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>No sólo con condones

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Por Manuel de Unciti, sacerdote y periodista (EL CORREO DIGITAL, 20/04/09):

Entre el 60% y el 70% de los 4.325 sacerdotes y religiosos -nativos y extranjeros- de las 24 diócesis católicas de Camerún son víctimas del VIH; para entendernos, víctimas del sida. La divulgación de estos datos ha sido hecha por medios confesionalmente cristianos, a comenzar por el diario parisino ‘La Croix’. Es impensable, por ello, que Benedicto XVI no hubiera reparado en esta trágica estadística cuando preparaba su primer viaje a África. Ha tenido que conocerla, lamentarla y … sufrirla. Y estando así de problemática -incluso entre el clero- la realidad de la sexualidad en el continente africano, ¿en qué cabeza cabe que el Papa pasara a condenar los condones ante los periodistas que le acompañaban en el avión de Roma a Yaundé? ¿No habría equivalido su palabra condenatoria de los profilácticos a un veredicto de muerte para miles y millones de africanos y para centenares y miles de sus propios sacerdotes?

Ha ocurrido que, en esta ocasión, el pensamiento del Papa ha sido distorsionado gravemente; y no se dice esto para tratar de echar un capote en una presunta metedura de pata de Benedicto XVI, como suele hacerse en tantos y tantos otros trances cuando a una alta personalidad se le coge en algún renuncio. No. La explicación de por qué se ha adulterado tan radicalmente el pensamiento del Papa hay que buscarla o en los fuertes intereses económicos mundiales que andan de por medio en el tema de los profilácticos o en oscuras razones ideológicas. ¡A cada cual optar por una u otra baza! Pero el hecho está ahí: en ningún momento o pasaje de las palabras del Papa puede encontrarse una condena expresa de los condones. Para comprobarlo basta con ir a las hemerotecas que reproducen fielmente los propósitos mantenidos por Benedicto XVI con una periodista francesa. Ésta le interpelaba sobre si le parecía realista o eficaz el juicio negativo de la Iglesia sobre los condones… La respuesta del Papa subraya -y esto es de sentido común- que «no se puede superar este flagelo sólo distribuyendo profilácticos». Y también: «No se puede superar el problema del sida sólo con eslóganes».

Hay que dejar muy claro que el Papa no exorciza el uso del condón, lo que no deja de ser una novedad en los usos y modos del Vaticano. Se limita a desautorizar el exceso de confianza de quienes reponen toda la solución del problema del sida sólo en el condón. Con el eslogan ‘póntelo, pónselo’ se puede contener la expansión de la pandemia y está bien; pero su apelación resulta frágil, particularmente para los jóvenes que, en cualquier momento, pueden verse frente a la tentación de mantener relaciones sexuales completas ‘a pelo’. La autentica solución ha de venir por el camino de la educación sexual, por eso que el Papa, en África, ha definido como «la humanización del sexo».
Para dar la razón a Benedicto XVI bastaría con mirar alrededor y ver, por ejemplo, lo que pasa en la ultramoderna (¡) ciudad de Washington, Distrito -concretamente- de Columbia. Lo que ahí ocurre no se debe a falta de condones ni a ignorancia de las gentes -particularmente entre las de color negro- sobre los profilácticos. Pero el dato está ahí: el número de los infectados por el sida se sitúa al mismo nivel de los enfermos por el VIH de Uganda o de Kenia. La estadística es, sencillamente, estremecedora. La ha dado a conocer el alcalde Adrian Fenty, un ejemplar político que, según muchos, reproduce a escala local nada más y nada menos que al presidente Obama. Por cada 100.000 habitantes de la que es sede del Gobierno federal de Estados Unidos, hay -entre los mayores de 12 años y ¡ya es decir!- 3.000 infectados de sida.¡Y eso que la estadística se ha elaborado a partir de la población que voluntaria y libremente se ha sometido a pruebas de laboratorio.

Pero no hace falta ir tan lejos. Sobre el continente africano se han volcado millones de condones desde hace ya más de medio siglo. Incluso ha habido misioneros y misioneras que, desafiando los criterios de la Curia Romana y exponiéndose a mil y mil censuras, han tomado sobre sus conciencias la distribución de profilácticos y la enseñanza sobre su correcto uso. Pero en vano: mucho es lo que esta enseñanza habrá conseguido para la salud de las mujeres y hombres de África, y Dios se lo pagará a los valientes que han osado desafiar lo que hasta ahora era la doctrina oficial en punto a los condones. Pero está probado y comprobado que con sólo condones no basta. ¡Que es lo que afirmó el Papa Benedicto XVI en el avión que la trasladaba a África!

Y algo más: lo del sida no es sólo cuestión de pobreza mayor o menor, aunque los niveles de pobreza tengan mucho que decir a este propósito. Camerún, con un 30% de su población bautizada, disfruta de paz desde hace muchos años, lo que es un dato a poner de relieve -y mucho- en el dramático panorama del continente. Pero no basta con ser un remanso de paz y un lugar hospitalario para muchos de los que huyen de los pueblos vecinos. El mal que corroe gravísimamente las entrañas del país es la corrupción. Y de este flagelo no se libra la población católica formada por casi cinco millones de entre los poco más de dieciocho millones que conforman la población total del país. Hace unos días las páginas de ‘L’Osservatore Romano’ denunciaban que «a los ojos de muchos la Iglesia de Camerún es un grupo de privilegiados y de ricos», lo que no ha impedido que sean no pocos los sacerdotes que se pasean con sus mujeres y sus hijos, sin ocultarse de nadie, o lo que es peor, que, como se ha dicho, sean víctimas del sida… ¡Vaya que si tiene razón el Papa Benedicto XVI!

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

abril 20, 2009 Publicado por | sexualidad, SIDA | Dejar un comentario

>Cooperación en tiempos de crisis

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Por Jordi Casabona, Fundación Sida i Societat (EL PERIÓDICO, 20/04/09):

Acaba de celebrarse en Cáceres la Conferencia Internacional de Donantes del Fondo Mundial para la Lucha contra el Sida, la Malaria y la Tuberculosis, organismo creado en el 2002 por la ONU para recoger fondos para la prevención y el control de estas infecciones en países en vías de desarrollo. Este Fondo Mundial se ha convertido en paradigma de la ayuda multilateral y en banco de pruebas para ver cómo integrar los sectores gubernamentales, no gubernamentales y privados en la generación, ejecución y evaluación de recursos. La reunión ha coincidido en que, desde distintos ámbitos, se ha sugerido que en época de crisis compartir recursos con los países en desarrollo no es la mejor idea. Esto puede tentar a más de uno, pero, por poco que se analice el concepto de cooperación internacional para el desarrollo y los efectos que tendría disminuir las ayudas oficiales al desarrollo en los sectores más pobres, no es defendible limitar esta ayuda.

