>Sarkozy se estrella con sus símbolos
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Una se llama Rama Yade: nació en Senegal y llegó a Francia con 10 años. El padre abandonó a la familia al poco tiempo y regresó a África. La madre, una historiadora a la que no convalidaron el título, sacó adelante a sus cuatro hijos cuidando niños de otros y limpiando casas. La hija más brillante se nacionalizó francesa a los 18 años y a los 25 se licenció en Ciencias Políticas. A los 31, Nicolas Sarkozy la nombró secretaria de Estado de los Derechos del Hombre y meses después, con el cargo recién estrenado, lloraba de emoción cuando, en una sesión de la ONU, el secretario general Ban Ki-moon la miró al referirse a la postura de Francia en un asunto internacional. Llegó a afirmar que su héroe preferido era “Sarkozy, aunque cuando él lo oiga se ría”.
Ahora no cuenta mucho en el Gobierno. Tampoco para el presidente.
La otra se llama Rachida Dati, es más conocida que Yade y, como ésta, se convirtió en el símbolo de la Francia diversa al ser nombrada ministra de Justicia. Ya Sarkozy había avisado de la importancia de este asunto al presentarse en la campaña electoral, apelando a los orígenes húngaros de su padre, como “un francés con mezcla de sangres”. Dati, también, como Yade, procede de una familia pobre, no francesa y numerosa: su padre es un albañil argelino y su madre era una mujer marroquí casi analfabeta. Rachida también idolatraba a Sarkozy. Ahora, un libro reciente, titulado Bel-Ami, escrito por los periodistas especializados Michaël Darmon e Ives Deral, certifica que su menguante estrella política se encuentra al borde de la extinción. De paso, la describe como un personaje ambicioso, obsesionado desde la adolescencia por el poder, experta en mezclar lo afectivo y lo profesional para aprovecharse a la hora de subir un escalón. La foto de la portada está bien elegida: muestra a Dati, con la mirada fija en un punto que sólo ella ve, abriéndose paso casi a codazos entre dos hombres de esmoquin.
Amiga personal de Cécilia Sarkozy, la anterior esposa del presidente de la República, Dati jugó a tres bandas al servir a la pareja de confidente amoroso y de paño de lágrimas mientras se atornillaba al primer círculo del poder. De hecho, Sarkozy le comunicó que iba a ser ministra estando Cécilia delante. Dati comenzó a sollozar de emoción al oír la noticia. La ex mujer de Sarkozy, según el libro citado, trató de contenerla:
-No llores. Ya sabes que a Nicolas no le gustan las mujeres que lloran.
Durante mucho tiempo, tanto Yade como Dati, que no se soportan por diferencia de caracteres y celos profesionales, han encarnado en decenas de portadas y de programas de televisión la cara más atrayente y novedosa del Gobierno multicolor de Francia.
Hasta diciembre.
Fue entonces cuando Sarkozy, en un avión rumbo a Polonia, propuso a Yade, por segunda vez, que dejara el puesto de secretaria de Estado de los Derechos del Hombre para integrar las listas del UMP en las elecciones europeas de junio. Yade no dijo nada, pero tanto el presidente como los colaboradores que se encontraban presentes en la conversación entendieron que aceptaba. El chasco fue inmenso cuando días después Yade, en una entrevista televisada, aseguraba que había rechazado el ofrecimiento del presidente y que prefería quedarse como estaba. Los colaboradores de Sarkozy aseguraron que éste montó en cólera y que llamó a su protegida cinco minutos después de que terminara la entrevista para echarle una bronca monumental.
Yade siempre se ha caracterizado por hablar claro. Incluso ha metido a la diplomacia francesa en algún lío por hacerlo. Una vez, después de estrechar la mano a Gaddafi cuando éste visitó Francia, aseguró después a los periodistas: “Hay gestos que obligan a uno a ir enseguida a lavarse las manos”.
Amiga, pues, de no morderse la lengua, cuando le preguntaron por qué rechazó la oferta de Sarkozy volvió a responder en Le Nouvel Observateur: “Me hicieron una pregunta y respondí. Luego me dicen que ésa no es la respuesta adecuada: para eso no merece la pena hacer preguntas”. Sarkozy replicó en un Consejo de Ministros: “Aquí es difícil subir y muy fácil bajar”.
Desde entonces, Yade languidece en su cargo consciente de haber decepcionado al hombre más poderoso de Francia y en otro tiempo su héroe político.
A Dati, en enero, también le propuso Sarkozy, y también por segunda vez, integrar las listas europeas. Por entonces, el potencial político de la hija del albañil era casi inexistente debido a sus excesos mediáticos y a su incompetencia a la hora de gobernar un ministerio que se le cuarteaba por todos los lados. Es famosa una frase que Sarkozy pronunció en presencia de un grupo de ministros: “Debe trabajar más: se habla más de su embarazo que de lo que hace en el ministerio”.
Dati, a diferencia de Yade, aceptó. Tal vez no le quedaba otra opción. En unos meses abandonará el Gobierno.
Mientras tanto, Sarkozy buscaba a alguien que ocupara la plaza de símbolo multiétnico que Dati y Yade habían dejado vacía. Pensó en un personaje peculiar, un jugador de futbol retirado recientemente, inteligente y culto, Lilian Thuram, al que le propuso, en diciembre, convertirse en ministro de la Diversidad en el próximo cambio de Gobierno. El ex defensa central de la selección francesa, que había criticado la política de inmigración de Sarkozy varias veces, se negó, según confesó hace dos semanas en Le Monde, “por razones evidentes”.
En enero se produjo un baile de ministros. Brice Hortefeux, ministro de Inmigración, dejaba el puesto para pasar a Asuntos Sociales. Tal vez harto de perseguir símbolos raciales que acababan volviéndose contra él, el presidente decidió cambiar de táctica.
Eligió, para hacerse con la crucial política de la inmigración, a un político experimentado y peculiar de biografía particular a quien, en el Partido Socialista francés, todos conocen como El traidor. Eric Besson, economista, nacido en Marruecos, de madre libanesa, residente en Francia desde los 17 años, fue durante mucho tiempo un reputado dirigente socialista hasta que en plena campaña electoral de 2007 desertó del equipo de Ségolène Royal y se pasó al bando de Sarkozy. Royal, despechada, se preguntó públicamente para minimizar la deserción:
-¿Pero quién es este Besson?
Besson, despechado a su vez, redactó a toda prisa un libro-venganza que se titulaba: ¿Pero quién es Ségolène Royal?
Sus ex compañeros le llaman sin disimulo Judas; sus nuevos compañeros coinciden en la valía intelectual del nuevo ministro. Hace unos días, Sarkozy le nombró también adjunto a la Secretaría General de su partido, la UPM. Besson sube. Dati y Yade bajan. El presidente de la República confía más en la fidelidad del llamado traidor que en los símbolos que él levantó y luego dejó caer.
>France’s Whirlwind of Change
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Remember this, Mr. President of the United States of America: You may have regrets about things you were not able to finish in office. But only winners, like you and like me, ever get the chance to change their nations.
