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>Is there a Chavez terror network on America’s doorstep?

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By Roger Noriega, ambassador to the Organization of American States from 2001 to 2003 and assistant secretary of state from 2003 to 2005. He is a visiting fellow at the American Enterprise Institute and managing director of Vision Americas LLC, which represents U.S. and foreign clients (THE WASHINGTON POST, 21/03/11):
President Obama’s trip to South America has showcased promising partnerships in Brazil and elsewhere. His visit, however, should also focus attention in the region and within his administration on the fact that Iran and Venezuela are conspiring to sow Tehran’s brand of proxy terrorism in the Western Hemisphere.
On Aug. 22, 2010, at Iran’s suggestion, Venezuelan President Hugo Chavez hosted senior leaders of Hamas, Hezbollah and Palestinian Islamic Jihad (PIJ) in a secret summit at military intelligence headquarters at the Fuerte Tiuna compound in southern Caracas. Among those present were Palestinian Islamic Jihad Secretary General Ramadan Abdullah Mohammad Shallah, who is on the FBI’s list of most-wanted terrorists; Hamas’s “supreme leader,” Khaled Meshal; and Hezbollah’s “chief of operations,” whose identity is a closely guarded secret.
The idea for this summit sprang from a meeting between Iran’s ambassador to Syria, Ahmad Mousavi, and his Venezuelan counterpart, Imad Saab Saab, at the Venezuelan embassy in Damascus on May 10, 2010. According to the report received by Venezuela’s foreign minister, the two envoys were discussing a meeting between their presidents and Hezbollah’s leader, Hasan Nasrallah, when the Iranian suggested that the three meet Chavez in Caracas. That these infamous criminals left their traditional havens demonstrates their confidence in Chavez and their determination to cultivate a terror network on America’s doorstep.
According to information from within the Venezuelan regime, arrangements for the August conclave were made by Chavez’s No. 2 diplomat in Syria, Ghazi Nassereddine Atef Salame. Nassereddine is a naturalized Venezuelan of Lebanese origin who runs Hezbollah’s growing network in South America – which includes terror operatives and drug traffickers. A document obtained recently from a senior Venezuelan diplomat indicates that Nassereddine does business with four companies operated by Walid Makled, a cocaine smuggler indicted in the United States and detained in Colombia.
Makled has admitted his ties to the drug trade in a series of media interviews from jail. He claims to have documents and videotapes proving the complicity of Chavez’s military commander, Henry Rangel Silva, and other Chavista cronies in cocaine smuggling. Colombian authorities say they must return Makled to his native Venezuela to face a murder charge, and U.S. diplomats have concluded it is pointless to continue pressing for his extradition to face drug charges in New York. Yet the revelation that Makled can cast light on Nassereddine’s Hezbollah network should spur U.S. diplomats to renew their push for Makled’s extradition to the United States.
The danger posed by a network of terrorists in the Americas is very real. Last May, Muhammad Saif-ur-Rehm Khan, a Pakistani applying for a U.S. visa at the American Embassy in Santiago, Chile, was detained after guards detected traces of bomb-making materials on his hands. U.S. officials discovered Khan’s link to the Islamist group Jamaat al-Tabligh. It is not clear how much they shared with Chilean investigators. Lacking evidence to prosecute Khan, Chilean authorities released him in January, and he left the country bound for Turkey. A high-ranking Chilean source informed me that, before his arrest, Khan lived and associated with persons of Egyptian, Saudi and Lebanese background – many of whom carried Venezuelan passports. One of the officials accused of issuing such Venezuelan identity documents to suspicious foreigners is Chavez confidante Tarek Zaidan El Aissami. Also Venezuela’s interior minister, El Aissami is of Syrian descent; his father is known for having publicly praised Saddam Hussein and Osama bin Laden; and his brother, Firaz, is an associate of the cocaine smuggler Makled.
The threat posed by globe-trotting terrorists is ever-present. A U.S. security official told me in mid-January that two known al-Qaeda operatives were in Caracas planning a “chemical” attack on the U.S. embassy; on Jan. 31, the embassy was closed, and reports at the time cited “credible threats.”
A Venezuelan government source has told me that two Iranian terrorist trainers are on Venezuela’s Margarita Island instructing operatives who have assembled from around the region. In addition, radical Muslims from Venezuela and Colombia are brought to a cultural center in Caracas named for the Ayatollah Khomeini and Simon Bolivar for spiritual training, and some are dispatched to Qom, Iran, for Islamic studies. Knowledgeable sources confirm that the most fervent recruits in Qom are given weapons and explosives training and are returned home as “sleeper” agents.
U.S. authorities could act today to degrade Chavez’s ability to support terrorism and Tehran. There are money-laundering, drug-trafficking or Iran-specific statutes they could invoke. The question is whether they will respond swiftly and effectively enough to prevent a deadly attack.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 22, 2011 Publicado por | terrorismo, Venezuela | Dejar un comentario

>¿Son los terroristas unos dementes?

