>
Por YOLANDA MONGE – Washington – (El Pais.com, 03/04/2011)
Veinticuatro minutos y seis segundos dura la farsa del juicio que una mente desequilibrada parapetada tras la religión puso en práctica el pasado mes de marzo contra el islam. En esos 24 minutos y seis segundos se escucharon los argumentos de la defensa -un imán de Dallas defendió el Corán- y de la acusación -ejercida por un cristiano convertido del islam-, y un jurado de 12 personas dictó sentencia. El islam era culpable de “crímenes contra la humanidad” -incluido el delito de promover el terrorismo- y de “la muerte, violación y tortura de todo aquel alrededor del mundo cuyo único crimen es no pertenecer a la fe islámica”.
El castigo se había decidido con anterioridad a través de un sondeo on line entre los miembros de la iglesia pentecostal denominada Dove World Outreach Center, en cuyo menú estaba la hoguera -el preferido por los votantes y el que se aplicó-, el ahogamiento, el descuartizamiento o el fusilamiento. Si no fuera porque el acto -legal en EE UU, donde por ejemplo se puede quemar la bandera sin consecuencias jurídicas- ha provocado la muerte de 17 personas a 12.000 kilómetros de distancia a manos de turbas enloquecidas, la primera conclusión que podría extraerse de la cinta es que es una mala obra de ficción. Un teatrillo para aficionados que no tienen nada mejor que hacer un domingo por la mañana. No parece real.
Manifestantes afganos protestan en Kandahar contra la quema de un Corán en EE UU.- ALLAUDDIN KHAN (AP)
El iluminado pastor Terry Jones finalmente quemó el Corán. “Arde bastante bien”, se le oye decir en el pésimo vídeo grabado por los miembros de su iglesia. Lo quemó con premeditación y alevosía, pero sin la atención mundial. “Con ese fuego se podían hacer unas buenas hamburguesas”, exclama Wayne Sapp, el pastor que aplicó el fuego al libro sagrado de los musulmanes, ya que Jones solo ejerció de juez, no de verdugo. Jones, 58 años, pasó de ser un personaje vulgar, de ridículos, frondosos y anticuados bigotes, de dirigir una diminuta iglesia de menos de 50 fieles en Gainesville (Florida), a alcanzar fama mundial después de que el año pasado en septiembre pretendiera llevar a cabo El Día Internacional de la Quema del Corán coincidiendo con el noveno aniversario de los ataques terroristas del 11-S y para protestar por el proyecto de construcción de una mezquita en el epicentro del atentado en Nueva York.
Jones, que por norma lleva una pistola del calibre 40 al cinto, fue entonces presionado para que renunciara a sus planes por todo el estamento político, diplomático y militar de EE UU, desde la secretaria de Estado, Hillary Clinton, hasta el general al frente de las tropas en Afganistán, David Petraeus; el secretario de Defensa, Robert Gates, o la advertencia del presidente Barack Obama de que si seguía adelante con sus planes ponía en peligro la vida de personas inocentes y la ya de por sí precaria estabilidad en la zona y los intereses norteamericanos en el mundo.
El fanático pastor dio marcha atrás. Desde entonces, se suponía que distintos cuerpos de seguridad estadounidenses mantenían una estrecha vigilancia de las actividades del pastor y de su iglesia, considerada un grupo que fomenta el odio por varias organizaciones de defensa de los derechos civiles en EE UU.
El pasado de Jones con el fanatismo no es nuevo, y también fue puesto en práctica al otro lado del Atlántico, en Colonia (Alemania), adonde este hombre, originario de Tennessee, emigró en 1983 tras resultarle ruinosos los negocios que intentó en EE UU. Allí fundó la Comunidad Cristina de Colonia, de la que fue expulsado a finales de 2008 tras un oscuro escándalo de maltratos y abusos a sus seguidores -que en sus mejores tiempos llegaron a sumar mil- y al que se añadieron varias denuncias por evasión de impuestos y malversación.
El doctor, como se denomina a sí mismo al atribuirse un título en teología que nunca ha sido acreditado, abandonó precipitadamente el Viejo Continente y se instaló en Florida. Jones compró en Gainesville un terreno valorado en unos dos millones de dólares, edificó su iglesia y colgó en su despacho un cartel promocional de Braveheart, película dirigida y protagonizada por su ídolo, Mel Gibson. Una vez asentado inició su cruzada bajo el estandarte de que el islam es el diablo. El 20 de marzo, con el mundo mirando hacia otro lado, finalmente representó en nombre de Dios el acto que ha desatado la ira del mundo islámico.
abril 3, 2011
Publicado por cienciayartes |
Religión |
Dejar un comentario
>
By Ali Gomaa, the grand mufti of Egypt (THE NEW YORK TIMES, 02/04/11):
Last month, Egyptians
approved a referendum on constitutional amendments that will pave the way for free elections. The vote was a milestone in Egypt’s emerging democracy after a revolution that swept away decades of authoritarian rule. But it also highlighted an issue that Egyptians will grapple with as they consolidate their democracy: the role of religion in political life.
The vote was preceded by the widespread use of religious slogans by supporters and opponents of the amendments, a debate over the place of religion in Egypt’s future Constitution and a resurgence in political activity by Islamist groups. Egypt is a deeply religious society, and it is inevitable that Islam will have a place in our democratic political order. This, however, should not be a cause for alarm for Egyptians, or for the West.
Egypt’s religious tradition is anchored in a moderate, tolerant view of Islam. We believe that Islamic law guarantees freedom of conscience and expression (within the bounds of common decency) and equal rights for women. And as head of Egypt’s agency of Islamic jurisprudence, I can assure you that the religious establishment is committed to the belief that government must be based on popular sovereignty.
While religion cannot be completely separated from politics, we can ensure that it is not abused for political gain.
Much of the debate around the referendum focused on
Article 2 of the Constitution — which, in 1971, established Islam as the religion of the state and, a few years later, the principles of Islamic law as the basis of legislation — even though the article was not up for a vote. But many religious groups feared that if the referendum failed, Egypt would eventually end up with an entirely new Constitution with no such article.
On the other side, secularists feared that Article 2, if left unchanged, could become the foundation for an Islamist state that discriminates against Coptic Christians and other religious minorities.
But acknowledgment of a nation’s religious heritage is an issue of national identity, and need not interfere with the civil nature of its political processes. There is no contradiction between Article 2 and Article 7 of Egypt’s interim Constitution, which guarantees equal citizenship before the law regardless of religion, race or creed. After all, Denmark, England and Norway have state churches, and Islam is the national religion of politically secular countries like Tunisia and Jordan. The rights of Egypt’s Christians to absolute equality, including their right to seek election to the presidency, is sacrosanct.
Similarly, long-suppressed Islamist groups can no longer be excluded from political life. All Egyptians have the right to participate in the creation of a new Egypt, provided that they respect the basic tenets of religious freedom and the equality of all citizens. To protect our democracy, we must be vigilant against any party whose platform or political rhetoric threatens to incite sectarianism, a prohibition that is enshrined in law and in the Constitution.
Islamists must understand that, in a country with such diverse movements as the Muslim Brotherhood; the Wasat party, which offers a progressive interpretation of Islam; and the conservative Salafi movements, no one group speaks for Islam.
