>El tabaco, sir Richard y la Audiencia
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Por Joseba Zabala Galán, médico de Salud Pública y miembro de la Sociedad Vasco Navarra de Prevención del Tabaquismo (EL PERIÓDICO, 27/10/08): La reciente y novedosa sentencia de la Audiencia Nacional sobre la reclamación patrimonial de un fumador afectado del cáncer de laringe, aunque exonera al Estado de cualquier responsabilidad económica, le coloca en una difícil situación sobre la que merece la pena reflexionar. La relación entre tabaco y cáncer no es de ayer por la mañana. Richard Doll, el mismo científico inglés que en el caluroso verano de 1987 esclareció que el aceite adulterado era el causante del síndrome tóxico –del que ya solo se acuerdan los afectados y los viejos del lugar–, en la década de los 50 lanzó su pionero estudio prospectivo caso-control en el que participaron 40.000 médicos británicos, y que puso a las claras la relación tabaco-cáncer de la que se hace eco esta sentencia. Su descubrimiento le motivó a abandonar su adicción al tabaco, continuando una prolífica y larga vida dedicada a la epidemiología hasta su muerte, hace un par de años, después de cumplir los 92. Hoy día, nadie puede negar que el consumo de tabaco activo, de quien fuma, y pasivo, de quien respira el humo de forma involuntaria y obligada, esté detrás de muchos de los tumores que desgraciadamente tenemos que diagnosticar. EL RECUERDO de sir Richard y el caso de la Audiencia Nacional me sugieren cuatro apuntes que paso a comentar. El primero va dirigido a los redactores de la sentencia, pues parecen ignorar que la gran mayoría de los fumadores se inician en esta droga en plena preadolescencia. Según la última encuesta escolar del Plan Nacional de Drogas, la edad media de inicio en el tabaco ronda los 13 años. Momento de la vida en el que las maniobras de la publicidad encubierta, la presión del grupo de iguales y las ganas de ser como los mayores hacen que las decisiones de chavales y chavalas no sean actos tan “libérrimos ni de exclusiva responsabilidad” como dicen sus señorías. Otra sala de este mismo tribunal, la sexta de lo Contencioso-Administrativo, es motivo de la segunda de mis reflexiones, pues próximamente tendrá que pronunciarse sobre la histórica demanda interpuesta por la Junta de Andalucía exigiendo la responsabilidad económica a cinco industrias tabaqueras y al propio Estado, a los que reclama 1,77 millones de euros por los gastos sanitarios derivados del tratamiento de 135 fumadores. La propia Audiencia Nacional recalca de forma inédita que “es un punto de partida insoslayable que el consumo de tabaco es causa eficiente de daños para la salud y particularmente un factor cancerígeno”. La evidencia demostrada por Richard Doll y numerosos estudios científicos posteriores han puesto de manifiesto, además, las inadmisibles acciones de marcas que, día a día, manipulan consciente e intencionadamente, mediante aditivos perfectamente combinados, esta droga de diseño llamada tabaco. La culpa o dolo es un concepto jurídico que aúna lo cognoscitivo y lo volitivo, el conocer los hechos y el querer realizar la conducta. La industria del tabaco actúa inequívocamente con dolo pues desarrolla prácticas dirigidas conscientemente a aumentar la capacidad adictiva de su producto. La ciudadanía y la salud pública española demandan a esta instancia judicial que aborde por primera vez el fondo de la cuestión tabaco-cáncer y que establezca de una vez por todas la responsabilidad del daño que continúan produciendo sobre toda la sociedad quienes preservan su impunidad ocultos en influyentes e inmorales estrategias comerciales. El tercer apunte va dirigido al Gobierno, pues la actual ley del tabaco no garantiza a la población el poder socializar su ocio en bares y restaurantes libres de los “factores cancerígenos” del humo del tabaco. Es más, delega una decisión de tal trascendencia a la voluntad del dueño de un local, condenando a quienes trabajan en este sector a una exposición continuada al tóxico. Si en España esta situación se mantiene, al contrario que en otros estados vecinos que ya han adaptado sus legislaciones, el Estado pasa a ser de facto responsable de esta discriminación laboral y personal. EL CUARTO y último comentario se lo dedico a la gente de aquí, a la población general fumadora, activa y pasiva. Aunque nunca me ha gustado considerarme a mi mismo un fumador pasivo, pues fumadores pasivos, tolerantes y resignados son del agrado de las transnacionales del tabaco, como también lo son los fumadores adictos, fieles y sumisos pagadores de su peaje diario en el estanco o en la máquina del bar. A ellos y a ellas, una llamada a la autocrítica de su comportamiento porque, como sentencia la Audiencia Nacional, científicamente no hay duda del daño que se hacen a sí mismos, pero tampoco del que hacen a quienes están a su alrededor. La responsabilidad de fumadores y no fumadores es clave en la construcción de nuevos espacios libres de humo, ya sea en nuestra casa, en nuestro trabajo o en nuestro ocio, pues expansivamente se convertirán en enclaves productores de salud. Únicamente con la toma de conciencia individual y colectiva dejaremos de ser personas fumadoras pasivas y alcanzaremos activamente el nivel de salud individual y colectiva que necesitamos. Manos a la obra.
