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>El ascenso de Zuma

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Por G. Pascal Zachary, autor de Married to Africa (LA VANGUARDIA, 03/05/09):

La preocupación por la elección de Jacob Zuma como presidente de Sudáfrica desdibuja un importante hito: por primera vez en decenios, una nación subsahariana tiene al timón a un adalid de las personas comunes y corrientes.

La política africana ha sido durante mucho tiempo dominio exclusivo de aristócratas, soldados y tecnócratas. Incluso con la propagación de las elecciones democráticas, los dirigentes de la región suelen proceder de las filas de los soldados (Uganda, Ruanda, Zimbabue), de las dinastías familiares (Togo, Kenia…) o de entre los profesores universitarios, abogados y economistas (Ghana, Malaui, Liberia). Ahora Sudáfrica, motor económico de la región y sede de sus universidades, grandes empresas y medios de comunicación más avanzados, tiene al timón un antiguo pastor de cabras, un dirigente africano con don de gentes.

Zuma ha llegado a ser legendario por su capacidad para conectar con las personas comunes y corrientes. Se siente lo suficientemente seguro para bailar y cantar en público. Usa el lenguaje del populismo e infunde esperanzas a la inmensa mayoría de los sudafricanos que a diario soportan el sufrimiento que entrañan viviendas, escuelas y asistencia sanitaria deficientes.

En contraste con sus dos predecesores -el santo Nelson Mandela, que hizo hincapié en la curación racial, y el aristocrático Thabo Mbeki, que tranquilizó a los financieros con su profundo dominio de la macroeconomía-, Zuma reconoce la necesidad acumulada de mejora material de la vida de las decenas de millones de pobres del país. “Hemos aprendido de los errores de los quince últimos años, en particular que podemos haber desatendido, hasta cierto punto, el movimiento popular”, dijo.

Resulta alentador que Zuma, quien pasó su juventud haciendo de pastor y no obtuvo una formación escolar hasta que estuvo en la tristemente famosa cárcel de la isla de Robben con Mandela, sea consciente de que el mayor problema de Áfricason sus desigualdades, no su marginación mundial. En la nación más rica de África- pero también aquella en la que la riqueza está peor repartida-,ahora un populista audaz tiene el poder máximo para formular la política del Gobierno.

La turbulenta vida de Zuma -muchas esposas y la embarazosa afirmación durante un juicio por violación de que evitaba la infección por el VIH tomando una ducha- lo ha expuesto al ridículo. En un plano más serio, persisten las dudas sobre su compromiso con la democracia y los críticos sostienen que es un “pez gordo” al antiguo estilo africano, dispuesto a intimidar a sus oponentes y hacer estragos en las arcas públicas con sus amiguetes.

Para desechar las quejas, Zuma insiste: “No hay motivos para sospechar de mí”. Sus defensores señalan dos beneficios que ya ha aportado: el fin de la postura ambivalente de Mbeki en la lucha contra el sida, la mayor amenaza a la salud pública del país, y una alentadora disposición a oponerse al dictador de Zimbabue, Mugabe, al que Mbeki mimó con desacertado sentido de la lealtad por su apoyo durante la lucha contra el apartheid. En un Áfricacarente de políticos populistas logrados, los modelos de Zuma pueden proceder de América Latina. Zuma el populista, con una enorme presión de las personas comunes y corrientes para que les brinde beneficios tangibles, no tardará en afrontar una prueba importante: ¿emulará a Lula de Brasil, que ha logrado un admirable equilibrio entre una buena gestión económica y redistribución de la riqueza para los pobres? ¿O seguirá la vía de Hugo Chávez, autócrata popular que parece preferir la creación de un culto a la personalidad a aumentar los niveles de vida de los pobres?

Sudáfrica tiene la mayor economía del continente y hasta que llegó la crisis financiera mundial contó con diez años de continuo crecimiento económico. En un momento de grave desaceleración económica, el gran problema de la delincuencia que padece el país sólo podría empeorar, como también el desempleo, que ya supera el 20% en el sector estructurado de la economía.

Zuma advierte la urgencia de la situación. Al fin y al cabo, tiene 67 años y es probable que sólo ocupe el cargo durante un mandato. Sin embargo, según el experto en economía política Moeletsi Mbeki, en el fondo “Zuma es un conservador”. A este respecto, Zuma representa la Sudáfrica del pasado. Forma parte de la generación orgullosa de haber derrotado al régimen del apartheid… y después haber organizado pacíficamente una transición a un gobierno duradero de mayoría negra. Su logro sigue siendo uno de los mayores de la historia reciente.

