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>France and Britain – a new special relationship

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By Jean-Pierre Chevènement, former French minister of defence and the interior, senator for the territory of Belfo (THE GUARDIAN, 26/03/11):
In the past 60 years, two major choices have shaped French foreign policy while pulling France and the UK apart: the European project begun after the second world war and built in accordance with Jean Monnet’s conception,; and national independence, as sought by Charles de Gaulle after his return to power in 1958. These two paths were contradictory, the first only comprehensible because France, having twice nearly perished during the first part of the 20th century, had such profound doubts about itself that it chose to make Europe a substitute for the nation. The UK, however, could not come to terms with having to fade within a “supranational” Europe.
This view was shared by De Gaulle: the general did not believe in supranationality, but he did want to build a “Europe of nations”. Beyond this, he defined his objective as the emergence of a “European Europe” – agent of its own destiny. This was a bitter pill to swallow for the UK, which was attached to its special relationship with the US.
Today, the crisis of the euro reflects the impasse reached by supranational Europe. The French project of burying German reunification within a federal Europe – the idea behind the Maastricht treaty – ended long ago. And curiously, it is this moment which President Sarkozy has chosen for France to rejoin Nato, under the bizarre pretext of facilitating the emergence of “European defence”.
French diplomacy thus has a double hangover. Germany has dragged Europe, or in any case the eurozone, into a bidding war of economic rigour leading to a historical dead end. France does not dare to challenge Angela Merkel’s policy, because it is reluctant to question the rules of the game accepted by François Mitterrand when they were set out, back when he thought he could modify them when the right moment presented itself. They have now proven to be inadequate and impossible to change in substance: thanks to the rules imposed by Maastricht, the European central bank does not believe it has the authority to intervene in debt markets in order to smash speculation and save the euro. The currency is doomed – it is smothering every economy in Europe, except Germany’s. Floating between the dollar and the Chinese yuan, we are, in effect, caught in the jaws of the G2, or “Chinamerica”.
This is all the more worrying because, in addition, French diplomacy has recently followed in the wake of US diplomacy. But the US is less and less concerned about Europe; it is increasingly turned towards the Pacific and China. While French diplomacy has lost its bearings, it could find them anew if it returned to De Gaulle’s Europe of nations, whose vocation is to exist between the US and China. Is this the path laid out by the Anglo-French agreements of November 2010? It is too early to say, however desirable the prospect may be. Relations with Barack Obama are no longer a bone of contention between the two countries. The UK is seeking to influence the US by remaining close to it, France is pursuing the same objective by opposite means: independence, but within an alliance. And as for Nato? Yes, but only on the condition that we do not compromise our influence in Arab countries.
In recent weeks, the US has only allowed France and the UK a hand in Libya, nothing more. Our two long-lived nations must, together, represent the aims of the US leadership while also taking care to work within a frame of legality in an international context, keeping the protection of civilians in mind. We must respect the democratic will currently expressed by the Arab world, and gather a maximum number of Arab, African and developing countries around a strategy which should only seek to establish the conditions of self-determination for the Libyan people. This is how we will, together, best prepare the future of a great democratic Europe of the nations – one stretching from the Mediterranean to Russia.
The UK has to consider its future with Europe. Our two nations could help set Europe back on her feet. We could do Europe this service at the same time as we do it for ourselves.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 28, 2011 Publicado por | Francia, Reino Unido | Dejar un comentario

>La lucha por el cerebro de Cameron

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Por Mark Leonard y Daniel Korski. Son, respectivamente, director e investigador senior del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores. Traducción de Juan Ramón Azaola (EL PAÍS, 28/04/10):
Se está gestando una crisis internacional. Podría tratarse de la decisión norteamericana de bombardear Irán. Los teléfonos de los líderes del mundo comienzan a sonar, incluido el del primer ministro en el nº 10 de Downing Street. A medida que se acercan las elecciones británicas, los diplomáticos de todo el mundo empiezan a preguntarse qué puede esperarse de David Cameron como primer ministro del Reino Unido.
El “gobierno en la sombra” conservador se ha mostrado hiperactivo tratando de asegurar al resto del mundo que serán unos socios responsables, que un nuevo gobierno no se encaminará hacia una “euro-ruptura masiva”. Pero el propio líder tory es una persona de la que nadie sabe mucho. Su misión primordial ha sido la de ser elegido y su experiencia en política exterior es inexistente. Un rastreo por sus ideas acerca de una política exterior “liberal-conservadora” ofrece pocas pistas sobre sus planes futuros.
¿Quién hubiera pensado que Tony Blair -quien antes de ser elegido pronunció un discurso prediciendo que podría ser el primer jefe de Gobierno que no se viera nunca envuelto en acciones militares- llevaría a su país a la guerra en cinco ocasiones? En semejantes experiencias formativas los líderes apelan a sus instintos y al consejo de quienes les rodean. Así que ¿qué sabemos de la gente que, una vez instalado un gobierno tory, puede recibir una llamada en caso de que estalle una crisis?
El Partido Conservador tiene diferentes escuelas de pensamiento diplomático, que podrían enumerarse así: euroescépticos comunes, euro-obsesivos, “realistas modernizados”, neoconservadores, “capitanes de Cameron” y Little Englanders. Todos y cada uno de esos cenáculos pugnan por atraer la atención del líder conservador.
Los euro-obsesivos no son lo mismo que los euroescépticos. Todo el que cuenta algo en el actual partido tory es euroescéptico en algún grado. El cambio generacional a partir de 1997 -cuando la representación parlamentaria de los conservadores fue de sólo 165, la más baja desde 1906- ha sido total y las encuestas demuestran que la nueva hornada puede ser incluso más euroescéptica. Pero hay divisiones sobre cuál es la importancia real de la cuestión europea. Los euroescépticos comunes se contentan con la reciente aceptación por parte de Cameron del Tratado de Lisboa, su promesa de hacer un referéndum sobre cualquier futuro tratado y su petición de una limitada repatriación de poder desde Bruselas. Saben que tienen que trabajar con sus homólogos europeos sobre asuntos como el cambio climático, la presión a favor del libre comercio mundial, la seguridad energética, Rusia e Irán.
Pero los euro-obsesivos piensan de manera diferente. Para ellos, la UE no es una cuestión de compromiso y las razones para cooperar con Francia no son más poderosas que las de mantener vínculos con Rusia. Convencidos de que el Reino Unido tiene un espacio de maniobra independiente en el escenario mundial, operan sobre un espectro que va desde el abandono de la UE hasta el inicio de una nueva negociación entre ambas partes. Tienen un amplio apoyo entre los miembros del partido tory, el 63% de los cuales simpatiza, cuando menos, con la idea de dejar la UE.
La tercera camarilla con relación a la política exterior podría llamarse la de los “realistas modernizados”. En los años sesenta del siglo pasado esta escuela estaba a favor de la unilateralidad y se oponía a la aceptación por parte de MacMillan de los misiles Polaris norteamericanos, porque establecían una dependencia británica de Estados Unidos. Con el tiempo han pasado a ser destacados defensores de la OTAN. Actualmente su miembro más importante es William Hague, el probable futuro ministro de Exteriores conservador. Esto reconcilia el tradicional énfasis conservador sobre la soberanía británica y la aversión a los grandiosos diseños globales con una promoción de los valores británicos. Esperan restaurar las relaciones que se han ido oxidando en los últimos años, ya sea con Rusia o con los recalcitrantes Estados de Oriente Próximo, donde el Reino Unido solía gozar de influencia.
Mientras las otras escuelas políticas tienen sus raíces en la historia diplomática del Partido Conservador, los neoconservadores tienen su inspiración al otro lado del Atlántico. Los neocons británicos apoyan el uso de la fuerza para deponer a los dictadores y aborrecen la inacción del Gobierno de Major ante el genocidio de Bosnia a comienzos de los 90. Son también ardientes atlantistas, firmes partidarios de Israel y sumamente recelosos de las instituciones multilaterales como la ONU y la UE.
La quinta escuela podría llamarse “los capitanes de Cameron”. Un número considerable de actuales y futuros parlamentarios tories ha servido en las fuerzas armadas o procede de familias de militares. Si a veces los neocons contemplan el mundo en términos estratégicos, como generales de salón, los “capitanes” tienden a utilizar una perspectiva de la política exterior más a ras de suelo. Su mayor preocupación es el bienestar militar y cuando consideran la situación en Afganistán centran su atención en la protección y equipamiento más que en la estrategia general.
El último de estos grupos lo forman aquellos a los que tradicionalmente se les ha llamado Little Englanders (denominación que podría traducirse como “ingleses de campanario” o “de vía estrecha”, o quizá como “inglesistas”, nacionalistas antieuropeos que incluso se refieren al Reino Unido como Inglaterra). La pertenencia a este grupo se produce menos en función de una opinión que en la experiencia, o en la falta de la misma. El partido tory tiene hoy una orientación más localista, y la tendrá aún mayor después de las elecciones. Eso sucederá como consecuencia de haber estado fuera del poder durante 13 años, de haber abandonado el Partido Popular Europeo, y de un proceso de selección de candidatos al estilo norteamericano, lo que favorece a los aspirantes locales.
Hasta ahora, David Cameron ha exhibido rasgos atribuibles a todos esos grupos. Rindió tributo a los euro-obsesivos al salir del Grupo del Partido Popular Europeo. Hizo alarde de su “realismo” con su promesa de no ser “servil” con EE UU. Sacó brillo a sus credenciales neocon mediante su demostración de solidaridad con Georgia durante la guerra de ésta contra Rusia. Se ha alineado con su equipo de “capitanes” al formular al primer ministro preguntas relativas a la seguridad militar en Afganistán. Y ha hecho todo esto al tiempo que rehusaba empantanarse demasiado en aventuras exteriores.
Pero será imposible tener contento a todo el mundo todo el tiempo. ¿Qué pasaría si Obama perdiera la paciencia con el programa nuclear de Teherán y solicitara ayuda para un bombardeo? ¿Atendería Cameron el consejo de los neocons de bombardear, respaldaría las preocupaciones de los “realistas” sobre la estabilidad de la región, o las de los “capitanes” sobre los efectos no deseados sobre el terreno?
¿Hasta dónde llegará para proteger la integridad territorial de Ucrania ante una provocación rusa? ¿Y qué decir acerca de la UE? Cameron se ha comprometido a obtener el derecho de exclusión del Capítulo Social de la UE y de su correspondiente Carta de Derechos cuando Croacia firme el tratado de incorporación a la Unión. Pero ¿cómo reaccionará si otros líderes le dan largas al asunto? Los euro-obsesivos le instarán a bloquear la incorporación de Croacia a la Unión. Los realistas modernizados querrán luchar por conservar su capital político para otras luchas relativas a intereses británicos. Los neocons, que creen en la extensión de la comunidad euro-atlántica, pueden no querer poner en riesgo la pertenencia de Croacia a la UE.
La actitud de Cameron en política exterior vendrá definida por los acontecimientos que le afecten en el cargo más que por el tiempo que haya podido dedicar a pensar en la política exterior antes de acceder al poder. Pero a diferencia de Blair, que disfrutó de una generosa mayoría parlamentaria, la libertad de acción de Cameron podría quedar reducida si obtiene una estrecha mayoría. Si se ve forzado, como John Major, a forjar una nueva mayoría sobre cada asunto de su agenda parlamentaria, podría llegar a encontrarse guiado por las obsesiones de los diferentes bandos que luchan por controlar su cerebro.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

