>Edward Kennedy
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Hace tiempo, recibí en mi casa de la ciudad de México a Edward Kennedy. Un grupo de intelectuales y políticos mexicanos le interrogó y todo procedía con fluidez hasta que un inteligente y provocador amigo mío hizo una pregunta que criticaba directamente, no a la política de Estados Unidos, sino a la nación norteamericana. En ese momento, Kennedy interrumpió la sesión y me dijo: “Vamos a cenar”.
Entendí sus razones. Una cosa era criticar las políticas de Estados Unidos y otra muy distinta criticar a la nación: a lo largo de sus casi 50 años de actividad pública, Kennedy se gobernó por esta divisa. Atacó, revisó, propuso numerosas iniciativas de ley y políticas tanto exteriores como interiores pero jamás puso en duda la integridad nacional de Estados Unidos. Criticó, en cambio, actos de gobierno que le parecían contrarios a la Constitución y las leyes, considerando que éstos eran el alma del país. Nunca cometió, en otras palabras, el error de considerar que la crítica política era contraria al país, sino que le era indispensable.
Esto explica, por ejemplo, que Kennedy fuese uno de los veintitrés senadores que votaron en contra de la decisión de George W. Bush de invadir Irak. El tiempo le dio la razón. La guerra contra Irak era una guerra por el petróleo y por la hegemonía, no parte del combate a Al Qaeda, razón espuria, entre otras igualmente inválidas, de la invasión: Al Qaeda no se encontraba en Irak porque el dictador Sadam no lo permitía. Ahora, Al Qaeda sí opera en Irak.
Se opuso, también, a la venta de armas al dictador chileno Augusto Pinochet y favoreció las sanciones al régimen fascista del apartheid en África del Sur (régimen apoyado por Dick Cheney). Las iniciativas de ley del senador Kennedy se refieren a los derechos civiles, los refugiados, el derecho al voto, la educación pública, el salario mínimo, el poder judicial, la seguridad social y la capacitación laboral.
Destaco dos temas. La última vez que conversé con Kennedy fue durante los funerales de nuestro común amigo, el gran novelista William Styron, en la catedral de San Patricio en Nueva York. Estaba preocupado por el destino de la legislación protectora del trabajo migratorio, toda vez que la iniciativa más razonable, la ley Kennedy-McCain, había sido archivada por el Congreso. Pero el tema persistía y Kennedy no cejaba en buscar una solución que beneficiara tanto a la economía de Estados Unidos como al propio trabajador migratorio. La posición de Kennedy consistía en legalizar a los trabajadores mexicanos presentes ya en Estados Unidos, imponerles obligaciones a los empleadores y sujetar a los futuros solicitantes de trabajo a estrictas condiciones jurídicas de ingreso. Nada se gana, opinaba Kennedy, con penalizar a los trabajadores que ya están en Estados Unidos. Se trataba más bien de ofrecerles caminos a la legalización y, eventualmente, a la ciudadanía. Yo insistía en otra obligación: la de ofrecerles trabajo en México para que no se vean obligados a emigrar. En mi concepto, enviar trabajadores a Estados Unidos para que a su vez envíen remesas a México es una práctica explosiva cuando el trabajador no puede emigrar y no encuentra trabajo en México.
Otro importante tema destacado por Kennedy fue el de la cobertura sanitaria. Al contrario de casi todos los Estados europeos, Estados Unidos carece de protección médica universal para sus ciudadanos. Ésta, que fue preocupación central de Kennedy, es atacada por los intereses privados que, con virulencia creciente a raíz de las iniciativas del presidente Obama, hablan de “socialismo” y, a instancias de la inefable Sarah Palin, de “asesinatos de ancianos”.
Todo ello oculta los grandes intereses de las aseguradoras que cancelan los seguros de enfermos de cáncer, 20.000 pólizas canceladas en California en los pasados cinco años, ahorrándoles a las compañías aseguradoras 300 millones de dólares; que aumentan de forma exorbitante el precio de las primas a compañías con un solo empleado mortalmente enfermo; o que eliminan miles de acciones sobre los beneficiarios por razones “técnicas” a fin de ahorrarse el pago de gastos médicos. Y, así, un largo etcétera.
Obama y Kennedy se han preguntado por qué motivo Estados Unidos no puede tener un sistema de seguridad sanitaria comparable a los de Francia, Alemania o Escandinavia, que para Sarah Palin son, seguramente, naciones “comunistas”.
La arbitrariedad terrorista -”Obama es Hitler”-, la agitación pagada y provocada, los llamamientos al odio del lamentable líder de una derecha derrotada, el locutor Rush Limbaugh, adquieren un tinte sombrío a la luz de las iniciativas modernizantes de Obama y de la trayectoria de Kennedy.
Ojalá que la desaparición de Edward Kennedy sirva para despertar el ánimo de demócratas y republicanos libres de brujerías ultraderechistas.
Y queda en mi ánimo el recuerdo no sólo de un gran político demócrata, sino de un hombre sonriente, activo, que navegaba con una mezcla de riesgo y seguridad y que gustaba de jugar un fútbol recio y echarse de cabeza a una piscina helada, amén del disfrute de un martini, igualmente frío.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>La mujer fuerte de las islas
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Tras la segunda guerra mundial, Gran Bretaña no pudo hacer frente a los gastos que ocasionaba el mantenimiento de su Imperio porque estaba exhausta por el coste de la victoria. Entre 1947 y 1987, el gasto de defensa británico fue del 5,8% del PIB, mientras que un siglo antes era de un 2,6%. Como dijo Keynes, fue “para cubrir los gastos militares y sociales en ultramar” por lo que Gran Bretaña obtuvo de Estados Unidos un préstamo de 3.750 millones de dólares, cuyas condiciones debilitaron la economía británica, al provocar una serie de crisis de la libra esterlina generadas por la exigencia americana de que esta moneda fuese convertible en dólares, con la consiguiente presión sobre las reservas del Banco de Inglaterra.
En los 50, Harold Macmillan sostuvo que la opción de Gran Bretaña consistía en elegir entre “caer en un socialismo mezquino y sensiblero propio de una potencia de segunda, o avanzar hacia el tercer Imperio británico”; pero, tras la crisis de Suez, pareció claro que solo quedaba la primera opción. En 1892, un joven Winston Churchill acertó al prever “grandes trastornos” en el curso de su vida, que fue larga; pero al morir –en 1965– ya era evidente que su ambición de salvar el Imperio no fue más que una fantasía adolescente, pese a que hizo posible que alcanzase “su mejor momento”, poco antes de su fin, cuando resistió al imperialismo maligno de Hitler.
DURANTE LAS décadas de los 60 y 70, todas las propuestas ensayadas para salir de esta crisis fracasaron. En primer lugar, la idea de apoyarse exclusivamente en EEUU para la defensa nuclear fue descartada –por laboristas y conservadores– por considerarla una especie de recolonización trasatlántica en sentido inverso. En segundo término, la salida europea –mediante el ingreso en la CEE– fue vetada dos veces por De Gaulle, quien achacaba a Gran Bretaña una vocación de insularidad incorregible y una mentalidad posimperial, por lo que –arrogante como era– aconsejó a “este gran pueblo” que emprendiera una transformación económica y social que le permitiera formar parte verdaderamente de Europa y dejar de ser un satélite de EEUU. Y por último, durante la presidencia de Edward Heath –a comienzos de los 70–, surgió una tercera vía iniciada por tories partidarios de la libre empresa, que prepararon el terreno para la irrupción, en 1979, de Margaret Thatcher, mujer de fuerte carácter y plenamente convencida de que la salvación estaba en el mercado libre. Aquel mismo año, Deng Xiaoping viajaba a Washington, iniciando así una revolución de efectos enormes, y la madrasa –escuela religiosa– de la ciudad de Qom –en Irán– se convertía en el epicentro de otra revolución muy distinta pero también trascendente.