Tres de cada diez sudafricanos tienen menos de quince años, lo que significa que no han vivido nunca bajo el apartheid. Zuma debe encontrar de algún modo una vía para honrar el compromiso de su generación con la justicia racial y la liberación nacional sin por ello dejar de atender mejor las necesidades de las masas que sufren diariamente la quemazón de las diferencias de clase y anhelan beneficios materiales.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

mayo 5, 2009 Publicado por | elecciones, Sudáfrica | Dejar un comentario

>Zuma, el Reagan surafricano

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Por JOHN CARLIN – Johanesburgo – (ElPais.com, 12/04/2009)

Jacob Zuma es un tradicionalista zulú que dejó el colegio a los 12 años. Se ha divorciado dos veces, pero aún tiene cuatro esposas y, según dicen, está a punto de casarse con una quinta; y ha tenido, que se sepa, 18 hijos. En los seis últimos años se le ha acusado (sin que prosperara judicialmente) de violación y de fraude, y de aquí a 10 días será elegido presidente de Suráfrica. Dado que es el candidato del gobernante Congreso Nacional Africano (ANC, en sus siglas en inglés), el de Nelson Mandela, no hay nada, fuera de la mala salud o una muerte inesperada, que impida que Zuma, de 67 años, se convierta en líder del país más rico y democrático del continente africano.

La principal revista política de Suráfrica, The Financial Mail, resumió un sentimiento muy compartido, dentro y fuera del país, cuando publicó el año pasado en su portada una fotografía de Zuma con una advertencia en letra grande: “Tened miedo”. Los responsables de la revista se acordaban, seguramente, de otra imagen que inquieta a muchos surafricanos, sobre todo a los blancos: Zuma, sobre un escenario, vestido con un atuendo zulú de piel de leopardo, con una lanza en la mano y cantando la canción Traedme mi ametralladora.

EL PAÍS entrevistó hace poco en Johanesburgo a Zuma y otros personajes destacados del ANC y encontró que, aunque el capital de idealismo acumulado durante la era Mandela se ha disipado, la idea de que Zuma vaya a convertirse en un déspota de caricatura al estilo Robert Mugabe es exagerada. En primer lugar, por el contexto político en el que actúa. En Suráfrica hay libertad de prensa y una oposición política que se deja oír; existe un poderoso movimiento sindical y una sociedad civil vibrante, virtudes que no se detectan en Zimbabue.

En cuanto a la salud del Estado de derecho, cuestionada esta semana por la decisión del fiscal general de sobreseer la causa contra Zuma por fraude, sigue siendo con mucho más robusta que la de México, un país de características económicas similares. En segundo lugar, Zuma no ha dado de momento señales de ser ni fanático ni un tirano. En persona, es más gato casero que leopardo.

Cuando entona su canción de la ametralladora lo hace con una sonrisa cómplice, no en plan amenazador, y cuando uno se encuentra con él descubre que es de risa fácil y actitud afable, en contraste con su predecesor, Thabo Mbeki, un hombre frío, estirado y acomplejado, que se vio forzado a dimitir el año pasado. Y, también a diferencia de Mbeki, de intelectual no tiene nada. Zuma es el primer presidente del ANC, desde la creación de la organización en 1912, que carece de título universitario. No es un Mbeki, ni muchísimo menos un Obama. No tiene ideas claras sobre nada, salvo un apego general a los valores fundacionales del Congreso Nacional Africano de la justicia social y el no racismo. Como presidente, será un Ronald Reagan de centro izquierda, un portavoz nacional con una habilidad innata para conectar con sus compatriotas más que un dirigente que elabore políticas o defina ideas.

No intenta pasar por lo que no es. “Soy dirigente del Congreso Nacional Africano porque sus miembros opinan que creo en los principios del partido”, dijo en la entrevista. “¿Por qué voy a decir, cuando me elijan: ‘Muchas gracias, ahora ésta es mi idea? ¡No puedo hacer eso! Sería traicionar a los miembros del ANC”.

Zuma no se inmutó al sugerirle que, en un periodo de crisis económica mundial, quizá era necesario un líder que mostrase capacidad de liderazgo, que sacase su lanza y mostrara el camino, en vez de escudarse tras el programa de su partido. La analogía le gustó; soltó una risa y contestó: “La gente se equivoca al atribuir las estrategias políticas a las personas cuando no son obra de las personas, son del Congreso Nacional Africano. Así que no creo que deba presentarme y decir a la gente: ‘Ésta es la política económica del ANC, pero no os preocupéis, esta otra es la que yo voy a defender’. ¡No puedo hacer eso!”.

