>El error Ratzinger se agiganta
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No se apaga el tam tam de los tambores. Tras su periplo africano y la encendida polémica sobre el sida y los preservativos, afirmar que Joseph Ratzinger es un papa cada vez más cuestionado es una obviedad. Fuera de la Iglesia, no cesan las críticas y los ataques. En Francia y Alemania, las encuestas entre católicos registran ya la palabra “dimisión”, y Gobiernos, ciudadanos y ONG dejan ver su abierto descontento. Dentro del Vaticano, las cosas están igual. O peor. El Papa alemán fue elegido por los cardenales por su alta inteligencia. Pero, como dice el veterano vaticanista y escritor Giancarlo Zizola, “estos primeros cuatro años de papado sugieren que, por mucho que su inteligencia sea finísima, no le llega para gobernar la Iglesia”.
“Ratzinger es un prisionero de la curia, vive en una especie de Aviñón en patria, alejado de los episcopados nacionales, sin más apoyo que el de su pequeña camarilla”, explica Zizola, autor del libro Santità e potere. Dal Concilio a Benedetto XVI. El Vaticano visto dal interno. Filippo di Giacomo, sacerdote y periodista, 11 años de misionero en el Congo, hoy juez vicario en Roma, cree que la crisis que vive el Vaticano “refleja una enfermedad crónica desde hace siete siglos: su sistema de Gobierno no funciona ni es colegial”. “La curia moderna es una maquinaria gigantesca, inoperante e inútil. Hay 35 cardenales en Roma. Están divididos en grupos, enfrentados, y se dedican a conspirar y a cooptar afines por los pasillos”, señala Di Giacomo.
Se trata de una batalla en toda regla, en la que los bandos se mezclan y se confunden. La revuelta estalló con el perdón a los obispos lefebvrianos. Un grupo amplio de obispos y teólogos moderados y conciliares (alemanes, franceses y latinoamericanos, sobre todo), hartos de no ser tenidos en cuenta, hizo ver su descontento al Papa. En respuesta, éste reprendió a la curia por no actuar de forma “colegiada y ejemplar”.
Zizola recuerda que Wojtyla intentó obviar una fractura que ya existía a base de carisma y comunicación. Su papado creció con la televisión y se convirtió en una especie de Show de Truman, la primera encíclica catódica: le vimos envejecer, derribar el muro de Berlín, sufrir atentados, viajar, besar los suelos del planeta varias veces, agonizar en directo. Pero tampoco él fue capaz de reformar el sistema de gobierno. “Prefirió escaparse de Roma y tapar la crisis de la Iglesia y el vacío de gobierno”, dice Zizola.
Mientras Wojtyla viajaba, Ratzinger estudia y escribe. Mucho más aislado y a la defensiva, el Papa soporta mal que le lleven la contraria. Su carta a los obispos reveló que le disgusta sobre todo el desamor, la intriga, “el odio y la hostilidad”. Su texto dibuja a una curia conspiradora, que aspira a mandar tanto o más que él, que mueve los hilos en la sombra, que filtra noticias, escondiendo la mano, para hacerse valer. La peculiar sensibilidad de Ratzinger es una parte del problema. ¿Se trata de un “pastor alemán” como tituló Il Manifesto cuando fue nombrado, o “un cordero en medio de los lobos”, según la expresión del Evangelio de Mateo?
Di Giacomo despachó con él a menudo cuando dirigía la Congregación para la Doctrina de la Fe: “Le puedes decir cualquier cosa, siempre que no subas la voz. Si la elevabas medio tono, ponía su extraña sonrisa, cerraba el cuaderno y se marchaba. Delante de él no se puede ofender a nadie. Es un democristiano bávaro, y los democristianos bávaros son raros. Pueden tener ideas avanzadas, pero si los demás no les siguen, se asustan y frenan. Ratzinger es cualquier cosa menos un aventurero. Por eso se fue de la Universidad de Tubinga el día que se encontró a los estudiantes protestando tirados en el suelo. Es un monje, y nadie le ha dicho a tiempo que el mundo mediático no es un aula universitaria”.
En un texto publicado por la revista religiosa Il Regno, Zizola ha recordado que en 1965 el obispo brasileño Helder Camara anunció al mundo durante el concilio la reforma de la monarquía pontificia, creando un senado compuesto por cardenales, patriarcas y obispos, elegidos por las conferencias episcopales, para ayudar al Papa en el gobierno y convocar cada 10 años un concilio ecuménico.
