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Por Masha Lipman, editora de Pro et Contra, revista sobre políticas publicada por el Centro Carnegie de Moscú. Traducido del inglés por David Meléndez Tormen (Project Syndicate, 30/03/11):
El gobierno ruso, sólidamente afianzado en el poder, ha salido invariablemente indemne de los malos resultados, la ineficiencia, la corrupción y la violación generalizada de los derechos políticos y las libertades civiles. Las encuestas demuestran consistentemente que el pueblo ruso no se engaña: la gente responde habitualmente en los sondeos que los funcionarios públicos son corruptos y egoístas. Más del 80% de los rusos, de acuerdo con una encuesta realizada el verano pasado, cree que “en la práctica, muchos funcionarios públicos violan la ley.”
Y, sin embargo, el primer ministro Vladimir Putin, que sigue siendo la persona más poderosa de Rusia a pesar de no ejercer la presidencia, ha gozado por años de altos y constantes índices de aprobación. Una caída leve a principios de 2011 probablemente reflejó la frustración por la injusticia social y una creciente sensación de inseguridad e incertidumbre sobre el futuro. Aún así, aproximadamente el 70% de los encuestados en un sondeo realizado en febrero dijo aprobar el desempeño de Putin. La aprobación del presidente Dmitri Medvedev es sólo ligeramente inferior.
Sin embargo, las altas calificaciones de los líderes rusos no indican una preferencia racional por quienes detentan el poder en lugar de los potenciales contendores; puesto que se ha amputado la competencia política en Rusia, las posibilidades de comparar y elegir no están al alcance de la izquierda política. Más bien, las cifras de estas encuestas son un “voto” para el statu quo; transmiten una sensación general de que no se desea un cambio político, a pesar de los ataques terroristas, las catástrofes tecnológicas, la policía sin ley o las elecciones fraudulentas.
Durante los años de gobierno de Putin, el Kremlin alejó cada vez más a los ciudadanos de la toma de decisiones, al prácticamente desmantelar las instituciones representativas. Las elecciones para gobernadores fueron abolidas hace seis años, e incluso los alcaldes electos de la ciudades han sido progresivamente sustituidos por funcionarios designados. Las encuestas indican habitualmente que más del 80% de los rusos creen no poder influir en los asuntos regionales e incluso nacionales.
Este sistema de alienación política es aceptado por una abrumadora mayoría de los rusos. Las “masas” y los “mejores y más brillantes” por igual no muestran interés en la participación política. Los grupos políticos de oposición no atraen el apoyo público, lo que hace fácil para el gobierno suprimirlos.
De hecho, en ausencia de participación política, el gobierno goza de una cómoda posición de dominio sobre la sociedad. En gran medida sigue existiendo el orden eterno de Rusia: un Estado dominante y una sociedad sin poder y fragmentada.
Dos veces en el siglo XX, el omnipotente Estado ruso quedó drásticamente debilitado: al principio, cuando el imperio ruso se derrumbó y al final, cuando la URSS dejó de existir. Sin embargo, en ambas ocasiones el modelo tradicional de dominación del Estado se restableció rápidamente.
Aunque las relaciones entre estado y sociedad muestran en Rusia un patrón tradicional, los diferentes líderes les han dado forma de manera distinta. El régimen de Stalin podría compararse con un padre cruel y sádico que mantiene a sus hijos en un estado de temor y sumisión. El modelo de Brezhnev se parecía a un matrimonio mal avenido, carente de amor o respeto, en que los cónyuges se engañan, se aprovechan uno del otro y se arrebatan sus posesiones una y otra vez, aunque el fuerte marido cuando recuerde de vez en a su esposa que es el que manda, exigiendo por lo menos una manifestación oficial de lealtad o, de lo contrario, que se atenga a las consecuencias.
Comparado con estos dos modelos, el modelo de Putin de relación entre estado y sociedad se ve como un divorcio o, por lo menos, una separación: cada uno se ocupa de sus propios asuntos y no interfiere en el ámbito del otro. Es un modelo que se puede denominar como un “pacto de no participación”. Puede que el Kremlin haya monopolizado la toma de decisiones, pero en gran parte no interfiere en la vida de los ciudadanos, permitiéndoles vivir sus propias vidas y buscar la satisfacción de sus propios intereses, siempre y cuando no interfieran en el ámbito del gobierno.
A diferencia de la URSS, que violaba masivamente el espacio privado de los ciudadanos, los rusos de hoy en día disfrutan de libertades individuales prácticamente ilimitadas. La naturaleza no invasiva del gobierno es bien valorada: la gente se aboca con entusiasmo a sus asuntos privados, con poco interés por una esfera política que voluntariamente ha abandonado.
Sin embargo, los últimos 20 años de amplias libertades individuales y limitadas libertades civiles han generado cambios en la sociedad rusa; si no en todos los ámbitos, ciertamente en determinados grupos. En particular, los rusos han adquirido algunas habilidades de organización y fortalecimiento de los vínculos comunitarios. El uso de redes sociales en línea, por ejemplo, ha crecido más rápidamente que en cualquier otro país de Europa y ha ayudado a crear algo parecido a una esfera pública: a menudo, la blogósfera rusa es un lugar para la expresión del enojo público sobre la injusticia social, los privilegios inmerecidos, la anarquía y la impunidad policial.
Las protestas socioeconómicas se han convertido en una característica de la vida rusa, sobre todo durante la crisis económica. A diferencia de los grupos políticos, que atraen un muy limitado apoyo público, en varias ocasiones las demandas socioeconómicas han reunido a miles de personas en diversas partes del país.
Más aún, en las grandes ciudades está surgiendo una nueva clase urbana de rusos avanzados y modernizados con buenas habilidades profesionales que se sienten a gusto en el mundo globalizado. El desarrollo de organizaciones de caridad privadas en los últimos años se debe principalmente a este grupo.
No obstante, a pesar de las oportunidades de la autoexpresión, el activismo y la consolidación comunitaria siguen siendo marginales y no alteran ni debilitan el dominio del Estado sobre la sociedad. A pesar del reciente aumento de las percepciones negativas en la opinión pública, la actividad de protesta sigue estando fragmentada e invariablemente se centra en ámbitos y exigencias locales.
