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>Cuando el volcán ruge demasiado a menudo

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Por Alejandro Lago, profesor del IESE-Universidad de Navarra (EL MUNDO, 26/04/10):
Tras el cierre de los aeropuertos europeos por la erupción del volcán islandés y la nube de cenizas que inundó los cielos, las aerolíneas criticaron la gestión y las decisiones tomadas por Eurocontrol. En parte suena a queja premeditada para justificar su petición de ayudas públicas, pero también pone de manifiesto que las aerolíneas quizá no hubiesen tomado la misma decisión. Es decir, querían haber volado antes. Nos preguntamos, ¿quién tenía razón? Es más, ya que este tipo de situaciones se están repitiendo con cierta frecuencia -desde el 2001 hemos tenido el 11-S, SARs, la gripe aviar y ahora el volcán-, cabe preguntarse qué debemos hacer para tomar las decisiones adecuadas en el futuro.
Nos encontramos ante un problema clásico: ante la incertidumbre por falta de datos o conocimiento, la decisión (volar o no) depende del riesgo que se esté dispuesto a asumir. Y éste depende del coste percibido sobre cada uno de los posibles desenlaces (en este caso, que haya un accidente si se vuela, o sufrir pérdidas por dejar de volar). Hablo de costes percibidos porque en una de las dimensiones no son objetivamente cuantificables (¿cuánto vale la vida de una persona?) y en la otra, porque afectan de manera diferentes a las partes involucradas. En este caso, como nadie sabe bien el efecto de las cenizas y como había vidas en juego, lo deseable desde el punto de vista social era asumir el menor riesgo posible por poca incertidumbre que existiera. Una decisión loable que como pasajeros aceptamos pero cuyo coste real lo asumen a corto plazo las aerolíneas. Una semana sin ingresos equivale fácilmente al escaso margen de beneficio que estas compañías tienen durante un año. Es fácil pues que éstas se rebelen y que estén dispuestas a asumir implícitamente un riesgo mayor.
Desde un punto de vista racional, parece que el problema podría eliminarse si fuéramos capaces de conseguir mejores modelos para poder predecir cuál es el riesgo real. Desgraciadamente, no es tan fácil. Más datos podrían reducir el nivel de incertidumbre, pero la decisión sobre si abrir el espacio aéreo sólo cambiaría si los datos fueran tan concluyentes como para reducir la probabilidad de un accidente a algo parecido a cero.
Obviamente, debemos esforzarnos en mejorar los modelos de predicción. Pero no creo que nunca podamos estar seguros al 100%. Es más, aunque consigamos un modelo fiable para el efecto de las cenizas, aparecerá otra eventualidad sobre la que no tendremos certezas. Entonces, habremos de asumir que el problema de incertidumbre es recurrente y que como sociedad preferiremos siempre no asumir riesgos y aceptar el alto coste económico de la decisión más conservadora posible. Las preguntas pues deberían ser otras. Primero, ¿qué mecanismos existen para que las aerolíneas absorban ese alto coste de una manera no disruptiva? Segundo, ¿es justo que ese alto coste debido a eventos de la naturaleza no controlables y a nuestro incuestionable respeto por la vida lo absorban sólo las compañías aéreas?
No hay soluciones claras. Podríamos pensar en un seguro, pero, desgraciadamente, ante eventos tan inciertos, ninguna aseguradora privada está dispuesta a asegurar las pérdidas. Otra alternativa es que las mismas aerolíneas se pongan de acuerdo para instaurar algún mecanismo conjunto de cobertura a largo plazo; quizá, ¿un FROB internacional al estilo bancario? Las autoridades podrían obligarlas, ya que en el entorno competitivo actual no creo que las compañías aéreas estén por la labor. De hecho, sería como poner un impuesto indirecto, que acabarían pagando todos los pasajeros pero que evitaría que, llegado el momento, las pérdidas fuesen tan disruptivas y que las compensaciones fueran más justas.
Las alternativas hoy no son muy creativas: o los gobiernos, como ya ha insinuado la UE, se hacen cargo de los gastos de alguna manera opaca y con cargo a todos los contribuyentes, o se deja a las compañías a su suerte para que sobreviva la mejor. No se trata aquí de defender una solución final, sino de plantear que seguramente este tipo de situaciones pueden ser cada vez más frecuentes. Tenemos que buscar soluciones justas y eficientes. Si hemos aceptado el debate en el sector bancario -donde, por cierto, la erupción del volcán la han provocado los mismos bancos-, ¿por qué entonces no abrirlo también en el sector aéreo?
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