Margaret Hilda Roberts, hija de un almacenista de Grantham, fue educada como devota metodista y, tras estudiar química en Oxford y casarse con Denis Thatcher –alto ejecutivo de la industria petrolífera–, se licenció en Derecho el mismo año en que nacieron sus dos hijos gemelos. En los Comunes desde 1959, pronto destacó por su coraje, tenacidad y dureza, al servicio de un repertorio de ideas que evolucionó con el tiempo hasta concretarse en un núcleo corto y claro. En realidad, una vez en el poder –que alcanzó hace ahora 30 años–, su Gobierno, aunque fue presentado como un retorno a los valores de la Inglaterra victoriana, no supuso una recuperación del liberalismo gladstoniano, ni tampoco de la beligerancia antieuropea de Palmerston, pese a parecerlo por su retórica.
La tercera vía anunciada se concretó en el desmantelamiento decidido del Estado del bienestar y en una política industrial destinada a preservar las empresas capaces de sobrevivir y de generar beneficios, desechando como inútiles a las que no lo fuesen. Esta racionalización brutal mediante el cierre de las empresas no rentables, recortes de salarios y supresión de empleos, chocó con la oposición de los sindicatos, concretada –durante 1984 y 1985– en la confrontación entre la primera ministra y el líder del Sindicato Nacional de Mineros, Arthur Scargill. En esta lucha, la Dama de Hierro venció al Rey del Carbón; y, como ya tenía el aderezo nacionalista de la victoria –también por goleada– en la guerra de las Malvinas, su suerte estaba echada: ganó tres elecciones consecutivas y su mandato se prolongó hasta 1990, momento en el que el propio partido conservador consideró que su tiempo estaba acabado. Su influencia, de la mano del presidente norteamericano Ronald Reagan, ha sido enorme en todo el mundo –no hay sociedades, sino personas; el Estado no es la solución sino el problema; aprovéchate y cuida de ti– y se ha prolongado, de hecho, hasta el inicio de la actual crisis económica.
ES DIFÍCIL sustraerse a la idea, a la luz de estos hechos, de que la historia es pendular y se desarrolla por reacción. Una etapa de regulación que llegó a ser excesiva –desde el fin de la segunda guerra mundial hasta finales de los años 70–, provocó la reacción contraria en forma de una desregulación que también se ha desbocado –desde los años 80 hasta ahora mismo–, y que ha causado una crisis de proporciones gigantescas cuya superación se confía hoy, en parte, a una nueva regulación. Tejer y destejer. Es la vida.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>Treinta años de Lady Thatcher
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El 4 de mayo se cumplieron treinta años de la victoria electoral que abrió las puertas de Downing Street a Margaret Thatcher y dieciocho de su defenestración por algunos compañeros de partido carentes de convicciones y estatura. Los soviéticos la apodaron con acierto «la dama de hierro». En el interior, supo recoger un disgusto general por la decadencia de su país, con reformas que revitalizaron la economía y la sociedad británicas. En el exterior y en alianza con el presidente Reagan, contribuyó a la derrota y disolución de la Unión Soviética y señaló al mundo entero, incluida la Argentina por algún tiempo, el camino del capitalismo democrático. La presente crisis económica ha hecho pensar a los enemigos del libre mercado que había que enterrar definitivamente el legado de lady Thatcher. Muy al contrario: ella acertó al aceptar el diagnóstico de su amigo Ronald Reagan, según el que «el Estado no es la solución, es el problema». Lady Thatcher, por desgracia, con el paso de los años está perdiendo la memoria; mucha mayor desgracia sería que el mundo occidental olvidara a lady Thatcher y su obra. Hija de un tendero metodista y su esposa ama de casa, fue la primera mujer en presidir el partido Tory, formación hasta entonces dirigida por hombres de espíritu paternalista, que por elitismo desconfiaban de las decisiones individuales. También fue la primera mujer en presidir el Gobierno del Reino Unido y lo hizo con el valor suficiente para romper el consenso de todos los partidos favorable al Estado de Bienestar y al control administrativo de la economía. Ha dejado un recuerdo imborrable en quienes la tratamos: sus ojos calaban en los de su interlocutor; ella luego expresaba su pensamiento directa y sencillamente, no dudando en contradecir lo que creía equivocado. Sus discursos llegaban a todos los públicos, favorables o no, por el buen sentido de sus propuestas, expresadas en cortas frases, que traslucían la firmeza de carácter.
Los once años de gobierno de Margaret Thatcher se caracterizaron sobre todo por una lucha ideológica sin cuartel entre quienes apoyaban la liberación de los mercados y quienes consideraban peligrosa la política económica del laissez- faire defendida por la primera ministra. Es la misma lucha que pronto tendremos que entablar quienes aspiramos a ver una España productiva y moderna. Intentarán convencernos de que toda la culpa de la crisis actual la tuvo el sector financiero privado: cierto es que muchos financieros privados pecaron de grave imprudencia, pero fueron los bancos centrales públicos quienes, deseosos de evitar todo desfallecimiento de la expansión económica, mantuvieron de 2001 a 2007 demasiado bajos los tipos de interés. Así suministraron el gas para inflar el globo que luego ha reventado con tanto daño. Pasarán por alto que las hipotecas «subprime» con alto riesgo de impago fueron impulsadas por la política de «Una casa para cada americano» de la Administración de EEUU. Esa política populista fue financiada con ayuda de dos empresas de carácter público, Fannie Mae y Freddy Mac, que concentran ahora la mitad del riesgo inmobiliario de ese inmenso país. Olvidarán que es el sector más regulado de las economías occidentales, el sector bancario, el que está medio quebrado, menos en España, gracias a la severidad del Banco de España. Dirán que no importa que las finanzas públicas estén al borde de la quiebra ni que la deuda del Estado crezca sin límite. Pasada la tempestad que nos azota, tendremos que replantearnos el papel que el sector público debe desempeñar en una sociedad progresiva, igual que lo hizo ella tras constatar el fracaso del modelo social-demócrata de su país creado tras la Segunda Guerra Mundial.
Durante su primer mandato de 1979 a 1983 Margaret Thatcher trató al IRA con la firmeza necesaria: así, dejó que diez de sus terroristas llevaran su huelga de hambre hasta el final para no ceder a su exigencia de recuperar el estatus de preso político. En cambio, los españoles cedimos al chantaje planteado por de Juana Chaos. El resultado final de la política irlandesa de los Gobiernos británicos ha sido que el Ulster sigue dentro del Reino Unido. La misma firmeza demostró al embarcarse en la Guerra de las Malvinas, para recuperar un territorio ilegalmente invadido por la fuerza de las armas: los argentinos nunca le han agradecido suficientemente que así les librara del dictador general Galtieri. El mismo principio, en una escala mucho menor, tuvo que aplicarlo el Gobierno de Aznar durante la crisis de la Isla Perejil, cuya pronta solución sirvió de aviso de que los españoles estamos decididos a defender Ceuta, Melilla y las Canarias.
Durante ese primer período, Margaret Thatcher comenzó a recortar el poder de los sindicatos que, con sus huelgas políticas, habían echado abajo los Gobiernos de Heath y Callaghan. También entonces implantó y mantuvo una política monetaria estricta para reducir las altas tasas de inflación, pese a que dio lugar temporalmente a un desempleo de más de dos millones de parados. Esa misma política dio lugar a una reducción de la base industrial de la economía británica pero permitió que se desarrollara el sector de los servicios, en especial el financiero de la City de Londres. Deberíamos aprender de ella que no es posible vivir con una moneda sólida si la economía real no es muy flexible. El euro impone aceptar los cambios que exige la vuelta a la productividad, pese a la resistencia de los socialistas de todos los partidos, como los llamaba Hayek.
