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>Quemado por el trabajo

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Por Ricardo Cayuela Dalmau, profesor de Psicología del Trabajo, facultad de Psicología Blanquerna (LA VANGUARDIA, 25/04/10):
La creciente incidencia en el entorno laboral de la psicopatología conocida como burn-out (“quemado por el trabajo”) recomienda orientar su difusión, incidiendo en los aspectos de prevención. Mas allá del tratamiento individual, analizando el origen de un síndrome individual, pero que implica a dos componentes; al trabajador y a la organización. En consecuencia podremos establecer criterios compartidos de intervención para prevenir esta patología desde la doble vertiente de responsabilidad.
De entre las dos decenas de definiciones de burn-out existentes, la de Gil Monte – “todo trabajador que se enciende con su trabajo, puede llegar a acabar quemándose en él”- nos permite ubicar el origen de este síndrome en la decepción que siente el trabajador al no ver logradas sus expectativas, ni compensados sus esfuerzos laborales… En cambio debe de enfrentarse a una realidad laboral muy diferente a la imaginada, lo que le desimplica progresivamente de la tarea, provocándole un intenso agotamiento emocional, en el que se mezcla la impotencia para alcanzar sus objetivos y la falta de recursos para lograrlo. Se genera así un desajuste laboral que se alarga en el tiempo controlándose de forma tardía y con mayor coste de remisión.
Un psiquiatra norteamericano, Freudenberg, buscando respuestas sobre el estrés crónico, define en el año 1974 el burn-out como una vivencia de agotamiento emocional y pérdida de interés por la actividad laboral. En 1976 Malasch se refiere al burn-out como una sobrecarga emocional en un proceso gradual de pérdida de responsabilidad profesional y desinterés por la tarea.
El burn-outes una forma de acoso psicosocial, que no se debe confundir con el mobbing. En el burn-out, el sentimiento de acoso lo constituye la propia tarea que desborda y paraliza al trabajador, quien se autopercibe sin recursos ni capacidad suficiente para reaccionar. En el mobbing el trabajador es acosado específicamente por terceros. Tampoco hay que confundir burn-out con boreout, en la medida en que una cosa es estrés en el trabajo y otra aburrimiento en el trabajo. El boreout se caracterizaría por una respuesta más controlada y adaptativa que conduciría inicialmente a contrarrestar el aburrimiento, con unas posiciones de fingimiento, engaño o disimulo. Esta desmotivación prolongada podría llegar a derivar en síntomas psicosomáticos menos controlables.
Lo que estaría ocurriendo en los episodios de burn-out se referiría a unas exigencias laborales que para el afectado no se corresponderían con el acuerdo laboral pactado entre trabajador y empresario. Los trabajadores con síndrome de burn-out se caracterizarían por una tendencia inicial a entregarse plenamente a su trabajo incluso en clave de cierto comportamiento adictivo (workaholic)que ante la progresiva decepción se suprimiría para enquistarse, dejando paso a un sentimiento de impotencia, frustración y parálisis.
Estaríamos por tanto ante un importante desnivel entre contratante y contratado, al producirse una evolución irregular entre las demandas del puesto de trabajo y las expectativas ante el mismo. Por lo tanto el burn-out además de un abordaje individual requeriría de una intervención conjunta (puesta en común de los desajustes y voluntad mutua de su revisión) en un proceso de mediación y equilibrio tutelado por un experto.
La decepción que llevaría al burn-out se evidenciaría más en periodos en los que se inicia un nuevo proyecto profesional, momento de expectativas idealizadas y promesas que luego no se materializarían. Se detectaría mayor incidencia del burnout en la asunción de turnos horarios irregulares, en los sectores de salud o de servicios, en los procesos bruscos de cambio organizativo, siendo la mujer nuevamente el colectivo mas vulnerable.
Culturas tan diferentes como la de Europa y Japón nos muestran unos parecidos efectos devastadores del que finalmente constituye un estrés agudo. En el caso de Francia, sociedad muy jerarquizada, con los recientes suicidios (24) en una misma empresa, Télécom, y en el caso de Japón, territorio marcado por el confucionismo, con la muerte súbita por karoshi (derrame cerebral o ataque al corazón) de numerosos trabajadores, en muchos casos en su mismo puesto de trabajo (media de 3.000 muertes anuales).
Vemos finalmente como el estrés laboral extremo preside dos escenarios de trabajo que, aunque diferentes, desembocan igualmente en la muerte de los afectados. Se pone en evidencia que, a pesar de las diferencias, la coincidencia en la progresiva y absoluta intolerancia ante un trabajo que resulta tan angustiante como agotador llega hasta el extremo de morir por él. Al parecer nadie podría intervenir con efectividad para prevenir y evitar esta pérdida de vidas, ni siquiera en una sociedad aparentemente tan avanzada y preocupada por los trabajadores como la nuestra.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

mayo 2, 2010 Publicado por | mercado laboral, salud | Dejar un comentario

>Una sociedad de enfermos imaginarios

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Por Felipe Fernández-Armesto, historiador y ocupa desde 2005 la cátedra Príncipe de Asturias de la Tufts University en Boston (Massachusetts, EEUU). Es autor de Los conquistadores del Horizonte. Una historia mundial de la exploración (EL MUNDO, 12/05/09):

¿Cuánto vale ese halcón que tiene debajo del mostrador? Alan Bennett, el gran escritor inglés, oyó la pregunta cuando hacía cola en una freiduría del norte de Inglaterra. Desde su puesto en la larguísima cola no podía ver el mostrador, y tuvo que echar a volar su imaginación para deducir cómo podía estar aquella noble bestia atrapada en un sitio tan insólito. ¿Qué extraña circunstancia habría llevado a un halcón a parar debajo del mostrador de una tienda inglesa de pescado empanado y patatas fritas? ¿Se habría muerto el halcón y, echando de menos el inmenso cielo había acabado allí debajo? ¿Lo había disecado el encargado para levantar el interés de los visitantes, situándolo en el mostrador de su tienda? Y, en cualquier caso, ¿cómo podía haber ocurrido aquello?

