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>La generación privilegiada

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Por Margarita Rivière, periodista y escritora (EL PAÍS, 11/04/10):
Este artículo no está escrito por una máquina. La advertencia, pese a la fotografía y la firma, pronto será imprescindible. Hace pocos días (9/03/2010) Ives Eudes explicaba en el diario Le Monde que entramos en La era de los robots-periodistas. Una simple crónica del partido entre los Minnesota Twins y los Texas Rangers, por ejemplo, venía ya firmada por The Machine (La Máquina). Ideada por dos profesores de la universidad Northwest (Illinois), el periodista-máquina es fruto de un programa de inteligencia artificial llamado Status Monkey, actualmente en pruebas.
El periodista francés explica cómo esa máquina rastrea todos los datos, todos los estilos de escritura y es capaz de redactar una crónica desde el punto de vista del que juega en casa o del visitante y, de acuerdo con las instrucciones del editor, sólo informar o bien animar a la afición. El invento puede aplicarse a cualquier rama del periodismo y se ha especializado en el seguimiento integral de la actualidad. Un programa similar ya ha creado en Estados Unidos un telediario, News at seven, en Internet presentado por Zoe y George, dos seres virtuales, naturalmente.
¿A alguien le extraña que un robot suplante a un supuesto trabajador intelectual o que unos homínidos sustituyan a los presentadores de carne y hueso? ¿No hay ya periodistas y presentadores que parecen dóciles máquinas de absoluta disponibilidad? ¿Y no es real la perspectiva de un robot-escritor de best sellers o, por qué no, de poesía? Uf. ¿Para qué van a hacer falta escritores, periodistas o gente que, simplemente, piense, si eso ya resulta mucho más fácil gracias a una máquina capaz de procesar en segundos millones de datos? Añadamos que una máquina no reclama ni copyright ni derecho alguno de propiedad intelectual.
Ignoro si existe el pintor-robot, el artista-máquina, pero cosas tan impensables como que los chinos fueran propietarios de buena parte de la riqueza de los Estados Unidos, o los árabes de las tradiciones inglesas y unos rusos se hicieran con la propiedad de periódicos británicos, o que los alemanes pudieran comprar media Grecia y Dios sabe qué más maravillas geopolíticas, todo eso hoy es perfectamente real y no parece extrañar a nadie.
Hace pocos días, en Australia, reconocían oficialmente algo que no existía todavía: un nuevo sexo, el neutro (soy incapaz de definirlo más allá de su propio nombre, pero parece que no tiene que ver con la transexualidad, hoy muy déjà vu). Y se aplaude y jalea el genio de Mark Zukerberg (amo de Facebook) que insiste en optimizar los beneficios (para sí mismo) del “negocio de la intimidad” y al espíritu borreguil del tecnocratismo de pacotilla.
El ex canciller Helmut Schmidt en su espléndida autobiografía (Fuera de servicio, Icaria) recién aparecida, hace un impecable inventario de las maravillas que el “capitalismo de rapiña” (sic) movido por una codicia infecciosa (la infectious greed (sic) de Alan Greenspan) deja como herencia cultural y moral. Pero el ex canciller es ya algo muy antiguo que no hace otra cosa que advertir al personal sobre las ventajas de la democracia y de la necesidad del reparto de la riqueza global, comparándolas con las necedades -y vicios- de la cultura neocon que, por lo que se ve, no va a desaparecer sin antes dejar muchísimos damnificados sobre la tierra.
Con el robot-periodista inventado, queridos amigos, ya puede esperarse cualquier cosa y parece muy claro que las personas, el humanismo y la humanidad entera, sobran. Cuando no queda lugar sobre la tierra a lo más propio de los seres humanos, la capacidad de pensar, de relacionar cosas y atar cabos sobre la realidad -esa anomía sin sentido es lo que vemos todos los días en todos los terrenos- no cabe hablar de crisis sino de revolución, de vuelco. Hace años (en 1992, nada menos), el periodista André Fontaine, director de Le Monde durante muchos años, lo definió, en una entrevista que le hice, como “la revolución de las dimensiones (de tiempo y espacio)”.
Quienes pertenecemos a la denostada generación sesentaiochista y seguimos pensando que el futuro ultraconsumista, regido por el valor del dinero se barruntaba ya en los años setenta -véase ¡horror! Marcuse- contemplamos el actual trajín con tanta preocupación como distancia. También nos permitimos un suspiro de alivio: pertenecemos a una ¡generación privilegiada! que conoció la realidad real pese a no vivir más guerras que las económicas. Situados entre la píldora y el sida, fuimos testigos de cómo el sexo pasaba de ser pecado a convertirse en obligación, y vimos cómo la censura política se transformaba en censura económica, mientras las ideologías dejaban paso a los intereses.
Ni los periodistas ni los escritores de esa generación -que hizo que el mundo descubriera a los jóvenes y a las mujeres- imaginamos que tendríamos que competir con robots, como si el humanismo y la información fueran un campo de patatas. No creo que lo mereciéramos, pero la nuestra -por otras muchas razones que un día explicaré- fue, desde luego, una generación privilegiada.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

abril 27, 2010 Publicado por | literatura, periodismo | Dejar un comentario

>Los cambios en la prensa escrita

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Por Juan Carlos Rodríguez Ibarra, ex presidente de la Junta de Extremadura (EL PAÍS, 31/03/10):

Se suele pensar que la situación de los medios de comunicación, que casi siempre se identifica con crisis, está provocada por la tecnología y, por lo tanto, ésta es la causa principal, cuando no única, de la necesidad de cambiar. Esta visión tecnocéntrica simplifica considerablemente la realidad; lo que realmente está provocando esa transformación es el cambio cultural de los usuarios, de los ciudadanos, que quieren estar informados de otra forma.

Si la aparición de las nuevas tecnologías hubiera significado, como siempre ha sido, hacer mejor y más rápido las mismas cosas, el problema planteado tendría fácil explicación y, seguramente, sencilla solución. Pero en esta Revolución Tecnológica las nuevas tecnologías nos obligan a hacer cosas diferentes, porque el uso de las mismas ha variado los hábitos, las costumbres, la mentalidad y la forma de querer saber de los ciudadanos. No estamos ante un ciudadano que quiere más de lo mismo, sino ante ciudadanos que exigen otras formas distintas de ver el mundo. Hoy no se hacen autopistas, por ejemplo, porque exista la tecnología del coche, sino porque esa tecnología ha cambiado el concepto de la distancia y el tiempo, por eso se hacen autopistas o Trenes de Alta Velocidad.

De igual forma, la nueva manera de querer estar informados supone una presión mayor sobre los medios que el propio cambio tecnológico. Mientras este desafío se vive, casi siempre, como un drama para los medios tradicionales, podríamos entenderlo, por el contrario, como una enorme oportunidad para crear modelos de comunicación más democráticos y participativos, y el desarrollo de innovaciones y nuevos proyectos a los que se puedan incorporar los nuevos profesionales que vienen de una cultura plenamente digital.

Situémonos en este nuevo escenario en el que, por una parte, Internet y la tecnología digital y, por otra, los cambios sociales modifican radicalmente el negocio de los medios de comunicación. La primera señal visible que percibimos nos muestra a una prensa escrita sufriendo una profunda crisis de identidad. Crisis, por cierto, que también afecta a los propios medios digitales, enfrentados a la enorme producción de amateurs y lectores independientes. En este juego participan numerosos y diversos factores, pero podemos identificar un resultado final: la puesta en marcha de una reestructuración del ecosistema económico. ¿Cuál será el resultado final?

De momento tenemos pocas experiencias, pero sí contamos con algunas evidencias e indicadores bastante reveladores. Así, algunos sólo son capaces de ver tras la crisis de los medios un futuro un tanto apocalíptico, tanto para las empresas y los medios tradicionales como para nuestro sistema político democrático. Parecería que esta transformación arrastra consigo a la objetividad y a la investigación y pone en peligro a la mismísima Democracia. Es comprensible la tendencia a caer en el catastrofismo si pensamos en que, día a día, los medios pierden publicidad, lectores, valor en Bolsa y hasta la visión de su propia función social.

Ante este panorama, la respuesta inmediata que vemos en muchos casos, y que pasa por la reducción de presupuestos y plantillas, sólo hace que el resultado final, además de más barato, sea menos relevante y atractivo, en un contexto en que cada vez es más difícil lograr la atención de un lector desbordado por la oferta informativa. De este modo, se acaba por lograr el efecto contrario al deseado, se acelera la crisis, aunque la reducción de costes pueda permitir un período de agonía más prolongado. Un efecto preocupante de este proceso es la posible, y constatable ya en nuestra sociedad, pérdida de credibilidad de los periódicos. En esta situación es cada vez más urgente e imprescindible que los medios tradicionales y los nuevos medios, que nacen ya siendo digitales, desarrollen alternativas a la crisis del periodismo tradicional. Pocos dudan de que un sistema democrático necesita canales de comunicación que permitan a la ciudadanía informarse de las diferentes perspectivas de un problema, para poder debatir con responsabilidad y conocimiento de causa. Pero que el futuro necesite medios no significa, de ningún modo, que necesite los medios del siglo XX.