At the same time, we should not be afraid that such groups in politics will do away with our newfound freedoms. Indeed, democracy will put Islamist movements to the test; they must now put forward programs and a political message that appeal to the Egyptian mainstream. Any drift toward radicalism will not only run contrary to the law, but will also guarantee their political marginalization.
Having overthrown the heavy hand of authoritarianism, Egyptians will not accept its return under the guise of religion. Islam will have a place in Egypt’s democracy. But it will be as a pillar of freedom and tolerance, never as a means of oppression.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
abril 2, 2011
Publicado por cienciayartes |
Egipto, Religión |
Dejar un comentario
>
Por Alfredo Conde, escritor (EL PERIÓDICO, 31/03/11):
Fuimos inducidos a creer en los ángeles, nos dieron sus características, nos enseñaron sus nombres, describieron ante nuestros ojos asombrados los lugares que ocupaban al lado del Creador e incluso se permitieron enseñarnos sus categorías: ángeles, arcángeles, serafines, querubines, tronos, dominaciones, potestades… y nos mostraron cuáles eran sus trabajos y sus poderes. Nos llevaron a preguntarnos por su sexo, a saber que se había discutido acerca de la cantidad de ellos que cabrían en la cabeza de un alfiler y, también, que cada uno de nosotros tenía uno siempre a su lado con el que podríamos mantener instructivas conversaciones. Después, nos concitaron a imitarlos.
Nos dijeron que había seres como nosotros que habían seguido la senda de los elegidos y que habían logrado parecerse a ellos. Inútil decir que nos lo creímos. Y que poco a poco fuimos ampliando el espectro angelical a otras personas y religiones. De entre nosotros, hubo gente que idolatró a Gandhi, otros a Marcial Maciel o a Teresa de Calcuta, e incluso hubo derivas hacia Tom Cruise, por acudir al cine, o hacia Paulo Coelho, por acercarnos al terreno literario. Siempre hay en donde escoger a la hora de las dependencias y de las admiraciones. Así somos.
Más tarde resultó que Gandhi -a quien había entrevistado Oriana Fallaci para oírle afirmar que dormía, desnudo, con su nieta porque practicaba la abstinencia sexual y así se ejercitaba en ella- amó tiernamente al judío Kallenbach y se acordó de él cada vez que hubo de echar mano de la vaselina una vez que la vida los distanció al uno del otro. O que Maciel entretenía sus ocios de las maneras menos angelicales posibles. Los ángeles resultaron ser fieramente humanos.
Ahora, aquellos que así fuimos adoctrinados, vemos cómo parte de ese religiosamente inquieto y activo millón de musulmanes que viven en España pretende y defiende «un islam que diga: si no quieres llevar pañuelo, no lo lleves», y recordamos los tiempos en que nuestras abuelas, también nuestras madres y no pocas de nuestras novias, acudían a las iglesias católicas debidamente tocadas con él. Pero no podemos decir si fue Dios, nuestro dios, el que las liberó de la pesada carga o fueron los tiempos los que mudando, mudando, les despejaron las cabezas.
No es una pequeña duda la establecida, ni una pequeña diferencia la resultante de determinar si ese velo desapareció por mandato divino o como resultado de eso que ahora se conoce como conciencia cuántica, de un estado de opinión de la sociedad, al observar y digerir los tiempos que le corresponde vivir y tomar decisiones como las que Maeterlinck en La vida de las abejas atribuye a los componentes de un enjambre, cuando deciden abandonar la colmena. El espíritu de la colmena, le llama el escritor, a esa decisión colectiva que es prueba de que las abejas también piensan, pues la prueba irrefutable de que emiten juicio, dice, es que, a veces, se equivocan.
Si el islam dice que hay que llevar velo es porque Alá lo requiere. Así lo afirman los que dicen ser los llamados a interpretar los divinos deseos, los únicos autorizados a hacerlo, se supone que por el mismo Alá, por lo que el islam así lo dicta. Un lío. Un lío que se incrementará cuando otra parte del islam diga que si no quieres, no lo lleves, porque, en ese momento, la otra dirá lo contrario y se puede organizar la de Alá es Mahoma.
Es de temer que detrás de todo este lío del pañuelo se escondan también ángeles fieramente humanos. El hombre es siempre el mismo y solo las costumbres y las leyes que se derivan de ellas aciertan a encauzar los juicios colectivos. No es probable que la fiereza humana se encauce por los mismos canales que recorrieron tanto el espíritu como la carne de Gandhi o de Maciel, pero sí que lo haga por otros más crematísticos y cercanos al materialismo más pesetero y vulgar derivado de las subvenciones con las que el Estado atiende a las diversas concepciones religiosas imperantes.
Si esto fuese así, pudiera ser que la pelea no sea por el pañuelo, que también, sino por el euro, por lo que convendría reflexionar acerca de si no sería mejor, por un lado, esperar a que el velo se lo lleve el viento de la historia, como el de nuestras abuelas, y, por el otro, atajar a los tiempos y cortar de una vez por lo sano de forma que el culto de las diferentes religiones que pueblan el imaginario colectivo patrio sea de directa dependencia de los fieles que las componen.
La laicidad del Estado debe conducir a la defensa de todas las religiones más que a su sostenimiento económico. No son escasos los lugares del mundo en los que así sucede. En algunos, de nuestro propio idioma, incluso los templos son propiedad del Estado mientras que su mantenimiento y conservación corren por cuenta de la religión que los ocupa y celebra en ellos sus cultos. Justo al contrario que aquí, en donde las catedrales son de la Iglesia y nos asustaríamos de saber las partidas presupuestarias que se dedican a su conservación y mantenimiento. No empecemos ahora a equivocarnos también con el islam, que ya vamos sobrados.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
marzo 31, 2011
Publicado por cienciayartes |
laicismo, Religión |
Dejar un comentario
>
Par Alice Ekman, consultante spécialiste de la Chine, doctorante au Ceri (LE MONDE, 29/03/11):
En Chine, le pourcentage de croyants sur l’ensemble de la population est l’un des plus bas au monde. La grande majorité des Chinois se déclarent “sans religion” et ne croient pas en Dieu. Cependant, on assiste actuellement à un renouveau du sentiment religieux au sein de la société. Il est difficile d’évaluer son ampleur. Les recensements officiels ne posent plus, depuis près de trente ans, de question sur la religion et le dernier recensement décennal, qui a eu lieu fin 2010, ne fait pas exception. Mais les quelques chiffres disponibles convergent tous vers la même conclusion : la population croyante connaît un fort développement ces dix dernières années, principalement la population chrétienne protestante mais également celle d’autres religions occidentales (catholicisme) et chinoises traditionnelles (taoïsme, bouddhisme).
D’après une étude nationale réalisée en 2007 par des professeurs de l’East China Normal University de Shanghai auprès d’un échantillon représentatif de 4 500 personnes, zones rurales et urbaines confondues, près de 30 % des personnes interrogées, âgées de plus de 16 ans se considéreraient comme croyantes. Projeté au niveau national, ce résultat mène d’après l’étude à l’estimation suivante : 300 millions de Chinois pourraient être croyants (bouddhistes et taoïstes en majorité), soit trois fois plus que le chiffre officiel. La même étude souligne une augmentation importante du nombre de protestants (12 % des croyants – soit une estimation de 40 millions à échelle nationale, contre 16 millions en 2005 selon les données officielles) qui représenteraient, avec les catholiques, entre 4 et 5 % de la population chinoise.