Había otros candidatos posibles a la presidencia del Congreso Nacional Africano (y, por consiguiente, de la nación) con muchas más credenciales como líderes, pero, por motivos de luchas políticas internas, Zuma acabó siendo la imperfecta opción de compromiso. En un país que, en general, observa cuidadosamente las formas de la corrección política, cuyos anteriores líderes, como Mandela, eran ávidos defensores de los derechos de la mujer y en el que un tercio de los diputados parlamentarios son mujeres, tener a un polígamo al frente resulta extraño, como poco.

Una persona cuyas opiniones y decisiones influirán en las vidas de los surafricanos, más que las de Zuma, es el ministro de Finanzas, Trevor Manuel, a quien algunos ven como vicepresidente en el próximo Gobierno del ANC. Manuel, de tendencia marxista en sus días de activismo antiapartheid, es hoy un hombre hábil y pragmático admirado por sus homólogos en Occidente. Sus posiciones económicas desmienten a quienes, en el mundo empresarial, temen que Suráfrica se encamine hacia un modelo dictatorial o socialista. Peleado con el movimiento sindical, está a favor de fomentar la creación de empleo para los jóvenes dentro de una economía de libre mercado, aunque eso signifique rechazar las demandas de conservar los puestos de trabajo a perpetuidad para los miembros de los sindicatos.

Manuel, muy posiblemente el verdadero dueño del poder en un Gobierno de Zuma, se inclina por una visión optimista del futuro. “Para mí, lo importante es la sensación de que Zuma quiere demostrar que no hace falta nacer con los privilegios para ser capaz de hacer cosas. Por eso creo que hay grandes probabilidades de que triunfe en el Gobierno, sobre todo si no existen demasiadas capas entre él y quienes pueden serle útiles, si está bien asesorado. Una de sus cualidades es que es consciente de lo que no sabe”.

El dilema de Zuma es que uno de los grandes retos del ANC es la lucha contra la corrupción, sobre todo en las instancias inferiores de la Administración. En los últimos años, los periódicos han estado llenos de noticias, entre otras cosas, sobre concesiones dudosas de contratos por parte de ayuntamientos del ANC. Y aunque el principal mensaje de su campaña electoral ha sido que se castigará con todo el peso de la ley la corrupción entre los cargos electos, Zuma ha pasado los últimos seis años librando una batalla legal tras otra, primero por una acusación de violación (tuvo que someterse a juicio; fue absuelto), y segundo, por una de abuso de poder para enriquecerse.

Manuel subrayó a EL PAÍS que la suma en cuestión era una nadería (unos 40.000 euros, dijo, aunque según otros la cifra asciende a 250.000) en comparación con las fortunas adquiridas de forma sospechosa, entre otros, por banqueros estadounidenses, algunos de los cuales se han dedicado a redecorar sus despachos y comprar aviones privados con el dinero de rescate concedido por el Gobierno de EE UU. “Además, tiene que tener en cuenta nuestro sistema. Hay países en los que el jefe del Estado llama al Banco Central y pide dinero”, explicó Manuel, en alusión a Robert Mugabe. “Aquí sería impensable rebajarse a ese nivel. Porque el sistema está ahí y es sólido”.

Como también lo es, cree Zuma, el sistema legal. Cuando le acusaron de violación y fraude, era el vicepresidente del país, el segundo más poderoso del Gobierno detrás de Mbeki. Sólo en una democracia “madura”, según Zuma, se podía obligar a una persona con un cargo tan alto a dimitir y hacer frente a las acusaciones. “¡En otros países, para empezar, no se habría inculpado al vicepresidente del país, hermano!”, exclamó en la entrevista, con otra de sus grandes sonrisas. “¡No se habría hecho! Ni mucho menos se le habría sometido a un juicio público… Nos enteramos de que están investigando a Zuma, y el partido político más poderoso, el ANC, dice: dejemos que el proceso legal siga su curso. Si yo fuera periodista, diría que en la punta sur de África hay una democracia arraigada y comprendida por las masas; una democracia en la que nadie está por encima de la ley”.

El hecho de que la principal autoridad fiscal del país haya desestimado esta semana los cargos contra Zuma ha causado controversia, pero él se esfuerza en dejar claro que ha sufrido un infierno legal hasta llegar a este momento, que ha corrido peligro de ir a la cárcel (de manera injusta según él, debido a la maldad de sus enemigos políticos) y de caer en el olvido. En la entrevista reconocía que la nube de corrupción que pende sobre él es perjudicial para la causa electoral del ANC (y seguramente costará muchos votos), pero que nunca pensó en dimitir como presidente del partido, un cargo para el que fue elegido hace 16 meses.

