>¿Quo Vadis, Izquierda?
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>Antisistema, nacionalistas y desconfiados
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>Vicios privados, perjuicios públicos
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Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>Alemania se enfrenta al declive de los grandes partidos
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A finales de agosto, cuando la campaña electoral alemana estaba aún desperezándose, saltó la noticia de que la canciller Angela Merkel había celebrado, en la misma Cancillería, una comida de cumpleaños para el banquero Josef Ackermann. Precisamente el multimillonario suizo y presidente del mayor banco de Alemania, Deutsche Bank, uno de los ejecutivos más impopulares del país, celebró en el año de la crisis su 60 cumpleaños rodeado de la élite política y empresarial del país en la Cancillería. El Schnitzel y los espárragos los pagó el contribuyente, la factura política de la noticia corría de cuenta de Merkel.
Sin embargo, pese a la crisis y a los temores económicos de la ciudadanía, el caso apenas dio para unos cuantos artículos de opinión en la prensa alemana. El pretendido escándalo no cuajó y los socialdemócratas del candidato Frank-Walter Steinmeier (SPD) no insistieron. La crisis y los temores económicos de la ciudadanía no están desempeñando un papel clave en la campaña para las elecciones del 27 de septiembre.
La Unión Demócrata Cristiana (CDU), favorita en los sondeos, se enfrenta al mismo problema que su rival y socio de gran coalición, el Partido Socialdemócrata. El ascenso de los partidos pequeños, La Izquierda, Los Verdes y los liberales del FDP parece imparable y apenas les exige gestas como la que protagonizó Barack Obama en las presidenciales de EE UU.
Hasta los años ochenta, los dos grandes partidos cosechaban juntos más del 80% de los votos, y entre ellos estaba solo el FDP. Este año, CDU y SPD podrían no alcanzar el 60%, según apuntan los sondeos.
El tirón electoral de Merkel se mantiene, pero su partido ha encajado dramáticos reveses en los recientes comicios de Sarre y Turingia. Los democristianos perdieron dos mayorías absolutas, 13 y 12 puntos respectivamente.
El SPD, por su parte, celebra como un triunfo haber frenado su desmoronamiento electoral en ambos Estados federados, donde se afana ahora para formar sendos tripartitos con los Verdes y La Izquierda. Estos resultados apuntan a que la preponderancia de los dos grandes “partidos populares” (Volksparteien) SPD y CDU está entonando su canto del cisne.
Los graves problemas económicos de Alemania no han cristalizado de momento en despidos masivos. La contención gubernamental y la unidad demostrada por CDU y SPD cuando el sistema financiero mundial parecía saltar por los aires han quedado como un mérito de Merkel.
El “apocamiento” del que acusaba a la canciller el semanario Der Spiegel en noviembre o a la “pasividad ante la crisis” que percibían algunos medios económicos, se han tornado en elogios a su prudencia. La sorpresa económica del verano fueron los datos del segundo semestre de 2009. El PIB alemán registró un crecimiento del 0,3%.
Tras haber vencido al SPD por un solo punto en las generales de 2005, Angela Merkel no logró disimular su pasmo ante millones de espectadores televisivos. Esperaba un resultado mucho mejor. En estos cuatro años como canciller, Merkel ha conseguido que su limitada agilidad mediática se perciba como imperturbabilidad y coherencia. El repunte económico, después de las críticas de 2008, contribuye a esta imagen y a la popularidad de la canciller.
No obstante, con la crisis aparentemente domesticada y a la espera de su previsible impacto en el mercado laboral, los votantes parecen haber cambiando de preocupaciones. Si la debacle financiera pudo capearse, ahora queda el miedo de muchos a perder el trabajo y a que continúen los recortes sociales, como consecuencia del enorme gasto público en programas de reactivación económica y financiera.
Aquí puntúa La Izquierda, que además cuenta con apoyos tradicionalmente altos en los cinco Estados federados que fueron la antigua República Democrática Alemana. La Izquierda nació en 2007 de la fusión de los ex-comunistas del Este con los disidentes socialdemócratas del entorno de Oskar Lafontaine en el Oeste.
Antes de la irrupción de La Izquierda, que entró en el parlamento de Hesse en 2008, llegó el ascenso político de los Verdes, que precisamente en Hesse colocaron a Joschka Fischer en el Ministerio de Medio Ambiente en 1985. En los noventa, los Verdes parecían a punto de acabar con los liberales. Se decía que no había espacio político para un cuarto partido.
Los Verdes fueron hace años un partido contestatario y ecopacifista. Hoy cuentan con el apoyo de los más jóvenes y de votantes de clase media universitaria. Siete años de Gobierno con el canciller Gerhard Schröder (1998- 2005), con varias intervenciones militares y bombardeos de por medio, privaron al partido de cualquier aura rebelde o pacifista. También despejaron la desconfianza de los acomodados. El grueso de la clientela política de los liberales tiene un nivel educativo similar pero menos preocupaciones medioambientales. Según los analistas, el problema de ambos es que estos son votantes volátiles y exigentes, más dispuestos a cambiar su voto que el resto.
Gregor Gysi, tribuno de La Izquierda, señaló en el último pleno de la legislatura cuál es el problema de CDU y SPD ante la ciudadanía: “En este Bundestag [Cámara baja del Parlamento] hay, en realidad, un puré de consenso”. La convivencia en los Consejos de Ministros y la unidad de los dos grandes partidos frente a la crisis, sumada a la lógica debilidad de una oposición formada sólo por partidos pequeños, ha deslavazado los perfiles políticos de CDU y SPD.
Los grandes partidos disienten en dos puntos fundamentales. Uno es el cierre de las centrales nucleares, pactado por Verdes y socialdemócratas en 2002 y que Merkel quiere aplazar. El otro, la introducción de un salario mínimo propugnada por el SPD.
Merkel se ha aferrado a su exitosa partitura durante lo que va de campaña. Deja que sus barones arremetan contra los socialdemócratas y sacudan a la oposición y se reserva las notas amables del pentagrama. Para el Bundestag, las encuestas siguen otorgando al tándem CDU-FDP una mayoría, aunque ajustada. De no alcanzarla, es probable una segunda parte de la gran coalición. Los tres partidos pequeños volverían a quedarse sin participar en el Gobierno, pero seguirían ganando apoyos durante otros cuatro años.
