Ciencias y Arte

Noticias y comentarios sobre Ciencia Política, Administración Pública, Economía y Arte

>Y el Premio Nobel es para…

>

Por Tomás Eloy Martínez, escritor y periodista argentino. © 2008 Tomás Eloy Martínez. Distribuido por The New York Times Syndicate (EL PAÍS, 10/12/08):

Si el Premio Nobel de Literatura, que hoy se entrega, despierta tantas ilusiones en escritores que lo merecen -como el argentino Jorge Luis Borges, que vivió quejándose por el tormento anual de ser un candidato perpetuo y siempre relegado- es porque se concede una sola vez por la obra de toda la vida, y porque su prestigio centenario acompaña a los elegidos hasta la muerte.

Los 18 miembros de la Academia Sueca que eligen al ganador no parecen regirse por otro criterio que el de la divisa de la institución, Snille och Smak, es decir “talento y gusto”. La lista de premiados abarca todas las regiones geográficas, desde Islandia y Chile hasta Japón y Guatemala, e incluye autores con inclinaciones políticas dispares. Fueron premiados stalinistas irredimibles como Mijail Sholojov y críticos del absolutismo soviético como Boris Pasternak y Aleksander Solzhenitsin.

Ninguna voz autorizada de la Academia se ha alzado para explicar por qué este autor sí y aquel otro no, y tampoco nadie ha pedido explicaciones. Talento y gusto son atributos que podrían aplicarse a casi cualquier escritor, aunque parecen insuficientes para definir las obras que merecen verdaderamente el Nobel: aquellas que se arriesgan a transformar la literatura y establecen un antes y un después.

Durante periodos que suelen durar demasiados años, los académicos suecos se esmeran en ignorar a los genios evidentes y, con la misma suficiencia, echan luz sobre genios ocultos cuyo mayor mérito es figurar entre los elegidos. La primera década del Nobel es un modelo de esas distracciones. Ganaron el premio algunos monumentos al olvido como el matemático y versificador español José Echegaray y Eizaguirre, el dramaturgo noruego Bjoernstjerne Bjoernson y el lánguido poeta provenzal Frederic Mistral, cuando aún estaban vivos dos de los escritores más grandes de los siglos anteriores: Henrik Ibsen y Leon Tolstoi, que murieron sin premio pero en estado de gloria.

Pocos le perdonan a la Academia que haya dejado partir con las manos vacías a Borges, a Nabokov, a Henry James y a Joseph Conrad, quienes habrían podido ampliar la lista de los premiados indiscutibles junto a William Faulkner, Luigi Pirandello, Eugene O’Neill y Samuel Beckett.

Sólo dentro de algunas décadas se podrá saber si algunos de los que ahora parecen dudosos crearon una obra digna de perdurar. Todavía no hay consenso sobre la justicia de los premios otorgados a Dario Fo en 1997, a Imre Kertész en 2002 y a Elfriede Jelinek en 2004, quienes aún están vivos para creerlo.

De todos los premios Nobel, el de Literatura es el que responde a criterios más inasibles, sujetos a valores sin unidades de medida, como el talento y la revelación de mundos nuevos sostenidos por la simple gracia del lenguaje. En Medicina y Fisiología se sabe que los grandes descubrimientos llevan en línea recta al galardón; en la literatura todos los caminos se confunden.

Cuando los franceses Luc Montagnier y Françoise Barré-Sinoussi detectaron el virus que desencadena el sida, ya podían ver el Nobel en sus horizontes, aunque hubo algunas disputas sobre la paternidad de la investigación. También el alemán Harald zur Hausen pudo prever la fama que se le venía encima al identificar el virus que provoca el cáncer de cuello de útero. Los tres recibirán el premio hoy, 10 de diciembre, con toda la justicia de este mundo.

En teoría, el Nobel de la Paz -elegido por el Parlamento noruego- no debería tener margen para la duda, pero es allí donde se han dado los mayores desatinos. Es difícil aceptar que se lo hayan concedido a Theodore Roosevelt en 1906, a Henry Kissinger en 1973 (a medias con el vietnamita Le Duc Tho, quien declinó la distinción con dignidad, para evitar confusiones), a Anwar Sadat y a Menachem Begin en 1978, a Shimon Peres, Yitzhak Rabin y Yasser Arafat en 1994.

Del que más se habla, sin embargo, es del Premio Nobel de Literatura, quizá porque lleva años burlándose de las predicciones, soslayando a los escritores más grandes y complaciéndose en favorecer a los menos incómodos.

Sigue siendo fácil asombrarse de los errores fatales que cometió la Academia en sus primeras 20 selecciones, porque esos nombres ya fueron barridos hace mucho por los vientos de la memoria. ¿Quién recuerda hoy al alemán Paul Heyse, premiado en 1910, el sueco Verner von Heidenstam en 1916, los escritores daneses Karl Adolph Gjellerup y Henrik Pontoppidan en 1917, por no extender la lista? Algunos de ellos fueron famosos en su tiempo y pocas voces se alzaron para discutirlos cuando ganaron, pero ahora sus mediocridades van quedando al descubierto, como sucede con sonoras nulidades como Pearl S. Buck, de Estados Unidos, premiada en 1938, la italiana Grazia Deledda, en 1926, y el esforzado naturalista tardío Roger Martin Du Gard de Francia, premiado en 1937, cuyos ladrillos siguen esperando la clemencia de los años.

El premio tuvo la virtud de abrir las puertas de autores a los que se conocía muy poco y que despertaron un asombro irresistible. Entre ellos está el maravilloso islandés Halldór K. Laxness (1955), el gran poeta griego Giorgos Seferis (1963) y dos de los mejores narradores del pasado siglo: el japonés Yasunari Kawabata (1968) y el hebreo Isaac Bashevis Singer (1978).

Hace ya muchos años que nadie asocia con la grandeza el nombre del escritor que gana el Nobel. No se advierten las señales universales de aprobación que hubieran saludado la elección de otro Tolstoi o de otro Borges, quizá porque el estado natural de la literatura es el de la discusión y el desacuerdo. Nadie duda de los méritos del sudafricano J. M. Coetzee (premiado en 2003), del británico Harold Pinter (2005), del turco Orhan Pamuk (2006) y de la escritora británica Doris Lessing premiada el año pasado, pero ¿cuántas personas sienten que leerlos les ha cambiado la vida? De muy pocos creadores se puede decir eso, pero da la casualidad de que esos pocos murieron sin el premio: Franz Kafka, James Joyce, Virginia Woolf, Borges, Marcel Proust.

