>Salarios contra competitividad
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>Los financieros, de héroes a villanos
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En plena Cuaresma del 2008, el arzobispo Girotti hizo pública la decisión del Vaticano de hacer una aggiornamento de los siete pecados capitales que estableció el papa Gregorio I, en el siglo VI. La reforma consistió en introducir como capitales, es decir, como cabo y origen de otros vicios y pecados, otros siete pecados “sociales”. Entre ellos, contribuir a ensanchar la distancia entre pobres y ricos, generar pobreza y acumular riquezas excesivas.
Parece, pues, que algo estaría pasando si la Iglesia recupera el tono y el lenguaje de las encíclicas sociales. Y seguramente la reacción refleja el clamor y el malestar colectivos ante el hecho innegable y escandaloso de que, en el mundo industrializado, los ricos sean cada vez más ricos, y los pobres, cada vez más pobres.
En el Reino Unido, los laboristas han comprobado un desapego creciente por parte de unas clases medias que ven atónitas cómo los ultrarricos o filthy-rich (asquerosamente o puercamente ricos) se benefician de un sistema deliberado de relajada indulgencia que los laboristas han aplicado a favor de la clase propietaria de grandes embarcaciones, alimentada por el propio Gobierno a copia de exenciones fiscales. ¿Es normal que 130.000 non doms, o sea, residentes en la Gran Bretaña, no paguen impuestos sobre sus ingresos en el exterior?
EL ARGUMENTO es que no utilizan las escuelas ni los hospitales públicos, ni cobran pensiones, pero, por la misma regla de tres, los que perciben rentas locales también podrían proclamarse insolidarios con el Estado del bienestar o invocar que, como los ricos dan propinas a los pobres, se les debería de subvencionar. Parece una reductio ad absurdum, pero no se rían, porque nuestros beati possidenti tienen una cara muy dura. Y si amenazan con irse del país a fin de no pagar impuestos, pues allá ellos: buen viaje.
Incluso el líder conservador David Cameron dijo que ha llegado la hora de plantar cara a los grandes negocios. Al revés de lo que Blair habría defendido en favor de la tímida conciencia fiscal de un futbolista como Beckham.
También en Japón se ha escuchado la voz del primer ministro de derechas, Yasuo Fukuda, diciendo que ha llegado la hora, después de seis años de círculo virtuoso y de grandes beneficios empresariales, de transferir a los salarios y al poder adquisitivo de las familias los frutos de la reforma, porque no puede ser que en tiempos de boom económico haya ganadores y perdedores. Tanto es así, y tan extendida es la repulsa de los abusananos, que el mismo día en el que hablaba el Vaticano, también se pronunció el Instituto de Finanzas Internacionales, reunido en Río de Janeiro con los principales socios de este club de banqueros globales.
CONSCIENTES de la condena generalizada de su comportamiento, guiado por la codicia y el afán de lucro sin freno, propusieron la elaboración de un código voluntario de buena conducta que limitara las obscenas y fastuosas retribuciones de los directivos. Por si acaso parlamentos y gobiernos lo hacían antes que ellos y lo hacían de verdad. Lógicamente, los accionistas, los reguladores y los ciudadanos no entienden cómo se puede poner en riesgo todo el sistema financiero, y autoadjudicarse el pago de bonos astronómicos.
Es inmoral y fraudulento que una banda de ricos divinizados nos conviertan a los pobres asalariados, con la complicidad de los gobiernos respectivos, en los que van a pagar los platos rotos como financiadores en última instancia de los rescates que las autoridades apliquen a estos acróbatas que trabajan con red protectora estatal y falta total de honradez. Recordemos que el rescate del banco de inversiones Bear Stearms, apoyado por la Reserva Federal, atrapó a toda la cúpula dirigente reunida en Detroit para participar en un torneo de bridge.
EL TEMA ha llegado hasta el Congreso de EEUU con figuras del star-system, como Chuck Prince (Citigroup), Stanley O’Neal (Merril Lynch) y Angelo Mogilo (Countrywide) en condición de acusados de excesos de compensación a los ejecutivos mientras los accionistas perdían dinero. Por tanto, es bien visible un cambio de orientación en el debate sobre la remuneración corporativa. En efecto, la opinión pública ha rebobinado y aquellos personajes que antes eran héroes o modelos de triunfador para jóvenes ambiciosos, han caído rápidamente del pedestal y son ahora objeto de merecido vilipendio.
EN LA ASAMBLEA general de British Gas, por ejemplo, los accionistas trajeron a la sala un cerdo enorme con un collar que exhibía el nombre de Cedric, es decir, el del consejero delegado Cedric Brown. Son las consecuencias de tener en las 500 empresas de la clasificación S&P norteamericana una retribución media de 11,5 millones de dólares y de que el año pasado se doblaran el sueldo a pesar de que los beneficios solo habían subido el 12%. En contraste, Warren Buffet, el hombre más rico del mundo, solo cobra 100.000 dólares anuales y considera ridículamente excesiva la paga de los directivos.
De la situación en España hablaremos en otra ocasión. Pero de momento hiere a la vista que La Caixa y Caja Madrid hayan sido condenadas como responsables civiles subsidiarias de la estafa Gescartera.
Los financieros, de héroes a villanos
En plena Cuaresma del 2008, el arzobispo Girotti hizo pública la decisión del Vaticano de hacer una aggiornamento de los siete pecados capitales que estableció el papa Gregorio I, en el siglo VI. La reforma consistió en introducir como capitales, es decir, como cabo y origen de otros vicios y pecados, otros siete pecados “sociales”. Entre ellos, contribuir a ensanchar la distancia entre pobres y ricos, generar pobreza y acumular riquezas excesivas.