De tels chiffres doivent être interprétés avec précaution, mais ils confirment un engouement désormais visible. Il est devenu courant, en Chine, de rencontrer de nouveaux croyants, de récents convertis, de tomber sur un programme de télévision ou une rubrique de magazine dédiée aux religions, ou sur un rayon spécialisé dans les librairies de Pékin.
Le contexte d’ouverture explique en partie cette évolution. Depuis 1978, la religion se redéveloppe en Chine sous le contrôle de l’État, qui reconnaît cinq religions “officielles”: le bouddhisme, le catholicisme, l’islam, le protestantisme et le taoïsme. Même s’ils ne sont autorisés à appartenir qu’à l’une de ces Églises et à ne fréquenter que les lieux de culte approuvés par le gouvernement, les croyants peuvent désormais pratiquer leur religion ouvertement. Puisqu’il est possible d’être croyant en Chine, il est logique qu’une partie de la population souhaite profiter de cette nouvelle liberté, même encadrée. Ce phénomène n’est pas, en soi, propre à la Chine : en Russie, le nombre de fidèles orthodoxes avait fortement augmenté dès la fin des années 1980, notamment à partir de 1990, suite à la première loi sur la liberté de conscience.
Au-delà du contexte politique et de l’attitude de Pékin envers les religions, déjà largement commenté par les médias occidentaux, il est intéressant d’analyser les raisons profondes du renouveau du fait religieux au sein de la société chinoise. Il convient pour cela de se demander quelle est la partie de la population la plus concernée par le phénomène et quand exactement, suite à quels événements, elle devient croyante.
Encore une fois, les données sont rares et doivent être traitées avec précaution, mais l’on peut avancer – en croisant les résultats par catégorie d’âge de l’enquête de l’East China Normal University, les chiffres officiels et les études de terrain, notamment auprès de la population fréquentant les lieux de culte – que ce sont en particulier les jeunes urbains issus des classes moyennes émergentes (étudiants et actifs), qui sont les plus concernés.
Il est fréquent que des étudiants et des jeunes diplômés chinois se rapprochent d’une religion à l’occasion d’échéances importantes : examens, orientation professionnelle, entrée dans le monde du travail – étapes très compétitives en Chine. Chez les jeunes actifs, le “tournant” est moins évident à cerner, mais le profil est souvent le même : cadre dynamique de moins de 40 ans investi dans son travail, promis à un avenir brillant, ne comptant pas ses heures au bureau, mais dont la progression de carrière, le salaire ou la vie personnelle ne correspondent pas à ses attentes.
Pour ces nouveaux croyants, la peur de l’échec et la “pression très forte” (“yali hen lihai”, phrase entendue quotidiennement en Chine) sont les dénominateurs communs. À la pression des examens et de la vie professionnelle s’ajoute la pression du regard des autres et surtout des parents, qui rappellent à leurs enfants qu’ils se sont sacrifiés pour leur permettre de faire des études et que l’échec n’est donc pas envisageable, ou qu’il serait grand temps de se marier. Pour certains, cette pression cumulée devient insoutenable, et la religion est alors un moyen de “prendre de la hauteur” sur le quotidien oppressant, voire d’y survivre, au même titre que la psychanalyse, qui est aussi, à ce jour, en fort développement dans les grandes villes de Chine.
Certes, les zones rurales sont aussi concernées par le renouveau du sentiment religieux, mais le phénomène n’y est pas nouveau, il est visible depuis les années 1980 et les motivations sont différentes : les croyants des zones rurales considèrent surtout la religion comme un soutien pour faire face aux problèmes matériels du quotidien (guérir les maladies, éviter les catastrophes naturelles, assurer les rentrées d’argent, etc.) Les jeunes urbains se tournent vers les religions occidentales mais aussi asiatiques (bouddhisme notamment), il n’y a pas de voie unique. Le regain d’intérêt pour le protestantisme en particulier, notamment le christianisme évangélique, peut s’expliquer – outre par le prosélytisme de ses membres et par leur organisation active et dynamique, en petites communautés – par sa connotation occidentale : il y a encore quelques années, être chrétien faisait “moderne”. Il s’explique surtout par sa dimension fraternelle, plus présente que dans les religions traditionnelles chinoises. En effet, il n’existe pas de communauté de frères et de soeurs dans le bouddhisme ou dans le taoïsme. Or cette fraternité peut constituer un soutien précieux dans une société qui découvre, sans transition, la loi du “chacun pour soi “ et où les rapports humains peuvent être rudes.
De manière plus générale, le renouveau du sentiment religieux en Chine s’insère dans un mouvement large de quête de sens, dans une société pragmatique où l’érosion de la doctrine communiste a laissé place au vide. Alors que le Parti n’est plus producteur de sens ou de valeurs, la religion est un moyen de retrouver des repères, voire un sens à la vie pour une partie de la population. Mais il y en a d’autres tels que le patriotisme et le nationalisme, le retour à la tradition et aux valeurs confucéennes qui sont, eux aussi, en progression au sein de la société chinoise. Il n’y a pas de moyen exclusif: parfois, la pratique de certaines religions chinoises/asiatiques s’inscrit elle-même dans un mouvement de retour à la tradition et à l’identité nationale.
Le renouveau actuel du sentiment religieux en Chine serait donc le fruit d’une frustration historique et d’une pression sociale croissante, liée au développement économique rapide. Sur ce deuxième facteur, les zones urbaines de pays développés et de tradition confucéenne de la région, tels que la Corée du Sud, le Japon ou Singapour, peuvent nous éclairer. Là-bas, la nouvelle génération issue de la classe moyenne s’est souvent tournée vers la religion dans des étapes de la vie qui rappellent ce que l’on voit actuellement en Chine : examens, entrée dans le monde du travail, changement de poste, etc. L’évolution du fait religieux dans ces pays peut fournir des indications sur la progression du nombre de croyants en Chine, qui, là aussi, semble croître avec le développement économique du pays et la pression sociale, en zone urbaine notamment. Le phénomène est complexe et mériterait un suivi approfondi et comparé à l’échelle régionale au cours des prochaines années.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
marzo 30, 2011
Publicado por cienciayartes |
China, Religión |
Dejar un comentario
>
Por Alfonso S. Palomares, periodista (EL PERIÓDICO, 07/03/11):
Con motivo de las revoluciones, revueltas y manifestaciones que agitan a todo el mundo árabe se ha reavivado la vieja polémica sobre la compatibilidad del islam con la democracia. Es difícil prever con certeza cuál será el futuro de la articulación política en Túnez, Egipto y Libia, después de la cruel barbarie de Gadafi, o por dónde irán las convulsiones que sacuden a otros países musulmanes. Seguro que evolucionarán de forma diferente, pero algunos apostarán, ya están apostando, por instituciones democráticas por las que circule con libertad la voluntad popular.
Los autócratas derribados invocaban el islam para mantener sus dictaduras y proclamar que eran los muros de contención frente al radicalismo violento de franquicias como la de Al Qaeda de Bin Laden. Es cierto que en los últimos 20 años dio la cara una islamización con rostro de extremada violencia. A esos grupos fanáticos se unieron muchos jóvenes cargados de frustraciones que buscaban una identidad en donde realizar su liberación. Esta corriente todavía pervive y sigue arrastrando, aunque según expertos muy autorizados, cada vez menos.