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Por David Patrick Houghton, profesor de Ciencia Política en la Universidad de Florida Central. Traducido del inglés por Carlos Manzano (Project Syndicate, 11/02/11):
Uno de los más comunes malentendidos populares sobre las causas del terrorismo es el de que los terroristas han de ser unos “dementes” para hacer lo que hacen. Esa idea es tan falsa como consoladora.
Los conservadores en los Estados Unidos, por ejemplo, despotrican contra la “locura” de los terroristas islámicos y consideran los intentos de entender el terrorismo formas de contemporización o de progresismo extremoso. A raíz del 11 de septiembre de 2001, en particular, muchos derechistas entendieron equivocadamente el intento de entender o explicar las acciones de los terroristas como encaminado a justificarlas.
Sin embargo, no es la primera vez. Después de la segunda guerra mundial, el mito del “nazi loco” ejerció una profunda influencia en la imaginación popular; desde luego, sólo unos dementes podían perpetrar algo como el Holocausto, pero las investigaciones de ciencias sociales en los decenios de 1940 y 1950, incluidas las entrevistas con dirigentes nazis supervivientes, demostraron que los miembros de la jerarquía gubernamental alemana no sólo eran cuerdos, sino también muy inteligentes.
Además, a comienzos del decenio de 1960, el psicólogo social Stanley Milgram había mostrado que americanos comunes y corrientes estaban dispuestos a hacer casi cualquier cosa al obedecer a una autoridad malévola. Es famoso su experimento por el cual indujo a personas de diversas clases sociales y profesiones a administrar lo que creían ser descargas eléctricas cada vez más fuertes a una víctima indefensa (representada por un actor) sentada en una habitación contigua y sus conclusiones se han reproducido en todo el mundo.
Fue una conclusión difícil de aceptar. A la mayoría de las personas, ante el horror de lo que habían hecho los nazis, le resultaba psicológicamente más fácil considerar que lo ocurrido había sido el comportamiento de personas trastornadas o la consecuencia de alguna clase de huida colectiva, pero, ¿habían perdido de repente la razón de la noche a la mañana gran número de alemanes o formaban parte de una situación en la que la mayoría de nosotros habríamos hecho simplemente lo que se nos ordenara?
Una resistencia similar a conclusiones nocivas –y asimismo comprensible desde el punto de vista psicológico– impregna las opiniones actuales sobre los terroristas. Nuestra reacción automática con frecuencia reforzada por tradiciones filosóficas occidentales y retórica política simplista es la de que los actos perversos han de ser obra de personas fundamentalmente perversas o dementes.
Como en el caso de los nazis, el estudio del terrorismo moderno partió de la posición inicial de que una disposición particular –conocida en la bibliografía como “personalidad terrorista”– caracteriza a la mayoría de los terroristas o a todos. En los decenios de 1970 y 1980, las autoridades de la Alemania Occidental permitieron a psicólogos y psiquiatras entrevistar a sospechosos de terrorismo entonces encarcelados o en espera de juicio, incluidos miembros de la Facción del Ejército Rojo.
Un grupo de expertos acudió a las cárceles en busca de pruebas que justificaran sus teorías favoritas de psicología terrorista. Según las conclusiones formuladas por algunos de ellos después de celebrar las entrevistas, todos los terroristas eran narcisistas egoístas. Otros sostuvieron que todos los terroristas eran víctimas de paranoia clínica o algún otro tipo de psicosis. Algunos indicaron incluso la tesis algo extraña de que los terroristas suelen haber perdido a uno de sus padres en la infancia y están poniendo en acto la agresión debida a su consiguiente frustración con la vida.
Todas esas opiniones compartían la creencia de que había algo fundamentalmente anormal en la “personalidad terrorista”, algo degenerado e inhabitual que “los” separa de “nosotros”, sin importarles que los rasgos destacados de esa supuesta personalidad descubiertos por investigadores diferentes no coincidieran y que éstos llegaran a conclusiones fundamentalmente diferentes al respecto.
Desde entonces, la ciencia social ha reforzado el escepticismo sobre que todos los terroristas compartan semejantes rasgos esenciales de la personalidad. Además, cada vez hay un reconocimiento mayor de que las circunstancias sociales en las que se encuentran los terroristas desempeñan un papel importante.
Lo que sabemos sobre la mentalidad de los terroristas nos dice que la mayoría de ellos no están perturbados ni dementes, sino que han adquirido un conjunto diferente de creencias y se han encontrado en condiciones sociales muy diferentes de las nuestras. Dicho con sencillez, las causas del terror son en gran medida situacionales y las situaciones son, a su vez, tan diversas como los propios actos (los miembros del IRA, por ejemplo, se han encontrado, evidentemente, en circunstancias muy diferentes de las de los miembros de Al Qaeda).
Naturalmente, hemos de reconocer que nuestro conocimiento de los terroristas de la vida real es limitado y todavía nos falta mucho por saber sobre el tipo de ambientes que fomentan el comportamiento terrorista. Probablemente nuestro conocimiento de los factores que propiciaron los atentados con bombas en julio de 2005 en Londres, por ejemplo, sigue siendo muy inferior a nuestra ignorancia.
La gran contribución de la ciencia social a la comprensión del mal humano ha sido la de exponer verdades difíciles de aceptar. Cuando recurrimos a teorías psicológicamente consoladoras, pero engañosas, sobre el terrorismo, entorpecemos nuestra comprensión de la violencia política en general… y, por tanto, debilitamos nuestra capacidad para evitarla o reducirla al mínimo.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

febrero 21, 2011 Publicado por | terrorismo | Dejar un comentario

>Terrorism meets xenophobia in Russia

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By Charles King, a professor at Georgetown University and the author of Odessa: Genius and Death in a City of Dreams and Rajan Menon, a professor of political science at City College of New York/City University of New York and the author of The End of Alliance (LOS ANGELES TIMES, 06/02/11):
If current demographic trends continue, within the next half-century Muslims will constitute a sizable part, perhaps even a plurality, of Russia’s population; indeed, Moscow currently has more Muslim inhabitants than any other European city. And unlike those in Amsterdam or Paris, most of Moscow’s Muslims are citizens, not immigrants — products of the Russian Empire’s 19th century southward expansion. In the coming decades, Muslim peoples from Russia’s North Caucasus and Volga regions, together with migrants from neighboring Central Asia and Azerbaijan, will continue to displace Russia’s Slavic core and reshape how the country defines itself.
These shifts pose new challenges to Russia’s stability. Last December, following the slaying of an ethnic Russian in Moscow, allegedly by a man from the North Caucasus, mobs of chanting youths took to the streets, arms raised in Nazi salutes. “Moscow for Muscovites,” read one of their tamer bits of graffiti. Photos and video showed other young men — pummeled, bloodied and dark-haired — cowering behind a thin phalanx of police officers.
Russia has an undeniable terrorism problem emanating from its restive North Caucasus, a region featuring authoritarian politics and a growing Islamist insurgency. But it also has a xenophobia problem. Xenophobic mob attacks on Muslim minorities in the national capital and other major cities could make terrorism attacks occasions for additional bloodshed. This deadly tit-for-tat threatens, especially in the context of an economic crisis, to stoke ethnic and religious conflict, empowering Russia’s increasingly visible ultranationalist forces.
The people targeted in the violent episodes exemplified by Moscow’s December demonstrations were primarily from the North Caucasus, a mountainous stretch along Russia’s southern border with Georgia and Azerbaijan. In the wake of two wars in Chechnya, an insurgency has gained ground across the area. That, along with poverty, joblessness and the indiscriminate roundups of young men by state security services, has spurred out-migration from the area since the 1990s.
The more chaotic the North Caucasus becomes, the larger the exodus of people to Moscow, St. Petersburg and other cities, and in turn the greater the likelihood of violence between far-right hooligans and Russian Muslims.
Russia’s leaders understand the stakes. President Dmitry Medvedev has labeled the North Caucasus his country’s greatest internal problem. After the December riots, he denounced the fanatics for sowing disorder. Likewise, Prime Minister Vladimir Putin warned against extremism of all sorts.
Moscow has also tried to stabilize the North Caucasus. It has increased investment in Chechnya, seeking to rebuild the republic after the weakening of the insurgency there. Still, the other North Caucasus republics — unfamiliar places such as Dagestan and Kabardino-Balkaria — remain mired in poverty and unemployment. The Kremlin has sought to buy off power brokers in the region, hoping to rely on the local strongmen to keep order and crack down on suspected insurgents.
But this is not the kind of thoroughgoing reform that is needed. And the indiscriminate dragnets deployed against Muslim men in the region have driven even more young people to leave or to join the insurgency’s ranks.
In the meantime, anti-migrant chauvinists in major cities farther north have made life even more miserable for those fleeing the North Caucasus. Politicians have inflamed the situation by painting all Muslim migrants as criminals and aliens. And the Russian media tend to denounce the chaos while ignoring the victims — unless they are ethnic Russians.
Russia has seen all this before. The eruptions of violence against neighbors who were also perceived as insidious outsiders marked Russia’s early 20th century. Anti-Jewish pogroms in then-Russian cities such as Kishinev and Odessa assaulted one of the Russian Empire’s most vibrant communities. But they also hurt Russia: by increasing emigration, staining the country’s international reputation and creating a repertoire of violence against Jews that was reprised during the Bolshevik revolution and Russian civil war.
Then, as now, the thugs were a tiny part of the population. Neither today’s extreme nationalists nor the Islamist terrorists are representative of the communities they claim to speak for — a point Medvedev, who has praised Islam as a vital part of Russian history, has been at pains to make.
It is a fine line the Russian government must walk. In responding to terrorism, the government must be careful to separate the terrorists from the rest of Russia’s large Muslim community. Medvedev’s use of the term “pogrom” to describe last December’s riots is a step in the right direction. Without such clear signals from Moscow, Muslims in and from the North Caucasus — who, after all, have been the main victims of Islamist terrorism for years — will wonder whether the country they now call home is big enough to embrace them.
The Domodedovo Airport bombing points to the need for better intelligence and policing to protect all of Russia’s citizens. Russia’s creaking security services, often heavy handed and inefficient, have scored some remarkable successes against insurgents, and the airport attack will be another opportunity to reexamine the performance of state institutions. But the larger challenge for Russian citizens and their government involves coming to terms with a future in which the Muslim periphery is no longer so peripheral.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

