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>Panorama de derechos humanos

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Por Ferran Requejo, catedrático de Ciencia Política en la UPF y autor de Las democracias, Ariel, 2008 (LA VANGUARDIA, 26/02/09):

La situación de los derechos humanos sigue mostrando un panorama desolador en buena parte de los estados del planeta. Ello supone un incumplimiento grave de la Declaración Universal de la ONU de 1948. Que el tema sea muy conocido no lo transforma en menos grave. Pero buena parte de las democracias liberales también presentan incumplimientos concretos en la protección de dichos derechos. De los últimos informes independientes pueden presentarse los casos de RD Congo y España como ejemplos de ambos tipos de incumplimiento.

La realidad actual del Congo es dramática. Y como casi todo lo que se refiere al continente africano su presencia en los medios de comunicación es mucho menor que lo que sugiere la gravedad de los hechos. Ni las instituciones del Estado ni las de carácter internacional han logrado controlar los enfrentamientos entre grupos armados. El ejército parece estar sumido en el caos, especialmente en el este del país. Hasta el punto de que el Gobierno se apoya en milicias que se enfrentan militarmente al Congreso Nacional para la Defensa del Pueblo (CNDP) de Laurent Nkunda, el cual se presenta como protector de la comunidad tutsi frente a las Fuerzas Democráticas de Liberación de Ruanda (FDLR), de composición hutu. Así, el genocidio ruandés de 1994 resuena hoy en el Congo oriental. La población civil se halla a merced de unos grupos armados que se disputan la hegemonía y el control de recursos naturales. El mandato teórico de la ONU es claro: ordena a las fuerzas de mantenimiento de la paz que usen todo medio necesario para proteger a la población civil y a las organizaciones humanitarias. Pero ni esto ni el teórico e incumplido embargo de armas establecido hace unos años impiden la desprotección de la población. Las cifras del conflicto son atroces: cinco millones de muertos en la última década; existencia de entre 3.000 y 7.000 niños soldados; más de un millón de desplazados sólo en el este; multitud (no cuantificada) de casos de violencia sexual a mujeres y niñas…

El Congo actual ejemplifica la necesidad de contar con unas instituciones internacionales que garanticen la seguridad personal y un mínimo de derechos a la población. Y hay bastantes más casos en el mundo de impunidad total ante violaciones de derechos (véase el Informe 2008 de Amnistía Internacional).

Los países desarrollados no se enfrentan a situaciones de este dramatismo. Sin embargo, la práctica de los derechos humanos resulta claramente mejorable también en el mundo de las democracias. En el ámbito internacional se firman documentos, pero son los estados quienes deben ponerlos en práctica. Y es en el paso de la retórica gubernamental a la acción cuando se comprueban los agujeros en la calidad de los liderazgos democráticos.

En relación con el caso español, es obvio que se ha avanzado en los últimos años, pero son varias las organizaciones internacionales que vienen denunciando casos continuados de tortura, denegaciones de asilo decididas sin condiciones procesales adecuadas, o falta de tutela efectiva de derechos en relación con personas inmigrantes. En diciembre del 2008 el Gobierno español aprobó un plan de derechos humanos. Es un documento que incluye hasta 172 medidas. Un objetivo es la lucha contra la xenofobia y el racismo. Es un paso en la buena dirección, pero habrá que ver cómo se traduce en la práctica para que, por ejemplo, los interrogatorios de los detenidos sean más transparentes o que no se repitan casos como el de los vuelos secretos o el de deportaciones sin garantías. También para que cesen las prácticas de tortura cuya existencia vienen denunciando desde hace años diversas organizaciones humanitarias, y para que no escape a una protección eficaz la violencia contra mujeres inmigrantes. Si una denuncia puede convertirse en un expediente de expulsión es obvio que se desincentiva que se produzcan. Y siguen dándose islas de impunidad al no existir investigaciones independientes. La mera presentación de un informe anual en el Parlamento corre el riesgo de convertirse en un ritual retórico más. Un punto clave para el éxito del plan es que se establezcan evaluaciones externas. Si se quiere que haya un avance significativo en la protección de los derechos humanos, la evaluación debe ser externa e independiente de las administraciones. Las evaluaciones internas o mixtas siempre despiertan un halo de sospecha al ser las instituciones del Estado a la vez juez y parte.

En el ámbito de las democracias se deben refinar los mecanismos de información y de control de la situación de los derechos humanos, con participación de organizaciones de la sociedad civil. En el ámbito internacional, los dirigentes de las principales potencias mundiales son hoy moral y políticamente responsables de que no se esté avanzando hacia una reforma de las instituciones internacionales que sea capaz de garantizar la seguridad y una protección de los derechos humanos. Se precisa un liderazgo político que galvanice un multilateralismo con incidencia práctica en los asuntos mundiales. Este debiera ser un punto fundamental en la agenda exterior de la nueva Administración norteamericana con apoyo de la UE. La geoestrategia relacionada con los derechos humanos también debiera plantearse hoy en términos globales.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

febrero 26, 2009 Publicado por | derechos humanos, República Democrática del Congo | Dejar un comentario

>"Disparaba cuando me lo ordenaban. Matamos a todos"

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ISABEL FERRER – La Haya – (El País.com, 11/02/2009)

El testigo 0298 de la causa contra Thomas Lubanga, antiguo líder de la guerrilla hema de la Unión de Patriotas Congoleña (UPC), que se sigue en la Corte Penal Internacional (CPI), es hoy un joven con gran presencia de ánimo y buena memoria. Recuerda el frío y el barro de la zanja inundada en la que montaba guardia en los campamentos de milicianos adonde le llevaron tras arrancarle de su pueblo a los 11 años, entre 2002 y 2003. Tampoco ha olvidado el estruendo de las balas y las órdenes de sus jefes en la lucha. O el peso de los fusiles. Pero, sobre todo, tiene presente las palizas recibidas: “Nos dijeron que la UPC pegaba o mataba, y nos pegaban hasta morir; teníamos miedo”, declaró ante los jueces.

Su rostro estaba velado tras una pantalla y su voz distorsionada para proteger su identidad. Paradójicamente, la medida dio mayor énfasis aún a su relato. Como cuando la juez Elizabeth Odio Benito, le preguntó si había niñas soldado en su grupo. “Sí, y luchaban como nosotros. Al llegar al campamento las violaban. Luego trabajaban para los soldados mayores”, dijo sin titubear.

Después de un accidentado estreno ante la justicia internacional, que le llevó a retractarse la pasada semana por temor a ser procesado a su vuelta a Congo, el chico repasó la ruta que le llevó hasta el asalto a una misión: “Matamos a todos; al sacerdote, también”. El relato se ilustró con una táctica guerrera aplicada a las víctimas. “Decían que se desfiguraban sus caras y cortaban sus bocas. También a los lendu”, la etnia rival de los hema de Lubanga, y enfrentadas por el control de la tierra (lendu, campesinos, aliados de Uganda; hemas, ganaderos, aliados de Ruanda), pero sobre todo en guerra por las minas de oro de Ituri.

En un momento, 0298 o “señor testigo”, como le llaman, habló de muertos. “Matamos a muchos. No sé si lo hice con mi arma. Disparaba cuando me lo ordenaban. Cuando matabas, se hablaba de cortar cabezas o arrancar los ojos. Y obedecíamos”.