mayo 2, 2010 Publicado por | Reino Unido | Dejar un comentario

>¿Quién cambiará Reino Unido?

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Por Timothy Garton Ash, catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford e investigador en la Hoover Institution de la Universidad de Stanford. Su último libro es Facts are Subversive: Political Writing from a Decade Without a Name. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 17/04/10):
Espejito, espejito, ¿quién es el menos creíble de todos? Es difícil decidirlo. Ninguno de los candidatos que se presentan está siendo sincero con los votantes británicos sobre la devastadora política de austeridad que va a haber que emprender en los próximos años. Para hacerse una idea de lo que nos aguarda, no deberíamos ver los debates de los candidatos en televisión, sino visitar Irlanda.
Mientras tanto, mi premio provisional a la propuesta de campaña más inverosímil de todas va a parar a los conservadores por la página 62 de su programa electoral. En ella aparece una figura en sombras que sostiene una pancarta en la que se lee “Poder popular”. He sido testigo de unos cuantos momentos históricos de “poder popular” y, si las propuestas de reforma política que presenta el programa conservador constituyen una defensa del poder popular, yo soy filipino.
La verdad es que nos encontramos ante un interesante farol por partida triple. Se llaman conservadores (paso 1) pero (paso 2) emplean un lenguaje de cambio radical ante el que Edmund Burke se revolvería en su tumba y Tom Paine estaría encantado. Necesitamos una “reforma política radical”, dice el programa, en negrita. “Necesitamos cambiar la forma de gobernar este país”. Debe haber “una redistribución total del poder”. “Debilitaremos a las viejas élites políticas y daremos el poder al pueblo…”. ¡Que les corten la cabeza! O, mejor dicho -dado que no se me ocurren mejores representantes de las viejas élites políticas de este país que el ex alumno de Eton David Cameron y sus colegas-, ¡que nos corten la cabeza!
Sin embargo, al leer las propuestas detalladas que figuran a continuación, uno se da cuenta de que (paso 3) no hablan en serio. Son conservadores que fingen ser jacobinos pero en realidad son eso, conservadores. Burke disfrazado de Paine. Estarían dispuestos a introducir el derecho de los votantes de una circunscripción concreta a “retirar” a su representante parlamentario, restricciones a la financiación de los partidos y los grupos de presión, que las leyes que afectan a Reino Unido se aprueben en cierta medida con votos ingleses y la esperada posibilidad de que se puedan presentar peticiones populares al Parlamento; pero, por lo demás, la antigua estructura del régimen de un Ejecutivo topoderoso que gobierna en nombre de la corona parlamentaria seguiría como hasta ahora. De hecho, se reafirmaría este orden frente a “Europa” en una Ley de Soberanía.
Las reformas del “voto justo” que proponen los conservadores corregirían -con razón- la desventaja que sufren en el mapa de circunscripciones actual, pero cambiarían poca cosa más. Mantendrían el sistema de escrutinio uninominal mayoritario (first-past-the-post). Las medidas que se comprometen a tomar para reforzar la independencia de la Cámara de los Comunes no alcanzan el nivel de lo que ya propuso un comité presidido por Tony Wright, con representantes de todos los partidos. Lo que dicen sobre la reforma de la Cámara de los Lores es un ejemplo perfecto del lenguaje que suele emplear el Lord presidente de la Cámara -”trabajaremos para construir un consenso sobre una segunda cámara elegida en su mayoría”- y, de hecho, en los últimos tiempos del viejo Parlamento, los conservadores votaron a favor de conservar a los lores hereditarios que seguían existiendo. Como demostró Tony Blair, cuando uno llega al Número 10 de Downing Street, la tentación de gobernar siguiendo el viejo estilo es irresistible. No tenemos más que esperar a que Cameron haga sus primeros nombramientos para una Cámara de los Lores sin reformar.
Aplaudo el deseo de los conservadores de dar más poder a las instancias locales, pero también en este caso sus propuestas son menos radicales de lo que parecen. Que los alcaldes de las 12 mayores ciudades de Inglaterra fueran elegidos sería estupendo, pero el derecho simbólico a promover referendos locales no es suficiente para reemplazar unos poderes serios e independientes que permitan recaudar fondos.
Los laboristas resultan casi tan inverosímiles como los tories, aunque en otro sentido. Sus propuestas de reforma política son más audaces y más específicas. Entre ellas está la de un doble referéndum sobre la introducción de un sistema de voto alternativo para las elecciones a la Cámara de los Comunes y sobre una segunda cámara electa, leyes para establecer periodos parlamentarios fijos y, lo más interesante de todo, una comisión de todos los partidos encargada de “trazar un plan para avanzar hacia una constitución escrita”. Todo magnífico. Ahora bien, ¿dónde han estado estos últimos 13 años? En el poder. ¿Y por qué no han hecho todo eso? Ya en 1992, el programa del partido laborista prometía acabar con el abuso de la Prerrogativa real, convertir los Lores en una segunda cámara electa e introducir el periodo parlamentario fijo. En 1998, una comisión encabezada por el veterano político Roy Jenkins, formada a petición del primer Gobierno de Blair, recomendó un sistema electoral de “voto alternativo plus”. Si un tío borracho lleva 13 años diciendo que va a dejar la bebida -”de verdad que esta vez lo digo en serio”-, al final cuesta un poco creerle. “De verdad que esta vez lo digo en serio”, asegura el tío Gordon, con una sonrisa como la de Jack Nicholson cuando hacía de Joker. Seamos justos: en estos 13 años hemos conseguido cosas sin precedentes como el reparto de competencias a Escocia, Gales e Irlanda del Norte, la independencia del Banco de Inglaterra, la Ley de la Libertad de Información y la Ley de Derechos Humanos (que los conservadores quieren revocar). Pero a la hora de la verdad -en el caso de Irak o de las leyes autoritarias que restringen las libertades civiles-, el ejecutivo todopoderoso ha seguido avasallando a un Parlamento abúlico. El laborismo ha desmantelado elementos importantes del viejo orden constitucional, pero no ha construido otro nuevo en su lugar.
En cuanto a los demócratas liberales, también son poco creíbles, pero en su caso resulta enternecedor. Su programa propone grandes cambios -como la representación proporcional y una constitución escrita- que, si se hicieran realidad, transformarían nuestro sistema político. ¿Pero alguien cree que tienen la capacidad de llevarlos a la práctica?
Escojamos, pues. ¿Qué variante de lo increíble prefieren? Como nota positiva, una consecuencia no del todo lógica de la indignación popular -alimentada por los medios- a propósito de los gastos de los parlamentarios es que todos los partidos tienen que prestar ahora más atención a ese asunto de una política “nueva” y “más limpia”. Es interesante que hablaran de ello los candidatos el jueves en el debate televisado; si hubiera habido debates en las elecciones anteriores, seguramente ni habrían tocado el tema. Pero no será un elemento decisivo en las elecciones. Importarán más las políticas económicas, el argumento de que “ha llegado la hora del cambio”, su imagen televisiva, incluso las esposas de los candidatos. Además, al hablar de la reforma política, los votantes británicos suelen hacer una desconexión mental entre cómo ven la enfermedad y cuál opinan que puede ser la cura. Si se les dice que “nuestros políticos son unos corruptos”, se mostrarán completamente de acuerdo. Si se empieza a hablar de reforma constitucional, se les ponen los ojos vidriosos, como si acabaran de llamar a su puerta unos predicadores mormones.
¿Y qué pasa con los electores británicos a los que, como a mí, sí les importa la reforma política? Desde hace 30 años, esta esperanza que revolotea entre bastidores de la política británica es una de las preocupaciones favoritas del centro izquierda liberal. Pareció una posibilidad real en la campaña electoral de 1997. Y ahora puede volver a serlo. Sin embargo, la alianza entre liberales y laboristas sólo podría reanimarse de forma inmediata si, el 6 de mayo, estos últimos obtuvieran más escaños que los conservadores pero sin alcanzar la mayoría absoluta. Y, aun entonces, ¿cuántos votantes lo considerarían legítimo? En cualquier caso, los sondeos más recientes parecen indicar que no es probable. Y uno no puede poner en duda una ecuación compleja sólo con su voto personal.
No obstante, estoy de acuerdo con el veterano partidario de la reforma constitucional Anthony Barnett en que cualquiera interesado por estos temas debe votar a los candidatos reformistas, ya sean demócratas liberales, representantes de partidos pequeños, independientes o conservadores y laboristas disidentes, que contribuyan a aumentar las posibilidades de tener un Parlamento fuerte y capaz de impulsar el cambio estructural que Reino Unido necesita. Este viaje ya ha sido más largo de lo que hacía falta y con un Gobierno conservador duraría todavía más; pero acabaremos llegando a la meta. Hasta ahora, no llevamos más que 30 años de travesía del desierto.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

