>La muerte de las televisiones
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Existen tres formas de ver televisión. La del pasado (pasiva), la del presente (semiactiva) y la del futuro (interactiva). La primera, que algunos no han conocido, tenía muy pocas cadenas disponibles y no disponía del mando a distancia. Encendías el televisor, te sentabas en el sofá y mirabas “lo que hacían” (en Madrid dicen: “A ver que nos echan hoy…” ). Si no te gustaba, te levantabas, pasabas a otro canal y, en último término, lo apagabas. En el sistema actual, tenemos bastantes más canales gratuitos, una gran herramienta (el mando a distancia) y una guía de programas en el diario. Ello permite cómodamente seleccionar lo que se prefiere y buscarlo de forma fácil, sabiendo la cadena que lo emite.
En el futuro, será muy diferente. La digitalización permite aumentar hasta unos 50 el número de canales gratuitos, permite ver un programa en la pantalla del televisor, en la del ordenador o en la del teléfono móvil. Y, principalmente, permite introducir en cualquier punto de la red “almacenes digitales” (discos duros, de bajo coste y gran capacidad), de modo que los programas estén automáticamente guardados para poder verlos en cualquier momento. Será verdad que se podrá ver “lo que tú quieras, en el lugar que quieras, en la pantalla que quieras y en el momento que quieras”. Esto puede cambiar radicalmente los hábitos de consumo de los productos audiovisuales, especialmente porque no tendremos que elegir entre lo que en un momento concreto están emitiendo las cadenas, sino que seremos nosotros los que decidiremos lo que nos gustaría ver y, con el nuevo mando o desde el ordenador, lo pediremos y lo encontraremos inmediatamente en la pantalla elegida.
Esto no es el futuro, sino algo que hoy ya cuenta con muchos usuarios. Mucha gente ve Polònia en el televisor a la hora en la que TV-3 lo emite, pero muchos lo ven en la pantalla del ordenador, a través de TV3.cat, o del 3cat24 o del 3alacarta, cuando les apetece. Y los más avanzados (los que ya tienen instalado un descodificador digital inteligente) también pueden verlo en el televisor cuando lo desean. Esto es ya el presente. El futuro es la progresiva extensión de este sistema, a medida que los aparatos electrónicos sean de más fácil uso y que la población, ahora joven, vaya siendo mayoritaria. No significa que desaparezca la costumbre actual, más pasiva, pero sí significa que podremos optar entre uno y otro, en función del momento o las preferencias personales.
EN PARALELO, se abre un debate sobre la publicidad en las televisiones, especialmente en las públicas, debate que no tiene nada de raro porque el enorme incremento de cadenas que han aparecido en estos últimos años hace muy difícil la financiación adecuada de todas ellas. Me gustará entrar en este debate, a fondo, en cuanto sea posible. De momento, advierto de que el debate que empieza a promoverse, especialmente por parte de algunos grupos privados, pero también a partir de algunas reacciones gubernamentales, es un falso debate. Se discute como si dentro de cinco años el escenario en el que se va a encontrar el sector audiovisual fuese el mismo que el actual, o sea, el que yo he bautizado como de consumo semiactivo. No entender el cambio que se está produciendo es un gran error que puede invalidar muchos de los argumentos que se utilizan y, por tanto, puede convertir en inútiles muchas de las soluciones que se plantean.
Cuando la digitalización se complete y sea mayoritario el consumo interactivo de televisión, se van a producir tres consecuencias: la muerte del televisor, la desaparición de las cadenas de televisión y el cambio total del negocio de producción y de distribución de audiovisuales. Vamos por partes.
No compraremos televisores (o sea, un aparato con una pantalla, unos altavoces, un sintonizador, un selector de canales, y algunas otras cosas… ). Compraremos una pantalla que colgaremos de la pared o pondremos encima de una mesa. Los altavoces no vamos a necesitarlos porque ya tenemos unos altavoces del equipo de música, con una sonoridad muy superior. El sintonizador y el selector los tendremos separados, en el descodificador o quizá incorporados en el ordenador. Ha muerto la caja que hemos llamado televisor.
MUCHO MÁS importante que esto: no habrá canales de televisión. El canal sirve para saber por dónde nos llega un programa y a qué hora nos llega. Un canal es una frecuencia que corresponde a un botón en el mando y es una lista de programas con horario. Sabiendo qué botón tenemos que apretar y a qué hora, tenemos acceso a lo que queremos. Este sistema es caduco; todos los contenidos estarán almacenados en la red una vez emitidos en directo (o incluso antes ) y podremos pedirlos y recibirlos cuando queramos.
En este escenario, que no será exclusivo porque seguirán habiendo emisiones en directo, las reglas del juego cambiarán. El negocio de los que se dedican a producir y distribuir contenidos audiovisuales debe enfocarse en términos diferentes a los de ahora. Y hay que plantear de nuevo cómo habrá que financiar todo el coste de creación, producción y distribución.
