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Unidad transatlántica respecto a Rusia

Por Condoleezza Rice, secretaria de Estado de Estados Unidos (EL MUNDO, 25/09/08):

Durante gran parte del mes pasado, la atención mundial ha estado centrada en Rusia. Hemos aceptado el reto urgente de apoyar a Georgia tras el ataque ruso, un reto que, por el momento, estamos cumpliendo con éxito. La principal pregunta que surge, y que abordé extensamente en un discurso el pasado jueves, es la siguiente: ¿qué implican los acontecimientos del mes pasado para la relación de Rusia con el mundo y, en particular, con Estados Unidos y Europa?

Las circunstancias que rodearon el conflicto del mes pasado son bien conocidas. Ambas partes cometieron errores, pero la respuesta de los líderes rusos -invadir un Estado soberano a través de una frontera reconocida internacionalmente y tratar después de desmembrarlo reconociendo Abjasia y Osetia del Sur- fue desproporcionada. Y los responsables de este comportamiento no son los vecinos de Rusia, ni la ampliación de la OTAN, ni Estados Unidos, sino los líderes rusos.

Quizá más inquietante, sin embargo, es que el ataque de Rusia se ajusta a un patrón de comportamiento que empeora desde hace años y que incluye, entre otras cosas, el uso del petróleo y el gas como instrumentos de coerción, la amenaza de apuntar con armas nucleares a países pacíficos y la supresión de la ley y la libertad en Rusia. La imagen que resulta es la de una Rusia cada vez más autoritaria y agresiva.

El ataque a Georgia nos ha llevado a un momento crítico, pero no determinante. Los líderes rusos están tomando decisiones desafortunadas. Pero pueden tomar otras. El futuro de Rusia está en manos de Rusia. Pero sus decisiones dependerán, en parte, de las acciones de los demás, especialmente de Estados Unidos y sus aliados europeos.

La invasión de Georgia por parte de Rusia no ha logrado, ni logrará, ningún objetivo estratégico duradero. Y nuestro objetivo estratégico ahora es dejar claro a los líderes rusos que sus decisiones están situando a su país en una vía de sentido único hacia el aislamiento y la irrelevancia internacional de forma voluntaria.

Para alcanzar este objetivo se requerirá determinación y unidad por parte de Estados Unidos y Europa. No podemos permitirnos dar validez a los prejuicios que parecen tener algunos líderes rusos: que si se presiona a los países libres -si se intimida, se amenaza y se agrede-, cederemos y, finalmente, nos rendiremos. Estados Unidos y Europa deben hacer frente a esta actitud y no permitir la agresión de Rusia para lograr un beneficio estratégico.

Nosotros y nuestros aliados europeos estamos, por tanto, actuando como uno solo en apoyo de Georgia. Estamos encabezando el movimiento mundial de ayuda a la reconstrucción de Georgia. La puerta a un futuro euroatlántico permanece completamente abierta para Georgia y nuestra alianza continuará trabajando para hacer realidad ese futuro.

Al mismo tiempo, Estados Unidos y Europa están apoyando, inequívocamente, la soberanía, la independencia y la integridad territorial de los vecinos de Rusia. Y no permitiremos que Rusia ejerza un veto sobre el futuro de nuestra comunidad euroatlántica, ni sobre a qué países ofrecemos entrar en ella, ni sobre la opción de esos estados de aceptar. Se lo hemos dejado especialmente claro a nuestros amigos de Ucrania.

Estados Unidos y Europa están aumentando su cooperación en busca de una mayor independencia energética. Aumentaremos la defensa de la economía energética global y abierta de las prácticas abusivas. No puede haber un conjunto de normas para Rusia, S.A. y otro para los demás.

Estados Unidos y Europa no permitirán que los líderes rusos, al mismo tiempo, se beneficien de las normas, mercados e instituciones internacionales y desafíen sus mismos cimientos. No hay una tercera vía. Una Rusia del siglo XIX y una Rusia del siglo XXI no pueden operar en el mundo al mismo tiempo. Para alcanzar todo su potencial, Rusia ha de estar plenamente integrada en el orden internacional político y económico. Pero Moscú está en la precaria situación de encontrarse mitad dentro, mitad fuera. Rusia depende del mundo para lograr el éxito y no puede cambiar eso.

Los líderes rusos ya están vislumbrando cómo puede ser el futuro si persisten en su comportamiento agresivo. En contraste con la situación de Georgia, la posición internacional de Rusia es la peor desde 1991. Su cooperación nuclear para fines civiles con Estados Unidos no va a ningún sitio. Los líderes rusos están haciendo que sufra la economía de su país. Su intento de entrar en la Organización Mundial del Comercio se encuentra en peligro, igual que la de entrar en la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa.

Pero quizá el peor efecto secundario de todos para Moscú es que su actitud ha puesto básicamente en duda cuál de las dos visiones del futuro de Rusia es la que está guiando el país. Recientemente, el nuevo presidente Dimitri Medvedev trazó una visión positiva y avanzada del futuro de su país. Este camino tenía en cuenta las vulnerabilidades de Rusia, pedía más reformas internas y, lo que es más importante, reconocía que Rusia no se puede permitir una relación con el mundo basada en el antagonismo y el distanciamiento.

Necesariamente, Estados Unidos y Europa continuarán persiguiendo sus intereses comunes con Rusia: luchando contra el terrorismo, impidiendo que Irán consiga armas nucleares, dando forma a un Oriente Medio seguro en el que haya paz entre palestinos e israelíes y evitando que el Consejo de Seguridad vuelva a ser la institución paralizada que fue durante la Guerra Fría. Pero sería una verdadera lástima que nuestra relación con Rusia no superara nunca el nivel de los intereses, pues las mejores relaciones entre países son las que también comparten objetivos, aspiraciones y valores.

Queda por ver si los líderes rusos vencerán su nostalgia de otra época y se conformarán con las fuentes de poder y ejercicio de poder del siglo XXI. La decisión es de Rusia y sólo de Rusia. Y esperamos que los líderes rusos elijan responsablemente, por el bien de su pueblo y del mundo.

septiembre 25, 2008 Publicado por | conflicto territorial, Georgia, Osetia del Sur, Rusia | Dejar un comentario

>Unidad transatlántica respecto a Rusia

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Por Condoleezza Rice, secretaria de Estado de Estados Unidos (EL MUNDO, 25/09/08):

Durante gran parte del mes pasado, la atención mundial ha estado centrada en Rusia. Hemos aceptado el reto urgente de apoyar a Georgia tras el ataque ruso, un reto que, por el momento, estamos cumpliendo con éxito. La principal pregunta que surge, y que abordé extensamente en un discurso el pasado jueves, es la siguiente: ¿qué implican los acontecimientos del mes pasado para la relación de Rusia con el mundo y, en particular, con Estados Unidos y Europa?

Las circunstancias que rodearon el conflicto del mes pasado son bien conocidas. Ambas partes cometieron errores, pero la respuesta de los líderes rusos -invadir un Estado soberano a través de una frontera reconocida internacionalmente y tratar después de desmembrarlo reconociendo Abjasia y Osetia del Sur- fue desproporcionada. Y los responsables de este comportamiento no son los vecinos de Rusia, ni la ampliación de la OTAN, ni Estados Unidos, sino los líderes rusos.

Quizá más inquietante, sin embargo, es que el ataque de Rusia se ajusta a un patrón de comportamiento que empeora desde hace años y que incluye, entre otras cosas, el uso del petróleo y el gas como instrumentos de coerción, la amenaza de apuntar con armas nucleares a países pacíficos y la supresión de la ley y la libertad en Rusia. La imagen que resulta es la de una Rusia cada vez más autoritaria y agresiva.