abril 29, 2010 Publicado por | elecciones, Reino Unido | Dejar un comentario

>Europa en la campaña electoral británica

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Por Timothy Garton Ash, catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford e investigador en la Hoover Institution de la Universidad de Stanford. Su último libro es Facts are Subversive: Political Writing from a Decade Without a Name. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 12/04/10):
“Deberíamos comprometernos a tener una voz europea más fuerte en el mundo”, dice. “Lo decisivo es la voluntad común de actuar unidos”. Por desgracia, “la unidad europea falla en muchos aspectos”. ¿Quién es el que habla? ¿Jacques Delors? ¿Herman van Rompuy? No, es el responsable de Exteriores conservador, el famoso euroescéptico William Hague, sentado en su moderno despacho con una ventana en forma de arco que da a la londinense Plaza del Parlamento, transmitiendo un mensaje muy calibrado para tranquilizar al mundo.
¿Por qué? Por motivos de realismo estratégico y astucia electoral. El realismo está claro. Los tories estuvieron en contra del Tratado de Lisboa, pero “tenemos que trabajar con lo que hay”. Eso incluye el nuevo servicio exterior de la UE, al que enviaría, me asegura, a los mejores diplomáticos británicos. Es cierto que los conservadores quieren que se devuelvan ciertos poderes a los Estados, pero “hemos tomado la decisión estratégica de que no vamos a empezar a gobernar enfrentados con la UE”. Celebró una “reunión excelente” con el ministro de Exteriores alemán el otro día. Y así sucesivamente. Les presento al nuevo señor Hague, el pro-europeo.
No confiesa haber hecho esos cálculos electorales, pero es evidente. Lo que menos desean los conservadores en estas elecciones es hablar de Europa, que les costó votos en las anteriores. Europa es un perro que debe permanecer callado. De ahí que lo amordacen con palabras suaves.
El laborista David Miliband, por el contrario, dice: “Quiero hablar sobre Europa”. Extiende las piernas desde un sillón de cuero rojo en el enorme despacho victoriano del ministro de Exteriores y critica a los conservadores por aliarse en el Parlamento Europeo con “gente con la que no se dejarían ver ni en sueños en Reino Unido”. Los tories están “vendiendo muchas historias” sobre su propuesta de Ley de Soberanía. Dejarían a Reino Unido “desnudo en la sala de conferencias”. “Lo peor es que nos ponen en la rampa de salida”.
Apretujado en un despacho parlamentario que parece del tamaño de la mesa del ministro, Ed Davey, el portavoz de Exteriores de los demócratas liberales, está de acuerdo con Milliband. Los conservadores, dice, “pueden ser una amenaza para este país”. “No tener una política europea seria significa no tener mucha política exterior”.
Pero hablemos primero del resto del mundo. Podemos resolverlo en unas cuantas frases, porque están de acuerdo en casi todo. Aparte de Europa, a los tres les resulta difícil expresar diferencias significativas entre sus partidos en política exterior. Son “de un orden diferente”, dice Miliband. Hague habla de “una política exterior británicacaracterística” y un mejor sistema de toma de decisiones, simbolizado en el nuevo Consejo de Seguridad Nacional propuesto por los tories. (“Creemos en reuniones como es debido…, no en charlas de sofá”). Davey acusa a los dos grandes partidos de falta de respeto a las leyes internacionales.
Ahora bien, cuando se entra en el fondo, parecen los gemelos de Alicia a través del espejo; o trillizos, contando al demócrata liberal. Los tres se toman el cambio climático en serio. Los tres quieren aumentar el dinero británico dedicado a ayuda exterior hasta un 0,7% del PIB. Los tres dicen que Reino Unido está en guerra en Afganistán. Los tres apoyan esa guerra. Los demócratas liberales no son partidarios de una completa renovación del programa nuclear Trident, pero ninguno de los tres partidos va a abandonarlo.
Todos están de acuerdo con el Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de los Comunes que, en un informe reciente, dice que Reino Unido necesita un enfoque “pragmático” para abordar su relación con Estados Unidos. Todos reconocen que Europa es, como dice Hague, “una parte cada vez más pequeña del mundo”. Todos comprenden la importancia de las relaciones con las potencias emergentes. Cuando pregunto a Miliband que es “lo que más lamenta” de su época como ministro de Exteriores, responde que “no haber visitado Brasil”. Ninguno de los tres rechaza la etiqueta de “liberal”. “En muchos temas”, dice Hague, “existe bastante… ¿seguimos llamándolo consenso?”. Lo llamemos o no así, eso es lo que es.
Demasiado consenso, tal vez. ¿No deberían poder votar los británicos a favor de salir de Afganistán? ¿O de reducir drásticamente el gasto de defensa? ¿O de cambiar por completo la relación de Reino Unido con Washington? ¿O de abandonar la Unión Europea? Esta última opción, por supuesto, la ofrece el Partido de la Independencia de Reino Unido (UKIP en sus siglas en inglés).
Y eso es lo malo. Ni las mejores filigranas de Hague y Cameron pueden ocultar el hecho de que muchos votantes conservadores simpatizan de forma instintiva con la postura del UKIP. Sus prejuicios se ven reforzados a diario por la prensa euroescéptica del país, por lo que la nueva promoción de parlamentarios tories será todavía más euroescéptica que la saliente. El verano pasado, la página web conservativehome (conservativehome.blogs.com) entrevistó a los candidatos conservadores de circunscripciones ya ocupadas por ellos y consideradas fundamentales. Aunque sólo el 5% quería la “retirada total” de la UE, el 38% era partidario de “una renegociación fundamental” y el 47% de la repatriación de algunos poderes.
Pero los socios europeos de Reino Unido no están de humor para renegociar nada, y mucho menos para hacer favores al nuevo Gobierno conservador; sobre todo desde que los conservadores se salieron del grupo del Partido Popular Europeo (PPE) en el Parlamento Europeo, que les asociaba directamente con los partidos gobernantes de Alemania, Francia, Italia y Polonia. En su reciente viaje a Reino Unido, la canciller Angela Merkel ni siquiera se entrevistó con Cameron.
De modo que, aunque aceptemos que Hague y Cameron son sinceros al profesar su deseo de labrar una relación constructiva con nuestros socios en la UE, pronto se encontrarán entre la espada y la pared. Hague es un político hábil, de impecables credenciales euroescépticas que pueden aplacar a sus bases, pero no puede seguir eternamente presentando dos caras: el recio William de Yorkshire en casa y el simpático Monsieur Hague en el extranjero.
Por supuesto, no hay un nuevo Tratado de Lisboa ni ningún otro gran cambio institucional en perspectiva, pero se nos avecinan decisiones difíciles. Pocas semanas después de que tome posesión el nuevo Gobierno, Bruselas publicará una directiva sobre fondos alternativos. Los nuevos líderes británicos necesitarán todos los amigos que tienen en Europa -o que ya no tienen, en el caso de que sean los tories y el Partido Popular Europeo- para conseguir que esa directiva sea compatible con los intereses vitales de Reino Unido, que alberga la mayoría de los fondos alternativos de Europa. A finales de este año, es probable que exista una cosa llamada la Orden Europea de Investigación, que se incorporará a otros 90 acuerdos sobre terrorismo, delitos graves e inmigración ilegal a los que Reino Unido ya “se ha sumado”. ¿Será más importante para los conservadores su hostilidad ideológica a “Europa” que hacer lo necesario para combatir a terroristas, asesinos, pedófilos e inmigrantes ilegales? Luego habrá que abordar una importante negociación presupuestaria, el futuro de la eurozona, el mercado europeo de la defensa; todos ellos, elementos que afectan a intereses británicos cruciales. Y cualquiera que haya estado en Washington sabe que el peso de Reino Unido en Estados Unidos depende de su grado de influencia en Europa.
