>Obama sigue siendo Obama
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Una de las costumbres establecidas por Barack Obama en la presidencia es la de leer cada día diez cartas enviadas a la Casa Blanca por ciudadanos corrientes, con problemas comunes, es decir, enormes. Algunas de ellas las responde él mismo, con su puño y letra. Otras las pasa a sus ministros y colaboradores para que les den una contestación más precisa. Es una de las formas que Obama tiene de evitar el destructivo síndrome de ensimismamiento del poder.
Mantiene la tradicional cita madrugadora en el Despacho Oval con los responsables de los servicios de inteligencia y de seguridad. Pero ha añadido a la agenda de trabajo diaria un encuentro con los encargados de la política económica, una decisión que no requiere justificación en los tiempos que corren.
Hay, por supuesto, muchos otros detalles superficiales y relevantes que han cambiado en la Casa Blanca en estos últimos meses, desde la decoración (más moderna) hasta los horarios (más nocturnos), las relaciones sociales (más intensas), la edad de sus empleados (más baja) y el número de blackberries que circulan por sus pasillos (infinitamente superior).
Pero el mayor cambio, sin duda, es la luminosidad que el famoso edificio del número 1600 de la avenida Pensilvania proyecta estos días de primavera, cuando los cerezos llenan de flores las orillas del Potomac y en los jardines públicos se plantan tulipanes. Son tiempos poéticos en Washington. El contraste con el pasado es descomunal. Con negro sentido del humor, David Letterman decía recientemente que cuando Michelle Obama plantaba el nuevo huerto de la mansión presidencial se encontró con restos de los compañeros de caza de Dick Cheney. En el silencio de la noche, dice el célebre humorista, aún se escucha el eco del vicepresidente tocando el órgano en los sótanos de la Casa Blanca.
Ahora hay un nuevo presidente, ésta es otra Casa Blanca y Estados Unidos es otro país. Cien días después, todavía se sigue celebrando ese hecho. Barack Obama puede ya haber decepcionado a algunos y también es posible que siga sin convencer a quienes nunca creyeron demasiado en él o a quienes, simplemente, no creen que un presidente de Estados Unidos, cualquiera que sea, tenga ningún beneficio que hacer a la humanidad. Pero sigue siendo una fuente de ilusión para la mayoría de sus compatriotas y, por lo que han demostrado sus viajes al extranjero, también es motivo de admiración y respeto entre muchos ciudadanos del resto del mundo. Muchas cosas se han hecho ya en estos cien días y muchas más están prometidas o pendientes de hacerse. Ciertas iniciativas han recibido críticas y se han producido también errores considerables. Pero la esperanza no se ha disipado. La expectación sigue en todo lo alto. El globo no se ha pinchado.
La última encuesta, elaborada por la agencia Associated Press, le concede a Obama un índice de aprobación del 64%. En la media que diariamente prepara la página web Real Clear Politics supera el 60%. Se encuentra, por tanto, muy por encima de George Bush en estas fechas y dentro del promedio de los presidentes más populares de la historia. Una mayoría de los norteamericanos considera que el país marcha en la buena dirección y, aunque confiesa gravísimas dificultades económicas en estos tiempos de crisis, tiene confianza en que el presidente está poniendo en marcha los instrumentos adecuados para superar la situación.
“Obama ha usado los primeros cien días de su presidencia para levantar el estado de ánimo de la población y crear esperanzas de un futuro mejor”, afirma el especialista en encuestas de AP.
Ésa es, en realidad, la razón por la que fue elegido. Su singular recorrido personal, su juventud, su raza, su estilo comedido y sincero lo hicieron parecer siempre un político diferente, la opción regeneradora que el país necesitaba después de unos años de George Bush que habían dejado la moral nacional y el prestigio del país por los suelos.
Asumió el poder entre la peor crisis económica desde la II Guerra Mundial y con la promesa de poner en marcha una verdadera revolución. “Éste es el momento de actuar con audacia e inteligencia, no sólo para resucitar nuestra economía, sino para construir la nueva fundación de una prosperidad duradera”, dijo en su primer discurso ante una solemne sesión conjunta del Congreso.
La revolución no ha llegado en cien días. Los equilibrios del poder siguen siendo, básicamente, los mismos, y hay analistas que se quejan de que la actuación de Obama contra los lobbies, los grupos de interés y las fuerzas oscuras que financian campañas y presionan a los políticos en el poder no ha sido lo suficientemente enérgica aún. Obama no es todavía Roosevelt ni su política transformadora ha dejado aún la huella del new deal.
Pero ése es, justamente, el objetivo, aseguran portavoces de la Casa Blanca. Obama ha asumido que ser el primer presidente negro y serlo, además, coincidiendo con una catástrofe mundial exige, entre otras responsabilidades, la obligación de hacer historia, en la manera en que Roosevelt la hizo o con la potencia renovadora que Ronald Reagan impuso. “El presidente Obama, a diferencia de muchos demócratas, comprende la naturaleza de la seducción que Reagan producía”, afirma Lou Cannon, el principal biógrafo del ex presidente fallecido.
La idea de “una nueva fundación” ha sido recurrente en los más importantes discursos de Obama estos meses pare referirse a su proyecto de cambio. “La nueva fundación es el new deal de Obama”, opina el columnista conservador Charles Krauthammer.
“Hay una parábola al final del Sermón del monte (el de las bienaventuranzas) que cuenta la historia de dos hombres”, explicaba Obama recientemente en una intervención en la Universidad de Georgetown. “El primero de ellos construye su casa sobre una pila de arena, y enseguida fue destruida por la tormenta. Pero al segundo se le conoce como el sabio, porque cuando las aguas descendieron y llegó la corriente y sopló el viento sobre su casa, ésta no se cayó porque estaba fundada sobre una roca”. “Nosotros también tenemos que construir nuestra casa sobre una roca”, añadió. “Tenemos que crear una nueva fundación para el crecimiento y la prosperidad”.
Los pilares de esa nueva fundación son una economía basada en el ahorro y la inversión, un nuevo modelo educativo, la reforma sanitaria, la renovación energética, una nueva ética y transparencia en la función pública y una política exterior orientada hacia la alianza con los amigos y, en la medida de lo posible, la comunicación pacífica con los enemigos.
Estos primeros cien días han servido para poner en marcha muchas de esas iniciativas en una actividad frenética que ha dado lugar a algunas críticas. “El presidente intenta hacer demasiadas cosas al mismo tiempo”, ha advertido el columnista David Brooks. “Desgraciadamente, nos encontramos en una situación en la que no es posible elegir prioridades; cada cosa que tenemos que hacer es imprescindible para el éxito de la otra”, ha respondido Obama.