Las visiones catastrofistas que nos alertan de los peligros que nos acechan con la crisis de los medios esconden muchas veces posturas corporativas preocupadas por su propia subsistencia. Necesitamos medios de comunicación, pero medios que entiendan el nuevo concepto social y tecnológico e informen y dialoguen con el ciudadano del siglo XXI. Los medios podrían encontrar muchas claves en la revolución que se está produciendo alrededor de lo que conocemos como la Web 2.0 y, particularmente, en el mundo de los jóvenes. Por el contrario, para muchos responsables de medios tradicionales, los blogs y, por extensión, los medios nativos digitales, son parásitos de los periódicos que nos conducen a un futuro fragmentado y caótico, donde cada comunidad tendrá sus propias noticias y verdades, sin que exista debate y discusión, perdiéndose un relato unificado y el consenso acerca de los hechos.

Siguiendo este hilo argumental, según ellos, desaparecería en realidad una de las bases que permite hacer política en democracia. Esta postura que he descrito sigue el argumento que Cass Sunstein, profesor de la Universidad de Chicago y uno de los analistas más prestigiosos de las relaciones entre política y tecnología, exponía en su libro Republic.com, publicado en el año 2001. Pero lo sucedido en los últimos nueve años nos demuestra que Internet no es sólo ni principalmente un filtro para seleccionar la información que alguien nos proporciona. Además, ofrece la capacidad de crear un modo colaborativo extraordinario. Así, el mismo Sunstein publicaba, sólo cinco años más tarde, en 2006, un nuevo libro: Infotopía. Cuántas mentes producen conocimiento, donde dando un giro copernicano se convertía en un optimista digital comprometido con la nueva tecnología. Donde antes existía estancamiento e incomunicación, el autor descubre el poder creativo de la colaboración. Esta debería ser la visión del futuro desde la que los medios pueden afrontar su presente crisis, para reinventarse y seguir siendo empresas viables y actores claves en la vida democrática.

En este sentido, una sociedad de usuarios activos y tecnológicamente capacitados, y no de consumidores pasivos, reclama verdaderos medios sociales que padezcan unas relaciones menos jerárquicas y unidireccionales. Los medios están ahora en un periodo apasionante, lleno de incertidumbres, pero también de oportunidades para la innovación, en el que exploran las tecnologías y canales más útiles para que los usuarios consuman y creen información. Los medios que asumen este nuevo escenario se introducen en un proceso de adaptación que tiene mucho de experimental. Sólo mediante la prueba y error continuos, se acabará definiendo la combinación de tecnología, diseño y modelo de relación con los usuarios que los haga viables. En esta fase es imprescindible no dejarse llevar por las urgencias; muchos de los experimentos que ponen en marcha los medios acaban descartándose cuando no proporcionan, por sí mismos, una rentabilidad rápida. Es ésta una estrategia equivocada. En el nuevo periodismo, la Red y la integración de la tecnología son requisitos imprescindibles, no son opciones. Nadie va a venir a decir cómo se hace algo que no se ha hecho nunca, hay que experimentar, fracasar cuando sea necesario y volver a intentarlo.

¿Cuál será el resultado final? Quizás aún es demasiado pronto y lo más interesante está por venir. Sin embargo, se empieza ya a vislumbrar cómo, en este proceso de cambio, los medios están transformándose radicalmente para convertirse en plataformas de contenidos digitales que se hacen sociales, dado que integran a sus usuarios en todo el proceso informativo. En definitiva, se está co-creando con el lector.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

abril 3, 2010 Publicado por | periodismo | Dejar un comentario

>El periódico es el héroe

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Por Pedro J. Ramírez, director de El Mundo (EL MUNDO, 17/05/09):

Siendo verdad, como escribe Gay Talese en las primeras líneas de El Reino y el Poder que «la mayoría de los periodistas son incansables voyeurs que le ven las verrugas al mundo» y que entre sus especialidades favoritas figuran «los países que se desmoronan y los barcos que se hunden», cualquiera diría que por primera vez nos toca mirarnos al ombligo por razones ajenas al narcisismo pues, si exceptuamos el sector porcino, nada parece tambalearse hoy alrededor con la brusquedad espasmódica del propio periodismo.

Lo dice Helen Mirren a grito pelado en su papel de impaciente y obsesiva directora de The Washington Globe en la película La Sombra del Poder (State of Play): «¡La auténtica noticia es el hundimiento de este maldito periódico, joder!».

Yo traté de planteárselo el otro día a los padres de internet, Tim Berners-Lee y Vinton Cerf, de la forma más elegante posible, pues no en vano celebrábamos la feliz coincidencia de nuestro común y redondo aniversario: «Lo último que podíamos imaginar los jóvenes periodistas que hace 20 años preparábamos el lanzamiento de EL MUNDO es que al otro lado de la Tierra ustedes estaban inventando un nuevo medio de comunicación que nos permitiría añadir al millón y medio de lectores de nuestra versión impresa los más de 21 millones de usuarios únicos de nuestra versión electrónica, como líder mundial que somos de la información on line en español. Muchas gracias, por lo tanto, por lo que han hecho por el mundo… y por EL MUNDO. Pero ya que están aquí, ¿serían tan amables de decirnos qué harían ustedes con esos 21 millones de usuarios para que nuestros accionistas fueran un poco más felices?».

O para evitar tener que reducir nuestra plantilla en un 9%, podría haberles dicho, agriando un poco la tarta de cumpleaños. Es lógico que cada redacción viva su propio drama como si fuera el único que sucediera en el planeta de la prensa, pero ni siquiera las píldoras mucho más amargas que están teniendo que tragar otros grupos españoles dan la medida del terremoto mediático que, dentro del tsunami de la crisis económica general, estamos padeciendo. En Estados Unidos, meca de la libertad de expresión y el pluralismo informativo, más de 23.000 periodistas han perdido sus puestos de trabajo en los últimos 15 meses y en torno a 150 diarios han echado el cierre. Por eso muchos han visto el estreno de La Sombra del Poder, en la que Russell Crowe encarna al periodista tenaz que descubre la verdad a la vieja usanza, como una especie de réquiem por la muerte del más bello de los cisnes.

Si alguien le hubiera dicho a Gay Talese en 1969 -este mayo se cumple el 40 aniversario de la primera edición de The Kingdom and the Power que yo conservo con su firma como un pequeño gran tesoro- que le tocaría presenciar el día en que el sujeto de su deslumbrante biografía coral, el mítico y venerado The New York Times, tendría que vender su sede -«una catedral de tranquila dignidad… preservada de las recesiones económicas, sólida e inquebrantable», dice en el primer capítulo- para poder sobrevivir, seguro que habría contestado, con su mala leche italomeridional, que antes veríamos a un negro en la Casa Blanca.

Y, sin embargo, «así es como es», «that’s the way it is» que diría Walter Cronkite si pudiera seguir despidiéndose de decenas de millones de norteamericanos como lo hizo durante varias décadas en las que la CBS también parecía una institución más firme que la roca de Gibraltar. Hasta tal cota ha llegado la riada que el Senado de los Estados Unidos se ha sentido obligado a crear un Subcomité dedicado a estudiar el «futuro del periodismo» bajo la presidencia de un peso pesado como John Kerry. Y es el contenido de los testimonios de los convocados como expertos en tan alta sede durante las dos últimas semanas lo que debe encender todas las alarmas de quienes crean en la trascendencia de la función social de la prensa independiente. Tanto por el amenazador diagnóstico de los arrogantes profetas de la nueva era, como por el derrotismo de los portavoces de todo aquello que corre el riesgo de ser engullido por las llamas.

En el primer capítulo brillan con luz propia las intervenciones de una tal Marissa Mayer, vicepresidenta de Productos de Búsqueda y Experiencia de Usuario de la todopoderosa Google Corporation y de la mercurial Arianna Huffington, creadora y propietaria del diario electrónico The Huffington Post, concebido en gran medida como un agregador de contenidos ajenos.

Según la señora Mayer, a la que nadie podrá reprochar que ocultara las pretensiones totalizadoras de su compañía -«Nuestra misión consiste en organizar la información mundial»-, ha ocurrido algo tan aparentemente saludable como la dispersión del poder de informar a través de internet, y su primera consecuencia práctica es que «la unidad atómica de consumo de información ha migrado desde el periódico completo hasta el artículo individual». Su analogía parece impecable: de igual manera que quien quiera escuchar una canción se la puede bajar sin tener que comprar el álbum completo, ya no es necesario pasar por el quiosco o -mucha atención- ni siquiera por las páginas de los grandes periódicos en internet para acceder a las historias, artículos y comentarios que cada uno prefiera, pues los buscadores y agregadores de contenidos -es decir, Google y sus polluelos- ayudan a cada usuario a componer su propia ensalada de frutas.