La inteligencia de Alan Bennett, por fecunda que fuese, quedó inmovilizada ante el enigma que le suponía la presencia del animal en el mostrador, y dedicó los pocos minutos que le quedaban esperando en la cola a pensar en lo difícil que es entender el mundo de hoy, tan lleno de maravillas cambiantes que se multiplican con una rapidez apabullante, sin seguir ningún patrón lógico ni obedecer a ninguna disciplina racional. Cuando llegó al mostrador, Bennett se dió cuenta de que El Halcón no era más que una marca de cerveza.

Desde que oyó la anécdota, mi mujer siempre califica como «un halcón debajo del mostrador» a cualquier aspecto del mundo que nos rodea y que consideramos incomprensible.

Y son muchos. No puedo explicarme, por ejemplo, la popularidad de McDonald’s o CocaCola; tampoco la necesidad de tanta burocracia como la que aguantan los españoles o la estupidez de los lectores de Dan Brown. Pero tal vez el aspecto más desconcertante del mundo actual, por ser el más universal, es la excesiva y mórbida preocupación por la salud.

Escribo estas líneas en plena crisis -según dicen los propagadores profesionales de noticias alarmantes- de la supuesta pandemia de la influenza porcina -o gripe A/H1N1, como debemos llamarla para no molestar a los criadores de cerdos-. Resulta que ni es una crisis, ni una pandemia, ni creo que se trate siquiera de una enfermedad grave.

Acabo de escuchar a unas señoras estadounidenses, mientras se tomaban un vinito en la sala VIP del aeropuerto londinense de Heathrow, asegurar que, para tomar precauciones, ni siquiera van a hablar con un mexicano antes de que la enfermedad desaparezca. En el Reino Unido, donde cuando concluyo este texto hay aproximadamente media docena de enfermos, ninguno de ellos gravemente afectado, el Gobierno va a distribuir un panfleto en todos los hogares del país para informar a los ciudadanos sobre las medidas que hay que tomar en caso de caer enfermo. Entre los consejos que propone el Ejecutivo británico está el de formar grupos de vecinos para que si uno de ellos se encuentra en cuarentena, los demás le ayuden a hacer la compra u otros servicios amigables. Por otra parte, en Estados Unidos escuché en la radio a un experto aconsejando a los oyentes que no saliesen del país sin consultar a un médico -y es que en EEUU hay más casos de afectados que en cualquier otro país, incluido México-.

Los más enloquecidos se están poniendo mascarillas, mientras piden cita a los médicos con llamadas ansiosas sobre una gripe que, probablemente, ni les va a afectar, y que en caso de afectarles no les hará mucho daño. A mí supongo que me pondrán en cuarentena ya que cada vez que estornudo -lo que hago a menudo en esta época del año por la concentración de polen- suena al gruñido de un cerdo acatarrado.

Está claro que en el mundo desarrollado pretendemos ser demasiado sanos. Dejar de pensar en nuestras enfermedades nos liberaría para gozar más de la vida. Aceptar con dignidad un poco más de mala salud nos haría más felices, y nos ahorraría mucho dinero. Hoy en día, es absurdo todo lo que se gasta en buscar la salud perfecta. En marzo de este año en España se gastó algo menos de 1.100 millones de euros en medicamentos adquiridos con receta farmaceútica -un aumento de más del 9% respecto al mismo mes del año anterior-. Cabe preguntarse si la población española está sufriendo tanto que no es capaz de aguantar enfermedades a las que nuestros antepasados ni le hubieran hecho caso y por las que, por supuesto, no habrían gastado tanto dinero en medicamentos.

En el Reino Unido, el presupuesto para la salud pública en 2009 asciende al 9% del Producto Nacional Bruto y a más del 16% del presupuesto total. En Estados Unidos, el aumento en gastos relacionados con asuntos de salud está en torno al 6% anual, mientras que la economía se está estancando. La situación es claramente insostenible, y es consecuencia de unos valores cuanto menos extraños, ya que sería más lógico y más útil para la humanidad reducir el presupuesto de la salud pública en los países desarrollados -donde prolongamos nuestras vidas inútilmente y mimamos a nuestros hipocondríacos,- para repartir ese dinero a comunidades en zonas menos privilegiadas del mundo donde sí siguen padeciendo pestes horribles y niveles de mortalidad infantil escalofriantes.

Por supuesto, no invertimos tanto en nuestra salud para estar más sanos: ya estamos sobrada y escandalosamente sanos, y la preocupación por la salud es en sí misma una enfermedad que fomentamos e impulsamos despilfarrando tanto dinero. Nuestros motivos no son sanitarios, ni saludables, sino políticos, sociales, económicos, y psicológicos.

Los políticos buscan votos sobornando a los electores con píldoras y pastillitas. Las instituciones intentan edificar una morada social cuidando y nutriendo una cultura de vocación social. Las industrias farmacéuticas y de ingeniería médica siembran ansiedad por la salud para ganar dinero. La gente quiere medicinas y camas de hospital como muestras del cariño que le falta en sus relaciones con sus parejas e hijos.

En el fondo, la preocupación por la salud responde a nuestra necesidad básica de compartir valores con nuestros conciudadanos. Antes compartíamos patriotismo, religión, ideologías o valores morales. Hoy no nos queda nada de eso. En nuestras sociedades plurales, la sanidad es el único bien que atrae el respeto de casi todos. La salud es nuestra moralidad. Los hospitales y clínicas son nuestros templos. Los médicos son nuestros sacerdotes, y el presupuesto sanitario es la ofrenda que sacrificamos al gran ídolo e ideal de un cuerpo perfectamente sano.

Pensar en la salud de los demás es una virtud, hacerlo en la propia es un vicio. Por supuesto, es imprescindible, si queremos mantener una sociedad eficaz y una economía vigorosa, que dispongamos de una población trabajadora sana y bien nutrida. Para mantener una sociedad que valga la pena tenemos que dedicar un porcentaje suficiente de los impuestos de los ricos a la mejora de la salud de los gravemente enfermos, los niños, los pobres y los menos privilegiados. Pero para conseguir estos fines, no nos hace falta seguir mejorando tratamientos que ya son muy buenos, preocupándonos por alarmas provocadas por enfermedades de desconocido alcance, desarrollando nuevas tecnologías médicas excesivamente complejas y costosas, y gastando más tiempo en consultas y más dinero en los presupuestos sanitarios. Al contrario, tendríamos más dinero para cuidar a los más necesitados si los que estamos relativamente sanos dejáramos de acaparar tantos recursos.