Por ahora, al menos, los rusos de provincias y la nueva clase urbana han aceptado el pacto de no participación de Putin. De hecho, en caso de que las cosas salgan mal, lo más probable es que las personas citadinas, bien informadas y de mentalidad crítica sean más propensas a adoptar la forma más extrema de no participación: la emigración. En el actual clima político, los rusos más ilustrados prefieren utilizar sus habilidades y talentos para el logro de metas personales en el extranjero a ser la fuerza impulsora de la modernización de Rusia.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
marzo 31, 2011
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Rusia |
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By Steve Andreasen, a consultant to the
Nuclear Threat Initiative in Washington, DC. He teaches at the University of Minnesota’s Humphrey school of public affairs and served as director for defence policy and arms control on the National Security Council staff at the White House from 1993 to 2001 (THE GUARDIAN, 26/03/11):
Since the late 1960s, missile defence has reliably reappeared at the nexus of defence and foreign policy for American and Russian leaders. Today, like the immortal phoenix bird, missile defence has risen again as a central issue in global security policy. For Presidents Barack Obama and Dmitry Medvedev – now joined by
Nato – the stakes associated with finding a truly cooperative path forward on missile defence during crucial policy reviews over the next three months have never been higher.
The Obama administration has made commendable progress in
retooling the Nato alliance, resetting US-Nato-Russian relations and reducing nuclear dangers. All three of these vital strands were woven together last November at the Nato Lisbon summit, where the alliance adopted a new “strategic concept” emphasising the need to both defend against ballistic missile attack and deepen security cooperation with
Russia. President Medvedev was invited to attend the Lisbon meeting, where an agreement was reached in the Nato-Russia council to pursue missile defence cooperation. America’s Nato allies also spoke in unison of the vital importance of the
New Start agreement cutting US and Russian nuclear forces for European security, a key factor in the Senate’s December vote to approve the treaty.
What is now clear is that further progress in transforming Nato, improving US-Nato-Russia relations and nuclear threat reduction is dependent in large part on developing a cooperative approach to missile defence, within Nato and between Nato and Russia. Unfortunately, the historic track record on missile defence cooperation is not promising.
First, political follow-through has been lacking. While US and Russian presidents have previously agreed in principle to pursue cooperation on missile defence, these agreements have rarely been followed by detailed accords. When agreements have been struck – like the one by Presidents Bill Clinton and Vladimir Putin in 2000 to establish a jointly-manned centre in Moscow to exchange data from US and Russian early warning systems – they have not been implemented. Second, identifying technical areas for cooperation on missile defence has been difficult, involving extremely sensitive technologies. Third, missile defence has historically been linked to nuclear deterrence; whether one accepts or rejects such a linkage, failure to develop a durable post cold war understanding of the offence-defence relationship has set back cooperation. Finally, there is a severe trust deficit, where each side suspects the others’ motives: Moscow fears Washington cynically seeks to co-opt Russia so America can deploy unlimited defences; Washington believes Moscow only wants to derail US missile defence programmes.
What are the key principles that need to be established now to ensure that these historic and persistent barriers to a truly cooperative approach to missile defence do not thwart the current effort?
As a first principle, as the Nato-Russia council undertakes to “develop a comprehensive joint analysis of the future framework for missile defence cooperation” in time for the June 2011 meeting of defence ministers, all parties should have realistic expectations, and focus now on those activities that lend themselves to near-term success and broader cooperation down the road. Updating the Clinton-Putin-era agreement to establish a
joint data exchange centre in Europe to include all of Nato would be a good place to start. The new US-Nato-Russia centre could be expanded over time to include other nations facing missile threats, making it a truly global center for nuclear threat reduction.
A second principle should be to maximise transparency, coordination and integration with respect to all ballistic missile defence assets deployed from the Atlantic to the Urals. There have been periodic bursts of exchanging information on ballistic missile threats and missile defence programs, developing joint threat assessments, and cooperation on
theatre missile defence, including joint exercises. These activities should be made routine.
More broadly, there should be an element of technology exchange and joint research and development, as well as inclusive, reliable and transparent arrangements relating to command and control. This does not mean designing and constructing from the ground up a missile defence architecture for Europe manned by joint US-Nato-Russia crews with multiple fingers on the button. But a series of pilot projects on joint development of early warning sensors and missile defence systems software and hardware could help to establish and deepen cooperation. A permanent US-Nato-Russia government-industry missile defence council could be established, similar to what was done in initiating the US-Russia nuclear lab-to-lab programme years ago, to identify promising avenues for cooperation. And as Nato moves forward in the months ahead to develop missile defence consultation, command and control arrangements, and steps to implement a Nato missile defence capability, the appropriate time to involve Russia is now.
Finally, a third principle: ensure missile defence cooperation is not rigidly linked with other issues. Conventional forces and tactical
nuclear weapons in Europe, long-range conventional weapons, and further reductions in US and Russian nuclear forces are all vital, complex and related topics at the core of building a peaceful and secure Euro-Atlantic community. Mindful of the interrelationships, leaders can and should take further steps in each of these areas to improve security for all nations, recognising that nurturing the reborn Phoenix of missile defence cooperation is now imperative.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
marzo 28, 2011
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armas nucleares, Estados Unidos, Rusia |
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By Charles King, a professor at Georgetown University and the author of Odessa: Genius and Death in a City of Dreams and Rajan Menon, a professor of political science at City College of New York/City University of New York and the author of The End of Alliance (LOS ANGELES TIMES, 06/02/11):
If current demographic trends continue, within the next half-century Muslims will constitute a sizable part, perhaps even a plurality, of Russia’s population; indeed, Moscow currently has more Muslim inhabitants than any other European city. And unlike those in Amsterdam or Paris, most of Moscow’s Muslims are citizens, not immigrants — products of the Russian Empire’s 19th century southward expansion. In the coming decades, Muslim peoples from Russia’s North Caucasus and Volga regions, together with migrants from neighboring Central Asia and Azerbaijan, will continue to displace Russia’s Slavic core and reshape how the country defines itself.
These shifts pose new challenges to Russia’s stability. Last December, following the slaying of an ethnic Russian in Moscow, allegedly by a man from the North Caucasus, mobs of chanting youths took to the streets, arms raised in Nazi salutes. “Moscow for Muscovites,” read one of their tamer bits of graffiti. Photos and video showed other young men — pummeled, bloodied and dark-haired — cowering behind a thin phalanx of police officers.
Russia has an undeniable terrorism problem emanating from its restive North Caucasus, a region featuring authoritarian politics and a growing Islamist insurgency. But it also has a xenophobia problem. Xenophobic mob attacks on Muslim minorities in the national capital and other major cities could make terrorism attacks occasions for additional bloodshed. This deadly tit-for-tat threatens, especially in the context of an economic crisis, to stoke ethnic and religious conflict, empowering Russia’s increasingly visible ultranationalist forces.
The people targeted in the violent episodes exemplified by Moscow’s December demonstrations were primarily from the North Caucasus, a mountainous stretch along Russia’s southern border with Georgia and Azerbaijan. In the wake of two wars in Chechnya, an insurgency has gained ground across the area. That, along with poverty, joblessness and the indiscriminate roundups of young men by state security services, has spurred out-migration from the area since the 1990s.
