>Is there a Chavez terror network on America’s doorstep?
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>¿Son los terroristas unos dementes?
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>Terrorism meets xenophobia in Russia
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>Las amistades libias de El Tunecino
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>Patriot Act: seguridad y libertad
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>¿Qué amenaza implica el terrorismo global para las sociedades abiertas?
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Hablar de terrorismo global es hacerlo del terrorismo relacionado directa o indirectamente con Al Qaeda. Este terrorismo global, que lo es por cuanto ambiciona la instauración de un califato panislámico que implique el dominio del credo musulmán sobre la humanidad, por la extensión geográfica de sus actores y de sus acciones, y por haber mostrado capacidad para perpetrar atentados a escala mundial, como los ocurridos hace ocho años en Nueva York y Washington, se ha transformado desde entonces. Hoy en día incluye no sólo a la elusiva estructura terrorista liderada por Osama bin Laden y Ayman al Zawahiri, sino también a sus extensiones territoriales –como Al Qaeda en la Península Arábiga, Al Qaeda en Irak o Al Qaeda en el Magreb Islámico-, a un diverso elenco de grupos y organizaciones que mantienen estrechos ligámenes con aquella -especialmente, aunque no sólo, de talibanes afganos y paquistaníes- y, por último, a células independientes e incluso individuos aislados únicamente inspirados por la propaganda extremista.
Pues bien, desde hace más de dos años ocurren cada mes centenares de atentados atribuibles a ese terrorismo global. La mayoría son obra de las aludidas extensiones territoriales de Al Qaeda o de algunos de los grupos y las organizaciones afines a la misma. No estamos ante un fenómeno amorfo, carente de articulación y liderazgo, sino ante uno polimorfo, cuyos elementos constitutivos varían en estructura y estrategia, pero comparten en lo fundamental una ideología y una agenda. Sus escenarios preferentes están en el Sur de Asia y Oriente Medio, más concretamente en Afganistán -donde el terrorismo es parte sustancial de una actividad insurgente más amplia-, Pakistán, Irak e incluso India. En estos países, los atentados perpetrados por actores vinculados al actual terrorismo global son prácticamente cotidianos, aunque difieran en magnitud y consecuencias. Sin olvidar que son asimismo frecuentes en otros como Argelia, Somalia o Yemen. Y que en la misma categoría cabría incluir un significativo número de cuantos acontecen en el norte del Cáucaso.
Pese a la retórica antioccidental que lo acompaña, el terrorismo relacionado con Al Qaeda se produce sobre todo en países cuyas poblaciones son mayoritariamente musulmanas y la mayoría de sus víctimas son musulmanes, calificados de apóstatas o renegados por los extremistas, en ocasiones por tratarse de chiíes y otras veces, las más, por no acatar las directrices que tratan de imponer los terroristas. Esta realidad pone de manifiesto que el actual terrorismo global es más la expresión de un conflicto entre musulmanes que el exponente de un choque de civilizaciones. Dicho lo cual, sus orígenes se remontan a una alianza de Al Qaeda con algunos pequeños grupos armados de orientación islamista, establecida en febrero de 1998, denominada Frente Islámico Mundial contra Judíos y Cruzados. Un eufemismo para señalar como adversario principal a las sociedades abiertas de Norteamérica y Europa, además de Israel. Este discurso se ha mantenido hasta nuestros días e implica que ciudadanos e intereses occidentales son blanco ubicuo y permanente del terrorismo global.