Nos hace falta una revolución en los valores y en las expectativas. Busquemos valores más dignos sobre los que sostener una sociedad plural más allá de ese culto a la salud: la paz, por ejemplo, el respeto, el placer de conocer y experimentar culturas diversas. Dejemos de esperar que nuestra salud sea perfecta. Abracemos a las peripecias de la salud como oportunidades de sufrir callándose y de resistir al egoísmo. Ajustémonos a una vida incierta y peligrosa que pudiera ser corta pero que saldrá por cierto más interesante que una vida entregada al deseo de prolongarse. Enfrentémonos a la muerte como proceso natural, sin temores. Insistamos en no recurrir al médico ni al hospital sino por motivos auténticamente graves. Soportemos los achaques, aguantemos los dolores, las tensiones, las fatigas y los malos humores como episodios normales de una vida sana.

Intentemos seguir llegando a nuestros lugares de trabajo a pesar de los catarros y gripes y otras enfermedades cotidianas. Boicoteemos a las medicinas de marca y los tratamientos excesivamente sofisticados y caros. Renunciemos a la seguridad y la comodidad. Sustituyamos el aprecio a una vida entera, denodada y difícil. Si dejamos de pensar en la salud, seremos más sanos o, por lo menos, no nos daremos cuenta de que no lo somos, que al fin y al cabo es la misma cosa.

Por supuesto, otra gran peste vendrá a exterminarnos o a acabar con la vida de muchos millones de personas. El mundo de los microbios es tan mutable y tan volátil, y la evolución de los virus se desarrolla con tanta rapidez que es inevitable que algún día de estos aparecezca una nueva cepa para desafiar con éxito a todas nuestras medidas de resistencia. Pero la influenza porcina no la es. Hay que tratarla con desdén. Si seguimos reaccionando exageradamente a enfermedades desdeñables, lo más probable es que cuando nos toque la próxima Peste Negra, estemos tan hartos de esas alarmas que acabaremos rindiéndonos al desastre como los oyentes de Casandra o del niño que gritó «¡lobo!».

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

mayo 19, 2009 Publicado por | salud | Dejar un comentario

>Obama pone en marcha la mayor reforma sanitaria en EE UU

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Por ANTONIO CAÑO – Washington – (ElPais.com, 06/03/2009)

Barack Obama puso ayer en marcha la más gigantesca reforma que cualquier presidente de Estados Unidos pueda plantearse, la creación de un sistema de salud al alcance de todos los ciudadanos. Lo hizo desde un enfoque diferente, no como una necesidad de carácter social, que lo es de forma escandalosa, sino como una urgencia de carácter económico, como un paso esencial para equilibrar las cuentas del Estado. Y se puso un plazo exigente para conseguirlo: este mismo año.

“La reforma de nuestro sistema de salud ya no es un imperativo moral, es un imperativo fiscal. Si queremos crear empleos y reconstruir nuestra economía, tenemos que atajar el desorbitado coste de la atención sanitaria este año, en esta Administración”, declaró Obama en una conferencia de amplio espectro que trataba de representar todos los intereses que tendrán que armonizarse para que esta reforma salga adelante: hospitales, compañías de seguros, médicos, pacientes y congresistas de ambos partidos.

Unas 3.000 reuniones de ese tipo se han celebrado ya a pequeña escala en distintos lugares del país en el último mes. Otras conferencias similares, convocadas por los gobernadores, tendrán lugar a partir de ahora al mismo tiempo que el Congreso discute la legislación adecuada, tratando de hacer de esta reforma lo que verdaderamente es, un enorme esfuerzo nacional, similar al que puede representar una guerra o una catástrofe natural.

Después de la pena de muerte, la ineficacia de su sistema sanitario es el principal contraste entre EE UU y el mundo civilizado del que forma parte. Unos 46 millones de personas no tienen cobertura sanitaria, y muchos millones más pagan cantidades desproporcionadas por una atención escasa, de mala calidad y que desaparece en cuanto la enfermedad se alarga. Decenas de miles de personas se ven cotidianamente obligadas a vender sus casas o a reducir drásticamente su calidad de vida para pagar sus gastos médicos, o renuncian a ser atendidos si no es un caso de urgencia.

Sólo los pobres y los ancianos están mínimamente protegidos por el Estado dentro de dos programas sanitarios (Medicaid y Medicare) que malamente sirven para poco más que afrontar los casos de extrema necesidad. Esos dos programas son conducidos, no obstante, por compañías privadas que pasan al Gobierno sumas abusivas por servicios raquíticos. Como consecuencia, pese a las limitaciones del sistema, EE UU gasta al año 2,4 billones de dólares (1,9 billones de euros) en salud. Es la mayor sangría del presupuesto público.

Hace casi un siglo que el presidente Teddy Roosevelt planteó por primera vez la necesidad de crear un nuevo sistema de salud. Nunca se ha conseguido. El último y más famoso esfuerzo fue el de Bill y Hillary Clinton en 1993, que murió en el Congreso antes de que pudiera redactarse incluso un borrador de ley. Las circunstancias han cambiado mucho desde entonces. El país es más solidario. Un 48% decía el miércoles en una encuesta de NBC-The Wall Street Journal que estaba dispuesto a pagar más impuestos para conseguir la cobertura sanitaria universal. Pero, sobre todo, la crisis económica anima a actuar con más audacia en terrenos, como el de la salud, que antes no eran tan acuciantes para la clase política.

“Todo el mundo está de acuerdo”, decía ayer Obama, “en que la mayor amenaza para la salud fiscal de EE UU es el estratosférico coste de nuestro sistema de salud”. Obama ha entendido que uno de los errores cometidos por la reforma de Clinton fue la de diseñarla de arriba hacia abajo sin contar previamente con los interesados y los políticos.

