Ciencias y Arte

Noticias y comentarios sobre Ciencia Política, Administración Pública, Economía y Arte

>El genocidio olvidado

>

Por Sanjeev Sanyal, autor de The Indian Renaissance: India’s Rise after a Thousand Years of Decline. Traducido del inglés por David Meléndez Tormen (Project Syndicate, 18/03/11):
Hace exactamente 40 años el régimen militar paquistaní de Yahya Khan inició la “Operación Reflector” en marzo de 1971. Esa expedición militar no fue sino la última de una serie de matanzas realizadas para intimidar a la población descontenta e inquieta de lo que se llamaba entonces Pakistán Oriental, la Bangladesh independiente de hoy. Lo que siguió fue una de las peores masacres en la historia humana, hoy casi olvidada por la comunidad internacional.
Pakistán fue creada por la partición de la India británica en 1947, pero su territorio se dividió en dos enclaves separados por cientos de kilómetros. Si bien compartían una religión, el Islam, había grandes diferencias culturales y lingüísticas entre el Pakistán Occidental y Oriental.
En el este, había un fuerte sentido de ser bengalí y una considerable minoría hindú siguió viviendo en la provincia. Además, había un gran resentimiento por el hecho de que el poder político estuviera en manos de políticos y generales occidentales que manifestaban una clara insensibilidad a las demandas bengalíes. A muchos les parecía que, con la creación de Pakistán, Pakistán Oriental no había hecho más que pasar de una forma de colonialismo a otra. A medida que las demandas bengalíes por autonomía cobraron impulso, la respuesta se volvió más represiva.
En noviembre de 1970, el ciclón tropical “Bhola” azotó Pakistán Oriental, matando a entre 300.000 y 500.000 personas. Bhola se sigue considerando uno de los peores desastres naturales de la historia, y los tibios esfuerzos de socorro de la dictadura militar indignaron a la población bengalí.
Así, cuando los líderes militares de Pakistán finalmente permitieron elecciones a finales de diciembre de 1970, Pakistán Oriental votó abrumadoramente por la Liga Awami, de corte nacionalista bengalí, que ganó 167 de 169 escaños en la provincia. Puesto que Pakistán Oriental tenía más población que Pakistán Occidental, el resultado de las elecciones planteó la posibilidad de que los bengalíes pudieran terminan gobernando el país en su conjunto, lo cual era inaceptable para los altos mandos militares, predominantemente del Punjab, o para Zulfikar Ali Bhutto, líder del mayor partido político de Pakistán Occidental. Las elecciones fueron “canceladas” y Pakistán Oriental estalló en una rebelión abierta.
Yahya Khan respondió enviando tropas. El resultado fue un genocidio en el que fueron asesinados cerca de tres millones de personas, en particular intelectuales y miembros de minorías. Un objetivo especial fueron las habitaciones de estudiantes de la Universidad de Dhaka. Hasta 700 estudiantes fueron masacrados en un solo ataque en Jagannath Hall. Varios profesores bien conocidos, tanto hindúes como musulmanes, fueron asesinados. Cientos de miles de mujeres fueron violadas sistemáticamente en el campo. A septiembre de 1971, diez millones de refugiados habían huido al este de India.
El mundo supo lo que estaba sucediendo. En la revista Time del 2 de agosto de 1971 se cita a un funcionario de los Estados Unidos diciendo: “Esta es la masacre más increíble y calculada desde los días de los nazis en Polonia”. El artículo describe las corrientes de refugiados:
“Por ríos y carreteras, y a lo largo de incontables senderos por la selva, la población de Pakistán del Este sigue derramándose sobre la India: un interminable y desorganizado flujo de refugiados con unas pocas calderas de lata, cajas de cartón y ropas andrajosas apiladas en la cabeza, llevando sus niños enfermos y sus ancianos. Caminan descalzos y el lodo succiona sus talones en las partes húmedas. No dicen nada, a excepción de un niño que llora de vez en cuando, pero sus rostros cuentan la historia. Muchos están enfermos y cubierto de llagas. Otros tienen el cólera y cuando mueren en el camino no hay nadie que los entierre.”
La respuesta de la comunidad internacional a las masacres fue vergonzosa. Ahora tenemos copias de los desesperados cables enviado por el diplomático Archer Blood y sus colegas del consulado de EE.UU. en Dacca (hoy Dhaka), en que implora al gobierno estadounidense que deje de apoyar un régimen militar que estaba llevando a cabo tal genocidio. En lugar de ello, el presidente Richard Nixon se concentró en intimidar a la primer ministro de India, Indira Gandhi, para que se mantuviera al margen. Hasta enviaría la Séptima Flota de EE.UU. para acobardarla. Afortunadamente, Gandhi se mantuvo en su postura y comenzó a prepararse para la guerra.
Envalentonados por las promesas de apoyo de EE.UU. y China, los comandantes militares de Pakistán ordenaron ataques aéreos preventivos contra la India el 3 de diciembre de 1971. La respuesta de la India fue rápida y fuerte. Con el apoyo de la población civil, así como de la organización Mukti Bahini, un ejército irregular de rebeldes bengalíes, el ejército indio entró en Pakistán Oriental. Nixon estaba demasiado empantanado en Vietnam como para hacer algo más que proferir amenazas. El 16 de diciembre, los paquistaníes firmaron la rendición en Dacca. Había nacido Bangladesh.
Tras haber aceptado el genocidio, la comunidad internacional lo ha olvidado convenientemente y ningún funcionario paquistaní ha sido nunca llevado ante la justicia. Por el contrario, muchos de los responsables más tarde ocuparon altos cargos de gobierno. Es como si los juicios de Nuremberg nunca hubiesen ocurrido después de la Segunda Guerra Mundial.
En momentos que el mundo observa la masacre de Muammar Gadafi sobre su propio pueblo en Libia, haríamos bien en recordar el coste humano de la indiferencia internacional.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 21, 2011 Publicado por | Bangladesh, crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra, Pakistán | Dejar un comentario

>No Secrets in the Sky

>

By Peter Bergen, a senior fellow and Katherine Tiedemann, a policy analyst at the New America Foundation (THE NEW YORK TIMES, 26/04/10):
The highly classified C.I.A. program to kill militants in the tribal regions of Pakistan with missiles fired from drones is the world’s worst-kept secret.
The United States has long tried to maintain plausible deniability that it is behind drone warfare in Pakistan, a country that pollsters consistently find is one of the most anti-American in the world. For reasons of its own, the Pakistani government has also sought to hide the fact that it secretly agreed to allow the United States to fly some drones out of a base in Pakistan and attack militants on its territory.
But there are good reasons for the United States, which conducted 53 such strikes in 2009 alone, and Pakistan to finally acknowledge the existence of the drone program.
First, there is the matter of Pakistani civilian casualties caused by the drones. In a poll last summer, only 9 percent of Pakistanis approved of the drone strikes. A key reason for this unpopularity is the widespread perception that the strikes overwhelmingly kill civilians.
A survey we have made of reliable press accounts indicates that since January 2009, the reported strikes have killed at least 520 people, of whom around 410 were described as militants, suggesting that the civilian death rate is about 20 percent.
It’s possible, however, that the number is even lower. An American counterterrorism official told The Times in December that the civilian fatality rate is only 5 percent, saying that “just over 20” civilians and more than 400 militants were killed in 2009. Should the American government’s claims about the small number of civilian deaths be verified, some of the Pakistani hostility toward the United States might dissipate. This would be much easier if the now-classified videotapes of drone strikes were made available to independent researchers.
Acknowledging the drone program would also help advance our efforts — and improve our profile — in the region by providing an excellent example of the deepening United States-Pakistan strategic partnership. Since January 2009, up to 85 reported drone strikes have killed militants who are responsible for the deaths of thousands of Pakistanis. A good deal of the intelligence that enables these strikes comes from the Pakistanis themselves.
Last, Pakistanis once considered any military offensive against the Taliban as fighting America’s war. But because of the cumulative weight of the Taliban’s atrocities against politicians, soldiers, police and civilians, Pakistanis now believe that battling the militants is in the country’s own interest. As a result, over the past year, the public’s support for the Pakistani Army’s efforts in the Swat Valley and South Waziristan has surged. If Pakistan came clean about its involvement with the drones, public backing for the program might similarly increase.
Of course, by acknowledging the drone strikes, the Obama administration would also have to admit that civilians are sometimes killed in these attacks. When Afghan civilians are killed by American forces, their families are often compensated by the United States. Surely, the families of Pakistani civilians killed in American drone strikes deserve the same.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

mayo 2, 2010 Publicado por | armamentismo, Estados Unidos, Pakistán | Dejar un comentario

>Estrategia problemática en Afganistán y Pakistán

>

Por Mariano Aguirre, director del Norwegian Peacebuilding Centre, Oslo (EL PAÍS, 06/05/09):

Pocas semanas después de que el presidente Barack Obama anunciara una nueva estrategia integrada para Afganistán y Pakistán, basada en aumentar el número de tropas y técnicos en el primer país, fortalecer la ayuda militar y de desarrollo en el segundo, iniciar el diálogo con insurgentes moderados y promover un marco regional de negociación, emergen dudas sobre su viabilidad.