Ahora bien, sólo unos pocos de los miles y miles de sus atentados contabilizados desde el 11-S han tenido lugar en países occidentales. En nuestras sociedades abiertas, los actos de terrorismo global son episódicos si comparamos su frecuencia con la de otras demarcaciones geopolíticas. Este dato sitúa la amenaza para el mundo occidental en su adecuada dimensión, sin exagerar pero sin negar que dicho problema es real y todo indica que duradero. Durante los últimos ocho años, en Estados Unidos se han podido desbaratar al menos una docena de atentados en cuya planificación y ejecución intervinieron individuos relacionados con la urdimbre terrorista que gira en torno a Al Qaeda. Ahora bien, la sofisticación de estas tentativas y el perfil de sus autores han sido muy variados. No ha cesado la amenaza procedente del exterior -perpetrar un nuevo gran atentado en territorio estadounidense continúa estando entre los propósitos de Al Qaeda-, pero la eventualidad de que sean células endógenas e independientes las que perpetren actos relativamente menores de terrorismo en suelo norteamericano -incluyendo a Canadá- está ahí.
Durante ese mismo periodo de tiempo, en la Unión Europea han tenido lugar atrocidades como el 11 de marzo o el 7 de julio, si bien el número de atentados relacionados con el terrorismo global que las policías y los servicios de inteligencia han impedido es mayor del contabilizado en Estados Unidos. Entre los planes que fracasaron adquiere especial significación el que en agosto de 2006 pretendió hacer estallar, mediante explosivos líquidos, al menos siete aeronaves comerciales en ruta desde el aeropuerto de Heathrow hacia sus destinos transatlánticos. Pero no menos relevantes son los atentados previstos en Alemania para el otoño de 2007 o los que pudieron haber afectado a Barcelona y otras metrópolis continentales en 2008. En conjunto, son incidentes en los que han intervenido tanto individuos con pasaporte comunitario -algunos conversos radicalizados- como extranjeros. Individuos que constituían células dirigidas por el directorio de Al Qaeda o vinculadas con su extensión norteafricana, estaban ligados a entidades asociadas -como el Grupo Islámico Combatiente Marroquí, la Unión de Yihad Islámica o Therik e Taliban Pakistan- o formaban redes terroristas independientes.
Tal y como evoluciona, la amenaza del terrorismo global en el mundo occidental sugiere aún la posibilidad de atentados múltiples, con bombas u otros artefactos explosivos, en cuya ejecución participarían suicidas. El transporte público y la aviación civil serían blancos preferentes, sin olvidar otros cuyo menoscabo pudiera ocasionar entre decenas y centenares de muertos, o las infraestructuras energéticas. Esto alude, con todo, a atentados que, si bien pueden ocurrir en cualquier momento y sin previo aviso -¿no es una lección a extraer de los ocurridos en Madrid y Londres?-, causarían numerosas víctimas y una conmoción en la opinión pública tan considerable como coyuntural. Pero seguirían sin afectar en lo esencial el modo de vida y las instituciones occidentales. A este respecto, las sociedades abiertas han mostrado una evidente resiliencia. Para que fuese de otro modo tendrían que producirse atentados de cadencia e intensidad inusitadas, lo que no parece verosímil. O que Al Qaeda tenga éxito en la innovación devastadora que persigue. Es decir, en cometer algún acto de megaterrorismo con armas de destrucción masiva. Un atentado nuclear, por ejemplo, sí podría socavar gravemente los fundamentos del orden social y político inherentes al mundo occidental. Estadísticamente es improbable. Prevenirlo es inexcusable.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>El emperador está desnudo
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Es indudable que la guerra global de Estados Unidos contra el terrorismo ha sido un desastre. En el fondo de la cuestión late una incapacidad para entender el contexto y la dinámica de la política musulmana; por ejemplo, las diferencias y límites conceptuales entre islamistas moderados, activistas radicales no violentos, yihadistas locales y yihadistas globales como los miembros de Al Qaeda.
A lo largo de ocho años, el discurso dominante estadounidense desdibujó los contornos entre los términos islamista, radical, militante, extremista, yihadista y terrorista.Estados Unidos equiparó el lenguaje ofensivo y escandaloso de los islamistas a la acción violenta de los yihadistas. Pero existen marcadas diferencias entre grupos políticos de ámbito local y regional como el palestino Hamas y el libanés Hizbulah y los grupos yihadistas sin fronteras y de alcance global como Al Qaeda, en guerra contra Estados Unidos y sus aliados occidentales desde mediados de los años noventa.
