>Libye, Japon : la “responsabilité de protéger” les populations en danger
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>El último vuelo de 4 grandes (y II)
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Por Gregorio Morán (LA VANGUARDIA, 13/12/08): Entre los 183 muertos del 747 de Avianca que se estrelló intentando torpemente aterrizar en Madrid estaban cuatro grandes escritores latinoamericanos. Ocurrió hace ahora 25 años y bien merecen un pequeño recordatorio, aunque sólo sea por evitar esa imagen terrible, que asimila los literatos muertos a las gallinas de los cocidos de antaño, que servían para dar grasa al condumio de la familia, de los deudos y de los agentes literarios, quedándose las correosas carnes para exhibición del modesto plato editorial. Los cuatro intelectuales muertos en Mejorada del Campo, en la vecindad de Barajas, estaban en sazón; en ese momento y esa edad en la que uno se consuma como grande o sigue en la noria del escritor establecido. Manuel Scorza y Jorge Ibargüengoitia habían cumplido 55 años; Marta Traba, la más joven, 53, y su marido, ÁngelRama, el mayor, 57. La primera cuestión que exige explicaciones es por qué los cuatro montaron en París. Lo de menos es que se conocieran. De seguro que sí; habían tenido motivos no sólo en sus periplos por Latinoamérica. También los cuatro habían pasado por el peaje de toda su generación, esa revolución cubana que se fueron encontrando a lo largo de su vida. Jorge Ibargüengoitia me parece uno de los escritores más versátiles de la literatura mexicana del siglo XX; autor teatral, guionista de cine, articulista brillante, novelista de éxito. Todo lo que tocaba lo convertía en sarcasmo; la historia de México en primer lugar. No sé si será una herencia india, aunque yo me inclino más por la mezcla criolla y la huella de la grandilocuencia española, pero buena parte de la historia oficial de los países de Hispanoamérica que se enseña a los niños en las escuelas es mentira; tan mentira como la nuestra, e incluso más. Fue necesario que en España las comunidades autónomas se hicieran cargo de la enseñanza para que entonces todos nos volviéramos un poco mexicanos y un mucho discípulos del PRI; cínicos, pero muy nacionalistas. Pues bien, Jorge Ibargüengoitia nació en Guanajuato y baste decir que tras escribir su primer libro, que enmarcó en su ciudad, ya se le puso muy difícil volver por allá. El humor corrosivo es muy fácil de distinguir del jijijíjajajá; basta contemplar sus efectos. A Jorge Ibargüengoitia lo conocimos en España, que yo recuerde, por una novela prodigiosa que apareció a finales del 82 en una editorial hoy creo que desaparecida (Argos Vergara). Se titulaba Los conspiradores,y contaba magistralmente la aventura de un grupo de independentistas, hacia 1810, en su lucha por liberar México de la corona española; no creo que quien la empiece deje de leerla hasta el final. Pero la notoriedad de Ibargüengoitia fue su obra de teatro El atentado,en la que evocaba el asesinato, en 1928, del presidente ÁlvaroObregón, y la conspiración de su sucesor Plutarco Elías Calles. No tuvo ninguna posibilidad de representarla en México hasta quince años después de escribirla, pero la mandó al premio Casa de las Américas, en La Habana, y ganó. Aquí ya tenemos una relación de Ibargüengoitia con la revolución cubana, a la altura de 1963, cuando todos los sueños parecían posibles. Al año siguiente obtendría de nuevo el premio en La Habana, con una novela, Los relámpagos de agosto;también una reconstrucción delirante de los usufructuarios de la revolución mexicana. Viajero por toda América, desde Estados Unidos hasta el Cono Sur, no serán los efectos de la revolución cubana los que le acaben alejando de su país y buscándose la vida en París. En 1976 se va a producir en México un fenómeno que afectará de lleno a la cultivada intelectualidad crítica. El presidente Luis Echevarría, el asesino del 68 en la plaza de Tlatelolco, descabeza el único periódico crítico de México, el Excelsior. De ahí nació el semanario Proceso y la vida siguió. Pero Ibargüengoitia, tras un montón de vicisitudes, encontró a una mujer que se llamaba Joy Laville, inglesa y pintora, echaron cuentas y se marcharon a París. Aunque les uniera además de la pluma, el orgullo y la mala leche, el