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Por Julio Cresp Mac Lennan, historiador y escritor (ABC, 02/04/11):
¿Es legítima la intervención militar de un país con el fin de derrocar a una dictadura? ¿Hasta qué punto se pueden justificar las relaciones cordiales entre democracias y dictaduras? ¿Deben realmente la Unión Europea y Estados Unidos ocuparse de difundir la democracia en el mundo o limitarse a defender sus intereses? Con las revueltas en el mundo árabe, estos viejos dilemas han recobrado actualidad. El exitoso levantamiento de los pueblos tunecino y egipcio contra las dictaduras de Ben Alí y Mubarak ha llevado a muchos ciudadanos europeos a pedir explicaciones a sus gobiernos por las estrechas relaciones que han mantenido con los regímenes dictatoriales de esa región. Más extraordinaria ha sido la reacción ante la frustrada revolución libia, donde la masacre llevada a cabo por Muamar Gadafi contra su propio pueblo ha indignado a unos y preocupado a otros por las consecuencias económicas y geopolíticas que pueda tener la continuidad de esta dictadura en el Mediterráneo, y tanto la sociedad civil como los gobiernos parecen estar sorprendentemente de acuerdo en que no pueden permanecer impasibles ante los graves acontecimientos que están teniendo lugar en ese país.
Tradicionalmente, los valores y principios como pueden ser promover la democracia en el mundo se mantuvieron al margen de la diplomacia occidental, cuyo fin era simplemente la defensa de intereses nacionales. «No tenemos ni aliados eternos ni enemigos eternos, solo nuestros intereses son eternos, y nuestro deber es seguir esos intereses», dijo el ministro de Asuntos Exteriores británico Lord Palmerston a mediados del siglo XIX. Según la doctrina de Lord Palmerston, que iba a inspirar no solo la política exterior británica sino la de numerosos países, todo buen estadista debe anteponer los intereses de su país a cualquier otra consideración, y una diplomacia seria es la que se centra en defender esos intereses nacionales.
Sin embargo, la defensa de intereses nacionales no es incompatible con la promoción de la democracia, sino que ha de ser plenamente complementaria, pues un mundo más democrático es el interés de toda democracia que se precie. Así lo muestra el caso de los británicos, que construyeron un imperio por interés nacional pero con lealtad a sus valores políticos, y de él iban a surgir democracias tan sólidas como las de Canadá, Australia o la India. La defensa de la democracia fue también uno de los principales motivos por los que Gran Bretaña luchó contra la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial.
Estados Unidos tuvo durante mucho tiempo un concepto bastante idealista sobre la promoción democrática; desde el momento en que irrumpió en la escena internacional como gran potencia, defendió la idea de que su política exterior y la democracia estaban inextricablemente unidas. El presidente Woodrow Wilson dijo en una ocasión que su objetivo era hacer al mundo más seguro para la democracia, y Estados Unidos iba a utilizar su poderoso ejército para demostrar en varias ocasiones que la guerra contra una dictadura era la forma más rápida y eficaz de promover la democracia en el mundo. Lo demostró en la Segunda Guerra Mundial frente a Alemania, Italia y Japón, ocupando sus países para derrocar a sus regímenes dictatoriales y lograr que surgieran democracias estables, y más recientemente frente a Serbia, donde la caída del dictador Slobodan Milosevic en 1999 dio paso a una democracia. Sin embargo, en los casos de Afganistán e Irak la intervención militar para eliminar dictaduras y sustituirlas por democracias no ha dado el resultado esperado, mostrando que la democracia no se puede imponer y tampoco suele prosperar si no se dan las condiciones políticas, sociales y culturales para que germine. La frágil democracia que ha surgido en Irak, tras una guerra muy controvertida, y la costosa guerra que aún continúa en Afganistán han contribuido a que los estadounidenses dejen de creer en la idea de exportar la democracia por medios militares. El precio de la guerra en una economía endeudada y el dolor que producen las muertes en su ejército han hecho a la Administración americana volverse mucho más cauta a la hora de enviar tropas a luchar contra cualquier dictador.
Por otro lado, Estados Unidos y las democracias europeas han optado en varias ocasiones por anteponer sus intereses estratégicos a la promoción de la democracia y mantener buenas relaciones con dictaduras, y este ha sido el caso en el mundo árabe. Hay varias razones por las que Occidente no ha apostado por la difusión de la democracia en el mundo árabe. En primer lugar, por la teoría del mal menor, de que es mejor una dictadura aliada que arriesgarse a provocar cambios que puedan desestabilizar esos países o acabar en un régimen islamista y hostil. Otra poderosa razón es la dependencia energética, y el miedo a que la inestabilidad en países exportadores de petróleo provoque una crisis económica. Por último, también ha influido el prejuicio, muy difundido, de que los árabes no están preparados para la democracia.
Mientras que Occidente se había acostumbrado a cohabitar con las dictaduras árabes, los ciudadanos de estas han sorprendido al mundo levantándose contra sus opresores y exigiendo libertades y oportunidades para una vida mejor, de la misma forma que lo han hecho otros muchos pueblos en Occidente. No es descabellado pensar que si Egipto y Túnez culminan con éxito sus transiciones democráticas otros países de la región sigan su ejemplo y que la democratización se abra paso con cada vez mayor velocidad en la región, pero ello dependerá en gran medida de Libia. Si Gadafi logra retomar el control de su país y su régimen sobrevive a esta revuelta, el resto de las dictaduras concluirán que es posible resistir en el poder a base de represión. Por esta razón la UE y también Estados Unidos harán bien en tomar todas las medidas necesarias, dentro de los límites marcados por la Liga Árabe, eso sí, para derrocar al tirano libio y liberar a su pueblo de una vez por todas.
Además de confrontar la dictadura de Gadafi, la promoción de la democracia en el mundo árabe exigirá medios económicos y políticos. Fomentar la democracia a base de ayuda económica es también una idea controvertida, especialmente porque durante mucho tiempo esta ha acabado siendo una forma de sacar dinero a los pobres del mundo desarrollado para dárselo a los ricos de países subdesarrollados. Afortunadamente, la Unión Europea tiene mucha experiencia con la fórmula de fomentar el desarrollo económico a cambio de apertura política y la democratización; la aplicó con éxito en Europa y ahora tiene la oportunidad de ponerla a prueba en el norte de África, y si lo logra, en el futuro obtendrá importantes beneficios económicos y políticos.
Promover la democracia por medios pacíficos de cooperación o por la fuerza frente a dictaduras siempre ha tenido un precio alto desde todos los puntos de vista, y por esta razón a menudo se ha apostado por la estabilidad frente al cambio político. Pero en esta ocasión, perder la oportunidad histórica de contribuir a la democratización del mundo árabe puede tener un precio muy alto para la Unión Europea, pues lo que ocurra al sur del Mediterráneo acabará repercutiendo sobre su economía y sus intereses e incluso sus valores. Como dijo Benjamin Franklin, aquellos que renuncian a la libertad esencial para mantener la libertad temporalmente no se merecen ni libertad ni estabilidad.
Hace no mucho tiempo, tras el fin de la Guerra Fría, Occidente vivió una época dorada en la que se llegó a pensar que el triunfo de la democracia era inexorable y que su difusión por todo el mundo era solo cuestión de tiempo. Hoy vemos que no es así, en los últimos veinte años las fuerzas antidemocráticas y los regímenes con concepciones muy peculiares de la democracia han prosperado en África, Asia y América. Por esta razón, los países democráticos tendrán que promover sus valores en el ámbito internacional si realmente quieren que predominen. De lo contrario, no hay ninguna garantía de que el siglo XXI vaya a ser más democrático que el siglo XX.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
abril 2, 2011
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Por George Papandreu, primer ministro de Grecia; Alpha Condé, presidente de la República de Guinea; Jalal Talabani, presidente de la República de Irak; Ricardo Lagos, presidente de la República de Chile entre 2000 y 2006. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 31/03/11):
El mundo árabe se ha visto inundado por unos movimientos que han sido una auténtica inspiración para todos, impulsados por el pueblo unido en una causa común. Dicha causa es el cambio político, social y económico. El cambio político para obtener un Estado abierto, democrático y moderno, basado en el respeto a las libertades y los derechos de las personas. El cambio social para acabar con la corrupción, el favoritismo, el clientelismo y la marginación y alienación crecientes de grandes sectores de la sociedad, en particular las nuevas generaciones que, sin oportunidades ni esperanza, han decidido salir a la calle. El cambio económico para proporcionar puestos de trabajo y perspectivas a quienes los necesitan desesperadamente y para reducir la pobreza crónica que afecta a millones de personas que merecen un futuro mejor.