“Si la Constitución del país dice que uno es inocente hasta que se demuestre lo contrario, ¿es que vamos a no respetar ese principio porque hay una nube? ¿Por qué hay que obligar a un individuo a que se haga el haraquiri sin saber si es inocente o no? ¿Cuántos tendrán que hacérselo si emprendemos esa vía? ¿Por qué juzgar un caso antes de que se someta a juicio? Y el hecho de que no quiera hacerme el haraquiri se debe precisamente a que respeto ese principio. No podemos dejar de respetarlo porque nos conviene políticamente”, añadió Zuma.

El presidente saliente del ANC y sustituto temporal de Mbeki, Kgalema Motlanthe, no siente especial afecto por Zuma, con quien ha librado batallas políticas internas. Pero está de acuerdo con su argumento esencial. El debate interno había sido entre la lógica electoral pragmática de pedir a Zuma que se retirara de la carrera y el clamor para luchar contra lo que se consideraba una injusticia. “Creo que, si nos hemos pasado”, dijo Motlanthe, “nos hemos pasado por el lado bueno, porque me preocuparía terriblemente que la gente sintiera que estaba cometiéndose una injusticia y no estábamos haciendo nada para resolverla”.

El gran error en tiempos de Mbeki, bajo cuyo mando trabajó Zuma durante seis años como número dos, no fue la corrupción, sino la negligencia oficial respecto al sida. Cinco millones y medio de surafricanos tenían el virus, y 900 morían a diario. El presidente Mbeki ignoró casi por completo el problema. ¿Qué opina Zuma? ¿Debería procesarse a Mbeki? ¿Debería pedir perdón el Congreso Nacional Africano por los errores cometidos, al menos? “No, no creo”, respondió, con una risa inapropiada, para luego seguir en un tono menos enérgico, menos claro y menos convincente que cuando hablaba de la postura del ANC sobre sus penalidades judiciales o el principio de la ley. “Hemos trabajado bastante bien sobre el asunto del sida… La gente tiene que diferenciar entre las opiniones de Mbeki y las políticas del Gobierno, que fueron de amplio alcance… Hubo demasiado politiqueo a propósito del VIH y el sida”.

Zuma siguió hablando durante un rato de esta manera enredada y confusa. Era como si a Ronald Reagan, en una conferencia de prensa, le hubieran hecho una pregunta para la que sus asesores no le habían preparado.

Lo que le salva a Zuma es que Barbara Hogan, la ministra de Sanidad nombrada por el Congreso Nacional Africano cuando Mbeki dejó el cargo el año pasado, ha dicho públicamente que ella sí se siente “avergonzada” de una política oficial sobre el sida que durante el Gobierno de Mbeki desembocó en 365.000 muertes evitables por la enfermedad, según un estudio de la Universidad de Harvard. “La era de la negación de la realidad”, ha declarado Hogan, “se ha terminado por completo en Suráfrica”.

Zuma carece de la claridad y decisión para hacer una afirmación incluso tan obvia y necesaria como ésta. La cualidad que más le distingue, y le salva, es un cierto encanto personal. Lejos de provocar rechazo u hostilidad, la impresión que transmite tras pasar una hora con él es de haber estado en presencia de un niño grande, simpático y elocuente. Un niño del ANC, que ha mamado a los pechos del ANC, que ha aprendido todo lo que sabe en la escuela del ANC. Se habría podido decir algo parecido de Reagan, otro niño grande criado en la escuela de la derecha dura del Partido Republicano. Reagan, según su gente, tuvo mucho éxito porque como presidente de Estados Unidos se limitó a desempeñar el papel de portavoz y, a veces, risueño embajador. El trabajo de gobernar lo dejó en manos de otros. La posibilidad de que Suráfrica, con Zuma, siga siendo rica, para los criterios africanos, y democrática, para los criterios generales, dependerá en gran parte de que él haga algo parecido; de que tenga la madurez política de la que hace gala para nombrar a su alrededor individuos que posean virtudes de las que él carece.

abril 11, 2009 Publicado por | Sudáfrica | Dejar un comentario

>Jugando con el enemigo

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Por Pablo Salvador Coderch, catedrático de Derecho Civil de la Universitat Pompeu Fabra (EL PAÍS, 04/02/09):

A las cuatro y media de cada mañana, el preso político más famoso del mundo se levantaba, hacía su camastro y corría durante una hora en una celda de menos de nueve metros cuadrados. Así, Nelson Rolihlahla -”alborotador”- Mandela (1918), un príncipe xhosa, pudo aguantar sin volverse loco más de un cuarto de siglo de encierro.