El Nobel al escritor francés Jean-Marie-Gustave Le Clézio sorprendió a muchos este año. En la década de 1960, su novela Le procès verbal (1963) despertó en los lectores un inmediato entusiasmo. La escritura febril de Le Clézio, generosa en audacias formales, exponía las angustias del individuo que llegaba a las puertas de la modernidad en estado de conflicto contra la invasión de los objetos de consumo y contra el poder creciente de las masas. Tenía entonces sólo 23 años -había nacido en Niza en 1940- y su irrupción en el reino de la novela prometía liberar a los lectores de las asfixias impuestas por la escritura milimétrica del ingeniero Alain Robbe-Grillet.

Pero Le Clézio estaba dispuesto a llevar a todos los extremos su afán de libertad. En los años que siguieron a Le procès verbalse apartó de las exhibiciones literarias, abandonó París y se dedicó a dar vueltas por el mundo en busca de las culturas que no habían dejado huellas escritas. Estuvo en Panamá, en Belize, en México. Allí lo conocí en 1991, cuando pasó por Michoacán rumbo a la Sierra Madre donde vivían los indios tarahumaras que tanto habían impresionado al dramaturgo francés Antonin Artaud.

De todo lo que dijo entonces -que no fue mucho- recuerdo la impresión que me produjo su resumen de lo que deseaba escribir: “Quisiera ir más allá del lenguaje, dejarme llevar por una poesía en estado puro, una poesía creada por gestos y por los ritmos de la danza; es decir, por el ser en ebullición”.

Es inevitable que la Academia Sueca se equivoque, pero esta vez se equivocó menos que en los 20 años pasados. El itinerario desparejo que dibujan los nombres de los ganadores es no sólo una definición del Nobel sino también -quién sabe- del misterioso destino de la literatura.

Fuente: Bitácora AlmendrónTribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

diciembre 11, 2008 Publicado por | literatura, Premios Nobel | Dejar un comentario

>Pasiones, premios y medallas

>

Por Jordi Casabona, médico epidemiólogo. Fundació Sida i Societat (EL PERIÓDICO, 13/10/08):

La historia de la ciencia, como actividad humana que es, no está exenta de pasiones, intereses y traiciones, sino todo lo contrario. Este año, la concesión del Premio Nobel de Fisiología y Medicina ha querido dejarlo claro excluyendo a Robert Gallo del anhelado galardón y concediéndolo a Françoise Barré-Sinoussi y a Luc Montagnier, en reconocimiento por su descubrimiento del virus que causa el sida.
La historia se remonta a 1983, dos años después de la descripción de los primeros casos de sida y cuando, pese a que los datos epidemiológicos sugerían que esta enfermedad podría estar producida por un virus que se transmitiera de forma similar al de la hepatitis B, no había ningún indicio sobre cuál podría ser el agente causal. Françoise Barré-Sinoussi, trabajando en el equipo de Luc Montagnier en el Institute Pasteur de París, aisló un virus en material procedente de algunos pacientes con sida, que asociaron a una linfadenopatía y al que llamó LAV.

AL AÑO siguiente, Robert Gallo en los National Institutes of Health (NIH) de Bethesda, describió un retrovirus al que denominó HTLV-III, y afirmó que era la causa del sida. Los dos virus resultaron ser el mismo agente y, como el laboratorio francés había compartido material biológico con LAV con varios laboratorios internacionales, Montagnier acusó a Gallo de haber utilizado el mismo virus que él había descubierto. Este hecho, que años después –al poder demostrar la similitud genética de ambos virus– provocó la salida de Gallo de los NIH, tensó la polémica sobre el descubrimiento del virus desde sus inicios.

Pero la polémica no solo estaba relacionada con los egos, que eran grandes, sino también con los beneficios de las patentes sobre las pruebas diagnósticas que se derivaron del descubrimiento, que eran todavía mayores. Las dudas sobre si el equipo de Gallo había incurrido en una mala praxis, tanto dentro como fuera de los NIH, generó todo tipo de especulaciones y acusaciones –unas, como siempre, peor intencionadas que otras– y los dos investigadores dedicaron ingentes cantidades de tiempo (y dinero) a explicar su versión de los hechos. El tira y afloja se arregló aparentemente en 1987 con una declaración conjunta en la que se revisaban las aportaciones científicas de ambos grupos y donde se explicitaba la voluntad de colaboración entre estos. Los gobiernos de Francia y Estados Unidos acordaron repartir al 50% los beneficios económicos derivados de las patentes, y tanto Gallo como Montagnier fueron considerados formalmente codescubridores del virus que causa el sida, denominado a partir de 1986 virus de la inmunodeficiencia humana (VIH).

LOS PREMIOS y medallas pretenden ser un reconocimiento a actos o trayectorias que se consideran modélicas en el marco de valores de la institución que los concede. Los ejércitos ponen condecoraciones, la Iglesia católica proclama santos y en el mundo del deporte se dan medallas y copas de metales diversos. Aunque los premios, pese a que pueden recaer en personas que se los merecen, nunca son del todo justos, porque borran matices de las historias. Las luchas, los méritos, las malas pasadas, los descréditos –merecidos o no– y las motivaciones más íntimas –a veces inconfesables– desaparecen en el momento de poner la medalla. Parece que la historia se reduce a un fenómeno binario: haber recibido el premio o no haberlo recibido. Y, evidentemente, como a menudo demuestra el conocimiento, las cosas pocas veces son en blanco o negro.

Robert Gallo y su equipo aislaron y describieron los dos primeros retrovirus humanos, el HTLV-I y el HTLV-II, en el año 1981 y 1982, respectivamente, los dos asociados con cierto tipo de leucemias. Sus investigaciones en el campo de la retrovirología y el cáncer son referentes y piezas imprescindibles para la posterior identificación y comprensión del VIH. Su carrera es brillante y llena de reconocimientos académicos, pero Gallo, cuando estaba muy cerca de alcanzar su objetivo más deseado –identificar el tercer retrovirus humano y la causa del sida–, sucumbió al canto de las sirenas y el afán investigador o el anhelo de gloria se impusieron a la siempre difícil humildad. En este caso, la de aceptar que alguien había llegado antes.

SI HUBIERA respetado ese principio, teniendo en cuenta sus capitales aportaciones a la virología humana antes y después del aislamiento del VIH, quizá ahora los galardones serían tres, y este Premio Nobel sería un poco más justo. Lástima.

Tras recibir el premio, Luc Montagnier ha declarado que Robert Gallo se lo merecía tanto como él, y su mejor enemigo, en una escueta nota de premsa, ha agradecido el gesto. Las pasiones, más o menos soterradas, seguirán su curso, pero, como bien sabía William Shakespeare, no resistirán el paso de los días: “Pero el tiempo pasa cuentas … estropea decretos reales, oscurece la belleza, despunta ávidos intentos, doblega a los fuertes al curso mudable y falso”.