Parece, pues, que algo estaría pasando si la Iglesia recupera el tono y el lenguaje de las encíclicas sociales. Y seguramente la reacción refleja el clamor y el malestar colectivos ante el hecho innegable y escandaloso de que, en el mundo industrializado, los ricos sean cada vez más ricos, y los pobres, cada vez más pobres.
En el Reino Unido, los laboristas han comprobado un desapego creciente por parte de unas clases medias que ven atónitas cómo los ultrarricos o filthy-rich (asquerosamente o puercamente ricos) se benefician de un sistema deliberado de relajada indulgencia que los laboristas han aplicado a favor de la clase propietaria de grandes embarcaciones, alimentada por el propio Gobierno a copia de exenciones fiscales. ¿Es normal que 130.000 non doms, o sea, residentes en la Gran Bretaña, no paguen impuestos sobre sus ingresos en el exterior?
EL ARGUMENTO es que no utilizan las escuelas ni los hospitales públicos, ni cobran pensiones, pero, por la misma regla de tres, los que perciben rentas locales también podrían proclamarse insolidarios con el Estado del bienestar o invocar que, como los ricos dan propinas a los pobres, se les debería de subvencionar. Parece una reductio ad absurdum, pero no se rían, porque nuestros beati possidenti tienen una cara muy dura. Y si amenazan con irse del país a fin de no pagar impuestos, pues allá ellos: buen viaje.
Incluso el líder conservador David Cameron dijo que ha llegado la hora de plantar cara a los grandes negocios. Al revés de lo que Blair habría defendido en favor de la tímida conciencia fiscal de un futbolista como Beckham.
También en Japón se ha escuchado la voz del primer ministro de derechas, Yasuo Fukuda, diciendo que ha llegado la hora, después de seis años de círculo virtuoso y de grandes beneficios empresariales, de transferir a los salarios y al poder adquisitivo de las familias los frutos de la reforma, porque no puede ser que en tiempos de boom económico haya ganadores y perdedores. Tanto es así, y tan extendida es la repulsa de los abusananos, que el mismo día en el que hablaba el Vaticano, también se pronunció el Instituto de Finanzas Internacionales, reunido en Río de Janeiro con los principales socios de este club de banqueros globales.
CONSCIENTES de la condena generalizada de su comportamiento, guiado por la codicia y el afán de lucro sin freno, propusieron la elaboración de un código voluntario de buena conducta que limitara las obscenas y fastuosas retribuciones de los directivos. Por si acaso parlamentos y gobiernos lo hacían antes que ellos y lo hacían de verdad. Lógicamente, los accionistas, los reguladores y los ciudadanos no entienden cómo se puede poner en riesgo todo el sistema financiero, y autoadjudicarse el pago de bonos astronómicos.
Es inmoral y fraudulento que una banda de ricos divinizados nos conviertan a los pobres asalariados, con la complicidad de los gobiernos respectivos, en los que van a pagar los platos rotos como financiadores en última instancia de los rescates que las autoridades apliquen a estos acróbatas que trabajan con red protectora estatal y falta total de honradez. Recordemos que el rescate del banco de inversiones Bear Stearms, apoyado por la Reserva Federal, atrapó a toda la cúpula dirigente reunida en Detroit para participar en un torneo de bridge.
EL TEMA ha llegado hasta el Congreso de EEUU con figuras del star-system, como Chuck Prince (Citigroup), Stanley O’Neal (Merril Lynch) y Angelo Mogilo (Countrywide) en condición de acusados de excesos de compensación a los ejecutivos mientras los accionistas perdían dinero. Por tanto, es bien visible un cambio de orientación en el debate sobre la remuneración corporativa. En efecto, la opinión pública ha rebobinado y aquellos personajes que antes eran héroes o modelos de triunfador para jóvenes ambiciosos, han caído rápidamente del pedestal y son ahora objeto de merecido vilipendio.
EN LA ASAMBLEA general de British Gas, por ejemplo, los accionistas trajeron a la sala un cerdo enorme con un collar que exhibía el nombre de Cedric, es decir, el del consejero delegado Cedric Brown. Son las consecuencias de tener en las 500 empresas de la clasificación S&P norteamericana una retribución media de 11,5 millones de dólares y de que el año pasado se doblaran el sueldo a pesar de que los beneficios solo habían subido el 12%. En contraste, Warren Buffet, el hombre más rico del mundo, solo cobra 100.000 dólares anuales y considera ridículamente excesiva la paga de los directivos.
De la situación en España hablaremos en otra ocasión. Pero de momento hiere a la vista que La Caixa y Caja Madrid hayan sido condenadas como responsables civiles subsidiarias de la estafa Gescartera.
Riqueza a costa de los asalariados
En vísperas del pasado debate de política general, los ciudadanos españoles asimilaban con perplejidad toda una serie de informaciones contradictorias. Se nos decía que éramos líderes de la UE en crecimiento económico, en creación de puestos de trabajo, en construcción de viviendas, en compra de empresas a los países vecinos y en incremento del número de millonarios. Pero, a la vez, éramos los primeros en consumo de cocaína, en número de divorcios, en déficit exterior –el mayor del mundo en términos relativos y el segundo en términos absolutos después de EEUU–, en número de asalariados mileuristas, o en prostitución (en las comarcas de Girona no hay ni un solo municipio que no tenga al menos un puticlub) y en remesas de inmigrantes instalados aquí, que ya representan el 5% de los ingresos totales por turismo y unos 2.000 millones de euros al año.