El ataque a Georgia nos ha llevado a un momento crítico, pero no determinante. Los líderes rusos están tomando decisiones desafortunadas. Pero pueden tomar otras. El futuro de Rusia está en manos de Rusia. Pero sus decisiones dependerán, en parte, de las acciones de los demás, especialmente de Estados Unidos y sus aliados europeos.

La invasión de Georgia por parte de Rusia no ha logrado, ni logrará, ningún objetivo estratégico duradero. Y nuestro objetivo estratégico ahora es dejar claro a los líderes rusos que sus decisiones están situando a su país en una vía de sentido único hacia el aislamiento y la irrelevancia internacional de forma voluntaria.

Para alcanzar este objetivo se requerirá determinación y unidad por parte de Estados Unidos y Europa. No podemos permitirnos dar validez a los prejuicios que parecen tener algunos líderes rusos: que si se presiona a los países libres -si se intimida, se amenaza y se agrede-, cederemos y, finalmente, nos rendiremos. Estados Unidos y Europa deben hacer frente a esta actitud y no permitir la agresión de Rusia para lograr un beneficio estratégico.

Nosotros y nuestros aliados europeos estamos, por tanto, actuando como uno solo en apoyo de Georgia. Estamos encabezando el movimiento mundial de ayuda a la reconstrucción de Georgia. La puerta a un futuro euroatlántico permanece completamente abierta para Georgia y nuestra alianza continuará trabajando para hacer realidad ese futuro.

Al mismo tiempo, Estados Unidos y Europa están apoyando, inequívocamente, la soberanía, la independencia y la integridad territorial de los vecinos de Rusia. Y no permitiremos que Rusia ejerza un veto sobre el futuro de nuestra comunidad euroatlántica, ni sobre a qué países ofrecemos entrar en ella, ni sobre la opción de esos estados de aceptar. Se lo hemos dejado especialmente claro a nuestros amigos de Ucrania.

Estados Unidos y Europa están aumentando su cooperación en busca de una mayor independencia energética. Aumentaremos la defensa de la economía energética global y abierta de las prácticas abusivas. No puede haber un conjunto de normas para Rusia, S.A. y otro para los demás.

Estados Unidos y Europa no permitirán que los líderes rusos, al mismo tiempo, se beneficien de las normas, mercados e instituciones internacionales y desafíen sus mismos cimientos. No hay una tercera vía. Una Rusia del siglo XIX y una Rusia del siglo XXI no pueden operar en el mundo al mismo tiempo. Para alcanzar todo su potencial, Rusia ha de estar plenamente integrada en el orden internacional político y económico. Pero Moscú está en la precaria situación de encontrarse mitad dentro, mitad fuera. Rusia depende del mundo para lograr el éxito y no puede cambiar eso.

Los líderes rusos ya están vislumbrando cómo puede ser el futuro si persisten en su comportamiento agresivo. En contraste con la situación de Georgia, la posición internacional de Rusia es la peor desde 1991. Su cooperación nuclear para fines civiles con Estados Unidos no va a ningún sitio. Los líderes rusos están haciendo que sufra la economía de su país. Su intento de entrar en la Organización Mundial del Comercio se encuentra en peligro, igual que la de entrar en la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa.

Pero quizá el peor efecto secundario de todos para Moscú es que su actitud ha puesto básicamente en duda cuál de las dos visiones del futuro de Rusia es la que está guiando el país. Recientemente, el nuevo presidente Dimitri Medvedev trazó una visión positiva y avanzada del futuro de su país. Este camino tenía en cuenta las vulnerabilidades de Rusia, pedía más reformas internas y, lo que es más importante, reconocía que Rusia no se puede permitir una relación con el mundo basada en el antagonismo y el distanciamiento.

Necesariamente, Estados Unidos y Europa continuarán persiguiendo sus intereses comunes con Rusia: luchando contra el terrorismo, impidiendo que Irán consiga armas nucleares, dando forma a un Oriente Medio seguro en el que haya paz entre palestinos e israelíes y evitando que el Consejo de Seguridad vuelva a ser la institución paralizada que fue durante la Guerra Fría. Pero sería una verdadera lástima que nuestra relación con Rusia no superara nunca el nivel de los intereses, pues las mejores relaciones entre países son las que también comparten objetivos, aspiraciones y valores.

Queda por ver si los líderes rusos vencerán su nostalgia de otra época y se conformarán con las fuentes de poder y ejercicio de poder del siglo XXI. La decisión es de Rusia y sólo de Rusia. Y esperamos que los líderes rusos elijan responsablemente, por el bien de su pueblo y del mundo.

septiembre 25, 2008 Publicado por | conflicto territorial, Georgia, Osetia del Sur, Rusia | Dejar un comentario

Rusia ha vuelto

Por Florentino Portero, analista del Grupo de Estudios Estratégicos GEES (ABC, 02/09/08):

TRAS años de crisis e impotencia Rusia ha renacido de la mano de Vladimir Putin, un antiguo agente del KGB que ha devuelto a su país un gobierno fuerte, si bien a costa de la incipiente democracia. El alza de los precios energéticos le ha permitido saldar una ingente deuda exterior, equilibrar las cuentas y renovar las capacidades de sus Fuerzas Armadas. Hoy Rusia exige a la sociedad internacional el reconocimiento de que es, de que vuelve a ser, una gran potencia.

La invasión de Georgia ha sido una crisis premeditada, bien pensada, ejemplarmente ejecutada y dirigida a enviar mensajes claros y contundentes en distintas direcciones. Por una parte Rusia no se resigna a aceptar la disolución de la Unión Soviética. Muchos rusos o filorusos quedaron fuera de sus fronteras, piden ser rescatados de su situación y Moscú les escucha y atiende. Abjacia y Osetia del Sur son un adelanto de lo que va a ocurrir en otros estados. No es ningún secreto, porque los dirigentes rusos llevan años anunciándolo. Por otra parte, Rusia quiere que acabemos de entender, de una vez por todas, que tiene derecho a disponer de «un área de influencia natural». Eso es lo que significa para los oligarcas rusos ser una «gran potencia»: una versión moderna de lo que fue el Imperio Ruso. Desde esta lógica los europeos no tenemos derecho a promover la democracia y el respeto a los derechos humanos en el Cáucaso y Asia Central, ni a admitir en nuestras organizaciones a estados como Georgia o Ucrania. Ya es tarde para evitar lo ocurrido con los estados bálticos, pero no están dispuestos a pasar ni un caso más.

Ni Georgia, recién invadida, ni Ucrania, amenazada con perder Crimea y cuyo presidente ha sufrido un intento de asesinato, son miembros de la Alianza Atlántica o de la Unión Europea. No tenemos ningún acuerdo de seguridad que nos obligue a ir en su defensa. Sin embargo, lo ocurrido tiene que ver con cómo hemos llevado las conversaciones con estos países sobre su ingreso en la OTAN. Los estados europeos están profundamente divididos en su visión de la política exterior. Las diferencias y el intento de ocultarlas llevan a menudo a decisiones absurdas, contradictorias y contraproducentes. No fue correcto decir a Turquía que no había obstáculo para su ingreso en la Unión para, a continuación, bloquearlo. O sí o no. De la misma forma que no se puede estar un «poquito embarazada» no se puede estar un «poquito ingresado». La respuesta a Ucrania y Georgia sobre su entrada en la OTAN fue un error. O sí o no, pero nunca sí pero ya veremos cuando, que es lo que aprobamos en Bucarest. Moscú constató nuestra división y debilidad y actuó en consecuencia.