El general David Petraeus quiere repetir en Afganistán la fórmula usada en Irak: aumentar momentáneamente las tropas estadounidenses, poner más énfasis en proyectos civiles, no actuar como ocupantes y crear milicias que defiendan sus poblados y colaboren con la débil policía y Ejército afganos para combatir a los talibanes.

Además de que la situación en Irak está lejos de ser estable, su estrategia tiene tres problemas.

Primero, la volubilidad de los individuos y grupos armados de ese país que desde 1980 han cambiado en varias ocasiones de bandos y lealtades.

Segundo, que los talibanes están ejerciendo una fuerte presión sobre los pastunes para que no se alíen con Estados Unidos y el Gobierno de Kabul, amenazándoles con venganzas colectivas.

Tercero, que la experiencia en diversos países muestra que, una vez que se crean milicias paramilitares, pueden generarse nuevos ciclos de violencia, especialmente cuando no hay control estatal.

El número de tropas extranjeras en Afganistán se ha cuadruplicado desde 2001, al tiempo que han aumentado las fuerzas de seguridad locales, pero la inestabilidad es mayor y la insurgencia más fuerte. Nada asegura que un incremento de tropas vaya a ser exitoso. De hecho, los talibanes y otros grupos insurgentes de Afganistán y Pakistán están estrechando sus alianzas para recibir a las nuevas tropas de Estados Unidos. A su vez, Washington no cuenta con suficientes efectivos para cubrir simultáneamente Irak y Afganistán, ni con suficientes técnicos militares dispuestos a ir a este último país.

Recientemente, 50 parlamentarios del Progressive Caucus en el Congreso expresaron a Obama sus dudas, especialmente que el aumento de tropas no le conduzca a las situaciones que afrontaron los presidentes Lyndon Johnson en Vietnam o George W. Bush en Irak, que terminaron produciendo miles de víctimas y una salida sin victoria.

El representante demócrata Jim McGovern declaró: “Tengo el profundo sentimiento de que nos estamos metiendo en algo de lo que nunca vamos a poder salir”. Esa frase expresa que la complejidad del problema no permite imaginar una estrategia de salida exitosa, y a corto plazo, de las tropas de Estados Unidos. Esto puede ser un grave problema interno para Obama.

Una gran incógnita es con quién negociar. Por un lado, no hay claridad sobre quiénes son los talibanes moderados y los radicales a los que se refiere Estados Unidos.

La insurgencia afgana y paquistaní incluye grupos tribales, subtribales y clanes que van desde las tribus pastún, que son antioccidentales pero no “talibanes”, hasta organizaciones criminales locales y señores de la guerra. Además, los talibanes y el grupo Hezb-e-Islami parecen estar más interesados en debilitar y derrocar al Gobierno de Kabul que en negociar con él. Las críticas de Washington y otros Gobiernos al presidente afgano Hamid Karzai por tolerar la corrupción acentúan su debilidad.

Una cuestión central es la financiación de los talibanes. El cultivo de amapola es la fuente económica para parte de la población, pero también para los insurgentes. Cientos de miles de personas viven de una producción que en 2008 alcanzó un valor aproximado de 3.400 millones de dólares, y una buena parte fue a las arcas de los talibanes y otros grupos. El país produce el 90% del opio que se vende en el mundo, y la mayor parte viene de la provincia de Helmand, uno de los centros de operaciones de los talibanes.

Diversos expertos consideran que al Plan Obama le sobra ofensiva militar y le falta reconocer la naturaleza tribal de la sociedad afgana y parte de la paquistaní, y que sería más adecuado usar las instituciones tradicionales de Afganistán y Pakistán para promover acuerdos locales, procesos de reconciliación y mecanismos de resolución de conflictos basados en fórmulas tradicionales.

Todos los analistas coinciden en la necesidad de la perspectiva regional. Las relaciones están marcadas por el acceso a la energía, el narcotráfico, los refugiados, la expansión transfronteriza del islam político radical y el liderazgo geopolítico. Alcanzar algún tipo de diálogo y eventual marco negociador en este nivel será una tarea complicada y de largo plazo.

Afganistán no es una prioridad para ningún Gobierno de la región, aunque India, Pakistán, Rusia, Irán, China, Turquía, Arabia Saudí y los países de Asia Central tienen intereses en estabilizar Afganistán. Esto puede favorecer el diálogo, pero la tensión entre India y Pakistán por Cachemira es profunda, e Irán no colaborará a menos que ceda la presión sobre su plan nuclear y sea reconocido como potencia regional.

Además, Rusia y China desaprueban la presencia de tropas de Estados Unidos y la OTAN en la región, y existen competencias por recursos acuíferos entre Afganistán y sus vecinos de Asia Central.

Hasta hace poco, Estados Unidos y la OTAN consideraban que Pakistán era clave para ganar la guerra en Afganistán. Ahora, la guerra principal está en Pakistán, un Estado desintegrado y en tensión violenta entre el proyecto liberal secular y el del islam radical.

Estados Unidos y sus aliados están alarmados por el auge del islamismo radical y la ofensiva militante, y presionan a Pakistán para que colabore en la lucha contra los talibanes en sus áreas tribales y deje de proveerles retaguardia.

El Servicio de Inteligencia paquistaní ha apoyado desde los años ochenta a los muyahidin afganos contra la intervención soviética, luego a grupos armados pastunes y baluchis contra India en la disputa por Cachemira, y ahora a los talibanes y pastunes contra la OTAN.

Las fuerzas armadas paquistaníes creen que los talibanes pueden ser contenidos mediante entregas de territorio y disuasión, y que su misión principal es prepararse para contener la expansión de India. Los oficiales consideran que Estados Unidos está confabulado con India para debilitar a Pakistán. El acuerdo de transferencia tecnológica nuclear que firmó el Gobierno de George W. Bush con Nueva Delhi, más las condiciones que Washington ha puesto para que la ayuda militar a Pakistán sea usada para combatir la insurgencia y no contra India, confirman esta tesis.

Los militantes del Punjab están aliados con los talibanes y comparten armas, fondos y entrenamiento. El Punjab se asemeja cada vez más al control que mantienen los talibanes paquistaníes sobre la región SWAT después del acuerdo que alcanzaron hace pocas semanas con el Gobierno de Asif Ali Zardari. Los insurgentes usan esas zonas como retaguardia. O sea, que mientras Washington da fondos al Gobierno paquistaní para luchar contra los talibanes, éste les cede parte del país y el plan de Estados Unidos queda en entredicho.