SON COSAS que han ocurrido muy de prisa y sin ninguna intervención de los poderes públicos. Son el resultado del laissez-faire, laissez-passer y de la incapacidad del Gobierno de controlar las fronteras, la especulación urbanística o la inflación. Es lógico, por tanto, que de pronto nos encontremos ante la necesidad de un cambio de modelo, consecuencia imprevista de una actitud inconsciente de hacer surfing y dejarse llevar por el oleaje. Ya no vale aquel concepto que expresaba el canciller Helmut Schmidt cuando decía que las inversiones de hoy son los beneficios de mañana y los nuevos puestos de trabajo del futuro.Ahora todo vale en un total boxing sin reglas que convierte el enriquecimiento obsceno, sin límites ni regulaciones, en una finalidad en sí mismo. Y, naturalmente, en esta ley de la selva, se impone la voluntad del más fuerte o más apalancado por el poder, y siempre a costa de las mismas víctimas, es decir, de los trabajadores asalariados. ¿Saben que en determinados sectores ya hace muchos años que no suben los sueldos porque hay dos millones de inmigrantes dispuestos a realizar el mismo trabajo en condiciones inferiores? ¿O que, en otros, la amenaza de deslocalización también ha significado la congelación salarial?
No debe extrañarnos, pues, que la OCDE, el organismo que agrupa la treintena de países más industrializados y civilizados del mundo, haya publicado un informe que indica que España es el único país miembro que en los últimos tres años ha sufrido un descenso real de los salarios del 4%. Estamos, pues, ante un caso sin precedentes en el mundo entero que rompe todas las normas éticas y todos los principios de justicia social generalmente aceptados. Una escandalosa prosperidad que en lugar de repartir la riqueza, la acumula en manos de los ricos y en detrimento de la clase trabajadora. Hasta el extremo de causar un intolerable resultado que es la pérdida de peso relativo de los salarios en el conjunto del PIB mientras que aumenta el porcentaje del total que va a parar a las rentas del capital. Y eso que el número de trabajadores ha aumentado en todo este periodo.Sin embargo, pocos políticos se refieren a esta cuestión que erosiona de forma imparable y constante el poder adquisitivo de las familias y su capacidad de llegar a final de mes. Ni tampoco al hecho de que las tarifas de las empresas de servicios públicos de primera necesidad (hoy privatizadas y gestionadas por los amigos del poder de turno) reciban autorizaciones del Gobierno respectivo para ser aumentadas hasta extremos que no compensan la inflación, sino que pasan a ser su principal causante. O que las puedan revisar cada tres meses, frente a la revisión anual de convenios. Se ha hablado, eso sí, de los 2.500 euros por bebé mientras se hunde la familia en su conjunto o se sigue menospreciando la pensión de las viudas.Al parecer, ya no está vigente el principio de que hay que crear riqueza a fin de poder repartirla y que ahora puede hacerse exactamente lo contrario en nombre de la socialdemocracia. Hemos pasado, pues, de los políticos que hablan como las hermanitas de los pobres a los que actúan como las amiguitas de los ricos.
Y MENOS MAL que a la hora de predicar en el desierto aún se ha escuchado una voz, la de Josep Maria Álvarez, secretario general de la UGT de Catalunya, que ha dicho que la polarización de la renta y el retroceso de los salarios como parte de la riqueza nacional no es justa, porque crecer a costa de los salarios, además de ser inmoral como aquí se ha dicho, también es insostenible. ¡Gracias, compañero! Probablemente, eres uno de los pocos que se han dado cuenta de lo que ocurre cuando los ricos son cada vez más ricos, y los pobres, cada vez más pobres. En esto ha coincidido con el Instituto de Competitividad y Prosperidad de Toronto, que presenta como un éxito del Canadá la capacidad de conciliar la prosperidad con la igualdad económica. Porque el 20% más pobre de la población se siente todavía más desvalido si no se reduce la brecha de la desigualdad de los ingresos. Y cuando quedan desbordados por los nuevos plutócratas, su percepción les hace sentir amargados por el creciente diferencial que les impide mantener su modesto y merecido nivel de vida.
Hablemos de salarios
En uno de los chistes de Forges de estos últimos días, un señor que lee una noticia económica de un periódico, se dirige a dos jóvenes diciéndoles: “¡Falsos: con 23.000 euros de renta per cápita y haciéndose pasar por mileuristas!”. Es una de las paradojas de nuestra realidad sociolaboral. Una renta per cápita que alcanza la media europea, pero unos salarios que pierden poder adquisitivo. “La paradoja es que el sueldo real medio baja, pero todos ganan”, decía Fernández Ordóñez aludiendo a algo incuestionable como es la mejora que experimentan amas de casa y jóvenes que se incorporan al mercado laboral y pasan de ganar cero euros a mileuristas o los inmigrantes que ganan el triple que en su país, aunque unos y otros reducen el salario real medio de los españoles un 4% en los últimos diez años, según ha señalado la OCDE.
Hablemos de salarios y hablemos de paradojas. ¿O deberíamos llamarlas injusticias? Nuestra boyante economía está produciendo algunos efectos contradictorios. El primero es la creciente dualización del mercado laboral. El importantísimo crecimiento del empleo en esta última década (ocho millones de empleos nuevos desde 1994, de los cuales cuatro son mujeres) ha generado una nueva “clase laboral” integrada por los trabajadores menos cualificados en los sectores económicos que más han crecido estos años: construcción, servicios, pequeño comercio, agroalimentario, etc. Junto a los inmigrantes, ese amplio colectivo laboral, está situado en niveles salariales bajísimos, separándose crecientemente de los trabajadores del conocimiento, como llama Alvin Toffler a los licenciados y trabajadores intelectuales en general.