Con estos movimientos estamos reviviendo las mismas luchas que hubo anteriormente en otras partes del mundo por la democracia, los derechos civiles y la igualdad de oportunidades. Lo que vemos hoy en el norte de África y Oriente Próximo nos recuerda las experiencias de Europa Central y del Este, donde la voluntad del pueblo derrocó regímenes autocráticos. Antes, el sur de Europa y Latinoamérica también vivieron sus propias transiciones del autoritarismo a la democracia, en las que los partidos socialdemócratas, laboristas y socialistas, miembros de la Internacional Socialista, desempeñaron un papel fundamental.
Ahora, en otros países de África, los partidos socialdemócratas de la Internacional Socialista están haciendo de nuevo una contribución significativa a la democracia. Una de las más recientes es la del Gobierno dirigido por el presidente John Atta Mills, que está cambiando y mejorando Ghana desde 2009; en Guinea, Alpha Condé tomó posesión como presidente en diciembre, tras las primeras elecciones libres y limpias de la historia del país; la transición de Níger a la democracia, que se encuentra en su última fase después de la segunda ronda de las elecciones presidenciales y parlamentarias, celebrada el 12 de marzo, está a cargo del miembro de la IS y vicepresidente Mahmadou Issoufou, que jurará el cargo de presidente el 6 de abril.
La socialdemocracia, con su visión de una humanidad común, tiene cada vez más influencia y credibilidad en muchas de las democracias más nuevas del mundo. Hoy podemos ver en muchos rincones del planeta los resultados de la intensa labor de contactos, discusiones, transmisión de experiencias y apoyo mutuo que tiene su origen en la Internacional Socialista. A sus puertas llegan numerosos partidos políticos de todas partes, procedentes de realidades, culturas y experiencias muy distintas, y a menudo con un difícil pasado de conflicto o dictadura, dispuestos a emprender un nuevo camino de esperanza y progreso. Todos juntos están engendrando una nueva socialdemocracia mundial y un internacionalismo genuino y renovado, con nuevos conceptos y nuevas ambiciones.
De ahí que, en los últimos años, la Internacional haya sido un foro en el que desarrollar una respuesta socialdemócrata unificada a la crisis financiera y económica mundial. A través del trabajo de sus comisiones y comités, los debates en Naciones Unidas y en la OCDE, las discusiones mantenidas en Europa, África, Latinoamérica y Asia, las propuestas del impuesto sobre las transacciones financieras, las estrategias para el crecimiento y la creación de empleo y la definición de prioridades para avanzar en la lucha contra la pobreza se han abierto paso en los programas de los partidos y las políticas de los Gobiernos.
El cambio climático, el gran desafío que afronta esta generación, también ocupa un lugar importantísimo en el trabajo de la Internacional Socialista. Su Comisión para una Sociedad Mundial Sostenible ha involucrado a Gobiernos, líderes, expertos desde el sur de África hasta China, desde las Maldivas hasta Chile, desde Norteamérica hasta Rusia, en la definición de una serie de propuestas específicas contenidas en el informe De una economía de alto nivel de carbono a una economía de bajo nivel de carbono, resultado de un intenso programa de diálogos y actividades que han tenido reflejo en Copenhague y Cancún. Todos estos esfuerzos han producido una nueva doctrina de “justicia climática” que tiene en cuenta tanto a los fuertes como a los débiles.
Si, en el pasado, la paz llegó a ser el tema más importante para la socialdemocracia, hoy, en un mundo muy distinto, sigue siendo una de nuestras prioridades. A pesar de las profundas diferencias entre los palestinos y los israelíes, que afectan a nuestros miembros en la región, en la Internacional Socialista ha sido posible que las dos partes encontraran elementos sobre los que estar de acuerdo para poder avanzar. Asimismo, hace solo unos meses, bajo los auspicios de la Internacional, los armenios y los azerbaiyanos pudieron reunirse y encontrar un terreno común en un problema insoluble, el de Nagorno-Karabaj, y es también el patrocinio de la IS lo que permite que los representantes marroquíes y saharauis compartan una tribuna en la que presentar sus opiniones y que se preste atención a conflictos como el de Nepal y el de los Balcanes.
En todas estas áreas, la democracia, la economía mundial, el cambio climático y la paz y la resolución de conflictos, la Internacional ha roto esquemas en los últimos años, apelando a un verdadero internacionalismo en una época en la que las agendas políticas se limitan cada vez más a los intereses fundamentalmente nacionales y excluyen los objetivos comunes de la comunidad internacional.
Las revoluciones democráticas en el mundo árabe están creando una condicionalidad democrática mundial, porque están dejando claro que la gente no está dispuesta a aceptar en ninguna parte cualquier cosa que no sea la democracia. Todos los países y todas las instituciones internacionales deben tomar nota y tener el valor y la visión que exige este momento. Europa tiene mucho que hacer al respecto, igual que nuestros amigos en otros continentes.
Pero hay más. Asimismo, es necesaria una condicionalidad de solidaridad para dar la respuesta adecuada a quienes esperan que les apoyemos en su lucha democrática, como ocurre hoy en los países árabes. Y la solidaridad es también una condición necesaria para obtener una economía mundial más justa y lograr un acuerdo sobre el cambio climático que proteja el planeta y a aquellos que son más vulnerables. Como también es necesaria para asegurar la paz en todas partes. Cada iniciativa de nuestra Internacional es una respuesta activa a la necesidad permanente de reafirmar esa solidaridad sin la que la promesa de la socialdemocracia no puede existir.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
marzo 31, 2011
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Par Franck Latty, professeur de droit public à l’université d’Auvergne (LE MONDE, 30/03/11):
Les crises concomitantes au Japon et en Libye n’ont de prime abord rien en commun. La violence d’un pouvoir autoritaire menacé par le souffle démocratique intervient dans un registre autre que le déchaînement des éléments et le risque consécutif d’une catastrophe nucléaire. Reste que le sort des rebelles massacrés par les troupes de Kadhafi n’est guère plus enviable que celui des victimes de la chaîne des cataclysmes japonais. Au niveau des conséquences humanitaires, les deux situations sont comparables : elles soulèvent la question de la protection des populations (des forces naturelles, des accidents nucléaires ou d’un dictateur sanguinaire) ; chacune d’entre elles interpelle sur l’exercice de sa souveraineté par l’Etat et sur le rôle que doit jouer la communauté internationale face à de tels événements.
En ce sens, les deux crises s’inscrivent dans le contexte de l’émergence de la responsabilité de protéger en tant que nouvelle norme de droit international, censée dépasser l’impossible articulation entre la sacro-sainte souveraineté étatique et l’indispensable intervention humanitaire quand des populations sont en danger. Si l’ingérence prônée par Bernard Kouchner et Mario Bettati dans les années 1980 n’a jamais accédé au rang de norme juridique, la résolution 1973 sur la Libye adoptée jeudi dernier marque le passage de la responsabilité de protéger du rang de simple doctrine d’action au statut de règle de droit international, tandis que la crise humanitaire japonaise jette une lumière crue sur ses virtualités.
Dans son rapport de 2001 à l’origine du concept, la Commission internationale de l’intervention et de la souveraineté des Etats (Ciise) a rappelé que la souveraineté ne donne pas seulement des droits : elle confère également aux Etats des devoirs, parmi lesquels figure la responsabilité de protéger leur population. Mais pour la Ciise, dès lors qu’“ils ne sont pas disposés à le faire ou n’en sont pas capables, cette responsabilité doit être assumée par l’ensemble de la communauté des Etats”.