Las principales decisiones de estos primeros meses han tenido que ver, por supuesto, con la economía. La Casa Blanca consiguió, con más dificultades de las previstas, un plan de inversión pública y deducciones fiscales de 787.000 millones de dólares para impulsar la actividad económica y fijó nuevas condiciones para el plan de rescate del sistema financiero, incluyendo una mayor regulación de las instituciones no bancarias, como fondos de pensiones, aseguradores y fondos de riesgo.
Con esas medidas, y otras destinadas a evitar la quiebra de la industria automovilística, el Estado ha adquirido un insólito protagonismo en la actividad de las empresas privadas, lo que se puso de manifiesto de forma especialmente llamativa con la actuación de los poderes públicos para limitar el salario de los altos ejecutivos.
Esa política, que algunos condenaron como la importación a Estados Unidos del socialismo europeo, se concretó en un presupuesto presentado al Congreso que representa un gasto de 3,6 billones de dólares e incrementa en un billón de dólares el déficit público. Ese presupuesto, todavía pendiente de salvar los últimos obstáculos en el Congreso, recoge un ambicioso plan de actuación de la Administración para hacer un país socialmente más justo y con una distribución más equilibrada de la riqueza.
Los primeros cien días de Obama han estado salpicados de medidas para eliminar obstáculos al aborto y mejorar algunos aspectos de discriminación racial o sexual. También ha habido compromisos en la lucha contra el cambio climático y se han puesto en marcha las gigantescas misiones de la reforma sanitaria y educativa.
Pero el segundo principal campo de actuación del nuevo presidente, después de la economía, ha sido el de restituir la credibilidad del Estado de derecho, la legalidad quebrantada durante la Administración anterior con el pretexto de la seguridad.
“Rechazamos como falsa la elección entre nuestra seguridad y nuestros ideales”, proclamó Obama en su discurso de toma de posesión el 20 de enero, en las escalinatas del Congreso. Un día después concretaba esas palabras con el anuncio del cierre en un año de la cárcel de Guantánamo y, posteriormente, con otras medidas que declaraban ilegales los métodos de interrogatorio -como el ahogamiento fingido- aplicados por la anterior Administración y garantizaban que nunca más un funcionario de Estados Unidos pueda torturar impunemente.
La última decisión en ese sentido fue la publicación de los documentos oficiales, mantenidos en secretos, que daban cobertura a las torturas durante el Gobierno anterior. Esa información ha dado lugar a una polémica sobre si es necesario actuar judicialmente contra los responsables de esas prácticas. Obama es contrario a procesar a los agentes que realizaron los interrogatorios dentro de lo que entonces ellos creían que era la legalidad, aunque ha dejado la puerta abierta a investigar a los arquitectos de esa legalidad, es decir, a los altos funcionarios de la Administración saliente; entre ellos, George Bush y Dick Cheney.
Obama ha puesto fin a la política de Bush en muchos ámbitos, pero en ninguno ha resultado tan simbólico como en Irak, donde el nuevo presidente ha anunciado un calendario para la retirada de tropas “de forma responsable y ordenada”, que puede poner fin a los combates este mismo año, aunque quedarán fuerzas de protección residuales durante dos años más.
La retirada de Irak se ha visto compensada con un refuerzo en Afganistán y la adopción de una nueva estrategia para ganar una guerra que ofrece signos muy alarmantes en la actualidad. Aunque en esa guerra está comprometida Europa y la OTAN, el refuerzo norteamericano sólo ha sido seguido tímida y temporalmente por los aliados europeos, pese a que éstos han expresado una plena reconciliación con Estados Unidos durante la gira de Obama por Europa.
La política exterior que Obama ha expuesto en estos cien días está repleta de signos alentadores, pero también de riesgos. Su política de mano tendida a los rivales, como Irán, Cuba o Venezuela, puede no encontrar la respuesta esperada o incluso una respuesta hostil, como ha sido el caso de Corea del Norte. Su intento de abrir una nueva era de relación con los países musulmanes -”Estados Unidos no está en guerra con el Islam”, aseguró ante el Parlamento turco- o de abrir el camino hacia un mundo sin armas nucleares, como sugirió en Praga, pueden quedar en sueños incumplidos si otros Gobiernos no se le suman. Eso podría acarrearle críticas de haber puesto en peligro la seguridad nacional.
Pero, por encima de todo eso, las incursiones internacionales de Obama han permitido al mundo escuchar a un nuevo presidente que lleva un mensaje de humildad y entendimiento -”vengo a escuchar y a aprender”, dijo tanto en Europa como en la cumbre americana de Trinidad y Tobago-, y el mundo se lo ha reconocido con gestos de cariño que hubieran resultado inimaginables hasta hace muy poco.
Obama se ha encontrado en estos cien días, personalmente o en grupo, con más de medio centenar de líderes mundiales; entre ellos, los más poderosos. No es arriesgado afirmar que la estatura de Obama destaca en estos momentos sobre todos ellos de forma escandalosa.
Ha habido algunas equivocaciones ya en esta Administración. La elección de colaboradores de los que se descubría que estaban en deuda con Hacienda puso varias veces al presidente en situación embarazosa. Ha habido dudas y correcciones sobre la marcha en relación al Tratado de Libre Comercio, por ejemplo. Pero, aunque no hay encuestas sobre ello, es improbable que muchos norteamericanos estén arrepentidos de su elección o añoren a Bush o a John McCain. Tampoco en el mundo, Obama ha sido en este tiempo desnudado o puesto en evidencia por la experiencia o sabiduría de algún otro líder internacional. No. La era de Obama se consolida y da la impresión de acabar de empezar.
Todo depende de la economía, por supuesto. El propio presidente lo reconocía hace ya algunas semanas: “Si no lo consigo (acabar con la crisis) en cuatro años, ésta será una presidencia de un solo término”. Pero, de momento, los republicanos están agazapados, a la búsqueda de una identidad. Y la Casa Blanca cada día amanece con una botella de leche en la puerta y diez cartas confiadas en el valor de un presidente.
>Obama ofrece la reconciliación al islam
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En Turquía, un país de mayoría musulmana permanentemente dominado por la tensión entre el integrismo y la modernidad, Barack Obama ha enterrado el choque de civilizaciones y ha enviado un mensaje de reconciliación al mundo islámico. “Estados Unidos no está ni estará nunca en guerra con el Islam”, ha afirmado el presidente norteamericano en un discurso ante el Parlamento turco.