febrero 8, 2011 Publicado por | Rusia, terrorismo | Dejar un comentario

>Las amistades libias de El Tunecino

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Por Fernando Reinares, catedrático de Ciencia Política en la Universidad Rey Juan Carlos e investigador principal de terrorismo internacional en el Real Instituto Elcano (EL PAÍS, 29/04/10):
El pasado 24 de marzo, en Trípoli, tuve ocasión de mantener una entrevista privada con Abu Abdullah al Sadeq, el hasta hace muy poco emir o jefe supremo del Grupo Islámico Combatiente Libio (GICL), una organización terrorista formada a mediados de la década de los noventa del pasado siglo y después asociada con Al Qaeda. Entre otras cosas -enseguida diré por qué- hablamos sobre Serhane ben Abdelmajid Fakhet, El Tunecino. Es decir, sobre quien fuera cabecilla de la célula operativa que preparó y ejecutó los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid y algo más de tres semanas después, concretamente el 3 de abril, llevase a cabo, junto a otros componentes de la misma, un acto de terrorismo suicida en Leganés, episodio del cual se acaban de cumplir seis años.
Anochecía y los responsables de la fundación que preside Saif al Islam Gadafi, segundo de los hijos varones del autócrata mandatario de Libia y más que supuesto aspirante a su futura sucesión, a instancias de la cual llevaba yo varios días en el país -pese a que sus fronteras permanecían infranqueables para ciudadanos europeos con pasaporte de algún Estado integrado en el llamado espacio Schengen-, para tomar parte en un seminario sobre desradicalización de terroristas, se apresuraron a confirmarme que Abu Abdullah al Sadeq esperaba en casa de unos familiares, en una barriada popular de la capital norteafricana. En realidad, Abu Abdullah al Sadeq es el sobrenombre con el que se ha venido conociendo a Abd al Hakim Belhajj en su prolongada condición de máximo dirigente del GICL.
A finales de 2007, una parte de los miembros de este grupo decidieron fusionarse con Al Qaeda. Se trataba sobre todo de militantes que desde hace tiempo se encontraban en las zonas tribales de Pakistán y estrechamente vinculados a dicha estructura terrorista. Pero una sustanciosa parte del resto optó por hacerlo desaparecer en la práctica a lo largo de 2009, después de un complicado proceso de negociación entre sus responsables presos o en el exilio y las autoridades libias que se prolongó durante casi tres años. El propio Abu Abdullah al Sadeq había sido excarcelado por eso mismo el día anterior a nuestro encuentro, junto a otros destacados antiguos integrantes del directorio del GICL entre los cuales estaba también el segundo en la jerarquía del mismo, Khalid al Sharif y su principal ideólogo, Sami al Saadi.
Con Abu Abdullah al Sadeq cabía hablar de su trayectoria en el GICL o la decisión de abandonar la yihad terrorista contra el régimen libio tras involucrarse, al igual que decenas de los correligionarios que estuvieron a sus órdenes, en un denominado programa de diálogo y reconciliación puesto en marcha a inicios de 2007 por las autoridades de Trípoli. Pero había un asunto que adquiría especial interés desde una perspectiva española y reverberaba en mi cabeza mientras era conducido a la entrevista, en compañía de Rohan Gunaratna, director del Centro de Investigación sobre Violencia Política y Terrorismo de Singapur. Y es que, como recoge el sumario incoado en la Audiencia Nacional por los atentados del 11-M, existían indicios de un vínculo entre Abu Abdullah al Sadeq y Serhane ben Abdelmajid Fakhet.
Cuando, ya en casa de sus hermanos, surgió la ocasión de inquirir al que fuera emir del GICL sobre ese vínculo, su primera reacción, a través del intérprete que traducía del árabe al inglés y viceversa, fue negar que conociese a El Tunecino. Pero, al insistir en ello -había motivos para hacerlo-, Abu Abdullah al Sadeq, a buen seguro que consciente ya de los términos específicos de mi pregunta, admitió que sí, que conocía a Sernane ben Abdelmajid Fakhet. Entonces añadió, esta vez directamente en inglés, idioma que no le es del todo extraño: “No era miembro de nuestro grupo”. Al pedirle que me dijese de qué lo conocía, admitió, ahora a través del intérprete, que con El Tunecino tenía “relaciones sociales”. Lástima que Abu Abdullah al Sadeq no quisiese continuar la conversación y se excusara.
Desde luego, preguntar a Abu Abdullah al Sadeq por su relación con Serhane ben Abdelmajid Fakhet no era inocente. Existe un informe policial, elaborado con contribuciones de distintos servicios de seguridad extranjeros, incluido en la documentación judicial del 11-M, en el que se sustancia información referida a comunicaciones mantenidas a través de teléfonos móviles, unas semanas antes de aquella infame fecha, entre El Tunecino y el entonces emir del GICL. Éste se hallaba en aquellos momentos en el Este de Asia, donde sería detenido y finalmente entregado a las autoridades libias. El hecho de que haya reconocido su relación con el que fue cabecilla de la célula que perpetró los atentados de Madrid concede valor añadido a ese dato, pero es además significativo por otras razones.
Por una parte, confirma aún más -si cabe- que los terroristas del 11-M, lejos de constituir una célula independiente, tenían importantes e incluso decisivas conexiones internacionales. La propia sentencia por los atentados de Madrid puso claramente de manifiesto que dichas conexiones existían respecto al Grupo Islámico Combatiente Marroquí (GICM). Más recientemente he podido revelar los vínculos entre destacados miembros de la red terrorista del 11-M, incluido el propio Serhane ben Abdelmajid Fakhet, y el mando de operaciones externas de Al Qaeda en Pakistán, a través de Amer el Azizi (véase EL PAÍS, 17 de diciembre de 2009 y 11 de marzo de 2010). Ahora, es el propio líder del Grupo Islámico Combatiente Libio quien confirma sus relaciones con El Tunecino.
Por otra parte, esta misma confirmación invita a revisar las relaciones del GICL, o de algunos de sus más relevantes integrantes, con la red terrorista del 11-M. El propio Amer el Azizi permaneció durante la primera mitad de 2001 en el campo de entrenamiento Mártir Aby Yayhya, que el GICL tenía unos 20 kilómetros al norte de Kabul, en Afganistán, lo que consolidó sus ligámenes con dicha organización y con el GICM. En segundo lugar, fue un prominente miembro de aquella, Malek el Andalusi, quien ordenó a Mustafa Maymouni establecer una célula terrorista en Madrid en 2002, después de que delegados del GICL, del GICM y de su entidad análoga tunecina acordaran en Estambul, en febrero de ese año, llevar a cabo actos de yihad en países de los que procedieran o donde residieran sus miembros.
Por si fuese poco, el propio Mustafa Maymouni casó a dos de sus hermanas, respectivamente, con Serhane ben Abdelmajid Fakhet, el cabecilla de la célula operativa de los atentados de Madrid, y con Ziyad al Hashim, también conocido como Imad al Libi, un destacado miembro del GICL. Más todavía: en Trípoli pude asimismo confirmar, durante una conversación mantenida en la tarde del 23 de marzo con Noman Benotman, antiguo mando operativo de dicho grupo, que El Tunecino, minutos antes de suicidarse en Leganés, contactó por teléfono con otro destacado miembro de la misma organización que se encontraba en Londres. Algo suficientemente importante tenía que transmitir Serhane ben Abdelmajid Fakhet a este último, quien posteriormente dijo a mi interlocutor que habían hablado de “negocios”.
En suma, la interacción entre notorios miembros del Grupo Islámico Combatiente Libio y al menos dos de los individuos que desempeñaron papeles fundamentales en la red terrorista que perpetró los atentados del 11-M es manifiesta desde el origen de esta última en la segunda mitad de 2002 hasta su desaparición efectiva con el episodio suicida que siete de sus miembros llevaron a cabo en abril de 2004, hace seis años. Esta conexión se añade a las del Grupo Islámico Combatiente Marroquí y el mando de operaciones externas de Al Qaeda. Pese a todo, aún hay quienes continúan hablando de los atentados de Madrid como si hubieran sido cosa de una célula local independiente o carente de nexo alguno con la urdimbre internacional del terrorismo yihadista. No será porque falte evidencia de lo contrario.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