En un alto de la declaración, la juez Odio Benito se interesó por la edad de las niñas soldado. “Algunas eran más pequeñas que yo. Otras eran más altas. Se las entrenaba igual. Con palizas”, aseguró el chico. Para entonces, la sala había escuchado que pudo escapar una vez de las milicias de la UOC, para ser devuelto a las trincheras de castigo. “Fue cuando nos dejaron ir al mercado del pueblo cercano. Encontré allí a mi padre y le conté todo. Me dijo que debía regresar a casa, en Bunia, porque había dejado los estudios en la primaria. Volví y recuperé la escuela hasta empezar secundaria. Un día fui a visitar a unos familiares (mi madre estaba muerta) y nos pararon los soldados en la carretera. Uno me reconoció y me devolvieron al campamento. Me pegaron. Pegar era su trabajo. La cárcel era allí un agujero en el suelo donde cabían hasta 20 personas y podías pasar dentro dos días enteros”.

La segunda vez tuvo más suerte. Su padre lo sacó de otro campamento. “Safe the Children [ONG] se ocupó de mí y de otros niños en mi situación y volví a casa. Eso hice hasta que viajé aquí” (a La Haya, sede de la CPI). ¿Tienes alguna secuela?, le preguntó la fiscal Fatuo Bensouda. “Me duele la cabeza y el oído. Por el arma. Y no tengo educación”, concluyó el joven, describiendo en una sola frase la falta de futuro de los niños soldado que han conseguido sobrevivir.

febrero 10, 2009 Publicado por | crímenes de guerra, República Democrática del Congo | Dejar un comentario

>La aventura colonial

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Por Mario Vargas Llosa (EL PAÍS, 28/12/08):

Durante muchos siglos, la empresa colonial fue transparente: un país, aprovechándose de su fuerza, invadía a otro más débil, se apoderaba de él y lo saqueaba. Nadie ponía en cuestión semejante estado de cosas porque se trataba de algo que se venía practicando desde la noche de los tiempos y todos, colonizadores y colonizados, aceptaban o se resignaban a esta cruda realidad como a una fatalidad inevitable, consustancial a la historia.

El descubrimiento y conquista de América por los europeos introduce una importante variante. Por primera vez y por razones religiosas el colonizador se interroga a sí mismo sobre la justicia de la empresa colonizadora y, en acalorados debates de juristas y teólogos, se arma de razones, humanas y divinas, para justificar sus conquistas. Desde entonces, sin dejar de ser lo que fue siempre, es decir, un acto de fuerza y de rapiña, la colonización se atribuye a sí misma una misión evangelizadora y civilizadora: desanimalizar a quienes viven en estado feral y humanizarlos gracias al cristianismo y a la cultura occidental que aquél inspira. Para que este objetivo tenga algún viso de realidad es imprescindible establecer como un hecho indiscutible, científico, que el colonizado carece de los conocimientos y luces indispensables para juzgar por sí mismo lo que más le conviene, pues se trata de un ser desvalido y primario cuyos intereses y conveniencias son mejor percibidos por la potencia que a partir de ahora ejercerá sobre él la tutela colonial, una forma de autoridad benévola.

Sin embargo, en el siglo XIX, las empresas coloniales europeas en el África y el Asia olvidan casi este prurito de justificación religiosa y moral e invaden y ocupan territorios, que empiezan a explotar de inmediato, sin otra explicación que la necesidad de proveerse de materias primas, ampliar sus mercados o contrarrestar el crecimiento y poderío de los imperios rivales. Cuando Hitler, en Mi lucha, explica que en el programa del Partido Nacional Socialista figura en lugar prominente la adquisición, por las buenas o las malas, de colonias para instalar los excedentes demográficos del pueblo alemán, no hace más que poner sobre papel lo que casi todas las grandes potencias europeas habían venido haciendo, cierto que sin decirlo con tanta claridad, desde el siglo XV.

La excepción era la pequeña Bélgica, país más bien reciente y, ay, sin colonias. Esta condición entristecía y desmoralizaba a su soberano, Leopoldo II, cuya energía, ambiciones y sobresaliente inteligencia desbordaban por los cuatro costados las fronteras del diminuto reino que le había asignado la Providencia. Entonces, él, sin amilanarse, se dio maña para conseguir mediante la astucia, la paciencia, la intriga y la diplomacia lo que los grandes países colonizadores habían logrado a través de los ejércitos y la matanza. Por increíble que parezca, Leopoldo II convirtió a Bélgica en una gran potencia colonial sin disparar un solo tiro.

Para ello, primero, en un trabajo diligente y genial que le tomó muchos años, se fraguó una imagen de monarca humanitario, altruista, condolido por la suerte de los salvajes y paganos de este mundo, que sedujo a la opinión pública de Europa y de los Estados Unidos. Invirtiendo en ello el dinero de su reino y el suyo propio, fundó asociaciones benéficas y centros para combatir la esclavitud que hacía estragos en el África Occidental, costeó el viaje de misioneros a esas regiones bárbaras, impulsó investigaciones, estudios y publicaciones sobre las condiciones de vida de las tribus africanas que todavía practicaban el canibalismo y eran diezmadas por los traficantes árabes que, partiendo de la isla de Zanzíbar, practicaban la trata, y peroró sin tregua, en orquestadas manifestaciones públicas, exigiendo a las grandes potencias que intervinieran para poner fin a aquella lacra indigna que era el comercio de carne humana en los mares del mundo.

La campaña dio el resultado que esperaba. En febrero de 1885, catorce naciones reunidas en Berlín, y encabezadas por Gran Bretaña, Francia, Alemania y los Estados Unidos, le regalaron a Leopoldo II, a través de la Asociación que él había creado para ello, todo el Congo, un inmenso territorio de más de un millón de millas cuadradas, es decir unas 80 veces el tamaño de Bélgica, para que “abriera ese territorio al comercio, aboliera la esclavitud y cristianizara a los salvajes”. No había un solo africano presente en aquel Congreso y no hay un solo indicio de que alguien en Europa o Estados Unidos -político, periodista o intelectual- se preguntara siquiera si era aceptable que la suerte de ese inmenso país fuera decidida de este modo, por 14 naciones advenedizas, sin que un solo congolés hubiera sido siquiera consultado al respecto.

Seguro de lo que iba a ocurrir en el Congreso de Berlín, Leopoldo II ya se había adelantado, desde un año antes, a operar en el territorio que de la noche a la mañana lo convirtió en el amo de un formidable imperio. Para ello había contratado al célebre explorador galés-norteamericano Henry Morton Stanley, el primer europeo en recorrer los varios miles de kilómetros del río Congo, desde sus nacientes, en el África Oriental, hasta su desembocadura en el Atlántico. En una expedición que es una mezcla de grotesca pantomima cínica y proeza etnológica y geográfica, entre 1884 y 1885, los expedicionarios enviados por Leopoldo II recorrieron buena parte del Alto y Medio Congo repartiendo cuentecillas de vidrios de colores y retazos de tela en 450 aldeas y villorrios africanos y haciendo “firmar” contratos -los llamaban “tratados”- en los que los caciques y jefes indígenas, que no tenían idea de lo que firmaban, cedían la propiedad de sus tierras a la Asociación Internacional del Congo, se comprometían a dar hombres para que trabajaran en las obras públicas que aquella institución emprendiera -caminos, depósitos, puentes, embarcaderos-, cargadores para transportar los bultos y materiales, a proveerla de brazos para la recolección del caucho y a alimentar a los peones, funcionarios y soldados y policías que vinieran a instalarse en sus dominios. De manera que cuando las grandes potencias le entregaron el Congo, Leopoldo II ya tenía en sus manos 450 “tratados” en los que los congoleses legitimaban mediante sus firmas aquella donación y le entregaban sus vidas y haciendas.