peruano Manuel Scorza debía de ser muy diferente de Ibargüengoitia. Jamás se le hubiera ocurrido a Scorza un libro como el que hizo el mexicano, felizmente titulado Instrucciones para vivir en México Scorza empezó como poeta, y siguió luego-,que nos introduce a partir de Redoble por Rancas en lo que luego sería un siniestro frente dominado por Sendero Luminoso. En uno de sus exilios, y en México, conoció a Ernesto Guevara, a punto de convertirse en el Che, y fue testigo galante de su boda con Hilda Gadea. La obra de Scorza constituye una especie de gran oratorio andino, lo que, vanidades aparte, le consiente decir de sí mismo: “Yo he dotado de una memoria a los oprimidos del Perú, a los indios que eran hombres invisibles de la historia”. Menos influido por su paisano Arguedas que por Carpentier. Su otra vinculación con Cuba y su revolución fue Alejo Carpentier; un descomunal escritor y un tortuoso y equívoco personaje. Pero la vida es así y la literatura mucho más. Scorza acabó en París, en su último destierro, traducido a 24 lenguas, pero por esas cosas del mercado encontrar sus libros hoy en España es tarea de anticuario. ÁngelRama, uruguayo descendiente de emigrantes gallegos – a ellos dedicó lo más parecido a una novela que escribió nunca, Tierra sin mapa-forma parte de una peculiaridad, yo diría que muy oriental de La Plata, la del ensayista literario en profundidad; los hay a puñados desde Rodó y Zum Felde. Su consagración fue el semanario Marcha,una leyenda en América del Sur. Sustituyó en la responsabilidad literaria y ensayística de la revista a Emir Rodríguez Monegal, su histórico adversario. Ambos, símbolos de la izquierda y la derecha latinoamericana durante muchos años. Activo jurado de los premios Casa de las Américas, rompería con la MESEGUER Cuba de Fidel en 1971, tras el asunto Heberto Padilla, por más que empezara a distanciarse, como tantos, a partir del 69, lo que en su caso coincidiría con el comienzo de su relación con Marta Traba. La figura de Marta Traba, argentina porteña – signo de identidad que no perderá nunca; ese tejido complejo, de suficiencia e inseguridad-,tiene un interés especial por tratarse de otra creadora multifacética, que empezó en la poesía, siguió en la novela y se consagró como tratadista de arte, formada en Roma con Carlo Giulio Argan y en París con Francastel. Nacionalizada colombiana por su matrimonio con el periodista Alberto Zalamea, y posteriormente venezolana, casi a la fuerza. El golpe de Estado en Uruguay de 1973, ya viviendo en Montevideo con ÁngelRama, los pilló dando un curso en la Universidad de Caracas. A partir de entonces periplos inseguros por México, Estados Unidos – donde no les consintió residir el gobierno Reagan-,pasando por Barcelona – una compleja experiencia-hasta recalar en París. ¿La obra? ÁngelRama publicó innumerables ensayos, especialmente sobre la más enrevesada incógnita de la literatura, el llamado modernismo, pero también sobre autores contemporáneos a los que sometió a su agudeza analítica – no confundir con su hermano mayor, Carlos, historiador de las ideas, que viviría en Barcelona sus últimos años-. Fallecieron los cuatro en un avión cuyo destino era una reunión con la intelectualidad hispanohablante, convocada por el presidente de Colombia, Belisario Betancur, en la que se iban a reencontrar exiliados de todos los países. ¿Acaso hay ambición más hermosa y destino más trágico? Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>Aquel maldito 747 de Avianca (I)
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Por Gregorio Morán (LA VANGUARDIA, 06/12/08): Pasaban apenas cuatro minutos de la una de la mañana y era ya domingo. El informe meteorológico que recibió el Boeing 747, procedente de Frankfurt con escala en París, era de lo más normal. “Viento en calma. Visibilidad horizontal, ocho kilómetros. Nubes bajas a partir de los 300 metros, sin estar el cielo cubierto. Temperatura 11 º C”. Le faltaba bastante menos de un minuto para tomar tierra en Barajas. Sorprendentemente empezó a perder altura, de tal modo que a toda prisa las azafatas se sentaron en sus asientos, pero sin ningún aspaviento; convencidas, como todos, de que estaban ya entrando en pista. Primero fue un golpe, como si tocara tierra sin llegar a rodar por ella; luego otro, mucho