Obama sigue la línea de George W. Bush de la “guerra contra el terror” al plantear que el objetivo es impedir que Afganistán y Pakistán sean usados para amenazar a Estados Unidos y Europa. Ésta es una visión muy limitada. Con tantos recursos, soldados y países implicados en este conflicto y en esta región, su plan debería ser menos militar y más favorable a generar negociaciones y acuerdos.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

mayo 8, 2009 Publicado por | Afganistán, Pakistán | Dejar un comentario

>Poder disperso, peligro de colapso

>

Por Mariano Aguirre, director del Norwegian Peacebuilding Centre (Noref), Oslo (LA VANGUARDIA, 29/04/09):

El país más peligroso del mundo, según algunos expertos. Pakistán tiene los componentes para ser visto así: gobierno débil, fragmentación étnica, un Estado sin cohesión, fuerzas armadas antioccidentales, pobreza extendida, crisis económica, islamismo radical que controla parte de la educación y agotamiento de recursos acuíferos. A la vez, es una potencia geopolítica que disputa la hegemonía regional a India y posee armas nucleares.

Los problemas no son sólo internos. La OTAN considera que la guerra en Afganistán depende de Pakistán. El apoyo de parte de las fuerzas armadas y otros sectores hacia los talibanes y grupos insurgentes, más el tráfico de armas y de droga, son parte de un problema más amplio: la frontera entre Pakistán y Afganistán, la línea Durand, es un trazo colonial en el mapa. Las comunidades locales pastún y beluchi ven esos territorios como una continuidad en vez de como partes de dos estados.

La situación económica es también grave: inflación del 25%, declive en el crecimiento y una población joven sin oportunidades. A la vez, escasez de alimentos y cortes energéticos. La investigadora Farzana Shaikh, de Chatham House (Londres), dice que se trata de un barco a punto de hundirse con demasiados capitanes a bordo, y que ninguno se preocupa por los pasajeros. La metáfora describe un país con varios centros de poder: el presidente Asif Ali Zardari (Partido Popular Pakistaní, viudo de Benazir Bhutto), el ex primer ministro Nawaz Sharif (Liga Musulmana Nawaz), los neotalibanes o talibanes pakistaníes, los líderes tribales, los partidos políticos religiosos, la comunidad de jueces y las fuerzas armadas.

El presidente Zardari gobierna con poderes especiales. El conservador Nawaz Sharif es una figura emergente que le disputa duramente la presidencia. El sector judicial, especialmente el presidente del Tribunal Supremo, Iftijar Chaudry, representa el sector liberal, constitucional y secular que, además, quiere investigar las violaciones de derechos humanos cometidas por las fuerzas armadas. Estas últimas tienen poder económico autónomo y una ideología que combina nacionalismo con islamismo radical, mientras que el servicio de inteligencia es un estado dentro del Estado.

Este servicio de inteligencia ha estado apoyando desde los años ochenta a los insurgentes afganos, primero contra la invasión soviética y ahora contra la OTAN. Igualmente ha promovido a grupos armados contra India en Cachemira. La preocupación de las fuerzas armadas es India, país con el que Pakistán ha estado en tensión y guerra desde 1947, por Cachemira, por recursos acuíferos y por hegemonía regional. Los militares quieren mantener el control sobre Afganistán para evitar que India extienda su influencia. Su visión es que Washington está inclinándose hacia el país vecino y que se trata de una conspiración para asfixiar a Pakistán.

Las condiciones que el Congreso de Estados Unidos está poniendo a Islamabad para continuar prestando ayuda militar y desarrollando infraestructuras, y las recientes declaraciones elogiando el papel de India en el conflicto afgano de Richard Holbrooke, enviado especial de Obama para Afganistán y Pakistán, agudizan esta percepción.

Diferentes grupos insurgentes han establecido su sistema de justicia e impuestos en la zona noroeste del país. El Gobierno mantiene una relación ambigua, permitiéndoles el control de algunas áreas y combatiendo con la ayuda de Washington a los grupos antigubernamentales en Beluchistán y parte de las ÁreasTribales Administradas Federalmente (FATA, en inglés).

Las acciones armadas de Washington en el territorio pakistaní agudizan la confrontación con Estados Unidos. Para el Gobierno Obama es un problema cómo apoyar a las fuerzas armadas pakistaníes, a las que precisa para combatir la insurgencia y, a la vez, aislar al sector crecientemente antiestadounidense.

El Gobierno de Zardari y el Parlamento han aceptado en abril que los talibanes establezcan la ley islámica en el distrito de Malakand, que incluye el valle del Swat, situado en la provincia Fronteriza del Noroeste, a sólo 160 kilómetros de Islamabad. La intención es que, a cambio de permitirles regir esa zona, los grupos insurgentes abandonarán la lucha. Sin embargo, es muy probable que los talibanes traten de controlar más zonas.

La confrontación crucial en Pakistán es entre la concepción religiosa y la liberal del Estado. Los militantes islamistas y los partidos políticos religiosos han ido ganando poder. Marco Mezzera y Safiya Aftab indican que el “el crecimiento del conservadurismo religioso es una respuesta de la sociedad al mal funcionamiento del Estado, tanto en términos de efectividad como de legitimidad”. Ese conservadurismo es antioccidental y ve a Estados Unidos y a Europa como enemigos.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

mayo 4, 2009 Publicado por | Pakistán | Dejar un comentario

>Pakistán, la próxima gran crisis

>

Por Walter Laqueur, director del Instituto de Estudios Estratégicos de Washington (LA VANGUARDIA, 28/04/09):

En los pasillos del poder en Washington se comenta que los dos próximos meses en Pakistán serán cruciales y que esta será la próxima gran crisis mundial. Como de costumbre, tales comentarios se deben recibir con cautela; resulta altamente probable que se trate de la próxima crisis importante, pero ¿por qué dos meses? Habitualmente tales crisis se incuban y manifiestan a lo largo de un periodo de tiempo más dilatado – es menester reconocerlo-,pero en ocasiones pueden sobrevenir con mayor celeridad. La crisis de Pakistán se refiere a unas cuestiones meridianas: los talibanes quieren apoderarse de Pakistán, el Gobierno es débil, las fuerzas armadas pakistaníes no quieren (o no pueden) combatir contra los talibanes y Pakistán posee el arma nuclear. En comparación, la guerra en Afganistán constituye un episodio local carente de gran relieve. Cada vez más gente pregunta por qué la OTAN debería estar presente en Afganistán, cuestión de más fácil respuesta hace tan sólo unos años: si los talibanes se hacían con el poder, tal factor representaría una victoria de la barbarie… Y, en segundo lugar, Al Qaeda en Afganistán preparaba y prepara ataques terroristas en diversos lugares del planeta.

La naturaleza de los talibanes no ha variado, pero ¿es responsabilidad de la OTAN y sólo de ella llevar la democracia y los derechos humanos a todos los rincones del mundo? ¿Está dispuesta a cerrar la frontera entre Pakistán y Afganistán?

Mientras en Estados Unidos se aprecia cierto respaldo a tal iniciativa, en Europa casi brilla por su ausencia. Cuando el presidente Obama solicitó refuerzos en la reciente reunión en Estrasburgo, obtuvo la promesa de los socios europeos de la OTAN de que enviarían tres mil soldados, la mayoría para tareas de seguridad y no de combate. Y aun tal gesto se hizo con notable renuencia.

¿A qué obedece tal desgana? Se juzga (equivocadamente) que Afganistán es un cementerio de imperios porque los británicos fueron derrotados allí en el siglo XIX y porque los rusos debieron retirarse durante el mandato de Gorbachov. El imperio soviético no cayó a causa de Afganistán. Los talibanes han sufrido el castigo de las incursiones de las aeronaves no tripuladas estadounidenses durante los últimos meses, pero los gobiernos pakistaní y afgano han sido incapaces de darles la puntilla. Los talibanes pueden ser derrotados, pero nadie quiere enviar unos centenares de miles de soldados que serían menester para tal operación. También es verdad que los campos de entrenamiento de terroristas en Afganistán y los laboratorios de armas para preparar ataques a gran escala – con los que han amenazado líderes de Al Qaeda en las últimas semanas-podrían trasladarse a otros países como Somalia, Sudán y otros (el 11-S se preparó en Hamburgo, no en Kabul). En cualquier caso, si los talibanes fueran derrotados en Afganistán, podrían trasladar sus actividades a Pakistán, donde la OTAN no puede actuar. Afganistán seguiría representando una amenaza importante para la paz mundial y Pakistán todavía más. Pero también sería una amenaza parecida (o aún mayor) para países vecinos como India, China, Rusia (con sus intereses en Asia Central) e incluso Irán. Afganistán es actualmente y con diferencia el mayor exportador de droga, y ni siquiera los mulás en Irán han logrado impedir una peligrosa adicción a las drogas en su país. Estos países vecinos se verán obligados, aunque no les agrade, a adoptar un papel destacado a fin de restablecer el orden y la estabilidad, puesto que constituyen un objetivo mucho más cercano de los talibanes y Al Qaeda que Occidente, mucho más lejano. Pero no lo harán mientras la OTAN se halle involucrada tan profundamente en los problemas de la zona.