Tal paraíso del libre albedrío informativo, en el que quien pretenda restringir el acceso a los «jardines vallados» de sus propios contenidos servirá tan sólo de anticuada referencia del crepúsculo de una época, obliga sin embargo a fruncir el ceño desde el mismo momento en que la señora Mayer advierte que «esto requiere un acercamiento monetario diferente, pues cada artículo debe autofinanciarse». Es decir, que un individuo u organización periodística sólo invertirá dinero, tiempo y talento en producir aquellos contenidos que generen tráfico masivo o publicidad especializada suficiente como para hacerlos rentables, pues los buscadores y agregadores cortarán cualquier producto informativo en finas lonchas y sólo aquellas que contengan determinadas especias tendrán salida en el mercado.

La señora Mayer -nada que ver, creo, con la firma empaquetadora de salchichas- llegó incluso a comentar que «puesto que los distintos editores publican diversos artículos sobre el mismo asunto cuyo contenido es idéntico o muy parecido», en lugar de «competir entre ellos», lo conveniente sería que aportaran esos contenidos a una URL única, es decir a una sola página electrónica que serviría de «referencia consistente» para el seguimiento de esa historia. Cuando ofreció como ejemplo y modelo el caso de Wikipedia los pelos se me pusieron como escarpias, pues ya he contado en diversos foros mi propia experiencia -una entre un millón- cuando, al visitar el año pasado la Universidad de Harvard, mi anfitriona me preguntó al final si era cierta una de las cosas que decía de mí esa tan extendida y socorrida enciclopedia on line, fruto de la creación colectiva: «He is divorced and lives with Ralph Lauren». Sustituir el pluralismo por el melting pot sería como pasar del Dry Martini, el Bloody Mary o el Bellini a un omnicomprensivo calimocho.

Arianna Huffington fue aun más taxativa: «El futuro del periodismo de calidad no depende del futuro de los periódicos». Y dejó muy claro que no se estaba refiriendo solamente a las ediciones impresas de los diarios sino que su diagnóstico alcanzaba también al concepto de diario multisoporte hacia el que EL MUNDO y otros grandes rotativos -con perdón por lo de rotativo- estamos evolucionando. Para ella «vivimos una Edad de Oro de los consumidores de noticias» y el futuro no pasa ni por la «protección de esos jardines vallados», ni por atacar a Google y los demás agregadores, sino por «los motores de búsqueda, el periodismo ciudadano y los fondos para el periodismo de investigación aportados por fundaciones sin ánimo de lucro».

Veamos la otra cara de la moneda. David Simon, un veterano ex reportero del Baltimore Sun, advirtió de entrada a los senadores que a él lo de «periodismo ciudadano» le suena «un poco como a George Orwell» porque una cosa es «ser un vecino que se entera de las cosas y se preocupa por la gente» y otra muy distinta un periodista, «de igual forma que un vecino con una manguera en el jardín y buenas intenciones no es un bombero».

Con una mezcla de ironía e irritación por tener que subrayar lo obvio, Simon recordó que «el periodismo de altos fines que es el que adquiere información esencial sobre nuestro Gobierno y nuestra sociedad es una profesión que implica un compromiso a tiempo completo de hombres y mujeres adiestrados que vuelven día tras día a los lugares que cubren hasta que los mejores entre ellos se enteran de todo lo que concierne a esa concreta institución».

Ésta es la especie que en su opinión corre peligro de extinción porque «el parásito está lentamente matando a su anfitrión». Con esa crudeza -«sanguijuelas» les llama el personaje de Russell Crowe- se refirió a «los agregadores y buscadores que ordeñan la información de las páginas de las principales publicaciones, contribuyendo con poco más que repetición, comentario y espuma». El problema es que «poco a poco los lectores van obteniendo las noticias a través de los agregadores y abandonan su punto de origen, es decir, los propios periódicos». Y, por lo tanto, puede ocurrir que llegue un día en que esos agregadores terminen intercambiando sus propias banalidades con muy poco periodismo digno de tal nombre que agregar.

Así lo explicó ante el Subcomité el ex director de la redacción de The Washington Post, premio Pulitzer y autor de varios libros de periodismo de investigación Steve Coll: «Incluso los más optimistas propagandistas de las nuevas formas de periodismo admiten que un mundo en el que los medios basados sólo en internet y los agregadores puedan afrontar mantener periodistas profesionales en Bagdad, Kabul e Islamabad, en Europa y en Asia, simplemente no está al alcance de la vista».

Un reciente informe de The Wall Street Journal cifraba en 1,7 millones de norteamericanos los que reciben algún dinero incorporando contenidos a internet y en más de 400.000 los que obtienen su principal fuente de ingresos como blogueros. Algunos pueden ser comentaristas brillantes y muchos más meros relaciones públicas a sueldo de todo tipo de intereses, pero sólo una ínfima proporción, realmente irrelevante, aporta algo genuino. Arcadi Espada lo ha dicho hace poco: en España está por llegar el día en que sea en un blog donde aparezca una noticia importante. Imagínense lo insípidas y onanistas que resultarían las tertulias de las radios y televisiones españolas -y trasládenlo a la Red- si no existiéramos EL MUNDO y El País, es decir si no hubiera redacciones compuestas por centenares de periodistas especializados en las que se distribuye y organiza el trabajo, apostando por la búsqueda de la información diferenciada.

La solución no es, desde luego, recurrir a fondos benéficos para mantener equipos trabajando en proyectos especiales, mientras curritos infrapagados se dedican a teclear para los agregadores de contenidos. En nuestro nivel de autoexigencia hablar de periodismo de investigación es en el fondo una redundancia, pues todo buen reportero tiene algo que investigar a diario. A mí no me cabe duda de que el día en que la «unidad atómica de consumo informativo deje de ser el periódico» como pronostica la sacerdotisa de Google y los chupópteros del trabajo ajeno campen a sus anchas como los piratas de Somalia, las posibilidades de acceder a los papeles del Pentágono, de descubrir el GAL o el Watergate o de investigar el 11-M habrán disminuido dramáticamente. Pero también las posibilidades de contar con una cobertura consistente de los tribunales de justicia, las instituciones financieras o la vida cultural, pues todas estas actividades se hacen en equipo y buena parte de ellas jamás serán rentables por sí mismas.

No seré yo quien se deje llamar inmovilista y menos aún nostálgico. Los periódicos nunca volverán a ser lo que fueron de la forma en la que lo fueron, pero sólo redacciones suficientemente nutridas y cualificadas podrán materializar el derecho a la información de los ciudadanos a través de los distintos soportes conocidos y por conocer.

Por eso La Sombra del Poder termina bien, no porque el mal quede desenmascarado sino porque el tradicional periodista de combate gana para la causa de la búsqueda de la verdad en equipo a la joven bloguera -Rachel Mac Adams- que al principio iba por libre. Lo siento por Arianna Huffington, pero el bueno de la película no es el periodista, ni siquiera el periodismo, sino el periódico. Ese periódico, nuestro periódico, todos los buenos periódicos.

Como dijo Coll en el Senado «no hay una crisis de lectores, hay una crisis de lectores rentables». Pero eso lo resolverán la legislación contra los piratas y la tecnología. A los poderes democráticos les corresponde amortiguar la transición hacia el nuevo modelo porque, así como estoy seguro de que absorberemos el impacto de este primer embate de la crisis, dudo mucho que pudiéramos hacerlo de nuevo sin una merma esencial en la calidad de nuestros contenidos. Y lo cierto es que ni la más eficiente trama de agregadores y blogueros alteraría un ápice el dilema de Jefferson -y su preferencia- entre el Gobierno sin periódicos y los periódicos sin Gobierno.

(Este texto sirvió de base el viernes a la intervención del director de EL MUNDO en la Universidad de Navarra con motivo del 50 aniversario de su Facultad de Periodismo y contiene las ideas que expuso el dia siguiente en el congreso Zeitgeist Europe organizado por Google en Londres)

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

mayo 27, 2009 Publicado por | periodismo | Dejar un comentario

>La prensa, en el ojo del huracán

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Por María Dolores Masana, presidenta de Reporteros sin Fronteras-España (EL PAÍS, 02/05/09):

La crisis global, que golpea a numerosos sectores económicos de nuestra sociedad, tiene un efecto especialmente grave cuando analizamos su impacto sobre los medios de comunicación. Seguramente, mayor que en otros sectores a causa de factores negativos que ya incidían sobre la profesión periodística. Desde hace tiempo, la aparición de nuevos medios y soportes así como las nuevas tecnologías han obligado al periodista a transformar su forma de trabajar. Por no hablar del rampante intrusismo, la baja remuneración, la inestabilidad laboral. Es decir, la drástica caída de los resultados económicos ha llevado a muchas empresas a reducir el número de periodistas en las redacciones, a recurrir a jubilaciones anticipadas, así como a una progresiva retirada de corresponsales y enviados especiales a zonas en conflicto.

Todo lo expuesto incide sobre una profesión y un colectivo muy castigado por presiones y ataques, a veces tan directos que han costado la vida o la libertad de muchos profesionales de la información, como Reporteros sin Fronteras denuncia un día sí y otro también. Y es que el ejercicio de la profesión periodística es el campo diario de una lucha sin descanso y también, en demasiadas ocasiones, de comprobación de impotencia con el consecuente malogro de tantas vocaciones.