mayo 2, 2010 Publicado por | seguridad aérea | Dejar un comentario

>Riesgo nuestro que estás en los cielos

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Por Ramon-Jordi Moles Plaza, director del Centre de Recerca en Governança del Risc en la UAB (EL PERIÓDICO, 22/04/10):
La nube de ceniza que ha paralizado el tráfico aéreo de Europa ha puesto en evidencia tres cuestiones: que Europa no ha resuelto la gestión de la seguridad de su espacio aéreo, que evaluación de riesgos y prevención de peligros son conceptos distintos y que el principio de precaución sirve, al menos en este caso, solo para eludir la responsabilidad política en la gestión de riesgos.
En primer lugar, la gestión de la seguridad aérea en Europa corresponde a Eurocontrol, un organismo que agrupa a 38 estados europeos, pero que precisa del aval de los ministros de Transporte para aplicar sus decisiones. No es un regulador-gestor con plenas competencias y, en este sentido, adolece –como casi todo en la Administración europea– de una complicación excesiva que genera situaciones en las que la reacción ante los peligros, por ejemplo la nube de cenizas volcánicas, puede resultar desproporcionada. Si Europa pretende ser algo, debe disponer de un modelo coherente de seguridad de la navegación aérea en su espacio. Si disponemos ya de una moneda europea, de un embrión de Ejército europeo, de un espacio económico europeo, bien podemos disponer de un Eurocontrol independiente de las estructuras civiles y militares de los estados.
En segundo lugar, evaluación de riesgos y prevención de peligros son conceptos distintos. Los riesgos son potenciales y construidos socialmente mientras que los peligros son intrínsecos a una situación o producto. La nube de ceniza es un peligro siempre que existan nube y vuelos operativos, y que coincidan en el espacio aéreo. En caso contrario, no existe peligro. Podría existir un riesgo en la medida en que podamos calcular una probabilidad de daño potencial: a mayor probabilidad y daño resultante, mayor riesgo. Para que haya riesgo también debe haber nube de cenizas y navegación aérea. Pues bien, en el tema que nos ocupa ha habido nube de cenizas, aunque no ha habido navegación aérea, lo que nos conduce a una conclusión: no han existido ni peligro ni riesgo puesto que no ha habido vuelos. ¿Cuál ha sido pues el modelo de gestión de riesgos en esta crisis? Ninguno: simple y llanamente aplicar radicalmente el principio de precaución. Un principio que se ha basado en modelos informáticos excesivamente rígidos, que no tienen en cuenta el conjunto de factores que inciden en este caso.
Así lo han constatado las compañías aéreas que han cuestionado una metodología de simulación informática que no toma en consideración comprobaciones empíricas que puedan contrastar los datos simulados. No es una cuestión menor: las mismísimas autoridades europeas del sector aéreo reconocieron que la reacción ante la nube puede haber sido desproporcionada y admitieron que los protocolos de seguridad para estos casos excepcionales podrían ser revisados. Si mantener la seguridad es una exigencia ineludible, no es menos cierto que ello es posible mediante modelos de gestión del riesgo que conlleven consecuencias menos traumáticas que las vividas estos últimos días en los aeropuertos europeos. Así, por ejemplo, el modelo de alerta estadounidense se limita a comunicar la presencia de ceniza volcánica en el aire y deja libertad a la compañía o al piloto para tomar la decisión de atravesar o no la zona. También es posible evaluar el riesgo en función de la altitud de la nube de ceniza, lo que puede permitir que los aviones sobrevuelen la zona peligrosa.
En tercer lugar, parece que una vez más nos hallamos ante la elusión de responsabilidades políticas en la gestión del riesgo, gestión que no se justifica, como debería, en la prevención de peligros, sino en la autoprotección de los políticos y gestores. En otras palabras, ante la eventualidad de un peligro, el gestor público tiende a optar por aquella opción con menor coste político, esto es, la más precavida, la más conservadora, la más paralizante, no vaya a ser que tenga que asumir como gobernante una catástrofe que hubiera podido ser evitada, aunque sea al precio de paralizar el mundo.
A pesar del principio de precaución, cuesta creer que en materia de gestión de riesgos debamos movernos en el terreno del todo o nada. Menos aún en un ámbito tan extenso como el del espacio aéreo europeo. Algo así han tenido que admitir los ministros de Transporte de la UE cuando han convalidado la decisión de Eurocontrol de una «progresiva y coordinada» apertura del espacio aéreo europeo basada en distribuirlo en tres zonas en función de su grado de afección por la nube volcánica: una primera en la que se mantiene la restricción absoluta de las operaciones, una segunda en que no se impide el tráfico aéreo, y una tercera que está libre de la nube.
Es evidente que la seguridad es prioritaria, aunque los gestores públicos –europeos y estatales– deben ser conscientes de que el perjuicio para las compañías aéreas, los usuarios, la sociedad y la economía en general es enorme y debe ser evaluado coherentemente en los procesos de gestión de riesgos, también de los que están en nuestros cielos.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