The more chaotic the North Caucasus becomes, the larger the exodus of people to Moscow, St. Petersburg and other cities, and in turn the greater the likelihood of violence between far-right hooligans and Russian Muslims.
Russia’s leaders understand the stakes. President Dmitry Medvedev has labeled the North Caucasus his country’s greatest internal problem. After the December riots, he denounced the fanatics for sowing disorder. Likewise, Prime Minister Vladimir Putin warned against extremism of all sorts.
Moscow has also tried to stabilize the North Caucasus. It has increased investment in Chechnya, seeking to rebuild the republic after the weakening of the insurgency there. Still, the other North Caucasus republics — unfamiliar places such as Dagestan and Kabardino-Balkaria — remain mired in poverty and unemployment. The Kremlin has sought to buy off power brokers in the region, hoping to rely on the local strongmen to keep order and crack down on suspected insurgents.
But this is not the kind of thoroughgoing reform that is needed. And the indiscriminate dragnets deployed against Muslim men in the region have driven even more young people to leave or to join the insurgency’s ranks.
In the meantime, anti-migrant chauvinists in major cities farther north have made life even more miserable for those fleeing the North Caucasus. Politicians have inflamed the situation by painting all Muslim migrants as criminals and aliens. And the Russian media tend to denounce the chaos while ignoring the victims — unless they are ethnic Russians.
Russia has seen all this before. The eruptions of violence against neighbors who were also perceived as insidious outsiders marked Russia’s early 20th century. Anti-Jewish pogroms in then-Russian cities such as Kishinev and Odessa assaulted one of the Russian Empire’s most vibrant communities. But they also hurt Russia: by increasing emigration, staining the country’s international reputation and creating a repertoire of violence against Jews that was reprised during the Bolshevik revolution and Russian civil war.
Then, as now, the thugs were a tiny part of the population. Neither today’s extreme nationalists nor the Islamist terrorists are representative of the communities they claim to speak for — a point Medvedev, who has praised Islam as a vital part of Russian history, has been at pains to make.
It is a fine line the Russian government must walk. In responding to terrorism, the government must be careful to separate the terrorists from the rest of Russia’s large Muslim community. Medvedev’s use of the term “pogrom” to describe last December’s riots is a step in the right direction. Without such clear signals from Moscow, Muslims in and from the North Caucasus — who, after all, have been the main victims of Islamist terrorism for years — will wonder whether the country they now call home is big enough to embrace them.
The Domodedovo Airport bombing points to the need for better intelligence and policing to protect all of Russia’s citizens. Russia’s creaking security services, often heavy handed and inefficient, have scored some remarkable successes against insurgents, and the airport attack will be another opportunity to reexamine the performance of state institutions. But the larger challenge for Russian citizens and their government involves coming to terms with a future in which the Muslim periphery is no longer so peripheral.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
febrero 8, 2011
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Rusia, terrorismo |
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Por Joaquim Coello, ingeniero (EL PERIÓDICO, 16/04/10):
La política de aproximación de Rusia a Occidente, tras la disolución de la URSS, fracasó tanto por la falta de interés de Europa y EEUU para aceptarla como una nación aliada, como por la voluntad de las élites rusas de volver al corporativismo y conservadurismo de la época del imperio zarista, primero, y comunista, después. A consecuencia de ello, e impulsada por el presidente Putin, Rusia ha definido su política en tres grandes principios: el crecimiento sin desarrollo, es decir, basado en las materias primas, especialmente gas y petróleo; el capitalismo sin democracia, y la política exterior basada en el imperialismo, sin la capacidad de atracción que cualquier imperio precisa para consolidarse y crecer.
Rusia ha entrado en recesión, con un 10 % menos de PIB en el 2009 por la crisis económica y los bajos precios del petróleo. La industria petrolera rusa, principalmente pública, practica una política comercial nacionalista y agresiva. De hecho, Gazprom no ha obtenido acuerdos exclusivos por la compra del petróleo y el gas de las repúblicas de Asia central, Turkmenistán, Uzbekistán y Kazajistán, que han decidido venderlo a Occidente.
La falta de seguridad jurídica, como se demuestra por la nacionalización de los campos petrolíferos concedidos a Shell en el Pacífico y de la empresa Yukos, y la oposición del Gobierno a la inversión extranjera, que dificulta y entorpece, han reforzado la tradición autárquica del país. La interrupción del suministro de gas a Ucrania, y por lo tanto, a Europa, en dos ocasiones en los últimos tres años ha fomentado la idea de que Rusia es un socio comercial no fiable, y Europa ha buscado, cabe decir que con relativo éxito, vías alternativas a través de Turquía, que eviten el paso del gas de Asia central por Rusia.
El Gobierno ruso ha impulsado, una vez abandonadas la aproximación a Occidente y la entrada en la Organización Mundial del Comercio, la formación de una comunidad política de los estados de la antigua URSS, pero este plan también ha fracasado porque ni Bielorrusia, ni Ucrania, ni las tres grandes repúblicas de Asia central han querido convertirse en satélites de Rusia: la guerra con Georgia ha mostrado el alcance y las limitaciones de esta iniciativa. De hecho, ninguna de estas repúblicas ha querido reconocer la independencia de las regiones autóctonas que Rusia ha ocupado, Osetia del Sur y Abjasia, que se separaron de Georgia por la guerra y quedaron en un limbo entre la independencia y la satelización. La política de préstamos propuestos por Rusia a Bielorrusia, Ucrania y Uzbekistán, aprovechando la falta de liquidez de estos países por la crisis, tampoco ha triunfado. De hecho, ha sido China quien ha cerrado acuerdos económicos con alguna de estas repúblicas, lo que confirma la incapacidad de Rusia de lograr una mayor influencia en la región por vía de la colaboración financiera y comercial.
El planteamiento de ayudar a Occidente en sus relaciones con el islam y en la política de Oriente Próximo tampoco progresa por su pérdida de influencia política y militar en la zona, en parte, porque no ha podido mantener la fuerza del Ejército y su industria de armamento, que hasta la fecha ha sido la base de su poder. De hecho, el tratado de control y no proliferación de armas nucleares es el último vestigio en pie del antiguo poder militar ruso.
Desde el siglo XVII, Rusia ha compensado su retraso técnico y económico por la dimensión de su población y su territorio. Hoy, es diferente, porque la población de 140 millones de habitantes disminuye por una baja natalidad –será un 15% menor en el 2050–, y la dimensión de su territorio tiene ventajas estratégicas distintas a las del pasado.