Ahora todo el mundo parece, efectivamente, estar de acuerdo en hacer algo. Mitch McConnell, el líder de los republicanos en el Senado, se manifestó ayer listo para empezar a trabajar. Charles Kahn, presidente de la Asociación de Hospitales y uno de los principales críticos de la reforma de Clinton, acudió ayer a la Casa Blanca y aseguró: “Esta vez es diferente, esta vez todos quieren que esto funcione”.

Las diferencias surgirán cuando se tenga que decidir cómo va a funcionar. Los republicanos han advertido que no van a aceptar un sistema público. La industria tampoco lo quiere. Obama, aunque ha apartado en sus Presupuestos para el próximo año 624.000 millones de dólares para costear parte de esta reforma, tampoco quiere seguir por completo el modelo europeo, sino una combinación de responsabilidades estatales y del sector privado.

marzo 6, 2009 Publicado por | Estados Unidos, salud | Dejar un comentario

>Consumo tóxico

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Escuche

¿Su lápiz labial está cargado de plomo? ¿Es tóxico el biberón de su bebé? El American Chemistry Council—la asociación que representa a las compañías químicas de Estados Unidos—nos asegura que elabora los productos que nos ayudan a mantenernos sanos y saludables. Pero lo cierto es que los consumidores estadounidenses están expuestos a una amplia gama de sustancias químicas y aditivos nocivos que están presentes en juguetes, cosméticos, botellas plásticas de agua y un sinfín de otros productos. Las industrias químicas y manufactureras de Estados Unidos se han resistido enérgicamente a la regulación, mientras que Europa aplica prohibiciones cada vez más estrictas contra las toxinas más perjudiciales. La Unión Europea sostiene que regular es bueno para los negocios, ya que inspira confianza entre los consumidores y a la larga supone un ahorro de dinero.

La mayoría de la gente se sorprendería si supiera que la industria de cosméticos estadounidense está escasamente regulada. El periodista de investigación Mark Schapiro publicó un libro donde trata el tema de las sustancias químicas tóxicas en productos de uso cotidiano, titulado:“Exposed: The Toxic Chemistry of Everyday Products and What’s at Stake for American Power” (Expuestos: la toxicidad de los productos cotidianos y cómo se pone en juego el poderío estadounidense). Ante la ausencia de control, investigadores y periodistas como Schapiro y organizaciones de base han decidido actuar para llenar el vacío de regulación.

Schapiro me dijo: “Ni el esmalte de uñas que usas, ni la sombra de ojos, ni el champú…esencialmente, los productos de cuidado personal, nada de eso está regulado por la FDA, la Administración de Alimentos y Fármacos. La FDA ni siquiera tiene el poder para regularlos. A lo largo de los últimos 50 años se han realizado numerosos intentos en el Senado para extender la competencia de la FDA, y todos esos intentos han sido frenados reiteradamente por la industria de cosméticos.” Schapiro agregó que es muy difícil obtener detalles de las toxinas. “De hecho, sólo sé qué tipo de materiales contienen los cosméticos, no porque la FDA nos lo haya informado, sino porque la Unión Europea ha tomado medidas para prohibir esas sustancias y ha divulgado una lista”, dijo.

La Campaña por Cosméticos Seguros (CSC, por sus siglas en inglés), una coalición de organizaciones sin fines de lucro que promueve la prohibición del uso de sustancias nocivas en cosméticos, difunde una extensa lista de sustancias químicas tóxicas, entre las que se incluyen el plomo y el ftalatos, que son utilizadas comúnmente en la elaboración de cosméticos y artículos de cuidado personal. Los ftalatos se han vinculado a defectos congénitos, incluidos desarrollo genital anormal en varones, disminución de la concentración de espermatozoides e infertilidad. El plomo está presente en lápices labiales y cientos de otros productos. La CSC informa que “el plomo… es una neurotoxina comprobada, vinculada a problemas de aprendizaje, lenguaje y comportamiento… abortos espontáneos, fertilidad reducida tanto en hombres como mujeres, cambios hormonales, irregularidades en el ciclo menstrual y retrasos en el comienzo de la pubertad en niñas”. Esta es la sustancia que mujeres y niñas se aplican y reaplican todos los días en la boca, ingiriéndola al pasarse la lengua por los labios.

La Unión Europea, compuesta por 27 naciones que representan casi 500 millones de personas, se está imponiendo en materia de toxinas, tomando serias medidas económicas de fuerza. Stavros Dimas, Comisionado de Medio Ambiente de la Unión Europea, explicó los beneficios a largo plazo de la regulación: “Se reducirán los gastos médicos para el tratamiento de enfermedades causadas por sustancias químicas. Habrá medicamentos que ya no serán necesarios. No perderemos horas de trabajo y aumentará la productividad. De manera que los beneficios generales compensarán por lejos los costos de la industria”.

Según Schapiro: “Los estados europeos pagan la cobertura de salud de sus ciudadanos. Entonces cuando científicos, activistas y otros grupos comenzaron a discutir este tema con sus gobiernos, lo plantearon en términos de conveniencia económica. Les dijeron: ‘Miren, si invierten ahora para sacar de circulación estas sustancias, dentro de 10, 20 o 30 años van a ahorrar miles de millones de dólares’. Y eso es lo que de hecho estima ahora la Comisión Europea que ahorrará. Calcula que este conjunto de distintas iniciativas ambientales le va a ahorrar hasta 40 o 50 mil millones de euros en los próximos 30 años. De manera que supone una inversión enorme en la salud de sus ciudadanos. Mientras que, en Estados Unidos, si—Dios no lo quiera—nos llegara a pasar algo a cualquiera de nosotros, básicamente estamos librados a nuestros propios medios”.

Luego de que en 2007 se retiraran juguetes chinos del mercado estadounidense (debido a su contenido de plomo), el Congreso aprobó la Ley de Mejora de la Seguridad de los Productos de Consumo (CPSIA, por sus siglas en inglés), que fue promulgada por el Presidente George W. Bush. El 10 de febrero entró en vigencia una disposición esencial que prohíbe que los productos destinados a niños de hasta 12 años contengan plomo o ftalatos. Pero si compró un juguete de plástico antes de esa fecha, tenga cuidado. El verano pasado, al aprobarse la ley, algunos comercios llenaron sus estanterías con juguetes contaminados y los vendieron a precios de liquidación con el fin de deshacerse de sus existencias.