La reforma nunca se hizo. La curia, la corte púrpura, ese ente invisible y lujosamente vestido, cuyo poder sobrevive a los papas, jamás aceptó la democratización. Hoy, dentro de la curia, nadie se fía de nadie. Por un lado están los influyentes hombres “del servicio”, como se autodenominan los diplomáticos de la secretaría de Estado que dirige Tarcisio Bertone, el único que despacha a diario con Ratzinger; por otro, los intelectuales orgánicos (periodistas, profesores, juristas, rectores…), unos papistas y muchos no; y luego está la variopinta macedonia cardenalicia y episcopal que dirige los dicasterios: nueve congregaciones, 11 consejos pontificios, tres tribunales, tres oficinas. “En los dicasterios están los casos piadosos”, dice Filippo di Giacomo.”Desde Pablo VI, el Papa que internacionalizó la curia y la llenó de excelencia con los mejores cerebros de ese tiempo, la decadencia del equipo de gobierno ha sido imparable. Wojtyla llegó a Roma en 1978 lleno de odio contra la curia, porque nadie escuchaba a los obispos del este de Europa, y se trajo a todos los fracasados, a los que no servían a las diócesis”, cuenta Di Giacomo. “López Trujillo, Castrillón Hoyos, Martínez Somalo, Martino, Barragán, Milingo… Gente insignificante. Luego hizo obispo a su secretario, y le dijo: ‘A estas bestias trátales tú”.
¿Podrá este Papa más tímido aún apaciguar a ese rebaño de “gálatas que muerden y devoran”? Según Zizola, “el Papa trabajó durante el Concilio en la frontera de la renovación y sabe que el gran problema es la nula participación de los obispos en el gobierno de la Iglesia. Algunos cardenales recuerdan que los obispos eran consultados más a menudo en la época de Pío XII, antes del Concilio, que actualmente”.
Cerca del Papa, coinciden Zizola y Di Giacomo, está el desierto. Cuatro monjas estadounidenses que dirigen el departamento informático y evitan que los hackers entren en la web. Su secretario, el guapo, alto y bávaro Georg Genswein, considerado un cero a la izquierda -”Es un cretino”, afirma sin tapujos un miembro de la curia-. El portavoz, el amable jesuita Federico Lombardi, y sus dos ayudantes, que no dan abasto a apagar fuegos, y que según se dice serán sustituidos en junio.
Los hombres de confianza son aún menos. El cardenal alemán Lehman, que culpó del desastre Williamson a los mensajeros; Bertone, el secretario de Estado, que también dejará su sitio pronto por edad. Antonio Cañizares, prefecto de la estratégica, según la visión de Ratzinger, Congregación para el culto divino. Y el lituano Audrys Juozas Backis, que suena para sustituir a Bertone. Demasiado poco para un hombre de 81 años con una enorme carga de trabajo. “El grado de complejidad del cargo, con 1.100 millones de católicos, 6.000 obispos en activo, relaciones ecuménicas e interreligiosas, viajes, encíclicas, y relaciones de Estado, es insostenible para un hombre solo, inteligente como Ratzinger o carismático como Wojtyla”, dice Zizola.
Por eso hay muchos obispos en guerra. Mientras Ratzinger salta de un pantano a otro, la iglesia moderada, progresista y conciliar no aguanta más. Según Zizola, el poder del Opus Dei, como en tiempos de Wojtyla y Navarro Valls, sigue siendo enorme. Di Giacomo no cree que sea tanto. Pero la máquina de enredar está en marcha. Con el perdón a los lefebvrianos, el Papa ha despreciado a las corrientes de signo opuesto, especialmente a la Teología de la Liberación, que él mismo frenó hace 25 años. Al fondo, se habla ya de un posible sustituto, el cardenal hondureño Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga. Pero eso lo decidirá la curia.