Se consideran bajos salarios los que no alcanzan el 60% del salario medio del país. Pues bien, hoy y aquí esa cifra son 730 euros y aproximadamente dos millones y medio de nuestros trabajadores, el 12% de nuestra población ocupada, están por debajo de ese umbral. Es por eso que hasta Forges se equivoca en su denuncia llamando mileuristas a esos jóvenes ya que muchísimos de ellos no llegan a esa cifra extraordinaria. Se calcula que el 70% de los nuevos empleos de estos últimos años, son inferiores al salario promedio. Los bajos salarios no son sólo consecuencia de la baja cualificación profesional. Van también asociados a la población laboral precaria (más del 30%) y joven (seis de cada diez jóvenes son eventuales, el doble que la media de la OCDE). La precariedad impone menores niveles salariales, menor protección social y nula capacidad de denuncia a la vulneración de los derechos laborales mínimos.
Otra gran brecha salarial se está produciendo en el abanico salarial de las empresas. Ejecutivos, directivos y consejeros de las grandes compañías han multiplicado sus salarios abriendo este abanico hasta cifras inéditas. Hace veinte años un abanico de uno a diez o a veinte era relativamente normal. Hoy, sin embargo, es frecuente que los máximos directivos cobren hasta cien o doscientas veces más que el salario más bajo de la empresa. Y si añadimos salarios en especie, pólizas de seguro, fondos de pensiones y similares, ese abanico puede llegar a ser de uno a mil. Sólo el año pasado las retribuciones de los consejeros de las empresas cotizadas crecieron un 28% y la de los directivos, un 20%. Cuando se publicó hace unos meses la retribución del presidente de uno de los dos grandes bancos españoles (9′78 millones de euros, unas 500 veces el sueldo medio español, más 10 millones anuales para su fondo de pensiones) respondí a una pregunta de un periodista afirmando que tales cantidades rozaban el límite de lo moralmente aceptable. Más allá de valoraciones morales, Peter Drucker decía que un directivo que cobra veinte veces más que el trabajador de más baja categoría, sobrevalora su contribución al éxito de la empresa en oposición a la labor del más humilde de sus empleados.
Por último, interesa destacar la progresiva reducción del peso de los salarios en la renta nacional. Es un fenómeno bastante generalizado en Europa, como consecuencia de las políticas de moderación salarial y altos crecimientos de los beneficios empresariales. En España se calcula que el peso de los salarios sobre la renta total ha descendido del 54′9% en 2000 al 52′75% en 2005. Pero además debe recordarse que el peso de los salarios en Europa ronda el 64% del total de la renta, es decir, diez puntos más que en España. Por cierto, también la UE ha visto descender esa cifra estos últimos años desde el 68% al 64% citado. Dice la CEOE que los salarios no han disminuido poder adquisitivo estos últimos diez años si computamos el salario por hora trabajada. Pero aunque ese parámetro equipare IPC y evolución salarial, no ocurre así con la evolución de los beneficios, que entre 1999 y 2006 han tenido un crecimiento neto del 73% más del doble de la media de la UE (33%) y el dividendo repartido se ha incrementado en un 47%.
Hablemos de salarios y pasemos ahora de las musas al teatro. ¿Qué hacemos? Una primera medida debe ser el incremento progresivo del SMI. Este Gobierno tomó dos decisiones importantes. Desindiciar el SMI de toda una serie de referencias extrasalariales: pensiones, vivienda, becas, etc., y subirlo a 600 euros. Habrá que asumir, que el empleo de baja cualificación es más dependiente de esta medida gubernamental que de la negociación colectiva y por tanto habrá que incluir en él una mayor población laboral. Acercar el SMI al 60% de la media salarial española debe ser el objetivo de la próxima legislatura, es decir, 750 euros al mes. A su vez la negociación colectiva debe plantearse el objetivo de los 1.000 euros como salario mínimo en todos los sectores de actividad.
Sería también muy recomendable una congelación de los salarios directivos y una rebaja de los ingresos de consejeros y altos ejecutivos en general. Las autoridades económicas y los expertos de todo tipo y condición, no dejan de reiterar la necesidad de moderar los aumentos salariales y ajustarlos a los incrementos de productividad. No puedo estar más de acuerdo con esta recomendación, pero ¿no deberían ser los máximos directivos de las compañías quienes dieran ese ejemplo en vez de hacer todo lo contrario?
Por último, ¿para cuándo la progresiva participación de los trabajadores en los beneficios de las empresas? En los tiempos de la flexibilidad laboral y de la moderación salarial, una nueva bandera de los trabajadores deberá ser la participación progresiva en los resultados económicos de las empresas. Una vez más, esa participación no puede corresponder sólo a los ejecutivos de las empresas. Hay que generalizarla y democratizarla en beneficio de todos.
>Riqueza a costa de los asalariados
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En vísperas del pasado debate de política general, los ciudadanos españoles asimilaban con perplejidad toda una serie de informaciones contradictorias. Se nos decía que éramos líderes de la UE en crecimiento económico, en creación de puestos de trabajo, en construcción de viviendas, en compra de empresas a los países vecinos y en incremento del número de millonarios. Pero, a la vez, éramos los primeros en consumo de cocaína, en número de divorcios, en déficit exterior –el mayor del mundo en términos relativos y el segundo en términos absolutos después de EEUU–, en número de asalariados mileuristas, o en prostitución (en las comarcas de Girona no hay ni un solo municipio que no tenga al menos un puticlub) y en remesas de inmigrantes instalados aquí, que ya representan el 5% de los ingresos totales por turismo y unos 2.000 millones de euros al año.