Había ingresado en prisión en 1962, condenado como líder de Lanza de la Nación (Umkhonto we Sizwe), brazo armado de su partido, el Congreso Nacional Africano. Ese movimiento perseguía una estrategia de gobierno de la mayoría negra surafricana, pero patrocinaba tácticas de violencia armada para liberarla del yugo del apartheid blanco. “Un colono, una bala” era el grito enardecido que podía oírse en medio de una manifestación, minutos antes de ser aplastada por la policía blanca.

Hoy, cuando un mulato acaba de acceder a la presidencia de Estados Unidos, el apartheid que estuvo tanto tiempo vigente en Suráfrica nos parece una distopia delirante, un artefacto social aún más inviable que perverso. Pero hasta yo mismo no puedo olvidar que, a mediados de la década de los ochenta del siglo pasado, me resultaba imposible viajar a Suráfrica con mi mujer y mis hijos: las familias multirraciales, como la mía, lo teníamos peor que mal.

Bajo el sistema del apartheid, una burocracia supina encasillaba a la gente en una jerarquía descendente -blancos, mestizos, indios y negros- según majaderías tales como el color de su piel, los rizos de su pelo y las aletas de su nariz. En teoría, cada etnia recibiría un territorio propio; en la práctica, los blancos se quedaban con la parte del león: la mayor parte del presupuesto del Estado, las mejores tierras, las minas y las ciudades.

El que todo esto resulte hoy difícil de explicar a una persona menor de cuarenta años de edad muestra cuánto han cambiado las cosas. Mas por ello mismo, conviene recordar la descomunal inteligencia emocional de Nelson Mandela y la pareja perspicacia de sus mejores enemigos.

En El factor humano. Nelson Mandela y el partido que salvó a una nación (Seix Barral), John Carlin, escritor y periodista de este diario, nos cuenta cómo Nelson Mandela supo canalizar la pasión por el rugby de la minoría blanca de origen holandés -los afrikáner- en aras de un objetivo estratégico que parecía inalcanzable: conseguir en Suráfrica el gobierno de la mayoría negra sin que hubiera una guerra civil, sin docenas de miles de muertos, sin millones de exiliados, sin la miseria consiguiente de todo el país.

El rugby y el equipo nacional surafricano, los Springboks, encarnaban el estilo de vida de los afrikáner, una combinación innegable de trabajo duro, lealtad de grupo y confianza calvinista en la supremacía bíblica del guardián blanco sobre el infeliz negro, que prefería el fútbol europeo y detestaba el rugby.

Mandela sabía bien que, en la afición y práctica de un deporte, nacen y perviven las lealtades atávicas del hijo para con el padre, del amigo con el amigo, del individuo con el grupo. En la cárcel, aprendió la lengua y las reglas del deporte favorito de sus enemigos. Luego se conjuró con ellos para unir a toda la nación bajo la bandera del rugby.

Carlin cuenta la historia de esta misión imposible y de las docenas de personajes que construyeron una realidad que impidió la pesadilla y superó los sueños. En la metáfora del juego con el enemigo, el lector de este libro aprende a apreciar la clarividencia del entonces jefe de los servicios de información surafricanos, Niël Barnard, o la entrega a su misión del capitán de la selección nacional de rugby, François Pienaar, o la lealtad infinita de los líderes políticos de la mayoría negra, quienes, estupefactos al principio, apoyaron al fin la iniciativa genial de Mandela para que Suráfrica organizara en 1995 el Campeonato Mundial de Rugby.

El hombre que había sufrido setenta años de represión por el color de su piel acertó hasta en el gesto real de cubrirla con una camiseta deportiva del color verde de los Springboks, el equipo de sus enemigos. “Hablad a su corazón, no a su mente”, decía Nelson Mandela. Y con razón.

Admirador de Mandela y deportista aficionado desde mi juventud, confieso que El factor humano me cautivó desde su inicio, que también es el de este artículo. Creo igualmente, y esta vez, sin dejarme ofuscar por la pasión, que si ustedes aman al deporte y a la vida, les ocurrirá lo mismo. Pero hasta en eso, carezco de todo mérito, pues la fascinación por el libro de John Carlin desconoce límites: Morgan Freeman producirá la película y la dirigirá Clint Eastwood. Es el factor humano.

febrero 4, 2009 Publicado por | política, Sudáfrica | Dejar un comentario

>Miriam Makeba en el Soweto italiano

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Por Roberto Saviano, escritor italiano y autor de Gomorra. © 2008 Roberto Saviano. Publicado con autorización de la agencia literaria Roberto Santachiara. Traducción de News Clips (EL PAÍS, 20/11/08):

“¿Qué es el blues?”, se pregunta el escritor afroamericano Ralph Allison. Es lo que los negros tienen como sustituto de la libertad.