Primero, hay que recordar que el concepto de desarrollo no se limita a la creación de riqueza, sino que incluye todos los procesos encaminados a conseguir los derechos fundamentales de las personas –incluyendo salud, educación y cultura propia–, y, por tanto, la ayuda al desarrollo está recogida en todos los compromisos internacionales. Segundo, está claro que la pobreza y sus efectos sobre la salud son por ellos mismos un freno al desarrollo económico. Y tercero, como demuestra la actual crisis, en un escenario globalizado los problemas de unos lo acaban siendo de los demás. Como dijo Soraya Rodríguez, secretaria de Estado de Cooperación Internacional: “No saldremos de la primera crisis global marginando a la mitad del mundo”. El Estado español ha hecho una clara opción política al aumentar las ayudas oficiales al desarrollo, que en el 2008 supusieron el 0,4% del PIB, y ser el octavo donante mundial. Para el 2012 se pretende llegar al mítico 0,7%. Además, es coherente con el modelo de Estado que las comunidades autónomas –especialmente las que, como Catalunya, tienen larga tradición en cooperación internacional– desarrollen estrategias públicas propias en este terreno que complementen las acciones de la sociedad civil. Catalunya, a través de la Agència Catalana de Cooperació al Desenvolupament, es la comunidad que destina más recursos. En el 2008 supusieron el 0,42% de su presupuesto.

AHORA, el debate no debe ser cuestionar la cooperación internacional al desarrollo, sino ver qué tipo de cooperación y mecanismos de control son necesarios para asegurar, más que nunca, su adecuación y efectividad. Sobre esto hay un montón de recomendaciones, como incluir la utilización de mecanismos públicos de gestión financiera o que un 20% de la ayuda oficial al desarrollo se destine a aspectos sociales básicos. Gran parte de la ayuda española en salud se vehicula a través de iniciativas internacionales. En concreto, en Cáceres se anunció que este año se contribuirá al Fondo con 213 millones de dólares.

Si bien este tipo de iniciativas facilitan la coordinación, también es cierto que son una alternativa fotogénica y administrativamente fácil sobre la que se tiene muy poca influencia. La ayuda multilateral debe estar equilibrada con la ayuda directa y enmarcada en una estrategia propia. Además, no puede olvidarse el papel de las oenegés como ejecutoras, pues, aparte del valor añadido que representa para el país involucrar a la sociedad civil en la cooperación al desarrollo, pueden –especialmente en países con estructura administrativa, pero poco compromiso político– reforzar el papel del sector público local desde las bases.

En lo tocante a la salud y a alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio, es necesario que al menos un 15% de la ayuda oficial al desarrollo se destine a ello. Aun así, en el 2015 aún serían necesarios 27.000 millones de dólares adicionales, y, en el caso del sida, los 10.000 millones inicialmente estimados para revertir la epidemia ya se han convertido en 15.000. Por eso es preocupante constatar una disminución del peso relativo que el sector de la salud tiene en la ayuda oficial al desarrollo. Es de ingenuos pensar que la cooperación, tanto de organizaciones gubernamentales como no gubernamentales, no tiene intereses estratégicos o sectoriales, pero precisamente para evitar que la acción de la cooperación acabe reflejando solo las sensibilidades de los políticos del momento o sometidas a alguno de los distintos tipos de simpatías clientelares existentes, hay que poner en la agenda dos aspectos clave: la profesionalización de los cuerpos técnicos de las agencias de cooperación internacional al desarrollo y la realización de evaluaciones objetivas y públicas. Finalmente, es imprescindible que las políticas de este tipo de las autonomías se coordinen con la Agencia Española de Cooperación y Desarrollo, entre las propias autonomías y con las iniciativas municipales.

VIVIMOS TIEMPOS en que a menudo no es políticamente correcto hablar de valores más allá de los de la bolsa, pero no se puede hablar de cooperación sin hablar de solidaridad. Por consistencia con el discurso construido en las sociedades del bienestar y por agradecimiento histórico, pero también por cuestiones prácticas, ahora no toca hacer solo números en casa: ahora toca ser más solidarios. Sin embargo, en política, la memoria es débil y los valores, efímeros, y siempre habrá quien caerá en la fácil demagogia de criticar que se lleven a cabo políticas de solidaridad en tiempos de crisis. Pero tal vez así se verá quién se lo cree y quién lo aparenta… cuando no es cosa de un céntimo.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

abril 20, 2009 Publicado por | cooperación internacional, SIDA | Dejar un comentario

>La Iglesia, en crisis

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Por Juan José Tamayo, director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid y autor de Islam. Cultura, religión y política (EL PERIÓDICO, 12/04/09):

La Iglesia católica romana está pasando por una de las crisis más profundas de su historia. Y el catolicismo español no es una excepción. Va perdiendo credibilidad a pasos agigantados entre los propios creyentes, pero también, de manera ostensible, ante la sociedad. Una prueba incontestable la ofrecen las encuestas, en las que los ciudadanos y las ciudadanas la colocan en los últimos puestos de sus preferencias. En honor a la verdad, razones no faltan, y muy poderosas. Observemos algunas de las más visibles.

La jerarquía católica mantiene posiciones retrógradas en cuestiones relativas al origen y al final de la vida, y lleva a cabo burdas y manipuladoras campañas como la que denuncia de forma falaz e infundada la existencia de mayor protección para la vida de los linces que para la de los niños, o la que compara el aborto con el terrorismo. Por no hablar de la amenaza de excomunión para las mujeres que abortan y para los facultativos que les prestan su colaboración.

TIENE UNA VISIÓN negativa de la sexualidad. No solo se opone al uso de los preservativos en las relaciones sexuales para poner fin a la extensión del sida, sino que afirma que su empleo agrava todavía más el problema. Así lo declaró de manera insensata e irresponsable el papa Benedicto XVI en el viaje a África que hizo el pasado mes de marzo. Afirmaciones como esta le convierten en defensor de una teología de la muerte y le hacen responsable de la extensión del sida y de agravar todavía más la terrible epidemia que asola a millones y millones de personas en África.