Cada vez surgen más alternativas seguras de juguetes, cosméticos, champúes y otros artículos ante la creciente demanda de productos orgánicos. La diferencia entre que las toxinas sean limitadas por las fuerzas del mercado y que sean limitadas por ley es que, según Schapiro, “si se tiene una ley, los efectos son mucho más equitativos, porque todos gozan de la misma protección, aunque no se tenga los medios o los conocimientos para optar por los productos alternativos.”

Ahí es donde entra a jugar la UE, con la implementación de su sistema de regulación expansivo y de vanguardia a nivel mundial (denominado “REACH”, una sigla en inglés que se traduce como “ALCANCE” y significa registro, evaluación, autorización y restricción de sustancias químicas). Schapiro escribe que “La revolución llevada adelante por Europa en términos de regulación de la industria química obliga a que se estudien los posibles efectos tóxicos sobre los humanos de miles de sustancias químicas y marca el final de la capacidad de la industria estadounidense de ocultar al público información fundamental”.

Regular fuertemente el uso de toxinas no es sólo vital para salvar vidas, sino que también es bueno para los negocios. Estados Unidos tiene ahora una oportunidad de ponerse a la par de sus socios europeos y de introducir cambios que no sean sólo un maquillaje.

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Amy Goodman es presentadora de “Democracy Now!”, un noticiero internacional diario de una hora de duración que se emite en más de 550 emisoras de radio y televisión en inglés y en 200 emisoras en español. En 2008 fue distinguida con el “Right Livelihood Award”, también conocido como el “Premio Nobel Alternativo”, otorgado en el Parlamento Sueco en diciembre.

© 2009 Amy Goodman. Texto en inglés traducido por Laura Perez y Democracy Now! en español, spanish@democracynow.org

febrero 27, 2009 Publicado por | salud | Dejar un comentario

>Nada que temer salvo la falta de asistencia médica

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Por Amy Goodman (Democracy now!, 14 de Enero de 2009)

Cincuenta millones de estadounidenses carecen de asistencia médica y 25 millones tienen seguro médico limitado. Millones de estadounidenses que están siendo despedidos pronto engrosarán estas listas. Las cuentas médicas son causa de más de la mitad de las quiebras personales en Estados Unidos. Desesperados por tener asistencia médica, quienes carecen de seguro o tienen un seguro limitado, acuden en masa a las salas de emergencia, a menudo teniendo que lidiar con problemas que se podrían haber evitado.

Las gigantes de la industria automotriz estadounidense están al borde de la quiebra en parte debido a gastos de salud extraordinarios, mientras compiten con empresas asentadas en países que brindan asistencia de salud universal. El economista Dean Baker calculó cómo le iría a General Motors si sus costos de asistencia de salud fueran los mismos que en Canadá: “GM hubiera obtenido mayores ganancias sin hacer más cambios, mayores ganancias que igualarían los 22.000 millones de dólares en el curso de la última década. No tendrían que acudir al gobierno en busca de ayuda”. GM es a veces descrita como una empresa de asistencia de salud que fabrica autos. El ex Presidente de Chrysler, Lee Iacocca dijo en 2005, “Es un hecho bien conocido que la industria automovilística estadounidense gasta más en asistencia de salud por cada auto, que en acero”. Él apoya un sistema de asistencia de salud nacional.

Barack Obama dijo en un discurso pronunciado en 2007 que “la asistencia médica universal, accesible para todos los estadounidenses no debería ser una cuestión de ‘si’, sino que debería ser una cuestión de ‘cómo’… Cada cuatro años se ofrecen planes de asistencia médica en campañas con mucha publicidad y promesas … Y en el momento que asume el presidente, los planes colapsan bajo el peso de la política de Washington”.

Franklin Delano Roosevelt, en su discurso de asunción de mando en marzo de 1933, declaró: “No tenemos nada que temer, salvo el propio miedo … Esta nación pide acción, y acción ahora”. Ya entrada la Gran Depresión, siguió una oleada de políticas ambiciosas, que son detalladas por el editorialista del New York Times Adam Cohen en su nuevo libro, “Nada que Temer”. Cohen escribe que Roosevelt desarrolló el ‘New Deal’ con asesores y miembros del gabinete claves y visionarios que aprobaron políticas audaces, entre ellos Frances Perkins, la primera mujer miembro del gabinete en Estados Unidos. Perkins, Secretaria de Trabajo de Roosevelt, promovió un programa de asistencia nacional que sentó las bases del sistema de bienestar, y también promovió regulaciones sobre el salario mínimo, sobre el límite de horas de trabajo y la prohibición del trabajo infantil.

Pero no logró que se aprobara la asistencia de salud universal. Cohen me dijo: “Ella realmente fue la conciencia del ‘New Deal’ en muchas formas…presidió el comité de Seguridad Social. Y quería que fuera más allá…que incluyera un seguro de salud nacional, pero la AMA (Asociación Médica de Estados Unidos), incluso en ese entonces era muy fuerte y se opuso. Y ella y otro par de progresistas del comité dijeron ‘Mejor nos conformamos con lo que podemos lograr’. No quisieron perder todo el programa de Seguridad Social”.

Obama designó al ex Senador Tom Daschle como Secretario de Salud y Servicios Humanos, y Director de la nueva Oficina de Reforma del Sistema de Salud de la Casa Blanca. El libro de Daschle sobre el sistema de asistencia de salud, “Critical”, recopila los fracasos históricos en el logro de la asistencia universal. Daschle escribe en su libro:

“Al igual que Clinton, Truman tenía motivos para estar confiado. Sus compañeros demócratas controlaban ambas cámaras del Congreso y las encuestas indicaban que los estadounidenses estaban preocupados por el alto costo de la asistencia de salud y estaban deseosos de un cambio. Pero ambos presidentes subestimaron el poder de las fuerzas alineadas en su contra…lobbistas con intereses especiales- encabezados por médicos en la época de Truman, y por aseguradoras en la de Clinton”.

