>Contra el hambre, internet
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Por Francesc Reguant, economista (EL PERIÓDICO, 09/11/08): El 16 de octubre se celebró el Día Mundial de la Alimentación. La lucha contra la plaga de la desnutrición ha contado con un largo periodo de progresos moderados, pero sostenidos. Ello no obstante, tras los espectaculares incrementos de precios de los alimentos básicos, este año se ha invertido la tendencia. Se ha producido un fuerte retroceso que nos ha situado de golpe años atrás. Según la FAO, en la actualidad son 923 millones las personas que pasan hambre en el mundo, 75 millones más que hace un año. Este retroceso evidencia la existencia de nuevas variables que dan al traste con el conformismo actual. ¿Qué hacer? Las estadísticas nos dicen algo que todos ya sabemos, que la clave de la lucha contra el hambre es el desarrollo económico y ello quiere decir formación, tecnología, infraestructuras, equipos, maquinaria. Desnutrición y subdesarrollo se retroalimentan y para romper la cadena hay que actuar sobre el eslabón del crecimiento económico. A pesar de ello, buena parte de los fondos en la lucha contra el hambre se destinan a actuaciones asistenciales; solo una parte se dirige a mejoras estructurales que modifiquen la capacidad de desarrollo del país asistido. Pero la asistencia es imprescindible. No por razones estratégicas podemos dejar de atender lo inmediato. Es más, cuando la necesidad es perentoria, lo inmediato no admite demoras ni semántica sobre prioridades.
Años atrás, voces ilustres advertían de los riesgos de la sociedad dual, la conectada y la no conectada a las redes telemáticas (autopistas de la información). Hoy se está viendo que las TIC están siendo la puerta para integrar dos mundos reales, el conectado al bienestar y el desconectado de este bienestar.
¿CUÁL ES LA puerta que abre internet para lograr este objetivo? La respuesta es el conocimiento, que internet pone a disposición de toda la humanidad a un coste, en términos relativos, muy reducido. Hoy, teóricamente, cualquier habitante del planeta puede tener acceso con cierta facilidad, vía Internet, a la información de una biblioteca con más información que cualquier otra biblioteca del mundo 15 años atrás. Este acceso, a pesar de las múltiples barreras culturales y económicas que efectivamente existen, está provocando una dinámica de contagio del conocimiento en forma de mancha de aceite. Internet se ha convertido en la más importante herramienta de intercambio cultural, de comparación, de diálogo y de información de la humanidad. Se trata de un gigantesco club de usuarios donde todos son maestros y todos, a su vez, alumnos.
Por otra parte, internet abre las puertas al intercambio de servicios. Es el llamado offshoring o outsourcing internacionales o, dicho en otras palabras, la deslocalización digital. Las relaciones comerciales entre centro y periferia son casi tan viejas como la humanidad. El comercio de mercancías ha sido la base del intercambio económico entre la metrópoli y las colonias, entre países desarrollados y el llamado tercer mundo. Sin embargo, es una relación que con excesiva facilidad pasa a ser desigual. Por el contrario, el intercambio de servicios vía internet crea relaciones casi anónimamente más igualitarias y, por tanto, favorables al desarrollo de los países de la periferia. Un ciudadano de Nueva Delhi, por ejemplo, puede competir con un profesional cualificado de Los Ángeles con unas infraestructuras mínimas de comunicación, un ordenador y conocimiento. No importa que el interlocutor esté a 9.000 kilómetros de distancia o en el despacho de al lado, el coste es parecido, solo importa el conocimiento. Hoy es Nueva Delhi, pronto puede ser Luanda. Tal como dice Thomas Friedman, la subcontratación exterior no es solo cosa de traidores, también lo es de idealistas.
DE HECHO, garantizar el acceso económicamente accesible a las redes telemáticas de información y comunicación es la herramienta más eficaz en términos coste-beneficio para el desarrollo autosostenido. Algo que organizaciones como la Bill and Melinda Gates Foundation deberían considerar, dada precisamente su proximidad cultural con esta herramienta tecnológica.
En otro sentido, para nuestro país, esta nueva realidad es la puerta a nuevos retos e incertidumbres. Nos acercamos a un mundo distinto, multipolar, más desarrollado y, por lo tanto, más apretado. Ello requerirá muchos reajustes, no siempre fáciles. En cualquier caso, en un mundo sin fronteras, encerrarse en un imaginario castillo local es una ilusión que puede salir muy cara dentro de unos años.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
Solidaridad en tiempos de crisis
>Solidaridad en tiempos de crisis
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Las lecciones de los pobres
Cuando murió su padre, Aquilino Flores tenía 12 años y sabía que su tierra, Huancavelica, uno de los departamentos más pobres de la sierra peruana, no le depararía más futuro que la inseguridad y el hambre en que había vivido desde que nació.