En lugar de adoptar un enfoque más constructivo –que distinga entre los numerosos rostros del islam en su vertiente política-, los expertos en terrorismo y los amantes de la cruzada optaron por el enfoque más cómodo y de talante reduccionista de meter a todos los islamistas en el mismo saco. Juzgaron tanto a los integrantes del núcleo principal del islam como a los militantes radicales a través del prisma de Al Qaeda.
Tales observadores, a sabiendas o sin querer, suscribieron la agenda oficial presentando al islamismo no sólo como yihadismo o como movimiento marginal sin fronteras, sino también como amenaza mortal a Occidente y como ideología agresiva y totalitaria dedicada a la destrucción ciega y a la dominación global. E incluso otros abogaron por una guerra total contra cualquier expresión del islam en su vertiente política.
Basándose en tal consenso de analistas incompetentes y manipuladores de la opinión, el presidente Bush y el vicepresidente Cheney inflaron la retórica metiendo en el mismo saco al conjunto de integrantes del núcleo principal del islam y a los militantes radicales, bajo la etiqueta de islamofascistas.Bush apeló a Estados Unidos a prepararse para una guerra global contra el terrorismo haciendo “un llamamiento que nuestra generación no puede eludir”.
La guerra global contra el terrorismo –dijo Bush- erradicaría la amenaza del terrorismo radical islámico (otro término vago e incoherente) y apuntaría contra los estados que no respetan las normas de la comunidad internacional y patrocinan el terrorismo o le ofrecen refugio. Valiéndose de un lenguaje ampuloso y dramático, de tintes ideológicos, la cruzada de Bush y Cheney creó el marco propicio para la ocupación e invasión estadounidense de Iraq, costosa en vidas humanas y en dinero y que además perjudicó el prestigio moral de EE. UU. en el mundo. Una y otra vez, Bush y Cheney y sus aliados presentaron su guerra global contra el terrorismo como una cuestión fundamentada en la información de los servicios de inteligencia del país, en especial de la CIA.
“Lejos de eso”, argumenta un nuevo libro cuyo autor, Emile A. Nakhleh, es un experimentado y acreditado especialista de la CIA, donde fue director del programa de análisis estratégico del islam en su faceta política, en el directorio de inteligencia de la agencia, poderoso e influyente departamento de esta organización.
En un texto ilustrativo y revelador, Un compromiso necesario: renovar las relaciones de Estados Unidos con el mundo musulmán (Princeton University Press, 2008), Nakhleh observa que aunque funcionarios estadounidenses de nivel medio eran demasiado perspicaces como para enjuiciar la guerra en términos de blanco y negro y de un campo enemigo siempre creciente, lo cierto es que apenas dijeron esta boca es mía ni sugirieron adoptar directriz alguna sobre la cuestión.
Según Nakhleh, que estaba al tanto de los debates internos de la CIA y de los núcleos oficiales de poder en Washington, existían ciertos obstáculos e intermitencias entre el primer y el segundo escalón del equipo de política exterior de Bush en términos de acceso a la información de los servicios de inteligencia y de nivel profesional en este campo. El relato de Nakhleh en calidad de persona con acceso a información privilegiada da el tiro de gracia a la pretensión de Bush y Cheney en el sentido de que ellos, como también el establishment político, fueron engañados y recibieron información errónea de los organismos de inteligencia. Al contrario, el equipo de política exterior de Bush hizo caso omiso del consejo de la CIA y cedió a los espejismos ideológicos y a la tentación de la arrogancia.