La Iglesia católica oficial demuestra comportamientos homófobos al condenar la homosexualidad en sus distintas manifestaciones, desde la propia inclinación –por utilizar su lenguaje– hasta las parejas de hecho y los matrimonios homosexuales, y al declarar pecaminosas, e incluso antinaturales, dichas relaciones. Se opone a los avances científicos que contribuyen a aliviar el dolor, a mejorar las condiciones de vida y a la curación de enfermedades. Dos ejemplos, entre muchos: la investigación con células madre embrionarias y la fecundación in vitro.

Vive cada vez más distanciada de los movimientos sociales, de sus denuncias del capitalismo, de sus reivindicaciones a favor de los excluidos y de su propuesta utópica de otro mundo posible, lo que demuestra su alejamiento del mundo de los pobres y su insensibilidad ante ellos. Muestra una oposición numantina a la laicidad del Estado y de sus instituciones, condena el laicismo como doctrina filosófica y modelo político –verdadera conquista de la modernidad– y defiende una “sana y positiva laicidad”, tras la que se esconde la reclamación de presencia e influencia de la Iglesia católica en la vida pública como actor político. Se alía con los sectores política, cultural e ideológicamente más conservadores de la sociedad.

El modo de actuar de la Iglesia católica en los campos antes citados ha producido un importante descenso de católicos en España. En 1998 se declaraban pertenecientes al catolicismo el 83,5% de la población. Según la encuesta de enero del 2008 del CIS, la afiliación a la Iglesia católica ha descendido cinco puntos. Y el descenso es mayor todavía en la práctica religiosa, que está en niveles inferiores al 20%. Lo que queda es un “catolicismo social” o un “cristianismo cultural”, no un cristianismo conforme a los principios evangélicos.

EN LOS JÓVENES, el descenso es todavía mayor. Los sociólogos hablan de un “cristianismo residual”. La no creencia entre la juventud ha sufrido un incremento espectacular: en menos de 15 años se ha pasado del 22% que se declaraba no creyente, al 46%. En la actualidad, los jóvenes que se declaran no creyentes católicos están por encima del 50%. De entre los creyentes, el 39% se declara católico no practicante, y solo el 10%, católico practicante. El descenso es mayor cuando se trata de expresar la importancia de la Iglesia católica en su vida: sólo para el 3% desempeña un papel significativo y tiene sentido en su día a día.

Cada año, varios miles de fieles abandonan la fe católica y pasan a engrosar el mundo de la falta de creencia o se incorporan a otras religiones que les merecen más crédito y confianza. Las solicitudes de apostasía van en aumento. Durante los seis primeros meses del 2008 se habían presentado 529 solicitudes de apostasía, cifra muy superior a las presentadas durante todo el año 2007, que alcanzaron la cantidad de 287.

LA REACCIÓN de la jerarquía ante tamaña crisis no es un examen de conciencia al modo clásico para analizar las causas de semejante deterioro y poner remedio. Lejos de asumir su responsabilidad, lo que hace es echar balones y culpar de la misma al galopante proceso de secularización de la sociedad, al Gobierno socialista, a las leyes aprobadas en el Parlamento, al laicismo ambiental e incluso a los teólogos críticos y a los movimientos cristianos de base. ¿Aprovechará la jerarquía católica la Semana Santa y la Pascua de Resurrección para reconocer su desubicación cultural, despertar del sueño dogmático en el que vive y cambiar de rumbo?

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

abril 13, 2009 Publicado por | Iglesia, sexualidad, SIDA | Dejar un comentario

>Sida, preservativo y moral católica

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Por Benjamín Forcano, sacerdote y teólogo (EL PERIÓDICO, 06/04/09).

Quien no conozca un poco la historia, seguramente pensará que en la Iglesia católica las normas son inamovibles. Pero nada más lejos de la realidad. En el siglo XIII bulas del papa Inocencio IV, y en el XVI, del papa León X afirmaban que era “voluntad del Espíritu quemar a los herejes”, y Galileo fue censurado para evitar que la razón científica pudiera constituirse al margen del magisterio. Más recientemente, se seguía afirmando que la Iglesia “es una sociedad de desiguales”, que “la división de clases en la sociedad es conforme a la voluntad divina”, que “la libertad religiosa es poco menos que un delirio”, que “el matrimonio es un contrato entre un hombre y una mujer para procrear”.

El Concilio Vaticano II (cima del magisterio eclesial) modificó estas perspectivas. Afirmó que era ley fundamental la igualdad de todos los miembros dentro de la Iglesia, así como el derecho a la libertad religiosa y comprender el matrimonio como una comunidad de vida y amor, por lo que tiene razón de ser aun cuando falte la descendencia. Dos cosas aparecen aquí muy claras: el matrimonio, con todo su ámbito de intimidad sexual, no se justifica ni se ordena a la procreación y su ra- zón fundante es el amor –que puede ser fecundo o infecundo– y se manifiesta en las expresiones gozosas del placer. El placer, componente y consecuencia del amor, es tan legítimo como el amor mismo. Se descarta la necesidad de justificarlo como subordinado a la procreación: es bueno, legítimo y sacramental.

El problema se plantea cuando, en el ejercicio de esa intimidad, se pretende establecer como norma única dominante el respeto a la estructura biológica del acto sexual, que debería desarrollarse sin interposición o alteración de ninguna clase. Tal norma respondería a una visión fisicista de la sexualidad humana, reducida al cuadro natural-instintivo de una sexualidad animal, agotada –supuestamente– en sola procreación: “Natural –decía Ulpiano– es lo que la naturaleza enseñó a todos los animales”. Pero tal aforismo falsea el significado natural de la sexualidad humana: la persona no es mero cuerpo ni puro instinto ni se aparea, al modo de los animales, solo para procrear. La persona tiene la responsabilidad de discernir y en una situación de conflicto de valores elegir aquellos valores que en conciencia considere más importantes.

ESTA ES moral tradicional, que enseñaron y explicaron diversos episcopados cuando el conflicto de la encíclica Humanae Vitae de Pablo VI: “A este respecto, recordaremos simplemente la enseñanza constante de la moral: cuando se está en una alternativa de deberes, en la que cualquiera que sea la determinación tomada no puede evitarse un mal, la sabiduría tradicional prevé buscar delante de Dios cuál es, en tal coyuntura, el deber mayor”.