>Liberalismo, tabaquismo, democracia
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Por Manuel Arias Maldonado, profesor de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad de Málaga. Este otoño publicará Sueño y mentira del ecologismo. Naturaleza, sociedad, democracia, Siglo XXI (EL PAÍS, 04/10/08): Se acuerdan ustedes de la ley contra el tabaco? Probablemente no, tal es la facilidad con que el asunto ha desaparecido, literalmente, de la agenda pública. Ni una sola palabra durante la campaña electoral, ni un solo anuncio después. Cuando se les pregunta, los responsables de la sanidad española sostienen alegremente que la ley funciona; y asunto resuelto. ¡No dicen desde la Secretaría de Universidades que los estudiantes Erasmus vienen a España por la excelencia del sistema educativo! Hablar es gratis. Sin embargo, sucede exactamente lo contrario: la modernísima -y aun posmodernísima- sociedad española que dibuja la astuta propaganda oficial posee ya una de las más ineficaces leyes contra el tabaco del continente. ¡España como retrovanguardia! Más bien, se trata de una ley sobre el tabaco: una amable glosa legislativa. Basta salir a la calle para comprobarlo: prueben a tomar un café, a cenar o a tomar una copa en un espacio libre de humo; es imposible. Desde luego, la ley nació muerta, dadas las voluntarias ambigüedades que contenía; pero es que su incumplimiento ha sido, por añadidura, generalizado. En ese sentido, es conveniente volver sobre este problema, dado que constituye un caso ejemplar de algunas de las patologías más recurrentes de la sociedad española: la incapacidad para el debate político razonado, la degradación del espacio público, el incumplimiento generalizado de las normas. Y así sucesivamente. Aprobar la ley, a condición de que no se cumpla; incumplirla, para que no importe si se aprueba. Tal parece haber sido la divisa con que Gobierno, oposición y ciudadanos asumieron la entrada en vigor, durante la anterior legislatura, de la ley contra el tabaco. ¡Admirable, españolísimo cálculo! Recordemos que la norma prohíbe fumar en todos los edificios públicos y lugares de trabajo; al tiempo, establece unas restricciones de grado para los establecimientos privados abiertos al público: por debajo de 100 metros cuadrados, pueden elegir entre ser bares para fumadores y bares para no fumadores; por encima, obliga a crear espacios separados para los segundos. Dada la lenidad implícita en una ley semejante, la sociedad se ha apresurado a recoger el guante: ni se cumple ni se sanciona. No, pero sí. Según informaba este periódico el pasado mes de febrero, apenas pueden calcularse unas 400 sanciones en dos años; el heroico Partido de los No Fumadores ha presentado en vano hasta 1.100 denuncias. ¿Sorprendente? Desgraciadamente, no: a fin de cuentas, durante al menos una década, este país ha sacrificado el sueño de sus ciudadanos en el altar de la diversión juvenil; qué no hará por satisfacer un hábito tan popular. Hace mucho tiempo que las autoridades españolas, inexplicablemente, renunciaron a lapedagogía de la multa como medio de cumplimiento de las normas; y la consecuencia inmediata es que el espacio público se ha convertido en aquél donde uno hace lo que no haría en el privado: pintar un graffiti, tirar cosas al suelo, dar gritos. Y el resultado neto es que, en lugar de aproximarnos a Suecia, vamos pareciéndonos -sin ofender- a Bogotá. Desde luego, este decepcionante resultado demuestra que sólo una norma que imponga sin distingos la prohibición absoluta de fumar en cualquier espacio público puede ser eficaz. Es el llamamiento que ha hecho este verano el Tribunal Constitucional alemán, después de anular las leyes de aquellos länder que establecían prohibiciones mixtas, sobre la base de un principio de igualdad: si se da libertad de disposición, debe ser para todos. Esa prohibición total rige, por ejemplo, en Italia, donde parece cumplirse; y desde hace tiempo en la muy liberal -en sentido tanto europeo como americano- California. Nuestra ley es ya, en el contexto europeo, obsoleta. Y