A diferencia de otras colonizaciones, en que los invadidos resistieron de alguna forma al colonizador y le infligieron algunos daños, en el Congo prácticamente no hubo resistencia. Los congoleses no tuvieron tiempo ni posibilidades de resistir a un sistema que cayó sobre ellos -una miríada de culturas y pueblos desconectados entre sí- como una malla inflexible en la que perdieron, desde el principio, toda libertad de iniciativa y movimiento, y en el que fueron sometidos a una explotación inicua, las 24 horas del día, hasta su extinción. Los castigos, para los recolectores que no entregaban el mínimo exigido de látex, eran brutales. Iban desde los chicotazos hasta las mutilaciones de manos y pies -a las mujeres y a los niños primero, y luego a los propios trabajadores- hasta el exterminio de aldeas enteras, cuando se producían fugas masivas o aquellas comunidades no cumplían con la obligación de alimentar a sus verdugos como éstos esperaban. Hace un año que leo testimonios diversos -de misioneros, viajeros, aventureros o de los propios colonos- sobre estos años del Congo y todavía no me cabe en la cabeza que fuera posible una monstruosidad tan atroz, un genocidio en cámara lenta semejante, sin que el mundo llamado civilizado se diera por enterado. Cuando aparecen las primeras denuncias en Europa, por boca de pastores bautistas norteamericanos, hay una incredulidad general. Y los plumíferos alquilados por Leopoldo II actúan de inmediato en la prensa hundiendo en la ignominia a aquellos denunciantes y llevándolos ante los tribunales por calumnias.

Durante un cuarto de siglo por lo menos el Congo fue desangrado, esquilmado y destruido en una de las operaciones más crueles que recuerde la historia, un horror sólo comparable al Holocausto. Pero, a diferencia de lo ocurrido con el exterminio de seis millones de judíos por el delirio racista y homicida de Hitler, ninguna sanción moral comparable a la que pesa sobre los nazis ha recaído sobre Leopoldo II y sus crímenes, al que muchos europeos, no sólo belgas, todavía recuerdan con nostalgia, como un estadista que, venciendo las limitaciones que la historia y la geografía impuso a su país, hizo de Bélgica por unos años un país imperial. La verdad es que detrás de la behetría y las violencias en que se debate todavía ese desdichado país se delinea la mortífera sombra de ese emperador que conquistó el Congo sin disparar un solo tiro y consiguió en menos de 20 años aniquilar a por lo menos 10 millones de sus súbditos africanos.

Fuente: Bitácora AlmendrónTribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

diciembre 28, 2008 Publicado por | crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra, República Democrática del Congo | Dejar un comentario

>El archivista y los empleos imaginarios

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Por Mario Vargas Llosa (EL PAÍS, 30/11/08):

En la ciudad de Boma, capital de este inmenso país cuando se llamaba el Estado Libre del Congo y era propiedad privada del Rey de los Belgas, Leopoldo II, el señor Placide-Clement Mananga está entregado a luchar a favor de la civilización y contra la barbarie. Ésta, para él, no tiene la cara atroz de las violaciones, las matanzas, las epidemias y el hambre que adopta en otras regiones de su país, sino la del olvido. Monsieur Placide estuvo cuatro años de joven en un seminario católico, preparándose para ser cura. Pero el régimen de vida era muy severo y desistió. Tal vez en aquel periodo de ayunos, privaciones, oraciones y estricta disciplina contrajo el amor por los tiempos idos e intuyó que un país que se rinde a la amnesia histórica se queda tan sin defensas para enfrentar los problemas como esos campesinos de las alturas congolesas que, cuando bajan al llano, se hallan indefensos ante los mosquitos. El amor de Monsieur Placide por la historia no es arqueológico, está cargado de preocupación por el presente. “Conociendo nuestro pasado”, dice, “entenderemos mejor por qué anda el Congo como anda y será más fácil atacar el mal en sus raíces”.

Es un hombre suave, muy delgado, servicial, tímido, de maneras elegantes. Tiene un puestecillo menor en la Alcaldía y desde hace tiempo recolecta todos los papeles viejos, documentos, revistas, recortes de periódicos, cartas, que tienen que ver con Boma. Junto a su escritorio, apilados en el suelo, están esos materiales que serán algún día el embrión del Archivo Histórico del lugar. Paso un largo rato, distraído del calor pegajoso y las moscas indolentes, examinando legajos, silabarios y catecismos de la época colonial, manuales de buena conducta para señoritas, partidas de defunción, ordenanzas donde se clasifica a los indígenas por razas, etnias y domicilio, carteles con las prohibiciones que se colgaban en el barrio de los colonos y en el de los nativos en esos años en que desembarcaron aquí los europeos, con el fin, según el acuerdo de Berlín de 1885, de acabar con la trata de esclavos y civilizar al país usando el comercio libre para abrirlo al mundo y hacerlo prosperar. Nada de eso hicieron. Cuando, en 1960, el Congo se independizó, no había un solo profesional congoleño y la esclavitud, aunque encubierta, todavía existe. El comercio jamás fue libre, sino un monopolio de la potencia colonial, que, antes de irse, exprimió sin misericordia sus recursos y sus gentes.

Monsieur Placide es un libro de historia viviente y recorrer Boma con él es ver transformarse este pueblo pobre, abandonado y triste, en la activa y variopinta aldea de sus orígenes, cuando, a fines del siglo XIX, los despistados belgas encargaron a constructores alemanes la edificación de estas casas cuadradas, de dos pisos, de madera de pino traída de Europa y de planchas metálicas, que debían convertirlas en hornos a la hora del sol. Todavía están aquí, ruinosas pero en pie, con sus pilotes de piedra, sus largas terrazas, barandas y ventanas enrejadas y sus techos cónicos, formadas en hilera frente al río. Allí está también la primera iglesia, la del Espíritu Santo, diminuta y sofocante, toda de fierro. Pero el cementerio colonial, llamado “de los pioneros”, ha desaparecido bajo la maleza, aunque, de pronto, asoma entre la verdura, llena de barro, la lápida descolorida de un misionero de Lieja, un topógrafo de Amberes o un agente comercial de Bruselas. La mansión del Gobernador General, rodeada de frondosos y centenarios baobabs, luce molduras donde, desdibujada, se divisa todavía la efigie de la Reina de Bélgica. El panorama del gran río africano, ancho, ocre, espumoso, salpicado de islas, que ha recorrido ya medio continente antes de llegar hasta aquí y avanza hacia el Atlántico, ancho, poderoso, silente, escoltado por bandadas de pájaros, es deslumbrante.

En el primer piso de esta casa que parece a punto de deshacerse como una momia milenaria, Monsieur Placide nos conduce a una habitación desnuda, en la que hay sólo dos mesitas, con dos mujeres sentadas ante ellas. No sin cierto orgullo, nos dice: “Ésta es la Biblioteca de Boma”. Nos presenta a la bibliotecaria y su ayudante. Pero ¿y los libros? No hay uno solo. Nos explican que están guardados en cajas, en distintos depósitos, pero que, algún día, se construirán estantes y los libros serán traídos aquí y esta habitación se llenará de lectores. Entretanto, la bibliotecaria y su asistente vienen puntualmente a sus puestos de trabajo, donde pasan las ocho horas reglamentarias. Tienen un sueldo, sin duda, tan fantasmal como los libros que administran.

No es ésta mi primera experiencia con los trabajos imaginarios del Congo. La Biblioteca de Boma no es una excepción. Se trata también de una epidemia, pero, a diferencia del cólera o el paludismo, benéfica. Dos días atrás, en Matadi, a 130 kilómetros río arriba, visité la Estación del Ferrocarril construido por Stanley, sólido e imponente edificio amarillo donde una gran placa anuncia que de aquí partió el primer tren hacia Kinshasa (que entonces se llamaba Leopoldville) el 9 de agosto de 1877. El local está muy activo. Un destacamento policial cuida las instalaciones y hay un jefe de estación a quien diviso en su oficina, con una gorrita y un guardapolvo que deben ser del uniforme. En las oficinas conté hasta una veintena de personas, hombres y mujeres, sentados en escritorios, abriendo y cerrando cajones, ordenando estantes. Había, incluso, empleados atendiendo en las boleterías. Unos pizarrones indicaban las horas de salida de los trenes y las estaciones en que hacía escala el que iba rumbo a Kinshasa. Pero, el último tren que partió de aquí lo hizo hace ya muchos años (nadie quiso o supo decirme cuándo). Todos vivían una ficción, ni más ni menos que los personajes de la novela de Juan Carlos Onetti, El astillero. Van a trabajar a diario, llenan formularios, tarjetas, actualizan los informes, descansan los domingos.