En la única visita de carácter bilateral de su gira, Obama ha querido al mismo tiempo destacar la importancia que concede a Turquía como un proyecto que, pese a todas las dificultades por las que ha atravesado desde su fundación por Ataturk, ha sido capaz de conciliar el respeto a las tradiciones y las creencias religiosas con el deseo de libertad y prosperidad de los ciudadanos; el modelo de Estados Unidos para los países de Oriente Próximo.
Obama ha insistido en su respaldo a la incorporación de Turquía a la Unión Europea, pero ha recomendado, al mismo tiempo, a este país continuar con las reformas políticas que se requieren para constituir una plena democracia, “incluido el respeto a las minorías”, en alusión a la discriminación que sufre aquí la minoría kurda.
El presidente norteamericano ha sorteado uno de los más difíciles obstáculos diplomáticos de este viaje al evitar referirse por su nombre al genocidio turco contra los armenios a comienzos del siglo pasado, pese a que Obama lo había hecho antes varias veces en público. En lugar de eso, ha animado a las autoridades turcas a persistir en el esclarecimiento, junto con Armenia, de “los terribles sucesos de 1915″.
El mensaje principal de Obama en esta visita es, no obstante, la de reforzar el papel que Turquía, “un crucial aliado”, puede jugar como puente entre Occidente y el mundo islámico con el objetivo de hacer frente a crisis como las de Irak, Irán, Afganistán o el conflicto palestino-israelí en las se ha comprobado que, para tener éxito, los países occidentales no pueden actuar solos.
El presidente de EE UU, durante su discurso ante el Parlamento turco en Ankara.- AFP
Pese a que éste no era el gran discurso anunciado por Obama a los musulmanes, ni éste es el lugar más cómodo para aludir a la relación entre la política y la fe islámica, el presidente norteamericano ha aprovechado su intervención ante el Parlamento para garantizar a los miembros del Islam que, después del periodo de enfrentamiento durante la gestión de George Bush, Estados Unidos ha cambiado y ahora les tiende la mano.
“La relación de Estados Unidos con los musulmanes no puede y no estará sometida y condicionada a nuestra oposición a Al Qaeda”, ha asegurado Obama. “Buscaremos amplios compromisos basados en los mutuos intereses y el respeto, escucharemos cuidadosamente, evitaremos malentendidos y buscaremos el terreno común”. “Seremos respetuosos incluso cuando no estemos de acuerdo”, ha asegurado.
El presidente norteamericano ha hecho un reconocimiento a las aportaciones que la religión del Corán ha hecho a lo largo de la historia en diferentes países, incluido Estados Unidos, y ha recordado que muchas familias norteamericanas conviven con miembros de esa confesión. “Incluyendo la mía”, ha recordado Obama, cuyo primer apellido es Hussein, cuyo padre creció musulmán, aunque fue agnóstico el resto de su vida, y que asistió brevemente a una escuela islámica durante su estancia en Indonesia.
Obama ha ofrecido la reconciliación con el mundo musulmán, no sólo como un gesto de generosidad, sino como una necesidad para la seguridad de Estados Unidos y del resto de las naciones. “Nuestra alianza con el mundo islámico es esencial para derrotar a una ideología marginal que todo el mundo rechaza”, ha dicho, en relación con el terrorismo que invoca a Alá.
Ha advertido que, contra esa ideología, la fuerza puede ser necesaria a veces, pero ha añadido que “la fuerza por sí sola no puede resolver nuestros problemas ni es la alternativa al extremismo”. “No se puede apagar un incendio con llamas”, ha manifestado Obama, citando un proverbio turco.
El instrumento principal para derrotar el extremismo, de acuerdo a lo expuesto por el presidente norteamericano en esta visita, es el de extender la influencia de “los que creemos en el respeto a las religiones, a la ley y a la libertad”. Estados Unidos y Turquía, según Obama, comparten esos valores y “juntos pueden tener un gran impacto en la aproximación de Oriente y Occidente”. “Turquía y Estados Unidos pueden demostrar que una nación predominantemente musulmana y otra predominantemente cristiana pueden crear una comunidad internacional madura, respetuosa, más segura, próspera, sin tensiones entre las culturas”, ha declarado en una conferencia de prensa.
Más tarde, en esa misma comparecencia, Obama ha corregido un poco esa referencia y ha afirmado que los países no deberían de verse a sí mismos como cristianos o musulmanes sino como miembros de una misma comunidad de valores.
>Obama: "No soy un socialista"
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Barack Obama negó ayer ser socialista o que las profundas reformas emprendidas en las primeras semanas de su gestión sean la consecuencia de una determinada opción ideológica. El presidente estadounidense recuerda en una entrevista que la masiva intervención del Estado en la economía empezó con George Bush, y que la audacia y contundencia de algunas de sus medidas de cambio simplemente están en consonancia con la gravedad de la crisis por la que atraviesa el país.
Hasta hace poco podría resultar pintoresco un debate de estas características en Estados Unidos, pero las acusaciones contra Obama por el supuesto izquierdismo de su programa de Gobierno y las denuncias sobre la deriva de este país hacia un modelo de socialismo europeo -incluso de comunismo, entre los más radicales-, han sido tan abundantes en los últimos días que los periodistas de The New York Times le preguntan en una conversación publicada ayer si, efectivamente, la política puesta en marcha define a un dirigente socialista. “La respuesta sería no”, contesta el presidente.
Hora y media más tarde, tal como relata el texto publicado, Obama llamó por teléfono a los dos autores de la entrevista para hacerles algunas precisiones al respecto, después de haber estado, según les dijo, dándole vueltas al asunto en la cabeza. “Me resulta difícil de creer que hablaban ustedes en serio cuando me hicieron esa pregunta”, les comentó el presidente.
“No fue bajo mi presidencia cuando empezamos a comprar puñados de acciones de bancos. Cuando yo llegué, ya se había hecho una inyección enorme del dinero del contribuyente en el sistema financiero. Nosotros hemos actuado de una forma completamente consistente con los principios del libre mercado; cosa que algunos de los que nos acusan de ser socialistas no pueden decir”, afirma Obama.
“El hecho de que estemos tomando algunas medidas extraordinarias y haciendo algunas intervenciones”, añade, “no es ninguna indicación de mis preferencias ideológicas, sino una indicación del grado al que la relajación de la regulación y los riesgos extravagantes habían llevado esta crisis”. Preguntado sobre cuáles eran, entonces, sus preferencias ideológicas, contestó: “No voy a entrar en eso”.
Obama intenta salir al paso con estas declaraciones a una sucesión de críticas por parte de la oposición conservadora, que encontraba eco en el sector moderado del propio Partido Demócrata, sobre la amenaza que la política de Obama representaba para los valores fundacionales norteamericanos. Esas críticas se habían agudizado tras la presentación hace diez días de un presupuesto nacional que prevé una significativa actuación del Estado en áreas como sanidad, educación e infraestructuras, al tiempo que reduce el gasto militar.