un país lleno de colillas, donde la ropa nos huele a humo al llegar a casa, es un país antiguo. ¿Por qué no puede aplicarse una norma así en España? No quiero pensar que el Gobierno quisiera aplicarla pero haya capitulado ante el rechazo de los ciudadanos: esa razón no sería aceptable. Y en este punto es donde cobra importancia el problema de la fundamentación de una ley contra el tabaco; una fundamentación correcta, cabría añadir, a la vista del esperpéntico debate público desarrollado con motivo de la tramitación de la norma vigente. Después de que el Gobierno hubiese anunciado su intención de promulgar la ley, quedaron fijadas dos posiciones básicas y, como siempre, impermeables a la argumentación ajena. Por una parte, el Gobierno sostenía la necesidad de proteger a los trabajadores expuestos al humo -argumento insostenible si pensamos en las excepciones contenidas en la ley, que por ejemplo dejan sin protección a la mayor parte de los trabajadores de la hostelería y la restauración- y defendía simultáneamente la necesidad de defender la salud del fumador. Por otra, la oposición enarboló la bandera de la libertad, pero, ¿adivinan de quién? También del fumador, claro. Esta divisoria en absoluto reproduce un antagonismo ideológico entre izquierda y derecha, o socialismo y liberalismo: si invirtiéramos los papeles y pusiéramos al Gobierno donde la oposición, y viceversa, cada uno habría dicho lo contrario de lo que realmente dijo: la tediosa danza y contradanza partidista. Ni unos ni otros aciertan, desgraciadamente: el sintagma correcto es la defensa de la libertad de quien no fuma. Y la razón es muy sencilla. Esa libertad abarca el derecho del trabajador, pero sobre todo establece el único criterio válido para la prohibición total, esto es, el derecho a la salud de quien no fuma. ¿Y la libertad del fumador? Sólo puede ejercerse allí donde no supone una carga sobre la libertad ajena; punto. Puede argüirse que existe algo así como un derecho histórico de los fumadores, derivado de su adicción, a poder seguir fumando;pero esto sólo obligaría a crear espacios reducidos y cerrados para ellos, algo muy razonable: no al contrario. Hay un aspecto, sin embargo, donde el argumento de la libertad es certero: un fumador puede elegir, libremente, arruinar su salud. ¡De algo hay que morir! Es incoherente que una sociedad que autoriza el aborto y piensa en legalizar alguna forma de eutanasia, adopte con el fumador una actitud paternalista. Distinto es que el fumador compense al Estado por los costes sanitarios que se derivan de su estilo de vida, algo que en parte ya se hace a través de los elevados impuestos sobre el tabaco. Pero la prohibición de fumar no es una limitación arbitraria de la libertad del fumador, ni la imposición gubernamental de un modo saludable de vida; además, esto no tiene nada que ver con el liberalismo. En cambio, la libertad de los no fumadores para disfrutar del espacio público es un argumento incontestable, que en cualquier país avanzado liquidaría el debate sobre este asunto; de hecho, ya lo hace. Que aquí no suceda lo mismo se debe, en parte, a la imposibilidad de que este argumento sea reconocido como válido por quienes se verían afectados tras su transformación en norma: los fumadores mismos. Porque, ¿puede confiarse en que un fumador antepondrá el interés general a su necesidad privada? Difícilmente; su razonabilidad argumentativa es bien sospechosa. Esto no supone negar su capacidad para participar en el debate, faltaría más, sino comprender su singular punto de partida: defender un hábito del que casi todos ellos querrían apartarse. Así pues, ahora que hablamos tanto del medio ambiente, bien podríamos empezar por mejorar el entorno más inmediato, aquel en que se desarrolla nuestra vida cotidiana. España no puede ser, también en esto, una excepción. Y sobre todo, no puede serlo por las razones equivocadas, a saber: la tiranía consuetudinaria de una parte de la población que, so pretexto de un insólito excepcionalismo moral, convierte a los demás en paganos de su forma de vida.