abril 29, 2010 Publicado por | seguridad aérea | Dejar un comentario

La pedagogía social del miedo

Por Gregorio Morán (LA VANGUARDIA, 19/04/08):

Paremos un momento el reloj de la costumbre y detengámonos a pensar en lo que estamos haciendo. Comencemos la secuencia. Acabo de llegar al aeropuerto y me coloco en la fila de facturación. He de pensar en el peso; me excedo o me quedo corto. No sé si el equipaje de mano me traerá problemas. ¿El frasco de la loción? Las maquinillas del afeitado ¿están permitidas? ¿Y la colonia? ¿Tiene el tamaño correcto? El agua mineral debo comprarla después de pasar los controles. ¡Los controles! Quítate la ropa – menos el pantalón y la camisa-, incluido el cinturón y probablemente – depende del día que tenga el segurata-también los zapatos. Y si aprecia un gesto esquivo, entonces te tocará los testículos, con guantes o con un cacharrillo que emite los sonidos de un perro de juguete. Pero te los toca, y el culo y todo tú entero, lo que le dé la gana, y no se te ocurra decirle que te parece una humillación, porque con toda probabilidad perderás el vuelo, y te hará saber de primera mano que allí tú eres un siervo, que debes estar callado, que por tu condición de esclavo de la modernidad más absoluta, es decir, viajar en avión, no tienes más remedio que aguantar y callar, y si quieres ejercer el derecho al onanismo – es decir, protestar- tienes unas hojitas de reclamaciones con las que sacarán brillo a los zapatos los empleados de la sección de atención al cliente.

Pero lo más alucinante aún no ha llegado, porque usted está pensando en que su equipaje de mano no le llame la atención al tipo que lo observa en la pantalla, y que la chica que le ha pedido que extienda los brazos para pasarle el aparatito por todo el cuerpo, y sin rechistar, no dé otros pitidos que aquellos que puedan explicarse. Llevo tirantes, tengo una prótesis metálica, me gusta llevar una cadenita de oro de mi mamá, en fin, las chorradas que cada cual se ha construido y que debe explicar con las manos extendidas. En general, digámoslo de una vez, usted no está inquieto por ninguna otra cosa que no sea pasar de una puta vez el control, quitarse de encima las bandejas, el tono imperioso del segurata…y al fin verse libre, ¡libre!, mientras se recoloca el reloj, va metiendo los utensilios más inverosímiles que no había detectado que eran de metal y asegurándose el cinturón como si saliera del baño… Pero respira tranquilo, ya está al otro lado de la barrera que separa los sospechosos de los normales. Si lo pensara un sólo momento no daría crédito a lo que se le ha ocurrido, pero es verdad; resulta que un segurata le ha concedido el crédito necesario para penetrar en el lugar de embarque.

Sí, sí, ya lo sé. Usted ha pagado una cantidad considerable para que le permitan viajar, pero el que le ha dado el auténtico visado de ciudadanía es un resto del naufragio de la vida, un segurata, parado hasta anteayer y al que han puesto un uniforme y unas instrucciones dignas de barracón de legionarios. Pero lo peor no ha llegado. Es posible que usted lo haya oído pero no se ha dado cuenta porque lo importante está en pasar la barrera, quedar en el lado de allá, donde uno es libre de caminar, ir a su puerta de embarque, e incluso permitirse comprar alguna cosa, si es que el establecimiento lo permite y previa muestra de la tarjeta de embarque. ¿Comunitario o extra-comunitario? O lo que es lo mismo, ¿con IVA o sin IVA? Me imagino que usted, como todo el mundo, se habrá preguntado de dónde sacarán la gente que trabaja en las tiendas que están en el lado bueno y libre del aeropuerto. ¿Ellos pasan los controles? Los vendedores de los aeropuertos son gentes especiales, de seguro, desdeñosas, como si ya lo hubieran visto todo y tú al fin y al cabo no fueras más que el cliente enésimo que trata de hacer una pregunta idiota. ¿Alguna asociación de consumidores ha controlado alguna vez las tiendas de los aeropuertos?