Afortunadamente, la ciencia va más allá de las personas y de los premios y, pese a que la solución a la pandemia del sida todavía está lejos, el descubrimiento del VIH y sus consecuencias científicas han marcado ya un hito en la historia de la biomedicina.

octubre 13, 2008 Publicado por | Premios Nobel, SIDA | Dejar un comentario

>Un Robinson de nuestros días

>

Por Mercedes Monmany (ABC, 10/010/08):

Cada año, muchos somos los que estamos convencidos de que detrás de cada uno de los miembros de ese impenetrable jurado o misteriosa Orden que otorga en el gélido norte escandinavo el más famoso y ansiado galardón literario de todo el planeta, el Premio Nobel de Literatura, se esconde un pequeño gruñón o snob rebelde al que no le da la gana de entrar por el vulgar aro de las predicciones, de las más o menos quiméricas quinielas, de los rumores insistentes o de esos enloquecidos sudokus combinatorios que mezclan cabalísticamente probabilidades, continentes y nombres más o menos pintorescos u obstinados.

Una vez otorgado, y una vez disipadas las dudas en cuanto países, queda la segunda fase de encajar el desconcierto habitual que se produce entre los parroquianos de cada remoto rincón del globo al enterarse de la noticia. Si a cualquier lector atento a la literatura francesa publicada estos últimos años en nuestro país se le hubiera preguntado por un escritor francés de nuestros días imprescindible y regularmente traducido -más allá de las ediciones académicas y de los circuitos universitarios-, en un primer lugar clamoroso, seguro que hubiera figurado Patrick Modiano, que cuenta en España con legiones de admiradores probablemente tan fieles e inquebrantables como el americano, y por cierto muy francófilo, Paul Auster. En un segundo puesto del ranking, con un enfoque más para entendidos, figuraría quizá la exquisita y elegante erudición encarnada por un autor espléndido como Pascal Quignard, bastante difundido en nuestra geografía. Y ya, por último, en la sección de aficionados a escritores e inteligencias esquivas, así como a fervores y entusiasmos de culto refinado, fuera del circuito masivo, esos lectores de difícil complacencia pensarían inmediatamente, con toda probabilidad, en un deslumbrante autor secreto, de afilados y poco convencionales enfoques, como es el inclasificable Pierre Michon. Esto, en lo que se refiere a España. Pero, en cuanto nos trasladamos a nuestro querido y en tantas cosas cómplice y hermano país vecino, ya es harina de muy distinto costal. Hace algo más de diez años una célebre revista literaria organizó una encuesta entre sus lectores preguntando «cuál era el más grande escritor vivo en lengua francesa». Y aquí viene esa imprevista excepción cultural, o burla continua a la estadística, con la que siempre hay que contar: estando aún vivos inconmensurables patriarcas como el añorado Julien Gracq, el apocalíptico Cioran, o alguien de la altura y esplendor de Julien Green, saldría elegido Jean-Marie Gustave Le Clézio. Todo esto viene al caso para ilustrar la enorme popularidad y reconocimiento público del que goza ese brillante, original y apasionante narrador y orfebre de la palabra que es J.M.G. (como se le suele conocer en su país) Le Clézio.

Autor de una voluminosa bibliografía comenzada de forma muy precoz, y repartida entre novela, ensayo, relatos de viajes y literatura juvenil, Le Clézio encarna la figura del «buen salvaje», entre rousseauniano y robinsoniano. Alguien que habitó espacios o paraísos masacrados y al que ya no le quedará otra opción -como ha representado una y otra vez, simbólicamente, en sus metafísicas y poéticas narraciones de huida y desencanto- que habitar en el país de la nostalgia. Un país, enclavado normalmente entre el Magreb y Latinoamérica, que representa la «pureza original», la vida antes de la civilización. Fundirse en sus elementos naturales, en su sensualidad indómita y en esa especie de perturbación o ensoñamiento vagabundo y panteístico, se produce, en esos parajes edénicos, con total sencillez y espontaneidad.

Toda la obra de J.M.G. Le Clézio (Niza, 1943) entre la que se cuentan La cuarentena y El pez dorado (Tusquets), así como Onitsha (Debate), Revoluciones, El Africano, Urania y una novela recién aparecida en su país, Ritournelle de la faim (Gallimard), que evoca la figura de su madre, retratada en sus primeros veinte años, entre la Isla Mauricio y París, es una lucha contra la ciudad, contra la soledad y la violencia de la pérdida de la naturaleza. Eso que él tituló, en 1970, como La Guerra, y que viene tras «el éxtasis de lo material»: «El puro reino de la cantidad. Ya no hay pensamientos individuales, ya no hay deseos. El reino de la pluralidad de cosas destruye sin cesar la soledad». En ese reino, los rostros no aparecen de uno en uno, sino por torbellinos, por oleadas. Rostros que nunca se conocerán. Y casas que son tumbas, «gigantes de ojos abiertos que devoran todo». Poeta, además de novelista, dibujante, lector de francés en diversos países del mundo, y director de la colección de Gallimard «L´Aube des peuples», Le Clézio debutó en 1963, con una primera novela, Le Procès-verbal (El atestado, Cátedra), hoy considerada todo un clásico y que obtuvo en su día un clamoroso éxito, concediéndosele el premio Femina. Obra de vanguardia, cercana al experimentalismo, pero distanciándose de él a través de una vía narrativa mucho más personal y más ligada a sucesos concretos, enlazaba, a través de un solitario y desarraigado personaje, algo cómico en ocasiones, el joven Adam Pollo, con una senda entre kafkiana y patafísica, dejada ya veinte años atrás por seres absortos y descolgados de todo como era el caso de El extranjero, de Camus. O por seres, si se prefiere, al borde de la demencia, de un descenso a los infiernos desolados y contemporáneos, que muy bien describiría el franco-irlandés Beckett a finales de los años cuarenta. Aquella precocidad inflamada de Adam Pollo, y del mismo Le Clézio, que publicó su novela con tan sólo veintitrés años, se acercaba también, por su sorprendente madurez como escritor, a casos muy emblemáticos, de «especialidad francesa», como eran Rimbaud y Radiguet. Menos volcánico, en cuanto a pasiones se refiere, y mucho más intelectualizado e hiperconsciente que este último, Le Clézio era un hijo perfeccionado de los últimos coletazos del Nouveau Roman, e influiría años más tarde, a través de esta primera obra, en creaciones del «nouveau-nouveau roman», como en alguna ocasión ha reconocido el propio Jean Echenoz, que leyó y quedó deslumbrado por El atestado en su adolescencia.