Nakhleh traza un desalentador y descarnado panorama de los fracasos de los responsables de la política estadounidense a la hora de entender las ideas y perspectivas básicas que los musulmanes tienen de sí mismos, entre sí y sobre Occidente. Da cuenta de modo implacable de la resistencia de veteranos funcionarios de la administración Bush a enterarse de la complejidad y diversidad de movimientos de matiz religioso del mundo musulmán, pese a los numerosos esfuerzos que hicieron tanto él como otros cargos directivos de la CIA en el sentido de aconsejarles de forma más conveniente.
Uno de los argumentos esenciales de Nakhleh es que existen diferencias cualitativas y notables entre los violentos yihadistas globales, seguidores de Osama bin Laden, y los partidos y grupos políticos islamistas componentes del núcleo principal del islam y dotados de amplia base social como los Hermanos Musulmanes en Egipto, Hizbulah en Líbano y Hamas en Palestina. Nakhleh argumenta que mientras habría que hacer frente y arrinconar a los primeros, “habría que acoger a los segundos como socios potencialmente dignos de crédito en el empeño de la transformación política de sus respectivas sociedades”. Por el contrario, la administración Bush juzgó el mundo musulmán, con sus 1.400 millones de ciudadanos, a través “del prisma del terrorismo”, metiendo en el mismo saco a terroristas de Al Qaeda y a activistas religiosos que han mostrado “su compromiso con el proceso democrático y su enfoque realista de la política y del cambio político”.
Según Nakhleh, tal opción era la peor que podía haber tomado Estados Unidos Mezclar en la retorta a todos esos protagonistas de orientación religiosa – como hizo la administración Bush-y declarar una guerra total contra ellos es una receta ideal para el fracaso y el conflicto permanente con importantes sectores de sociedades musulmanas.
En una reveladora entrevista publicada en el periódico árabe Al Hayat,Nakhleh dice que intentó –aunque fracasó en el intento- persuadir a sus superiores en la administración Bush de la conveniencia de captar a Hamas después de su victoria electoral en el 2006. El punto de vista oficial dominante se oponía a hablar con los dirigentes de Hamas a menos que modificaran radicalmente su postura en relación con Israel.
La alternativa –observa Nakhleh- consiste en que la Administración Obama reconsidere el enfoque de Bush, porque no puede haber estabilidad o auténtica reforma política en la región sin comprometer a Hamas, Hizbulah y organizaciones similares en el proceso. Estos influyentes movimientos han evolucionado políticamente y han alcanzado una legitimidad pública en casa a costa tanto de partidos y grupos laicos como de grupos extremistas.
Con la presencia de un nuevo y visionario presidente estadounidense en la Casa Blanca, la obra de Nakhleh Un compromiso necesario no podría haberse publicado en mejor momento. Aunque Barack Obama no ha elaborado aún el conjunto de sus distintas políticas hacia el Gran Oriente Medio, puede afirmarse que sus ideas y principios básicos toman prestados algunos pasajes de la obra en cuestión. Desde su toma de posesión, el nuevo presidente afroamericano ha emprendido un esfuerzo concertado para enmendar el perjuicio causado durante los últimos siete años de la administración Bush.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>El mosaico del Cáucaso
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Apenas pasa un día sin que se produzca un importante atentado en el Cáucaso septentrional. Las víctimas son políticos destacados, jefes del ejército y la policía, pero también civiles y, con frecuencia, mujeres: maestras, trabajadoras de una sauna, incluso adivinas, enemigos favoritos de los terroristas. ¿Cuán grave es esta campaña? ¿Quién está tras ella y por qué les resulta a los rusos tan difícil reprimirla?
No hay respuesta breve a estas preguntas. El Cáucaso tiene una larga historia de violencia. Shamil, el héroe de la liberación nacional, luchó contra el ejército ruso durante veinticinco años en el siglo XIX. Sin embargo, Shamil no sólo fue un dirigente militar de gran talento, sino también un político inteligente, y conocía los límites de la violencia, cuándo iniciarla y cuándo detenerla. Tampoco se trata, por otra parte, de una lucha de los rusos contra todos los demás. El Cáucaso es una región con muchas lenguas y nacionalidades (sólo en Daguestán hay unas cuarenta).