Nicolas Sarkozy ended a farewell toast to George W. Bush at an informal dinner Friday night with that stunning mix of leaderly consolation and bravado. I paraphrase slightly the French president’s words to capture their essence, which tells you more about the speaker — and his future — than about the visiting guest of honor and his past.
It could hardly be otherwise in a France dominated for the past year by Sarkozy’s tumultuous presidency and his equally turbulent personality. In France today, there are no conventional politics. There is only Sarkozy. He monopolizes and amalgamates the political, the cultural and the show-business spheres of his country as few men ever have done in any country.
“France is moving, Mr. President of the United States of America. France is changing,” Sarkozy said in another verbal manifestation of his insatiable longing to transform his tradition-bound society. But Sarkozy again deployed terms that described him more accurately than they did their ostensible subject, France.
His need to be constantly in motion, to change settings and to command others was on display as he guided Bush briskly from table to table to shake hands with his 100 or so guests at the Elysee Palace.
“Hold on,” the American president said at one point, “we haven’t said hello to these folks over here,” as he eluded Sarkozy’s grip to stroll over to another table. He also told his host not to be so quick to write his political obituary: “I still have six months and a lot of things to get done.”
While Sarkozy has not succeeded in changing much about France yet, he has recently changed his own ways — and his standing with a severely disenchanted public. Aided by Carla Bruni, the attractive, clever first lady who sat beside Bush at dinner, Sarkozy has driven his public approval ratings from Bushian levels of 30 percent and lower back above 40 percent and counting.
The still-unfolding revival of Sarkozy’s popularity allows him to relaunch the overhaul of a calcified government and the far-reaching economic reforms he promised in last year’s presidential campaign. Yesterday, he unveiled a firm commitment to bring France back into NATO’s military structure as part of the most radical changes in French defense policy and structures since Charles de Gaulle adopted the force de frappe as a nuclear arsenal in 1958.
Sarkozy must hope that the drama of policy battles over such issues will replace the melodrama of his personal life. The newly omnivorous French media feasted on Sarkozy’s very public and messy divorce last October and his remarriage in February to Bruni, a former model who is now one of France’s leading pop singers. Her next album, due out in July, is drawing front-page coverage for lyrics about cocaine that are hardly first-lady-like.
“The Elysee has become the backdrop for a show that is ‘Desperate Housewives,’ ‘The West Wing’ and ‘24′ all rolled into one,” says novelist and commentator Philippe Labro, who credits Bruni’s own ambition and shrewd marketing skills with helping Sarkozy get back on track.
She seems to calm him and contribute to a more reflective, presidential image. Standing beside Bruni after the Bushes left the Elysee, Sarkozy’s kinetic physicality seemed for a rare moment to shift into neutral.
He will need all the calm she can provide now that the well-insulated French military establishment has learned the details of a vast reorganization proposed in a massive white paper drawn up by a 35-member commission appointed a year ago.
The armed forces will be given the task of identifying and fighting terrorist networks at home (and in Africa) as a priority, instead of concentrating on territorial defense. Redundant bases will be closed, an expensive new aircraft carrier and new jet fighters have been put on hold to finance the restructuring and global deployment of intervention forces, and Sarkozy has declared that France “will now participate fully in NATO,” four decades after de Gaulle withdrew from the alliance’s command structure and ordered American troops off French soil.
As an important element of his comeback, Sarkozy is essentially adopting a Sept. 11 Commission report before a French Sept. 11 occurs. He is giving France, and its allies, change they should believe in and actively support.
France’s Whirlwind of Change
Remember this, Mr. President of the United States of America: You may have regrets about things you were not able to finish in office. But only winners, like you and like me, ever get the chance to change their nations.
Nicolas Sarkozy ended a farewell toast to George W. Bush at an informal dinner Friday night with that stunning mix of leaderly consolation and bravado. I paraphrase slightly the French president’s words to capture their essence, which tells you more about the speaker — and his future — than about the visiting guest of honor and his past.
It could hardly be otherwise in a France dominated for the past year by Sarkozy’s tumultuous presidency and his equally turbulent personality. In France today, there are no conventional politics. There is only Sarkozy. He monopolizes and amalgamates the political, the cultural and the show-business spheres of his country as few men ever have done in any country.
“France is moving, Mr. President of the United States of America. France is changing,” Sarkozy said in another verbal manifestation of his insatiable longing to transform his tradition-bound society. But Sarkozy again deployed terms that described him more accurately than they did their ostensible subject, France.
His need to be constantly in motion, to change settings and to command others was on display as he guided Bush briskly from table to table to shake hands with his 100 or so guests at the Elysee Palace.
“Hold on,” the American president said at one point, “we haven’t said hello to these folks over here,” as he eluded Sarkozy’s grip to stroll over to another table. He also told his host not to be so quick to write his political obituary: “I still have six months and a lot of things to get done.”
While Sarkozy has not succeeded in changing much about France yet, he has recently changed his own ways — and his standing with a severely disenchanted public. Aided by Carla Bruni, the attractive, clever first lady who sat beside Bush at dinner, Sarkozy has driven his public approval ratings from Bushian levels of 30 percent and lower back above 40 percent and counting.
The still-unfolding revival of Sarkozy’s popularity allows him to relaunch the overhaul of a calcified government and the far-reaching economic reforms he promised in last year’s presidential campaign. Yesterday, he unveiled a firm commitment to bring France back into NATO’s military structure as part of the most radical changes in French defense policy and structures since Charles de Gaulle adopted the force de frappe as a nuclear arsenal in 1958.
Sarkozy must hope that the drama of policy battles over such issues will replace the melodrama of his personal life. The newly omnivorous French media feasted on Sarkozy’s very public and messy divorce last October and his remarriage in February to Bruni, a former model who is now one of France’s leading pop singers. Her next album, due out in July, is drawing front-page coverage for lyrics about cocaine that are hardly first-lady-like.
“The Elysee has become the backdrop for a show that is ‘Desperate Housewives,’ ‘The West Wing’ and ‘24′ all rolled into one,” says novelist and commentator Philippe Labro, who credits Bruni’s own ambition and shrewd marketing skills with helping Sarkozy get back on track.
She seems to calm him and contribute to a more reflective, presidential image. Standing beside Bruni after the Bushes left the Elysee, Sarkozy’s kinetic physicality seemed for a rare moment to shift into neutral.
He will need all the calm she can provide now that the well-insulated French military establishment has learned the details of a vast reorganization proposed in a massive white paper drawn up by a 35-member commission appointed a year ago.
The armed forces will be given the task of identifying and fighting terrorist networks at home (and in Africa) as a priority, instead of concentrating on territorial defense. Redundant bases will be closed, an expensive new aircraft carrier and new jet fighters have been put on hold to finance the restructuring and global deployment of intervention forces, and Sarkozy has declared that France “will now participate fully in NATO,” four decades after de Gaulle withdrew from the alliance’s command structure and ordered American troops off French soil.
As an important element of his comeback, Sarkozy is essentially adopting a Sept. 11 Commission report before a French Sept. 11 occurs. He is giving France, and its allies, change they should believe in and actively support.