Planes electorales
CDU
- Los democristianos de Angela Merkel y sus socios bávaros de la CSU han presentado un programa electoral juzgado por muchos analistas como bastante genérico, estudiado para permitir a la canciller un amplio margen de maniobra a la hora de formar coalición después de las elecciones.
- La CDU promete una progresiva, pero leve, bajada de impuestos. El programa prevé un recorte del tipo impositivo mínimo del 14% al 12% y una subida del umbral a partir del que se contribuye al tipo máximo. Los liberales del FDP, socios preferentes de Merkel para la próxima legislatura, abogan por un recorte más radical, que reduciría la recaudación en unos 35.000 millones.
- En otro asunto clave de la pugna electoral —el debate energético— la CDU propone postergar de 10 o 15 años el apagón atómico previsto para 2021. Alemania tiene actualmente 17 reactores nucleares activos.
SPD
- Los socialdemócratas proponen en materia fiscal una leve reducción de impuestos a las rentas bajas, y una subida a las altas. Además, plantean crear un impuesto sobre transacciones financieras.
- El SPD promete convertir a Alemania en una suerte de Silicon Valley de las tecnologías verdes y anunció pleno respaldo a la industria alemana, inversiones y reforma en el sector de la sanidad y de la educación.
>Partitocracia
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Quienes han tenido poca democracia en su historia, como nosotros, suelen reducirla a un modelo único, cuando hay muy diversos tipos de ella, incluidos algunos que ni siquiera son democracias. A las autodenominadas «democracias populares» me remito, pertenecientes al extinguido bloque soviético, dictaduras del más viejo cuño, o a la «democracia orgánica» que tuvimos en España, regida por las «familias» del régimen, bajo la férrea batuta de Franco, cuya aversión a la «democracia inorgánica», como llamaba a las tradicionales, advertía ya de lo alejado que estaba de ellas.
Pero estas últimas, es decir, las que cumplen su condición fundamental de haber surgido de unas elecciones libres y estar regidas por un gobierno más o menos representativo, se dividen en dos grandes grupos, según donde resida el núcleo de poder: las parlamentarias y las presidencialistas, razón de que la norteamericana haya sido llamada «dictadura por cuatro años», tiempo que dura el mandato presidencial, definición no muy exacta, pues el poder del presidente norteamericano se ve controlado de cerca por el Congreso y la Justicia, aunque no vamos a meternos ahora en ello, para no perdernos.
¿A cuál de esos dos tipos pertenece nuestra democracia? A ninguno. El poder en España pertenece a los partidos hasta el punto de que ni siquiera los más grandes lo ejercen, excepto en el caso poco frecuente de obtener la mayoría absoluta. De no ser así, quienes realmente «mandan» son los partidos pequeños, nacionalistas generalmente, favorecidos por una ley electoral que les da ventaja sobre los partidos «nacionales». Algo que parece contradecir el principio mismo de la democracia, «gobierno de la mayoría con respeto a las minorías», pero sin dar a estas últimas la palabra decisiva en los asuntos de Estado, como ocurre en España. ¿Cómo se llegó a tal aberración? Lo atribuyo a nuestra tendencia a ir de un extremo a otro. Franco envió los partidos al infierno, por considerarlos los culpables de todos los males de España, y quienes le siguieron los colocaron en el paraíso, error casi tan grande, pues la democracia no es un paraíso para nadie, todos tienen que apechugar, por lo que puede considerarse más bien un purgatorio. Aunque ésta sí que es realmente otra cuestión.
En cualquier caso, los padres de la Constitución de 1978 dieron todo el poder a los partidos, que ejercen en España una dictadura de facto, tanto hacia fuera como hacia dentro de ellos mismos. Controlan el Ejecutivo, controlan el Legislativo y controlan la justicia, al decidir la composición de sus órganos rectores: el Consejo General del Poder Judicial, el Tribunal Supremo, el Tribunal Constitucional y la Fiscalía General del Estado, que depende directamente del Ministerio de Justicia. Añádanle el control de la Radio y Televisión estatales, y ya me dirán si lo que tenemos no es una «partitocracia», una dictadura de los partidos.
Y lo peor no es su dominio de todos los resortes y recursos del Estado. Lo peor es que tampoco su funcionamiento interno puede decirse que sea democrático. Los partidos políticos españoles son organizaciones piramidales, controlados por una elite que decide el rumbo de los mismos sin tener para nada en cuenta a sus bases. Existen, sí, unos «barones», generalmente territoriales, con amplísimos poderes en su territorio. Pero las necesidades económicas les obligan a depender de su central, lo que reduce sensiblemente su autonomía. Aunque lo que más la reduce es el sistema de «listas cerradas» establecido para todo tipo de elecciones. Una lista que confecciona la dirección del partido, que premia a los leales -es decir, a los que siguen sus directrices sin rechistar- y excluye a los independientes, es decir, a los que se atreven a pensar por sí mismos. Lo que convierte a los partidos políticos españoles en bloques monolíticos, con la inmensa mayoría de sus cuadros limitándose a decir y hacer lo que manda el jefe o a calentar el asiento para el que ha sido asignado. Sólo cuando el partido se halla en la oposición, se atisban movimientos de rebeldía, pero, en ese caso, la rebeldía es casi siempre contra el propio jefe de filas, con ánimo de desbancarle y ponerse él o ella en su lugar. Lo que explica la escasísima fuerza que suele tener la oposición en España. A la falta de poder auténtico, acaparado por el Gobierno, se une el navajeo interno. Un grave falló de nuestro sistema político, pues la oposición tiene un papel relevante en toda democracia vigorosa y operativa.
