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>La crisis de valores y el individualismo

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Por Miquel Porta Perales, articulista y escritor (ABC, 12/03/11):
Se habla mucho de la crisis de valores. Pero, los valores no entran en crisis. Es la apreciación subjetiva del valor la que cambia. Un valor, por definición, es aquella propiedad —cualidad, significación, importancia o validez— que tienen las cosas para satisfacer las necesidades humanas o proporcionarnos placer y bienestar. Mientras una cosa tenga alguna propiedad que satisfaga mis necesidades o me proporcione placer o bienestar, esta cosa será un valor para mí y no estará en crisis. Y si esta cosa no satisface ninguna de mis necesidades, por mucho que los demás la aprecien, para mí no tiene ningún valor. Así, pues, se podría hablar de crisis de valores en este sentido puramente subjetivo: hay cosas que una mayoría de personas comienzan a creer que ya no son tan valiosas, que ya no merecen la pena, que ya no justifican el esfuerzo que se debe hacer para alcanzarlas, poseerlas, mantenerlas o extenderlas. De una manera estadística se podría establecer una clasificación de preferencias, y sería la posición en esta lista la que temporalmente daría valor al valor. Es lo que tradicionalmente se ha denominado escala de valores o jerarquía axiológica. Y el ascenso o descenso en la clasificación no puede calificarse de crisis de valores. Por lo demás, la estabilidad de una escala de valores es histórica. Nuevas realidades sociales, diferentes estadios de conciencia social, acostumbran a comportar cambios axiológicos.
¿Qué ocurre hoy? Estamos presenciando el nacimiento de la fase fractal de los valores: toda escala o jerarquía de valores genera y desarrolla otra que virtualmente supera la anterior. Parafraseando a Nietzsche, hay valores precedentemente catalogados como vicios que adquieren la categoría de virtudes. Y viceversa. La alteración de la escala de valores no siempre es positiva. Por ejemplo, no resulta positiva la pérdida de valor de la autoridad, el esfuerzo, el mérito o la excelencia. Como tampoco resulta positiva la ganancia de valor del relativismo, la medianía, el embuste o el insulto. En cualquier caso, más allá de nuestra apreciación de los valores, hay que reconocer que vivimos un presente axiológicamente plural. Los valores —para bien y para mal— se han secularizado y democratizado. Y, como apuntaba antes, del hecho que una parte de la sociedad destrone ciertos valores no se infiere que nos dirijamos hacia la quiebra moral. ¿Qué ocurre hoy?, preguntaba. Que determinados valores han perdido la condición de monarcas absolutos. Sigamos con la analogía política: en la cuestión de los valores se está imponiendo una mentalidad constitucional según la cual todos los valores tienen cabida, siempre que respeten las reglas del Estado de derecho. Un Estado que, por definición, excluye el privilegio axiológico. Cosa que no impide que nuestra jerarquía de valores esté hoy encabezada —distinto es que se obre o no en consecuencia— por esos absolutos o universales empíricos del género humano que son la vida y la libertad.
Hablando de la crisis de valores y de la secularización y democratización de los valores, conviene detenerse en una de las dicotomías éticas —más supuesta que real— de nuestro presente: solidaridad versusindividualismo. Hay quien afirma que el auge del individualismo es una carga de profundidad contra la solidaridad. No es eso. Ni el individualismo es un fenómeno nuevo —el afán de autonomía individual ha sido siempre uno de los valores de nuestra cultura— ni la solidaridad se está perdiendo. Veamos. La solidaridad, ¿ha entrado en crisis? Conviene aclarar que la solidaridad no ha entrado en crisis, porque rigurosamente hablando no existe ninguna edad de oro de la Humanidad en que haya sido un valor hegemónico. Lo que sí parece haber entrado en crisis —quien ha perdido posiciones en la jerarquía axiológica vigente— es una concepción redentorista de la solidaridad que, paradójicamente, tiene mucho de egoísta. Hablo de los llamados «actos de compasión», ese altruismo generalmente interesado que ayuda al Otro buscando la satisfacción personal que produce el auxilio al próximo. Hablo de la cara oculta de una solidaridad que busca calmar la mala conciencia del occidental privilegiado, que especula con la piedad para obtener subvenciones, que utiliza la filantropía para hacer carrera política, que convierte la fraternidad en una profesión a falta de otra mejor. Hablo, en fin, de las administraciones que conceden subvenciones en función de los propios intereses o de las firmas que practican el humanitarismo para mejorar la imagen corporativa y ganar mercado o cuota de pantalla.
Frente a esa solidaridad farisaica, existe un individualismo que asume que todo ser humano, en su diferencia, posee la misma dignidad. Asunción que permite llegar a un cierto grado de altruismo y solidaridad construido sobre bases no hipócritas ni ideológicas. Es decir, edificado sobre bases desinteresadas. «Únicamente los solitarios pueden ser solidarios», decía José Bergamín. Me permito retocar la afirmación —de resonancias nietzscheanas— del poeta: únicamente los individualistas pueden ser solidarios. Y ello, porque el individualismo encuentra la respuesta adecuada a la pregunta formulada por Rousseau hace más de dos siglos: «¿Se puede obligar al hombre a ser generoso?». A diferencia del despotismo del Bien propio de la solidaridad por decreto, a diferencia de la solidaridad por interés característica del fariseísmo y el fariseo de turno, el individualismo —el individualista—, a la manera de Hume, practica voluntariamente la «disposición social del género humano. En eso consiste precisamente la solidaridad bien entendida y el individualismo bien entendido. Alguien recordará que existe también una solidaridad franca y desinteresada así como un individualismo insolente y codicioso. Cierto. No lo niego. El objeto de estas líneas es otro: mostrar que el individualismo —como suele pregonarse con excesiva frecuencia en determinados ambientes ideológicos y políticos— no es ni representa necesariamente el grado cero de lo social. ¿Por qué el individualismo ha de ser, poco menos que por definición, egoísta e insolidario? Y, puestos a formular preguntas, ¿quizá la solidaridad —que suele considerarse lo opuesto al individualismo— está siempre libre de pecado?
Cuando, parafraseando a Max Weber, el mundo se está desencantando a pasos de gigante, el individualismo —que además de reconocer al Otro apuesta por la tolerancia, la pluralidad, la privacidad y la autonomía personal: ¿la «franquicia personal» de Étienne de La Boétie?— se erige en una suerte de resumen y compendio del civismo imperfecto propio de las sociedades desarrolladas de nuestro tiempo. Un individualismo que, para afirmarse, no necesita heroicidades o utopías que, en el mejor de los casos, han demostrado no valer nada pese a costar mucho. Un individualismo —ahí está la clave— que es capaz de constituir una empresa cooperativa susceptible de producir un amplio abanico de ventajas mutuas. Por eso —volviendo al inicio de estas líneas en que hablaba de la llamada crisis de valores y de los cambios axiológicos producto de las modificaciones y evolución de la conciencia social—, el individualismo está en alza en la jerarquía de valores de nuestro presente. Pero —sentido del límite obliga—, conviene ser precavido. Conviene guardar las distancias con uno mismo y con los demás. Ni ensimismarse ni disolverse en el Otro. Ya dijo Antístenes de Atenas que, con el individualismo, sucede algo parecido a lo que ocurre con la brasa: «Demasiado cerca, quema; demasiado lejos, hiela».
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 18, 2011 Publicado por | sociedad | Dejar un comentario

>¿Desarrollo sin democracia?