Joven Mozart de la escritura, como él mismo ha explicado en alguna ocasión -las raras veces que concede entrevistas-, antes de esa novela, había acumulado unas quince más, la primera de ellas escrita a la precocísima edad de siete años. Siguieron una docena de libros, algunas veces tibiamente acogidos, hasta llegar a su segundo gran éxito de público: El desierto (Debate) probablemente de lo mejor y más característico de su producción, por el que obtendría el premio Paul Morand de 1980. En esta novela, o gran contenedor cifrado, con todos sus temas y símbolos literarios recurrentes magníficamente desplegados, presentaba su más auténtica Biblia de la vida de los orígenes contra la destrucción urbana de las raíces y la personalidad humana; del colonialismo dominador contra la libertad esencial de los pueblos primitivos; de la edad de la iniciación y de la mirada, contra la edad de la sumisión y de la ceguera voluntaria. Una novela de nómadas, de desarraigados, de exiliados y humillados, en la que este autor concentraría toda su filosofía de devoción a la tierra y de escepticismo respecto al hombre en sociedad.

Escritor aventurero y fieramente nómada él también, Le Clézio vive desde hace años en Albuquerque, Nuevo México, aunque lo alterna con frecuentes temporadas en el sur de Francia. Fascinado por los pueblos y las mitologías indias -en 1970 vivió varios meses entre los indios- y por toda Latinoamérica en general, tema al que ha dedicado varias de sus obras, en una ocasión declaró: «No vivo en Francia, vivo tan sólo en la literatura. Escribo para inventar un mundo que no existe».

octubre 12, 2008 Publicado por | literatura, Premios Nobel | Dejar un comentario

La importancia de los ratones KO

Por Pere Puigdomènech, Laboratorio de Genética Molecular Vegetal CSIC-IRTA (EL PERIÓDICO, 04/11/07):

El último Premio Nobel de Medicina y Fisiología de este año ha sido atribuido a tres investigadores por haber desarrollado y utilizado una tecnología que permite obtener ratones en los que se ha conseguido que un gen concreto de interés no funcione. El premio ha sido atribuido a un investigador inglés y dos americanos. Uno de ellos es Mario Capecchi, un científico que nació en Italia, donde, en tiempos de la segunda guerra mundial, sufrió una difícil infancia antes de emigrar a Estados Unidos, donde estudió y desarrolló su carrera. La técnica logra que un gen que se ha estado estudiando quede interrumpido y, por tanto, no funcione en el ratón manipulado. No es de extrañar, pues, que se diga que el gen ha quedado KO.

El ratón es el animal más utilizado cuando se quiere estudiar cómo funcionan los genes en las especies relacionadas con el hombre. Es un animal cercano a nosotros, pequeño, relativamente fácil de reproducir y mantener en el animalario y del que tenemos un conocimiento genético muy grande. Se conoce desde hace poco todo su genoma, y en general se ha convertido en un modelo esencial para el estudio de enfermedades humanas de base genética. Por eso se desarrolló la tecnología que ahora se premia y que es bastante compleja. Implica preparar células madre del embrión del ratón e introducir fragmentos de ADN preparados de tal forma que se introducen en el genoma y, con una baja probabilidad, se dirigen al gen de interés y lo interrumpen. Tras conseguir esta disrupción del gen en las células, se utilizan estas para reconstruir un embrión del que va a nacer un ratón. Más tarde hay que esperar a que en la descendencia aparezca algún ratón que haya integrado en su genoma este gen interrumpido. La complicación que implica la tecnología justifica el Premio Nobel, pero también las aplicaciones que ha permitido y que los premiados han desarrollado.

Esta metodología es en realidad una variación de la que produce animales modificados genéticamente en cuyo genoma se introduce un gen al azar, de forma que adquieren una nueva propiedad. La imagen de un ratón que había doblado su tamaño al introducirle un gen de hormona del crecimiento dio la vuelta al mundo en 1985. Hoy se siguen utilizando los animales transgénicos, y entre ellos quizá los casos más llamativos sean las ovejas o vacas que producen proteínas de interés médico en su leche o los cerdos que modificados para poder utilizar sus órganos en transplantes.

PERO LOS ratones knock-out (KO) se han convertido en un medio de gran importancia para aquellos que buscan la base genética de las enfermedades en nuestra especie. Por ejemplo, sabemos que hay enfermedades cuya causa es que un gen no funciona. Si el gen se conoce, se puede buscar el gen equivalente en el ratón y conseguir el ratón KO en ese gen. Tenemos, pues, animales que podemos utilizar como modelo para esta enfermedad, lo que permite observar cómo responden a los tratamientos o los fármacos que se diseñen. Existen ya colecciones de ratones en los que se han interrumpido los genes que están relacionados con la mayoría de las enfermedades importantes conocidas.

El uso sistemático de ratones ha tenido varias consecuencias. Los animalarios de ratones se han convertido en una de las instalaciones más importantes en biomedicina. Mantener una línea de ratones no es un problema, pero tener las colecciones de ratones necesarias para trabajos complejos es muy costoso. Se trata, además, de ratones delicados, así que se requieren condiciones particulares de esterilidad. Por todo ello, los hoteles de ratones son el objetivo de los equipos de investigación en toda Europa. Existe un centro europeo en las cercanías de Roma que tiene como fin transmitir este tipo de experiencias a los distintos grupos europeos, e incluso hay empresas que producen ratones KO a demanda. Antes o después tendremos knock-outs de todos los genes del genoma del ratón.

Otra necesidad que tienen los que trabajan con estos ratones es estudiar los efectos de la mutación en el desarrollo o en la fisiología del roedor. Por ello hay especialistas en la anatomía y la patología del ratón. Este año se decidió construir una clínica de ratones en nuestro país, que se instalará en el campus de la Universidad Autónoma de Barcelona. Todo ello testimonia la importancia del ratón, y en particular de las mutantes KO en la investigación biomédica actual.

PERO, COMO en tantos otros casos, estas tecnologías no se hacen sin discusión. Para los que se preocupan del uso de animales de experimentación, esta tecnología es preocupante. En los laboratorios ya hace tiempo que se ha reconocido la necesidad de limitar al mínimo necesario el uso de animales y de evitar al máximo su sufrimiento. Sin embargo, la aparición de estos nuevos tipos de animales ha hecho que se multiplique su uso. Las actuales colecciones de knock- outs se cuentan por millares, pero su interés biomédico hace muy di- fícil una vuelta atrás en el uso de estos ratones. Es uno de los muchos casos en los que hay que poner en la balanza el posible sufrimiento que se produce en los ratones frente al beneficio científico y médico que se está obteniendo, y que en este caso es indiscutible.

noviembre 26, 2007 Publicado por | investigación, medicina, Premios Nobel | Dejar un comentario

>La importancia de los ratones KO

>

Por Pere Puigdomènech, Laboratorio de Genética Molecular Vegetal CSIC-IRTA (EL PERIÓDICO, 04/11/07):

El último Premio Nobel de Medicina y Fisiología de este año ha sido atribuido a tres investigadores por haber desarrollado y utilizado una tecnología que permite obtener ratones en los que se ha conseguido que un gen concreto de interés no funcione. El premio ha sido atribuido a un investigador inglés y dos americanos. Uno de ellos es Mario Capecchi, un científico que nació en Italia, donde, en tiempos de la segunda guerra mundial, sufrió una difícil infancia antes de emigrar a Estados Unidos, donde estudió y desarrolló su carrera. La técnica logra que un gen que se ha estado estudiando quede interrumpido y, por tanto, no funcione en el ratón manipulado. No es de extrañar, pues, que se diga que el gen ha quedado KO.