Idéntico planteamiento cabe aplicar al sida. “¿Qué dice el moralista cristiano cuando le surge el dilema: condón o sida? Nos encontramos aquí ante un caso típico, en el que el Papa actual (Juan Pablo II) piensa de un modo diferente que la mayor parte de los teólogos y de los laicos que piensan críticamente. Imaginen dos casos: un hombre casado sabe que está infectado del sida. De ninguna manera puede exponer a su mujer al peligro de contagio. En esta situación sería irresponsable engendrar una nueva vida, que, con toda probabilidad, estaría también infectada. Usando el condón, puede evitar los dos peligros. Sin condón sería el acto matrimonial con su mujer, sin duda, un pecado contra el quinto mandamiento. Otro caso: un hombre tiene fuera del matrimonio contactos sexuales, aunque sabe que está infectado de sida. Si lo hace con condón, comete, sin duda, un pecado contra el sexto mandamiento. Si lo hace sin condón peca, además, contra el quinto mandamiento” (J. G. Cascales y B. Forcano, Bernhard Häring, Nueva Utopía, página 50).

A este respecto comenta el padre Häring: “La historia y la propia experiencia nos enseñan más que suficientemente que todos nosotros, sin excluir a los papas, con frecuencia podemos errar y aseverar tonterías con una seriedad sorprendente. La Iglesia ganaría mucho, si todos nosotros –en todos los planos– quisiéramos aprender de todo eso” (ídem, página 51).

ES UN HECHO común que el Evangelio apenas tiene orientaciones o normas de carácter sexual. Vacío ese que debía colmarse históricamente con el recurso al modelo cultural dominante. Es lo que hicieron los Santos Padres, entre ellos San Agustín y Santo Tomás. Sus doctrinas moldearon el pensamiento de Occidente. Pero hoy nadie las identifica sin más con el mensaje del Evangelio.

El nuevo enfoque del Vaticano II debe marcar el pensar y obrar de los cristianos: “Es propio de todo el Pueblo de Dios, pero principalmente de los pastores y de los teólogos, auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, las múltiples voces de nuestro tiempo y valorarlas a la luz de la palabra divina, a fin de que la Verdad revelada pueda ser mejor percibida, mejor entendida y expresada de forma más adecuada”.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

abril 6, 2009 Publicado por | Iglesia, SIDA | Dejar un comentario

>Salud, desarrollo y religión

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Por Josep Borrell, presidente de la Comisión de Desarrollo del Parlamento Europeo (EL PERIÓDICO, 22/03/09):

Para los vivos y los muertos, el sida es básicamente una enfermedad africana. De los 33 millones contaminados por el sida, casi el 70% viven en el África subsahariana. Allí mueren tres de cada cuatro de los dos millones de sus víctimas anuales. Y africanos son más del 90% de los niños que nacen portando la enfermedad.

En varios países africanos la extensión del sida plantea un grave problema para su desarrollo. La mortalidad que causa anula la mejora en la esperanza de vida, diezma la mano de obra disponible, especialmente en las regiones rurales, debilita el ahorro y crea la enorme carga social de 11 millones de huérfanos.

Así, el sida contribuye a ese “sufrimiento desproporcionado” del continente africano que el Papa denunció al llegar al Camerún, ante el cual “ningún cristiano puede ser insensible”. Pero antes de aterrizar en Yaundé, creyó oportuno reforzar la oposición de la Iglesia a toda forma de contracepción. En particular, al uso del preservativo que, según Su Santidad, no solo no resuelve el problema, sino que lo agrava. Solo la abstinencia, dijo, es la solución para detener el avance de esa mortal enfermedad.

Al considerar que el uso del preservativo “agrava” el problema, el papa Benedicto XVI ha ido más lejos de la doctrina de la Iglesia en materia de contracepción. En África le apoyarán los sectores más conservadores, religiosos y culturales. Sus palabras reforzarán la actitud de los que rechazan la protección profiláctica en las relaciones sexuales. Y harán mucho más difícil el trabajo de los que tratan de combatir la extensión del sida, tanto de los gobiernos como de los trabajadores sociales y sanitarios. Especialmente, en países como Uganda, Ruanda y Senegal, que han hecho de la lucha contra el sida una de sus prioridades políticas y desarrollan una intensa campaña de extensión del uso de los preservativos.

La posición del Papa influirá negativamente en el resultado de un combate contra la muerte y la pobreza que está lejos de ganarse. Los preservativos son caros y no todos los gobiernos pueden apoyar su distribución gratuita. Algunos países no han tenido hasta ahora clara conciencia de la urgencia en frenar el avance de la enfermedad, que se extiende de manera muy diferente. En el África austral –Zimbabue, Botsuana, Zambia–, los trabajadores emigrantes en las minas son contaminados por la prostitución y extienden la enfermedad a sus lugares de origen. La pobreza no deja de reducir la edad de la iniciación sexual de las jóvenes, y en Kenia y Etiopía la prostitución hace explotar la epidemia. En países como Nigeria y Camerún, al principio poco afectados, el crecimiento es exponencial. En los países en guerra, las mujeres son especialmente vulnerables (60% de los seropositivos son mujeres), expuestas a la violencia sexual de los combatientes o a las difíciles condiciones de la vuelta a la vida civil de los desmovilizados.

TODO ESO SE sabe, como se sabe que el sida es una de las mayores hipotecas para el desarrollo de África. Pero, para el Papa, lo importante es el dogma, y la solución solo puede basarse en algo tan irreal en esas circunstancias socioeconómicas como la castidad y la abstinencia. Sin ir tan lejos como el filósofo Friedrich Nietzsche, que consideraba la castidad como un crimen contra la naturaleza, no hay un solo responsable de la salud pública en África que piense que con el ideal católico de la castidad se puede detener el sida.

Nadie ha pretendido nunca que el uso del preservativo sea la solución. Pero la inmensa mayoría de las organizaciones que luchan contra la epidemia, incluidas las católicas, lo consideran un instrumento fundamental de prevención. Al considerar que su uso “agrava” el problema, el Papa se comporta de forma irresponsable y hace más rígida todavía una doctrina que algunos esperaban fuera más flexible. Por ello, muchos de los que trabajan en la ayuda al desarrollo se han sentido consternados por esa posición papal. Entre otros, la ministra belga de la Salud, que considera que con esa posición el Papa contribuye a desmantelar el esfuerzo de años de prevención y pone en peligro muchas vidas humanas.