Los análisis rusos se confirmaron al comprobar la tenue reacción ante la invasión injustificada de un estado, una democracia ansiosa de ingresar en las instituciones europeas. Francia, Alemania e Italia primaron el interés inmediato: sus negocios con Rusia son muy importantes, tanto como su dependencia energética. Una reacción firme habría llevado a una escalada que no deseaban. Estaban dispuestos a sacrificar Georgia y lo que hiciera falta con tal de garantizar el status quo. Por el contrario, el Reino Unido y los estados centro-orientales recordaron las lecciones de la historia reciente y exigieron firmeza para evitar futuros pasos en la misma dirección contra Moldavia, Ucrania, Bielorrusia… o un creciente chantaje diplomático para doblegar la voluntad europea y adaptar su acción exterior a la conveniencia rusa. Como Churchill explicó en su día no responder a tiempo supone animar a nuevas aventuras.

Aunque tarde, el Consejo Atlántico se reunió con carácter extraordinario en Bruselas para constatar que también sobre este tema los supuestos aliados disentían abiertamente. Incapaces de adoptar una posición común concluyeron en un ejercicio diplomático: reivindicaban la integridad territorial de Georgia y advertían a Rusia de que el futuro de las relaciones dependía del cumplimiento de las condiciones del alto el fuego. Rusia no invadió Georgia para volver a la situación inmediatamente anterior, más aún después de comprobar la débil presión internacional. Ya es evidente que Rusia ha violado el acuerdo y que la hábil maniobra de las diplomacias europeas sólo ha servido para ganar un par de semanas. La pelota ha vuelto a nuestro campo forzando la convocatoria de un Consejo Europeo Extraordinario.

El Consejo ha concluido reivindicando la integración territorial de Georgia y advirtiendo a Rusia de que en el futuro las relaciones no podrán desarrollarse con normalidad si continúa en la misma línea. Una repetición del fallido Consejo Atlántico extraordinario celebrado hace unas semanas. Europa no da más de sí. Esto es todo lo que es capaz de hacer ante la invasión de un estado soberano, la segregación de parte de su territorio, el intento de desestabilizar su régimen democrático y de poner fin a su acercamiento a Europa. El Consejo ha sido un nuevo ejemplo de impotencia, división y falta de perspectiva. Pero esto no es lo peor. El mensaje que se ha recibido en Moscú es que Europa está dispuesta a aceptar un área de influencia, que no estamos dispuestos a defender a Ucrania, que renunciamos a integrar estados que planteen dificultades.
La vuelta a las «estrategias de pacificación» sólo animará a Rusia a ir a más mientras la sociedad europea se divide. Las chulescas declaraciones de las autoridades rusas han dificultado a franceses, alemanes e italianos su posición en contra de una política de firmeza. El gobierno alemán ya se ha dividido en dos mientras Sarkozy se acerca a la postura británica.

El núcleo del problema es la exigencia rusa del reconocimiento de su área de influencia. Estamos ante un problema diplomático y militar, y en estas áreas debemos concentrarnos. No es cuestión de sanciones económicas, que nos dañarían a nosotros también. No tiene que preocuparnos que el Consejo no las haya aprobado. Rusia busca respetabilidad y poder y eso es lo que tenemos que negarle. Europa debe dejar de tratar a Rusia como un igual, un estado solvente con el que negociar los grandes asuntos de interés mundial o regional. Debe quedar fuera del G-8, de la Organización Mundial del Comercio y olvidarse de un Acuerdo de Asociación con la Unión. Si quiere ser tratado como un actor relevante, debe cambiar su comportamiento. El vacío es el mejor tratamiento para quien ansía deferencia.

Para evitar nuevos pasos del oso ruso conviene reforzar las relaciones con los estados amenazados y acelerar sus procesos de integración. Ése es el lenguaje que entiende Moscú, sólo así comprenderá que la campaña georgiana le ha salido mal y que ése no es el camino para defender sus intereses.

El fracaso de los tratados de la Constitución y Lisboa, el penoso papel de los destacamentos militares enviados a Afganistán y ahora la incapacidad europea para reaccionar ante la invasión de Georgia hace que la credibilidad de la dimensión internacional de la Unión se resquebraje. Sólo cabe esperar que los tres grandes -Reino Unido, Francia y Alemania- logren un entendimiento con Estados Unidos para mantener una política común y creíble que contenga el renacido expansionismo ruso. Mientras tanto Putin puede celebrar su victoria. El coste de la invasión de Georgia ha sido mínimo. Rusia vuelve a la primera línea y se dispone a mover pieza.

septiembre 5, 2008 Publicado por | Abjasia, conflicto territorial, Georgia, Osetia del Sur, Rusia | Dejar un comentario

>Rusia ha vuelto

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Por Florentino Portero, analista del Grupo de Estudios Estratégicos GEES (ABC, 02/09/08):

TRAS años de crisis e impotencia Rusia ha renacido de la mano de Vladimir Putin, un antiguo agente del KGB que ha devuelto a su país un gobierno fuerte, si bien a costa de la incipiente democracia. El alza de los precios energéticos le ha permitido saldar una ingente deuda exterior, equilibrar las cuentas y renovar las capacidades de sus Fuerzas Armadas. Hoy Rusia exige a la sociedad internacional el reconocimiento de que es, de que vuelve a ser, una gran potencia.

La invasión de Georgia ha sido una crisis premeditada, bien pensada, ejemplarmente ejecutada y dirigida a enviar mensajes claros y contundentes en distintas direcciones. Por una parte Rusia no se resigna a aceptar la disolución de la Unión Soviética. Muchos rusos o filorusos quedaron fuera de sus fronteras, piden ser rescatados de su situación y Moscú les escucha y atiende. Abjacia y Osetia del Sur son un adelanto de lo que va a ocurrir en otros estados. No es ningún secreto, porque los dirigentes rusos llevan años anunciándolo. Por otra parte, Rusia quiere que acabemos de entender, de una vez por todas, que tiene derecho a disponer de «un área de influencia natural». Eso es lo que significa para los oligarcas rusos ser una «gran potencia»: una versión moderna de lo que fue el Imperio Ruso. Desde esta lógica los europeos no tenemos derecho a promover la democracia y el respeto a los derechos humanos en el Cáucaso y Asia Central, ni a admitir en nuestras organizaciones a estados como Georgia o Ucrania. Ya es tarde para evitar lo ocurrido con los estados bálticos, pero no están dispuestos a pasar ni un caso más.

Ni Georgia, recién invadida, ni Ucrania, amenazada con perder Crimea y cuyo presidente ha sufrido un intento de asesinato, son miembros de la Alianza Atlántica o de la Unión Europea. No tenemos ningún acuerdo de seguridad que nos obligue a ir en su defensa. Sin embargo, lo ocurrido tiene que ver con cómo hemos llevado las conversaciones con estos países sobre su ingreso en la OTAN. Los estados europeos están profundamente divididos en su visión de la política exterior. Las diferencias y el intento de ocultarlas llevan a menudo a decisiones absurdas, contradictorias y contraproducentes. No fue correcto decir a Turquía que no había obstáculo para su ingreso en la Unión para, a continuación, bloquearlo. O sí o no. De la misma forma que no se puede estar un «poquito embarazada» no se puede estar un «poquito ingresado». La respuesta a Ucrania y Georgia sobre su entrada en la OTAN fue un error. O sí o no, pero nunca sí pero ya veremos cuando, que es lo que aprobamos en Bucarest. Moscú constató nuestra división y debilidad y actuó en consecuencia.

Los análisis rusos se confirmaron al comprobar la tenue reacción ante la invasión injustificada de un estado, una democracia ansiosa de ingresar en las instituciones europeas. Francia, Alemania e Italia primaron el interés inmediato: sus negocios con Rusia son muy importantes, tanto como su dependencia energética. Una reacción firme habría llevado a una escalada que no deseaban. Estaban dispuestos a sacrificar Georgia y lo que hiciera falta con tal de garantizar el status quo. Por el contrario, el Reino Unido y los estados centro-orientales recordaron las lecciones de la historia reciente y exigieron firmeza para evitar futuros pasos en la misma dirección contra Moldavia, Ucrania, Bielorrusia… o un creciente chantaje diplomático para doblegar la voluntad europea y adaptar su acción exterior a la conveniencia rusa. Como Churchill explicó en su día no responder a tiempo supone animar a nuevas aventuras.

