>¿Denunciar o comunicar el riesgo?
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>Armas y contaminación mediática
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Después de las masacres de Alemania y Alabama y del crimen de Murcia, podemos preguntarnos cuáles son las causas que están provocando una americanización de Europa en este sentido y no una europeización de América.
Hasta ahora, nadie cuestionaba que Europa disponía de un modelo contrapuesto al americano que nos ofrecía más seguridad y mucha menos violencia. Ello se explica porque en EEUU es un derecho constitucional que los ciudadanos posean un arma libremente, con lo cual, de 300 millones de habitantes, casi 100 millones disponen de armas, sobre todo cortas (revólveres y pistolas) o incluso las peligrosas armas de asalto (M16 o AK47), permitidas en la época de Bush. Sin embargo, en Europa, de 300 millones de habitantes solo disponen de armas alrededor de 15 millones, la mayoría de las cuales son largas (escopetas y carabinas).
AUNQUE PAREZCA que tenemos las mismas víctimas que en América a causa de los trágicos sucesos de estos días, y que nos estamos homologando al modelo americano, la diferencia es el goteo constante de muertos causados por arma de fuego que tienen al otro lado del Atlántico y que ya no es noticia por habitual: diez veces más homicidios y asesinatos que en Europa.
En EEUU, durante estos años, las administraciones locales y los estados han llevado a cabo políticas de reducción de la posesión libre de armas, con la oposición de los republicanos y de la NRA (Asociación Nacional del Rifle), que iban ofreciendo una reducción progresiva de la criminalidad violenta hasta ahora.
Ya el atentado fallido contra Ronald Reagan propició una tímida ley de control de armas, la ley Brady, que lleva el nombre del portavoz de la Casa Blanca que quedó paralítico en ese magnicidio. Esta ley obligaba a las tiendas a esperar cinco días antes de entregar un arma para comprobar los antecedentes penales y otros impedimentos del comprador. Solo esta medida ya propició una drástica bajada de la criminalidad. Sin embargo, en junio del 2008 el movimiento conservador proarmas ganó una gran batalla, ya que el Tribunal Supremo (conservador, en su mayoría) dictó la sentencia Heller, consolidando un derecho constitucional amplio a poseer armas en casa. Esta polémica sentencia, criticada incluso por el juez conservador Posner (padre de la Escuela de Derecho y Economía de Chicago), puede impedir las imperiosas medidas legales para restringir las armas, y ya se pronostica un incremento de la violencia. Pese a todo, Barack Obama no puede tomar medidas legales, pues debería reformar la segunda enmienda de una constitución muy rígida.
Este año, el Tribunal Supremo, con la Sentencia Hayes, ha corregido algo su anterior postura, ya que ha señalado que es delito la posesión de armas en manos de una persona que haya sido condenada años antes, incluso por leve falta de violencia doméstica. Nadie desea otra muerte anunciada de otro presidente de los EEUU, pero el riesgo de atentado contra Obama no es pura especulación, sino una realidad. La prensa norteamericana alerta de que, durante el pasado mes de noviembre, más de 100.000 personas compraron armas en EEUU, y ayer mismo el Washington Post anunciaba la detención de un sujeto con un rifle de gran potencia.
Lo que sí es una realidad es que el modelo europeo de seguridad –con más policía pública, más políticas de prevención, sociales y de sanidad– hace que aquí haya más seguridad y un número mucho menor de asesinatos y homicidios que en Estados Unidos. Pero cabe especular sobre qué es lo que nos está igualando a América cuando un joven de 17 años, de buena familia, asesina a 15 personas en Alemania, ayer, o en Finlandia, hace unos meses.
LA CONCLUSIÓN de los estudios es que hay una intoxicación mediática, tanto a través de películas como a través de videojuegos, en lo que se ha denominado ya “contaminación en violencia”. Ciertamente, se está banalizando la violencia, se están identificando los valores de masculinidad y valentía con las armas, así como aumenta la tendencia a la resolución de cualquier conflicto a través del recurso a éstas.
Europa, que está creando modelos alternativos a los de Hollywood, debería presentar un modelo mediático contrapuesto a este modelo de inseguridad americano. Del mismo modo que en el libre comercio mundial podemos impedir la entrada de productos tóxicos procedentes de otros países, Europa debería poner impedimentos a la entrada de todos estos productos nocivos y peligrosos que están condicionando las mentes de nuestros jóvenes.
Por mucho que la industria defienda que los niños y jóvenes saben identificar la realidad y la ficción de los contenidos de los videojuegos y las películas, lo cierto es que nos están ametrallando con imágenes que fomentan la agresividad y la violencia como forma de vida. El libro de los profesores Anderson, Gentile y Buckley Violent Video Game Effects on Children and Adolescents (Efectos violentos de los videojuegos en niños y adolescentes) alerta de ello y señala que “es una evidencia científica que la exposición a los videojuegos violentos tiene una relación causal con el comportamiento violento”.