El libro de Ratzinger
Dos factores se han juntado para explicar el fulgurante éxito de ventas del reciente libro de Benedicto XVI. Primero, el tema del libro, la figura de Jesús de Nazaret, que suscita un interés renovado en nuestros días. En segundo lugar, resulta novedoso que un Papa escriba un libro a título personal, sin considerarlo un acto del magisterio propio de su cargo, admitiendo explícitamente que «cada cual es libre de contradecirle» y pidiendo sólo «a los lectores y a las lectoras una disposición de simpatía sin la cual no puede haber comprensión alguna». En los tiempos modernos nadie ha llegado a Papa poseyendo previamente una personalidad tan perfilada y una proyección pública tan notable como Ratzinger. Por eso es muy explicable que su libro encuentre a priori críticas acerbas y elogios entusiastas, detractores apasionados y turiferarios serviles. Sería triste que los prejuicios impidiesen la lectura reposada de una obra muy valiosa. Pero temo, sobre todo, a los más papistas que el Papa, a los que ya están enarbolando y citando su libro como expresión oficial de la fe cristiana. En las líneas que siguen quisiera expresarme con la simpatía reclamada por el autor, que no me cuesta cuando de un libro sobre Jesús se trata, con espíritu crítico y libertad, sin las cuales mejor es no empuñar la pluma, y con claridad, evitando tecnicismos, para no agobiar a los benévolos lectores.
¿Es acertado que un Papa vierta sus opiniones personales en un campo teológico tan importante? ¿No se pueden confundir las reflexiones teológicas de Joseph Ratzinger con el magisterio pontificio de Benedicto XVI? Al de poco de comenzar su lectura se comprende que Ratzinger no haya querido renunciar a escribir este libro, que había comenzado a preparar en el verano de 2003, para el que ha sacado tiempo siendo ya Papa y que, como él mismo afirma, «responde a un largo itinerario interior». En efecto, este libro no es el resultado de una investigación académica, sino el destilado de la reflexión de toda una vida de estudio sí, pero también de experiencia espiritual y de preocupación por la situación del cristianismo en Europa especialmente, muy condicionada, como es obvio, por visiones y opciones muy particulares.
Me parece que en este libro late una preocupación que el autor manifestó siendo aún cardenal y que ha reiterado una vez Papa: hay una exégesis científica de la Biblia -unos estudios críticos- muy sofisticados, acreditados académicamente, pero que en vez de sacar a la luz la relevancia religiosa actual de los textos los diseccionan analíticamente y los dejan en su pasado. Cita Ratzinger la novela de Vladimir Solovyev “Relato sobre el Anticristo”, en la que el Anticristo ha recibido el doctorado honoris causa por la Universidad de Tubinga y es un gran experto en Biblia. Expresa así el malestar que le produce buena parte de los estudios bíblicos actuales: «Los libros más destructores de la figura de Jesús y desmanteladores de la fe se han basado en presuntos resultados de la exégesis». Ratzinger es duro, pero matiza. Afirma que los métodos de la exégesis científica de la Biblia, que buscan determinar el sentido de los textos atendiendo a los géneros literarios y a la mentalidad de la época en que se escribieron, son imprescindibles, pero no bastan.
Sin entrar en mayores profundidades, lo que propugna es una lectura creyente de estos textos teniendo en cuenta el conjunto de la fe de la Iglesia. Se lamenta Ratzinger de que incluso los mejores especialistas católicos recientes sólo hayan dado visiones parciales e hipotéticas sobre el Jesús de la historia. Él intenta colmar este vacío con su libro, que es una reflexión espiritual y teológica sobre Jesús de Nazaret, escrito de forma bella, elegante y clara.
Me voy a permitir tres apreciaciones sintéticas. Ratzinger-Benedicto XVI (así viene firmado el prólogo de la obra) tiene razón si lo que pretende es salir al paso de unos estudios bíblicos sensacionalistas, que convierten hipótesis frágiles en postulados científicos; también es verdad que los estudios de los textos bíblicos no pueden ser la sala de disección de unos cadáveres. Todo texto clásico tiene una capacidad de evocación y sugerencia, que va más allá de la intención expresa de sus autores. Y esto vale muy especialmente para muchos textos bíblicos. Pero en el libro del que estamos hablando no se ve la relación entre unos estudios críticos -que en teoría se aceptan y que, en mi opinión, son el intento más colosal por introducir la razón de la modernidad en el seno de la fe religiosa- con las reflexiones teológicas que parten de esos textos. Quizá una de las mejores y más aceptadas aportaciones de los estudios históricos sobre Jesús ha sido iluminar el contexto en que se movió: pienso en los estudios históricos y arqueológicos sobre Galilea, el avance en el conocimiento del judaísmo, las aportaciones de la antropología sobre los valores y la mentalidad de aquel tiempo. Todo este bagaje, que no procede fundamentalmente del mundo germánico, muy importante para situar y conocer mejor a Jesús, no es tenido en cuenta en el libro y ni siquiera es mencionado en la bibliografía.