La dama de Lipp
Hace un par de años, se organizó en París una exposición sobre Camus y Sartre. Es difícil saber si ambos pensaron alguna vez en bailar juntos ese minué, después de tanta esgrima previa y con sable. Sartre supongo que sí: era un hombre que se creía tan merecedor de toda clase de homenajes, que incluso aquellos que acogieran lo que le incomodó en vida, cuestionándole, debían de parecerle bien. Albert Camus no sé, uno tiene la impresión de que ante tal posibilidad habría elegido una exposición privada, quizá al estilo del comienzo de El hombre que amaba a las mujeres y esa escena de las piernas de sus amantes desfilando ante su tumba en una deliciosa sucesión de pas-à-deux. Pero lo que no debieron imaginar nunca, ni uno, ni otro, es que en el cartel de esa exposición de personalidades y obras enfrentadas, ambos aparecerían mutilados. No, no les faltaba ni mano, ni brazo y tampoco se trataba, esa mutilación, de asuntos de pluma y máquina de escribir. Pero sí de algo casi tan importante en la literatura del siglo XX como la estilográfica o el teclado: me refiero al tabaco.
Habiéndose empleado dos conocidas fotografías de Camus y Sartre para ilustrar aquel cartel, en ambas aparecían sin un objeto que originariamente había estado ahí donde ahora no. El cigarrillo en los labios de Camus y la pipa en la mano de Sartre. La impresión era, efectivamente, de mutilación, de vacío, de herejía ya no sólo fotográfica -que también- sino contra toda una obra de pensamiento y literatura. O mejor: contra dos, sostenidas en cierto modo por la nicotina y la pose más fotogénica. Así me lo comentó Olivier Mony, crítico literario de Sud-Ouest, mientras nos fumábamos un par de aromáticos cigarrillos ingleses en el bar del Hotel Heritage de Cognac y charlábamos sobre Bernard Frank, que acababa de morir. Ante aquel atentado iconoclasta, Albert Camus clamaba venganza con mirada de seductor y Sartre con un puñetazo en la mesa; en el suelo, una colilla y una pipa rota. Frank, Camus, Sartre… Una cosa trajo la otra y recordé la primera vez que comí en Lipp.
Fue hace quince años y no me recibió su diplomático propietario, Roger Cazes -capaz de hacer sentirse bien a rivales acérrimos en un mismo espacio: por ejemplo, a Sartre y a Camus-, pero el camarero que lo hizo -Pierre, su nombre- me preguntó si queríamos «fumadores» o «no fumadores». En ese momento yo practicaba una de mis cíclicas abstinencias de tabaco, pero como siempre he preferido los lugares para fumadores que los otros -tan asépticos e higiénicos como desoladores- contesté que «fumadores». Menos mal. Mientras nos conducía a nuestra mesa, Pierre señaló con desprecio poco disimulado el lugar de los «no fumadores» que, además de oscuro, carecía de ángulos de visión, esa cosa tan importante en sitios como Lipp y sobre todo entonces, más que ahora, con casi todos muertos.
Al poco tiempo de habernos sentado llegó una señora mayor con vestido y sombrerito color ala de mosca, arrugada como una pasa de Corinto, que se sentó a nuestro lado con aire de no haber comido en su casa jamás. Inmediatamente se formó a su alrededor un solícito baile de camareros, dispuestos a traerle a su mesa desde un platillo de hígados de colibrí hasta polvo de cuerno de rinoceronte, si ella así lo pedía. Ella, simplemente, se dejaba querer. Nos preguntamos quién debía de ser esa señora. Por la edad podría haber sido cualquier personaje del París de los 20-30, salvo amante de Picasso, pues es sabido que de las mujeres, tras pasar por Picasso, no quedaba más que una sombra desmadejada y aquella presencia, de sombra, no tenía nada. Todo lo contrario. Tras dejarse querer un rato, pidió una bandeja de ostras que se le sirvió al momento y ella fue comiéndose -intercalando considerables sorbos de vino blanco- con una fruición y un placer inolvidables. De vez en cuando se le acercaba algún camarero a preguntar si todo estaba bien, o si deseaba algo más y ella sonreía y volvía a sus ostras y a su vino y a su placentera soledad.