EN LA ÉPOCA de Bill Clinton ya se emitió un informe sobre el fin de la autorregulación en temas de violencia. Esperemos que, con la nueva presidencia, el modelo mediático que se imponga ofrezca a nuestra sociedad una tendencia hacia formas alternativas a la resolución de conflictos. Y es que las soluciones legales, y mediáticas, para garantizar la seguridad basadas en la generalización de la cultura de la violencia se demuestran ineficaces y comportan trágicos resultados. Europa debe tenerlo en cuenta e intentar frenar tal contaminación.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>Sorpresas y derechos en los aeropuertos
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Por Jesús López-Medel, abogado del Estado y ex presidente de la Comisión de Democracia y Derechos Humanos de la Asamblea de la OSCE (EL PAÍS, 15/12/08): Viajar en avión es fuente de sorpresas: encontrar para cualquier ciudad europea un billete mucho más barato que para España, que la compañía aérea haya desaparecido y te deje en tierra… Pero especialmente emocionante es viajar con equipaje de mano. Las situaciones en esos controles a los que nos hemos adaptado sin rechistar son frecuentemente grotescas y en ocasiones hasta una clara vulneración de derechos humanos. El ataque contra las Torres Gemelas del 11-S generó psicosis. Fue también la ocasión para que, desde planteamientos neoconservadores reaccionarios, se pretendiese implantar el todo vale. Entre ello, las restricciones arbitrarias de libertades fundamentales, y no sólo de los presuntamente “malos” sino de las de todos. Y así si portas un ordenador al viajar en avión, además de ponerlo separadamente para el control de rayos (apenas tienes manos para tanta caja de plástico), te piden en ocasiones que introduzcas tu clave de seguridad y lo enciendas. Si preguntas por qué, la mirada puede fulminarte. Una vez que comprueban que, en efecto, sólo es un ordenador, nada sucede. Y si el viaje es a Estados Unidos, puede haber aún más emoción. Allí, al aterrizar en el país en el que se ubica la Estatua de la Libertad, la policía aeroportuaria puede no sólo inspeccionar cuanto hay grabado en tu ordenador, tal y como es posible desde hace meses, sino incluso algo todavía más surrealista: hacer una copia de ello. Da igual que bajo el icono de Mis documentos se lleve información sobre el trabajo o la vida privada. La policía no sólo puede leer cuanto guardas escrito o en imágenes, sino también apropiarse de ello. Y no hace falta el menor indicio de que el pasajero pudiera ser sospechoso; es sólo por si acaso. Resulta difícil salvarse si caes en manos de un policía que te ha mirado mal o al que no le han gustado tus ojos, tu piel o tu vestimenta. Aunque sigamos viajando a ese país, admirable en muchos aspectos, a muchísimos europeos nos resultan muy vejatorios los sistemas de control de entrada a su territorio. Como recibimiento no te acogen con un collar hawaiano, sino que directamente te hacen una foto y te toman la huella dactilar. Eso es así siempre. Lo emocionante es si te miran mal y llevas ordenador… Los europeos, sin embargo, no podemos dar muchas lecciones. Los hechos terroristas de julio de 2005 en Londres produjeron que en nuestro continente se activaran también severas medidas de control. Los atentados entonces fueron en el metro. Pero, con el aliento desde el otro lado del Atlántico, se impusieron importantes medidas para los viajes aéreos. Se aprobó sin reparos una normativa que endureció severamente los controles. En Heathrow son intensos. Sólo puedes portar un bulto de mano. No puedes llevar además el ordenador o una pequeña bolsa. Pero no sólo allí. En todos los aeropuertos pueden revelarse peligrosos e indescifrables para las nuevas tecnologías de rayos no sólo un reloj (y no el de 007) sino también todos los cinturones, muchos zapatos o cualquier objeto. A veces se producen situaciones surrealistas y vejatorias. A nadie le gusta pero pocos son tan temerarios como para preguntar dónde ha sido aprobado todo aquello. Hasta que un día un ciudadano austriaco tuvo un problema: sus raquetas. Quería viajar pero llevando como equipaje de mano estos objetos. Los controladores del aeropuerto de Viena consideraron que tal artefacto deportivo podía ser peligroso. Ignoro si los agentes se imaginaban al pasajero yendo desde su fila dando golpes de izquierda a derecha para, finalmente, dejar noqueados a los pilotos con un smash y provocar un atentado. El pasajero insistió en querer conocer dónde estaba expresado que una raqueta fuese un objeto tan peligroso que impidiese viajar con ella. Logró incluso superar el control y entrar en la aeronave, pero el personal de seguridad terminó por hacerle desembarcar. Impugnaría aquella decisión ante los tribunales. El asunto llegó al Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas. El Informe del Abogado General, emitido el pasado mayo, supuso un gran raquetazo a los gobiernos nacionales que aprobaron dicha normativa. En ella figuraba un anexo donde se relacionaban los objetos potencialmente peligrosos. Además, se incluía una cláusula donde se dejaba un margen de apreciación discrecional al controlador. Pero ese Anexo no estaba publicado en ningún boletín oficial. Se había guardado total opacidad sobre ello. El Abogado General, en su informe ante el Tribunal de Luxemburgo, consideró que la seguridad jurídica y la interdicción de la arbitrariedad de los poderes públicos supone que no pueda exigirse a los ciudadanos el cumplimiento de una parte importante de una norma (y un Anexo lo es) que no ha sido publicitado oficialmente y no es conocida. Ante la sentencia en este sentido, la Comisión prefirió evitar la condena y en agosto publicó el Reglamento. Es éste un pequeño pero significativo avance. El fin del pretendido carácter secreto de los objetos prohibidos debe celebrarse. Pero ahora la Comisión estudia instalar escáneres que desnudan completamente a los pasajeros. Tras una evidente involución en materia de derechos humanos -la Directiva de retorno de inmigrantes es otra muestra-, deben seguir alzándose las voces de una conciencia crítica. Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
Estado de delación preventiva
Seguridad, seguridad… ¡cuántas barbaridades se cometen en tu nombre bajo la forma de medidas preventivas! En efecto, es evidente que los países occidentales viven, tras el atentado de las Torres Gemelas, una psicosis de inseguridad. Sin duda contribuye a ello la difusa sensación de que su secular hegemonía sobre todo el mundo comienza a resquebrajarse, lo que les provoca una irrefrenable tendencia a enrocarse. Y este enroque se manifiesta en forma de medidas preventivas. Así, una de ellas fue la guerra de Irak, desencadenada por la amenaza potencial de unas armas de destrucción masiva que nunca existieron. Pero esta voluntad de anticiparse al ataque –quien da primero da dos veces– ha generado todo tipo de medidas preventivas. Piénsese en los controles de seguridad de los aeropuertos, que han convertido los viajes aéreos en un suplicio en forma de estriptís, detenido por ahora en los zapatos y el cinturón, pero del que cabe esperar extensiones sugestivas. Y, en otro campo, cabe apuntar ciertas medidas preventivas en las que no suele repararse.