Hubo un tiempo en que era corriente hablar de la prensa como del cuarto poder. Hoy este poder está seriamente amenazado desde fuera y desde dentro por una pura y simple razón, cualquiera que sea el escenario de la noticia: no gusta que la prensa dé publicidad a situaciones irregulares, que cumpla su derecho y deber de denunciar lo que es incorrecto, impropio, delictivo.

Por esto, desde tantos ángulos sociales y por tan diversos medios se busca silenciar a la prensa, a la auténtica, la fiel a su misión. Asesinatos, secuestros, encarcelamientos y desaparición de periodistas en número creciente. En casi todo el mundo. Y por la acción de muy variados elementos: Gobiernos con serios débitos legales y democráticos, grupos terroristas o paramilitares, sectores dedicados a la delincuencia organizada. Según Reporteros sin Fronteras, sólo desde enero de 2009, 18 periodistas han sido asesinados y 144 se hallan encarcelados. En este sentido de agresiones externas, el periodismo se configura hoy como la profesión más peligrosa del mundo.

Es, pues, sombrío el balance de obstáculos intencionados a que está sometida la prensa. Pero hay un mal peor, que la Federación Andaluza de Asociaciones de la Prensa denunció categóricamente el mes de noviembre en Cádiz y el de marzo en Sevilla, con concentraciones masivas de periodistas, un colectivo, por cierto, que raramente se moviliza. Y es la corrosión de la profesión desde dentro. Por ejemplo, la precariedad laboral hace que a menudo se prescinda de profesionales de reconocida experiencia y cualificación. A juicio de las asociaciones profesionales, ésta es, junto con la concentración de medios, la mayor amenaza contra la prensa como instrumento de creación de una opinión plural y libre. Por tanto, contra la defensa de las libertades y de la buena marcha de democracias supuestamente consolidadas.

Crear un periodismo sin profesionalidad, sin seguridad, sin independencia es deformarlo, desacreditarlo. Conducirlo prácticamente a su anulación. Es una situación alarmante para la salud ciudadana que exige tomarse muy en serio sus causas y los medios apropiados para remediarlas. Cabe preguntarse por qué en un momento grave de crisis generalizada, que se traduce en depreciación del trabajo como derecho esencial del ser humano, conviene hacer hincapié de manera especial en cómo esta lamentable realidad afecta al campo del periodismo. La razón es obvia: por el servicio mismo de bien general que presta la prensa libre como transmisora veraz de los acontecimientos. Sobre todo, por su labor de crítica, de denuncia de abusos, injusticias y procedimientos ilegales sin detenerse ni ante la actuación de los poderes públicos.

Defender el libre ejercicio de la profesión periodística hoy, en un mundo en el que es objeto de toda suerte de presiones, interferencias, amenazas, impedimentos y cortapisas, es harto difícil. Porque vivimos tiempos oscuros. De sombras. De confusión. Un tiempo y un mundo donde prolifera cada vez más la voluntad de desvirtuar los hechos, de transformarlos en medios al servicio de intereses determinados y, por ellos, desactivar la razón crítica, torcer los caminos que conducen a la verdad y ahogar la palabra veraz en beneficio de la mendacidad y la acción sin escrúpulos.

La prensa es el baluarte de la democracia. Así nació. Y así hay que mantenerla contra todo propósito de manipulación y nefasta reducción a mínimos.

En la tarea de defenderla es preciso concienciar a los agentes sociales, a las universidades y otras entidades culturales y, por su especial responsabilidad, a los Gobiernos e instituciones públicas. Porque dejar que la prensa se hunda o se prostituya es permitir que la sociedad pierda un medio esencial para su debida cohesión y conciencia en el ejercicio de sus derechos fundamentales.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

mayo 4, 2009 Publicado por | libertad de expresión, periodismo | Dejar un comentario

>Los periodistas y la doble crisis

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Por Malén Aznárez, periodista y vicepresidenta de Reporteros Sin Frontera España (EL PAÍS, 14/04/09):

¿Estamos los periodistas preparados para afrontar una doble crisis económica y sus consecuencias? No hace falta señalar que una de ellas es la Crisis con mayúscula, la global que nos afecta a todos y que, a decir de los expertos, es la peor desde la Gran Depresión de 1929, aquella que nos dejó imágenes patéticas de largas colas de estadounidenses con raídos abrigos y sombrero esperando por un plato de sopa, o de gente arruinada tirándose en plancha desde lo alto de los rascacielos.

Pero los medios de comunicación de todo el mundo, y en especial los impresos, los periódicos, están al tiempo sumergidos en una particular crisis vital que lleva arrastrándose desde hace unos años, provocada por la irrupción de Internet, los periódicos digitales, los gratuitos, la caída de la publicidad y las nuevas tecnologías, y que ahora, al socaire de su hermana mayor, ha estallado como una bomba de efecto retardado y amenaza con llevarse por delante no sólo a medios y redacciones, sino también a algunos de los elementos que han sido básicos en el ejercicio del periodismo en los países democráticos.

Las primeras consecuencias ya han empezado a verse: cierre o reestructuración de medios, reducciones drásticas de plantillas, despidos numerosos, jubilaciones anticipadas y, en algunos casos, elección entre congelación de salarios o despidos -desde junio pasado 1.800 periodistas han sido despedidos en España y se calcula que la cifra puede llegar a 5.000-.

Cunde el desánimo entre los profesionales veteranos que ven cómo se cierra una etapa del periodismo que, al menos en España, ha sido de las mejores de su historia. La comprendida entre la muerte de Franco, la Transición, y los inicios de la actual crisis. Una etapa en la que el despertar a la libertad, el adiós a la censura, el florecimiento de nuevos medios y el entusiasmo de unos profesionales que estrenaban democracia dieron lugar al nacimiento de un periodismo de calidad antes desconocido en el país, cuyos presupuestos esenciales eran la veracidad, el rigor y la honestidad. Un periodismo en el que se foguearon y crecieron, ¡y de qué modo!, un montón de profesionales que hoy todos conocemos y respetamos. Periodistas críticos con el poder, ya fuera político, económico, religioso o cultural. Y críticos también -lo que no significa desleales- con las empresas para las que trabajaban. Periodistas acostumbrados a defender, incluso a gritos, sus trabajos ante el redactor-jefe de turno, a no asumir en silencio órdenes caprichosas, vinieran de donde vinieran, y a pelear por llevar una noticia a primera página. Periodistas apasionados, críticos y autocríticos, actitudes, creo yo, esenciales en el oficio.

Un joven periodista planteaba recientemente a una mesa de veteranos colegas que debatían sobre la libertad de expresión, en la Asociación de la Prensa de Madrid, qué se podía hacer para cambiar el sombrío panorama que allí se reflejaba: reciente censura a los medios en Gaza; inconvenientes, cada día mayores, para acceder a la información; malestar de los jóvenes ante la para ellos imposibilidad de plantar cara a unas empresas todopoderosas; cortapisas económicas de éstas para hacer una información atractiva y de calidad; competencia de Internet, mucho más rentable para las empresas a la hora de cubrir conflictos en lugares lejanos, que amenaza con el fin del reporterismo… Entusiasmo; seguir batallando con el poder y el jefe de turno; no rendirse, porque ésta no es una profesión para conformistas; seguir haciendo información seria, rigurosa y sorprendente fueron algunas de las respuestas. En suma, calidad, porque la buena información seguirá siendo información, no importa el soporte en el que se venda.

¿Es posible mantener los principios éticos y el ánimo combativo en medio de un panorama de incertidumbre en el que lo único seguro es que no hay nada seguro? Un paisaje en el que las nuevas tecnologías de la comunicación se imponen a ritmo vertiginoso pero todavía no sabemos cómo serán los nuevos periódicos impresos que ahora se pergeñan, si es que realmente sobreviven… ¿Estamos preparados para, en medio del diluvio, jugarnos el tipo y seguir informando de la única manera que merece la pena: viendo lo que pasa en el lugar de los hechos para luego poder contarlo con la mayor honestidad posible? ¿Estamos dispuestos a resistir las viejas y nuevas presiones? Claro que, a lo mejor, todo esto son sólo tonterías, resabios éticos de un siglo que alumbró a periodistas como Kapuscinsky, García Márquez, Woodward o Bernstein, y lo único importante es contar cosas divertidas, ligeras, y, a ser posible, de bajo coste. Mucha comunicación y poca información.

El estupendo periodista que es Enric González decía hace poco, en este periódico, que se atisba una época en la que a cambio de no tener una cabecera que le ampare, el periodista quedará liberado de los compromisos de sus amos y será él mismo, expuesto a la intemperie, a solas con sus propios compromisos y errores. Y eso que González va por la vida de escéptico. Ojalá acierte, porque las democracias mal pueden sobrevivir sin una información libre y de calidad.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

abril 15, 2009 Publicado por | periodismo | Dejar un comentario

>Defendiendo la verdad y la razón

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Por Jaume Guillamet, catedrático de Periodismo de la Universitat Pompeu Fabra, de Barcelona (EL PAÍS, 23/02/09):

El debate sobre el futuro de los diarios contiene una preocupación de fondo por el devenir del periodismo. La alternativa digital, sumada a la competencia audiovisual, incide sobre algo más que la pervivencia de los formatos impresos, también sobre los contenidos y la función social de los medios.