El presidente se defiende también en esta entrevista de la acusación de haber emprendido demasiadas reformas y abierto demasiados frentes al mismo tiempo. “Miren”, explica, “a mí me hubiera gustado permitirme el lujo de sólo tener que lidiar con una modesta recesión, o sólo con el problema del seguro de salud, o sólo la energía o Irak o Afganistán. Pero no me puedo permitir ese lujo y creo que el pueblo norteamericano tampoco se lo puede permitir”.
La situación en Afganistán es definida en la conversación con The New York Times como uno de los principales desafíos de la política exterior de su Administración. El presidente reconoce que Estados Unidos está perdiendo la guerra y que los talibanes representan una amenaza creciente.
Dentro de la nueva estrategia que su Gobierno está preparando para revertir esa situación, Obama sugiere la posibilidad de un diálogo con ciertos elementos de los talibán, siguiendo el modelo de los pactos que se hicieron en Irak con las milicias suníes. “Si hablan con el general Petraeus [David Petraeus, ex jefe militar en Irak y actual jefe del mando militar norteamericano en Oriente Próximo] les dirá que parte del éxito en Irak se debe al acuerdo con quienes parecían islamistas radicales pero estaban dispuestos a trabajar con nosotros”. “Puede haber”, afirma el presidente, “una oportunidad comparable en Afganistán y Pakistán”.
>Una larga travesía en tren
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Comenzó con un viaje en tren. Barack Obama viajó hasta Washington, D.C. para la ceremonia de toma de mando, realizando una gira en tren de varias paradas cortas. “A los niños que escuchan el silbido del tren y sueñan con una vida mejor – por ellos luchamos”, dijo Obama en la gira, que fue comparada con el viaje en tren realizado por Abraham Lincoln desde Springfield, Illinois, a Washington D.C. en febrero de 1861, camino a la asunción de su primer mandato. Abundan las comparaciones entre Obama y Lincoln que describen el período que va desde la abolición de la esclavitud en Estados Unidos hasta la elección de su primer presidente afroestadounidense.
El tren, sin embargo, entraña un mayor simbolismo sobre el que se sostiene el histórico ascenso de Obama a la Casa Blanca, que se remonta a la lucha por los derechos civiles, refleja el activismo de base sin precedentes que formó el núcleo de la campaña de Obama y traza hacia dónde podría dirigirse la nación durante su gobierno.
A. Philip Randolph fue un legendario líder sindical y de los derechos civiles. Organizó la Hermandad de Maleteros de Coches Cama (BSCP, por sus siglas en inglés), los hombres que atendían a los pasajeros en los vagones nocturnos construidos por la Compañía Pullman. A pesar de que el trabajo de maletero estaba mejor remunerado que muchos trabajos disponibles para los afroestadounidenses en la época, igualmente había injusticias e indignidades. La práctica común, por ejemplo, era llamar a los maleteros “George”, sin importar cuál era su nombre verdadero, por el dueño de la empresa, George Pullman. Miles de maleteros procuraron mejoras mediante la negociación colectiva. (Irónicamente, luego de la muerte de Pullman en 1897, la Compañía Pullman fue administrada por el único hijo de Abraham Lincoln que quedaba con vida, Robert Todd Lincoln, hasta mediados de los años 20). La lucha de Randolph por organizar a los trabajadores en un sindicato llevó 12 años, desde 1925, atravesando la crisis económica de 1929, hasta el gobierno de Franklin Delano Roosevelt.
Harry Belafonte recordó en una reciente entrevista con Tavis Smiley una historia que le contó Eleanor Roosevelt: “Fue cuando presentó por primera vez a A. Philip Randolph, un gran líder sindical de la década del 30 y quien formó parte del movimiento por los derechos civiles. Se lo presentó a Franklin Delano Roosevelt por primera vez en una cena, y Roosevelt le imploró que por favor le dijera lo que pensaba de la nación, lo que pensaba de los problemas del pueblo negro y lo que pensaba…hacia donde se dirigía la nación”. Y A. Philip Randolph habló en forma elocuente sobre lo que pensaba, y cuando terminó Roosevelt le dijo: “Ud. sabe, Señor Randolph, escuché todo lo que dijo esta noche, y estoy totalmente de acuerdo con Ud. Estoy de acuerdo con todo lo que dijo, incluso mi capacidad para corregir muchos de estos errores y de utilizar mi poder y el estrado. …Pero le pediría una cosa, Sr. Randolph, y es que salga y me obligue a hacerlo”.
Esta historia fue contada nuevamente por Barack Obama en un evento de recaudación de fondos de su campaña en Montclair, Nueva Jersey, hace más de un año. Fue en respuesta a una pregunta que le hizo una persona sobre encontrar una solución justa al conflicto Israel/ Palestina. Luego de volver a contar la anécdota de Randolph, Obama dijo que él era solo una persona, que no podía hacerlo solo. La respuesta final de Obama fue: “Oblígueme a hacerlo”.
Ese es el desafío.
Luego de lograr una resolución en la lucha laboral de Pullman, Randolph continuó. Enfrentó a FDR al comenzar a organizar una marcha en Washington programada para 1941, para poner fin a la segregación en las fuerzas armadas y para asegurar que la actividad económica en torno a la guerra estuviera igualmente disponible para los afroestadounidenses. FDR emitió una orden ejecutiva, y más tarde, el Presidente Harry S. Truman abolió la segregación en las fuerzas armadas. Randolph, Bayard Rustin y Martin Luther King Jr. organizaron la histórica “Marcha sobre Washington” de 1963, que sirvió como fuerte y simbólico telón de fondo para la victoria de Obama. Este fin de semana histórico también coincide con el cumpleaños del Dr. King. Si King hubiera sobrevivido, habría cumplido apenas 80 años de edad.
Mientras Obama comienza su primera semana como presidente, algunos podrán advertir que es justo esperar y ver qué hará. Pero el grupo por la paz Code Pink no esperará. A lo largo del recorrido del desfile de toma de posesión repartieron miles de cintas rosadas, alentando a la gente a que se una a ellos para obligar al Presidente Obama a que cumpla las promesas de paz realizadas durante su campaña: poner fin a la guerra en Irak, cerrar Guantánamo, rechazar la Ley de Comisiones Militares, poner fin a la tortura, trabajar para eliminar las armas nucleares, mantener conversaciones directas y sin condiciones con Irán y cumplir con los tratados internacionales aprobados por el Senado.
Simplemente sigan el propio consejo de Obama: oblíguenlo a hacerlo.
