de Atila, no dejaba una brizna de hierba en pie por donde cabalgara.
Una mañana entera anduvimos Barral, Vaz de Soto, Ángel González, José Esteban y yo, bajo un sol de justicia y sin un trago de tequila, buscando en un cementerio interminable la tumba de Luis Cernuda. Ese día no la encontramos y Ángel González «inventó» una coplilla que hasta hoy marca la pauta del humor de aquella turba implacable y dipsómana: «El poeta Luis Cernuda/ tiene buena información/ cuando viene Pepe Esteban/ se cambia de panteón». García Márquez solventó aquel desaguisado hablando con López Portillo, entonces presidente de México, que encontró la tumba de Cernuda y envió al hotel donde nos hospedábamos un propio en moto urgente para que le entregara a José Esteban la solución al enigma cernudiano y el lugar y el cementerio exactos de la ubicación de su tumba.
Uno de los peregrinajes impuestos por Barral en aquellos viajes era la excursión a Cholula, la ciudad sagrada de los aztecas, y a la vecina ciudad de Puebla. No sólo por su riqueza gastronómico sino porque el vizconde de Calafell advertía, con muy buen tino, que cualquier escritor que se preciara no debía de perder la ocasión de visitar la iglesia en la que se perdió, una noche de borrasca y duelo, el madrigalista Gutierre de Cetina. Pero, sobre todo, el viaje se hacía necesariamente litúrgico, en todos los sentidos, porque además de su magnífica catedral y su cerámica talaverana, en el centro histórico de la ciudad de Puebla estaba uno de los regalos y milagros más grandes del mundo español en América: la biblioteca Palafoxiana. Entrar en su recinto, admirar el entorno interior de la Palafoxiana y quedar extasiados en un instante que nos parecía una transverberación sagrada fue un momento único de nuestras vidas. Palafox, además, era un personaje de novela, una leyenda con biografía e historia que mucha gente desgraciadamente ignora pero que traduce una parte sustancial de la obra de España en México, lejos de leyendas negras, malinchadas y estereotipos demagógicos que tanta relevancia tienen a la hora de mentir y ningunear la verdadera historia de la Nueva España y sus auténticos héroes. Juan de Palafox y Mendoza, el fundador de la Palafoxiana es, sin duda, uno de esos héroes principales que, por desgracia, son conocidos sólo por algunos ilustrados, universitarios e historiadores que se dedican pasionalmente a decir la verdad que vende tan poco en el mundo de hoy. De modo que no busquemos a Palafox en los diccionarios de «escritores famosos», donde reposan las huellas de cientos de mediocres, sino entre los escritores que merecen un lugar de honor en la Historia de la Literatura y en la literatura histórica, no sólo por su escritura literaria, sino por la labor intelectual y la didáctica que dejaron por donde su destino iba dirigiendo sus pasos.
Hijo natural del marqués de Ariza, Palafox fue desde siempre un visionario que, en su origen, resultó un peso para su padre y un sospechoso de «adelantado a su época», un raro peligro hoy como ayer, en sus 59 años de edad (1600-1659). Cuando imaginamos el traslado de su biblioteca desde España a la ciudad de Puebla no dejamos de ver en la obra de Palafox el intento descomunal de una odisea. El resultado de aquella aventura es, ya lo he dicho antes, un milagro asombroso, la Palafoxiana, además de los más de 500 escritos que el héroe nos legó para pasmo de los años y los siglos. Con sólo 39 años de edad, fue nombrado obispo de Puebla y desde esa ciudad ejerció su didáctica esencial, que descansaba en su fe en la enseñanza. Fundador de colegios y bibliotecas, Palafox fue un hiperactivo personaje que ejercía por igual el mando político, la autoridad religiosa y el mecenazgo intelectual, hasta el punto de llegar a ser Virrey y Capitán General. Jesuita marcado por Loyola, fue defensor de los indios frente a los abusos coloniales y se dedicó a promover el magnífico barroco colonial de México. A los 53 años de edad, lo sacaron de Puebla y lo hicieron obispo de Osma, en Soria, donde en pocos años dejó una huella indeleble cuya sombra se ha ido alargando con los siglos.
La noticia de ahora es que a Juan de Palafox y Mendoza lo van a beatificar dentro de muy poco tiempo porque están documentadas, incluso por los abogados del diablo, varios episodios de su vida que tienen que ver con curaciones en personas que, según las trazas, padecían enfermedades terminales que la medicina no podía curar en aquella época. Soy laico convicto y confeso, alejado de las liturgias y parafernalias de la religión, aunque creyente remoto en un ser superior que no siempre parece existir, y tengo para mí que el gran milagro de Juan de Palafox es aquella biblioteca de Puebla que he visitado tantas veces como si fuera una necesidad intelectual y religiosa; una biblioteca que no se me borra de la cabeza y que a veces aparece en mis ensueños como uno de los inventos que Jorge Luis Borges pudo imaginar para uno de sus mundo literarios universales; una biblioteca, la Palafoxiana, que urde su propia leyenda cada vez que la recordamos. Estuve en Harvard y su biblioteca me pareció un milagro. Estuve en Nueva York y su biblioteca pública me emocionó hasta el asombro. He visto mil y una bibliotecas que me han despertado, en el momento de visitarlas y descubrirlas, una sensación de placidez eterna fuera de toda dimensión física. Pero entrar en la Palafoxiana es como entrar en la catedral de Santiago de Compostela, mutatis mutandis. En esos lugares, como en Cholula, hay algo más. Algo que se nos escapa y que nos trasporta, durante unos segundos, a un estado de emoción tan complejo como inexplicable. Y ese es el verdadero milagro, a mi entender, de Juan de Palafox: la asombrosa eternidad de la Palafoxiana, su biblioteca para siempre en la ciudad de Puebla, México.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>Una larga travesía en tren
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Comenzó con un viaje en tren. Barack Obama viajó hasta Washington, D.C. para la ceremonia de toma de mando, realizando una gira en tren de varias paradas cortas. “A los niños que escuchan el silbido del tren y sueñan con una vida mejor – por ellos luchamos”, dijo Obama en la gira, que fue comparada con el viaje en tren realizado por Abraham Lincoln desde Springfield, Illinois, a Washington D.C. en febrero de 1861, camino a la asunción de su primer mandato. Abundan las comparaciones entre Obama y Lincoln que describen el período que va desde la abolición de la esclavitud en Estados Unidos hasta la elección de su primer presidente afroestadounidense.
El tren, sin embargo, entraña un mayor simbolismo sobre el que se sostiene el histórico ascenso de Obama a la Casa Blanca, que se remonta a la lucha por los derechos civiles, refleja el activismo de base sin precedentes que formó el núcleo de la campaña de Obama y traza hacia dónde podría dirigirse la nación durante su gobierno.