Un gran triunfo electoral abrió su segundo período de gobierno, de 1983 a 87. Lo marcó la violentísima huelga contra el cierre de minas ineconómicas, que duró todo un año. Venció la primera ministra, que en años anteriores había acumulado reservas de carbón para evitar los cortes de electricidad con los que los mineros habían doblegado al Estado en dos ocasiones anteriores. Estos también fueron los años de la venta de empresas públicas al sector privado y del gran parque de viviendas protegidas a sus inquilinos, una privatización luego imitada en todo el mundo. Su colaboración y amistad con Ronald Reagan tuvieron su mejor fruto en la resistencia ante las ansias expansionistas de la URSS. Ella supo apreciar los deseos reformistas de Gorbachov y así contribuyó a la disolución del régimen comunista ruso y la liberación de la Europa sojuzgada. Muy criticada fue la moderación de su política frente al apartheid, que sin embargo desembocó finalmente en la liberación de Mandela. También se ha visto mal en el Continente su parco entusiasmo por el lado burocrático de la Unión Europea.
El tercer período de 1987 a 90 nació bajo una estrella menos favorable. El intento de su ministro Lawson de combatir una caída del crecimiento económico con una política fiscal expansiva desembocó en una vuelta a la recesión con inflación. Una reforma fiscal doctrinaria e impopular llevó a que un grupo de sus colaboradores más íntimos, organizado por lord Garel-Jones que tanto le debía, le clavara el metafórico cuchillo por la espalda. El 22 de noviembre de 1990, la futura baronesa Thatcher of Kesteven significó su dimisión a Su Majestad la Reina Isabel II.
La historia de la primera ministra Thatcher confirma que el problema de las sociedades democráticas es el Estado. Lo difícil no es cambiar el rumbo de la economía sino el de la política. Quizá tardemos dos años en salir de esta recesión. Tardaremos mucho más en corregir los defectos de la política. ¿Para cuando la reforma del mercado de trabajo, la mejora de la educación, el verdadero encaje de las autonomías, una ley electoral que sustituya a la «provisional» de 1985?
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>Alfonsín y Perón, dos caras de la historia
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Cuando estas líneas se publiquen se habrán enumerado en la Argentina ya todas las cualidades de Raúl Alfonsín, el ex presidente que murió de cáncer el 31 de marzo: su honestidad como gobernante, una virtud que los sucesores han vuelto más evidente; su vocación republicana, que lo llevó a librar peleas sin tregua contra la injerencia de la Iglesia en los asuntos del Estado, una de las cuales ganó al promover la ley de divorcio; su coraje para enjuiciar a los opresores que habían sido dueños del país y disponían aún de fuerza para proteger su impunidad.
Se habrán mencionado también sus errores: su penosa relación con el poder económico; las torpezas del pacto de Olivos, que intentaba fundar una república parlamentaria y sólo consiguió reforzar la omnipotencia presidencial y erosionar las instituciones. Ya se habrá dicho muchas veces, pero nunca las suficientes, que en su brújula no existió otro norte que consolidar la democracia recuperada en 1983 para que esa vez fuera la definitiva luego de cinco décadas de golpes de Estado.
Ninguno de los países del Cono Sur, igualmente asolados por las dictaduras del fin de la guerra fría, tuvo un juicio a los jefes militares como el que Alfonsín llevó adelante en la Argentina: una intervención ejemplar de los poderes del Estado para que nunca más se atropellaran los valores amparados por la Constitución.
Ese gesto, y su terca resistencia a la adversidad, dieron esperanza a los pueblos de Uruguay, Brasil y Chile que iban a recuperar sus libertades. Y al tiempo, amenazado por tres levantamientos militares, Alfonsín promovió las leyes de punto final y obediencia debida que la Corte Suprema declaró inconstitucionales años después.
La arrebatadora campaña presidencial de Alfonsín en octubre de 1983 fue acaso la última demostración espontánea de fe política, sin autobuses de alquiler cargados por rehenes de los caudillos regionales en busca de un viático, y sin la mediación decisiva de la televisión. Con esa campaña logró ganarle al peronismo por primera vez y por las buenas, allí donde años de torpe proscripción habían fallado. Tuvo entonces el maravilloso valor de llegar al corazón de los argentinos recordándoles cómo habían decidido formar una nación para buscar la paz y el progreso.
Sólo bastó que en esos días recitara el preámbulo de la Constitución para que su voz se convirtiera en un recuerdo entrañable, para rescatar el Estado de derecho que muchos habían despreciado ante los carnavales grotescos de Isabel Perón y su astrólogo, o las utopías de socialismo, cuando todavía estaba en pie el muro de Berlín. Al repetir una y otra vez la letanía del preámbulo, reivindicó el respeto por la voz de los otros y porel diálogo civilizado con los adversarios.
Ésas son las estampas que retendrá la historia. Yo quiero contribuir a su memoria con la narración de episodios menores que reflejan el envés de esas medallas pero que a la vez lo retratan de cuerpo entero.
Lo conocí en Caracas a mediados de 1981. Se hospedaba en la casa de su amigo Adolfo Gass, quien sería elegido senador por el radicalismo cuando regresó del exilio. Estaba en la cama, postrado por una gripe tropical, y no advertí en él nada que me impresionara. Su aspecto y su lenguaje parecían los de un hombre cualquiera, sin señales que revelaran el futuro presidencial que le auguraban tanto Gass como el matemático Manuel Sadosky, quien me había llevado a conocerlo.
Quizá porque la gripe lo decaía, no vi en el Alfonsín de entonces el brillo político que hacía falta para que los argentinos decidieran seguirlo, arrostrando la indiferencia y el miedo infundidos por el yugo autoritario. Les confié esas dudas a Gass y a Sadosky, y ambos coincidieron en que el Alfonsín de pijama que yo acababa de conocer, de apariencia tan gris y modesta, se agigantaba en las tribunas, en el Parlamento y en los discursos públicos. “Jamás se le olvida que la historia lo está mirando”, me dijo Gass, “y que la historia lleva la cuenta de todo lo que dice y hace”.
Volví a verlo en agosto de 1987, pocos meses después de las rebeliones carapintadas, ante las que había desoído el clamor de la multitud que lo apoyaba. Fui a visitarlo a la residencia presidencial de Olivos para anticiparle los temas generales de la entrevista que esa misma noche le haría por televisión. No puso el menor reparo a mis preguntas y me instó a interrogarlo con absoluta libertad.
“Sólo le ruego”, me dijo, “que si formula acusaciones contra mí o alguno de mis colaboradores esté seguro de que se apoyan en pruebas muy sólidas. Cuando se deslizan sospechas sobre la honestidad de un funcionario no hay defensa posible, porque la sospecha queda flotando en el aire y sigue manchando por mucho tiempo al más inocente de los inocentes”.
Nadie se atrevió a dudar jamás de su probidad, y así se fue, tan limpio como llegó.
Mientras nos despedíamos, le dije que seguía sin entender por qué había preferido parlamentar con los rebeldes carapintadas en vez de enfrentarlos acompañado por las 100.000 personas que repudiaban el golpe en la plaza de Mayo y se ofrecían a defender con sus vidas la democracia naciente.
“Si aceptábamos esa apuesta habríamos podido perder todo: la democracia y muchas vidas”, me replicó. “Pensé entonces cuál era mi deber ante la historia. Y no dudé”.
“Algo parecido respondió Perón en 1970″, le dije, “cuando le pregunté por qué, creyéndose más fuerte que los rebeldes en 1955, no había intentado defenderse”.