La mayor tara, sin embargo, de las «listas cerradas» es que vacía a la democracia de su último fundamento: la representatividad ciudadana. Lo que es tanto como dejarla sin contenido. Ya sé que hago una acusación muy grave, pero desgraciadamente, cierta, aunque los españoles, en nuestra ignorancia política, no parecemos o queremos darnos cuenta. Los españoles no sabemos quién nos representa en el Congreso y no digamos ya, en el Senado. Ignoramos a quién poder dirigirnos en caso de que se haya cometido una arbitrariedad administrativa contra nosotros o, simplemente, para exponer una iniciativa que creemos beneficiosa para la comunidad. Se dirá que para lo primero están los tribunales y para lo segundo, los medios de comunicación. Pero llevar una causa a los tribunales españoles es como echar un mensaje al mar en una botella, y los medios de comunicación bastante tienen con hacer oír sus propias voces. Con lo que el ciudadano de la calle se queda sin portavoz en la vida pública. Votó una lista, es decir, un partido, sin saber cuál de aquellos nombres le representa, y hasta la próxima convocatoria. Una de las mayores envidias que siento en Estados Unidos es ver a mis conocidos dirigirse por carta al congresista de su distrito con cualquier tipo de queja, y comprobar que no sólo le responde de inmediato, sino también la queja se atiende, y si es de justicia, se corrige. Esa es la verdadera democracia, ese es el auténtico congresista, atento a los ciudadanos que le votan, a sus problemas e inquietudes. Pero el congresista español sólo tiene que preocuparse de estar a bien con quienes confeccionan las listas de su partido, para que le incluyan, a ser posible, en uno de los primeros lugares, para tener garantizada la elección. Y una vez elegido, hacer lo que le mandan, sin preocuparse lo más mínimo del electorado, de su conciencia o del bien del país.
Es como los partidos políticos españoles se han convertido en maquinarias para alcanzar el poder, y una vez alcanzado, retenerlo a toda costa. Con los resortes que manejan de forma directa -desde el presupuesto a los medios de comunicación estatales- a los que controlan indirectamente -como el aparato policial y judicial- es muy difícil desalojarles, impidiendo eso tan saludable en democracia como es la alternancia en el poder. Sólo por descomposición interna del partido gubernamental, provocada por la corrupción, o por una catástrofe, como la del 11-M, se produce el cambio. Observen que ni en uno ni en otro caso el papel de la oposición es grande, por no hablar ya del de la ciudadanía, que se limita a sancionar con su voto un pastel previamente cocinado.
Pero esto no es muy democrático. El mayor valor de la democracia, me atrevería a decir, lo que la hace superior, o menos mala, a los demás sistemas de gobierno, es precisamente que permite la renovación pacífica y periódica de poderes. Entre nosotros, este tipo de renovación todavía no se da. Tiene que llegar siempre tarde y dramáticamente. Lo que le quita buena parte de su eficacia. Y así continuará mientras, en vez de democracia, tengamos partitocracia, dictadura de partidos.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>La política de las epidemias
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No resulta sencillo tasar los proyectos políticos. Entre otras razones porque en el camino hasta las decisiones se emborronan los principios y, al final, cuesta distinguir entre unos partidos y otros. En una cata a ciegas, aliviados de la facundia de las primeras páginas de los programas, yo por lo menos no las tendría todas conmigo. La política diaria, con sus palabras vacías y ofensas atronadoras, materiales de prendería, tampoco ayuda al deslinde.
Con todo, de vez en cuando, sí que caben algunas cuentas, si no de los partidos, sí de los idearios que supuestamente los inspiran. Y, además, cuentas con problemas importantes. La gripe A y, en general, la política frente a las epidemias, es un buen calibrador. Un calibrador que deja en un pésimo lugar unas cuantas tesis que circulan en el bazar de las ideas conservadoras.
La primera tesis sirve para criticar las intervenciones públicas, las iniciativas planificadoras y, en particular, al Estado como institución capaz de contribuir a la mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos. La argumentación presenta diversas variantes pero, en lo esencial, arranca con un elogio sin matices del mercado, demostración de la bondad de las “soluciones privadas” o “descentralizadas”. El funcionamiento social se resolvería espontáneamente, mediante un mecanismo de mano invisible. Las decisiones dispersas de las gentes, cada uno procurando por su propio bienestar, apuntarían en la misma senda que el bienestar de todos.
Muchas veces es así. Sin ir más lejos en la difusión de las palabras, y aun de las lenguas, cada uno, cuando quiere hacerse entender, recala en aquellas que circulan más y, con ello, allana el camino a los demás. “El poder del uso y el vulgo”, que decía Cervantes. Que el mercado, el mercado eficiente, el que asegura una óptima asignación de recursos, sea un mecanismo de esa naturaleza, descentralizado, no es cosa fuera de disputa entre economistas competentes, por ejemplo, Bernard Guerrien. Pero, en todo caso, lo que es puro desatino es levantar el vuelo y concluir que todos los problemas sociales se solucionan por esa vía. Basta con pensar en el cambio climático. O las epidemias. Coordinar información, aislar o desplazar poblaciones, controlar fronteras, sacrificar cabañas de animales, imponer vacunaciones generalizadas, cerrar espectáculos de masas, paralizar el curso escolar, son acciones que es improbable que se produzcan cuando cada uno va a lo suyo. Es cosa de instituciones poderosas que, entre otras cosas, requieren recursos públicos, impuestos.
La segunda tesis sirve para descalificar las intervenciones radicales y sistémicas. En cierto modo es una concesión respecto a la tesis anterior. Intervengamos, sí, pero de a poquito, paso a paso, se nos dice. Si cambiamos demasiadas cosas a la vez, no sabríamos a qué atribuir los aciertos o los errores. Un juicio sensato, según y cuando, pero, desde luego, en ningún caso de validez incondicional. Las intervenciones tienen que ser sistémicas, sobre todo las importantes.
Mediante unos experimentos de simulación de distintos paisajes sociales, Dietrich Donner, en The logic of failure, ha mostrado cómo las intervenciones parciales desencadenan calamidades sin cuento al enfrentarnos a retos importantes, como la contaminación, la pobreza, la fertilización de cosechas, la escasez de agua, etcétera. Se concentran en un problema y se les escapa el mapa de consecuencias.
Uno de sus ejemplos favoritos son las enfermedades contagiosas. Para combatirlas se requieren medidas que atañen simultáneamente a dimensiones dispares: alimentación, calidad del agua, relación con otras especies animales, picaduras de insectos, higiene, vacunación, contactos personales. Ante el cólera, de poco sirve ducharse dos veces al día si no se controla la calidad de las aguas, esto es, del urbanismo (de la ubicación de fosas sépticas, por ejemplo).
La tercera tesis sirve para defender una idea tibia de democracia, según la cual, la competencia electoral aseguraría el control de las élites políticas por parte de unos ciudadanos de los que no se espera mucho, egoístas y desinformados. Al igual que los consumidores que, incluso si no reconocen una sartén, con sus elecciones como clientes penalizan a los malos restaurantes, los ciudadanos, con su voto, identificarían a los mejores. Suena bien, aunque desafortunadamente las cosas resultan más complicadas.