Aunque tarde, el Consejo Atlántico se reunió con carácter extraordinario en Bruselas para constatar que también sobre este tema los supuestos aliados disentían abiertamente. Incapaces de adoptar una posición común concluyeron en un ejercicio diplomático: reivindicaban la integridad territorial de Georgia y advertían a Rusia de que el futuro de las relaciones dependía del cumplimiento de las condiciones del alto el fuego. Rusia no invadió Georgia para volver a la situación inmediatamente anterior, más aún después de comprobar la débil presión internacional. Ya es evidente que Rusia ha violado el acuerdo y que la hábil maniobra de las diplomacias europeas sólo ha servido para ganar un par de semanas. La pelota ha vuelto a nuestro campo forzando la convocatoria de un Consejo Europeo Extraordinario.

El Consejo ha concluido reivindicando la integración territorial de Georgia y advirtiendo a Rusia de que en el futuro las relaciones no podrán desarrollarse con normalidad si continúa en la misma línea. Una repetición del fallido Consejo Atlántico extraordinario celebrado hace unas semanas. Europa no da más de sí. Esto es todo lo que es capaz de hacer ante la invasión de un estado soberano, la segregación de parte de su territorio, el intento de desestabilizar su régimen democrático y de poner fin a su acercamiento a Europa. El Consejo ha sido un nuevo ejemplo de impotencia, división y falta de perspectiva. Pero esto no es lo peor. El mensaje que se ha recibido en Moscú es que Europa está dispuesta a aceptar un área de influencia, que no estamos dispuestos a defender a Ucrania, que renunciamos a integrar estados que planteen dificultades.
La vuelta a las «estrategias de pacificación» sólo animará a Rusia a ir a más mientras la sociedad europea se divide. Las chulescas declaraciones de las autoridades rusas han dificultado a franceses, alemanes e italianos su posición en contra de una política de firmeza. El gobierno alemán ya se ha dividido en dos mientras Sarkozy se acerca a la postura británica.

El núcleo del problema es la exigencia rusa del reconocimiento de su área de influencia. Estamos ante un problema diplomático y militar, y en estas áreas debemos concentrarnos. No es cuestión de sanciones económicas, que nos dañarían a nosotros también. No tiene que preocuparnos que el Consejo no las haya aprobado. Rusia busca respetabilidad y poder y eso es lo que tenemos que negarle. Europa debe dejar de tratar a Rusia como un igual, un estado solvente con el que negociar los grandes asuntos de interés mundial o regional. Debe quedar fuera del G-8, de la Organización Mundial del Comercio y olvidarse de un Acuerdo de Asociación con la Unión. Si quiere ser tratado como un actor relevante, debe cambiar su comportamiento. El vacío es el mejor tratamiento para quien ansía deferencia.

Para evitar nuevos pasos del oso ruso conviene reforzar las relaciones con los estados amenazados y acelerar sus procesos de integración. Ése es el lenguaje que entiende Moscú, sólo así comprenderá que la campaña georgiana le ha salido mal y que ése no es el camino para defender sus intereses.

El fracaso de los tratados de la Constitución y Lisboa, el penoso papel de los destacamentos militares enviados a Afganistán y ahora la incapacidad europea para reaccionar ante la invasión de Georgia hace que la credibilidad de la dimensión internacional de la Unión se resquebraje. Sólo cabe esperar que los tres grandes -Reino Unido, Francia y Alemania- logren un entendimiento con Estados Unidos para mantener una política común y creíble que contenga el renacido expansionismo ruso. Mientras tanto Putin puede celebrar su victoria. El coste de la invasión de Georgia ha sido mínimo. Rusia vuelve a la primera línea y se dispone a mover pieza.

septiembre 5, 2008 Publicado por | Abjasia, conflicto territorial, Georgia, Osetia del Sur, Rusia | Dejar un comentario

Reconocimientos rusos

Por Carlos Taibo, profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid. Autor de Rusia en la era de Putin, Catarata, 2006 (LA VANGUARDIA, 02/09/08):

Durante los dos últimos años no ha faltado quien ha subrayado que, pese a las apariencias, a Rusia le interesaba sobremanera el reconocimiento occidental de un Kosovo independiente. La razón era y es relativamente fácil de explicar: semejante reconocimiento debía permitir que el Kremlin moviese pieza en provecho propio en escenarios mucho más golosos para sus intereses – Kosovo queda demasiado lejos, tanto en la geografía como en la historia-, y en particular en Osetia del Sur y en Abjasia, hasta hoy en Georgia, y acaso también en la autodenominada república del Transdniestr, en Moldavia.

Claro está que el recién perfilado reconocimiento ruso de Osetia del Sur y de Abjasia puede contemplarse desde dos perspectivas muy diferentes. La primera entiende, con lógica inapelable, que es la respuesta del Kremlin al apoyo dispensado por la mayoría de las potencias occidentales, el pasado febrero, a un Kosovo independiente. En tal sentido, no pueden dejar de sorprender, por absurdas e hipócritas, las reacciones airadas que se han registrado en Washington y en varias de las cancillerías de los estados miembros de la Unión Europea. Tiene su gracia, en particular, la reacción norteamericana, empeñada en defender ahora una integridad territorial, la de Georgia, que en cambio no se postuló medio año atrás en Serbia, y firmemente indignada por la intervención rusa en el primero de esos países, como si la Casa Blanca no nos tuviese acostumbrados desde mucho tiempo atrás a agresiones militares por completo al margen de la legalidad internacional.

La otra perspectiva es, sin embargo, menos halagüeña para Moscú y recuerda que los reconocimientos de Osetia del Sur y Abjasia por el Kremlin dan al traste con una política, la rusa, que hasta ahora decía defender a carta cabal la legalidad internacional y declaraba oponerse drásticamente a cualquier suerte de secesión que no recibiese el beneplácito previo del Estado afectado. Aunque no se hayan percatado, quienes hace unos meses, y al calor del contencioso kosovar, recibieron con alegría la reacción hostil de Rusia – en buena medida los mismos que aún hoy siguen pensando que el Gobierno español postula algún saludable principio, y no confesables intereses, en relación con estos menesteres- no están precisamente de enhorabuena. Magro consuelo parece, para su posición, el recordatorio de que es harto improbable que Osetia del Sur y Abjasia disfruten de la relativa normalización que, en materia de reconocimientos, ha alcanzado Kosovo los últimos meses. No parece que esto último preocupe en demasía, con todo, en Moscú.

Así las cosas, en este caso es difícil sustraerse a una sencilla conclusión: tirios y troyanos, Rusia y las potencias occidentales, defienden sin rebozo sus intereses más obscenos y asumen, de resultas, políticas de estricta doble moral. Una de las secuelas de lo anterior es, por cierto, el hecho de que no hay ningún motivo para afirmar que muestran alguna preocupación por las causas de la democracia y de la autodeterminación. Moderadamente llamativo es, de cualquier forma, que este último principio no haya sido defendido ni por los unos ni por los otros. No se olvide al respecto que si en Kosovo se eludió la convocatoria de un referéndum de autodeterminación – y al efecto de poco vale la certificación de que estaba cantado que la mayoría de la población local se inclinaría por la secesión-, en Osetia del Sur y Abjasia antes se han esgrimido las consecuencias de la agresión militar georgiana de hace unas semanas que las presuntas querencias de los habitantes de esos dos territorios. Nadie quiere hablar, entre tanto, de la castigada Chechenia, escenario de una crudelísima represión que no parece preocupar ni a quienes defienden la secesión de Osetia del Sur y Abjasia ni a quienes se oponen a ella.