El gobierno debería promover la liberalización del comercio, la apertura del mercado a la inversión extranjera, la explotación de la riqueza cultural de Rusia, tanto científica como artística, y de la fuerza de su lengua, la modernización de su sistema de investigación y, sobre todo, aprovechar su dimensión europacífica, más que euroasiática, para constituirse en la comunicación del Atlántico al Pacífico, desde San Petersburgo hasta Vladivostok, llegando a acuerdos con China y explotando las reservas de Siberia y del Ártico, que precisan tecnología que el país no tiene y que solo Occidente o Japón pueden proveer.
Del mismo modo que Pedro el Grande en el siglo XVIII decidió modernizar el país aproximándolo a Europa y trasladando la capital rusa a San Petersburgo, Rusia debería aprovechar la singularidad de su posición geográfica para beneficiarse de la potencia económica de sus vecinos del Pacífico –China, Corea y Japón– y del Atlántico –Europa–, que podrían aportarle el nivel de desarrollo, modernización y tecnología que necesita.
Rusia y Europa son similares en todo, con la diferencia radical de sus instituciones y gobierno: democrático en Europa, y dictatorial en Rusia, lo que dificulta una colaboración que podría ser fructífera. Pero hay que reconocer que no hay una demanda de democracia en Rusia, doctrina política desconocida y solo formalmente practicada. Puede decirse, pues, que la política rusa del siglo XXI es la de la nostalgia del imperio, cuando debería ser la de la esperanza de un moderno y abierto país en un mundo global, más que multipolar, de imperios confrontados que traduce su política actual.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
abril 29, 2010
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Rusia |
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Por ADAM PIECZYNSKI (El Pais.com, 12/04/2010)
El último viaje del presidente Lech Kaczynski no tuvo Katyn como destino por casualidad. El lugar donde en 1940 los soldados rusos fusilaban durante semanas con una crueldad sistemática a miles de oficiales polacos es un sitio sagrado para Polonia. Ahora lo es aun más porque muchos polacos empiezan a atribuir un significado casi mágico a
la muerte de casi un centenar de políticos y altos cargos, incluidos el presidente y su esposa. Muchos hablan de un sitio “maldito”, que la catástrofe del avión presidencial sólo reafirma en su desgraciado papel. Pero paradójicamente, este nuevo Katyn tiene visos de abrir un nuevo capítulo en las relaciones polaco-rusas. Un capítulo que, ojalá, sea tan positivo como la primera reacción del presidente Dmitri Medvédev y del primer ministro Vladímir Putin tras el desastre.
Durante los últimos 70 años, las relaciones ruso-polacas estuvieron cargadas de rencor, y a veces de odio, a causa no solamente de la misma matanza, sino también por la mentira difundida por las antiguas autoridades soviéticas sobre la supuesta culpa alemana del crimen. Sólo después de la transición en Polonia y la llegada al poder del primer presidente de la nueva Rusia, Borís Yeltsin, empezó a desvelarse la verdad sobre lo acontecido en 1940. Fue durante su mandato y el del presidente Lech Walesa cuando se pronunciaron por primera vez por parte rusa palabras de perdón y de reconocimiento de la terrible culpa.
Pero durante los últimos 15 años, de nuevo el silencio cubrió el crimen. La permanente negativa rusa de facilitar documentos sobre la matanza, la negativa misma de llamar el hecho por su nombre en las relaciones oficiales sólo empezó a cambiar en los últimos meses, con los gestos conciliadores del actual primer ministro polaco, Donald Tusk, frente a Vladímir Putin. El primer ministro ruso fue uno de los invitados de honor a la celebración en Polonia de 70º aniversario del estallido de la II Guerra Mundial. Ante todos los líderes europeos, defendió entonces a la URSS como potencia que jugó un incuestionable papel en la victoria sobre la Alemania nazi. No aprovechó, sin embargo, aquel momento para intentar al menos suavizar al conflicto en torno a Katyn. Pero la visita misma abrió una nueva perspectiva en las relaciones polaco-rusas.
Los dirigentes del Kremlin han decidido ahora cambiar de rumbo de forma radical. No solamente Putin había asistido, junto a Tusk, hace escasos días a las primeras celebraciones del aniversario de Katyn, sino que viajó el sábado de nuevo a Smolensk para expresar el dolor y el apoyo que Rusia quiere otorgar a los polacos en estos tragicos momentos. Medvédev y Putin, en sendos mensajes dirigidos directamente a los polacos, han expresado su pésame en una iniciativa sin precedentes históricos. Pero hay un gesto aun más importante que no pasará inadvertido en Polonia. La noche del domingo, uno de los principales canales de televisión de Rusia tenía previsto emitir la película documental Katyn, del cineasta polaco galardonado con un Oscar Andrzej Wajda.
De esta manera, el terrible accidente que dejó Polonia sin presidente puede cobrar un sentido inesperado al convertirse en una real apertura de las relaciones ruso-polacas, tan dolorosas en el transcurso de los últimos 70 años. Los gestos así lo hacen esperar. Ahora sólo falta que la opinión pública rusa asuma la difícil verdad sobre Katyn y que los polacos aprecien las palabras de Medvédev y Putin, las auténticas lágrimas de los moscovitas mostradas en imágenes de televisión… Si todo eso se hace realidad, Katyn será no sólo tierra “maldita”, sino también de “esperanza”.
Adam Pieczynski es jefe de informativos del grupo televisivo polaco TVN. Fue corresponsal de EL PAÍS en Varsovia entre 1988 y 1996.
abril 12, 2010
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Polonia, Rusia |
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Por Alberto Priego es investigador invitado en la School of Oriental and African Studies (EL PAÍS, 06/04/10):
El último golpe de terroristas chechenos contra la sociedad rusa no ha podido llegar en peor momento. Rusia está sufriendo las consecuencias de una crisis económica que está atacando duramente a su débil economía. La población, mayoritariamente desempleada, reclama trabajo, soluciones a la corrupción y el fin de la inseguridad ciudadana. A nivel internacional, la posición de Rusia se ha visto mermada por una guerra con Georgia que ha debilitado la imagen de un país en declive comprometiendo las relaciones con sus aliados (China, Venezuela, Irán etcétera…). Los rusos señalan al presidente Medvédev como culpable y recuerdan con nostalgia los años de presidencia de Putin. Por si todo esto fuera poco, el atentado del lunes de la pasada semana debilita aún más a Medvédev cuya cuestionada política con Chechenia ha estado centrada en ir a las causas profundas del conflicto frente a la opción defendida por Putin que abogaba por una mayor contundencia. Por ello, podemos afirmar que los fantasmas chechenos merodean por los pasillos del Kremlin quitando el sueño a sus dirigentes.
Los nokhchi o chechenos son un combativo y correoso pueblo de las montañas caucásicas emparentados, tanto étnica como lingüísticamente, con los inghuses. Se agrupan en teips o clanes que articulan las relaciones de poder en la zona, siendo el Malkoy del autoproclamado Emir Umárov el más importante de ellos.