Durante el dominio soviético, la región permaneció cerrada mucho tiempo a los extranjeros, y yo fui uno de los primeros en visitar el Cáucaso septentrional tras su reapertura. Me impresionaron dos cosas. Ante todo, la magnificencia del paisaje: las montañas, los bosques, el fastuoso panorama. Era como una Suiza sin turistas. Mi otra vívida impresión fue la soterrada hostilidad mutua de los grupos nacionales que habitan la zona. En apariencia, todo parecía tranquilo: el KGB se encargaba de ello, y viajar resultaba bastante seguro.
Con el derrumbe soviético, reaparecieron las viejas hostilidades, y los yihadistas de Oriente Medio consideraron que había llegado la hora de extender su influencia (y quizá su dominio) a las regiones musulmanas de la antigua URSS. No tuvieron demasiado éxito en la región del Volga (Tartaristán) ni tampoco en Moscú, donde hoy viven entre 1 y 2 millones de musulmanes. Esas regiones (Kazán y Ufá) están desarrolladas económicamente, el nivel cultural es más elevado y no desean iniciar una marcha hacia la edad media. Los emisarios islamistas intentaron infiltrarse en las mezquitas y las escuelas musulmanas, pero las autoridades se mostraron vigilantes. Además, los musulmanes autóctonos han vivido en paz durante siglos con los rusos vecinos. Es cierto que ha habido quejas contra Moscú y que los musulmanes locales siguen presionando por demandas políticas. Pero la guerra civil en el Cáucaso ha actuado de modo disuasorio y es lo último que desean.
El Cáucaso, por otra parte, parece ofrecer mejores oportunidades. Rusia ha tardado dos guerras, que se han cobrado más de 100.000 vidas civiles y militares, en restaurar cierto orden en Chechenia y en imponer unos gobernantes considerados de confianza (hasta cierto punto). El caso es que el régimen de los Kadirov (primero, el del padre, asesinado mientras contemplaba un partido de fútbol, y ahora el del hijo) sólo puede mantenerse ejerciendo una represión considerable. Así que ha prevalecido una situación paradójica. Grozny, la capital destruida en las dos guerras, está ahora reconstruida; y hay incluso un rascacielos de 40 pisos. Todo ello se ha logrado al precio de una mayor represión. No toda la oposición a los Kadirov es islamista y extremista, y en las últimas semanas los rusos han empezado a hablar (por intermediarios) con los elementos más moderados de la emigración chechena (sobre todo, en Londres). ¿Se alcanzará con esto la paz en la región?
Cabe dudarlo, porque mientras tanto el terrorismo se ha extendido a las pequeñas repúblicas colindantes con Chechenia. Y una de las razones ha sido el elevado desempleo entre los jóvenes (del 70%-80%), lo cual explica por qué los yihadistas han encontrado un gran respaldo en países como Daguestán, que es extremadamente pobre y no podría sobrevivir sin la ayuda económica rusa. Los rebeldes islamistas del Cáucaso septentrional proclaman que su objetivo es un Estado unido, pero tal pretensión parece una fantasía si tenemos en cuenta los muchos pueblos y nacionalidades de la zona.
¿Cuál será la política de los rusos? No diferirá de la llevada a cabo en el pasado: nombrar dirigentes locales que colaboren con ellos, al menos de momento. Les concederán una autonomía limitada: en Chechenia se ha introducido la charia y sopesan reintroducir la poligamia. Muchos portavoces de la derecha rusa sueñan con una gran alianza euroasiática que incluya no sólo a China sino también a India e incluso a Irán; una alianza de orientación antioccidental, pero que actúe como factor estabilizador en los asuntos internos rusos. Los rusos apoyarán a sus vecinos de Oriente Medio, pero esperarán de ellos que no intervengan en sus asuntos internos (como, por ejemplo, en las peticiones de los musulmanes rusos).