Si analizamos la filosofía de los nuevos rebeldes árabes, nos encontramos que, por primera vez, las masas de esos países han salido a la calle gritando la palabra libertad. Apoyan sus esperanzas de desarrollo económico y social en la idea de una convivencia libre en la que es frecuente el calificativo de democrática. Esta es la idea dominante de sus escritos en la red. Las masas árabes han poblado con frecuencia las calles y las plazas gritando sus cóleras contra las agresiones de Occidente, ya sea por las caricaturas de Mahoma o por la invasión de Irak, contra el imperialismo de Estados Unidos o contra las agresiones de Israel a los palestinos. No sé si aparecerán invocaciones al islam en el futuro, pero hasta ahora no han aparecido como base ideológica, aunque algunos rezaran ritualmente sus oraciones con visible fervor.
En este paisaje, es lógico que salte la pregunta y surja el debate sobre la viabilidad democrática en una sociedad islámica. Los ardientes defensores del no, de que no es compatible el islam con la democracia, lo argumentan afirmando que la revelación contenida en el Corán y en los hadides del Profeta ordenan minuciosamente la vida de los musulmanes y deben vivir en la sumisión a Dios.
La misma sumisión exigen los libros revelados de las otras dos religiones monoteístas, la judía y la cristiana. Aunque conviene decir que en los libros sagrados de las tres religiones monoteístas, así como en los de las otras grandes religiones, ocurre como en los grandes almacenes, se pueden encontrar citas para todo, para defender la paz y para defender la guerra, para la tolerancia y para la intransigencia. Los dioses únicos es lógico que sean celosos con sus posibles rivales. Se lo dijo Yavé a Moisés con absoluta claridad en el libro del Éxodo: «No tendrás otros dioses rivales míos, soy un Dios celoso: castigo la culpas de los padres en los hijos, nietos y bisnietos cuando me aborrecen». No hay libro más exigente ordenando la vida de sus creyentes que el Levítico. La sumisión a Yavé es la exigencia básica de todos los escritos del Antiguo Testamento. A pesar de estas amenazas, a finales del siglo XIX, el periodista judío Theodor Herzl crea el sionismo, un movimiento laico que cuajó en el moderno Estado de Israel. Un Estado con muchas aristas criticables, pero nadie pone en duda que sea un Estado democrático.
El cristianismo, en su formulación más numerosa, la católica, ha tenido unas relaciones tormentosas con la democracia y el pensamiento liberal. En el proceso histórico, la democracia que podemos calificar de moderna es una formulación relativamente reciente que parte de los pensadores de la Enciclopedia y de la revolución francesa, y la Iglesia tardó en resignarse a reconocerla. Los papas como Pío IX, en el manifiesto Syllabus reforzado por la encíclica Quanta Cura, y Pío X, en la encíclica Pascendi, condenaron de manera contundente el liberalismo, y la separación de la Iglesia y el Estado. Defendían un Estado sometido a la Iglesia. Hasta Juan XXIII, esa fue la corriente dominante. Y aún quedan notables residuos. Vean los escritos de la Conferencia Episcopal Española sobre algunas de nuestras leyes democráticas. Es una innegable realidad histórica que buena parte de la jerarquía católica se sentía más cómoda con la dictadura de Franco que con la democracia de Zapatero.
Después de lo que acabo de señalar, es lógico sostener que, al igual que ocurrió con los otros dos monoteísmos, suceda también en el mundo musulmán, y que las corrientes liberadoras de ciertos dogmatismos den paso a una sociedad civil que puede creer o no, pero donde el orden político se construya con independencia del orden religioso. Son muchos los pensadores musulmanes que, como el diplomático y escritor paquistaní Hussain Haqqabi, defienden que ha llegado la hora de que esto empiece a suceder. El proceso será largo.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
marzo 16, 2011
Publicado por cienciayartes |
conflicto social, Religión |
Dejar un comentario
>
Por Rafael Díaz-Salazar, profesor de Sociología en la Universidad Complutense (EL PAÍS, 04/03/11):
Son las revueltas en el mundo árabe una nueva expresión de lo que Gramsci llamaba subversivismo, es decir, manifestaciones de descontento social incapaces de crear un nuevo orden político? O, por el contrario, ¿estamos ante el inicio de una transición para la creación de democracia política y económica? Estas preguntas son esenciales para analizar lo que está sucediendo en Túnez, Egipto, Libia y otros países.
Uno de los elementos fundamentales para construir un nuevo futuro político en el mundo árabe es el de la laicidad. ¿Qué papel van a jugar los partidos islamistas? ¿Se van a reconfigurar? ¿Va a ser posible elaborar constituciones laicas? ¿Cuál va a ser la estructura laica del Estado? ¿Qué relaciones se establecerán entre las comunidades religiosas, sus autoridades, las convicciones islámicas y las leyes civiles? ¿Avanzarán los derechos de las mujeres o quedarán frenados si los partidos islamistas vencen en las futuras contiendas electorales?
No podemos desconocer la fuerza de los partidos islamistas y, sobre todo, las bases sociales que los sostienen y apoyan. En un proceso democrático, será imposible ilegalizarlos. Ellos tienen ahora una disyuntiva de fondo, más allá de declaraciones tranquilizadoras coyunturales para Occidente y para las fuerzas sociales laicas que están siendo decisivas en la organización de las revueltas. Por un lado, pueden reconfigurarse como partidos laicos de inspiración religiosa, algo parecido a los partidos de la Democracia Cristiana en Europa y América Latina. Por otro lado, pueden reforzarse como partidos confesionales que intentan lograr por vías democráticas la hegemonía política, una vez que llevan mucho tiempo construyendo hegemonía cultural y hegemonía social en la sociedad civil, especialmente entre los sectores más empobrecidos. Esperar a que se conviertan en partidos totalmente laicos me parece poco verosímil.
La primera opción podría encajar en un marco constitucional democrático y aconfesional. La segunda opción es muy peligrosa. Por eso es muy importante la elaboración de un consenso fuerte de laicidad constitucional que impida que la hegemonía política de un partido en un proceso electoral pueda llevar a la creación de un Estado teocrático o a la interferencia indebida de las autoridades religiosas en el proceso legislativo. La laicidad es un requisito imprescindible para el desarrollo de leyes y derechos cívicos antagónicos a la concepción fundamentalista del islam.
En declaraciones de líderes políticos y religiosos hay elementos que hacen albergar ciertas esperanzas. Hamdy Hasan, de los Hermanos Musulmanes, ha afirmado que “Egipto debe ser
un país laico”. Mohamed el Baradei ha advertido que se ha de impedir constitucionalmente la posibilidad de crear un Estado religioso. El tunecino Rachid Ghanuchi ha declarado que su partido islamista respetará la legislación laica establecida sobre derechosde las mujeres. Noman Benotman, líder del Grupo Islámico Combatiente Libio, se ha desvinculado de Al Qaeda y defiende una acción política pacífica. Sin embargo, permanecen muchas sombras sobre lo que podríamos denominar una fundamentación religiosa de la laicidad. Mucho queda por aprender del cristianismo protestante que en Francia y en Estados Unidos favoreció la laicidad de sus repúblicas y de las tesis del Concilio Vaticano II sobre la “autonomía del orden temporal”, la separación Iglesia-Estado y la distinción entre una fe compartida y el pluralismo político de los católicos. El islamismo político sigue alejado de la fundamentación islámica de la laicidad y del feminismo que también está presente en ese mundo, pues existen creyentes musulmanes que se oponen al integrismo religioso.