A comienzos del siglo XIX los zares fundan Grozny -la terrible- con el único fin de lanzar ofensivas siguiendo el curso del río Terek para controlar el Cáucaso. Aunque en 1859 Chechenia fue formalmente conquistada por los zares sus habitantes nunca se plegaron y bajo las órdenes de sus líderes -Mansur, Shamil, Dudayev, Bassayev…- han combatido a los rusos hasta nuestros días. Durante los años de la URSS, la mano de hierro de Stalin logró desmontar el entramado nacionalista checheno gracias a acciones tales como limpiezas étnicas y deportaciones a Asia Central. De hecho, importantes líderes como Kadyrov o Khasbulatov nacieron en las estepas centroasiáticas. Sin embargo, lejos de solucionar el problema, se generó un peligroso caldo de cultivo que hoy da aliento a los militantes chechenos.
En los años noventa, la desintegración de la URSS hizo creer a los chechenos que podían declararse independientes. A comienzos de la década estalló una guerra entre la autoproclamada República de Chechenia y la Federación Rusa que acabó con una paz en falso. Pocos años después y ya con la irrupción del islamismo radical, el entonces primer ministro Putin afrontaba una segunda guerra con un presidente Yeltsin convaleciente y un desafiante Shamil Bassayev que se codeaba con los terroristas internacionales más importantes del mundo. Si bien es cierto que la primera contienda se trató de un conflicto nacionalista, la segunda tenía abiertamente un cariz religioso. Por ello, el ya presidente Putin aprovechó la cobertura que le ofreció la War on Terror de George W. Bush para cometer algunos excesos que han agravado el conflicto.
La impune actuación de las tropas rusas contra la población chechena comenzó a generar algunos fantasmas. El primero fue la emergencia de los atentados suicidas que de la mano del wahabismo -importando por milicianos como Khattab, Malik o Kamel Rabat- hizo su aparición por primera vez en Chechenia en el año 2000. El segundo de los fantasmas chechenos han sido las temidas viudas negras. Este grupo fue presentado internacionalmente en la toma del Teatro Dubrozka, donde la mitad de los asaltantes eran viudas negras. Se trata de mujeres que bien han perdido a un hermano o un marido o bien han sido violadas por las tropas federales, por lo que el sentimiento de venganza guía sus acciones. Aunque el fenómeno no es propiamente checheno, ya que la primera mujer suicida se inmoló en Palestina en 1987, sí que se ha convertido en un macabro rasgo de la lucha contra los rusos. El tercer fantasma checheno son los atentados contra los medios de transporte, especialmente los ferroviarios. Aunque al igual que en el caso de las viudas negras no se trate de un fenómeno propio de los chechenos -de hecho, el primer atentado contra el metro de Moscú lo cometieron armenios en 1977- sí que se ha convertido en uno de sus principales modos de acción. Desde que en 1996 atacaran la línea Serpukhovskaya, podemos contabilizar hasta una decena de atentados cometidos por los terroristas chechenos contra diferentes medios de transporte de la Federación Rusa, incluyendo acciones contra aviones, trenes e incluso el secuestro de un ferry.
El pasado 29 de marzo los tres fantasmas chechenos aparecieron a la vez en las estaciones de Lubianka y Park Kultury, en pleno centro de Moscú. Dos viudas negras, se inmolaron en el metro en una de las horas más concurridas, dejando un rastro de muerte y destrucción.
Dos siglos después de la llegada de los cosacos a Chechenia, el conflicto no sólo no ha cesado sino que se ha extendido a Moscú amenazando a los propios moscovitas. En primer lugar, el ataque debe ser interpretado como un deseo de situar el conflicto checheno en la agenda internacional y, en segundo lugar, como una respuesta a las ofensivas que está llevando el Kremlin en suelo checheno.
Por un lado, la población chechena se ha quejado amarga e infructuosamente de las continuas violaciones de los derechos humanos perpetradas impunemente no tanto por las tropas federales, sino por los temidos Kadirovtsy (las fuerzas de seguridad del pro-ruso Ramza Kadyrov).
Por otro lado, durante el mes de marzo el ejército federal ha asesinado a varios terroristas chechenos como Abu Haled, un árabe responsable de las técnicas de psicología y al mismo tiempo jefe de seguridad del Emir Doku Umárov. Junto a Haled han sido asesinados otros terroristas árabes y Said Buryatski, responsable del ataque al Nevsky Express de noviembre de 2009. Estos asesinatos prueban la vinculación del terrorismo checheno con la yihad internacional.
Estas operaciones contrastan con la línea llevada a cabo hasta el momento por el presidente Medvédev, mucho más partidario de buscar las causas profundas del conflicto que Putin. De hecho, Medvédev ha recibido duras críticas por su política hacia Chechenia cuya guerra declaró terminada en abril de 2009. Por su parte, el ex presidente y hoy primer ministro Putin es partidario de una política más dura con los rebeldes chechenos, ya que presume de haber dejado solucionado el problema cuando abandonó la presidencia en 2008. Sin embargo, desde entonces la violencia ha vuelto no sólo a Chechenia sino también a Rusia. Desde 2008 la joya de la corona de los ferrocarriles rusos, el Nevski Express, ha sufrido dos atentados a los que tenemos que sumar el del metro de Moscú. Este último se ha producido justo debajo del Cuartel General de los Servicios Seguridad Rusos (FSB) lo que ha provocado que muchos lo hayan calificado como el 11-S ruso.
La aparición de los fantasmas chechenos en el Kremlin ha abierto la caja de Pandora. Por un lado, Medvédev se encuentra sitiado por una brutal crisis económica que provoca manifestaciones por todo el país. De hecho, durante el mes de marzo se han producido manifestaciones organizadas bajo el nombre de Día de la Cólera Rusa. A este hecho se le suma una galopante corrupción que muchos achacan a sus medidas liberalizadoras. Para agravar más las cosas, Medvedev tiene que asumir una débil posición internacional justo antes del inicio de las conversaciones de desarme nuclear con Estados Unidos. Por otro lado, el primer ministro Putin reclama medidas más contundentes contra los chechenos, medidas que irían en la línea de las que él mismo tomó en 2004 tras la masacre de Beslan. Estas medidas no sólo chocarían con las reformas emprendidas por Medvédev, sino que le provocarían graves críticas internacionales, restándole el único apoyo que tiene para ser reelegido presidente en 2012, puesto que desea y añora Vladímir Putin.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
abril 10, 2010
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Chechenia, conflicto territorial, Rusia |
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Por Daniel Reboredo, historiador (EL CORREO DIGITAL, 09/09/09):
Rusia es un país con espíritu europeo, insertado geográficamente en Asia, que siempre ha respirado la dicotomía entre sus dos almas, la europea y la asiática. Este fenómeno se alimentó durante los últimos siglos no sólo por la indiferencia de la Europa biempensante y desarrollada, sino que también se avivó por la disputa entre rusos ‘eslavófilos’ y rusos ‘europeístas’, actualmente ‘nacionalistas’ y ‘occidentalistas’. La historia del gigante ruso desde Pedro el Grande es la de un país donde llevan siglos intentando definir el camino de su desarrollo en un maremágnum de ideas populistas, eslavófilas, nacionalistas, comunistas y occidentales que siempre han estado, y están, pugnando por su preeminencia sobre las demás. En un país tan lleno de contrastes, tan grande que se extiende a lo largo de once zonas horarias desde Kaliningrado hasta Anadyr, en la costa del Pacífico, de tanta diversidad climática y humana, esta situación no debe sorprendernos.