>El divorcio entre Sarkozy y los franceses
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¿Cómo se pasa, en un año, del 53 por ciento de los votos a un 20 por ciento de aceptación en los sondeos? Este hundimiento de Nicolas Sarkozy preocupa a los franceses: ¿cómo se va a mantener durante cuatro años este Presidente que parece haber perdido toda credibilidad? Las explicaciones ad hóminem de esta caída (el Presidente de los oropeles no sería digno de su función) me parecen de lo menos convincentes. ¿Y su vida privada? Su sonoro divorcio, seguido por un tercer matrimonio con una antigua modelo reciclada como cantante, ha ofendido a los de más edad y a los más conservadores; pero la nueva mujer de Sarkozy se ha vuelto tan discreta como elegante. Ha pasado el momento de las locuras y su marido no sube en los sondeos. Hay que buscar en otra parte.
El argumento defensivo de los partidarios de Sarkozy es que paga con una impopularidad provisional la temeridad de las reformas necesarias; los resultados beneficiosos no aparecerán hasta el final de su mandato. Este alegato sería convincente si las reformas fueran auténticas. Pero nos parece que son falsas y que ahí reside la verdadera causa de su impopularidad. Al mantener un discurso reformista, el Presidente disgusta a los partidarios del statu quo; al no emprender las reformas que pregona, decepciona igualmente a los partidarios del cambio.
¿De qué reformas se trata? No hay ninguna palabra tan ambigua, tal y como se comprueba actualmente en Estados Unidos, donde todos los candidatos defienden el cambio sin concretar su contenido.
El caso francés está más claro. Francia desaprovechó el giro que dio en los años ochenta; desde entonces, no consigue recuperarse de su pérdida de dinamismo. A principios de los años ochenta, la globalización, el hundimiento del modelo socialista y la comunicación instantánea a través de internet definieron un paisaje económico radicalmente nuevo: adaptarse exigió reducir las funciones del Estado, aceptar la flexibilidad de los mercados y responsabilizar a los individuos. Los que se sumaron a este modelo liberal, desde los bálticos hasta los chinos, obtuvieron beneficios evidentes. Los que se sumaron a medias, como Alemania o Japón, apenas superan el estancamiento. Francia es la excepción: el crecimiento económico sigue siendo satisfactorio gracias al capital acumulado y a la calidad de las aproximadamente 40 empresas globalizadas que no esperan nada del Estado. Pero no ocurre nada nuevo: el Estado paraliza a los jóvenes y a los pequeños empresarios; las Universidades son de tipo soviético. Los sistemas públicos de protección social, sanidad y vejez están sin aliento. Hasta Sarkozy, ningún Presidente había abordado de frente este estancamiento francés: François Mitterrand (1981-1995) no podía liberalizar Francia puesto que era socialista. Jacques Chirac (1995-2007) no quiso hacerlo ya que era inmovilista por sistema.
Nicolas Sarkozy ha querido romper con ese statu quo; hizo una campaña claramente centrada en un programa de liberalización de la economía. Una vez nombrado Presidente, todo cambió: cualquier iniciativa que se asemeje al liberalismo va seguida siempre de una medida a medias o de una renuncia. Si la esquizofrenia fuera una enfermedad política, se aplicaría al método Sarkozy. Todo lo pone de manifiesto.
¿Y la elección de sus ministros? Pudo parecer hábil reclutar a ministros socialistas, pero, para conservarlos, cualquier osadía liberal está prohibida. Todas las reformas a medias demuestran esta parálisis.
Consideremos la primera iniciativa, las universidades, cuya decadencia está comprobada. Para acercarse a la experiencia estadounidense, Sarkozy proclamó su autonomía pero no su independencia. Hizo que se votara una ley que excluye la libre elección de profesores y programas y la selección de los estudiantes: autonomía, sí, competencia, no. Ahí está el mismo tipo de reforma ambigua. En privado, los sindicatos de profesores están encantados porque nada ha cambiado realmente; en público, condenan el sometimiento de la Universidad a las exigencias del capitalismo. La consecuencia inesperada de esta extraña reforma es que un colegio de representantes de los profesores, de los estudiantes y de los empleados elige ahora a los rectores de las Universidades. Estos colegios electorales, influidos de entrada por la izquierda, despiden a los rectores de tendencia liberal: así se eliminó al rector de la Sorbona porque era ostensiblemente favorable a la selección de los estudiantes.
Otra muestra significativa son los organismos modificados genéticamente (OMG). Francia es uno de los pocos países donde los agricultores, enfrentados a una coalición de ecologistas e izquierdistas, ven cómo se les deniega el derecho a sembrar OMG. Esta oposición a los OMG no sería tan vociferante si no los produjeran empresas estadounidenses. ¿Qué hace Sarkozy? En el país de Pasteur, se espera un discurso que ensalce el progreso, una llamada a las empresas francesas de biotecnología. Pero Sarkozy, antes Poncio Pilatos que Pasteur, apoya una ley que autoriza los OMG, y al mismo tiempo, supedita su utilización al control de los jueces, que velarán por el respeto al medio ambiente. Todos han ganado y perdido a la vez la batalla de los OMG: nadie puede estar satisfecho.
Otro ejemplo es el mercado laboral. El candidato Sarkozy repudiaba la insólita ley que fija la jornada laboral en 35 horas semanales. En principio, el presidente Sarkozy mantiene las 35 horas: la izquierda echa las campanas al vuelo, la derecha está desconcertada. Pero al mismo tiempo, Sarkozy multiplica las excepciones a las 35 horas, a condición de que la empresa se someta a procedimientos jurídicos bizantinos. ¿Y los sindicatos? Protestan. ¿Y los empresarios? Tiran la toalla.
Un último ejemplo: Sarkozy y la globalización. Una empresa siderúrgica readquirida por el grupo indio Mittal está amenazada con la desaparición. ¿Estimulará Sarkozy a los franceses a reconvertirse a actividades más creativas y más dignas del ingenio nacional (y de sus costes salariales)? Se precipita en Lorena, jura a los obreros que él, como Presidente, no cerrará ningún taller. ¿Cómo llega Sarkozy a reivindicar a la vez el libre comercio y el proteccionismo? ¿Cómo puede llamarse europeo y acusar al euro de ser la única causa del estancamiento francés? El descontento aumenta porque dice una cosa y luego lo contrario.
¿Cómo se explica esta renuencia a elegir, esta gran capacidad para expresar, con tanto entusiasmo, imperativos contradictorios? Una primera hipótesis es noble: cuando se ha sido elegido por la mitad de los franceses, llegar a ser el Presidente consensual de todos ellos es una tentación de la que no escapa ningún Jefe de Estado. Pero el consenso, una idea atrayente, conduce a gobernar poco: la inquietud sustituye a la decisión. Otra hipótesis, ésta más cultural, a la moda: la indecisión de Sarkozy refleja su personalidad posmoderna, libre de cualquier convicción ideológica. Sarkozy es un hombre de su tiempo, a imagen de la sociedad. ¿Acaso no se ha convertido todo en lo equivalente a su contrario? Así, el presidente Sarkozy ha conservado completamente el protocolo monárquico instaurado por el General De Gaulle en 1959, pero corre en pantalones cortos por los jardines del Palacio. Sarkozy llamapragmatismo a esta asociación de los contrarios. Niega que siga habiendo una división entre la derecha y la izquierda; ya sólo existen los partidarios del cambio, por un lado, y los del inmovilismo, por el otro. ¿Pero de qué cambio habla?