mayo 2, 2010 Publicado por | terrorismo | Dejar un comentario

>Patriot Act: seguridad y libertad

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Por Antoni Segura, catedrático de Historia Contemporánea de la Universitat de Barcelona (EL PERIÓDICO, 09/04/10):
En los días que siguieron a los atentados del 11-S algunas voces sensatas pidieron prudencia para no caer en una respuesta de venganza ciega e indiscriminada como pretendían los responsables de las masacres de las Torres Gemelas y el Pentágono. Por desgracia, no fueron escuchadas y el presidente George Bush y los neocons, que vieron la oportunidad de aplicar sus políticas unilaterales y de fuerza, reaccionaron con la invasión de Afganistán. A la vez, se adoptaron toda una serie de medidas destinadas a restringir las libertades fundamentales con el pretexto de garantizar la seguridad. La primera fue la directiva secreta del 17 de septiembre que instaba a la CIA a «perseguir, capturar, encarcelar e interrogar a sospechosos de terrorismo en todo el mundo». Siete días más tarde, se bloqueaban los bienes de decenas de personas y organizaciones vinculadas con Al Qaeda. El 13 de noviembre, el presidente Bush firmaba una directiva para juzgar en tribunales militares de excepción a extranjeros sospechosos de terrorismo o de atentar contra la seguridad nacional. La directiva no respetaba ningún derecho de los detenidos –derecho a un juicio público, acceso a las pruebas, elección de abogado, etcetera– y dio lugar al limbo jurídico de Guantánamo.
PERO, SIN DUDA, el paso más importante se había dado el 26 de octubre con la aprobación de la USA Patriot Act, que introducía cambios legales en los derechos fundamentales de los ciudadanos de EEUU en materias de libertad de asociación, de información, de expresión, de representación y de derecho a un juicio rápido y público, otorgando más poderes al Gobierno para detener a sospechosos de terrorismo y realizar escuchas en las comunicaciones. Así, en aplicación de la nueva ley, en los días siguientes fueron detenidos en secreto cientos de personas sin cargo; se autorizaron escuchas en las cárceles entre abogados y sus clientes, y el Gobierno decretó prisión indefinida, sin cargos y sin juicio, para sospechosos de terrorismo.
La oposición a la USA Patriot Act movilizó a asociaciones prolibertades civiles –American Civil Liberties Union, Amnistía Internacional, Lawyers Committee for Human Rights–, intelectuales y políticos, entre los que destacó Ronald E. Paul, diputado republicano al Congreso por Texas, que afirmó que el objetivo de la ley «no es luchar contra el terrorismo, sino aumentar el poder policial contra los ciudadanos». Las principales críticas apuntaban a la conculcación de la Constitución y de algunas enmiendas, y de tratados internacionales firmados por Washington como la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, la convención contra la tortura y la convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación racial. Además, la ley anulaba los controles en el Gobierno y las instituciones federales como el FBI. Según Human Rights, los cambios supusieron una restricción de las libertades y una perversión del papel de la ley.
La USA Patriot Act tenía una vigencia de cuatro años, pero fue renovada el 9 de marzo del 2006, no sin una agria polémica en el Senado, que quería anular los artículos más restrictivos de la ley, y en el Congreso, que no quería introducir grandes cambios. Se impuso la versión del Congreso. Recientemente, el 27 de febrero del 2010, el presidente Obama la prorrogó un año más después de que los demócratas fracasaran en su intento de introducir cambios en su paso por las cámaras.
A NIVEL internacional, la USA Patriot Act ha tenido un efecto de imitación indudable y muchos países democráticos han adoptado medidas de emergencia similares –que, como la ley, pueden convertirse en definitivas– y, lo que es peor, muchos estados de dudosas credenciales democráticas han hallado en la norma un pretexto inmejorable para legitimar sus excesos y conculcar los derechos humanos. Lo expresó sin reparos Hosni Mubarak al afirmar que «las nuevas políticas americanas vienen a demostrar» que tenían «razón desde un principio al usar todos los medios, incluidos los tribunales militares, para combatir el terrorismo. [...] No hay duda de que los sucesos del 11 de setiembre crearon un nuevo concepto de democracia que difiere del que defendían los estados occidentales antes de estos acontecimientos, sobre todo, en lo tocante a libertad individual».
En conclusión, en el mejor de los casos, la adopción de leyes de emergencia o antiterroristas se hizo respetando el Estado de derecho y sin violentar excesivamente los derechos fundamentales. En el peor, la referencia a la política antiterrorista de EEUU ha servido como excusa para seguir conculcando los derechos humanos, restringiendo las libertades y reprimiendo a la oposición. Aunque lo más grave es que, a la vista de los acontecimientos producidos desde el 2001, este progresivo deterioro de los derechos fundamentales ha resultado ineficaz e inútil a la hora de garantizar la seguridad, lo que demuestra la falsedad de la dicotomía entre libertades y seguridad, porque, como afirmó Benjamin Franklin, quien «pone la seguridad por encima de la libertad se arriesga a perder ambas cosas».
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

abril 27, 2010 Publicado por | terrorismo | Dejar un comentario

>¿Qué amenaza implica el terrorismo global para las sociedades abiertas?

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Por Fernando Reinares, catedrático de la Universidad Rey Juan Carlos Investigador Principal del Real Instituto Elcano (ABC, 11/09/09):

Hablar de terrorismo global es hacerlo del terrorismo relacionado directa o indirectamente con Al Qaeda. Este terrorismo global, que lo es por cuanto ambiciona la instauración de un califato panislámico que implique el dominio del credo musulmán sobre la humanidad, por la extensión geográfica de sus actores y de sus acciones, y por haber mostrado capacidad para perpetrar atentados a escala mundial, como los ocurridos hace ocho años en Nueva York y Washington, se ha transformado desde entonces. Hoy en día incluye no sólo a la elusiva estructura terrorista liderada por Osama bin Laden y Ayman al Zawahiri, sino también a sus extensiones territoriales –como Al Qaeda en la Península Arábiga, Al Qaeda en Irak o Al Qaeda en el Magreb Islámico-, a un diverso elenco de grupos y organizaciones que mantienen estrechos ligámenes con aquella -especialmente, aunque no sólo, de talibanes afganos y paquistaníes- y, por último, a células independientes e incluso individuos aislados únicamente inspirados por la propaganda extremista.

