El poder personal de Putin
Los que esperaban que Vladimir Putin entregara el poder al expirar su segundo y último mandato como presidente, cumpliendo las previsiones constitucionales, se habrán sentido decepcionados al comprobar que se propone conservarlo como probable primer ministro y jefe de Rusia Unida, el partido político dominante, que sin duda vencerá en las legislativas de diciembre y que inocula en toda la estructura política un extraño y claustrofóbico tufo soviético, entre el misterio, el cinismo y el centralismo autoritario como práctica gubernamental.
El éxito está asegurado. Rusia Unida es el único partido autorizado a exhibir propaganda con un lema que es una declaración de principios estrictamente nacionalista y un vaticinio sin riesgo: “El plan de Putin es la victoria de Rusia”. Dotada de una mayoría de dos tercios en la Duma (Cámara baja de 450 escaños), el partido presidencial (del KGB, dicen sus adversarios) podría aprobar cualquier reforma, pero no debe descartarse que el presidente elegido en marzo próximo dimita a los pocos meses para que el primer ministro le sustituya, lo que entrañaría el retorno de Putin al Kremlin. El papel de figurante lo interpretaría el actual primer ministro, Viktor Zubkov, que no tiene otra base política que el favor presidencial.
PARA LOS aduladores del presidente, se trata de “una iniciativa revolucionaria” que situará al verdadero órgano de decisión fuera del Kremlin, por primera vez desde 1991, cuando la dimisión de Mijaíl Gorbachov y la desintegración de la URSS. El poder quedaría en manos del jefe del partido y de un comité restringido de notables, muchos de ellos procedentes del KGB, de la misma manera que en la URSS correspondía al secretario general y a los miembros del politburó del PCUS que tenían asignados las diversas parcelas del ogro burocrático.
El sistema de poder personal creado por Putin no es solo una proeza técnica y un éxito populista, sino que tiene extrañas semejanzas con sus predecesores zarista o comunista. Los oligarcas surgidos con Boris Yeltsin han sido reemplazados por una burocracia presidencial que controla al Gobierno, tiene las riendas de los conglomerados industriales o energéticos, amordaza a la prensa y reduce el Parlamento a una cámara registradora. La previsión y la manipulación antidemocrática se sustentan en la popularidad del presidente, fruto de la estabilidad política, la prosperidad económica y la restauración un poco ilusoria del relumbrón diplomático.
COINCIDIENDO con la bomba del Kremlin, la inquietud expresada por la secretaria de Estado norteamericana, Condoleezza Rice, ante “la concentración de poder”, llega con años de retraso. Ni EEUU ni Europa estuvieron a la altura de las circunstancias excepcionales del derrumbe del comunismo, el caos postsoviético y la tumultuosa transición encarnada por Yeltsin. La complacencia y los negocios dictaron el criterio dominante, incluso cerrando los ojos ante la alianza tácita de Moscú con Pekín, el otro polo del capitalismo autoritario, de manera que las protestas solo surgieron cuando Putin utilizó los hidrocarburos como arma política en “el extranjero próximo”, las repúblicas desgajadas del imperio soviético.
La tendencia despótica es un rasgo estructural de la política rusa anterior a 1917, ahora de nuevo bendecida por el patriarca de Moscú, jefe de la Iglesia ortodoxa, Alexis II, aliado del Kremlin y adalid de la cuarta Roma, que lamenta el proselitismo de los católicos con el mismo vigor con que Putin denuncia los excesos del imperio americano y su brazo armado, la OTAN. El presidente se inspira en la escuela euroasiática y paneslava, antioccidental, según la cual Rusia no es Europa, pero tampoco Asia, sino un universo geopolíticamente autónomo respaldado por las fabulosas riquezas que se esconden en Siberia, la región más rica del mundo (15% del petróleo y 27% del gas natural). Y Putin es la estrella única en ese escenario grandioso y resquebrajado.
LA RECETA occidental de un sistema liberal-democrático como base de la estabilidad y la prosperidad engendró la frustración y se convirtió para la mayoría de los rusos en un tópico enmohecido. Pero la deriva autoritaria no es solo un problema interno, un aviso para cualquier disidencia, que afecta a la credibilidad de la democracia, sino también un desafío geopolítico que agita los fantasmas de la guerra fría y la carrera armamentista. Lejos de buscar la cooperación, la Unión Europea solo parece interesada en impedir que el gigante Gazprom asiente sus reales en el euromercado y dinamite su proteccionismo encubierto, después de que Putin se negara a ratificar el tratado energético.
Los riesgos de la glaciación política son numerosos. Rusia es un gigante con los cimientos socavados, víctima de una aparatosa regresión demográfica, presionado en sus marcas imperiales, vigilante en la frontera oriental, inquieto por las incógnitas que no resuelve la maniobra de Putin: las ambiciones de los aspirantes a la sucesión que están en la antesala y quedaron preteridos o el despertar de las fuerzas sociales usufructuarias de la petropolítica. Los resultados electorales son harto previsibles, pero la incertidumbre radica en la fragilidad intrínseca del sistema de poder personal.