Comoquiera que unos y otros consideran – formulemos las cosas en estos términos- que al cabo lo que importa es la fuerza respectiva, ningún relieve se le asigna al eventual peso de una alegación que subraye la opción mayoritaria entre las poblaciones implicadas, tanto más cuanto que la invocación de esta última acarrearía discusiones desagradables sobre el destino que han corrido los serbios en Kosovo y los georgianos otrora residentes en Osetia del Sur y, más aún, en Abjasia (bueno es recordar que la textura de todos estos conflictos es muy diferente). A la postre lo que impera, y con descaro, son los intereses geoestratégicos y geoeconómicos de Rusia y de las potencias occidentales, en el marco de lo que se antoja un prosaico juego de poder.

Si, en suma, hay que perfilar un pronóstico de corto plazo en lo que respecta a posibles cambios – secesiones, independencias- en la Europa central y oriental, lo suyo es señalar que el único candidato sólido al efecto es la llamada república del Transdniestr, en Moldavia. Bien es verdad que en este caso las tensiones han amainado un tanto en los últimos años y la interpretación más extendida sugiere que Rusia se lo pensará dos veces antes de alentar un proceso de secesión que – no lo olvidemos- afectaría a un territorio no colindante con el suyo propio. Queda por dirimir también, es cierto, si Osetia del Sur y Abjasia porfiarán en la vía de la independencia o acabarán por integrarse, antes o después, en la Federación Rusa. Eso en lo que atañe al corto plazo, porque, los acontecimientos como vienen, nadie está en condiciones de augurar qué es lo que, en este terreno como en tantos otros, nos tiene reservado el futuro.

septiembre 5, 2008 Publicado por | Abjasia, conflicto territorial, Georgia, Osetia del Sur, Rusia | Dejar un comentario

>Reconocimientos rusos

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Por Carlos Taibo, profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid. Autor de Rusia en la era de Putin, Catarata, 2006 (LA VANGUARDIA, 02/09/08):

Durante los dos últimos años no ha faltado quien ha subrayado que, pese a las apariencias, a Rusia le interesaba sobremanera el reconocimiento occidental de un Kosovo independiente. La razón era y es relativamente fácil de explicar: semejante reconocimiento debía permitir que el Kremlin moviese pieza en provecho propio en escenarios mucho más golosos para sus intereses – Kosovo queda demasiado lejos, tanto en la geografía como en la historia-, y en particular en Osetia del Sur y en Abjasia, hasta hoy en Georgia, y acaso también en la autodenominada república del Transdniestr, en Moldavia.

Claro está que el recién perfilado reconocimiento ruso de Osetia del Sur y de Abjasia puede contemplarse desde dos perspectivas muy diferentes. La primera entiende, con lógica inapelable, que es la respuesta del Kremlin al apoyo dispensado por la mayoría de las potencias occidentales, el pasado febrero, a un Kosovo independiente. En tal sentido, no pueden dejar de sorprender, por absurdas e hipócritas, las reacciones airadas que se han registrado en Washington y en varias de las cancillerías de los estados miembros de la Unión Europea. Tiene su gracia, en particular, la reacción norteamericana, empeñada en defender ahora una integridad territorial, la de Georgia, que en cambio no se postuló medio año atrás en Serbia, y firmemente indignada por la intervención rusa en el primero de esos países, como si la Casa Blanca no nos tuviese acostumbrados desde mucho tiempo atrás a agresiones militares por completo al margen de la legalidad internacional.

La otra perspectiva es, sin embargo, menos halagüeña para Moscú y recuerda que los reconocimientos de Osetia del Sur y Abjasia por el Kremlin dan al traste con una política, la rusa, que hasta ahora decía defender a carta cabal la legalidad internacional y declaraba oponerse drásticamente a cualquier suerte de secesión que no recibiese el beneplácito previo del Estado afectado. Aunque no se hayan percatado, quienes hace unos meses, y al calor del contencioso kosovar, recibieron con alegría la reacción hostil de Rusia – en buena medida los mismos que aún hoy siguen pensando que el Gobierno español postula algún saludable principio, y no confesables intereses, en relación con estos menesteres- no están precisamente de enhorabuena. Magro consuelo parece, para su posición, el recordatorio de que es harto improbable que Osetia del Sur y Abjasia disfruten de la relativa normalización que, en materia de reconocimientos, ha alcanzado Kosovo los últimos meses. No parece que esto último preocupe en demasía, con todo, en Moscú.

Así las cosas, en este caso es difícil sustraerse a una sencilla conclusión: tirios y troyanos, Rusia y las potencias occidentales, defienden sin rebozo sus intereses más obscenos y asumen, de resultas, políticas de estricta doble moral. Una de las secuelas de lo anterior es, por cierto, el hecho de que no hay ningún motivo para afirmar que muestran alguna preocupación por las causas de la democracia y de la autodeterminación. Moderadamente llamativo es, de cualquier forma, que este último principio no haya sido defendido ni por los unos ni por los otros. No se olvide al respecto que si en Kosovo se eludió la convocatoria de un referéndum de autodeterminación – y al efecto de poco vale la certificación de que estaba cantado que la mayoría de la población local se inclinaría por la secesión-, en Osetia del Sur y Abjasia antes se han esgrimido las consecuencias de la agresión militar georgiana de hace unas semanas que las presuntas querencias de los habitantes de esos dos territorios. Nadie quiere hablar, entre tanto, de la castigada Chechenia, escenario de una crudelísima represión que no parece preocupar ni a quienes defienden la secesión de Osetia del Sur y Abjasia ni a quienes se oponen a ella.

Comoquiera que unos y otros consideran – formulemos las cosas en estos términos- que al cabo lo que importa es la fuerza respectiva, ningún relieve se le asigna al eventual peso de una alegación que subraye la opción mayoritaria entre las poblaciones implicadas, tanto más cuanto que la invocación de esta última acarrearía discusiones desagradables sobre el destino que han corrido los serbios en Kosovo y los georgianos otrora residentes en Osetia del Sur y, más aún, en Abjasia (bueno es recordar que la textura de todos estos conflictos es muy diferente). A la postre lo que impera, y con descaro, son los intereses geoestratégicos y geoeconómicos de Rusia y de las potencias occidentales, en el marco de lo que se antoja un prosaico juego de poder.

Si, en suma, hay que perfilar un pronóstico de corto plazo en lo que respecta a posibles cambios – secesiones, independencias- en la Europa central y oriental, lo suyo es señalar que el único candidato sólido al efecto es la llamada república del Transdniestr, en Moldavia. Bien es verdad que en este caso las tensiones han amainado un tanto en los últimos años y la interpretación más extendida sugiere que Rusia se lo pensará dos veces antes de alentar un proceso de secesión que – no lo olvidemos- afectaría a un territorio no colindante con el suyo propio. Queda por dirimir también, es cierto, si Osetia del Sur y Abjasia porfiarán en la vía de la independencia o acabarán por integrarse, antes o después, en la Federación Rusa. Eso en lo que atañe al corto plazo, porque, los acontecimientos como vienen, nadie está en condiciones de augurar qué es lo que, en este terreno como en tantos otros, nos tiene reservado el futuro.

septiembre 5, 2008 Publicado por | Abjasia, conflicto territorial, Georgia, Osetia del Sur, Rusia | Dejar un comentario

>¿Qué hacer con Rusia?

>

Por José Ignacio Torreblanca, director de la Oficina en Madrid del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (EL PAÍS, 01/09/08):

El Consejo Europeo se reúne hoy en sesión extraordinaria para evaluar la crisis georgiana y estudiar las medidas a tomar. Se trata de una reunión forzada por el incumplimiento de los acuerdos de alto el fuego por parte de Moscú y, ante todo, por el giro cualitativo introducido por Rusia al reconocer la independencia de Abjazia y Osetia del Sur.