Pero los países asiáticos no están interesados en una alianza estrecha con Rusia. Y, de llegarse a ella, Rusia sería el socio pequeño, no el mayor.
A corto plazo, los combates de la guerrilla y el terrorismo pararán al llegar el otoño y el invierno. En el Cáucaso, las luchas sólo estallan en verano, no en las demás estaciones; porque los bosques ya no ofrecen protección a los atacantes. Pero a largo plazo la llegada del invierno no resolverá los profundos problemas del Cáucaso. La región seguirá convulsa y peligrosa.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>La guerra, el terrorismo y la semántica
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Es bien conocido el prurito de neutralidad del que alardean los medios de comunicación norteamericanos. En su afán de ofrecer la noticia sin coloraturas ideológicas o políticas evitan cuidadosamente la utilización de determinados adjetivos calificativos. Entre ellos el más conocido es el de «terrorista» y sus variantes. Tan lejos llega la obsesión para evitar el término que al informar el «New York Times» sobre los atentados del 11 de Septiembre de 2001 provocó una sonora protesta entre muchos de sus lectores porque, siguiendo la regla, los autores de la matanza fueron descritos con circunloquios varios y nunca con la denominación de «terroristas».
Han transcurridos los años pero no han cambiado las normas. Tampoco la sensibilidad de los lectores. Hace todavía pocas semanas, con ocasión del ataque terrorista en Mumbai a finales de 2008, el defensor de los lectores del «New York Times» se hacía eco de las numerosas cartas de protesta recibidas con motivo de la cobertura informativa del ataque terrorista. El diario los describió como «militantes», «hombres armados», «atacantes» y «asaltantes», nunca como «terroristas». El defensor del lector narraba con sutileza los complejos y agónicos estados de ánimo por los que atraviesan los redactores del periódico antes de emplear la controvertida alocución y llega a citar a uno de ellos que, en un arrebato de dolorida sinceridad confirmaba, como si le arrancaran una confesión, que «disparar indiscriminadamente contra civiles sí parece constituir un acto de terror». Y la editora internacional del diario resumía el dilema de sus colegas al decir que «nuestro instinto es proceder cautelosamente, sin apresurarnos a etiquetar a cualquier grupo con el término de terrorista antes de llegar a tener un conocimiento más profundo de sus verdaderos alcances».
En el caso de ETA esa profundización teológica todavía no se ha producido, a pesar de los años y de las víctimas. El respetado diario neoyorquino, al que sus admiradores y adversarios denominan con cariño y envidia la «dama en gris», quizás por la consistencia plúmbea de sus coberturas informativas, publicaba el pasado 11 de abril la noticia de la detención de un tal Sirvent Auzmendi, a lo que parece responsable destacado de la banda terrorista ETA, con un titular significativo: «Detenido un vasco». El texto de la noticia explicaba que Sirvent es sospechoso de pertenecer al «grupo separatista vasco ETA», al que, recordaba, «se le imputan 825 muertes en su lucha de cuarenta años a favor de una patria independiente vasca». No hace falta presumir de la sensibilidad antiterrorista que los españoles hemos acumulado con dolor a través de las cuatro décadas para mostrar al menos algún punto de perplejidad ante el ejercicio informativo. ¿Ha sido detenido el vasco por el mero hecho de serlo? ¿Son los 825 muertos suficientes para calificar a los asesinos de terroristas? ¿Merece la lucha por la independencia vasca un tratamiento casi heroico?
Desde innumerables instancias públicas y privadas españolas, incluyendo los propios medios de comunicación, buenos conocedores del paño y conscientes del reto, han sido continuas las críticas, reconvenciones, ruegos y demandas ante el tratamiento que los medios americanos -con una conspicua excepción: el «Wall Street Journal»- vienen otorgando al tema del terrorismo en general y al de la banda ETA en particular. La experiencia obtenida y los años pasados aconsejan al respecto un abierto pesimismo. No es para mañana el momento en que el NYT decida calificar de terrorista a la banda ETA o de terroristas a sus integrantes. Ya les costó mucho utilizar la palabreja para con los responsables del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y el 11 de marzo de 2004 en Madrid.