Entonces, como millares de sus comprovincianos, emigró a Lima. Allí empezó a ganarse la vida lavando autos en los alrededores del Mercado Central. Era un muchacho simpático y trabajador y, un día, el dueño de uno de los carros que lavaba, le propuso que le vendiera algunos de los polos que fabricaba en su taller informal. Le dio 20 y le dijo que se tomara todo el tiempo que le hiciera falta. Pero Aquilino vendió las 20 camisetas en un solo día. De este modo, antes de haber alcanzado la adolescencia, pasó de lavador de autos a vendedor ambulante de ropa en el centro de la Lima colonial.
No tenía casi instrucción pero era empeñoso, inteligente y con una intuición casi milagrosa para identificar los gustos del público consumidor. Un día le preguntó a su proveedor de polos si se los podía confeccionar con figuritas de colores, que eran los preferidos de sus clientes. Y como aquél no fabricaba ropas estampadas, Aquilino subcontrató a un tintorero informal para que añadiera adornos e imágenes a las camisetas que vendía. A veces, él mismo le sugería los diseños y colores.
Como el negocio funcionaba bien, Aquilino se trajo de Huancavelica a sus hermanos Manuel, Carlos, Marcos y Armando y los puso a trabajar con él. De vendedores ambulantes pasaron luego a ser comerciantes estables en el Mercado Central. Para conseguir los mejores sitios del local, estaban allí a las cuatro y media de la madrugada y no se movían de sus mostradores hasta el anochecer.
De intermediarios y vendedores, se convirtieron después en productores. Comenzaron con una máquina de coser en un garaje, luego otra, otra y muchas más.
El gran salto del negocio artesanal de Aquilino Flores comenzó el día en que un comerciante de Desaguadero, la ciudad fronteriza entre Perú y Bolivia y paraíso del contrabando y la economía informal, le hizo un pedido de ¡10.000 dólares de camisetas con dibujitos de colores! Aquilino tuvo una especie de vértigo. Pero él nunca le había escurrido el bulto a un desafío y aceptó el reto. De inmediato, subcontrató a todos los talleres de confección del barrio y trabajando a marchas forzadas llegó a entregar los 10.000 dólares de polos en los plazos prometidos. Desde entonces, la familia Flores se dedicó, además de vender, a producir ropas para los peruanos de bajos ingresos y a distribuir sus mercancías ya no sólo en Lima sino por provincias y a exportarlas al extranjero.
Cuarenta años después de su llegada a Lima con una mano atrás y otra adelante el ex lavador de autos y ex vendedor callejero es el dueño de Topitop, el más importante empresario textil del Perú, que tiene ventas anuales de más de 100 millones de dólares y que da empleo directo a unas 5.000 personas (dos tercios de ellas mujeres) e indirecto a unas 30.000. Cuenta con 35 almacenes en el Perú, tres en Venezuela, varias fábricas y un próspero sistema de tarjetas de crédito para el consumo en sociedad con un banco local. Sigue siendo un hombre sencillo, orgulloso de sus orígenes humildes, que trabaja siempre unas 12 horas diarias y los siete días de la semana. Sus hijos, a diferencia suya, han estudiado en las mejores universidades y contribuido como profesionales a la formalización y modernización de sus empresas, un modelo en su género y no sólo en el Perú.
Tomo todos estos datos sobre Aquilino Flores y Topitop de un penetrante estudio del economista Daniel Córdova y un equipo de colaboradores que aparece en un libro recién publicado en los Estados Unidos: Lessons from the Poor (Lecciones de los pobres), editado por Álvaro Vargas Llosa para The Independent Institute, una fundación que promueve la cultura liberal. En él se estudian cuatro casos de empresas y los clubes de trueque que surgieron en Argentina durante la crisis financiera del año 2001-2002. Las empresas, dos de América Latina y dos de África, que, como las de los Flores, nacieron sin capital alguno, por iniciativa de gentes muy humildes y de educación precaria, y que, a base de esfuerzo, perseverancia, intuición y astuto aprovechamiento de las condiciones del mercado, consiguieron crecer hasta convertirse en poderosos conglomerados que hoy operan en el mundo entero dando empleo a decenas de miles de familias y contribuyen así al progreso de sus países. Es un libro estimulante y práctico que muestra, con pruebas palpables, que la pobreza es derrotable para quienes tienen ojos para ver y conciencia para aprender de los buenos ejemplos.
Lo extraordinario de estas cinco historias es que todas estas empresas salieron adelante a pesar de operar en unos contextos sociales y políticos hostiles al mercado libre y a la empresa privada, envenenados de populismo, intervencionismo estatal y corrupción, donde la propiedad privada era atropellada con frecuencia y las reglas de juego de la vida económica cambiaban todo el tiempo según el capricho de unos gobiernos demagógicos e ineptos.