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Por César Arjona, profesor de Derecho de Esade (EL PERIÓDICO, 26/04/10):
Parece que el desarrollo económico se puede lograr sin justicia. Al menos, sin justicia democrática, tal como la entendemos en Occidente. Y, en un mundo que está dominado por la economía, eso asusta.
En una reciente conferencia organizada por la cátedra de liderazgos de Esade, Javier Solana expresaba con autoridad un hecho contemporáneo que está ya asumido: el desplazamiento de poder económico desde lo que llamamos Occidente a lo que llamamos Oriente. Lo denominaba desoccidentalización. Durante esa misma conferencia, el expresidente de la Generalitat Jordi Pujol expresó su preocupación profunda por ello. Una preocupación que no tenía que ver tanto con la pérdida de peso económico de Europa, como con ciertos valores y concepciones de la justicia, que pueden expresarse grosso modo mediante las ideas de Estado de derecho, democracia y derechos humanos.
LA RELACIÓN entre desarrollo económico y democracia –entendida en ese sentido amplio– es un tema clásico en el pensamiento social. Por un lado, es un hecho irrebatible que las zonas del mundo que en la historia reciente han disfrutado de un mayor desarrollo económico, es decir Europa y EEUU, son precisamente aquellas cuyos estados poseen democracias más sólidas. Aunque se trate de una generalización, a grandes rasgos, la coincidencia es obvia.
Sin embargo, establecer relaciones de causa-efecto resulta ya más complicado. Un argumento recurrente sostiene que los países subdesarrollados no necesitan democracia. Según este argumento, un régimen autoritario favorecería la economía de un país pobre, ya que impone una disciplina y un camino común no estorbado por las sutilezas jurídicas de los estados democrácticos y respetuosos con los derechos y las libertades.
En un libro muy reciente, y que preveo de gran influencia, titulado La idea de la justicia, el premio Nobel de Economía Amartya Sen trata, entre otros muchos, sobre este tema. En respuesta al anterior argumento, Sen afirma que democracia y desarrollo van necesariamente de la mano. Es decir: un régimen democrático y de derechos propicia y favorece el desarrollo económico, hasta el punto de que parece difícil concebir este sin aquel.
Para persuadirnos de que esto es algo más que un desiderátum, Amartya Sen recurre a ejemplos muy relevantes, como la colosal hambruna que sufrió China entre 1958 y 1961, la cual provocó la muerte de decenas de millones de personas. La falta de transparencia propia de un Estado dictatorial contribuyó decisivamente a esa continuada tragedia, hasta el punto de que el propio líder Mao Zedong destacó una virtud esencial de la democracia: la fluidez de la información. «Sin democracia», llegó a decir Mao a los cuadros del Partido Comunista, «no se puede comprender lo que está sucediendo allá abajo». Parece claro que ese reconocimiento era puramente instrumental, pero eso precisamente refuerza el argumento en favor de la democracia. La idea de que el desarrollo económico exige democracia reduce a demagógica la posición que defiende la necesidad del autoritarismo en los países pobres. No necesitamos libertades, sino pan. Y el resultado suele ser que no tienen ni libertades ni pan.
Sin embargo, lo que pasa hoy en China lo elude Sen convenientemente. Y es que, según dicen los que entienden y conocen la situación, el inmenso desarrollo macroeconómico chino viene acompañado de la mayor eclosión de clases medias sucedida en la historia: cientos de millones de personas a las que el Estado ha sacado de la pobreza y lanzado al ámbito del consumo global. Más allá de las consecuencias económicas de esto, nótese que todo ello se está logrando sin democracia y sin libertades, al menos tal como se entienden tradicionalmente en Occidente. Es más, desde una tradición política y jurídica notablemente distinta a la occidental.
Digo que Sen lo elude convenientemente, porque este hecho deja en mal lugar al principio que vincula el desarrollo económico con la democracia. Ese principio que es tan reconfortante y en el que nos gustaría tanto creer. Por eso, Pujol está preocupado por los valores occidentales. Y a mí me parece que tiene motivos.
La obra y la vida del propio Amartya Sen, que es precisamente experto en Economía del Desarrollo, nos ofrece una respuesta consoladora. Dentro de sus logros, está el haber inspirado mediante sus ideas el diseño del llamado índice de desarrollo humano, ahora utilizado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, y que pretende determinar el grado de desarrollo de un país combinando los índices económicos con otros de carácter social y cultural. Sen nos diría que nos estamos equivocando si creemos en un desarrollo sin derechos y libertades, porque los derechos y las libertades forman parte del desarrollo, el cual no debe medirse solo en términos de PIB y de rentas per cápita. Conceptualmente impecable. Pero la cuestión es: ¿va a ir por ahí el mundo? La duda agobia.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

mayo 2, 2010 Publicado por | economía, sociedad | Dejar un comentario

>La política meditada

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Por Antoni Gutiérrez-Rubí, asesor de comunicación (EL PERIÓDICO, 05/09/09):

En el mundo de la empresa innovadora, la práctica de la meditación regular y frecuente se va imponiendo con naturalidad, y se promueven espacios de silencio para poder mirar el entorno (y mirarse) con mayores dosis de imparcialidad y equilibrio. La meditación abre, cada vez más, las oportunidades a una gestión de las organizaciones en que las emociones tengan un papel más valorado y reconocido al mismo nivel que las aptitudes y las actitudes.

El estrés y la ansiedad, por ejemplo, se han convertido en una de las mayores causas de falta de competitividad y de baja laboral. Si añadimos la falta de relajación y de descansos adecuados, se produce un alarmante descenso de nuestra energía vital, condicionando nuestro estado de ánimo y este, a su vez, nuestro comportamiento y rendimiento globales.

El contexto de crisis, con sus escenarios de incertidumbre y complejidad, ha castigado duramente los delicados equilibrios emocionales que la vida moderna exige a las personas. «No he parado ni un minuto» es la frase recurrente que refleja una ocupación constante, sin pausa (descanso) ni silencios (reflexión), lo que perjudica enormemente la calidad de cualquier tarea. Las empresas se han dado cuenta del potencial que para la productividad y la innovación tienen el silencio reflexivo y la calma serena.

Mientras, la política parece que ignora estas consideraciones y desprecia la meditación y el cuidado del espíritu como estructura medular del carácter de nuestros representantes. La dimensión espiritual de la persona, por ejemplo, no puede ser ignorada, tampoco, desde la izquierda renovadora, y mucho menos desde el socialismo democrático, que tiene una base electoral y sociológica de cultura católica muy amplia y un anclaje histórico con las comunidades de base cristianas y los sectores renovadores de la jerarquía.

Pero no estamos hablando de religión ni de iglesias. Hay que multiplicar los gestos hacia las comunidades laicas y creyentes comprometidas con la acción social, sí; pero acercarnos también con respeto e interés hacia otros espacios de trascendencia espiritual no específicamente religiosa.

Hasta ahora, la izquierda se ha movido con un reduccionismo simplista, considerando lo espiritual como un fenómeno meramente religioso. Gran error. Lo espiritual, entendido como el sentido que le damos a las cosas y a nuestra vida, permite residenciar en valores y principios los verdaderos reguladores de nuestro comportamiento. Y ahí radica su potencial para la política. Un gestor público debe ser una persona de densidad moral y ética, y para ello es imprescindible una actitud reflexiva y pausada y una vida interior rica y equilibrada.

La política, con sus ritmos mediáticos y su inmediatez táctica, aleja a nuestros representantes, demasiadas veces, de la ponderación y la distancia imprescindibles. Nadie reclama, por ejemplo, tiempo para evaluar la respuesta adecuada, para estudiar una propuesta, para pensarla con calma. Es como si la distancia cautelar, que tantas veces debería guiar la actuación pública, sea un demérito o un defecto. Todo lo contrario.

Hay un nuevo espacio para la política meditada. La ciudadanía lo está pidiendo a gritos. La meditación, el silencio, el retiro, el estudio, deben estar presentes en la vida política y en nuestros líderes. Necesitamos políticos con mayor capacidad de escuchar su interior y de compartir experiencias de profunda e intensa concentración personal. Una espiritualidad humana, profundamente humanista, como base de otra política.

Necesitamos líderes reflexivos, capaces de meditar, de buscar en su equilibrio personal la fuerza y las ideas que guíen su actividad. Puede ser una dimensión religiosa, pero no necesariamente. Debemos fomentar las prácticas que buscan el equilibrio y la armonía, como el yoga o el taichí, y acercarnos a ellas con una nueva naturalidad. En España todavía hay un prejuicio latente hacia tales disciplinas que, ignorantes y petulantes, algunos identifican como raras.

Martin Boroson, autor del best-seller Respira (Urano), nos anima a recuperar el control personal con solo un minuto al día. Y recomienda seguir cuatro pasos: crear un lugar de silencio y soledad; sentarse en una silla con la espalda enderezada, con las manos y las piernas relajadas pero inmóviles; activar el reloj avisador en un minuto exacto y cerrar los ojos, centrando la atención de la mente en la respiración hasta que suene la alarma. ¿Se lo imaginan? Y todavía más: ¿Se imaginan a nuestros políticos con este minuto de serenidad?