Al enterarme de la muerte de Miriam Makeba [el 10 de noviembre en Nápoles, tras un concierto contra la Camorra], me vino de inmediato a la mente esta frase. Mamá África fue lo que durante muchos años tuvieron los surafricanos en lugar de la libertad: su voz. En 1963 llevó su testimonio al Comité de Naciones Unidas Contra el Apartheid. Como respuesta, el Gobierno surafricano prohibió sus discos y condenó a Miriam al destierro. Treinta años de destierro. Desde aquel momento, su biografía fue una demostración de voluntad política y social, una vida itinerante de música vetada. Cuando registraban las casas de los militantes del partido de Nelson Mandela confiscaban sus discos, considerados como “prueba” de actividad subversiva. Bastaba con poseer su voz para ser detenido por la policía blanca. Pero la potencia de sus notas le otorga ciudadanía universal, hace que Suráfrica se convierta en la tierra de todos. Y, especialmente, el infierno del apartheid, un infierno de todos.

En los años sesenta, al llegar a EE UU, Miriam Makeba se enamoró de Stokley Carmichael, líder de los Panteras Negras, y las discográficas de ese país le cancelaron los contratos, porque Mamá África no combatía con los medios de la militancia política sino con su voz. Y eso da miedo. Ella llega a la gente por medio de su música, a través de éxitos mundiales, como Pata pata,que todos bailan y que gustan a todos, con una fuerza detonante y vital que tanto el Gobierno del apartheid como los racistas de todo el mundo no saben cómo contener o combatir.

Así, a los 76 años, vino a cantar a un sitio que parece olvidado de Dios, en el que personas conscientes habían organizado un concierto para llevar un poco de dignidad a una tierra humillada. Y la otra tarde me llamaron, de noche. Checco, que había seguido la organización del concierto, me dijo que Miriam Makeba no se sentía bien, “pero, aun así, la señora quiere cantar, quiere tu libro en edición estadounidense en su camerino, Robbè, ¡es dura!”.

Cuando me dijeron que Miriam Makeba había accedido a cantar en Castel Volturno, en el concierto -en solidaridad conmigo- que cerró los Estados Generales de la Escuela para el Mediodía, en un primer momento me costó creerlo. Ella, que luchó y viajó cantando durante años por toda África y por el resto del mundo, quería venir también a este rincón apartado, en el que casi dos meses antes había tenido lugar una matanza de siete africanos. Porque para ella eran africanos, no de Ghana, de Costa de Marfil o de Togo. Con esa concepción panafricana que tuvo Lumumba y que, en la actualidad, parece, como nunca, desgraciadamente enterrada para siempre. Mamá África actuó a pocos metros de donde mataron al empresario Domenico Noviello, natural de esta tierra, un muerto inocente que, en cambio, ha muerto solo, sin participación colectiva, sin revueltas y sin fraternidad.

La muerte de Miriam Makeba, que vino a traerme su solidaridad y a testimoniarla ante la comunidad africana e italiana que se resiste al poder de los clanes, me ha causado un enorme dolor. Tan enorme como la sorpresa con la que acogí la demostración de pasión y fuerza de una tierra lejana como la surafricana que ya en los últimos meses me había expresado su cercanía por medio del arzobispo Desmond Tutu.

Gracias a su historia, personas como Tutu o como Miriam Makeba saben mejor que los demás que, si no perdemos de vista el mundo, se pueden solucionar las contradicciones, prestando nuestra atención y nuestra adhesión, sintiendo que nos conciernen incluso los acontecimientos más lejanos. Y no con el aislamiento, con la desidia o con la ignorancia recíproca.

Suráfrica sufre una presión enorme de los carteles criminales, pero sus intelectuales y sus artistas siguen estando atentos, siguen siendo vitales y combativos. El propio Desmond Tutu definió Suráfrica como rainbow nation, nación arco iris, e impulsó el sueño de una tierra mucho más variada, rica y pigmentada que un simple cambio de poder entre blancos y negros.