Lo que muestra esta investigación es que la necesidad y la voluntad de vivir de los pobres son capaces a veces de superar todos los obstáculos que, en los países del tercer mundo, levantan contra la iniciativa individual y la libertad el estatismo, el nacionalismo económico, el colectivismo y otras ideologías anti-mercado. Y que la falta de capital y de formación profesional pueden en casos extremos ser compensadas por la experiencia práctica y el esfuerzo. Si los Flores y los Añaños en el Perú, si la cadena de supermercados Nakamatt en Kenia y las empresas de diseño industrial Adire de Nigeria -los cuatro casos investigados en el libro- alcanzaron, pese a tantos escollos y dificultades que encontraron, la prosperidad de que ahora gozan, no es difícil imaginar lo que ocurriría si los pobres del tercer mundo pudieran trabajar en un contexto propicio, que alentara el espíritu empresarial en vez de asfixiarlo con el reglamentarismo y la tributación confiscatoria y, en vez de inseguridad jurídica, sus comerciantes, artesanos e industriales contaran con reglas de juego estables, claras y equitativas.
Otra de las enseñanzas de esta investigación es que la mejor ayuda que pueden prestar los países desarrollados y los organismos financieros internacionales para combatir la pobreza y el subdesarrollo no son las dádivas ni los subsidios que, en contra de los generosos propósitos que los animan, sirven para embotar la iniciativa y crear actitudes pasivas, de dependencia y parasitismo, y estimular la corrupción, sino crear las condiciones de libertad y competencia que permitan a los pobres trabajar y valerse de sus propios medios para mejorar sus condiciones de vida y progresar. Abrir los mercados que ahora tienen cerrados a los productos que proceden de los países subdesarrollados es, según todos los economistas que escriben en Lessons from the poor, la mejor ayuda posible que los países ricos pueden dar para impulsar el desarrollo en África y América Latina, las dos regiones más atrasadas del mundo, pues en Asia, con excepción de satrapías como Myanmar, ya parece haber despegado.
Los pobres saben mejor que nadie, porque lo han aprendido en carne propia, que no son los Estados ineficientes del tercer mundo, paralizados por el cáncer de la burocracia y roídos por la ineficiencia, los tráficos delictuosos, el amiguismo y otras taras, quienes los sacarán de la pobreza. Saben, como Aquilino Flores cuando se rompía los lomos lavando autos o trotando por las calles de Lima vendiendo camisetas, que su supervivencia dependía sólo de su ingenio, su trabajo y su voluntad de superación. Esa energía puede mover montañas, a condición de que no se agote y esterilice luchando contra artificiales obstáculos que vienen siempre de la intromisión estatal. Los héroes civiles cuyas hazañas describen los estudios de este libro son un ejemplo vivo de que la pobreza en la que viven cientos de millones de personas todavía en el mundo no es una fatalidad irredimible sino un mal que puede ser combatido y vencido con unas armas cuya divisa cabe en cuatro palabras: trabajo, propiedad privada, mercado y libertad.
>Las lecciones de los pobres
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Cuando murió su padre, Aquilino Flores tenía 12 años y sabía que su tierra, Huancavelica, uno de los departamentos más pobres de la sierra peruana, no le depararía más futuro que la inseguridad y el hambre en que había vivido desde que nació.
Entonces, como millares de sus comprovincianos, emigró a Lima. Allí empezó a ganarse la vida lavando autos en los alrededores del Mercado Central. Era un muchacho simpático y trabajador y, un día, el dueño de uno de los carros que lavaba, le propuso que le vendiera algunos de los polos que fabricaba en su taller informal. Le dio 20 y le dijo que se tomara todo el tiempo que le hiciera falta. Pero Aquilino vendió las 20 camisetas en un solo día. De este modo, antes de haber alcanzado la adolescencia, pasó de lavador de autos a vendedor ambulante de ropa en el centro de la Lima colonial.
No tenía casi instrucción pero era empeñoso, inteligente y con una intuición casi milagrosa para identificar los gustos del público consumidor. Un día le preguntó a su proveedor de polos si se los podía confeccionar con figuritas de colores, que eran los preferidos de sus clientes. Y como aquél no fabricaba ropas estampadas, Aquilino subcontrató a un tintorero informal para que añadiera adornos e imágenes a las camisetas que vendía. A veces, él mismo le sugería los diseños y colores.
Como el negocio funcionaba bien, Aquilino se trajo de Huancavelica a sus hermanos Manuel, Carlos, Marcos y Armando y los puso a trabajar con él. De vendedores ambulantes pasaron luego a ser comerciantes estables en el Mercado Central. Para conseguir los mejores sitios del local, estaban allí a las cuatro y media de la madrugada y no se movían de sus mostradores hasta el anochecer.
