Multilingüismo y primera lengua
El 15 de mayo se presentó en Barcelona el libro, El plurilingüismo en España, obra colectiva que ha supuesto el estudio en profundidad de los aspectos sociolingüísticos y psicolingüísticos de 18 comunidades españolas (históricas y de nueva migración) y la participación de 22 estudiosos de diversas latitudes del Estado. Esta obra describe, por tanto, una realidad plurilingüe: la España plurilingüe.
El lector se preguntará por qué el libro habla en el título de plurilingüismo y no de multilingüismo. La diferencia no es banal, tal como nos indican sendas entradas en los diccionarios. El prefijo pluri denota pluralidad, se refiere al conjunto de una realidad que es plural. Multi significa algo que está compuesto o tiene muchas partes y pone de relieve cada una de las partes que suman. De ahí que hayamos preferido reservar la palabra multilingüismo para la capacidad de un individuo de dominar dos, tres o más lenguas.
Para alcanzar ese reto, es decir, educar a nuestros niños para que puedan ser multilingües, se debe cumplir una condición sine qua non: que estos niños dominen su primera lengua (L1), porque de nada sirve contar con individuos multilingües si lo son con graves deficiencias de recepción y producción lingüística en su L1 y en las lenguas que han aprendido después.
EL LENGUAJE es una capacidad que nos hace humanos y nos distingue de otras especies, y el dominio de nuestra primera lengua es un derecho humano. Lo es por su propia naturaleza: porque es una capacidad innata; porque es el único sistema de comunicación que es articulado y que está asociado al pensamiento humano, y porque se aprende. Este lenguaje humano, que nos une a todos, se concreta en diferentes lenguas, y el respeto a esas diferencias lingüísticas también nos debería unir, porque nos enriquece como seres humanos y constituye un ejemplo de un derecho a la diferencia que no discrimina al otro.
En este sentido, un Estado que se precie de serlo y tenga voluntad de serlo, en un territorio con una realidad plurinacional, plurilingüística y multicultural como es España, debería proteger los derechos lingüísticos de sus ciudadanos en su primera lengua (catalán, español, gallego y vasco) y debería asegurar que los niños de hasta 5-6 años puedan desarrollar sus capacidades cognitivas y de socialización, al tiempo que aprenden a leer y escribir en su primera lengua, porque esas habilidades, una vez adquiridas y reforzadas en una lengua, sirven para adquirirlas y aprenderlas en otra u otras lenguas.
Eso debería ser así también para los niños de otras comunidades hablantes de otras lenguas de España (asturiano, aranés, aragonés, lengua(s) de signos) y, por supuesto, también para los niños de las comunidades de reciente, y no tan reciente, migración; escolares todos ellos que deberían poder iniciar su andadura académica en su primera lengua (L1) o al menos recibir una instrucción en esa lengua con clases de refuerzo, sobre todo en las edades de pleno desarrollo cognitivo y de socialización.
POR TANTO, la primera misión de un Estado en materia de lengua es asegurar que todos sus ciudadanos dominen esa primera lengua, y en este momento eso quiere decir reforzar las habilidades lingüísticas orales y escritas, con cursos de expresión oral y escritura creativa, integrados en lo que se conoce como enseñanza por contenidos (content-based teaching), porque ese dominio de su L1 será el elemento que facilitará el futuro bilingüismo y multilingüismo.
Pero hay otros mecanismos facilitadores. El Estado –en el caso que nos ocupa, el español– también debería propiciar y planificar la enseñanza y el aprendizaje de todas las lenguas de España en todos los territorios: a) en las zonas bilin- gües, planificando e implementando los objetivos de dominio de dos lenguas al final de una etapa de escolarización, con fórmulas de inmersión lingüística, alternando la enseñanza de los contenidos unos cursos académicos en una lengua y otros, en otra; y b) en las zonas monolingües, aprovechando la riqueza lingüística de España para que sus ciudadanos, además del español, tengan a su disposición los medios y los recursos humanos y científicos necesarios para aprender las lenguas del entorno geográfico más próximo. Y, por supuesto, también introduciendo una lengua extranjera a la edad que los expertos ya saben que es la idónea para hacerlo. Hace ya unos cuantos años que quedaron demostradas científicamente las bondades del bilingüismo y del multilingüismo.
ASÍ PUES, sería deseable, también en materia de lengua, que nuestros políticos se dejaran asesorar por los especialistas en la materia (léase lingüistas y educadores), que son muchos y muy preparados. Eso es lo que sucede, por cierto, en otros países de base plurinacional, plurilingüística y multicultural, en los que, aplicando el sentido común y los últimos hallazgos científicos en materia de lengua, se ha llegado a fórmulas que permiten proteger y potenciar los derechos lingüísticos individuales y territoriales, y, por supuesto, potenciar el plurilingüismo de un país y el multilingüismo de sus ciudadanos.