L’ONU a par la suite repris à son compte ce principe, ses Etats membres s’étant déclarés “prêts à mener en temps voulu une action collective résolue, par l’entremise du Conseil de sécurité” en cas de défaillance d’un Etat à protéger sa population. La crise libyenne a permis de mettre le concept à l’épreuve. Dès sa résolution 1970 soumettant le régime de Kadhafi à une première batterie de sanctions, le Conseil de sécurité a rappelé que “les autorités libyennes ont la responsabilité de protéger le peuple libyen”. La résolution 1973 vient mettre en œuvre la responsabilité subsidiaire de protéger qui incombe à la communauté internationale une fois établie la défaillance de l’Etat vis-à-vis de sa population.
C’est explicitement et exclusivement aux fins de protéger les Libyens que le Conseil autorise l’utilisation de la force et établit une zone d’exclusion aérienne. Par ce texte historique, le Conseil de sécurité contribue à donner à la “responsabilité” de la communauté internationale le caractère d’une obligation coutumière d’agir. L’action du Conseil de sécurité n’est plus seulement une question d’opportunité ou de morale. Le concept de responsabilité de protéger fait naître au profit des populations victimes des obligations juridiques dont les débiteurs solidaires sont les Etats et les organisations internationales. A l’avenir, ceux qui bloqueront l’adoption de mesures coercitives à l’égard d’un Etat inapte à protéger sa population devront eux-mêmes rendre des comptes pour leur “non-assistance à peuple en danger”.
L’EXTENSION DU CHAMP DE LA RESPONSABILITÉ DE PROTÉGER
Cette responsabilité doit-elle pour autant se limiter, comme l’envisage l’ONU, à la protection des populations “du génocide, des crimes de guerre, du nettoyage ethnique et des crimes contre l’humanité” ? Que ce soit dans la prévention des risques (effets du tsunami, accident nucléaire) ou dans la réaction aux événements cataclysmiques (désorganisation des secours, pénuries, voire désinformation des civils), on peut douter que la population japonaise ait été – et soit encore – convenablement protégée par son gouvernement, qui n’admet l’aide internationale qu’au compte-gouttes. Faut-il s’y résigner ? La Ciise avait considéré que la responsabilité de protéger devait également s’appliquer aux “catastrophes naturelles ou écologiques extraordinaires”. Après le passage dévastateur du cyclone Nargis en 2008, le ministre Bernard Kouchner s’en était en vain prévalu pour contraindre la Birmanie à ouvrir ses frontières à l’aide internationale.
Appliquer la responsabilité de protéger au cas japonais donnerait à l’Etat l’obligation d’accepter, sans tergiversations, l’aide extérieure que tous les membres de la communauté internationale devraient eux-mêmes fournir à hauteur de leurs moyens. Le recours au Conseil de sécurité permettrait même de passer outre un refus étatique. La situation actuelle commande que l’extension du champ de la responsabilité de protéger figure parmi les leçons à tirer des catastrophes japonaises.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
marzo 31, 2011
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crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra, desastres naturales, Orden Mundial, siniestros |
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Por Robert Skidelsky, miembro de la Cámara de los Lores británica y profesor emérito de Economía Política en la Universidad de Warwick. Traducido del inglés por Carlos Manzano (Project Syndicate, 23/03/11):
La Historia no pronuncia veredictos finales. Los cambios más importantes en los acontecimientos y en el poder aportan nuevos temas de debate y nuevas interpretaciones.
Hace cincuenta años, al acelerarse la descolonización, a nadie se le ocurría decir ni palabra a favor del imperialismo. Tanto los ex imperialistas como sus súbditos liberados lo consideraban inequívocamente malo. Se enseñaban a los escolares los horrores del colonialismo: cómo explotaba a los pueblos conquistados. Apenas se citaban beneficios del imperialismo, si es que se citaba alguno.
Después, en el decenio de 1980, apareció una historia revisionista. No fue sólo que la distancia temporal infunda cierto encanto a cualquier concepción. Occidente –principalmente su parte angloamericana– había recobrado parte de su orgullo y vigor gracias al Presidente de los Estados Unidos Ronald Reagan y a la Primera Ministra de Gran Bretaña Margaret Thatcher y había cada vez mayores pruebas del fracaso, la violencia y la corrupción de los regímenes poscoloniales, en particular en África.
Pero el acontecimiento decisivo para los revisionistas fue el desplome del imperio soviético, que no sólo dejó a los Estados Unidos como mandamás del mundo, sino que, además, pareció, a las personas de mentalidad más filosófica, vindicar la civilización y los valores occidentales frente a todas las demás civilizaciones y sus valores. Al ampliarse las fronteras de la Unión Europea para abarcar muchos antiguos Estados comunistas, Occidente pasó a ser de nuevo, aunque por poco tiempo, la encarnación de la razón universal, obligado –gracias a estar equipado para ello– a propagar sus valores a las zonas del mundo aún sumidas en la ignorancia. El fin de la Historia y el último hombre de Francis Fukuyama atestiguó esa sensación de triunfo y deber histórico.
Semejante coyuntura preparó el terreno para una nueva ola de imperialismo (si bien persistió la renuencia a usar ese nombre). Al hacerlo, era inevitable que afectara a las interpretaciones del antiguo imperialismo, al que entonces se ensalzaba por difundir el progreso económico, el Estado de derecho y la ciencia y la tecnología a países que, de lo contrario, nunca se habrían beneficiado de ellos.
El principal de entre la nueva generación de historiadores revisionistas fue Niall Ferguson, de la Universidad de Harvard, cuya serie de televisión, basada en su nuevo libro Civilization: The West and the Rest (“La civilización. Occidente y los demás”), acababa de empezar a emitirse en Gran Bretaña. En su primer episodio, Ferguson aparece entre los espléndidos monumentos de la dinastía Ming de China, que, en el siglo XV, fue indudablemente la más importante civilización del momento, con sus expediciones navales que alcanzaron las costas de África. Después, todo fue cuesta abajo para China (y “los demás”) y cuesta arriba para Occidente.
Ferguson resume brillantemente las razones para esa inversión en seis elementos imprescindibles: competencia, ciencia, derechos de propiedad, medicina, sociedad de consumo y ética del trabajo. Frente a esos instrumentos –productos exclusivos de la civilización occidental–, el resto no tenía posibilidad alguna. Desde semejante perspectiva, el imperialismo, antiguo y nuevo, ha sido una influencia benéfica, porque ha sido el medio para difundir dichos elementos al resto del mundo, con lo que le ha permitido gozar de los frutos del progreso hasta entonces limitado a unos pocos países occidentales.
Resulta comprensible que esa tesis no haya contado con una aprobación universal. El historiador Alex von Tunzelmann acusó a Ferguson de excluir las vergüenzas del imperialismo: la “guerra negra” en Australia, el genocidio alemán en Namibia, los exterminios belgas en el Congo, la matanza de Amritsar, la hambruna de Bengala, el hambre irlandés al fallar las cosechas de patatas y muchos otros.
Pero ésa es la línea de ataque más débil. Edward Gibbon describió en cierta ocasión la Historia como poco mejor que el registro de los “crímenes, locuras e infortunios de la Humanidad”. Desde luego, el imperialismo añadió su aportación, pero la cuestión es si también aportó, mediante la “astucia de la razón” de Hegel, el medio para librarse de ellos. Incluso Marx justificó el gobierno británico de la India con ese argumento. También Ferguson puede formular una argumentación sólida en pro de semejante afirmación.
El punto flaco más grave de la exposición de Ferguson es su falta de compasión por las civilizaciones desechadas como “las demás”, lo que también indica la más grave limitación de la argumentación revisionista. Está claro que el “triunfo de Occidente” que siguió al desplome del comunismo en Europa no fue el “fin de la Historia”. Como ha de saber Ferguson, el tema principal de debate en los asuntos internacionales actuales se refiere al “ascenso” de China y, más en general, de Asia, además del despertar del islam.
