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>Socialdemocracia, solidaridad, internacionalismo

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Por George Papandreu, primer ministro de Grecia; Alpha Condé, presidente de la República de Guinea; Jalal Talabani, presidente de la República de Irak; Ricardo Lagos, presidente de la República de Chile entre 2000 y 2006. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 31/03/11):
El mundo árabe se ha visto inundado por unos movimientos que han sido una auténtica inspiración para todos, impulsados por el pueblo unido en una causa común. Dicha causa es el cambio político, social y económico. El cambio político para obtener un Estado abierto, democrático y moderno, basado en el respeto a las libertades y los derechos de las personas. El cambio social para acabar con la corrupción, el favoritismo, el clientelismo y la marginación y alienación crecientes de grandes sectores de la sociedad, en particular las nuevas generaciones que, sin oportunidades ni esperanza, han decidido salir a la calle. El cambio económico para proporcionar puestos de trabajo y perspectivas a quienes los necesitan desesperadamente y para reducir la pobreza crónica que afecta a millones de personas que merecen un futuro mejor.
Con estos movimientos estamos reviviendo las mismas luchas que hubo anteriormente en otras partes del mundo por la democracia, los derechos civiles y la igualdad de oportunidades. Lo que vemos hoy en el norte de África y Oriente Próximo nos recuerda las experiencias de Europa Central y del Este, donde la voluntad del pueblo derrocó regímenes autocráticos. Antes, el sur de Europa y Latinoamérica también vivieron sus propias transiciones del autoritarismo a la democracia, en las que los partidos socialdemócratas, laboristas y socialistas, miembros de la Internacional Socialista, desempeñaron un papel fundamental.
Ahora, en otros países de África, los partidos socialdemócratas de la Internacional Socialista están haciendo de nuevo una contribución significativa a la democracia. Una de las más recientes es la del Gobierno dirigido por el presidente John Atta Mills, que está cambiando y mejorando Ghana desde 2009; en Guinea, Alpha Condé tomó posesión como presidente en diciembre, tras las primeras elecciones libres y limpias de la historia del país; la transición de Níger a la democracia, que se encuentra en su última fase después de la segunda ronda de las elecciones presidenciales y parlamentarias, celebrada el 12 de marzo, está a cargo del miembro de la IS y vicepresidente Mahmadou Issoufou, que jurará el cargo de presidente el 6 de abril.
La socialdemocracia, con su visión de una humanidad común, tiene cada vez más influencia y credibilidad en muchas de las democracias más nuevas del mundo. Hoy podemos ver en muchos rincones del planeta los resultados de la intensa labor de contactos, discusiones, transmisión de experiencias y apoyo mutuo que tiene su origen en la Internacional Socialista. A sus puertas llegan numerosos partidos políticos de todas partes, procedentes de realidades, culturas y experiencias muy distintas, y a menudo con un difícil pasado de conflicto o dictadura, dispuestos a emprender un nuevo camino de esperanza y progreso. Todos juntos están engendrando una nueva socialdemocracia mundial y un internacionalismo genuino y renovado, con nuevos conceptos y nuevas ambiciones.
De ahí que, en los últimos años, la Internacional haya sido un foro en el que desarrollar una respuesta socialdemócrata unificada a la crisis financiera y económica mundial. A través del trabajo de sus comisiones y comités, los debates en Naciones Unidas y en la OCDE, las discusiones mantenidas en Europa, África, Latinoamérica y Asia, las propuestas del impuesto sobre las transacciones financieras, las estrategias para el crecimiento y la creación de empleo y la definición de prioridades para avanzar en la lucha contra la pobreza se han abierto paso en los programas de los partidos y las políticas de los Gobiernos.
El cambio climático, el gran desafío que afronta esta generación, también ocupa un lugar importantísimo en el trabajo de la Internacional Socialista. Su Comisión para una Sociedad Mundial Sostenible ha involucrado a Gobiernos, líderes, expertos desde el sur de África hasta China, desde las Maldivas hasta Chile, desde Norteamérica hasta Rusia, en la definición de una serie de propuestas específicas contenidas en el informe De una economía de alto nivel de carbono a una economía de bajo nivel de carbono, resultado de un intenso programa de diálogos y actividades que han tenido reflejo en Copenhague y Cancún. Todos estos esfuerzos han producido una nueva doctrina de “justicia climática” que tiene en cuenta tanto a los fuertes como a los débiles.
Si, en el pasado, la paz llegó a ser el tema más importante para la socialdemocracia, hoy, en un mundo muy distinto, sigue siendo una de nuestras prioridades. A pesar de las profundas diferencias entre los palestinos y los israelíes, que afectan a nuestros miembros en la región, en la Internacional Socialista ha sido posible que las dos partes encontraran elementos sobre los que estar de acuerdo para poder avanzar. Asimismo, hace solo unos meses, bajo los auspicios de la Internacional, los armenios y los azerbaiyanos pudieron reunirse y encontrar un terreno común en un problema insoluble, el de Nagorno-Karabaj, y es también el patrocinio de la IS lo que permite que los representantes marroquíes y saharauis compartan una tribuna en la que presentar sus opiniones y que se preste atención a conflictos como el de Nepal y el de los Balcanes.
En todas estas áreas, la democracia, la economía mundial, el cambio climático y la paz y la resolución de conflictos, la Internacional ha roto esquemas en los últimos años, apelando a un verdadero internacionalismo en una época en la que las agendas políticas se limitan cada vez más a los intereses fundamentalmente nacionales y excluyen los objetivos comunes de la comunidad internacional.
Las revoluciones democráticas en el mundo árabe están creando una condicionalidad democrática mundial, porque están dejando claro que la gente no está dispuesta a aceptar en ninguna parte cualquier cosa que no sea la democracia. Todos los países y todas las instituciones internacionales deben tomar nota y tener el valor y la visión que exige este momento. Europa tiene mucho que hacer al respecto, igual que nuestros amigos en otros continentes.
Pero hay más. Asimismo, es necesaria una condicionalidad de solidaridad para dar la respuesta adecuada a quienes esperan que les apoyemos en su lucha democrática, como ocurre hoy en los países árabes. Y la solidaridad es también una condición necesaria para obtener una economía mundial más justa y lograr un acuerdo sobre el cambio climático que proteja el planeta y a aquellos que son más vulnerables. Como también es necesaria para asegurar la paz en todas partes. Cada iniciativa de nuestra Internacional es una respuesta activa a la necesidad permanente de reafirmar esa solidaridad sin la que la promesa de la socialdemocracia no puede existir.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 31, 2011 Publicado por | ideología, Orden Mundial, socialismo | Dejar un comentario