El pragmatismo, cuando no está afianzado en una visión clara y definida de la sociedad, condena a la ambigüedad y a lo imprevisible. Sarkozy era ambiguo: tenía que serlo para ganar las elecciones. Se convirtió en imprevisible y esto es más preocupante. Francia tiene un capitán; navega sin brújula; su destino es desconocido. Y los franceses están mareados.
El divorcio entre Sarkozy y los franceses
¿Cómo se pasa, en un año, del 53 por ciento de los votos a un 20 por ciento de aceptación en los sondeos? Este hundimiento de Nicolas Sarkozy preocupa a los franceses: ¿cómo se va a mantener durante cuatro años este Presidente que parece haber perdido toda credibilidad? Las explicaciones ad hóminem de esta caída (el Presidente de los oropeles no sería digno de su función) me parecen de lo menos convincentes. ¿Y su vida privada? Su sonoro divorcio, seguido por un tercer matrimonio con una antigua modelo reciclada como cantante, ha ofendido a los de más edad y a los más conservadores; pero la nueva mujer de Sarkozy se ha vuelto tan discreta como elegante. Ha pasado el momento de las locuras y su marido no sube en los sondeos. Hay que buscar en otra parte.
El argumento defensivo de los partidarios de Sarkozy es que paga con una impopularidad provisional la temeridad de las reformas necesarias; los resultados beneficiosos no aparecerán hasta el final de su mandato. Este alegato sería convincente si las reformas fueran auténticas. Pero nos parece que son falsas y que ahí reside la verdadera causa de su impopularidad. Al mantener un discurso reformista, el Presidente disgusta a los partidarios del statu quo; al no emprender las reformas que pregona, decepciona igualmente a los partidarios del cambio.
¿De qué reformas se trata? No hay ninguna palabra tan ambigua, tal y como se comprueba actualmente en Estados Unidos, donde todos los candidatos defienden el cambio sin concretar su contenido.
El caso francés está más claro. Francia desaprovechó el giro que dio en los años ochenta; desde entonces, no consigue recuperarse de su pérdida de dinamismo. A principios de los años ochenta, la globalización, el hundimiento del modelo socialista y la comunicación instantánea a través de internet definieron un paisaje económico radicalmente nuevo: adaptarse exigió reducir las funciones del Estado, aceptar la flexibilidad de los mercados y responsabilizar a los individuos. Los que se sumaron a este modelo liberal, desde los bálticos hasta los chinos, obtuvieron beneficios evidentes. Los que se sumaron a medias, como Alemania o Japón, apenas superan el estancamiento. Francia es la excepción: el crecimiento económico sigue siendo satisfactorio gracias al capital acumulado y a la calidad de las aproximadamente 40 empresas globalizadas que no esperan nada del Estado. Pero no ocurre nada nuevo: el Estado paraliza a los jóvenes y a los pequeños empresarios; las Universidades son de tipo soviético. Los sistemas públicos de protección social, sanidad y vejez están sin aliento. Hasta Sarkozy, ningún Presidente había abordado de frente este estancamiento francés: François Mitterrand (1981-1995) no podía liberalizar Francia puesto que era socialista. Jacques Chirac (1995-2007) no quiso hacerlo ya que era inmovilista por sistema.
Nicolas Sarkozy ha querido romper con ese statu quo; hizo una campaña claramente centrada en un programa de liberalización de la economía. Una vez nombrado Presidente, todo cambió: cualquier iniciativa que se asemeje al liberalismo va seguida siempre de una medida a medias o de una renuncia. Si la esquizofrenia fuera una enfermedad política, se aplicaría al método Sarkozy. Todo lo pone de manifiesto.
¿Y la elección de sus ministros? Pudo parecer hábil reclutar a ministros socialistas, pero, para conservarlos, cualquier osadía liberal está prohibida. Todas las reformas a medias demuestran esta parálisis.
Consideremos la primera iniciativa, las universidades, cuya decadencia está comprobada. Para acercarse a la experiencia estadounidense, Sarkozy proclamó su autonomía pero no su independencia. Hizo que se votara una ley que excluye la libre elección de profesores y programas y la selección de los estudiantes: autonomía, sí, competencia, no. Ahí está el mismo tipo de reforma ambigua. En privado, los sindicatos de profesores están encantados porque nada ha cambiado realmente; en público, condenan el sometimiento de la Universidad a las exigencias del capitalismo. La consecuencia inesperada de esta extraña reforma es que un colegio de representantes de los profesores, de los estudiantes y de los empleados elige ahora a los rectores de las Universidades. Estos colegios electorales, influidos de entrada por la izquierda, despiden a los rectores de tendencia liberal: así se eliminó al rector de la Sorbona porque era ostensiblemente favorable a la selección de los estudiantes.
Otra muestra significativa son los organismos modificados genéticamente (OMG). Francia es uno de los pocos países donde los agricultores, enfrentados a una coalición de ecologistas e izquierdistas, ven cómo se les deniega el derecho a sembrar OMG. Esta oposición a los OMG no sería tan vociferante si no los produjeran empresas estadounidenses. ¿Qué hace Sarkozy? En el país de Pasteur, se espera un discurso que ensalce el progreso, una llamada a las empresas francesas de biotecnología. Pero Sarkozy, antes Poncio Pilatos que Pasteur, apoya una ley que autoriza los OMG, y al mismo tiempo, supedita su utilización al control de los jueces, que velarán por el respeto al medio ambiente. Todos han ganado y perdido a la vez la batalla de los OMG: nadie puede estar satisfecho.
Otro ejemplo es el mercado laboral. El candidato Sarkozy repudiaba la insólita ley que fija la jornada laboral en 35 horas semanales. En principio, el presidente Sarkozy mantiene las 35 horas: la izquierda echa las campanas al vuelo, la derecha está desconcertada. Pero al mismo tiempo, Sarkozy multiplica las excepciones a las 35 horas, a condición de que la empresa se someta a procedimientos jurídicos bizantinos. ¿Y los sindicatos? Protestan. ¿Y los empresarios? Tiran la toalla.
Un último ejemplo: Sarkozy y la globalización. Una empresa siderúrgica readquirida por el grupo indio Mittal está amenazada con la desaparición. ¿Estimulará Sarkozy a los franceses a reconvertirse a actividades más creativas y más dignas del ingenio nacional (y de sus costes salariales)? Se precipita en Lorena, jura a los obreros que él, como Presidente, no cerrará ningún taller. ¿Cómo llega Sarkozy a reivindicar a la vez el libre comercio y el proteccionismo? ¿Cómo puede llamarse europeo y acusar al euro de ser la única causa del estancamiento francés? El descontento aumenta porque dice una cosa y luego lo contrario.