Pues bien, desde hace más de dos años ocurren cada mes centenares de atentados atribuibles a ese terrorismo global. La mayoría son obra de las aludidas extensiones territoriales de Al Qaeda o de algunos de los grupos y las organizaciones afines a la misma. No estamos ante un fenómeno amorfo, carente de articulación y liderazgo, sino ante uno polimorfo, cuyos elementos constitutivos varían en estructura y estrategia, pero comparten en lo fundamental una ideología y una agenda. Sus escenarios preferentes están en el Sur de Asia y Oriente Medio, más concretamente en Afganistán -donde el terrorismo es parte sustancial de una actividad insurgente más amplia-, Pakistán, Irak e incluso India. En estos países, los atentados perpetrados por actores vinculados al actual terrorismo global son prácticamente cotidianos, aunque difieran en magnitud y consecuencias. Sin olvidar que son asimismo frecuentes en otros como Argelia, Somalia o Yemen. Y que en la misma categoría cabría incluir un significativo número de cuantos acontecen en el norte del Cáucaso.

Pese a la retórica antioccidental que lo acompaña, el terrorismo relacionado con Al Qaeda se produce sobre todo en países cuyas poblaciones son mayoritariamente musulmanas y la mayoría de sus víctimas son musulmanes, calificados de apóstatas o renegados por los extremistas, en ocasiones por tratarse de chiíes y otras veces, las más, por no acatar las directrices que tratan de imponer los terroristas. Esta realidad pone de manifiesto que el actual terrorismo global es más la expresión de un conflicto entre musulmanes que el exponente de un choque de civilizaciones. Dicho lo cual, sus orígenes se remontan a una alianza de Al Qaeda con algunos pequeños grupos armados de orientación islamista, establecida en febrero de 1998, denominada Frente Islámico Mundial contra Judíos y Cruzados. Un eufemismo para señalar como adversario principal a las sociedades abiertas de Norteamérica y Europa, además de Israel. Este discurso se ha mantenido hasta nuestros días e implica que ciudadanos e intereses occidentales son blanco ubicuo y permanente del terrorismo global.

Ahora bien, sólo unos pocos de los miles y miles de sus atentados contabilizados desde el 11-S han tenido lugar en países occidentales. En nuestras sociedades abiertas, los actos de terrorismo global son episódicos si comparamos su frecuencia con la de otras demarcaciones geopolíticas. Este dato sitúa la amenaza para el mundo occidental en su adecuada dimensión, sin exagerar pero sin negar que dicho problema es real y todo indica que duradero. Durante los últimos ocho años, en Estados Unidos se han podido desbaratar al menos una docena de atentados en cuya planificación y ejecución intervinieron individuos relacionados con la urdimbre terrorista que gira en torno a Al Qaeda. Ahora bien, la sofisticación de estas tentativas y el perfil de sus autores han sido muy variados. No ha cesado la amenaza procedente del exterior -perpetrar un nuevo gran atentado en territorio estadounidense continúa estando entre los propósitos de Al Qaeda-, pero la eventualidad de que sean células endógenas e independientes las que perpetren actos relativamente menores de terrorismo en suelo norteamericano -incluyendo a Canadá- está ahí.

Durante ese mismo periodo de tiempo, en la Unión Europea han tenido lugar atrocidades como el 11 de marzo o el 7 de julio, si bien el número de atentados relacionados con el terrorismo global que las policías y los servicios de inteligencia han impedido es mayor del contabilizado en Estados Unidos. Entre los planes que fracasaron adquiere especial significación el que en agosto de 2006 pretendió hacer estallar, mediante explosivos líquidos, al menos siete aeronaves comerciales en ruta desde el aeropuerto de Heathrow hacia sus destinos transatlánticos. Pero no menos relevantes son los atentados previstos en Alemania para el otoño de 2007 o los que pudieron haber afectado a Barcelona y otras metrópolis continentales en 2008. En conjunto, son incidentes en los que han intervenido tanto individuos con pasaporte comunitario -algunos conversos radicalizados- como extranjeros. Individuos que constituían células dirigidas por el directorio de Al Qaeda o vinculadas con su extensión norteafricana, estaban ligados a entidades asociadas -como el Grupo Islámico Combatiente Marroquí, la Unión de Yihad Islámica o Therik e Taliban Pakistan- o formaban redes terroristas independientes.

Tal y como evoluciona, la amenaza del terrorismo global en el mundo occidental sugiere aún la posibilidad de atentados múltiples, con bombas u otros artefactos explosivos, en cuya ejecución participarían suicidas. El transporte público y la aviación civil serían blancos preferentes, sin olvidar otros cuyo menoscabo pudiera ocasionar entre decenas y centenares de muertos, o las infraestructuras energéticas. Esto alude, con todo, a atentados que, si bien pueden ocurrir en cualquier momento y sin previo aviso -¿no es una lección a extraer de los ocurridos en Madrid y Londres?-, causarían numerosas víctimas y una conmoción en la opinión pública tan considerable como coyuntural. Pero seguirían sin afectar en lo esencial el modo de vida y las instituciones occidentales. A este respecto, las sociedades abiertas han mostrado una evidente resiliencia. Para que fuese de otro modo tendrían que producirse atentados de cadencia e intensidad inusitadas, lo que no parece verosímil. O que Al Qaeda tenga éxito en la innovación devastadora que persigue. Es decir, en cometer algún acto de megaterrorismo con armas de destrucción masiva. Un atentado nuclear, por ejemplo, sí podría socavar gravemente los fundamentos del orden social y político inherentes al mundo occidental. Estadísticamente es improbable. Prevenirlo es inexcusable.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

septiembre 15, 2009 Publicado por | Al Qaeda, terrorismo | Dejar un comentario

>El emperador está desnudo

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Por Fawaz a. Gerges, de la cátedra Christian A. Johnson sobre Oriente Medio, Sarah Lawrence College (Nueva York). Autor de El viaje del yihadista: dentro de la militancia musulmana, ed. Libros de Vanguardia. Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 10/09/09):

Es indudable que la guerra global de Estados Unidos contra el terrorismo ha sido un desastre. En el fondo de la cuestión late una incapacidad para entender el contexto y la dinámica de la política musulmana; por ejemplo, las diferencias y límites conceptuales entre islamistas moderados, activistas radicales no violentos, yihadistas locales y yihadistas globales como los miembros de Al Qaeda.

A lo largo de ocho años, el discurso dominante estadounidense desdibujó los contornos entre los términos islamista, radical, militante, extremista, yihadista y terrorista.Estados Unidos equiparó el lenguaje ofensivo y escandaloso de los islamistas a la acción violenta de los yihadistas. Pero existen marcadas diferencias entre grupos políticos de ámbito local y regional como el palestino Hamas y el libanés Hizbulah y los grupos yihadistas sin fronteras y de alcance global como Al Qaeda, en guerra contra Estados Unidos y sus aliados occidentales desde mediados de los años noventa.

En lugar de adoptar un enfoque más constructivo –que distinga entre los numerosos rostros del islam en su vertiente política-, los expertos en terrorismo y los amantes de la cruzada optaron por el enfoque más cómodo y de talante reduccionista de meter a todos los islamistas en el mismo saco. Juzgaron tanto a los integrantes del núcleo principal del islam como a los militantes radicales a través del prisma de Al Qaeda.

Tales observadores, a sabiendas o sin querer, suscribieron la agenda oficial presentando al islamismo no sólo como yihadismo o como movimiento marginal sin fronteras, sino también como amenaza mortal a Occidente y como ideología agresiva y totalitaria dedicada a la destrucción ciega y a la dominación global. E incluso otros abogaron por una guerra total contra cualquier expresión del islam en su vertiente política.

Basándose en tal consenso de analistas incompetentes y manipuladores de la opinión, el presidente Bush y el vicepresidente Cheney inflaron la retórica metiendo en el mismo saco al conjunto de integrantes del núcleo principal del islam y a los militantes radicales, bajo la etiqueta de islamofascistas.Bush apeló a Estados Unidos a prepararse para una guerra global contra el terrorismo haciendo “un llamamiento que nuestra generación no puede eludir”.