Aquel día, en Lipp, no estaba Mitterand -que se convirtió casi en un souvenir de la casa-, ni Jane Birkin, y tampoco los editores de Gallimard, Seuil o Grasset. Ni siquiera estaba José Luis de Vilallonga, tan habitual. Pero aquella mujer los superaba a todos. Cuando acabó de comer, sacó un cigarrillo del bolso -no pude distinguir el paquete- y dos camareros salieron de la nada para encendérselo. Si se había comido las ostras con una delectación que creí insuperable, ese cigarrillo fue degustado con una delectación aún mayor. Entonces caí en la cuenta que saborear el tabaco con sensualidad transparente era no sólo una manera más del hedonismo solitario de aquella anciana, sino una manera de fumar muy parisina. En París se fuma como si sólo se hiciera ocasional y raramente. En París se fuma el tabaco como si fuera una droga oriental que ofreciera paraísos innombrables. Lo hacía aquella señora tan mayor en Lipp, pero lo hacen las jóvenes, los paseantes y las mujeres. Si no pareciera una exageración diría que fumar en París roza cierta categoría artística. Sea en la calle, en una terraza o en un local, nunca he visto fumar con tanto placer -y haciendo participar al otro, como voyeur, de ese placer íntimo hecho público- como en París. Y en ese placer, imagino, está la alegría de vivir y de ser en una ciudad que sigue manteniendo la memoria de bastantes de las cosas que más nos importan en el mundo. En fin…
Cuando aquella mujer apagó su cigarrillo, observó a los demás comensales. Lo había hecho a su llegada con una mirada rápida, poniéndose en situación. Ahora lo hacía con la misma calma con que los chinos se esmeran en su caligrafía o los tuaregs contemplan el desierto a lomos de un dromedario. Aquella mujer era una mujer satisfecha con la vida y con su vida, aunque en su rostro ya no quedara huella alguna de la sensualidad que había desplegado hacía pocos minutos. Volvía a estar entre la tortuga y el fruto seco, bajo un sombrerito que muy bien habría podido llevarse de casa de Léautaud, una mañana de los años veinte. Luego recogió su bolso y se levantó, ágil como una gacela. Pensé que las ostras hacen tantos milagros como el bridge o la felicidad y me giré para seguirla con la mirada. Antes de que llegara a la salida, de una de las mesas se levantó un caballero alto, bien vestido, que la saludó con una reverencia. Ella sonrió, más acostumbrada a esas cosas que María Antonieta, y dejó que aquel hombre le besara la mano. Luego salió de Lipp, acompañada por el maître y tres camareros. Por supuesto nunca he sabido quien era aquella dama, pero al marcharme me pareció distinguir en el hombre que se había levantado a despedirla, los rasgos del escritor Bernard Frank, quizá el mejor cronista de París y su literatura durante la segunda mitad del siglo XX. Bernard Frank -que fumaba puros- murió en 2006 y es bastante improbable que la dama de Lipp viva. Ambos se habrán ahorrado la tristeza de vivir en un París libre de humos de tabaco. Pero fueron Sartre y Camus, sin saberlo, los mensajeros de lo que había de venir.
La dama de Lipp
Hace un par de años, se organizó en París una exposición sobre Camus y Sartre. Es difícil saber si ambos pensaron alguna vez en bailar juntos ese minué, después de tanta esgrima previa y con sable. Sartre supongo que sí: era un hombre que se creía tan merecedor de toda clase de homenajes, que incluso aquellos que acogieran lo que le incomodó en vida, cuestionándole, debían de parecerle bien. Albert Camus no sé, uno tiene la impresión de que ante tal posibilidad habría elegido una exposición privada, quizá al estilo del comienzo de El hombre que amaba a las mujeres y esa escena de las piernas de sus amantes desfilando ante su tumba en una deliciosa sucesión de pas-à-deux. Pero lo que no debieron imaginar nunca, ni uno, ni otro, es que en el cartel de esa exposición de personalidades y obras enfrentadas, ambos aparecerían mutilados. No, no les faltaba ni mano, ni brazo y tampoco se trataba, esa mutilación, de asuntos de pluma y máquina de escribir. Pero sí de algo casi tan importante en la literatura del siglo XX como la estilográfica o el teclado: me refiero al tabaco.