El ratón es el animal más utilizado cuando se quiere estudiar cómo funcionan los genes en las especies relacionadas con el hombre. Es un animal cercano a nosotros, pequeño, relativamente fácil de reproducir y mantener en el animalario y del que tenemos un conocimiento genético muy grande. Se conoce desde hace poco todo su genoma, y en general se ha convertido en un modelo esencial para el estudio de enfermedades humanas de base genética. Por eso se desarrolló la tecnología que ahora se premia y que es bastante compleja. Implica preparar células madre del embrión del ratón e introducir fragmentos de ADN preparados de tal forma que se introducen en el genoma y, con una baja probabilidad, se dirigen al gen de interés y lo interrumpen. Tras conseguir esta disrupción del gen en las células, se utilizan estas para reconstruir un embrión del que va a nacer un ratón. Más tarde hay que esperar a que en la descendencia aparezca algún ratón que haya integrado en su genoma este gen interrumpido. La complicación que implica la tecnología justifica el Premio Nobel, pero también las aplicaciones que ha permitido y que los premiados han desarrollado.

Esta metodología es en realidad una variación de la que produce animales modificados genéticamente en cuyo genoma se introduce un gen al azar, de forma que adquieren una nueva propiedad. La imagen de un ratón que había doblado su tamaño al introducirle un gen de hormona del crecimiento dio la vuelta al mundo en 1985. Hoy se siguen utilizando los animales transgénicos, y entre ellos quizá los casos más llamativos sean las ovejas o vacas que producen proteínas de interés médico en su leche o los cerdos que modificados para poder utilizar sus órganos en transplantes.

PERO LOS ratones knock-out (KO) se han convertido en un medio de gran importancia para aquellos que buscan la base genética de las enfermedades en nuestra especie. Por ejemplo, sabemos que hay enfermedades cuya causa es que un gen no funciona. Si el gen se conoce, se puede buscar el gen equivalente en el ratón y conseguir el ratón KO en ese gen. Tenemos, pues, animales que podemos utilizar como modelo para esta enfermedad, lo que permite observar cómo responden a los tratamientos o los fármacos que se diseñen. Existen ya colecciones de ratones en los que se han interrumpido los genes que están relacionados con la mayoría de las enfermedades importantes conocidas.

El uso sistemático de ratones ha tenido varias consecuencias. Los animalarios de ratones se han convertido en una de las instalaciones más importantes en biomedicina. Mantener una línea de ratones no es un problema, pero tener las colecciones de ratones necesarias para trabajos complejos es muy costoso. Se trata, además, de ratones delicados, así que se requieren condiciones particulares de esterilidad. Por todo ello, los hoteles de ratones son el objetivo de los equipos de investigación en toda Europa. Existe un centro europeo en las cercanías de Roma que tiene como fin transmitir este tipo de experiencias a los distintos grupos europeos, e incluso hay empresas que producen ratones KO a demanda. Antes o después tendremos knock-outs de todos los genes del genoma del ratón.

Otra necesidad que tienen los que trabajan con estos ratones es estudiar los efectos de la mutación en el desarrollo o en la fisiología del roedor. Por ello hay especialistas en la anatomía y la patología del ratón. Este año se decidió construir una clínica de ratones en nuestro país, que se instalará en el campus de la Universidad Autónoma de Barcelona. Todo ello testimonia la importancia del ratón, y en particular de las mutantes KO en la investigación biomédica actual.

PERO, COMO en tantos otros casos, estas tecnologías no se hacen sin discusión. Para los que se preocupan del uso de animales de experimentación, esta tecnología es preocupante. En los laboratorios ya hace tiempo que se ha reconocido la necesidad de limitar al mínimo necesario el uso de animales y de evitar al máximo su sufrimiento. Sin embargo, la aparición de estos nuevos tipos de animales ha hecho que se multiplique su uso. Las actuales colecciones de knock- outs se cuentan por millares, pero su interés biomédico hace muy di- fícil una vuelta atrás en el uso de estos ratones. Es uno de los muchos casos en los que hay que poner en la balanza el posible sufrimiento que se produce en los ratones frente al beneficio científico y médico que se está obteniendo, y que en este caso es indiscutible.

noviembre 26, 2007 Publicado por | investigación, medicina, Premios Nobel | Dejar un comentario

La importancia de los ratones KO

Por Pere Puigdomènech, Laboratorio de Genética Molecular Vegetal CSIC-IRTA (EL PERIÓDICO, 04/11/07):

El último Premio Nobel de Medicina y Fisiología de este año ha sido atribuido a tres investigadores por haber desarrollado y utilizado una tecnología que permite obtener ratones en los que se ha conseguido que un gen concreto de interés no funcione. El premio ha sido atribuido a un investigador inglés y dos americanos. Uno de ellos es Mario Capecchi, un científico que nació en Italia, donde, en tiempos de la segunda guerra mundial, sufrió una difícil infancia antes de emigrar a Estados Unidos, donde estudió y desarrolló su carrera. La técnica logra que un gen que se ha estado estudiando quede interrumpido y, por tanto, no funcione en el ratón manipulado. No es de extrañar, pues, que se diga que el gen ha quedado KO.

El ratón es el animal más utilizado cuando se quiere estudiar cómo funcionan los genes en las especies relacionadas con el hombre. Es un animal cercano a nosotros, pequeño, relativamente fácil de reproducir y mantener en el animalario y del que tenemos un conocimiento genético muy grande. Se conoce desde hace poco todo su genoma, y en general se ha convertido en un modelo esencial para el estudio de enfermedades humanas de base genética. Por eso se desarrolló la tecnología que ahora se premia y que es bastante compleja. Implica preparar células madre del embrión del ratón e introducir fragmentos de ADN preparados de tal forma que se introducen en el genoma y, con una baja probabilidad, se dirigen al gen de interés y lo interrumpen. Tras conseguir esta disrupción del gen en las células, se utilizan estas para reconstruir un embrión del que va a nacer un ratón. Más tarde hay que esperar a que en la descendencia aparezca algún ratón que haya integrado en su genoma este gen interrumpido. La complicación que implica la tecnología justifica el Premio Nobel, pero también las aplicaciones que ha permitido y que los premiados han desarrollado.