SON COSAS que han ocurrido muy de prisa y sin ninguna intervención de los poderes públicos. Son el resultado del laissez-faire, laissez-passer y de la incapacidad del Gobierno de controlar las fronteras, la especulación urbanística o la inflación. Es lógico, por tanto, que de pronto nos encontremos ante la necesidad de un cambio de modelo, consecuencia imprevista de una actitud inconsciente de hacer surfing y dejarse llevar por el oleaje. Ya no vale aquel concepto que expresaba el canciller Helmut Schmidt cuando decía que las inversiones de hoy son los beneficios de mañana y los nuevos puestos de trabajo del futuro.Ahora todo vale en un total boxing sin reglas que convierte el enriquecimiento obsceno, sin límites ni regulaciones, en una finalidad en sí mismo. Y, naturalmente, en esta ley de la selva, se impone la voluntad del más fuerte o más apalancado por el poder, y siempre a costa de las mismas víctimas, es decir, de los trabajadores asalariados. ¿Saben que en determinados sectores ya hace muchos años que no suben los sueldos porque hay dos millones de inmigrantes dispuestos a realizar el mismo trabajo en condiciones inferiores? ¿O que, en otros, la amenaza de deslocalización también ha significado la congelación salarial?
No debe extrañarnos, pues, que la OCDE, el organismo que agrupa la treintena de países más industrializados y civilizados del mundo, haya publicado un informe que indica que España es el único país miembro que en los últimos tres años ha sufrido un descenso real de los salarios del 4%. Estamos, pues, ante un caso sin precedentes en el mundo entero que rompe todas las normas éticas y todos los principios de justicia social generalmente aceptados. Una escandalosa prosperidad que en lugar de repartir la riqueza, la acumula en manos de los ricos y en detrimento de la clase trabajadora. Hasta el extremo de causar un intolerable resultado que es la pérdida de peso relativo de los salarios en el conjunto del PIB mientras que aumenta el porcentaje del total que va a parar a las rentas del capital. Y eso que el número de trabajadores ha aumentado en todo este periodo.Sin embargo, pocos políticos se refieren a esta cuestión que erosiona de forma imparable y constante el poder adquisitivo de las familias y su capacidad de llegar a final de mes. Ni tampoco al hecho de que las tarifas de las empresas de servicios públicos de primera necesidad (hoy privatizadas y gestionadas por los amigos del poder de turno) reciban autorizaciones del Gobierno respectivo para ser aumentadas hasta extremos que no compensan la inflación, sino que pasan a ser su principal causante. O que las puedan revisar cada tres meses, frente a la revisión anual de convenios. Se ha hablado, eso sí, de los 2.500 euros por bebé mientras se hunde la familia en su conjunto o se sigue menospreciando la pensión de las viudas.Al parecer, ya no está vigente el principio de que hay que crear riqueza a fin de poder repartirla y que ahora puede hacerse exactamente lo contrario en nombre de la socialdemocracia. Hemos pasado, pues, de los políticos que hablan como las hermanitas de los pobres a los que actúan como las amiguitas de los ricos.
Y MENOS MAL que a la hora de predicar en el desierto aún se ha escuchado una voz, la de Josep Maria Álvarez, secretario general de la UGT de Catalunya, que ha dicho que la polarización de la renta y el retroceso de los salarios como parte de la riqueza nacional no es justa, porque crecer a costa de los salarios, además de ser inmoral como aquí se ha dicho, también es insostenible. ¡Gracias, compañero! Probablemente, eres uno de los pocos que se han dado cuenta de lo que ocurre cuando los ricos son cada vez más ricos, y los pobres, cada vez más pobres. En esto ha coincidido con el Instituto de Competitividad y Prosperidad de Toronto, que presenta como un éxito del Canadá la capacidad de conciliar la prosperidad con la igualdad económica. Porque el 20% más pobre de la población se siente todavía más desvalido si no se reduce la brecha de la desigualdad de los ingresos. Y cuando quedan desbordados por los nuevos plutócratas, su percepción les hace sentir amargados por el creciente diferencial que les impide mantener su modesto y merecido nivel de vida.
Riqueza a costa de los asalariados
En vísperas del pasado debate de política general, los ciudadanos españoles asimilaban con perplejidad toda una serie de informaciones contradictorias. Se nos decía que éramos líderes de la UE en crecimiento económico, en creación de puestos de trabajo, en construcción de viviendas, en compra de empresas a los países vecinos y en incremento del número de millonarios. Pero, a la vez, éramos los primeros en consumo de cocaína, en número de divorcios, en déficit exterior –el mayor del mundo en términos relativos y el segundo en términos absolutos después de EEUU–, en número de asalariados mileuristas, o en prostitución (en las comarcas de Girona no hay ni un solo municipio que no tenga al menos un puticlub) y en remesas de inmigrantes instalados aquí, que ya representan el 5% de los ingresos totales por turismo y unos 2.000 millones de euros al año.
