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>La investigación del cáncer de todos los días

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Por Manel Esteller, médico. Institut d’Investigació Biomèdica de Bellvitge (EL PERIÓDICO, 05/02/11):
Escribí mi primer artículo científico a los 17 años. Salió publicado en la revista Ciència que hacíamos en mi instituto, el Llor de Sant Boi de Llobregat, inspirados por un inquieto profesor de Química, Jordi Carvajal. La publicación fue premiada dos años seguidos por la Comissió Interdepartamental per la Recerca i la Innovació Tecnològica (CIRIT) por fomentar el espíritu científico entre la juventud, una excelente iniciativa de la Generalitat que se mantiene casi 25 años después. El artículo se titulaba El càncer. Lo he reencontrado en una visita a la vieja casa familiar, y me he dado cuenta de cómo ha cambiado el conocimiento de esta enfermedad, pero también de cuánto nos queda por hacer. Estas dos últimas décadas han visto la obtención de los primeros genomas completos de los tumores humanos y la aparición de fármacos específicos contra las mutaciones que contribuyen a su desarrollo. Hemos visto cómo la supervivencia del cáncer de mama pasaba de ser casi nula a incrementarse radicalmente. Los mismos logros hemos alcanzado con las leucemias infantiles. Pero no hemos conseguido mejorar significativamente el pronóstico del tumor de cerebro (glioma) o del cáncer de páncreas. Los adelantos han sido también claves en salud pública, como la vacuna contra la hepatitis B y ciertos tumores de hígado y los programas de detección precoz de cáncer de mama y cuello de útero.
Sí, ya sé que hablar de estadística es algo frío y que deberíamos hablar de cada caso en particular, de cada persona, de cada historia. Pero la mejora numérica es magnífica: si en 1945 curábamos solo un 5% de los tumores, ahora somos capaces de hacerlo en el 55% de los casos. Hemos dado la vuelta a la tortilla. No ha sido fruto del azar. Se debe a la investigación constante de médicos clínicos, cirujanos y radiólogos, biólogos, bioquímicos, farmacéuticos, químicos¿ Pero aún nos queda mucho por hacer. Muchísimo. Cada vez que sé de una historia que no termina bien, pienso que podríamos hacer más.
Nuestra población tiene más cáncer que generaciones anteriores, en buena parte porque vivimos más tiempo que otras olas demográficas que fueron heridas de muerte por otras afecciones, como las infecciones en la infancia. El precio de nuestra longevidad es tener más probabilidades de desarrollar un tumor (igual que una enfermedad cardiovascular o un trastorno degenerativo como el alzhéimer). La buena noticia es que no nos acostamos sanos y nos despertamos con un tumor grande y agresivo, sino que el proceso requiere meses para su desarrollo. Un tiempo precioso en el que podemos intervenir decididamente para interrumpir la caída de este dominó de células alteradas. En este sentido, debemos tener siempre presente que un pequeño tumor puede extirparse quirúrgicamente, y entonces las posibilidades de curación son muy altas.
El diagnóstico genético del cáncer hereditario nos plantea una cuestión más compleja que no entraré a discutir: el derecho del enfermo a saber y a decidir hasta dónde quiere recibir información. Los medios de comunicación, como altavoces de la sociedad, deben contribuir a dar a conocer los últimos adelantos en la investigación del cáncer y a hacer entender que una sociedad mejor informada es una sociedad más libre y con más capacidad de elección. Cuando leo en los periódicos o la web la frase «después de una larga enfermedad» me parece retroceder a la edad media. Tenemos que llamar a las cosas por su nombre: cáncer de páncreas, cáncer de pulmón, cáncer de próstata. Solo conociendo a nuestro enemigo podremos vencerlo. Las asociaciones de pacientes americanas contra determinados tumores, como la Susan G. Komen for the Cure (cáncer de mama) o la Lance Armstrong Foundation (cáncer de testículo) han hecho más por luchar contra estas formas tumorales que muchos programas de investigación pública. Aquí, el ejemplo de la Fundación Josep Carreras contra la leucemia es magnífico. No podremos vencer esta enfermedad si nos escondemos tras las trincheras de los seudónimos. El cáncer es una enfermedad como cualquier otra y si se destinan los suficientes recursos públicos y privados para investigarla puede ser detenida en una generación.
Muchas veces me preguntan cuándo llegará la curación del cáncer. Más de una vez suelo dar esta respuesta: «Yo sé cómo eliminar una tercera parte de los tumores del mundo». Entonces, al periodista se le abren las pupilas de los ojos para cerrarlas casi inmediatamente cuando añado: «Simplemente, la población debe dejar de fumar». El tabaco causa no solo el cáncer de pulmón (el 90% del mismo aparece en fumadores), sino que también origina el cáncer de cabeza y cuello y el de vejiga. Por eso las medidas restrictivas de su uso como las actualmente aprobadas son siempre bienvenidas. Es mejor prevenir una enfermedad que curarla. Un pequeño paso más en la lucha contra el cáncer, que requiere concienciación y apoyo social, financiero y político decidido. Pero de esto ya hablaré otro día.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