De intermediarios y vendedores, se convirtieron después en productores. Comenzaron con una máquina de coser en un garaje, luego otra, otra y muchas más.
El gran salto del negocio artesanal de Aquilino Flores comenzó el día en que un comerciante de Desaguadero, la ciudad fronteriza entre Perú y Bolivia y paraíso del contrabando y la economía informal, le hizo un pedido de ¡10.000 dólares de camisetas con dibujitos de colores! Aquilino tuvo una especie de vértigo. Pero él nunca le había escurrido el bulto a un desafío y aceptó el reto. De inmediato, subcontrató a todos los talleres de confección del barrio y trabajando a marchas forzadas llegó a entregar los 10.000 dólares de polos en los plazos prometidos. Desde entonces, la familia Flores se dedicó, además de vender, a producir ropas para los peruanos de bajos ingresos y a distribuir sus mercancías ya no sólo en Lima sino por provincias y a exportarlas al extranjero.
Cuarenta años después de su llegada a Lima con una mano atrás y otra adelante el ex lavador de autos y ex vendedor callejero es el dueño de Topitop, el más importante empresario textil del Perú, que tiene ventas anuales de más de 100 millones de dólares y que da empleo directo a unas 5.000 personas (dos tercios de ellas mujeres) e indirecto a unas 30.000. Cuenta con 35 almacenes en el Perú, tres en Venezuela, varias fábricas y un próspero sistema de tarjetas de crédito para el consumo en sociedad con un banco local. Sigue siendo un hombre sencillo, orgulloso de sus orígenes humildes, que trabaja siempre unas 12 horas diarias y los siete días de la semana. Sus hijos, a diferencia suya, han estudiado en las mejores universidades y contribuido como profesionales a la formalización y modernización de sus empresas, un modelo en su género y no sólo en el Perú.
Tomo todos estos datos sobre Aquilino Flores y Topitop de un penetrante estudio del economista Daniel Córdova y un equipo de colaboradores que aparece en un libro recién publicado en los Estados Unidos: Lessons from the Poor (Lecciones de los pobres), editado por Álvaro Vargas Llosa para The Independent Institute, una fundación que promueve la cultura liberal. En él se estudian cuatro casos de empresas y los clubes de trueque que surgieron en Argentina durante la crisis financiera del año 2001-2002. Las empresas, dos de América Latina y dos de África, que, como las de los Flores, nacieron sin capital alguno, por iniciativa de gentes muy humildes y de educación precaria, y que, a base de esfuerzo, perseverancia, intuición y astuto aprovechamiento de las condiciones del mercado, consiguieron crecer hasta convertirse en poderosos conglomerados que hoy operan en el mundo entero dando empleo a decenas de miles de familias y contribuyen así al progreso de sus países. Es un libro estimulante y práctico que muestra, con pruebas palpables, que la pobreza es derrotable para quienes tienen ojos para ver y conciencia para aprender de los buenos ejemplos.
Lo extraordinario de estas cinco historias es que todas estas empresas salieron adelante a pesar de operar en unos contextos sociales y políticos hostiles al mercado libre y a la empresa privada, envenenados de populismo, intervencionismo estatal y corrupción, donde la propiedad privada era atropellada con frecuencia y las reglas de juego de la vida económica cambiaban todo el tiempo según el capricho de unos gobiernos demagógicos e ineptos.
Lo que muestra esta investigación es que la necesidad y la voluntad de vivir de los pobres son capaces a veces de superar todos los obstáculos que, en los países del tercer mundo, levantan contra la iniciativa individual y la libertad el estatismo, el nacionalismo económico, el colectivismo y otras ideologías anti-mercado. Y que la falta de capital y de formación profesional pueden en casos extremos ser compensadas por la experiencia práctica y el esfuerzo. Si los Flores y los Añaños en el Perú, si la cadena de supermercados Nakamatt en Kenia y las empresas de diseño industrial Adire de Nigeria -los cuatro casos investigados en el libro- alcanzaron, pese a tantos escollos y dificultades que encontraron, la prosperidad de que ahora gozan, no es difícil imaginar lo que ocurriría si los pobres del tercer mundo pudieran trabajar en un contexto propicio, que alentara el espíritu empresarial en vez de asfixiarlo con el reglamentarismo y la tributación confiscatoria y, en vez de inseguridad jurídica, sus comerciantes, artesanos e industriales contaran con reglas de juego estables, claras y equitativas.