A. Philip Randolph fue un legendario líder sindical y de los derechos civiles. Organizó la Hermandad de Maleteros de Coches Cama (BSCP, por sus siglas en inglés), los hombres que atendían a los pasajeros en los vagones nocturnos construidos por la Compañía Pullman. A pesar de que el trabajo de maletero estaba mejor remunerado que muchos trabajos disponibles para los afroestadounidenses en la época, igualmente había injusticias e indignidades. La práctica común, por ejemplo, era llamar a los maleteros “George”, sin importar cuál era su nombre verdadero, por el dueño de la empresa, George Pullman. Miles de maleteros procuraron mejoras mediante la negociación colectiva. (Irónicamente, luego de la muerte de Pullman en 1897, la Compañía Pullman fue administrada por el único hijo de Abraham Lincoln que quedaba con vida, Robert Todd Lincoln, hasta mediados de los años 20). La lucha de Randolph por organizar a los trabajadores en un sindicato llevó 12 años, desde 1925, atravesando la crisis económica de 1929, hasta el gobierno de Franklin Delano Roosevelt.
Harry Belafonte recordó en una reciente entrevista con Tavis Smiley una historia que le contó Eleanor Roosevelt: “Fue cuando presentó por primera vez a A. Philip Randolph, un gran líder sindical de la década del 30 y quien formó parte del movimiento por los derechos civiles. Se lo presentó a Franklin Delano Roosevelt por primera vez en una cena, y Roosevelt le imploró que por favor le dijera lo que pensaba de la nación, lo que pensaba de los problemas del pueblo negro y lo que pensaba…hacia donde se dirigía la nación”. Y A. Philip Randolph habló en forma elocuente sobre lo que pensaba, y cuando terminó Roosevelt le dijo: “Ud. sabe, Señor Randolph, escuché todo lo que dijo esta noche, y estoy totalmente de acuerdo con Ud. Estoy de acuerdo con todo lo que dijo, incluso mi capacidad para corregir muchos de estos errores y de utilizar mi poder y el estrado. …Pero le pediría una cosa, Sr. Randolph, y es que salga y me obligue a hacerlo”.
Esta historia fue contada nuevamente por Barack Obama en un evento de recaudación de fondos de su campaña en Montclair, Nueva Jersey, hace más de un año. Fue en respuesta a una pregunta que le hizo una persona sobre encontrar una solución justa al conflicto Israel/ Palestina. Luego de volver a contar la anécdota de Randolph, Obama dijo que él era solo una persona, que no podía hacerlo solo. La respuesta final de Obama fue: “Oblígueme a hacerlo”.
Ese es el desafío.
Luego de lograr una resolución en la lucha laboral de Pullman, Randolph continuó. Enfrentó a FDR al comenzar a organizar una marcha en Washington programada para 1941, para poner fin a la segregación en las fuerzas armadas y para asegurar que la actividad económica en torno a la guerra estuviera igualmente disponible para los afroestadounidenses. FDR emitió una orden ejecutiva, y más tarde, el Presidente Harry S. Truman abolió la segregación en las fuerzas armadas. Randolph, Bayard Rustin y Martin Luther King Jr. organizaron la histórica “Marcha sobre Washington” de 1963, que sirvió como fuerte y simbólico telón de fondo para la victoria de Obama. Este fin de semana histórico también coincide con el cumpleaños del Dr. King. Si King hubiera sobrevivido, habría cumplido apenas 80 años de edad.
Mientras Obama comienza su primera semana como presidente, algunos podrán advertir que es justo esperar y ver qué hará. Pero el grupo por la paz Code Pink no esperará. A lo largo del recorrido del desfile de toma de posesión repartieron miles de cintas rosadas, alentando a la gente a que se una a ellos para obligar al Presidente Obama a que cumpla las promesas de paz realizadas durante su campaña: poner fin a la guerra en Irak, cerrar Guantánamo, rechazar la Ley de Comisiones Militares, poner fin a la tortura, trabajar para eliminar las armas nucleares, mantener conversaciones directas y sin condiciones con Irán y cumplir con los tratados internacionales aprobados por el Senado.
Simplemente sigan el propio consejo de Obama: oblíguenlo a hacerlo.
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Denis Moynihan colaboró en la producción periodística de esta columna.
Amy Goodman es conductora de “Democracy Now!”, un noticiero internacional diario de una hora de duración que se emite en más de 550 emisoras de radio y televisión en inglés y en 200 emisoras en español. En 2008 fue distinguida con el “Right Livelihood Award”, también conocido como el “Premio Nobel Alternativo”, otorgado en el Parlamento Sueco en diciembre.
Texto en inglés traducido por Mercedes Camps y Democracy Now! en español, spanish@democracynow.org
>Carta abierta al presidente electo Obama
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“La verdad es que usted no tiene idea de lo profundo que es este momento para nosotros, las personas negras de los estados del sur de los Estados Unidos. Usted cree que sabe, porque usted es considerado y porque ha estudiado nuestra historia. Pero verlo entregar la antorcha que tantos otros han llevado, solamente para ser derribado antes de poder prender la llama de la justicia y de la ley, es más de lo que el corazón puede soportar. Y, sin embargo, este comentario no tiene la intención de preocuparlo, porque usted pertenece a una época diferente y porque, verdaderamente, es gracias a todos los corredores de relevos que lo precedieron que vivimos en una América diferente. Solamente quiero decir: Bien hecho. Hemos sabido por generaciones que usted estaba con nosotros, en nosotros, lo mejor del espíritu de África y de las Américas. El saber esto, que usted aparecería un día, ha sido parte de nuestra fortaleza. El verlo tomar su lugar legítimo, el que ha alcanzado solamente con su sabiduría, con su energía y con su carácter, es un bálsamo para los cansados guerreros de la esperanza, que hasta ese momento, era algo que solamente habían oído en canciones.
“Le aconsejo que recuerde que usted no creó el desastre que está experimentando el mundo y que usted no es la única persona responsable por recobrar el equilibrio del mundo. Usted tiene, eso sí, una responsabilidad primaria que es la de cultivar la felicidad en su propia vida. Debe crear un horario que le dé suficiente tiempo para descansar y jugar con su hermosa esposa y con sus hijas adorables. Tampoco debe olvidar a su valiente y querida abuela, quien, como todos sabemos, ha pasado a otra existencia. Estamos acostumbrados a ver que, en poco tiempo, los hombres de la Casa Blanca se vuelven disecados y el cabello se les vuelve tan blanco como ese edificio; notamos que las esposas y los niños se ven tensos y estresados. Dentro de poco exhiben sonrisas con tanta falta de alegría que nos recuerdan a tijeras. Esta no es una buena manera de gobernar. Y su familia no merece este destino. Una manera útil de pensar en todo esto es esta: la situación está tan mala en este momento que no hay ninguna excusa para no relajarse. Desde un estado relajado y feliz, usted puede demostrar lo que significa el verdadero éxito, que es simplemente lo que tanta gente en el mundo desea. Claro, es verdad que compran automóviles, casas, pieles y se apoderan de toda la atención y del espacio que pueden acaparar, o a penas pueden acaparar, pero esto se debe a que no se han dado cuenta de que el éxito es en realidad un trabajo interior. Que está al alcance de todos.