¿Por qué un Pakistán fallido y acabado es tan peligroso? Porque crearía un irredentismo, un conflicto constante con India. India podría derrotar a Pakistán con facilidad, como ha hecho varias veces en el pasado. Pero lo último que desearía es ocupar el país, sumando así otros 165 millones de musulmanes a su minoría actual de 150 millones. Un país dominado por los talibanes intentaría derribar los gobiernos de las repúblicas musulmanas de Asia Central antes pertenecientes a la Unión Soviética como Uzbekistán, Tayikistán, etcétera, como han tratado de hacer en los últimos años.

Ampliaría, además, su influencia sobre la minoría musulmana de China occidental, los uigures, que han mostrado aspiraciones secesionistas durante largo tiempo. Los talibanes suníes representarían una auténtica molestia para los chiíes iraníes. En otras palabras, todo el mundo desconfía de los talibanes, que provocan indignación, pero nadie se siente deseoso de verse involucrado en Pakistán y Afganistán.

Sin embargo, cabe la posibilidad de que, si la OTAN dejara Afganistán y se desintegrara el Gobierno pakistaní, hayan de hacerlo quieran o no. Y, sobre todo, consta el factor alarmante de que Pakistán es una potencia nuclear, de modo que si el poder central se desmorona no habrá control sobre el destinatario o beneficiario de tales armas… Se trata de una pesadilla de tal naturaleza que el mundo no ha visto cosa igual.

Washington ha enviado a Richard Holbrooke, uno de sus diplomáticos más eficaces y valiosos, a abordar la situación de emergencia de AFG/ PAK (como ahora se denomina). Holbrooke logró propiciar un acuerdo de paz en los Balcanes en 1995 (los acuerdos de Dayton) que ha durado hasta la actualidad. Dadas las pasiones y odios desatados en la guerra de los Balcanes, pocos juzgaron posible tal logro en aquel momento. Sin embargo, en aquella guerra no había armamento nuclear y Holbrooke dijo recientemente que el problema de entonces era un juego de niños comparado con la pesadilla que se alza ante sus ojos en la actualidad.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

mayo 1, 2009 Publicado por | Afganistán, Pakistán | Dejar un comentario

>Poder disperso, peligro de colapso

>

Por Mariano Aguirre, director del Norwegian Peacebuilding Centre (Noref), Oslo (LA VANGUARDIA, 26/04/09):

El país más peligroso del mundo, según algunos expertos. Pakistán tiene los componentes para ser visto así: gobierno débil, fragmentación étnica, un Estado sin cohesión, fuerzas armadas antioccidentales, pobreza extendida, crisis económica, islamismo radical que controla parte de la educación y agotamiento de recursos acuíferos. A la vez, es una potencia geopolítica que disputa la hegemonía regional a India y posee armas nucleares.

Los problemas no son sólo internos. La OTAN considera que la guerra en Afganistán depende de Pakistán. El apoyo de parte de las fuerzas armadas y otros sectores hacia los talibanes y grupos insurgentes, más el tráfico de armas y de droga, son parte de un problema más amplio: la frontera entre Pakistán y Afganistán, la línea Durand, es un trazo colonial en el mapa. Las comunidades locales pastún y beluchi ven esos territorios como una continuidad en vez de como partes de dos estados.

La situación económica es también grave: inflación del 25%, declive en el crecimiento y una población joven sin oportunidades. A la vez, escasez de alimentos y cortes energéticos. La investigadora Farzana Shaikh, de Chatham House (Londres), dice que se trata de un barco a punto de hundirse con demasiados capitanes a bordo, y que ninguno se preocupa por los pasajeros. La metáfora describe un país con varios centros de poder: el presidente Asif Ali Zardari (Partido Popular Pakistaní, viudo de Benazir Bhutto), el ex primer ministro Nawaz Sharif (Liga Musulmana Nawaz), los neotalibanes o talibanes pakistaníes, los líderes tribales, los partidos políticos religiosos, la comunidad de jueces y las fuerzas armadas.

El presidente Zardari gobierna con poderes especiales. El conservador Nawaz Sharif es una figura emergente que le disputa duramente la presidencia. El sector judicial, especialmente el presidente del Tribunal Supremo, Iftijar Chaudry, representa el sector liberal, constitucional y secular que, además, quiere investigar las violaciones de derechos humanos cometidas por las fuerzas armadas. Estas últimas tienen poder económico autónomo y una ideología que combina nacionalismo con islamismo radical, mientras que el servicio de inteligencia es un estado dentro del Estado.

Este servicio de inteligencia ha estado apoyando desde los años ochenta a los insurgentes afganos, primero contra la invasión soviética y ahora contra la OTAN. Igualmente ha promovido a grupos armados contra India en Cachemira. La preocupación de las fuerzas armadas es India, país con el que Pakistán ha estado en tensión y guerra desde 1947, por Cachemira, por recursos acuíferos y por hegemonía regional. Los militares quieren mantener el control sobre Afganistán para evitar que India extienda su influencia. Su visión es que Washington está inclinándose hacia el país vecino y que se trata de una conspiración para asfixiar a Pakistán.

Las condiciones que el Congreso de Estados Unidos está poniendo a Islamabad para continuar prestando ayuda militar y desarrollando infraestructuras, y las recientes declaraciones elogiando el papel de India en el conflicto afgano de Richard Holbrooke, enviado especial de Obama para Afganistán y Pakistán, agudizan esta percepción.

Diferentes grupos insurgentes han establecido su sistema de justicia e impuestos en la zona noroeste del país. El Gobierno mantiene una relación ambigua, permitiéndoles el control de algunas áreas y combatiendo con la ayuda de Washington a los grupos antigubernamentales en Beluchistán y parte de las ÁreasTribales Administradas Federalmente (FATA, en inglés).

Las acciones armadas de Washington en el territorio pakistaní agudizan la confrontación con Estados Unidos. Para el Gobierno Obama es un problema cómo apoyar a las fuerzas armadas pakistaníes, a las que precisa para combatir la insurgencia y, a la vez, aislar al sector crecientemente antiestadounidense.

El Gobierno de Zardari y el Parlamento han aceptado en abril que los talibanes establezcan la ley islámica en el distrito de Malakand, que incluye el valle del Swat, situado en la provincia Fronteriza del Noroeste, a sólo 160 kilómetros de Islamabad. La intención es que, a cambio de permitirles regir esa zona, los grupos insurgentes abandonarán la lucha. Sin embargo, es muy probable que los talibanes traten de controlar más zonas.

La confrontación crucial en Pakistán es entre la concepción religiosa y la liberal del Estado. Los militantes islamistas y los partidos políticos religiosos han ido ganando poder. Marco Mezzera y Safiya Aftab indican que el “el crecimiento del conservadurismo religioso es una respuesta de la sociedad al mal funcionamiento del Estado, tanto en términos de efectividad como de legitimidad”. Ese conservadurismo es antioccidental y ve a Estados Unidos y a Europa como enemigos.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

mayo 1, 2009 Publicado por | Pakistán | Dejar un comentario

>Los talibanes avanzan hacia Islamabad

>

Por ÁNGELES ESPINOSA – Teherán – (ElPais.com, 24/04/2009)

Las patrullas de talibanes controlando las carreteras y pueblos del distrito de Buner, a un centenar de kilómetros de Islamabad, han disparado la alarma en Pakistán. El Gobierno envió ayer a dos centenares de miembros del Frontier Constabulary, las fuerzas auxiliares de la frontera, para tratar de retomar el control. Aunque la exhibición de fuerza no supone una amenaza inmediata para la capital, constituye una indicación del creciente ímpetu de los insurgentes, apenas diez días después de que el Gobierno se plegara a sus exigencias de establecer la ley islámica (sharia) en el vecino valle de Suat.