SON COSAS que han ocurrido muy de prisa y sin ninguna intervención de los poderes públicos. Son el resultado del laissez-faire, laissez-passer y de la incapacidad del Gobierno de controlar las fronteras, la especulación urbanística o la inflación. Es lógico, por tanto, que de pronto nos encontremos ante la necesidad de un cambio de modelo, consecuencia imprevista de una actitud inconsciente de hacer surfing y dejarse llevar por el oleaje. Ya no vale aquel concepto que expresaba el canciller Helmut Schmidt cuando decía que las inversiones de hoy son los beneficios de mañana y los nuevos puestos de trabajo del futuro.Ahora todo vale en un total boxing sin reglas que convierte el enriquecimiento obsceno, sin límites ni regulaciones, en una finalidad en sí mismo. Y, naturalmente, en esta ley de la selva, se impone la voluntad del más fuerte o más apalancado por el poder, y siempre a costa de las mismas víctimas, es decir, de los trabajadores asalariados. ¿Saben que en determinados sectores ya hace muchos años que no suben los sueldos porque hay dos millones de inmigrantes dispuestos a realizar el mismo trabajo en condiciones inferiores? ¿O que, en otros, la amenaza de deslocalización también ha significado la congelación salarial?
No debe extrañarnos, pues, que la OCDE, el organismo que agrupa la treintena de países más industrializados y civilizados del mundo, haya publicado un informe que indica que España es el único país miembro que en los últimos tres años ha sufrido un descenso real de los salarios del 4%. Estamos, pues, ante un caso sin precedentes en el mundo entero que rompe todas las normas éticas y todos los principios de justicia social generalmente aceptados. Una escandalosa prosperidad que en lugar de repartir la riqueza, la acumula en manos de los ricos y en detrimento de la clase trabajadora. Hasta el extremo de causar un intolerable resultado que es la pérdida de peso relativo de los salarios en el conjunto del PIB mientras que aumenta el porcentaje del total que va a parar a las rentas del capital. Y eso que el número de trabajadores ha aumentado en todo este periodo.Sin embargo, pocos políticos se refieren a esta cuestión que erosiona de forma imparable y constante el poder adquisitivo de las familias y su capacidad de llegar a final de mes. Ni tampoco al hecho de que las tarifas de las empresas de servicios públicos de primera necesidad (hoy privatizadas y gestionadas por los amigos del poder de turno) reciban autorizaciones del Gobierno respectivo para ser aumentadas hasta extremos que no compensan la inflación, sino que pasan a ser su principal causante. O que las puedan revisar cada tres meses, frente a la revisión anual de convenios. Se ha hablado, eso sí, de los 2.500 euros por bebé mientras se hunde la familia en su conjunto o se sigue menospreciando la pensión de las viudas.Al parecer, ya no está vigente el principio de que hay que crear riqueza a fin de poder repartirla y que ahora puede hacerse exactamente lo contrario en nombre de la socialdemocracia. Hemos pasado, pues, de los políticos que hablan como las hermanitas de los pobres a los que actúan como las amiguitas de los ricos.
Y MENOS MAL que a la hora de predicar en el desierto aún se ha escuchado una voz, la de Josep Maria Álvarez, secretario general de la UGT de Catalunya, que ha dicho que la polarización de la renta y el retroceso de los salarios como parte de la riqueza nacional no es justa, porque crecer a costa de los salarios, además de ser inmoral como aquí se ha dicho, también es insostenible. ¡Gracias, compañero! Probablemente, eres uno de los pocos que se han dado cuenta de lo que ocurre cuando los ricos son cada vez más ricos, y los pobres, cada vez más pobres. En esto ha coincidido con el Instituto de Competitividad y Prosperidad de Toronto, que presenta como un éxito del Canadá la capacidad de conciliar la prosperidad con la igualdad económica. Porque el 20% más pobre de la población se siente todavía más desvalido si no se reduce la brecha de la desigualdad de los ingresos. Y cuando quedan desbordados por los nuevos plutócratas, su percepción les hace sentir amargados por el creciente diferencial que les impide mantener su modesto y merecido nivel de vida.
>Hablemos de salarios
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En uno de los chistes de Forges de estos últimos días, un señor que lee una noticia económica de un periódico, se dirige a dos jóvenes diciéndoles: “¡Falsos: con 23.000 euros de renta per cápita y haciéndose pasar por mileuristas!”. Es una de las paradojas de nuestra realidad sociolaboral. Una renta per cápita que alcanza la media europea, pero unos salarios que pierden poder adquisitivo. “La paradoja es que el sueldo real medio baja, pero todos ganan”, decía Fernández Ordóñez aludiendo a algo incuestionable como es la mejora que experimentan amas de casa y jóvenes que se incorporan al mercado laboral y pasan de ganar cero euros a mileuristas o los inmigrantes que ganan el triple que en su país, aunque unos y otros reducen el salario real medio de los españoles un 4% en los últimos diez años, según ha señalado la OCDE.
Hablemos de salarios y hablemos de paradojas. ¿O deberíamos llamarlas injusticias? Nuestra boyante economía está produciendo algunos efectos contradictorios. El primero es la creciente dualización del mercado laboral. El importantísimo crecimiento del empleo en esta última década (ocho millones de empleos nuevos desde 1994, de los cuales cuatro son mujeres) ha generado una nueva “clase laboral” integrada por los trabajadores menos cualificados en los sectores económicos que más han crecido estos años: construcción, servicios, pequeño comercio, agroalimentario, etc. Junto a los inmigrantes, ese amplio colectivo laboral, está situado en niveles salariales bajísimos, separándose crecientemente de los trabajadores del conocimiento, como llama Alvin Toffler a los licenciados y trabajadores intelectuales en general.