Creo que la política necesita de estos minutos de oro. Y la comunicación política, todavía más. Durante el verano, algunos líderes políticos han recomendado a sus adversarios que «se relajen» o «se retiren a un monasterio». La sugerencia, si reflejara una reivindicación sincera e incluyente de la política meditada, sería un cambio notable que deberíamos aplaudir. Pero dicha con un cierto desdén y como una invectiva refleja un prejuicio sobre el valor del retiro y de la relajación en la vida pública.

El descrédito de la política y de los políticos tiene que ver –y mucho– con el deterioro del lenguaje político. Dime cómo hablas y te diré quién eres (y cómo eres). Deberíamos relajarnos, sí; pero para pensar mejor y ver si hay algo en el interior que valga la pena. Y, solo entonces, abrir la boca.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

septiembre 12, 2009 Publicado por | sociedad | Dejar un comentario

>Los sueños de una generación

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Por Àngel Castiñeira y Josep M. Lozano, profesores de Esade (LA VANGUARDIA, 26/04/09):

Por razones coyunturales, últimamente se habla – y mucho nos tememos que se seguirá hablando-de la generación Bolonia. Sin embargo, fuera de los focos del espectáculo callejero, una generación está emergiendo silenciosamente. Tienen entre 30 y 35 años. Algunos de ellos son profesionales que ocupan niveles intermedios de responsabilidad y pronto, con un poco de suerte y el permiso de la crisis, asumirán cargos directivos. Son los hijos de la transición democrática y los primeros que no conocieron el franquismo. Por eso mismo, se autodefinen como no traumatizados (por los déficits, urgencias y complejos de sus padres). Forman parte de su normalidad la lengua catalana, TV3, el rock catalán, la referencia europea, la laicidad, las nuevas estructuras familiares o los viajes.

No han padecido ni la mili ni la peor versión preconciliar del catolicismo. Han vivido un bienestar sin precedentes, están bien formados, valoran el confort y tienen capacidad de elegir. Viven el ritmo de la inmediatez y la aceleración, razón por la cual la gestión del tiempo y las prisas forman parte de su realidad cotidiana. También forma parte de su universo una cierta retórica de lo global, la interconexión en redes y el acceso a, y el consumo constante de, información. Comparten de manera difusa los nuevos valores del respeto a la diversidad, el pluralismo y la sostenibilidad, pero, a pesar de ello, adolecen de la falta de una causa común generacional. Abusando de Buero Vallejo, podríamos decir que, a pesar de sus limitaciones, sus padres encarnaron la épica de “un soñador para un pueblo”. Ellos, en cambio, se diría que viven generacionalmente “en la ardiente oscuridad”. A lo peor, ni ardiente.

¿Necesita soñar una generación que ha visto materializar muchas de las aspiraciones de sus progenitores? La novela que inspiró Blade Runner llevaba por título ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? ¿Cuál es el sueño actual de los hijos de la transición? Hoy por hoy no hay respuesta a esta pregunta, porque no disponen de un horizonte generacional compartido. Raimon Ribera escribía en La Vanguardia (”El futuro es vuestro”, 29 de marzo) que “es de esta generación de donde ha de surgir la capacidad de implementar nuevos modelos de producción, nuevos sistemas de regulación económica, nuevas formas de solidaridad social y nuevos referentes ideológicos y axiológicos con fuerza aglutinante y capacidad de movilización”. Pero, como él mismo apunta, que puedan surgir nuevos sueños y proyectos no significa que necesariamente lo hagan.

“En la ardiente oscuridad” es la metáfora que hemos escogido para caracterizar el momento generacional del grupo humano que próximamente deberá ponerse al frente de nuestro país. Hay razones intrínsecas que contribuyen a esa caracterización: su visión microsegmentada de la realidad, un tono acomodaticio propio de la sociedad de consumo, su interés – a veces obsesivo-por la autorrealización…; pero no nos parecen razones determinantes ni insuperables.

El cambio de contexto puede desempeñar un papel muy relevante como potenciador o inhibidor de la construcción de sueños y proyectos. Por un lado, la crisis económica nos ha servido de ducha fría para despertar del espejismo de nuevos ricos en que estábamos y descubrir nuestras miserias (un abultado endeudamiento privado, el colapso de la construcción, la baja productividad y la pérdida de competitividad…), y también las miserias de un sistema financiero mundial cuyo impacto social y moral puede ser devastador. Por otro lado, el desconcierto y la perplejidad de una clase política local y europea incapaz de transmitir ilusión y que con su tacticismo contribuye a la fatiga ciudadana, al descontento y al malestar, y a la desconfianza derivada del incumplimiento de las promesas, lo cual redunda aún más en la pérdida de credibilidad. Por último, y en la esfera de los valores, hay un predominio de la denominada “sociedad líquida”, que relativiza algunos vínculos comunitarios, como los familiares (provisionalidad), laborales (precariedad) y sociales (desigualdad), o problematiza otros (como los de la escuela y la religión), y en la que comienza a ser difícil compartir referentes como consecuencia de su atomización cultural.

Esas dificultades son serias, pero cada generación tiene las que le corresponden. Los proyectos de país no se construyen de la nada y en la nada. Sus creadores deben asumir con responsabilidad el contexto que les ha tocado vivir. Y desde él deben trabajar con propósito, determinación y dirección. Al hacerlo dinamizan, producen emoción, involucran, animan e inspiran a muchos otros ciudadanos a actuar. En caso contrario, se entra en la senda de la decadencia. Tres máximas de los clásicos nos pueden servir de acicate final: “Quien sabe lo que quiere puede buscarlo enérgicamente”; “aquel que no realiza sus sueños se pasa la vida realizando los de los demás”; y “no hay viento favorable para el que no sabe adónde va”.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

abril 30, 2009 Publicado por | sociedad | Dejar un comentario

>Niño, el dinero no salía gratis del cajero

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Por ANA PANTALEONI (ElPais.com, 22/04/2009)

“Les enseñaremos a vivir, a estirar el brazo menos que la manga. Habrá menos regalos, pero más fantasía”. El popular economista Leopoldo Abadía explica así lo que enseñará a sus nietos sobre la crisis económica, que también la sienten ellos en casa y en el colegio.

¿Existe una oportunidad? ¿Servirá la crisis para cambiar el patrón de consumismo infinito que ha marcado a las últimas generaciones de adolescentes de clase media y alta? “Ésta es la expectativa que tenemos en el ámbito de la psicología, que la crisis económica sirva como modelo de aprendizaje de que los indicadores de bienes y marcas no pueden ser aspectos sobre los cuales el sujeto pivote su autoestima”, explica Marina Romeo, doctora en Psicología Social de la Universidad de Barcelona. Romeo proyecta la idea de que la satisfacción se vuelva menos material, es decir, erradicar el “yo soy más porque tengo esta marca”.

La crisis puede ver nacer una nueva generación de menores más conscientes del valor de las cosas y en los que el deseo vuelva a tener un papel. El psicólogo Enrique García Huete explica que la crisis es una oportunidad para transformar el deseo en motivación y esfuerzo.

Vivir con menos. Ésa parece ser la lección que deben aprender los escolares de clase acomodada y todos los demás. “La necesidad nos obliga a ser sobrios, aunque hay padres que todavía son inconscientes y no abren los ojos de los niños para que realmente vean lo que cuestan las cosas”, dice Nuria Chinchilla, profesora del IESE y directora del Centro Internacional Trabajo y Familia.

“Los padres pueden aprovechar la crisis para educar a sus hijos, y los adolescentes pueden aprender a vivir como siempre. No es obligatorio tener un MP3″, explica Abadía, sentado camino a Valencia para firmar libros. Su obra, La crisis Ninja y otros misterios de la economía actual, va por la novena edición.

¿Qué hay que contarle al niño? “Todo el rollo que yo cuento no se lo contaría, aunque sí le diría que tenemos que plantearnos gastar menos; que es un momento en que las cosas en todo el mundo van peor, que en todos los países hay menos dinero que antes”, dice Abadía.