“No quise cargar sobre mi conciencia con un enorme derramamiento de sangre”, me explicó Perón. “Ésos son actos que no perdona la historia”.
Al presidente se le ensombreció la sonrisa y dejó que la luz del mediodía se llevara la cordialidad que había guiado nuestro diálogo. Esa noche, en los estudios de la televisión, volvió a ser el de siempre: agudo, veloz para las réplicas, certero al citar los índices económicos sin desviarlos ni una décima.
Cuando caminábamos por los pasillos hacia la salida me llevó aparte y me dijo con firmeza: “Me quedé pensando en su referencia de esta mañana. Quiero decirle que a mí Perón no me va a ganar la historia”.
De modo que ahí estaba, entonces, la historia, la invisible madre de todas las batallas. Perón se había encolerizado en Puerta de Hierro cuando le hice notar que Evita estaba llevándole ventaja en ese duelo ante la posteridad. Y ahora Alfonsín, sin cólera pero con el mismo énfasis, vaticinaba que la historia iba a preferirlo a él, que devolvió a la conciencia civil la noción de respeto a las instituciones republicanas, y no a Perón, quien permitió a la clase trabajadora integrarse a la vida política y económica.
Ahora que se van apagando las alabanzas y los reproches que suceden a las muertes, los grandes hombres se van quedando solos, a la espera de que la historia se pronuncie. A ella la eligieron como juez y le cedieron la última palabra.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>Jugando con el enemigo
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A las cuatro y media de cada mañana, el preso político más famoso del mundo se levantaba, hacía su camastro y corría durante una hora en una celda de menos de nueve metros cuadrados. Así, Nelson Rolihlahla -”alborotador”- Mandela (1918), un príncipe xhosa, pudo aguantar sin volverse loco más de un cuarto de siglo de encierro.
Había ingresado en prisión en 1962, condenado como líder de Lanza de la Nación (Umkhonto we Sizwe), brazo armado de su partido, el Congreso Nacional Africano. Ese movimiento perseguía una estrategia de gobierno de la mayoría negra surafricana, pero patrocinaba tácticas de violencia armada para liberarla del yugo del apartheid blanco. “Un colono, una bala” era el grito enardecido que podía oírse en medio de una manifestación, minutos antes de ser aplastada por la policía blanca.
Hoy, cuando un mulato acaba de acceder a la presidencia de Estados Unidos, el apartheid que estuvo tanto tiempo vigente en Suráfrica nos parece una distopia delirante, un artefacto social aún más inviable que perverso. Pero hasta yo mismo no puedo olvidar que, a mediados de la década de los ochenta del siglo pasado, me resultaba imposible viajar a Suráfrica con mi mujer y mis hijos: las familias multirraciales, como la mía, lo teníamos peor que mal.
Bajo el sistema del apartheid, una burocracia supina encasillaba a la gente en una jerarquía descendente -blancos, mestizos, indios y negros- según majaderías tales como el color de su piel, los rizos de su pelo y las aletas de su nariz. En teoría, cada etnia recibiría un territorio propio; en la práctica, los blancos se quedaban con la parte del león: la mayor parte del presupuesto del Estado, las mejores tierras, las minas y las ciudades.
El que todo esto resulte hoy difícil de explicar a una persona menor de cuarenta años de edad muestra cuánto han cambiado las cosas. Mas por ello mismo, conviene recordar la descomunal inteligencia emocional de Nelson Mandela y la pareja perspicacia de sus mejores enemigos.
En El factor humano. Nelson Mandela y el partido que salvó a una nación (Seix Barral), John Carlin, escritor y periodista de este diario, nos cuenta cómo Nelson Mandela supo canalizar la pasión por el rugby de la minoría blanca de origen holandés -los afrikáner- en aras de un objetivo estratégico que parecía inalcanzable: conseguir en Suráfrica el gobierno de la mayoría negra sin que hubiera una guerra civil, sin docenas de miles de muertos, sin millones de exiliados, sin la miseria consiguiente de todo el país.
El rugby y el equipo nacional surafricano, los Springboks, encarnaban el estilo de vida de los afrikáner, una combinación innegable de trabajo duro, lealtad de grupo y confianza calvinista en la supremacía bíblica del guardián blanco sobre el infeliz negro, que prefería el fútbol europeo y detestaba el rugby.
Mandela sabía bien que, en la afición y práctica de un deporte, nacen y perviven las lealtades atávicas del hijo para con el padre, del amigo con el amigo, del individuo con el grupo. En la cárcel, aprendió la lengua y las reglas del deporte favorito de sus enemigos. Luego se conjuró con ellos para unir a toda la nación bajo la bandera del rugby.
Carlin cuenta la historia de esta misión imposible y de las docenas de personajes que construyeron una realidad que impidió la pesadilla y superó los sueños. En la metáfora del juego con el enemigo, el lector de este libro aprende a apreciar la clarividencia del entonces jefe de los servicios de información surafricanos, Niël Barnard, o la entrega a su misión del capitán de la selección nacional de rugby, François Pienaar, o la lealtad infinita de los líderes políticos de la mayoría negra, quienes, estupefactos al principio, apoyaron al fin la iniciativa genial de Mandela para que Suráfrica organizara en 1995 el Campeonato Mundial de Rugby.
El hombre que había sufrido setenta años de represión por el color de su piel acertó hasta en el gesto real de cubrirla con una camiseta deportiva del color verde de los Springboks, el equipo de sus enemigos. “Hablad a su corazón, no a su mente”, decía Nelson Mandela. Y con razón.
Admirador de Mandela y deportista aficionado desde mi juventud, confieso que El factor humano me cautivó desde su inicio, que también es el de este artículo. Creo igualmente, y esta vez, sin dejarme ofuscar por la pasión, que si ustedes aman al deporte y a la vida, les ocurrirá lo mismo. Pero hasta en eso, carezco de todo mérito, pues la fascinación por el libro de John Carlin desconoce límites: Morgan Freeman producirá la película y la dirigirá Clint Eastwood. Es el factor humano.
>Andreotti: principios y tiempo
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La película Il divo, del napolitano Paolo Sorrentino, se centra en una etapa de la vida de Giulio Andreotti. Lo interpreta Toni Servillo, quien quizá no acierta –por un exceso de rigidez y dureza– a captar el aire del personaje, que siempre mantuvo un tono de festiva y contenida ironía. Su pose era de una impavidez cortés y amable, no de una estolidez agria. El filme traza una caricatura cáustica –y, sin duda, sesgada– de la figura política de quien fue apodado Il Divo por ser el más influyente político italiano de la segunda mitad del siglo XX. La crónica insiste en sus ansias de poder, y lo hace cargando las tintas en el cinismo del personaje. Todo ello presentado con un humor grotesco que contrasta con los hechos graves –algunos atroces– que narra, ya que se muestran las tripas de la Democracia Cristiana durante el último Gobierno de los siete que presidió Andreotti.
La Democracia Cristiana –partido hegemónico desde el fin de la segunda guerra mundial hasta el estallido de Tangentopolis en los 90– tuvo épocas y zonas oscuras, con críticas por sus abusos y sospechas fundadas por sus coqueteos con la mafia para conservar el poder. Era la época de la guerra fría, cuando la amenaza comunista lo justificaba todo o, por lo menos, matizaba el principio de que el fin no justifica los medios. Formalmente, la película es efectista, un tanto fallera, con subrayados excesivos y un deliberado histrionismo por parte de algunos actores secundarios. De estética oscura y barroca, confirma la idea de que el país por antonomasia del barroco es Italia, muy por encima de España.