No es que estén libres de impuestos, es que están libres de todo.

Los aeropuertos, amigo mío, son el territorio emblemático del siglo XXI. Deberían promover excursiones de niños para que les enseñaran con todo detalle los aeropuertos. Si en el siglo XX lo habitual consistía en mostrar zoológicos y museos de ciencias naturales, yo propongo que se haga algo similar con los aeropuertos. En ellos está un condensado del siglo XXI. De sus miedos, de sus obsesiones. Pero insisto en que no ha llegado lo peor. No se habrá dado cuenta, porque estaba concentrado en el paso del control y las escenas patéticas o cómicas que lo rodean, como cuando se cruzaba la frontera de Berlín y estaban los vopos y todo el mundo ponía mala cara. Ahora no, ahora hasta los más hirsutos ejecutivos se vuelven del género lanar cuando el segurata de turno les dice con gesto imperativo, “vuelva a pasar y quítese todo lo que lleve de metal”. Como ganado, literalmente. Y ganado sumiso, porque lo hay salvaje, o eso nos contaban a los que íbamos a los museos de historia natural, ay, hace ya tantos años.

¿Y qué carajo es lo peor? Disculpe que se lo diga, porque probablemente no se ha dado cuenta. Lo más humillante para un ciudadano que se cree que el Estado vela por sus intereses se traduce en una voz susurrante e insistente que le repite, como una letanía: “Por su seguridad, mantenga sus pertenencias vigiladas en todo momento”. Es decir, que un ejército de seguratas y policías no sirven para nada mientras la voz del Gran Hermano reitera por los altavoces con tono grave, “Por su seguridad, mantenga sus pertenencias vigiladas en todo momento”. O lo que es lo mismo, no se crea que por estar en la zona de los que pueden ir por su propio pie hasta las puertas de embarque, está usted libre de un asalto, un robo, una celada. Vigile. El enemigo está a su lado. Mantenga sus bolsas agarradas, porque nadie podría evitar que se las robaran, y nosotros no tendríamos ninguna responsabilidad en su candor de inocente.

¡Mantente vigilante! Y entonces cabe preguntarse, ¿por qué aceptamos esos ejércitos de seguridades privadas, si no son capaces de garantizar nada, ni siquiera tu propio dominio? Pues muy sencillo, quizá porque sirven para mantener el miedo y el miedo no sólo guarda la viña, además otorga una sensación de seguridad a quien lo sufre. Al delincuente, es obvio, le importa una higa. Le puedo garantizar que cualquier profesional de medio pelo puede pasar el arma que desee por cualquier sistema de seguridad industrial de los aeropuertos. Ningún servicio de espionaje se toma en serio los sistemas de seguridad de los aeropuertos. Sólo sirven para intimidar al personal y darle la impresión de miedo; ese elemento fundamental en la pedagogía social del siglo XXI. Y sobre todo, nada de gestos individuales. Si protestas, hazlo en grupo, porque si te crees eso de la dignidad del individuo, te chulearán y además perderás el vuelo (y el dinero).

Fíjense si el asunto será escandaloso, que la normativa según la cual usted puede o no llevar un champú, o un biberón de niño, es uno de los secretos mejor guardados por la Unión Europea siguiendo consignas de los departamentos antiterroristas de Estados Unidos. Pero es curioso, usted cuando pisa un aeropuerto, por su seguridad, ha de convertirse en sospechoso, pero las compañías aéreas aprovechan ese afán obsesivo por la seguridad frente al terror para hacer lo que les peta. La máxima autoridad del control aéreo norteamericano acaba de tomar la decisión de suspender 4.000 vuelos, digo bien 4.000 el pasado 7 de abril, porque la arrogancia del lobby aéreo se pasaba por el arco de triunfo cualquier seguridad de vuelo. O lo que es lo mismo, mientras los ciudadanos acumulan confianza sufriendo su miedo en los controles, las compañías se atreven con la seguridad de sus pasajeros.