Discutir apasionadamente cómo se reparte el pastel publicitario y las subvenciones públicas, como si las cosas tuviesen que seguir igual que hasta ahora, me lleva a pensar en que se están repartiendo el arroz de la semana pasada cuando resulta que la semana que viene no habrá arroz, sino garbanzos.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>Volvemos en seis minutos
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Producir una hora de televisión o de cine requiere tiempo y gente. A veces, mucho tiempo; y casi siempre, mucha gente. Lo comprobamos cada vez que acaba un programa o una película y empiezan a salir créditos y créditos de nombres y más nombres de los profesionales que han intervenido en ellos. Sé que exagero, pero a veces lograr captar la atención del público es más complejo y casi tan caro como mandar un cohete al espacio. La inversión y el esfuerzo que requiere la producción audiovisual se justifica en la ambición de sus peculiares objetivos. En lugar de llegar a la Luna se pretende cada día llenar de sueños y de realidad la imaginación de millones de espectadores.
La industria audiovisual es la máquina más potente de creación de referentes colectivos. Si hacemos un repaso a nuestras paredes mentales buscando los pósteres que teníamos colgados, descubriremos que están llenos de rostros y de historias que proceden de la televisión, del cine… y, no lo olvidemos, también de la publicidad. Más allá de ser la principal fuente de financiación de esta actividad, la publicidad es el medio que mejor destila y condensa las virtudes y los defectos de esta industria. Por eso, a veces, con toda la gente necesaria para hacer una hora de televisión no basta para lograr 20 segundos de un buen anuncio. En definitiva, no se puede entender la televisión sin la aportación del imaginario procedente de la publicidad, porque la publicidad es televisión al cuadrado. Crea modelos, aporta referentes y, ante la pasividad, la ineficacia o la obsolescencia de instituciones clásicas, es uno de los mayores creadores de discurso moral en la sociedad de nuestros días.
PESE A que, como he dicho, me cuesta imaginar la televisión sin la publicidad y su dinero, en algunos países europeos, como Gran Bretaña, las cadenas públicas nunca han emitido anuncios. Ahora, con los vientos de la crisis soplando con fuerza y con la inversión publicitaria congelándose se reactiva el debate sobre la conveniencia de que los medios públicos lleven anuncios o no. Las televisiones privada se enfrentan a la temporada más dura de los últimos años, sabiendo que, aunque difícilmente perderán dinero, tendrán muchos menos recursos para volcar en la parrilla porque la publicidad va a medio gas. Los nervios están a flor de piel, la contraprogramación es más salvaje que nunca y estrenar una serie o un programa se ha convertido en una operación de alto riesgo. Se dedican más esfuerzos a procurar que fracase un estreno de la competencia que a acertar con la propia oferta. Si se consigue, por ejemplo, torpedear una nueva serie de ficción, las pérdidas serán millonarias y, lo que es más determinante en tiempos de crisis, la cadena afectada no tendrá capacidad económica para encontrar una alternativa de programación que sea suficientemente competitiva.
Ante esta situación, los responsables de las televisiones privadas, que siempre habían envidiado la doble vía de financiación de las teles públicas, reclaman que acabe este privilegio, que consideran intolerable, y piden una solución radical. Si les faltaban argumentos y ejemplos, las nuevas medidas que Nicolas Sarkozy ha puesto en marcha en Francia les dan, además, un nuevo ídolo que les gustaría que fuera imitado. Desde el 5 de enero, la TV pública francesa ha eliminado la publicidad en el prime time como paso previo a hacerla desaparecer del todo a partir del 2011. La decisión de Sarkozy se fundamente en una vieja reivindicación de la izquierda que reclamaba más libertad creativa y menos ataduras y condicionantes comerciales en la oferta pública.
No parece que estas sean las razones que hayan justificado la medida. No sé si es lo que se buscaba, pero lo que han logrado es favorecer los intereses de las cadenas privadas y, de paso, un control gubernamental más directo de los medios públicos. La disminución de ingresos que tendrán las televisiones será compensada por una mayor aportación económica por parte del Gobierno que, de paso, decidirá los nombres de los máximos responsables de los medios, unos nombramientos que antes de este cambio eran prerrogativa del CSA, el consejo regulador del audiovisual en Francia. La primera semana tras la nueva medida, la audiencia de las televisiones públicas aumentó de forma notable. Ahora, pasada la novedad, los ingresos publicitarios se han redistribuido y el equilibrio entre cadenas ha vuelto, más o menos, donde estaba.