Aparco el tema –planteado con acierto por Vicente Molina Foix– de la tendencia creciente a inmiscuirse de forma desabrida en la vida privada y familiar de políticos vivos, tal y como hace Il Divo, lo que genera productos semejantes a Gran Hermano, si bien para espectadores con presunto barniz cultural. La crítica política –por acerba que sea– es manifestación de libertad y, como tal, fundamento de la democracia, pero la inmisión en la intimidad familiar es rechazable, aunque se envuelva con el celofán de un humor tan fácil como burdo, que, así concebido, degrada cuanto toca. Pero, al margen de este tema, la película sugiere dos grandes cuestiones políticas: el valor de los principios y los efectos demoledores de la perpetuación en el poder.
“PARECÍA tener una aversión positiva a los principios. Estaba incluso convencido –dijo Margaret Thatcher de Andreotti– de que un hombre de principios está condenado a ser un hazmerreír”. Esta ductilidad, puesta al servicio de una inteligencia superior, una cultura notable, una ironía devastadora y un dominio de sí mismo sin fisuras, hicieron posible la carrera del hoy nonagenario Andreotti.
Miembro de la Asamblea Constituyente en 1946, ministro 20 veces y presidente del Gobierno siete más, su trabajo constante, la atención directa, asidua y clientelar a su electorado y un conocimiento exhaustivo de los despachos y de las cloacas del Estado, le convirtieron en el eje de una etapa de la vida política italiana. Hay en su trayectoria un hecho capital: el secuestro y asesinato de Aldo Moro por las Brigadas Rojas. Moro, atento al compromiso histórico propuesto por el comunista Enrico Berlinguer, propugnaba un gobierno de solidaridad nacional entre la Democracia Cristiana y el Partido Comunista. En contra de esta fórmula estaban Andreotti, Cossiga y, naturalmente, EEUU. Eran tiempos de guerra fría. Pero –como ha escrito Indro Montanelli– “echemos a Andreotti todas las culpas que queramos, dado que durante unas épocas asumió todas las responsabilidades; pero si hubo un caso en el que su comportamiento fue impecable, ese fue cómo se llevó el caso Moro”, al hacer prevalecer la firmeza ante las demandas de los secuestradores, lo que habría equivalido a otorgar a las Brigadas Rojas la condición de interlocutor político. Berlinguer también se opuso a ello. Y Craxi siempre creyó que el último secreto sobre la muerte de Moro lo guardan los americanos.
SEA COMO fuere, lo cierto es que se ha vinculado a Andreotti con el escándalo de Italcasse, el mortífero café que bebió Sindona, el suicidio de Calvi en el puente londinense de Blackfriars, la desaparición del dossier Moro tras el asesinato del general Dalla Chiesa, el asesinato del periodista Pecorelli, el de Silvio Lima y el de los jueces Falcone y Borsellino. No ha de extrañar, por tanto, esta conclusión de Montanelli: “Se extiende cada vez más en nuestros periódicos la costumbre de dar a Andreotti el tratamiento de Belcebú. Abandonémosla. Belcebú podría querellarse”.
Casi al final de la película, justo después de que Andreotti confiese a Cossiga –en un raro instante de abandono– su enamoramiento adolescente de una hermana de Vittorio Gassman, Cossiga le dice que su problema esencial consiste en haber tenido el poder demasiado tiempo. Es muy probable que Cossiga acertase. A fin de cuentas, es aventurado pensar que Andreotti hiciese algo sustancialmente distinto de lo que hicieron la mayoría de los políticos de su generación. Lo que sucede es que lo hizo durante medio siglo. Y, al final, la democracia es solo cambio.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>Acosar a los divos
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La película de Paolo Sorrentino Il divo es una brillante farsa política que recomiendo a todos los espectadores, incluidos aquellos que -como yo y la pareja de amigos con los que fui a verla- salgan del cine igual de divertidos que de escandalizados. Los materiales de Sorrentino, que ha escrito también el guión de su película, son artísticamente impecables, y se basan en una amplia labor documental que los conocedores de la política italiana contemporánea han estimado solvente y certera. Concebida como una gran stravaganza operística, los actores del numeroso reparto, todos de una bufonería muy elaborada, se amoldan a ese espíritu general, contrastando en su papel de coristas con la casi ininterrumpida sucesión de arias de bravura de Toni Servillo, que hace de Giulio Andreotti, al modo en que Philip Seymour Hoffman hizo del famoso novelista americano en Truman Capote o Cate Blanchett de Katharine Hepburn en El aviador: calcando asombrosamente a esos personajes reales, en un alarde de mérito mimético más que de verdadero arte dramático.
La película de Sorrentino, por lo demás, no es única en su propósito de retratar con presunta veracidad y descarnada comicidad a una figura política en ejercicio. Nanni Moretti, pese a negarlo, hablaba paródicamente de Silvio Berlusconi en El caimán (una de sus obras menos logradas); Stephen Frears trazaba con acidez demoledora las siluetas no sólo de Isabel II y Felipe de Edimburgo, sino de Tony y Cherie Blair en The Queen, y pronto veremos el falso documental de Dan Butler Karl Rove, I love you, sobre el homónimo y controvertido director de campaña de George Bush Jr., objeto él mismo el año pasado de W, una recreación semi-ficticia de trazo grueso dirigida por Oliver Stone. Sabiendo la tendencia copiona de una buena parte, la más holgazana, de la industria del cine, hay que esperar en los próximos tiempos nuevas réplicas; candidatos idóneos no faltan, y no quiero ni pensar la cantidad de gente que en España pagaría lo que fuese por ver en gran pantalla un caimán o un divo o un monarca destronado a imagen y semejanza de José María Aznar.
Esta nueva modalidad del biopic en vivo y en directo, que suele gozar del favor del público más políticamente comprometido y del cinéfilo más formado, apela, en mi opinión, a lo peor de nosotros mismos y, por mucho esmero que se ponga en su confección, resulta muy similar a la tan denostada basura televisiva, alimentada en las mismas fuentes: la curiosidad malsana y prepotente, la invasión de la intimidad, y el concepto de que el ser personaje público levanta las barreras de lo privado, por lo que el resto de los ciudadanos se siente autorizado a acosar, fisgonear y juzgar.
Andreotti nos cae mal a todos, por supuesto, excepto al Papa, a los no sé cuántos papas que él ha visto pasar por el Vaticano en sus recién cumplidos noventa años. Es casi probable (aunque no en los tribunales) que este hombre culto y sibilino haya cometido delitos, por lo demás no muy distintos de los que otros estadistas menos duraderos cometen en Italia, en Estados Unidos y en Zimbabue, por no hacer la lista interminable. La película los saca a relucir, en una combinación -muy eficaz pero para mí de dudosa moralidad- de periodismo de investigación filmada y artimaña de paparazzi; es a ese respecto muy elocuente leer unas consideraciones del propio director Sorrentino, en las que afirma que su punto de partida o inspiración a la hora de escribir Il Divo fueron las semblanzas que del siete veces primer ministro y ocho veces ministro de Defensa de distintos Gobiernos italianos trazaron Margaret Thatcher (”él parecía tener una aversión positiva a los principios”) y Oriana Fallaci, quien visitó a Andreotti y se quedó hipnotizada a la vez que aterrorizada por sus suaves maneras untuosas, deduciendo la periodista que “el verdadero poder te estrangula con lazos de seda, con encanto e inteligencia”.
Lo que sucede, sin embargo, es que este tipo de cine, y en particular esta película, se presenta como obra de ficción, y a Andreotti no lo interpreta Andreotti, sino Servillo, saliendo además en el filme su mujer (en la vida real), interpretada en la pantalla por Anna Bonaiuto, su secretaria (real) encarnada por la gran actriz Piera degli Esposti, su confesor y sus antagonistas, todos también actores, mezclándose aquello que la información y las hemerotecas nos dicen veraz con la conjetura del artista Sorrentino. ¿Y por qué no? La historia del arte narrativo es la historia de la falsificación inventiva de lo real y de lo acontecido, y son incalculables la cantidad de obras maestras de la novela y de memorables personajes ficticios que no eran sino un trasunto o reflejo apenas distorsionado de situaciones y seres verídicos. Verídicos pero muertos.