Ghanuchi defiende una peligrosa distinción entre democracia y laicidad. Hamdy Hasan afirma que los partidos laicos “tendrán que ganarse la calle y nosotros el registro oficial” (EL PAÍS, 15 de febrero). ¿Está aquí el punto de inicio para luchar democráticamente por la hegemonía política del islamismo? Él plantea una cuestión que deja la puerta abierta a una reconfiguración del proyecto político de los Hermanos Musulmanes: “Queremos un país laico, porque en él se en-globan todas las personas sin distinciones, como dice el islam, pero ha de ser un Egipto laico que respete la tradición musulmana”. Desde un punto de vista literal, esto supone un avance. Y plantea otra gran pregunta: ¿qué tipo de laicidad necesita el Estado y la sociedad civil en el mundo árabe? No veo viable la imposición de los modelos clásicos de Francia y Turquía.
Una buena opción sería apostar por el modelo de laicidad inclusiva que, manteniendo el mínimo común denominador de la laicidad (autonomía legislativa del Estado, pluralismo religioso y libertad de conciencia), estableciera relaciones de cooperación con las confesiones religiosas y asumiera los valores del islam, sin pretender traducirlos en leyes vinculantes y excluyentes.
Para lograr la laicidad, va a ser muy importante el avance del islam modernizado, democrático, racionalista y feminista. Existen sectores religiosos que apoyan la hermenéutica crítica del Corán y la renovación del islam expresadas en las obras de Abu Zayd, Mohamed Arkoun, Ramin Jahanbegloo, Asghaar Enginer, Riffat Hassan, Tariq Ramadán, Omaima Abou-Bakr, por poner solo algunos ejemplos.
El pluralismo existe en el islam, basta con visitar las webs Islam&laicité, webislam o feminismeislamic. La batalla intrarreligiosa para que este islam emancipatorio alcance la hegemonía frente al islam fundamentalista tiene grandes implicaciones para el futuro político del mundo árabe.
La laicidad no solo tiene que ver con la desconfesionalización de la política. No se trata solo de vencer la dominación de las jerarquías religiosas, sino de acabar con las diversas formas de dominación económica, social y cultural. El laicismo socialista va mucho más allá del laicismo liberal que, por cierto, es el predominante entre los socialistas europeos que no han tenido ningún problema en que los partidos de los dictadores Ben Ali y Mubarak formaran parte de la Internacional Socialista prácticamente hasta el día en que la presión popular los doblegó.
La laicidad va más allá del progresismo burgués y tiene mucho que ver con la igualdad social, la educación cívica, la democracia económica y la emancipación de las mujeres. Su conexión con el republicanismo de la no dominación es estrecha. La religión islámica tiene fuertes componentes igualitarios que pueden inspirar la búsqueda laica de modelos de democracia económica y participativa, en los que el protagonismo de las mujeres sea esencial.
En medio de la crisis global, la rebelión de la ciudadanía árabe nos muestra que necesitamos ir más allá de la democracia liberal y construir democracia económica. El modelo imperante de democracia no es eficaz para resolver las desigualdades y pobrezas en numerosos países. Necesitamos otra democracia que haga verdadera la soberanía popular sobre la riqueza. Este es el reto universal que están lanzado las revueltas sociales en el mundo árabe.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
marzo 10, 2011
Publicado por cienciayartes |
conflicto social, laicismo, mundo árabe, Religión |
Dejar un comentario
>
Por Olegario González de Cardedal, teólogo (ABC, 06/02/11):
Un Estado, gobierno y sociedad que no realicen permanentemente la tarea de diferenciar, definir y coordenar están a merced de las fuerzas irracionales. Y cuando estas se imponen perecen al mismo tiempo la libertad y la justicia.
Los dos grandes hechos constitutivos de la era moderna son: en perspectiva cultural y política, la Ilustración; en perspectiva religiosa y moral, el Concilio Vaticano II. Nada es inteligible en Europa y especialmente en España sin referirnos a estas dos realidades. No hay otra España legítima y moral sino la que se deriva y se orienta por la Constitución de 1978. No hay otra Iglesia católica sino la que se identifica a sí misma desde la comprensión y la realización del cristianismo propuestas por el Vaticano II. Quienes se comprenden y comportan al margen o contra estas dos realidades se comportan violentamente contra la nación y contra la Iglesia. Ambas son hechos dinámicos, y por ello ni están agotados ni son absolutizables: miran abiertos y ampliables hacia el futuro, pero no son negables en el pasado. La dignidad y fecundidad histórica de España depende de la forma en que integre hoy esos dos hechos determinantes de nuestra realidad cultural y moral.
Una de las cuestiones clave para entretejer hoy esos dos hilos en el bordado del alma española es la laicidad, o la relación entre política, cultura y religión. Nosotros no la estamos estrenando en Europa. En la mayor parte de ella lleva vigente siglos, y por ello nos encontramos con modelos diversificados. En cada uno de los países está determinada por la historia anterior, por la configuración de la propia sociedad y por los elementos dinamizadores de su progreso. Existen el modelo anglosajón, tanto de Inglaterra como de Estados Unidos, el modelo alemán y el modelo francés. El francés ya lleva más de un siglo afirmándose y corrigiéndose. Las palabras repetidas de Sarkozy sobre una «laicidad positiva» no niegan, pero tampoco repiten, la ley de Combes (1903). Ni la Iglesia católica es ya la misma ni la presencia del islam en Francia es hoy la que era a comienzos del siglo XX. La madurez política de un pueblo y de un gobierno se mide por su capacidad de comprender e integrar los hechos nuevos en los viejos marcos legales y de modelar estos conforme a las realidades nuevas. Para nosotros la pregunta simple es esta: ¿a cuál de esos cuatro modelos de laicidad (británico, norteamericano, alemán, francés) se quiere asemejar la propuesta hispánica?
La decisión supone un esclarecimiento del contenido de la palaba. Ella posee cuatro niveles de significación y de realización. Hay la laicidad de abstención propia del Estado (laicidad negativa), a tenor de la cual «ninguna confesión religiosa tendrá carácter estatal», según la fórmula de nuestra Constitución. Ella es la condición indispensable tanto para la igualdad de derechos y deberes en ese orden como para la libertad religiosa en su vertiente positiva de ejercicio y negativa de distancia. En este sentido, se prohíbe al Estado la imposición directa o indirecta de una religión a los ciudadanos. A este respecto el Estado no piensa, no elige. Su inhibición institucional le libera en una dirección: no discriminar, y le obliga en otra: posibilitar que se afirme la realidad ciudadana, defenderla y favorecerla.
Hay también una laicidad de confrontación (laicidad dialéctica). En una sociedad viva surgirán grupos religiosos e ideológicos, políticos y culturales. De entrada, ninguno de ellos tiene una plusvalía o primacía. Su dinamismo los llevará a entrar en relación y a confrontarse, a ofrecer a los ciudadanos su propuesta para organizar la sociedad y hacerla más rica, abriéndola a las múltiples posibilidades que la realidad ofrece: ética, estética, política, religión… Y, dentro de esta última, las diversas formas que ella puede abarcar. M. Gauchet habla de la «salida de la religión». Con esta frase designa tanto un hecho consumado en muchas partes del mundo como una propuesta pendiente para otras: la religión (cristiana) ha dejado y quiere dejar de ser el marco único que ofrezca sentido a la existencia, al cual los demás órdenes de realidad tendrían que plegarse.