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Denis Moynihan colaboró en la producción periodística de esta columna.
Amy Goodman es conductora de “Democracy Now!”, un noticiero internacional diario de una hora de duración que se emite en más de 550 emisoras de radio y televisión en inglés y en 200 emisoras en español. En 2008 fue distinguida con el “Right Livelihood Award”, también conocido como el “Premio Nobel Alternativo”, otorgado en el Parlamento Sueco en diciembre.
Texto en inglés traducido por Mercedes Camps y Democracy Now! en español, spanish@democracynow.org
>Obama y el futuro de la política exterior estadounidense: una mesa redonda
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Traducido por Fernando G. Herrero y María Eva Blotta
Las felicitaciones para el presidente electo Barack Obama llegaron de todo el mundo tras su histórica victoria la noche del martes 4 de noviembre. Pero ¿cuál será la política exterior de Obama y cuáles son las preocupaciones de aquellos que viven en países que padecen la política exterior estadounidense? Discutimos el tema con el cineasta y periodista de investigación John Pilger, desde Gran Bretaña, el académico africano y profesor de la Universidad de Columbia Mahmood Mamdani, Laura Carlsen, del Centro de Política Internacional de la Ciudad de México, el analista iraquí Raed Jarrar, el escritor paquistaní Tariq Ali, y el palestino-estadounidense Ali Abunimah, de Electronic Intifada.
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JUAN GONZALEZ: De todas partes del mundo llegaron felicitaciones para el presidente electo Barack Obama tras su histórica victoria la noche del martes. La diversidad del origen de Obama es ciertamente excepcional para un presidente estadounidense: con una madre nacida en Kansas, un padre de Kenya, un padrastro de Indonesia y un segundo nombre –Hussein— originario del Oriente Medio, Obama despierta la imaginación de muchas personas en todos los continentes. En ciudades de todo África, la población celebra que Estados Unidos haya elegido a Obama.
JOHNNY BENT, residente de Johannesburgo, dijo: Creo que Obama es un buen tipo.Y espero que Obama tenga influencia en África, sobre todo para ayudarnos con el desarrollo, con las enfermedades, con el SIDA y otras cosas. Eso es…especialmente…al menos, él es de Kenia. Espero que esto influya mucho en África y [que pueda] ayudarnos y apoyarnos y hacernos surgir como una nueva, nueva nación. Muchas gracias.
BOLAJI ILORI, político nigeriano, dijo: Estamos ante un umbral histórico. Es un renacimiento de la esperanza para los hombres negros, y no sólo para las personas negras.; Es un triunfo de la democracia. También es una lección para nosotros, en nuestro país. Estamos luchando para constituir un gobierno democrático y abierto, para tener elecciones limpias. Nos alegra ver que el perdedor de las elecciones felicitó al ganador. Para nosotros, esto es bueno. Creemos que Obama representa una nueva generación de ideas, de paz en el mundo.
FEMI OSHI, residente de Johannesburgo, dijo: No se trata sólo del presidente de Estados Unidos de América; se trata de un hombre negro, de piel negra gobernando el mundo. Y, tómalo o déjalo, va a ser lo mejor que les pasó en la historia a los estadounidenses.
JUAN GONZALEZ: En Medio Oriente, las reacciones sobre la victoria de Obama han sido mas cautelosas. Tanto en Irak, como en Irán y los Territorios Ocupados la gente le reclama a Obama que cambie la política exterior estadounidense hacia la región.
ALAA AL-ZERJAWI, residente de Sadr City, dijo: Mi mensaje para el Presidente estadounidense, Barack Obama, es que retire las tropas de nuestro país. Esto es lo primero. Queremos que sea honesto con nosotros, porque Bush nos hizo muchas promesas y no cumplió ninguna de ellas. Hemos sufrido mucho desde que empezó la ocupación. Debido a la ocupación, hay divisiones, conflictos sectarios y queremos que de una vez se marchen del país.
MOHAMMED ABU AWDA, residente de Gaza, dijo: Confiamos en que Obama ayudará a encontrar una solución para la causa palestina y para acabar con el sitio, porque estamos realmente sufriendo. Espero que encontremos una solución a la causa palestina y que todos vivamos en paz.
HOSSEIN NAZARI, estudiante iraní, dijo: Mi mensaje para Obama, para Barack Obama, es que si de verdad quiere que Estados Unidos…si quiere tener buenas relaciones con nuestro país, con nuestros políticos y con nuestro gobierno, tiene que cambiar de manera radical las antiguas políticas para con Irán.
JUAN GONZALEZ: Y en Asia del Sur, en países como Afganistán y Pakistán, hay preocupación sobre el futuro de la política exterior que llevará adelante el Presidente Obama. En Afganistán, donde Obama se ha comprometido a intensificar la guerra, el Presidente Hamid Karzai ha solicitado el fin de los ataques aéreos de las Fuerzas Armadas estadounidenses en el país.
PRESIDENT HAMID KARZAI: Nuestra petición es por un cambio de estrategia en la lucha contra el terrorismo. Esto significa que la lucha contra el terrorismo no tiene que darse en las zonas rurales de Afganistán. La lucha contra el terrorismo no es en nuestro país. Afganistán es víctima del terrorismo. Y espero que deje de haber víctimas civiles. La guerra contra el terrorismo no se gana bombardeando el territorio afgano. Esta es una exigencia importante por parte de los afganos. Esta es nuestra primera y fundamenal exigencia.
ARSHAD HUSSAIN, periodista pakistaní, dijo: Los pakistaníes no deberían albergar tantas expectativas porque todo presidente estadounidense tiene sus propios intereses. El ejemplo es el Presidente Bush y otros muchos que dieron ayuda económica a Pakistán pero no hicieron mucho más.
AMY GOODMAN: Hoy presentamos un debate sobre la política exterior de Obama, especialmente la relacionada con los lugares en conflicto en Medio Oriente, Sureste de Asia, Africa y América Latina. Hablamos sobre las preocupaciones y expectativas de aquellos que viven en estos países que están en la mira de la política exterior estadounidense. Estamos en contacto via telefónica y por video stream con diversas personas alrededor del mundo. Desde Gran Bretaña, recién regresado de Estado Unidos, se comunica via telefónica con nosotros John Pilger, periodista de investigación, documentalista y escritor australiano. Su libro más reciente se titula, “Freedom Next Time: Resisting the Empire” (Libertad la próxima vez: resistiendo al Imperio) y su película más reciente es “The War on Democracy” (La guerra contra la democracia).