Naturalmente, los chinos pueden preferir hablar de “restauración”, en lugar de “ascenso”, y apuntar a un “pluralismo “armonioso” en el futuro, pero como “ascenso” es como una mayoría concibe la historia reciente de China y en la Historia el ascenso de unos suele ir unido a la decadencia de otros. Dicho de otro modo, puede que estemos volviendo al modelo cíclico que los historiadores consideraron axiomático antes de que el ascenso, aparentemente irreversible, de Occidente les inculcara una concepción lineal del progreso hacia una razón y una libertad mayores.
Es evidente que Europa está en decadencia, política y culturalmente, aunque la mayoría de los europeos, cegados por su alto nivel de vida y las pretensiones de sus impotentes estadistas, lo disfrazan con gusto de progreso. Los ahorros chinos están financiando gran parte de la misión civilizadora americana que Ferguson aplaude. El modelo parece claro: Occidente está perdiendo dinamismo y los demás lo están consiguiendo.
El resto de este siglo mostrará cómo se hará realidad ese cambio. De momento, la mayoría hemos perdido la trama histórica. Es posible, por ejemplo, imaginar un “mundo occidental” (que aplique los elementos imprescindibles de Ferguson) en el que el Occidente real haya dejado de ser el factor dominante: los Estados Unidos transmitirán, sencillamente, la antorcha a China, como Gran Bretaña hizo en tiempos con los Estados Unidos.
Pero a mí me parece extraordinariamente improbable que China, la India y “los demás” se limiten a hacer suyos enteramente los valores occidentales, pues ello equivaldría a renunciar a todos los valores de sus propias civilizaciones. Algunas síntesis y acomodaciones entre Occidente y los demás acompañarán inevitablemente al traspaso de poder y riqueza de aquél a éstos. La única cuestión es si ese proceso será pacífico.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
marzo 26, 2011
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Por Miguel Herrero de Miñón, miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas (EL PAÍS, 18/03/11):
No, no se trata de una lección de surf. No voy a ponderar la excelencia de la playa de Salinas, en Asturias, para la práctica de tal deporte. No son las olas de mar las que me preocupan, sino el criterio políticamente correcto sobre las olas democratizadoras que parecen agitar el mundo musulmán. Hay quien cree y quiere difundir y aun imponer que las olas democratizadoras iniciadas en los años setenta en la Europa del sur -Grecia, Portugal, España- fueron homogéneas con las producidas primero en Iberoamérica; estas con las siguientes en Europa central y oriental, seguidas por las que agitaron el Asia central postsoviética y que han de culminar, en este segundo decenio del siglo XXI, en Oriente Medio y Próximo. ¡Y ojalá fuera así! Pero ni la experiencia avala la homogénea calidad de tan diferentes olas, ni parecen ponderarse bastante los efectos que en contextos diferentes puede tener el modelo occidental de democracia.
Si, efectivamente, los autoritarismos clásicos y sus homólogos comunistas cedieron paso en los últimos años del siglo XX a regímenes de efectiva democracia, el primer decenio de la presente centuria ha puesto de relieve el espejismo de la mutación. En Iberoamérica son pocos los países, como Brasil, Chile o Perú, que gozan de un auténtico sistema democrático, caracterizado por el respeto a las normas constitucionales, el control y la alternancia en el poder. Las tradiciones autoritarias, reforzadas por decenios de comunismo, pesan en Europa oriental y las repúblicas de Asia Central se encuentran en las antípodas de lo que entendemos por democracia.
Las transiciones extraeuropeas no han seguido las pautas de Grecia, Portugal o España, a mi entender, fundamentalmente por dos razones. De un lado, las diferente tradiciones políticas. Por eso, lo que ha sido posible en Polonia o Hungría no lo ha sido en Rusia ni lo que ocurre en Eslovenia o Serbia puede ocurrir en Albania, por grande que sea el interés estratégico americano en Kosovo. Solamente el talento de Cirus Vance pudo creer que Bosnia y Suiza eran análogas y, con la misma lógica, sus sucesores confiar en la tradición democrática del Afganistán. De otro lado, desde Aristóteles a Lipset es bien sabido que la democracia requiere una clase media poderosa. Algo que, a la altura de nuestro tiempo supone un razonable grado de bienestar económico y social. ¿Acaso la revolución del pan (cuya causa remota es una despiadada especulación de futuros sobre los cereales) que sirvió de fulminante a la movilización delas masas en el norte de África supone algo más que hambre y frustración? Y frustración y hambre han generado siempre autoritarismos. Aunque sería bueno tomar en cuenta la opinión del profesor Elorza en su magnífico artículo publicado hace días en estas páginas donde, tras las huellas de Linz, recomendaba distinguir los diferentes tipos de sistemas autoritarios. No es lo mismo una “democracia gobernada” en una sociedad militar, como era y es el caso de Egipto, que un régimen cuasi totalitario a fuer de teocrático y patrimonial, de los que no faltan ejemplos en el Oriente Próximo.
Los biempensantes arguyen con el ejemplo turco, olvidando que su aparente occidentalización fue fruto de la férrea dictadura de Atatürk y que tras su desaparición el país se ha movido entre el Scilla del gobierno militar y el Caribdis de una democracia rayana en la anarquía que, cuanto más auténtica ha sido -y ahora casi lo es- más se acerca a las tradiciones políticas otomanas, tanto en lo interior como en lo exterior. O gobiernan los militares o la democracia es islámica. Se silencia, por el contrario, el caso iraní donde se sustituyó el autoritarismo modernizante del sah -imitador de Atatürk- por el incalificable régimen de los ayatolás. La actitud del presidente Obama ante la crisis egipcia, reproduce literalmente la del presidente Carter ante la de Irán en 1979 y esperemos, sin confianza alguna, que sus resultados no sean igualmente brillantes.
Tales precedentes no avalan la democratización del Medio y Próximo Oriente sobre pautas occidentales, sino el triunfo del islamismo radical, única fuerza, tal vez minoritaria como se nos repite diariamente, pero la única realmente organizada en aquellos países.
Los errores de la política occidental no son ajenos a tan sombría situación. Basta atender a otra serie de olas de mala calidad.
Al disolverse el Imperio Otomano tras la I Guerra Mundial, los británicos quisieron organizar Oriente Próximo con monarquías parlamentarias (copiaron la Constitución belga de 1831) basadas en las nada desdeñables burguesías emergentes de Egipto y Mesopotamia y en las lealtades tribales. Incluso, tras la II Guerra Mundial, intentaron extender el modelo a Libia. Franceses y americanos, por motivos diferentes, se lo impidieron en gran medida. Los primeros se instalaron en Siria y Líbano y, pese a su relativo éxito en el Magreb, ni colocaron a la primera en la senda de la modernidad ni solventaron, antes al contrario, el pluralismo étnico-religioso que lastra la historia contemporánea de Líbano. Los americanos, sedientos de petróleo, dieron una muestra más de su agudeza política convirtiéndose en el sostén de una Arabia ultramontana cuyo fruto más sazonado ha llegado a ser Bin Laden. El proyecto británico se redujo a Irak y Jordania y todo conocedor de tales países antes de la Revolución de 1958 añora la Mesopotamia feliz de Nuri-er-Said, con Husein de Jordania, uno de los más grandes estadistas del Oriente contemporáneo
Sin embargo, ni aquellas burguesías liberales ni sus tutores londinenses supieron dar cauce e integrar (esto es, satisfacer y moderar a la vez) las emergentes aspiraciones nacionalistas que el ineludible hecho de Israel y la llamada estrategia indirecta de la entonces Unión Soviética contribuyeron a radicalizar. Egipto, en 1952 comenzó un proceso de derrocamiento de los reyes y retirada de los británicos culminada en Adén, que la doctrina de Eisenhower nunca supo compensar.
Occidente frustró por doquier las aspiraciones nacionalistas de los árabes y contribuyó a erosionar las instituciones neotradicionales que podían servir de estratos protectores de la estabilidad política y el caso marroquí así lo demuestra. Al final, en vez de librarse a tiempo de Sadam Husein, los americanos destruyeron innecesariamente el aparato estatal iraquí, bastante eficaz y laico, sustituido por la anarquía y la intolerancia. El islam, cuanto más radical mejor, apareció como única alternativa de identificación a quienes, antes que la libertad cultivada en el Atlántico Norte, requieren pan, autoestima y dignidad.