Esto, que vale para la religión, vale igualmente para los demás órdenes. También la ciencia, la ética y la política deben retirarse a su rincón y participar en la rica complejidad de la vida común sin erigirse en monolitos soberanos que dictan la verdad a la sociedad. Por ello, frente a todo monismo, hay que reclamar la equivalente laicidad de la cultura, de la ética y de la política. Todos estamos ante estas preguntas: ¿qué descubre y alumbra más entretelas de la vida humana?, ¿qué la hace más «buena», libre, fecunda y esperanzada?, ¿qué crea más gloria y dignidad para el hombre: la abertura a una trascendencia religiosamente comprendida o un atenimiento excluyente a la finitud que fenece? Y entre las religiones, ¿cuál de ellas responde a mayores necesidades y ofrece mayores posibilidades al hombre?
La tercera sería la laicidad de diálogo (laicidad activa). Se trata de la referencia y colaboración permanente entre el Estado y la sociedad civil. El Estado es responsabilizado en sus funciones propias por el partido político que asume en cada momento el gobierno de la nación. Pero el gobierno no es dueño del Estado ni de la sociedad, que no pueden ser puestos a disposición de fines partidistas, doblegados a una orientación ideológica, ni utilizados en provecho propio. También en este sentido el Estado debe ser positivamente laico. No puede haber una religión integrista ni una laicidad integrista. Esta última existe cuando un gobierno desconoce o rechaza la ejercitación de la vida humana elegida por los ciudadanos, siempre que estos cumplan respetuosamente las leyes del Estado. Aquí entramos en campos difíciles; por ejemplo, la educación. Es tarea de los padres y de la sociedad, en cuyo nombre la lleva adelante el Estado, siendo responsable de que tenga lugar en la justicia, la solidaridad y la eficacia. La educación no es solo del Estado ni solo de los padres: en la medida en que el hombre es persona, es responsabilidad inicial de los padres; en la medida en que es ciudadano, es responsabilidad inicial del Estado. Y la responsabilidad final es del propio sujeto.
Este Estado laico tiene que proveer a una pluralidad integrada e integradora, ofreciendo fuentes de sentido y de comunidad. Si no lo hace y deja a los ciudadanos remitidos a la soledad y el egoísmo individualistas, la sociedad se fragmentará en competencia o sufrirá de esa soledumbre que amaga con desolación y desesperanza. En este orden, Europa tiene que mostrar fortaleza en la defensa de los principios y derechos humanos ya irrenunciables. Pero a la vez debe ser honesta, acogedora y flexible. Su cultura no es «la cultura», su religión no es «la religión». Un filósofo francés tan riguroso y ponderado como P. Ricoeur se ha preguntado por qué una chica francesa, cristiana o atea, puede pasearse por la calle casi completamente desnuda, y una chica musulmana, en cambio, no puede llevar cubierta su cabeza, en la calle o en la escuela? Tal discriminación, ¿no es pura injusticia y duro fariseísmo? ¿Por qué hoy en Francia el islam es más integrador que las ideologías laicistas?
Nos queda una cuarta forma de laicidad: laicidad de servicio (laicidad cooperativa). Más allá de las propias diferencias, los grupos religiosos están llamados a colaborar entre sí al servicio de la sociedad común, y con otros grupos de naturaleza social o cultural. Estamos ante la tarea de ofrecer convicciones y crítica, en afirmación de lo específico aportado al acervo común, a la vez que cooperación en una sociedad regulada por la justicia en igualdad y libertad. Una vez clarificadas todas las diferencias y realizadas las necesarias separaciones, hay que pasar de una laicidad de resentimiento y rechazo a otra de reconocimiento mutuo y colaboración.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
febrero 8, 2011
Publicado por cienciayartes |
laicismo, Religión |
Dejar un comentario
>
Por Amelia Valcárcel, filósofa (EL PAÍS, 09/04/10):
Tuve yo un decano que, enfrentado al uso que podía darse a un sótano amplio y bien ventilado de la facultad, sugirió al claustro que lo dedicáramos a ERP. Venía él de una facultad anterior en que la capilla se usaba para las clases de lógica, dadas las apreturas de aulas en las que nos movíamos. Así que, en no sabiendo qué hacer con algo que para clases no daba el mínimo, decidió confortarnos con esa broma.
Pero las siglas me resultaron tan simpáticas que las he retenido durante un par de décadas. Espacio Religioso Polivalente. Un genio del marketing resultaba ser aquel colega. Me fijé más tarde en que en algunos aeropuertos hay espacios de estos, que igual pueden ser mezquitas, que sinagogas, que iglesias o pagodas. Son, digamos, templos multiuso. En realidad, casi nadie, si no directamente nadie, los usa. De vez en cuando, si se asoma el curioso, ve a un par de homeless que hacen allí estación. O a una pareja que tiene un vuelo muy retrasado y charla. O a una lectora compulsiva. Y poco más.
Los templos como es debido están “radicados”, sobre todo si son antiguos. Y, es más, a veces se han edificado unos sobre otros. Santa María de Roma ocupa el solar del templo de Minerva. Y San Clemente de los Irlandeses tiene sucesivamente un mitraeum, una iglesia paleocristiana y otra medieval. Donde había sinagogas se hicieron iglesias y donde iglesias, mezquitas, y donde dólme-nes, capillas, porque toda santidad previa por lo común se aprovecha. Y se apropia y resignifica, por supuesto. Por ello en Córdoba la gran mezquita se apropió del suelo de San Vicente, por ejemplo. Y lo mismo se hizo en diferentes templos cristianos en todo el territorio musulmán. Donde fue posible, el cristianismo hizo lo propio. Ya fue milagro que el edificio original se salvara del derribo.
Pero el arte a veces logra tocar el alma de las gentes. Algunas grandes o bellas construcciones, simplemente, se han reutilizado una vez re-sacralizadas. En Europa son pocas y se cuentan con los dedos de una mano las que han pasado del islam al cristianismo. Y, por lo común, tienen también un pasado cristiano previo en su origen. Algunas iglesias en el norte de África están reconvertidas a uso sacro, pero otras han dado en restaurantes. Otras, como la impresionante Santa Sofía de Constantinopla, están des-sacralizadas.
En fin, que pese a los buenos deseos de esas religiones “universales y sintéticas” que siempre juntan a muy pocos fieles, los ERPs sólo llevan trazas de existir en espacios tan asombrosos y futuristas como los aeropuertos.
Dicho lo cual, conviene recordar ahora la virtud de la tolerancia por ver si puede sernos de ayuda en algunos casos. La tolerancia, cuyo origen es religioso -exactamente del fin de las guerras civiles europeas causadas por y tras la Reforma-, nos pide que respetemos cualquier culto y a sus mantenedores, siempre que ambos no pongan en riesgo la paz civil. Si los cristianos tienen iglesias, los musulmanes pueden hacer mezquitas y los judíos, sinagogas. Y los demás, lo que bien entiendan. El Estado protegerá a todos. Dará libertad al culto, porque la religión es un asunto privado, no clandestino.