Y se encuentra en nuestro estudio Mahmood Mamdani, profesor del Departamento de Antropología de la Universidad de Columbia. Ha escrito extensamente sobre las políticas post-coloniales en África y su libro más reciente se titula “Good Muslim, Bad Muslim: America, the Cold War and the Roots of Terror” (Buen musulmán, mal musulmán: Estados Uniods, la guerra fría y las raíces del terrorismo). Su artículo más reciente para la revista The Nation se centra en los eventos recientes ocurridos en Darfur y se titula “The New Humanitarian Order” (El Nuevo Orden Humanitario).
Comenzamos con John Pilger desde Gran Bretaña. Acabas de estar en Estados Unidos, en Houston, y ahora estás de vuelta en Londres. ¿Cuál es tu opinión sobre la elección de Barack Hussein Obama como presidente de Estados Unidos?
JOHN PILGER: Mi primera reacción es que cualquiera sería preferible a Bush y a su gobierno. Luego de haber vivido la noche de las elecciones en Estados Unidos y después de ver la respuesta aquí, creo que ya es hora de asumir el análisis y el pensamiento crítico, y que aquellos de nosotros que queremos pensar en ese sentido, que queremos pensar críticamente, realmente deberíamos empezar a abordar esta respuesta emocional más bien manipulada. No quiero en absoluto poner en duda la sinceridad de la gente del resto del mundo que habló sobre la elección de Obama, pero creo que la reacción que se acaba de mostrar de Medio Oriente es mucho más realista y se acerca a la verdad. Creo que tenemos que pensar que Obama es un hombre del sistema. Michael Moore estaba en lo correcto el otro día cuando dijo que esperaba que Obama incumpliese todas las promesas de su campaña electoral, como suelen hacer los políticos, porque todas sus promesas, especialmente en términos de política exterior, son una continuidad de lo mismo. E incluso si se regresa a lo que se suele llamar un mundo multilateral, creo que tiene que haber un análisis crítico sobre una posible vuelta a la pretensión de Estados Unidos de cumplir el papel de pacificador del mundo. Tuvimos que soportar esto durante los años de Clinton. Y no creo que el resto del mundo tenga que seguir soportando esto ahora con Obama, de manera tal de que se de una continuidad, si se quiere, del uso del liberalismo político como una ideología de guerra, divisora, usada para destruir al liberalismo como realidad…porque esto es lo que pasó bajo los llamados “presidentes liberales”, desde Kennedy hasta Clinton, presidentes demócratas. Y el presidente electo, Obama, ya nos sugirió con sus promesas de campaña que va a continuar con esto, que va a continuar con los bombardeos en Pakistán y Afganistán.
Alguien me preguntó…de hecho, fue mi hija, con quien estaba hablando esta mañana poco después de haber descendido del avión que había tomado en Houston, la que dijo: —“¿Y qué tal las cosas por allí?” Y estábamos conversándolo y le dije, “Bueno, supongo que es cuestión de preguntarle a un niño afgano qué siente al ver a su familia destruida por una bomba de 500 libras diseñada para destruir todo tipo de bunker, que fue lanzada por Estados Unidos y por el Presidente Obama, si es que Obama decide continuar con esta guerra”. Creo que esta es la realidad que vamos a tener que empezar a discutir inmediatamente después de celebrar, y de haber celebrado correctamente, la elección del primer Presidente afro-estadounidense del país.
JUAN GONZALEZ: John Pilger, ¿qué signos esperarías ver en estos días, ahora que Obama entra en el período de transición, que pudiesen indicar una distancia o incluso una ruptura con el neoliberalismo de los años de Clinton?
JOHN PILGER: Bueno, es difícil de saber. Romper con los años de Bush va a ser lo primero, y supongo que hacer una ruptura con los años de Bush significa hablar con la gente y negociar realmente. Pienso que romper con los, digamos, años demócratas –y con los de Bush, claro—, con la época de Clinton, significaría darnos una señal de que la máquina ideológica, rapaz y bélica construida y reforzada durante tantos años, especialmente durante los ocho años de Bush…que esta máquina ideológica no significa la pérdida del poder del voto. Ciertamente, esta es la cuestión central, que existe un consenso ideológico que ha sido construido durante el período de Bush. Ahora bien, Obama ha sido elegido, pero ¿estos votos van a permitir que el nuevo Presidente sea más fuerte que esta máquina ideológica? Durante la campaña electoral no hubo diferencias apreciables entre McCain y Obama en temas de política exterior. Ciertamente, Obama fue más lejos. Hasta llegó a decir que Jerusalén es la capital de Israel. Amenazó a América Latina. Algunas veces, hasta parecía ir más allá del propio Bush. Y, por supuesto, alguna gente, los llamados “realistas”, dirán que no con la cabeza y añadirán: “Bueno, pues, tiene que hacer esto”. Y, volviendo a tu pregunta, creo que si de verdad Obama quiere mostrar que es diferente, va a tener que comenzar por desmantelar esta máquina, por ejemplo, volver atrás con su promesa de continuar con el embargo a Cuba, abandonar esa postura; acercarse a los gobiernos de Venezuela, Bolivia y Ecuador, los cuales se encuentran bajo ataque encubierto por parte de Estados Unidos; va a tener que encarar la realidad de que la guerra de Afganistán es una guerra colonial; y no permitir que la llamada “retirada de Irak” se convierta en una farsa, no permitir que se dejen bases militares permanentes. Cualquier cambio en uno de estos puntos indicaría que Obama es realmente diferente.
AMY GOODMAN: Estamos conversando con John Pilger. Su último libro es Freedom Next Time: Resisting the Empire (“Libertad la Próxima Vez: Resistiendo el Imperio”), y su película más reciente es The War on Democracy (“La Guerra contra la Democracia”). Cuando regresemos, vamos a continuar con nuestro recorrido por el mundo, recogiendo algunas opiniones acerca del nuevo presidente de Estados Unidos, el Presidente electo Barack Obama. Esto es Democracy Now! Regresamos en un minuto.
[pausa]
AMY GOODMAN: Hoy estamos de viaje por el globo terráqueo en busca de reacciones a la elección de Barack Obama. De padre keniata y madre de Kansas, Obama nació en Hawaii y creció entre Indonesia y Hawaii.
Conversamos ahora con Mahmood Mamdani, Profesor de Gobierno y Antropología en la Universidad de Columbia. Su libro más reciente se titula “Good Muslim, Bad Muslim: America, the Cold War and the Roots of Terror” (Buen musulmán y mal musulmán: Estados Unidos, la Guerra Fría y las raíces del terrorismo). Su artículo más reciente para la revista The Nation se titula “The New Humanitarian Order” (El Nuevo Orden Humanitario). ¿Cuál es su reacción a la elección de Barack Obama?