Ese debate informal y sostenido tiene su origen más reciente en la aparición de Internet, hace 15 años, pero la radio y la televisión ya lo habían abierto mucho antes. El control inicial de los gobiernos sobre el audiovisual, así como el tiempo necesario para su perfeccionamiento técnico, retrasaron el estallido de la competencia entre los medios hasta la segunda mitad del siglo XX. El periodismo ha sido absorbido por una industria de la comunicación en la que el espectáculo y la sensación son el mayor reclamo para asegurar los niveles de difusión y audiencia exigidos por la publicidad, fuente de financiación común a todos.

La distinta naturaleza de los medios de comunicación ha otorgado posibilidades y límites diferentes a cada uno de ellos. Hija a la vez de la hoja volante y del libro, y constreñida en espacio y tiempo, la prensa diaria ya había rozado sus lindes con el sensacionalismo amarillo de William Randolph Hearst, el cinematográfico ciudadano Kane, en cuyo deshonor Edward Godkin entonó la “vergüenza pública de que los hombres puedan hacer tanto mal con el objeto de vender más periódicos”.

Hijas sucesivas del telégrafo sin hilos de Marconi, de la siembra de mensajes al viento (broadcast) de Lee de Forest y de la electrónica industrial, la radio y la televisión no han conocido otros límites que los que la política haya podido imponerles y los que el comercio no haya logrado traspasar. En su caso, los umbrales de vergüenza aún no han dejado de sorprender.

Preguntarse en qué medida los medios audiovisuales mantienen el trinomio originario información-formación-entretenimiento es una buena manera de ver el marco en que se mueve hoy el periodismo. La acentuada decantación hacia el entretenimiento más espectacular, en demérito de la formación, puede arrastrar en exceso la información hacia formatos y lenguajes impropios, por coloquiales, subjetivos y ambivalentes. La imitación de los modelos gráficos instantáneos de las noticias audiovisuales tiende a producir, además, un empobrecimiento informativo de los diarios, en cuyas páginas también gana espacio el entretenimiento.

De confirmarse esa tendencia, estaríamos ante el riesgo de una disolución del periodismo en la industria de la comunicación, mientras que Internet parecería proclamar su pura y simple obsolescencia. Hija no esperada de la informática y las telecomunicaciones, esa red global, instantánea y omnicomprensiva, de naturaleza aparentemente ilimitada, ha abierto la puerta a un periodismo más participativo y autogestionado por el ciudadano, hasta poner en duda la necesidad originaria del mensajero y mediador. Como si el periodismo agotara su ciclo histórico.

¿Lo está agotando? No se agota, en todo caso, la necesidad del periodismo como selección, elaboración e información de los hechos, de acuerdo con criterios de interés público, como investigación y presentación de los problemas de la sociedad, como análisis y crítica con aportación de opiniones fundamentadas.

La pregunta es si habrá lugar para el periodismo así entendido -y no como una mera repetición de noticias e impactos- en el espacio vacío que pudiera resultar de la acentuación de esas tendencias, entre su disolución en la industria de la comunicación y la procelosa navegación de los lectores por los mares virtuales de Internet.

Otra pregunta es si hay una conciencia clara de estas amenazas, agravadas por una crisis que ha reducido la publicidad que financia todos los medios, que ha cortado el potente despegue de los diarios gratuitos y que afecta también a los de pago. Una tercera pregunta sería si podría sobrevivir el periodismo a una eventual desaparición de los diarios impresos.

El orden inverso de las respuestas no alterará el sentido de la explicación.

Es difícil, aunque no imposible, imaginar un periodismo sin periódicos. Los periódicos son la referencia histórica del periodismo y su cultura profesional, por ser el más antiguo de los medios y el único específico, creados expresamente para la función de informar y crear opinión, ligados en su evolución al progreso de la libertad y de la democracia, víctimas primeras y genuinas de cualquier regresión política. De los periódicos han tomado la radio, la televisión e Internet principios, valores y géneros informativos, así como el nombre mismo de la actividad -periodismo- y las tareas que ejercen sus redactores o periodistas.

No es tan difícil, en cambio, imaginar periódicos sin el periodismo bien entendido al que nos referimos. Hemos sufrido esa extraña situación en España durante gran parte del franquismo y la siguen sufriendo en muchos países. Si sucede por razones políticas, podría suceder también -y, de hecho, comienza- por razones económicas. La tradición periodística anglosajona, que es la más acreditada por su continuidad, coherencia y vinculación originaria con la libertad de prensa, ofrece una conciencia de lo que hay que defender y cómo, frente a esas tendencias de disolución del periodismo, más fuerte y clara que otras tradiciones afectadas por su vinculación originaria al poder y por los accidentes derivados de la historia política. En España, el corte profundo de la Guerra Civil y el franquismo rompió la continuidad de la frágil tradición liberal y ha dejado el periodismo en una situación de escasez de referentes personales y culturales. Con una conciencia más difusa de las amenazas y una situación de debilidad conceptual para la defensa del lugar del periodismo en el futuro de los medios.

Sirva el periodismo norteamericano como referencia, no sólo para explicar las causas de los cambios y amenazas, sino también para construir los argumentos de la defensa. Un periodismo que reconoce la verdad como primera obligación y cuya primera lealtad es con los ciudadanos, de acuerdo con Bill Kovach y Tom Rosenstiel, que expresaron en The Elements of Journalism (2001, actualización y revisión en 2007; en español, Los elementos del periodismo, EL PAÍS, 2003), fruto de un extenso trabajo de investigación y debate profesional. Un periodismo que no desatiende el concepto de objetividad, sino que lo plantea como método en una disciplina esencial de verificación de las noticias.

Hay una razón histórica, si se quiere elemental, para creer en la pervivencia de los periódicos impresos: contrariamente a lo que se pensó en momentos parecidos del pasado, los nuevos medios no han comportado la desaparición de los antiguos, sino su transformación y adaptación. Tampoco afrontan todos los periódicos los mismos riesgos, más acentuados para los que dependen de las grandes campañas de publicidad que para los ligados a contenidos y recursos locales.

Para el futuro de todos los medios, se requiere una sólida conciencia social y profesional sobre el periodismo que hay que defender. De ahí la necesidad de profundizar en la comprensión y la aplicación del concepto recurrente de periodismo de calidad, de convertirlo en referencia común del ejercicio profesional, de la demanda social y del interés del público. El periodismo de calidad, tomado como condición necesaria pero no suficiente. El problema principal está en su financiación, aún más ahora que la publicidad ha caído en picado y que el horizonte inmediato es de crisis y reducciones de plantillas.

El periodismo de calidad es caro, pero es indispensable para la buena salud de una sociedad democrática. Volvamos a Kovach y Rosenstiel: “El periodismo proporciona algo único en una cultura: la información independiente, fiable, precisa y extensa, que los ciudadanos requieren para ser libres”. Evoquemos a Mariano José de Larra, nuestro primer gran periodista, que definió su oficio como un ejercicio genuino de crítica al Gobierno y defensa de la sociedad, que proclamaba como único objetivo del periodismo “contribuir en lo poco que pudiese al bien de mi país”, sin necesidad de “defender más que la verdad y la razón”.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

febrero 23, 2009 Publicado por | periodismo | Dejar un comentario

>‘I hope my murder will be seen not as a defeat of freedom but an inspiration’

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By Lasantha Wickrematunge (THE GUARDIAN, 13/01/09):

Este extraordinario artículo escrito por el editor del esrilanqués Sunday Leader fue publicado tres días después de ser asesinado en Colombo.

This extraordinary article by the editor of the Sri Lankan Sunday Leader was published three days after he was shot dead in Colombo.

No other profession calls on its practitioners to lay down their lives for their art save the armed forces – and, in Sri Lanka, journalism. In the course of the last few years, the independent media have increasingly come under attack. Electronic and print institutions have been burned, bombed, sealed and coerced. Countless journalists have been harassed, threatened and killed. It has been my honour to belong to all those categories, and now especially the last.

I have been in the business of journalism a good long time. Indeed, 2009 will be the Sunday Leader’s 15th year. Many things have changed in Sri Lanka during that time, and it does not need me to tell you that the greater part of that change has been for the worse. We find ourselves in the midst of a civil war ruthlessly prosecuted by protagonists whose bloodlust knows no bounds. Terror, whether perpetrated by terrorists or the state, has become the order of the day. Indeed, murder has become the primary tool whereby the state seeks to control the organs of liberty. Today it is the journalists, tomorrow it will be the judges. For neither group have the risks ever been higher or the stakes lower.