La guerra global contra el terrorismo –dijo Bush- erradicaría la amenaza del terrorismo radical islámico (otro término vago e incoherente) y apuntaría contra los estados que no respetan las normas de la comunidad internacional y patrocinan el terrorismo o le ofrecen refugio. Valiéndose de un lenguaje ampuloso y dramático, de tintes ideológicos, la cruzada de Bush y Cheney creó el marco propicio para la ocupación e invasión estadounidense de Iraq, costosa en vidas humanas y en dinero y que además perjudicó el prestigio moral de EE. UU. en el mundo. Una y otra vez, Bush y Cheney y sus aliados presentaron su guerra global contra el terrorismo como una cuestión fundamentada en la información de los servicios de inteligencia del país, en especial de la CIA.

“Lejos de eso”, argumenta un nuevo libro cuyo autor, Emile A. Nakhleh, es un experimentado y acreditado especialista de la CIA, donde fue director del programa de análisis estratégico del islam en su faceta política, en el directorio de inteligencia de la agencia, poderoso e influyente departamento de esta organización.

En un texto ilustrativo y revelador, Un compromiso necesario: renovar las relaciones de Estados Unidos con el mundo musulmán (Princeton University Press, 2008), Nakhleh observa que aunque funcionarios estadounidenses de nivel medio eran demasiado perspicaces como para enjuiciar la guerra en términos de blanco y negro y de un campo enemigo siempre creciente, lo cierto es que apenas dijeron esta boca es mía ni sugirieron adoptar directriz alguna sobre la cuestión.

Según Nakhleh, que estaba al tanto de los debates internos de la CIA y de los núcleos oficiales de poder en Washington, existían ciertos obstáculos e intermitencias entre el primer y el segundo escalón del equipo de política exterior de Bush en términos de acceso a la información de los servicios de inteligencia y de nivel profesional en este campo. El relato de Nakhleh en calidad de persona con acceso a información privilegiada da el tiro de gracia a la pretensión de Bush y Cheney en el sentido de que ellos, como también el establishment político, fueron engañados y recibieron información errónea de los organismos de inteligencia. Al contrario, el equipo de política exterior de Bush hizo caso omiso del consejo de la CIA y cedió a los espejismos ideológicos y a la tentación de la arrogancia.

Nakhleh traza un desalentador y descarnado panorama de los fracasos de los responsables de la política estadounidense a la hora de entender las ideas y perspectivas básicas que los musulmanes tienen de sí mismos, entre sí y sobre Occidente. Da cuenta de modo implacable de la resistencia de veteranos funcionarios de la administración Bush a enterarse de la complejidad y diversidad de movimientos de matiz religioso del mundo musulmán, pese a los numerosos esfuerzos que hicieron tanto él como otros cargos directivos de la CIA en el sentido de aconsejarles de forma más conveniente.

Uno de los argumentos esenciales de Nakhleh es que existen diferencias cualitativas y notables entre los violentos yihadistas globales, seguidores de Osama bin Laden, y los partidos y grupos políticos islamistas componentes del núcleo principal del islam y dotados de amplia base social como los Hermanos Musulmanes en Egipto, Hizbulah en Líbano y Hamas en Palestina. Nakhleh argumenta que mientras habría que hacer frente y arrinconar a los primeros, “habría que acoger a los segundos como socios potencialmente dignos de crédito en el empeño de la transformación política de sus respectivas sociedades”. Por el contrario, la administración Bush juzgó el mundo musulmán, con sus 1.400 millones de ciudadanos, a través “del prisma del terrorismo”, metiendo en el mismo saco a terroristas de Al Qaeda y a activistas religiosos que han mostrado “su compromiso con el proceso democrático y su enfoque realista de la política y del cambio político”.

Según Nakhleh, tal opción era la peor que podía haber tomado Estados Unidos Mezclar en la retorta a todos esos protagonistas de orientación religiosa – como hizo la administración Bush-y declarar una guerra total contra ellos es una receta ideal para el fracaso y el conflicto permanente con importantes sectores de sociedades musulmanas.

En una reveladora entrevista publicada en el periódico árabe Al Hayat,Nakhleh dice que intentó –aunque fracasó en el intento- persuadir a sus superiores en la administración Bush de la conveniencia de captar a Hamas después de su victoria electoral en el 2006. El punto de vista oficial dominante se oponía a hablar con los dirigentes de Hamas a menos que modificaran radicalmente su postura en relación con Israel.

La alternativa –observa Nakhleh- consiste en que la Administración Obama reconsidere el enfoque de Bush, porque no puede haber estabilidad o auténtica reforma política en la región sin comprometer a Hamas, Hizbulah y organizaciones similares en el proceso. Estos influyentes movimientos han evolucionado políticamente y han alcanzado una legitimidad pública en casa a costa tanto de partidos y grupos laicos como de grupos extremistas.

Con la presencia de un nuevo y visionario presidente estadounidense en la Casa Blanca, la obra de Nakhleh Un compromiso necesario no podría haberse publicado en mejor momento. Aunque Barack Obama no ha elaborado aún el conjunto de sus distintas políticas hacia el Gran Oriente Medio, puede afirmarse que sus ideas y principios básicos toman prestados algunos pasajes de la obra en cuestión. Desde su toma de posesión, el nuevo presidente afroamericano ha emprendido un esfuerzo concertado para enmendar el perjuicio causado durante los últimos siete años de la administración Bush.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

septiembre 15, 2009 Publicado por | Estados Unidos, terrorismo | Dejar un comentario

>El mosaico del Cáucaso

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Por Walter Laqueur, director del Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos de Washington. Traducción: Juan Gabriel López Guix (LA VANGUARDIA, 09/09/09):

Apenas pasa un día sin que se produzca un importante atentado en el Cáucaso septentrional. Las víctimas son políticos destacados, jefes del ejército y la policía, pero también civiles y, con frecuencia, mujeres: maestras, trabajadoras de una sauna, incluso adivinas, enemigos favoritos de los terroristas. ¿Cuán grave es esta campaña? ¿Quién está tras ella y por qué les resulta a los rusos tan difícil reprimirla?

No hay respuesta breve a estas preguntas. El Cáucaso tiene una larga historia de violencia. Shamil, el héroe de la liberación nacional, luchó contra el ejército ruso durante veinticinco años en el siglo XIX. Sin embargo, Shamil no sólo fue un dirigente militar de gran talento, sino también un político inteligente, y conocía los límites de la violencia, cuándo iniciarla y cuándo detenerla. Tampoco se trata, por otra parte, de una lucha de los rusos contra todos los demás. El Cáucaso es una región con muchas lenguas y nacionalidades (sólo en Daguestán hay unas cuarenta).

Durante el dominio soviético, la región permaneció cerrada mucho tiempo a los extranjeros, y yo fui uno de los primeros en visitar el Cáucaso septentrional tras su reapertura. Me impresionaron dos cosas. Ante todo, la magnificencia del paisaje: las montañas, los bosques, el fastuoso panorama. Era como una Suiza sin turistas. Mi otra vívida impresión fue la soterrada hostilidad mutua de los grupos nacionales que habitan la zona. En apariencia, todo parecía tranquilo: el KGB se encargaba de ello, y viajar resultaba bastante seguro.