MAHMOOD MAMDANI: Creo que John Pilger ha hecho un buen análisis sobre los límites dentro los que Obama se va a mover. Tal vez yo pueda hablar de las posibilidades existentes dentro de estos límites. Al finalizar la Guerra Fría, la Unión Soviética, como potencia perdedora, comenzó un proceso de reforma. Estados Unidos nunca inició un proceso de este tipo. En cambio, se embarcó en la guerra contra el terrorismo después del 11 de septiembre como forma de aprovechar la maquinaria militar heredada de la Guerra Fría. Y, como sabemos, la “guerra contra el terrorismo” ha sido principalmente una campaña publicitaria, una campaña publicitaria letal. Entonces, estoy de acuerdo con Pilger en que la primera labor de Obama va a ser romper con esta farsa ideológica y hacer que la población estadounidense se enfrente a ciertas realidades. El máximo aporte que Obama puede hacer, dentro de su contexto de Presidente de una potencia imperial, es reconocer que la situación del mundo ha cambiado y que se está terminando la época de supremacía de una única superpotencia. Que ahora Estados Unidos tendrá que moverse entre varias potencias, y aprender a vivir en el mundo en lugar de simplemente dedicarse a ocuparlo. Y creo que hay varios signos en la campaña, que estuvo llena de promesas y provocaciones extremas y contradictorias. Pero, si se mira bien, del lado de las promesas se pueden constatar signos de que esto está dentro del ámbito de lo posible. Uno de ellos es la discusión sobre la necesidad de hablar con el Presidente de Irán sin condiciones previas. Otro es aquel notable debate para las elecciones primarias entre Obama, Hillary y Edwards, en el que un reportero preguntó a los tres a cuál de ellos hubiera apoyado Martin Luther King. Tanto Hillary como Edwards respondieron intentando convencer a la audiencia de los motivos por los cuales King los hubiera apoyado. Obama, en cambio, respondió diciendo que King no hubiera apoyado a ninguno, sino que hubiera organizado a su movimiento para incidir en el candidato ganador para que cumpla con los objetivos. Este es el quid de la cuestión ahora en Estados Unidos. Hubo un movimiento de la juventud que se organizó pára elegir a Obama ¿Se va a disolver ese movimiento? ¿Se reconstituirá alrededor de los objetivos para los que se construyó? ¿Reconocerá Estados Unidos lo que reconoció Sudáfrica tras la elección de Mandela, que dicha elección no era un cambio, sino la posibilidad de un cambio? Y la realización de esa posibilidad y su transformación en programas de justicia social dentro del país, y de paz en el exterior, dependerá de que el movimiento presione a Obama para darle la oportunidad de responder a estos objetivos.
JUAN GONZALEZ: Uno de los grandes cambios que sorprendió a mucha gente cuando Bush asumió el poder, fue que en un principio se oponía a la idea de que Estados Unidos interviniera en otros países para incidir en su “construcción nacional” y terminó convirtiéndose en el principal defensor y propulsor de los cambios de régimen en el mundo, dando continuidad a mucho de lo que Clinton había intentado hacer bajo las rúbricas de la intervención humanitaria y la propagación de la democracia. ¿Temes que algo de esto pueda ocurrirle a Obama? Has escrito sobre Darfur y sobre la presión que existe para que haya una intervención “humanitaria” que, en realidad, termina siendo una nueva forma de imperialismo.
MAHMOOD MAMDANI: La lección que tenemos que aprender de Bush es que desde el momento en que el candidato pasa de la contienda política electoral a la presidencia de Estados Unidos, los tipos de intereses y presiones que le caen encima son diferentes y más grandes. Y el contexto dentro del cual el Presidente se mueve ahora es diferente. Hay preocupación acerca del tipo de gente que rodea a Obama, especialmente en lo que se refiere a política exterior y sobre todo a África. Algunos de los más llamativos intervencionistas humanitarios liberales, a los que yo llamo “demócratas neoconservadores”, como por ejemplo Pendergast, son grandes fans de Obama y ya están ahí a su alrededor.
AMY GOODMAN: Escuchemos una declaración de la persona más cercana a él, Joe Biden, su vicepresidente. El mes pasado en un debate presidencial, Gwen Ifill le preguntó a Joe Biden acerca de su reputación como intervencionista y de su apoyo al envío de tropas estadounidenses a Darfur.
SEN. JOE BIDEN: No puedo soportar el genocidio en situaciones como la de Darfur. Podemos imponer una zona de exclusión aérea, eso está dentro de nuestras capacidades. Podemos liderar la OTAN si deseamos tomar medidas firmes al respecto. Lo podemos hacer. He estado en esos campos en Chad. He visto el sufrimiento. Miles y decenas de miles de personas están muriendo. Deberíamos movilizar al mundo para actuar y deberíamos demostrar que estamos dispuestos a hacerlo movilizando nuestros helicópteros para llevar a esas tropas de 21.000 soldados de la Unión Africana hasta allí, ahora, para detener este genocidio.
AMY GOODMAN: Acabamos de escuchar al Vice-Presiden Joe Biden. ¿Comentarios, profesor Mahmood Mamdani?
MAHMOOD MAMDANI: He leído un informe textual del Subcomité de Relaciones Exteriores del Senado que preside Joe Biden, en el que éste interroga severamente a Andrew Natsios, representante de Bush en Sudán. Y Andrew Natsios estaba diciendo, en esencia, que no hay genocidio en Darfur. Y lo forzaron, literalmente, lo obligaron a que use la palabra “genocidio”. Creo que tienes razón acerca de que este vicepresidente en particular está encantado con la idea de mostrar que Estados Unidos puede usar su poder de una manera humanitaria. Lo que es preocupante, por supuesto, es que sabemos que el nivel de mortalidad en Darfur disminuyó drásticamente desde principios de 2005. Sabemos que las cifras de mortalidad que presenta la campaña Save Darfur (Salvemos a Darfur)–unos 400.000 muertos– simplemente no son ciertas; no reflejan la realidad para nada. Sabemos también que Estados Unidos prometió en 2006 dar 50 millones de dólares a las tropas de la Unión Africana y al final no dio ni un solo dólar. Sabemos que hay un abismo enorme entre el discurso sobre la guerra y la práctica real de la misma en los territorios afectados. Creo que esta es una de las cosas que Obama tendrá que enfrentar y uno espera que Biden, como otros vicepresidentes, no sea más que una voz pequeña dentro del próximo gobierno.