Otra de las enseñanzas de esta investigación es que la mejor ayuda que pueden prestar los países desarrollados y los organismos financieros internacionales para combatir la pobreza y el subdesarrollo no son las dádivas ni los subsidios que, en contra de los generosos propósitos que los animan, sirven para embotar la iniciativa y crear actitudes pasivas, de dependencia y parasitismo, y estimular la corrupción, sino crear las condiciones de libertad y competencia que permitan a los pobres trabajar y valerse de sus propios medios para mejorar sus condiciones de vida y progresar. Abrir los mercados que ahora tienen cerrados a los productos que proceden de los países subdesarrollados es, según todos los economistas que escriben en Lessons from the poor, la mejor ayuda posible que los países ricos pueden dar para impulsar el desarrollo en África y América Latina, las dos regiones más atrasadas del mundo, pues en Asia, con excepción de satrapías como Myanmar, ya parece haber despegado.
Los pobres saben mejor que nadie, porque lo han aprendido en carne propia, que no son los Estados ineficientes del tercer mundo, paralizados por el cáncer de la burocracia y roídos por la ineficiencia, los tráficos delictuosos, el amiguismo y otras taras, quienes los sacarán de la pobreza. Saben, como Aquilino Flores cuando se rompía los lomos lavando autos o trotando por las calles de Lima vendiendo camisetas, que su supervivencia dependía sólo de su ingenio, su trabajo y su voluntad de superación. Esa energía puede mover montañas, a condición de que no se agote y esterilice luchando contra artificiales obstáculos que vienen siempre de la intromisión estatal. Los héroes civiles cuyas hazañas describen los estudios de este libro son un ejemplo vivo de que la pobreza en la que viven cientos de millones de personas todavía en el mundo no es una fatalidad irredimible sino un mal que puede ser combatido y vencido con unas armas cuya divisa cabe en cuatro palabras: trabajo, propiedad privada, mercado y libertad.
>Rx for Global Poverty
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What’s the world’s greatest moral challenge, as judged by its capacity to inflict human tragedy? It is not, I think, global warming, whose effects — if they become as grim as predicted — will occur over many years and provide societies time to adapt. A case can be made for preventing nuclear proliferation, which threatens untold deaths and a collapse of the world economy. But the most urgent present moral challenge, I submit, is the most obvious: global poverty.
There are roughly 6 billion people on the planet; in 2004, perhaps 2.5 billion survived on $2 a day or less, says the World Bank. By 2050, the world may have 3 billion more people; many will be similarly impoverished. What’s baffling and frustrating about extreme poverty is that much of the world has eliminated it. In 1800, almost everyone was desperately poor. But the developed world has essentially abolished starvation, homelessness and material deprivation.
The solution to being poor is getting rich. It’s economic growth. We know this. The mystery is why all societies have not adopted the obvious remedies. Just recently, the 21-member Commission on Growth and Development — including two Nobel-prize winning economists, former prime ministers of South Korea and Peru, and a former president of Mexico — examined the puzzle.
Since 1950, the panel found, 13 economies have grown at an average annual rate of 7 percent for at least 25 years. These were: Botswana, Brazil, China, Hong Kong, Indonesia, Japan, South Korea, Malaysia, Malta, Oman, Singapore, Taiwan and Thailand. Some gains are astonishing. From 1960 to 2005, per capita income in South Korea rose from $1,100 to $13,200. Other societies started from such low levels that even rapid economic growth, combined with larger populations, left sizable poverty. In 2005, Indonesia’s per capita income averaged just $900, up from $200 in 1966.
Still, all these economies had advanced substantially. The panel identified five common elements of success:
· Openness to global trade and, usually, an eagerness to attract foreign investment.
· Political stability and “capable” governments “committed” to economic growth, though not necessarily democracy (China, South Korea and Indonesia all grew with authoritarian regimes).
· High rates of saving and investment, usually at least 25 percent of national income.
· Economic stability, keeping government budgets and inflation under control and avoiding a broad collapse in production.
· A willingness to “let markets allocate resources,” meaning that governments didn’t try to run industry.
Of course, qualifications abound. Some countries succeeded with high inflation rates of 15 to 30 percent. Led by Japan, Asian countries pursued export-led growth with undervalued exchange rates that favored some industries over others. Good government is relative; some fast-growing societies tolerated much corruption. Still, broad lessons are clear.
One is: Globalization works. Countries don’t get rich by staying isolated. Those that embrace trade and foreign investment acquire know-how and technologies, can buy advanced products abroad, and are forced to improve their competitiveness. The transmission of new ideas and products is faster than ever. After its invention, the telegram took 90 years to spread to four-fifths of developing countries; for the cellphone, the comparable diffusion was 16 years.