Se consideran bajos salarios los que no alcanzan el 60% del salario medio del país. Pues bien, hoy y aquí esa cifra son 730 euros y aproximadamente dos millones y medio de nuestros trabajadores, el 12% de nuestra población ocupada, están por debajo de ese umbral. Es por eso que hasta Forges se equivoca en su denuncia llamando mileuristas a esos jóvenes ya que muchísimos de ellos no llegan a esa cifra extraordinaria. Se calcula que el 70% de los nuevos empleos de estos últimos años, son inferiores al salario promedio. Los bajos salarios no son sólo consecuencia de la baja cualificación profesional. Van también asociados a la población laboral precaria (más del 30%) y joven (seis de cada diez jóvenes son eventuales, el doble que la media de la OCDE). La precariedad impone menores niveles salariales, menor protección social y nula capacidad de denuncia a la vulneración de los derechos laborales mínimos.
Otra gran brecha salarial se está produciendo en el abanico salarial de las empresas. Ejecutivos, directivos y consejeros de las grandes compañías han multiplicado sus salarios abriendo este abanico hasta cifras inéditas. Hace veinte años un abanico de uno a diez o a veinte era relativamente normal. Hoy, sin embargo, es frecuente que los máximos directivos cobren hasta cien o doscientas veces más que el salario más bajo de la empresa. Y si añadimos salarios en especie, pólizas de seguro, fondos de pensiones y similares, ese abanico puede llegar a ser de uno a mil. Sólo el año pasado las retribuciones de los consejeros de las empresas cotizadas crecieron un 28% y la de los directivos, un 20%. Cuando se publicó hace unos meses la retribución del presidente de uno de los dos grandes bancos españoles (9′78 millones de euros, unas 500 veces el sueldo medio español, más 10 millones anuales para su fondo de pensiones) respondí a una pregunta de un periodista afirmando que tales cantidades rozaban el límite de lo moralmente aceptable. Más allá de valoraciones morales, Peter Drucker decía que un directivo que cobra veinte veces más que el trabajador de más baja categoría, sobrevalora su contribución al éxito de la empresa en oposición a la labor del más humilde de sus empleados.
Por último, interesa destacar la progresiva reducción del peso de los salarios en la renta nacional. Es un fenómeno bastante generalizado en Europa, como consecuencia de las políticas de moderación salarial y altos crecimientos de los beneficios empresariales. En España se calcula que el peso de los salarios sobre la renta total ha descendido del 54′9% en 2000 al 52′75% en 2005. Pero además debe recordarse que el peso de los salarios en Europa ronda el 64% del total de la renta, es decir, diez puntos más que en España. Por cierto, también la UE ha visto descender esa cifra estos últimos años desde el 68% al 64% citado. Dice la CEOE que los salarios no han disminuido poder adquisitivo estos últimos diez años si computamos el salario por hora trabajada. Pero aunque ese parámetro equipare IPC y evolución salarial, no ocurre así con la evolución de los beneficios, que entre 1999 y 2006 han tenido un crecimiento neto del 73% más del doble de la media de la UE (33%) y el dividendo repartido se ha incrementado en un 47%.
Hablemos de salarios y pasemos ahora de las musas al teatro. ¿Qué hacemos? Una primera medida debe ser el incremento progresivo del SMI. Este Gobierno tomó dos decisiones importantes. Desindiciar el SMI de toda una serie de referencias extrasalariales: pensiones, vivienda, becas, etc., y subirlo a 600 euros. Habrá que asumir, que el empleo de baja cualificación es más dependiente de esta medida gubernamental que de la negociación colectiva y por tanto habrá que incluir en él una mayor población laboral. Acercar el SMI al 60% de la media salarial española debe ser el objetivo de la próxima legislatura, es decir, 750 euros al mes. A su vez la negociación colectiva debe plantearse el objetivo de los 1.000 euros como salario mínimo en todos los sectores de actividad.
Sería también muy recomendable una congelación de los salarios directivos y una rebaja de los ingresos de consejeros y altos ejecutivos en general. Las autoridades económicas y los expertos de todo tipo y condición, no dejan de reiterar la necesidad de moderar los aumentos salariales y ajustarlos a los incrementos de productividad. No puedo estar más de acuerdo con esta recomendación, pero ¿no deberían ser los máximos directivos de las compañías quienes dieran ese ejemplo en vez de hacer todo lo contrario?
Por último, ¿para cuándo la progresiva participación de los trabajadores en los beneficios de las empresas? En los tiempos de la flexibilidad laboral y de la moderación salarial, una nueva bandera de los trabajadores deberá ser la participación progresiva en los resultados económicos de las empresas. Una vez más, esa participación no puede corresponder sólo a los ejecutivos de las empresas. Hay que generalizarla y democratizarla en beneficio de todos.
Hablemos de salarios
En uno de los chistes de Forges de estos últimos días, un señor que lee una noticia económica de un periódico, se dirige a dos jóvenes diciéndoles: “¡Falsos: con 23.000 euros de renta per cápita y haciéndose pasar por mileuristas!”. Es una de las paradojas de nuestra realidad sociolaboral. Una renta per cápita que alcanza la media europea, pero unos salarios que pierden poder adquisitivo. “La paradoja es que el sueldo real medio baja, pero todos ganan”, decía Fernández Ordóñez aludiendo a algo incuestionable como es la mejora que experimentan amas de casa y jóvenes que se incorporan al mercado laboral y pasan de ganar cero euros a mileuristas o los inmigrantes que ganan el triple que en su país, aunque unos y otros reducen el salario real medio de los españoles un 4% en los últimos diez años, según ha señalado la OCDE.