¡Quién nos iba a decir que el sueño totalitario del Gran Hermano que nos habla por el altavoz, y nos exige vigilancia, y nos hace responsables de su incompetencia, no era un fenómeno de la economía centralizada y del Partido único, sino de la economía de mercado en su grado más alto de desarrollo! Por su inseguridad nos piden que seamos siervos. Y nosotros, siervos, aceptamos.

abril 21, 2008 Publicado por | seguridad aérea | Dejar un comentario

>La pedagogía social del miedo

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Por Gregorio Morán (LA VANGUARDIA, 19/04/08):

Paremos un momento el reloj de la costumbre y detengámonos a pensar en lo que estamos haciendo. Comencemos la secuencia. Acabo de llegar al aeropuerto y me coloco en la fila de facturación. He de pensar en el peso; me excedo o me quedo corto. No sé si el equipaje de mano me traerá problemas. ¿El frasco de la loción? Las maquinillas del afeitado ¿están permitidas? ¿Y la colonia? ¿Tiene el tamaño correcto? El agua mineral debo comprarla después de pasar los controles. ¡Los controles! Quítate la ropa – menos el pantalón y la camisa-, incluido el cinturón y probablemente – depende del día que tenga el segurata-también los zapatos. Y si aprecia un gesto esquivo, entonces te tocará los testículos, con guantes o con un cacharrillo que emite los sonidos de un perro de juguete. Pero te los toca, y el culo y todo tú entero, lo que le dé la gana, y no se te ocurra decirle que te parece una humillación, porque con toda probabilidad perderás el vuelo, y te hará saber de primera mano que allí tú eres un siervo, que debes estar callado, que por tu condición de esclavo de la modernidad más absoluta, es decir, viajar en avión, no tienes más remedio que aguantar y callar, y si quieres ejercer el derecho al onanismo – es decir, protestar- tienes unas hojitas de reclamaciones con las que sacarán brillo a los zapatos los empleados de la sección de atención al cliente.

Pero lo más alucinante aún no ha llegado, porque usted está pensando en que su equipaje de mano no le llame la atención al tipo que lo observa en la pantalla, y que la chica que le ha pedido que extienda los brazos para pasarle el aparatito por todo el cuerpo, y sin rechistar, no dé otros pitidos que aquellos que puedan explicarse. Llevo tirantes, tengo una prótesis metálica, me gusta llevar una cadenita de oro de mi mamá, en fin, las chorradas que cada cual se ha construido y que debe explicar con las manos extendidas. En general, digámoslo de una vez, usted no está inquieto por ninguna otra cosa que no sea pasar de una puta vez el control, quitarse de encima las bandejas, el tono imperioso del segurata…y al fin verse libre, ¡libre!, mientras se recoloca el reloj, va metiendo los utensilios más inverosímiles que no había detectado que eran de metal y asegurándose el cinturón como si saliera del baño… Pero respira tranquilo, ya está al otro lado de la barrera que separa los sospechosos de los normales. Si lo pensara un sólo momento no daría crédito a lo que se le ha ocurrido, pero es verdad; resulta que un segurata le ha concedido el crédito necesario para penetrar en el lugar de embarque.

Sí, sí, ya lo sé. Usted ha pagado una cantidad considerable para que le permitan viajar, pero el que le ha dado el auténtico visado de ciudadanía es un resto del naufragio de la vida, un segurata, parado hasta anteayer y al que han puesto un uniforme y unas instrucciones dignas de barracón de legionarios. Pero lo peor no ha llegado. Es posible que usted lo haya oído pero no se ha dado cuenta porque lo importante está en pasar la barrera, quedar en el lado de allá, donde uno es libre de caminar, ir a su puerta de embarque, e incluso permitirse comprar alguna cosa, si es que el establecimiento lo permite y previa muestra de la tarjeta de embarque. ¿Comunitario o extra-comunitario? O lo que es lo mismo, ¿con IVA o sin IVA? Me imagino que usted, como todo el mundo, se habrá preguntado de dónde sacarán la gente que trabaja en las tiendas que están en el lado bueno y libre del aeropuerto. ¿Ellos pasan los controles? Los vendedores de los aeropuertos son gentes especiales, de seguro, desdeñosas, como si ya lo hubieran visto todo y tú al fin y al cabo no fueras más que el cliente enésimo que trata de hacer una pregunta idiota. ¿Alguna asociación de consumidores ha controlado alguna vez las tiendas de los aeropuertos?