Los tres monoteísmos tienen una larga historia de intolerancia que no está de más recordar. La tolerancia llegó a expresarse cuando el Estado pudo mantenerla porque dejó de comprometerse con una creencia en concreto. Y no ha sido mal sistema. En esto, unas partes del mundo llevan adelanto a otras, pero ninguna ha llegado al ERP. De modo que la tolerancia pide que respetemos las creencias de los demás y sus espacios de rezo. Pero no puede jamás ponernos en la tesitura de ceder los nuestros a otros. Los cultos conviven, si es que lo hacen, pero en espacios distintos.
Cuando Lessing escribió Natán el Sabio, imaginó la leyenda según la cual un padre que poseía un anillo poderoso y único, se lo habría dejado a cada uno de sus tres hijos, para lo cual hizo copias. Cada cual pensaba que el suyo era el verdadero. Y hasta el final de los tiempos la incógnita tendría que mantenerse. Pero nunca se dijo que los tres anillos tenían que guardarse en un mismo joyero.
A las religiones, se dice, las funda Dios, pero las carga el diablo. De modo que todo ser humano bien constituido sabe que admiten pocas bromas. Cada uno en su templo y Dios en el de todos. Los templos ajenos se pueden visitar, con el debido respeto y decoro, que varía bastante. Y punto final.
Antes de que otra oleada de falsa tolerancia nos inunde, conviene dejar sentadas algunas de estas cosas. Acuerdos puntuales para usar conjuntamente un espacio religioso pueden ser deseables, pero exigirán siempre negociaciones parsimoniosas. Habrá que asegurar que las sensibilidades no se exciten, lo que en estos asuntos es muy complicado.
Y la más elemental prudencia aconseja distinguir entre el respeto por las creencias y el respeto por los espacios en que éstas se recrean como rituales.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
abril 27, 2010
Publicado por cienciayartes |
Religión |
Dejar un comentario
>
Por Manuel Mandianes, antropólogo del CSIC y escritor (EL MUNDO, 02/04/10):
El cristianismo, mediante su vinculación con la antigua metafísica, avanzó hasta convertirse en una dogmática única en su género que, pese a toda la vulgar incomprensibilidad de su grado de abstracción, adquiere el rango de una religión sin fronteras y universal» (H. Blumenberg). Los dogmas y las verdades precisas de la nueva religión sólo se podían alcanzar a través de la metafísica que, con el paso de los siglos, ha hecho de la manera europea de ver el mundo el uniforme universal de la inteligencia. El cristianismo se universalizó y se hizo válido para cualquier individuo -sin importar su estatus o su procedencia-, sacando valor a los distintivos de índole espacial y temporal propios de aquí o de allí.
Descartes dijo: «Ego cogito ergo sum» (Pienso luego existo). La realidad y el fundamento de todo es el yo que nos lleva a la realidad de la cosa extensa y al alma. Dios sigue siendo el garante de todo. Luego también es el responsable del engaño. Kant dijo: «La realidad la vemos a través de las formas de la imaginación, que son el tiempo y el espacio». Por lo tanto, de la realidad que nos circunda sólo conocemos el fenómeno, la apariencia. La realidad está detrás de lo que nosotros vemos; no llegamos a ella. Como explicó Schopenhauer: «Nosotros no conocemos la realidad sino la representación que nos hacemos de ella a través de los deseos de nuestra voluntad. El fondo del mundo es voluntad, que nosotros no podremos conocer jamás». «El fundamento del mundo son dos mitades: la dionisíaca y la apolínea. La realidad última del mundo es lo monstruoso» (Nietzsche).
El nihilismo es el descubrimiento de la mentira y del carácter de juego de fuerzas que tienen los presentes valores y las pretendidas estructuras metafísicas. Implica la aparición de la voluntad de poder que disloca y subleva las relaciones jerárquicas vigentes. El hombre sale de su casa para encontrarse en un mundo vacío y desnudo donde no cabe protección. El nihilismo se hace esta pregunta: ¿Se puede decir algo? Y la imposibilidad no está en lo mucho que se calla sino en lo mucho que se habla, en la automática forma de enunciar en la que los tiempos están fijados y que eliminan el tiempo del seno de la lengua al convertir, en el fondo, todos los tiempos en presentes.
El término nihilismo, cuyo reflejo literario se resume en le frase Dios ha muerto, no entraña un significado religioso, sino que es la expresión filosófica del reconocimiento de que el mundo es suprasensible y su sentido -la concepción de un estado de la verdad- se ha devaluado; y, en consecuencia, deja de valer como tal: no es posible la referencia a un valor supremo que sirva de criterio, lo que significa que hablar de verdad, de belleza o de bien supremos resulta vacío. El nihilismo no constituye ese vacío sino que es contra lo que actúa; es el reconocimiento de que ese vacío no puede regir. Dios ha muerto tiene un sentido mucho más literal de lo que, en general, se cree.
Al no haber o no poder conocer un fundamento sólido como decía la metafísica clásica, la visión del mundo es puramente subjetiva. La libertad individual está por encima de todo puesto que, en último término, no hay ninguna ley natural y menos ninguna inspirada por ningún Ser Superior que se pueda tomar como norma universal.
No hay una respuesta única a las cuestiones humanas. No hay valores universales que alguien en nombre de Dios pueda imponer a todos, puesto que Dios ha muerto. No hay una escala de valores válida para todos; cada uno tiene la suya. La tradición que vehiculaba la escala de valores de la comunidad es hoy una antigualla propia de quien no tiene personalidad ni capacidad creativa. En el fondo, la única regla, la única escala de valores es la propia voluntad, el deseo personal. «No hay nada en el mundo sobre lo que podamos apoyarnos», viene a decir el existencialismo.
La modernidad asiste a la destrucción de las estructuras fuertes, de la supuesta perentoriedad del dato real exterior. Hace que la razón occidental regrese al diván oriental, a la conjunción goethiana de lo filosófico y lo artístico, lo religioso y lo poético, con lo lógico, empírico y funcional. Y de ahí el dicho tan moderno, aunque ya un poco caído en desuso: «La ética es estética».
Dentro de la sociedad líquida que asigna al mundo, a las personas y a todos sus demás fragmentos animados e inanimados el papel de objetos que pierden su utilidad -y por consiguiente su lustre, su atracción, su poder seductivo y su valor-, en el transcurso mismo del acto de ser usados el otro es el de la amenaza de verse relegado a los desechos. En un mundo repleto de consumidores y de objetos del consumo de éstos, la vida vacila incómoda entre las alegrías del consumo y los horrores del montón de basura.
Cuando el hecho de estarse haciendo y modificando constantemente, por ser histórico, sujeto a la temporalidad, se vive como un hecho natural, enriquece al hombre porque lo toma como la ocasión de tomar decisiones, pero cuando la persona vive los cambios como algo impuesto desde fuera contra su voluntad puede ser traumático. Dice S. Zizek: «Lo verdaderamente difícil de explicar no son los cambios sociales, sino, por el contrario, la estabilidad y la permanencia».
Hay una verdad, nada es relativo, pero esa verdad es la de la deformación de la perceptiva como tal, no la visión deformada por la visión parcial que ofrece una sola perspectiva. La diferencia primordial no se da entre las cosas en sí mismas ni tampoco entre las cosas y sus signos, sino entre la cosa y la nada de una pantalla invisible que deforma nuestra percepción de modo tal que no tomemos la cosa por la cosa misma.