La preocupación del autor es otra y muy legítima por cierto: hacer ver que sin penetrar en la peculiar experiencia religiosa de Jesús no se puede entender nada de su persona ni de su mensaje. El libro pretende mostrar que la fe posterior que proclama a Jesús Hijo de Dios de forma única e insuperable hunde sus raíces en la historia misma del Nazareno. Jesús no era el profeta de una utopía social ni predicaba una mera moral humanista. Él hablaba de Dios, de su cercanía gratuita y amorosa a los seres humanos y, al mismo tiempo, se presentaba a sí mismo en una relación íntima y no parangonable con ese Dios a quien llama Padre. Pienso que, contra lo que promete el título, nos encontramos no con un libro sobre Jesús, preocupado por su historia, sino con una reflexión sobre Dios a partir de elementos centrales que un creyente confiesa en Jesús. Ratzinger hace, como de pasada, frecuentes e interesantes referencias a la actualidad y hay una que se repite especialmente: la gran tentación de la cultura contemporánea es olvidarse de Dios y esto lleva indefectiblemente al empobrecimiento del sentido de la vida. Así, por ejemplo, critica las ayudas de los países ricos al Tercer Mundo porque «han prescindido de las estructuras religiosas, morales y sociales existentes y han introducido su mentalidad técnica en el vacío. Creían poder transformar las piedras en pan, pero han dado piedras en vez de pan».
Ratzinger critica brevemente las utopías sociales que pretendían sustituir a Dios, porque han fracasado y son cosa del pasado; en cambio considera de mayor actualidad la filosofía de Nietzsche, que ataca la moral del cristianismo como «crimen capital contra la vida». El filósofo alemán afirma: «No queremos para nada el reino de los cielos. Somos, por fin, hombres; queremos el reino de la tierra». El Sermón del Monte, con el elogio de la misericordia, de los pobres, de los mansos, es una moral de resentimiento que intenta vengarse de los fuertes y de quienes han tenido éxito. Tiene razón Ratzinger: mucha de esta mentalidad nietzscheana ha penetrado en nuestra cultura y condiciona en gran parte la forma de valorar la vida. En este punto el libro raya a gran altura y afronta un gran tema cultural de nuestro tiempo. Es verdad que Jesús propone una alternativa al curso que espontáneamente toma una historia en manos y al servicio de los poderosos. El Sermón del Monte desvela los caminos alternativos del amor y la verdadera vocación del hombre.
No sería justo valorar el libro de Ratzinger desde un punto de vista estrictamente histórico, pero sí hay un elemento que echo en falta y afecta a su decidida presentación teológica de Jesús: la poca presencia de los pobres, de los marginados, de las mujeres despreciadas, de las gentes oprimidas del campo galileo, que no aparecen prácticamente en su forma de hablar de Dios y de la experiencia religiosa de Jesús. Se puede explicar por la sensibilidad del autor y por la insuficiente contextualización del ministerio de Jesús. Quizá el intelectual germano, preocupado por lo universal y racional -desde ahí reivindica a Dios en la cultura europea- no ha dado suficiente importancia a algunos datos incuestionablemente históricos: Jesús acoge a gente de mala fama y comparte la mesa con ellos, cura a los enfermos, da de comer a los hambrientos, proclama que Dios está especialmente cercano de los pobres y de quienes sufren. La interpretación crítica de la Biblia supone un reto a la fe de la Iglesia, pero la hace culturalmente viable y, sobre todo, la llama a conversión y la pone en movimiento. Lo que falta en este libro es la articulación de su profunda y bella meditación teológica con la toma en consideración de los resultados críticos sobre la historia de Jesús.