El poder personal de Putin
Los que esperaban que Vladimir Putin entregara el poder al expirar su segundo y último mandato como presidente, cumpliendo las previsiones constitucionales, se habrán sentido decepcionados al comprobar que se propone conservarlo como probable primer ministro y jefe de Rusia Unida, el partido político dominante, que sin duda vencerá en las legislativas de diciembre y que inocula en toda la estructura política un extraño y claustrofóbico tufo soviético, entre el misterio, el cinismo y el centralismo autoritario como práctica gubernamental.
El éxito está asegurado. Rusia Unida es el único partido autorizado a exhibir propaganda con un lema que es una declaración de principios estrictamente nacionalista y un vaticinio sin riesgo: “El plan de Putin es la victoria de Rusia”. Dotada de una mayoría de dos tercios en la Duma (Cámara baja de 450 escaños), el partido presidencial (del KGB, dicen sus adversarios) podría aprobar cualquier reforma, pero no debe descartarse que el presidente elegido en marzo próximo dimita a los pocos meses para que el primer ministro le sustituya, lo que entrañaría el retorno de Putin al Kremlin. El papel de figurante lo interpretaría el actual primer ministro, Viktor Zubkov, que no tiene otra base política que el favor presidencial.
PARA LOS aduladores del presidente, se trata de “una iniciativa revolucionaria” que situará al verdadero órgano de decisión fuera del Kremlin, por primera vez desde 1991, cuando la dimisión de Mijaíl Gorbachov y la desintegración de la URSS. El poder quedaría en manos del jefe del partido y de un comité restringido de notables, muchos de ellos procedentes del KGB, de la misma manera que en la URSS correspondía al secretario general y a los miembros del politburó del PCUS que tenían asignados las diversas parcelas del ogro burocrático.
El sistema de poder personal creado por Putin no es solo una proeza técnica y un éxito populista, sino que tiene extrañas semejanzas con sus predecesores zarista o comunista. Los oligarcas surgidos con Boris Yeltsin han sido reemplazados por una burocracia presidencial que controla al Gobierno, tiene las riendas de los conglomerados industriales o energéticos, amordaza a la prensa y reduce el Parlamento a una cámara registradora. La previsión y la manipulación antidemocrática se sustentan en la popularidad del presidente, fruto de la estabilidad política, la prosperidad económica y la restauración un poco ilusoria del relumbrón diplomático.
COINCIDIENDO con la bomba del Kremlin, la inquietud expresada por la secretaria de Estado norteamericana, Condoleezza Rice, ante “la concentración de poder”, llega con años de retraso. Ni EEUU ni Europa estuvieron a la altura de las circunstancias excepcionales del derrumbe del comunismo, el caos postsoviético y la tumultuosa transición encarnada por Yeltsin. La complacencia y los negocios dictaron el criterio dominante, incluso cerrando los ojos ante la alianza tácita de Moscú con Pekín, el otro polo del capitalismo autoritario, de manera que las protestas solo surgieron cuando Putin utilizó los hidrocarburos como arma política en “el extranjero próximo”, las repúblicas desgajadas del imperio soviético.
La tendencia despótica es un rasgo estructural de la política rusa anterior a 1917, ahora de nuevo bendecida por el patriarca de Moscú, jefe de la Iglesia ortodoxa, Alexis II, aliado del Kremlin y adalid de la cuarta Roma, que lamenta el proselitismo de los católicos con el mismo vigor con que Putin denuncia los excesos del imperio americano y su brazo armado, la OTAN. El presidente se inspira en la escuela euroasiática y paneslava, antioccidental, según la cual Rusia no es Europa, pero tampoco Asia, sino un universo geopolíticamente autónomo respaldado por las fabulosas riquezas que se esconden en Siberia, la región más rica del mundo (15% del petróleo y 27% del gas natural). Y Putin es la estrella única en ese escenario grandioso y resquebrajado.
LA RECETA occidental de un sistema liberal-democrático como base de la estabilidad y la prosperidad engendró la frustración y se convirtió para la mayoría de los rusos en un tópico enmohecido. Pero la deriva autoritaria no es solo un problema interno, un aviso para cualquier disidencia, que afecta a la credibilidad de la democracia, sino también un desafío geopolítico que agita los fantasmas de la guerra fría y la carrera armamentista. Lejos de buscar la cooperación, la Unión Europea solo parece interesada en impedir que el gigante Gazprom asiente sus reales en el euromercado y dinamite su proteccionismo encubierto, después de que Putin se negara a ratificar el tratado energético.
Los riesgos de la glaciación política son numerosos. Rusia es un gigante con los cimientos socavados, víctima de una aparatosa regresión demográfica, presionado en sus marcas imperiales, vigilante en la frontera oriental, inquieto por las incógnitas que no resuelve la maniobra de Putin: las ambiciones de los aspirantes a la sucesión que están en la antesala y quedaron preteridos o el despertar de las fuerzas sociales usufructuarias de la petropolítica. Los resultados electorales son harto previsibles, pero la incertidumbre radica en la fragilidad intrínseca del sistema de poder personal.