Miriam Makeba era y sigue siendo la voz de aquel sueño. Si existe un consuelo para su tragedia, es que podemos decir que no ha muerto lejos, sino que ha muerto cerca, al lado de su gente, entre los africanos de la diáspora que llegaron aquí a millares e hicieron suyos estos lugares, trabajando, viviendo y durmiendo junto a nosotros, sobreviviendo en las casas abandonadas de la urbanización Villaggio Coppola, construyendo dentro su realidad, a la que llamamos el Soweto de Italia. Ha muerto mientras trataba de derribar otro gueto, únicamente con el poderoso sonido de su voz. Miriam Makeba ha muerto en África. No en el África geográfica, sino en aquella que su gente trajo aquí y que se ha mezclado con esta tierra que, hace pocos meses, ha mostrado la rabia de la dignidad. Y espero que también la rabia de la fraternidad.

Fuente: Bitácora AlmendrónTribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

noviembre 21, 2008 Publicado por | racismo, Sudáfrica | Dejar un comentario

The "Despots" Democracy

By Michael Gerson (THE WASHINGTON POST, 28/05/08):

“Things on the ground,” e-mailed a friend from a groaning Zimbabwe, “are absolutely shocking — systematic violence, abductions, brutal murders. Hundreds of activists hospitalized, indeed starting to go possibly into the thousands.” The military, he says, is “going village by village with lists of MDC [Movement for Democratic Change] activists, identifying them and then either abducting them or beating them to a pulp, leaving them for dead.”

In late April, about the time this e-mail was written, President Thabo Mbeki of South Africa — Zimbabwe’s influential neighbor — addressed a four-page letter to President Bush. Rather than coordinating strategy to end Zimbabwe’s nightmare, Mbeki criticized the United States, in a text packed with exclamation points, for taking sides against President Robert Mugabe’s government and disrespecting the views of the Zimbabwean people. “He said it was not our business,” recalls one American official, and “to butt out, that Africa belongs to him.” Adds another official, “Mbeki lost it; it was outrageous.”

It is also not an aberration. South Africa has actively blocked United Nations discussions about human rights abuses in Zimbabwe — and in Belarus, Cuba, North Korea and Uzbekistan. South Africa was the only real democracy to vote against a resolution demanding that the Burmese junta stop ethnic cleansing and free jailed dissident Aung San Suu Kyi. When Iranian nuclear proliferation was debated in the Security Council, South Africa dragged out discussions and demanded watered-down language in the resolution. South Africa opposed a resolution condemning rape and attacks on civilians in Darfur — and rolled out the red carpet for a visit from Sudan’s genocidal leader. In the General Assembly, South Africa fought against a resolution condemning the use of rape as a weapon of war because the resolution was not sufficiently anti-American.

When confronted by international human rights organizations such as Human Rights Watch about their apparent indifference to all rights but their own, South African officials have responded by attacking the groups themselves — which, they conspiratorially (and falsely) claim, are funded by “major Western powers.”

There are a variety of possible explanations for this irresponsibility. Stylistically, Mbeki seems to prefer quiet diplomacy with dictators instead of confrontation. Some of his colleagues in the African National Congress (ANC) — South Africa’s ruling party — argue that because Mbeki was an exile during apartheid instead of a prisoner or freedom fighter, he has less intuitive sympathy for prisoners and freedom fighters in other countries. South Africa clearly is attempting to league itself with China and Brazil in a new nonaligned movement — to redress what one official calls an “imbalance of global power,” meaning an excess of American power. And longtime observers of Mbeki believe that racial issues — including Mbeki’s experience of raw discrimination during the London part of his exile — may also play a role. He lashes out whenever he believes that Westerners are telling Africans how to conduct their lives, or who their leaders should be. So for years he viewed AIDS treatment as a plot of Western pharmaceutical companies — and now he helps shield Mugabe from global outrage.

Whatever the reasons, South Africa increasingly requires a new foreign policy category: the rogue democracy. Along with China and Russia, South Africa makes the United Nations impotent. Along with Saudi Arabia and Sudan, it undermines the global human rights movement. South Africa remains an example of freedom — while devaluing and undermining the freedom of others. It is the product of a conscience it does not display.

Zimbabwe is the most pressing case in point — reflecting a political argument within South Africa and a broader philosophical debate.

The labor movement within the ANC, led by Jacob Zuma, is close to the opposition MDC in Zimbabwe (which also has labor roots) and is highly critical of Mbeki’s deference to Mugabe. Zuma’s faction has provided planes to transport MDC leaders. The labor faction of the ANC is using the Zimbabwe crisis to argue that Mbeki is “yesterday’s man” — indifferent to the cause that gave rise to the ANC itself.