Gramsci

SOCIALISMO Y CULTURA
[29-I-1916; I.G.P.; S.G. 22-26]

Nos cayó a la vista hace algún tiempo un artículo en el cual Enrico Leone, de esa forma complicada y nebulosa que le es tan a menudo propia, repetía algunos lugares comunes acerca de la cultura y el intelectualismo en relación con el proletariado, oponiéndoles la práctica, el hecho histórico, con los cuales la clase se está preparando el porvenir con sus propias manos. No nos parece inútil volver sobre ese tema, ya otras veces tratado en el Grido y que ya se benefició de un estudio más rigurosamente doctrinal, especialmente en la Avanguardia de los jóvenes, en ocasión de la polémica entre Bordiga, de Nápoles, y nuestro Tasca.

Vamos a recordar dos textos: uno de un romántico alemán, Novalis (que vivió de 1772 a 1801), el cual dice: “El problema supremo de la cultura consiste en hacerse dueño del propio yo trascendental, en ser al mismo tiempo el yo del yo propio. Por eso sorprende poco la falta de percepción e intelección completa de los demás. Sin un perfecto conocimiento de nosotros mismos, no podremos conocer verdaderamente a los demás”.

El otro, que resumiremos, es de G. B. Vico. Vico (en el Primer corolario acerca del habla por caracteres poéticos de las primeras naciones, en la Ciencia Nueva) ofrece una interpretación política del famoso dicho de Solón que luego adoptó Sócrates en cuanto a la filosofía, “Conócete a ti mismo”, y sostiene que Solón quiso con ello exhortar a los plebeyos –que se creían de origen animal y pensaban que los nobles eran de origen divino– a que reflexionaran sobre sí mismos para reconocerse de igual naturaleza humana que los nobles, y, por tanto, para que pretendieran ser igualados con ellos en civil derecho. Y en esa conciencia de la igualdad humana de nobles y plebeyos pone luego la base y la razón histórica del origen de las repúblicas democráticas de la Antigüedad.

No hemos reunido esos dos textos por capricho. Nos parece que en ellos se indican, aunque no se expresen ni definan por lo largo, los límites y los principios en los cuales debe fundarse una justa comprensión del concepto de cultura, también respecto del socialismo.

Hay que perder la costumbre y dejar de concebir la cultura como saber enciclopédico en el cual el hombre no se contempla más que bajo la forma de un recipiente que hay que rellenar y apuntalar con datos empíricos, con hechos en bruto e inconexos que él tendrá luego que encasillarse en el cerebro como en las columnas de un diccionario para poder contestar, en cada ocasión, a los estímulos varios del mundo externo. Esa forma de cultura es verdaderamente dañina, especialmente para el proletariado. Sólo sirve para producir desorientados, gente que se cree superior al resto de la humanidad porque ha amontonado en la memoria cierta cantidad de datos y fechas que desgrana en cada ocasión para levantar una barrera entre sí mismo y los demás. Sólo sirve para producir ese intelectualismo cansino e incoloro tan justa y cruelmente fustigado por Romain Rolland y que ha dado a luz una entera caterva de fantasiosos presuntuosos, más deletéreos para la vida social que los microbios de la tuberculosis o de la sífilis para la belleza y la salud física de los cuerpos. El estudiantillo que sabe un poco de latín y de historia, el abogadillo que ha conseguido arrancar una licenciatura a la desidia y a la irresponsabilidad de los profesores, creerán que son distintos y superiores incluso al mejor obrero especializado, el cual cumple en la vida una tarea bien precisa e indispensable y vale en su actividad cien veces más que esos otros en las suyas. Pero eso no es cultura, sino pedantería; no es inteligencia, sino intelecto, y es justo reaccionar contra ello.

La cultura es cosa muy distinta. Es organización, disciplina del yo interior, apoderamiento de la personalidad propia, conquista de superior conciencia por la cual se llega a comprender el valor histórico que uno tiene, su función en la vida, sus derechos y sus deberes, Pero todo eso no puede ocurrir por evolución espontánea, por acciones y reacciones independientes de la voluntad de cada cual, como ocurre en la naturaleza vegetal y animal, en la cual cada individuo se selecciona y específica sus propios órganos inconscientemente, por la ley fatal de las cosas. El hombre es sobre todo espíritu, o sea, creación histórica, y no naturaleza. De otro modo no se explicaría por qué, habiendo habido siempre explotados y explotadores, creadores de riqueza y egoístas consumidores de ella, no se ha realizado todavía el socialismo.