“También le aconsejo que no adopte a los enemigos de otras personas. La mayor parte del daño que nos hacen otras personas se debe al temor, a la humillación y al dolor. Esos sentimientos están presentes en todos nosotros, no solamente en aquellos que profesan una cierta devoción religiosa o racial. Debemos, todos nosotros, aprender a no tener enemigos, sino solamente adversarios confundidos que son nosotros mismos bajo un disfraz. Comprendemos que usted es el comandante en jefe de los Estados Unidos y que ha jurado proteger a nuestro amado país; esto lo comprendemos perfectamente. O sea, usted será pronto el comandante en jefe. Sin embargo, como decía mi madre, citando la Biblia con la que peleé a menudo, “odia el pecado, pero ama al pecador.” No debe haber más destrucción de comunidades enteras, no debe haber más tortura, no debe haber más deshumanización para dominar el espíritu de una nación. Esto ya les ha ocurrido a las personas de color, a los pobres, a las mujeres y a los niños. Hemos visto a dónde nos lleva, a dónde nos ha llevado.
“Un buen ejemplo de cómo ‘trabajar con el enemigo’ internamente lo presenta el Dalai Lama, en el cuidado incesante de su alma al enfrentarse con el gobierno de China que invadió el Tíbet. Porque, finalmente, es el alma la que debe preservarse, para poder seguir siendo un líder confiable. Todo lo demás se puede perder; pero cuando muere el alma, la conexión con la tierra, con la gente, con los animales, con los ríos, con las cordilleras púrpuras y majestuosas también muere. Y su sonrisa, con la que lo hemos observado en cortés batalla contra las acusaciones, distorsiones y mentiras injustas, es la expresión de una autoestima sana de espíritu y de alma, que, si se conserva feliz, libre y relajada, puede encontrar una sonrisa de respuesta en todos nosotros, iluminando nuestro camino y alumbrando al mundo.
“Nosotros somos – nosotros somos los que nos hemos estado esperando.”
Traducción por Regina Gallero
>The Dream This Jan. 20
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Forty-five years ago, my father, Dr. Martin Luther King Jr., proclaimed his dream for America “that one day this nation will rise up and live out the true meaning of its creed.”
His words, spoken in Lincoln’s shadow on Aug. 28, 1963, will echo profoundly on Jan. 20, 2009. The ideals that Abraham Lincoln and my father championed will advance when Barack Obama takes the presidential oath of office.
In the years since that march on Washington, our nation has come much farther than the two miles that separate the Lincoln Memorial from the Capitol. Martin Luther King Jr. would be extraordinarily proud of Mr. Obama for becoming the nation’s first black president. Perhaps more important, he would be proud of the America that elected him.
As I watched events unfold on Election Day at Ebenezer Baptist Church in Atlanta —where my father was co-pastor— I was overcome not only by the jubilation that enveloped the church but also by a deep sense of pride and triumph. Of course I shared in what felt like a national catharsis. But for me, Mr. Obama’s victory was intensely personal.
I was 10 years old when my father was assassinated. Martin Luther King Jr. gave his life to break down barriers in our country’s struggle for equality. He gave his life fighting to give all of us a chance to realize his dream.
On the dawn of this historic inauguration, I have reflected on the times that my father and I were able to share together. Even as a child, I knew that he was doing something big, though I was not quite sure of the magnitude. I’ve remembered the time I was teased by classmates who called my father a “jailbird.” When I came home from school in tears, my mother told me that “your father goes to jail to make the world a better place for all God’s children.” I went back to school with a new sense of pride.
I’ve thought about the amusement park I so desperately wanted to go to but couldn’t because of segregation. My father assured me that one day I’d be able to. I quantified success like any young boy; I knew my father’s work must be bettering the world if it would eventually allow me to ride the bumper cars.
In the days since Mr. Obama’s election, I have often been asked whether I thought I would live to see a black man become president. My answer —yes— often surprises. But if my father were alive today, he would answer the same way. Without that faith and that sense of possibility, he would have had no reason to fight in the first place.
As bright a day as Nov. 4 was in our nation’s history, it is important to remember that Barack Obama’s election is not a panacea for race relations in this country. The 13th Amendment abolished slavery, yet segregation ran rampant for a hundred years. Blacks were given the right to vote in 1965, but it took 43 years for an African American to rise to the nation’s highest office. Though it carries us further down the path toward equality, Barack Obama’s election does not render my father’s dream realized.
Mr. Obama will have the opportunity and the duty to pick up the mantle of Abraham Lincoln, of Lyndon Johnson, of Bobby Kennedy -and of Martin Luther King Jr.- Yet this duty is not Obama’s alone. We must all embrace this dream as our civic responsibility. For it to function effectively, we must all take an active role in our democracy and champion the cause that is the common good.
I have dedicated my adult life to continuing my father’s work and to perpetuating his legacy. In five years, the 50th anniversary of the March on Washington will be upon us. As we prepare to celebrate a new page in American history tomorrow, let us pledge to reduce the poverty rate 20 percent by the time that milestone arrives.
Let us promote community building by funding programs that promote service to our most impoverished regions and let us embrace nonviolent resolutions to all conflicts, domestic and international.
I have faith that the American people and the leadership of President Obama will usher in the day when all of us —black and white, rich and poor, young and old— stand together and work to realize my father’s dream.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
Salvador Allende, en perspectiva histórica
E l 26 de junio se cumplió el primer centenario del nacimiento de Salvador Allende, una de las figuras más emblemáticas del siglo XX chileno y, también, de toda América Latina. Allende dedicó buena parte de su vida adulta al compromiso político y a su militancia en el Partido Socialista. Su biografía está jalonada de eventos vinculados con esa lucha: fue diputado, senador, ministro, cuatro veces candidato a la presidencia (1952, 1958, 1964 y 1970) y, finalmente y hasta su muerte, presidente de Chile.
En 1970 encabezó una amplia coalición de partidos de izquierda, la Unidad Popular (UP), que impulsó lo que se conoció como ‘vía chilena al socialismo’. Era un ensayo original que planteaba abiertamente y sin tapujos la posibilidad de que la izquierda llegara al poder a través de las urnas y no de las armas. En esos años de plomo y bala, una propuesta semejante debía acabar con demasiados fantasmas y eliminar numerosos tabúes para salir adelante.
Mientras la violencia emanaba en ambas direcciones, tanto desde la guerrilla como desde las dictaduras militares que la combatían, muy pocos en América Latina apostaban por la democracia. No creía en ella la izquierda, embarcada en la aventura de la revolución y la lucha armada, al considerarla una farsa que permitía la consolidación de oligarquías proimperialistas a través del fraude. Por eso, se la descalificaba por formal, burguesa y corrupta. Tampoco creía en ella la derecha, que observaba con temor cómo los sectores populares utilizaban los resquicios del sistema para desplazarla del poder. La democracia era un mecanismo estéril que impedía defender los verdaderos valores patrios, y para eso era mejor encomendarse a los métodos castrenses, mucho más certeros y expeditos.
En esos años, la política latinoamericana estaba marcada por la Revolución cubana. La estela de Fidel Castro provocaba oleadas de amor y odio, y nadie, prácticamente, permanecía indiferente. Fue entonces cuando Salvador Allende, junto a un nutrido grupo de seguidores, intentó marchar por un camino inédito y peligroso. Los riesgos provenían de sus propias filas, descreídas de las opciones y las posibilidades de la democracia para la defensa y promoción de los intereses populares, y también de las filas contrarias, renuentes a que un marxista ocupara la presidencia de Chile.