And this debate is clarifying a question across southern Africa: Did revolutionary parties in the region fight for liberation or for liberty? If merely for liberation from Western imperialism, then aging despots and oppressive ruling parties have a claim to power. But if for liberty, those who work for freedom in Zimbabwe must also have their day.

So far, South Africa — of all places — sides with the despots.

mayo 29, 2008 Publicado por | derechos humanos, Sudáfrica, Zimbabwe | Dejar un comentario

>The "Despots" Democracy

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By Michael Gerson (THE WASHINGTON POST, 28/05/08):

“Things on the ground,” e-mailed a friend from a groaning Zimbabwe, “are absolutely shocking — systematic violence, abductions, brutal murders. Hundreds of activists hospitalized, indeed starting to go possibly into the thousands.” The military, he says, is “going village by village with lists of MDC [Movement for Democratic Change] activists, identifying them and then either abducting them or beating them to a pulp, leaving them for dead.”

In late April, about the time this e-mail was written, President Thabo Mbeki of South Africa — Zimbabwe’s influential neighbor — addressed a four-page letter to President Bush. Rather than coordinating strategy to end Zimbabwe’s nightmare, Mbeki criticized the United States, in a text packed with exclamation points, for taking sides against President Robert Mugabe’s government and disrespecting the views of the Zimbabwean people. “He said it was not our business,” recalls one American official, and “to butt out, that Africa belongs to him.” Adds another official, “Mbeki lost it; it was outrageous.”

It is also not an aberration. South Africa has actively blocked United Nations discussions about human rights abuses in Zimbabwe — and in Belarus, Cuba, North Korea and Uzbekistan. South Africa was the only real democracy to vote against a resolution demanding that the Burmese junta stop ethnic cleansing and free jailed dissident Aung San Suu Kyi. When Iranian nuclear proliferation was debated in the Security Council, South Africa dragged out discussions and demanded watered-down language in the resolution. South Africa opposed a resolution condemning rape and attacks on civilians in Darfur — and rolled out the red carpet for a visit from Sudan’s genocidal leader. In the General Assembly, South Africa fought against a resolution condemning the use of rape as a weapon of war because the resolution was not sufficiently anti-American.

When confronted by international human rights organizations such as Human Rights Watch about their apparent indifference to all rights but their own, South African officials have responded by attacking the groups themselves — which, they conspiratorially (and falsely) claim, are funded by “major Western powers.”

There are a variety of possible explanations for this irresponsibility. Stylistically, Mbeki seems to prefer quiet diplomacy with dictators instead of confrontation. Some of his colleagues in the African National Congress (ANC) — South Africa’s ruling party — argue that because Mbeki was an exile during apartheid instead of a prisoner or freedom fighter, he has less intuitive sympathy for prisoners and freedom fighters in other countries. South Africa clearly is attempting to league itself with China and Brazil in a new nonaligned movement — to redress what one official calls an “imbalance of global power,” meaning an excess of American power. And longtime observers of Mbeki believe that racial issues — including Mbeki’s experience of raw discrimination during the London part of his exile — may also play a role. He lashes out whenever he believes that Westerners are telling Africans how to conduct their lives, or who their leaders should be. So for years he viewed AIDS treatment as a plot of Western pharmaceutical companies — and now he helps shield Mugabe from global outrage.

Whatever the reasons, South Africa increasingly requires a new foreign policy category: the rogue democracy. Along with China and Russia, South Africa makes the United Nations impotent. Along with Saudi Arabia and Sudan, it undermines the global human rights movement. South Africa remains an example of freedom — while devaluing and undermining the freedom of others. It is the product of a conscience it does not display.

Zimbabwe is the most pressing case in point — reflecting a political argument within South Africa and a broader philosophical debate.

The labor movement within the ANC, led by Jacob Zuma, is close to the opposition MDC in Zimbabwe (which also has labor roots) and is highly critical of Mbeki’s deference to Mugabe. Zuma’s faction has provided planes to transport MDC leaders. The labor faction of the ANC is using the Zimbabwe crisis to argue that Mbeki is “yesterday’s man” — indifferent to the cause that gave rise to the ANC itself.

And this debate is clarifying a question across southern Africa: Did revolutionary parties in the region fight for liberation or for liberty? If merely for liberation from Western imperialism, then aging despots and oppressive ruling parties have a claim to power. But if for liberty, those who work for freedom in Zimbabwe must also have their day.

So far, South Africa — of all places — sides with the despots.

mayo 29, 2008 Publicado por | derechos humanos, Sudáfrica, Zimbabwe | Dejar un comentario

   

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