La dificultad última radica en la particular naturaleza de la actividad política. Mientras en los restaurantes, salvo en los de postín -en los que, en realidad, nosotros no probamos los platos, sino que los platos nos prueban a nosotros y, si no nos gustan, tenemos un problema-, uno, mal que bien, es capaz de reconocer lo mejor, en política no hay un modo inequívoco de identificar la buena gestión. Sobre todo, la gestión que evita que los problemas aparezcan, gestión que, por definición, no deja trazas y, por ende, no luce. Las epidemias que no prosperan son el mejor ejemplo. Cuando se desencadenaron enfermedades como la de las vacas locas o la gripe aviar no faltaron los que, al ver que las cosas no pasaban a mayores, acusaron de tremendista a la OMS, que, precisamente, con su rápida intervención contribuyó en buena parte a que las cosas no pasasen a mayores. Una reacción parecida a la del ex seleccionador de fútbol, Clemente, quien descalificaba los controles antidoping porque “no sirven para nada, como lo prueba el que no hayan pillado a nadie”.
El problema de fondo, la asimetría informativa, es pan de cada día en política, y se desparrama en diversas direcciones, todas ellas pésimas. Una, que los políticos que se anticipan a los problemas no tienen modo de hacerlo saber, de rentabilizar su gestión. Otra, que los Gobiernos intentarán escamotear dificultades para las que no tienen solución o cuya solución exija cambios importantes y fatigosos en la conducta de los ciudadanos. Antes al contrario, la proximidad de las elecciones invitará a políticas de cohetería que, entre otras cosas, aplazan -si no complican- las dificultades.
Si hay elecciones en los próximos seis meses es improbable que se apliquen unas medidas anticrisis que reclamen un esfuerzo inmediato y cuyos resultados se verán el año que viene. El problema no es de un partido u otro, sino de la dinámica de las instituciones, sobre el trasfondo de unos ciudadanos de los que no se espera nada, antes al contrario, de los que se espera lo peor. Entre otras razones porque, a la vista de que nadie ha ganado elecciones con los votos de las generaciones futuras, el mecanismo de la competencia, se abastece y alienta, entre las diversas disposiciones, los comportamientos más miopes, cortoplacistas, o, directamente, irracionales.
Un par de ejemplos entre mil. El primero: un 63% los ciudadanos norteamericanos están de acuerdo en que ha de mejorarse el medioambiente a cualquier precio y, a la vez, otro 52% se niega a apoyar el tratado de Kioto si para ello cada familia ha de pagar 50 dólares mensuales. Aten esa mosca por el rabo.
El segundo: muchos experimentos confirman que valoramos exageradamente la conservación de nuestra situación, aunque esté en la frontera del infierno, y nos mostramos incapaces de anticipar un beneficio futuro, por más cierto que sea. Por eso nos empecinamos en mantener inversiones ruinosas en la bolsa o parejas insufribles. Políticos que no tienen incentivos para contar la verdad y unos votantes que sólo quieren escuchar fantasías, con ese combustible se han diseñado nuestras instituciones.
Las enseñanzas no acaban aquí. Pero tampoco hay que recordar lo obvio; aunque eso nunca se sabe, sobre todo, en un país en el que cada autonomía tiene su calendario de vacunación y los consejeros se reúnen para “negociar” las fechas, empezando por la de la propia reunión, claro; esto es, para redescubrir -aunque, claro, eso no lo dirán- la importancia de un Ministerio que tome las decisiones.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>La izquierda hace agua en Europa
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Los sondeos arrojan sombras sobre el futuro de la izquierda en Europa en plena crisis global. En septiembre, la socialdemocracia alemana puede quedar fuera del poder en Berlín por primera vez desde 1998. Y los socialistas franceses, que no ganan unas presidenciales desde 1988, ven cómo un nuevo partido radical amenaza su territorio electoral. Pero si hay un sitio donde la izquierda ya ha desaparecido del mapa, ése es Italia. Tras la dimisión de Walter Veltroni, esta semana, como secretario nacional del Partido Demócrata (PD), no tiene ni siquiera un líder.
Bueno, tiene uno pero es un interino. Y católico, por más señas. Se llama Dario Franceschini, tiene 50 años, es ex dirigente de la democristiana Margarita, era el número dos de Veltroni y gestionará el partido hasta el congreso, que se celebrará, si no hay novedades antes, en octubre.
La pregunta que se hacen muchos italianos es: ¿cómo ha llegado hasta este desastre la otrora poderosa izquierda italiana? ¿Qué ha pasado en el país para que los sucesores de Enrico Berlinguer y del Partido Comunista más potente de Europa formen hoy una banda de cadáveres políticos ridículamente dividida y entregada a la autodestrucción?
Mucha gente en Italia piensa que la respuesta tiene un nombre: Berlusconi. Otros piensan que el problema es, para empezar, nominal. Dicen que llamar izquierda a la presunta izquierda que encarna el PD es demasiado.
Quizá no se deba llamar izquierda a una variopinta casta de dirigentes radical chic (así llamaba el periodista Indro Montanelli a los revolucionarios de salón) que lleva aferrándose al poder desde hace 20 años, que vive lejos de los problemas reales de los ciudadanos, que forma su opinión sobre la globalización leyendo una prensa retórica y autorreferencial en sus carísimos pisos del centro de Roma o tomando martinis en las playas privadas de Toscana.
La verdad es que el balance de proezas amasado por la llamada izquierda italiana en los últimos 15 años da frío. Por no hacer, no han sido capaces ni de dar al país una ley de parejas de hecho.
Por supuesto, la izquierda tampoco se ha atrevido a legislar contra el conflicto de intereses que ha permitido al hombre más rico del país y dueño del mayor grupo de comunicación tomar el poder. Como dijo Veltroni esta semana: “Berlusconi ha ganado la batalla de la hegemonía social”.
El PD ha perdido. Y se ha convertido en un ente neutro, pálido, sin identidad. Veltroni ha evitado usar la palabra izquierda casi desde que llegó al poder del partido, en octubre de 2007. Su sueño obamaniano ha acabado en pesadilla. Su renuncia ha dejado al partido recién nacido sumido en el caos y la división. Veltroni se ha ido haciendo suyas las palabras del escritor Ennio Flaiano: “Hoy he dejado a mi familia porque estaba cansado de sentirme solo”.