Esta metodología es en realidad una variación de la que produce animales modificados genéticamente en cuyo genoma se introduce un gen al azar, de forma que adquieren una nueva propiedad. La imagen de un ratón que había doblado su tamaño al introducirle un gen de hormona del crecimiento dio la vuelta al mundo en 1985. Hoy se siguen utilizando los animales transgénicos, y entre ellos quizá los casos más llamativos sean las ovejas o vacas que producen proteínas de interés médico en su leche o los cerdos que modificados para poder utilizar sus órganos en transplantes.

PERO LOS ratones knock-out (KO) se han convertido en un medio de gran importancia para aquellos que buscan la base genética de las enfermedades en nuestra especie. Por ejemplo, sabemos que hay enfermedades cuya causa es que un gen no funciona. Si el gen se conoce, se puede buscar el gen equivalente en el ratón y conseguir el ratón KO en ese gen. Tenemos, pues, animales que podemos utilizar como modelo para esta enfermedad, lo que permite observar cómo responden a los tratamientos o los fármacos que se diseñen. Existen ya colecciones de ratones en los que se han interrumpido los genes que están relacionados con la mayoría de las enfermedades importantes conocidas.

El uso sistemático de ratones ha tenido varias consecuencias. Los animalarios de ratones se han convertido en una de las instalaciones más importantes en biomedicina. Mantener una línea de ratones no es un problema, pero tener las colecciones de ratones necesarias para trabajos complejos es muy costoso. Se trata, además, de ratones delicados, así que se requieren condiciones particulares de esterilidad. Por todo ello, los hoteles de ratones son el objetivo de los equipos de investigación en toda Europa. Existe un centro europeo en las cercanías de Roma que tiene como fin transmitir este tipo de experiencias a los distintos grupos europeos, e incluso hay empresas que producen ratones KO a demanda. Antes o después tendremos knock-outs de todos los genes del genoma del ratón.

Otra necesidad que tienen los que trabajan con estos ratones es estudiar los efectos de la mutación en el desarrollo o en la fisiología del roedor. Por ello hay especialistas en la anatomía y la patología del ratón. Este año se decidió construir una clínica de ratones en nuestro país, que se instalará en el campus de la Universidad Autónoma de Barcelona. Todo ello testimonia la importancia del ratón, y en particular de las mutantes KO en la investigación biomédica actual.

PERO, COMO en tantos otros casos, estas tecnologías no se hacen sin discusión. Para los que se preocupan del uso de animales de experimentación, esta tecnología es preocupante. En los laboratorios ya hace tiempo que se ha reconocido la necesidad de limitar al mínimo necesario el uso de animales y de evitar al máximo su sufrimiento. Sin embargo, la aparición de estos nuevos tipos de animales ha hecho que se multiplique su uso. Las actuales colecciones de knock- outs se cuentan por millares, pero su interés biomédico hace muy di- fícil una vuelta atrás en el uso de estos ratones. Es uno de los muchos casos en los que hay que poner en la balanza el posible sufrimiento que se produce en los ratones frente al beneficio científico y médico que se está obteniendo, y que en este caso es indiscutible.

noviembre 26, 2007 Publicado por | investigación, medicina, Premios Nobel | Dejar un comentario

El premio Nobel de la Paz

Por Xavier Sala i Martín, Columbia University y Fundació Umbele (LA VANGUARDIA, 17/10/07):

Enero de 1982: una joven guatemalteca de ascendencia maya llamada Rigoberta Menchú Tum se reúne en París con la escritora francesa de origen venezolano Elisabeth Burgos. De las conversaciones que mantienen durante dos semanas sale el libro Me llamo Rigoberta y así me nació la conciencia,que narra la trágica historia de la joven.

El libro explica que Rigoberta era hija de campesinos pobres que cobraban salarios miserables trabajando en condiciones de esclavitud en las plantaciones de café propiedad de ladinos (blancos descendientes de colonos españoles). La pobreza impidió que Rigoberta fuera al colegio y sólo aprendió español unos meses antes de ir a París. Un día, los guardaespaldas del terrateniente apalizaron a su padre, Vicente Menchú, por defender a los campesinos mayas. A raíz de esa paliza, Vicente empezó un movimiento de liberación. El Gobierno capturó a su hijo, Petrocinio, que fue torturado y quemado vivo delante de todo el pueblo, con su pequeña hermana como testigo principal. Luego el padre lideró una masiva manifestación de protesta que fue aplastada nada más llegar a la capital. Rigoberta se escapó a México desde donde lideró el movimiento revolucionario. La historia era tan conmovedora que, en 1992, Rigoberta fue galardonada con el premio Nobel de la Paz.

En 1999, el antropólogo David Stoll investigó los hechos.

Resulta que la familia Menchú era una familia relativamente rica, propietaria de 28 kilómetros cuadrados de tierra. Vicente, el padre, nunca tuvo que trabajar para los ladinos. Es más, no fue apaleado por los guardaespaldas del terrateniente sino por los hermanos de la madre, los Tum, otra dinastía rica que se disputaba la tierra con los Menchú. Tampoco es cierto que la pequeña Rigoberta no tuviera estudios: fue a la escuela de las monjas blancas y allí aprendió español muchos años antes de ir a París. Y aquello de que Petrocinio fuera quemado vivo también era invención: nadie en el pueblo recuerda que la policía incendiara al hermano de Rigoberta. Lo que sí es cierto, es que un día éste desapareció y no se lo ha vuelto a ver, aunque testigos aseguran haberlo visto en Nueva York.

Tras la publicación del libro, Rigoberta acusó a Stoll de estar al servicio de la dictadura guatemalteca. Pero acabó confesando que mucho de lo que explicaba en su libro era una fabricación de la escritora: Elisabeth Burgos resultó ser una militante de diferentes causas rebeldes en Sudamérica, casada con Régis Debray, un revolucionario francés amigo del Che. Una vez desenmascarada la farsa, muchos han pedido que se le retire el premio Nobel a Rigoberta (como las medallas olímpicas a Marion Jones) pero, hasta la fecha, eso no ha sucedido.

Yes que, año tras año, el comité Nobel de la Paz nos defrauda premiando a alguien que ha violado flagrantemente los principios pacifistas defendidos por Alfred Nobel o que no ha hecho nada para defender la paz. Según los estatutos, el premio Nobel de la Paz se otorga al individuo o grupo que más haya trabajado por la fraternidad de las naciones, por la abolición de los ejércitos o por la promoción de congresos de paz. Si preguntamos a la gente de la calle qué persona del siglo XX mejor encarnó estos principios, seguramente la mayoría señalaría a Mahatma Gandhi. Pues bien, Gandhi nunca ganó el premio Nobel de la Paz.