La mamá le enseña un precioso camisón que se acaba de comprar. Su hijo Pepe, de cinco años, que últimamente no para de oír en casa palabras como alquiler, hipoteca, créditos o propiedad, le salta: “Mami, ¿pero es tuyo o es de alquiler?”.

A los 11 años, Roger sabe mucho sobre la crisis económica. Se lo lee todo, lo escucha todo. “Estoy muy preocupado por Islandia”, explica el niño. “Era uno de los países más ricos y ahora ya no. Se está empobreciendo”. Roger quiere ser astrónomo, lee los periódicos diariamente y ve los informativos de las televisiones. Sus amigos, no. Pese a la hondura de la crisis, Roger, sin embargo, está contento. “Tengo la hucha superllena. Casi no gasto”.

La crisis económica ha llegado a las aulas de las escuelas, a la ESO y hasta el parvulario. Los niños sienten la crisis, la dibujan, la escriben y la sufren. Si el tema no sale en casa, lo ven en la televisión o lo escuchan en el patio del colegio; pero la mayoría vive la crisis en el hogar.

“Muchas veces no pensamos que el niño forma parte del núcleo familiar. Los adultos, en ocasiones inconscientemente, les dejamos a un lado”, critica Encarna Salvador, secretaria general de la Confederación Española de Asociaciones de Padres y Madres de Alumnos (Ceapa). “Hay que contarles la verdad, pero también intentar que el clima en casa no resulte irrespirable”.

Con una tasa del paro del 13,91%, muchos niños ven que algún familiar está desempleado, que su padre o su madre se han quedado sin trabajo, o los dos (en un año hay 385.500 hogares más con todos sus miembros desempleados, de un total de casi un millón). Todos los niños han oído que hay que apretarse el cinturón.

“Sanitariamente esta crisis afectará poco porque estamos en un país que tiene las necesidades cubiertas”, dice el médico de familia Pedro Cañones. “Lo que sí que hay es un cierto problema sociosanitario. Estamos en una sociedad con muy poca tolerancia a la frustración y los adolescentes son el vivo ejemplo. Muchos de estos chavales, ante la frustración de no tener lo que podían tener antes, les puede llevar a comportamientos anómalos”.

La asignatura de Historia del Mundo Contemporáneo se salta hoy el temario del libro. Josep Maria Pérez, profesor de primero de Bachillerato y director del instituto Infanta Isabel de Aragón, de Barcelona, anuncia: “Hoy hablaremos de la crisis”. Silencio. “Queremos saber qué pensáis de la crisis que estamos viviendo”. Silencio. “La crisis también la vamos a sufrir aquí. No lo notaréis en la calefacción, pero puede ser que el año que viene se supriman algunos grupos de asignaturas minoritarias”. Ahora les toca el corazoncito. “Mi madre no me dice tanto que vayamos de compras”, cuenta Irene sentada en la tercera fila de la clase. “Para ir al cine te dejas 20 euros”, se queja Lorena. “La crisis es una putada”, susurra una compañera. Albert da argumentos académicos y todos escuchan: “Los bancos dieron hipotecas y préstamos a gente que sabían que no podían pagar y éstos se hicieron casas que no podían pagar”. Es la tesis Ninja.

Con crisis o sin ella, un hijo es una fuente inagotable de gasto. Así lo refleja el estudio Lo que cuesta un hijo (2006), de la Confederación Española de Organizaciones de Amas de Casa, Consumidores y Usuarios. Un ejemplo: la compra de pañales y productos cosméticos para el bebé representaba en el año 2000 un coste medio anual de 102.000 pesetas (613 euros). Si aplicamos el incremento del IPC, el gasto actual debería ser de 766 euros; sin embargo, lo que ahora destinan las familias por esos mismos productos son 1.200 euros. Eso es sólo cuando es un bebé. Se calcula que un hijo cuesta desde que nace hasta que cumple 18 años entre 100.000 y 300.000 euros.

No hay que salir de casa para palpar la situación. Los progenitores han aplicado el efecto euro a partidas más o menos voluntarias. En la paga es donde más notan la crisis los adolescentes. Francisco Iniesta accede a hablar como profesor de la escuela de negocios IESE, pero acaba hablando como padre de seis hijos: “Me sorprende lo conscientes que son; es un tema diario de conversación, aunque por supuesto también les aburre. Los hijos mayores son capaces de entender el esquema de las hipotecas basura“.

Los niños, según Iniesta, han visto en los últimos tiempos cómo se les reducía la lista de gastos, cómo se aplazaba la reforma de la casa, de qué forma se alargaba la vida de la ropa y se pasaba a consumir alimentos más sencillos.

Desde comienzo de curso, sólo en Cataluña, uno de cada cinco niños de guarderías privadas ha dejado de comer en el centro. La comida y la merienda en casa les supone a los padres un ahorro de aproximadamente 150 euros mensuales.

Dolors Petitbo, jefa de sección del Departamento de Psicología del hospital Sant Joan de Déu de Barcelona, explica que de momento no llegan consultas específicas sobre el tema porque la sociedad es suficientemente madura para afrontar la situación. “Probablemente habrá una bajada a la realidad que será positiva. Los adolescentes lo ven como un toque de alerta, y se quejan porque los padres les dan menos dinero”, explica esta doctora.

La televisión es la principal fuente de información que tienen los jóvenes sobre la crisis, aunque también Internet. “Es de aquellas cosas que oyen continuamente, pero internamente no tienen resonancia de tragedia”. Hasta que el desempleo entra en casa. “Lo que hemos notado es que muchos progenitores están en paro. Hay chicos con inquilinos en casa, con dificultades para pagar el material escolar, aunque la crisis no es un tema de conversación entre ellos”, afirma Alejandra Calvo, monitora de integración del instituto Pío Baroja de Madrid. “Si la familia se desestructura es cuando repercute en el rendimiento escolar del niño”, añade Jacinta Herreros, profesora técnica de servicios a la comunidad del mismo centro.

De momento, no hay ningún estudio que muestre cómo afecta la crisis a los escolares. “Aunque no es el único, el factor económico es fundamental para el bienestar de los niños. Cuando uno de los padres se queda en paro genera una situación de incertidumbre. Las familias se reajustan y el clima familiar también se ve afectado”, explica Juan Ruiz-Canela, presidente de la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria.

Crisis es oportunidad. No todo el mundo está de acuerdo con la frase o, como mínimo, hay expertos que apuntan que no se está aprovechando. “La crisis lo que acaba planteando es que va a ser una situación para apretarse el cinturón, pero eso no hay que confundirlo con una voluntad de vivir con una cultura de consumo diferente”, opina Víctor Renes, responsable del Servicio de Estudios de Cáritas.

Para Cañones, los adolescentes no son conscientes de lo que está pasando. “Tampoco creo que funcione como idea colectiva; mis padres vivieron la posguerra y todas las estrecheces del mundo y la generación de mis hijos ya se ha olvidado. El ser humano no aprende de estas cosas”. La profesora Chinchilla considera que la época de la posguerra no es comparable a la situación actual: “Entonces la gente sufrió hambre. Ahora seremos pobres, pero no miserables”.

La psicóloga Petitbo y el economista Abadía coinciden en pronosticar que la crisis es un regulador que servirá para dar valor a las cosas. “Hay niños que siguen pensando que el dinero sale del cajero automático con sólo apretar un botón. Antes los niños sabían qué hacían sus padres y el esfuerzo que les suponía el trabajo. Ahora se habla poco de ese esfuerzo, sólo en las familias separadas se oye hablar de gastos y dinero”, explica la psicóloga.

“En muchas conversaciones entre adolescentes hablan de la crisis como algo alejado de ellos, pero que tienen que soportar como tantas otras cosas de los adultos”, argumenta el psicólogo y escritor Xavier Guix. “Hay que explicarles la realidad familiar pero sin dramatismos ni culpabilidades. Eso no significa ahorrarles la preocupación y hacer ver que no pasa nada”. Abadía rompe una lanza en favor del optimismo recalcitrante: “De la Guerra Civil española tengo un buen recuerdo gracias a mi padre. Cuando sonaban las sirenas de los aviones me cogía a caballito y bajábamos al refugio cantando. Para mi padre seguro que era un momento amargo”.