ME REFIERO, por ejemplo, a la obligación impuesta recientemente a determinados operadores jurídicos de poner en conocimiento de la Administración la mera sospecha de una actuación anómala –no tipificada como delito– por parte de cualquier ciudadano que acuda a ellos, con el deber añadido de confidencialidad, es decir, sin revelárselo al delatado. O sea, que se comunicará la sospecha y nada se dirá al sospechoso. No entro en la constitucionalidad de la norma. No valoro la mutación esencial que introduce, a mi juicio, en la forma como la tradición jurídica europea ha conformado históricamente el ámbito de la libertad individual –con su correlativa e inescindible privacidad– y la forma de controlar la actuación de los particulares por parte de la Administración. Pero quiero recordar el clarividente texto de un eximio romanista.
En octubre del año 1951, el profesor Álvaro d’Ors –catedrático en la Universidad de Santiago– dio a los alumnos que iniciaban su licenciatura una prelección –primera lección, sobre un tema general, que pretendía marcar el tono de la docencia universitaria– bajo el título El papel del papeleo en la vida jurídica. Pues bien, medio siglo después, las ideas expuestas por D’Ors aquel día tienen plena vigencia. Las resumo.
En la sociedad de masas, las necesidades de publicidad y control fiscal imponen el papeleo jurídico. Publicidad y control fiscal no son dos hechos ajenos entre sí, sino que se integran en una única realidad: la intervención pública. Intervención pública quiere decir que el poder público –el Estado– se interesa en los negocios que hacen los particulares, para intervenir en ellos principalmente con fines fiscales. Es decir, para someter todo movimiento que se haga a una exacción dineraria. Esta intervención pública –que trae aneja el papeleo– hace que toda la vida jurídica sea más pública y todo el derecho se haga público. Pero esto tiene aún otra consecuencia: que el derecho tiende a convertirse en un orden racional de planificación ejecutado por una potente burocracia devoradora de papel.
Y, sin embargo, derecho –recuerda D’Ors– es aquello que está ordenado a la justicia según los jueces. Por eso, el derecho de las pequeñas agrupaciones humanas es, ante todo, justicia y, más secundariamente, orden. En cambio, el derecho de las grandes masas es, ante todo, orden, y solo secundariamente justicia. De lo que se deriva que, en este moderno derecho planificado de masas, el tradicional derecho civil –de los ciudadanos– pierde parte de su dignidad, para someterse a la Administración y a la Hacienda. Pero, pese a todo –concluye–, hay que preservar la doble convicción de que el derecho es más que una planificación legalista supeditada al interés público fiscal, y de que la organización de la vida jurídica en un sistema completo de papeleo lleva el germen de una fatal servidumbre.
HASTA AQUÍ las ideas de Álvaro d’Ors, sobre las que les propongo un cambio de palabras, una pregunta y una reflexión final. El cambio de palabras consiste en sustituir “interés público fiscal” por “seguridad pública”: si así lo hacen, comprobarán que el texto cobra un sentido actualísimo, pues muchas de las actuales injerencias de la Administración en el ámbito que debería ser privativo de la libertad individual pretenden justificarse como medidas preventivas por razones de seguridad. La pregunta –íntimamente relacionada con lo que se acaba de decir– es si es posible hablar de auténtica libertad individual sin garantizar a la persona un último ámbito de privacidad, que quede excluido de la intervención estatal por razones fiscales o de seguridad. Y la reflexión final es que cabe dudar de que nuestro mundo, intervenido hasta el extremo por razones de seguridad, sea de veras un mundo feliz. Quizá sea difícil hallar otra salida al atolladero en que nos hallamos, pero es propio de la naturaleza humana buscarla, sin dejarse convencer por quienes nos aseguran con énfasis que no la hay.
Desde que el mundo es mundo, la exacerbación de las medidas de seguridad es propia de situaciones históricas agotadas, en las que la perpetuación de la hegemonía de un grupo excluyente es contestada por la multitud de los excluidos, de modo que lo que se niega por unos pocos con injusticia manifiesta es exigido por los más con violencia creciente. El desorden profundo es siempre fruto de la injusticia, razón por la que no se erradica con medidas de seguridad, sino con el imperio de la justicia.
>Estado de delación preventiva
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Seguridad, seguridad… ¡cuántas barbaridades se cometen en tu nombre bajo la forma de medidas preventivas! En efecto, es evidente que los países occidentales viven, tras el atentado de las Torres Gemelas, una psicosis de inseguridad. Sin duda contribuye a ello la difusa sensación de que su secular hegemonía sobre todo el mundo comienza a resquebrajarse, lo que les provoca una irrefrenable tendencia a enrocarse. Y este enroque se manifiesta en forma de medidas preventivas. Así, una de ellas fue la guerra de Irak, desencadenada por la amenaza potencial de unas armas de destrucción masiva que nunca existieron. Pero esta voluntad de anticiparse al ataque –quien da primero da dos veces– ha generado todo tipo de medidas preventivas. Piénsese en los controles de seguridad de los aeropuertos, que han convertido los viajes aéreos en un suplicio en forma de estriptís, detenido por ahora en los zapatos y el cinturón, pero del que cabe esperar extensiones sugestivas. Y, en otro campo, cabe apuntar ciertas medidas preventivas en las que no suele repararse.
ME REFIERO, por ejemplo, a la obligación impuesta recientemente a determinados operadores jurídicos de poner en conocimiento de la Administración la mera sospecha de una actuación anómala –no tipificada como delito– por parte de cualquier ciudadano que acuda a ellos, con el deber añadido de confidencialidad, es decir, sin revelárselo al delatado. O sea, que se comunicará la sospecha y nada se dirá al sospechoso. No entro en la constitucionalidad de la norma. No valoro la mutación esencial que introduce, a mi juicio, en la forma como la tradición jurídica europea ha conformado históricamente el ámbito de la libertad individual –con su correlativa e inescindible privacidad– y la forma de controlar la actuación de los particulares por parte de la Administración. Pero quiero recordar el clarividente texto de un eximio romanista.