Pero si la orgullosa alma de nardo de los redactores de «New York Times», y del «Washington Post», y de los «Angeles Times» impedía que las cosas fueran calificadas con el nombre con el que la mayoría sufriente las conocía, sin embargo no llegaba a coartar la solidaridad nacional e internacional en contra del terrorismo, cada vez más dotada de precisión. Tampoco la polémica en torno a la definición del terrorismo ha reducido la proliferación de documentos políticos y jurídicos en su contra, remitidos todos a una sensata constatación: el terrorista lo es cuando comete los actos condenados por los instrumentos legales internacionales. De los cuales existen en la actualidad más de dos docenas.
Pareciera, sin embargo, que determinados sectores de la nueva Administración americana quisieran explorar las avenidas semánticas de la «dama gris» y otorgar nuevas denominaciones a realidades bien conocidas. Cualificados portavoces demócratas han comenzado el ejercicio sustituyendo la expresión «guerra contra el terror» por la de «operaciones de contingencia en el extranjero» y la palabra «terrorismo» por la de «desastres debidos a mano humana».
Son comprensibles las objeciones a la utilización de la palabra «guerra», con sus implicaciones militares y jurídicas, y el deseo de evitar expresiones grandilocuentes, pero subsumir al terrorismo bajo el eufemismo del desastre debido a mano humana induce a un indudable desconcierto. ¿Es lo mismo gestionar mal las necesidades creadas por una catástrofe natural, como ocurrió en el caso del huracán «Katrina», que estrellar aviones de pasajeros contra las Torres Gemelas? Y si de lo que es trata es de enterrar la expresión «terrorismo» y sustituirla por una sorprendente invención, ¿que haremos con todas las obligaciones, garantías y compromisos bilaterales y multilaterales contraídos en nombre de la lucha en contra del terrorismo? ¿Va a establecer el Departamento de Estado de los Estados Unidos una lista de los responsables de los «desastres debidos a mano humana» que sustituya a la actualmente existente de personas y grupos que practican el terrorismo?
Hechos recientes -la forma contundente de acabar con el secuestro del marino mercante americano retenido por piratas somalíes- apuntan a un cambio semántico, más que a una alteración sustancial de las políticas. Pero todos saldríamos ganando si el juego de las palabras no se convirtiera en una ceremonia de la confusión. Sobre todo cuando de lo que se trata es de luchar contra el terrorismo.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>Obama ante el agujero negro paquistaní
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Una vez más, Obama ha dado pruebas de ser un hombre de palabra. Hace casi cinco años, cuando era sólo un joven senador del Estado de Illinois, ya explicaba que el problema número uno para la seguridad de EEUU y del resto del mundo no era Irak, sino Pakistán. Fiel a sí mismo, el pasado viernes precisó su estrategia respecto al País de los Puros. Y no contento con confirmar lo que entonces era sólo la intuición de un joven político, ha planteado una serie de objetivos y principios, de una solidez sin fisuras y en clara oposición a lo que pasará a la Historia como el mayor error estratégico de la era Bush.
Primer principio: Pakistán es el auténtico agujero negro al que tiene que hacer frente la diplomacia internacional -por encima incluso de Irán-. Allí está la retaguardia de Al Qaeda, el vivero del terrorismo más fanático. Y no de una forma marginal en las famosas zonas tribales entre Afganistán y Pakistán; ¿acaso no son los propios servicios de Seguridad paquistaníes los que infiltran, controlan y dejan prosperar hasta en el centro de Islamabad a la mayoría de estos grupos criminales?