TAL VEZ EL debate entre el sector público y privado, visto desde la perspectiva de los espectadores, de los ciudadanos, no es tanto “anuncios, sí o no” como la calidad de la programación. El problema es que los programas se parecen tanto entre ellos que podrían saltar de una cadena a otra sin que importe demasiado si la titularidad es pública o privada. Por más goloso que pueda parecer el ejemplo francés a los emisores privados, la situación de España es singular y se parece poco a la del resto de Europa. La mayoría de televisiones públicas europeas se financian con un canon, que es un impuesto directo, y algunas también con publicidad. En nuestro país, un impuesto directo para la televisión sería tan inviable que ni tan solo es planteable. Además, la televisión sin publicidad es menos televisión. Porque, aparte de la calidad y el atractivo de los que nos vende, ¿qué haríamos sin aquel aviso que nos advierte de que volverán en seis minutos? ¡Con la de cosas que hacemos en esos seis minutos!
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>La decepción digital
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Por Josep Lluís Micó, profesor de Periodismo (Blanquerna-URL) y codirector del Laboratori de Comunicació Digital de Catalunya (LA VANGUARDIA, 30/11/08): Cuando en el 2010 culmine en España la transición hacia la televisión digital terrestre (TDT), se habrá materializado una de las decepciones más agudas en el sector de la comunicación. La teoría dictaba que el nuevo soporte supondría una transformación tan profunda en el medio, que sus repercusiones (positivas) trascenderían el terreno audiovisual y se acabarían propagando por todas las industrias culturales. Así, los más optimistas sostenían hasta hace poco que, gracias al enorme volumen de audiencia a la que se dirige, la TDT sería el único medio en condiciones de consolidar la denominada sociedad de la información. Y es que la nueva televisión había de suponer una evolución cualitativa de los servicios, los formatos, los contenidos e, incluso, los perfiles profesionales clásicos, lo cual propiciaría la integración, por primera vez en la historia, de algunas de las estrategias que se han desarrollado en internet en el último decenio. Por ejemplo, la TDT partía con una ventaja clara frente a la red para extender entre el gran público las aplicaciones interactivas, esto es, la participación de los espectadores, la información y el entretenimiento a la carta… Un porcentaje notable de la población aún no puede considerarse cibernauta por una sencilla razón: por su edad (avanzada), su formación (escasa), etcétera, no está digitalmente alfabetizado, es decir, no cuenta con los conocimientos básicos de informática. Sin embargo, en prácticamente todos los hogares hay uno o más televisores, y el uso del mando a distancia, la herramienta a través de la que llegaría la interactividad, resulta de lo más elemental. Por eso, la TDT debía ser más que una innovación tecnológica aplicada al soporte convencional, más que un simple cambio de apellido en el medio: de analógico a digital. Muchos teóricos y profesionales abogaban (o, admitámoslo, abogábamos) por que su lenguaje se renovase hasta el punto de que hubiese que hablar de una nueva gramática, de modo que naciesen formatos específicos para contenidos que nunca antes se habrían presentado a un público tan numeroso. No obstante, los meses han ido transcurriendo, ninguno de los pronósticos favorables se ha cumplido y las administraciones, los productores y los anunciantes se han dado cuenta de que, hoy por hoy, lo único importante es sobrevivir, o sea, ajustarse con la máxima dignidad posible al imperativo legal sobre el apagado analógico. Es cierto que la oferta ha aumentado, que la imagen es más limpia y el sonido, más fiel. Por lo tanto, hay que reconocer que, con la TDT, el picoteo audiovisual mejora en cantidad (la calidad, mucha o poca, es la misma que antes). Y que desaparecen las interferencias, al menos las tecnológicas, puesto que las políticas y las económicas son otro asunto… ¿Habría que conformarse con eso? Los telespectadores no parecen tener más remedio. En cuanto a las empresas, la actualidad demuestra que la situación es complicada para todas las cadenas, aunque es evidente que las pequeñas aún lo tienen más difícil. Desde que arrancaron las emisiones digitales en el 2002, la mayoría de las experiencias en este campo han sido muy tímidas y se han plasmado sin demasiada convicción. Las emisoras más humildes deben competir por mantenerse en un panorama que provoca todo tipo de sensaciones, excepto confianza y tranquilidad. Las cadenas han constatado que las audiencias se están fragmentando aceleradamente. A escala internacional, cada vez más expertos aseguran que, para que una iniciativa funcione comercialmente, debe ser cercana a su público. Pero, en esencia, las programaciones no han cambiado lo más mínimo en España. El fracaso de la primera propuesta estatal de TDT de pago, la de Quiero TV, obligó tanto a profesionales como a analistas a prestar mucha más atención a la promesa digital. Ambos colectivos se percataron de que si el sector se retrasaba en el despliegue del nuevo soporte, el problema se agravaría. Según la lógica empresarial, sin espacios