En octubre del año 1951, el profesor Álvaro d’Ors –catedrático en la Universidad de Santiago– dio a los alumnos que iniciaban su licenciatura una prelección –primera lección, sobre un tema general, que pretendía marcar el tono de la docencia universitaria– bajo el título El papel del papeleo en la vida jurídica. Pues bien, medio siglo después, las ideas expuestas por D’Ors aquel día tienen plena vigencia. Las resumo.
En la sociedad de masas, las necesidades de publicidad y control fiscal imponen el papeleo jurídico. Publicidad y control fiscal no son dos hechos ajenos entre sí, sino que se integran en una única realidad: la intervención pública. Intervención pública quiere decir que el poder público –el Estado– se interesa en los negocios que hacen los particulares, para intervenir en ellos principalmente con fines fiscales. Es decir, para someter todo movimiento que se haga a una exacción dineraria. Esta intervención pública –que trae aneja el papeleo– hace que toda la vida jurídica sea más pública y todo el derecho se haga público. Pero esto tiene aún otra consecuencia: que el derecho tiende a convertirse en un orden racional de planificación ejecutado por una potente burocracia devoradora de papel.
Y, sin embargo, derecho –recuerda D’Ors– es aquello que está ordenado a la justicia según los jueces. Por eso, el derecho de las pequeñas agrupaciones humanas es, ante todo, justicia y, más secundariamente, orden. En cambio, el derecho de las grandes masas es, ante todo, orden, y solo secundariamente justicia. De lo que se deriva que, en este moderno derecho planificado de masas, el tradicional derecho civil –de los ciudadanos– pierde parte de su dignidad, para someterse a la Administración y a la Hacienda. Pero, pese a todo –concluye–, hay que preservar la doble convicción de que el derecho es más que una planificación legalista supeditada al interés público fiscal, y de que la organización de la vida jurídica en un sistema completo de papeleo lleva el germen de una fatal servidumbre.
HASTA AQUÍ las ideas de Álvaro d’Ors, sobre las que les propongo un cambio de palabras, una pregunta y una reflexión final. El cambio de palabras consiste en sustituir “interés público fiscal” por “seguridad pública”: si así lo hacen, comprobarán que el texto cobra un sentido actualísimo, pues muchas de las actuales injerencias de la Administración en el ámbito que debería ser privativo de la libertad individual pretenden justificarse como medidas preventivas por razones de seguridad. La pregunta –íntimamente relacionada con lo que se acaba de decir– es si es posible hablar de auténtica libertad individual sin garantizar a la persona un último ámbito de privacidad, que quede excluido de la intervención estatal por razones fiscales o de seguridad. Y la reflexión final es que cabe dudar de que nuestro mundo, intervenido hasta el extremo por razones de seguridad, sea de veras un mundo feliz. Quizá sea difícil hallar otra salida al atolladero en que nos hallamos, pero es propio de la naturaleza humana buscarla, sin dejarse convencer por quienes nos aseguran con énfasis que no la hay.
Desde que el mundo es mundo, la exacerbación de las medidas de seguridad es propia de situaciones históricas agotadas, en las que la perpetuación de la hegemonía de un grupo excluyente es contestada por la multitud de los excluidos, de modo que lo que se niega por unos pocos con injusticia manifiesta es exigido por los más con violencia creciente. El desorden profundo es siempre fruto de la injusticia, razón por la que no se erradica con medidas de seguridad, sino con el imperio de la justicia.
Elogio social del miedo
Perplejo. La sociedad se conmociona ante dos escenas simultáneas, la de un descerebrado convertido en arrogante canalla que golpea a una joven indefensa, con alevosía e impunidad, y en un segundo plano, acompañando la escena como un fondo musical, un tipo acojonado porque el destino está dubitativo y aún no ha decidido si las hostias le van a caer sólo a la chica o también le tocarán a él, que nunca se sabe lo que puede ocurrir cuando las bestias se desatan. Le cayeron a la chica, es obvio, porque la gente basura siempre bascula hacia lo más fácil. Es algo más que ira lo que siento al escribir estas líneas, es vergüenza. No del tipo, que forma parte de esa especie a extinguir, repito a extinguir, y dejo la fórmula a los psicólogos y a los jueces, y de la que me importa una higa si su madre lo abandonó cuando era chico, y si su padre era alcohólico, ni si su abuela lo adoraba y le limpiaba las vomitadas cuando volvía a casa. De toda esa historia del lumpen despreciable y la agresión impune, retengo el gesto de sus colegas tomando con una cámara la imagen de los periodistas que seguían al nota, para intimidarles.
Basura como él, pero basura solidaria. Un respeto, porque si se invirtieran los papeles nadie con tanta audacia haría cosa semejante por nosotros.
Podríamos decir que pertenecer a una mafia es hoy la mejor garantía de solidaridad.
Ahora resulta que los enterados del asunto nos aseguran que casos como éste ocurren todos los días. ¿No me diga? ¿Y qué hacen ustedes para evitarlo si ni siquiera nos lo cuentan?
No creo que la gente sea consciente de lo que significa esta miserable historia ocurrida en un vagón de metro, entre un golfo y una joven ecuatoriana con presencia de un testigo, un joven argentino, a quien los dioses concedieron el privilegio de verlo y sufrir por ello. Primero la fecha. ¿Por qué nadie nos ha explicado la razón por la que un suceso ocurrido el 7 de octubre, a las diez y pico de la noche, se hace público el 23, casi dos semanas más tarde? ¿Qué pasó en el ínterin? ¿Por qué nos lo dan así, en bruto, y no nos cuentan qué ocurrió entre la Guardia Civil y los jueces de guardia, y cómo fue posible que ese jeta saliera arrogante y seguro para afrontar la historia, como un héroe de mierda y con patillas?