Morir nos hace históricos, a todos; a los divos y héroes y a los seres anónimos y comunes, y esa condición póstuma concede, a mi modo de ver, el permiso para que los vivos ejerzamos nuestro deseo de saber, nuestros métodos de investigación, nuestra voluntad de que el pasado y sus pobladores adquieran verdad y tengan por ella condena o elogio. La muerte no debe actuar, sin embargo, como embellecedora ni gratificadora, ni por supuesto falseadora de los muertos, aunque en España es inveterada -y sigue viva- la manía de honrarlos inmediatamente después del último suspiro, mejorándolos y otorgándoles premios y epítetos que en vida les fueron cicateramente escatimados.
Me parece obsceno, por el contrario, que personas vivas (estoy pensando no en el propio Divo de la política italiana, sino en alguno de sus cuatro hijos o sus muchos nietos) puedan ver en cine, en televisión o en cualquier otro medio las insinuaciones y las suposiciones que alguien ajeno hace no de sus actuaciones públicas, sino de su vida íntima, de sus manías, de sus dolores de cabeza y sus sueños eróticos. Es una forma de intromisión hiriente y acoso en carne viva que nadie, ni siquiera el gobernante más infame o denostado, debería sufrir a cambio de unas carcajadas en una sala oscura llena de cotillas.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>Andreotti, un cardenal laico
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Así definió hace años a Giulio Andreotti uno de sus amigos, añadiendo a continuación: «Sólo que a diferencia de los otros cardenales, es inteligente y cree en Dios». Sin entrar en la segunda afirmación que concierne a su privacidad, confirmo ampliamente la primera, porque así lo pude comprobar durante los casi cinco años en que lo traté frecuentemente como embajador de España en Italia, siendo él ministro de Asuntos Exteriores. Si saco a colación ahora esta relación de hace casi dos décadas, se debe a que, por una parte, se puede ver estos días en Madrid, junto a otras dos espléndidas películas que nos permiten presagiar que el cine italiano vuelve por sus fueros, una en concreto, Il divo, dedicada a trazar una semblanza crítica de tan poliédrico personaje. Y, por otra, a que Andreotti acaba de cumplir 90 años, siguiendo en activo en la política como Senador vitalicio, tras sortear múltiples imputaciones y procesos que le han perseguido desde hace muchos años, pero habiendo salido siempre indemne de los mismos.
Como es sabido, una frase suya es citada con frecuencia por los políticos y periodistas de todos los países, habiendo entrado incluso en enciclopedias y libros de citas: «el poder desgasta a quien no lo tiene». Esta frase la pronunció en 1951, respondiendo a un adversario de su maestro De Gasperi, que solicitaba que éste se retirase de la presidencia del Consejo de Ministros, por haber cumplido 70 años A partir de entonces Andreotti no sólo fue el teórico de esta doctrina de la permanencia continua o supervivencia en el poder, sino que ha sido también un maestro de su aplicación en la práctica.
A los 28 años De Gasperi le nombró subsecretario de la presidencia y hasta llegar a su reciente cumpleaños, ha sido siete veces presidente del Consejo de Ministros y alrededor de 20 veces ministro de casi todas las carteras y, por supuesto, siempre diputado y ahora senador, aunque haya habido algún momento, lo que es dudoso, en que no tuviera ningún cargo importante.
Pero precisamente por eso hay que comprender bien su famosa frase, entendida en sus justos términos. En efecto, como aclaró en cierta ocasión, «si como poder entendemos un cargo público en el Ejecutivo, evidentemente el poder disminuye cuando se pierde el puesto». Pero para él, el poder es mucho más que un cargo público, es la capacidad de influir sobre los otros, por lo que mantiene así que «un periodista importante tiene un gran poder y un escritor conocido posee un poder notable sobre la opinión pública». De cualquier modo, en su caso, se han dado ambas circunstancias, porque además de haber sido el político más omnipresente de Italia en los últimos 60 años, es también periodista de vocación y escritor de mas de 20 libros y, por tanto, nunca ha dejado así de poseer poder.
Eran éstas las impresiones que me golpeaban la mente, cuando se apagaron las luces y comencé a ver la película citada, que le retrata de forma no totalmente acertada. Ciertamente, el actor que lo representa no acaba de transmitir, en mi opinión, la personalidad de un personaje con el que yo estuve tantas veces, porque Andreotti es un personaje amable, con la cortesía de un cardenal renacentista, con un hablar reposado, con un trato nada siniestro, a pesar de sus ojos de mandarín que oscilan entre el cinismo y la ingenuidad.Siempre da prueba de su inteligencia, de su sentido del humor y de una gran dosis de ironía. Sin duda lo mejor de la interpretación del actor que lo encarna en la película, es haber calcado increiblemente su peculiar forma de andar, con su incipiente joroba y sus orejas de soplillo, que hacían las delicias de los caricaturistas, especialmente del genial Forattini, que le dibujaba con orejas de asno. Pero como prueba del buen encajar de Andreotti y de su sentido del humor, cuando le preguntaron si le molestaba esa exageración insultante, respondió: «No, al reves, me tranquiliza cuando me miro en el espejo y compruebo que son más pequeñas». Indro Montanelli, gran conocedor de Andreotti, sostenía que el sentido del humor y la ironía era el arma de reserva de su aguda dialéctica política, y así lo pude comprobar yo mismo en las innumerables veces que me reuní con él, sobre todo en los momentos cruciales en que España estaba en la fase final de las negociaciones para entrar en las Comunidades Europeas. Entonces Italia presidía la Comunidad y era Andreotti quien llevaba el peso para convencer a los otros nueve países de que el nuestro debía formar parte de la misma.Recuerdo que me explicó el método utilizado para convencer a los demás socios europeos, que fue definido como «el Confesionario», y que consistía en citarlos uno a uno para convercerlos de su tesis y de ahí que, en gran parte, gracias a su conocida astucia y habilidad, nuestra solicitud fue aprobada en el tiempo justo.
Precisamente unos días antes de esa decisiva actuación de Andreotti en Bruselas, vino a Roma el ministro de Asuntos Exteriores Fernando Morán para entrevistarse con él. En aquellos dias, los atentados de ETA se sucedían continuamente y en la propia Embajada teníamos información de que también harían algo en Roma. El azar quiso que Morán llegase en un día en que el cielo de Roma estaba plomizo y con amenaza de tormenta. Recuerdo que estaban los dos ministros enzarzados en una apasionante conversación, cuando el ruido espantoso de un trueno hizo casi temblar las paredes de la Embajada, ante el susto evidente de Morán y mío. Sin embargo, Andreotti, sin perder la calma, dijo: «No se preocupen, se trata únicamente del terrorismo della natura ».
Pero lo curioso del caso es que combinaba este humor sosegado, propio de una vida sin sobresaltos, con sus continuos viajes y con una admirable capacidad de trabajo. Todos los días, a las seis de la mañana ya estaba en pie para escribir su diario, un artículo semanal en una revista, sus varios libros, sus discursos, y para recibir también la visita de sus electores que acudían siempre para pedirle favores o actuaciones. Muchas veces me citó a las ocho de la mañana para despachar conmigo o para saludar a algún político español, como Marcelino Oreja, que se admiraba de que a esa hora se trabajase ya en la política italiana. Es más, tenía tiempo de ir también a misa, acompañado de sus escoltas, por lo que una vez me dijo que desde hacía muchos años, siempre que iba a misa tenía detrás a la policia, añadiendo: «Creo que he obligado a oir más misas a mis escoltas, que las que habían oido antes en todas sus vidas, por lo que espero que se me compense este apostolado en la otra vida »..