En cambio, sí han sido galardonados conocidos terroristas o líderes que han luchado por sus causas a través de la violencia: desde Yasir Arafat (que siempre apareció ante el público con su uniforme militar) hasta Henry Kissinger (instigador del golpe de estado de Pinochet y que contribuyó a finalizar la guerra de Vietnam más por necesidad de política interna que por convicción pacifista) pasando por Anuar el Sadat (conocido por eliminar a enemigos políticos a través de “accidentes” aéreos) o la propia Rigoberta Menchú (quien, a diferencia de Gandhi, promueve una revolución indígena violenta contra los blancos).

Entre los galardonados por defender causas que no tienen relación con la paz tenemos al ganador del año pasado, Muhammad Yunus, que creó un banco para dar crédito a los pobres; Wangari Maathai que ganó por defender la sostenibilidad en Kenia, o Médicos Sin Fronteras por su labor humanitaria. La erradicación de la pobreza, la defensa de los árboles y la salud pública son causas extraordinariamente nobles… pero no tienen nada que ver con los objetivos del Nobel de la Paz.

Lo que nos lleva al premio del 2007 concedido a Al Gore y al IPCC de la ONU por su labor en la creación y diseminación del conocimiento sobre el cambio climático. ¿Qué han hecho para merecer este premio? La respuesta es que no han hecho nada. Absolutamente nada. Evitar el calentamiento del planeta puede ser muy importante, pero ni Al Gore ni el IPCC han trabajado por la fraternidad de las naciones, ni la abolición de los ejércitos ni han promovido congresos de paz.

Lo peor es que Al Gore comparte con Rigoberta Menchú su afición por fabricar historias. Y eso no lo digo yo, lo dice el otro ganador del mismo premio, el IPCC, cuyas aportaciones científicas demuestran que hasta nueve de las más dramáticas afirmaciones hechas por Gore en su documental son exageraciones que faltan a la verdad.

El premio de este año es, pues, una nueva farsa que reduce más, si cabe, el poco prestigio que le queda a la Fundación Nobel. Por favor, que alguien acabe con esta fantochada y elimine las instituciones que conceden premios con motivaciones políticas empezando, cómo no, por el Nobel de la Paz.

noviembre 23, 2007 Publicado por | Premios Nobel | Dejar un comentario

El premio Nobel de la Paz

Por Xavier Sala i Martín, Columbia University y Fundació Umbele (LA VANGUARDIA, 17/10/07):

Enero de 1982: una joven guatemalteca de ascendencia maya llamada Rigoberta Menchú Tum se reúne en París con la escritora francesa de origen venezolano Elisabeth Burgos. De las conversaciones que mantienen durante dos semanas sale el libro Me llamo Rigoberta y así me nació la conciencia,que narra la trágica historia de la joven.

El libro explica que Rigoberta era hija de campesinos pobres que cobraban salarios miserables trabajando en condiciones de esclavitud en las plantaciones de café propiedad de ladinos (blancos descendientes de colonos españoles). La pobreza impidió que Rigoberta fuera al colegio y sólo aprendió español unos meses antes de ir a París. Un día, los guardaespaldas del terrateniente apalizaron a su padre, Vicente Menchú, por defender a los campesinos mayas. A raíz de esa paliza, Vicente empezó un movimiento de liberación. El Gobierno capturó a su hijo, Petrocinio, que fue torturado y quemado vivo delante de todo el pueblo, con su pequeña hermana como testigo principal. Luego el padre lideró una masiva manifestación de protesta que fue aplastada nada más llegar a la capital. Rigoberta se escapó a México desde donde lideró el movimiento revolucionario. La historia era tan conmovedora que, en 1992, Rigoberta fue galardonada con el premio Nobel de la Paz.

En 1999, el antropólogo David Stoll investigó los hechos.

Resulta que la familia Menchú era una familia relativamente rica, propietaria de 28 kilómetros cuadrados de tierra. Vicente, el padre, nunca tuvo que trabajar para los ladinos. Es más, no fue apaleado por los guardaespaldas del terrateniente sino por los hermanos de la madre, los Tum, otra dinastía rica que se disputaba la tierra con los Menchú. Tampoco es cierto que la pequeña Rigoberta no tuviera estudios: fue a la escuela de las monjas blancas y allí aprendió español muchos años antes de ir a París. Y aquello de que Petrocinio fuera quemado vivo también era invención: nadie en el pueblo recuerda que la policía incendiara al hermano de Rigoberta. Lo que sí es cierto, es que un día éste desapareció y no se lo ha vuelto a ver, aunque testigos aseguran haberlo visto en Nueva York.

Tras la publicación del libro, Rigoberta acusó a Stoll de estar al servicio de la dictadura guatemalteca. Pero acabó confesando que mucho de lo que explicaba en su libro era una fabricación de la escritora: Elisabeth Burgos resultó ser una militante de diferentes causas rebeldes en Sudamérica, casada con Régis Debray, un revolucionario francés amigo del Che. Una vez desenmascarada la farsa, muchos han pedido que se le retire el premio Nobel a Rigoberta (como las medallas olímpicas a Marion Jones) pero, hasta la fecha, eso no ha sucedido.

Yes que, año tras año, el comité Nobel de la Paz nos defrauda premiando a alguien que ha violado flagrantemente los principios pacifistas defendidos por Alfred Nobel o que no ha hecho nada para defender la paz. Según los estatutos, el premio Nobel de la Paz se otorga al individuo o grupo que más haya trabajado por la fraternidad de las naciones, por la abolición de los ejércitos o por la promoción de congresos de paz. Si preguntamos a la gente de la calle qué persona del siglo XX mejor encarnó estos principios, seguramente la mayoría señalaría a Mahatma Gandhi. Pues bien, Gandhi nunca ganó el premio Nobel de la Paz.

En cambio, sí han sido galardonados conocidos terroristas o líderes que han luchado por sus causas a través de la violencia: desde Yasir Arafat (que siempre apareció ante el público con su uniforme militar) hasta Henry Kissinger (instigador del golpe de estado de Pinochet y que contribuyó a finalizar la guerra de Vietnam más por necesidad de política interna que por convicción pacifista) pasando por Anuar el Sadat (conocido por eliminar a enemigos políticos a través de “accidentes” aéreos) o la propia Rigoberta Menchú (quien, a diferencia de Gandhi, promueve una revolución indígena violenta contra los blancos).

Entre los galardonados por defender causas que no tienen relación con la paz tenemos al ganador del año pasado, Muhammad Yunus, que creó un banco para dar crédito a los pobres; Wangari Maathai que ganó por defender la sostenibilidad en Kenia, o Médicos Sin Fronteras por su labor humanitaria. La erradicación de la pobreza, la defensa de los árboles y la salud pública son causas extraordinariamente nobles… pero no tienen nada que ver con los objetivos del Nobel de la Paz.