PERO HAY OTRAS actitudes del Papa que provocan consternación. En una reciente carta, lamenta los “errores de apreciación y de comunicación” que han rodeado su decisión de levantar la excomunión a los obispos integristas seguidores de monseñor Lefebvre, opositor encarnizado al Concilio Vaticano II, entre ellos Richard Williamson, notorio negacionista del Holocausto.

Fue hecha pública el día antes de su encuentro con el Gran Rabino de Israel en un intento de cerrar la crisis abierta por esa decisión. Pero no hay ninguna referencia a otra decisión polémica: la del obispo de Recife de excomulgar a la madre de una niña de 9 años violada por su suegro y encinta de dos gemelos, y a todos los médicos del equipo que realizó un aborto terapéutico plenamente legal en un país tan restrictivo en materia de aborto como es Brasil.

Un drama familiar en un medio de extrema pobreza donde se suelen producir esos abusos sexuales y donde el aborto esta muy mal visto. La rebelión de la madre contra el entorno social para salvar la vida de su hija, en las condiciones previstas por la ley, recibe como respuesta la excomunión. En nombre del derecho a la vida, el Vaticano apoya la decisión de ese obispo, que substituyó a Helder Cámara, el obispo de los pobres, y liquidó su herencia progresista.

Un derecho que el discurso del papa en África pone gravemente en peligro.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 22, 2009 Publicado por | aborto, SIDA | Dejar un comentario

>La lucha contra el sida, una acción de todos

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Por Bernat Soria, ministro de Sanidad y Consumo (EL PAÍS, 02/12/08):

A principios de los ochenta, un cuadro clínico desconocido alarmó a los especialistas. No duró mucho el desconcierto inicial, investigaciones epidemiológicas y virológicas llevaron hace 25 años a la identificación (reconocida con el Nobel de Fisiología y Medicina) del virus causante del sida, el VIH. Esto marcó el inicio de una imponente respuesta de médicos, sanitarios, investigadores, líderes políticos y sociedad civil ante una grave amenaza de salud pública.

El Día Mundial del Sida, que cumple su vigésimo aniversario, es motivo para hacer balance y reforzar los compromisos para continuar la reducción del impacto de este virus en la salud y el bienestar de la población mundial. Es mucho lo alcanzado, pero aún queda mucho por hacer.

Casi 60 millones de infectados desde el inicio de la pandemia en el mundo y la mitad han muerto. Se ha avanzado en prevención, terapias y control de la epidemia, con efecto palpable en países como España, donde ha caído mucho la mortalidad. El reto: mantener y profundizar en los avances mientras sus efectos se extienden a quienes más los necesitan. No olvidemos que sólo un tercio de los que lo requieren recibe tratamiento y que por cada persona que inicia tratamiento hay más de dos infecciones nuevas. Siguen siendo necesarios la voluntad y el liderazgo político, la aportación financiera y social sostenida y una adecuada visión científica y de salud pública.

Las sendas abiertas aportan sólidos fundamentos para afrontar el futuro y han enriquecido nuestras estrategias globales de salud pública. Hemos aprendido el valor práctico de proteger los derechos humanos y comprobado cómo la prevención es más justa y efectiva al aplicarse con respeto y luchando contra la discriminación y el estigma. Ésos son los principios rectores de la estrategia del Ministerio de Sanidad y Consumo. Para su desarrollo, contamos con la sociedad civil, las ONG comprometidas, clave de la estrategia. Y en este plano se enmarca la iniciativa del ministerio de financiar las intervenciones para corregir la lipodistrofia facial.

Nuestro enfoque es pues integral, trazando acciones que aseguran la calidad de vida de los afectados, proveen acceso equitativo, universal y gratuito a tratamientos efectivos y desarrollan acciones de alcance a colectivos desaventajados. La estrategia preventiva debe integrar el conocimiento de los determinantes sociales, por ello, prima a los más vulnerables y tiene en cuenta hechos clave en el riesgo de adquirir el VIH, como las relaciones de género.

Otro buen camino trazado ha sido el investigador. Equipos multidisciplinares trabajan estrechamente para innovar y trasladar el conocimiento a la práctica preventiva y clínica. Así, son dignos de elogio quienes aúnan un trabajo clínico excelente con una labor investigadora incansable y muestran qué incentivos guían a los profesionales de los servicios públicos de salud, la dignidad del trabajo bien hecho y la investigación que redunda en beneficios sociales. Un buen ejemplo es el ensayo en fase I de una vacuna frente al sida, desarrollada por investigadores españoles del Consejo Superior de Investigaciones Científicas dirigidos por Mariano Esteban.

El ministerio entiende que problemas como el sida requieren una oportuna gobernanza de todos. Por ello, a través de la Fundación para la Investigación y Prevención del Sida junto a la industria farmacéutica, financiamos investigaciones en este ámbito, que, gracias a la calidad y colaboración de los investigadores, están alcanzando liderazgo mundial en áreas como el trasplante hepático en personas infectadas por el VIH.

Pero la prevención sigue siendo la prioridad desde salud pública. En España, la epidemia alcanzó en los noventa las tasas de infección más altas de Europa. Hoy el curso de la infección es favorable, pero, para tener un futuro positivo y financieramente sostenible, hay que esforzarse en prevenir.

Profundizar en innovación, en gestión eficiente del conocimiento y en calidad de los servicios sanitarios es crucial en el proyecto del Gobierno de España. Esto concierne a la asistencia y a la prevención y las estrategias preventivas deben basarse en la evidencia de su efectividad. Hoy, con una epidemia que se transmite por vía sexual en cinco de cada seis nuevos casos, el acceso al tratamiento, la educación, la distribución de preservativos, el test de VIH confidencial y con asesoramiento y los mediadores son estrategias que funcionan. Debemos acercarlas a los más vulnerables.

Precisamente la equidad y solidaridad, principios básicos de la acción del Gobierno, son clave en salud pública para modificar los determinantes sociales que están en el origen de la enfermedad. Así, estos principios se extienden a nuestra política de cooperación: la ayuda española para la respuesta global a las grandes amenazas para la salud es solidaria, se fundamenta en evidencia científica y se dirige a quien más lo necesita.

Nuestra preocupación por el sida se convierte por tanto en acción, como reza el eslogan de este año de ONUSIDA, una acción basada en la aplicación práctica de los derechos humanos y en los compromisos de equidad y solidaridad, vía segura para atajar los principales problemas de salud pública global.