La razón es que sólo paulatinamente, estrato por estrato, ha conseguido la humanidad conciencia de su valor y se ha conquistado el derecho a vivir con independencia de los esquemas y de los derechos de minorías que se afirmaron antes históricamente. Y esa conciencia no se ha formado bajo el brutal estímulo de las necesidades fisiológicas, sino por la reflexión inteligente de algunos, primero, y, luego, de toda una clase sobre las razones de ciertos hechos y sobre los medios mejores para convertirlos, de ocasión que eran de vasallaje, en signo de rebelión y de reconstrucción social. Eso quiere decir que toda revolución ha sido precedida por un intenso trabajo de crítica, de penetración cultural, de permeación de ideas a través de agregados humanos al principio refractarios y sólo atentos a resolver día a día, hora por hora, y para ellos mismos su problema económico y político, sin vínculos de solidaridad con los demás que se encontraban en las mismas condiciones. El último ejemplo, el más próximo a nosotros y, por eso mismo, el menos diverso del nuestro, es el de la Revolución francesa. El anterior período cultural, llamado de la Ilustración y tan difamado por los fáciles críticos de la razón teorética, no fue –o no fue, al menos, completamente– ese revoloteo de superficiales inteligencias enciclopédicas que discurrían de todo y de todos con uniforme imperturbabilidad, que creían ser hombres de su tiempo sólo una vez leída la Gran enciclopedia de D’Alembert y Diderot; no fue, en suma, sólo un fenómeno de intelectualismo pedante y árido, como el que hoy tenemos delante y encuentra su mayor despliegue en las Universidades populares de ínfima categoría. Fue una revolución magnífica por la cual, como agudamente observa De Sanctis en la Storia della letteratura italiana, se formó por toda Europa como una conciencia unitaria, una internacional espiritual burguesa sensible en cada una de sus partes a los dolores y a las desgracias comunes, y que era la mejor preparación de la rebelión sangrienta luego ocurrida en Francia.

En Italia, en Francia, en Alemania se discutían las mismas cosas, las mismas instituciones, los mismos principios. Cada nueva comedia de Voltaire, cada pamphlet nuevo, era como la chispa que pasaba por los hilos, ya tendidos entre Estado y Estado, entre región y región, y se hallaban los mismos consensos y las mismas oposiciones en todas partes y simultáneamente. Las bayonetas del ejército de Napoleón encontraron el camino ya allanado por un ejército invisible de libros, de opúsculos, derramados desde París a partir de la primera mitad del siglo XVIII y que habían preparado a los hombres y las instituciones para la necesaria renovación. Más tarde, una vez que los hechos de Francia consolidaron de nuevo la conciencia, bastaba un movimiento popular en París para provocar otros análogos en Milán, en Viena, y en los centros más pequeños. Todo eso parece natural, espontáneo, a los facilones, pero en realidad sería incomprensible si no se conocieran los factores de cultura que contribuyeron a crear aquellos estados de ánimo dispuestos a estallar por una causa que se consideraba común.

El mismo fenómeno se repite hoy para el socialismo. La conciencia unitaria del proletariado se ha formado o se está formando a través de la crítica de la civilización capitalista, y crítica quiere decir cultura, y no ya evolución espontánea y naturalista. Crítica quiere decir precisamente esa conciencia del yo que Novalis ponía como finalidad de la cultura. Yo que se opone a los demás, que se diferencia y, tras crearse una meta, juzga los hechos y los acontecimientos, además de en sí y por sí mismos, como valores de propulsión o de repulsión. Conocerse a si mismos quiere decir ser lo que se es, quiere decir ser dueños de sí mismo, distinguirse, salir fuera del caso, ser elemento de orden, pero del orden propio y de la propia disciplina a un ideal. Y eso no se puede obtener si no se conoce también a los demás, su historia, el decurso de los esfuerzos que han hecho los demás para ser lo que son, para crear la civilización que han creado y que queremos sustituir por la nuestra. Quiere decir tener noción de qué es la naturaleza, y de sus leyes, para conocer las leyes que rigen el espíritu. Y aprenderlo todo sin perder de vista la finalidad última, que es conocerse mejor a sí mismos a través de los demás, y a los demás a través de sí mismos.

Si es verdad que la historia universal es una cadena de los esfuerzos que ha hecho el hombre por liberarse de los privilegios, de los prejuicios y de las idolatrías, no se comprende por qué el proletariado, que quiere añadir otro eslabón a esa cadena, no ha de saber cómo, y por qué y por quién ha sido precedido, y qué provecho puede conseguir de ese saber.

julio 19, 2008 Publicado por | socialismo | Dejar un comentario

>Gramsci

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SOCIALISMO Y CULTURA
[29-I-1916; I.G.P.; S.G. 22-26]

Nos cayó a la vista hace algún tiempo un artículo en el cual Enrico Leone, de esa forma complicada y nebulosa que le es tan a menudo propia, repetía algunos lugares comunes acerca de la cultura y el intelectualismo en relación con el proletariado, oponiéndoles la práctica, el hecho histórico, con los cuales la clase se está preparando el porvenir con sus propias manos. No nos parece inútil volver sobre ese tema, ya otras veces tratado en el Grido y que ya se benefició de un estudio más rigurosamente doctrinal, especialmente en la Avanguardia de los jóvenes, en ocasión de la polémica entre Bordiga, de Nápoles, y nuestro Tasca.

Vamos a recordar dos textos: uno de un romántico alemán, Novalis (que vivió de 1772 a 1801), el cual dice: “El problema supremo de la cultura consiste en hacerse dueño del propio yo trascendental, en ser al mismo tiempo el yo del yo propio. Por eso sorprende poco la falta de percepción e intelección completa de los demás. Sin un perfecto conocimiento de nosotros mismos, no podremos conocer verdaderamente a los demás”.