Con el derrumbe soviético, reaparecieron las viejas hostilidades, y los yihadistas de Oriente Medio consideraron que había llegado la hora de extender su influencia (y quizá su dominio) a las regiones musulmanas de la antigua URSS. No tuvieron demasiado éxito en la región del Volga (Tartaristán) ni tampoco en Moscú, donde hoy viven entre 1 y 2 millones de musulmanes. Esas regiones (Kazán y Ufá) están desarrolladas económicamente, el nivel cultural es más elevado y no desean iniciar una marcha hacia la edad media. Los emisarios islamistas intentaron infiltrarse en las mezquitas y las escuelas musulmanas, pero las autoridades se mostraron vigilantes. Además, los musulmanes autóctonos han vivido en paz durante siglos con los rusos vecinos. Es cierto que ha habido quejas contra Moscú y que los musulmanes locales siguen presionando por demandas políticas. Pero la guerra civil en el Cáucaso ha actuado de modo disuasorio y es lo último que desean.

El Cáucaso, por otra parte, parece ofrecer mejores oportunidades. Rusia ha tardado dos guerras, que se han cobrado más de 100.000 vidas civiles y militares, en restaurar cierto orden en Chechenia y en imponer unos gobernantes considerados de confianza (hasta cierto punto). El caso es que el régimen de los Kadirov (primero, el del padre, asesinado mientras contemplaba un partido de fútbol, y ahora el del hijo) sólo puede mantenerse ejerciendo una represión considerable. Así que ha prevalecido una situación paradójica. Grozny, la capital destruida en las dos guerras, está ahora reconstruida; y hay incluso un rascacielos de 40 pisos. Todo ello se ha logrado al precio de una mayor represión. No toda la oposición a los Kadirov es islamista y extremista, y en las últimas semanas los rusos han empezado a hablar (por intermediarios) con los elementos más moderados de la emigración chechena (sobre todo, en Londres). ¿Se alcanzará con esto la paz en la región?

Cabe dudarlo, porque mientras tanto el terrorismo se ha extendido a las pequeñas repúblicas colindantes con Chechenia. Y una de las razones ha sido el elevado desempleo entre los jóvenes (del 70%-80%), lo cual explica por qué los yihadistas han encontrado un gran respaldo en países como Daguestán, que es extremadamente pobre y no podría sobrevivir sin la ayuda económica rusa. Los rebeldes islamistas del Cáucaso septentrional proclaman que su objetivo es un Estado unido, pero tal pretensión parece una fantasía si tenemos en cuenta los muchos pueblos y nacionalidades de la zona.

¿Cuál será la política de los rusos? No diferirá de la llevada a cabo en el pasado: nombrar dirigentes locales que colaboren con ellos, al menos de momento. Les concederán una autonomía limitada: en Chechenia se ha introducido la charia y sopesan reintroducir la poligamia. Muchos portavoces de la derecha rusa sueñan con una gran alianza euroasiática que incluya no sólo a China sino también a India e incluso a Irán; una alianza de orientación antioccidental, pero que actúe como factor estabilizador en los asuntos internos rusos. Los rusos apoyarán a sus vecinos de Oriente Medio, pero esperarán de ellos que no intervengan en sus asuntos internos (como, por ejemplo, en las peticiones de los musulmanes rusos).

Pero los países asiáticos no están interesados en una alianza estrecha con Rusia. Y, de llegarse a ella, Rusia sería el socio pequeño, no el mayor.

A corto plazo, los combates de la guerrilla y el terrorismo pararán al llegar el otoño y el invierno. En el Cáucaso, las luchas sólo estallan en verano, no en las demás estaciones; porque los bosques ya no ofrecen protección a los atacantes. Pero a largo plazo la llegada del invierno no resolverá los profundos problemas del Cáucaso. La región seguirá convulsa y peligrosa.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

septiembre 13, 2009 Publicado por | Cáucaso, terrorismo | Dejar un comentario

>La guerra, el terrorismo y la semántica

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Por Javier Rupérez, Embajador de España (ABC, 18/05/09):

Es bien conocido el prurito de neutralidad del que alardean los medios de comunicación norteamericanos. En su afán de ofrecer la noticia sin coloraturas ideológicas o políticas evitan cuidadosamente la utilización de determinados adjetivos calificativos. Entre ellos el más conocido es el de «terrorista» y sus variantes. Tan lejos llega la obsesión para evitar el término que al informar el «New York Times» sobre los atentados del 11 de Septiembre de 2001 provocó una sonora protesta entre muchos de sus lectores porque, siguiendo la regla, los autores de la matanza fueron descritos con circunloquios varios y nunca con la denominación de «terroristas».

Han transcurridos los años pero no han cambiado las normas. Tampoco la sensibilidad de los lectores. Hace todavía pocas semanas, con ocasión del ataque terrorista en Mumbai a finales de 2008, el defensor de los lectores del «New York Times» se hacía eco de las numerosas cartas de protesta recibidas con motivo de la cobertura informativa del ataque terrorista. El diario los describió como «militantes», «hombres armados», «atacantes» y «asaltantes», nunca como «terroristas». El defensor del lector narraba con sutileza los complejos y agónicos estados de ánimo por los que atraviesan los redactores del periódico antes de emplear la controvertida alocución y llega a citar a uno de ellos que, en un arrebato de dolorida sinceridad confirmaba, como si le arrancaran una confesión, que «disparar indiscriminadamente contra civiles sí parece constituir un acto de terror». Y la editora internacional del diario resumía el dilema de sus colegas al decir que «nuestro instinto es proceder cautelosamente, sin apresurarnos a etiquetar a cualquier grupo con el término de terrorista antes de llegar a tener un conocimiento más profundo de sus verdaderos alcances».

En el caso de ETA esa profundización teológica todavía no se ha producido, a pesar de los años y de las víctimas. El respetado diario neoyorquino, al que sus admiradores y adversarios denominan con cariño y envidia la «dama en gris», quizás por la consistencia plúmbea de sus coberturas informativas, publicaba el pasado 11 de abril la noticia de la detención de un tal Sirvent Auzmendi, a lo que parece responsable destacado de la banda terrorista ETA, con un titular significativo: «Detenido un vasco». El texto de la noticia explicaba que Sirvent es sospechoso de pertenecer al «grupo separatista vasco ETA», al que, recordaba, «se le imputan 825 muertes en su lucha de cuarenta años a favor de una patria independiente vasca». No hace falta presumir de la sensibilidad antiterrorista que los españoles hemos acumulado con dolor a través de las cuatro décadas para mostrar al menos algún punto de perplejidad ante el ejercicio informativo. ¿Ha sido detenido el vasco por el mero hecho de serlo? ¿Son los 825 muertos suficientes para calificar a los asesinos de terroristas? ¿Merece la lucha por la independencia vasca un tratamiento casi heroico?
Desde innumerables instancias públicas y privadas españolas, incluyendo los propios medios de comunicación, buenos conocedores del paño y conscientes del reto, han sido continuas las críticas, reconvenciones, ruegos y demandas ante el tratamiento que los medios americanos -con una conspicua excepción: el «Wall Street Journal»- vienen otorgando al tema del terrorismo en general y al de la banda ETA en particular. La experiencia obtenida y los años pasados aconsejan al respecto un abierto pesimismo. No es para mañana el momento en que el NYT decida calificar de terrorista a la banda ETA o de terroristas a sus integrantes. Ya les costó mucho utilizar la palabreja para con los responsables del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y el 11 de marzo de 2004 en Madrid.