>Multilingüismo y primera lengua
>
El 15 de mayo se presentó en Barcelona el libro, El plurilingüismo en España, obra colectiva que ha supuesto el estudio en profundidad de los aspectos sociolingüísticos y psicolingüísticos de 18 comunidades españolas (históricas y de nueva migración) y la participación de 22 estudiosos de diversas latitudes del Estado. Esta obra describe, por tanto, una realidad plurilingüe: la España plurilingüe.
El lector se preguntará por qué el libro habla en el título de plurilingüismo y no de multilingüismo. La diferencia no es banal, tal como nos indican sendas entradas en los diccionarios. El prefijo pluri denota pluralidad, se refiere al conjunto de una realidad que es plural. Multi significa algo que está compuesto o tiene muchas partes y pone de relieve cada una de las partes que suman. De ahí que hayamos preferido reservar la palabra multilingüismo para la capacidad de un individuo de dominar dos, tres o más lenguas.
Para alcanzar ese reto, es decir, educar a nuestros niños para que puedan ser multilingües, se debe cumplir una condición sine qua non: que estos niños dominen su primera lengua (L1), porque de nada sirve contar con individuos multilingües si lo son con graves deficiencias de recepción y producción lingüística en su L1 y en las lenguas que han aprendido después.
EL LENGUAJE es una capacidad que nos hace humanos y nos distingue de otras especies, y el dominio de nuestra primera lengua es un derecho humano. Lo es por su propia naturaleza: porque es una capacidad innata; porque es el único sistema de comunicación que es articulado y que está asociado al pensamiento humano, y porque se aprende. Este lenguaje humano, que nos une a todos, se concreta en diferentes lenguas, y el respeto a esas diferencias lingüísticas también nos debería unir, porque nos enriquece como seres humanos y constituye un ejemplo de un derecho a la diferencia que no discrimina al otro.
En este sentido, un Estado que se precie de serlo y tenga voluntad de serlo, en un territorio con una realidad plurinacional, plurilingüística y multicultural como es España, debería proteger los derechos lingüísticos de sus ciudadanos en su primera lengua (catalán, español, gallego y vasco) y debería asegurar que los niños de hasta 5-6 años puedan desarrollar sus capacidades cognitivas y de socialización, al tiempo que aprenden a leer y escribir en su primera lengua, porque esas habilidades, una vez adquiridas y reforzadas en una lengua, sirven para adquirirlas y aprenderlas en otra u otras lenguas.
Eso debería ser así también para los niños de otras comunidades hablantes de otras lenguas de España (asturiano, aranés, aragonés, lengua(s) de signos) y, por supuesto, también para los niños de las comunidades de reciente, y no tan reciente, migración; escolares todos ellos que deberían poder iniciar su andadura académica en su primera lengua (L1) o al menos recibir una instrucción en esa lengua con clases de refuerzo, sobre todo en las edades de pleno desarrollo cognitivo y de socialización.
POR TANTO, la primera misión de un Estado en materia de lengua es asegurar que todos sus ciudadanos dominen esa primera lengua, y en este momento eso quiere decir reforzar las habilidades lingüísticas orales y escritas, con cursos de expresión oral y escritura creativa, integrados en lo que se conoce como enseñanza por contenidos (content-based teaching), porque ese dominio de su L1 será el elemento que facilitará el futuro bilingüismo y multilingüismo.
Pero hay otros mecanismos facilitadores. El Estado –en el caso que nos ocupa, el español– también debería propiciar y planificar la enseñanza y el aprendizaje de todas las lenguas de España en todos los territorios: a) en las zonas bilin- gües, planificando e implementando los objetivos de dominio de dos lenguas al final de una etapa de escolarización, con fórmulas de inmersión lingüística, alternando la enseñanza de los contenidos unos cursos académicos en una lengua y otros, en otra; y b) en las zonas monolingües, aprovechando la riqueza lingüística de España para que sus ciudadanos, además del español, tengan a su disposición los medios y los recursos humanos y científicos necesarios para aprender las lenguas del entorno geográfico más próximo. Y, por supuesto, también introduciendo una lengua extranjera a la edad que los expertos ya saben que es la idónea para hacerlo. Hace ya unos cuantos años que quedaron demostradas científicamente las bondades del bilingüismo y del multilingüismo.
ASÍ PUES, sería deseable, también en materia de lengua, que nuestros políticos se dejaran asesorar por los especialistas en la materia (léase lingüistas y educadores), que son muchos y muy preparados. Eso es lo que sucede, por cierto, en otros países de base plurinacional, plurilingüística y multicultural, en los que, aplicando el sentido común y los últimos hallazgos científicos en materia de lengua, se ha llegado a fórmulas que permiten proteger y potenciar los derechos lingüísticos individuales y territoriales, y, por supuesto, potenciar el plurilingüismo de un país y el multilingüismo de sus ciudadanos.
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