De modo que, a pesar de la invisibilidad de las preguntas sobre política exterior en el anuncio de la campaña esta semana, a pesar de los consensos, a pesar del cambio de tono de la dirección conservadora sobre Europa, sí existen grandes diferencias en política exterior sobre las que hay que decidir en estas elecciones. Son las que persiguen a Reino Unido desde hace 50 años. Afectan a todo, desde la economía hasta el medio ambiente, desde el crimen hasta nuestra relación con Washington, y serán decisivas para el destino de Albión. Los votantes británicos harán mal en ignorar el bozal de los tories. Es un perro que pronto volverá para morderles.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

abril 27, 2010 Publicado por | elecciones, Reino Unido | Dejar un comentario

>El Reino Unido bajo una fría perspectiva

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Por Jesús Neira, profesor de Derecho Constitucional (EL MUNDO, 11/04/10):
El Reino Unido posee un régimen político que permite que el Gobierno disfrute de una posición estable en la Cámara de los Comunes de la que depende. Basta recordar los últimos 30 años y observar que ha disfrutado de amplias mayorías tanto cuando lo ha liderado el Partido Conservador como cuando lo ha hecho, como ahora, el Laborista. Lo logró Margaret Thatcher en repetidas elecciones y también, años después, Tony Blair. El hecho es que unos y otros han podido enfrentar los diversos problemas del país desde una posición de firmeza ante la Cámara.
El régimen parlamentario fue un invento de Inglaterra. Y es allí donde mejor se ha conseguido que este sistema ofrezca estabilidad al Ejecutivo, que con una muy alta frecuencia se apoya en una sólida mayoría parlamentaria. Pero aun tratándose la británica de una fórmula de parlamentarismo actuante sobre un sistema electoral de distrito uninominal -que es muy superior a otras fórmulas de proporcionalidad corregida o pura-, no por ello deja de ser un régimen parlamentario.
Tras largas etapas de gabinetes con mayorías absolutas, a tenor de las últimas encuestas se presenta ahora como muy probable un escenario en el que el futuro Gobierno británico sólo tendrá el apoyo de una mayoría simple. Y la simple mención de esa posibilidad ha provocado alarma y preocupación. Si en las próximas elecciones legislativas en el Reino Unido -que se celebrarán en abril o mayo- se diese una situación de empate o muy cercana a ese resultado, la consecuencia para el Gabinete sería inmediata. Y podría dar lugar incluso a la necesidad de convocar nuevas elecciones. Sería una crisis política de demora factible hasta que se consiguiera un Gobierno estable.
Esta realidad, que en estos momentos se plantea como una hipótesis en Inglaterra, no es algo nuevo. Ya ocurrió en los años 70. Una brevísima nota puede aclarar algo lo que decimos. En las elecciones del 1 de marzo de 1974 ganó H. Wilson (del Labour Party). Pero el resultado no le permitía dirigir el Gabinete y tuvo que convocar nuevas elecciones. El 10 de octubre venció Wilson. Los mediados de los 70 fueron años dinámicos en la política inglesa. Thatcher venció a W. Whitelaw en febrero de 1975. Se rearmaba el Partido Conservador con una nueva figura de inequívoco empuje. El gabinete de Wilson era débil y no podía con la crisis económica. La tensión política provocó la dimisión de Wilson el 16 de marzo de 1976. Le sucedió Callaghan, que poseía experiencia en política exterior e interior y que había sido ministro de Hacienda. Pudo capear el temporal volcándose en los pozos del mar del Norte y en un acuerdo con los sindicatos para aminorar la inflación. En septiembre logró que el FMI le concediese un préstamo por valor de 3.900 millones de dólares. Pero la situación seguía siendo muy delicada. Con todo, el Gabinete laborista logró un pacto con el Partido Liberal de D. Steel en febrero de 1977. Catorce meses después, en mayo de 1978, el Partido Liberal retiró el apoyo al Labour. Callaghan quedó desasistido parlamentariamente. El Gabinete que se había apuntalado por ese pacto sólo pudo alcanzar a marzo de 1979. Entonces llegó la derrota parlamentaria de Callaghan, que se vio en la necesidad de convocar nuevas elecciones.
El 3 de mayo de 1979 Thatcher logró una mayoría absoluta con 339 escaños del Partido Conservador frente a los 268 del Laborista. La mayoría absoluta puso fin a la inestabilidad del Gabinete y la crisis permanente. El balance es fácil de sintetizar. En cinco años, tres elecciones generales, dos jefes del Gabinete y algo más de un año de un Gobierno asistido por un pacto con el Partido Liberal. Ésa fue la realidad de entonces con el mismo régimen político de la actualidad.
Lo que pasó entonces, ¿puede volver a presentarse? Por supuesto, porque las reglas de juego son las mismas. Y el régimen parlamentario, aun bajo su mejor configuración como es la de Inglaterra, no siempre ofrece un Gabinete sólido. Depende de la Cámara. Ésa es la entraña misma del régimen y del problema que no se puede resolver sin eliminar la dependencia del Gabinete de la Cámara. Sin división del poder no hay solución y los problemas de ayer se volverán a presentar ahora o dentro de unos años. Es cuestión de tiempo. El ejemplo de los 70 no es una excepción a la repetición de las crisis, como habían demostrado las elecciones de 1885, 1886, 1922, 1923, 1929, 1931, 1950, 1951, 1964 o 1966.
Por unas u otras causas siempre aparece lo que puede aparecer. Lo curioso en realidad es que los ingleses se extrañen de lo que ofrecen las propias entrañas de su régimen. ¿Qué creían, que estaban a salvo de pactos, crisis y componendas por haber disfrutado de gabinetes apoyados en mayorías absolutas? Y si se acaban éstas, ¿qué creen que vendrá? Lo que se temen. ¿Por qué será? Es la tendencia natural del parlamentarismo, que no tiene arreglo ni siquiera con el mejor sistema electoral. «Se dijo -como hiciese Max Weber- que el verdadero parlamentarismo sólo es posible en un sistema de dos partidos». Pues tampoco, porque el empate existe y lo hace imposible. Que es lo que ahora se teme en Inglaterra.
Los problemas económicos y sociales existen, pero lo peor es que vengan agravados por la inestabilidad de un Gobierno, provocada por la pésima organización de los poderes del Estado como es propio en todo parlamentarismo, del que Inglaterra siempre ha sido un ejemplo, un mal ejemplo. Después de casi dos siglos de existencia de ese régimen, mal se acomodan las críticas, temores e hipótesis de una fría perspectiva, se vea desde su pasado o desde su próximo futuro. Como ya apuntase Hume, y como entre nosotros dijese Madariaga, «mal se queja quien se deja».
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