Obama conoce bien el tema: su madre, mientras moría de cáncer, aún tenía que luchar contra la industria de los seguros de salud. En aquel discurso de 2007, Obama dijo: “Los planes provisorios y las soluciones a medias, ahora son algo del pasado….No podemos darnos el lujo de otra farsa decepcionante. Otra área más polémica que debemos atender es cuánto de nuestro gasto en asistencia de salud va a las ganancias récord obtenidas por la industria farmacéutica y de salud”.

Sin embargo, Daschel no propone mucho más que soluciones provisorias –mejorar los programas Medicare, Medicaid y la Administración de Salud de los Veteranos de Guerra, todos ejemplos de una “asistencia de salud de pagador único” en la que el gobierno es el único que paga la asistencia de salud– mientras mantiene el modelo de seguro médico lucrativo, ineficiente y de múltiples pagadores. En diciembre de 2007, el Colegio de Médicos de Estados Unidos comparó el sistema de salud de dicho país con el de otros países. Su informe concluye: “Los sistemas de pagador único generalmente tienen la ventaja de ser más justos, con menos costos administrativos que los sistemas que utilizan seguros de salud privados, menores gastos per cápita en asistencia de salud y altos niveles de satisfacción del consumidor y paciente”.

Michael Moore, en su película “SICKO”, incluye una grabación de John Ehrlichman dirigiéndose a Richard Nixon, mientras discuten las ganancias de las empresas de seguros médicos. La grabación dice: “…[las empresas de seguros de salud] hacen más dinero cuanto menos asistencia brindan [a los pacientes]”. Obama está al frente ahora. ¿A quién imitará? ¿A Nixon o a Roosevelt? La gente de todo el espectro político y económico, desde las grandes empresas al ciudadano común, muere por saber.

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Denis Moynihan colaboró en la producción periodística de esta columna.

Amy Goodman es presentadora de “Democracy Now!”, un noticiero internacional diario de una hora de duración que se emite en más de 550 emisoras de radio y televisión en inglés y en 200 emisoras en español. En 2008 fue distinguida con el “Right Livelihood Award”, también conocido como el “Premio Nobel Alternativo”, otorgado en el Parlamento Sueco en diciembre.

© 2008 Amy Goodman

Texto en inglés traducido por Mercedes Camps y Democracy Now! en español, spanish@democracynow.org

enero 26, 2009 Publicado por | Estados Unidos, salud | Dejar un comentario

>Zaritsky: "Sentí que era importante contar la historia de un hombre que decide morir"

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Por ANTONIO FRAGUAS (El País.com, - Madrid - 11/12/2008)

La emisión ayer en la cadena británica Sky de los últimos momentos de vida del ciudadano estadounidense Craig Ewert, de 59 años, quien afectado de una enfermedad neurológica decidió morir, en 2006, en la clínica suiza Dignitas, ha reavivado el debate internacional sobre la eutanasia y el suicidio asistido. Las imágenes del suicidio de Ewert forman parte del documental Right to die?: The suicide tourist (¿Derecho a morir?: el turista suicida), rodado por el cineasta canadiense John Zaritsky (quien ganó un Oscar en 1982 por otro filme). Zaritsky ha reflexionado vía correo electrónico para ELPAÍS.com sobre la polémica suscitada por su película.

Pregunta: ¿Qué le diría a la gente que considera que la eutanasia es un crimen?

Respuesta: La eutanasia no puede considerarse un crimen siempre que ciertas condiciones se cumplan. El paciente debe estar en poder de sus facultades y tener pleno conocimiento de su enfermedad. Debe tomar la decisión de acabar con su vida voluntariamente, sin coacciones ni presiones de ningún tipo. La persona que practique la eutanasia o ayude en un suicidio no debe beneficiarse de esa muerte.

P: ¿Por qué decidió rodar una película sobre este tema?

R: Tomé la decisión por un caso controvertido que sucedió en Estados Unidos hace tres años. El marido de una mujer que llevaba años en coma quería que le fueran retirados los elementos de soporte vital y, así, que pudiera morir tal y como ella deseaba. Me indignó y disgustó de tal manera la oposición de la derecha cristiana, incluido el presidente George W. Bush, que sentí que era importante llevar a la audiencia la experiencia profunda de un hombre que decide acabar con su vida. Tras contar los últimos cuatro días en la vida de un estadounidense [Craig Ewert] con una grave dolencia neurológica, creía que el filme era un importante documento sobre el proceso de la muerte; un documento que ambas partes del debate pueden ver para aclarar sus ideas.

P: ¿Cree que su película va ayudar a la causa de otra gente que se encuentra en circunstancias similares a las de Craig Ewert?

R: Así lo espero, la verdad. Creo que cualquiera con una enfermedad terminal debe tener el derecho a acabar con su vida. Espero que la película suponga un cambio, y que la eutanasia y el suicidio asistido sean una opción disponible para la gente en cualquier parte; también que los Gobiernos de cualquier país presten al fin atención a los votantes que, en diferentes consultas electorales, apoyan de manera constante la legalización.

P: En 2004 una película española llamada Mar adentro ganó un Oscar con un tema similar al de su filme The Suicide Tourist, aunque la cinta española no es un documental. Habla de la decisión tomada por Ramón Sampedro de acabar con su vida tras pasar 28 años postrado en una cama. ¿Conocía usted esta película?

R: Me encantó Mar adentro y me inspiró artísticamente. Me sirvió de modelo de la sensibilidad, inteligencia y buen gusto que debe emplearse para tratar una cuestión tan delicada y compleja.

P: ¿Cómo se siente por el hecho de que ciertos medios y tabloides traten de manera sensacionalista un asunto tan serio como la muerte de una persona?