“Si los talibanes continúan su avance al ritmo actual, pronto estarán llamando a las puertas de Islamabad”, manifestó el miércoles ante el Parlamento Fazl ur Rehman, jefe de Yamiat-e-Ulema-e-Islam, el principal partido islamista de Pakistán.

Tal vez sea exagerado, pero preocupa que, desde las montañas de Buner, los talibanes tienen acceso a las llanuras de Suabi que llevan directamente a la autopista entre Islamabad y Peshawar, la capital de la Provincia Fronteriza del Noroeste. El distrito de Buner, con cerca de un millón de habitantes, es también la puerta a la ciudad de Mardan, la segunda en importancia de esta provincia, después de Peshawar. Ayer, poco después de llegar a Buner para reforzar la seguridad, las fuerzas paramilitares fueron atacadas por hombres no identificados.

Desde Occidente se observa con pavor el descenso al caos de este vecino de Afganistán, donde tropas de medio centenar de países -entre ellos España- combaten a los talibanes y otros grupos simpatizantes de Al Qaeda, y que además tiene armas atómicas.

El portavoz del Ejército paquistaní, el general Atar Abás, negó que la situación fuera tan grave como se había pintado. Según él, los insurgentes apenas controlan una cuarta parte de Buner, sobre todo en el norte del distrito. “Somos plenamente conscientes de la situación”, dijo el militar, citado por las agencias de prensa, “y se le ha dicho a la otra parte que saque a su gente de esa zona”. Hay miles de soldados en el valle de Suat, pero ninguno en Buner, donde la única fuerza armada es la policía.

Y eso a pesar de que la llegada de los talibanes a este enclave montañoso era una crónica anunciada desde febrero, cuando el Ejército aceptó una tregua con ellos en Suat y se replegó a sus cuarteles. Los extremistas, sin embargo, no han cumplido su palabra de deponer las armas. Según el diario Dawn, empezaron su asalto a principios de abril, cuando un primer grupo de milicianos con armamento pesado cruzó las montañas que separan ese valle de Buner. Los policías, mal pagados y mal equipados, no se han enfrentado a ellos.

Lo más dramático del caso es que los propios habitantes se habían organizado para hacer frente al avance talibán. Fue el año pasado, a raíz de que los fanáticos trataran de tomar el santuario del santo sufí Pir Baba, una de sus principales atracciones y que solía congregar a peregrinos de todo el país. Así que cuando los talibanes, que condenan la veneración de santos como una superstición, amenazaron el lugar, los aldeanos de los alrededores montaron patrullas de vigilantes y les obligaron a retroceder.

Pero tras la retirada del Ejército de Suat, la moral de los vecinos parece haber decaído, y algunos pueden haber considerado que es mejor no oponer resistencia. Al fin y al cabo, los talibanes están mejor armados y disponen de campos de entrenamiento en ese valle, por lo que muy probablemente iban a terminar avanzando de todos modos.

Hace diez días que los extremistas cerraron el santuario de Pir Baba, y desde entonces han ido avanzando sin parar hacia el resto del distrito. El miércoles ordenaron a los miembros de las ONG locales que abandonaran sus oficinas y las saquearon.

Tampoco han mantenido en secreto sus intenciones. A principios de esta semana, su portavoz, Muslim Jan, juró extender la ley islámica más estricta a todo Pakistán. Incluso se permitió invitar a Suat a Osama Bin Laden. El líder religioso de ese valle, Sufi Mohamed, también ha explicado que la democracia es “un concepto ajeno al islam” y que los talibanes pretenden acabar con ella en Pakistán. Estos acontecimientos no sólo han alarmado a Estados Unidos y sus aliados occidentales, sino a la mayoría de los 170 millones de paquistaníes. The News pedía en un editorial al Gobierno y al Ejército que actúen de una vez.

Milicianos armados vigilan el consejo entre líderes talibanes y residentes del distrito de Buner tras la ocupación de la zona por los insurgentes.- AFP

Los radicales quieren imponer la ley islámica en todo el país

No hace falta salir de Islamabad para encontrarse con los islamistas que pretenden la imposición de la sharia (ley islámica) en Pakistán. Con la inesperada y sorprendente puesta en libertad del maulana Abdul Aziz, la semana pasada, la Mezquita Roja de la capital ha vuelto a convertirse en el faro ideológico de los extremistas, sin haberse cumplido dos años de la sangrienta confrontación que las fuerzas de seguridad libraron contra sus seguidores.

En su primer sermón después de estos meses de arresto domiciliario, Aziz pidió sin ningún recato el pasado viernes el establecimiento de la sharia en su país y en el mundo. El clérigo, que en julio de 2007 fue detenido cuando intentaba huir del asalto a esa mezquita disfrazado con un burka, aseguró que la suya era una lucha pacífica, pero dejó entrever que no descartaba apelar al uso de la fuerza.

“Si el Gobierno quiere paz y estabilidad, debería adoptar el sistema [jurídico] islámico”, declaró. “Pero si elige la senda de la agresión y la fuerza, agravará la situación”, añadió en una poco velada amenaza ante la multitud de enturbantados que le jaleaban en medio de estrictas medidas de seguridad. La policía había rodeado con alambre de espino todo el perímetro de la mezquita y mantuvo una discreta vigilancia de las plegarias. El maulana, tratamiento de respeto que en el subcontinente indio y Asia Central se antepone al nombre de los graduados de las escuelas coránicas, negó que haya pactado con las autoridades, a pesar de que aún tiene 26 causas abiertas.

Aziz apoyó junto a su hermano y asistente, Abdul Rashid Gazi, el ascenso al poder de los talibanes en el vecino Afganistán durante los años noventa. Para 2007 ambos estaban empeñados en convertir Pakistán en un Estado islámico en esa misma línea. De hecho, en los meses que precedieron al choque con las fuerzas de seguridad, en el que Gazi resultaría muerto, almacenaron armas en el recinto de la mezquita y enviaron a grupos de estudiantes de su madraza en misiones morales contra videoclubes y presuntos prostíbulos en una clara provocación al Gobierno.

Más de un centenar de personas murieron en el asalto que siguió a esa demostración de fuerza de los islamistas y que marcó un aumento de los atentados en todo el país. Aziz se refirió a ellos como mártires e instó a otros a sacrificar su vida por el islam. De ahí que los observadores teman que su libertad para predicar inspire un nuevo estallido entre sus seguidores, incluidos grupos extremistas y sectarios ilegalizados.

abril 23, 2009 Publicado por | Pakistán | Dejar un comentario

>Obama ante el agujero negro paquistaní

>

Por Bernard-Henri Lévy, filósofo y escritor francés (EL MUNDO, 01/04/09):

Una vez más, Obama ha dado pruebas de ser un hombre de palabra. Hace casi cinco años, cuando era sólo un joven senador del Estado de Illinois, ya explicaba que el problema número uno para la seguridad de EEUU y del resto del mundo no era Irak, sino Pakistán. Fiel a sí mismo, el pasado viernes precisó su estrategia respecto al País de los Puros. Y no contento con confirmar lo que entonces era sólo la intuición de un joven político, ha planteado una serie de objetivos y principios, de una solidez sin fisuras y en clara oposición a lo que pasará a la Historia como el mayor error estratégico de la era Bush.

Primer principio: Pakistán es el auténtico agujero negro al que tiene que hacer frente la diplomacia internacional -por encima incluso de Irán-. Allí está la retaguardia de Al Qaeda, el vivero del terrorismo más fanático. Y no de una forma marginal en las famosas zonas tribales entre Afganistán y Pakistán; ¿acaso no son los propios servicios de Seguridad paquistaníes los que infiltran, controlan y dejan prosperar hasta en el centro de Islamabad a la mayoría de estos grupos criminales?