El movimiento -desde las cosas a sus signos- no es un reemplazamiento de la cosa por su signo, sino el movimiento de la cosa misma que deviene en signo no de otra cosa sino de sí misma. La brecha puede ser también la que separa el sueño de la realidad. La cosa es la mejor máscara de sí misma. Si todo vale porque todo es igual y nada está sujeto a nada, entonces no hay ni se puede pedir una explicación. En el lenguaje de la Teogonía de Hesíodo estaríamos ante una situación de caos; es decir: un abismo que no precisa de ninguna localización ni de ninguna descripción de sus márgenes o de su profundidad. Un espacio opaco de donde surgen las formas.
Pero incluso para los creyentes la verdad ya no se piensa como adecuación del intelecto a la cosa sino como plausibilidad y capacidad de persuasión en el contexto de un sistema de premisas. Estamos ante un acontecimiento de debilitamiento del concepto de verdad y, en general, ante el debilitamiento de convicciones metafísicas. El ser estable, eterno, único y como orden objetivo no se da. El ser es sólo un horizonte, lo que cada vez acontece: un acontecimiento en el que estamos constantemente y siempre implicados como intérpretes y, de algún modo, en camino (el ser y nosotros). El hombre es el sujeto de los acontecimientos.
La Pasión y la resurrección de Cristo son un acontecimiento que cada creyente vive desde su situación personal, desde su interioridad y desde su creatividad. No digo que deba ser así ni que lo sea para todo el mundo, sino que es la consecuencia de la mentalidad posmoderna. La metafísica está en crisis pero el símbolo, tan en boga, remite al misterio que permanece siempre. El misterio reclama escucha, atención. Las diferentes religiones no son más que formas culturales e históricas de lo revelado del ser que se da palabra y obra en las manifestaciones religiosas. Muchos creyentes vacían su fe en otras estructuras o en la falta de estructuras.
Vivir el hecho cristiano sin estructuras aristotélicas no es lo mismo que vaciarlo de contenido. Por el contrario, quizá sea conveniente para el vaciamiento requerido para dejarse ganar por Cristo. A muchos esto les llevará a escoger del hecho cristiano aquello que más les llena prescindiendo de los dogmas. A esto algunos lo llamarán cristianismo a la carta. Para unos y para otros, viviéndolo cada uno a su manera, puede que el acontecimiento de la pasión y resurrección de Cristo sea el acontecimiento que llena y da sentido a sus vidas.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
abril 3, 2010
Publicado por cienciayartes |
Religión |
Dejar un comentario
>
Por Juan José Tamayo, director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid (EL PERIÓDICO, 01/09/09):
Tras poco más de 30 años de democracia en España, todavía no se ha logrado llevar a buen puerto la transición religiosa. Quedan aún no pocos restos de nacional–catolicismo en el Estado y en sus instituciones, en el espacio público y en la legislación, en el modo de conducir la vida política y en el ejercicio del poder, que dificultan, e incluso hacen poco menos que imposible, avanzar hacia el Estado laico.
He aquí algunos ejemplos: asignación tributaria a la Iglesia católica con exclusión del resto de las religiones, símbolos católicos en el espacio público, presencia frecuente –hasta considerarse natural– de las autoridades del Estado (rey, presidente del Gobierno, ministros, etcétera), de las comunidades autónomas y de los ayuntamientos en actos litúrgicos junto con las autoridades religiosas, enseñanza confesional de catolicismo en la escuela, exenciones fiscales, funerales católicos de Estado, jura o promesa de cargos públicos (presidentes de Gobierno y ministros ante el crucifijo y la Biblia en la Moncloa delante del Rey), trato de favor a nivel institucional a las autoridades religiosas católicas.
EXISTE LIBERTAD religiosa, es verdad, tanto a nivel individual para las personas que se declaran creyentes de alguna religión o pertenecen a algún movimiento espiritual, como a nivel colectivo para las comunidades religiosas. Ninguna persona o grupo religioso se ve impedido de ejercer libremente sus prácticas religiosas privada o públicamente. Todos pueden expresar públicamente sus creencias y sus opiniones sobre cualesquiera temas o situaciones de la vida política.
Pero no existe igualdad religiosa ni desde el punto de vista legal ni en la práctica. Con la actual ley de libertad religiosa en la mano, los acuerdos con la Santa Sede y la praxis política realmente existente puede hablarse de tres tipos de religiones: de primera categoría, como la Iglesia católica; de segunda, las de notorio arraigo; de tercera, el resto. Y es precisamente esa igualdad la que debe establecer y proteger la futura ley de libertad de conciencia y de libertad religiosa.
Un paso adelante en la dirección hacia la igualdad de las religiones en el ordenamiento jurídico, en la esfera pública y en la vida política, es la retirada de los símbolos religiosos de las escuelas, de todas las escuelas, las públicas y las concertadas. Dos son las razones que justifican dicha retirada.
VIVIMOS EN un Estado no confesional, o a eso hay que atender, y en una sociedad plural con diferentes sensibilidades éticas, con una rica diversidad cultural y un amplio pluriverso religioso. En un clima así, la escuela no puede ser un lugar de indoctrinamiento religioso, sino un espacio de formación integral, de educación en valores, de iniciación en el conocimiento científico y de aproximación al análisis de la realidad.
1.- El mantenimiento de los símbolos religiosos en la escuela da a la misma un carácter confesional: imágenes de los santos, figuras de la Virgen, crucifijos, capillas u oratorios, presencia ostensible de textos sagrados en lugares destacados, etc. Todo esto conforma una cosmovisión, una axiología, una manera de interpretar la realidad y una mentalidad religiosas que quedan grabadas en el imaginario estudiantil, en su modo de pensar y de actuar, a veces de manera más profunda que la propia transmisión de conocimientos.
2.- La retirada de los símbolos religiosos de la escuela viene exigida, en segundo lugar, por el respeto que los propios símbolos religiosos merecen. Puede suceder –y de hecho sucede– que símbolos de profunda significación ética y humanista, portadores de sentido, de esperanza y de ejemplaridad de vida, al ser colocados fuera del espacio religioso provoquen un rechazo en la ciudadanía. Es el caso del crucifijo, símbolo que cuenta con el respeto y el reconocimiento no solo de cristianos, sino de personas de diferentes creencias e ideologías, y que, ubicado fuera del espacio cristiano, puede generar malestar e incluso ser considerado una agresión.
¿Y LAS escuelas concertadas con ideario religioso? A mi juicio, deben seguir la misma praxis que la escuela pública. En primer lugar, porque están financiadas con fondos públicos, que proceden de los impuestos de todos los ciudadanos. En segundo término, porque la función principal de dichas escuelas no es la evangelización o la educación en la fe, no es la iniciación en la vida religiosa o la actividad catequística, sino educar en una ética cívica laica. Y eso vale tanto para los colegios públicos como para los concertados. En tercer lugar, porque en las escuelas religiosas concertadas hay alumnos y alumnas de diversa procedencia cultural, de distintos credos e ideologías; situación que se intensifica con la presencia de inmigrantes.
En un clima de pluralismo religioso y cultural, la presencia de símbolos de una sola y única religión es una muestra más de confesionalización del espacio escolar de adoctrinamiento, al menos indirecto, y de discriminación hacia los símbolos de otras creencias, ideologías y culturas.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
septiembre 10, 2009
Publicado por cienciayartes |
Religión, símbolos religiosos |
Dejar un comentario