abril 27, 2010 Publicado por | elecciones, Reino Unido | Dejar un comentario

>Sangre, sudor y lágrimas en Reino Unido

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Por Luis Garicano y John Van Reenen, profesores del Center for Economic Performance de la London School of Economics (EL PAÍS, 10/04/10):
Tras el estallido de las burbujas inmobiliaria y financiera en 2007, Reino Unido se ha enfrentado a una situación de crisis similar a la de España. Sin embargo, la evolución de las magnitudes fundamentales (particularmente el desempleo) así como el debate de política económica han sido muy diferentes en ambos países. Tanto las diferencias como las similitudes pueden contener lecciones útiles para España.
Desde principios de 1990, la economía británica experimentó un crecimiento estable con suaves ciclos: el PIB creció de manera constante en torno al 3%, los precios de la vivienda crecieron a un promedio del 10%, y el desempleo se redujo del 10% al 5%.
A mediados de 2007, estas tendencias se invirtieron repentinamente. Desde el verano del 2007, el PIB británico ha disminuido en un 4%, el desempleo ha aumentado al 8% y los precios de la vivienda han disminuido en un 15%. Existe un temor real de que gran parte de esta pérdida sea permanente, dado que, históricamente, las recesiones provocadas por crisis financieras han tendido a causar importantes efectos permanentes sobre el PIB.
La crisis. A diferencia de la crisis en España, muy directamente relacionada con el sector de la construcción y sólo indirectamente relacionada con el sector financiero, el impacto directo de la crisis en el sector financiero ha sido importante en Reino Unido. El sector financiero empleaba aproximadamente al 20% de la fuerza laboral de Reino Unido y fue responsable de más del 50% de la creación de empleo desde 1995. La reasignación de los trabajadores del sector financiero a otros sectores será un proceso prolongado y complejo, como en España lo es la reasignación de recursos de la construcción a otros sectores.
Un problema clave que dificulta la recuperación en España es la falta de ajuste de los precios en el mercado de trabajo y en el de la vivienda: la demanda cae, pero los precios no caen, y el mercado no se ajusta más que mediante desempleo y viviendas vacías. En Reino Unido, a pesar del impacto brutal de la caída del crecimiento económico, la pérdida de empleos ha sido mucho más reducida que en España: el Gobierno británico prevé que el desempleo alcanzará su máximo en torno al 8% en 2010. De forma similar, los precios de la vivienda se han estabilizado tras una fuerte caída. Los hogares, eso sí, se han quedado con activos reducidos para su jubilación: el patrimonio neto de los hogares se redujo entre 2007 y 2009 de 375.000 libras a 330.000 libras, es decir, lo equivalente a la pérdida de ingresos de más de un año.
Como España, Reino Unido ha tenido un déficit comercial anual elevado durante los últimos 20 años. Cabría pensar que la flexibilidad del tipo de cambio ofrece una vía hacia el equilibrio que no existe en España, pero de momento no ha sido así. A pesar de que la libra se ha debilitado significativamente durante la crisis, el déficit comercial y por cuenta corriente están de nuevo en aumento tras una breve reducción inicial.
El déficit. En cuanto al déficit público, la crisis ha abierto una brecha entre los ingresos y gastos de alrededor del 11% del PIB. Parte del déficit es cíclico, y se volverá a ajustar cuando la economía se recupere. Pero el déficit tiene un fuerte componente estructural, estimado entre el 7,8% y el 9%, uno de los más elevados del mundo. Como consecuencia se está produciendo un aumento importante de la deuda pública, que ha subido del 40% del PIB a previsiones por encima del 75% del PIB en 2014.
¿Sufrirá Reino Unido una crisis de deuda similar a la que está sufriendo Grecia? La respuesta depende de cómo los mercados financieros perciban la credibilidad futura de Reino Unido. De momento, parecen bastante optimistas: los diferenciales entre los tipos de interés de los bonos de Reino Unido y los de Estados Unidos o Alemania son muy reducidos. Otro factor favorable a Reino Unido es que, a diferencia de Grecia y España, la deuda existente está financiada a muy largo plazo, lo que evita tener que acudir al mercado continuamente a refinanciar: sólo el 18% es a menos de cinco años. Eso sí, las expectativas de inflación han aumentado y actualmente se sitúan en cerca de 3,5%.
En cualquier caso, la salida de una situación de déficit tan prolongada será dramática: el Fondo Monetario Internacional (FMI) estima que el Gobierno británico deberá mantener superávits presupuestarios estructurales del 5% durante la década de 2020 para que la deuda pública caiga hasta el 60% del PIB. Esto requeriría un ajuste de 12,8 puntos porcentuales en el déficit estructural como proporción del PIB en la próxima década, uno de los mayores ajustes fiscales en la historia reciente, mayor que el que llevó a cabo Margaret Thatcher.
El debate político. De cara a las elecciones, tanto laboristas como conservadores han adoptado una retórica dura de reducción del gasto público. Aunque ambos han presentado algunas medidas concretas, ninguno ha presentado un plan integral para abordar los problemas del déficit estructural, que probablemente será la tarea central en la agenda de la política económica del próximo Ejecutivo.
El actual Gobierno laborista anunció planes a largo plazo en el presupuesto de 2009 para reducir el déficit mediante una reducción a la mitad de las inversiones entre 2009 y 2012, una caída de los gastos generales en un 2% al año a partir de abril de 2011 (en comparación con el crecimiento histórico de alrededor del 4%) y la introducción de un tipo marginal (a partir de las 150.000 libras de ingresos) del 50% en el impuesto sobre la renta. También ha anunciado una congelación parcial de los salarios públicos.
Los conservadores, por su parte, han propuesto un año de congelación de sueldos públicos en 2011, la suspensión de créditos fiscales a las familias con ingresos superiores a 50.000 libras y la reducción del subsidio infantil, con el objetivo último de lograr el equilibrio presupuestario estructural actual al final del horizonte de pronóstico (2015-2016).
El debate también incluye varias reformas estructurales. Ambos partidos apoyan las reformas de las pensiones introducidas por la comisión Turner, nombrada por el Gobierno de Blair en 2004, que propuso aumentar la edad de jubilación de las mujeres a 65 años en 2020 y aumentar la edad de jubilación de ambos sexos a 66 en 2026. Los conservadores plantean adelantar la fecha en que la edad de jubilación del Estado comienza a elevarse a 66, al 2016 para los hombres y el 2020 para las mujeres.
Además, ambos partidos han propuesto cambios institucionales que podrían ayudar a reducir los déficits en el futuro. El partido laborista prefiere un enfoque basado en las reglas fiscales, mientras que los conservadores han propuesto la introducción de una nueva institución: un Consejo de Responsabilidad Fiscal que produciría previsiones presupuestarias a medio plazo y evaluaría la sostenibilidad a largo plazo de las finanzas públicas.
El futuro. Hay signos iniciales de que empieza la recuperación de la profunda recesión de los últimos dos años. Sin embargo, la recuperación será lenta y todavía no hay señal de cambios en el déficit en cuenta corriente que Reino Unido ha desarrollado durante las últimas dos décadas. La compleja situación internacional, la incertidumbre en el sector financiero, y las consecuencias de una reducción brutal del gasto público configuran una situación en la que el panorama para Reino Unido continúa caracterizado por un alto grado de incertidumbre. Pero el mejor funcionamiento del mercado de trabajo y de la vivienda que en España, el mayor consenso político, sobre todo sobre la necesidad de consolidación fiscal, y el hecho de que el problema de las pensiones se haya resuelto ya favorecen una salida de la crisis más clara e inmediata que en España.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