En 1970, Allende conquistó el 36,3% de los votos, por encima de los candidatos de la democracia cristiana y la derecha. Al no tener la mayoría absoluta, el Congreso debió decidir la elección. Pese a las enormes presiones de dentro y fuera del país sobre los políticos y los militares, los parlamentarios decidieron cumplir con una norma no escrita que permitió elegir en comicios anteriores al candidato más votado, en este caso el de la UP. Las instituciones chilenas y sus principales actores funcionaron eficazmente. Con algunas zozobras, como el asesinato del general René Schneider, el Gobierno popular comenzó su andadura, aunque en un mar proceloso y lleno de turbulencias.
No es éste el lugar idóneo para realizar una evaluación de los logros y los fracasos del Gobierno de Allende, un juicio que espera estudios más pausados y equilibrados de la historiografía chilena, si bien algo se ha avanzado en los últimos años. El tema no es sencillo dado el clima de fuerte polarización existente en el país en los meses previos al brutal e injustificado golpe de Estado que llevaría al poder a Augusto Pinochet. Hay sin embargo un par de cosas que quisiera destacar, que sirvieron para crispar todavía más a una sociedad fuertemente dividida. En primer lugar, la creencia de muchos partidos y militantes de la UP de que el triunfo electoral, aunque exiguo, era el pistoletazo de salida para iniciar las transformaciones sociales, políticas y económicas que deberían conducir al socialismo. Numerosos ministros y cuadros medios del Gobierno de Allende optaron por los atajos, como si en lugar de ganar con un 36,3% de los votos hubiesen estado respaldados por la legitimidad de un triunfo revolucionario. Así, se ensayaron reformas importantes sin contar con consensos sociales y políticos amplios, lo que fue, obviamente, motivo de rechazo y de ataques contra el Ejecutivo democrático. La legitimidad de origen era cuestionada por una legitimidad de ejercicio que provocaba resquemores.
En segundo lugar, la visita de Fidel Castro a Chile. Tras su expulsión de la OEA (Organización de Estados Americanos) en 1962, el régimen castrista vivía aislado de América Latina. El triunfo de la UP fue una buena oportunidad para romper el cerco. El 10 de noviembre, Castro comenzó una visita de Estado inicialmente programada para diez días, prolongada con posterioridad hasta el 4 de diciembre. Fue un gesto inútil a los efectos de consolidar el Gobierno de Allende, que sólo sirvió para dar más munición a los violentos de ambos bandos y a los sectores más golpistas.
El 11 de septiembre de 1973, los militares chilenos, con un vasto respaldo social y político, doblegaron a las instituciones democráticas y se llevaron por delante el Gobierno constitucional. En esos momentos críticos, Allende apostó por defender las instituciones y pagó con su vida ese último esfuerzo. Lo que enseñó su muerte a los chilenos es la dificultad de imponer al conjunto de la sociedad reformas que necesitan el aval de amplias y sólidas mayorías. Si para gobernar basta con mayorías simples, para impulsar transformaciones de fondo esas mismas mayorías terminan siendo claramente insuficientes. Las pretensiones de algunos gobiernos populistas latinoamericanos como los de Nicaragua, Argentina o Bolivia, elegidos con el 38%, el 45% o el 53% de los votos, de ir mucho más allá, chocan con problemas crecientes, especialmente cuando aumentan las dificultades económicas.
>Salvador Allende, en perspectiva histórica
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E l 26 de junio se cumplió el primer centenario del nacimiento de Salvador Allende, una de las figuras más emblemáticas del siglo XX chileno y, también, de toda América Latina. Allende dedicó buena parte de su vida adulta al compromiso político y a su militancia en el Partido Socialista. Su biografía está jalonada de eventos vinculados con esa lucha: fue diputado, senador, ministro, cuatro veces candidato a la presidencia (1952, 1958, 1964 y 1970) y, finalmente y hasta su muerte, presidente de Chile.
En 1970 encabezó una amplia coalición de partidos de izquierda, la Unidad Popular (UP), que impulsó lo que se conoció como ‘vía chilena al socialismo’. Era un ensayo original que planteaba abiertamente y sin tapujos la posibilidad de que la izquierda llegara al poder a través de las urnas y no de las armas. En esos años de plomo y bala, una propuesta semejante debía acabar con demasiados fantasmas y eliminar numerosos tabúes para salir adelante.
Mientras la violencia emanaba en ambas direcciones, tanto desde la guerrilla como desde las dictaduras militares que la combatían, muy pocos en América Latina apostaban por la democracia. No creía en ella la izquierda, embarcada en la aventura de la revolución y la lucha armada, al considerarla una farsa que permitía la consolidación de oligarquías proimperialistas a través del fraude. Por eso, se la descalificaba por formal, burguesa y corrupta. Tampoco creía en ella la derecha, que observaba con temor cómo los sectores populares utilizaban los resquicios del sistema para desplazarla del poder. La democracia era un mecanismo estéril que impedía defender los verdaderos valores patrios, y para eso era mejor encomendarse a los métodos castrenses, mucho más certeros y expeditos.
En esos años, la política latinoamericana estaba marcada por la Revolución cubana. La estela de Fidel Castro provocaba oleadas de amor y odio, y nadie, prácticamente, permanecía indiferente. Fue entonces cuando Salvador Allende, junto a un nutrido grupo de seguidores, intentó marchar por un camino inédito y peligroso. Los riesgos provenían de sus propias filas, descreídas de las opciones y las posibilidades de la democracia para la defensa y promoción de los intereses populares, y también de las filas contrarias, renuentes a que un marxista ocupara la presidencia de Chile.
En 1970, Allende conquistó el 36,3% de los votos, por encima de los candidatos de la democracia cristiana y la derecha. Al no tener la mayoría absoluta, el Congreso debió decidir la elección. Pese a las enormes presiones de dentro y fuera del país sobre los políticos y los militares, los parlamentarios decidieron cumplir con una norma no escrita que permitió elegir en comicios anteriores al candidato más votado, en este caso el de la UP. Las instituciones chilenas y sus principales actores funcionaron eficazmente. Con algunas zozobras, como el asesinato del general René Schneider, el Gobierno popular comenzó su andadura, aunque en un mar proceloso y lleno de turbulencias.
No es éste el lugar idóneo para realizar una evaluación de los logros y los fracasos del Gobierno de Allende, un juicio que espera estudios más pausados y equilibrados de la historiografía chilena, si bien algo se ha avanzado en los últimos años. El tema no es sencillo dado el clima de fuerte polarización existente en el país en los meses previos al brutal e injustificado golpe de Estado que llevaría al poder a Augusto Pinochet. Hay sin embargo un par de cosas que quisiera destacar, que sirvieron para crispar todavía más a una sociedad fuertemente dividida. En primer lugar, la creencia de muchos partidos y militantes de la UP de que el triunfo electoral, aunque exiguo, era el pistoletazo de salida para iniciar las transformaciones sociales, políticas y económicas que deberían conducir al socialismo. Numerosos ministros y cuadros medios del Gobierno de Allende optaron por los atajos, como si en lugar de ganar con un 36,3% de los votos hubiesen estado respaldados por la legitimidad de un triunfo revolucionario. Así, se ensayaron reformas importantes sin contar con consensos sociales y políticos amplios, lo que fue, obviamente, motivo de rechazo y de ataques contra el Ejecutivo democrático. La legitimidad de origen era cuestionada por una legitimidad de ejercicio que provocaba resquemores.