Unos días después, en otro pueblo colonial del Bajo Congo, Mbanza Ngungu, me encuentro con idéntico espectáculo. Allí, la estación es, en verdad, un enorme taller de reparaciones y un depósito de vagones y locomotoras fuera de servicio. El lugar está lleno de operarios, vigilantes, empleados que ocupan todas las instalaciones y circulan de un lado a otro. Se diría que se hallan atosigados de trabajo. Pero, los vagones han sido desguazados hace tiempo y las locomotoras son unos esqueletos herrumbrosos sin ruedas ni timones. Este tráfago es una pura representación, una pantomima en la que participa toda la comunidad.

Poco a poco descubro que el Congo entero está atiborrado de ficciones semejantes. Sin ir más lejos, el Aeropuerto Internacional de Kinshasa tiene toda un ala, cuyas compañías han desaparecido, y sin embargo los empleados siguen yendo a ocupar sus puestos, mañana y tarde, como antaño.

¿De qué se trata? De un ejercicio colectivo de magia simpatética, parecido al de esos pueblos primitivos que, según cuenta Frazer en La Rama Dorada, zapatean contra la tierra imitando la caída de las gotas de la lluvia a fin de que así, contagiado, el cielo descargue sus aguas sobre la tierra sedienta. Pero, no hay nada primitivo sino una conducta altamente civilizada en este recurso a la ficción con que millares de congoleños siguen yendo a trabajar, aunque sepan perfectamente que esos trabajos ya no existen. Ellos hacen lo que pueden hacer. No está en sus manos resucitar las locomotoras destruidas, ni comprar libros para la biblioteca, ni sobornar a las compañías desertoras para que retornen. Pero, seguir yendo a sus puestos, contra todo realismo, es una manifestación de esperanza, una manera de resistir la desesperación, de proclamar a los cuatros vientos que hay un futuro, que la vida -el trabajo- volverá a renacer y que el desgraciado país que es el suyo resucitará de sus cenizas, como un Ave Fénix. Cuando aquello empiece a ocurrir, ellos estarán allí, en la primera fila, dando la batalla de la recuperación. Y, entonces, sin duda, recibirán otra vez esos salarios que hace tiempo se esfumaron de sus vidas, al igual que la paz, la seguridad, el sustento y la alegría. Cuando la realidad se vuelve irresistible, la ficción es un refugio. Por eso existe la literatura, esa escapatoria de los tristes, los nostálgicos y los soñadores. Los congoleños no la leen, la viven.

Fuente: Bitácora AlmendrónTribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

diciembre 2, 2008 Publicado por | República Democrática del Congo | Dejar un comentario

>Abdú no sabe quién acabó con su futuro

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Por Oriol Guell (ENVIADO ESPECIAL, El País.comGoma 23/11/2008)



Una niña con su sobrina a cuestas busca a sus padres -AP






Abdú tiene 18 años, un cuerpo escuálido como si no hubiera cumplido ni 14 y la mirada ausente de un anciano. Deambula desde el pasado día 10 por el hacinado campo de refugiados Kigali I, en busca de noticias de su familia. No las consigue. El jueves, ni siquiera sabía si sus padres y hermanos fueron asesinados por los rebeldes tutsis del general Laurent N’Kunda o por el furioso Ejército regular en retirada. “Estaba fuera del pueblo cuando llegaron los rebeldes. Me escondí y no salí hasta que dejé de oír tiros. Unos vecinos me explicaron que mis padres habían muerto, que todo había sido destruido y que nos teníamos que ir a Goma”.

El este de Congo se desliza de nuevo hacia la tragedia que en la última década ha dejado más de cuatro millones de muertos y una pesadilla de violaciones en masa y reclutamientos forzosos de niños. En una tierra tan fértil que da cuatro cosechas de patatas al año, la gente pasa hambre y la enorme riqueza del subsuelo -oro, diamantes, coltán…- sólo sirve para financiar las milicias que enquistan un conflicto al que un Estado ausente y unas Naciones Unidas impotentes son incapaces de poner fin.


La ofensiva rebelde de las últimas semanas ha sumido Goma -700.000 habitantes y fronteriza con Ruanda- en un estado de abatimiento. “¿Qué es lo que podemos esperar?”, se pregunta Joseline, de unos 45 años, que regenta un puesto de telas en el mercado central de la ciudad, un laberinto de estrechas callejuelas de suelo de arena, puestos de tablas de madera y techo de planchas de zinc. Tiene 10 hijos y su marido, que trabaja en el catastro, hace tiempo que no recibe su salario. “Las cosas están mal desde los tiempos de Mobutu y no hay forma de que mejoren”, se lamenta.

La milicia tutsi Congreso Nacional para la Democracia del Pueblo (CNDP) tomó Rutshuru, 75 kilómetros al norte de la ciudad, a finales de octubre y ya controla casi un tercio del Kivu Norte. La noche del 29 al 30, la milicia llegó a las puertas de la ciudad, víctima de la inoperancia de loscascos azules y de un Ejército en descomposición que huyó y se dio al saqueo. “Bajaron como hordas contra la población a la que deben proteger”, recuerda el padre Alfonso Continente, misionero en Congo desde hace más de 20 años. “Fue espantoso. Al amanecer, contamos 16 muertos entre los vecinos. Pero nunca sabremos a cuántas mujeres violaron”.

La ofensiva fue el último paso de la estrategia de presión sobre el Gobierno de Kinshasa del general N’Kunda, que poco a poco ha ido haciéndose con el control de un tercio del territorio del Kivu Norte. Incluso las agencias de la ONU y las ONG que trabajan sobre el terreno reconocen que N’Kunda maneja como quiere los movimientos y tiempos de esta guerra. “Si no tomó Goma fue porque aún no le interesaba. Quiere sentarse a negociar con el presidente Joseph Kabila y mientras éste no le reciba, N’Kunda dará pasos para mostrar su poder”, opina Rosella Bottono, del Programa Muncial de Alimentos de Naciones Unidas en Goma. “Sus 6.000 hombres están mucho más motivados y mejor organizados que el Ejército. La mayoría de las veces, los combates duran el tiempo que los militares necesitan para recoger sus cosas y salir huyendo”, admite un miembro de los cascos azules, que pide el anonimato.

Tras 22 años de tiranía de Mobutu Sese Seko (1965-1997) y dos guerras que desangraron el país entre 1997 y 2003, la llegada por las urnas de Joseph Kabila a la presidencia abrió en 2006 un tiempo de esperanza en Congo. Los acuerdos de Goma y Nairobi marcaron la hoja de ruta para la estabilización del país. Un primer paso era la creación del Ejército de la República Democrática del Congo, que debía integrar a la veintena de milicias existentes y ser un pilar del nuevo Estado en paz. Otro, el despliegue de 17.000 cascos azules -la Misión de Naciones Unidas en Congo (Monuc), la segunda mayor de la historia de la ONU tras la de Bosnia- para ayudar a pacificar el país. Y el tercero, la desmovilización por los dos anteriores de los 7.000 extremistas hutus de las Fuerzas Democráticas de Liberación de Ruanda (FDLR), los restos de los Interhamwe -”los que matan juntos”- que en 1994 acabaron con la vida de 800.000 tutsis y moderados hutus en Ruanda y desestabilizan desde entonces la región de los Grandes Lagos.