Carol es de las madres que “machacó” a sus niños con el tema. Tiene dos hijos que son dos polos opuestos. Pepo, de 10 años, “introvertido, nada consumista, nunca pide nada”. Violeta, de ocho años, “nació consumista”. Y Carol aprovechó la crisis para rebajar esas actitudes consumistas. La respuesta de Carol era siempre “pídeselo a los Reyes”.

A la vuelta de las vacaciones de Navidad, la madre de Violeta recibió una llamada del colegio. Su hija Violeta había escrito una redacción sobre la noche del 24 de diciembre con el título ¿Llegará la Navidad? Contaba la historia de tres hermanas que se iban a dormir muy preocupadas porque, por culpa de la crisis, Papá Noel probablemente pasaría de largo.

abril 22, 2009 Publicado por | economía, reportaje, sociedad | Dejar un comentario

>Sobre el insulto y la buena educación

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Por Angeles Ramiro Gutiérrez, abogada (EL MUNDO, 14/04/09):

Un juzgado de lo Social de Madrid ha declarado improcedente el despido de un trabajador que insultó al encargado general de la empresa -porque éste le pidió que bajara la voz y no distrajera a sus compañeros-, gritándole que él, el encargado, no pintaba nada ni tenía por qué meterse en sus conversaciones y llamándole «chivato». Son hechos que la propia sentencia considera acreditados.

Y en tanto constituyen una mera ofensa verbal, al calor de una discusión, y no contienen amenazas, el juzgador entiende que no justifican el despido del trabajador. La sentencia ha sido confirmada por el Tribunal Superior de Justicia de Madrid y también por el Supremo.

Esta historia me suscita una reflexión: ¿qué valor otorga hoy la sociedad a las formas, en particular a las verbales y en especial si, como en este caso, son públicas? Quizá si la respuesta del trabajador hubiese sido un bofetón, su despido se habría declarado procedente. Pero el hecho real es que insultó. Y este insulto no se considera una agresión suficiente como para motivar un despido. Habrá que ir revisando, pues, la redacción del vigente artículo 54.2.c) del Estatuto de los Trabajadores, que considera causa de despido «las ofensas verbales o físicas al empresario o a las personas que trabajan en la empresa o a los familiares que convivan con ellos».

Hoy en día, en nuestra progresivísima sociedad, insultar no está mal visto. La programación de la tele lo demuestra hasta la náusea.Y no es sólo que el insulto no merezca reproche social, es que se celebra como si fuese un rasgo de ingenio, se ha convertido en objeto de elogio, de reconocimiento como ejercicio de reivindicación de la libertad individual.

Cada día asistimos inermes a espectáculos zafios, que van calando en el subconsciente colectivo y, pese a la repulsa espontánea que producen en un primer momento, acabamos aceptándolos como comportamientos tolerables. Por eso los jueces que declaran improcedente el despido motivado por ese insulto se ajustan a Derecho, porque su cometido es aplicar la Ley incardinada en el espacio socio-temporal, y en éste en que vivimos la ofensa verbal está tolerada. Sería desproporcionado dejar a alguien sin su empleo -sanción rigurosísima- por algo que no merece censura social.

¿Cambiamos la Ley, entonces? Yo abogo por cambiar nuestra indolencia, la individual y la colectiva. La convivencia pacífica es un continuo ejercicio de contención por parte de los individuos. De auto-represión de los instintos más primarios para no agredir a los demás. Y así debe ser. Desfogarse de vez en cuando es un hábito higiénico indispensable, pero ha de resolverse en la intimidad estricta.

¿O también llegará un día en que sea socialmente aceptable evacuar los intestinos donde a cada quien le venga en gana? Todos necesitamos hacerlo, pero sabemos muy bien que no podemos en cualquier lugar.¿Acaso esa norma de convivencia coarta nuestra libertad, es una manifestación de hipocresía, nos resta sinceridad y autenticidad? ¿Hay alguna ley que obligue a, o prohíba, ese alivio fisiológico en privado? ¿Debería haberla? Yo no aspiro a vivir en una Arcadia feliz en la que reine el bien absoluto. La gente no debe matar y mata; no debe estafar y estafa. Para eso están los mecanismos represores del Estado. No debe insultar e insulta. Para eso ha de estar la censura social, la que deplora el insulto porque degrada la convivencia e impide que quienes ofenden con la palabra sean tenidos por héroes, aún efímeros y de pacotilla.

Vuelvo a la pregunta que me hacía al principio: ¿qué valor otorga hoy la sociedad a las formas? Al parecer, muy poco, visto el desaliño que se extiende como una marea negra y del que son inspiración y reflejo los medios de comunicación. La ausencia de formas empobrece la convivencia, nos obliga a caminar entre piedras de aristas afiladas que antes o después acaban hiriéndonos. No deja de sorprender que justo cuando conseguimos el acceso universal a la formación académica, cota de prosperidad material y de progreso social nunca antes alcanzada, y disfrutamos de innumerables medios, gratuitos, cercanos, para aprender en todos los ámbitos, lleguemos a cotas tampoco antes vistas de mala educación.

Lo que simple y llanamente se conoce como buena educación es imprescindible, no sólo deseable, para la convivencia en paz. Por eso la indiferencia ante el insulto es una lacra social. Nos afecta a todos sin distinción de clase ni de adscripción ideológica. Nos envilece.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

abril 15, 2009 Publicado por | sociedad | Dejar un comentario

>Por una vida más frugal

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Por Nicolas Ridoux, autor de Menos es más. Introducción a la filosofía del decrecimiento, Los Libros del Lince (EL PAÍS, 21/03/09):

En el origen de la grave crisis actual hay una nueva manifestación de la desmesura, de la búsqueda infinita de omnipotencia. Las empresas y entidades financieras han estado persiguiendo obtener unos beneficios en crecimiento perpetuo. En esta búsqueda incesante del “cada vez más”, los mercados existentes no bastaban, y hubo que crear mercados incluso donde no existían. Las consecuencias de todo ello en la economía real serán por desgracia de amplio alcance, y afectarán especialmente a los más débiles. Como consecuencia de esta crisis, la mayoría de nuestros dirigentes, antes neoliberales, de repente parecen haber descubierto a Lord Keynes. Pues bien, ¿qué es lo que Keynes nos dice? “La dificultad no es tanto concebir nuevas ideas como saber librarse de las antiguas”.

Eso es lo que pretende el movimiento del “decrecimiento”, que propone una crítica constructiva, argumentada, pluridisciplinar, de rechazo de los límites que constriñen nuestras sociedades contemporáneas, para así poder liberarnos de ese “cada vez más”. La filosofía del decrecimiento trata de explicar que en muchas ocasiones “menos es más”.

¿Qué es exactamente lo que está ocurriendo en nuestros días? No estamos padeciendo una crisis sino un conjunto de ellas: crisis ecológica (energética, climática, pérdida de la biodiversidad, etcétera); crisis social (individual y colectiva, aumento de las desigualdades entre las naciones y en el seno de las mismas, etcétera); crisis cultural (inversión de valores, pérdida de referentes y de las identidades, etcétera); a lo que ahora se añade la doble crisis financiera y económica. Todas ellas no son crisis aisladas, sino más bien el resultado de un problema estructural, sistémico: cuyo origen está en la desmesura, en la búsqueda obsesiva del “cada vez más”.

¿Qué se puede decir sobre la crisis económica desde el punto de vista de quienes somos “objetores al crecimiento”? Que nadie se equivoque, porque decrecimiento no es sinónimo de recesión. Tal como escribí hace más de dos años: “No hay que elegir entre crecimiento o decrecimiento, sino más bien entre decrecimiento y recesión. Si las condiciones ambientales, sociales y humanas impiden que siga el crecimiento, debemos anticiparnos y cambiar de dirección. Si no lo hacemos, lo que nos espera es la recesión y el caos”.

Ahora hemos entrado en recesión, pero que nadie se confunda, no en una sociedad de “decrecimiento”. Para empezar, no hemos cambiado nuestra organización social, y en la actual organización todas las instituciones y mecanismos redistributivos se nutren de la idea del crecimiento. En una sociedad así, cuando el crecimiento falta, la situación es inevitablemente dramática. El decrecimiento es algo totalmente distinto. Significa crecer en humanidad, esto es, teniendo en cuenta todas las dimensiones que constituyen la riqueza de la vida humana.