La llegada al poder de Vladimir Putin a principios del año 2000 inició un periodo de cambio en la política rusa que ha llegado a nuestros días con Dmitri Medvédev. Después de la deriva de la época Yeltsin, Putin intentó que el país se volviera a convertir en una superpotencia mundial como lo fue en la época soviética, a la par que intentó superar el legado de la rápida liberalización que se había producido tras la caída del régimen comunista en 1991 y hallar la manera de combinar el carácter de Rusia con las normas universales de la democracia que dominaban el continente y la integración internacional. ¿Cómo podía combinar todo esto una Rusia que nacía truncada, con un sentido confuso de su propia identidad y temerosa del futuro? Putin intentó crear una nación política en la que todo el mundo sería igual como ciudadano, pero quedó aplazado cómo se convertiría en una nación cultural en la que los individuos fueran diferentes como personas y los pueblos distintos como comunidades culturales.
Los deseos iniciales de combinar los principios universales de la economía de mercado y la democracia con la realidad rusa fueron arrinconados por las diferentes acciones e iniciativas que buscaron recuperar el papel de superpotencia perdido con la caída del comunismo y su protagonismo como contrapeso de EE UU en un sistema bipolar. Las enormes reservas de gas y petróleo y un poderío militar y nuclear enorme son los avales de una aspiración condicionada por las características geopolíticas, económicas y culturales que han fijado la mentalidad rusa y las políticas de sus diferentes gobiernos. Putin las utilizó para retar a EE UU respecto a su hegemonía imperial en América Latina, Asia, Medio Oriente e Irán; para eliminar la concepción de gran parte de los rusos considerando que su país había pasado a ser el patio trasero del mundo contemporáneo; para frenar la influencia occidental en la Europa oriental y en nuevos países que formaron parte de la URSS; y, en definitiva, para recuperar la fortaleza y el protagonismo de tiempos pasados. Contrastan estos anhelos con las líneas maestras que iniciaron la era Putin: crecimiento económico desde fundamentos de libre mercado, cooperación con la Iglesia y buenas relaciones con EE UU. El crecimiento económico de años pasados, la mano dura en Chechenia y la seguridad frente al reformismo apuntalaron su popularidad.
Claro que esto ha conllevado también una riqueza desmesurada de la que sólo se ha beneficiado un 10% de la población, los nuevos rusos, los que se aprovecharon de las privatizaciones salvajes de las empresas estatales en la década de los noventa del siglo XX, los que controlan los antiguos monopolios soviéticos y participan en la vida política rusa dirigiendo medios de comunicación y grupos de presión. Los que hacen una ostentación obscena de su riqueza y que son la prueba del amiguismo y de la corrupción que gangrena el país, los que se mantienen indiferentes al empobrecimiento del resto de la población, los que son insensibles a una precariedad económica que no ha cesado de aumentar en un periodo de fuerte crecimiento económico -desde la crisis financiera de 1998- que ha permitido a Rusia corregir los pagos de una deuda descomunal y convertirse en el cuarto país con mayores reservas de divisas del mundo. Si a ello añadimos el incremento del autoritarismo en torno a la figura de Putin, reformando y modificando leyes electorales a conveniencia, generando una nueva casta política engendrada en las antiguas agencias gubernamentales soviéticas, ahogando y criminalizando cualquier atisbo de oposición y controlando completamente los medios de comunicación, podemos entender las líneas maestras de la Rusia actual que preside Medvédev.
Los últimos meses han visto nacer una corriente de opinión respecto a Rusia que impregna diferentes círculos políticos e intelectuales del continente y que se reduce a la idea de que la nación eslava ha renunciado a su papel de superpotencia y quiere asumir otra función en el panorama internacional. Semejante planteamiento, con el que no estamos de acuerdo, se basa en detalles y apreciaciones más que discutibles y que se resumen en que los dirigentes políticos rusos están dejando entrever un cambio de actitud. Cambio que hasta la fecha sólo ven algunos ojos privilegiados y que de llevarse a cabo rebajaría la tensión de los últimos años con EE UU, la UE y demás países del planeta. La crisis financiera que padece el país, la inevitable reforma militar que se está planteando en el mismo y la llegada al poder del propio Medvédev abogando por la implantación del imperio de la ley, la diversificación de la economía y la protección de la propiedad privada serían las señales de este cambio. Aunque el actual presidente ruso intenta demostrar que no es un monigote de Putin, la influencia y poder de éste se mantienen intactos y los recelos históricos con el mundo occidental siguen presentes e incluso se incrementan con el anillo de hierro que, patrocinado por EE UU, está rodeando poco a poco la nación eslava. La sensación de que algo tiene que cambiar no es suficiente para vislumbrar nada; los deseos pocas veces conducen a la realidad. Que el dogal que apretaba Putin haya cedido un poco en su presión por la intervención de Medvédev no debe obnubilar nuestra lucidez.
Caminamos hacia un Estado híbrido donde el poder de Putin seguirá intacto aunque la intervención presidencial modifique algunos parámetros utilizados hasta ahora. La presión cederá un poco pero el país seguirá férreamente gobernado y por supuesto que el empeño imperial seguirá sin pausa. Para ello utilizará la coacción energética y la militar; sólo tenemos que recordar las recientes maniobras celebradas con Irán y los acuerdos que mantiene con el país persa. Llegados a esta tesitura, tenemos que reconocer que preferimos una Rusia de esta índole a una Rusia sumida en el caos y el descontrol. Claro que existe una tercera alternativa, la de que el país eslavo siga el camino de las democracias consolidadas y respetuosas con la ley. Quizás este anhelo nos haga confundir el deseo con la realidad. Quizás sólo seamos capaces de ver una matrioska de las muchas que componen el juego y no precisamente la más grande.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
septiembre 13, 2009
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Rusia |
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Por Francisco Veiga, profesor de Historia Contemporánea de la UAB y autor de El desequilibrio como orden (EL PERIÓDICO, 01/09/09):
Hace ya un mes se cumplió el primer aniversario de la corta pero cruenta guerra que enfrentó a Georgia con los osetios del sur y los abjasios, apoyados por Rusia. Durante las semanas previas, algunos analistas jugaron a hacerse los agoreros, sacando a relucir el supuesto peligro de un nuevo rebrote del conflicto. Pero llegó la fecha y, como era de esperar, no sucedió nada. Era lógico que así fuera: Saakashvili es ya un político completamente quemado, que sigue en el poder para salvar la cara de los aliados norteamericanos y de la OTAN, que lo defendieron contra viento y marea con el simple objeto de no darles a los rusos el gusto de hacerlo caer. Hoy es un hombre acosado por la oposición y detestado por una buena parte de la población.