Lamentablemente, una vez más, la Unión Europea parece desbordada por los hechos y dividida respecto a las medidas a tomar. Los intentos de mediación anteriores a la crisis fracasaron por falta de respaldo colectivo, pero también en razón de su tibieza. Como resultado, las partes en conflicto, en lugar de recurrir a cualquiera de los múltiples mecanismos existentes para la gestión de conflictos (algunos de ellos específicos al ámbito europeo, como la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa -OSCE- o el Consejo de Europa), consideraron inevitable o incluso provechoso recurrir a medidas de fuerza unilaterales. Posteriormente, durante la crisis, la presidencia francesa, presionada por la necesidad de detener las hostilidades, pecó de ingenuidad y falta de firmeza al promover unos acuerdos ya de por sí excesivamente generosos con Moscú que, además, han sido claramente incumplidos.

Es cierto que algunos encuentran consuelo en el ridículo hecho por Washington, incapaz pese a sus inmensos recursos diplomáticos, militares y de inteligencia de prever, primero, o gestionar, después, la crisis; ello pese al intensísimo vínculo personal entre el presidente georgiano, Mijaíl Saakashvili, y la Casa Blanca. Viendo cómo la Administración de Bush protege a sus amigos, es incluso posible que algunos vecinos extraigan como lección la necesidad de diversificar algo más sus estrategias y acercarse algo más a Bruselas. ¿Pero está la UE preparada, además de para dar una respuesta coherente a corto plazo, para generar una reflexión estratégica más a largo plazo respecto a Rusia y el conjunto de países de la extinta URSS?

El acuerdo sobre las medidas más inmediatas no parece problemático. Se trataría de exigir a Rusia la retirada de sus tropas, el envío de observadores para preparar el despliegue de una misión internacional y la puesta en marcha de iniciativas de mediación entre georgianos, surosetios y abjazos. También habría que aprobar un paquete de emergencia para los más de 100.000 desplazados georgianos e iniciar de forma inmediata la reconstrucción de las infraestructuras locales. Más adelante, habría que revisar los acuerdos entre la UE y Georgia para sacar el máximo partido a sus posibilidades comerciales, financieras y de asistencia técnica. De la misma manera, la UE se verá obligada a reexaminar en profundidad sus relaciones con Ucrania, de tal manera que las autoridades de Kiev encuentren en Bruselas un apoyo sostenido para su proceso de modernización, así como un baluarte frente a las presiones y chantajes de Moscú.

Estas medidas ayudarán a la UE a elevar su perfil en la zona. Pero la verdadera discusión no es sobre Georgia, sino sobre Rusia. Putin podía haberse conformado con tomar el control de Abjazia y Osetia del Sur sin grandes alharacas, crear un hecho consumado y dejar que el tiempo jugara a su favor. Sin embargo, ha decidido deliberadamente mantener abierta la crisis tanto desde el punto de vista retórico (con referencias a la guerra fría y amenazas sobre el suministro energético) como práctico (con el reconocimiento de dos repúblicas por el precio de una y, sobre todo y de forma más grave, por la injustificada presencia de sus tropas en el puerto georgiano de Poti). Todo ello no sólo es inaceptable sino que, como se ha dicho estos días, refleja que en su afán de situar a Rusia en el siglo XXI, Vladímir Putin se está llevando a su país al siglo XIX.

El dilema es ejemplar. Por un lado, la firmeza ante Moscú, como preconizan Gordon Brown y David Miliband (secundados por escandinavos, bálticos y los nuevos miembros de Europa Central y Oriental), acentuará los sentimientos de aislamiento y humillación y alejará a Rusia de las instituciones democráticas y del orden multilateral. Pero por otro lado, contemporizar con Moscú (como parece preferirse desde París, Berlín, Madrid y Roma) e intentar aislar la crisis muy probablemente enviará el mensaje equivocado y reforzará a los que, como Putin, desprecian a la Unión Europea por considerarla una mera forma de pensamiento blando. ¿Reforma o ruptura? La vieja pregunta leninista no termina de pasar de moda. En cualquier caso, Rusia parece haber optado por la segunda opción.

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¿Qué hacer con Rusia?

Por José Ignacio Torreblanca, director de la Oficina en Madrid del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (EL PAÍS, 01/09/08):

El Consejo Europeo se reúne hoy en sesión extraordinaria para evaluar la crisis georgiana y estudiar las medidas a tomar. Se trata de una reunión forzada por el incumplimiento de los acuerdos de alto el fuego por parte de Moscú y, ante todo, por el giro cualitativo introducido por Rusia al reconocer la independencia de Abjazia y Osetia del Sur.

Lamentablemente, una vez más, la Unión Europea parece desbordada por los hechos y dividida respecto a las medidas a tomar. Los intentos de mediación anteriores a la crisis fracasaron por falta de respaldo colectivo, pero también en razón de su tibieza. Como resultado, las partes en conflicto, en lugar de recurrir a cualquiera de los múltiples mecanismos existentes para la gestión de conflictos (algunos de ellos específicos al ámbito europeo, como la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa -OSCE- o el Consejo de Europa), consideraron inevitable o incluso provechoso recurrir a medidas de fuerza unilaterales. Posteriormente, durante la crisis, la presidencia francesa, presionada por la necesidad de detener las hostilidades, pecó de ingenuidad y falta de firmeza al promover unos acuerdos ya de por sí excesivamente generosos con Moscú que, además, han sido claramente incumplidos.

Es cierto que algunos encuentran consuelo en el ridículo hecho por Washington, incapaz pese a sus inmensos recursos diplomáticos, militares y de inteligencia de prever, primero, o gestionar, después, la crisis; ello pese al intensísimo vínculo personal entre el presidente georgiano, Mijaíl Saakashvili, y la Casa Blanca. Viendo cómo la Administración de Bush protege a sus amigos, es incluso posible que algunos vecinos extraigan como lección la necesidad de diversificar algo más sus estrategias y acercarse algo más a Bruselas. ¿Pero está la UE preparada, además de para dar una respuesta coherente a corto plazo, para generar una reflexión estratégica más a largo plazo respecto a Rusia y el conjunto de países de la extinta URSS?

El acuerdo sobre las medidas más inmediatas no parece problemático. Se trataría de exigir a Rusia la retirada de sus tropas, el envío de observadores para preparar el despliegue de una misión internacional y la puesta en marcha de iniciativas de mediación entre georgianos, surosetios y abjazos. También habría que aprobar un paquete de emergencia para los más de 100.000 desplazados georgianos e iniciar de forma inmediata la reconstrucción de las infraestructuras locales. Más adelante, habría que revisar los acuerdos entre la UE y Georgia para sacar el máximo partido a sus posibilidades comerciales, financieras y de asistencia técnica. De la misma manera, la UE se verá obligada a reexaminar en profundidad sus relaciones con Ucrania, de tal manera que las autoridades de Kiev encuentren en Bruselas un apoyo sostenido para su proceso de modernización, así como un baluarte frente a las presiones y chantajes de Moscú.

Estas medidas ayudarán a la UE a elevar su perfil en la zona. Pero la verdadera discusión no es sobre Georgia, sino sobre Rusia. Putin podía haberse conformado con tomar el control de Abjazia y Osetia del Sur sin grandes alharacas, crear un hecho consumado y dejar que el tiempo jugara a su favor. Sin embargo, ha decidido deliberadamente mantener abierta la crisis tanto desde el punto de vista retórico (con referencias a la guerra fría y amenazas sobre el suministro energético) como práctico (con el reconocimiento de dos repúblicas por el precio de una y, sobre todo y de forma más grave, por la injustificada presencia de sus tropas en el puerto georgiano de Poti). Todo ello no sólo es inaceptable sino que, como se ha dicho estos días, refleja que en su afán de situar a Rusia en el siglo XXI, Vladímir Putin se está llevando a su país al siglo XIX.