Fuente: Bitácora AlmendrónTribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

diciembre 6, 2008 Publicado por | SIDA | Dejar un comentario

>Pasiones, premios y medallas

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Por Jordi Casabona, médico epidemiólogo. Fundació Sida i Societat (EL PERIÓDICO, 13/10/08):

La historia de la ciencia, como actividad humana que es, no está exenta de pasiones, intereses y traiciones, sino todo lo contrario. Este año, la concesión del Premio Nobel de Fisiología y Medicina ha querido dejarlo claro excluyendo a Robert Gallo del anhelado galardón y concediéndolo a Françoise Barré-Sinoussi y a Luc Montagnier, en reconocimiento por su descubrimiento del virus que causa el sida.
La historia se remonta a 1983, dos años después de la descripción de los primeros casos de sida y cuando, pese a que los datos epidemiológicos sugerían que esta enfermedad podría estar producida por un virus que se transmitiera de forma similar al de la hepatitis B, no había ningún indicio sobre cuál podría ser el agente causal. Françoise Barré-Sinoussi, trabajando en el equipo de Luc Montagnier en el Institute Pasteur de París, aisló un virus en material procedente de algunos pacientes con sida, que asociaron a una linfadenopatía y al que llamó LAV.

AL AÑO siguiente, Robert Gallo en los National Institutes of Health (NIH) de Bethesda, describió un retrovirus al que denominó HTLV-III, y afirmó que era la causa del sida. Los dos virus resultaron ser el mismo agente y, como el laboratorio francés había compartido material biológico con LAV con varios laboratorios internacionales, Montagnier acusó a Gallo de haber utilizado el mismo virus que él había descubierto. Este hecho, que años después –al poder demostrar la similitud genética de ambos virus– provocó la salida de Gallo de los NIH, tensó la polémica sobre el descubrimiento del virus desde sus inicios.

Pero la polémica no solo estaba relacionada con los egos, que eran grandes, sino también con los beneficios de las patentes sobre las pruebas diagnósticas que se derivaron del descubrimiento, que eran todavía mayores. Las dudas sobre si el equipo de Gallo había incurrido en una mala praxis, tanto dentro como fuera de los NIH, generó todo tipo de especulaciones y acusaciones –unas, como siempre, peor intencionadas que otras– y los dos investigadores dedicaron ingentes cantidades de tiempo (y dinero) a explicar su versión de los hechos. El tira y afloja se arregló aparentemente en 1987 con una declaración conjunta en la que se revisaban las aportaciones científicas de ambos grupos y donde se explicitaba la voluntad de colaboración entre estos. Los gobiernos de Francia y Estados Unidos acordaron repartir al 50% los beneficios económicos derivados de las patentes, y tanto Gallo como Montagnier fueron considerados formalmente codescubridores del virus que causa el sida, denominado a partir de 1986 virus de la inmunodeficiencia humana (VIH).

LOS PREMIOS y medallas pretenden ser un reconocimiento a actos o trayectorias que se consideran modélicas en el marco de valores de la institución que los concede. Los ejércitos ponen condecoraciones, la Iglesia católica proclama santos y en el mundo del deporte se dan medallas y copas de metales diversos. Aunque los premios, pese a que pueden recaer en personas que se los merecen, nunca son del todo justos, porque borran matices de las historias. Las luchas, los méritos, las malas pasadas, los descréditos –merecidos o no– y las motivaciones más íntimas –a veces inconfesables– desaparecen en el momento de poner la medalla. Parece que la historia se reduce a un fenómeno binario: haber recibido el premio o no haberlo recibido. Y, evidentemente, como a menudo demuestra el conocimiento, las cosas pocas veces son en blanco o negro.

Robert Gallo y su equipo aislaron y describieron los dos primeros retrovirus humanos, el HTLV-I y el HTLV-II, en el año 1981 y 1982, respectivamente, los dos asociados con cierto tipo de leucemias. Sus investigaciones en el campo de la retrovirología y el cáncer son referentes y piezas imprescindibles para la posterior identificación y comprensión del VIH. Su carrera es brillante y llena de reconocimientos académicos, pero Gallo, cuando estaba muy cerca de alcanzar su objetivo más deseado –identificar el tercer retrovirus humano y la causa del sida–, sucumbió al canto de las sirenas y el afán investigador o el anhelo de gloria se impusieron a la siempre difícil humildad. En este caso, la de aceptar que alguien había llegado antes.

SI HUBIERA respetado ese principio, teniendo en cuenta sus capitales aportaciones a la virología humana antes y después del aislamiento del VIH, quizá ahora los galardones serían tres, y este Premio Nobel sería un poco más justo. Lástima.

Tras recibir el premio, Luc Montagnier ha declarado que Robert Gallo se lo merecía tanto como él, y su mejor enemigo, en una escueta nota de premsa, ha agradecido el gesto. Las pasiones, más o menos soterradas, seguirán su curso, pero, como bien sabía William Shakespeare, no resistirán el paso de los días: “Pero el tiempo pasa cuentas … estropea decretos reales, oscurece la belleza, despunta ávidos intentos, doblega a los fuertes al curso mudable y falso”.

Afortunadamente, la ciencia va más allá de las personas y de los premios y, pese a que la solución a la pandemia del sida todavía está lejos, el descubrimiento del VIH y sus consecuencias científicas han marcado ya un hito en la historia de la biomedicina.

octubre 13, 2008 Publicado por | Premios Nobel, SIDA | Dejar un comentario

>El glamur en torno al sida

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Por Jordi Casabona, copresidente de la 14ª Conferencia Internacional del Sida. Presidente de la Fundación Sida y Sociedad (EL PERIÓDICO, 11/08/08):

Se ha clausurado en México la 17ª Conferencia Internacional del Sida (CIS), que ha tenido el mérito de ser la primera realizada en un país de América Latina, de haber contado con traducción al castellano y de haber dado la oportunidad de participar a las comunidades de esta región. Pero, como en las últimas ediciones, la reunión no ha estado exenta de polémica.

Por un lado, la falta de novedades científicas y la creciente presencia mediática han convertido las CIS en una plataforma para que gobiernos y agencias internacionales compitan por hacer visibles su contribución a la lucha contra la enfermedad, y en la que las oenegés reivindican la inclusión de sus opiniones en las agendas técnicas y políticas. Por otro, el coste cada vez más elevado (la CIS de México ha costado más de 24 millones de dólares), junto con el glamur de las recepciones que la industria farmacéutica y las agencias internacionales ofrecen, contrasta con las necesidades de los millones de personas de las que se habla. Pese a los entusiasmos de afectados y oenegés, entristece ver cómo a menudo el discurso políticamente correcto no es otra cosa que una estrategia hacia el beneficio. Ha llegado el momento de revisar la relación de coste y efectividad de las CIS y, si acaso, concretar sus objetivos y reducir su magnitud.