El otro, que resumiremos, es de G. B. Vico. Vico (en el Primer corolario acerca del habla por caracteres poéticos de las primeras naciones, en la Ciencia Nueva) ofrece una interpretación política del famoso dicho de Solón que luego adoptó Sócrates en cuanto a la filosofía, “Conócete a ti mismo”, y sostiene que Solón quiso con ello exhortar a los plebeyos –que se creían de origen animal y pensaban que los nobles eran de origen divino– a que reflexionaran sobre sí mismos para reconocerse de igual naturaleza humana que los nobles, y, por tanto, para que pretendieran ser igualados con ellos en civil derecho. Y en esa conciencia de la igualdad humana de nobles y plebeyos pone luego la base y la razón histórica del origen de las repúblicas democráticas de la Antigüedad.

No hemos reunido esos dos textos por capricho. Nos parece que en ellos se indican, aunque no se expresen ni definan por lo largo, los límites y los principios en los cuales debe fundarse una justa comprensión del concepto de cultura, también respecto del socialismo.

Hay que perder la costumbre y dejar de concebir la cultura como saber enciclopédico en el cual el hombre no se contempla más que bajo la forma de un recipiente que hay que rellenar y apuntalar con datos empíricos, con hechos en bruto e inconexos que él tendrá luego que encasillarse en el cerebro como en las columnas de un diccionario para poder contestar, en cada ocasión, a los estímulos varios del mundo externo. Esa forma de cultura es verdaderamente dañina, especialmente para el proletariado. Sólo sirve para producir desorientados, gente que se cree superior al resto de la humanidad porque ha amontonado en la memoria cierta cantidad de datos y fechas que desgrana en cada ocasión para levantar una barrera entre sí mismo y los demás. Sólo sirve para producir ese intelectualismo cansino e incoloro tan justa y cruelmente fustigado por Romain Rolland y que ha dado a luz una entera caterva de fantasiosos presuntuosos, más deletéreos para la vida social que los microbios de la tuberculosis o de la sífilis para la belleza y la salud física de los cuerpos. El estudiantillo que sabe un poco de latín y de historia, el abogadillo que ha conseguido arrancar una licenciatura a la desidia y a la irresponsabilidad de los profesores, creerán que son distintos y superiores incluso al mejor obrero especializado, el cual cumple en la vida una tarea bien precisa e indispensable y vale en su actividad cien veces más que esos otros en las suyas. Pero eso no es cultura, sino pedantería; no es inteligencia, sino intelecto, y es justo reaccionar contra ello.

La cultura es cosa muy distinta. Es organización, disciplina del yo interior, apoderamiento de la personalidad propia, conquista de superior conciencia por la cual se llega a comprender el valor histórico que uno tiene, su función en la vida, sus derechos y sus deberes, Pero todo eso no puede ocurrir por evolución espontánea, por acciones y reacciones independientes de la voluntad de cada cual, como ocurre en la naturaleza vegetal y animal, en la cual cada individuo se selecciona y específica sus propios órganos inconscientemente, por la ley fatal de las cosas. El hombre es sobre todo espíritu, o sea, creación histórica, y no naturaleza. De otro modo no se explicaría por qué, habiendo habido siempre explotados y explotadores, creadores de riqueza y egoístas consumidores de ella, no se ha realizado todavía el socialismo.

La razón es que sólo paulatinamente, estrato por estrato, ha conseguido la humanidad conciencia de su valor y se ha conquistado el derecho a vivir con independencia de los esquemas y de los derechos de minorías que se afirmaron antes históricamente. Y esa conciencia no se ha formado bajo el brutal estímulo de las necesidades fisiológicas, sino por la reflexión inteligente de algunos, primero, y, luego, de toda una clase sobre las razones de ciertos hechos y sobre los medios mejores para convertirlos, de ocasión que eran de vasallaje, en signo de rebelión y de reconstrucción social. Eso quiere decir que toda revolución ha sido precedida por un intenso trabajo de crítica, de penetración cultural, de permeación de ideas a través de agregados humanos al principio refractarios y sólo atentos a resolver día a día, hora por hora, y para ellos mismos su problema económico y político, sin vínculos de solidaridad con los demás que se encontraban en las mismas condiciones. El último ejemplo, el más próximo a nosotros y, por eso mismo, el menos diverso del nuestro, es el de la Revolución francesa. El anterior período cultural, llamado de la Ilustración y tan difamado por los fáciles críticos de la razón teorética, no fue –o no fue, al menos, completamente– ese revoloteo de superficiales inteligencias enciclopédicas que discurrían de todo y de todos con uniforme imperturbabilidad, que creían ser hombres de su tiempo sólo una vez leída la Gran enciclopedia de D’Alembert y Diderot; no fue, en suma, sólo un fenómeno de intelectualismo pedante y árido, como el que hoy tenemos delante y encuentra su mayor despliegue en las Universidades populares de ínfima categoría. Fue una revolución magnífica por la cual, como agudamente observa De Sanctis en la Storia della letteratura italiana, se formó por toda Europa como una conciencia unitaria, una internacional espiritual burguesa sensible en cada una de sus partes a los dolores y a las desgracias comunes, y que era la mejor preparación de la rebelión sangrienta luego ocurrida en Francia.

En Italia, en Francia, en Alemania se discutían las mismas cosas, las mismas instituciones, los mismos principios. Cada nueva comedia de Voltaire, cada pamphlet nuevo, era como la chispa que pasaba por los hilos, ya tendidos entre Estado y Estado, entre región y región, y se hallaban los mismos consensos y las mismas oposiciones en todas partes y simultáneamente. Las bayonetas del ejército de Napoleón encontraron el camino ya allanado por un ejército invisible de libros, de opúsculos, derramados desde París a partir de la primera mitad del siglo XVIII y que habían preparado a los hombres y las instituciones para la necesaria renovación. Más tarde, una vez que los hechos de Francia consolidaron de nuevo la conciencia, bastaba un movimiento popular en París para provocar otros análogos en Milán, en Viena, y en los centros más pequeños. Todo eso parece natural, espontáneo, a los facilones, pero en realidad sería incomprensible si no se conocieran los factores de cultura que contribuyeron a crear aquellos estados de ánimo dispuestos a estallar por una causa que se consideraba común.