¿Cómo se explica esta renuencia a elegir, esta gran capacidad para expresar, con tanto entusiasmo, imperativos contradictorios? Una primera hipótesis es noble: cuando se ha sido elegido por la mitad de los franceses, llegar a ser el Presidente consensual de todos ellos es una tentación de la que no escapa ningún Jefe de Estado. Pero el consenso, una idea atrayente, conduce a gobernar poco: la inquietud sustituye a la decisión. Otra hipótesis, ésta más cultural, a la moda: la indecisión de Sarkozy refleja su personalidad posmoderna, libre de cualquier convicción ideológica. Sarkozy es un hombre de su tiempo, a imagen de la sociedad. ¿Acaso no se ha convertido todo en lo equivalente a su contrario? Así, el presidente Sarkozy ha conservado completamente el protocolo monárquico instaurado por el General De Gaulle en 1959, pero corre en pantalones cortos por los jardines del Palacio. Sarkozy llamapragmatismo a esta asociación de los contrarios. Niega que siga habiendo una división entre la derecha y la izquierda; ya sólo existen los partidarios del cambio, por un lado, y los del inmovilismo, por el otro. ¿Pero de qué cambio habla?
El pragmatismo, cuando no está afianzado en una visión clara y definida de la sociedad, condena a la ambigüedad y a lo imprevisible. Sarkozy era ambiguo: tenía que serlo para ganar las elecciones. Se convirtió en imprevisible y esto es más preocupante. Francia tiene un capitán; navega sin brújula; su destino es desconocido. Y los franceses están mareados.
>Sarkozy, año I
>
Con ocasión del primer aniversario de la elección de Nicolas Sarkozy para la presidencia francesa, ¿qué balance cabe extraer de su política?
El rasgo más espectacular se refiere indudablemente a la mejora de las relaciones con Estados Unidos. En este sentido, se ha cumplido el objetivo preferente de Sarkozy. Resta por conocer si Francia obtendrá el beneficio esperado. Las relaciones franco-estadounidenses se habían degradado notablemente a raíz de la oposición de Jacques Chirac a la guerra de Iraq, aunque este último había procedido a una reconciliación con Washington desde el 2005. París y Washington colaboraron estrechamente en los temas de Irán, Líbano o Afganistán. A Chirac se le demonizó en EE. UU. Sarkozy ha optado por gestos espectaculares: vacaciones estivales en EE. UU., picnic en el rancho de Bush, discurso ante el Congreso, y refuerzo de las tropas francesas en Afganistán y voluntad de reintegración de Francia en la OTAN.
Algunos se han sorprendido de que Sarkozy haya optado por aproximarse a Bush cuando este está desacreditado, incluso en Estados Unidos. Pero Nicolas Sarkozy ha apostado por “comprar a la baja” juzgando que sus gestos espectaculares pueden granjearle popularidad en su país y entre los responsables políticos estadounidenses.
Francia participaba ya en la mayoría de los comités militares de la OTAN; su reintegración plena, por tanto, es básicamente simbólica. Pero en diplomacia los símbolos cuentan. Sería menester obtener de Washington concesiones palpables sobre la defensa europea. Ya no bastarán simples promesas verbales estadounidenses. Sobre Afganistán, es innegable el riesgo de hundirse en el cenagal. ¿Resultará que es necesario un refuerzo de la presencia francesa – cuando se evocó su retirada en la campaña electoral francesa- sin garantías sobre la estrategia que aplicará EE. UU. y que por ahora ha fracasado?
La máxima puntuación de Nicolas Sarkozy, en todo caso, se ha registrado en la cuestión de la construcción europea. Desde el fracaso del referéndum de mayo del 2005 existía un bloqueo institucional que pudo desencallarse merced a la adopción de un minitratado. Es posible que Sarkozy haya irritado a algunos de sus homólogos. Las capitales europeas han podido juzgar que el dinamismo del que hacía gala París era una forma de llevar el agua a su molino, se tratara del tratado de Lisboa, la liberación de las enfermeras búlgaras encarceladas en Libia o el proyecto de una Unión Mediterránea.
Sobre África, el balance se suaviza. Se acoge negativamente la política de inmigración de Francia. El asunto de El Arca de Zoé – aunque el Gobierno no haya tenido implicación alguna- ha hecho estragos en la opinión pública africana en general.
En Oriente Medio, Sarkozy se reafirma como amigo de Israel, aunque a decir verdad ningún presidente se ha presentado como enemigo del Estado hebreo. La diferencia estriba en que Sarkozy es positivamente apreciado en Israel, lo que no ocurría con Chirac. No ha dejado de manifestar, de todos modos, el carácter capital del conflicto palestino-israelí, circunstancia que no suele darse en los incondicionales de Israel. Francia, sin embargo, se mostrará menos emprendedora y dinámica en la cuestión palestina y no presionará a Israel. Europa y el mundo occidental ya no tendrán tanto a Francia como abogada de la causa palestina. Sarkozy, sin embargo, pretende mantener buenas relaciones, sobre todo comerciales, con los países árabes. Rusos y chinos temían un cuestionamiento de las buenas relaciones que mantenían con Francia, a la vista de las declaraciones de campaña de Sarkozy. Tales relaciones apenas han cambiado.
La diferencia más significativa entre las declaraciones de campaña y la política del presidente se aprecia en el capítulo de los derechos humanos. En campaña, Sarkozy recalcó que sería el presidente de los derechos humanos, que nunca sacrificaría en aras de los intereses de Francia. Censuraba la política excesivamente comercial de Francia. Pero, una vez elegido, no hemos visto ninguna ruptura, sino una gran continuidad. El candidato cedió con excesiva facilidad a las tentaciones de significarse en este sentido y pesó sin duda el espejismo de poder llamar a capítulo a los países del Sur sobre la cuestión de la democracia. Un presidente no es el responsable de una ONG y el Sur, a su vez, suele reprochar a los países occidentales su geometría variable sobre los derechos humanos. Sarkozy prefiere abordar cuestiones emblemáticas – las enfermeras búlgaras, Ingrid Betancourt- importantes desde el punto de vista humano pero que no definen por sí solas una política de derechos humanos.
Sarkozy reivindica la pertenencia de Francia al mundo occidental. Y convendría preguntarse por la idea de las relaciones internacionales que ello implica. ¿Visión multilateral o voluntad de dominio, por más que revestida de un discurso sobre la exportación de valores? Es evidente que la respuesta variará según McCain u Obama ganen en EE. UU. A partir de entonces, ¿no le interesaría a Francia mantener márgenes de maniobra autónomos?
Sarkozy, año I
Con ocasión del primer aniversario de la elección de Nicolas Sarkozy para la presidencia francesa, ¿qué balance cabe extraer de su política?