Apuñalado por sus compañeros, que le pedían que fuera más duro; abandonado por intelectuales como Andrea Camilleri y Paolo Flores D’Arcais; adulado tan sólo por la prensa afín, y paralizado por el factor psicológico de ser el rival de Berlusconi, el honesto Veltroni, escritor estimable y orador ameno y culto, ha salido de escena sin cumplir sus promesas: rejuvenecer el partido y enraizarlo en la sociedad.
En sólo 15 meses, el PD ha dilapidado buena parte de la enorme ilusión que generaron unas primarias en las que participaron 3,5 millones de italianos. Queda un desierto por delante y un pasado doloroso, forjado con media docena de derrotas electorales que han extendido el poder de Berlusconi.
El PD había nacido en mayo de 2007 a semejanza de su homónimo estadounidense con la vocación de ser una fuerza reformista mayoritaria e incluyente. Fundiendo El Olivo y La Margarita, acunó en su nomenclatura a 45 notables con solera. Gente inteligente y pinturera, hoy casi todos elegantes cadáveres políticos.
Ex comunistas como Veltroni o Massimo D’Alema, ex radicales verdes como Francesco Rutelli, socialistas europeos como Piero Fassino, católicos centristas como Romano Prodi o Rosy Bindy, gobernadores condenados como Antonio Bassolino, democristianas mustias como la alcaldesa de Nápoles, Rosa Jervolino, heterodoxos filósofos venecianos como Massimo Cacciari, y barones norteños como el sindicalista turinés Sergio Chiamparino o el boloñés Sergio Cofferati, un alcalde de ideología cercana a la Liga Norte. Por si faltaba alguien, más tarde se sumarían a las listas electorales los radicales dirigidos por Emma Bonino.
Para dar fe de que la pluralidad del grupo era suficiente, antes de las elecciones generales de abril de 2008 Veltroni decidió deshacerse de los partidos de la izquierda maximalista y concurrir solo a las urnas, en alianza posterior con la Italia de los Valores del ex juez estrella Antonio di Pietro.
Su gesto tuvo la virtud de simplificar de un plumazo la disparatada pulverización que marcó el último Gobierno de Romano Prodi, que duró 722 días y repartió carteras entre una quincena de partiditos. Algunos tan de izquierdas que gobernaban de lunes a viernes, y el sábado salían en manifestación contra el primer ministro.
Llegaron las urnas y quedó reducida a cero la izquierda clásica. La frase de Fausto Bertinotti, el veterano líder obrero de Refundación que marcó tendencia con sus calcetines de lana de cachemira, fue tan histórica como su desaparición: “Tenemos que volver a las verjas de las fábricas”.
El muro de Berlín había caído por fin en Italia. El PD de Veltroni fue apoyado por 12 millones de electores. Una derrota digna: el 33%. Sumado al 4% de Di Pietro, el 37%. Pero una derrota al fin y al cabo. Tocaba oposición, gobierno en la sombra, sudor y lágrimas.
Desde entonces sólo ha habido sombra, sudor y lágrimas. Berlusconi, en cambio, sonríe satisfecho. Probablemente lo hará hasta que fallezca. Su único problema será que, cuando diga lo de siempre, que la oposición es un nido de rojos, nadie le creerá. Porque ni habrá oposición ni serán rojos. Pero eso tampoco tiene importancia. Como dijo Ennio Flaiano, el gran guionista que colaboró con el cineasta Federico Fellini: “La situación en Italia es grave, pero no seria”.
Alemania tampoco está para bromas. La Unión Demócrata Cristiana (CDU) de Angela Merkel corteja al Partido Liberal (FDP) con la mirada puesta en las elecciones federales de septiembre, mientras su actual socio socialdemócrata en la gran coalición parece abocado a los escaños de la oposición. Será la primera vez desde que Gerhard Schröder llegara a la cancillería en 1998. Estos casi 11 años de Gobierno, primero como socios principales de una colación con los Verdes y, desde 2005, como segundones en el Gabinete de Merkel, han desgastado los apoyos y la imagen del Partido Socialdemócrata (SPD) hasta sumirlo en una crisis existencial.
Según la encuesta que publica esta semana la revista Stern, el SPD obtendría ahora mismo el 22% de los votos. Precisamente ahora, durante la peor crisis del modelo capitalista liberal registrada en décadas, sale fortalecido con un 18% de intención de voto el FPD, un partido minoritario cuyo programa se basa en cantar las alabanzas del mercado libre.
Para una formación política con 136 años de historia y que desde 1957 no ha bajado del 30% de los sufragios en ninguna de las elecciones federales, un 22% sería un resultado catastrófico; el peor desde la prohibición del SPD por los nazis en 1933.
2008 fue sin duda un annus horribilis para los socialdemócratas alemanes. Tras el derrocamiento del renano Kurt Beck como presidente del SPD, en septiembre se hicieron con las riendas del partido el ministro de Exteriores, Frank-Walter Steinmeier, y el veterano dirigente Franz Müntefering. El primero asumió el liderazgo como candidato a canciller y dejó la presidencia del SPD al segundo tras una larga crisis de identidad. Los interminables dilemas sobre si había que pactar o no con los ex comunistas de La Izquierda y las constantes meteduras de pata de Beck dejaron paso al avezado Müntefering. Sin embargo, el candidato Steinmeier, cuya capacidad de seducción mediática es nula, no ha logrado dar verosimilitud al proyecto socialdemócrata de seguir en el Gobierno federal a partir de septiembre.
El debilitado SPD sólo podría gobernar en Berlín si pacta con La Izquierda, algo que Steinmeier descarta. O si logra forjar una improbable coalición semáforo con los Verdes y los liberales del FDP. Pero lo más probable es que pase a la oposición para poder demostrar si es capaz de sobrevivir al naufragio que amenaza a la izquierda europea.
>La izquierda está en las calles
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Por Guy Sorman (ABC, 19/12/08): Los disturbios que han arrasado toda Grecia pueden tener muchas causas, pero una que rara vez se menciona es la fractura de la izquierda griega en dos: el PASOK, el partido socialista tradicional de George Papandreou, y una facción cada vez más radicalizada que rechaza cualquier adaptación tanto a la Unión Europea como a la economía moderna. Esta división está paralizando a los partidos socialistas de toda Europa en mayor o menor medida. El hecho de que la izquierda tradicional se muestre tan apática en medio de la crisis económica actual es más que extraño. En lugar de sentirse estimulados por las dudas renovadas sobre el capitalismo, los partidos socialistas europeos no han logrado realizar ningún avance político serio. En países en los que están en el poder, como España, son ahora muy impopulares. Y donde están en la oposición, como en Francia e Italia, están desorganizados (como lo están los socialdemócratas de Alemania, a pesar de formar parte de la Gran Coalición gobernante). Ni siquiera los socialistas suecos, que fueron el partido dominante durante todo un siglo y ahora están fuera del poder, han sido capaces de sacar partido de la crisis. Puede que Reino Unido sea la excepción, aunque es posible que al Partido Laborista defensor del mercado al que ha dado forma Tony Blair ya no pueda considerarse un partido de izquierdas.