A second is: Outside benevolence can’t rescue countries from poverty. There is a role for foreign aid, technical assistance and charity in relieving global poverty. But it is a small role. It can improve health, alleviate suffering from natural disasters or wars, and provide some types of skills. But it cannot single-handedly stimulate the policies and habits that foster self-sustaining growth. Japan and China (to cite easy examples) have grown rapidly not because they received foreign aid but because they pursued pro-growth policies and embraced pro-growth values.
The hard question (which the panel ducks) is why all societies haven’t adopted them. One reason is politics; some regimes are more interested in preserving their power and privileges than in promoting growth. But the larger answer, I think, is culture, as Lawrence Harrison of Tufts University argues. Traditional values, social systems or religious views are often hostile to risk-taking, wealth accumulation and economic growth. In his latest book, “The Central Liberal Truth,” Harrison contends that politics can alter culture, but it isn’t easy.
Globalization has moral as well as economic and political dimensions. The United States and other wealthy countries are experiencing an anti-globalization backlash. Americans and others are entitled to defend themselves from economic harm, but many of the allegations against globalization are wildly exaggerated. Today, for example, the biggest drag on the U.S. economy — the housing crisis — is mainly a domestic problem. By making globalization an all-purpose scapegoat for economic complaints, many “progressives” are actually undermining the most powerful force for eradicating global poverty.
Rx for Global Poverty
What’s the world’s greatest moral challenge, as judged by its capacity to inflict human tragedy? It is not, I think, global warming, whose effects — if they become as grim as predicted — will occur over many years and provide societies time to adapt. A case can be made for preventing nuclear proliferation, which threatens untold deaths and a collapse of the world economy. But the most urgent present moral challenge, I submit, is the most obvious: global poverty.
There are roughly 6 billion people on the planet; in 2004, perhaps 2.5 billion survived on $2 a day or less, says the World Bank. By 2050, the world may have 3 billion more people; many will be similarly impoverished. What’s baffling and frustrating about extreme poverty is that much of the world has eliminated it. In 1800, almost everyone was desperately poor. But the developed world has essentially abolished starvation, homelessness and material deprivation.
The solution to being poor is getting rich. It’s economic growth. We know this. The mystery is why all societies have not adopted the obvious remedies. Just recently, the 21-member Commission on Growth and Development — including two Nobel-prize winning economists, former prime ministers of South Korea and Peru, and a former president of Mexico — examined the puzzle.
Since 1950, the panel found, 13 economies have grown at an average annual rate of 7 percent for at least 25 years. These were: Botswana, Brazil, China, Hong Kong, Indonesia, Japan, South Korea, Malaysia, Malta, Oman, Singapore, Taiwan and Thailand. Some gains are astonishing. From 1960 to 2005, per capita income in South Korea rose from $1,100 to $13,200. Other societies started from such low levels that even rapid economic growth, combined with larger populations, left sizable poverty. In 2005, Indonesia’s per capita income averaged just $900, up from $200 in 1966.
Still, all these economies had advanced substantially. The panel identified five common elements of success:
· Openness to global trade and, usually, an eagerness to attract foreign investment.
· Political stability and “capable” governments “committed” to economic growth, though not necessarily democracy (China, South Korea and Indonesia all grew with authoritarian regimes).
· High rates of saving and investment, usually at least 25 percent of national income.
· Economic stability, keeping government budgets and inflation under control and avoiding a broad collapse in production.
· A willingness to “let markets allocate resources,” meaning that governments didn’t try to run industry.
Of course, qualifications abound. Some countries succeeded with high inflation rates of 15 to 30 percent. Led by Japan, Asian countries pursued export-led growth with undervalued exchange rates that favored some industries over others. Good government is relative; some fast-growing societies tolerated much corruption. Still, broad lessons are clear.
One is: Globalization works. Countries don’t get rich by staying isolated. Those that embrace trade and foreign investment acquire know-how and technologies, can buy advanced products abroad, and are forced to improve their competitiveness. The transmission of new ideas and products is faster than ever. After its invention, the telegram took 90 years to spread to four-fifths of developing countries; for the cellphone, the comparable diffusion was 16 years.
A second is: Outside benevolence can’t rescue countries from poverty. There is a role for foreign aid, technical assistance and charity in relieving global poverty. But it is a small role. It can improve health, alleviate suffering from natural disasters or wars, and provide some types of skills. But it cannot single-handedly stimulate the policies and habits that foster self-sustaining growth. Japan and China (to cite easy examples) have grown rapidly not because they received foreign aid but because they pursued pro-growth policies and embraced pro-growth values.
The hard question (which the panel ducks) is why all societies haven’t adopted them. One reason is politics; some regimes are more interested in preserving their power and privileges than in promoting growth. But the larger answer, I think, is culture, as Lawrence Harrison of Tufts University argues. Traditional values, social systems or religious views are often hostile to risk-taking, wealth accumulation and economic growth. In his latest book, “The Central Liberal Truth,” Harrison contends that politics can alter culture, but it isn’t easy.