Why then do we do it? I often wonder that. After all, I too am a husband, and the father of three wonderful children. I too have responsibilities and obligations that transcend my profession, be it the law or journalism. Is it worth the risk? Many people tell me it is not. Friends tell me to revert to the bar, and goodness knows it offers a better and safer livelihood.

Others, including political leaders on both sides, have at various times sought to induce me to take to politics, going so far as to offer me ministries of my choice. Diplomats, recognising the risk journalists face in Sri Lanka, have offered me safe passage and the right of residence in their countries.

Whatever else I may have been stuck for, I have not been stuck for choice.

But there is a calling that is yet above high office, fame, lucre and security. It is the call of conscience.

The Sunday Leader has been a controversial newspaper because we say it like we see it: whether it be a spade, a thief or a murderer, we call it by that name. We do not hide behind euphemism. The investigative articles we print are supported by documentary evidence thanks to the public-spiritedness of citizens who at great risk to themselves pass on this material to us. We have exposed scandal after scandal, and never once in these 15 years has anyone proved us wrong or successfully prosecuted us.

The free media serve as a mirror in which the public can see itself sans mascara and styling gel. From us you learn the state of your nation, and especially its management by the people you elected to give your children a better future. Sometimes the image you see in that mirror is not a pleasant one. But while you may grumble in the privacy of your armchair, the journalists who hold the mirror up to you do so publicly and at great risk to themselves. That is our calling, and we do not shirk it.

The Sunday Leader has never sought safety by unquestioningly articulating the majority view. Let’s face it, that is the way to sell newspapers. On the contrary, as our opinion pieces over the years amply demonstrate, we often voice ideas that many people find distasteful. For instance, we have consistently espoused the view that while separatist terrorism must be eradicated, it is more important to address the root causes of terrorism, and urge government to view Sri Lanka’s ethnic strife in the context of history and not through the telescope of terrorism. We have also agitated against state terrorism in the so-called war against terror, and made no secret of our horror that Sri Lanka is the only country in the world routinely to bomb its own citizens. For these views we have been labelled traitors; and if this be treachery, we wear that label proudly.

Many people suspect that the Sunday Leader has a political agenda: it does not. If we appear more critical of the government than of the opposition, it is only because we believe that – excuse cricketing argot – there is no point in bowling to the fielding side. Remember that for the few years of our existence in which the United National party was in office, we proved to be the biggest thorn in its flesh, exposing excess and corruption wherever it occurred.

Indeed, the stream of embarrassing expositions we published may well have served to precipitate the downfall of that government.

Neither should our distaste for the war be interpreted to mean that we support the Tamil Tigers. The LTTE is among the most ruthless and bloodthirsty organisations to have infested the planet. There is no gainsaying that it must be eradicated. But to do so by violating the rights of Tamil citizens, bombing and shooting mercilessly, is not only wrong but shames the Sinhalese, whose claim to be custodians of the dhamma is for ever called into question by this savagery – much of it unknown to the public because of censorship.

What is more, a military occupation of the country’s north and east will require the Tamil people of those regions to live eternally as second-class citizens, deprived of all self-respect. Do not imagine you can placate them by showering “development” and “reconstruction” on them in the postwar era. The wounds of war will scar them for ever, and you will have an even more bitter and hateful diaspora to contend with. A problem amenable to a political solution will thus become a festering wound that will yield strife for all eternity. If I seem angry and frustrated, it is only because most of my compatriots – and all the government – cannot see this writing so plainly on the wall.

It is well known that I was on two occasions brutally assaulted, while on another my house was sprayed with machine-gun fire. Despite the government’s sanctimonious assurances, there was never a serious police inquiry into the perpetrators of these attacks, and the attackers were never apprehended.

In all these cases, I have reason to believe the attacks were inspired by the government. When finally I am killed, it will be the government that kills me.

The irony in this is that, unknown to most of the public, President Mahinda Rajapaksa and I have been friends for more than a quarter-century. Indeed, I suspect that I am one of the few people remaining to routinely address him by his first name and use the familiar Sinhala address – oya – when talking to him.

Although I do not attend the meetings he periodically holds for newspaper editors, hardly a month passes when we do not meet, privately or with a few close friends present, late at night at President’s House. There we swap yarns, discuss politics and joke about the good old days. A few remarks to him would therefore be in order here.

Mahinda, when you finally fought your way to the Sri Lanka Freedom party presidential nomination in 2005, nowhere were you welcomed more warmly than in this column. Indeed, we broke with a decade of tradition by referring to you throughout by your first name. So well known were your commitments to human rights and liberal values that we ushered you in like a breath of fresh air.

Then, through an act of folly, you got involved in the Helping Hambantota scandal. It was after a lot of soul-searching that we broke the story, urging you to return the money. By the time you did, several weeks later, a great blow had been struck to your reputation. It is one you are still trying to live down.

You have told me yourself that you were not greedy for the presidency. You did not have to hanker after it: it fell into your lap. You have told me that your sons are your greatest joy, and that you love spending time with them, leaving your brothers to operate the machinery of state. Now, it is clear to all who will see that that machinery has operated so well, my sons and daughter do not have a father.

In the wake of my death I know you will make all the usual sanctimonious noises and call upon the police to hold a swift and thorough inquiry.

But like all the inquiries you have ordered in the past, nothing will come of this one, too. For truth be told, we both know who will be behind my death, but dare not call his name. Not just my life but yours too depends on it.

As for me, I have the satisfaction of knowing that I walked tall and bowed to no man. And I have not travelled this journey alone. Fellow journalists in other branches of the media walked with me: most are now dead, imprisoned without trial or exiled in far-off lands. Others walk in the shadow of death that your presidency has cast on the freedoms for which you once fought so hard. You will never be allowed to forget that my death took place under your watch. As anguished as I know you will be, I also know that you will have no choice but to protect my killers: you will see to it that the guilty one is never convicted. You have no choice.

As for the readers of the Sunday Leader, what can I say but thank you for supporting our mission. We have espoused unpopular causes, stood up for those too feeble to stand up for themselves, locked horns with the high and mighty so swollen with power that they have forgotten their roots, exposed corruption and the waste of your hard-earned tax rupees, and made sure that whatever the propaganda of the day, you were allowed to hear a contrary view. For this I – and my family – have paid the price that I had long known I would one day have to pay. I am, and have always been, ready for that. I have done nothing to prevent this outcome: no security, no precautions. I want my murderer to know that I am not a coward like he is, hiding behind human shields while condemning thousands of innocents to death. What am I among so many? It has long been written that my life would be taken, and by whom. All that remained to be written was when.

That the Sunday Leader will continue fighting the good fight, too, is written. For I did not fight this fight alone. Many more of us have to be – and will be – killed before the Leader is laid to rest. I hope my assassination will be seen not as a defeat of freedom but an inspiration for those who survive to step up their efforts. Indeed, I hope that it will help galvanise forces that will usher in a new era of human liberty in our beloved motherland. I also hope it will open the eyes of your president to the fact that however many are slaughtered in the name of patriotism, the human spirit will endure and flourish.

People often ask me why I take such risks and tell me it is a matter of time before I am bumped off. Of course I know that: it is inevitable. But if we do not speak out now, there will be no one left to speak for those who cannot, whether they be ethnic minorities, the disadvantaged or the persecuted. An example that has inspired me throughout my career in journalism has been that of the German theologian, Martin Niemöller. In his youth he was an antisemite and an admirer of Hitler. As nazism took hold of Germany, however, he saw nazism for what it was. It was not just the Jews Hitler sought to extirpate, it was just about anyone with an alternate point of view. Niemöller spoke out, and for his trouble was incarcerated in the Sachsenhausen and Dachau concentration camps from 1937 to 1945, and very nearly executed. While incarcerated, he wrote a poem that, from the first time I read it in my teenage years, stuck hauntingly in my mind:

First they came for the Jews and I did not speak out because I was not a Jew.

Then they came for the Communists and I did not speak out because I was not a Communist.

Then they came for the trade unionists and I did not speak out because I was not a trade unionist.

Then they came for me and there was no one left to speak out for me.

If you remember nothing else, let it be this: the Leader is there for you, be you Sinhalese, Tamil, Muslim, low-caste, homosexual, dissident or disabled.

Its staff will fight on, unbowed and unafraid, with the courage to which you have become accustomed. Do not take that commitment for granted. Let there be no doubt that whatever sacrifices we journalists make, they are not made for our own glory or enrichment: they are made for you. Whether you deserve their sacrifice is another matter. As for me, God knows I tried.

• This is an edited version of an article published in the Sunday Leader editorial column on 11 January. Its author, who co-founded the paper in 1994, was killed three days earlier by unidentified gunmen as he drove to work. He is believed to have written the editorial just days before his death. The full version is at http://www.thesundayleader.lk/

enero 15, 2009 Publicado por | periodismo, Sri Lanka | Dejar un comentario

El poder de las imágenes

Por Enric Marín, periodista (EL PERIÓDICO, 15/05/08):

En estos últimos días, nuestras retinas se han visto impresionadas por las imágenes de dos acontecimientos catastróficos de dimensiones dantescas que tienen como escenario el gran continente asiático: el ciclón que ha devastado Birmania y el terremoto que ha castigado con extrema severidad Sichuan. Ante estas catástrofes de dimensiones apocalípticas pueden y deben hacerse muchas reflexiones. Desde una difícil serenidad y desde el sentimiento más estrictamente humano y solidario.