más fuerte, y por fin una explosión. Habían caído, despanzurrados primero y volcados después, en el Balcón de Mejorada. Los primeros en ver la llamarada y oír el estruendo fueron los chavales de Mejorada del Campo – a tres kilómetros de la catástrofe-que volvían de la fiesta del sábado noche. Entonces lo normal en los chicos de los pueblos era no pasarse de la una de la madrugada, ¡qué tiempos! Porque estamos hablando de hace 25 años, exactamente del 27 de noviembre de 1983, cuando un avión de la compañía colombiana Avianca se estrelló en los últimos segundos antes de aterrizar. Sólo quedaron once supervivientes para contarlo, aunque sería mejor decir para recordarlo, porque de ellos cuatro eran niños, y uno aún no había cumplido los dos años. Murieron 183 personas. El aparato iba a la mitad de su carga, en la idea de llenarlo en Madrid, dirección Bogotá con escala en Caracas. En cierta medida el avión desempeñaba una especie de pequeña Arca de Noé de la humanidad. 40 colombianos, incluido el personal de vuelo. 23 italianos y otros tantos suecos. ¿Y qué hacían tantos suecos en un vuelo a Colombia? Media docena de familias nórdicas se dirigían, entusiasmadas y ansiosas, a recoger a sus hijos adoptados. También iban 12 alemanes, 8 franceses, media docena de británicos, cuatro españoles, tres israelíes. Y venezolanos, chilenos, noruegos, uruguayos. En fin, un peruano y un mexicano. De seguro que me olvido alguno que ya nadie va a reclamar. Entonces estábamos a finales de 1983, con Felipe González presidiendo desde hacía un año, y con cierta perplejidad en el ambiente; como si todo fuera nuevo o estuviera por estrenar. La prensa se esforzaba por contar el máximo posible, y la mejor televisión de España era TVE, porque no había otra. Tampoco las informaciones aparecían enmascaradas bajo siglas, ni los abogados mafiosos se dedicaban a sacar dinero a los medios de comunicación, ni los medios de comunicación les hacían mucho caso a los mafiosos. O para ser más precisos; entonces había mafiosos y medios de comunicación, pero llevaban vidas paralelas; aún no se habían encontrado. Posiblemente gracias a eso sabemos cosas sorprendentes hoy, por ejemplo, que la venezolana Carmen Navas, de 31 años, salió por su propio pie del aparato en llamas y caminó hasta una carretera repitiendo, como una salmodia, tres palabras “siete-cuatro-siete”, “sietecuatro-siete”, “siete-cuatro-siete”, hasta que la encontraron unos vecinos de Mejorada y la llevaron a los servicios de socorro. Que tardaron, como casi siempre. Los primeros en llegar fueron los del pueblo y contemplaron un lugar tan peculiar como el Balcón de Mejorada convertido en eso que suele denominarse panorama dantesco (nunca he entendido por qué se achacan al pobre Dante los restos de todas las catástrofes). Pero lo peor vino luego, y es que durante toda la mañana del domingo los vecinos de Mejorada pasearon por la zona como si se tratara de una romería, creando enormes dificultades a los equipos de salvamento. Además de una babel de lenguas, aquel avión iba cargado de vida, como pasa siempre, y de talento, como ocurre en ciertas ocasiones. De los españoles fallecieron dos oftalmólogos de nota, Francisco Moreno Casanova y López Bartola. El primero jefe en el Clínico de Madrid. Venían de un congreso en Teherán y les pilló el accidente en la cima de su carrera. Del prestigio de Moreno Casanova baste decir que a su entierro en Aranjuez asistieron cuatro mil personas. Cuando se celebró el funeral institucional, con presencia de buena parte del Gobierno socialista, hubo una dama conservadora que tuvo el arrojo, no sólo de abordar al ministro de Asuntos Exteriores, Fernando Morán, sino también de dar su nombre – Candelas del Valle, amiga personal del difunto oftalmólogo Moreno Casanova-que le increpó, recriminándole que tratándose de un ateo asistiera a aquella ceremonia religiosa. A lo que aquel ministro, al que asaetearon con chistes sobre su torpeza, pero al que nadie que le conociera podía decir que fuera tonto sino sobrado de soberbia y un ápice de vanidad, le respondió con tino: “Tenemos perfecto derecho a mostrar nuestra solidaridad humana”. En ese accidente falleció Rosa Sabater, pianista al parecer excepcional, a la que lamentablemente no conocí. Había tenido su año de gloria; le