abril 27, 2010 Publicado por | Reino Unido | Dejar un comentario

>La calidad de la clemencia

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Por Peter Singer, profesor de Bioética en la Universidad de Princeton y profesor emérito en la Universidad de Melbourne. Traducción de Kena Nequiz. © Project Syndicate, 2009 (EL PAÍS, 03/09/09):

La reciente liberación de Abdel Basset Ali al-Megrahi, la única persona condenada por la explosión del vuelo 103 de Pan Am sobre Lockerbie (Escocia) en 1988, generó indignación. Aproximadamente al mismo tiempo, las Águilas de Filadelfia, un equipo de fútbol americano, le ofrecieron una segunda oportunidad a la ex estrella Michael Vick, que había sido condenado por dirigir una organización de peleas de perros en la que se torturaba y mataba a los animales perdedores. Asimismo, William Calley, que comandaba el pelotón que masacró a cientos de civiles vietnamitas en la aldea de My Lai en 1968, ha roto el silencio y pedido perdón por sus acciones.

¿Cuándo debemos perdonar o ser clementes con los malhechores? En muchas sociedades los delitos que tienen que ver con la crueldad hacia los animales reciben un trato demasiado indulgente, pero el castigo de Vick -23 meses de cárcel- fue sustancial. Además del encarcelamiento, perdió dos años de su carrera como jugador y millones de dólares de ingresos. Si Vick nunca volviera a jugar, sufriría un castigo mucho mayor al impuesto por el tribunal.

Vick ha expresado su arrepentimiento. Tal vez lo más importante es que ha convertido las palabras en hechos y ahora es voluntario en un refugio de animales y trabaja con la Sociedad Humanitaria de Estados Unidos para luchar contra las peleas de perros. Es difícil ver qué provecho se obtendría de impedirle terminar su rehabilitación y volver a dedicarse a lo que mejor sabe hacer.

Megrahi fue condenado por el asesinato de 270 personas y sentenciado a cadena perpetua. Apenas había cumplido siete años de esa condena cuando el ministro de Justicia escocés, Kenny MacAskill, lo liberó por motivos humanitarios, basándose en un informe médico según el cual tiene cáncer terminal y sólo le quedan tres meses de vida. La cuestión del arrepentimiento no se ha planteado, porque Megrahi nunca ha admitido su culpabilidad, y no retiró una apelación contra su condena hasta poco antes de su liberación.

Se han planteado dudas acerca de si Megrahi realmente está a punto de morir. Al parecer, sólo el médico de la prisión estuvo dispuesto a afirmar que no le quedaban más de tres meses de vida, mientras que cuatro especialistas se negaron a dar un pronóstico. También ha habido especulaciones de que la liberación de Megrahi estuvo relacionada con negociaciones sobre contratos petroleros entre el Reino Unido y Libia. Por último, algunas personas ponen en duda que Megrahi realmente haya sido el autor del delito, y esto puede haber jugado un papel en la decisión de MacAskill (aunque, de ser así, habría sido mejor dejar que los tribunales resolvieran el asunto).

Pero dejemos de lado estascuestiones por el momento. Suponiendo que Megrahi fuera culpable y que se le hubiera puesto en libertad porque le queda poco tiempo de vida, ¿acaso la enfermedad terminal de un preso justifica su liberación por razones humanitarias?

La respuesta podría depender de la naturaleza del delito, la duración de la pena y la proporción de ésta que quede por cumplirse. En el caso de un carterista que ha cumplido la mitad de una condena de dos años, sería excesivamente severo insistir en que la pena se cumpliera en su totalidad si eso significara que moriría en la cárcel y no con su familia. Sin embargo, liberar a un hombre que cumplió tan sólo siete años de una sentencia de cadena perpetua por un asesinato en masa es un asunto muy diferente. Como señalan los familiares de las víctimas, en la planificación de su delito Megrahi no mostró compasión. ¿Por qué, preguntan, debemos mostrarle compasión a él?

En una declaración que hizo ante el Parlamento escocés para defender su decisión, MacAskill se abstuvo de citar el discurso más conocido sobre la clemencia que existe en el idioma inglés -el de Porcia en El mercader de Venecia de Shakespeare-, pero las palabras de Porcia se habrían ajustado a lo esencial de su declaración. Porcia reconoce que Shylock no tiene ninguna obligación de mostrar clemencia a Antonio, quien ha violado su acuerdo con él.

“La calidad de la clemencia no es forzada” -es decir, limitada, u obligatoria- le dice a Shylock, sino algo que cae libremente, como la lluvia. MacAskill reconoció que el propio Megrahi no mostró ninguna compasión, pero señala con razón que esto por sí solo no es motivo para negarle la clemencia en sus últimos días. A continuación, se refiere a los valores de la humanidad, la compasión y la misericordia, como “las creencias a las que tratamos de apegarnos”, y enmarca su decisión como fiel a los valores de Escocia.

Podemos estar razonablemente en desacuerdo con la decisión de MacAskill, pero debemos reconocer que -a menos que haya algo más bajo la superficie- estuvo motivado por algunos de los mejores valores que podemos ejercer. Y si creemos que Megrahi no fue lo suficientemente castigado por su delito, ¿qué pensar entonces del trato que recibió el ex teniente William Calley?

En 1971, Calley fue condenado por el asesinato de “no menos de 22 civiles vietnamitas de edades y sexos indeterminados”. También fue declarado culpable de atacar con intención de asesinar a un niño vietnamita. Sin embargo, tres días -sí, días- después de su condena, el presidente Richard Nixon ordenó que fuera puesto en libertad y que se le permitiera cumplir su condena en una confortable casa de dos dormitorios. Allí vivió con una compañera y el personal que le ayudaba. Después de tres años, fue puesto en libertad incluso de este tipo de arresto.

Calley siempre sostuvo que estaba obedeciendo órdenes. El capitán Ernest Medina, su comandante, le ordenó quemar la aldea y contaminar sus pozos, pero no hay pruebas claras de que la orden incluyera matar a no combatientes -y por supuesto, si esa orden se hubiera dado, no debería haberse obedecido. (Medina fue absuelto del cargo de asesinato)-.