En otro almuerzo con él, durante el semestre decisivo para nuestra entrada en el Mercado Común, le comenté que en las interminables sesiones nocturnas que precedieron al acuerdo de nuestra entrada, fue él quien tuvo el mayor aguante y me respondió: «Mi secreto es que de vez en cuando me tomaba un terrón de azucar » . Otro día, en una cena en la Embajada británica, cuando acababa de llegar de uno de sus múltiples periplos por todo el mundo, teniendo ya programados otros viajes inmediatos, no pude contenerme y le expresé mi admiración por su enorme resistencia, ya que era durísima la vida de ministro de Asuntos Exteriores. Su respuesta fue fulminante: «Embajador, tenga en cuenta que hay oficios mucho peores ».
Podría contar otras muchas anécdotas que presencié personalmente, y citar un gran número de sus frases lapidarias, algunas de las cuales se reproducen en la película que se proyecta ahora en Madrid. Pero me limitaré a una más, que me hizo reír, al comentarle que había tenido que ir al dentista, y que ante mi asombro y temor, el doctor mientras me limaba una caries con el torno, me preguntó si me gustaba la ópera. Como no podía hablar asentí moviendo la cabeza, pero aunque me gusta mucho il bel canto, lo mismo hubiera hecho en esos momentos si me hubiese inquirido si me gustaba el aceite de ricino italiano. Tras mi forzada afirmación, el galeno entonó, con fuerte voz, un aria de una opera conocida. Andreotti me escuchó esbozando una sonrisa y exclamó: « Todos somos iguales ante el dentista, pero no todos los dentistas son iguales ».
Ahora acaba de cumplir 90 años y aspira a llegar a los 100, porque, de una forma u otra, sigue sin desgastarse en el sentido que explicó. Se ha dicho que podría ser nieto de Maquiavelo, sobrino de los Borgia y hermano de Richelieu, Sea lo que fuere, Montanelli escribió que unos dicen que es «un hombre capaz para todo», otros «que es capaz de todo» y algunos «que es capaz para todo y que puede llegar a ser capaz de todo». En cualquier caso, en las tres versiones se reconoce siempre que es «capaz».
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>Jörg Haider: un cadáver político extraordinario
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Por Slavenka Drakulic, escritora croata y autora de No matarían ni una mosca. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 24/10/08): El político austriaco de extrema derecha -y el populista más famoso de Europa- Jörg Haider murió a los 58 años, en un accidente al estilo hollywoodiense de James Dean, en la madrugada del sábado 11 de octubre. Iba solo en su coche y trataba de adelantar a otro cuando perdió el control y se salió de la carretera cerca de su amada ciudad de Klagenfurt. Iba a 140 kilómetros por hora en un lugar en el que sólo estaba permitido ir a 70 y bebido, pero la verdad es que Haider estuvo toda su vida sobrepasando límites. Por lo menos, murió satisfecho de sí mismo y, una vez más, convertido en el centro de la atención política. En las recientes elecciones en Austria, su partido, BZÖ (Alianza para el Futuro de Austria), creado mediante una escisión en 2005, obtuvo un increíble 11% de los votos. Junto con su partido original, FPÖ (Partido de la Libertad de Austria), que tuvo el 18%, la extrema derecha austriaca alcanzó su mejor resultado de la historia, con casi el 30%. En comparación, los dos grandes partidos sufrieron un fuerte descenso. El Partido Socialdemócrata de Austria (SPÖ), de centro-izquierda, descendió a casi el 30%, y el Partido Popular de Austria (ÖVP), de centro-derecha, tuvo resultados incluso peores, con el 25,6%. Haider había trabajado mucho y durante mucho tiempo para lograrlo, pero a su manera, empleando su carisma y la retórica populista pronazi por la que era tristemente famoso. Había captado la atención de todo el mundo cuando su partido estuvo a punto de entrar en la coalición de Gobierno, en el año 2000. Le llamaban el rey de Carinthia, después de haber gobernado esa provincia meridional en varias ocasiones a lo largo de más de 20 años. Pero, al mismo tiempo, se podía decir que era una especie de estrella pop, un actor de teatro, un artista. Siempre bronceado y musculoso, con una sonrisa constante en el rostro, hablaba con todos y estaba en todas partes; daba la sensación de que tenía la facultad mágica de estar en muchos lugares al mismo tiempo. Amaba el escenario, cualquier escenario, le daba igual que fuera un acontecimiento deportivo, una discoteca, una fiesta de la cerveza, un estudio de televisión o una tribuna política. En un baile de disfraces se vestía de payaso o, normalmente, de la imagen que tenía de sí mismo, Robin Hood. En realidad, su comportamiento tenía más que ver con la tradición vienesa de la opereta que con los medios de comunicación modernos. Tenía tal talento natural como actor que se podría pensar que quizá Haider se equivocó de profesión. Pero no; Jörg Haider deseaba el poder a toda costa. Si la retórica nazi le era útil, la empleaba. Elogiaba a los soldados de las SS, a los que calificaba de hombres respetables, y a Hitler por su política de empleo. Lanzaba diatribas contra los inmigrantes y contra la Unión Europea, al mismo tiempo que se definía como “un patriota austriaco”. Sabía manipular el miedo de sus conciudadanos y les decía lo que querían oír, como que tenían derecho a ser sus propios dueños en su propio país (¿les suena?). También prometía puestos de trabajo, dinero, la protección de “las tradiciones austriacas” y lo que fuera. ¿Por qué no iba a hacerlo? Haider era un oportunista, capaz de prometer una cosa hoy y otra distinta mañana. Cuando Austria recibió una serie de advertencias si se permitía que Haider entrara a formar parte de la coalición de Gobierno (después de que hubiera obtenido el 27% de los votos), él empezó a suavizarse poco a poco. Y en las últimas elecciones, este otoño, empleó una retórica más social que ideológica. Hay que preguntarse: ¿quién y por qué podía votar a una persona y un partido así? La respuesta es que a los austriacos les sedujeron las palabras de Haider. Sin embargo, sus fieles partidarios no habrían podido elevar a Haider por sí solos a las alturas políticas que alcanzó. Fueron, más bien, los votantes hartos de los dos partidos grandes, inmóviles y burocráticos que, como dos dinosaurios, han dominado la política austriaca desde 1945. Es decir, la razón del éxito de los partidos de extrema derecha es la frustración de los votantes con la inmovilidad política. La Austria actual ya no es un país que venere las ideas nazis, pero a los austriacos, como a muchos otros, les preocupan la inmigración, la globalización y la ampliación de la UE, y eso ofrece una oportunidad a los líderes populistas. Tras su funeral -al que asistieron alrededor de 30.000 personas- hay que preocuparse ahora por su legado. Antes de su muerte, hizo las paces con el nuevo líder del FPÖ, el joven (38 años) Heinz-Christian Strache. Esto es importante, porque el interés común de toda la extrema derecha era y es impedir la gran coalición. Los dos partidos ultraderechistas controlan juntos casi un tercio del Parlamento y son una fuerza a la que hay que tener en cuenta. La crisis financiera va a alimentar aún más los miedos de la gente corriente, y eso quizá podría constituir un terreno fértil para una política del estilo de la de Haider. No hay que olvidar que, al margen de que fuera serio o no en su radicalismo de derechas, sus ideas contribuyeron enormemente a cultivar su variante de populismo en Europa, tanto en Occidente como en el Este. En ese sentido, Haider es un cadáver político extraordinario.