Pero dos años después, casi nada ha salido como se esperaba. El pasado mes de agosto era la fecha fijada para la desmovilización del FDLR, pero pasó el verano y la milicia hutu no sólo seguía armada, sino que algunos informes alertaron de que el Ejército congoleño, en lugar de combatirla, colaboraba con ella en la explotación de algunas minas de oro. Este fue el pretexto de N’Kunda, un tutsi que dice defender a su pueblo del FDLR, para levantarse contra el Gobierno congoleño.

Una de las causas del desastre ha sido la debilidad del Ejército de Congo. Los soldados no cobran -sus salarios se pierden en manos de sus oficiales- y, a falta de un lugar donde dejar a sus familias seguras, se las llevan con ellos a las zonas de combate. Una de las imágenes que definen la Goma de hoy son los poblados de míseras casitas de madera levantadas por los soldados para alojar a sus mujeres e hijos.

“La integración de las milicias en el Ejército no ha funcionado”, admite un miembro de la Monuc. “La corrupción, la falta de recursos, la disparidad de etnias y la indisciplina llegan a niveles que hacen imposible hablar de un Ejército tal y como lo entendemos en Occidente”.

Tampoco la propia Monuc, según todas las fuentes, ha estado a la altura de las circunstancias. “Despertamos expectativas que no podíamos cumplir”, afirma Fritz Krebs, agente de la misión. “Se dijo que no íbamos a dejar caer poblaciones en manos de los rebeldes, cuando no tenemos los medios para evitarlo. Y se dijo que veníamos a mantener la paz tras el conflicto, cuando éste nunca terminó y no ha habido paz que mantener”.

Rosella Bottone constata que ni siquiera está claro “hasta donde hay voluntad de aplicar el mandato de la Monuc”. Según la Resolución 1.592/2005 del Consejo de Seguridad, la misión “está autorizada a utilizar todos los medios necesarios” para “evitar todo intento de emplear la fuerza a fin de poner en peligro el proceso y asegurar la protección de los civiles”.

“Pero los rebeldes arrasaron el campo de refugiados de Kibumba sin que los soldados de la Monuc, que estaban al lado, intervinieran”, explica Bottone. Tampoco los vecinos de Goma están muy agradecidos a los soldados de la ONU. “¿La Monuc? Parece que están aquí de turismo”, exclama Iman, un estudiante de Geología en la Universidad de Goma. “¿Cómo se explica que 17.000 cascos azules y el Ejército no puedan detener a 6.000 milicianos tutsis?”, se pregunta.

El mandato de la Monuc termina el próximo 31 de diciembre y Naciones Unidas está a la espera de recibir un informe que ha encargado para valorar su renovación. “Las conclusiones no son nada buenas”, explica un funcionario que conoce su contenido. “Demuestra una falta de voluntad de muchos de los países que la integran para entrar en acción. Un ejemplo son los indios. Hace dos años, cuando un pueblo era atacado, intervenían con sus helicópteros. En la última ofensiva, con el Kivu Norte en llamas, los helicópteros ni siquiera han sido utilizados para proteger a la población”.

Todas las fuentes consultadas en Goma ilustran el fracaso de la Monuc con la dimisión del general español Vicente Díaz de Villegas a finales de octubre, en plena ofensiva rebelde y sólo dos meses después de ser nombrado por el secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki-moon. “Alegó motivos personales. Pero en realidad estaba muy frustrado y no quería asumir la catástrofe que se avecinaba”, afirma Fritz Krebs.

El informe en preparación para el Consejo de Seguridad también contiene pruebas que demuestran la intervención de Ruanda en el conflicto, según las fuentes conocedoras de su contenido: “La noche del 29 al 30 de octubre, tanques del Ejército ruandés dispararon desde la frontera contra los soldados de Congo para cubrir la ofensiva tutsi”. La intervención de Ruanda, gobernada por el tutsi Paul Kagame y aliada de Estados Unidos, levanta ampollas en un Congo que no olvida como Kigali invadió dos veces el este del país a finales del siglo pasado. “Hay que frenar a Ruanda y su apoyo a N’Kunda o esto volverá a ser una guerra abierta”, alertan fuentes de la Monuc.

La comunidad internacional se moviliza para intentar poner freno al avance rebelde. La ONU prepara el envío de 3.000 cascos azules suplementarios. También las organizaciones de los Estados de la región, como la Comunidad de Desarrollo de África Austral, han anunciado que están dispuestas a enviar sus propias tropas. Pero pocos de los que están sobre el terreno consideran que esto sea suficiente. “3.000 soldados más no van a imponer la paz”, opina Fritz Krebs, de la Monuc. “Esto es una guerra de baja intensidad, intermitente o como se quiera llamar. Pero es una guerra y si se quiere parar hay que movilizar muchos más medios”, afirma Rosella Bottono.

La respuesta de N’Kunda a todos estos anuncios es de una medida suficiencia. Ayer mismo, cuando no hace ni un mes que sus milicias tomaron Rutshuru, acudió a la ciudad a bordo de un coche de lujo con las lunas tintadas. Ante más de un millar de personas, desplegó toda la escenografía para demostrar que ha llegado a la zona para quedarse y nombró al nuevo gobernador de la ciudad.

noviembre 26, 2008 Publicado por | guerra, República Democrática del Congo, Ruanda | Dejar un comentario

>Stanley por los suelos

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Por Mario Vargas Llosa (EL PAÍS, 16/11/08):

PIEDRA DE TOQUE. Congo, el país que recorrió el explorador británico, padeció la colonización más inhumana. Hoy, millones de personas viven allí una pesadilla cotidiana rodeados de ruina, miseria y tristeza.

El Museo se encuentra en el Monte Ngaliema, una comuna de la capital congolesa, en un terreno de las Fuerzas Armadas, y desde lo alto de esta elevación se divisa -un espectáculo soberbio- el gran río africano en todo su esplendor, con las dos capitales -Kinshasa y Brazzaville- contemplándose la una a la otra desde las dos orillas.

Allí, en el mismo terraplén erizado de frondosos mangos, palmeras y flamboyanes, se oculta bajo la verdura y las ramas una gran estatua ecuestre del Rey de los Belgas, Leopoldo II, de luengas barbas rastrilladas y envuelto en una voluminosa capa que semeja un hábito. El jinete parece contemplar con nostalgia el paraíso que fue suyo -se lo regalaron en 1885 las grandes potencias-, que convirtió en un infierno y que al fin, por su codicia y crueldad, perdió. La estatua, idéntica a la que se luce en una plaza de Bruselas, estaba antes en el centro de Kinshasa, pero cuando el dictador Mobutu lanzó su campaña de “africanización” del Congo (al que rebautizó Zaire), fue traída a este discreto refugio donde sólo la ven los escasos visitantes del museo.

Su conservador, Monsieur Zola (”Como Emile Zola”, me precisa, cuando se presenta) me muestra la colección casi a oscuras, porque la ciudad sufre uno de sus frecuentes cortes de luz. No importa: la penumbra da una dimensión misteriosa y fantasmal, de apariciones, a estas máscaras, estatuillas, tambores, instrumentos musicales, fetiches, urnas funerarias, lanzas, tejidos y adornos de una gran variedad de grupos étnicos africanos. La colección es notable pero éste es el local menos aparente para exhibirla, porque es estrecho y los objetos se amontonan y estorban unos a otros. Además, las termitas van corroyéndolos, pues son de madera y Monsieur Zola carece de presupuesto para protegerlos. Me dice que estantes enteros han desaparecido ya en las mandíbulas de esos insectos voraces.