Y tras tantas oleadas de errores llega, desde Europa y Estados Unidos, la retórica, nada más que retórica, exigencia de democracia ¿De qué demos? La mala calidad de las olas puede culminar en un tsunami.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
marzo 21, 2011
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Por José María Carrascal, periodista (ABC, 17/03/11):
Ni que nos hubieran echado mal de ojo. No solo a los españoles, sino al mundo entero. De un tiempo a esta parte no ganamos para desgracias, la última, ese tsunami que asoló la costa nororiental japonesa, haciéndonos temblar a todos. Casi a continuación del otro tsunami, el político, que barre el norte de África y no sabemos todavía cómo ni cuándo terminará. Por no hablar del tercer tsunami, el económico, que viene devastando nuestras haciendas desde hace tres años. Ya no hay nada seguro y las predicciones de los expertos valen menos que las de cualquier ciudadano, tal vez porque este vive en la calle y aquellos en sus despachos, haciendo cálculos sobre datos desfasados. Hemos entrado en otra era donde no rigen los parámetros anteriores, y hasta que no averigüemos los nuevos vamos a darnos bastantes trompazos y llevarnos unos sustos tremendos.
¿Qué ha cambiado para que todo nos sorprenda y nada encaje? Pues, lo primero, el equilibrio mundial. Aquel viejo orden, en el que las dos superpotencias —EE.UU. y la URSS— regían el planeta tras dividírselo en sus zonas de influencia, se ha acabado. Era sin duda injusto, pero estable. Washington y Moscú se encargaban de mantener la tranquilidad en sus respectivos imperios, y si bien surgían roces esporádicos en sus fronteras —Berlín, Cuba—, tanto norteamericanos como rusos tenían buen cuidado de que no pasaran a mayores, pues ambos sabían lo que eso significaba: el aniquilamiento mutuo y puede que de la vida sobre la Tierra. Se le llamó «guerra fría», aunque era en realidad una «paz caliente», o más exactamente un «equilibrio del terror». Pero permitió durante décadas una estabilidad sin autonomía, y los pueblos de uno y otro imperio pudieron dedicarse a progresar y a pasarlo bien, no teniendo que preocuparse de los gastos militares, que corrían a cargo de sus respectivos señores.
Esta situación de tablas acabó con el desplome del muro berlinés. Sin disparar un tiro, Estados Unidos se convirtió en vencedor de la Guerra Fría y en única superpotencia. Algunos, llevados de su optimismo, nos auguraron que se acababa la Historia y en adelante la única fórmula política sería la democracia, mientras el mercado se encargaría de regular la economía. Pocas veces ha quedado tan de manifiesto lo inútil de nuestras predicciones. Lo que nadie tuvo en cuenta fue que todas las fuerzas aprisionadas por el diunvirato mundial quedaron libres. En el Este de Europa, los países un día satélites se apresuraron a dejar el comunismo y abrazar el capitalismo, mientras los rusos tenían que renunciar a buena parte de su imperio, dejando vacíos de poder, que en Afganistán llenó el más fiero islamismo, obligando a Occidente a intervenir al haberse convertido aquel país en nido de terroristas. O sea, que la victoria no iba a ser gratis, y el 11-S marcó el comienzo de esta nueva era de caos, que aún no ha acabado porque el terrorismo islámico es más difícil de batir que el comunismo soviético con todos sus megatones. Así nos encontramos hoy metidos en dos intervenciones armadas, Irak y Afganistán, de las que, en el mejor de los casos, podremos salir sin perder, pero tampoco ganar.
El déficit de las principales instituciones financieras, producto de la falsa idea de que el mercado debe ser el único regulador de la actividad económica, nos advirtió de cuán equivocados estábamos, y es aún hoy el día en que no hemos salido de la crisis. Por si fuera poco, el alzamiento popular de los pueblos árabes contra los oligarcas que venían rigiéndolos nos ha llenado de perplejidad. ¿Pero no habíamos quedado en que los musulmanes detestaban la democracia occidental? ¿A qué vienen esos gritos pidiendo libertad? ¿No estarán los fundamentalistas tras ello? Y, sobre todo, ¿ayudamos o no a las multitudes en las calle o a los sons of bitches que veníamos apoyando para que mantuvieran el orden y siguieran suministrándonos petróleo? En estas dudas, las cosas se han decantado según el equilibrio interno de cada país: allí donde nuestro son of a bitchno era bastante fuerte, ha tenido que salir pitando, quedando el Ejército al frente de una situación. Allí donde lo era, se está imponiendo, mientras nosotros discutimos si son galgos o podencos. Quedando flotando sobre esos países una incógnita, que nadie sabe cómo se despejará, y el que diga saberlo es un mentiroso o un necio.
Lo único que sabemos es que el viejo orden mundial se ha ido al traste y que el nuevo solo está apuntando. Un orden todavía desorden, pero en el que pocas cosas quedarán como estaban. Su rasgo más destacado es la aparición de nuevos protagonistas en la escena mundial. China a la cabeza, convertida ya en segunda potencia económica, aunque sin aspiraciones a usar su liderazgo. Los chinos no están interesados, como los soviéticos o los norteamericanos, en crear un imperio fuera de sus fronteras. Con los problemas que tienen dentro de ellas, les basta. Su interés se cifra en asegurarse el suministro de las materias primas que devora su industria, con crecimientos de más del diez por ciento anual. De ahí los convenios que están cerrando con los países productores de las mismas en África, Hispanoamérica y la misma Asia. La ideología no les interesa y las aventuras bélicas menos, ya que disturban el materialismo ultramontano que Deng Xiaoping explicó a Felipe González con frase lapidaria: «Gato negro o gato rojo, lo importante es que cace ratones». Es una actitud nada expansionista, excepto en el terreno comercial, pero que ayuda poco a crear un orden mundial.
Y no están solos en ella. Les acompañan los llamados «países emergentes», India, Brasil, Corea del Sur, Chile, a los que se les irán uniendo otros procedentes de campos ideológicos muy distintos, para construir un sistema híbrido, en el que prima la economía sobre la política y los intereses nacionales sobre cualquier otro. Si este va a ser el clima del siglo que empieza, mucho me temo que nos aguarden tiempos agitados, pues ninguno de esos nuevos protagonistas parece interesado en asumir mayores responsabilidades internacionales. Y si Rusia renunció a las suyas al renunciar a su imperio, puede temerse que la parálisis del Consejo de Seguridad, único organismo de Naciones Unidas con poderes ejecutivos, se convierta más en un obstáculo que en un factor de paz y justicia.
Mientras, los Estados Unidos acusan el enorme esfuerzo realizado en los últimos veinte años de llevar sobre sus hombros la dirección mundial. Que buena parte de su deuda esté en manos chinas, que su presupuesto militar sea superior al de los quince países que le siguen juntos y que su déficit haya tomado proporciones astronómicas hablan por sí solos. Aquel país tiene una enorme capacidad de resistencia y recursos suficientes para salir adelante, por lo que no dudo de que saldrá de esta crisis como salió de otras anteriores tanto o más graves. Pero saldrá él. Ya más dudoso es que pueda tirar de los demás, como tras la Segunda Guerra Mundial. Y queda pendiente la incógnita de quién podrá o querrá tomar el relevo.
Porque Europa no tiene a todas luces capacidad ni voluntad de hacerlo, como ha demostrado en las últimas crisis militares, económicas y políticas a que se ha visto enfrentada. De ahí que la pregunta que se formulara Paul Valéry, «¿llegará Europa a ser lo que en realidad es, la cabeza de Asia?», tenga ya contestación: más que la cabeza, la cola.
Aunque meterse a profeta hoy es hacer oposiciones al ridículo.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
marzo 21, 2011
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Por Mariano Aguirre, director del Norwegian Peacebuilding Centre, Oslo (EL PAÍS, 14/03/11):
Las revueltas en el Norte de África y parte de Oriente Medio están poniendo en evidencia el fin de una época de relaciones políticas de la región con Europa y Estados Unidos. El levantamiento desde Túnez y Egipto hasta Bahréin y Yemen muestra que ni los poderes dictatoriales ni la diversidad de opositores han contado con Washington o los Gobiernos europeos para sus decisiones. En el futuro, en cambio, será Turquía un elemento clave de la reforma política en estos países.