Los observadores serios saben todo esto desde hace tiempo. Daniel Pearl murió por haber hablado demasiado de este tema. Yo mismo consagré un libro entero, titulado Quién mató a Daniel Pearl, a los vínculos entre el ISI y grupos como Lashkar-e-Janghvi o Lashkar-e-Toïba, que se presentan, a las claras, como el núcleo duro de la galaxia de Bin Laden.

Pero que quien se ha convertido en el presidente de la primera democracia del mundo lo diga tan claramente, que sus principales asesores, como Richard Holbrooke, se muestren, a su vez, también convencidos, y que su jefe de Estado Mayor de los Ejércitos de EEUU, Michael Mullen, nos explique abiertamente que la instrumentalización del ISI por parte de Al Qaeda (y recíprocamente) es un hecho demostrado que «tiene que cambiar», constituye, realmente, un auténtico cambio estratégico.

Segundo principio: Obama añade que se puede apoyar a Pakistán. Se le puede seguir considerando un aliado especial. Se le puede seguir proporcionando la ayuda de todo tipo que exige el desarrollo del gran país en el que se ha convertido. Pero dicha ayuda ya no puede hacerse a tientas y a ciegas. Ya no puede ser automática.No se puede seguir distribuyendo miles de millones de dólares a personas que los van a depositar en ONG del tipo de la Ummah Tameer e-Nau, a la que dejé en evidencia hace tiempo y que, en conexión directa con el lobby nuclear del doctor paquistaní Abdul Qader Khan, proporcionaba a los emisarios de Bin Laden los instrumentos necesarios para montar armas atómicas miniaturizadas.

Dicho de otra forma, la ayuda debe ser condicionada. Sólo puede continuar funcionando decentemente si se la dota de medidas que obliguen a los que la reciben a rendir cuentas. Algo normal y evidente. Algo que los propios paquistaníes -al menos los que quieren tanto a los derechos humanos como a su país- vienen reclamando desde hace décadas. Pero que lo diga un presidente de EEUU, que acepte proporcionar esa ayuda no como un cuerno de la abundancia, sino como un instrumento político, que tenga la audacia de convertirla en un instrumento de presión o, incluso, de chantaje democrático, es un acontecimiento de la mayor relevancia.

Tercer principio: Los principales enemigos de esta Al Qaeda que evoluciona como un pez en el agua en Pakistán no son los estadounidenses. Son, según Obama, los propios paquistaníes. De nuevo, algo evidente y que muchos sosteníamos. Todo el mundo sabía, por hablar sólo de lo que yo mismo vi y fotografié, que la madrasa de Binori Town, en pleno corazón de Karachi, es el santuario de bandas radicales cuya ocupación preferida es lo que púdicamente se llama allí «el enfrentamiento intersectario», pero que, en realidad, significa la masacre a sangre fría de chiítas desarmados.

Ningún paquistaní ignora que son sus hijas, sus amigas, sus mujeres las que están en primera línea de fuego de una guerra en la que se sigue quemando viva a una esposa sorprendida mirando a otro hombre distinto de su marido. Pero que el presidente Obama tome nota de ello, que diga -en estos términos- que Al Qaeda es «un cáncer» y que dicho cáncer está a punto de «destruir al país desde dentro», que proclame al mundo que su preocupación es socorrer a los millones de musulmanes que están siendo el blanco de esta violencia, es la fórmula -por fin encontrada- de una lucha antiterrorista que evita, por vez primera, el escudo de la guerra de las civilizaciones al estilo de Bush y de Huntington.

Perseguir al enemigo hasta el patio de atrás del Estado paquistaní. Hacer depender la ayuda concedida a este Estado del celo que demuestre purgando sus servicios secretos. Tomar nota de que el único choque de las civilizaciones que valga es el que, en el seno del propio Islam, enfrenta a los yihadistas con los moderados.¿Conocen los europeos los términos de la ecuación? ¿Qué esperan para proclamarlos? ¿Y qué esperan para, después de decirlo, aportar su apoyo incondicional a la revisión de la doctrina estratégica más decisiva del momento?

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

abril 6, 2009 Publicado por | Pakistán, terrorismo | Dejar un comentario

>Islamabad admite por vez primera que los atentados en Bombay se planearon en Pakistán

>

REUTERS – Islamabad – 12/02/2009

Un alto cargo del Ministerio del Interior dice que dinero procedente de España e Italia financió el ataque, del que Delhi siempre ha culpado a elementos paquistaníes

El Gobierno paquistaní ha admitido hoy, por primera vez, que los ataques terroristas perpetrados en noviembre pasado en Bombay, la capital económica india, fueron planeados en Pakistán, al menos en parte. Desde que se produjeron los atentados, que costaron la vida a 179 personas, Delhi ha sostenido que fueron obra de elementos adiestrados y procedentes de Pakistán, con la participación de los servicios secretos paquistaníes, elevando la tensión entre dos vecinos con capacidad nuclear que ya han mantenido tres guerras desde 1947.

Hasta ahora, Islamabad sólo había admitido que el único superviviente de los 10 terroristas que perpetraron los ataques era paquistaní. Hoy, en rueda de prensa Rehman Malik, ministro del Interior y consejero del primer ministro indio, ha ido más lejos: “Parte de la conspiración [de los atentados de Bombay] tuvo lugar en Pakistán. Hemos abierto diligencias sobre el caso”, el primer paso para un proceso judicial, contra ocho personas. Malik ha explicado que seis de esos sospechosos por su relación con los atentados están detenidos y dos están en paradero desconocido. “Los atacantes salieron de Karachi en un barco alquilado en la provincia de Baluchistán. Un correo electrónico de reivindicación de los atentados fue enviado por Zarrar Shah, perteneciente a Lashkar e Toiba”, ha dicho Malik.

No ha dado detalles de cuándo fueron arrestados estos sospechosos ni dónde. Pakistán comenzó en diciembre una campaña contra grupos extremistas que se ha saldado con decenas de arrestos. El objetivo principal fue Lashkar e Toiba, un grupo islamista al que se liga con Al Qaeda. De hecho, según ha explicado Malik, dos de los detenidos pertenecen a este grupo. Uno es Zarrar Shah, arrestado en diciembre en un campo de la organización en la Cachemira paquistaní. El otro es Taj Mahal y el Trident- el pasado 26 de noviembre, el Gobierno de Nueva Delhi ha acusado de los ataques a elementos paquistaníes. La tensión entre los dos países, ambos potencias nucleares, creció una vez más, la enésima entre dos países que han sostenido tres guerras desde la independencia de Pakistán en 1947, por la región fronteriza de Cachemira.

India pedía a Pakistán mayor presión sobre los grupos islamistas que opera en su suelo, en especial Laskhkar e Toiba, un grupo al que se vincula con Al Qaeda. Tras los atentados, Delhi ha pedido la extradición de los responsables de este grupo y ha enviado un dossier de su investigación de los atentados al país vecino, que dice que incluye pruebas fehacientes de que efectivamente fue planeado en Pakistán. El mes pasado, Pakistán llevó a cabo una redada contra grupos supuestamente relacionados con los atentados y se cerraron escuelas gestionadas por una organización humanitaria vinculada a Lashkar e Toiba.

febrero 12, 2009 Publicado por | India, Pakistán, terrorismo | Dejar un comentario

>Indo-Pakistani Relations After 26/11

>

Por Bahukutumbi Raman, Director, Institute of Topical Studies, Chennai (REAL INSTITUTO ELCANO, 03/02/09):

Theme: The author examines the prospects for Indo-Pakistani relations after the 26-29 November 2008 terrorist attack in Mumbai.