atractivos no se capta público, y sin usuarios no vale la pena invertir ni un euro. Era entonces cuando tenían que entrar en juego los contenidos útiles y de calidad… Algunos los seguimos esperando. Para cerrar este debate, y por chocante que suene la comparación, hay quien recuerda la amenaza que se cernía sobre miles de coches en el 2002, cuando se dejó de dispensar gasolina con plomo. La adaptación de los vehículos fue forzosa y, quizá, algo traumática, sin embargo, hoy casi nadie la recuerda. En el caso del combustible, las autoridades tomaron una determinación y la industria y los particulares se limitaron a acatarla. Si pasa lo mismo en la transición de la televisión analógica a la digital, cientos de empresarios y administraciones estarán (económicamente) satisfechos. Como siempre, saldrán perdiendo los televidentes, por lo que pudo haber sido y no fue. Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>Bienvenidos al desierto de lo hiperreal
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Por Gérard Imbert es catedrático de Comunicación audiovisual de la Universidad Carlos III de Madrid, y acaba de publicar El transformismo televisivo (EL PAÍS, 01/11/08): Dentro del proceso de espectacularización que padece la cultura mediática, la televisión, hoy, ha dejado de ser “ventana al mundo”, fiel reproducción de la realidad objetiva, para convertirse en espacio de proyección, espejo del sujeto. Se privilegia lo inmediato, la relación afectiva, proyectada en relatos, lúdicos unos, ficticios otros. Éstos se desenvuelven a la vez en lo verbal (importancia de la oralidad, de la confesión en este nuevo dispositivo) y al mismo tiempo en lo no-verbal, el mundo de lo emotivo en el que el sentido es secundario en relación con el sentir, privilegiando un régimen conversacional (Bettetini). Con la postelevisión, como la he llamado, la que emerge en la década de los 90, se da un paso más. Vinculada a la aparición de la telerrealidad, se plasma en la creación de “mundos posibles”, pero ya no regidos por la imaginación como en la ficción, sino por la invención de universos imaginarios engendrados por y desde el medio, que ya no escenifican contenidos narrativos estructurados sino, simplemente (y eso constituye una nueva forma de narratividad), la relación misma, el contacto entre protagonistas de estos nuevos juegos televisivos. Han nacido los reality shows. Después de la espectacularización del mundo, viene la espectacularización del individuo, de lo vivencial en sus aspectos positivos y negativos. Los realities de segunda generación, tipo Gran Hermano, instauran lo relacional como nueva categoría referencial: lo que interesa no es lo que pasa -en términos de acción narrativa- sino las relaciones internas que establecen los concursantes, sus constantes estrategias de interacción y negociación, la permanente construcción / deconstrucción de su identidad. La neo-televisión se recreaba en un juego con la realidad: la creación de una realidad sui generis, ni auténticamente documental ni del todo ficticia, pero simulando, mediante el directo, la realidad vivencial. Se sacralizaba así una nueva forma de cotidianidad (al margen de las comunidades existentes) donde el principal envite era revelar su identidad “verdadera”, realizarse como sujeto, en este caso sujeto televisivo, y desvelar su intimidad. Representarse a sí mismo, “jugar a ser sí mismo” -es decir, en términos semióticos, construirse un personaje-, jugar a estar juntos, tal podría ser la finalidad de estos programas, dentro de una total redundancia identitaria. Este proceso no es ajeno a la carencia comunicativa de la sociedad moderna, a la ausencia o difuminación del otro, a los propios déficit de identidad del sujeto. Hoy, la televisión ha dado un paso más; con la renovación de los juegos-concursos y programas de entretenimiento se acentúa el cariz lúdico de la comunicación televisiva: después de latelerrealidad viene la tele-identidad, del juego con la realidad al juego con la identidad. Es patente en programas como Black / White, un programa de Estados Unidos de 2006, en el que los participantes negros se “disfrazan” de blancos y viceversa, para ver qué pasa; Le château de mes rêves, en Francia, donde jóvenes de las barriadas conflictivas se inician a los buenos modales aristocráticos; Préstame tu vida, con su intercambio de papeles (un gay vive la vida de un bombero, y viceversa; una soltera se hace con el mando de una familia numerosa, etcétera) o Cambio radical, donde la cirugía plástica permite cambiar de personalidad, amén de diversos programas de coaching (asesoría) que cambian la vida de los participantes. Con esto la televisión cumple cada vez menos una función referencial y crea mundos virtuales (en los juegos, en los realities, en las series), deviene cámara de eco del imaginario colectivo. Esta evolución no es baladí, entronca con las mutaciones que se están operando en los imaginarios y en la relación con la realidad, la tendencia a jugar con la realidad y con la identidad, la maleabilidad mayor del concepto mismo de realidad, erosionado por los avances de la ciencia y el desgaste del discurso público y de las prácticas políticas. Parece como si en la postelevisión ya no interese tanto la realidad. Al “cambiemos el mundo” del 68 sucede el “juguemos con su representación” de la posmodernidad. La televisión de hoy fomenta todas las transformaciones posibles. Por eso he calificado la postelevisión, jugando con las palabras, de transformista. Transformista en el sentido cabaretero del término: el gusto por el disfraz, la parodia, los dobles, el juego con el rol (incluso el sexual). Transformista, también, por esa capacidad que tiene el medio de deformar la realidad hasta llegar a lo grotesco y llevarla hacia los límites de lo fantástico. ¿Es ésta una nueva versión de “lo real maravilloso”, una visión que, partiendo de la realidad, la amplifica, manipula, transforma en su doble? Con ello se diluyen las fronteras entre lo informativo y lo ficcional. Más que nunca, la televisión está dividida entre la necesidad de informar y el deseo de espectáculo fomentado por la cultura de masas. Si todo es posible, nada es real. Todo es posible en televisión -en cuanto construcción de la realidad- porque, en el fondo, nada es real, porque lo que ahí se representa no deja huella, no tiene pregnancia. El imperialismo del directo funda una realidad que se legitima por su propia enunciación. Sin huella no hay ética de la responsabilidad, porque si la acción no trae consecuencia, invalida cualquier idea de compromiso de cara al futuro. Lo que hago en televisión es del orden de la exhibición: sólo vale en el marco del medio, se sitúa al margen del mercado social del valor. Entonces ya no operan los valores sociales. No compromete, me exime de responsabilidad y me saca de toda lógica de la acción. No imperan los valores al uso y ya no choca el escándalo (lo que es de cariz accidental): ya no hay ni valores estéticos (bello versus feo, desbancados por lo freak) ni éticos (bueno versus malo, suplantados por lo performativo, la capacidad de crearse una imagen por los medios que sea), ni siquiera morales (dignidad, recato, honor, integridad se borran y dejan paso a códigos de sustitución: la competencia práctica, el valor de uso del medio, la capacidad de desenvolverse en él), ni tampoco valores simbólicos (en cuanto al estatus de veracidad de la realidad), lo que rompe con el pacto de verosimilitud que une espectador y realidad representada. El simulacro impera y también lo que podríamos llamar lo increíble. ¿La televisión como nueva expresión de lo virtual? La televisión, en todo caso, como huida hacia adelante, que a menudo deja la realidad atrás… La televisión ha llegado a ser un mundo de relaciones “líquidas” (Bauman) donde se diluyen las categorías, en particular las que fundan la representación moderna -realidad versus ficción- con inquietantes derivas hacia lo grotesco. De ahí la moda de lofriki como estética de la deformación, atracción hacia lo cutre, lo estrafalario, fascinación por lo monstruoso (freak en inglés). ¿Habrá que concluir que se ha salido de la realidad? Y que, frente a la carencia de lo real, a su dilución, fabrica su propio antídoto, una realidad ex profeso, que se complace en lo especular y lo hiperrreal y procede mediante una licuefacción de las identidades. “Bienvenido al desierto de lo real”, decía Morfeo en Matrix, frase premonitoria que podríamos adaptar así a la postelevisión:Bienvenido al desierto de lo hiperreal… Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>La crisis, la tele y el pintalabios
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Por Francesc Escribano, periodista (EL PERIÓDICO, 01/11/08): Una de las secuencias más impresionantes de la película Blade Runner es cuando el replicante Roy Batty, un androide Nexus 6 de última generación, agota sus últimos instantes de vida recordando los fenómenos extraordinarios que ha visto después de haber llegado a los lugares más recónditos de la galaxia. “He visto cosas que vosotros no creeríais –dice Roy Batty, mientras una lluvia fina y constante moja su pelo rubio platino–. He visto naves en llamas más allá de Orión y rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhaüser”. Es una secuencia magnífica. Resulta impactante la magnificencia y la gravedad con la que Rutger Hauer da vida al androide moribundo y, especialmente, la cara de perpleja alucinación con la que le escucha Harrison Ford en la piel del desconcertado y desconcertante Deckard. SI ME PERMITEN un juego, imagínense por un momento que yo soy el androide y ustedes son Deckard. No estamos en lo alto de una azotea, no llueve, ni hemos estado zurrándonos de lo lindo, pero con la misma incomprensible solemnidad les digo que he visto cosas que ustedes no creerían. He visto un puñado de hombres perdidos en la selva africana aprendiendo a vivir y a comportarse como gorilas, parejas de novios compitiendo para ganar una boda de un millón de dólares, solteros de sangre azul buscando pareja para ofrecerle amor, castillo y título nobiliario, famosos que, en lugar de bailar, aprendían a dirigir orquestas… He visto también a un grupo de adolescentes problemáticos pasando 10 días internos en una cárcel de máxima seguridad conviviendo con presidiarios de larga condena. He visto concursos en los que no gana el más sabio, ni el más inteligente, ni el más rápido, ni el más fuerte, sino que está pensado para premiar a la persona que sea más normal y más