Estados Unidos y Europa mantuvieron durante décadas sus políticas hacia los regímenes locales, considerando que las dictaduras continuarían eternamente, como las pirámides egipcias. Peor aún, pese a las informaciones de las embajadas (que conocemos por Wikileaks), los poderes occidentales creyeron que los árabes eran apáticos hacia la democracia, que las formas autoritarias de gobierno eran las únicas posibles, y que, en todo caso, resultaba económicamente y políticamente rentable convivir con los dictadores.
Desde el punto de vista económico se trataba de tener acceso fácil y previsible a los recursos energéticos y a mano de obra barata para establecer industrias. Políticamente, un mundo árabe dominado por líderes corruptos aliados de Occidente era la garantía contra el ascenso del Islam político radical. A la vez, pese a su retórica, estos líderes protegían el acuerdo geopolítico de Estados Unidos y Europa para apoyar a Israel y mantener controladas las demandas palestinas. El eje de este pacto ha estado anclado especialmente en la masiva ayuda militar de Estados Unidos a Egipto y Jordania, mientras los otros países árabes han sido cómplices con su ineficacia y pasividad.
Desde que las revueltas comenzasen en Túnez, tanto Estados Unidos como los principales países que fueron expotencias coloniales en la región dieron respuestas limitadas. Esto fue coherente con no haber visto que las condiciones para una explosión social estaban servidas: una masa creciente de jóvenes mejor educados pero estructuralmente desempleados, unas políticas económicas que generan desempleo, el aumento de los precios de los alimentos, las expectativas crecientes reproducidas por los medios de comunicación global, y unos gobiernos represivos en manos de líderes que han perdido la legitimidad de una lejana lucha anti-colonial.
El análisis de Estados Unidos y Europa era, en gran medida, una continuación de la lógica de la Guerra contra el Terror de George W. Bush y el discurso de la derecha en Europa, con su temor a que la democracia pueda acarrear inestabilidad, esta provoque movimientos migratorios “bíblicos”, como ha dicho el ministro de Exteriores italiano, y eventualmente se abra la puerta a los partidos islamistas. Esta alianza implícita de intereses se completaba con el interés de Israel en mantener un statu quo en el mundo árabe que le garantizara una paz fría a cambio de continuar siendo la mayor potencia económica, militar y nuclear de la región.
Atrapados en esa explicación sobre el mundo árabe, cuando la gente salió a la calle, los gobernantes occidentales se quedaron sin palabras o en evidencia. Por ejemplo, la ministra de Exteriores francesa aconsejando al dictador tunecino como lidiar con los manifestantes, o Gran Bretaña y Bélgica vendiendo armas utilizadas en la represión. La inercia y los lazos económicos y políticos les impidieron pensar que este levantamiento podría ser la segunda independencia del mundo árabe, luego de haber conquistado hace medio siglo la soberanía pero nunca la democracia. Si esta hipótesis es correcta, la revolución actual será, además, antes nacionalista y democrática que religiosa.
Mientras que los dictadores no han hecho caso a Occidente sobre cómo debían iniciar la transición o marcharse sin matanzas de por medio, el levantamiento tomó por sorpresa a todo el mundo, incluyendo a los temidos islamistas radicales en Egipto y Túnez. En Jordania, Marruecos, Argelia y Arabia Saudí los Gobiernos se han apresurado a aumentar salarios, cambiar ministros y prometer reformas.
La incógnita es cuál será el modelo que seguirán estos países en sus transiciones. La mera prescripción occidental de volverse democráticos no es suficiente. Ante la presencia de partidos islamistas, y el peso de la religión en las sociedades árabes, los modelos a los que se mira en la región son Irán y Turquía. El primero está desprestigiado: es difícil que millones de personas pidiendo más libertad vean a Mahmud Ahmadineyad como su guía.
En el caso de Turquía, miembro de la OTAN y eterno aspirante a ingresar en la UE, hay una atractiva complejidad. Podría ser un modelo a seguir aunque tiene una tradición parlamentaria de la que carecen, por ejemplo, Yemen y Libia, países organizados sobre estructuras tribales a las que se superpuso el modelo colonial. Turquía tiene un ejército fuerte y respetado, como en Egipto, y el país se encuentra en un proceso de democratización y constante negociación interna entre seculares e islamistas. Al mismo tiempo, su diplomacia desempeña un fuerte papel regional y crecientemente global como una de las potencias económicas y políticas emergentes, junto con Brasil, India y China. Washington y los europeos deberán, inevitablemente, contar con el factor turco para renegociar su papel en la región.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
marzo 20, 2011
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Por Joseph S. Nye, ex subsecratario de Defensa de Estados Unidos, profesor de Harvard y autor de The Future of Power (Project Syndicate, 02/02/11):
Mientras los regímenes árabes lidian con manifestaciones alimentadas por Twitter y Al Jazeera, y los diplomáticos norteamericanos intentan entender el impacto de WikiLeaks, resulta evidente que esta era de la información global requerirá una comprensión más sofisticada de cómo funciona el poder en la política mundial.
Este es el argumento de mi nuevo libro, The Future of Power (El futuro del poder). Dos tipos de cambios de poder se están produciendo en este siglo –la transición del poder y la difusión del poder-. La transición del poder de un estado dominante a otro es un patrón histórico familiar, pero la difusión del poder es un proceso más novedoso. El problema para todos los estados hoy es que cada vez suceden más cosas fuera del control de hasta los estados más poderosos.
En cuanto a la transición del poder, hoy en día se derrocha mucha atención en una supuesta decadencia norteamericana, muchas veces con analogías históricas simplistas con Gran Bretaña y Roma. Pero Roma siguió siendo dominante durante más de tres siglos después del apogeo de su poder y, aún entonces, no sucumbió ante el ascenso de otro estado, sino que sufrió una muerte a causa de miles de cortes infligidos por varias tribus bárbaras
De hecho, a pesar de todas las predicciones de moda de que China, India o Brasil superarán a Estados Unidos en las próximas décadas, las mayores amenazas pueden provenir de bárbaros modernos y actores que no son estados. En un mundo de ciber-inseguridad basado en la información, la difusión del poder puede ser una amenaza mayor que la transición del poder.
¿Qué significará ejercer el poder en la era de la información global del siglo XXI? ¿Qué recursos producirán poder?
Cada era genera sus propias respuestas. En el siglo XVI, el control de las colonias y el lingote de oro le dieron a España una posición de ventaja; la Holanda del siglo XVII se benefició del comercio y de las finanzas; la Francia del siglo XVIII fue superior gracias a su población y sus ejércitos más grandes; y el poder británico del siglo XIX residía en la primacía industrial y naval.
La opinión generalmente aceptada siempre sostuvo que prevalece el estado con el ejército más grande. En una era de la información, sin embargo, el que gana puede ser el estado (o no estado) con la mejor historia. Hoy, no está para nada claro cómo medir un equilibrio de poder, mucho menos cómo desarrollar estrategias de supervivencia exitosas para este nuevo mundo.
La mayoría de las proyecciones actuales de un cambio en el equilibrio global del poder se basan principalmente en un factor: las proyecciones del crecimiento del PBI de los países. Por ende, ignoran las otras dimensiones del poder, entre ellas el poder militar duro y el poder blando de la narrativa, para no mencionar las dificultades en materia de políticas que implica combinarlas en estrategias exitosas.
Los estados seguirán siendo el actor dominante en el escenario mundial, pero encontrarán que el escenario está mucho más poblado y es más difícil de controlar. Una parte mucho mayor que nunca de sus poblaciones tiene acceso al poder que proviene de la información.
A los gobiernos siempre les preocupó el flujo y control de la información, y el período actual no es el primero en verse marcadamente afectado por cambios drásticos en la tecnología de la información. Lo que es nuevo –y lo que vemos que se manifiesta hoy en Oriente Medio- es la velocidad de la comunicación y el acceso al poder tecnológico de una franja mayor de actores.