No hay razones jurídicas para que ese tal Sergi Xavier Martín Martínez esté detenido desde el mismo momento de la agresión, y ¿saben por qué? ¿Porque la agredida es mujer, ecuatoriana, acojonada, no estudió filología hispánica ni catalana, y menos aún un máster en el IESE? Les puedo asegurar, jugándome la patilla, que si le hubieran dado de hostias a una juez, no habría discusión posible porque habría un párrafo del código indicado para ese caso.
El motivo por el que ese espécimen con instinto criminal no está en el trullo a la espera de juicio es un descuido, una equivocación de la víctima, porque las víctimas son de naturaleza torpe y no acaban de entender el rigor cívico de nuestros jueces y letrados. Una vez apaleada, nuestra chica ecuatoriana debía de haber ido, fíjense en el modo del verbo, “debía de haber ido” a un centro de salud pública donde le fijaran sobre papel las heridas infligidas por el sujeto de marras, y una vez obtenido el documento en el que figuraban las señales, con el papelito bien agarrado en la mano, la ecuatoriana debía luego personarse en la comisaría más cercana y allí, adentrándose en la amabilidad habitual de esos departamentos, depositar sus datos y poner la pertinente denuncia. Entonces sí, el buen juez podría dormir tranquilo y sin ningún problema jurídico de conciencia, retener en prisión al que agredió, insultó y humilló a una muchacha que llevará perpetuamente esa herida.
Vivimos en una sociedad de tartufos, de cínicos desalmados. ¿O acaso no es eso lo que significa reprocharle al pobre argentino acojonado, al que le pilló el marrón metido en el metro, que deseaba mirar para otra parte y no encontrarse con la mirada del agresor, no fuera a ser que cambiara de víctima? ¡Qué valor tienen nuestros editorialistas exigiendo audacia a los testigos, al tiempo que no se atreven ni siquiera a dar los apellidos del agresor, no vaya a ser que les presente una querella por atentado a su honor! Me reconcomo pensando cómo tendrán los santísimos cojones de reprochar a un pringao que está a punto de ser forrado a hostias, o de arriesgarse a que lo maten impunemente, cuando ellos que tienen radios, periódicos, televisiones, buenos salarios, excelentes contratos blindados, y no son capaces ni de arriesgar a poner negro sobre blanco los apellidos de los delincuentes… “no vaya a ser que nos procesen y nos cueste una pasta”.
Unos días antes de esta tropelía, se podía leer en los diarios que un pederasta llamado Jordi F. C. – Fútbol Club, imagino que podría interpretarse, porque se dedicaba a ir por los campos de fútbol y atraer a niños con promesas de contratos- y hete aquí que este tipo, que operaba en Badalona – es decir, a la vuelta de la esquina-, no solamente no tiene apellidos sino que se señala que “es de origen español”, detalle críptico que no acabo de entender, porque lo más normal en Badalona es que casi todos sean de origen español, incluso alguno, creo yo y sin ofender, posiblemente sea hasta español, pero lo que me conmueve hasta el grito es que se trata “de uno de los delincuentes más maquiavélicos y peligrosos del país”. Pero no se da su filiación, ni su foto, porque una cosa es advertir y otra correr riesgos. En definitiva, vivimos en una sociedad que privilegia el miedo. Está en nuestra cultura y mucho más en nuestra época. El individualista romántico murió hace ya muchos años y hoy se educa a la gente no para ser individuos, sino para tropa. Sé desconfiado y fiel a la familia, al menos hasta que llegue el momento de la herencia. Sobre todo, no destaques ni llames la atención. Desde pequeños te advierten que no debes distinguirte, y si bien a las mamás y a los papás les gusta mucho la leyenda de Mozart, versión Pushkin-Milos Forman, mejor abstenerse porque eso está muy bien en el cine pero la vida, ay la vida. Si presencias un atraco, te recomiendan que te eches al suelo y que lo entregues todo. Si asistes a un accidente de tráfico, trata de salir pitando y que no te hagan testigo. Si estás en el lugar de una agresión, di que no la viste porque estabas distraído, y si te apuran mucho en un incidente callejero y has contemplado impávido cómo violaban a la chica, o robaban a la vieja, o atracaban al tendero de la esquina, échalo al olvido porque no va contigo. Y además, ¡sé ciudadano posmoderno! ¿acaso no pagas tus impuestos para que la policía se ocupe de esas cosas? Por esos mismos días y en un pequeño pueblo de la Ribera Alta levantina, un chico de apenas 23 años, de cara redonda y conciencia inmensa, se movió al oír cómo le daban de hostias impunemente y en medio de la estación a una joven. El agresor tenía el tamaño de un armario pero allá se fue con su voluntad de joven estudiante de derecho – de los que creen, por supuesto-, y apenas si le dio tiempo a preguntarle a ella si necesitaba ayuda, porque el armario se disparó, le dio un trompazo y le dejó como un mueble sobre el andén. Allí se quedó, muerto. Se llamaba Daniel Oliver Llorente, y cuando llegaron las urgencias se encontraron al agresor que le movía los brazos gritándole: “Tío, no me hagas esto, aguanta, no te mueras”. Pero murió, como en el verso de Vallejo, y del agresor no sabemos más que se llamaba David y dos siglas de apellidos. Por supuesto uno está en la calle y el otro en el cementerio. Miwa Buene, congoleño, 42 años, traductor de una ONG, se encontró un mal día en Alcalá de Henares a un energúmeno que se llamaba Roberto, uno de eso arcángeles que se consideran, y así se lo dijo al alcalde, hartos “de putos negros y putos inmigrantes en su ciudad”. Le curtió de lo lindo y ahora Miwa el congoleño reside parapléjico en el hospital de Toledo y el otro libre para proclamar la defensa de Occidente. Nuestra justicia es de clase, quiero decir que es de clase A, de clase B, o de clase incierta, pero es de clase y los jueces se limitan a aplicarla. ¿Quién podría reprocharles que también tuvieran miedo? A lo mejor no es de ahora y viene de lejos. Los refranes, que son la quintaesencia de las miserias populares, están llenos de referencias al miedo, siempre elogiosas. Ensalzadores del valor, apenas si conozco alguno.