El libro de Ratzinger
Dos factores se han juntado para explicar el fulgurante éxito de ventas del reciente libro de Benedicto XVI. Primero, el tema del libro, la figura de Jesús de Nazaret, que suscita un interés renovado en nuestros días. En segundo lugar, resulta novedoso que un Papa escriba un libro a título personal, sin considerarlo un acto del magisterio propio de su cargo, admitiendo explícitamente que «cada cual es libre de contradecirle» y pidiendo sólo «a los lectores y a las lectoras una disposición de simpatía sin la cual no puede haber comprensión alguna». En los tiempos modernos nadie ha llegado a Papa poseyendo previamente una personalidad tan perfilada y una proyección pública tan notable como Ratzinger. Por eso es muy explicable que su libro encuentre a priori críticas acerbas y elogios entusiastas, detractores apasionados y turiferarios serviles. Sería triste que los prejuicios impidiesen la lectura reposada de una obra muy valiosa. Pero temo, sobre todo, a los más papistas que el Papa, a los que ya están enarbolando y citando su libro como expresión oficial de la fe cristiana. En las líneas que siguen quisiera expresarme con la simpatía reclamada por el autor, que no me cuesta cuando de un libro sobre Jesús se trata, con espíritu crítico y libertad, sin las cuales mejor es no empuñar la pluma, y con claridad, evitando tecnicismos, para no agobiar a los benévolos lectores.
¿Es acertado que un Papa vierta sus opiniones personales en un campo teológico tan importante? ¿No se pueden confundir las reflexiones teológicas de Joseph Ratzinger con el magisterio pontificio de Benedicto XVI? Al de poco de comenzar su lectura se comprende que Ratzinger no haya querido renunciar a escribir este libro, que había comenzado a preparar en el verano de 2003, para el que ha sacado tiempo siendo ya Papa y que, como él mismo afirma, «responde a un largo itinerario interior». En efecto, este libro no es el resultado de una investigación académica, sino el destilado de la reflexión de toda una vida de estudio sí, pero también de experiencia espiritual y de preocupación por la situación del cristianismo en Europa especialmente, muy condicionada, como es obvio, por visiones y opciones muy particulares.
Me parece que en este libro late una preocupación que el autor manifestó siendo aún cardenal y que ha reiterado una vez Papa: hay una exégesis científica de la Biblia -unos estudios críticos- muy sofisticados, acreditados académicamente, pero que en vez de sacar a la luz la relevancia religiosa actual de los textos los diseccionan analíticamente y los dejan en su pasado. Cita Ratzinger la novela de Vladimir Solovyev “Relato sobre el Anticristo”, en la que el Anticristo ha recibido el doctorado honoris causa por la Universidad de Tubinga y es un gran experto en Biblia. Expresa así el malestar que le produce buena parte de los estudios bíblicos actuales: «Los libros más destructores de la figura de Jesús y desmanteladores de la fe se han basado en presuntos resultados de la exégesis». Ratzinger es duro, pero matiza. Afirma que los métodos de la exégesis científica de la Biblia, que buscan determinar el sentido de los textos atendiendo a los géneros literarios y a la mentalidad de la época en que se escribieron, son imprescindibles, pero no bastan.
Sin entrar en mayores profundidades, lo que propugna es una lectura creyente de estos textos teniendo en cuenta el conjunto de la fe de la Iglesia. Se lamenta Ratzinger de que incluso los mejores especialistas católicos recientes sólo hayan dado visiones parciales e hipotéticas sobre el Jesús de la historia. Él intenta colmar este vacío con su libro, que es una reflexión espiritual y teológica sobre Jesús de Nazaret, escrito de forma bella, elegante y clara.
Me voy a permitir tres apreciaciones sintéticas. Ratzinger-Benedicto XVI (así viene firmado el prólogo de la obra) tiene razón si lo que pretende es salir al paso de unos estudios bíblicos sensacionalistas, que convierten hipótesis frágiles en postulados científicos; también es verdad que los estudios de los textos bíblicos no pueden ser la sala de disección de unos cadáveres. Todo texto clásico tiene una capacidad de evocación y sugerencia, que va más allá de la intención expresa de sus autores. Y esto vale muy especialmente para muchos textos bíblicos. Pero en el libro del que estamos hablando no se ve la relación entre unos estudios críticos -que en teoría se aceptan y que, en mi opinión, son el intento más colosal por introducir la razón de la modernidad en el seno de la fe religiosa- con las reflexiones teológicas que parten de esos textos. Quizá una de las mejores y más aceptadas aportaciones de los estudios históricos sobre Jesús ha sido iluminar el contexto en que se movió: pienso en los estudios históricos y arqueológicos sobre Galilea, el avance en el conocimiento del judaísmo, las aportaciones de la antropología sobre los valores y la mentalidad de aquel tiempo. Todo este bagaje, que no procede fundamentalmente del mundo germánico, muy importante para situar y conocer mejor a Jesús, no es tenido en cuenta en el libro y ni siquiera es mencionado en la bibliografía.