Globalization has moral as well as economic and political dimensions. The United States and other wealthy countries are experiencing an anti-globalization backlash. Americans and others are entitled to defend themselves from economic harm, but many of the allegations against globalization are wildly exaggerated. Today, for example, the biggest drag on the U.S. economy — the housing crisis — is mainly a domestic problem. By making globalization an all-purpose scapegoat for economic complaints, many “progressives” are actually undermining the most powerful force for eradicating global poverty.
>Lula culpa a los países ricos de "distorsionar" el comercio y causar la crisis alimentaria
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El presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, ha defendido hoy las energías limpias y ha culpado de la crisis de los alimentos a los países más ricos, que, según él, “distorsionan” el comercio mundial e “impiden” el desarrollo de los más pobres.
“Me espanto cuando quieren relacionar el aumento de los alimentos con los biocombustibles”, “cuando no hablan del impacto de la subida del petróleo en el precio de los alimentos” y “cuando no hablan del impacto de los subsidios agrícolas”, ha declarado Lula en la inauguración de la fase ministerial de la XXX Conferencia Regional de la FAO.
“Tampoco hablan de los fertilizantes, vendidos cada vez más caros por las multinacionales de los países más ricos”, ha insistido Lula, quien se ha referido en particular a la crisis alimentaria que ha ocasionado serios problemas en más de treinta países, todos incluidos entre los más pobres del mundo.
“Los países pobres no pueden seguir asumiendo las culpas de los más ricos”, que “aprueban instrumentos como el Protocolo de Kioto y dejan la responsabilidad de cuidar el ambiente en los más pobres”, a los que por evitar la desforestación les ofrecen créditos de emisión de gases de efecto invernadero que luego no pagan, ha dicho el mandatario.
Según el líder brasileño, “los países pobres no son los causantes de los altísimos precios del petróleo” ni quienes “distorsionan” el comercio mundial, pero son las “víctimas” de la crisis alimentara.
“Relegar a los más pobres es un crimen”
Lula ha aprovechado la apertura de la conferencia de la FAO para responder al relator de la ONU, Jean Ziegler, quien sostuvo que el uso de biocombustibles es un “crimen contra la humanidad”, por su supuesta influencia en los precios de los alimentos.
“El verdadero crimen contra la humanidad es relegar a los países pobres a la miseria” y cerrarles la puerta del desarrollo, ha indicado el presidente, cuyo país es uno de los mayores productores de etanol de caña del mundo.
En opinión de Lula, la crisis se debe a los “carísimos precios” del petróleo, que impactan en el transporte y en toda la cadena productiva, a las cosechas afectadas por el cambio climático, a la especulación en los mercados de materias primas y a que “hoy hay más bocas para alimentar, porque los pobres comenzaron a comer”
Según el presidente brasileño, la solución pasa por “producir más y mejor”, pero también por doblar el codo de los países ricos en el pulso que desde hace años se mantiene en la Ronda de Doha. “Europa y Estados Unidos tienen que ceder y quienes tienen que ganar son los pobres”, ha declarado Lula.
En ese marco, ha instado a “acabar con el proteccionismo” agrícola y a adoptar la seguridad alimentaria “como política de Estado global”, porque “las estructuras actuales” del comercio no están hechas para incluir, sino para “relegar a los más pobres a la miseria”.
Lula culpa a los países ricos de "distorsionar" el comercio y causar la crisis alimentaria
El presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, ha defendido hoy las energías limpias y ha culpado de la crisis de los alimentos a los países más ricos, que, según él, “distorsionan” el comercio mundial e “impiden” el desarrollo de los más pobres.
“Me espanto cuando quieren relacionar el aumento de los alimentos con los biocombustibles”, “cuando no hablan del impacto de la subida del petróleo en el precio de los alimentos” y “cuando no hablan del impacto de los subsidios agrícolas”, ha declarado Lula en la inauguración de la fase ministerial de la XXX Conferencia Regional de la FAO.
“Tampoco hablan de los fertilizantes, vendidos cada vez más caros por las multinacionales de los países más ricos”, ha insistido Lula, quien se ha referido en particular a la crisis alimentaria que ha ocasionado serios problemas en más de treinta países, todos incluidos entre los más pobres del mundo.
“Los países pobres no pueden seguir asumiendo las culpas de los más ricos”, que “aprueban instrumentos como el Protocolo de Kioto y dejan la responsabilidad de cuidar el ambiente en los más pobres”, a los que por evitar la desforestación les ofrecen créditos de emisión de gases de efecto invernadero que luego no pagan, ha dicho el mandatario.