El aniversario tampoco tuvo utilidad práctica a efectos informativos. Nadie aportó nuevos datos sobre las verdaderas razones que tuvo el presidente Saakashvili para lanzarse a la temeraria aventura de la guerra contra la vecina superpotencia. Por otra parte, el énfasis de la prensa en el otro protagonista de la pasada crisis tampoco se ha apartado de lo previsible. Se ha dado relevancia al reciente viaje de Putin a Abjasia, o del posible reforzamiento de las bases militares de esa potencia en las nuevas repúblicas secesionistas.
MIENTRAS TANTO, y justamente por esas mismas fechas, la historia no se detenía. El 6 de agosto, Putin visitaba Turquía para firmar quince protocolos de colaboración con el Gobierno de ese país. Pero, sobre todo, conseguía que los turcos abrieran sus aguas jurisdiccionales al gasoducto South Stream, y eso con la activa colaboración de Silvio Berlusconi, dado que la petrolera italiana ENI está también en el ajo de esa empresa gasística junto con el accionista mayoritario, Gazprom. De paso, el ruso aseguró importantes suministros de hidrocarburos a Turquía, para su propio consumo y para la exportación, todo a precios muy competitivos. Y para completar el cuadro, se pactó la ampliación del gasoducto Blue Stream, que atravesará Turquía de norte a sur.
TODO ELLO rubrica un claro acercamiento ruso-turco que, cada día que pasa, deja en potencial desventaja a los socios occidentales. Se diga lo que se quiera, los gasoductos rusos son una seria competencia para el proyecto Nabucco, estrella de las compañías occidentales, dado que nació, precisamente, para puentear a los rusos a base de gas procedente de Asia Central. La crisis del 2008 y la caída del precio de los hidrocarburos dejaron malparada la competitividad de Nabucco. A pesar de todo, este mismo verano, a finales de junio, se firmó el acuerdo para el tendido. Ahora, mucho nos hemos de temer que el viaje de Putin, apenas dos meses más tarde, haya puesto en serios aprietos al proyecto europeo, en el cual los turcos, por confesión propia, sacaban poco beneficio, excepto la capacidad de presión política.
Y es que, además, el acercamiento entre Moscú y Ankara, fundamentado en acuerdos económicos muy provechosos, deja fuera de juego a los dos díscolos peones prooccidentales de la zona: Ucrania y Georgia. De hecho, ya fue bastante sospechosa la actuación de Turquía durante el conflicto ruso-georgiano del pasado año. Por entonces, el Gobierno de Ankara actuó por su cuenta, bastante al margen del resto de los socios de la OTAN, decidido a no deteriorar sus relaciones con Moscú y a proponer planes de paz propios para el Cáucaso. La gran pregunta es ahora: ¿conocían los turcos por adelantado lo que se preparaba en Georgia? Es un interrogante pertinente si tenemos en cuenta que el acercamiento ruso-turco no solo se refiere a cuestiones energéticas. Desde hace algún tiempo, Turquía está renovando su armamento estratégico con material ruso, lo que ha llegado a provocar las protestas norteamericanas ante el temor de que los nuevos sistemas de armas sean incompatibles con los que utilizan el resto de socios de la OTAN.
EL RESULTADO de los acuerdos de este agosto del 2009 puede tildarse de éxito rutilante de la diplomacia de Moscú y Ankara. Un verdadero gol de tacón. Ahora, Bruselas deberá tratar con más cariño a los turcos, dado que se están convirtiendo nada menos que en la alternativa de suministro de gas ruso… con gas ruso. Los problemas que ha planteado Ucrania pueden ser un juego de niños si Turquía se enfurruña. De hecho, y dado que el bombeo de gas a través del South Stream comenzará en el 2015, no sería descabellado que el país anatolio formara parte de la UE para entonces, como forma de controlar mejor al socio-grifo. Y por si faltara algo, cara a la política interior el acercamiento a Rusia contribuirá a desactivar a buena parte de la oposición al Gobierno islamista turco, especialmente a la ultraderecha laica, que propugnaba romper con Europa y acercarse a Rusia. A este paso, en Bruselas ya deben estar haciéndose planes para acelerar la política exterior que vienen señalando desde hace años los alemanes, sea el Gobierno que sea: acercarse a Rusia y dejarse de intermediarios.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
septiembre 10, 2009
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energía, Rusia, Turquia |
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By Boris Nemtsov, former deputy prime minister of Russia and former governor of the Nizhny Novgorod region. He is a leader of the Solidarity opposition movement (THE WASHINGTON POST, 25/04/09):
My country has produced some of the best Olympic athletes in history, but some things about the preparations for the 2014 Winter Olympics, which are to be held in the Black Sea resort city of Sochi, are very disturbing.
I was born in Sochi and am running for mayor in tomorrow’s election, which has been marked by all the usual traits of “managed democracy”: My Kremlin-backed opponent enjoys a vast administrative and media advantage, while my campaign materials are being confiscated and my supporters are constantly harassed. But the state of democracy in Russia is only one of my concerns: Based on the current plans, Sochi is simply not capable of hosting the Olympics, and continuing with the current approach threatens the well-being of the people of Sochi and the entire region.
Already, hundreds of residents have been evicted from their homes. Thousands more are being forced into “lease” agreements with the regional government. The beaches that have long attracted tourists in summer are slated to become loading ramps for the heavy machinery necessary to build Olympic facilities. It is understandable that residents have opposed the outsized disruptions that the Olympic preparations would bring.
Environmental groups, including Greenpeace, have raised concerns about the irreparable damage these preparations are doing to the rare ecosystem of the West Caucasus. Flora and fauna are being bulldozed. Construction practices undertaken with no regard for the environment are leading to landslides and other scars on a World Natural Heritage Site.