La preocupación del autor es otra y muy legítima por cierto: hacer ver que sin penetrar en la peculiar experiencia religiosa de Jesús no se puede entender nada de su persona ni de su mensaje. El libro pretende mostrar que la fe posterior que proclama a Jesús Hijo de Dios de forma única e insuperable hunde sus raíces en la historia misma del Nazareno. Jesús no era el profeta de una utopía social ni predicaba una mera moral humanista. Él hablaba de Dios, de su cercanía gratuita y amorosa a los seres humanos y, al mismo tiempo, se presentaba a sí mismo en una relación íntima y no parangonable con ese Dios a quien llama Padre. Pienso que, contra lo que promete el título, nos encontramos no con un libro sobre Jesús, preocupado por su historia, sino con una reflexión sobre Dios a partir de elementos centrales que un creyente confiesa en Jesús. Ratzinger hace, como de pasada, frecuentes e interesantes referencias a la actualidad y hay una que se repite especialmente: la gran tentación de la cultura contemporánea es olvidarse de Dios y esto lleva indefectiblemente al empobrecimiento del sentido de la vida. Así, por ejemplo, critica las ayudas de los países ricos al Tercer Mundo porque «han prescindido de las estructuras religiosas, morales y sociales existentes y han introducido su mentalidad técnica en el vacío. Creían poder transformar las piedras en pan, pero han dado piedras en vez de pan».
Ratzinger critica brevemente las utopías sociales que pretendían sustituir a Dios, porque han fracasado y son cosa del pasado; en cambio considera de mayor actualidad la filosofía de Nietzsche, que ataca la moral del cristianismo como «crimen capital contra la vida». El filósofo alemán afirma: «No queremos para nada el reino de los cielos. Somos, por fin, hombres; queremos el reino de la tierra». El Sermón del Monte, con el elogio de la misericordia, de los pobres, de los mansos, es una moral de resentimiento que intenta vengarse de los fuertes y de quienes han tenido éxito. Tiene razón Ratzinger: mucha de esta mentalidad nietzscheana ha penetrado en nuestra cultura y condiciona en gran parte la forma de valorar la vida. En este punto el libro raya a gran altura y afronta un gran tema cultural de nuestro tiempo. Es verdad que Jesús propone una alternativa al curso que espontáneamente toma una historia en manos y al servicio de los poderosos. El Sermón del Monte desvela los caminos alternativos del amor y la verdadera vocación del hombre.
No sería justo valorar el libro de Ratzinger desde un punto de vista estrictamente histórico, pero sí hay un elemento que echo en falta y afecta a su decidida presentación teológica de Jesús: la poca presencia de los pobres, de los marginados, de las mujeres despreciadas, de las gentes oprimidas del campo galileo, que no aparecen prácticamente en su forma de hablar de Dios y de la experiencia religiosa de Jesús. Se puede explicar por la sensibilidad del autor y por la insuficiente contextualización del ministerio de Jesús. Quizá el intelectual germano, preocupado por lo universal y racional -desde ahí reivindica a Dios en la cultura europea- no ha dado suficiente importancia a algunos datos incuestionablemente históricos: Jesús acoge a gente de mala fama y comparte la mesa con ellos, cura a los enfermos, da de comer a los hambrientos, proclama que Dios está especialmente cercano de los pobres y de quienes sufren. La interpretación crítica de la Biblia supone un reto a la fe de la Iglesia, pero la hace culturalmente viable y, sobre todo, la llama a conversión y la pone en movimiento. Lo que falta en este libro es la articulación de su profunda y bella meditación teológica con la toma en consideración de los resultados críticos sobre la historia de Jesús.