Y lo están. De hecho, es difícil encontrar algún análisis convincente de la crisis actual por parte de la izquierda que vaya más allá de los eslóganes anticapitalistas. Los socialistas culpan a los financieros avariciosos, pero ¿quién no lo hace? En cuanto a los remedios, los socialistas no ofrecen nada más que las soluciones keynesianas que ahora está proponiendo la derecha.
El futuro del socialismo europeo también se ve entorpecido, curiosamente, por la Unión Europea. Hoy en día, construir el socialismo en un país es imposible porque ahora todas las economías europeas son interdependientes. El último dirigente que probó un socialismo particular, el presidente francés François Mitterrand en 1981, se rindió ante las instituciones europeas en 1983.
Estas instituciones, basadas en el libre comercio, la competencia, los déficit presupuestarios limitados y el dinero seguro, son básicamente favorables al mercado; dentro de ellas hay poco margen para el socialismo doctrinario. Ésta es la razón de que la izquierda radical sea antieuropea.
A los socialistas europeos también les está resultando difícil destacar en asuntos exteriores. Solían ser unos reflexivos defensores de los derechos humanos, mucho más que los partidos conservadores. Pero desde que George W. Bush empezó a utilizar estas ideas como parte de sus campañas en pro de la democracia, los socialistas europeos se han vuelto más recelosos respecto a ellas.
Además, sin la Unión Soviética, los socialistas europeos tienen pocas causas extranjeras con las que identificarse: pocos comprenden la Rusia de Putin, y la China totalitaria y capitalista de hoy en día resulta demasiado lejana y extraña. Y desde la elección de Barack Obama, el antiamericanismo ya no es una forma viable de conseguir apoyos. Los viejos tiempos en que trotskistas y socialistas formaban un frente común para atacar a Estados Unidos se han terminado.
Claro está que la debilidad y la división ideológicas de la izquierda no la excluirán del poder. Es capaz de aferrarse a la presidencia, como lo está haciendo Rodríguez Zapatero en España y Gordon Brown en Reino Unido. En última instancia, la izquierda puede ganar las elecciones generales en otros lugares si la nueva derecha keynesiana se muestra incapaz de poner fin a la crisis. Pero, estén en la oposición o en el gobierno, los socialistas no tienen un programa político claro.
Sin embargo, la lección que nos enseña Grecia es que lo que más deberían temer los socialistas europeos es el gusto de la izquierda radical por los disturbios y su talento para ellos. La falta de contenido del socialismo tiene una consecuencia.
Parafraseando a Marx, un fantasma se cierne sobre Europa: el fantasma del caos.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>El descenso a los infiernos del PS francés
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Por Sami Naïr, profesor en la Universidad Pablo Olavide de Sevilla. Traducción de Martí Sampons (EL PAÍS, 13/12/08): El congreso de Reims del Partido Socialista confirma una evidencia: el descenso a los infiernos de la izquierda francesa prosigue inexorablemente, mientras que la derecha en el poder confía en yugular la fuerza de rechazo que se ha manifestado contra ella en las elecciones cantonales y municipales. El Partido Socialista ha ganado todas las elecciones desde que Nicolas Sarkozy llegó al poder, pero las ha ganado menos por su credibilidad que por el “efecto limpia parabrisas”, según el cual el electorado decepcionado sanciona a la mayoría en el poder votando a una oposición en la que no cree realmente. La crisis de la izquierda francesa es en primer lugar la crisis de su dirección política, y más fundamentalmente, la crisis derivada de la ausencia de un proyecto político alternativo serio. De hecho, el congreso de Reims ha revelado por lo menos tres cosas. En primer lugar, este congreso quería ser el del “proyecto”, y no el de la elección de un candidato a las próximas elecciones presidenciales. Ahora bien, la elección de Martine Aubry augura tiempos inciertos, puesto que ella misma es “presidenciable”. Aunque ha conseguido reunir a su alrededor en la segunda vuelta a todos los enemigos de Ségolène Royal (Jospin, Fabius, Hollande, Delanoë, Emmanuelli, los partidarios de Strauss-Kahn y otros más), sólo ha podido vencer por muy poco, lo que confirma la fuerza de la corriente Royal en el partido. El todo contra Ségolène se ha convertido en todos contra Ségolène. En sí, esta coalición defensiva del aparato contra Royal tendrá consecuencias duraderas. En segundo lugar, la elección de Martine Aubry, del todo legal por otra parte, es frágil, puesto que la realidad de las relaciones de fuerza en el seno del partido es del orden de 50 a 50. En estas condiciones podíamos esperar de Martine Aubry y de quienes la apoyaban que eligiesen en la composición del nuevo equipo, y para vendar las heridas, a una dirección colegial unitaria y ampliamente abierta a los representantes de Ségolène Royal. Nada de esto ha ocurrido. El sábado 6 de diciembre, el nombramiento de la nueva ejecutiva del partido encarnaba fielmente la batalla del congreso. Los royalistas fueron empujados a la minoría. Proponían varias enmiendas sobre la política europea, la organización de primarias de toda la izquierda para las elecciones presidenciales, la instauración de una cuota más accesible para los simpatizantes y las alianzas. No obtuvieron nada. En tercer lugar, esta situación augura un mal porvenir. Es probable que el PS vaya hundiéndose en la espiral suicida que vive desde la desaparición de François Mitterrand, ya que ninguno de los problemas planteados a este partido desde mediados de los años ochenta ha sido resuelto. Vive una situación típica de crisis sistémica, con efectos destructivos de feed back. La crisis de la dirección política refleja la de la ausencia de proyecto político movilizador, y esta ausencia de proyecto reproduce, profundiza, la crisis de dirección política. En lugar de ser una fuerza con propuestas y llena de esperanzas, el partido se ha convertido en una batalla campal de “presidenciables” y en un valle de lágrimas para unos militantes desesperados. Sobre la crisis de la dirección, las contradicciones son patentes en el seno de la nueva coalición. Ante el desastre económico del liberalismo y la crisis social resultante, la parálisis de Europa y la dimisión del Estado, ¿cómo podría llegarse a consensos fuertes entre los partidarios socio-liberales de Strauss-Kahn, Jospin y Delanoë y los de Fabius y Hamon, más socialdemócratas? En el momento en