Las aproximaciones pueden ser históricas, económicas, políticas… y también comunicativas. El mundo es hoy mucho mayor y a la vez mucho más pequeño que hace unas décadas. Más pequeño porque los sistemas de transporte han reducido drásticamente las distancias. Ya lo hizo el ferrocarril, pero el golpe de gracia ha sido la masificación de la aviación comercial. Y también mayor porque la revolución de las comunicaciones culminada con internet ha convertido en vecinos a los habitantes del rincón más alejado del planeta. Estamos informados al instante de cualquier acontecimiento, por remota que sea su localización. Tenemos una percepción mundial de la realidad y formamos parte ya de la aldea global anunciada por Marshall McLuhan. Pero ¿qué tipo de aldea global?

NUESTRA globalización es jerárquica, desequilibrada y etnocéntrica. Tenemos más posibilidades que nunca de estar informados. Infinitamente más. Pero nuestra dieta informativa no es lo bastante equilibrada. Hay mucha información y poca interpretación. Y la estrategia periodística de espectacularizar cualquier tipo de noticia acaba produciendo una especie de banalización mediática de las tragedias. De todo tipo de tragedias. Y esto se da más en la información audiovisual que en la prensa escrita. ¿Es la información impresa más racional que la visual? No necesariamente. El dicho se- gún el cual una imagen vale más que mil palabras expresa una gran verdad. Sabemos que una palabra puede evocar mil imágenes. Esta es la clave de la comunicación poé- tica verbal. Pero una sola imagen puede contener mucha más información que mil palabras. Información fáctica e información emocional.

Dos ejemplos. La foto de la niña vietnamita corriendo asustada y dejando atrás el horror del napalm contenía más información que todos los editoriales imaginables. Y la pieza periodística más valiosa que yo conozco sobre los hechos sucedidos en Barcelona a raíz del golpe de Estado del 18 de julio de 1936 es el reportaje fotográfico de Agustí Centelles publicado una vez restablecida una cierta normalidad. Hace ya un siglo, la fotografía cambió el concepto de arte y el propio periodismo. De hecho, la narración periodística no llega a ser plenamente moderna hasta que incorpora la imagen como recurso informativo básico.

Las imágenes concentran información y tienen una gran fuerza comunicativa. Y esto lo saben todos los regímenes autoritarios desde la primera guerra mundial. Del mismo modo que todos tienen en común un mismo fundamento doctrinal en lo que se refiere a la concepción del derecho a la información. Esquemáticamente, es una actualización del absolutismo monárquico: el derecho a recibir y a emitir información no corresponde al ciudadano, sino al Estado, que puede delegar la gestión de ese derecho, pero la fuente de legitimidad corresponde siempre al Estado, nunca al ciudadano.

La consistencia democrática de cualquier sociedad siempre puede identificarse mejor en el respeto efectivo de las garantías democráticas que en las características de los distintos modelos electorales. Y una de las primeras garantías democráticas es el respeto a la libertad de expresión. Ahora, con el caso de Birmania y China hemos podido ver dos formas de intervenir sobre la información por parte de dos sistemas políticos autoritarios o dictatoriales. De modo diferenciado, en ambos casos el control de las imágenes es absolutamente estratégico. La conducta de la junta militar birmana es perfectamente representativa de una política informativa herméticamente cerrada. Se trata de ocultar todo tipo de información para poder fabricar un relato a medida del régimen. La condición es secuestrar las imágenes para que no lleguen a contradecir un discurso radiofónico e impreso íntegramente oficialista.

Realidad y propaganda periodística viven en dos mundos sin ninguna conexión real. Es la misma práctica que, a diferente escala, aplicó el régimen chino con la información doméstica del boicot al recorrido de la antorcha olímpica como protesta por la situación del Tíbet. Pero esta práctica contrasta muy vivamente con la apertura informativa relativa que las autoridades chinas han decretado con motivo del terremoto de Sichuan.

AQUÍ HAN cambiado la situación y los objetivos. Ahora se trata de promover la empatía emocional interna y externa. Local e internacional. Con dos objetivos: tapar el efecto mediático del boicot al recorrido de la antorcha olímpica y dejar constancia de la actitud diligente de las autoridades. Pero todo es un espejismo. Las autoridades chinas no han actuado con la desidia criminal de los militares birmanos. En absoluto. Pero en ningún sistema democrático el flujo de la información puede depender de un grifo que las autoridades abren y cierran a su antojo.

mayo 22, 2008 Publicado por | medios de comunicación, periodismo | Dejar un comentario

>El poder de las imágenes

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Por Enric Marín, periodista (EL PERIÓDICO, 15/05/08):

En estos últimos días, nuestras retinas se han visto impresionadas por las imágenes de dos acontecimientos catastróficos de dimensiones dantescas que tienen como escenario el gran continente asiático: el ciclón que ha devastado Birmania y el terremoto que ha castigado con extrema severidad Sichuan. Ante estas catástrofes de dimensiones apocalípticas pueden y deben hacerse muchas reflexiones. Desde una difícil serenidad y desde el sentimiento más estrictamente humano y solidario.

Las aproximaciones pueden ser históricas, económicas, políticas… y también comunicativas. El mundo es hoy mucho mayor y a la vez mucho más pequeño que hace unas décadas. Más pequeño porque los sistemas de transporte han reducido drásticamente las distancias. Ya lo hizo el ferrocarril, pero el golpe de gracia ha sido la masificación de la aviación comercial. Y también mayor porque la revolución de las comunicaciones culminada con internet ha convertido en vecinos a los habitantes del rincón más alejado del planeta. Estamos informados al instante de cualquier acontecimiento, por remota que sea su localización. Tenemos una percepción mundial de la realidad y formamos parte ya de la aldea global anunciada por Marshall McLuhan. Pero ¿qué tipo de aldea global?

NUESTRA globalización es jerárquica, desequilibrada y etnocéntrica. Tenemos más posibilidades que nunca de estar informados. Infinitamente más. Pero nuestra dieta informativa no es lo bastante equilibrada. Hay mucha información y poca interpretación. Y la estrategia periodística de espectacularizar cualquier tipo de noticia acaba produciendo una especie de banalización mediática de las tragedias. De todo tipo de tragedias. Y esto se da más en la información audiovisual que en la prensa escrita. ¿Es la información impresa más racional que la visual? No necesariamente. El dicho se- gún el cual una imagen vale más que mil palabras expresa una gran verdad. Sabemos que una palabra puede evocar mil imágenes. Esta es la clave de la comunicación poé- tica verbal. Pero una sola imagen puede contener mucha más información que mil palabras. Información fáctica e información emocional.

Dos ejemplos. La foto de la niña vietnamita corriendo asustada y dejando atrás el horror del napalm contenía más información que todos los editoriales imaginables. Y la pieza periodística más valiosa que yo conozco sobre los hechos sucedidos en Barcelona a raíz del golpe de Estado del 18 de julio de 1936 es el reportaje fotográfico de Agustí Centelles publicado una vez restablecida una cierta normalidad. Hace ya un siglo, la fotografía cambió el concepto de arte y el propio periodismo. De hecho, la narración periodística no llega a ser plenamente moderna hasta que incorpora la imagen como recurso informativo básico.

Las imágenes concentran información y tienen una gran fuerza comunicativa. Y esto lo saben todos los regímenes autoritarios desde la primera guerra mundial. Del mismo modo que todos tienen en común un mismo fundamento doctrinal en lo que se refiere a la concepción del derecho a la información. Esquemáticamente, es una actualización del absolutismo monárquico: el derecho a recibir y a emitir información no corresponde al ciudadano, sino al Estado, que puede delegar la gestión de ese derecho, pero la fuente de legitimidad corresponde siempre al Estado, nunca al ciudadano.

La consistencia democrática de cualquier sociedad siempre puede identificarse mejor en el respeto efectivo de las garantías democráticas que en las características de los distintos modelos electorales. Y una de las primeras garantías democráticas es el respeto a la libertad de expresión. Ahora, con el caso de Birmania y China hemos podido ver dos formas de intervenir sobre la información por parte de dos sistemas políticos autoritarios o dictatoriales. De modo diferenciado, en ambos casos el control de las imágenes es absolutamente estratégico. La conducta de la junta militar birmana es perfectamente representativa de una política informativa herméticamente cerrada. Se trata de ocultar todo tipo de información para poder fabricar un relato a medida del régimen. La condición es secuestrar las imágenes para que no lleguen a contradecir un discurso radiofónico e impreso íntegramente oficialista.