habían concedido la Creu de Sant Jordi, había formado un trío en Barcelona y se había despedido de esta ciudad el 7 de octubre interpretando nada menos que el Tercer concierto de Beethoven. Pertenecía a una familia vinculada a la música, su padre, Josep Sabater, un conocido director de orquesta, y su madre, Margarita Parera, profesora de canto. Sin embargo no logró una estabilidad profesional hasta que se instaló en la ciudad alemana de Friburgo. Cuando vuelvo a leer las notas necrológicas me provoca irritación, o quizá rubor, recordar la del director entonces del conservatorio de Barcelona, Marçal Gols, que confesaba que “Rosa Sabater no pudo realizarse como artista entre nosotros y tuvo que emigrar a Friburgo”. Y ni una palabra más. No hubiera venido mal como homenaje a la concertista explicar el porqué. (El mismo día de la pasada semana que Alfred Brendel se despidió de nosotros en el Palau, los amigos de Rosa Sabater le rindieron un homenaje del que ningún medio de comunicación dio cuenta, que yo sepa, y que encabezaban sus dos huérfanos del trío, Marçal Cervera y Gonçal Comellas.) La memoria cultural es quizá lo único que nos convierte en herederos de algo que merece la pena y que nos distancia de la tribu. El resto es subvención y escenografía. Por eso necesitaba este larguísimo exordio introductorio para llegar a donde quería. En el vuelo de Avianca murieron también dos pintores colombianos, Jairo Téllez y Tiberio Vanegas, y probablemente más gente de mérito que lamentablemente desconozco. Pero ahí viajaban cuatro intelectuales latinoamericanos que merecen por sí solos no un artículo, ni una serie, sino un catálogo mayor del recuerdo. Porque eran grandes y estaban en el momento crítico de su vida, cuando se echa el resto o se amilanan. Rosa Sabater murió con 54 años. También cincuentones eran los que viajaban en los asientos 39, 40 y 41. Manuel Scorza, 55 años, peruano, un escritor que tras la aparición de su Redoble por Rancas (1970) nos convirtió en apasionados de su modo de contar historias. ÁngelRama, 53 años, uruguayo, el crítico que nos ayudó a interpretar de otra manera la literatura latinoamericana. A su lado, su segunda esposa, Marta Traba, 53 años, argentinocolombiana, la más brillante de las tratadistas del arte en América Latina, poeta incipiente y novelista de mérito. Desconozco en qué asiento viajaba Jorge Ibargüengoitia, 55 años, mexicano, un escritor completo, para el teatro, el cine, la novela y el periodismo. La editorial Seix Barral se propuso lanzarle al estrellato peninsular, porque era muy bueno y tenía como agente a Carmen Balcells. Le programaron una colección dedicada a su obra. Publicaron su genial novela Las ruinas que ves,en el 2005, y ni llegaron a vender cien ejemplares, ni aparecieron reseñas en los diarios; abandonaron la colección. Son los muertos literarios de Mejorada del Campo. Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
El dolor ajeno, espectáculo nuestro
Juan Javier Pérez, el juez que dirige la investigación del accidente del avión de Spanair, se indignó al enterarse de que había imágenes grabadas de los cuerpos calcinados y de algunos supervivientes. Calificó el hecho de bochornoso, sopesa acusar a sus autores de delito contra el honor y, de entrada, ordenó confiscar cuantos móviles o cámaras fotográficas grabaron el accidente. La Guardia Civil de momento ha identificado a 18 autores de imágenes robadas. La contundente reacción del juez es quizá la expresión de un temor bien fundado. A saber: utilizar el sufrimiento ajeno como espectáculo. Algunas de esas fotos han sido vendidas y es razonable pensar que el destino de muchas de ellas no era engordar precisamente el álbum familiar.
Seguro que el juez Pérez no ignora el derecho a la información, pero si se lo ha puesto tan difícil a los medios, prohibiendo incluso que los servicios de socorro o bomberos ofrezcan imágenes oficiales que pudieran luego ser distribuidas con todas las garantías, es porque no quiere satisfacer la sed de espectáculo de una sociedad de voyeurs. El sufrimiento colectivo que provoca la muerte brutal de más de 150 personas es muy goloso y eso parece que lo han entendido, de forma muy espontánea, algunos miembros de los equipos de socorro que acudieron en el primer momento al lugar del siniestro.