En segundo lugar, la visita de Fidel Castro a Chile. Tras su expulsión de la OEA (Organización de Estados Americanos) en 1962, el régimen castrista vivía aislado de América Latina. El triunfo de la UP fue una buena oportunidad para romper el cerco. El 10 de noviembre, Castro comenzó una visita de Estado inicialmente programada para diez días, prolongada con posterioridad hasta el 4 de diciembre. Fue un gesto inútil a los efectos de consolidar el Gobierno de Allende, que sólo sirvió para dar más munición a los violentos de ambos bandos y a los sectores más golpistas.
El 11 de septiembre de 1973, los militares chilenos, con un vasto respaldo social y político, doblegaron a las instituciones democráticas y se llevaron por delante el Gobierno constitucional. En esos momentos críticos, Allende apostó por defender las instituciones y pagó con su vida ese último esfuerzo. Lo que enseñó su muerte a los chilenos es la dificultad de imponer al conjunto de la sociedad reformas que necesitan el aval de amplias y sólidas mayorías. Si para gobernar basta con mayorías simples, para impulsar transformaciones de fondo esas mismas mayorías terminan siendo claramente insuficientes. Las pretensiones de algunos gobiernos populistas latinoamericanos como los de Nicaragua, Argentina o Bolivia, elegidos con el 38%, el 45% o el 53% de los votos, de ir mucho más allá, chocan con problemas crecientes, especialmente cuando aumentan las dificultades económicas.
Una mujer en la historia
Ha muerto Ruth Cardoso de Leite. El mundo oficial la recordará como la primera dama de Brasil entre 1994 y 2002, una primera dama muy querida por su pueblo y que siempre tuvo personalidad propia. El mundo académico la recordará como una de las mejores antropólogas urbanas de América Latina, catedrática de la Universidad de São Paulo, profesora en París y en Berkeley, creadora de escuela y maestra de generaciones de estudiosos de la sociedad a partir de la observación de las comunidades urbanas. El mundo de la lucha contra la pobreza la recordará como la fundadora de Comunidade Solidária, una red de 1.300 organizaciones de base centradas en la mejora de la vida en las localidades más pobres de Brasil mediante el apoyo a la autogestión de programas sociales en dichos lugares.
El mundo feminista la recordará como la feminista práctica que centró su esfuerzo en concienciar, organizar y apoyar a las mujeres realmente existentes en los sectores populares de Brasil y de América Latina. El mundo de la resistencia contra las dictaduras en Brasil y en el continente americano la recordará como la militante política – clandestina o no según los momentos-, independiente de los partidos pero cercana de la gente, centrada en conseguir avances reales de democracia más allá de las fantasmagorías ideológicas que rodearon su tiempo en América Latina. El mundo de sus amigos la recordaremos como la mujer serena y sonriente por cuyo rostro nunca parecieron pasar los años, y cuyo dulce hablar le permitía decidir las cosas más serias e incluso las más espinosas con una sensatez convincente que transformaba la polémica en reflexión compartida.
Porque Ruth transmitía paz en un mundo atormentado. Y su gente, la gente de su Brasil que siempre llevaba en el corazón, de su São Paulo con un sentido profundo de hogar perdurable en la globalidad que vivió, su gente la recordará como la doctora Ruth, la mujer en quien siempre podían confiar, la mujer sin miedo pero sin rencor, la mujer comprometida con los objetivos de la política y ajena a las mezquindades de la política. La mujer que, como primera dama, fue capaz de salir en la televisión criticando la ley del aborto que el partido de su marido apoyaba, motivando que el presidente, o sea su marido, la cambiase. Todo ello sin acrimonia, sin oponerse a su marido por afirmación personal, sino simplemente lo hacía cuando pensaba que no tenía razón en esa y en otras muchas cosas. Eso explica que su popularidad fuera aún más alta que la de su marido (que fue un presidente muy popular).
Recuerdo en uno de los viajes con mi mujer durante la presidencia de Cardoso la pintada que vimos en las paredes de un barrio popular: “Fernando Henrique, no. Doña Ruth, sí”. Pero nunca se le ocurrió jugar a la Hillary. Porque ella estaba en otra cosa, estaba en cambiar las cosas desde abajo, con la gente y a través de la participación de la gente. Pensaba que la política, y por tanto los partidos, las elecciones, la presidencia, eran instrumentos imprescindibles del cambio, pero no era lo suyo y siempre se pensó como complementaria.
Mientras su marido fue senador, ella permaneció en su piso de São Paulo, en su cátedra universitaria y en su trabajo comunitario. Cuando tuvo que asumirse como primera dama inventó una función para sí misma, aparte de desempeñar con dignidad, pero lo mínimo posible, sus tareas protocolarias. Trató de utilizar el prestigio de su situación, pero no el presupuesto del Estado, para crear su programa de organizaciones comunitarias en las zonas más pobres del país. No para hacer de Evita, sino para solucionar problemas concretos a personas concretas, con la menor publicidad posible y sin instrumentalización política. Creó una fundación que financió con donaciones que pidió a las grandes empresas, sin vinculación política con su marido y con plena transparencia contable. Por ejemplo, pidió, y obtuvo, de una empresa de automóviles un real por coche vendido. Negoció acuerdos con las universidades para que sus estudiantes hicieran trabajo comunitario. Y se puso de acuerdo con las redes de asociaciones existentes en toda la geografía brasileña para dotarlas de recursos y reforzar su participación en las políticas sociales. Recuerdo una visita con ella en la cooperativa de mujeres de Mamiraua en la selva amazónica, donde pude observar cómo las mujeres indias discutían de todo con doña Ruth, sin complejos, sin servilismo, y como ella se sentaba durante horas a ver cómo iba la gestión de la cooperativa. Y la vi negociar con los aldeanos que se lamentaban de que la protección de las especies les privaba de la pesca de la que dependía su subsistencia y su única fuente de ventas.
Y consiguió trocar autocontrol de los pescadores pescando dentro de límites a cambio de la mejora de sus condiciones de vida. Su ecologismo, su feminismo, su lucha por la democracia y contra la república de caciques que persiste en Brasil se rigieron siempre por ese sentido práctico de ir poco a poco, pero sin pausa, haciendo que la gente asumiera la gestión de su propia vida y contribuyendo con los recursos que pudo a incrementar esa autonomía. Comunidade Solidária continúa. Es uno de sus legados. Porque tiene otros muchos Y todos ellos, todo lo que nos dejó se alberga en el lugar más perdurable: en las mentes y en el corazón de quienes supimos de ella o de quienes supieron de quienes supimos.
Y así la recordará su pueblo. Y sus compañeros. Y sus colegas intelectuales. Y sus amigos. Y su familia, su marido, sus hijos y esos nietos a los que tanto esfuerzo y amor dedicó. Ruth Cardoso de Leite fue una mujer multidimensional que hizo historia simplemente siendo ella, sin proclamas ideológicas, con esa determinación profunda de quien hace todo porque es lo que hay que hacer. Y su serena sonrisa seguirá dibujándose en el cielo de los cafetales que la vieron nacer.
