>Cuando el volcán ruge demasiado a menudo
>
>Riesgo nuestro que estás en los cielos
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La pedagogía social del miedo
Paremos un momento el reloj de la costumbre y detengámonos a pensar en lo que estamos haciendo. Comencemos la secuencia. Acabo de llegar al aeropuerto y me coloco en la fila de facturación. He de pensar en el peso; me excedo o me quedo corto. No sé si el equipaje de mano me traerá problemas. ¿El frasco de la loción? Las maquinillas del afeitado ¿están permitidas? ¿Y la colonia? ¿Tiene el tamaño correcto? El agua mineral debo comprarla después de pasar los controles. ¡Los controles! Quítate la ropa – menos el pantalón y la camisa-, incluido el cinturón y probablemente – depende del día que tenga el segurata-también los zapatos. Y si aprecia un gesto esquivo, entonces te tocará los testículos, con guantes o con un cacharrillo que emite los sonidos de un perro de juguete. Pero te los toca, y el culo y todo tú entero, lo que le dé la gana, y no se te ocurra decirle que te parece una humillación, porque con toda probabilidad perderás el vuelo, y te hará saber de primera mano que allí tú eres un siervo, que debes estar callado, que por tu condición de esclavo de la modernidad más absoluta, es decir, viajar en avión, no tienes más remedio que aguantar y callar, y si quieres ejercer el derecho al onanismo – es decir, protestar- tienes unas hojitas de reclamaciones con las que sacarán brillo a los zapatos los empleados de la sección de atención al cliente.
Pero lo más alucinante aún no ha llegado, porque usted está pensando en que su equipaje de mano no le llame la atención al tipo que lo observa en la pantalla, y que la chica que le ha pedido que extienda los brazos para pasarle el aparatito por todo el cuerpo, y sin rechistar, no dé otros pitidos que aquellos que puedan explicarse. Llevo tirantes, tengo una prótesis metálica, me gusta llevar una cadenita de oro de mi mamá, en fin, las chorradas que cada cual se ha construido y que debe explicar con las manos extendidas. En general, digámoslo de una vez, usted no está inquieto por ninguna otra cosa que no sea pasar de una puta vez el control, quitarse de encima las bandejas, el tono imperioso del segurata…y al fin verse libre, ¡libre!, mientras se recoloca el reloj, va metiendo los utensilios más inverosímiles que no había detectado que eran de metal y asegurándose el cinturón como si saliera del baño… Pero respira tranquilo, ya está al otro lado de la barrera que separa los sospechosos de los normales. Si lo pensara un sólo momento no daría crédito a lo que se le ha ocurrido, pero es verdad; resulta que un segurata le ha concedido el crédito necesario para penetrar en el lugar de embarque.
Sí, sí, ya lo sé. Usted ha pagado una cantidad considerable para que le permitan viajar, pero el que le ha dado el auténtico visado de ciudadanía es un resto del naufragio de la vida, un segurata, parado hasta anteayer y al que han puesto un uniforme y unas instrucciones dignas de barracón de legionarios. Pero lo peor no ha llegado. Es posible que usted lo haya oído pero no se ha dado cuenta porque lo importante está en pasar la barrera, quedar en el lado de allá, donde uno es libre de caminar, ir a su puerta de embarque, e incluso permitirse comprar alguna cosa, si es que el establecimiento lo permite y previa muestra de la tarjeta de embarque. ¿Comunitario o extra-comunitario? O lo que es lo mismo, ¿con IVA o sin IVA? Me imagino que usted, como todo el mundo, se habrá preguntado de dónde sacarán la gente que trabaja en las tiendas que están en el lado bueno y libre del aeropuerto. ¿Ellos pasan los controles? Los vendedores de los aeropuertos son gentes especiales, de seguro, desdeñosas, como si ya lo hubieran visto todo y tú al fin y al cabo no fueras más que el cliente enésimo que trata de hacer una pregunta idiota. ¿Alguna asociación de consumidores ha controlado alguna vez las tiendas de los aeropuertos?
No es que estén libres de impuestos, es que están libres de todo.