El rasgo más espectacular se refiere indudablemente a la mejora de las relaciones con Estados Unidos. En este sentido, se ha cumplido el objetivo preferente de Sarkozy. Resta por conocer si Francia obtendrá el beneficio esperado. Las relaciones franco-estadounidenses se habían degradado notablemente a raíz de la oposición de Jacques Chirac a la guerra de Iraq, aunque este último había procedido a una reconciliación con Washington desde el 2005. París y Washington colaboraron estrechamente en los temas de Irán, Líbano o Afganistán. A Chirac se le demonizó en EE. UU. Sarkozy ha optado por gestos espectaculares: vacaciones estivales en EE. UU., picnic en el rancho de Bush, discurso ante el Congreso, y refuerzo de las tropas francesas en Afganistán y voluntad de reintegración de Francia en la OTAN.
Algunos se han sorprendido de que Sarkozy haya optado por aproximarse a Bush cuando este está desacreditado, incluso en Estados Unidos. Pero Nicolas Sarkozy ha apostado por “comprar a la baja” juzgando que sus gestos espectaculares pueden granjearle popularidad en su país y entre los responsables políticos estadounidenses.
Francia participaba ya en la mayoría de los comités militares de la OTAN; su reintegración plena, por tanto, es básicamente simbólica. Pero en diplomacia los símbolos cuentan. Sería menester obtener de Washington concesiones palpables sobre la defensa europea. Ya no bastarán simples promesas verbales estadounidenses. Sobre Afganistán, es innegable el riesgo de hundirse en el cenagal. ¿Resultará que es necesario un refuerzo de la presencia francesa – cuando se evocó su retirada en la campaña electoral francesa- sin garantías sobre la estrategia que aplicará EE. UU. y que por ahora ha fracasado?
La máxima puntuación de Nicolas Sarkozy, en todo caso, se ha registrado en la cuestión de la construcción europea. Desde el fracaso del referéndum de mayo del 2005 existía un bloqueo institucional que pudo desencallarse merced a la adopción de un minitratado. Es posible que Sarkozy haya irritado a algunos de sus homólogos. Las capitales europeas han podido juzgar que el dinamismo del que hacía gala París era una forma de llevar el agua a su molino, se tratara del tratado de Lisboa, la liberación de las enfermeras búlgaras encarceladas en Libia o el proyecto de una Unión Mediterránea.
Sobre África, el balance se suaviza. Se acoge negativamente la política de inmigración de Francia. El asunto de El Arca de Zoé – aunque el Gobierno no haya tenido implicación alguna- ha hecho estragos en la opinión pública africana en general.
En Oriente Medio, Sarkozy se reafirma como amigo de Israel, aunque a decir verdad ningún presidente se ha presentado como enemigo del Estado hebreo. La diferencia estriba en que Sarkozy es positivamente apreciado en Israel, lo que no ocurría con Chirac. No ha dejado de manifestar, de todos modos, el carácter capital del conflicto palestino-israelí, circunstancia que no suele darse en los incondicionales de Israel. Francia, sin embargo, se mostrará menos emprendedora y dinámica en la cuestión palestina y no presionará a Israel. Europa y el mundo occidental ya no tendrán tanto a Francia como abogada de la causa palestina. Sarkozy, sin embargo, pretende mantener buenas relaciones, sobre todo comerciales, con los países árabes. Rusos y chinos temían un cuestionamiento de las buenas relaciones que mantenían con Francia, a la vista de las declaraciones de campaña de Sarkozy. Tales relaciones apenas han cambiado.
La diferencia más significativa entre las declaraciones de campaña y la política del presidente se aprecia en el capítulo de los derechos humanos. En campaña, Sarkozy recalcó que sería el presidente de los derechos humanos, que nunca sacrificaría en aras de los intereses de Francia. Censuraba la política excesivamente comercial de Francia. Pero, una vez elegido, no hemos visto ninguna ruptura, sino una gran continuidad. El candidato cedió con excesiva facilidad a las tentaciones de significarse en este sentido y pesó sin duda el espejismo de poder llamar a capítulo a los países del Sur sobre la cuestión de la democracia. Un presidente no es el responsable de una ONG y el Sur, a su vez, suele reprochar a los países occidentales su geometría variable sobre los derechos humanos. Sarkozy prefiere abordar cuestiones emblemáticas – las enfermeras búlgaras, Ingrid Betancourt- importantes desde el punto de vista humano pero que no definen por sí solas una política de derechos humanos.
Sarkozy reivindica la pertenencia de Francia al mundo occidental. Y convendría preguntarse por la idea de las relaciones internacionales que ello implica. ¿Visión multilateral o voluntad de dominio, por más que revestida de un discurso sobre la exportación de valores? Es evidente que la respuesta variará según McCain u Obama ganen en EE. UU. A partir de entonces, ¿no le interesaría a Francia mantener márgenes de maniobra autónomos?
>Dany "El Rojo" Mayo del 68 ¿ Y el anarquismo de "entonces"?
>
Nacido en Montauban, en una familia de emigrantes judíos alemanes, estudia en Alemania y vuelve a Francia para matricularse en la Facultad de Sociología de la Universidad de Nanterre, cerca de París. Allí se convierte en uno de los principales protagonistas de Mayo del 68. Después se dedicó a la escritura y hoy es eurodiputado por Los Verdes.
Daniel Cohn-Bendit (Montauban, 1945) empezó siendo rojo -de hecho, fue Dany el Rojo, el anarquista del 68, el líder estudiantil del Mayo francés- y terminó en el partido de Los Verdes. Desde mediados de los años noventa es europarlamentario. Ahora copreside el grupo ecologista de Bruselas. Fundó, junto a Joschka Fischer, ex ministro de Exteriores germano, este partido en Alemania. El Mayo francés fue una revuelta que enfrentó a estudiantes con la República burguesa del general De Gaulle. Daniel Cohn-Bendit entonces era alumno de la Universidad de Nanterre. Tras el conflicto el Gobierno galo decidió expulsarlo del país en el que había nacido, por extranjero. No pudo regresar hasta 1978.
Desde hace algunas semanas el extrarradio parisino se ha convertido en el escenario de una revuelta multitudinaria que se ha extendido por toda Francia. La solución para acabar con ella ha sido el decreto de estado de emergencia por parte del Gobierno de Dominique de Villepin y de su ministro del Interior, Nicolas Sarkozy.
Las razones de esta revuelta van desde el descontento de los jóvenes por un futuro incierto al rechazo a los extranjeros por el hecho de ser extranjeros. De todo esto habla el político franco-alemán en su despacho, en el Parlamento de Bruselas.
-Nicolas Sarkozy ha dicho que los extranjeros han sido los protagonistas de las revueltas en los extrarradios franceses.
-No lo ha podido demostrar. Los que han actuado en los suburbios de las ciudades franceses no eran extranjeros. La mayor parte de los implicados es francesa. Los argelinos o marroquíes detenidos tenían permiso de residencia. Lo que ha hecho el ministro del Interior ha sido poner en marcha una doble vara de medir que, al final, carece de sentido. Los descontentos son franceses, es lo único que está claro.
-También declaró este ministro que los implicados eran delincuentes conocidos.
-Tampoco es cierto. El 80% de los procesados por estas razones en los tribunales no tenía antecedentes penales.