El decrecimiento no es un crecimiento negativo, ni propugna tampoco una recesión ni una depresión; sería ridículo tomar nuestro sistema actual y ponerlo del revés y de esa manera intentar superarlo. El decrecimiento supone que debemos desacostumbrarnos a nuestra adicción al crecimiento, descolonizar nuestro imaginario de la ideología productivista, que está desconectada del progreso humano y social. El proyecto del decrecimiento pasa por un cambio de paradigma, de criterios, por una profunda modificación de las instituciones y un mejor reparto de la riqueza.

Es claro que el crecimiento económico pretende aliviar la suerte de los más desfavorecidos sin tocar demasiado las rentas de los más ricos, para no enfrentarse a su reacción política. En ese sentido, el decrecimiento pasa necesariamente por una redistribución (restitución) de la riqueza.

En un mundo de recursos limitados, las cosas no pueden crecer de manera indefinida. Por eso, “la objeción al crecimiento” habla de la necesidad de compartir, el regreso de la sobriedad, en particular para aquellos que sobreconsumen. Hacemos nuestras estas palabras de Evo Morales, presidente de la República de Bolivia, que el 24 de septiembre de 2008 afirmó en la Asamblea General de las Naciones Unidas: “No es posible que tres familias tengan rentas superiores a la suma de los PIB de los 48 países más pobres (…) Estados Unidos y Europa consumen de media 8,4 veces más que la media mundial. Es necesario que bajen su nivel de consumo y reconozcan que todos somos huéspedes de una misma tierra”.

Hay que acabar con la idea de que “el crecimiento es progreso” y la condición sine qua non de un desarrollo justo. El crecimiento es adornado por sus defensores con todas las virtudes, por ejemplo en materia de empleo. Sin embargo, como dijo Juan Somavia, director general de la OIT, en su informe de enero de 2007: “Diez años de fuerte crecimiento no han tenido más que un leve impacto -y sólo en un pequeño puñado de países- en la reducción del número de trabajadores que viven en la miseria junto con sus familias. Así como tampoco ha hecho nada por reducir el paro”. En efecto, los beneficios empresariales han sido tan enormes que ni siquiera un crecimiento fuerte ha podido crear empleo, de ahí la persistencia del paro. La recesión agrava brutalmente este problema. Pero es ilusorio pensar que, para que todo el mundo tenga trabajo, lo que hay que hacer es restaurar el crecimiento económico y aumentar cada vez más las cantidades producidas; esta sobreproducción no tiene ningún sentido, no consigue el pleno empleo y, encima, compromete gravemente las condiciones de supervivencia del planeta.

Volvamos a Keynes, aunque no el que relanza las economías desfallecientes gracias a la intervención del Estado, sino al que escribía en sus Perspectivas económicas para nuestros nietos (1930) que sus nietos (es decir, nuestra generación) deberían liberarse de la coacción económica, trabajar 15 horas semanales y tender a una mayor solidaridad que permitiese compartir el nivel de producción ya alcanzado. No hacerlo así, según él, nos llevaría a caer en una “depresión nerviosa universal”.

La filosofía del decrecimiento hoy dice que debemos trabajar menos para vivir mejor. No tener la mira puesta en el poder adquisitivo (que a menudo es engañoso y reduce al hombre a la única dimensión de consumidor), sino buscar el poder de vivir. Se trata de cambiar la actual organización de la producción y repartir mejor el trabajo: utilizar los beneficios obtenidos para que todos trabajen moderadamente y todas las personas tengan un empleo. Esta reorganización debe ir acompañada de una revisión de las escalas salariales. No es aceptable que algunos empresarios ganen varios centenares o miles de veces más el salario de sus propios trabajadores.

Reducir la cantidad de trabajo permitiría asimismo que pudiésemos llevar una vida más equilibrada, que nos realizáramos a través de cosas que no sean la sola actividad profesional: vida familiar, participación en la dinámica del barrio, vida asociativa, y también actividad política, práctica de las artes…

Un modo de vida más frugal, que se tomara en serio los valores humanistas y tuviese en cuenta la belleza, conduciría a producir menos pero con mejor calidad. Una producción de calidad pide habilidad y tiempo, y ofrecería empleos numerosos y más gratificantes. Supone no recurrir sistemáticamente a la potencia industrial (exige sobriedad energética) lo cual mejoraría la necesidad de fuerza de trabajo (como se observa al comparar la agricultura intensiva, muy mecanizada, gran consumidora de petróleo pero parca en mano de obra, con la agricultura biológica). De esta manera, quizá también se pudiese equilibrar mejor trabajo intelectual y trabajo manual, y combatir al mismo tiempo la epidemia de obesidad que padecen nuestras sociedades demasiado sedentarias.

Devolver el protagonismo a la persona, restaurar el espíritu crítico frente al modelo dominante del “cada vez más” y abrir el debate sobre nuestra forma de vivir y sus límites, saber tomarse tiempo para mantener una relación equilibrada con los demás, ése es el camino que propone la filosofía del decrecimiento. Se trata de sustituir el crecimiento estrictamente económico por un crecimiento “en humanidad”. Es una tarea estimulante, un desafío que merece la pena intentar.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 22, 2009 Publicado por | economía, sociedad | Dejar un comentario

>Mercados matrimoniales

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Por Xavier Sala i Martín, Columbia University, UPF y Fundació Umbele (LA VANGUARDIA, 17/03/09):

¿Sabían que los hombres altos tienen más hijos que los bajos? Aunque a muchos de ustedes les sorprenda, algunos economistas intentamos explicar por qué. En 1973, el premio Nobel Gary Becker empezó a estudiar fenómenos sociológicos con las herramientas que los economistas utilizamos para analizar decisiones individuales. Entre las decisiones importantes que uno toma está la de con quién casarse y tener hijos. Según Becker, si todos tuviéramos la capacidad de decidir pareja, veríamos que los machos más atractivos se hacen con las hembras más atractivas (o al revés).

La pregunta clave, pues, es: ¿qué hace atractivos a hombres y mujeres? El cliché nos dice que los hombres valoran belleza y juventud y las mujeres valoran dinero y poder. También nos dice que la gente de una etnia y religión determinadas encuentra atractiva a la gente de la misma etnia y religión.

Algunos de estos clichés tienen fundamentos en la psicología evolutiva. Recuerden que a Darwin se le ocurrió una de las claves de su teoría de la evolución cuando se preguntó por qué el pavo real tenía esas plumas tan incómodas que le perjudicaban a la hora de buscar alimento o escapar de los depredadores. Su respuesta: la especie que sobrevive no es ni la que más come ni la que mejor se escapa, sino la que… ¡mejor se reproduce! Et voilà:las plumas del pavo tenían que resultar atractivas a las pavas (me refiero a las hembras del pavo). Es decir, a pesar de que perjudicaban a la hora de conseguir comida… permitían lograr pareja, y eso le daba ventaja en la competencia por la reproducción y la supervivencia de la especie.

Del mismo modo, nosotros somos los descendientes de los homínidos que resultaron más atractivos en la competencia por su reproducción. Los psicólogos evolutivos nos dicen que, seguramente, las madres que tuvieron éxito reproductivo son las que buscaron hombres poderosos y honestos (con recursos, capacidad y ganas de mantener a sus descendientes). Nuestros padres, por otro lado, debían buscar la belleza física, ya que, en psicología evolutiva, se asocia la belleza con la salud y la capacidad de tener hijos.

Y si los ancestros con ese tipo de gustos son los que se reprodujeron, nosotros deberíamos haber heredado esos gustos. La pregunta es: ¿es verdad? Para responder podríamos mirar con quién se casa cada uno. El problema es que las decisiones finales son el resultado tanto de las preferencias como de las oportunidades. Los negros tienen una mayor propensión a casarse con las negras por cuatro posibles razones: (1) porque ellas son racistas (con ello quiero decir que prefieren gente de su mismo color), (2) porque ellos son racistas, (3) porque ambos son racistas, y (4) porque nadie es racista, pero resulta que los negros raramente conocen a blancos, ya que viven en barrios separados.