que los propios ultraliberales piden auxilio al Estado, la nueva dirección del PS retoma este leitmotiv aunque, de momento, sin darle un contenido concreto. En efecto, si tomamos las cinco mociones que han sido presentadas en el congreso, incluyendo la de Ségolène Royal, es difícil encontrar divergencias serias entre ellas. Elaboradas desde una perspectiva táctica, todas ellas buscaban borrar las diferencias de orientación en provecho de una síntesis. Pero unida por el rechazo a Ségolène Royal, ¿resistirá esta dirección al impacto de los acontecimientos? Y las ambiciones personales de unos y otros, ¿acaso desaparecerán milagrosamente? Martine Aubry gobernará bajo la mirada de los jefes de los clanes. Y éstos, sólidamente instalados en el partido como señores feudales, no están dispuestos a ver cómo se transforma en monarca absoluto. Esta situación no hace en realidad sino manifestar una crisis más profunda. El Partido Socialista francés ha sido incapaz de hacer balance de los años Mitterrand y Jospin. Ha sido incapaz de definir una línea clara sobre Europa y nunca se ha interrogado sobre el sentido de la victoria del no en el referéndum de 2005 a propósito de la Constitución europea. Tampoco ha sabido analizar las mutaciones internacionales después de la descomposición de la URSS, ni entender el papel del imperio americano convertido en superpotencia unilateral. En el ámbito socio-económico, mientras que exhibía hábilmente su adhesión al liberalismo de las costumbres, en realidad se adormecía ante el liberalismo financiero. En las elecciones presidenciales de 2002, Lionel Jospin llega detrás de Le Pen, el líder de la extrema derecha. Jamás se ha analizado esta derrota, quizá por la transferencia de la culpa a otros candidatos de la izquierda. Demasiado simplista. El Partido Socialista nunca ha sabido escoger entre la socialdemocracia alemana, el social-liberalismo de Blair y el socialismo reformista a la francesa. En realidad, la experiencia del Partido Socialista en el poder, entre 1981-84, 1988-93 y 1997-2002, es decir, 13 años y tres cohabitaciones, es una curiosa mezcla de todas esas culturas, sin ninguna aportación ideológica original. Una mezcla que ha llevado a la impotencia. La crisis económica y financiera actual es aún más reveladora del desfase del PS. En las mociones presentadas en el congreso no encontramos ningún análisis serio sobre la mundialización, el librecambismo, las relaciones entre países pobres y ricos, las potencias emergentes, la reorganización geopolítica en marcha y el medioambiente, etcétera. La “declaración de principios” adoptada por el PS en la primavera de 2008, antes de que esta crisis mundial apareciera en toda su gravedad, chorrea buenas intenciones socio-liberales y propone, como si fuera el problema, el alineamiento con la economía de mercado. Todo esto, más bajo una forma de catálogo que de visión del mundo, de eslóganes publicitarios que de un proyecto coherente de sociedad fundado sobre un análisis crítico de la realidad existente. Es duro reconocerlo, pero debemos decirlo: el Partido Socialista jamás ha estado en una situación tan grave en el plano ideológico. Podemos preguntarnos hasta dónde llegará su caída. Hay dos hipótesis: o bien sigue desmoronándose, empujado por el juego de las ambiciones y la ausencia de proyecto, y entonces podemos apostar que acabará implosionando en varias capillas opuestas, dejando el campo político despejado para la derecha, como entre mediados de los años cincuenta y 1981. La izquierda será entonces, en el mejor de los casos, una fuerza municipal y regional, pero no accederá a la presidencia de la República, clave de bóveda del sistema político francés. O bien la nueva dirección sabrá hacer rápidamente propuestas para reunificar todas las corrientes internas, frenar las ambiciones personales con orientaciones programáticas, unir el pragmatismo a la audacia intelectual, abrirse a todas las corrientes que quieren renovar la sociedad, ser finalmente el partido que une a la izquierda. Puesto que el ciclo que ha separado a las principales familias de la izquierda a principios del siglo XX se derrumbó con el muro de Berlín en 1989 y ha sido enterrado con la desaparición de la URSS en 1991. El Partido Socialista ya no tiene ningún adversario serio a su izquierda. Es, pues, el momento ideal para preconizar la unidad de todos los demócratas de progreso, de los republicanos sociales, de los radicales, de los comunistas, de los ecologistas y de los altermundialistas en una gran confederación de izquierdas, en la que cada uno podrá por lo demás conservar su especificidad, pero donde todos estarán unidos bajo un mismo programa de gobierno. Es el medio más eficaz para enfrentarse al gran partido de derechas que ha construido Sarkozy. Y sería sin duda la mejor manera para que el Partido Socialista saliera de la crisis. Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
PSOE: examen de marxismo
No se han confundido. Están leyendo ABC, como siempre, y estamos en pleno siglo XXI. Me refiero, ya saben, a la renuncia del PSOE a la lucha de clases. Adiós a patricios y plebeyos, señores y vasallos, burgueses y proletarios. «Big deal», como dicen los anglosajones. Después de 37 congresos y 129 años de historia, los socialistas admiten que «la izquierda no puede dar la espalda a las empresas». No está mal. Les propongo una adivinanza, al modo de una prueba de selectividad. ¿Quién es el autor del texto siguiente? Lean con atención: «la burguesía ha producido maravillas mucho mayores que las pirámides de Egipto, los acueductos romanos y las catedrales góticas…». Poco después: «…ha creado energías productivas mucho más grandiosas y colosales que todas las pasadas generaciones juntas». ¿Es Adam Smith, padre fundador de la economía política? ¿Acaso Hayek, el favorito de los perversos neoliberales? ¿Será tal vez un curso impartido por la CEOE, el Círculo de Empresarios o alguna asociación de bancos y entidades financieras? Muchos lectores lo recuerdan. Los autores son Karl Marx y F. Engels y el texto se llama, en efecto, «Manifiesto comunista». La fecha, 1848, nada menos. Nuestros vecinos socialistas han perdido mucho tiempo antes de alcanzar por fin la tierra prometida. «Necesitamos integrar a la empresa en nuestro proyecto de sociedad», dice el documento ideológico aprobado el otro día. Felipe González abandonó el marxismo en 1979, pero quedaba algún fleco suelto. Ahora Zapatero envía la lucha de clases al museo de la arqueología doctrinal. ¿Cuál es la seña de identidad del socialismo posmoderno?