R: Confieso que me han molestado algunas de las críticas que ha recibido la película. En Inglaterra, en un par de casos, me han ofendido sugiriendo que me movía un interés comercial morboso para explotar el suicidio de un hombre. La programación televisiva está llena de todo tipo de violencia inverosímil y muertes nauseabundas en series de ficción, pero cuando la muerte real de un hombre valiente que acaba con su vida de manera serena y pacífica se graba con una cámara, entonces dicen que el director de cine ha ido demasiado lejos. No estoy de acuerdo.

diciembre 11, 2008 Publicado por | cultura, eutanasia, salud, sociedad | Dejar un comentario

>Menos usada que el preservativo

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Por Núria Parera i Junyent, departamento de obstetricia, ginecología y reproducción, Institut Universitari Dexeus, Barcelona (LA VANGUARDIA, 16/11/08):

La píldora anticonceptiva es uno de los medicamentos más ampliamente investigados y controlados en el mundo, principalmente administrada a mujeres jóvenes y sanas para evitar embarazos no deseados. Se trata de un medicamento muy seguro y eficaz, con pocos efectos secundarios, sin efectos sobre la fertilidad futura de la mujer y con muy escasas contraindicaciones.

La historia de los anticonceptivos hormonales orales se inicia en 1960, cuando se comercializó la primera píldora anticonceptiva en Estados Unidos. En estos tratamientos se usaban dosis hormonales elevadas y responsables de muchos efectos secundarios. La evolución de la investigación farmacológica consiguió ajustar la dosis mínima necesaria para conseguir el efecto anticonceptivo deseado minimizando los efectos secundarios. Estas dosis son las que se usan actualmente en la mayoría de los preparados.

La píldora anticonceptiva contiene las hormonas denominadas estrógenos y progesterona, que son las que fabrican los ovarios. Al administrarlas de manera externa, actúan sobre la hipófisis (glándula cerebral), engañándola y provocando que no estimule a los ovarios. Así no se producen los estrógenos y progesterona naturales, inhibiendo la ovulación y el embarazo. Estas hormonas también actúan alterando la motilidad de las trompas e impidiendo el crecimiento del endometrio. El endometrio es la mucosa que recubre el útero en su parte interior, por lo que este se vuelve poco apto para la implantación. Asimismo, actúan sobre el moco cervical, espesándolo y haciéndolo poco permeable a los espermatozoides.

La eficacia de un método anticonceptivo se calcula mediante el índice de Pearl: número de embarazos que se producirían teóricamente en 100 mujeres en un año. La píldora anticonceptiva tiene un índice de Pearl de 0,3.

La seguridad de la píldora anticonceptiva es muy alta. Sólo se ha observado un leve incremento en la incidencia de trombosis y embolias en usuarias. El incremento es algo mayor en mujeres fumadoras mayores de 35 años, por lo que en ellas está contraindicada. También lo está en mujeres hipertensas, obesas importantes, con antecedentes de cardiopatía isquémica, trombosis y embolias, diabetes no controlada, migraña con aura o enfermedad hepática grave. Una buena historia clínica y la toma de tensión arterial son los requerimientos básicos que precisa el profesional para indicar estos medicamentos.

Además del efecto anticonceptivo, la píldora tiene otros efectos beneficiosos: disminuye la cantidad de menstruación, disminuye el dolor menstrual, regula los ciclos, mejora síntomas cutáneos (acné, hirsutismo). Ello hace que muchas usuarias de estos métodos vean mejorada su calidad de vida. También ha demostrado efecto protector frente al cáncer de ovario y de endometrio, así como respecto a la osteoporosis.

Las usuarias deben saber que la píldora no ofrece protección frente a las infecciones de transmisión sexual, por lo que si la precisan deberán usar, además, preservativo. Esta técnica se denomina doble método, al asociar la alta eficacia anticonceptiva de la píldora y la alta eficacia de prevención contra las infecciones del preservativo.

Los olvidos de alguna píldora son la causa principal de la disminución de su eficacia, por lo que la toma correcta es fundamental. Se han ideado métodos anticonceptivos hormonales que requieren usos no diarios. El parche anticonceptivo se usa una vez a la semana, y el anillo vaginal una vez al mes. Estos métodos tienen la misma eficacia y seguridad que la píldora.

Existen asimismo píldoras anticonceptivas con un solo componente hormonal: el gestágeno. Su eficacia anticonceptiva es muy alta, pero en determinados casos no regulan el ciclo menstrual.

Mención especial merece la píldora de emergencia, indicada cuando no se ha usado método anticonceptivo alguno o ha habido algún fallo de uso. Esta píldora lleva también solamente gestágenos, y su eficacia es muy alta si se usa dentro de las 48-72 horas siguientes al coito no protegido.

Hoy hay muchos tipos de píldoras anticonceptivas en el mercado, lo que comporta la existencia de una amplia gama de posibilidades para los diferentes tipos de usuarias. Según la Organización Mundial de la Salud, unos 60 millones de mujeres en todo el mundo utilizan anticoncepción hormonal oral para regular su fertilidad. La píldora es el cuarto método anticonceptivo más usado en el mundo y el segundo en España (después del preservativo).

Muchas organizaciones científicas se ocupan de los métodos anticonceptivos. Cabe destacar las sociedades catalana y española de contracepción y la Federación de Planificación Familiar (también catalana y española).

Fuente: Bitácora AlmendrónTribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

noviembre 17, 2008 Publicado por | anticoncepción, salud | Dejar un comentario

Un diario muy apetitoso

Por Christopher Boone (Genciencia 04/08/2008)