Los aeropuertos, amigo mío, son el territorio emblemático del siglo XXI. Deberían promover excursiones de niños para que les enseñaran con todo detalle los aeropuertos. Si en el siglo XX lo habitual consistía en mostrar zoológicos y museos de ciencias naturales, yo propongo que se haga algo similar con los aeropuertos. En ellos está un condensado del siglo XXI. De sus miedos, de sus obsesiones. Pero insisto en que no ha llegado lo peor. No se habrá dado cuenta, porque estaba concentrado en el paso del control y las escenas patéticas o cómicas que lo rodean, como cuando se cruzaba la frontera de Berlín y estaban los vopos y todo el mundo ponía mala cara. Ahora no, ahora hasta los más hirsutos ejecutivos se vuelven del género lanar cuando el segurata de turno les dice con gesto imperativo, “vuelva a pasar y quítese todo lo que lleve de metal”. Como ganado, literalmente. Y ganado sumiso, porque lo hay salvaje, o eso nos contaban a los que íbamos a los museos de historia natural, ay, hace ya tantos años.
¿Y qué carajo es lo peor? Disculpe que se lo diga, porque probablemente no se ha dado cuenta. Lo más humillante para un ciudadano que se cree que el Estado vela por sus intereses se traduce en una voz susurrante e insistente que le repite, como una letanía: “Por su seguridad, mantenga sus pertenencias vigiladas en todo momento”. Es decir, que un ejército de seguratas y policías no sirven para nada mientras la voz del Gran Hermano reitera por los altavoces con tono grave, “Por su seguridad, mantenga sus pertenencias vigiladas en todo momento”. O lo que es lo mismo, no se crea que por estar en la zona de los que pueden ir por su propio pie hasta las puertas de embarque, está usted libre de un asalto, un robo, una celada. Vigile. El enemigo está a su lado. Mantenga sus bolsas agarradas, porque nadie podría evitar que se las robaran, y nosotros no tendríamos ninguna responsabilidad en su candor de inocente.
¡Mantente vigilante! Y entonces cabe preguntarse, ¿por qué aceptamos esos ejércitos de seguridades privadas, si no son capaces de garantizar nada, ni siquiera tu propio dominio? Pues muy sencillo, quizá porque sirven para mantener el miedo y el miedo no sólo guarda la viña, además otorga una sensación de seguridad a quien lo sufre. Al delincuente, es obvio, le importa una higa. Le puedo garantizar que cualquier profesional de medio pelo puede pasar el arma que desee por cualquier sistema de seguridad industrial de los aeropuertos. Ningún servicio de espionaje se toma en serio los sistemas de seguridad de los aeropuertos. Sólo sirven para intimidar al personal y darle la impresión de miedo; ese elemento fundamental en la pedagogía social del siglo XXI. Y sobre todo, nada de gestos individuales. Si protestas, hazlo en grupo, porque si te crees eso de la dignidad del individuo, te chulearán y además perderás el vuelo (y el dinero).
Fíjense si el asunto será escandaloso, que la normativa según la cual usted puede o no llevar un champú, o un biberón de niño, es uno de los secretos mejor guardados por la Unión Europea siguiendo consignas de los departamentos antiterroristas de Estados Unidos. Pero es curioso, usted cuando pisa un aeropuerto, por su seguridad, ha de convertirse en sospechoso, pero las compañías aéreas aprovechan ese afán obsesivo por la seguridad frente al terror para hacer lo que les peta. La máxima autoridad del control aéreo norteamericano acaba de tomar la decisión de suspender 4.000 vuelos, digo bien 4.000 el pasado 7 de abril, porque la arrogancia del lobby aéreo se pasaba por el arco de triunfo cualquier seguridad de vuelo. O lo que es lo mismo, mientras los ciudadanos acumulan confianza sufriendo su miedo en los controles, las compañías se atreven con la seguridad de sus pasajeros.
¡Quién nos iba a decir que el sueño totalitario del Gran Hermano que nos habla por el altavoz, y nos exige vigilancia, y nos hace responsables de su incompetencia, no era un fenómeno de la economía centralizada y del Partido único, sino de la economía de mercado en su grado más alto de desarrollo! Por su inseguridad nos piden que seamos siervos. Y nosotros, siervos, aceptamos.