No es que estén libres de impuestos, es que están libres de todo.

Los aeropuertos, amigo mío, son el territorio emblemático del siglo XXI. Deberían promover excursiones de niños para que les enseñaran con todo detalle los aeropuertos. Si en el siglo XX lo habitual consistía en mostrar zoológicos y museos de ciencias naturales, yo propongo que se haga algo similar con los aeropuertos. En ellos está un condensado del siglo XXI. De sus miedos, de sus obsesiones. Pero insisto en que no ha llegado lo peor. No se habrá dado cuenta, porque estaba concentrado en el paso del control y las escenas patéticas o cómicas que lo rodean, como cuando se cruzaba la frontera de Berlín y estaban los vopos y todo el mundo ponía mala cara. Ahora no, ahora hasta los más hirsutos ejecutivos se vuelven del género lanar cuando el segurata de turno les dice con gesto imperativo, “vuelva a pasar y quítese todo lo que lleve de metal”. Como ganado, literalmente. Y ganado sumiso, porque lo hay salvaje, o eso nos contaban a los que íbamos a los museos de historia natural, ay, hace ya tantos años.

¿Y qué carajo es lo peor? Disculpe que se lo diga, porque probablemente no se ha dado cuenta. Lo más humillante para un ciudadano que se cree que el Estado vela por sus intereses se traduce en una voz susurrante e insistente que le repite, como una letanía: “Por su seguridad, mantenga sus pertenencias vigiladas en todo momento”. Es decir, que un ejército de seguratas y policías no sirven para nada mientras la voz del Gran Hermano reitera por los altavoces con tono grave, “Por su seguridad, mantenga sus pertenencias vigiladas en todo momento”. O lo que es lo mismo, no se crea que por estar en la zona de los que pueden ir por su propio pie hasta las puertas de embarque, está usted libre de un asalto, un robo, una celada. Vigile. El enemigo está a su lado. Mantenga sus bolsas agarradas, porque nadie podría evitar que se las robaran, y nosotros no tendríamos ninguna responsabilidad en su candor de inocente.

¡Mantente vigilante! Y entonces cabe preguntarse, ¿por qué aceptamos esos ejércitos de seguridades privadas, si no son capaces de garantizar nada, ni siquiera tu propio dominio? Pues muy sencillo, quizá porque sirven para mantener el miedo y el miedo no sólo guarda la viña, además otorga una sensación de seguridad a quien lo sufre. Al delincuente, es obvio, le importa una higa. Le puedo garantizar que cualquier profesional de medio pelo puede pasar el arma que desee por cualquier sistema de seguridad industrial de los aeropuertos. Ningún servicio de espionaje se toma en serio los sistemas de seguridad de los aeropuertos. Sólo sirven para intimidar al personal y darle la impresión de miedo; ese elemento fundamental en la pedagogía social del siglo XXI. Y sobre todo, nada de gestos individuales. Si protestas, hazlo en grupo, porque si te crees eso de la dignidad del individuo, te chulearán y además perderás el vuelo (y el dinero).

Fíjense si el asunto será escandaloso, que la normativa según la cual usted puede o no llevar un champú, o un biberón de niño, es uno de los secretos mejor guardados por la Unión Europea siguiendo consignas de los departamentos antiterroristas de Estados Unidos. Pero es curioso, usted cuando pisa un aeropuerto, por su seguridad, ha de convertirse en sospechoso, pero las compañías aéreas aprovechan ese afán obsesivo por la seguridad frente al terror para hacer lo que les peta. La máxima autoridad del control aéreo norteamericano acaba de tomar la decisión de suspender 4.000 vuelos, digo bien 4.000 el pasado 7 de abril, porque la arrogancia del lobby aéreo se pasaba por el arco de triunfo cualquier seguridad de vuelo. O lo que es lo mismo, mientras los ciudadanos acumulan confianza sufriendo su miedo en los controles, las compañías se atreven con la seguridad de sus pasajeros.

¡Quién nos iba a decir que el sueño totalitario del Gran Hermano que nos habla por el altavoz, y nos exige vigilancia, y nos hace responsables de su incompetencia, no era un fenómeno de la economía centralizada y del Partido único, sino de la economía de mercado en su grado más alto de desarrollo! Por su inseguridad nos piden que seamos siervos. Y nosotros, siervos, aceptamos.

abril 21, 2008 Publicado por | seguridad aérea | Dejar un comentario

   

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