Elogio social del miedo
Perplejo. La sociedad se conmociona ante dos escenas simultáneas, la de un descerebrado convertido en arrogante canalla que golpea a una joven indefensa, con alevosía e impunidad, y en un segundo plano, acompañando la escena como un fondo musical, un tipo acojonado porque el destino está dubitativo y aún no ha decidido si las hostias le van a caer sólo a la chica o también le tocarán a él, que nunca se sabe lo que puede ocurrir cuando las bestias se desatan. Le cayeron a la chica, es obvio, porque la gente basura siempre bascula hacia lo más fácil. Es algo más que ira lo que siento al escribir estas líneas, es vergüenza. No del tipo, que forma parte de esa especie a extinguir, repito a extinguir, y dejo la fórmula a los psicólogos y a los jueces, y de la que me importa una higa si su madre lo abandonó cuando era chico, y si su padre era alcohólico, ni si su abuela lo adoraba y le limpiaba las vomitadas cuando volvía a casa. De toda esa historia del lumpen despreciable y la agresión impune, retengo el gesto de sus colegas tomando con una cámara la imagen de los periodistas que seguían al nota, para intimidarles.
Basura como él, pero basura solidaria. Un respeto, porque si se invirtieran los papeles nadie con tanta audacia haría cosa semejante por nosotros.
Podríamos decir que pertenecer a una mafia es hoy la mejor garantía de solidaridad.
Ahora resulta que los enterados del asunto nos aseguran que casos como éste ocurren todos los días. ¿No me diga? ¿Y qué hacen ustedes para evitarlo si ni siquiera nos lo cuentan?
No creo que la gente sea consciente de lo que significa esta miserable historia ocurrida en un vagón de metro, entre un golfo y una joven ecuatoriana con presencia de un testigo, un joven argentino, a quien los dioses concedieron el privilegio de verlo y sufrir por ello. Primero la fecha. ¿Por qué nadie nos ha explicado la razón por la que un suceso ocurrido el 7 de octubre, a las diez y pico de la noche, se hace público el 23, casi dos semanas más tarde? ¿Qué pasó en el ínterin? ¿Por qué nos lo dan así, en bruto, y no nos cuentan qué ocurrió entre la Guardia Civil y los jueces de guardia, y cómo fue posible que ese jeta saliera arrogante y seguro para afrontar la historia, como un héroe de mierda y con patillas?
No hay razones jurídicas para que ese tal Sergi Xavier Martín Martínez esté detenido desde el mismo momento de la agresión, y ¿saben por qué? ¿Porque la agredida es mujer, ecuatoriana, acojonada, no estudió filología hispánica ni catalana, y menos aún un máster en el IESE? Les puedo asegurar, jugándome la patilla, que si le hubieran dado de hostias a una juez, no habría discusión posible porque habría un párrafo del código indicado para ese caso.
El motivo por el que ese espécimen con instinto criminal no está en el trullo a la espera de juicio es un descuido, una equivocación de la víctima, porque las víctimas son de naturaleza torpe y no acaban de entender el rigor cívico de nuestros jueces y letrados. Una vez apaleada, nuestra chica ecuatoriana debía de haber ido, fíjense en el modo del verbo, “debía de haber ido” a un centro de salud pública donde le fijaran sobre papel las heridas infligidas por el sujeto de marras, y una vez obtenido el documento en el que figuraban las señales, con el papelito bien agarrado en la mano, la ecuatoriana debía luego personarse en la comisaría más cercana y allí, adentrándose en la amabilidad habitual de esos departamentos, depositar sus datos y poner la pertinente denuncia. Entonces sí, el buen juez podría dormir tranquilo y sin ningún problema jurídico de conciencia, retener en prisión al que agredió, insultó y humilló a una muchacha que llevará perpetuamente esa herida.
Vivimos en una sociedad de tartufos, de cínicos desalmados. ¿O acaso no es eso lo que significa reprocharle al pobre argentino acojonado, al que le pilló el marrón metido en el metro, que deseaba mirar para otra parte y no encontrarse con la mirada del agresor, no fuera a ser que cambiara de víctima? ¡Qué valor tienen nuestros editorialistas exigiendo audacia a los testigos, al tiempo que no se atreven ni siquiera a dar los apellidos del agresor, no vaya a ser que les presente una querella por atentado a su honor! Me reconcomo pensando cómo tendrán los santísimos cojones de reprochar a un pringao que está a punto de ser forrado a hostias, o de arriesgarse a que lo maten impunemente, cuando ellos que tienen radios, periódicos, televisiones, buenos salarios, excelentes contratos blindados, y no son capaces ni de arriesgar a poner negro sobre blanco los apellidos de los delincuentes… “no vaya a ser que nos procesen y nos cueste una pasta”.