Hablemos de salarios y hablemos de paradojas. ¿O deberíamos llamarlas injusticias? Nuestra boyante economía está produciendo algunos efectos contradictorios. El primero es la creciente dualización del mercado laboral. El importantísimo crecimiento del empleo en esta última década (ocho millones de empleos nuevos desde 1994, de los cuales cuatro son mujeres) ha generado una nueva “clase laboral” integrada por los trabajadores menos cualificados en los sectores económicos que más han crecido estos años: construcción, servicios, pequeño comercio, agroalimentario, etc. Junto a los inmigrantes, ese amplio colectivo laboral, está situado en niveles salariales bajísimos, separándose crecientemente de los trabajadores del conocimiento, como llama Alvin Toffler a los licenciados y trabajadores intelectuales en general.
Se consideran bajos salarios los que no alcanzan el 60% del salario medio del país. Pues bien, hoy y aquí esa cifra son 730 euros y aproximadamente dos millones y medio de nuestros trabajadores, el 12% de nuestra población ocupada, están por debajo de ese umbral. Es por eso que hasta Forges se equivoca en su denuncia llamando mileuristas a esos jóvenes ya que muchísimos de ellos no llegan a esa cifra extraordinaria. Se calcula que el 70% de los nuevos empleos de estos últimos años, son inferiores al salario promedio. Los bajos salarios no son sólo consecuencia de la baja cualificación profesional. Van también asociados a la población laboral precaria (más del 30%) y joven (seis de cada diez jóvenes son eventuales, el doble que la media de la OCDE). La precariedad impone menores niveles salariales, menor protección social y nula capacidad de denuncia a la vulneración de los derechos laborales mínimos.
Otra gran brecha salarial se está produciendo en el abanico salarial de las empresas. Ejecutivos, directivos y consejeros de las grandes compañías han multiplicado sus salarios abriendo este abanico hasta cifras inéditas. Hace veinte años un abanico de uno a diez o a veinte era relativamente normal. Hoy, sin embargo, es frecuente que los máximos directivos cobren hasta cien o doscientas veces más que el salario más bajo de la empresa. Y si añadimos salarios en especie, pólizas de seguro, fondos de pensiones y similares, ese abanico puede llegar a ser de uno a mil. Sólo el año pasado las retribuciones de los consejeros de las empresas cotizadas crecieron un 28% y la de los directivos, un 20%. Cuando se publicó hace unos meses la retribución del presidente de uno de los dos grandes bancos españoles (9′78 millones de euros, unas 500 veces el sueldo medio español, más 10 millones anuales para su fondo de pensiones) respondí a una pregunta de un periodista afirmando que tales cantidades rozaban el límite de lo moralmente aceptable. Más allá de valoraciones morales, Peter Drucker decía que un directivo que cobra veinte veces más que el trabajador de más baja categoría, sobrevalora su contribución al éxito de la empresa en oposición a la labor del más humilde de sus empleados.
Por último, interesa destacar la progresiva reducción del peso de los salarios en la renta nacional. Es un fenómeno bastante generalizado en Europa, como consecuencia de las políticas de moderación salarial y altos crecimientos de los beneficios empresariales. En España se calcula que el peso de los salarios sobre la renta total ha descendido del 54′9% en 2000 al 52′75% en 2005. Pero además debe recordarse que el peso de los salarios en Europa ronda el 64% del total de la renta, es decir, diez puntos más que en España. Por cierto, también la UE ha visto descender esa cifra estos últimos años desde el 68% al 64% citado. Dice la CEOE que los salarios no han disminuido poder adquisitivo estos últimos diez años si computamos el salario por hora trabajada. Pero aunque ese parámetro equipare IPC y evolución salarial, no ocurre así con la evolución de los beneficios, que entre 1999 y 2006 han tenido un crecimiento neto del 73% más del doble de la media de la UE (33%) y el dividendo repartido se ha incrementado en un 47%.
Hablemos de salarios y pasemos ahora de las musas al teatro. ¿Qué hacemos? Una primera medida debe ser el incremento progresivo del SMI. Este Gobierno tomó dos decisiones importantes. Desindiciar el SMI de toda una serie de referencias extrasalariales: pensiones, vivienda, becas, etc., y subirlo a 600 euros. Habrá que asumir, que el empleo de baja cualificación es más dependiente de esta medida gubernamental que de la negociación colectiva y por tanto habrá que incluir en él una mayor población laboral. Acercar el SMI al 60% de la media salarial española debe ser el objetivo de la próxima legislatura, es decir, 750 euros al mes. A su vez la negociación colectiva debe plantearse el objetivo de los 1.000 euros como salario mínimo en todos los sectores de actividad.
Sería también muy recomendable una congelación de los salarios directivos y una rebaja de los ingresos de consejeros y altos ejecutivos en general. Las autoridades económicas y los expertos de todo tipo y condición, no dejan de reiterar la necesidad de moderar los aumentos salariales y ajustarlos a los incrementos de productividad. No puedo estar más de acuerdo con esta recomendación, pero ¿no deberían ser los máximos directivos de las compañías quienes dieran ese ejemplo en vez de hacer todo lo contrario?
Por último, ¿para cuándo la progresiva participación de los trabajadores en los beneficios de las empresas? En los tiempos de la flexibilidad laboral y de la moderación salarial, una nueva bandera de los trabajadores deberá ser la participación progresiva en los resultados económicos de las empresas. Una vez más, esa participación no puede corresponder sólo a los ejecutivos de las empresas. Hay que generalizarla y democratizarla en beneficio de todos.
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