Y NO LE FALTA razón al juez al ser prevenido. Nuestra sociedad, en efecto, mantiene con la muerte una relación esquizofrénica. Por un lado, la oculta y privatiza. Ha dejado de ser un momento de la vida, por eso se muere lejos, en los hospitales, y no se velan los cuerpos en la casa del difunto, sino en los tanatorios. Parece como si las funerarias solo viajaran de noche. Pero, por otro, estamos dispuestos a pasar horas ante el televisor consumiendo los fastos de un Papa muerto, las lágrimas de famosos cuando fallece uno de los suyos o la tragedia de una muerte colectiva, como la del avión de Spanair. Una variante de la excitación que produce la tragedia de los demás es la predisposición de los po- líticos a aprovecharse de la situación. Cuando Rajoy dice que no quiere pagar al Gobierno con la misma moneda del Yak 42, apenas puede disimular el gusto de equiparar las chapuzas del Gobierno Aznar en la identificación de los cadáveres con las lógicas dificultades que tiene cualquier identificación rigurosa de los mismos.
Lo que esta esquizofrenia revela es que hemos desaprendido cómo comportarnos ante el sufrimiento que provoca la muerte. La sabiduría popular y secular resumía el buen comportamiento con una frase muy contenida: “Te acompaño en el sentimiento”. Es el sobrio gesto de colocarse al lado, tanto física como espiritualmente, guardando silencio. Es verdad que ese gesto vale para esas muertes que son el resultado de una vida. El poeta Rilke hablaba del morir como “la maduración de la muerte que llevamos dentro”.
Pero ¿qué pasa con esas muertes en las que no se da “maduración” alguna porque son una interrupción brutal de la vida? Aquí es donde la sociedad que ha privatizado la muerte se moviliza para conjurar el miedo colectivo y la fragilidad de la existencia. Al fin y al cabo, cualquiera puede volar o viajar. El avión puede ser el medio más seguro de viajar, pero la noticia del accidente nos descubre a todos vulnerables. Ante una situación así, no basta la sobria reacción de un “te acompaño en el sentimiento”.
Aquí hay que hablar, analizar las causas del accidente, hacer comisiones, tomar declaración a los testigos e informar a la opinión pública. No basta evidentemente el gesto de guardar silencio, pero sí que hay que guardar al silencio. Todo lo que se diga e informe no puede traspasar la línea roja del respeto al sufrimiento de los demás; al contrario, debe servir para aliviarle, sea ofreciéndoles una explicación correcta de las causas del accidente, sea respetando su intimidad, sea expresando realmente la solidaridad.
Esa es la zona del silencio que la palabra tiene que proteger. A nadie se le oculta que esa templanza es difícilmente sostenible cuando hay tantos programas televisivos o radiofónicos y tanto papel impreso ávidos de satisfacer la angustia colectiva por el miedo a la propia muerte. Nada mejor que convertir la tragedia en espectáculo: que no se sepa si la sangre es real o pintada, si es realidad o ficción, y, en cualquier caso, señalar bien la distancia entre ellos, que padecen, y nosotros, que lo miramos.
ALGUIEN definió el fascismo como la “estetización de la política”: es decir, confundir el sufrimiento que causa la guerra con la simulación que tiene lugar en una película sobre la guerra. Cuando el pueblo llega a pensar que la guerra es una película, el fascismo está servido. El mismo juego, a escala modesta, se produce cuando el sufrimiento de una catástrofe se convierte en espectáculo.
La decisión del juez de no dar pábulo a esa perversión de la comunicación es, por muy loable que sea, insuficiente. Es un asunto que afecta a toda la sociedad. No solo a los medios, sino también a los lectores o televidentes. Y no hay razón para ser optimista, pues no ha servido de mucho el código ético pactado entre los medios de comunicación ni disminuye la ansiedad del público, a juzgar por las cuotas de pantalla.
>El dolor ajeno, espectáculo nuestro
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Juan Javier Pérez, el juez que dirige la investigación del accidente del avión de Spanair, se indignó al enterarse de que había imágenes grabadas de los cuerpos calcinados y de algunos supervivientes. Calificó el hecho de bochornoso, sopesa acusar a sus autores de delito contra el honor y, de entrada, ordenó confiscar cuantos móviles o cámaras fotográficas grabaron el accidente. La Guardia Civil de momento ha identificado a 18 autores de imágenes robadas. La contundente reacción del juez es quizá la expresión de un temor bien fundado. A saber: utilizar el sufrimiento ajeno como espectáculo. Algunas de esas fotos han sido vendidas y es razonable pensar que el destino de muchas de ellas no era engordar precisamente el álbum familiar.