Tras décadas de negarse a hablar en público, Calley, que ahora tiene 66 años, dijo recientemente que “no pasa un día” sin que sienta remordimiento “por lo ocurrido en My Lai”. Me pregunto si los familiares de los asesinados en My Lai están más dispuestos a perdonar a Calley que los familiares de los muertos en Lockerbie a perdonar a Megrahi.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

septiembre 11, 2009 Publicado por | Libia, Reino Unido, sistema penitenciario | Dejar un comentario

>La mujer fuerte de las islas

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Por Juan-José López Burniol, notario (EL PERIÓDICO, 16/05/09):

Tras la segunda guerra mundial, Gran Bretaña no pudo hacer frente a los gastos que ocasionaba el mantenimiento de su Imperio porque estaba exhausta por el coste de la victoria. Entre 1947 y 1987, el gasto de defensa británico fue del 5,8% del PIB, mientras que un siglo antes era de un 2,6%. Como dijo Keynes, fue “para cubrir los gastos militares y sociales en ultramar” por lo que Gran Bretaña obtuvo de Estados Unidos un préstamo de 3.750 millones de dólares, cuyas condiciones debilitaron la economía británica, al provocar una serie de crisis de la libra esterlina generadas por la exigencia americana de que esta moneda fuese convertible en dólares, con la consiguiente presión sobre las reservas del Banco de Inglaterra.

En los 50, Harold Macmillan sostuvo que la opción de Gran Bretaña consistía en elegir entre “caer en un socialismo mezquino y sensiblero propio de una potencia de segunda, o avanzar hacia el tercer Imperio británico”; pero, tras la crisis de Suez, pareció claro que solo quedaba la primera opción. En 1892, un joven Winston Churchill acertó al prever “grandes trastornos” en el curso de su vida, que fue larga; pero al morir –en 1965– ya era evidente que su ambición de salvar el Imperio no fue más que una fantasía adolescente, pese a que hizo posible que alcanzase “su mejor momento”, poco antes de su fin, cuando resistió al imperialismo maligno de Hitler.

DURANTE LAS décadas de los 60 y 70, todas las propuestas ensayadas para salir de esta crisis fracasaron. En primer lugar, la idea de apoyarse exclusivamente en EEUU para la defensa nuclear fue descartada –por laboristas y conservadores– por considerarla una especie de recolonización trasatlántica en sentido inverso. En segundo término, la salida europea –mediante el ingreso en la CEE– fue vetada dos veces por De Gaulle, quien achacaba a Gran Bretaña una vocación de insularidad incorregible y una mentalidad posimperial, por lo que –arrogante como era– aconsejó a “este gran pueblo” que emprendiera una transformación económica y social que le permitiera formar parte verdaderamente de Europa y dejar de ser un satélite de EEUU. Y por último, durante la presidencia de Edward Heath –a comienzos de los 70–, surgió una tercera vía iniciada por tories partidarios de la libre empresa, que prepararon el terreno para la irrupción, en 1979, de Margaret Thatcher, mujer de fuerte carácter y plenamente convencida de que la salvación estaba en el mercado libre. Aquel mismo año, Deng Xiaoping viajaba a Washington, iniciando así una revolución de efectos enormes, y la madrasa –escuela religiosa– de la ciudad de Qom –en Irán– se convertía en el epicentro de otra revolución muy distinta pero también trascendente.

Margaret Hilda Roberts, hija de un almacenista de Grantham, fue educada como devota metodista y, tras estudiar química en Oxford y casarse con Denis Thatcher –alto ejecutivo de la industria petrolífera–, se licenció en Derecho el mismo año en que nacieron sus dos hijos gemelos. En los Comunes desde 1959, pronto destacó por su coraje, tenacidad y dureza, al servicio de un repertorio de ideas que evolucionó con el tiempo hasta concretarse en un núcleo corto y claro. En realidad, una vez en el poder –que alcanzó hace ahora 30 años–, su Gobierno, aunque fue presentado como un retorno a los valores de la Inglaterra victoriana, no supuso una recuperación del liberalismo gladstoniano, ni tampoco de la beligerancia antieuropea de Palmerston, pese a parecerlo por su retórica.

La tercera vía anunciada se concretó en el desmantelamiento decidido del Estado del bienestar y en una política industrial destinada a preservar las empresas capaces de sobrevivir y de generar beneficios, desechando como inútiles a las que no lo fuesen. Esta racionalización brutal mediante el cierre de las empresas no rentables, recortes de salarios y supresión de empleos, chocó con la oposición de los sindicatos, concretada –durante 1984 y 1985– en la confrontación entre la primera ministra y el líder del Sindicato Nacional de Mineros, Arthur Scargill. En esta lucha, la Dama de Hierro venció al Rey del Carbón; y, como ya tenía el aderezo nacionalista de la victoria –también por goleada– en la guerra de las Malvinas, su suerte estaba echada: ganó tres elecciones consecutivas y su mandato se prolongó hasta 1990, momento en el que el propio partido conservador consideró que su tiempo estaba acabado. Su influencia, de la mano del presidente norteamericano Ronald Reagan, ha sido enorme en todo el mundo –no hay sociedades, sino personas; el Estado no es la solución sino el problema; aprovéchate y cuida de ti– y se ha prolongado, de hecho, hasta el inicio de la actual crisis económica.

ES DIFÍCIL sustraerse a la idea, a la luz de estos hechos, de que la historia es pendular y se desarrolla por reacción. Una etapa de regulación que llegó a ser excesiva –desde el fin de la segunda guerra mundial hasta finales de los años 70–, provocó la reacción contraria en forma de una desregulación que también se ha desbocado –desde los años 80 hasta ahora mismo–, y que ha causado una crisis de proporciones gigantescas cuya superación se confía hoy, en parte, a una nueva regulación. Tejer y destejer. Es la vida.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

mayo 20, 2009 Publicado por | política, Reino Unido | Dejar un comentario

>Treinta años de Lady Thatcher

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Por Pedro Schwartz, de la Real Academia de ciencias Morales y Políticas (ABC, 08/05/09):

El 4 de mayo se cumplieron treinta años de la victoria electoral que abrió las puertas de Downing Street a Margaret Thatcher y dieciocho de su defenestración por algunos compañeros de partido carentes de convicciones y estatura. Los soviéticos la apodaron con acierto «la dama de hierro». En el interior, supo recoger un disgusto general por la decadencia de su país, con reformas que revitalizaron la economía y la sociedad británicas. En el exterior y en alianza con el presidente Reagan, contribuyó a la derrota y disolución de la Unión Soviética y señaló al mundo entero, incluida la Argentina por algún tiempo, el camino del capitalismo democrático. La presente crisis económica ha hecho pensar a los enemigos del libre mercado que había que enterrar definitivamente el legado de lady Thatcher. Muy al contrario: ella acertó al aceptar el diagnóstico de su amigo Ronald Reagan, según el que «el Estado no es la solución, es el problema». Lady Thatcher, por desgracia, con el paso de los años está perdiendo la memoria; mucha mayor desgracia sería que el mundo occidental olvidara a lady Thatcher y su obra. Hija de un tendero metodista y su esposa ama de casa, fue la primera mujer en presidir el partido Tory, formación hasta entonces dirigida por hombres de espíritu paternalista, que por elitismo desconfiaban de las decisiones individuales. También fue la primera mujer en presidir el Gobierno del Reino Unido y lo hizo con el valor suficiente para romper el consenso de todos los partidos favorable al Estado de Bienestar y al control administrativo de la economía. Ha dejado un recuerdo imborrable en quienes la tratamos: sus ojos calaban en los de su interlocutor; ella luego expresaba su pensamiento directa y sencillamente, no dudando en contradecir lo que creía equivocado. Sus discursos llegaban a todos los públicos, favorables o no, por el buen sentido de sus propuestas, expresadas en cortas frases, que traslucían la firmeza de carácter.