vulgar. He visto gente que quería dejar la adicción a la droga pasando el mono ante las cámaras. He visto, por último, gente que quería pasar miedo, mucho miedo y que para lograrlo se apuntaba al último reality lleno de gritos y de sustos, ideado por una mente privilegiada explorando los límites más perversos y sádicos de la imaginación. Todas estas maravillas no las he descubierto viajando por el espacio ni en ninguna galaxia lejana, lo vi en Cannes hace pocos días. En el Mipcom, en el mercado de televisión más importante que se celebra en el mundo. Es la televisión que nos espera. Este año, a pesar de la crisis, más de 13.000 profesionales de más de 100 países corrían arriba y abajo por el palacio del Festival como buscadores de setas descubriendo las últimas tendencias, buscando desesperadamente alguna novedad y compitiendo para adquirir el formato más atrevido y más gamberro. La crisis, que todo lo amenaza y que nos lleva a vivir con el corazón encongido, también afecta y mucho al mercado televisivo. Por un lado, dicen –no es preciso ser demasiado profeta para ello– que la gente saldrá menos y pasará más tiempo en casa. Por tanto, verá más horas la televisión. Buena noticia. Pero, en cambio, el descenso del consumo impactará directamente en la capacidad de inversión publicitaria. Por tanto, habrá menos dinero para quemar en la parrilla de las cadenas. Mala noticia. Tendremos que prepararnos para más televisión, pero, probablemente, más barata. El negocio de la televisión mueve cifras millonarias en todo el mundo. Ello es así porque este medio sigue siendo la principal ventana para comunicar mensajes y para dar a conocer ideas, hechos, historias y personas a un público amplio. Solo en España, el año pasado, en ingresos publicitarios, el mercado televisivo movió 3.400 millones de euros. La progresión de este mercado en los últimos cinco años había sido tan espectacular, que las dos principales cadenas comerciales, Tele 5 y Antena 3, eran consideradas como las más rentables del mundo y el Gobierno español otorgó dos nuevas licencias en abierto, Cuatro y La Sexta, que reclamaban su legítima y suculenta porción del pastel. Ahora, cuando las cosas no pintan tan bien, les toca un ejercicio de responsabilidad para afrontar una nueva situación en la que no pueden renunciar a asumir el papel de servicio público que es intrínseco en el negocio de la televisión en abierto. EL DESCENSO de los ingresos publicitarios será todo un reto para las cadenas y las va a obligar a redefinir objetivos e, incluso, a redefinir el público al que se dirigen. Dicen los expertos que la caída de inversión no será igual para todos los productos anunciables. La gente pasará más tiempo en casa y, por tanto, algunos productos, como los destinados al consumo en el hogar o los productos de belleza e higiene se prevé que incluso puedan tener incrementos de contratación. Es curioso, dicen, que cada vez que se produce una crisis suben las ventas de pintalabios. Un toque de carmín y un poco de imaginación dan para mucho, además el pintalabios no es caro y aumenta la autoestima. Este es precisamente el papel que debería tener también la televisión: hacernos sentir mejor. Volviendo a Blade Runner, el androide decía antes de morir: “Todos estos recuerdos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia”. Visto lo visto en Cannes, no creo que sea demasiado grave que se pierdan los recuerdos de la televisión futura. Son imágenes que navegarán de forma eterna por el internet infinito y podremos consultarlo en horas perdidas en el Youtube. Y, si no, cerramos la tele, desconectamos de internet y nos abandonamos, llenos de esperanza, al universo que nos abre un pintalabios. Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
Un espejo nada deformante
Si nos lo pensásemos –tras atender a la programación publicitaria de nuestras televisiones con más interés del que solemos dedicarle y sin mayor esfuerzo que el que se nos reconoce para otro tipo de asuntos, entre los que se halla este al que habremos de referirnos más adelante y que, en efecto, lo requiere en mayor y muy concentrada medida– podríamos deducir que somos un país de estreñidos.
En las pantallas de nuestros televisores, también en las numerosas de los bares y cafeterías, suelen aparecer hermosas y sonrientes señoritas indicándonos, con extremada dulzura, que este o aquel producto, alimentario o farmacéutico, nos facilitará el tránsito o nos aliviará el peso intestinal, sin más esfuerzo por nuestra parte que su previa adquisición y posterior ingesta. Así de fácil.
De forma secuencial y alternativa también suelen aparecer otros anuncios no menos curiosos. En ellos se nos recomienda que usemos no sé qué producto que mantiene las dentaduras postizas adheridas a las encías u otros que ayudan a combatir el aliento que brota de nuestras bocas, cuando no el posible mal olor resultante de la desordenada deglución de aire durante la masticación o consecuencia de una abusiva ingesta de féculas e hidratos. Devastadores efectos ambos, causante de distanciadas presencias aquel y de pletóricas sensaciones este, que suelen resolverse por aliviaderos que los espots citados al inicio facilitarán sin más estruendo de lo que en cambio, eso lo silencian, lo harán estos.