Seguro que el juez Pérez no ignora el derecho a la información, pero si se lo ha puesto tan difícil a los medios, prohibiendo incluso que los servicios de socorro o bomberos ofrezcan imágenes oficiales que pudieran luego ser distribuidas con todas las garantías, es porque no quiere satisfacer la sed de espectáculo de una sociedad de voyeurs. El sufrimiento colectivo que provoca la muerte brutal de más de 150 personas es muy goloso y eso parece que lo han entendido, de forma muy espontánea, algunos miembros de los equipos de socorro que acudieron en el primer momento al lugar del siniestro.
Y NO LE FALTA razón al juez al ser prevenido. Nuestra sociedad, en efecto, mantiene con la muerte una relación esquizofrénica. Por un lado, la oculta y privatiza. Ha dejado de ser un momento de la vida, por eso se muere lejos, en los hospitales, y no se velan los cuerpos en la casa del difunto, sino en los tanatorios. Parece como si las funerarias solo viajaran de noche. Pero, por otro, estamos dispuestos a pasar horas ante el televisor consumiendo los fastos de un Papa muerto, las lágrimas de famosos cuando fallece uno de los suyos o la tragedia de una muerte colectiva, como la del avión de Spanair. Una variante de la excitación que produce la tragedia de los demás es la predisposición de los po- líticos a aprovecharse de la situación. Cuando Rajoy dice que no quiere pagar al Gobierno con la misma moneda del Yak 42, apenas puede disimular el gusto de equiparar las chapuzas del Gobierno Aznar en la identificación de los cadáveres con las lógicas dificultades que tiene cualquier identificación rigurosa de los mismos.
Lo que esta esquizofrenia revela es que hemos desaprendido cómo comportarnos ante el sufrimiento que provoca la muerte. La sabiduría popular y secular resumía el buen comportamiento con una frase muy contenida: “Te acompaño en el sentimiento”. Es el sobrio gesto de colocarse al lado, tanto física como espiritualmente, guardando silencio. Es verdad que ese gesto vale para esas muertes que son el resultado de una vida. El poeta Rilke hablaba del morir como “la maduración de la muerte que llevamos dentro”.
Pero ¿qué pasa con esas muertes en las que no se da “maduración” alguna porque son una interrupción brutal de la vida? Aquí es donde la sociedad que ha privatizado la muerte se moviliza para conjurar el miedo colectivo y la fragilidad de la existencia. Al fin y al cabo, cualquiera puede volar o viajar. El avión puede ser el medio más seguro de viajar, pero la noticia del accidente nos descubre a todos vulnerables. Ante una situación así, no basta la sobria reacción de un “te acompaño en el sentimiento”.
Aquí hay que hablar, analizar las causas del accidente, hacer comisiones, tomar declaración a los testigos e informar a la opinión pública. No basta evidentemente el gesto de guardar silencio, pero sí que hay que guardar al silencio. Todo lo que se diga e informe no puede traspasar la línea roja del respeto al sufrimiento de los demás; al contrario, debe servir para aliviarle, sea ofreciéndoles una explicación correcta de las causas del accidente, sea respetando su intimidad, sea expresando realmente la solidaridad.
Esa es la zona del silencio que la palabra tiene que proteger. A nadie se le oculta que esa templanza es difícilmente sostenible cuando hay tantos programas televisivos o radiofónicos y tanto papel impreso ávidos de satisfacer la angustia colectiva por el miedo a la propia muerte. Nada mejor que convertir la tragedia en espectáculo: que no se sepa si la sangre es real o pintada, si es realidad o ficción, y, en cualquier caso, señalar bien la distancia entre ellos, que padecen, y nosotros, que lo miramos.
ALGUIEN definió el fascismo como la “estetización de la política”: es decir, confundir el sufrimiento que causa la guerra con la simulación que tiene lugar en una película sobre la guerra. Cuando el pueblo llega a pensar que la guerra es una película, el fascismo está servido. El mismo juego, a escala modesta, se produce cuando el sufrimiento de una catástrofe se convierte en espectáculo.
La decisión del juez de no dar pábulo a esa perversión de la comunicación es, por muy loable que sea, insuficiente. Es un asunto que afecta a toda la sociedad. No solo a los medios, sino también a los lectores o televidentes. Y no hay razón para ser optimista, pues no ha servido de mucho el código ético pactado entre los medios de comunicación ni disminuye la ansiedad del público, a juzgar por las cuotas de pantalla.
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