Habiéndose empleado dos conocidas fotografías de Camus y Sartre para ilustrar aquel cartel, en ambas aparecían sin un objeto que originariamente había estado ahí donde ahora no. El cigarrillo en los labios de Camus y la pipa en la mano de Sartre. La impresión era, efectivamente, de mutilación, de vacío, de herejía ya no sólo fotográfica -que también- sino contra toda una obra de pensamiento y literatura. O mejor: contra dos, sostenidas en cierto modo por la nicotina y la pose más fotogénica. Así me lo comentó Olivier Mony, crítico literario de Sud-Ouest, mientras nos fumábamos un par de aromáticos cigarrillos ingleses en el bar del Hotel Heritage de Cognac y charlábamos sobre Bernard Frank, que acababa de morir. Ante aquel atentado iconoclasta, Albert Camus clamaba venganza con mirada de seductor y Sartre con un puñetazo en la mesa; en el suelo, una colilla y una pipa rota. Frank, Camus, Sartre… Una cosa trajo la otra y recordé la primera vez que comí en Lipp.
Fue hace quince años y no me recibió su diplomático propietario, Roger Cazes -capaz de hacer sentirse bien a rivales acérrimos en un mismo espacio: por ejemplo, a Sartre y a Camus-, pero el camarero que lo hizo -Pierre, su nombre- me preguntó si queríamos «fumadores» o «no fumadores». En ese momento yo practicaba una de mis cíclicas abstinencias de tabaco, pero como siempre he preferido los lugares para fumadores que los otros -tan asépticos e higiénicos como desoladores- contesté que «fumadores». Menos mal. Mientras nos conducía a nuestra mesa, Pierre señaló con desprecio poco disimulado el lugar de los «no fumadores» que, además de oscuro, carecía de ángulos de visión, esa cosa tan importante en sitios como Lipp y sobre todo entonces, más que ahora, con casi todos muertos.
Al poco tiempo de habernos sentado llegó una señora mayor con vestido y sombrerito color ala de mosca, arrugada como una pasa de Corinto, que se sentó a nuestro lado con aire de no haber comido en su casa jamás. Inmediatamente se formó a su alrededor un solícito baile de camareros, dispuestos a traerle a su mesa desde un platillo de hígados de colibrí hasta polvo de cuerno de rinoceronte, si ella así lo pedía. Ella, simplemente, se dejaba querer. Nos preguntamos quién debía de ser esa señora. Por la edad podría haber sido cualquier personaje del París de los 20-30, salvo amante de Picasso, pues es sabido que de las mujeres, tras pasar por Picasso, no quedaba más que una sombra desmadejada y aquella presencia, de sombra, no tenía nada. Todo lo contrario. Tras dejarse querer un rato, pidió una bandeja de ostras que se le sirvió al momento y ella fue comiéndose -intercalando considerables sorbos de vino blanco- con una fruición y un placer inolvidables. De vez en cuando se le acercaba algún camarero a preguntar si todo estaba bien, o si deseaba algo más y ella sonreía y volvía a sus ostras y a su vino y a su placentera soledad.
Aquel día, en Lipp, no estaba Mitterand -que se convirtió casi en un souvenir de la casa-, ni Jane Birkin, y tampoco los editores de Gallimard, Seuil o Grasset. Ni siquiera estaba José Luis de Vilallonga, tan habitual. Pero aquella mujer los superaba a todos. Cuando acabó de comer, sacó un cigarrillo del bolso -no pude distinguir el paquete- y dos camareros salieron de la nada para encendérselo. Si se había comido las ostras con una delectación que creí insuperable, ese cigarrillo fue degustado con una delectación aún mayor. Entonces caí en la cuenta que saborear el tabaco con sensualidad transparente era no sólo una manera más del hedonismo solitario de aquella anciana, sino una manera de fumar muy parisina. En París se fuma como si sólo se hiciera ocasional y raramente. En París se fuma el tabaco como si fuera una droga oriental que ofreciera paraísos innombrables. Lo hacía aquella señora tan mayor en Lipp, pero lo hacen las jóvenes, los paseantes y las mujeres. Si no pareciera una exageración diría que fumar en París roza cierta categoría artística. Sea en la calle, en una terraza o en un local, nunca he visto fumar con tanto placer -y haciendo participar al otro, como voyeur, de ese placer íntimo hecho público- como en París. Y en ese placer, imagino, está la alegría de vivir y de ser en una ciudad que sigue manteniendo la memoria de bastantes de las cosas que más nos importan en el mundo. En fin…