>La pedagogía social del miedo
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Paremos un momento el reloj de la costumbre y detengámonos a pensar en lo que estamos haciendo. Comencemos la secuencia. Acabo de llegar al aeropuerto y me coloco en la fila de facturación. He de pensar en el peso; me excedo o me quedo corto. No sé si el equipaje de mano me traerá problemas. ¿El frasco de la loción? Las maquinillas del afeitado ¿están permitidas? ¿Y la colonia? ¿Tiene el tamaño correcto? El agua mineral debo comprarla después de pasar los controles. ¡Los controles! Quítate la ropa – menos el pantalón y la camisa-, incluido el cinturón y probablemente – depende del día que tenga el segurata-también los zapatos. Y si aprecia un gesto esquivo, entonces te tocará los testículos, con guantes o con un cacharrillo que emite los sonidos de un perro de juguete. Pero te los toca, y el culo y todo tú entero, lo que le dé la gana, y no se te ocurra decirle que te parece una humillación, porque con toda probabilidad perderás el vuelo, y te hará saber de primera mano que allí tú eres un siervo, que debes estar callado, que por tu condición de esclavo de la modernidad más absoluta, es decir, viajar en avión, no tienes más remedio que aguantar y callar, y si quieres ejercer el derecho al onanismo – es decir, protestar- tienes unas hojitas de reclamaciones con las que sacarán brillo a los zapatos los empleados de la sección de atención al cliente.
Pero lo más alucinante aún no ha llegado, porque usted está pensando en que su equipaje de mano no le llame la atención al tipo que lo observa en la pantalla, y que la chica que le ha pedido que extienda los brazos para pasarle el aparatito por todo el cuerpo, y sin rechistar, no dé otros pitidos que aquellos que puedan explicarse. Llevo tirantes, tengo una prótesis metálica, me gusta llevar una cadenita de oro de mi mamá, en fin, las chorradas que cada cual se ha construido y que debe explicar con las manos extendidas. En general, digámoslo de una vez, usted no está inquieto por ninguna otra cosa que no sea pasar de una puta vez el control, quitarse de encima las bandejas, el tono imperioso del segurata…y al fin verse libre, ¡libre!, mientras se recoloca el reloj, va metiendo los utensilios más inverosímiles que no había detectado que eran de metal y asegurándose el cinturón como si saliera del baño… Pero respira tranquilo, ya está al otro lado de la barrera que separa los sospechosos de los normales. Si lo pensara un sólo momento no daría crédito a lo que se le ha ocurrido, pero es verdad; resulta que un segurata le ha concedido el crédito necesario para penetrar en el lugar de embarque.
Sí, sí, ya lo sé. Usted ha pagado una cantidad considerable para que le permitan viajar, pero el que le ha dado el auténtico visado de ciudadanía es un resto del naufragio de la vida, un segurata, parado hasta anteayer y al que han puesto un uniforme y unas instrucciones dignas de barracón de legionarios. Pero lo peor no ha llegado. Es posible que usted lo haya oído pero no se ha dado cuenta porque lo importante está en pasar la barrera, quedar en el lado de allá, donde uno es libre de caminar, ir a su puerta de embarque, e incluso permitirse comprar alguna cosa, si es que el establecimiento lo permite y previa muestra de la tarjeta de embarque. ¿Comunitario o extra-comunitario? O lo que es lo mismo, ¿con IVA o sin IVA? Me imagino que usted, como todo el mundo, se habrá preguntado de dónde sacarán la gente que trabaja en las tiendas que están en el lado bueno y libre del aeropuerto. ¿Ellos pasan los controles? Los vendedores de los aeropuertos son gentes especiales, de seguro, desdeñosas, como si ya lo hubieran visto todo y tú al fin y al cabo no fueras más que el cliente enésimo que trata de hacer una pregunta idiota. ¿Alguna asociación de consumidores ha controlado alguna vez las tiendas de los aeropuertos?
No es que estén libres de impuestos, es que están libres de todo.