El dilema es ejemplar. Por un lado, la firmeza ante Moscú, como preconizan Gordon Brown y David Miliband (secundados por escandinavos, bálticos y los nuevos miembros de Europa Central y Oriental), acentuará los sentimientos de aislamiento y humillación y alejará a Rusia de las instituciones democráticas y del orden multilateral. Pero por otro lado, contemporizar con Moscú (como parece preferirse desde París, Berlín, Madrid y Roma) e intentar aislar la crisis muy probablemente enviará el mensaje equivocado y reforzará a los que, como Putin, desprecian a la Unión Europea por considerarla una mera forma de pensamiento blando. ¿Reforma o ruptura? La vieja pregunta leninista no termina de pasar de moda. En cualquier caso, Rusia parece haber optado por la segunda opción.

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Cuarenta años no es nada

Por Jorge Edwards, escritor chileno (EL PAÍS, 30/08/08):

Busco en la prensa escrita noticias de la República de Georgia y me encuentro con una nota sobre los cuarenta años de la invasión de Praga, en los tiempos de la desaparecida Checoslovaquia, por las tropas del Pacto de Varsovia. Sucesos de una época pasada y enterrada, me digo, y a la vez, de un modo paradójico, no tan pasada ni tan enterrada. Teníamos la impresión, hasta hace muy poco, de que el temible Ejército Rojo se había desmoronado, pero ahora, a juzgar por las noticias de Georgia y de Osetia del Sur, parece que hubiera renacido de sus cenizas.

Un editor extranjero nos recordó ayer o anteayer una frase de Ambrose Bierce, autor norteamericano del Diccionario del Diablo y de otros textos notables: las guerras son los medios que emplea Dios para enseñarnos geografía. Y para enseñarnos o refrescarnos la historia, podríamos añadir.

Busco Georgia en un atlas universal, trato de ubicar Osetia del Sur y Abjasia, y recuerdo, como si fuera hoy, las imágenes de los jóvenes checos que les tiraban piedras a los tanques soviéticos que ingresaban a la Plaza de Wenceslao. ¿Significa esto que la historia se repite, que no hay progreso posible, que la caída del Muro de Berlín fue una simple ilusión? Habrá que ir por partes: tendremos que tratar de entender lo que ha sucedido después del fin de la Guerra Fría. El cambio existe, desde luego, pero los viejos imperios, con sus largas tradiciones, con sus rupturas y revoluciones, cambian menos de lo que uno tiende a suponer.

En Rusia siempre hubo algún Stalin antes de Stalin, como sugirió con astucia, tratando de eludir la censura, Sergio Eisenstein en su extraordinaria película Iván el Terrible. Y suponemos que siempre existió algún tenebroso Lavrenti Beria, el jefe de la policía secreta estaliniana, antes del propio Beria. Lo cual nos conduce a preguntarnos cuál es y dónde está, por quién ha sido asumida, la herencia, la continuación actual de aquellos personajes.

El año 1968 fue un año agitado, pesado, contradictorio, lleno de ilusiones y desengaños dramáticos. Visité Cuba por primera vez en enero y pasé tres días en Praga a fines de febrero. Salí a la calle una mañana, guiado por un amigo hispanista, editor y traductor, y nos encontramos con una multitud exaltada, que escuchaba a dos dirigentes políticos asomados a un balcón. Uno era Novotny, representante de un régimen estalinista que daba la impresión de encontrarse en sus etapas finales, y el otro, Alexander Dubcek, el aparente profeta y conductor de los nuevos tiempos. Cuando hablaba Dubcek, la gente agolpada en aquella plaza aplaudía y lanzaba ovaciones a rabiar, en un estado de emoción colectiva incontenible. Cuando le tocaba el turno a Novotny, el todavía gobernante, las pifias eran atronadoras.

Después de ese breve paso por Praga, llegué a París, me instalé en un hotel barato y me dediqué al periodismo y a la escritura, en un paréntesis de mis tareas en la diplomacia profesional. Una tarde viajaba con mi mujer en el metro, y el tren subterráneo se detuvo en la estación de Saint-Michel, en pleno corazón del barrio latino. Se abrieron las puertas automáticas y entraron pelotones de jóvenes que reían y que lagrimeaban, seguidos por el olor y el picor inconfundibles de los gases lacrimógenos. Era la revolución estudiantil de mayo que había comenzado por ahí cerca, en los patios del edificio principal de la Sorbona: los sucesos de mayo, como iban a ser conocidos en la prensa de todas partes, sucesos que al final, en un balance desapasionado, no influyeron demasiado en el sistema político, pero sí en las costumbres, en los estilos, en una atmósfera que iba a dominar en todo el resto del siglo.

Regresé a Chile en junio y las autoridades del Ministerio de Relaciones me nombraron jefe de un departamento que acababa de crearse: el de Europa Oriental. Se trataba de organizar las nuevas relaciones diplomáticas, que habían empezado a establecerse hacía poco tiempo, con la Unión Soviética y con los países de Europa del Este. Ahora me acuerdo de interminables conversaciones, recepciones con gente que llegaba desde esa parte del mundo, comidas que ofrecía el embajador soviético a representantes de lo que se llamaba el poder joven, encuentros con funcionarios, dirigentes, intelectuales húngaros, polacos, rumanos, checos, etcétera, etcétera. Parecía que las etapas de aquello que se llamaba Primavera de Praga iban en un crecimiento vertiginoso y se acercaban a una culminación inminente y a la vez imprevisible. Cuando se produjo la invasión de los tanques, en la segunda quincena del mes de agosto, me acuerdo del embajador checo en el salón rojo del Ministerio, en el ala sur de La Moneda, asegurándonos que nadie, ninguna autoridad de Checoslovaquia, a diferencia de lo que aseguraban en Moscú, había solicitado esa intervención. La emoción era intensa; la sensación de que la izquierda del mundo había perdido la esperanza de un cambio renovador, refrescante, indispensable, era sentida por muchos como un gran drama del siglo XX.

La verdad es que los intentos de liberación democrática, los arrestos de un deshielo, de una desestalinización del bloque comunista, no habían comenzado en la Praga de esos meses y tampoco terminarían ahí. Nikita Jruschov había encarnado una etapa, un deshielo sofocado, fracasado, y años más tarde vendrían la perestroika y la glasnost de Mijaíl Gorbachov. Fuimos muchos los que celebramos la caída del Muro de Berlín como un cambio de página definitivo. Pero si se tiene un poco de experiencia en los avatares y los zigzagueos de la diplomacia, hay que desconfiar de todo lo que parezca definitivo. A juzgar por noticias recientes, los rusos de hoy sienten una nostalgia profunda del imperio, de su influencia perdida, de los hombres fuertes del pasado, aunque se llamen José Stalin o Nicolás II.

En un contexto así, el análisis de la guerra o de la semiguerra de Georgia tendría que proceder con pies de plomo. Uno tiende a pensar que el ataque georgiano a Osetia del Sur, una de las provincias separatistas, se concretó en el momento menos oportuno, más peligroso: cuando los sentimientos nacionalistas rusos, demostrados en el apoyo mayoritario a Vladímir Putin y a su sucesor, empezaban a levantarse y adquirían algo así como una velocidad de crucero.

Nadie que haya estudiado un poco estos fenómenos, ya demostrados hace 40 años en los días de la invasión de la antigua Checoslovaquia y reiterados a lo largo de los años de las más diversas maneras, podría pensar que la invasión de las provincias separatistas, pro rusas, por tropas georgianas, dejaría a Moscú de brazos cruzados. La reacción política y militar rusa era completa y absolutamente previsible. ¿Para qué se hizo entonces la invasión inicial: para estudiar la reacción de Putin, de Medvédev, de los generales, para provocar un cambio del statu quo, para ver si los rusos, tomados por sorpresa, no hacían nada? La verdad es que no encuentro ninguna explicación medianamente convincente.