>El poder personal de Putin
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Los que esperaban que Vladimir Putin entregara el poder al expirar su segundo y último mandato como presidente, cumpliendo las previsiones constitucionales, se habrán sentido decepcionados al comprobar que se propone conservarlo como probable primer ministro y jefe de Rusia Unida, el partido político dominante, que sin duda vencerá en las legislativas de diciembre y que inocula en toda la estructura política un extraño y claustrofóbico tufo soviético, entre el misterio, el cinismo y el centralismo autoritario como práctica gubernamental.
El éxito está asegurado. Rusia Unida es el único partido autorizado a exhibir propaganda con un lema que es una declaración de principios estrictamente nacionalista y un vaticinio sin riesgo: “El plan de Putin es la victoria de Rusia”. Dotada de una mayoría de dos tercios en la Duma (Cámara baja de 450 escaños), el partido presidencial (del KGB, dicen sus adversarios) podría aprobar cualquier reforma, pero no debe descartarse que el presidente elegido en marzo próximo dimita a los pocos meses para que el primer ministro le sustituya, lo que entrañaría el retorno de Putin al Kremlin. El papel de figurante lo interpretaría el actual primer ministro, Viktor Zubkov, que no tiene otra base política que el favor presidencial.
PARA LOS aduladores del presidente, se trata de “una iniciativa revolucionaria” que situará al verdadero órgano de decisión fuera del Kremlin, por primera vez desde 1991, cuando la dimisión de Mijaíl Gorbachov y la desintegración de la URSS. El poder quedaría en manos del jefe del partido y de un comité restringido de notables, muchos de ellos procedentes del KGB, de la misma manera que en la URSS correspondía al secretario general y a los miembros del politburó del PCUS que tenían asignados las diversas parcelas del ogro burocrático.
El sistema de poder personal creado por Putin no es solo una proeza técnica y un éxito populista, sino que tiene extrañas semejanzas con sus predecesores zarista o comunista. Los oligarcas surgidos con Boris Yeltsin han sido reemplazados por una burocracia presidencial que controla al Gobierno, tiene las riendas de los conglomerados industriales o energéticos, amordaza a la prensa y reduce el Parlamento a una cámara registradora. La previsión y la manipulación antidemocrática se sustentan en la popularidad del presidente, fruto de la estabilidad política, la prosperidad económica y la restauración un poco ilusoria del relumbrón diplomático.
COINCIDIENDO con la bomba del Kremlin, la inquietud expresada por la secretaria de Estado norteamericana, Condoleezza Rice, ante “la concentración de poder”, llega con años de retraso. Ni EEUU ni Europa estuvieron a la altura de las circunstancias excepcionales del derrumbe del comunismo, el caos postsoviético y la tumultuosa transición encarnada por Yeltsin. La complacencia y los negocios dictaron el criterio dominante, incluso cerrando los ojos ante la alianza tácita de Moscú con Pekín, el otro polo del capitalismo autoritario, de manera que las protestas solo surgieron cuando Putin utilizó los hidrocarburos como arma política en “el extranjero próximo”, las repúblicas desgajadas del imperio soviético.
La tendencia despótica es un rasgo estructural de la política rusa anterior a 1917, ahora de nuevo bendecida por el patriarca de Moscú, jefe de la Iglesia ortodoxa, Alexis II, aliado del Kremlin y adalid de la cuarta Roma, que lamenta el proselitismo de los católicos con el mismo vigor con que Putin denuncia los excesos del imperio americano y su brazo armado, la OTAN. El presidente se inspira en la escuela euroasiática y paneslava, antioccidental, según la cual Rusia no es Europa, pero tampoco Asia, sino un universo geopolíticamente autónomo respaldado por las fabulosas riquezas que se esconden en Siberia, la región más rica del mundo (15% del petróleo y 27% del gas natural). Y Putin es la estrella única en ese escenario grandioso y resquebrajado.
LA RECETA occidental de un sistema liberal-democrático como base de la estabilidad y la prosperidad engendró la frustración y se convirtió para la mayoría de los rusos en un tópico enmohecido. Pero la deriva autoritaria no es solo un problema interno, un aviso para cualquier disidencia, que afecta a la credibilidad de la democracia, sino también un desafío geopolítico que agita los fantasmas de la guerra fría y la carrera armamentista. Lejos de buscar la cooperación, la Unión Europea solo parece interesada en impedir que el gigante Gazprom asiente sus reales en el euromercado y dinamite su proteccionismo encubierto, después de que Putin se negara a ratificar el tratado energético.
Los riesgos de la glaciación política son numerosos. Rusia es un gigante con los cimientos socavados, víctima de una aparatosa regresión demográfica, presionado en sus marcas imperiales, vigilante en la frontera oriental, inquieto por las incógnitas que no resuelve la maniobra de Putin: las ambiciones de los aspirantes a la sucesión que están en la antesala y quedaron preteridos o el despertar de las fuerzas sociales usufructuarias de la petropolítica. Los resultados electorales son harto previsibles, pero la incertidumbre radica en la fragilidad intrínseca del sistema de poder personal.
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