Para separar lo que son las preferencias de las oportunidades, un equipo de la Universidad de Columbia (liderado por el profesor Ray Fisman) condujo un experimento en el que se ofrecía un “servicio de citas”. Una vez a la semana se reunía a un grupo de personas en un bar de Nueva York. Se aparejaba a cada hombre con cada mujer durante unos minutos. Acabada la cita, cada uno de ellos evaluaba el atractivo físico, simpatía, ambición, inteligencia e intereses comunes de la otra persona y decía si querría volver a citarse con ella. Al final de la noche, cada chico había conocido a cada chica y los investigadores tenían una visión precisa de lo que habían escogido. Después de dos años de citas, Fisman y sus colegas publicaron un artículo con los siguientes resultados:

Primero, se confirma el cliché y la teoría evolutiva de que los hombres valoran principalmente el aspecto físico y la belleza de la mujer.

Segundo, también se confirma el tópico de que las mujeres valoran la inteligencia y la ambición del hombre.

Tercero, lo que no quiere decir que los hombres no valoren la inteligencia. ¡No! No nos gustan las chicas tontas…, pero ¡nos dan miedo las demasiado listas! En el estudio, los varones rechazaron sistemáticamente a las mujeres que eran percibidas como más inteligentes o ambiciosas que ellos. Parece que los hombres somos seres de ego frágil y de fácil intimidación.

Cuarto, como predicen los psicólogos evolutivos, las mujeres valoran más la honestidad masculina que los hombres la femenina. Quinto, las mujeres son mucho más racistas: mientras los hombres aceptaron repetir citas con mujeres de todas las etnias, las mujeres denotaron una preferencia muy fuerte por la suya propia. Una excepción: las chicas orientales aceptaron a asiáticos y a blancos (aunque no a negros o latinos). El tópico de que a los hombres blancos nos gustan las orientales se derrumba: es verdad que en Estados Unidos las parejas interraciales más comunes son de hombre blanco y chica asiática, pero eso no es porque a los blancos nos gusten las orientales especialmente (de hecho, nos gustan todas), sino que son las asiáticas las que prefieren a los blancos.

Y finalmente, la belleza masculina. ¡Sí! Los hombres las preferimos guapas. Pero antes de que nos acusen de frivolidad, hay que decir que el estudio demuestra que… ¡el físico masculino es valorado por las chicas en igual magnitud! Lo que nos devuelve a los hombres altos y corpulentos: las mujeres se sienten atraídas por esas características, y por eso tienen mayor éxito a la hora de casarse en segundas nupcias con chicas jóvenes en edad reproductiva. Eso les permite tener más hijos que los bajitos. Son las peculiaridades de los mercados matrimoniales.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 21, 2009 Publicado por | sexualidad, sociedad | Dejar un comentario

>Vida secreta de las princesas del harén

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Por M. ANTONIA SÁNCHEZ-VALLEJO – Madrid – (El País.com, 01/03/2009)

Compartir el marido con otras esposas no es óbice para ser primera dama, al menos en las pequeñas monarquías del Golfo. Mujeres como la jequesa Mozah de Qatar o la princesa Haya de Dubai atraviesan el espejo del harén como caras visibles de los emiratos donde sus esposos reinan y gobiernan. Al estilo de las first ladies occidentales, se prodigan en público, marcan estilo y se reúnen entre ellas.

Es el club de las primeras damas del Golfo, un fenómeno llamativo si se contempla desde el conservadurismo feudal de la región, y en el que algunos quieren ver un gesto de apertura y otros más una cuestión de estilismo, como si las royals locales no pudieran sustraerse al magnetismo de la glamurosa Rania de Jordania.

La princesa Haya de Dubai (en el centro)- AFP

Pero al lado de Mozah o Haya, enésimas esposas de los gobernantes de Qatar o Dubai -se desconoce el número exacto de coesposas de cada uno de ellos-, hay otras primeras damas que se pliegan a la tradición de la zona: la del ostracismo de la vida pública, que las condena a no tener derecho a la existencia. El perfil velado de la jequesa Sabika bint Ibrahim de Bahrein o la invisibilidad de la jequesa Fatima bint Mubarak, viuda del emir de Abu Dabi, son dos ejemplos del lado oscuro.

Pese a que la última ostenta el título oficial de Madre de la Nación, nadie logra ponerle cara: está prohibido fotografiarla o filmarla, y no tiene biografía oficial. No se sabe dónde nació, qué edad tiene o cuántos hijos dio al emir. Sólo consta una cosa: que, a pesar de no ser la reina madre -el actual gobernante de Abu Dabi, Khalifa Bin Zayed al Nahyan, es hijo de otra de las coesposas de su marido-, su ascendiente sobre el país supera con creces el del aquél.

Una cortesana de origen extranjero que frecuenta el palacio desgrana la escasa información existente sobre la jequesa Fatima amparada en un obligado anonimato. “No fue la primera esposa del emir, pero sí la favorita. Éste se prendó de ella cuando la descubrió, durante un viaje por el país, en una tribu del desierto. Tenía 13 años y era analfabeta. La jequesa aprendió a leer y escribir una vez casada. Desde entonces respalda iniciativas educativas. Y el hecho de haber tenido que compartir a su marido con otras mujeres le hace ver el harén con desagrado: no le gusta que sus hijos tengan varias mujeres”, confiesa esta residente en Abu Dabi. Imposible contrastar la información: hablar de la jequesa es tabú.

En el amplio trecho que va de la abaya (túnica negra tradicional) a los modelos de Versace que luce en sus apariciones públicas en Occidente la jequesa Mozah, estas mujeres salvan también el abismo que media entre las tribus del desierto y la galaxia global. Si la jequesa de Abu Dabi no tiene rostro, Mozah -edad indefinida, licenciada en Sociología, notorio planchado facial- y Haya -35 años, amazona olímpica, formación oxoniense- disponen sin embargo de página web, o como quiera llamarse el incensario virtual que da cuenta de sus múltiples actividades sociales.

Mozah, la única mujer pública del jeque Hamad Bin Khalifa al Thani, es enviada especial de la Unesco para la Educación Básica y Superior y, desde 2005, miembro del Grupo de Alto Nivel de la Alianza de Civilizaciones. Pero su fuerte es el ámbito educativo. En 2003 impulsó la constitución de un fondo internacional para la educación superior en Irak, y en su país amadrina la Ciudad de la Educación, un megacampus situado a las afueras de Doha con facultades de las mejores universidades estadounidenses, como Carnegie Mellon o Georgetown. La jequesa ha recibido doctorados honoris causa de todas ellas. Y la revista Forbes la incluyó en 2007 en la lista de las 100 mujeres más influyentes del mundo.

El matrimonio del jeque Mohamed Bin Rashid al Maktoum con la hermanastra del rey Abdalá de Jordania, Haya, ha hecho ganar peso político a Dubai, y multiplicado el atractivo del emirato. Haya, 25 años menor que su esposo, es la madre de su decimonoveno hijo. Embajadora de buena voluntad del Programa Mundial de Alimentos de la ONU y presidenta de la Federación Hípica Internacional, Haya, que en su juventud frecuentó los hipódromos españoles, es un valor añadido por su proximidad al reino hachemí.

“Todas estas primeras damas constituyen una importante baza a la hora de vender el Golfo a los inversores extranjeros, pero no es sólo una cuestión cosmética. Y aunque la first lady de Qatar sea, con diferencia, la más exhibicionista, por así decirlo; la más aficionada a las cámaras, tras esta proyección mediática, inédita en la región, está una realidad inapelable, la de que estos países están acortando la brecha de género”, dice Mohamed Youssef, consultor internacional con base en Abu Dabi.

Así, entre los vectores de negocio de los pequeños Estados del Golfo no sólo figuran el petróleo o los rascacielos imposibles, también el glamour. Es ahí donde entran en juego estas mujeres, auténticas imágenes de marca a la hora de atraer inversiones, cosmopolitismo y eventos sociales. O sea, negocio.