Y si fue un simple tanteo bélico, estimulado de alguna manera por Washington, temo que haya sido un error garrafal. La situación todavía no está resuelta y la sigo de cerca, en la medida en que la lejanía chilena me lo permite, pero confieso que la sigo sin el menor optimismo. Con un sentimiento que se parece bastante a la angustia.

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>Cuarenta años no es nada

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Por Jorge Edwards, escritor chileno (EL PAÍS, 30/08/08):

Busco en la prensa escrita noticias de la República de Georgia y me encuentro con una nota sobre los cuarenta años de la invasión de Praga, en los tiempos de la desaparecida Checoslovaquia, por las tropas del Pacto de Varsovia. Sucesos de una época pasada y enterrada, me digo, y a la vez, de un modo paradójico, no tan pasada ni tan enterrada. Teníamos la impresión, hasta hace muy poco, de que el temible Ejército Rojo se había desmoronado, pero ahora, a juzgar por las noticias de Georgia y de Osetia del Sur, parece que hubiera renacido de sus cenizas.

Un editor extranjero nos recordó ayer o anteayer una frase de Ambrose Bierce, autor norteamericano del Diccionario del Diablo y de otros textos notables: las guerras son los medios que emplea Dios para enseñarnos geografía. Y para enseñarnos o refrescarnos la historia, podríamos añadir.

Busco Georgia en un atlas universal, trato de ubicar Osetia del Sur y Abjasia, y recuerdo, como si fuera hoy, las imágenes de los jóvenes checos que les tiraban piedras a los tanques soviéticos que ingresaban a la Plaza de Wenceslao. ¿Significa esto que la historia se repite, que no hay progreso posible, que la caída del Muro de Berlín fue una simple ilusión? Habrá que ir por partes: tendremos que tratar de entender lo que ha sucedido después del fin de la Guerra Fría. El cambio existe, desde luego, pero los viejos imperios, con sus largas tradiciones, con sus rupturas y revoluciones, cambian menos de lo que uno tiende a suponer.

En Rusia siempre hubo algún Stalin antes de Stalin, como sugirió con astucia, tratando de eludir la censura, Sergio Eisenstein en su extraordinaria película Iván el Terrible. Y suponemos que siempre existió algún tenebroso Lavrenti Beria, el jefe de la policía secreta estaliniana, antes del propio Beria. Lo cual nos conduce a preguntarnos cuál es y dónde está, por quién ha sido asumida, la herencia, la continuación actual de aquellos personajes.

El año 1968 fue un año agitado, pesado, contradictorio, lleno de ilusiones y desengaños dramáticos. Visité Cuba por primera vez en enero y pasé tres días en Praga a fines de febrero. Salí a la calle una mañana, guiado por un amigo hispanista, editor y traductor, y nos encontramos con una multitud exaltada, que escuchaba a dos dirigentes políticos asomados a un balcón. Uno era Novotny, representante de un régimen estalinista que daba la impresión de encontrarse en sus etapas finales, y el otro, Alexander Dubcek, el aparente profeta y conductor de los nuevos tiempos. Cuando hablaba Dubcek, la gente agolpada en aquella plaza aplaudía y lanzaba ovaciones a rabiar, en un estado de emoción colectiva incontenible. Cuando le tocaba el turno a Novotny, el todavía gobernante, las pifias eran atronadoras.

Después de ese breve paso por Praga, llegué a París, me instalé en un hotel barato y me dediqué al periodismo y a la escritura, en un paréntesis de mis tareas en la diplomacia profesional. Una tarde viajaba con mi mujer en el metro, y el tren subterráneo se detuvo en la estación de Saint-Michel, en pleno corazón del barrio latino. Se abrieron las puertas automáticas y entraron pelotones de jóvenes que reían y que lagrimeaban, seguidos por el olor y el picor inconfundibles de los gases lacrimógenos. Era la revolución estudiantil de mayo que había comenzado por ahí cerca, en los patios del edificio principal de la Sorbona: los sucesos de mayo, como iban a ser conocidos en la prensa de todas partes, sucesos que al final, en un balance desapasionado, no influyeron demasiado en el sistema político, pero sí en las costumbres, en los estilos, en una atmósfera que iba a dominar en todo el resto del siglo.

Regresé a Chile en junio y las autoridades del Ministerio de Relaciones me nombraron jefe de un departamento que acababa de crearse: el de Europa Oriental. Se trataba de organizar las nuevas relaciones diplomáticas, que habían empezado a establecerse hacía poco tiempo, con la Unión Soviética y con los países de Europa del Este. Ahora me acuerdo de interminables conversaciones, recepciones con gente que llegaba desde esa parte del mundo, comidas que ofrecía el embajador soviético a representantes de lo que se llamaba el poder joven, encuentros con funcionarios, dirigentes, intelectuales húngaros, polacos, rumanos, checos, etcétera, etcétera. Parecía que las etapas de aquello que se llamaba Primavera de Praga iban en un crecimiento vertiginoso y se acercaban a una culminación inminente y a la vez imprevisible. Cuando se produjo la invasión de los tanques, en la segunda quincena del mes de agosto, me acuerdo del embajador checo en el salón rojo del Ministerio, en el ala sur de La Moneda, asegurándonos que nadie, ninguna autoridad de Checoslovaquia, a diferencia de lo que aseguraban en Moscú, había solicitado esa intervención. La emoción era intensa; la sensación de que la izquierda del mundo había perdido la esperanza de un cambio renovador, refrescante, indispensable, era sentida por muchos como un gran drama del siglo XX.

La verdad es que los intentos de liberación democrática, los arrestos de un deshielo, de una desestalinización del bloque comunista, no habían comenzado en la Praga de esos meses y tampoco terminarían ahí. Nikita Jruschov había encarnado una etapa, un deshielo sofocado, fracasado, y años más tarde vendrían la perestroika y la glasnost de Mijaíl Gorbachov. Fuimos muchos los que celebramos la caída del Muro de Berlín como un cambio de página definitivo. Pero si se tiene un poco de experiencia en los avatares y los zigzagueos de la diplomacia, hay que desconfiar de todo lo que parezca definitivo. A juzgar por noticias recientes, los rusos de hoy sienten una nostalgia profunda del imperio, de su influencia perdida, de los hombres fuertes del pasado, aunque se llamen José Stalin o Nicolás II.

En un contexto así, el análisis de la guerra o de la semiguerra de Georgia tendría que proceder con pies de plomo. Uno tiende a pensar que el ataque georgiano a Osetia del Sur, una de las provincias separatistas, se concretó en el momento menos oportuno, más peligroso: cuando los sentimientos nacionalistas rusos, demostrados en el apoyo mayoritario a Vladímir Putin y a su sucesor, empezaban a levantarse y adquirían algo así como una velocidad de crucero.

Nadie que haya estudiado un poco estos fenómenos, ya demostrados hace 40 años en los días de la invasión de la antigua Checoslovaquia y reiterados a lo largo de los años de las más diversas maneras, podría pensar que la invasión de las provincias separatistas, pro rusas, por tropas georgianas, dejaría a Moscú de brazos cruzados. La reacción política y militar rusa era completa y absolutamente previsible. ¿Para qué se hizo entonces la invasión inicial: para estudiar la reacción de Putin, de Medvédev, de los generales, para provocar un cambio del statu quo, para ver si los rusos, tomados por sorpresa, no hacían nada? La verdad es que no encuentro ninguna explicación medianamente convincente.

Y si fue un simple tanteo bélico, estimulado de alguna manera por Washington, temo que haya sido un error garrafal. La situación todavía no está resuelta y la sigo de cerca, en la medida en que la lejanía chilena me lo permite, pero confieso que la sigo sin el menor optimismo. Con un sentimiento que se parece bastante a la angustia.

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