-¿Qué opina del decreto de estado de emergencia dictado recientemente?
-Es injustificado. Con esta medida se permiten la investigación y la entrada en domicilios privados sin autorización judicial. El Gobierno francés hace como si hiciera algo, cuando en realidad no sabe cómo actuar. Estas medidas sólo confirman la marginalización de parte de la población.
-¿Sarkozy y Villepin aprovechan electoralmente este asunto de los suburbios franceses?
-No creo. Villepin y Sarkozy están de acuerdo en todo. Las respuestas dadas desde el Gobierno son unívocas. Es como el policía bueno y el policía malo, uno sacude y el otro le da el cigarrillo. Los dos buscan que confiese el detenido.
-¿Quién es el policía malo?
-Sarkozy, Sarkozy.
-¿Qué papel le queda a la extrema derecha?
-Este tipo de revuelta violenta, no cabe duda, alimenta la fobia de la sociedad francesa hacia los extranjeros y refuerza las ideas y actitudes de la extrema derecha.
-¿Los sucesos son una revolución?
-No estoy seguro. Hablar de movimiento revolucionario cuando nos estamos refiriendo a lo que pasa ahora en Francia no me parece un término ajustado.
-¿Qué es esto entonces?
-El fruto de la desintegración social, de la marginación, un grito violento y suicida.
-¿A qué deberíamos llamar revolución en 2005?
-Ni idea. Las revoluciones surgen cuando los problemas que existen la sociedad no es capaz de darles solución. ¿Se podrán dar ahora más revoluciones? No tengo una bola de cristal.
-Esta juventud francesa de los extrarradios y la que se levantó bajo su liderazgo en 1968, ¿son la misma?
-Los jóvenes, la juventud nunca es igual, no puede ser. Es más difícil ser joven hoy que en mi época, en el 68. Hablo, claro, de lo que conozco, de la juventud en Francia, no en España. Durante el Mayo francés hubo un levantamiento porque teníamos la impresión de que existía un mundo más abierto que no conocíamos. Ahora existe una serie de preocupaciones como la mundialización, el declive ecológico, el sida… Parece que no existe un verdadero futuro para los jóvenes. Por eso surge la angustia, no lo podemos olvidar. Es más difícil ser joven ahora que cuando lo era yo.
La Nueva España, 10/12/05
Dany "El Rojo" Mayo del 68 ¿ Y el anarquismo de "entonces"?
Nacido en Montauban, en una familia de emigrantes judíos alemanes, estudia en Alemania y vuelve a Francia para matricularse en la Facultad de Sociología de la Universidad de Nanterre, cerca de París. Allí se convierte en uno de los principales protagonistas de Mayo del 68. Después se dedicó a la escritura y hoy es eurodiputado por Los Verdes.
Daniel Cohn-Bendit (Montauban, 1945) empezó siendo rojo -de hecho, fue Dany el Rojo, el anarquista del 68, el líder estudiantil del Mayo francés- y terminó en el partido de Los Verdes. Desde mediados de los años noventa es europarlamentario. Ahora copreside el grupo ecologista de Bruselas. Fundó, junto a Joschka Fischer, ex ministro de Exteriores germano, este partido en Alemania. El Mayo francés fue una revuelta que enfrentó a estudiantes con la República burguesa del general De Gaulle. Daniel Cohn-Bendit entonces era alumno de la Universidad de Nanterre. Tras el conflicto el Gobierno galo decidió expulsarlo del país en el que había nacido, por extranjero. No pudo regresar hasta 1978.
Desde hace algunas semanas el extrarradio parisino se ha convertido en el escenario de una revuelta multitudinaria que se ha extendido por toda Francia. La solución para acabar con ella ha sido el decreto de estado de emergencia por parte del Gobierno de Dominique de Villepin y de su ministro del Interior, Nicolas Sarkozy.
Las razones de esta revuelta van desde el descontento de los jóvenes por un futuro incierto al rechazo a los extranjeros por el hecho de ser extranjeros. De todo esto habla el político franco-alemán en su despacho, en el Parlamento de Bruselas.
-Nicolas Sarkozy ha dicho que los extranjeros han sido los protagonistas de las revueltas en los extrarradios franceses.
-No lo ha podido demostrar. Los que han actuado en los suburbios de las ciudades franceses no eran extranjeros. La mayor parte de los implicados es francesa. Los argelinos o marroquíes detenidos tenían permiso de residencia. Lo que ha hecho el ministro del Interior ha sido poner en marcha una doble vara de medir que, al final, carece de sentido. Los descontentos son franceses, es lo único que está claro.
-También declaró este ministro que los implicados eran delincuentes conocidos.
-Tampoco es cierto. El 80% de los procesados por estas razones en los tribunales no tenía antecedentes penales.
-¿Qué opina del decreto de estado de emergencia dictado recientemente?
-Es injustificado. Con esta medida se permiten la investigación y la entrada en domicilios privados sin autorización judicial. El Gobierno francés hace como si hiciera algo, cuando en realidad no sabe cómo actuar. Estas medidas sólo confirman la marginalización de parte de la población.
-¿Sarkozy y Villepin aprovechan electoralmente este asunto de los suburbios franceses?
-No creo. Villepin y Sarkozy están de acuerdo en todo. Las respuestas dadas desde el Gobierno son unívocas. Es como el policía bueno y el policía malo, uno sacude y el otro le da el cigarrillo. Los dos buscan que confiese el detenido.
-¿Quién es el policía malo?
-Sarkozy, Sarkozy.
-¿Qué papel le queda a la extrema derecha?
-Este tipo de revuelta violenta, no cabe duda, alimenta la fobia de la sociedad francesa hacia los extranjeros y refuerza las ideas y actitudes de la extrema derecha.
-¿Los sucesos son una revolución?
-No estoy seguro. Hablar de movimiento revolucionario cuando nos estamos refiriendo a lo que pasa ahora en Francia no me parece un término ajustado.
-¿Qué es esto entonces?
-El fruto de la desintegración social, de la marginación, un grito violento y suicida.
-¿A qué deberíamos llamar revolución en 2005?
-Ni idea. Las revoluciones surgen cuando los problemas que existen la sociedad no es capaz de darles solución. ¿Se podrán dar ahora más revoluciones? No tengo una bola de cristal.
-Esta juventud francesa de los extrarradios y la que se levantó bajo su liderazgo en 1968, ¿son la misma?
-Los jóvenes, la juventud nunca es igual, no puede ser. Es más difícil ser joven hoy que en mi época, en el 68. Hablo, claro, de lo que conozco, de la juventud en Francia, no en España. Durante el Mayo francés hubo un levantamiento porque teníamos la impresión de que existía un mundo más abierto que no conocíamos. Ahora existe una serie de preocupaciones como la mundialización, el declive ecológico, el sida… Parece que no existe un verdadero futuro para los jóvenes. Por eso surge la angustia, no lo podemos olvidar. Es más difícil ser joven ahora que cuando lo era yo.