En el exterior, nos muestra una barca de metal aherrumbrado y agujereado en la que navegó por el río Congo el primer europeo, el explorador Stanley, fundador de esta ciudad, a la que puso el nombre de Leopoldville, en 1881. La ruina que vemos no es la famosa Lady Alice, la barca de madera, desarmable en cinco partes, que Stanley acarreó desde Zanzíbar en 1876 a hombros de cargadores y en la que descendió el río Congo desde Kindu hasta aquí (más de 3.000 kilómetros de recorrido), y que quedó abandonada en las cercanías de Matadi, en los Montes Cristal, cuando el explorador y lo que quedaba de su cuerpo expedicionario diezmado por las pestes, el hambre y las lanzas de las aldeas que pillaba, se encontraron con las siete cataratas que les impidieron seguir navegando y continuaron rumbo al Atlántico a pie.

Un momento después, Monsieur Zola nos señala al propio Stanley, mutilado y derribado por los suelos. La estatua, de bronce verdoso descolorido, es enorme, debe tener unos tres metros de altura. Ha sido cercenada a la altura de los tobillos, y las botas, los pies y la base arrojados a unos pasos de la averiada figura. Stanley aparece en una postura lastimosa e incómoda, con un brazo levantado que, se diría, implora la clemencia del cielo. O, tal vez, lanza una imprecación contra su mala suerte y la humillante situación en que se encuentra. Tenía mal carácter y cuando estallaba en explosiones de rabia se volvía cruel, como sabían los nativos a los que baleó y despanzurró, quemando sus aldeas y pasando a cuchillo a sus habitantes cuando se negaban a suministrarle provisiones o braceros para esas expediciones (homéricas, hay que decirlo) en las que, en condiciones indecibles, recorrió arriba y abajo todo el África Central. Ahora, petrificado y tendido en este basural, parece totalmente inofensivo y digno de lástima, tanto que rápidas lagartijas de ojos vivísimos se pasean alegremente por su cuerpo y anidan en sus entrañas.

Entre todos los grandes exploradores británicos del siglo XIX, Stanley es el que más se parece a los héroes de la novela picaresca. Su biografía es casi imposible de establecer por la miríada de fabulaciones con que la disfrazó. Durante buena parte de su vida se hizo pasar por estadounidense pero era británico, pues había nacido, en 1841, en el pueblecito galés de Denbigh, de madre soltera y padre alcohólico. Pasó su infancia en un hospicio y, de adolescente, se las arregló para llegar a Nueva Orleáns, donde un hombre de negocios, Henry Hope Stanley, le tomó cariño y lo ayudó. Adoptó entonces el nombre de Stanley, pues el suyo era John Rowlands. Luchó en ambos bandos en la guerra civil norteamericana y luego hizo carrera de periodista cubriendo las contiendas de 1860 entre los indios y los pioneros que extendían la frontera del Oeste. Gracias a esas crónicas lo contrató The New York Herald, que lo envió de corresponsal con una fuerza expedicionaria inglesa desplegada en Abisinia, donde consiguió muchas primicias para su periódico.

Pero su fama vino con su expedición de 1871-1872 en busca de otro famoso explorador, el médico y misionero Dr. Livingstone, que andaba desaparecido por el África Oriental desde hacía cinco años. Stanley lo encontró, en noviembre de 1871, en el pequeño asentamiento de Ujiji, a orillas del lago Tanganika, y se dirigió a él con la pregunta que se volvería mítica: “Doctor Livingstone, I presume?”. Estuvieron cuatro meses juntos, pero Livingstone se negó a regresar a Inglaterra y falleció en África, de 60 años, a orillas del lago Bengwelu. Stanley, que se hizo rico y célebre con esta proeza, realizó otra todavía mayor en 1874, cruzando todo el Congo hasta la desembocadura del río de este nombre en el Atlántico. Entonces, Leopoldo II lo contrató y el galés se convirtió en un instrumento neurálgico de las ambiciones coloniales del soberano belga. Lo ayudó a sentar las bases del Estado Libre Asociado del Congo, construyendo caminos, tendiendo los rieles del ferrocarril entre Boma y Kinshasa y firmando “contratos” con los jefes y caciques de las tribus de orillas del gran río en los que éstos cedían sus tierras al “rey civilizador” y se comprometían a darle hombres para que trabajaran en las obras públicas así como en la extracción del caucho, las pieles y el marfil. Entre todos los sistemas coloniales montados por Europa en el África, el del Congo fue el más inhumano: el primer genocidio del siglo XX.

Curiosamente, ni en Kinshasa, ni en las localidades del Bajo Congo -Matadi, Boma y Mbanza Ngungu-, ni en el extremo oriental del país, la región de los Kivu, escuché palabras de rencor contra Stanley. Por el contrario, en muchos sitios me hablaron de él con simpatía, como de una gloria nacional. En Matadi, un funcionario de una (imaginaria) oficina de turismo me llevó a ver, en las afueras de la ciudad, en un codo del río, el lugar donde estuvo la choza donde vivió Stanley y el primer embarcadero que construyó. En Boma, todos los lugareños señalan al forastero cómo llegar al gigantesco baobab, de cientos de años de existencia según la voz popular, en el que el explorador excavó un refugio, que fue su casa y que todavía se puede visitar. Salvo a una persona -era un intelectual- tampoco escuché en los 15 días que pasé allá a ningún congolés despotricar contra los años coloniales y responsabilizarlos de las miserias y padecimientos que sufre el país. ¿Generosidad y grandeza de espíritu? Tal vez, o, acaso, un presente tan terrible que ha borrado de la memoria colectiva las atrocidades del pasado.

La colina donde está el museo de Monsieur Zola es bellísima. Repleta de árboles, por donde uno mira se encuentra con un paisaje que quita el habla. Y, sin embargo, ni siquiera este paraje se libra de ese aire de ruina, decadencia y letargo que se advierte por doquier, en las calles y arrabales de Kinshasa, en la deforestada campiña que baja hacia el Atlántico, en las antiguas localidades que fundaron los primeros colonos a orillas del Bajo Congo, o, en el otro confín del inmenso país, en el oriente de los grandes lagos, donde las guerras intestinas, las epidemias, las invasiones, los saqueos y violaciones, hacen vivir a millones de personas una pesadilla cotidiana. Como si una de esas maldiciones apocalípticas de la Biblia hubiera caído sobre el Congo cubriéndolo de ruina, pobreza, tristeza y aislamiento.

A unas pocas decenas de metros del museo, el gran anfiteatro que se construyó durante la dictadura de Mobutu y en el que alguna vez hubo conciertos y espectáculos está abandonado, comido por la humedad, y la vegetación asoma entre las hendiduras de lo que fueron sus graderíos. En el parque que lo rodea hubo un zoológico. Ahora las jaulas están vacías y la casa de Mobutu, pillada, desvencijada y convertida en un cascarón por una multitud enloquecida de furor. Unas horas después veo otro de los palacetes del tirano, construido a orillas del río, que ha sufrido una suerte parecida. Pero no sólo las casas del megalómano sátrapa están así. Todo Kinshasa, todo el Congo da la impresión de haber sido víctima de un cataclismo. Las notas de color y alegría las ponen los vestidos de las mujeres, amarillos, azules, verdes, floreados, las sombrillas de colores con que se protegen del sol y la airosa manera del caminar de las muchachas que llevan bultos y canastas en las cabezas. Van como deslizándose sobre las pistas arenosas, la cabeza en alto, erguidas, y hay en su andar, en su soltura y su elegancia, una bocanada de vida entre tanta ruina, miseria y desperdicios.