Realidad y propaganda periodística viven en dos mundos sin ninguna conexión real. Es la misma práctica que, a diferente escala, aplicó el régimen chino con la información doméstica del boicot al recorrido de la antorcha olímpica como protesta por la situación del Tíbet. Pero esta práctica contrasta muy vivamente con la apertura informativa relativa que las autoridades chinas han decretado con motivo del terremoto de Sichuan.

AQUÍ HAN cambiado la situación y los objetivos. Ahora se trata de promover la empatía emocional interna y externa. Local e internacional. Con dos objetivos: tapar el efecto mediático del boicot al recorrido de la antorcha olímpica y dejar constancia de la actitud diligente de las autoridades. Pero todo es un espejismo. Las autoridades chinas no han actuado con la desidia criminal de los militares birmanos. En absoluto. Pero en ningún sistema democrático el flujo de la información puede depender de un grifo que las autoridades abren y cierran a su antojo.

mayo 22, 2008 Publicado por | medios de comunicación, periodismo | Dejar un comentario

Kapuscinski contra la manipulación

Por Artur Domoslawski, escritor y periodista polaco de la Gazeta Wyborcza. En la actualidad prepara una biografía de Kapuscinski. Traducción de Agata Orzeszek (EL PAÍS, 23/01/08):

Para muchos periodistas del mundo, Ryszard Kapuscinski era un maestro, una brújula, incluso un ídolo. Hoy, después de hacer muchos viajes y mantener muchas conversaciones, ya no estoy tan seguro de hasta qué punto se le conocía, hasta qué punto había calado su mensaje (o sus mensajes). Uno de mis interlocutores, que había colaborado con Kapu y que decía “idolatrarlo”, se indignó cuando lo califiqué como hombre de izquierdas. “¡Cómo, si era un demócrata!”, estalló.

En la década de los 70, Kapuscinski escribió un libro (todavía no traducido a otras lenguas) que parece clave para comprender su cosmovisión, su sensibilidad social y su empatía como método y actitud. Se titula Cristo con un fusil al hombro. Cristo con un fusil… ¿Cómo suena esta expresión hoy, cuando una figura religiosa con un arma se asocia con el terrorismo?

La primera edición de Cristo… exhibía en la contraportada: “Poco después de la muerte del Che Guevara, el pintor revolucionario argentino Carlos Alonso pintó un cuadro que inmediatamente se hizo famoso en toda América Latina. (…) Alonso había pintado una figura de Cristo con un fusil al hombro, figura que, por su aspecto y su atuendo, recordaba a un guerrillero. (…) El cuadro se ha convertido desde entonces en el símbolo artístico del luchador, del guerrillero, del hombre que, arma en mano y en las peores condiciones, combate la violencia y la arbitrariedad en su lucha por un mundo diferente, justo y bueno con todos los seres humanos”.

Para ser rigurosos, no fue Guevara sino el sacerdote Camilo Torres, abatido a tiros arma en mano, quien había hecho de prototipo de aquel Cristo. Sin embargo, sólo la muerte del Che dio comienzo a la leyenda que durante décadas inspiró a jóvenes rebeldes de los países del Sur, a los que están dedicados los reportajes reunidos en este volumen.

Kapuscinski está del lado de los protagonistas de sus relatos. Incluso cuando pregunta a unos combatientes palestinos por qué organizan acciones armadas en las que mueren civiles, comprende sus razones. Después del 11 de septiembre de 2001, a hombres así se los suele llamar “terroristas”, a todos, al por mayor. Hace años se los llamaba “rebeldes”, “partisanos”, “guerrilleros”… El rebelde o el guerrillero es alguien que puede tener y esgrimir razones. El terrorista es un asesino que no merece ninguna comprensión. La lengua cambia nuestra percepción del mundo: he aquí una de las primeras lecciones que se sacan de la lectura de Cristo…

Como testigo de la descolonización, Kapuscinski observó el ascenso al poder de no pocos líderes “terroristas”: Ahmed Ben Bella, Menájem Beguin, Anuar el Sadat, Jomo Kenyatta… Hoy nadie se atrevería a llamar “terroristas” a estos líderes, que, ungidos por la historia, son héroes de sus respectivos países, culturas y épocas.

Otra lección de Kapuscinski: ¿Sabemos a quién la historia y la memoria colectiva acabarán definiendo como terrorista y asesino, y a quién como combatiente o incluso héroe? ¿Sabemos lo suficiente de las tragedias vividas por la gente en los lugares más remotos del mundo como para dictar sentencias al por mayor? Y, sin embargo, no tenía ninguna duda de que la violencia y la guerra como método de dirimir diferencias era un círculo vicioso.

Sin glorificar la violencia política, siempre reconstruye las situaciones que la han creado. “En unas condiciones como las de Guatemala [durante la guerra fría, A. D.], toda discusión acerca de la legitimidad o ilegitimidad de los métodos del llamado terror individual carece de sentido, porque en aquel país es el único método de lucha posible, más aún, es la única forma de autodefensa”.

Es fácil mostrarse contrario a la violencia “en abstracto”. Sin embargo, cuando el poder extermina a grupos enteros de la población, las cosas se complican. Aquel que cree que nunca sería capaz de meterse en la piel de un “terrorista” debería leer La muerte de un embajador, sobre la Guatemala de la época de la guerra fría. Aún con mayor contundencia que en otros reportajes, Kapuscinski se muestra en él como portavoz de un rincón olvidado del mundo donde se perpetró un crimen por encargo del “buen” Occidente. En la introducción (que por primera vez se publicó por separado, en 1970, como Por qué mataron a Karl von Spreti), escribió que Guatemala era “el Vietnam de América Central”; “un Vietnam que Estados Unidos no quiere reconocer, para no crear un contagioso y molestísimo ejemplo de nación que lucha por su libertad dentro de la esfera del dominio de Washington”.

Era cronista y abogado de conflictos como aquél, que nadie parecía advertir ni intentaba entender. ¿Cuánto se ha escrito sobre los crímenes de Pinochet en Chile, con sus varios miles de asesinados y desaparecidos? ¿Y cuánto sobre los crímenes perpetrados por los militares guatemaltecos, que exterminaron a 200.000 personas. A todas luces, las public relations de Guatemala dejaban mucho que desear. Hoy, después de 40 años de tiranías anticomunistas, es un país de tierra quemada.

Cuando escribía su reportaje, no podía conocer el número de los muertos. Sin embargo, había previsto el silencio que envolvería a Guatemala (y que dura hasta hoy, interrumpido muy de vez en cuando por noticias de prensa estremecedoras). “He escrito sobre Guatemala, que ha sido uno de los países más desgraciados de América Central, de toda América Latina (…). He explicado en qué contexto se produjo el asesinato del embajador, que en ese momento mantenía excelentes relaciones con el régimen. Un régimen atroz y dictatorial. Al tiempo que condenaba el asesinato en sí, expliqué en qué situación se había producido. Éste es un libro contra la manipulación de la opinión pública mundial por parte de nosotros, los periodistas”.

Los mecanismos y la mentalidad de la época de la guerra fría, ¿no recuerdan a los que se pueden observar en la actual “guerra contra el terrorismo”? En un momento nos topamos con una frase que parece sacada de los periódicos de hoy: alude a los agentes de la CIA “ocupados en propagar la democracia”.

De sus experiencias de reportero en el Tercer Mundo, pronto sacó la conclusión de que la observación del mundo a través de las gafas impuestas por la división de la guerra fría, entre Este y Occidente, entre comunismo y capitalismo, oscurecía la imagen en vez de esclarecerla. Consideraba mucho más importante y mejor planteada la perspectiva Norte-Sur, división entre el mundo de la opulencia y el de la pobreza y la exclusión, con todas sus consecuencias.

Creo que sobre todo por eso, porque había visto demasiadas cosas en su época de reportero en el Tercer Mundo, nunca compartió el entusiasmo por el capitalismo, ni por las modernas ideas de “difundir la democracia” entre los “salvajes”, ni por los EE UU como el imperio.

También comprendía que nuestro “mejor” mundo estaba fuertemente implicado en la aparición de “Mahoma con un fusil”, tema que trató ampliamente en las entrevistas. Estaba horrorizado ante el washingtoniano “partido de la guerra”. Igual de horrorizado estaba ante Al Qaeda, a la que, más que una organización, consideraba “una actitud, una mentalidad”, un “intento de arrojar al infierno a todos los que no comparten su misma visión del mundo”.

No le ha dado tiempo a escribir ningún texto de cierta envergadura en torno a este gran tema de nuestra contemporaneidad. ¿Cuáles son las diferencias entre el Cristo con un fusil de los años 60 y 70 y el Mahoma con un fusil de hoy? ¿Dónde buscar criterios delimitadores entre una lucha armada legítima -aunque nunca buena- y la atrocidad del terrorismo, el cual no es, ni mucho menos, tan sólo un arma de los débiles?

No ha dejado ninguna clave universal, pero sus libros, esbozos, entrevistas y declaraciones permiten plantear muchas preguntas fundamentales, tanto por el meollo de los conflictos de hoy como por la manera de enjuiciarlos.

febrero 23, 2008 Publicado por | periodismo | Dejar un comentario

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