Then there is the question of graft. Russia’s initial Olympic bid included investment promises of up to $12 billion. But the corporations the Kremlin has been counting on in this effort have been diminished by the economic crisis. Russia’s finance minister told the Financial Times last week that Russia might return to borrowing money on international markets sooner than expected. It’s hard not to wonder whether, in five years, having built an improbable Winter Olympics base will prove to have been the best use of the state’s currency reserves. Even if the funding does go forward, are the appropriate controls in place to guard against epic levels of corruption?
Sochi is a beautiful subtropical coastal resort. For decades it has been a popular summer destination for Russians. The streets are lined with palm trees. Little wonder that people might scratch their heads in confusion when told this city will host the Winter Olympics.
It should also be noted that Sochi is between Russia and Georgia, caught in the zone of military tensions that boiled over into armed conflict last August. Given that Russia has recognized the independence of the neighboring breakaway region of Abkhazia and decided to place a military base there over Georgia’s objections, a new military conflict cannot be ruled out. This creates an unprecedented threat to the security of the Games: No Winter Olympics has ever been conducted so close to the heart of an armed conflict.
Our athletes unquestionably deserve the honor of hosting the Olympic Games in Russia. But the effects of hosting the 2014 Winter Games in Sochi, based on present plans, would be disastrous for this city and its residents. During the 1980 Moscow Games, sporting venues were spread across the country. I would recommend a similar approach for 2014. Unlike current Russian politics, Olympic sports champion fairness and good sportsmanship, and we can use their positive influence. But the preparations for the Games must be done in the right way.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
abril 30, 2009
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juegos olímpicos, Rusia |
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Por Dimitri Rogozin, jefe de la misión permanente de la Federación de Rusia ante la OTAN © Project Syndicate, 2009. Traducción: Kena Nequiz (LA VANGUARDIA, 08/04/09):
La crisis de agosto pasado en Georgia puso a prueba el sistema de seguridad de Europa y el sistema no cumplió su tarea principal de garantizar la seguridad del continente en su conjunto. Como resultado, Europa debe reexaminar sus dispositivos de seguridad actuales, analizar lo que sucedió y tomar ese análisis en cuenta para reformar esos dispositivos. Ya antes de la crisis en Georgia, Rusia había percibido la necesidad de revisar los mecanismos de seguridad europea, incluidas sus instituciones internacionales y regionales. Nosotros sugerimos un nuevo sistema de tratados jurídicamente vinculantes de garantías de seguridad mutua para lograr un nivel de seguridad igual en toda Europa.
La UE estima que la iniciativa rusa tiene fundamentos sólidos y ha mostrado interés en poner en marcha ese proyecto.
Algunos líderes de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) también están dispuestos a participar. No obstante, la OTAN se ha mantenido al margen. En septiembre pasado, yo debía haber presentado al Consejo OTAN-Rusia (NRC, por sus siglas en inglés) las propuestas de mi país sobre el nuevo concepto de seguridad, pero la Alianza se negó a celebrar la reunión programada tras la crisis en Georgia.
Cuando se creó el NRC en el 2002, se concibió como un mecanismo para el diálogo, la cooperación y la adopción de decisiones conjuntas sobre temas de interés mutuo, incluyendo la no proliferación y el control de armamentos, la lucha contra el terrorismo, los planes para emergencias civiles y la cooperación militar. Desafortunadamente, la crisis en Georgia demostró que el diálogo de Rusia con la OTAN era menos sustancial de lo que debía ser. Con todo, la cooperación mutua es de la mayor importancia para la seguridad global. Necesitamos a la OTAN y la OTAN nos necesita para afrontar las amenazas y los desafíos comunes. Por otra parte, Rusia no hará súplicas a la OTAN. No estamos interesados en crear una apariencia de cooperación.
La meta más importante de política exterior de Rusia es una asociación estratégica real con Occidente en la que trabajemos juntos para resolver los múltiples problemas de la seguridad moderna.
No tengo una bola de cristal, pero estoy seguro de que dentro de unos años podremos considerar la crisis de Georgia un hito. Podemos señalar desde ahora tres “factores de crecimiento” que ayudarán a que el nuevo sistema de seguridad madure: el desarrollo de la Política Europea de Seguridad y Defensa, la transformación de la OTAN y el regreso de Rusia al lugar que le corresponde en la escena internacional. Rusia no se está volviendo enérgica, agresiva o imperialista, como afirman muchos observadores. Sólo pedimos lo que por derecho nos corresponde: un lugar en la primera fila de las relaciones internacionales. El mundo tendrá que acostumbrarse al hecho de que Rusia ya no es un país débil. ¿Tan incomprensible es que tengamos intereses estratégicos y preocupaciones de seguridad nacional?
Rusia ha intentado durante años alejarse del modo de pensar de la guerra fría y convencer a sus socios de que se deshagan de sus estereotipos. Pero se han establecido impetuosamente bases militares a lo largo del perímetro de Rusia. EE. UU. planea establecer parte de su sistema de defensa antimisiles en la República Checa y Polonia. El Pacto de Varsovia dejó de existir hace 20 años, pero la OTAN sigue avanzando hacia el Este, captando nuevos estados miembros por causas distintas al fortalecimiento de la seguridad y la democracia.
A Rusia no le interesa la confrontación; queremos concentrarnos en nuestro desarrollo, prosperidad y estabilidad. Pero el desarrollo exitoso sólo es posible en un contexto de relaciones internacionales transparentes e iguales, con estabilidad y seguridad en nuestra región. Ya es tiempo de que Europa deje de comportarse como un continente ocupado y comience a mostrar su propia voluntad política. Las acciones que emprendió la UE durante la crisis en Georgia demostraron que los europeos tienen esas aspiraciones y que están dispuestos a desempeñar su papel de actores globales, que será cada vez más claro en los próximos años.
Por lo que toca a la OTAN, en Rusia creemos que debe transformarse y adaptarse al nuevo entorno. Durante esta transformación, la OTAN debe tener en mente que la responsabilidad principal de la paz y la seguridad globales recae en la ONU. Ante la pregunta sobre qué rumbo hay que tomar ahora, por el momento la OTAN y sus líderes no tienen respuesta clara. El concepto estratégico de la Alianza es anticuado y, sin embargo, no puede tomar una decisión sobre cuándo debe empezar a formular uno nuevo. Sus fuerzas no dan abasto en Afganistán y sus miembros usan esa situación para promover sus propios objetivos.
Una verdadera relación operativa entre la OTAN y Rusia podría dar a la Alianza soluciones a los problemas que no puede abordar por sí sola. Europa necesita un sistema de seguridad integral, sólido e indivisible. No pedimos la abolición de nada ni que se empiece desde cero. Por el contrario, debemos aprovechar las instituciones existentes. En pocas palabras, debemos conservar el hardware y renovar el software. La iniciativa rusa sobre el tratado de seguridad paneuropeo debería ser el nuevo sistema operativo.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
abril 8, 2009
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OTAN, Rusia |
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