>Una mujer en la historia
>
Ha muerto Ruth Cardoso de Leite. El mundo oficial la recordará como la primera dama de Brasil entre 1994 y 2002, una primera dama muy querida por su pueblo y que siempre tuvo personalidad propia. El mundo académico la recordará como una de las mejores antropólogas urbanas de América Latina, catedrática de la Universidad de São Paulo, profesora en París y en Berkeley, creadora de escuela y maestra de generaciones de estudiosos de la sociedad a partir de la observación de las comunidades urbanas. El mundo de la lucha contra la pobreza la recordará como la fundadora de Comunidade Solidária, una red de 1.300 organizaciones de base centradas en la mejora de la vida en las localidades más pobres de Brasil mediante el apoyo a la autogestión de programas sociales en dichos lugares.
El mundo feminista la recordará como la feminista práctica que centró su esfuerzo en concienciar, organizar y apoyar a las mujeres realmente existentes en los sectores populares de Brasil y de América Latina. El mundo de la resistencia contra las dictaduras en Brasil y en el continente americano la recordará como la militante política – clandestina o no según los momentos-, independiente de los partidos pero cercana de la gente, centrada en conseguir avances reales de democracia más allá de las fantasmagorías ideológicas que rodearon su tiempo en América Latina. El mundo de sus amigos la recordaremos como la mujer serena y sonriente por cuyo rostro nunca parecieron pasar los años, y cuyo dulce hablar le permitía decidir las cosas más serias e incluso las más espinosas con una sensatez convincente que transformaba la polémica en reflexión compartida.
Porque Ruth transmitía paz en un mundo atormentado. Y su gente, la gente de su Brasil que siempre llevaba en el corazón, de su São Paulo con un sentido profundo de hogar perdurable en la globalidad que vivió, su gente la recordará como la doctora Ruth, la mujer en quien siempre podían confiar, la mujer sin miedo pero sin rencor, la mujer comprometida con los objetivos de la política y ajena a las mezquindades de la política. La mujer que, como primera dama, fue capaz de salir en la televisión criticando la ley del aborto que el partido de su marido apoyaba, motivando que el presidente, o sea su marido, la cambiase. Todo ello sin acrimonia, sin oponerse a su marido por afirmación personal, sino simplemente lo hacía cuando pensaba que no tenía razón en esa y en otras muchas cosas. Eso explica que su popularidad fuera aún más alta que la de su marido (que fue un presidente muy popular).
Recuerdo en uno de los viajes con mi mujer durante la presidencia de Cardoso la pintada que vimos en las paredes de un barrio popular: “Fernando Henrique, no. Doña Ruth, sí”. Pero nunca se le ocurrió jugar a la Hillary. Porque ella estaba en otra cosa, estaba en cambiar las cosas desde abajo, con la gente y a través de la participación de la gente. Pensaba que la política, y por tanto los partidos, las elecciones, la presidencia, eran instrumentos imprescindibles del cambio, pero no era lo suyo y siempre se pensó como complementaria.
Mientras su marido fue senador, ella permaneció en su piso de São Paulo, en su cátedra universitaria y en su trabajo comunitario. Cuando tuvo que asumirse como primera dama inventó una función para sí misma, aparte de desempeñar con dignidad, pero lo mínimo posible, sus tareas protocolarias. Trató de utilizar el prestigio de su situación, pero no el presupuesto del Estado, para crear su programa de organizaciones comunitarias en las zonas más pobres del país. No para hacer de Evita, sino para solucionar problemas concretos a personas concretas, con la menor publicidad posible y sin instrumentalización política. Creó una fundación que financió con donaciones que pidió a las grandes empresas, sin vinculación política con su marido y con plena transparencia contable. Por ejemplo, pidió, y obtuvo, de una empresa de automóviles un real por coche vendido. Negoció acuerdos con las universidades para que sus estudiantes hicieran trabajo comunitario. Y se puso de acuerdo con las redes de asociaciones existentes en toda la geografía brasileña para dotarlas de recursos y reforzar su participación en las políticas sociales. Recuerdo una visita con ella en la cooperativa de mujeres de Mamiraua en la selva amazónica, donde pude observar cómo las mujeres indias discutían de todo con doña Ruth, sin complejos, sin servilismo, y como ella se sentaba durante horas a ver cómo iba la gestión de la cooperativa. Y la vi negociar con los aldeanos que se lamentaban de que la protección de las especies les privaba de la pesca de la que dependía su subsistencia y su única fuente de ventas.
Y consiguió trocar autocontrol de los pescadores pescando dentro de límites a cambio de la mejora de sus condiciones de vida. Su ecologismo, su feminismo, su lucha por la democracia y contra la república de caciques que persiste en Brasil se rigieron siempre por ese sentido práctico de ir poco a poco, pero sin pausa, haciendo que la gente asumiera la gestión de su propia vida y contribuyendo con los recursos que pudo a incrementar esa autonomía. Comunidade Solidária continúa. Es uno de sus legados. Porque tiene otros muchos Y todos ellos, todo lo que nos dejó se alberga en el lugar más perdurable: en las mentes y en el corazón de quienes supimos de ella o de quienes supieron de quienes supimos.
Y así la recordará su pueblo. Y sus compañeros. Y sus colegas intelectuales. Y sus amigos. Y su familia, su marido, sus hijos y esos nietos a los que tanto esfuerzo y amor dedicó. Ruth Cardoso de Leite fue una mujer multidimensional que hizo historia simplemente siendo ella, sin proclamas ideológicas, con esa determinación profunda de quien hace todo porque es lo que hay que hacer. Y su serena sonrisa seguirá dibujándose en el cielo de los cafetales que la vieron nacer.
>Remembering Our Father
>
Forty years ago, as he was celebrating his victory in California’s Democratic presidential primary, Senator Robert F. Kennedy was assassinated. To mark the occasion, Op-Ed editors invited his children to share their memories of him.
1) Lessons of the Magnolia Tree
By Kerry Kennedy, the founder of the human rights organization Speak Truth to Power and the author of the forthcoming Being Catholic Now.
My father sat upstairs in his study, working in the one room of our sprawling house that we children could not storm into unless it was a matter of utmost urgency. I now know that the big brown desk was where he wrote his books and often drafted important speeches or new legislation. On the day etched in my memory, all I knew was that I needed his immediate attention.
My brother Michael and I had been re-enacting World War II in the ancient magnolia tree that dominated the sloping back yard of Hickory Hill, our 19th-century white brick farmhouse in McLean, Va. As usual, 7-year-old Michael had demanded to be the victorious American, whereas I, two years younger, weaker and not nearly as good a shot, was again assigned the lesser role of the doomed German. The branches of this tree were so perfectly spaced as to accommodate two tree houses, and the Americans held the more elaborate fort that dominated the top branches.
I vainly scaled upward as my brother lobbed down volley upon volley of magnolia pods — which eerily resembled hand grenades but felt more like boulders as they bounced off my head. After taking one direct hit too many, I scrambled out of the tree and ran for the house, bounding up the red-carpeted stairs and bursting into my father’s study without pausing to knock, tears streaming and the white satin bow atop in my hair hopelessly askew.
My father turned from the desk and as I tumbled into his arms, he hugged me and kissed me and told me he loved me. As I recounted my woes he wiped away my tears and told me to go get Michael. I knew right then that justice would prevail. After all, my father was always fair, not to mention being the attorney general of the United States of America!