Unos días antes de esta tropelía, se podía leer en los diarios que un pederasta llamado Jordi F. C. – Fútbol Club, imagino que podría interpretarse, porque se dedicaba a ir por los campos de fútbol y atraer a niños con promesas de contratos- y hete aquí que este tipo, que operaba en Badalona – es decir, a la vuelta de la esquina-, no solamente no tiene apellidos sino que se señala que “es de origen español”, detalle críptico que no acabo de entender, porque lo más normal en Badalona es que casi todos sean de origen español, incluso alguno, creo yo y sin ofender, posiblemente sea hasta español, pero lo que me conmueve hasta el grito es que se trata “de uno de los delincuentes más maquiavélicos y peligrosos del país”. Pero no se da su filiación, ni su foto, porque una cosa es advertir y otra correr riesgos. En definitiva, vivimos en una sociedad que privilegia el miedo. Está en nuestra cultura y mucho más en nuestra época. El individualista romántico murió hace ya muchos años y hoy se educa a la gente no para ser individuos, sino para tropa. Sé desconfiado y fiel a la familia, al menos hasta que llegue el momento de la herencia. Sobre todo, no destaques ni llames la atención. Desde pequeños te advierten que no debes distinguirte, y si bien a las mamás y a los papás les gusta mucho la leyenda de Mozart, versión Pushkin-Milos Forman, mejor abstenerse porque eso está muy bien en el cine pero la vida, ay la vida. Si presencias un atraco, te recomiendan que te eches al suelo y que lo entregues todo. Si asistes a un accidente de tráfico, trata de salir pitando y que no te hagan testigo. Si estás en el lugar de una agresión, di que no la viste porque estabas distraído, y si te apuran mucho en un incidente callejero y has contemplado impávido cómo violaban a la chica, o robaban a la vieja, o atracaban al tendero de la esquina, échalo al olvido porque no va contigo. Y además, ¡sé ciudadano posmoderno! ¿acaso no pagas tus impuestos para que la policía se ocupe de esas cosas? Por esos mismos días y en un pequeño pueblo de la Ribera Alta levantina, un chico de apenas 23 años, de cara redonda y conciencia inmensa, se movió al oír cómo le daban de hostias impunemente y en medio de la estación a una joven. El agresor tenía el tamaño de un armario pero allá se fue con su voluntad de joven estudiante de derecho – de los que creen, por supuesto-, y apenas si le dio tiempo a preguntarle a ella si necesitaba ayuda, porque el armario se disparó, le dio un trompazo y le dejó como un mueble sobre el andén. Allí se quedó, muerto. Se llamaba Daniel Oliver Llorente, y cuando llegaron las urgencias se encontraron al agresor que le movía los brazos gritándole: “Tío, no me hagas esto, aguanta, no te mueras”. Pero murió, como en el verso de Vallejo, y del agresor no sabemos más que se llamaba David y dos siglas de apellidos. Por supuesto uno está en la calle y el otro en el cementerio. Miwa Buene, congoleño, 42 años, traductor de una ONG, se encontró un mal día en Alcalá de Henares a un energúmeno que se llamaba Roberto, uno de eso arcángeles que se consideran, y así se lo dijo al alcalde, hartos “de putos negros y putos inmigrantes en su ciudad”. Le curtió de lo lindo y ahora Miwa el congoleño reside parapléjico en el hospital de Toledo y el otro libre para proclamar la defensa de Occidente. Nuestra justicia es de clase, quiero decir que es de clase A, de clase B, o de clase incierta, pero es de clase y los jueces se limitan a aplicarla. ¿Quién podría reprocharles que también tuvieran miedo? A lo mejor no es de ahora y viene de lejos. Los refranes, que son la quintaesencia de las miserias populares, están llenos de referencias al miedo, siempre elogiosas. Ensalzadores del valor, apenas si conozco alguno.
>Elogio social del miedo
>
Perplejo. La sociedad se conmociona ante dos escenas simultáneas, la de un descerebrado convertido en arrogante canalla que golpea a una joven indefensa, con alevosía e impunidad, y en un segundo plano, acompañando la escena como un fondo musical, un tipo acojonado porque el destino está dubitativo y aún no ha decidido si las hostias le van a caer sólo a la chica o también le tocarán a él, que nunca se sabe lo que puede ocurrir cuando las bestias se desatan. Le cayeron a la chica, es obvio, porque la gente basura siempre bascula hacia lo más fácil. Es algo más que ira lo que siento al escribir estas líneas, es vergüenza. No del tipo, que forma parte de esa especie a extinguir, repito a extinguir, y dejo la fórmula a los psicólogos y a los jueces, y de la que me importa una higa si su madre lo abandonó cuando era chico, y si su padre era alcohólico, ni si su abuela lo adoraba y le limpiaba las vomitadas cuando volvía a casa. De toda esa historia del lumpen despreciable y la agresión impune, retengo el gesto de sus colegas tomando con una cámara la imagen de los periodistas que seguían al nota, para intimidarles.
Basura como él, pero basura solidaria. Un respeto, porque si se invirtieran los papeles nadie con tanta audacia haría cosa semejante por nosotros.
Podríamos decir que pertenecer a una mafia es hoy la mejor garantía de solidaridad.
Ahora resulta que los enterados del asunto nos aseguran que casos como éste ocurren todos los días. ¿No me diga? ¿Y qué hacen ustedes para evitarlo si ni siquiera nos lo cuentan?
No creo que la gente sea consciente de lo que significa esta miserable historia ocurrida en un vagón de metro, entre un golfo y una joven ecuatoriana con presencia de un testigo, un joven argentino, a quien los dioses concedieron el privilegio de verlo y sufrir por ello. Primero la fecha. ¿Por qué nadie nos ha explicado la razón por la que un suceso ocurrido el 7 de octubre, a las diez y pico de la noche, se hace público el 23, casi dos semanas más tarde? ¿Qué pasó en el ínterin? ¿Por qué nos lo dan así, en bruto, y no nos cuentan qué ocurrió entre la Guardia Civil y los jueces de guardia, y cómo fue posible que ese jeta saliera arrogante y seguro para afrontar la historia, como un héroe de mierda y con patillas?
No hay razones jurídicas para que ese tal Sergi Xavier Martín Martínez esté detenido desde el mismo momento de la agresión, y ¿saben por qué? ¿Porque la agredida es mujer, ecuatoriana, acojonada, no estudió filología hispánica ni catalana, y menos aún un máster en el IESE? Les puedo asegurar, jugándome la patilla, que si le hubieran dado de hostias a una juez, no habría discusión posible porque habría un párrafo del código indicado para ese caso.