Sería bueno preguntarnos cómo apareceremos, no ante nosotros mismos, al parecer ya inmunes a este tipo de cuestiones, sino ante la mirada ajena de quienes de modo circunstancial nos contemplan en nuestra peculiar idiosincrasia o nos observan a través de ese espejo público que es cualquier pantalla de televisión.
Visto lo visto, es muy de temer que seamos considerados, gracias a esa pantalla nada deformante, no solo como un país de estreñidos, sino también de desdentados y, aún peor, de insólitos colaboradores del ganado vacuno que con tanta eficacia coopera, de contundente y expeditivo modo, en la destrucción de la capa de ozono que nos envuelve. Eso es lo que hacen los bóvidos en razón de su muy asidua y nefasta evacuación de gases intestinales que con tanta perfidia y gravedad la da- ñan. De responder a la realidad que evidencian tales anuncios, los españoles también lo hacemos. ¡Ah, país, país! Toda la fuerza se nos va por donde menos lo esperábamos.
SIN EMBARGO, hay signos todavía más preocupantes. Permanezcamos atentos a la pantalla. Mientras transcurre la emisión del informativo, de la película o, con toda preferencia, del programa del corazón que suelen intercalar entre la programación publicitaria –que es la que realmente se emite, la única que en realidad se sustenta entre esos pequeños espacios dedicados a los documentales o a otras pérdidas de tiempo–, mientras todo eso transcurre ante nuestra mirada (ya casi indiferente) recordemos las recientes palabras de Alfredo Olivera, el psiquiatra argentino de quien partió la idea de que La Colifata, la emisora de radio puesta en manos de los enfermos mentales bonaerenses, emitiese en abierto hasta convertirse en un fenómeno mediático que, por cierto, ahora amenaza con sucumbir ante la especulación inmobiliaria. Refiriéndose a la necesidad que le movió a la creación de La Colifata (La Loca), dijo: “Queríamos que (los locos) reconstruyeran el uso del lenguaje, cuya pérdida es uno de los elementos asociados a la psicosis”.
Permanecíamos atentos a la pantalla. Seguimos. En ella aparecen ahora nuevos anuncios. A la anterior, escatológica y algo gaseosa secuencia, le sucede otra en la que el lenguaje es sistemática y recurrentemente destruido. Sacatum que tum… empiezan avisándonos en el de una de nuestras más internacionales firmas conserveras. Luego siguen otros de índole semejante. Por abreviar el trámite, recordemos, tan solo, aquellos en los que con anterioridad a la aparición de un teléfono rojo, que a algunos ya nos tiene hasta el gorro, un trío de payasos emite sonidos guturales, mientras gesticulan y tratan de reproducir ruidos identificables con los producidos por algunos aparatos mecánicos, sean automóviles o electrodomésticos, susceptibles de la contratación de un seguro. Ni una palabra asoma ya por sus bocas. Puede que tengan gracia.
LO QUE YA NO la tiene tanto es la proliferación de anuncios de esta índole. Acaso signifiquen la confirmación de algo que debiera preocuparnos: si es cierto que “la pérdida del lenguaje es uno de los elementos asociados a la psicosis”. ¿Empezará nuestra sociedad a presentar síntomas de algo? ¿De ser una sociedad psicótica?
No se sabe. Lo que de momento sí se puede ir constatando es cierto y preocupante estreñimiento colectivo, un desdentamiento generalizado, bombardeos poco selectivos, causantes de muy concretos daños colaterales, a la vez que la existencia de nada inocuos alientos ciudadanos y cierta tendencia a la gestualización exagerada. También una incierta y tóxica ingesta de palabras que, no asomando por la boca, son de suponer sumadas al escatológico e intestinal torrente ya citado, para incrementar un tránsito que, es también de imaginar, no presagia nada bueno. En estas y no en otras son en las que estamos a estas alturas del verano y este y no otro el estreñimiento que nos afecta. Nada raro que nos pase en el futuro deberá, pues, extrañarnos.
>Un espejo nada deformante
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Si nos lo pensásemos –tras atender a la programación publicitaria de nuestras televisiones con más interés del que solemos dedicarle y sin mayor esfuerzo que el que se nos reconoce para otro tipo de asuntos, entre los que se halla este al que habremos de referirnos más adelante y que, en efecto, lo requiere en mayor y muy concentrada medida– podríamos deducir que somos un país de estreñidos.
En las pantallas de nuestros televisores, también en las numerosas de los bares y cafeterías, suelen aparecer hermosas y sonrientes señoritas indicándonos, con extremada dulzura, que este o aquel producto, alimentario o farmacéutico, nos facilitará el tránsito o nos aliviará el peso intestinal, sin más esfuerzo por nuestra parte que su previa adquisición y posterior ingesta. Así de fácil.