When we returned, Daddy told me that I could not interrupt, that I had to listen while Michael told his side of the story. Then Michael had to listen while I told mine. I don’t recall the details of what our father then said, but I know his judgment was in some way difficult to accept. Even at my young age, I was forced to see that I wasn’t all right, and my brother was not all wrong. Ultimately, Daddy made us kiss and make up and go to our rooms to read for an hour.
As an adult, I recognize that the lessons my father taught us children mirrored the beliefs he wanted the nation to embrace — that we must build a system of justice which enjoys the confidence of all sides; that peace is not something to pray for, but something everyone has the responsibility to create every day; and that we must muster the courage to face the truth about ourselves as well as those we consider our enemies.
There was no quality my father admired more than courage, save perhaps love. I remember when one night after dinner he picked up the battered poetry book that was always somewhere at his side and read aloud Tennyson’s “Charge of the Light Brigade.” We listened aghast to the story of the soldiers whose commander orders them to ride into an ambush. They know they will be slaughtered, but they obey the command anyway. My father then explained that he and my mother were going on a trip and challenged us to memorize the poem while they were away. I did not win that contest, but one famous stanza has remained with me:
Theirs not to make reply,
Theirs not to reason why,
Theirs but to do and die:
Into the valley of death
Rode the six hundred.
You may wonder why a father would ask his expanding brood of what would become 11 children to memorize a poem about slaughter and war. I think there were three reasons. He wanted us to share his love of literature and he wanted us to embrace challenges that appear daunting. But most of all, he believed it imperative to question authority, and those who failed that lesson did so at their peril.
Forty years after Robert Kennedy’s last campaign, I think those are also the lessons he would have liked to impart to all Americans. Facing daunting challenges both nationally and globally, we must rise to meet them armed with courage, love and an abiding commitment to justice, yet girded with a healthy sense of skepticism.
2) Taking ‘No’ for an Answer
By Joseph P. Kennedy II, the chairman and president of the nonprofit Citizens Energy Corporation.
I remember how my father listened with rare empathy to everyone. He paid a lot of attention, for instance, to Putt, an old man who lived in a rest home at the end of Sea Street in Hyannis. A gas attack during World War I had left Putt unable to hear or speak. He spent most every day riding around Lewis Bay in a little rowboat with a five-horsepower engine.
If Putt spotted us sailing to Egg Island for a picnic, he’d pull alongside, and my father would pass him a sandwich, a bag of chips and a beer. Putt would follow the sailboat until we gently beached, and then he and my father would stand together on the sand, their heads leaning toward one another.
Years later, in the same way, my father sat down with Appalachian coal miners — tough men, covered in soot, sharing their aches and ambitions. In a famous photo of him with his arm resting easily on the shoulder of a miner, he could be talking to Putt.
I once traveled with him to a Navajo reservation and watched in the dim light of a rundown adobe dwelling as he leaned over to hear an old man talk about the struggles of his people. I heard Native Americans share their pain as if they somehow knew, because of a certain sorrow in his heart coupled with an active and tough mind, that my father would do everything to help.
So it happened wherever he went — on the streets of the Bedford-Stuyvesant neighborhood in Brooklyn, in a square in Warsaw or in the well of the Senate. And wherever he could, he acted. After visiting Bed-Stuy, he pressed his campaign donors to direct investments into one of New York City’s poorest and most neglected neighborhoods.
After my grandfather had a stroke, he was paralyzed on his right side and could say just one word, “no,” which he repeated over and over. For nine years, this larger-than-life figure, this once strong, powerful man, could say nothing more. But his son would have long political discussions with him. They talked about running for president — the mood of the electorate, the dynamics of the various states. All you could hear from my grandfather was “no,” but repeated with a nuance that allowed my father to discern his still sharp political assessments.
That same quality made each of his children feel deeply loved and made all nine of our dogs worship him, especially Freckles, who followed him on the campaign trail. Robert Kennedy had a wonderful way of allowing others to tell him how the world looked through their eyes. Indeed, so many people across this nation were grateful for his belief in their worth — they knew his faith in the humanity of his fellow Americans.
He lived by a moral compass that others, less certain of their direction, looked to for guidance. Even if what he asked was hard to hear and heed, he gave others the strength to believe not just in his guidance but in themselves.
The truth is, we all just plain loved him.
3) The Delta in Our Home
By Kathleen Kennedy Townsend, a former lieutenant governor of Maryland.
The spring Saturday was lovely. I was on the rope swing, waiting for my father to come home and for all of us to be called to dinner. Usually, on such a warm weekend day, our family would eat outdoors. My father would grill steaks smothered in mustard. But he was returning late from a trip to the Mississippi Delta, where he’d been conducting Senate hearings on hunger. It was 1967, and I was 15.
After the bell rang, I got to the dining room before the others. The long table was set with linen, silver and crystal. Painted portraits of my brothers and sisters hung on the walls. And suddenly, my father entered. He looked haunted and started talking to me, shaking his head in distress as he described the people he’d met in the Delta. “I was with a family who live in a shack the size of this dining room,” he told me. “The children’s stomachs were distended and had sores all over them. They were starving.” He was outraged that this could happen in the world’s richest country.
“Do you know how lucky you are?” he asked me, and then repeated, “Do you know how lucky you are? You have a great responsibility. Do something for these children. Do something for our country.”
I can’t remember what I said. I’m afraid I may have asked how hunger could make people’s stomachs larger. I wanted to think about how I might act on his advice, but for the moment felt only the importance of his giving it.
I thought of another time when he’d given me very personal advice, in a letter after his brother Jack was killed. “Dear Kathleen,” he’d written then. “You seem to understand that Jack died and was buried today. As the oldest of the Kennedy grandchildren, you have a special responsibility. A responsibility … to be kind to others and work for our country. Love, Daddy.”
After our brief exchange, he went upstairs to change. During dinner, he spoke again at length about the families he’d met in the Delta. He reiterated his message of personal responsibility, which was familiar to the whole family. My father had often quoted St. Luke, that from those who have been given much, much will be expected. And he made a point to take us to places where people lived in circumstances that were far different from ours — on Indian reservations, in Harlem, in Appalachia.
But on that evening his outrage was especially obvious, his sense of injustice palpable. And he wanted his children to feel the desperation of those children the way he had — and to see the need to do something positive about it.
Remembering Our Father
Forty years ago, as he was celebrating his victory in California’s Democratic presidential primary, Senator Robert F. Kennedy was assassinated. To mark the occasion, Op-Ed editors invited his children to share their memories of him.
1) Lessons of the Magnolia Tree
By Kerry Kennedy, the founder of the human rights organization Speak Truth to Power and the author of the forthcoming Being Catholic Now.
My father sat upstairs in his study, working in the one room of our sprawling house that we children could not storm into unless it was a matter of utmost urgency. I now know that the big brown desk was where he wrote his books and often drafted important speeches or new legislation. On the day etched in my memory, all I knew was that I needed his immediate attention.