A DIFERENCIA de lo ocurrido en el 2002, cuando se celebró en Barcelona la 14ª –y el Gobierno español dejó pasar la oportunidad para entrar en la escena internacional de la lucha contra el sida–, el actual Ejecutivo ha hecho un claro esfuerzo para estar presente. La vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, y el ministro de Sanidad y Consumo, Bernat Soria, participaron en la inauguración y anunciaron la contribución de España con 600 millones de euros al Fondo Global en los próximos años y un aumento de 10 millones en la aportación a Onusida. Pese a que estas aportaciones nos convierten en el séptimo país donante del mundo, se necesita también otro tipo de actuaciones para asegurar la presencia e influencia de la comunidad científica y las organizaciones españolas en la escena internacional.

España sigue teniendo un papel privilegiado por tener un papel básico en la cooperación con América Latina, pero para hacerlo hay que concretar líneas estratégicas y apostar por proyectos a medio y largo plazo, técnicamente sólidos y efectivos en el territorio.

En la conferencia de México se han dicho muchas cosas, y entre ellas, ¡oh sorpresa!, una vez más, que no hay ni vacuna ni microbicidas efectivos, y que se va a tardar bastante en tenerlos. Sin que esto quiera decir que no tengan que estar en las agendas de investigación, sí hay que tenerlo claro a la hora de dar prioridad los recursos y los mensajes. Podemos afirmar de nuevo que con los tratamientos antirretrovirales no se parará la epidemia, y que la infección por el virus –y su impacto– nos acompañará bastantes años. En la conferencia de Barcelona introdujimos dos componentes nuevos: la prevención y la implementación de programas. En México se ha reforzado el mensaje de que, además de garantizar el acceso a los tratamientos, hay que poner énfasis en la prevención basada en la evidencia científica y su correcta evaluación.

En España existe una gran desproporción entre los recursos destinados a los tratamientos y los de prevención, que a menudo se reducen a campañas de promoción de la salud. La prevención también tiene una base científica y hay intervenciones que se han demostrado efectivas. Por ello, los políticos deberían apoyar y exigir que las intervenciones preventivas se hagan con el mismo rigor con que se hace el trabajo clínico.

Es la ocasión idónea para los programas con objetivos concretos y evaluables que integren prevención y asistencia. Esto significa movilizar más recursos y favorecer espacios interdisciplinares de consenso. Como no tenemos tradición, es un reto organizativo y económico, pero es la única forma de asegurar los derechos de las personas con riesgo, la reducción del número de nuevas infecciones y la sostenibilidad del tratamiento de los infectados.

PASADOS 26 años desde los primeros casos de sida, estamos ante algo que es mucho más que una enfermedad. El sida se ha convertido en un fenómeno social, político y económico sin precedentes que ha contribuído a incentivar la investigación biomédica, la metodología epidemiológica y la reivindicación de los derechos humanos y civiles, como ninguna otra enfermedad ha hecho en la historia. El sida da visibilidad y genera recursos, y si bien –como tanto ha reclamado Onusida– el liderazgo y la movilización de recursos son básicos para articular una respuesta efectiva, cuando la visibilidad y los recursos se convierten en objetivos, la dificultan.

El sida y las CIS seguirán teniendo glamur, pero sería una negligencia que este nos alejara de los objetivos de la salud pública. Hay millones de personas que no se lo merecen.

agosto 13, 2008 Publicado por | SIDA | Dejar un comentario

El glamur en torno al sida

Por Jordi Casabona, copresidente de la 14ª Conferencia Internacional del Sida. Presidente de la Fundación Sida y Sociedad (EL PERIÓDICO, 11/08/08):

Se ha clausurado en México la 17ª Conferencia Internacional del Sida (CIS), que ha tenido el mérito de ser la primera realizada en un país de América Latina, de haber contado con traducción al castellano y de haber dado la oportunidad de participar a las comunidades de esta región. Pero, como en las últimas ediciones, la reunión no ha estado exenta de polémica.

Por un lado, la falta de novedades científicas y la creciente presencia mediática han convertido las CIS en una plataforma para que gobiernos y agencias internacionales compitan por hacer visibles su contribución a la lucha contra la enfermedad, y en la que las oenegés reivindican la inclusión de sus opiniones en las agendas técnicas y políticas. Por otro, el coste cada vez más elevado (la CIS de México ha costado más de 24 millones de dólares), junto con el glamur de las recepciones que la industria farmacéutica y las agencias internacionales ofrecen, contrasta con las necesidades de los millones de personas de las que se habla. Pese a los entusiasmos de afectados y oenegés, entristece ver cómo a menudo el discurso políticamente correcto no es otra cosa que una estrategia hacia el beneficio. Ha llegado el momento de revisar la relación de coste y efectividad de las CIS y, si acaso, concretar sus objetivos y reducir su magnitud.

A DIFERENCIA de lo ocurrido en el 2002, cuando se celebró en Barcelona la 14ª –y el Gobierno español dejó pasar la oportunidad para entrar en la escena internacional de la lucha contra el sida–, el actual Ejecutivo ha hecho un claro esfuerzo para estar presente. La vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, y el ministro de Sanidad y Consumo, Bernat Soria, participaron en la inauguración y anunciaron la contribución de España con 600 millones de euros al Fondo Global en los próximos años y un aumento de 10 millones en la aportación a Onusida. Pese a que estas aportaciones nos convierten en el séptimo país donante del mundo, se necesita también otro tipo de actuaciones para asegurar la presencia e influencia de la comunidad científica y las organizaciones españolas en la escena internacional.

España sigue teniendo un papel privilegiado por tener un papel básico en la cooperación con América Latina, pero para hacerlo hay que concretar líneas estratégicas y apostar por proyectos a medio y largo plazo, técnicamente sólidos y efectivos en el territorio.