Cuando aquella mujer apagó su cigarrillo, observó a los demás comensales. Lo había hecho a su llegada con una mirada rápida, poniéndose en situación. Ahora lo hacía con la misma calma con que los chinos se esmeran en su caligrafía o los tuaregs contemplan el desierto a lomos de un dromedario. Aquella mujer era una mujer satisfecha con la vida y con su vida, aunque en su rostro ya no quedara huella alguna de la sensualidad que había desplegado hacía pocos minutos. Volvía a estar entre la tortuga y el fruto seco, bajo un sombrerito que muy bien habría podido llevarse de casa de Léautaud, una mañana de los años veinte. Luego recogió su bolso y se levantó, ágil como una gacela. Pensé que las ostras hacen tantos milagros como el bridge o la felicidad y me giré para seguirla con la mirada. Antes de que llegara a la salida, de una de las mesas se levantó un caballero alto, bien vestido, que la saludó con una reverencia. Ella sonrió, más acostumbrada a esas cosas que María Antonieta, y dejó que aquel hombre le besara la mano. Luego salió de Lipp, acompañada por el maître y tres camareros. Por supuesto nunca he sabido quien era aquella dama, pero al marcharme me pareció distinguir en el hombre que se había levantado a despedirla, los rasgos del escritor Bernard Frank, quizá el mejor cronista de París y su literatura durante la segunda mitad del siglo XX. Bernard Frank -que fumaba puros- murió en 2006 y es bastante improbable que la dama de Lipp viva. Ambos se habrán ahorrado la tristeza de vivir en un París libre de humos de tabaco. Pero fueron Sartre y Camus, sin saberlo, los mensajeros de lo que había de venir.
>La dama de Lipp
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Hace un par de años, se organizó en París una exposición sobre Camus y Sartre. Es difícil saber si ambos pensaron alguna vez en bailar juntos ese minué, después de tanta esgrima previa y con sable. Sartre supongo que sí: era un hombre que se creía tan merecedor de toda clase de homenajes, que incluso aquellos que acogieran lo que le incomodó en vida, cuestionándole, debían de parecerle bien. Albert Camus no sé, uno tiene la impresión de que ante tal posibilidad habría elegido una exposición privada, quizá al estilo del comienzo de El hombre que amaba a las mujeres y esa escena de las piernas de sus amantes desfilando ante su tumba en una deliciosa sucesión de pas-à-deux. Pero lo que no debieron imaginar nunca, ni uno, ni otro, es que en el cartel de esa exposición de personalidades y obras enfrentadas, ambos aparecerían mutilados. No, no les faltaba ni mano, ni brazo y tampoco se trataba, esa mutilación, de asuntos de pluma y máquina de escribir. Pero sí de algo casi tan importante en la literatura del siglo XX como la estilográfica o el teclado: me refiero al tabaco.
Habiéndose empleado dos conocidas fotografías de Camus y Sartre para ilustrar aquel cartel, en ambas aparecían sin un objeto que originariamente había estado ahí donde ahora no. El cigarrillo en los labios de Camus y la pipa en la mano de Sartre. La impresión era, efectivamente, de mutilación, de vacío, de herejía ya no sólo fotográfica -que también- sino contra toda una obra de pensamiento y literatura. O mejor: contra dos, sostenidas en cierto modo por la nicotina y la pose más fotogénica. Así me lo comentó Olivier Mony, crítico literario de Sud-Ouest, mientras nos fumábamos un par de aromáticos cigarrillos ingleses en el bar del Hotel Heritage de Cognac y charlábamos sobre Bernard Frank, que acababa de morir. Ante aquel atentado iconoclasta, Albert Camus clamaba venganza con mirada de seductor y Sartre con un puñetazo en la mesa; en el suelo, una colilla y una pipa rota. Frank, Camus, Sartre… Una cosa trajo la otra y recordé la primera vez que comí en Lipp.
Fue hace quince años y no me recibió su diplomático propietario, Roger Cazes -capaz de hacer sentirse bien a rivales acérrimos en un mismo espacio: por ejemplo, a Sartre y a Camus-, pero el camarero que lo hizo -Pierre, su nombre- me preguntó si queríamos «fumadores» o «no fumadores». En ese momento yo practicaba una de mis cíclicas abstinencias de tabaco, pero como siempre he preferido los lugares para fumadores que los otros -tan asépticos e higiénicos como desoladores- contesté que «fumadores». Menos mal. Mientras nos conducía a nuestra mesa, Pierre señaló con desprecio poco disimulado el lugar de los «no fumadores» que, además de oscuro, carecía de ángulos de visión, esa cosa tan importante en sitios como Lipp y sobre todo entonces, más que ahora, con casi todos muertos.