Fuente: Bitácora AlmendrónTribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

noviembre 17, 2008 Publicado por | República Democrática del Congo | Dejar un comentario

El «Coltán» del Congo: Laboratorio infernal ante la pasividad del mundo

Por Ángel Expósito Mora, director de ABC (ABC, 18/08/08):

Lo que está ocurriendo desde hace años en la República Democrática del Congo es un perfecto ejemplo del puzle imposible que lo peor de la globalización ha traído consigo. Luchas étnicas, fuerzas armadas incomprensibles, fronteras inexistentes, antiguas potencias coloniales desaparecidas, nuevas potencias sin escrúpulos, riqueza inimaginable en el subsuelo, violencia sexual y una caprichosa geografía que rodea los Grandes Lagos; es decir, todos los ingredientes para el horror ante la pasividad de esta parte del mundo a la que pertenecemos, desde donde asistimos entre ignorantes y disimulados al infierno de la región de los Kivus.

Se trata de la comarca central del Oriente congoleño, a su vez fronteriza por el Este nada menos que con Uganda, Ruanda y Burundi. Un auténtico laboratorio de todos los desastres del mundo en tan solo un par de provincias. Si alguien se puede imaginar lo peor de lo peor del ser humano, que eche un vistazo a lo que acontece en el antiguo Congo belga.

Si analizamos por partes el conflicto debemos comenzar por el principio, o lo que es lo mismo, las minas de coltán. El mineral compuesto de columbita y tantalita es el elemento clave para la construcción de videoconsolas, teléfonos móviles y misiles de última generación. Curiosa coincidencia: el componente fundamental de la PSP de nuestros hijos y de las armas más sofisticadas de nuestros ejércitos proviene del mismo lugar del mundo. Se trata de un material superconductor que se encuentra por toneladas en el subsuelo de esa parte más oriental de la R. D. del Congo. Y aquí surge la primera sorpresa para los estudiosos del fenómeno, cuando se percibe que la explotación de los yacimientos de coltán está dirigida por industriales chinos e indios. De hecho, decenas de pequeñas avionetas parten a diario de las zonas mineras hacia países limítrofes desde donde posteriormente se envía a las plantas productoras. La organización, distribución y posterior comercialización del material se realiza por empresarios provenientes de China y de la India, donde se fabrican la mayoría de los mencionados productos industriales derivados del coltán. La extracción, obviamente, corre a cargo de los varones locales en jornadas laborales de auténtica explotación, insalubridad y carentes de derecho alguno.

El colmo del descontrol económico del tesoro lo escenifica el hecho de que la fronteriza Ruanda sea uno de los mayores exportadores mundiales del preciado material, cuando de su suelo no se extrae ni un solo kilo de este mineral.

En segundo término, y junto a las comarcas mineras, proliferan decenas de grupúsculos armados y ejércitos más o menos organizados que no sólo no contribuyen a aliviar el caos, sino que, al contrario, lo alimentan hasta límites de desastre histórico. Un breve repaso por las fuerzas más representativas pone los pelos de punta: Fuerzas Armadas de la República Democrática del Congo (FARDC), o lo que es lo mismo, el ejército regular del presidente Joseph Kabila, si no fuera porque apenas cobran regularmente sus salarios y porque saquean para subsistir en las zonas de despliegue como cualquier otra banda armada. Este ejército ha sido el gran proyecto pacificador de la comunidad internacional y a la vez uno de los más sonados fracasos.

A partir de ahí, el «collage» es imposible y a cada elemento más sangriento: las Fuerzas Democráticas de Liberación de Ruanda (FDLR), soldados hutus responsables del genocidio de mediados de los noventa que están bien vistos por el régimen congoleño porque, al fin y al cabo, debilitan a la Ruanda de donde provienen; las Fuerzas Nacionales para la Liberación de Burundi (FNL), también hutus extendidos por el Kivu Sur cuya obsesión es atacar a los tutsis congoleños (banyamulengues); el Consejo Nacional para la Defensa de los Pueblos (CNDP), ejército tutsi y disidente de las Fuerzas Armadas congoleñas, al mando del mítico y descontrolado general Nkunda cuyo soporte fundamental es el régimen ruandés y las Fuerzas Democráticas Aliadas de Uganda que luchan contra su propio gobierno pero en suelo congoleño.

A los anteriores hay que unir pequeñas organizaciones que operan a modo de bandas organizadas como el Frente de Resistencia Patriótica de Ituri, el Movimiento Revolucionario del Congo, los Interhamwe y los temibles Mai-Mai que comenzaron como grupos de autoprotección y se han diseminado en infinitos grupúsculos tribales al mando de sus respectivos señores de la guerra, que han terminado horrorizando a las ONG’s que aún aguantan en la zona.

Y falta el tercer elemento, una enorme y desconocida crisis humanitaria, que surge como consecuencia de los dos elementos anteriores: el coltán y las milicias. Y es que más de 700.000 personas suponen la impresionante masa de desplazados hacia ninguna parte en poco más de un año, lo que es, a su vez, un nefasto récord en la larga lista de desastres humanitarios.

Pero lo que más llama la atención, o debería hacerlo porque en verdad no provoca la más mínima reacción, es el empleo de la violencia sexual no como arma de guerra, sino ya como costumbre local sin más.
Según Médicos Sin Fronteras, la patología más habitual es la fístula grado 3 provocada en las mujeres y niñas violadas sistemáticamente durante días. Cuentan los voluntarios que en determinadas aldeas, donde ya no quedan hombres, los grupúsculos armados o las bandas organizadas vuelven una y otra vez, acampan durante días y se entretienen violando por orden a la misma mujer durante jornadas enteras. Así, en miles de casos contabilizados e irrecuperables por los daños causados en sus cuerpos. Como conclusión, se deduce que cerca del 80 por ciento de los casos de violencia sexual que se llevan a cabo en las distintas guerras del mundo se producen en el Congo.

El colmo de los colmos es el papel que determinados contingentes de cascos azules están desarrollando en territorio congoleño, cual es el caso de indios y pakistaníes. De hecho, esta misma semana conocimos la denuncia que desde Naciones Unidas se destapó contra un destacamento de soldados indios que bajo el mando de MONUC desató una oleada de crímenes sexuales en el Kivu Norte.

Esa es otra, porque con la que está cayendo en la región, ¿cómo se explica que más de la mitad de los cascos azules allí destacados sean asiáticos o uruguayos? Por cierto, nada en contra de estos suramericanos que rescataron en sus blindados al mismísimo embajador español, Miguel Fernández Palacios, cuando hace meses fue objetivo de un ataque con granadas contra las oficinas de la Embajada española en Kinshasha.
¿A partir de ahora, qué? ¿Continuaremos desde el mundo «rico» impasibles ante lo que allí está ocurriendo? ¿Cuál es el límite de aguante de la población centroafricana? ¿No estaremos disimulando a la vez que observamos con detenimiento cómo se desarrollan los acontecimientos en el mejor laboratorio del horror imaginable en el siglo XXI? ¿Podrá hacer frente el presidente Kabila a sus disidentes?

No se trata de ser pesimista, sino realista, aunque en este caso, y una vez más, sea lo mismo. El futuro de la región de los Grandes Lagos y del Oriente de la R. D. del Congo es terrorífico porque lo peor, más allá del propio horror, es que desde aquí lo ignoramos mientras lo usamos como laboratorio de pruebas.