Summary: The terrorist attack in Mumbai on 26-29 November 2008 caused renewed tensions in Indo-Pakistani relations. While fears of a military confrontation have subsided, the bilateral dialogue on various political and economic issues is in a state of suspension. A return to the pre-26 November civility in bilateral relations and a resumption of dialogue could be delayed by the temporary absence of India’s Prime Minister, Dr Manmohan Singh, from his duties due to cardiac surgery and the forthcoming elections to the Lok Sabha, the lower House of the Indian Parliament, which are to be held by April 2009. If there is another terrorist attack from Pakistani territory, the possibility of India carrying out a military strike against the terrorist infrastructure in Pakistani territory will increase. The revival of the unwise talk in the West about a link between terrorism against India and Kashmir has created a dangerous impression in the minds of the Pakistani military leadership that the use of terrorism has started paying results. This impression could get in the way of Pakistan sincerely acting against the terrorists. Therein lies the danger of a future military conflict between the two countries on the issue of terrorism. If that happens, the West will be largely to blame for creating such an impression in the minds of the Pakistani military and intelligence establishment.

Analysis: 138 Indian nationals and 25 foreigners –nine of them Jewish persons from Israel and the US– were killed when 10 Pakistani nationals belonging to a Pakistani jihadi organisation called the Lashkar-e-Toiba (‘Army of the Pure’), who had clandestinely traveled by sea from Karachi without being intercepted by the Indian Navy and Coast Guard, landed in Mumbai, split into four groups and spread death and destruction in the seafront area of Mumbai for about 60 hours from the night of 26 November to the morning of 29 November 2008.

Five of the fatalities were caused by explosives and the remaining 158 by hand-held weapons (assault rifles and hand grenades). This was the third act of mass casualty terrorism with fatalities of over 150 in Indian territory outside Jammu and Kashmir (J&K) since jihadi terrorism made its appearance in India in 1989. All three were committed in Mumbai, which is the financial capital of India. It is also the corporate capital of India, with many Indian and foreign corporate houses having their headquarters in Mumbai. In the first act in March 1993 a group of Indian Muslims trained and armed by Pakistan’s Inter-Services Intelligence (ISI) carried out a series of timed explosions against a number of economic targets and killed 257 civilians. In the second incident, in July 2006, 181 commuters and others were killed when a mixed group of Indian and Pakistani Muslims trained and armed by the LET in Pakistani territory caused a series of explosions in suburban trains.

Differences from Earlier Attacks

The attack of 26 November 2008 differed from the earlier mass-casualty attacks in some important aspects. First, 158 of the 163 fatalities were caused by hand-held weapons. Explosives played only a minor role. Secondly, the terrorists attacked a mix of targets (ordinary people in public places such as a railway terminus, hospital, restaurant and café and the affluent social and business elite, Indians as well as foreigners) in two leading Mumbai hotels –the Taj Mahal and the Oberoi/Trident– and in a Jewish cultural-religious centre located in a building called Nariman House. Third, they killed a selected group of foreigners: nine from Israel and 12 from the US and other Western countries who had contributed troops to the NATO contingent in Afghanistan (the other four were from South-East Asian countries). Fourth, it was not a classic case of hostage-taking. They were not interested in using the hostages for achieving any demands. Their interest was in a prolonged armed confrontation with the security forces which would get them publicity. Fifth, all the 10 perpetrators were Pakistanis especially recruited and trained by the LET in camps in Pakistani territory. Sixth, it was a case of suicidal terrorism similar to the terrorist attack on the Indian Parliament on 13 December 2001. Nine of the terrorists died in the confrontation with the security forces. One –Ajmal Amir Kasab– was caught alive.

The terrorists had a mixture of motives. They wanted to weaken the credibility of the Indian counter-terrorism machinery in the eyes of the Indian public as well as foreigners. They wanted to shake the confidence of the foreign business community in the Indian state’s ability to protect the lives and property of foreign business people and thereby retard the rise of India as a major economic power. They wanted to punish Israel and the US for their developing strategic relations with India. They wanted to retaliate against Western nations contributing troops to the NATO contingent in Afghanistan. Neither the Kashmir issue nor the grievances of the Indian Muslims against the Indian Government had motivated the terrorist strike as they had in the two earlier instances of mass-casualty terrorism, in which the anger of sections of India’s Muslim youth against the Indian Government for various reasons was the dominant motive.

The successful terrorist strike was a major political embarrassment for the Government. It came after four other major terrorist strikes with timed explosions in public places, which had taken place in 2008 in Jaipur (May), Bangalore (July), Ahmedabad (July) and Delhi (September). The perpetrators in these four attacks were young Indian Muslims, who projected themselves as belonging to an organisation called the Indian Mujahideen. They denied they had any links with either Pakistan’s ISI or with any of the jihadi organisations based in Pakistan. Many of those involved in the explosions had studied in secular educational institutions. Three of them were experts in information technology, with one of them occupying a well-paid position in the Indian office of an American IT company. The explosions caused considerable anger against the Government for following what was perceived as a soft counter-terrorism strategy marked by a reluctance to act against Muslims involved in terrorism because of what is called in India ‘vote bank politics’. There are over 160 million Muslims in India and their votes are important in certain States, particularly in North India.

It was alleged that electoral calculations came in the way of the Government of India following a stronger policy towards jihadi terrorism by giving the police the additional powers that they needed and setting up a central agency for a coordinated investigation of terrorist attacks. However, the explosions did not cause any undue public anger against Pakistan because there was no involvement by any Pakistani national and there was no reason to suspect the involvement of the ISI.

As against this, the Mumbai terrorist attack of 26/11 caused an outburst of public anger against the Government of India as well as against Pakistan. The public anger against the Government of India was because of its failure to revamp its counter-terrorism machinery. There was a colossal failure of physical and coastal security in Mumbai despite the reports received from Indian and US intelligence in September 2008 about the LET’s plans to launch a sea-borne terrorist attack on hotels on the Mumbai seafront. The Taj Mahal Hotel was specifically mentioned in these reports as one of the terrorists’ likely targets. The public anger against the Government of India was also due to its perceived failure to put a stop to the ISI’s use of terrorism as a weapon against India for achieving Pakistan’s strategic objectives.

Pakistan’s Strategic Objectives

Pakistan has three strategic objectives: (1) to change the status quo in J&K and force the Government of India to reach a compromise with Pakistan which will concede it at least part of the territory; (2) to hinder the emergence of India as a major power in Asia on par with China, an objective shared by China; and (3) to disrupt India’s growing strategic relationship with the US and Israel. While China has no reasons to be worried about India’s relations with Israel, it is concerned about the growing military co-operation between India and the US (particularly between the two navies, including joint exercises in the Indian Ocean and the Bay of Bengal). It suspects that Indo-US co-operation is directed at containing Chinese naval power.

Public anger against the Indian Government and Pakistan after the Mumbai attack was unprecedented. There had not been such anger even after the attempted terrorist attack on India’s Parliament House in New Delhi on 13 December 2001 by terrorists from the LET and another Pakistani jihadi terrorist organisation called the Jaish-e-Mohammad (JEM). The unprecedented public anger was because the LET had targeted India’s business and social elite. In the past, large sections of this elite had called for restraint in the Government’s policies towards Pakistan and advocated confidence-building measures and more people-to-people contacts. They were outraged that despite their benign attitude towards Pakistan they should have been targeted and attacked by the terrorists.

Mumbai contributes a substantial share of the Indian Government’s tax revenue. It also contributes a substantial portion of the Indian media’s advertising revenue, particularly the privately-owned electronic media. Influential sections of the media were at the forefront of those demanding immediate action to empower the intelligence agencies and the police to deal more effectively with jihadi terrorism and to counter Pakistan’s continued use of terrorism against India. Many ‘doves’ of the past became ‘hawks’ with regard to Pakistan after 26/11.

India’s Reaction

Faced with this unprecedented anger, the Indian Government could not but act. The Home Minister, Shivraj Patil, responsible inter alia for counter-terrorism, resigned in response to public demands for action against him. Emergency legislation was approved by Parliament with the support of most political parties to give additional powers to the Police and to create a national investigation agency. Other action was initiated by P. Chidambaram, the new Home Minister, to revamp the country’s counter-terrorism machinery. The Navy and Coast Guard were ordered to strengthen coastal security in the waters to the west of India which had remained relatively neglected till recently because of the Indian Navy’s over-riding focus on India’s eastern waters because of the China factor and the opportunity it provided for power-projection in the friendly South-East Asian region.