Los observadores serios saben todo esto desde hace tiempo. Daniel Pearl murió por haber hablado demasiado de este tema. Yo mismo consagré un libro entero, titulado Quién mató a Daniel Pearl, a los vínculos entre el ISI y grupos como Lashkar-e-Janghvi o Lashkar-e-Toïba, que se presentan, a las claras, como el núcleo duro de la galaxia de Bin Laden.
Pero que quien se ha convertido en el presidente de la primera democracia del mundo lo diga tan claramente, que sus principales asesores, como Richard Holbrooke, se muestren, a su vez, también convencidos, y que su jefe de Estado Mayor de los Ejércitos de EEUU, Michael Mullen, nos explique abiertamente que la instrumentalización del ISI por parte de Al Qaeda (y recíprocamente) es un hecho demostrado que «tiene que cambiar», constituye, realmente, un auténtico cambio estratégico.
Segundo principio: Obama añade que se puede apoyar a Pakistán. Se le puede seguir considerando un aliado especial. Se le puede seguir proporcionando la ayuda de todo tipo que exige el desarrollo del gran país en el que se ha convertido. Pero dicha ayuda ya no puede hacerse a tientas y a ciegas. Ya no puede ser automática.No se puede seguir distribuyendo miles de millones de dólares a personas que los van a depositar en ONG del tipo de la Ummah Tameer e-Nau, a la que dejé en evidencia hace tiempo y que, en conexión directa con el lobby nuclear del doctor paquistaní Abdul Qader Khan, proporcionaba a los emisarios de Bin Laden los instrumentos necesarios para montar armas atómicas miniaturizadas.
Dicho de otra forma, la ayuda debe ser condicionada. Sólo puede continuar funcionando decentemente si se la dota de medidas que obliguen a los que la reciben a rendir cuentas. Algo normal y evidente. Algo que los propios paquistaníes -al menos los que quieren tanto a los derechos humanos como a su país- vienen reclamando desde hace décadas. Pero que lo diga un presidente de EEUU, que acepte proporcionar esa ayuda no como un cuerno de la abundancia, sino como un instrumento político, que tenga la audacia de convertirla en un instrumento de presión o, incluso, de chantaje democrático, es un acontecimiento de la mayor relevancia.
Tercer principio: Los principales enemigos de esta Al Qaeda que evoluciona como un pez en el agua en Pakistán no son los estadounidenses. Son, según Obama, los propios paquistaníes. De nuevo, algo evidente y que muchos sosteníamos. Todo el mundo sabía, por hablar sólo de lo que yo mismo vi y fotografié, que la madrasa de Binori Town, en pleno corazón de Karachi, es el santuario de bandas radicales cuya ocupación preferida es lo que púdicamente se llama allí «el enfrentamiento intersectario», pero que, en realidad, significa la masacre a sangre fría de chiítas desarmados.
Ningún paquistaní ignora que son sus hijas, sus amigas, sus mujeres las que están en primera línea de fuego de una guerra en la que se sigue quemando viva a una esposa sorprendida mirando a otro hombre distinto de su marido. Pero que el presidente Obama tome nota de ello, que diga -en estos términos- que Al Qaeda es «un cáncer» y que dicho cáncer está a punto de «destruir al país desde dentro», que proclame al mundo que su preocupación es socorrer a los millones de musulmanes que están siendo el blanco de esta violencia, es la fórmula -por fin encontrada- de una lucha antiterrorista que evita, por vez primera, el escudo de la guerra de las civilizaciones al estilo de Bush y de Huntington.
Perseguir al enemigo hasta el patio de atrás del Estado paquistaní. Hacer depender la ayuda concedida a este Estado del celo que demuestre purgando sus servicios secretos. Tomar nota de que el único choque de las civilizaciones que valga es el que, en el seno del propio Islam, enfrenta a los yihadistas con los moderados.¿Conocen los europeos los términos de la ecuación? ¿Qué esperan para proclamarlos? ¿Y qué esperan para, después de decirlo, aportar su apoyo incondicional a la revisión de la doctrina estratégica más decisiva del momento?
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
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