El mismo fenómeno se repite hoy para el socialismo. La conciencia unitaria del proletariado se ha formado o se está formando a través de la crítica de la civilización capitalista, y crítica quiere decir cultura, y no ya evolución espontánea y naturalista. Crítica quiere decir precisamente esa conciencia del yo que Novalis ponía como finalidad de la cultura. Yo que se opone a los demás, que se diferencia y, tras crearse una meta, juzga los hechos y los acontecimientos, además de en sí y por sí mismos, como valores de propulsión o de repulsión. Conocerse a si mismos quiere decir ser lo que se es, quiere decir ser dueños de sí mismo, distinguirse, salir fuera del caso, ser elemento de orden, pero del orden propio y de la propia disciplina a un ideal. Y eso no se puede obtener si no se conoce también a los demás, su historia, el decurso de los esfuerzos que han hecho los demás para ser lo que son, para crear la civilización que han creado y que queremos sustituir por la nuestra. Quiere decir tener noción de qué es la naturaleza, y de sus leyes, para conocer las leyes que rigen el espíritu. Y aprenderlo todo sin perder de vista la finalidad última, que es conocerse mejor a sí mismos a través de los demás, y a los demás a través de sí mismos.

Si es verdad que la historia universal es una cadena de los esfuerzos que ha hecho el hombre por liberarse de los privilegios, de los prejuicios y de las idolatrías, no se comprende por qué el proletariado, que quiere añadir otro eslabón a esa cadena, no ha de saber cómo, y por qué y por quién ha sido precedido, y qué provecho puede conseguir de ese saber.

julio 19, 2008 Publicado por | socialismo | Dejar un comentario

Aniversario del Che

Por Jorge Castañeda, ex secretario de Relaciones Exteriores de México y profesor de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Nueva York. Publicó La vida en rojo: una biografía del Che Guevara, en 1997 (EL PAÍS 09/10/07):

En un decreto expedido el 26 de agosto de este año, el presidente Hugo Chávez, de Venezuela, creó una Comisión Presidencial para la Formación Ideológica y Política y la Transformación de la Economía Capitalista en un modelo de Economía Socialista que tendrá las siguientes atribuciones: 1. Formular el plan extraordinario Misión Che Guevara, el cual debe contener como mínimo: criterios y mecanismos para asegurar su efectiva aplicación a nivel nacional; criterios y mecanismos para incentivar la participación de la comunidad organizada en la implementación del plan. 2. Formular y coordinar los lineamientos que regirán la aplicación del plan entre los diferentes entes, órganos y organizaciones involucrados, destinado a obtener formación, capacitación y organización laboral sustentable, apoyo técnico, tecnológico, financiero y logístico desarrollando la conciencia ética y moral como factores determinantes en la formación del hombre y la mujer… con prioridad en las comunidades más desasistidas. (…) 4. Realizar la evaluación y seguimiento al plan extraordinario Misión Che Guevara…”.

En el cuarenta aniversario de la muerte del “Guerrillero Heroico”, Chávez recurre, mediante una prosa digna del Gosplan, al nombre de alguien que dio la vida por sus ideas para lanzar un programa de renovación ideológica y de creación de un “hombre nuevo”, sin recordar que todas esas ideas por las que murió fracasaron estrepitosamente. Pero no debe sorprendernos: si el comandante Che Guevara volviera hoy a la zona de Vallegrande, en Bolivia, se extrañaría quizás por encontrarse en una zona escasamente poblada, en parte por campesinos tan pobres como en 1967, y en parte por… un nutrido número de médicos cubanos, algunos disfrazados de venezolanos, así como él y su columna guerrillera se disfrazaron de bolivianos. Seguramente hay hoy más doctores cubanos en esos parajes que guerrilleros cubanos hace cuarenta años. Por una parte, enhorabuena. Por la otra, sin embargo, resulta irónico que finalmente el sueño del Che en Bolivia se realice a través de los petrodólares de Hugo Chávez, el desempleo de la economía isleña y los kaláshnikovs de Putin. La historia avanza enmascarada, pero no siempre del buen lado.

Habrá nuevamente en esta nueva conmemoración decenal, que se repite como rito cada diez años, quienes subrayen la pertinencia de la epopeya guevarista para la América Latina de hoy. Sigue habiendo pobres, siguen abajo los de abajo y arriba los de arriba, siguen cerrados los caminos del cambio por vías institucionales, sigue Estados Unidos interviniendo en los asuntos internos de cada nación de la gran patria de Bolívar. El presidente Evo Morales, de Bolivia, rendirá floridos homenajes a quien buscó, con un grupo de extranjeros, derrocar por las armas al Gobierno boliviano; aparecerán en todos los periódicos y revistas afines al “eje del bien” (La Habana-Managua-Caracas-Quito-La Paz-Teherán), panegíricos adulando y alabando a la figura épica del mártir de La Higuera. Se publicarán nuevos libros y ensayos cantando viejas loas al Che, y los niños en las escuelas cubanas seguirán gritando “Seremos como el Che”, cada mañana.