Lo que nos lleva al premio del 2007 concedido a Al Gore y al IPCC de la ONU por su labor en la creación y diseminación del conocimiento sobre el cambio climático. ¿Qué han hecho para merecer este premio? La respuesta es que no han hecho nada. Absolutamente nada. Evitar el calentamiento del planeta puede ser muy importante, pero ni Al Gore ni el IPCC han trabajado por la fraternidad de las naciones, ni la abolición de los ejércitos ni han promovido congresos de paz.

Lo peor es que Al Gore comparte con Rigoberta Menchú su afición por fabricar historias. Y eso no lo digo yo, lo dice el otro ganador del mismo premio, el IPCC, cuyas aportaciones científicas demuestran que hasta nueve de las más dramáticas afirmaciones hechas por Gore en su documental son exageraciones que faltan a la verdad.

El premio de este año es, pues, una nueva farsa que reduce más, si cabe, el poco prestigio que le queda a la Fundación Nobel. Por favor, que alguien acabe con esta fantochada y elimine las instituciones que conceden premios con motivaciones políticas empezando, cómo no, por el Nobel de la Paz.

noviembre 22, 2007 Publicado por | Premios Nobel | Dejar un comentario

>El premio Nobel de la Paz

>

Por Xavier Sala i Martín, Columbia University y Fundació Umbele (LA VANGUARDIA, 17/10/07):

Enero de 1982: una joven guatemalteca de ascendencia maya llamada Rigoberta Menchú Tum se reúne en París con la escritora francesa de origen venezolano Elisabeth Burgos. De las conversaciones que mantienen durante dos semanas sale el libro Me llamo Rigoberta y así me nació la conciencia,que narra la trágica historia de la joven.

El libro explica que Rigoberta era hija de campesinos pobres que cobraban salarios miserables trabajando en condiciones de esclavitud en las plantaciones de café propiedad de ladinos (blancos descendientes de colonos españoles). La pobreza impidió que Rigoberta fuera al colegio y sólo aprendió español unos meses antes de ir a París. Un día, los guardaespaldas del terrateniente apalizaron a su padre, Vicente Menchú, por defender a los campesinos mayas. A raíz de esa paliza, Vicente empezó un movimiento de liberación. El Gobierno capturó a su hijo, Petrocinio, que fue torturado y quemado vivo delante de todo el pueblo, con su pequeña hermana como testigo principal. Luego el padre lideró una masiva manifestación de protesta que fue aplastada nada más llegar a la capital. Rigoberta se escapó a México desde donde lideró el movimiento revolucionario. La historia era tan conmovedora que, en 1992, Rigoberta fue galardonada con el premio Nobel de la Paz.

En 1999, el antropólogo David Stoll investigó los hechos.

Resulta que la familia Menchú era una familia relativamente rica, propietaria de 28 kilómetros cuadrados de tierra. Vicente, el padre, nunca tuvo que trabajar para los ladinos. Es más, no fue apaleado por los guardaespaldas del terrateniente sino por los hermanos de la madre, los Tum, otra dinastía rica que se disputaba la tierra con los Menchú. Tampoco es cierto que la pequeña Rigoberta no tuviera estudios: fue a la escuela de las monjas blancas y allí aprendió español muchos años antes de ir a París. Y aquello de que Petrocinio fuera quemado vivo también era invención: nadie en el pueblo recuerda que la policía incendiara al hermano de Rigoberta. Lo que sí es cierto, es que un día éste desapareció y no se lo ha vuelto a ver, aunque testigos aseguran haberlo visto en Nueva York.

Tras la publicación del libro, Rigoberta acusó a Stoll de estar al servicio de la dictadura guatemalteca. Pero acabó confesando que mucho de lo que explicaba en su libro era una fabricación de la escritora: Elisabeth Burgos resultó ser una militante de diferentes causas rebeldes en Sudamérica, casada con Régis Debray, un revolucionario francés amigo del Che. Una vez desenmascarada la farsa, muchos han pedido que se le retire el premio Nobel a Rigoberta (como las medallas olímpicas a Marion Jones) pero, hasta la fecha, eso no ha sucedido.

Yes que, año tras año, el comité Nobel de la Paz nos defrauda premiando a alguien que ha violado flagrantemente los principios pacifistas defendidos por Alfred Nobel o que no ha hecho nada para defender la paz. Según los estatutos, el premio Nobel de la Paz se otorga al individuo o grupo que más haya trabajado por la fraternidad de las naciones, por la abolición de los ejércitos o por la promoción de congresos de paz. Si preguntamos a la gente de la calle qué persona del siglo XX mejor encarnó estos principios, seguramente la mayoría señalaría a Mahatma Gandhi. Pues bien, Gandhi nunca ganó el premio Nobel de la Paz.

En cambio, sí han sido galardonados conocidos terroristas o líderes que han luchado por sus causas a través de la violencia: desde Yasir Arafat (que siempre apareció ante el público con su uniforme militar) hasta Henry Kissinger (instigador del golpe de estado de Pinochet y que contribuyó a finalizar la guerra de Vietnam más por necesidad de política interna que por convicción pacifista) pasando por Anuar el Sadat (conocido por eliminar a enemigos políticos a través de “accidentes” aéreos) o la propia Rigoberta Menchú (quien, a diferencia de Gandhi, promueve una revolución indígena violenta contra los blancos).

Entre los galardonados por defender causas que no tienen relación con la paz tenemos al ganador del año pasado, Muhammad Yunus, que creó un banco para dar crédito a los pobres; Wangari Maathai que ganó por defender la sostenibilidad en Kenia, o Médicos Sin Fronteras por su labor humanitaria. La erradicación de la pobreza, la defensa de los árboles y la salud pública son causas extraordinariamente nobles… pero no tienen nada que ver con los objetivos del Nobel de la Paz.

Lo que nos lleva al premio del 2007 concedido a Al Gore y al IPCC de la ONU por su labor en la creación y diseminación del conocimiento sobre el cambio climático. ¿Qué han hecho para merecer este premio? La respuesta es que no han hecho nada. Absolutamente nada. Evitar el calentamiento del planeta puede ser muy importante, pero ni Al Gore ni el IPCC han trabajado por la fraternidad de las naciones, ni la abolición de los ejércitos ni han promovido congresos de paz.

Lo peor es que Al Gore comparte con Rigoberta Menchú su afición por fabricar historias. Y eso no lo digo yo, lo dice el otro ganador del mismo premio, el IPCC, cuyas aportaciones científicas demuestran que hasta nueve de las más dramáticas afirmaciones hechas por Gore en su documental son exageraciones que faltan a la verdad.

El premio de este año es, pues, una nueva farsa que reduce más, si cabe, el poco prestigio que le queda a la Fundación Nobel. Por favor, que alguien acabe con esta fantochada y elimine las instituciones que conceden premios con motivaciones políticas empezando, cómo no, por el Nobel de la Paz.

noviembre 22, 2007 Publicado por | Premios Nobel | Dejar un comentario

   

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.