Los aeropuertos, amigo mío, son el territorio emblemático del siglo XXI. Deberían promover excursiones de niños para que les enseñaran con todo detalle los aeropuertos. Si en el siglo XX lo habitual consistía en mostrar zoológicos y museos de ciencias naturales, yo propongo que se haga algo similar con los aeropuertos. En ellos está un condensado del siglo XXI. De sus miedos, de sus obsesiones. Pero insisto en que no ha llegado lo peor. No se habrá dado cuenta, porque estaba concentrado en el paso del control y las escenas patéticas o cómicas que lo rodean, como cuando se cruzaba la frontera de Berlín y estaban los vopos y todo el mundo ponía mala cara. Ahora no, ahora hasta los más hirsutos ejecutivos se vuelven del género lanar cuando el segurata de turno les dice con gesto imperativo, “vuelva a pasar y quítese todo lo que lleve de metal”. Como ganado, literalmente. Y ganado sumiso, porque lo hay salvaje, o eso nos contaban a los que íbamos a los museos de historia natural, ay, hace ya tantos años.
¿Y qué carajo es lo peor? Disculpe que se lo diga, porque probablemente no se ha dado cuenta. Lo más humillante para un ciudadano que se cree que el Estado vela por sus intereses se traduce en una voz susurrante e insistente que le repite, como una letanía: “Por su seguridad, mantenga sus pertenencias vigiladas en todo momento”. Es decir, que un ejército de seguratas y policías no sirven para nada mientras la voz del Gran Hermano reitera por los altavoces con tono grave, “Por su seguridad, mantenga sus pertenencias vigiladas en todo momento”. O lo que es lo mismo, no se crea que por estar en la zona de los que pueden ir por su propio pie hasta las puertas de embarque, está usted libre de un asalto, un robo, una celada. Vigile. El enemigo está a su lado. Mantenga sus bolsas agarradas, porque nadie podría evitar que se las robaran, y nosotros no tendríamos ninguna responsabilidad en su candor de inocente.
¡Mantente vigilante! Y entonces cabe preguntarse, ¿por qué aceptamos esos ejércitos de seguridades privadas, si no son capaces de garantizar nada, ni siquiera tu propio dominio? Pues muy sencillo, quizá porque sirven para mantener el miedo y el miedo no sólo guarda la viña, además otorga una sensación de seguridad a quien lo sufre. Al delincuente, es obvio, le importa una higa. Le puedo garantizar que cualquier profesional de medio pelo puede pasar el arma que desee por cualquier sistema de seguridad industrial de los aeropuertos. Ningún servicio de espionaje se toma en serio los sistemas de seguridad de los aeropuertos. Sólo sirven para intimidar al personal y darle la impresión de miedo; ese elemento fundamental en la pedagogía social del siglo XXI. Y sobre todo, nada de gestos individuales. Si protestas, hazlo en grupo, porque si te crees eso de la dignidad del individuo, te chulearán y además perderás el vuelo (y el dinero).
Fíjense si el asunto será escandaloso, que la normativa según la cual usted puede o no llevar un champú, o un biberón de niño, es uno de los secretos mejor guardados por la Unión Europea siguiendo consignas de los departamentos antiterroristas de Estados Unidos. Pero es curioso, usted cuando pisa un aeropuerto, por su seguridad, ha de convertirse en sospechoso, pero las compañías aéreas aprovechan ese afán obsesivo por la seguridad frente al terror para hacer lo que les peta. La máxima autoridad del control aéreo norteamericano acaba de tomar la decisión de suspender 4.000 vuelos, digo bien 4.000 el pasado 7 de abril, porque la arrogancia del lobby aéreo se pasaba por el arco de triunfo cualquier seguridad de vuelo. O lo que es lo mismo, mientras los ciudadanos acumulan confianza sufriendo su miedo en los controles, las compañías se atreven con la seguridad de sus pasajeros.
¡Quién nos iba a decir que el sueño totalitario del Gran Hermano que nos habla por el altavoz, y nos exige vigilancia, y nos hace responsables de su incompetencia, no era un fenómeno de la economía centralizada y del Partido único, sino de la economía de mercado en su grado más alto de desarrollo! Por su inseguridad nos piden que seamos siervos. Y nosotros, siervos, aceptamos.
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