In response to the demand not only from large sections of the public but also from influential sections of the media for action against Pakistan, the Government adopted a nuanced policy. While dangling a Damocles’ sword of military strikes against the anti-Indian terrorist infrastructure in Pakistani territory through repeated statements by Pranab Mukherjee, India’s Minister for External Affairs, that ‘all options are open’, it avoided the actual mobilisation of the armed forces on the ground and their deployment on the border with Pakistan as the preceding Government of Atal Behari Vajpayee had done in 2002 after the attempted attack on the Indian Parliament. It froze the bilateral dialogue process on various issues, including Kashmir, without officially abandoning it, thereby keeping open the possibility of reviving it at a later date if Pakistan satisfied India’s demands. It stepped up diplomatic pressure on Pakistan –directly as well as through the US and other Western supporters of Pakistan– to act as demanded by India.

India’s Demands to Pakistan

India has made three demands: (1) the arrest and handing over to India of the LET’s Pakistan-based operatives named by the lone terrorist survivor as the brains behind the terrorist attack; (2) the dismantling of the LET’s anti-India terrorist infrastructure and of other Pakistani jihadi organisations in Pakistani territory; and (3) the arrest and handing over of 20 other suspects (Indians as well as Pakistanis, Muslims as well as Sikhs) wanted for prosecution in India on charges of terrorism.

Since the Mumbai attack lasted about 60 hours and targeted not only Indian nationals but also citizens of Israel, the US, the UK, France, Germany, Italy, Canada and Australia, the intelligence agencies of these countries have also been closely monitoring the telephone conversations between the terrorists and their headquarters in Pakistan. Moreover, even before 26/11, US intelligence, at the same time as Indian intelligence, had collected advance information about the plans of the Pakistan-based LET to launch a seaborne attack on hotels in Mumbai. Thus, all these intelligence agencies –independently of their Indian counterparts– had collected data that convinced them that the attack was made by 10 Pakistani terrorists of the LET, who had travelled to Mumbai by sea. They also had intelligence in their archives which showed that since 1993 the ISI had been using the LET against India. However, they were not prepared to accept Indian allegations that the 26/11 attack was masterminded by the ISI. They continue to insist that they have seen no evidence to show that the ISI was behind the attack, as alleged by India.

The Western, Pakistani and Chinese Approaches

The Western approach has been to continue exerting pressure on Pakistan to arrest those involved in Pakistani territory and either hand them over to India or prosecute them before a Pakistani court and dismantle any anti-Indian terrorist infrastructures. Initially, Pakistan firmly denied the involvement of any Pakistani national or organisation. Now, under sustained US pressure, it has admitted that the terrorist caught alive by the Mumbai police is a Pakistani national. It has set up a team of three senior officers of its Federal Investigation Agency to enquire into Indian allegations of the involvement of the LET and has promised to prosecute before its courts anyone found involved. How sincerely it will carry out this promise remains to be seen.

In response to a post-26/11 resolution of the UN Security Council’s Anti-Terrorism Committee declaring the Jamaat-ud-Dawa (JUD), the Pakistan-based political wing of the LET, and some of its leaders were involved in terrorism, the Pakistani Government has placed the leaders under house arrest and has claimed to have closed down some of their training camps and taken over the management of the madrasas and medical centres at its headquarters at Muridke, near Lahore.

China’s attitude in respect of Pakistan’s use of terrorism against India has always been marked by double standards. It has consistently refused to admit that there has been any terrorism in J&K. It shares Pakistan’s description of terrorism in J&K as a struggle for freedom. It does accept that some jihadi groups have been indulging in acts of terrorism in Indian territory outside J&K. At the same time, it is not prepared to accept that Pakistan-based organisations are involved in these acts.

The resolution declaring the JUD a terrorist organisation and some of its leaders international terrorists had come up before the committee of the UNSC repeatedly since April 2006. The resolution failed to obtain a consensus on three occasions due to opposition from China, which accepted the Pakistani claim that the JUD was a charitable and not a terrorist organisation. Only after 26/11 did it join the consensus in declaring the JUD a terrorist organisation and only after Pakistan had told Beijing that it would have no objection to the resolution being passed. But, even now, China has not come out in support of the Indian demand for action against the Pakistani nationals involved in 26/11 and dismantling anti-Indian terrorist infrastructures.

The uncertainty and concern over possible Chinese action in the event of India launching military strikes against terrorist infrastructure in Pakistani territory is one of the factors holding India back. China has a long-standing claim to the Tawang area of Arunachal Pradesh in north-eastern India adjoining the Tibetan border. The border negotiations between the two countries have made no progress because of China’s refusal to give up its claim to the Tawang Tract. There is reason to fear that if India engages in military action with Pakistan, the Chinese might take advantage to occupy Tawang.

Immediately after the 26/11 attack, the West was fully behind India, while Pakistan stood isolated. But, through skilful diplomacy, the latter has managed to come out of its isolation by projecting itself as willing to undertake a thorough investigation of India’s allegations and to prosecute those found guilty. It has once again sold the West its idea that any enduring end to terrorism will be impossible without addressing the Kashmir issue.

Even before 26/11, President Barack Obama and his advisers were expressing the view that the Kashmir question had to be addressed as part of a regional approach to the threat from jihadi terrorism in the Pakistan-Afghanistan region. During his recent visit to India and Pakistan in the middle of January, David Miliband, the British Foreign Secretary, spoke of the link between Kashmir and the activities of the LET. India has indignantly denied any such link and pointed out that the terrorists, who attacked Mumbai, had nothing to do with Kashmir. Their objectives were more global than sub-continental and directed against Israel, the US and the rest of the Western world.

Conclusions: India’s Prime Minister, Manmohan Singh, has skilfully handled the wave of public anger against his own Government for its inaction and against Pakistan for using terrorism against India. He has undertaken measures for strengthening the country’s counter-terrorism machinery, which he had been avoiding till now for electoral considerations. He and his new Home Minister P. Chidambaram have been projecting these measures as directed against terrorism and not against the Muslim community. In response to the public clamour for action against Pakistan, his Government, through Pranab Mukherjee, the Minister for External Affairs, has mounted a diplomatic drive to force Pakistan to act against those involved in planning and carrying out the attack and against their terrorist infrastructure. While proclaiming that his Government was prepared to consider any option if Pakistan failed to act, he has avoided the military option. He has not allowed the public clamour for a military strike against Pakistan to hustle him into taking the military option. While freezing the bilateral dialogue process, he has avoided a rupture in the normal diplomatic and economic relations with Pakistan. He was admitted into hospital on 23 January 2009 for cardiac surgery and, although successful, medical treatment will keep him out of action for two to three weeks. No major development in Indo-Pakistani relations is expected during this period.

After he resumes normal duties, he is expected to be busy with the forthcoming elections to Parliament. He would not like to give the opposition parties an opportunity to project him as weak in dealing with Pakistan. He is, therefore, expected to continue his present policy of a dialogue freeze and stepped-up political and diplomatic pressure on Pakistan to make it act against the terrorists. If the coalition led by his Congress (I) returns to power and if there is no further major act of terrorism from Pakistani territory, there could be the beginning of a thaw after the elections. However, if the opposition coalition led by the hard-line Bharatiya Janata Party returns to power, present tensions could escalate further and the possibility of a military strike against terrorist infrastructures in Pakistani territory could increase. The public clamour for action against Pakistan has subsided but might well revive if Pakistan fails to act against the terrorists. If there is another major attack from Pakistani territory, renewed public pressure might leave the Government with no other option but to act against Pakistan –whichever party might be in power–.

The revival of unwise talk in the West about a link between terrorism against India and the Kashmir question has created the dangerous impression in the minds of the Pakistani military leadership and the ISI that the use of terrorism has started to pay results. This impression could interfere with any sincere Pakistani action against the terrorists. Therein lies the danger of a future military conflict between the two countries on the issue of terrorism. If that happens, the West will be largely to blame for creating such an impression in the minds of the Pakistani military and intelligence establishment.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

febrero 4, 2009 Publicado por | India, Pakistán, terrorismo | Dejar un comentario

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.