De forma secuencial y alternativa también suelen aparecer otros anuncios no menos curiosos. En ellos se nos recomienda que usemos no sé qué producto que mantiene las dentaduras postizas adheridas a las encías u otros que ayudan a combatir el aliento que brota de nuestras bocas, cuando no el posible mal olor resultante de la desordenada deglución de aire durante la masticación o consecuencia de una abusiva ingesta de féculas e hidratos. Devastadores efectos ambos, causante de distanciadas presencias aquel y de pletóricas sensaciones este, que suelen resolverse por aliviaderos que los espots citados al inicio facilitarán sin más estruendo de lo que en cambio, eso lo silencian, lo harán estos.
Sería bueno preguntarnos cómo apareceremos, no ante nosotros mismos, al parecer ya inmunes a este tipo de cuestiones, sino ante la mirada ajena de quienes de modo circunstancial nos contemplan en nuestra peculiar idiosincrasia o nos observan a través de ese espejo público que es cualquier pantalla de televisión.
Visto lo visto, es muy de temer que seamos considerados, gracias a esa pantalla nada deformante, no solo como un país de estreñidos, sino también de desdentados y, aún peor, de insólitos colaboradores del ganado vacuno que con tanta eficacia coopera, de contundente y expeditivo modo, en la destrucción de la capa de ozono que nos envuelve. Eso es lo que hacen los bóvidos en razón de su muy asidua y nefasta evacuación de gases intestinales que con tanta perfidia y gravedad la da- ñan. De responder a la realidad que evidencian tales anuncios, los españoles también lo hacemos. ¡Ah, país, país! Toda la fuerza se nos va por donde menos lo esperábamos.
SIN EMBARGO, hay signos todavía más preocupantes. Permanezcamos atentos a la pantalla. Mientras transcurre la emisión del informativo, de la película o, con toda preferencia, del programa del corazón que suelen intercalar entre la programación publicitaria –que es la que realmente se emite, la única que en realidad se sustenta entre esos pequeños espacios dedicados a los documentales o a otras pérdidas de tiempo–, mientras todo eso transcurre ante nuestra mirada (ya casi indiferente) recordemos las recientes palabras de Alfredo Olivera, el psiquiatra argentino de quien partió la idea de que La Colifata, la emisora de radio puesta en manos de los enfermos mentales bonaerenses, emitiese en abierto hasta convertirse en un fenómeno mediático que, por cierto, ahora amenaza con sucumbir ante la especulación inmobiliaria. Refiriéndose a la necesidad que le movió a la creación de La Colifata (La Loca), dijo: “Queríamos que (los locos) reconstruyeran el uso del lenguaje, cuya pérdida es uno de los elementos asociados a la psicosis”.
Permanecíamos atentos a la pantalla. Seguimos. En ella aparecen ahora nuevos anuncios. A la anterior, escatológica y algo gaseosa secuencia, le sucede otra en la que el lenguaje es sistemática y recurrentemente destruido. Sacatum que tum… empiezan avisándonos en el de una de nuestras más internacionales firmas conserveras. Luego siguen otros de índole semejante. Por abreviar el trámite, recordemos, tan solo, aquellos en los que con anterioridad a la aparición de un teléfono rojo, que a algunos ya nos tiene hasta el gorro, un trío de payasos emite sonidos guturales, mientras gesticulan y tratan de reproducir ruidos identificables con los producidos por algunos aparatos mecánicos, sean automóviles o electrodomésticos, susceptibles de la contratación de un seguro. Ni una palabra asoma ya por sus bocas. Puede que tengan gracia.
LO QUE YA NO la tiene tanto es la proliferación de anuncios de esta índole. Acaso signifiquen la confirmación de algo que debiera preocuparnos: si es cierto que “la pérdida del lenguaje es uno de los elementos asociados a la psicosis”. ¿Empezará nuestra sociedad a presentar síntomas de algo? ¿De ser una sociedad psicótica?
No se sabe. Lo que de momento sí se puede ir constatando es cierto y preocupante estreñimiento colectivo, un desdentamiento generalizado, bombardeos poco selectivos, causantes de muy concretos daños colaterales, a la vez que la existencia de nada inocuos alientos ciudadanos y cierta tendencia a la gestualización exagerada. También una incierta y tóxica ingesta de palabras que, no asomando por la boca, son de suponer sumadas al escatológico e intestinal torrente ya citado, para incrementar un tránsito que, es también de imaginar, no presagia nada bueno. En estas y no en otras son en las que estamos a estas alturas del verano y este y no otro el estreñimiento que nos afecta. Nada raro que nos pase en el futuro deberá, pues, extrañarnos.
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