>El libro de Ratzinger
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Dos factores se han juntado para explicar el fulgurante éxito de ventas del reciente libro de Benedicto XVI. Primero, el tema del libro, la figura de Jesús de Nazaret, que suscita un interés renovado en nuestros días. En segundo lugar, resulta novedoso que un Papa escriba un libro a título personal, sin considerarlo un acto del magisterio propio de su cargo, admitiendo explícitamente que «cada cual es libre de contradecirle» y pidiendo sólo «a los lectores y a las lectoras una disposición de simpatía sin la cual no puede haber comprensión alguna». En los tiempos modernos nadie ha llegado a Papa poseyendo previamente una personalidad tan perfilada y una proyección pública tan notable como Ratzinger. Por eso es muy explicable que su libro encuentre a priori críticas acerbas y elogios entusiastas, detractores apasionados y turiferarios serviles. Sería triste que los prejuicios impidiesen la lectura reposada de una obra muy valiosa. Pero temo, sobre todo, a los más papistas que el Papa, a los que ya están enarbolando y citando su libro como expresión oficial de la fe cristiana. En las líneas que siguen quisiera expresarme con la simpatía reclamada por el autor, que no me cuesta cuando de un libro sobre Jesús se trata, con espíritu crítico y libertad, sin las cuales mejor es no empuñar la pluma, y con claridad, evitando tecnicismos, para no agobiar a los benévolos lectores.
¿Es acertado que un Papa vierta sus opiniones personales en un campo teológico tan importante? ¿No se pueden confundir las reflexiones teológicas de Joseph Ratzinger con el magisterio pontificio de Benedicto XVI? Al de poco de comenzar su lectura se comprende que Ratzinger no haya querido renunciar a escribir este libro, que había comenzado a preparar en el verano de 2003, para el que ha sacado tiempo siendo ya Papa y que, como él mismo afirma, «responde a un largo itinerario interior». En efecto, este libro no es el resultado de una investigación académica, sino el destilado de la reflexión de toda una vida de estudio sí, pero también de experiencia espiritual y de preocupación por la situación del cristianismo en Europa especialmente, muy condicionada, como es obvio, por visiones y opciones muy particulares.
Me parece que en este libro late una preocupación que el autor manifestó siendo aún cardenal y que ha reiterado una vez Papa: hay una exégesis científica de la Biblia -unos estudios críticos- muy sofisticados, acreditados académicamente, pero que en vez de sacar a la luz la relevancia religiosa actual de los textos los diseccionan analíticamente y los dejan en su pasado. Cita Ratzinger la novela de Vladimir Solovyev “Relato sobre el Anticristo”, en la que el Anticristo ha recibido el doctorado honoris causa por la Universidad de Tubinga y es un gran experto en Biblia. Expresa así el malestar que le produce buena parte de los estudios bíblicos actuales: «Los libros más destructores de la figura de Jesús y desmanteladores de la fe se han basado en presuntos resultados de la exégesis». Ratzinger es duro, pero matiza. Afirma que los métodos de la exégesis científica de la Biblia, que buscan determinar el sentido de los textos atendiendo a los géneros literarios y a la mentalidad de la época en que se escribieron, son imprescindibles, pero no bastan.
Sin entrar en mayores profundidades, lo que propugna es una lectura creyente de estos textos teniendo en cuenta el conjunto de la fe de la Iglesia. Se lamenta Ratzinger de que incluso los mejores especialistas católicos recientes sólo hayan dado visiones parciales e hipotéticas sobre el Jesús de la historia. Él intenta colmar este vacío con su libro, que es una reflexión espiritual y teológica sobre Jesús de Nazaret, escrito de forma bella, elegante y clara.
Me voy a permitir tres apreciaciones sintéticas. Ratzinger-Benedicto XVI (así viene firmado el prólogo de la obra) tiene razón si lo que pretende es salir al paso de unos estudios bíblicos sensacionalistas, que convierten hipótesis frágiles en postulados científicos; también es verdad que los estudios de los textos bíblicos no pueden ser la sala de disección de unos cadáveres. Todo texto clásico tiene una capacidad de evocación y sugerencia, que va más allá de la intención expresa de sus autores. Y esto vale muy especialmente para muchos textos bíblicos. Pero en el libro del que estamos hablando no se ve la relación entre unos estudios críticos -que en teoría se aceptan y que, en mi opinión, son el intento más colosal por introducir la razón de la modernidad en el seno de la fe religiosa- con las reflexiones teológicas que parten de esos textos. Quizá una de las mejores y más aceptadas aportaciones de los estudios históricos sobre Jesús ha sido iluminar el contexto en que se movió: pienso en los estudios históricos y arqueológicos sobre Galilea, el avance en el conocimiento del judaísmo, las aportaciones de la antropología sobre los valores y la mentalidad de aquel tiempo. Todo este bagaje, que no procede fundamentalmente del mundo germánico, muy importante para situar y conocer mejor a Jesús, no es tenido en cuenta en el libro y ni siquiera es mencionado en la bibliografía.