Según el líder brasileño, “los países pobres no son los causantes de los altísimos precios del petróleo” ni quienes “distorsionan” el comercio mundial, pero son las “víctimas” de la crisis alimentara.
“Relegar a los más pobres es un crimen”
Lula ha aprovechado la apertura de la conferencia de la FAO para responder al relator de la ONU, Jean Ziegler, quien sostuvo que el uso de biocombustibles es un “crimen contra la humanidad”, por su supuesta influencia en los precios de los alimentos.
“El verdadero crimen contra la humanidad es relegar a los países pobres a la miseria” y cerrarles la puerta del desarrollo, ha indicado el presidente, cuyo país es uno de los mayores productores de etanol de caña del mundo.
En opinión de Lula, la crisis se debe a los “carísimos precios” del petróleo, que impactan en el transporte y en toda la cadena productiva, a las cosechas afectadas por el cambio climático, a la especulación en los mercados de materias primas y a que “hoy hay más bocas para alimentar, porque los pobres comenzaron a comer”
Según el presidente brasileño, la solución pasa por “producir más y mejor”, pero también por doblar el codo de los países ricos en el pulso que desde hace años se mantiene en la Ronda de Doha. “Europa y Estados Unidos tienen que ceder y quienes tienen que ganar son los pobres”, ha declarado Lula.
En ese marco, ha instado a “acabar con el proteccionismo” agrícola y a adoptar la seguridad alimentaria “como política de Estado global”, porque “las estructuras actuales” del comercio no están hechas para incluir, sino para “relegar a los más pobres a la miseria”.
El aumento del precio de los alimentos podría significar una “pérdida de siete años” en la lucha contra la pobreza
La crisis provocada por el aumento del precio de los alimentos podría significar una “pérdida de siete años” en la lucha contra la pobreza en el mundo, afirmó el presidente del Banco Mundial, Robert B. Zoellick.
“Mientras muchos están preocupados por llenar el tanque de nafta, muchos otros en todo el mundo están luchando por llenar sus estómagos, y cada día se hace más difícil”, expresó Zoellick en una conferencia de prensa celebrada en la víspera de las Reuniones de Primavera del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.
Para hacer frente a esta crisis, Zoellick hace el llamado a un “nuevo acuerdo para la política alimentaria mundial”.
Para abordar la “crisis inminente”, instó a los gobiernos a eliminar el déficit alimentario de US$500 millones, según los cálculos del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas.
En el marco del Nuevo acuerdo, el Banco Mundial incrementará a US$800 millones (es decir, en casi el doble) el financiamiento agrícola para la región de África al sur del Sahara durante el próximo año a fin de aumentar considerablemente la productividad de los cultivos. Además, la Corporación Financiera Internacional -la entidad del Grupo del Banco Mundial que se ocupa del desarrollo del sector privado- reactivará sus inversiones en la agroindustria.
Zoellick también propone que los fondos de riqueza de todo el mundo asignen US$30.000 millones -es decir, el 1% de sus activos, que ascienden a US$3 billones- para inversiones destinadas a intensificar “el crecimiento, el desarrollo y las oportunidades” en África. Durante la conferencia de prensa del jueves, Zoellick manifestó que el aumento de los precios de los alimentos también está contribuyendo a la malnutrición, el componente “olvidado” de los objetivos de desarrollo del milenio.
“No se trata solamente de las comidas que no se ingieren por día o el creciente malestar social. El problema es la pérdida de las posibilidades de aprendizaje de los niños y los adultos en el futuro, el retraso del crecimiento intelectual y físico. Más aún, estimamos que el efecto de esta crisis de alimentos en la reducción de la pobreza en el mundo se traduce en la pérdida de siete años. Por eso debemos abordar esta cuestión no sólo como un caso de emergencia, sino también pensando en el desarrollo a mediano plazo.
“Las reuniones como ésta suelen girar en entorno a lo que se dice. Las palabras sirven para centrar la atención, para generar impulso. Pero no podemos conformarnos con estudios, con lo escrito y con lo que se dice. Se trata de reconocer una situación de emergencia cada vez más grave, de actuar y también de aprovechar las oportunidades. El mundo puede hacer esto. Nosotros lo podemos hacer. Podemos concertar un nuevo acuerdo para la política alimentaria mundial”.
Zoellick afirmó que los pobres gastan hasta el 75% de sus ingresos en alimentos. “En apenas dos meses, los precios del arroz se dispararon hasta alcanzar niveles históricos: aumentaron alrededor del 75% en el mundo”, afirmó. En el último año, agregó, el precio del trigo se ha incrementado un 120%. El Banco Mundial estima que en los últimos tres años los precios de los alimentos en general han aumentado un 83%.
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