El motivo por el que ese espécimen con instinto criminal no está en el trullo a la espera de juicio es un descuido, una equivocación de la víctima, porque las víctimas son de naturaleza torpe y no acaban de entender el rigor cívico de nuestros jueces y letrados. Una vez apaleada, nuestra chica ecuatoriana debía de haber ido, fíjense en el modo del verbo, “debía de haber ido” a un centro de salud pública donde le fijaran sobre papel las heridas infligidas por el sujeto de marras, y una vez obtenido el documento en el que figuraban las señales, con el papelito bien agarrado en la mano, la ecuatoriana debía luego personarse en la comisaría más cercana y allí, adentrándose en la amabilidad habitual de esos departamentos, depositar sus datos y poner la pertinente denuncia. Entonces sí, el buen juez podría dormir tranquilo y sin ningún problema jurídico de conciencia, retener en prisión al que agredió, insultó y humilló a una muchacha que llevará perpetuamente esa herida.
Vivimos en una sociedad de tartufos, de cínicos desalmados. ¿O acaso no es eso lo que significa reprocharle al pobre argentino acojonado, al que le pilló el marrón metido en el metro, que deseaba mirar para otra parte y no encontrarse con la mirada del agresor, no fuera a ser que cambiara de víctima? ¡Qué valor tienen nuestros editorialistas exigiendo audacia a los testigos, al tiempo que no se atreven ni siquiera a dar los apellidos del agresor, no vaya a ser que les presente una querella por atentado a su honor! Me reconcomo pensando cómo tendrán los santísimos cojones de reprochar a un pringao que está a punto de ser forrado a hostias, o de arriesgarse a que lo maten impunemente, cuando ellos que tienen radios, periódicos, televisiones, buenos salarios, excelentes contratos blindados, y no son capaces ni de arriesgar a poner negro sobre blanco los apellidos de los delincuentes… “no vaya a ser que nos procesen y nos cueste una pasta”.
Unos días antes de esta tropelía, se podía leer en los diarios que un pederasta llamado Jordi F. C. – Fútbol Club, imagino que podría interpretarse, porque se dedicaba a ir por los campos de fútbol y atraer a niños con promesas de contratos- y hete aquí que este tipo, que operaba en Badalona – es decir, a la vuelta de la esquina-, no solamente no tiene apellidos sino que se señala que “es de origen español”, detalle críptico que no acabo de entender, porque lo más normal en Badalona es que casi todos sean de origen español, incluso alguno, creo yo y sin ofender, posiblemente sea hasta español, pero lo que me conmueve hasta el grito es que se trata “de uno de los delincuentes más maquiavélicos y peligrosos del país”. Pero no se da su filiación, ni su foto, porque una cosa es advertir y otra correr riesgos. En definitiva, vivimos en una sociedad que privilegia el miedo. Está en nuestra cultura y mucho más en nuestra época. El individualista romántico murió hace ya muchos años y hoy se educa a la gente no para ser individuos, sino para tropa. Sé desconfiado y fiel a la familia, al menos hasta que llegue el momento de la herencia. Sobre todo, no destaques ni llames la atención. Desde pequeños te advierten que no debes distinguirte, y si bien a las mamás y a los papás les gusta mucho la leyenda de Mozart, versión Pushkin-Milos Forman, mejor abstenerse porque eso está muy bien en el cine pero la vida, ay la vida. Si presencias un atraco, te recomiendan que te eches al suelo y que lo entregues todo. Si asistes a un accidente de tráfico, trata de salir pitando y que no te hagan testigo. Si estás en el lugar de una agresión, di que no la viste porque estabas distraído, y si te apuran mucho en un incidente callejero y has contemplado impávido cómo violaban a la chica, o robaban a la vieja, o atracaban al tendero de la esquina, échalo al olvido porque no va contigo. Y además, ¡sé ciudadano posmoderno! ¿acaso no pagas tus impuestos para que la policía se ocupe de esas cosas? Por esos mismos días y en un pequeño pueblo de la Ribera Alta levantina, un chico de apenas 23 años, de cara redonda y conciencia inmensa, se movió al oír cómo le daban de hostias impunemente y en medio de la estación a una joven. El agresor tenía el tamaño de un armario pero allá se fue con su voluntad de joven estudiante de derecho – de los que creen, por supuesto-, y apenas si le dio tiempo a preguntarle a ella si necesitaba ayuda, porque el armario se disparó, le dio un trompazo y le dejó como un mueble sobre el andén. Allí se quedó, muerto. Se llamaba Daniel Oliver Llorente, y cuando llegaron las urgencias se encontraron al agresor que le movía los brazos gritándole: “Tío, no me hagas esto, aguanta, no te mueras”. Pero murió, como en el verso de Vallejo, y del agresor no sabemos más que se llamaba David y dos siglas de apellidos. Por supuesto uno está en la calle y el otro en el cementerio. Miwa Buene, congoleño, 42 años, traductor de una ONG, se encontró un mal día en Alcalá de Henares a un energúmeno que se llamaba Roberto, uno de eso arcángeles que se consideran, y así se lo dijo al alcalde, hartos “de putos negros y putos inmigrantes en su ciudad”. Le curtió de lo lindo y ahora Miwa el congoleño reside parapléjico en el hospital de Toledo y el otro libre para proclamar la defensa de Occidente. Nuestra justicia es de clase, quiero decir que es de clase A, de clase B, o de clase incierta, pero es de clase y los jueces se limitan a aplicarla. ¿Quién podría reprocharles que también tuvieran miedo? A lo mejor no es de ahora y viene de lejos. Los refranes, que son la quintaesencia de las miserias populares, están llenos de referencias al miedo, siempre elogiosas. Ensalzadores del valor, apenas si conozco alguno.
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