Hoy en día son muchas las técnicas que podemos encontrar para perder peso. Desde el siempre saludable ejercicio, hasta estudios punteros aplicados en medicamentos específicos para quemar grasas, pasando por las miles de dietas que se pueden encontrar por Internet.
Pero si ahora leyéramos que escribiendo podemos perder hasta el doble de peso, ¿qué pensaríamos?
Pues eso es lo que publican científicos de distintos centros de investigación clínica en un artículo del American Journal of Preventive Medicine del mes de agosto. Han encontrado resultados que afirman que gente que escribió un diario de lo que comía mientras seguía una dieta perdieron hasta el doble de peso que la gente que no lo hizo.
Entendamos porqué.
El estudio se realizó en cerca de 1.700 adultos (hombres y mujeres) con sobrepeso u obesos mayores de 25 años. Todos los participantes fueron animados a seguir alguna estrategia para perder peso como es la restricción de calorías, sesiones grupales semanales y moderada realización de ejercicio. Algunos de ellos, además rellenaron un diario de lo que iban comiendo a diario.
Tras seis meses de estudio, se comprobó que los participantes que habían escrito dicho diario habían perdido una media de 8 Kg., en comparación con los 4 Kg. de media que perdieron los que no hicieron su diario.
No nos engañemos, escribir no está considerado como deporte intenso, y no podemos pensar que se pierda peso porque el tiempo dedicado a escribir no se usa en comer. ¿Porqué los participantes perdieron entonces el doble de kilos?
El motivo está en su cabeza. Al escribir qué comían cada día, fueron capaces de identificar aquellos hábitos que había que modificar. Está claro que mucha gente es capaz de recordar lo que come, pero realmente sólo nos guardamos una idea general, y solemos tener memoria selectiva para olvidarnos de aquello que no era especialmente bueno para nuestro cuerpo.
En cambio, con el diario, se puede ver cual es la fuente de todas esas calorías que sobran, y lo lógico será eliminarla.
Y si además de escribir este diario se lo enseñamos a alguien al final del día, mucho mejor. Porque como dicen los investigadores, se trata de un acto de responsabilidad. Podremos pensar en comernos una galletita de más, pero no nos hará ninguna gracia tener que registrarlo para que alguien lo lea por la noche.
Mens sana in corpore sano, o eso dicen.

septiembre 26, 2008 Publicado por | medicina, salud | Dejar un comentario

>Un diario muy apetitoso

>Por Christopher Boone (Genciencia 04/08/2008)

Hoy en día son muchas las técnicas que podemos encontrar para perder peso. Desde el siempre saludable ejercicio, hasta estudios punteros aplicados en medicamentos específicos para quemar grasas, pasando por las miles de dietas que se pueden encontrar por Internet.
Pero si ahora leyéramos que escribiendo podemos perder hasta el doble de peso, ¿qué pensaríamos?
Pues eso es lo que publican científicos de distintos centros de investigación clínica en un artículo del American Journal of Preventive Medicine del mes de agosto. Han encontrado resultados que afirman que gente que escribió un diario de lo que comía mientras seguía una dieta perdieron hasta el doble de peso que la gente que no lo hizo.
Entendamos porqué.
El estudio se realizó en cerca de 1.700 adultos (hombres y mujeres) con sobrepeso u obesos mayores de 25 años. Todos los participantes fueron animados a seguir alguna estrategia para perder peso como es la restricción de calorías, sesiones grupales semanales y moderada realización de ejercicio. Algunos de ellos, además rellenaron un diario de lo que iban comiendo a diario.
Tras seis meses de estudio, se comprobó que los participantes que habían escrito dicho diario habían perdido una media de 8 Kg., en comparación con los 4 Kg. de media que perdieron los que no hicieron su diario.
No nos engañemos, escribir no está considerado como deporte intenso, y no podemos pensar que se pierda peso porque el tiempo dedicado a escribir no se usa en comer. ¿Porqué los participantes perdieron entonces el doble de kilos?
El motivo está en su cabeza. Al escribir qué comían cada día, fueron capaces de identificar aquellos hábitos que había que modificar. Está claro que mucha gente es capaz de recordar lo que come, pero realmente sólo nos guardamos una idea general, y solemos tener memoria selectiva para olvidarnos de aquello que no era especialmente bueno para nuestro cuerpo.
En cambio, con el diario, se puede ver cual es la fuente de todas esas calorías que sobran, y lo lógico será eliminarla.
Y si además de escribir este diario se lo enseñamos a alguien al final del día, mucho mejor. Porque como dicen los investigadores, se trata de un acto de responsabilidad. Podremos pensar en comernos una galletita de más, pero no nos hará ninguna gracia tener que registrarlo para que alguien lo lea por la noche.
Mens sana in corpore sano, o eso dicen.

septiembre 26, 2008 Publicado por | medicina, salud | Dejar un comentario

Desinformados frente al cáncer

Por Christopher Boone

Un estudio realizado a nivel mundial por la Unión Internacional contra el Cáncer (UICC) ha demostrado que no estamos tan informados como deberíamos sobre las causas del cáncer. Han sido unas 30.000 encuestas repartidas por 29 países de ingresos altos, medios, y bajos, y se han observado similitudes y diferencias que dan mucho que pensar.

Una primera conclusión a la que se ha llegado es que nos preocupan más los factores medioambientales que los de nuestras propias conductas, lo que es un grave error. Por ejemplo, la contaminación está vista como un factor de riesgo importante, lo cual en realidad tiene un bajo impacto en la enfermedad.

En cambio, beber alcohol no preocupa tanto a los encuestados, y resulta que el consumo de estas bebidas es más influyente en el cáncer que respirar un aire contaminado.

De hecho, es en los países con mayores ingresos donde esta creencia está más extendida. Un 42% de los encuestados no cree que consumir alcohol pueda ser causa de cáncer, respecto al 26% que hay en los países con ingresos medios, y al 15% de los países con ingresos bajos.

Otra diferencia entre países está en las esperanzas frente a una posible cura, o la efectividad de los tratamientos contra el cáncer.

En los países más pobres, un 48% de la gente pensaba que no hay mucho que se pueda hacer para curar esta enfermedad. Ese porcentaje se reducía a un 39% en los países de ingresos medios, y hasta un 17% en los de ingresos altos. Este es un indicador preocupante, ya que si la gente no cree en una posible cura, no participarán en programas de análisis de cáncer, necesarios para salvarlos.

Como conclusión de todos estos datos, queda el diseñar programas de educación específicos para cada país, ya que las necesidades son distintas según el contexto en el que se encuentran.

Pero lo que queda claro es que se tendrá que poner especial atención en borrar la idea de que los factores de riesgo del cáncer son sólo ambientales (y por tanto, fuera de nuestro control), y no factores controlables (sobrepeso, alcohol).

¿Os consideráis bien informados sobre esta enfermedad?

septiembre 6, 2008 Publicado por | cáncer, medicina, salud | Dejar un comentario

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