Pero permanecerán cerrados los archivos cubanos, y sin investigar los archivos de la Presidencia Rusa / Soviética en la Hoover Institución de la Universidad de Stanford, California, donde yacen muchas de las claves que explican el trágico desenlace boliviano. Seguiremos un rato más sin saber si había un plan B para rescatar o reforzar al Che en los Andes; seguiremos sin saber si Alexei Kosyguin le prohibió a Fidel Castro, en julio de 1967, en la misma Sierra Maestra donde transitaron a la gloria el Che y Fidel escasos años antes, cualquier injerencia adicional en Bolivia. Y seguiremos sin saber, por último, si el Che se fue o lo fueron de Cuba, tanto a principios de 1965 como a mediados de 1966.

Pero sí sabemos en cambio por lo menos tres cosas, que no deben ser silenciadas en este nuevo aniversario. Primero, miles de jóvenes latinoamericanos murieron inútilmente por querer “ser como el Che”: con dos excepciones (Nicaragua y El Salvador), todas las tentativas de crear “focos” guerrilleros en los años sesenta, setenta y ochenta fueron aniquiladas sin dejar un trazo. El saldo es rojo, no por el triunfo de la revolución, sino por la sangre derramada, de unos y otros.

En segundo lugar, esos intentos contribuyeron -unos más que otros- en buena medida al surgimiento o a la radicalización de las dictaduras militares o regímenes de “seguridad nacional” en muchos países de la región. Las guerrillas no produjeron los golpes militares (quizás en Uruguay, Perú y Argentina sí, por cierto), pero los aceleraron, o provocaron una mayor represión que la que de cualquier manera se hubiera ejercido, de no haber existido los focos. Correr ese riesgo y pagar ese costo, frente a una posibilidad verosímil de triunfo, tal vez hubiera tenido sentido; hacerlo ante una retahíla interminable de derrotas, todas ellas previsibles y previstas, resulta criminal.

Y tercero, el legado del Che incluye también la demora innecesaria e injustificada en el surgimiento de una izquierda democrática y moderada, globalizada y moderna, en América Latina. Tan era posible esa izquierda, que hoy existe: en Chile, en Brasil, en Uruguay, entre otros. Tan era viable, que gobierna, y gobierna bien. Tan pudo haber emergido antes, que a lo lejos se vislumbraban atisbos desde hace un cuarto de siglo. Pero no prosperaron, como hoy siguen sin materializarse, en Venezuela, en Bolivia, en Argentina, en Nicaragua, en Ecuador y en México, entre otros. Por muchas razones, sin duda; pero una de ellas consiste en la fascinación que la revolución, el socialismo, la lucha armada y el anti-imperialismo aún ejercen sobre amplios territorios de la izquierda latinoamericana. El símbolo de todo eso es, justamente, el Che Guevara.

Resulta ser, en el cuarenta aniversario de su muerte, una magnífica prueba de ácido: donde lo celebran y recuerdan, prevalece una izquierda anacrónica, autoritaria, nacionalista y estatista. Y donde brillan por su ausencia los festejos y homenajes, impera una izquierda, dentro o fuera del poder, que se ha reconstruido. Allí, finalmente, descansa en paz el señor de las camisetas, con un epitafio que le corresponde: simbolizar una época -el 68- y un movimiento -el de la juventud sesentera- a los que tanto debemos, y no un ideario político obsoleto, que tantos rechazamos.

noviembre 8, 2007 Publicado por | Che Guevara, socialismo | Dejar un comentario

>Aniversario del Che

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Por Jorge Castañeda, ex secretario de Relaciones Exteriores de México y profesor de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Nueva York. Publicó La vida en rojo: una biografía del Che Guevara, en 1997 (EL PAÍS 09/10/07):

En un decreto expedido el 26 de agosto de este año, el presidente Hugo Chávez, de Venezuela, creó una Comisión Presidencial para la Formación Ideológica y Política y la Transformación de la Economía Capitalista en un modelo de Economía Socialista que tendrá las siguientes atribuciones: 1. Formular el plan extraordinario Misión Che Guevara, el cual debe contener como mínimo: criterios y mecanismos para asegurar su efectiva aplicación a nivel nacional; criterios y mecanismos para incentivar la participación de la comunidad organizada en la implementación del plan. 2. Formular y coordinar los lineamientos que regirán la aplicación del plan entre los diferentes entes, órganos y organizaciones involucrados, destinado a obtener formación, capacitación y organización laboral sustentable, apoyo técnico, tecnológico, financiero y logístico desarrollando la conciencia ética y moral como factores determinantes en la formación del hombre y la mujer… con prioridad en las comunidades más desasistidas. (…) 4. Realizar la evaluación y seguimiento al plan extraordinario Misión Che Guevara…”.

En el cuarenta aniversario de la muerte del “Guerrillero Heroico”, Chávez recurre, mediante una prosa digna del Gosplan, al nombre de alguien que dio la vida por sus ideas para lanzar un programa de renovación ideológica y de creación de un “hombre nuevo”, sin recordar que todas esas ideas por las que murió fracasaron estrepitosamente. Pero no debe sorprendernos: si el comandante Che Guevara volviera hoy a la zona de Vallegrande, en Bolivia, se extrañaría quizás por encontrarse en una zona escasamente poblada, en parte por campesinos tan pobres como en 1967, y en parte por… un nutrido número de médicos cubanos, algunos disfrazados de venezolanos, así como él y su columna guerrillera se disfrazaron de bolivianos. Seguramente hay hoy más doctores cubanos en esos parajes que guerrilleros cubanos hace cuarenta años. Por una parte, enhorabuena. Por la otra, sin embargo, resulta irónico que finalmente el sueño del Che en Bolivia se realice a través de los petrodólares de Hugo Chávez, el desempleo de la economía isleña y los kaláshnikovs de Putin. La historia avanza enmascarada, pero no siempre del buen lado.