Al poco tiempo de habernos sentado llegó una señora mayor con vestido y sombrerito color ala de mosca, arrugada como una pasa de Corinto, que se sentó a nuestro lado con aire de no haber comido en su casa jamás. Inmediatamente se formó a su alrededor un solícito baile de camareros, dispuestos a traerle a su mesa desde un platillo de hígados de colibrí hasta polvo de cuerno de rinoceronte, si ella así lo pedía. Ella, simplemente, se dejaba querer. Nos preguntamos quién debía de ser esa señora. Por la edad podría haber sido cualquier personaje del París de los 20-30, salvo amante de Picasso, pues es sabido que de las mujeres, tras pasar por Picasso, no quedaba más que una sombra desmadejada y aquella presencia, de sombra, no tenía nada. Todo lo contrario. Tras dejarse querer un rato, pidió una bandeja de ostras que se le sirvió al momento y ella fue comiéndose -intercalando considerables sorbos de vino blanco- con una fruición y un placer inolvidables. De vez en cuando se le acercaba algún camarero a preguntar si todo estaba bien, o si deseaba algo más y ella sonreía y volvía a sus ostras y a su vino y a su placentera soledad.
Aquel día, en Lipp, no estaba Mitterand -que se convirtió casi en un souvenir de la casa-, ni Jane Birkin, y tampoco los editores de Gallimard, Seuil o Grasset. Ni siquiera estaba José Luis de Vilallonga, tan habitual. Pero aquella mujer los superaba a todos. Cuando acabó de comer, sacó un cigarrillo del bolso -no pude distinguir el paquete- y dos camareros salieron de la nada para encendérselo. Si se había comido las ostras con una delectación que creí insuperable, ese cigarrillo fue degustado con una delectación aún mayor. Entonces caí en la cuenta que saborear el tabaco con sensualidad transparente era no sólo una manera más del hedonismo solitario de aquella anciana, sino una manera de fumar muy parisina. En París se fuma como si sólo se hiciera ocasional y raramente. En París se fuma el tabaco como si fuera una droga oriental que ofreciera paraísos innombrables. Lo hacía aquella señora tan mayor en Lipp, pero lo hacen las jóvenes, los paseantes y las mujeres. Si no pareciera una exageración diría que fumar en París roza cierta categoría artística. Sea en la calle, en una terraza o en un local, nunca he visto fumar con tanto placer -y haciendo participar al otro, como voyeur, de ese placer íntimo hecho público- como en París. Y en ese placer, imagino, está la alegría de vivir y de ser en una ciudad que sigue manteniendo la memoria de bastantes de las cosas que más nos importan en el mundo. En fin…
Cuando aquella mujer apagó su cigarrillo, observó a los demás comensales. Lo había hecho a su llegada con una mirada rápida, poniéndose en situación. Ahora lo hacía con la misma calma con que los chinos se esmeran en su caligrafía o los tuaregs contemplan el desierto a lomos de un dromedario. Aquella mujer era una mujer satisfecha con la vida y con su vida, aunque en su rostro ya no quedara huella alguna de la sensualidad que había desplegado hacía pocos minutos. Volvía a estar entre la tortuga y el fruto seco, bajo un sombrerito que muy bien habría podido llevarse de casa de Léautaud, una mañana de los años veinte. Luego recogió su bolso y se levantó, ágil como una gacela. Pensé que las ostras hacen tantos milagros como el bridge o la felicidad y me giré para seguirla con la mirada. Antes de que llegara a la salida, de una de las mesas se levantó un caballero alto, bien vestido, que la saludó con una reverencia. Ella sonrió, más acostumbrada a esas cosas que María Antonieta, y dejó que aquel hombre le besara la mano. Luego salió de Lipp, acompañada por el maître y tres camareros. Por supuesto nunca he sabido quien era aquella dama, pero al marcharme me pareció distinguir en el hombre que se había levantado a despedirla, los rasgos del escritor Bernard Frank, quizá el mejor cronista de París y su literatura durante la segunda mitad del siglo XX. Bernard Frank -que fumaba puros- murió en 2006 y es bastante improbable que la dama de Lipp viva. Ambos se habrán ahorrado la tristeza de vivir en un París libre de humos de tabaco. Pero fueron Sartre y Camus, sin saberlo, los mensajeros de lo que había de venir.
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