Si alguien tiene alguna duda, que contacte con cualquiera de los legionarios españoles que durante el período electoral sirvieron en la capital del país, en una misión arriesgadísima y difícil que, muy a su pesar, pasó sin pena ni gloria; o con nuestras monjas, misioneros y voluntarios que, sin que nadie lo sepa, se dejan lo mejor de su vida allí mismo.

agosto 18, 2008 Publicado por | crímenes contra la humanidad, República Democrática del Congo | Dejar un comentario

>El «Coltán» del Congo: Laboratorio infernal ante la pasividad del mundo

>

Por Ángel Expósito Mora, director de ABC (ABC, 18/08/08):

Lo que está ocurriendo desde hace años en la República Democrática del Congo es un perfecto ejemplo del puzle imposible que lo peor de la globalización ha traído consigo. Luchas étnicas, fuerzas armadas incomprensibles, fronteras inexistentes, antiguas potencias coloniales desaparecidas, nuevas potencias sin escrúpulos, riqueza inimaginable en el subsuelo, violencia sexual y una caprichosa geografía que rodea los Grandes Lagos; es decir, todos los ingredientes para el horror ante la pasividad de esta parte del mundo a la que pertenecemos, desde donde asistimos entre ignorantes y disimulados al infierno de la región de los Kivus.

Se trata de la comarca central del Oriente congoleño, a su vez fronteriza por el Este nada menos que con Uganda, Ruanda y Burundi. Un auténtico laboratorio de todos los desastres del mundo en tan solo un par de provincias. Si alguien se puede imaginar lo peor de lo peor del ser humano, que eche un vistazo a lo que acontece en el antiguo Congo belga.

Si analizamos por partes el conflicto debemos comenzar por el principio, o lo que es lo mismo, las minas de coltán. El mineral compuesto de columbita y tantalita es el elemento clave para la construcción de videoconsolas, teléfonos móviles y misiles de última generación. Curiosa coincidencia: el componente fundamental de la PSP de nuestros hijos y de las armas más sofisticadas de nuestros ejércitos proviene del mismo lugar del mundo. Se trata de un material superconductor que se encuentra por toneladas en el subsuelo de esa parte más oriental de la R. D. del Congo. Y aquí surge la primera sorpresa para los estudiosos del fenómeno, cuando se percibe que la explotación de los yacimientos de coltán está dirigida por industriales chinos e indios. De hecho, decenas de pequeñas avionetas parten a diario de las zonas mineras hacia países limítrofes desde donde posteriormente se envía a las plantas productoras. La organización, distribución y posterior comercialización del material se realiza por empresarios provenientes de China y de la India, donde se fabrican la mayoría de los mencionados productos industriales derivados del coltán. La extracción, obviamente, corre a cargo de los varones locales en jornadas laborales de auténtica explotación, insalubridad y carentes de derecho alguno.

El colmo del descontrol económico del tesoro lo escenifica el hecho de que la fronteriza Ruanda sea uno de los mayores exportadores mundiales del preciado material, cuando de su suelo no se extrae ni un solo kilo de este mineral.

En segundo término, y junto a las comarcas mineras, proliferan decenas de grupúsculos armados y ejércitos más o menos organizados que no sólo no contribuyen a aliviar el caos, sino que, al contrario, lo alimentan hasta límites de desastre histórico. Un breve repaso por las fuerzas más representativas pone los pelos de punta: Fuerzas Armadas de la República Democrática del Congo (FARDC), o lo que es lo mismo, el ejército regular del presidente Joseph Kabila, si no fuera porque apenas cobran regularmente sus salarios y porque saquean para subsistir en las zonas de despliegue como cualquier otra banda armada. Este ejército ha sido el gran proyecto pacificador de la comunidad internacional y a la vez uno de los más sonados fracasos.

A partir de ahí, el «collage» es imposible y a cada elemento más sangriento: las Fuerzas Democráticas de Liberación de Ruanda (FDLR), soldados hutus responsables del genocidio de mediados de los noventa que están bien vistos por el régimen congoleño porque, al fin y al cabo, debilitan a la Ruanda de donde provienen; las Fuerzas Nacionales para la Liberación de Burundi (FNL), también hutus extendidos por el Kivu Sur cuya obsesión es atacar a los tutsis congoleños (banyamulengues); el Consejo Nacional para la Defensa de los Pueblos (CNDP), ejército tutsi y disidente de las Fuerzas Armadas congoleñas, al mando del mítico y descontrolado general Nkunda cuyo soporte fundamental es el régimen ruandés y las Fuerzas Democráticas Aliadas de Uganda que luchan contra su propio gobierno pero en suelo congoleño.

A los anteriores hay que unir pequeñas organizaciones que operan a modo de bandas organizadas como el Frente de Resistencia Patriótica de Ituri, el Movimiento Revolucionario del Congo, los Interhamwe y los temibles Mai-Mai que comenzaron como grupos de autoprotección y se han diseminado en infinitos grupúsculos tribales al mando de sus respectivos señores de la guerra, que han terminado horrorizando a las ONG’s que aún aguantan en la zona.

Y falta el tercer elemento, una enorme y desconocida crisis humanitaria, que surge como consecuencia de los dos elementos anteriores: el coltán y las milicias. Y es que más de 700.000 personas suponen la impresionante masa de desplazados hacia ninguna parte en poco más de un año, lo que es, a su vez, un nefasto récord en la larga lista de desastres humanitarios.

Pero lo que más llama la atención, o debería hacerlo porque en verdad no provoca la más mínima reacción, es el empleo de la violencia sexual no como arma de guerra, sino ya como costumbre local sin más.
Según Médicos Sin Fronteras, la patología más habitual es la fístula grado 3 provocada en las mujeres y niñas violadas sistemáticamente durante días. Cuentan los voluntarios que en determinadas aldeas, donde ya no quedan hombres, los grupúsculos armados o las bandas organizadas vuelven una y otra vez, acampan durante días y se entretienen violando por orden a la misma mujer durante jornadas enteras. Así, en miles de casos contabilizados e irrecuperables por los daños causados en sus cuerpos. Como conclusión, se deduce que cerca del 80 por ciento de los casos de violencia sexual que se llevan a cabo en las distintas guerras del mundo se producen en el Congo.

El colmo de los colmos es el papel que determinados contingentes de cascos azules están desarrollando en territorio congoleño, cual es el caso de indios y pakistaníes. De hecho, esta misma semana conocimos la denuncia que desde Naciones Unidas se destapó contra un destacamento de soldados indios que bajo el mando de MONUC desató una oleada de crímenes sexuales en el Kivu Norte.

Esa es otra, porque con la que está cayendo en la región, ¿cómo se explica que más de la mitad de los cascos azules allí destacados sean asiáticos o uruguayos? Por cierto, nada en contra de estos suramericanos que rescataron en sus blindados al mismísimo embajador español, Miguel Fernández Palacios, cuando hace meses fue objetivo de un ataque con granadas contra las oficinas de la Embajada española en Kinshasha.
¿A partir de ahora, qué? ¿Continuaremos desde el mundo «rico» impasibles ante lo que allí está ocurriendo? ¿Cuál es el límite de aguante de la población centroafricana? ¿No estaremos disimulando a la vez que observamos con detenimiento cómo se desarrollan los acontecimientos en el mejor laboratorio del horror imaginable en el siglo XXI? ¿Podrá hacer frente el presidente Kabila a sus disidentes?

No se trata de ser pesimista, sino realista, aunque en este caso, y una vez más, sea lo mismo. El futuro de la región de los Grandes Lagos y del Oriente de la R. D. del Congo es terrorífico porque lo peor, más allá del propio horror, es que desde aquí lo ignoramos mientras lo usamos como laboratorio de pruebas.

Si alguien tiene alguna duda, que contacte con cualquiera de los legionarios españoles que durante el período electoral sirvieron en la capital del país, en una misión arriesgadísima y difícil que, muy a su pesar, pasó sin pena ni gloria; o con nuestras monjas, misioneros y voluntarios que, sin que nadie lo sepa, se dejan lo mejor de su vida allí mismo.

agosto 18, 2008 Publicado por | crímenes contra la humanidad, República Democrática del Congo | Dejar un comentario

   

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