La era de la información actual, a veces llamada la “tercera revolución industrial”, se basa en avances tecnológicos rápidos en computadoras, comunicaciones y software, lo que a su vez condujo a una caída dramática del costo de crear, procesar, transmitir y buscar información de todo tipo. Y esto implica que la política mundial ya no puede ser competencia única de los gobiernos.
A medida que se reduce el costo de las computadoras y la comunicación, caen las barreras de ingreso. Los individuos y las organizaciones privadas, que van desde corporaciones y ONGs hasta terroristas, en consecuencia tienen el poder para desempeñar un papel directo en la política mundial.
La difusión de la información implica que el poder se distribuirá más ampliamente, y las redes informales minarán el monopolio de la burocracia tradicional. La velocidad del tiempo de Internet significa que todos los gobiernos tendrán menos control sobre sus agendas. Los líderes políticos gozarán de menores grados de libertad antes de que deban responder a los acontecimientos, y luego tendrán que competir con una cantidad y una variedad cada vez mayor de actores para ser oídos.
Somos testigos de esta realidad mientras los estrategas políticos norteamericanos luchan por lidiar con los disturbios de Oriente Medio de hoy. La caída del régimen de Túnez tenía profundas raíces domésticas, pero el momento en que se produjo tomó a los foráneos, entre ellos el gobierno de Estados Unidos, por sorpresa. Algunos observadores atribuyen la aceleración de la revolución a Twitter y WikiLeaks.
Mientras la administración Obama formula una política para con Egipto y Yemen, enfrenta un dilema. En Yemen, el régimen de Ali Abudullah Saleh ofreció una asistencia importante a la hora de enfrentar la amenaza del terrorismo asociado a Al Qaeda. En Egipto, el gobierno de Hosni Mubarak ayudó a moderar el conflicto palestino-israelí y equilibró el poder iraní en la región. La promoción simplista de la democracia por parte de la administración de George W. Bush costó cara tanto en Irak como en Gaza, donde las elecciones permitieron el ascenso de un gobierno hostil liderado por Hamas.
En una era de la información, la política inteligente combina el poder duro y el poder blando. Dado lo que representa Estados Unidos, la administración Obama no puede permitirse ignorar la narrativa de poder blando de democracia, libertad y apertura.
Por consiguiente, Obama y la secretaria de Estado Hillary Clinton realizaron pedidos públicos y privados de reforma y cambio en Egipto y el mundo árabe más amplio, mientras que, al mismo tiempo, le reclamaron a todas las partes poner un límite a la violencia. Es más, se alinearon con la libertad de información frente a los esfuerzos por parte del régimen egipcio de bloquear el acceso a Internet.
Cómo se desarrollarán los acontecimientos en Oriente Medio es una incógnita, pero en la era de la información de hoy, defender la libertad de acceso a esa información será un componente importante del poder inteligente.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
febrero 4, 2011
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Por Fernando García de Cortázar (ABC, 17/05/09):
Ocurrió hace seis meses, y fuera de Alemania, apenas mereció la atención de unos pocos. A mí, sin embargo, la noticia del cierre definitivo del aeropuerto berlinés de Tempelhof me trajo un ovillo de imágenes descoloridas. Imágenes de otro tiempo, de otro mundo más lejano de lo que miden las cifras de los años. Imágenes de un mundo que ya sólo sobrevive, como algunas civilizaciones extinguidas, en unas pocas fechas, en algunos nombres, en selectivas conmemoraciones oficiales, más propensas al triunfalismo que a la comprensión.
Hoy monumento protegido, Tempelhof, inaugurado en 1923, ampliado en 1934 bajo el desfile de las cruces gamadas, no sólo es el mayor testimonio de la primera arquitectura del régimen nazi. También es un lugar que nos sorprende con el recuerdo de la Guerra Fría y de la incorporación de Alemania al bloque de las democracias occidentales.
La hora gloriosa del aeropuerto de Tempelhof llegó cuando Europa entera estaba en ruinas, y Alemania, carcomida de estigmas que no podían ocultarse, era un jirón repartido entre muchos. Fue durante los años que estremecían al escritor Albert Camus porque ya no parecía posible la persuasión, porque el hombre había quedado por entero a merced de la historia y no podía volverse hacia esa parte de sí mismo, tan auténtica como la parte histórica, que recupera la belleza del mundo y de los rostros.
Toda la discordia de los vencedores se concentraba entonces en un Berlín lleno de banderas extranjeras, anclado en medio del ejército rojo. En 1948, la democracia cristiana de Adenauer ganó las elecciones municipales en el Oeste. La respuesta inmediata del zar socialista fue el bloqueo de Berlín: la autopista que salvaba la distancia de la capital al Oeste quedó cerrada y Estados Unidos inició en Tempelhof el primer puente aéreo de la historia, que abasteció a los berlineses durante un año.
Fue, sin duda, el momento de mayor tirantez desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Hasta el aire parecía que estuviera en suspenso. También fue el precedente de la ruptura que dio origen, en 1961, al muro de Berlín: una barrera mortal, abierta en las carnes continentales, un parapeto físico e ideológico que durante largos años representó el esplendor del pánico nuclear, la histeria contra la disidencia y su consecuente acorralamiento, la claudicación moral de muchos y la apoteosis de la sospecha, el posibilismo de los idealistas y la astucia impasible de los espías.
Hay acontecimientos, secundarios en apariencia, que nos hacen recordar que el mundo en el que vivimos no es el mismo que aquel en el que crecimos. El cierre del aeropuerto de Tempelhof y los recientes preparativos alemanes para conmemorar el 20 aniversario de la caída del muro de Berlín pertenecen a ese tipo de acontecimientos. Ambos son reflejos de pasiones y dogmas, ideales y temores destruidos por el corrosivo ácido del tiempo. Ambos evocan un mundo que nació en 1945, entre los escombros de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, y desapareció en 1989, justo después de que soldados incrédulos contemplaran, sin disparar, cómo los más audaces de sus compatriotas se subían al muro prohibido de Berlín.
La Guerra Fría terminó ese jubiloso día de champagne y lágrimas. Hace ya dos décadas. Curiosamente, el futuro más anacrónico, más soñado y más sombríamente fracasado del siglo XX comenzó a hundirse tan sólo un año después de que muriera en Moscú el agente doble más famoso de la centuria: el británico Kim Philby, que combinó el placer de vivir en el mundo libre con la oscura satisfacción de trabajar en secreto para destruirlo. Hoy, los Philby o los personajes de las novelas de Le Carré, nos parecen dinosaurios de un pasado que se ha vuelto mucho más remoto que cualquiera de los futuros de la vieja ciencia ficción. Además, ahora podemos saber que, en realidad, no hubo ningún peligro de guerra mundial. Nada parecido a la delirante agresividad del Tercer Reich o a las exigencias expansionistas del Japón militarizado de los años treinta.
Al final, no hubo apocalipsis. El mundo en peligro, pero estable, de la Guerra Fría, dio paso a un nuevo orden mundial con el solitario Estados Unidos al frente del planeta, un planeta más difícil de entender y controlar.
Hoy ya no hay nada parecido a la amenaza mutua indefinida. Las promesas de apoyo a la democracia tampoco están limitadas por el riesgo de una guerra nuclear o incluso por una confrontación de grandes potencias. Pero el impulso de desarme que marcó los últimos años de la Guerra Fría ha perdido toda su fuerza. Francia, Gran Bretaña, China, India o Pakistán ya demostraron en su día que los secretos nucleares son los peores guardados. Hoy, el alivio con que asistíamos a las cumbres donde las dos grandes superpotencias negociaban un tímido desarme, se ha convertido en un suspiro de preocupación ante la continuidad de la carrera nuclear en otras manos y en otras decisiones. La apuesta desafiante de Irán y Corea del Norte o el destino de las bombas paquistaníes en un eventual desmoronamiento del Estado produce escalofríos en Washington y en cualquier gobierno responsable de Europa.
Los problemas actuales son inquietantes. Y aún más inquietante me parece el convencimiento de que el pasado no tiene nada de interés que enseñarnos; la inclinación a negar cualquier lección de la historia reciente y proclamar que todo lo que tenemos que aprender del pasado consiste en no repetirlo.