La Nueva España, 10/12/05
>Sarkozy, del cielo al infierno en un año
>
“Su Majestad tenía la mirada sombría pero viva, aunque tirando hacia abajo; una nariz que surgía para ocupar todo el centro de la cara y el cabello oscuro y ondulado, como si fueran pequeñas olas peinadas. Cuando hablaba en público, lo que sucedía varias veces en un mismo día, se pavoneaba y se libraba a curiosas contorsiones”. Así, al modo de Saint-Simon, es como el escritor Patrick Rambaud describe a Nicolas Sarkozy en su Crónica del reino de Nicolas I (Grasset). Hoy se cumple un año desde que fue elegido presidente de Francia con un 53% de los votos frente al 47% de su contrincante, la socialista Ségolène Royal.
Aquella noche, su esposa Cecilia Ciganer, que ni siquiera se había dignado ir a votar por su marido, fue la encargada de organizar una cena para un público en cuya selección ella tuvo mucho que ver, en uno de los restaurantes más lujosos de París: Fouquet’s, situado en un palacete de los Campos Elíseos. Se ha escrito incluso un libro sobre aquella velada -uno más de los cientos publicados sobre el presidente francés-, que más que políticos y personalidades de la vida pública, reunió a ricos millonarios del estilo de Arnaud Lagardere, Vincent Bollore junto a estrellas de la farándula como Johnny Hollyday. Era el anticipo del estilo que llegaba al palacio del Elíseo: ostentatorio.
Los franceses, incluso muchos de los que no habían votado por él, se rindieron a sus pies, hipnotizados por la hiperactividad de un personaje de quien esperaban milagros, incluidos los que había prometido durante su campaña: más dinero, dicho políticamente, un aumento del poder adquisitivo. Durante la primavera y el verano su popularidad creció como la espuma alcanzando cotas desconocidas que en septiembre rozaban el 70%.
Acabó el verano y llegaron las rebajas. Desde entonces está en caída libre; su imagen, lastrada por la penosa exhibición de su vida privada, hecha añicos. El pasado 28 de abril de 2008, Nicolas Sarkozy batía todos los récords de impopularidad de un presidente en su primer año en el poder. El sondeo del instituto BVA le daba tan sólo un 32% de opiniones favorables, una caída de ocho puntos en un mes. De nada ha servido su intento, el pasado día 24 de abril, de explicarse ante sus compatriotas, reconociendo humildemente sus errores durante una hora y media en televisión, entrevistado por cinco periodistas.
Las semillas de su desplome ya estaban plantadas cuando llegó al Elíseo. Acabada la campaña electoral, el desamor que le profesaba su esposa Cécilia se hizo insoportablemente evidente. Durante el verano sucedieron dos cosas: en lo personal su mujer quería el divorcio para volver con su amante Richard Attias. En lo político estallaba la crisis financiera. El panorama económico internacional echaba abajo todos los cálculos que su equipo había hecho para relanzar el crecimiento en Francia. Lo primero le explotaba en las manos cuando, forzado y a regañadientes, aceptaba en octubre concederle el divorcio a Cécilia. Lo segundo, encendía la espiral del descontento popular, las resistencias a cualquier cambio y la sensación de que no iba a cumplir la promesa de aumentar el poder adquisitivo de los franceses.
En lo más gris del otoño, los sindicatos, crecidos, deciden plantar cara a la reforma de las pensiones especiales, los privilegios difícilmente defendibles de un colectivo de funcionarios entre los que se encuentran los trabajadores del transporte público. Es la señal para que cualquier grupo o gremio mínimamente afectado por un cambio se cierre en banda.
Sarkozy, maestro en manipular los medios de comunicación, intenta entonces crear cortinas de humo mostrando su vida privada, lo que le sirve también para reivindicar su hombría malherida tras el divorcio. Los franceses descubren que su presidente tiene una nueva novia, una mujer bellísima y elegante, nada más y nada menos que Carla Bruni, una top model reconvertida en cantante.
Y entra en una deriva de adolescente inseguro. Las imágenes de la pareja viajando por Egipto y Jordania -nada menos que en el tempo de Petra, donde su anterior esposa había estado con su amante-, sus gafas Ray-Ban Aviator de espejo, sus relojes Rolex, configuran una exhibición de poder y dinero que se desparrama por los medios de comunicación, rompiendo definitivamente el molde de la función presidencial, que en Francia tiene claros componentes monárquicos. La deriva de Sarkozy va en paralelo a la comprobación por los franceses de que su situación no sólo no mejora, sino que empeora. Tres episodios son decisivos: por dos veces insulta a ciudadanos que le provocan, sin calcular que las imágenes se expanden por Internet a la velocidad de la luz. “Baja aquí si eres hombre”, le contesta a un pescador que le ha gritado: “¡Que te den por el culo!”; “Ábrete, capullo”, le suelta con infinito desprecio a un ciudadano que se niega a saludarle. Por el contrario, permite al coronel Gadafi que se pasee a sus anchas por París humillando a la ciudadanía.
Analizar las razones del descalabro presidencial se convierte en un pasatiempo nacional. Los psicoanalistas explican en la radio y en televisión que el problema del presidente es que su objetivo nunca ha sido otro que alcanzar el poder y que, una vez conseguido, no sabe lo que hacer con él. Otros señalan que el dinero es su valor central, y que eso explica su debilidad por los ricos, el exhibicionismo que ha acabado valiéndole el mote de presidente bling bling, una expresión sacada de la cultura del hip hop, que hace referencia al ruido de los collares de oro meciéndose sobre el cuello de los cantantes de rap. El 30 de octubre se subió el sueldo un 172%, para dejarlo en 19.331 euros mensuales.
¿Ha tocado fondo? Uno de sus consejeros al Journal du Dimanche: “Nicolas ha comprendido por fin que es él quien debe adaptarse a la condición presidencial y no a la inversa”. Esas mismas fuentes aseguran que su tercera esposa, Carla Bruni, tiene mucho que ver en ello. Ahora, si hay viajes, son secretos, sin fotos ni referencias. Y cuentan que hace dos semanas, en la sala Richelieu de la Comedie Française, cuando los tres timbrazos avisaban del comienzo de la representación, una pareja ocupó silenciosamente sus asientos de primera fila. Sólo sus vecinos se dan cuenta de que son el presidente y su esposa. Dos horas más tarde, cuando acabó la representación, la pareja salió tan discretamente como había llegado. Los observadores del Elíseo le llaman a esto el efecto Carla.
Promesas rotas
Un 65% de los franceses consideran que Sarkozy no ha cumplido las promesas que hizo durante la campaña electoral; un 62%, que su proyecto es demasiado ambicioso; un 50%, que es poco creíble. Un 48% consideran que la situación económica se ha deteriorado desde que Sarkozy llegó a la presidencia; un 53%, que las medidas tomadas por el Gobierno han deteriorado su poder adquisitivo y un 80% está convencido de que un plan de austeridad es inevitable. Un 80% de los franceses piensa que Nicolas Sarkozy ha “hablado demasiado” de su vida privada al comienzo de su mandato, pero 67% consideran que ya no es este el caso ahora.
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