My brother Michael and I had been re-enacting World War II in the ancient magnolia tree that dominated the sloping back yard of Hickory Hill, our 19th-century white brick farmhouse in McLean, Va. As usual, 7-year-old Michael had demanded to be the victorious American, whereas I, two years younger, weaker and not nearly as good a shot, was again assigned the lesser role of the doomed German. The branches of this tree were so perfectly spaced as to accommodate two tree houses, and the Americans held the more elaborate fort that dominated the top branches.
I vainly scaled upward as my brother lobbed down volley upon volley of magnolia pods — which eerily resembled hand grenades but felt more like boulders as they bounced off my head. After taking one direct hit too many, I scrambled out of the tree and ran for the house, bounding up the red-carpeted stairs and bursting into my father’s study without pausing to knock, tears streaming and the white satin bow atop in my hair hopelessly askew.
My father turned from the desk and as I tumbled into his arms, he hugged me and kissed me and told me he loved me. As I recounted my woes he wiped away my tears and told me to go get Michael. I knew right then that justice would prevail. After all, my father was always fair, not to mention being the attorney general of the United States of America!
When we returned, Daddy told me that I could not interrupt, that I had to listen while Michael told his side of the story. Then Michael had to listen while I told mine. I don’t recall the details of what our father then said, but I know his judgment was in some way difficult to accept. Even at my young age, I was forced to see that I wasn’t all right, and my brother was not all wrong. Ultimately, Daddy made us kiss and make up and go to our rooms to read for an hour.
As an adult, I recognize that the lessons my father taught us children mirrored the beliefs he wanted the nation to embrace — that we must build a system of justice which enjoys the confidence of all sides; that peace is not something to pray for, but something everyone has the responsibility to create every day; and that we must muster the courage to face the truth about ourselves as well as those we consider our enemies.
There was no quality my father admired more than courage, save perhaps love. I remember when one night after dinner he picked up the battered poetry book that was always somewhere at his side and read aloud Tennyson’s “Charge of the Light Brigade.” We listened aghast to the story of the soldiers whose commander orders them to ride into an ambush. They know they will be slaughtered, but they obey the command anyway. My father then explained that he and my mother were going on a trip and challenged us to memorize the poem while they were away. I did not win that contest, but one famous stanza has remained with me:
Theirs not to make reply,
Theirs not to reason why,
Theirs but to do and die:
Into the valley of death
Rode the six hundred.
You may wonder why a father would ask his expanding brood of what would become 11 children to memorize a poem about slaughter and war. I think there were three reasons. He wanted us to share his love of literature and he wanted us to embrace challenges that appear daunting. But most of all, he believed it imperative to question authority, and those who failed that lesson did so at their peril.
Forty years after Robert Kennedy’s last campaign, I think those are also the lessons he would have liked to impart to all Americans. Facing daunting challenges both nationally and globally, we must rise to meet them armed with courage, love and an abiding commitment to justice, yet girded with a healthy sense of skepticism.
2) Taking ‘No’ for an Answer
By Joseph P. Kennedy II, the chairman and president of the nonprofit Citizens Energy Corporation.
I remember how my father listened with rare empathy to everyone. He paid a lot of attention, for instance, to Putt, an old man who lived in a rest home at the end of Sea Street in Hyannis. A gas attack during World War I had left Putt unable to hear or speak. He spent most every day riding around Lewis Bay in a little rowboat with a five-horsepower engine.
If Putt spotted us sailing to Egg Island for a picnic, he’d pull alongside, and my father would pass him a sandwich, a bag of chips and a beer. Putt would follow the sailboat until we gently beached, and then he and my father would stand together on the sand, their heads leaning toward one another.
Years later, in the same way, my father sat down with Appalachian coal miners — tough men, covered in soot, sharing their aches and ambitions. In a famous photo of him with his arm resting easily on the shoulder of a miner, he could be talking to Putt.
I once traveled with him to a Navajo reservation and watched in the dim light of a rundown adobe dwelling as he leaned over to hear an old man talk about the struggles of his people. I heard Native Americans share their pain as if they somehow knew, because of a certain sorrow in his heart coupled with an active and tough mind, that my father would do everything to help.
So it happened wherever he went — on the streets of the Bedford-Stuyvesant neighborhood in Brooklyn, in a square in Warsaw or in the well of the Senate. And wherever he could, he acted. After visiting Bed-Stuy, he pressed his campaign donors to direct investments into one of New York City’s poorest and most neglected neighborhoods.
After my grandfather had a stroke, he was paralyzed on his right side and could say just one word, “no,” which he repeated over and over. For nine years, this larger-than-life figure, this once strong, powerful man, could say nothing more. But his son would have long political discussions with him. They talked about running for president — the mood of the electorate, the dynamics of the various states. All you could hear from my grandfather was “no,” but repeated with a nuance that allowed my father to discern his still sharp political assessments.
That same quality made each of his children feel deeply loved and made all nine of our dogs worship him, especially Freckles, who followed him on the campaign trail. Robert Kennedy had a wonderful way of allowing others to tell him how the world looked through their eyes. Indeed, so many people across this nation were grateful for his belief in their worth — they knew his faith in the humanity of his fellow Americans.
He lived by a moral compass that others, less certain of their direction, looked to for guidance. Even if what he asked was hard to hear and heed, he gave others the strength to believe not just in his guidance but in themselves.
The truth is, we all just plain loved him.
3) The Delta in Our Home
By Kathleen Kennedy Townsend, a former lieutenant governor of Maryland.
The spring Saturday was lovely. I was on the rope swing, waiting for my father to come home and for all of us to be called to dinner. Usually, on such a warm weekend day, our family would eat outdoors. My father would grill steaks smothered in mustard. But he was returning late from a trip to the Mississippi Delta, where he’d been conducting Senate hearings on hunger. It was 1967, and I was 15.
After the bell rang, I got to the dining room before the others. The long table was set with linen, silver and crystal. Painted portraits of my brothers and sisters hung on the walls. And suddenly, my father entered. He looked haunted and started talking to me, shaking his head in distress as he described the people he’d met in the Delta. “I was with a family who live in a shack the size of this dining room,” he told me. “The children’s stomachs were distended and had sores all over them. They were starving.” He was outraged that this could happen in the world’s richest country.
“Do you know how lucky you are?” he asked me, and then repeated, “Do you know how lucky you are? You have a great responsibility. Do something for these children. Do something for our country.”
I can’t remember what I said. I’m afraid I may have asked how hunger could make people’s stomachs larger. I wanted to think about how I might act on his advice, but for the moment felt only the importance of his giving it.
I thought of another time when he’d given me very personal advice, in a letter after his brother Jack was killed. “Dear Kathleen,” he’d written then. “You seem to understand that Jack died and was buried today. As the oldest of the Kennedy grandchildren, you have a special responsibility. A responsibility … to be kind to others and work for our country. Love, Daddy.”
After our brief exchange, he went upstairs to change. During dinner, he spoke again at length about the families he’d met in the Delta. He reiterated his message of personal responsibility, which was familiar to the whole family. My father had often quoted St. Luke, that from those who have been given much, much will be expected. And he made a point to take us to places where people lived in circumstances that were far different from ours — on Indian reservations, in Harlem, in Appalachia.
But on that evening his outrage was especially obvious, his sense of injustice palpable. And he wanted his children to feel the desperation of those children the way he had — and to see the need to do something positive about it.
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