La preocupación del autor es otra y muy legítima por cierto: hacer ver que sin penetrar en la peculiar experiencia religiosa de Jesús no se puede entender nada de su persona ni de su mensaje. El libro pretende mostrar que la fe posterior que proclama a Jesús Hijo de Dios de forma única e insuperable hunde sus raíces en la historia misma del Nazareno. Jesús no era el profeta de una utopía social ni predicaba una mera moral humanista. Él hablaba de Dios, de su cercanía gratuita y amorosa a los seres humanos y, al mismo tiempo, se presentaba a sí mismo en una relación íntima y no parangonable con ese Dios a quien llama Padre. Pienso que, contra lo que promete el título, nos encontramos no con un libro sobre Jesús, preocupado por su historia, sino con una reflexión sobre Dios a partir de elementos centrales que un creyente confiesa en Jesús. Ratzinger hace, como de pasada, frecuentes e interesantes referencias a la actualidad y hay una que se repite especialmente: la gran tentación de la cultura contemporánea es olvidarse de Dios y esto lleva indefectiblemente al empobrecimiento del sentido de la vida. Así, por ejemplo, critica las ayudas de los países ricos al Tercer Mundo porque «han prescindido de las estructuras religiosas, morales y sociales existentes y han introducido su mentalidad técnica en el vacío. Creían poder transformar las piedras en pan, pero han dado piedras en vez de pan».
Ratzinger critica brevemente las utopías sociales que pretendían sustituir a Dios, porque han fracasado y son cosa del pasado; en cambio considera de mayor actualidad la filosofía de Nietzsche, que ataca la moral del cristianismo como «crimen capital contra la vida». El filósofo alemán afirma: «No queremos para nada el reino de los cielos. Somos, por fin, hombres; queremos el reino de la tierra». El Sermón del Monte, con el elogio de la misericordia, de los pobres, de los mansos, es una moral de resentimiento que intenta vengarse de los fuertes y de quienes han tenido éxito. Tiene razón Ratzinger: mucha de esta mentalidad nietzscheana ha penetrado en nuestra cultura y condiciona en gran parte la forma de valorar la vida. En este punto el libro raya a gran altura y afronta un gran tema cultural de nuestro tiempo. Es verdad que Jesús propone una alternativa al curso que espontáneamente toma una historia en manos y al servicio de los poderosos. El Sermón del Monte desvela los caminos alternativos del amor y la verdadera vocación del hombre.
No sería justo valorar el libro de Ratzinger desde un punto de vista estrictamente histórico, pero sí hay un elemento que echo en falta y afecta a su decidida presentación teológica de Jesús: la poca presencia de los pobres, de los marginados, de las mujeres despreciadas, de las gentes oprimidas del campo galileo, que no aparecen prácticamente en su forma de hablar de Dios y de la experiencia religiosa de Jesús. Se puede explicar por la sensibilidad del autor y por la insuficiente contextualización del ministerio de Jesús. Quizá el intelectual germano, preocupado por lo universal y racional -desde ahí reivindica a Dios en la cultura europea- no ha dado suficiente importancia a algunos datos incuestionablemente históricos: Jesús acoge a gente de mala fama y comparte la mesa con ellos, cura a los enfermos, da de comer a los hambrientos, proclama que Dios está especialmente cercano de los pobres y de quienes sufren. La interpretación crítica de la Biblia supone un reto a la fe de la Iglesia, pero la hace culturalmente viable y, sobre todo, la llama a conversión y la pone en movimiento. Lo que falta en este libro es la articulación de su profunda y bella meditación teológica con la toma en consideración de los resultados críticos sobre la historia de Jesús.
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