Habrá nuevamente en esta nueva conmemoración decenal, que se repite como rito cada diez años, quienes subrayen la pertinencia de la epopeya guevarista para la América Latina de hoy. Sigue habiendo pobres, siguen abajo los de abajo y arriba los de arriba, siguen cerrados los caminos del cambio por vías institucionales, sigue Estados Unidos interviniendo en los asuntos internos de cada nación de la gran patria de Bolívar. El presidente Evo Morales, de Bolivia, rendirá floridos homenajes a quien buscó, con un grupo de extranjeros, derrocar por las armas al Gobierno boliviano; aparecerán en todos los periódicos y revistas afines al “eje del bien” (La Habana-Managua-Caracas-Quito-La Paz-Teherán), panegíricos adulando y alabando a la figura épica del mártir de La Higuera. Se publicarán nuevos libros y ensayos cantando viejas loas al Che, y los niños en las escuelas cubanas seguirán gritando “Seremos como el Che”, cada mañana.

Pero permanecerán cerrados los archivos cubanos, y sin investigar los archivos de la Presidencia Rusa / Soviética en la Hoover Institución de la Universidad de Stanford, California, donde yacen muchas de las claves que explican el trágico desenlace boliviano. Seguiremos un rato más sin saber si había un plan B para rescatar o reforzar al Che en los Andes; seguiremos sin saber si Alexei Kosyguin le prohibió a Fidel Castro, en julio de 1967, en la misma Sierra Maestra donde transitaron a la gloria el Che y Fidel escasos años antes, cualquier injerencia adicional en Bolivia. Y seguiremos sin saber, por último, si el Che se fue o lo fueron de Cuba, tanto a principios de 1965 como a mediados de 1966.

Pero sí sabemos en cambio por lo menos tres cosas, que no deben ser silenciadas en este nuevo aniversario. Primero, miles de jóvenes latinoamericanos murieron inútilmente por querer “ser como el Che”: con dos excepciones (Nicaragua y El Salvador), todas las tentativas de crear “focos” guerrilleros en los años sesenta, setenta y ochenta fueron aniquiladas sin dejar un trazo. El saldo es rojo, no por el triunfo de la revolución, sino por la sangre derramada, de unos y otros.

En segundo lugar, esos intentos contribuyeron -unos más que otros- en buena medida al surgimiento o a la radicalización de las dictaduras militares o regímenes de “seguridad nacional” en muchos países de la región. Las guerrillas no produjeron los golpes militares (quizás en Uruguay, Perú y Argentina sí, por cierto), pero los aceleraron, o provocaron una mayor represión que la que de cualquier manera se hubiera ejercido, de no haber existido los focos. Correr ese riesgo y pagar ese costo, frente a una posibilidad verosímil de triunfo, tal vez hubiera tenido sentido; hacerlo ante una retahíla interminable de derrotas, todas ellas previsibles y previstas, resulta criminal.

Y tercero, el legado del Che incluye también la demora innecesaria e injustificada en el surgimiento de una izquierda democrática y moderada, globalizada y moderna, en América Latina. Tan era posible esa izquierda, que hoy existe: en Chile, en Brasil, en Uruguay, entre otros. Tan era viable, que gobierna, y gobierna bien. Tan pudo haber emergido antes, que a lo lejos se vislumbraban atisbos desde hace un cuarto de siglo. Pero no prosperaron, como hoy siguen sin materializarse, en Venezuela, en Bolivia, en Argentina, en Nicaragua, en Ecuador y en México, entre otros. Por muchas razones, sin duda; pero una de ellas consiste en la fascinación que la revolución, el socialismo, la lucha armada y el anti-imperialismo aún ejercen sobre amplios territorios de la izquierda latinoamericana. El símbolo de todo eso es, justamente, el Che Guevara.

Resulta ser, en el cuarenta aniversario de su muerte, una magnífica prueba de ácido: donde lo celebran y recuerdan, prevalece una izquierda anacrónica, autoritaria, nacionalista y estatista. Y donde brillan por su ausencia los festejos y homenajes, impera una izquierda, dentro o fuera del poder, que se ha reconstruido. Allí, finalmente, descansa en paz el señor de las camisetas, con un epitafio que le corresponde: simbolizar una época -el 68- y un movimiento -el de la juventud sesentera- a los que tanto debemos, y no un ideario político obsoleto, que tantos rechazamos.

noviembre 8, 2007 Publicado por | Che Guevara, socialismo | Dejar un comentario

Aniversario del Che

Por Jorge Castañeda, ex secretario de Relaciones Exteriores de México y profesor de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Nueva York. Publicó La vida en rojo: una biografía del Che Guevara, en 1997 (EL PAÍS 09/10/07):

En un decreto expedido el 26 de agosto de este año, el presidente Hugo Chávez, de Venezuela, creó una Comisión Presidencial para la Formación Ideológica y Política y la Transformación de la Economía Capitalista en un modelo de Economía Socialista que tendrá las siguientes atribuciones: 1. Formular el plan extraordinario Misión Che Guevara, el cual debe contener como mínimo: criterios y mecanismos para asegurar su efectiva aplicación a nivel nacional; criterios y mecanismos para incentivar la participación de la comunidad organizada en la implementación del plan. 2. Formular y coordinar los lineamientos que regirán la aplicación del plan entre los diferentes entes, órganos y organizaciones involucrados, destinado a obtener formación, capacitación y organización laboral sustentable, apoyo técnico, tecnológico, financiero y logístico desarrollando la conciencia ética y moral como factores determinantes en la formación del hombre y la mujer… con prioridad en las comunidades más desasistidas. (…) 4. Realizar la evaluación y seguimiento al plan extraordinario Misión Che Guevara…”.