febrero 8, 2011 Publicado por | cáncer, salud pública | Dejar un comentario

>¿Intereses políticos o humanitarios?

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Por Santiago Dexeus, cátedra de Investigación en Obstetricia y Ginecología de la UAB (LA VANGUARDIA, 03/09/09):

Numerosos organismos internacionales, FAO, ONU, Cruz Roja, así como organizaciones humanitarias, conferencias internacionales, etcétera, se han ocupado de la dramática situación en la que se encuentra la sanidad en los países en vías de desarrollo, y concretamente en lo que hace referencia a la salud materno infantil.

Los objetivos que se pretendían alcanzar en el milenio están todavía lejos de conseguirse, como se demuestra en el análisis comparativo entre los países de la eurozona y los del África subsahariana. La esperanza de vida es de 80 años para los primeros frente a los 47 para los segundos. La escolarización es casi del 99% frente al 45,7% y la prevalencia del sida del 0.3% frente al 5.8%. De los casi medio millón de nuevos casos de cáncer de cuello uterino, el 80% se dan en los países subdesarrollados. Podría seguir aportando otros muchos indicadores sociales y sanitarios que ilustran hasta la saciedad las diferencias abismales existentes entre estos dos mundos, el de los ricos y el de los pobres. En un solo parámetro nos ganan, el relativo al crecimiento poblacional, que en los países desarrollados es tan sólo del 0,6%, mientras que en los desfavorecidos alcanza al 2,3%, con lo que se agravan las condiciones de desnutrición y mortalidad infantil, como analizaré a continuación.

Entre los objetivos del milenio propuestos para ser alcanzados en el 2015, está la reducción de la mortalidad infantil en dos tercios y la materna en algo más.

La reducción anual en el periodo comprendido entre 1990 y el 2005, según cifras de la ONU (2007), fue del 23.6% para los países desarrollados, frente a el 6,6% de los pertenecientes al tercer mundo, lo cual significa que de las 536.000 muertes maternas habidas en todo el mundo en el 2005, el 0,4% se presentan en las sociedades de nivel económico alto y el resto, nada menos que el 99,6%, en las de bajos recursos.

Otro aspecto ciertamente triste es el de las madres adolescentes que nutren dos colectivos de alto riesgo, el de los abortos provocados en ínfimas condiciones sanitarias y con un porcentaje de mortalidad altísimo, y el de la prostitución juvenil, que se calcula en tres millones en el África subsahariana. Debo precisar que no se dispone de estadísticas fiables, sino tan sólo de aproximaciones, pues las que tenemos son de las regiones o países con unos mínimos registros; con toda certeza, los resultados serían todavía más dramáticos si se estudiara toda la población africana.

África era un continente rico antes de que fuera diezmada por el lucrativo mercado de los esclavos; en la actualidad está sufriendo otro tipo de sangría, nada ilegal pero que dificulta cada vez más el acceso a la sanidad de los africanos. Se trata de la emigración de los médicos nativos hacia los países occidentales. Si la proporción de médico por habitante es de 1 por mil en las naciones desarrolladas, en las que están en vías de desarrollo es de 1/ 10.000 y en África de 1/ 100.000. Así de sencillo, en Francia trabajan más médicos de Benín que en su país de origen, y lo mismo ocurre en Chicago con los de Sierra Leona.

Como ocurre en tantas ocasiones, es mucho más fácil detectar los errores ajenos que reconocer los propios. La salud de la mujer en el mundo desarrollado deja mucho que desear, y presenta unos índices de morbilidad que no padece el hombre y que debemos atribuir a puro y duro sexismo social y laboral.