La Guerra Fría se libró en muchos frentes, no todos geográficos, y uno de ellos, probablemente el menos cinematográfico, el menos novelístico, fue el de las palabras. A este respecto, puede enseñarnos algo sobre las imposturas ideológicas, pues la batalla dialéctica entre el Este totalitario y el Oeste democrático privó a muchos de libertad de juicio, incluso les impidió ver y hablar con claridad. Si la izquierda americana, en palabras de Orson Wells, traicionó sus ideales para salvar sus piscinas, parte de la europea hizo algo aún peor: renunciar a la verdad, afirmar que la verdad sólo debe decirse en ciertos momentos, y a ciertas personas, y a causa de ciertos motivos.
¿Acaso no vemos hoy parecidos ejercicios de impostura, de cinismo? ¿Acaso los liberales estadounidenses no cubrieron con una hoja de parra ética las brutales políticas de Bush? ¿Acaso parte de la inteligencia europea, tan sensible ante Guantánamo o a las opiniones del Papa, no cierra los ojos, por ejemplo, ante la aterradora tiranía del régimen iraní, una jaula fanatizada por el integrismo religioso?
Tempelhof es un resto arqueológico de la Guerra Fría, un mundo ajeno al nuestro, condenado a las conmemoraciones y las efemérides, un mundo, hoy por hoy, desaparecido. De ese mundo, sin embargo, nos quedan algunas lecciones valiosas, poco regocijantes, lecciones que hemos olvidado o aún no hemos sido capaces de aprender: a saber, que lo más alarmante no son los discursos solemnes de los fanáticos ni el temible poder de los tenaces inquisidores, sino la doble moral de quienes deben constituir el más firme apoyo de la libertad, el desprecio de la inteligencia, la falta de interés por contar la verdad, la renuncia a ver lo que sí se ve.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
mayo 27, 2009
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Por Guy Sorman (ABC, 20/04/09):
Barack Obama menciona continuamente a Abraham Lincoln. Pero, el 12 de abril, al enviar a los «marines» para liberar de los piratas somalíes al capitán estadounidense Richard Phillips, debía de estar pensando forzosamente en Thomas Jefferson. Jefferson, tercer presidente de Estados Unidos, que en su «estreno», en 1801, proclamó que Estados Unidos era «el Imperio de la libertad». Sobre todo en el Jefferson que, en cuanto accedió al poder, mandó también a los «marines» a liberar a los rehenes estadounidenses en Trípoli. Fue en esta ocasión cuando se creó el cuerpo de «marines» y la flota estadounidense apareció por primera vez en su historia en la escena mundial. Lord Nelson, que patrullaba en el Mediterráneo, no se equivocó y advirtió que una nueva potencia occidental acababa de surgir. Jefferson inauguró así lo que se convertiría en ese «imperialismo estadounidense» que ya no daría marcha atrás.
Las razones de lo que se transformaría en una larga guerra contra los berberiscos, desde 1801 a 1815, resuenan actualmente con una excepcional vigencia. Jefferson intervino, como Obama, para liberar a los rehenes de los piratas: los pachás locales de Trípoli, Túnez y Argel, respaldados a distancia por los otomanos, reclamaban rescates que, si se hubieran pagado, habrían representado un 10 por ciento del presupuesto federal estadounidense. Pero Jefferson no tenía en mente sólo la liberación de los rehenes: al justificarse ante el Congreso de Estados Unidos (al que informó con retraso, como harían más tarde George W. Bush o Barack Obama), Jefferson invocó la libertad de comercio. Estados Unidos se presentaba ya como guardián y garante de una primera globalización. La guerra contra los berberiscos despojaba ya de antemano a Gran Bretaña (enzarzada contra la flota francesa frente a las costas de España) de su papel de policía del comercio internacional. Y la lucha contra el Islam no fue del todo ajena a esta expedición pionera: en Londres, en 1785, Jefferson había oído al embajador de Trípoli justificar con el Corán la toma de rehenes «infieles» y la petición de rescate. Allí también apareció el «imperialismo democrático» en ciernes de Estados Unidos, ya que Jefferson consideró que era legítimo luchar contra unos tiranos. Obama se reconoce heredero de todos estos combates y de toda la retórica -económica, humanitaria, religiosa e ideológica- que los legitima.
¿Ha tenido elección Obama? ¿Y pudo elegir Jefferson? Sí, porque ya en contra de Jefferson, un movimiento pacifista recomendaba la negociación, el acuerdo y el pago del rescate. Dirigidos por el anterior presidente, John Adams, los pacifistas de la época se rebelaban contra un conflicto que «Estados Unidos no podía ganar» y que, según Adams, sería «una guerra interminable». Casi dos siglos más tarde, recordamos que Jimmy Carter negoció -en vano- la liberación de los rehenes de la embajada estadounidense en Teherán con los «ayatolás» de Irán, exactamente igual que Adams quiso ponerse de acuerdo con los berberiscos.
Entre los dos, Jefferson o Adams, Obama ha elegido en Somalia el partido de Jefferson: esta elección no era obvia, e incluso sorprende. Evidentemente, la opinión pública habrá influido en Obama igual que decidió a Jefferson: el pueblo estadounidense era tan hostil hacia los berberiscos de antaño, como lo es actualmente hacia los berberiscos contemporáneos.
¿Era previsible esta decisión de Obama? Uno duda al responder. Por una parte, escuchamos al Obama de la campaña, dispuesto a conferenciar, sin demasiadas condiciones previas, con Siria, Irán, Cuba y Corea del Norte. Pero ahora observamos al otro Obama, al que gobierna realmente: de entrada, este Obama ha confirmado en sus funciones esenciales a Robert Gates, ministro de Defensa de George W. Bush y al general David Petraeus, también nombrado por Bush, autor de la doctrina antiterrorista del ejército estadounidense y estratega de la guerra casi ganada, en cualquier caso no perdida, en Irak. David Petraeus, al que Obama ha encargado ahora reproducir en Afganistán exactamente la misma estrategia, casi ganadora y no perdedora, que en Irak. Un Petraeus que declara de buen grado que el ejército estadounidense se alegra de la «continuidad» de la estrategia militar, ayer de Bush, que actualmente legitima Obama.
Obama, es pues Jefferson y no Adams, más bien Bush padre e hijo que Carter: ante la desesperación, desde luego, de una determinada izquierda estadounidense y de una derecha conservadora que esperaba perdonar la vida a un Obama blandengue. Esta expedición somalí para liberar a un único rehén, aparentemente insignificante, pero sin embargo dirigida con competencia, hace prever lo que se avecina. Me parece que Obama, en este umbral de la gran Historia, no buscará el acuerdo con los «enemigos de la libertad», de la libertad de comercio, de la de los ciudadanos o de las dos. No cederá ante Mahmud Ahmadineyad en Teherán o Kim Jong Il en Piongiang, ni ante los talibanes. En resumen, el imperio estadounidense continúa.
Obama decepcionará a los que temen este imperialismo, y a los que desearían sustituirlo por el suyo o remplazar el mundo unipolar por un orden multipolar. Pero es una decepción inocua puesto que, en el campo de los decepcionados o de los indignados, nadie está dispuesto a pagar el precio de una alternativa militar, ni con dinero, ni con sangre. Y desde luego no los europeos, España en absoluto y los franceses muy poco. Es verdad que la Marina francesa combate la piratería en el Golfo de Adén pero, con una docena de buques desplegados en el mundo, no puede ni se propone aventurarse en el papel de policía del mundo. Por lo demás, esta Marina francesa siempre ha actuado, con la OTAN o sin ella, en estrecha cooperación con la Marina estadounidense. El siglo XXI, tanto si nos alegramos de ello como si lo lamentemos, con crisis o sin ella, antes de Obama y con él, está en camino de convertirse en un nuevo siglo estadounidense. No se ve claro quién podría o querría oponerse realmente a ello, salvo con palabras, ni quién tendría los medios para hacerlo. Al menos con Obama, el Imperio parece más amable.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
abril 20, 2009
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