En la conferencia de México se han dicho muchas cosas, y entre ellas, ¡oh sorpresa!, una vez más, que no hay ni vacuna ni microbicidas efectivos, y que se va a tardar bastante en tenerlos. Sin que esto quiera decir que no tengan que estar en las agendas de investigación, sí hay que tenerlo claro a la hora de dar prioridad los recursos y los mensajes. Podemos afirmar de nuevo que con los tratamientos antirretrovirales no se parará la epidemia, y que la infección por el virus –y su impacto– nos acompañará bastantes años. En la conferencia de Barcelona introdujimos dos componentes nuevos: la prevención y la implementación de programas. En México se ha reforzado el mensaje de que, además de garantizar el acceso a los tratamientos, hay que poner énfasis en la prevención basada en la evidencia científica y su correcta evaluación.

En España existe una gran desproporción entre los recursos destinados a los tratamientos y los de prevención, que a menudo se reducen a campañas de promoción de la salud. La prevención también tiene una base científica y hay intervenciones que se han demostrado efectivas. Por ello, los políticos deberían apoyar y exigir que las intervenciones preventivas se hagan con el mismo rigor con que se hace el trabajo clínico.

Es la ocasión idónea para los programas con objetivos concretos y evaluables que integren prevención y asistencia. Esto significa movilizar más recursos y favorecer espacios interdisciplinares de consenso. Como no tenemos tradición, es un reto organizativo y económico, pero es la única forma de asegurar los derechos de las personas con riesgo, la reducción del número de nuevas infecciones y la sostenibilidad del tratamiento de los infectados.

PASADOS 26 años desde los primeros casos de sida, estamos ante algo que es mucho más que una enfermedad. El sida se ha convertido en un fenómeno social, político y económico sin precedentes que ha contribuído a incentivar la investigación biomédica, la metodología epidemiológica y la reivindicación de los derechos humanos y civiles, como ninguna otra enfermedad ha hecho en la historia. El sida da visibilidad y genera recursos, y si bien –como tanto ha reclamado Onusida– el liderazgo y la movilización de recursos son básicos para articular una respuesta efectiva, cuando la visibilidad y los recursos se convierten en objetivos, la dificultan.

El sida y las CIS seguirán teniendo glamur, pero sería una negligencia que este nos alejara de los objetivos de la salud pública. Hay millones de personas que no se lo merecen.

agosto 13, 2008 Publicado por | SIDA | Dejar un comentario

>Phobia at the Gates

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By Andrew Sullivan, a senior editor at the Atlantic magazine and former editor of The New Republic (THE WASHINGTON POST, 14/05/08):

Twelve countries ban HIV-positive visitors, nonimmigrants and immigrants from their territory: Armenia, Brunei, Iraq, Libya, Moldova, Oman, Qatar, the Russian Federation, Saudi Arabia, South Korea, Sudan and . . . the United States. China recently acted to remove its ban on HIV-positive visitors because it feared embarrassment ahead of the Olympics. But America’s ban remains.

It seems unthinkable that the country that has been the most generous in helping people with HIV should legally ban all non-Americans who are HIV-positive. But it’s true: The leading center of public and private HIV research discriminates against those with HIV.

HIV is the only medical condition permanently designated in law — in the Immigration and Nationality Act — as grounds for inadmissibility to the United States. Even leprosy and tuberculosis are left to the discretion of the secretary of health and human services.

The ban can be traced to the panic that dominated discussion of the human immunodeficiency virus two decades ago. The ban was the brainchild of Sen. Jesse Helms (who came to regret his initial hostility toward people with HIV and AIDS). President George H.W. Bush sought to drop the ban, but in 1993, after a scare about Haitian refugees, Congress wrote it into law.

I remember that year particularly because it was when I, a legal immigrant, became infected. With great lawyers, a rare O visa (granted to individuals in the arts and sciences), a government-granted HIV waiver and thousands of dollars in legal fees, I have managed to stay in the United States. Nonetheless, because I am HIV-positive, I am not eligible to become a permanent resident. Each year I have to leave the country and reapply for an HIV waiver to reenter. I have lived in the United States for almost a quarter-century, have paid taxes, gotten married and built a life here — but because of HIV, I am always vulnerable to being forced to leave for good. After a while, the stress of such insecurity gnaws away at your family and health.

I am among the most privileged non-Americans with HIV. Others live in fear of being exposed; many have to hide their medications when entering the country for fear of being discovered by customs or immigration. Couples have been split up and torn apart. International conferences on HIV and AIDS have long avoided meeting in the United States because of the ban, which violates U.N. standards for member states.

This law has lasted so long because no domestic constituency lobbies for its repeal. Immigrants or visitors with HIV are often too afraid to speak up. The ban itself is also largely unenforceable — it’s impossible to take blood from all those coming to America, hold them until the results come through and then deport those who test positive. Enforcement occurs primarily when immigrants volunteer their HIV status — as I have — or apply for permanent residence. The result is not any actual prevention of HIV coming into the United States but discrimination against otherwise legal immigrants who are HIV-positive.

Would treating HIV like any other medical condition cost the United States if such visitors or immigrants at some point became public dependents? It’s possible — but all legal immigrants and their sponsors are required to prove that they can provide their own health insurance for at least 10 years after being admitted. Making private health insurance a condition of visiting or immigrating with HIV prevents any serious government costs, and the tax dollars that would be contributed by many of the otherwise qualified immigrants would be a net gain for the government — by some estimates, in the tens of millions of dollars.

In the end, though, removing the ban is not about money. It’s a statement that the United States does not discriminate against people with HIV and does not retain the phobias of the past. That’s why repeal has been supported by a bipartisan group of senators, including Republicans Gordon Smith and Richard Lugar and Democrats John Kerry and Barack Obama, in an amendment to the reauthorization of the President’s Emergency Plan for AIDS Relief. They know that immigration and public health policy should not rest on stigma or fear. For the Bush administration, removing the Helms ban would be a final, fitting part of its admirable HIV and AIDS legacy.

It’s also worth remembering that we are talking about legal immigrants and visitors, people who go through the process and seek to participate and contribute to this country. Making HIV the only medical condition that legally prevents someone from immigrating or even visiting is a signal to people with HIV that they have something to be ashamed of. That stigma is one of the greatest obstacles to tackling HIV across the world. The United States has done much to reduce this stigma; it makes no sense to perpetuate it in its own immigration policy.

People with HIV are no less worthy of being citizens of the United States than anyone else. All we ask is to be able to visit, live and work in America and, for some of us, to realize our dream of becoming Americans — whether we are HIV-positive or not.

mayo 22, 2008 Publicado por | Estados Unidos, SIDA | Dejar un comentario

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