Las primeras damas de Siria, Qatar, Turquía y Jordania- REUTERS

Aunque la imagen, a veces, no lo es todo. En noviembre pasado, el hotel Emirates Palace de Abu Dabi, un siete estrellas colosal, acogió la segunda cumbre de la Organización de Mujeres Árabes bajo el patrocinio de la jequesa Fatima bint Mubarak. Entre cenas de gala y besamanos sólo para mujeres -los hombres fueron recluidos en edificios aparte-, las sesiones de trabajo eran retransmitidas por circuito cerrado de televisión. A la cita acudió lo más granado del papel cuché oriental: la esposa de Mohamed VI de Marruecos, la siria Asma al Assad y la reina de Jordania, entre otras. Rania, falda lápiz, stilettos y delgadez de astilla, reinaba cual top model entre un enjambre de fotógrafos y cámaras… hasta que llegó la jequesa Fatima. Fundido en negro. Plano fijo castigado de cara a la pared. La jequesa, menuda, cetrina, vestida de negro de la cabeza a los pies y luciendo un bocado de cuero repujado sobre la mandíbula -un signo de sumisión en algunas tribus del desierto-, logró eclipsar a la reina de corazones.

marzo 1, 2009 Publicado por | mundo árabe, reportaje, sociedad | Dejar un comentario

>Guías de lectura

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Por Josep Fontana, catedrático de Historia y director del Instituto Universitario de Historia Jaume Vicens i Vives de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona (EL PAÍS, 01/03/09):

Agradezco mucho a Manuel Rivas que me haya descubierto una guía de libros prohibidos, la del Opus, que desconocía. Debo admitir que, tras haber fracasado en el intento de leer Camino, no suelo frecuentar la literatura de la secta. Pero esto de un índice de lecturas condenadas es algo muy distinto y lo buscaré con interés, porque estoy seguro de que voy a descubrir en él muchos libros que merece la pena leer.

Me gustan los libros prohibidos, que son los que expresan las ideas del futuro que no acepta todavía el orden establecido, pero que ayudarán a construir el mundo de mañana. Como sucedió, por ejemplo, con l’Encyclopédie de Diderot, que, pese a las condenas y prohibiciones de que fue objeto, consiguió extender su influencia por toda Europa y ayudó a cambiar el mundo. Por lo menos en lo que se refiere a la parte más o menos racional de la especie humana, en la que no figuran, evidentemente, los redactores de índices de libros prohibidos.

Confieso que he aprendido mucho del Index librorum prohibitorum del Vaticano en su edición de 1948, que se mantuvo en vigor hasta 1966. Allí se prohíbe la lectura, bajo pena de excomunión, de Erasmo, Montaigne, Diderot, Hume, Balzac, Sartre, Spinoza, Tom Paine y de la mayor parte de los libros que importa haber leído. Se puede recomendar, por ello, a los jóvenes para que lo utilicen como un manual de las lecturas necesarias.

De un estilo semejante eran las listas de libros destinados a la quema por el nazismo o las que estableció Roy Cohn, el equívoco abogado colaborador de McCarthy -judío y antisemita a la vez- que inspeccionó las bibliotecas públicas de las Casas de América en Europa y dijo haber descubierto en ellas 30.000 libros procomunistas que había que retirar, incluyendo obras de Hemingway, Arthur Miller o Mark Twain (en especial aquel nefando cuento rojo que es El hombre que corrompió a una ciudad), con la desafortunada consecuencia de que algunas de las obras que hizo depurar, como La montaña mágica, La teoría de la relatividad o las de Freud eran las mismas que los nazis habían quemado unos años antes.

Pocos libros me han enseñado tanto acerca de la literatura universal como las Lecturas buenas y malas del padre Garmendi de Otaola, S.I. Allí se aprende que La Regenta “rebosa porquerías, vulgaridades y cinismo”, o que Tolstói “es un incrédulo, racionalista, anarquista, nihilista, que declara guerra al cristianismo, porque éste enseña el amor a la patria”, lo cual, como se ve, es un certero análisis de Guerra y paz.

Otro tanto diría de las listas de libros prohibidos de la España franquista, donde el entusiasmo por quemar y destruir libros llegó al extremo: en los primeros días del “alzamiento” el Abc de Sevilla publicaba una noticia que decía: “Los falangistas, al día siguiente de iniciarse el Alzamiento, recogieron en kioskos y librerías centenares de ejemplares, que fueron quemados como merecían”. La incoherencia y la estupidez, propias de los censores de todos los tiempos y creencias, resultarían evidentes cuando se hicieran las listas oficiales, destinadas a depurar las bibliotecas públicas, con indicaciones tan extraordinarias como una que determinaba la obligación de eliminar del todo “la mal llamada literatura rusa”, fuese roja o blanca.

En la primera revisión de bibliotecas que conozco, que es la de Valladolid en 1937, se prohíbe la mayor parte de Azorín, todo Baroja, Blasco Ibáñez, las poesías de Espronceda, Goethe, Kant, la Carmen de Merimée, la mayor parte de Gabriel Miró, Pardo Bazán, Pérez Galdós incluyendo algunos Episodios nacionales, La Celestina, las fábulas de Lafontaine, El Libro de Buen Amor, Valera, Valle-Inclán, etcétera. En las primeras listas de libros prohibidos en Barcelona, que le pasaron a mi padre en 1939 para que expurgase su librería -que, entretanto, hubo de permanecer cerrada durante meses-, figuraban Gandhi, Gogol, Maeterlinck, los hermanos Heinrich y Thomas Mann, Pascal (!), Rabelais, William Blake, Darwin (¡faltaría!) y, sorprendentemente, las novelas de Emilio Salgari, que eran toleradas en Valladolid pero estaban prohibidas en Barcelona.

Me gustan también otro tipo de guías que os informan de libros que no han sido prohibidos por la autoridad, sino relegados al olvido por el consentimiento general de la sociedad biempensante. Hay uno, realmente fascinante, que nos lleva por el mundo de lo que Raymond Queneau llamaba los “locos literarios”. El diccionario de “locos literarios” de André Blavier, publicado en una colección que tiene un nombre tan prometedor como Le rappel au désordre, es un libro extraordinario. Los autores aparecen clasificados en él por actividades y materias. Hay los profetas, visionarios y mesías; los que se dedican a la cuadratura del círculo; los perseguidos y los perseguidores; los inventores, filántropos, sociólogos, etcétera. Toda clase de personajes singulares que exponen ideas fascinantes. Los profetas, por ejemplo, son impagables. Hay uno que asegura que Dios no es un puro espíritu, sino que vive arriba en los cielos, dotado de un cuerpo material, y que bebe, come y duerme igual que hacen los hombres. Y debía saber de qué hablaba, porque nos dice que él tenía contacto frecuente con el propio Dios. Hay otro que nos dice que “el reino de Dios es el reino de las cárceles” y que “antes del fin del mundo más de la mitad de la humanidad estará encerrada en cárceles”. Una profecía que, si tenemos en cuenta que incluye en la categoría de cárceles los conventos, las escuelas, los seminarios, los cuarteles o las sectas, tal vez no sea tan loca como parece a primera vista.

En todo caso, una de las virtudes que tiene la lectura de este panorama de los locos literarios es la de convencernos de que las fronteras entre la normalidad y la locura son muy difusas y que tal vez sea razonable el consejo que se nos da en un grabado del siglo XVIII que figura al fin del libro: “El mundo está lleno de locos, y quien no quiera ver ninguno, que se quede en casa y rompa el espejo”.

Tengo otras guías de este estilo, como The Chatto Book of Dissent, de Rosen y Widgery; Don’t do it. A Dictionary of the Forbidden, de Philio Thody, junto a otras de carácter más informativo, como la Enciclopedia de la utopía, de los viajes extraordinarios y de la ciencia-ficción de Pierre Versins o el entrañable Dictionnaire rationaliste, entre cuyos autores figuran personajes como Langevin, Lévy-Bruhl o Jacques Proust.

Pero ninguno de ellos tiene la utilidad y el encanto de los índices de libros prohibidos, donde la estupidez de los censores resulta una guía segura para el hallazgo de la excelencia, que parecen oler igual que los cerdos descubren las trufas bajo tierra. ¡Benditos sean los censores que nos han descubierto tantos libros que merecía la pena leer! Y, de paso, gracias por haberme condenado. Son ya muchos los amigos que me han felicitado por esta distinción.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 1, 2009 Publicado por | cultura, literatura, pensamiento, sociedad | Dejar un comentario

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