El espíritu de Bill Buckley
A pesar de la situación de emergencia creada por el ciclón tropical «Gustav» en EE.UU., la convención republicana se reúne en estos días para nombrar oficialmente a John McCain candidato a la Casa Blanca. El lanzamiento de la candidatura es también una ocasión para preguntarse por la identidad y los valores de la formación política heredera de Abraham Lincoln tras la controvertida presidencia de George W. Bush. Una manera de hacerlo es recordar a William F. Buckley Jr., el gran intelectual norteamericano desaparecido hace unos meses, la figura más valorada por los votantes republicanos después de Ronald Reagan. Sin embargo, no es una persona muy conocida en España, tal vez porque casi nunca quiso ocupar un cargo público y se dedicó por completo a la batalla de las ideas dentro de Estados Unidos. Su trabajo como periodista y escritor estuvo dedicado nada menos que a transformar con éxito el pensamiento político de su tiempo. Henry Kissinger lo ha descrito como el «Moisés» que hizo posible la llegada de los suyos a la tierra elegida. Tuve la suerte de conocerlo en 1990 en Nueva York gracias a la amistad entre nuestras familias y me impresionó por su vitalidad, sentido del humor y fabuloso estilo de vida. Por entonces ya se había convertido en una celebridad. Su leyenda agrupaba elementos tan diversos como su influencia sobre el ideario de los republicanos, sus viajes a vela por todo el mundo, su cuidado y original uso del lenguaje y su intensa vida social.
La carrera de este escritor brillante, polifacético, polémico e independiente, está ligada a su revista National Review, que fundó en 1955 con tan sólo 29 años. En esa época Bill Buckley era un joven republicano, crítico con la deriva del presidente Eisenhower hacia el intervencionismo económico y preocupado por la naturalidad con la que el establishment republicano había abandonado el mundo de la cultura y del pensamiento en manos de los intelectuales demócratas, con frecuencia abiertos a la influencia de la izquierda europea. Pero Bill Buckley estaba igualmente lejos de algunos representantes de la derecha norteamericana, racistas, extremistas o tentados por el aislacionismo en cuestiones internacionales. Por educación y familia, unía en su persona la tradición del catolicismo irlandés, la desconfianza hacia el Estado como solución para todo, un decidido anti-comunismo, una cultura cosmopolita, adquirida desde muy joven, y una obsesión por la claridad del lenguaje. Su padre y su abuelo habían sido exitosos empresarios y abogados en la industria del petróleo de Texas. Bill, el sexto de diez hermanos, demostró desde muy pequeño un talento innato para el debate. Antes de abrazar el periodismo, fue oficial en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, trabajó un año para la CIA en México y estudió en la universidad de Yale -su primer libro fue una crítica de la corrección política en sus aulas-.
A mediados de los cincuenta, Bill Buckley atrajo a la redacción de su revista a personalidades excluidas del movimiento republicano por ser judíos, ex comunistas o ex troskistas. Políticos como Barry Goldwater o su protegido Ronald Reagan -originalmente miembro del Partido Demócrata- encontraron en la nueva publicación inspiración, provocación intelectual y contenidos novedosos. El columnista del New York Times, David Brooks, relata cómo siendo estudiante en la Universidad de Chicago publicó una sátira feroz sobre Bill Buckley, justo antes de una conferencia del periodista en dicha ciudad. Al terminar la conferencia, Buckley añadió: «Y si está un tal David Brooks entre el público, me gustaría ofrecerle trabajo en mi revista». Ese día comenzó una larga colaboración entre ambos. En la redacción, lo importante eran la solidez de las ideas, la explicación racional de las propuestas políticas y la confrontación intelectual con los demócratas y no pocas veces con los propios republicanos. Bill Buckley supo aprovechar la irrupción de la televisión en la política y en 1966 creó el programa de debate Firing Line, produciendo a lo largo de treinta años los primeros debates políticos televisivos con altura intelectual e interés para el gran público. Sus intervenciones y las de sus invitados solían ser largas y sesudas, pero nunca aburridas.
Tal vez su característica más admirable fue una increíble capacidad de amistad con todo tipo de personas. Es bien conocida su estrecha relación con John K. Galbraith, con el que no podía estar más en desacuerdo en cuestiones económicas -ambos rivalizaban año tras año por conseguir el mejor espacio para sus libros en la librería de Gstaad-. Bill Buckley solía celebrar en su casa semanalmente cenas en las que juntaba a amigos y conocidos para debatir los temas de actualidad, en las que nunca daba prioridad a la política frente a la literatura, la filosofía o la historia. Participé en alguna de estas veladas y pude comprobar cómo se discutía vivamente en torno a la mesa sin aceptar los dogmatismos de ningún tipo, ni siquiera los propios del mundo republicano.
Por otro lado, Bill Buckley fue un trabajador infatigable. Además de editar National Review, publicar una columna semanal sindicada en trescientos periódicos y participar en numerosos debates televisivos, escribía un libro al año, siempre desde su refugio alpino, navegaba alrededor del mundo a vela por etapas y tocaba muy bien el clavicordio. Para poder explorar esa parte de la realidad que sólo se conoce a través de la literatura, dio a luz con gran éxito a una docena de novelas de espías, en torno a episodios de la Guerra Fría sobre los que ofrecía una mirada distinta.
La llegada al poder de Ronald Reagan en 1979 supuso la puesta en práctica de buena parte del pensamiento de Bill Buckley, que había defendido la lucha contra el comunismo hasta producir su agotamiento económico, a la vez que formulaba un tipo de conservadurismo compasivo no muy distinto de las prácticas de los old tories ingleses, capaz de hacer compatible la sensibilidad social con la liberalización de la economía norteamericana. El presidente Reagan se benefició de la naturalidad con la que Bill Buckley había agrupado desde sus inicios dos tipos de conservadurismo bien distintos y con ciertas incompatibilidades filosóficas, el de tipo económico y el basado en una visión moral. A pesar de las contradicciones entre libertarios y conservadores clásicos, el antiguo gobernador de California supo apoyarse en ambos grupos. El doble mandato del Ronald Reagan y su rotundo triunfo en la Guerra Fría facilitó la expansión de las ideas conservadoras, que influyen hoy en todo el espectro político norteamericano.
Al final de su vida Bill Buckley hizo gala una vez más de independencia y fue crítico con la falta de realismo de George W. Bush respecto de Irak. En el fondo, los neo-conservadores, que se decían sus hijos y le rendían tributo, se han apartado de su inclinación moderada a la hora de defender valores sustantivos y conformar mayorías sociales.
El legado de Bill Buckely se agranda a medida que se hace más necesario dotar de nuevo contenido utópico y politizar el discurso público a ambos lados del Atlántico. Como ha sugerido hace poco Tony Judt, en estos primeros años del siglo XXI damos mucha más importancia al olvido que al recuerdo real de la historia. Estaríamos atravesando una época insulsa, que documenta los numerosos errores cometidos durante el siglo XX, pero que no aprende ni interioriza sus lecciones. El final del segundo mandato de George W. Bush simboliza este desconcierto e incapacidad de entender tendencias, contextos y conflictos. Es urgente volver a pensar en nuestro tiempo sobre el uso de la fuerza, el papel del Estado, la política y el mercado. No estaría nada mal tomar como referencia, también en España, el espíritu de Bill Buckley y su combinación de atractivo personal y de ideas. Uno de los autores que más admiraba, Edmund Burke, resume en sus famosas «Reflexiones sobre la revolución en Francia» esta manera más ilustrada de ver el mundo: «Nuestra paciencia conseguirá mucho más que nuestra fuerza… debemos compensar, equilibrar, reconciliar, ser capaces de unir en un conjunto armónico las anomalías
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