Los once años de gobierno de Margaret Thatcher se caracterizaron sobre todo por una lucha ideológica sin cuartel entre quienes apoyaban la liberación de los mercados y quienes consideraban peligrosa la política económica del laissez- faire defendida por la primera ministra. Es la misma lucha que pronto tendremos que entablar quienes aspiramos a ver una España productiva y moderna. Intentarán convencernos de que toda la culpa de la crisis actual la tuvo el sector financiero privado: cierto es que muchos financieros privados pecaron de grave imprudencia, pero fueron los bancos centrales públicos quienes, deseosos de evitar todo desfallecimiento de la expansión económica, mantuvieron de 2001 a 2007 demasiado bajos los tipos de interés. Así suministraron el gas para inflar el globo que luego ha reventado con tanto daño. Pasarán por alto que las hipotecas «subprime» con alto riesgo de impago fueron impulsadas por la política de «Una casa para cada americano» de la Administración de EEUU. Esa política populista fue financiada con ayuda de dos empresas de carácter público, Fannie Mae y Freddy Mac, que concentran ahora la mitad del riesgo inmobiliario de ese inmenso país. Olvidarán que es el sector más regulado de las economías occidentales, el sector bancario, el que está medio quebrado, menos en España, gracias a la severidad del Banco de España. Dirán que no importa que las finanzas públicas estén al borde de la quiebra ni que la deuda del Estado crezca sin límite. Pasada la tempestad que nos azota, tendremos que replantearnos el papel que el sector público debe desempeñar en una sociedad progresiva, igual que lo hizo ella tras constatar el fracaso del modelo social-demócrata de su país creado tras la Segunda Guerra Mundial.

Durante su primer mandato de 1979 a 1983 Margaret Thatcher trató al IRA con la firmeza necesaria: así, dejó que diez de sus terroristas llevaran su huelga de hambre hasta el final para no ceder a su exigencia de recuperar el estatus de preso político. En cambio, los españoles cedimos al chantaje planteado por de Juana Chaos. El resultado final de la política irlandesa de los Gobiernos británicos ha sido que el Ulster sigue dentro del Reino Unido. La misma firmeza demostró al embarcarse en la Guerra de las Malvinas, para recuperar un territorio ilegalmente invadido por la fuerza de las armas: los argentinos nunca le han agradecido suficientemente que así les librara del dictador general Galtieri. El mismo principio, en una escala mucho menor, tuvo que aplicarlo el Gobierno de Aznar durante la crisis de la Isla Perejil, cuya pronta solución sirvió de aviso de que los españoles estamos decididos a defender Ceuta, Melilla y las Canarias.

Durante ese primer período, Margaret Thatcher comenzó a recortar el poder de los sindicatos que, con sus huelgas políticas, habían echado abajo los Gobiernos de Heath y Callaghan. También entonces implantó y mantuvo una política monetaria estricta para reducir las altas tasas de inflación, pese a que dio lugar temporalmente a un desempleo de más de dos millones de parados. Esa misma política dio lugar a una reducción de la base industrial de la economía británica pero permitió que se desarrollara el sector de los servicios, en especial el financiero de la City de Londres. Deberíamos aprender de ella que no es posible vivir con una moneda sólida si la economía real no es muy flexible. El euro impone aceptar los cambios que exige la vuelta a la productividad, pese a la resistencia de los socialistas de todos los partidos, como los llamaba Hayek.

Un gran triunfo electoral abrió su segundo período de gobierno, de 1983 a 87. Lo marcó la violentísima huelga contra el cierre de minas ineconómicas, que duró todo un año. Venció la primera ministra, que en años anteriores había acumulado reservas de carbón para evitar los cortes de electricidad con los que los mineros habían doblegado al Estado en dos ocasiones anteriores. Estos también fueron los años de la venta de empresas públicas al sector privado y del gran parque de viviendas protegidas a sus inquilinos, una privatización luego imitada en todo el mundo. Su colaboración y amistad con Ronald Reagan tuvieron su mejor fruto en la resistencia ante las ansias expansionistas de la URSS. Ella supo apreciar los deseos reformistas de Gorbachov y así contribuyó a la disolución del régimen comunista ruso y la liberación de la Europa sojuzgada. Muy criticada fue la moderación de su política frente al apartheid, que sin embargo desembocó finalmente en la liberación de Mandela. También se ha visto mal en el Continente su parco entusiasmo por el lado burocrático de la Unión Europea.

El tercer período de 1987 a 90 nació bajo una estrella menos favorable. El intento de su ministro Lawson de combatir una caída del crecimiento económico con una política fiscal expansiva desembocó en una vuelta a la recesión con inflación. Una reforma fiscal doctrinaria e impopular llevó a que un grupo de sus colaboradores más íntimos, organizado por lord Garel-Jones que tanto le debía, le clavara el metafórico cuchillo por la espalda. El 22 de noviembre de 1990, la futura baronesa Thatcher of Kesteven significó su dimisión a Su Majestad la Reina Isabel II.

La historia de la primera ministra Thatcher confirma que el problema de las sociedades democráticas es el Estado. Lo difícil no es cambiar el rumbo de la economía sino el de la política. Quizá tardemos dos años en salir de esta recesión. Tardaremos mucho más en corregir los defectos de la política. ¿Para cuando la reforma del mercado de trabajo, la mejora de la educación, el verdadero encaje de las autonomías, una ley electoral que sustituya a la «provisional» de 1985?

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

mayo 9, 2009 Publicado por | política, Reino Unido | Dejar un comentario

>How to tell I’m not a terrorist

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By Sarfraz Manzoor (THE GUARDIAN, 25/04/09):

So it turns out that the 12 Muslims arrested two weeks ago – you know, the ones who, according to ­Gordon Brown, were planning a “very big terrorist plot” – were ­doing nothing of the sort. The ­arrests and subsequent release highlight how, in a time of heightened concern, anyone who is male and Muslim – and, even worse, happens to have ­Pakistani heritage – can get mistaken for a potential terrorist. It isn’t just the police who have a problem telling the difference. The trouble is that it isn’t obvious who is a benign, peace-loving Briton who happens to be Muslim, and who is a rage-filled Islamist intent on causing mayhem.

It used to be simple to spot the fundamentalist: they would have tell-tale signs such as metal hooks and carry a charred copy of The Satanic Verses or a “Death to Israel” placard. It isn’t so easy now. What does a moderate Muslim look like? How to tell if a bearded neighbour is a pious believer or plotting to blow up the local shopping centre? How to distinguish between the student who is taking photographs to send to relatives and the jihadist on reconnaissance?

If only these were theoretical dilemmas. Last week I was detained at JFK airport in New York. At the end of a lengthy grilling the officer turned to his colleague and said: “We have a 37-year-old male who has been to Pakistan in the past three years – shall I deport him?” The fact that the Pakistan trip was for a Radio 4 documentary, or that I had written a book which devoted a chapter to my fascination with the US was irrelevant. I was Pakistan-born and had a funny name so I was suspicious. It isn’t that I don’t understand the concern, or that some of it isn’t legitimate; I wish I knew what I should say next time to prove I don’t want to blow anyone up, and just want to spend a few days visiting galleries.

British Muslims are constantly called upon to denounce the extremists, to distance themselves from their ideas and actions. This leaves them forever on the defensive, having to react to the actions of the militant minority. So perhaps it’s time to get proactive. That in itself is controversial: the standard response from British Muslims is to say that they shouldn’t have to apologise for the actions of the extremists, that those Islamists are as Muslim as the KKK are Christian. But that theory doesn’t help much in practice.

So here are a few suggestions for how to help the police, airport immigration and anyone else who finds it hard to differentiate between liberal and extremist Muslims. All Muslims who consider themselves liberal and tolerant could apply for a special card which when presented would show the holder was a “pre-approved Muslim”, thus saving time at airports. Sure, some may say that such a card would represent a gross violation of human rights but I think it could be marketed like a credit card: membership has its privileges – in this case not being indiscriminately arrested or held up when travelling. Those who feel uncomfortable carrying a card could be offered an alternative – a white girlfriend perhaps, someone to vouch for the fact that they have successfully ­integrated into society and have no immediate plans for a holy war.

Perhaps I could carry a sandwichboard with the slogan “I ❤ John Stuart Mill”. That may prove too subtle, maybe something more permanent is needed to convince the sceptics. How about all moderate Muslims having “Don’t panic – I’m Islamic” inked on their forearms by a government-approved tattoo artist. That way, the next time extremists march in Luton against returning British soldiers, the moderate Muslims would only have to walk around in a T-shirt and everyone could breathe easy ­knowing they were not the bad guys.

There is one other possibility: that Muslims are presumed innocent, unless there is evidence to the contrary.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

abril 30, 2009 Publicado por | multiculturalismo, Reino Unido | Dejar un comentario

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