En el cuarenta aniversario de la muerte del “Guerrillero Heroico”, Chávez recurre, mediante una prosa digna del Gosplan, al nombre de alguien que dio la vida por sus ideas para lanzar un programa de renovación ideológica y de creación de un “hombre nuevo”, sin recordar que todas esas ideas por las que murió fracasaron estrepitosamente. Pero no debe sorprendernos: si el comandante Che Guevara volviera hoy a la zona de Vallegrande, en Bolivia, se extrañaría quizás por encontrarse en una zona escasamente poblada, en parte por campesinos tan pobres como en 1967, y en parte por… un nutrido número de médicos cubanos, algunos disfrazados de venezolanos, así como él y su columna guerrillera se disfrazaron de bolivianos. Seguramente hay hoy más doctores cubanos en esos parajes que guerrilleros cubanos hace cuarenta años. Por una parte, enhorabuena. Por la otra, sin embargo, resulta irónico que finalmente el sueño del Che en Bolivia se realice a través de los petrodólares de Hugo Chávez, el desempleo de la economía isleña y los kaláshnikovs de Putin. La historia avanza enmascarada, pero no siempre del buen lado.

Habrá nuevamente en esta nueva conmemoración decenal, que se repite como rito cada diez años, quienes subrayen la pertinencia de la epopeya guevarista para la América Latina de hoy. Sigue habiendo pobres, siguen abajo los de abajo y arriba los de arriba, siguen cerrados los caminos del cambio por vías institucionales, sigue Estados Unidos interviniendo en los asuntos internos de cada nación de la gran patria de Bolívar. El presidente Evo Morales, de Bolivia, rendirá floridos homenajes a quien buscó, con un grupo de extranjeros, derrocar por las armas al Gobierno boliviano; aparecerán en todos los periódicos y revistas afines al “eje del bien” (La Habana-Managua-Caracas-Quito-La Paz-Teherán), panegíricos adulando y alabando a la figura épica del mártir de La Higuera. Se publicarán nuevos libros y ensayos cantando viejas loas al Che, y los niños en las escuelas cubanas seguirán gritando “Seremos como el Che”, cada mañana.

Pero permanecerán cerrados los archivos cubanos, y sin investigar los archivos de la Presidencia Rusa / Soviética en la Hoover Institución de la Universidad de Stanford, California, donde yacen muchas de las claves que explican el trágico desenlace boliviano. Seguiremos un rato más sin saber si había un plan B para rescatar o reforzar al Che en los Andes; seguiremos sin saber si Alexei Kosyguin le prohibió a Fidel Castro, en julio de 1967, en la misma Sierra Maestra donde transitaron a la gloria el Che y Fidel escasos años antes, cualquier injerencia adicional en Bolivia. Y seguiremos sin saber, por último, si el Che se fue o lo fueron de Cuba, tanto a principios de 1965 como a mediados de 1966.

Pero sí sabemos en cambio por lo menos tres cosas, que no deben ser silenciadas en este nuevo aniversario. Primero, miles de jóvenes latinoamericanos murieron inútilmente por querer “ser como el Che”: con dos excepciones (Nicaragua y El Salvador), todas las tentativas de crear “focos” guerrilleros en los años sesenta, setenta y ochenta fueron aniquiladas sin dejar un trazo. El saldo es rojo, no por el triunfo de la revolución, sino por la sangre derramada, de unos y otros.

En segundo lugar, esos intentos contribuyeron -unos más que otros- en buena medida al surgimiento o a la radicalización de las dictaduras militares o regímenes de “seguridad nacional” en muchos países de la región. Las guerrillas no produjeron los golpes militares (quizás en Uruguay, Perú y Argentina sí, por cierto), pero los aceleraron, o provocaron una mayor represión que la que de cualquier manera se hubiera ejercido, de no haber existido los focos. Correr ese riesgo y pagar ese costo, frente a una posibilidad verosímil de triunfo, tal vez hubiera tenido sentido; hacerlo ante una retahíla interminable de derrotas, todas ellas previsibles y previstas, resulta criminal.

Y tercero, el legado del Che incluye también la demora innecesaria e injustificada en el surgimiento de una izquierda democrática y moderada, globalizada y moderna, en América Latina. Tan era posible esa izquierda, que hoy existe: en Chile, en Brasil, en Uruguay, entre otros. Tan era viable, que gobierna, y gobierna bien. Tan pudo haber emergido antes, que a lo lejos se vislumbraban atisbos desde hace un cuarto de siglo. Pero no prosperaron, como hoy siguen sin materializarse, en Venezuela, en Bolivia, en Argentina, en Nicaragua, en Ecuador y en México, entre otros. Por muchas razones, sin duda; pero una de ellas consiste en la fascinación que la revolución, el socialismo, la lucha armada y el anti-imperialismo aún ejercen sobre amplios territorios de la izquierda latinoamericana. El símbolo de todo eso es, justamente, el Che Guevara.

Resulta ser, en el cuarenta aniversario de su muerte, una magnífica prueba de ácido: donde lo celebran y recuerdan, prevalece una izquierda anacrónica, autoritaria, nacionalista y estatista. Y donde brillan por su ausencia los festejos y homenajes, impera una izquierda, dentro o fuera del poder, que se ha reconstruido. Allí, finalmente, descansa en paz el señor de las camisetas, con un epitafio que le corresponde: simbolizar una época -el 68- y un movimiento -el de la juventud sesentera- a los que tanto debemos, y no un ideario político obsoleto, que tantos rechazamos.

noviembre 8, 2007 Publicado por | Che Guevara, socialismo | Dejar un comentario

   

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