Tantos años de oficio académico, pero en el gremio de la teoría política nadie había sospechado que IDEAS significa «igualdad, derechos, ecología, acción y solidaridad». Nace así la macrofundación socialista, aunque más parece la dieta federal de las fundaciones actuales que se resisten a desaparecer. Retórica sin contenido, incluso para el especialista en el análisis del discurso político. Lugares comunes, con un invitado poco coherente: «acción» es un término que remite al historiador a tiempos y lugares relacionados con ideologías autoritarias en la Europa de entreguerras. Por ahí siguen el republicanismo cívico y los guiños a la democracia participativa, deliberativa o inclusiva. Sin embargo, la gente real se resiste -por fortuna- a sujetar su conducta al modelo de ciudadano virtuoso que propone Zapatero. Curiosa monserga para tiempos de crisis: tenemos que ser optimistas, benevolentes y, lo principal, buenos consumidores. Apoteosis del estilo posmoderno: la lucha por la revolución universal deja paso a las máscaras ingrávidas y la ética superficial. Hundido el socialismo «real», en crisis el Estado-providencia y crecido el adversario liberal por el auge de la globalización, la izquierda necesita una renovación urgente. Se ha quedado sin sujeto histórico al que salvar de la maldad intrínseca de los capitalistas. El conformismo alcanza hace tiempo al viejo proletariado industrial, plenamente integrado en la lógica del sistema. El gran mérito de Occidente es haber configurado una sociedad de clases medias. Se acabó la «lucha» entre ricos y pobres. Para seguir adelante, habrá que inventar algo.
Así pues, la izquierda renuncia a la revolución, qué remedio. Acepta la tarea de gestionar las contradicciones del capitalismo tardío. Lo hace bastante mal, por cierto, al menos en España. Tiene mala conciencia, pero la supera con facilidad porque suele ser indulgente consigo misma y domina de momento la agenda ideológica. Quizá no por mucho tiempo… ¿Quién falta por emancipar? La lista ofrece bastantes posibilidades: mujeres, algo más de media humanidad; inmigrantes desorientados; minorías sexuales; etnias y culturas oprimidas, de verdad o de mentira; movimientos con vocación transversal, como el ecologismo y el pacifismo. Fin de los grandes relatos modernos, marxismo incluido. El objetivo es una política de la diferencia sin jerarquía y una sociedad con más derechos que obligaciones. Una sociedad «decente», le gusta repetir al presidente. Le han dicho que es un adjetivo novedoso en este contexto, pero no es verdad: debería leer «Los endemoniados», de Dostoievski. Amalgama de fragmentos incoherentes con una finalidad más clara de lo que parece. Economía y progresismo son conceptos incompatibles en un país desarrollado. Recuerden el fracaso estrepitoso del primer Mitterrand. Por tanto, salvemos nuestra conciencia abrumada por la renuncia: no habrá, por supuesto, nacionalización, reparto de tierras o agresiones a la propiedad privada. ¿Cómo ser más moderno que nadie en una sociedad conservadora?
Les propongo el mismo juego de antes. He aquí el texto. «La burguesía despojó de su halo de santidad a todo lo que antes se tenía por venerable y digno de piadoso acatamiento…»; «desgarró los velos emotivos y sentimentales que envolvían a la familia…»; «echó el jarro de agua helada de sus cálculos egoístas por encima del santo temor de Dios». Ya saben, otra vez el «Manifiesto» de Marx y Engels. Ahora dicen que la modernidad conduce a la quiebra de la institución familiar, al aborto o a la eutanasia, aunque sea bajo disfraz de eufemismos varios. Mucho me temo que no. Les gusta Obama, como es notorio. Se identifican con los demócratas en Estados Unidos, aunque deberían comprobar las diferencias entre la histórica taberna de Tetuán y el barrio de Beacon Hill, lo más exquisito del Boston «izquierdista». Pues bien, los americanos llaman a los demócratas el «Mom´s Party» porque es el partido de la familia, núcleo de valores solidarios y por ello -dicen- progresistas. Al final siempre pierden los débiles. El «nasciturus» o el enfermo terminal defienden peor sus legítimos derechos que los dueños del poder y de la gloria social. Hay que ser modernos, pero cuando y con quien se pueda. En realidad, no importan ni poco ni mucho la ideología, la coherencia o el espíritu de los tiempos. Al parecer, el PSOE marca un giro «izquierdista» en el congreso más complaciente del que se guarda memoria. Guiño a los sectores radicales, más vociferantes que numerosos. Sobre todo, trampa burda para centristas de viejo o de nuevo cuño. Explotar las contradicciones del adversario, decía el manual ortodoxo que estudiaban en tiempos de la Transición aquellos jóvenes airados que aspiraban a ingresar en el PSOE. Autora, Marta Harnecker, por si la memoria flaquea. Tenía que ser muy fácil, porque todos aprobaron el examen. Lo dicho, el PP actual debe jugar en el terreno que le conviene y no dejarse arrinconar en el debate sobre señas de identidad. Si aplicamos los principios más elementales de la ética humanista, está muy claro quién lleva la razón.
Así se escribe la historia. «Hemos sido, somos y seremos un partido de izquierdas», dijo Zapatero mezclando con los tópicos al uso algunas gotas dosificadas de laicidad. Añadió que vuelve la socialdemocracia, pero no le parece que sea incompatible con el imaginario de la exclusión y la pertenencia. Sin embargo lo es, porque ignora sus raíces doctrinales. Tampoco importa mucho: los políticos acuden al supermercado de las ideas y compran allí conceptos multiuso envueltos en papel de regalo ¿Basta con tan poca cosa para ser un buen socialista en el sigloXXI? Nunca he citado tanto a Marx, y es probable que no lo vuelva a hacer: «hoy en día, el poder público viene a ser, pura y simplemente, el consejo de administración que rige los intereses colectivos de la clase burguesa». No me extraña que renuncien a los ancestros.
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