El pasado 8 de marzo, día internacional de la Mujer, un editorial de este periódico denunciaba, como cada año, una serie de reivindicaciones nunca resueltas: la igualdad de oportunidades, la conciliación del trabajo con la familia, la igualdad de salarios para el mismo trabajo en comparación con el del hombre (la Comisión Europea cifra en una media del 17,4% menos el salario femenino con respecto al masculino, para un mismo trabajo), una pensión de viudedad digna, distribución equitativa del trabajo que incluye la educación y atención a los hijos…

Lo que estoy señalando podrá parecer que nada tiene que ver con la salud femenina. No sólo no es así, sino que el cacareado Estado del bienestar del que goza Europa desaparecería en menos de 40 años sin la contribución laboral de la mujer. Si se quiere mantener la sanidad pública, la educación y las pensiones para todos, la total incorporación de la mujer al mundo laboral es esencial.

Es obvio que tras una larga e incruenta lucha, las mujeres han obtenido el derecho a decidir sobre muchos aspectos que son propios de su condición de mujer y las leyes finalmente las han amparado. Pero con razón escribe Flora de Pablo: “Las mujeres hemos salido al mercado laboral, pero a los hombres les cuesta entrar en la cocina…”.

Cuando se expresan parecidos argumentos, siempre se esgrime que el mundo es ya femenino,puesto que el número de parlamentarias es un 50% mayor que hace diez años, y el 30% de ellas se halla en los consejos directivos de las empresas; pero estos números son una falacia, pues se partía de cifras tan irrisorias que mejorarlas no constituía ningún logro espectacular. La disociación entre personalidad laboral y género femenino persiste, y con su repercusión en la salud de la mujer.

La feminización de las universidades es un hecho incuestionable. En el mundo de la investigación, el futuro de las mujeres no es el mismo que el de los hombres, y muchas jóvenes investigadoras abandonan su carrera científica por imperativos familiares (véase J. A. Guinovart, La Vanguardia, 25/ V/ 2008).

Tenemos cifras que demuestran lo anterior: el 50% de las altas empresarias británicas tienen hijos, cifra muy inferior comparada con la de sus colegas varones, ya que son padres el 96% de ellos.

Si el expediente académico de las jóvenes universitarias es superior a sus compañeros, a los cinco años de haber abandonado las facultades, las mujeres en puestos de responsabilidad empiezan a disminuir y entre los médicos sólo el 14% alcanzan el profesorado.

En síntesis, la mujer debe desarrollar su personalidad en cualquier ámbito de una sociedad que está dominada por el hombre, sin perder su condición femenina. Esta es una situación tremendamente ambivalente que genera diversa patología. Por poner un ejemplo, la posibilidad de padecer episodios de depresión profunda a lo largo de la vida ocurre en la mujer entre el 10-25%, y tan sólo en el 5-10% de los hombres; a estos la sociedad los protege.

El papel de ama de casa no sólo causa situaciones estresantes, sino que por sí mismo es estresante. El trabajo doméstico requiere un alto grado de responsabilidad, que va desde el control de la economía doméstica hasta velar por la salud de la familia. Es un trabajo continuo, en contraposición con el discontinuo, remunerado por ley y con normas perfectamente establecidas en los contratos. Este último tiene sus tiempo de reposo, vacaciones semanales y anuales. En España, el 80% de los empleos a tiempo parcial los ocupan mujeres.

La evidencia del riesgo elevado en que se encuentra la mujer en los países en vías de desarrollo es obvio, y requiere soluciones de una inmediatez reñida con la burocracia o la corrupción que puede darse en algunos países que reciben las ayudas.

Probablemente el esfuerzo más inteligente a aplicar en los países ciertamente subdesarrollados sería disponer de un mapa real de los recursos sanitarios, por humildes que fueran, y tratar de integrarlos en una red supranacional a través de la cual un único organismo o agencia distribuyera cualquier tipo de ayuda, intentando cubrir sanitariamente todo el territorio, sin límites fronterizos.

No puedo evitar recordar, por demagógico que parezca, que de los 200 billones de dólares que costó la guerra de Iraq, si se hubieran dedicado 100 a sanidad se habría alcanzado una cobertura universal de recursos sanitarios. Con otros 50 billones se hubiera acabado con el hambre en el mundo. Otros 35 podrían destinarse a educación y conseguir universalizar estudios primarios y secundarios… y si se hubieran destinado 6 a la investigación del cáncer, probablemente dispondríamos ya de tratamientos curativos para esta grave patología a la que todos estamos expuestos.

Cuando los países del G-8 deciden incrementar sus ayudas, esperemos que no sean únicamente gestos políticos, sino que se inscriban en una actuación coherente destinada a reducir la pobreza en el mundo.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

septiembre 11, 2009 Publicado por | salud pública | Dejar un comentario

   

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