Pero si la orgullosa alma de nardo de los redactores de «New York Times», y del «Washington Post», y de los «Angeles Times» impedía que las cosas fueran calificadas con el nombre con el que la mayoría sufriente las conocía, sin embargo no llegaba a coartar la solidaridad nacional e internacional en contra del terrorismo, cada vez más dotada de precisión. Tampoco la polémica en torno a la definición del terrorismo ha reducido la proliferación de documentos políticos y jurídicos en su contra, remitidos todos a una sensata constatación: el terrorista lo es cuando comete los actos condenados por los instrumentos legales internacionales. De los cuales existen en la actualidad más de dos docenas.

Pareciera, sin embargo, que determinados sectores de la nueva Administración americana quisieran explorar las avenidas semánticas de la «dama gris» y otorgar nuevas denominaciones a realidades bien conocidas. Cualificados portavoces demócratas han comenzado el ejercicio sustituyendo la expresión «guerra contra el terror» por la de «operaciones de contingencia en el extranjero» y la palabra «terrorismo» por la de «desastres debidos a mano humana».

Son comprensibles las objeciones a la utilización de la palabra «guerra», con sus implicaciones militares y jurídicas, y el deseo de evitar expresiones grandilocuentes, pero subsumir al terrorismo bajo el eufemismo del desastre debido a mano humana induce a un indudable desconcierto. ¿Es lo mismo gestionar mal las necesidades creadas por una catástrofe natural, como ocurrió en el caso del huracán «Katrina», que estrellar aviones de pasajeros contra las Torres Gemelas? Y si de lo que es trata es de enterrar la expresión «terrorismo» y sustituirla por una sorprendente invención, ¿que haremos con todas las obligaciones, garantías y compromisos bilaterales y multilaterales contraídos en nombre de la lucha en contra del terrorismo? ¿Va a establecer el Departamento de Estado de los Estados Unidos una lista de los responsables de los «desastres debidos a mano humana» que sustituya a la actualmente existente de personas y grupos que practican el terrorismo?

Hechos recientes -la forma contundente de acabar con el secuestro del marino mercante americano retenido por piratas somalíes- apuntan a un cambio semántico, más que a una alteración sustancial de las políticas. Pero todos saldríamos ganando si el juego de las palabras no se convirtiera en una ceremonia de la confusión. Sobre todo cuando de lo que se trata es de luchar contra el terrorismo.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

mayo 27, 2009 Publicado por | terrorismo | Dejar un comentario

>Obama ante el agujero negro paquistaní

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Por Bernard-Henri Lévy, filósofo y escritor francés (EL MUNDO, 01/04/09):

Una vez más, Obama ha dado pruebas de ser un hombre de palabra. Hace casi cinco años, cuando era sólo un joven senador del Estado de Illinois, ya explicaba que el problema número uno para la seguridad de EEUU y del resto del mundo no era Irak, sino Pakistán. Fiel a sí mismo, el pasado viernes precisó su estrategia respecto al País de los Puros. Y no contento con confirmar lo que entonces era sólo la intuición de un joven político, ha planteado una serie de objetivos y principios, de una solidez sin fisuras y en clara oposición a lo que pasará a la Historia como el mayor error estratégico de la era Bush.

Primer principio: Pakistán es el auténtico agujero negro al que tiene que hacer frente la diplomacia internacional -por encima incluso de Irán-. Allí está la retaguardia de Al Qaeda, el vivero del terrorismo más fanático. Y no de una forma marginal en las famosas zonas tribales entre Afganistán y Pakistán; ¿acaso no son los propios servicios de Seguridad paquistaníes los que infiltran, controlan y dejan prosperar hasta en el centro de Islamabad a la mayoría de estos grupos criminales?

Los observadores serios saben todo esto desde hace tiempo. Daniel Pearl murió por haber hablado demasiado de este tema. Yo mismo consagré un libro entero, titulado Quién mató a Daniel Pearl, a los vínculos entre el ISI y grupos como Lashkar-e-Janghvi o Lashkar-e-Toïba, que se presentan, a las claras, como el núcleo duro de la galaxia de Bin Laden.

Pero que quien se ha convertido en el presidente de la primera democracia del mundo lo diga tan claramente, que sus principales asesores, como Richard Holbrooke, se muestren, a su vez, también convencidos, y que su jefe de Estado Mayor de los Ejércitos de EEUU, Michael Mullen, nos explique abiertamente que la instrumentalización del ISI por parte de Al Qaeda (y recíprocamente) es un hecho demostrado que «tiene que cambiar», constituye, realmente, un auténtico cambio estratégico.

Segundo principio: Obama añade que se puede apoyar a Pakistán. Se le puede seguir considerando un aliado especial. Se le puede seguir proporcionando la ayuda de todo tipo que exige el desarrollo del gran país en el que se ha convertido. Pero dicha ayuda ya no puede hacerse a tientas y a ciegas. Ya no puede ser automática.No se puede seguir distribuyendo miles de millones de dólares a personas que los van a depositar en ONG del tipo de la Ummah Tameer e-Nau, a la que dejé en evidencia hace tiempo y que, en conexión directa con el lobby nuclear del doctor paquistaní Abdul Qader Khan, proporcionaba a los emisarios de Bin Laden los instrumentos necesarios para montar armas atómicas miniaturizadas.

Dicho de otra forma, la ayuda debe ser condicionada. Sólo puede continuar funcionando decentemente si se la dota de medidas que obliguen a los que la reciben a rendir cuentas. Algo normal y evidente. Algo que los propios paquistaníes -al menos los que quieren tanto a los derechos humanos como a su país- vienen reclamando desde hace décadas. Pero que lo diga un presidente de EEUU, que acepte proporcionar esa ayuda no como un cuerno de la abundancia, sino como un instrumento político, que tenga la audacia de convertirla en un instrumento de presión o, incluso, de chantaje democrático, es un acontecimiento de la mayor relevancia.

Tercer principio: Los principales enemigos de esta Al Qaeda que evoluciona como un pez en el agua en Pakistán no son los estadounidenses. Son, según Obama, los propios paquistaníes. De nuevo, algo evidente y que muchos sosteníamos. Todo el mundo sabía, por hablar sólo de lo que yo mismo vi y fotografié, que la madrasa de Binori Town, en pleno corazón de Karachi, es el santuario de bandas radicales cuya ocupación preferida es lo que púdicamente se llama allí «el enfrentamiento intersectario», pero que, en realidad, significa la masacre a sangre fría de chiítas desarmados.

Ningún paquistaní ignora que son sus hijas, sus amigas, sus mujeres las que están en primera línea de fuego de una guerra en la que se sigue quemando viva a una esposa sorprendida mirando a otro hombre distinto de su marido. Pero que el presidente Obama tome nota de ello, que diga -en estos términos- que Al Qaeda es «un cáncer» y que dicho cáncer está a punto de «destruir al país desde dentro», que proclame al mundo que su preocupación es socorrer a los millones de musulmanes que están siendo el blanco de esta violencia, es la fórmula -por fin encontrada- de una lucha antiterrorista que evita, por vez primera, el escudo de la guerra de las civilizaciones al estilo de Bush y de Huntington.

Perseguir al enemigo hasta el patio de atrás del Estado paquistaní. Hacer depender la ayuda concedida a este Estado del celo que demuestre purgando sus servicios secretos. Tomar nota de que el único choque de las civilizaciones que valga es el que, en el seno del propio Islam, enfrenta a los yihadistas con los moderados.¿Conocen los europeos los términos de la ecuación? ¿Qué esperan para proclamarlos? ¿Y qué esperan para, después de decirlo, aportar su apoyo incondicional a la revisión de la doctrina estratégica más decisiva del momento?

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

abril 6, 2009 Publicado por | Pakistán, terrorismo | Dejar un comentario

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