AMY GOODMAN: Hablemos ahora del primer cargo que ha sido designado, el de Rahm Emanuel. Quiero que nos pongamos en contacto con Ali Abunimah, quien se une a nosotros en directo desde Chicago. Ali Abunimah es co-fundador de la Intifida Electrónica y autor de “One Country: A Bold Proposal to End the Israeli-Palestinian Impasse” (Un solo país: Una propuesta atrevida para acabar con el impasse Israelí-Palestino). ¡Bienvenido a Democracy Now!, Ali Abunimah.
ALI ABUNIMAH: Gracias. Buenos Días, Amy.
AMY GOODMAN: Vamos a esta primera noticia que ha salido sobre la nueva administración de Obama. Por cierto, el Presidente electo Obama y Joe Biden están recibiendo su primer informe de inteligencia, su primer informe súper secreto, de parte del mismísimo Director de Inteligencia Nacional. Pero, ¿qué se puede decir al respecto del anuncio de ayer de la elección de Rahm Israel Emanuel, miembro del Congreso de Chicago, muy cercano a Barack Obama, como Jefe de Gabinete? Tú también estás en Chicago.
ALI ABUNIMAH: Bueno, estaba pensando que tiene algo de irónico el hecho de que muchos racistas han intentado montar algo sobre el segundo nombre de Barack Obama, Hussein, y que el mismo tipo de personas deben estar contentas del segundo nombre de Rahm Israel Emanuel. Y Emanuel, en efecto, es uno de los partidarios de Israel de la línea más dura en el Congreso, y lo ha sido por muchos años. Es hijo de Benjamin Emanuel, quien, de hecho, fue un traficante de armas del Irgun, la milicia sionista anterior a la creación del Estado de Israel, que realizó numerosos atentados terroristas contra civiles palestinos, incluyendo el ataque con bombas al King David Hotel. Por supuesto que Rahm Emanuel no es responsable de nada de todo esto, pero, cuando se trata del apoyo a Israel, su historial está algunas veces más a la derecha que el del propio Presidente Bush. Sin embargo, creo que lo realmente importante aquí es ver no sólo la elección de Emanuel, sino el contexto más amplio, que es el de los tiempos en que conocimos a Barack Obama, cuando era un político novato de Illinois. No te lo quiero decir a ti ahora, ni nunca lo he dicho, que antes era increíblemente progresista con respecto a la cuestión Palestino-israelí, pero él era ciertamente más abierto con respecto a ese tema de lo que es en la actualidad. Y lo que hizo de una manera sistemática en la campaña electoral fue distanciarse, o deshacerse, a medida que la campaña avanzaba, de todo asesor o amigo sospechoso de tener alguna simpatía por Palestina. Dicho de otro modo, ha claudicado ante las campañas McCartistas y racistas que vienen a decir que si te relacionas mínimamente con profesores muy moderados de la Universidad de Columbia, o los contratas como asesores has cometido el mayor crimen posible.
La señal que está mandando es de que esto no va a cambiar, de que no va a cambiar su postura con respecto a las personas que podrían darle un asesoramiento más equilibrado, objetivo y realista, que podría cambiar el curso de las desastrosas políticas sobre la situación Palestino-Israelí que llevaron adelante los gobiernos de Bush y Clinton, que eso no va a pasar. Y esto debería ser sumamente preocupante puesto que un montón de gente progresista, un montón de personas en Medio Oriente y un montón de líderes políticos, han puesto sus esperanzas en que Obama va a ser diferente con respecto a esta cuestión y yo no veo ninguna evidencia de que esto vaya a ser así. Y me preocupa que la gente se quede callada en vez de poner sobre la mesa y de una manera contundente la demanda de una política más justa, más equilibrada y objetiva que pueda llevar la paz a Palestinos e Israelíes.
JUAN GONZALEZ: Has mencionado a un profesor de la Universidad de Columbia, obviamente eso hace referencia a Rashid Khalidi. ¿Cuál fue la reacción de la campaña de Obama a los intentos de algunos partidarios de John McCain de vincularlo a Khalidi?
ALI ABUNIMAH: Voy a ser muy franco. Comparto con los otros comentaristas que la euforia y la alegría por la victoria de Obama es sincera y que está justificada, sobre todo en términos de los deseos y esperanzas de la gente por tener algo distinto, pero creo que la respuesta de Obama a las afirmaciones de que era un musulmán encubierto o de que apoya los derechos de los palestinos ha sido vergonzosa. En lugar de decir algo así como, “¿Y qué si hubiese sido Musulmán?” o “¿Y cuál es el problema si escucho otro tipo de consejos? Nuestras decisiones políticas han estado desequilibradas y queremos tener perspectivas más amplias”… En lugar de decir eso, realmente se puso a jugar el juego del McCartismo cuando dijo: “No, saben, no conocía a Rashid Khalidi”. Bueno, el hecho es que durante muchos años estaba muy contento de relacionarse con Rashid Khalidi y con la comunidad palestino-estadounidense en general. ¿Qué quiere decir que hace años estaba dispuesto a hacer cosas que ya no está dsipuesto a hacer y que no haya visitado un sólo centro comunitario musulmán ni ninguna mezquita ni que se haya relacionado públicamente con estadounidenses de origen árabe durante la campaña electoral? Y no es que el día después de la campaña haya comenzado a mandar señales más conciliatorias. Al contrario, no podía haber un nombramiento más provocativo que el de Rahm Emanuel si él quería mandar una señal de que va a mantener una política pro-Israelí de línea dura.
AMY GOODMAN: En junio, en el primer día como presumible candidato de los demócratas, el Senador Obama se dirigió al AIPAC, el Comité de Asuntos Públicos Estadounidense-Israelí.
El senador Obama dijo: “Seré claro. La seguridad de Israel es sacrosanta. No es negociable. Los palestinos necesitan un Estado contiguo y unido, y eso les permitirá prosperar, pero cualquier acuerdo con el pueblo palestino debe conservar la identidad de Israel como un Estado judío con fronteras seguras, reconocidas y defendibles. Jerusalén seguirá siendo la capital de Israel, y debe permanecer sin divisiones”.
AMY GOODMAN: Este fue Barack Obama, en un discruso en junio. Ali Abunimah, has escrito un artículo conmovedor acerca de los años durante los que has seguido a Barak Obama, desde la pirmera vez que lo conociste cuado era senador estatal y lo que significó para ti entonces, cuando lo escuchaste hablar en la Universidad de Chicago…
ALI ABUNIMAH: …de una manera oficial, actúan como abogados de Israel, gente como Dennis Ross o Martin Indyk. Han sido más bien abogados de Israel, que funcionarios estadounidenses negociando honestamente, y éstos son los que están reapareciendo ahora.
AMY GOODMAN: Ali Abunimah. Quiero comentarte que recién emitimos un testimonio de Barack Obama. No se si lo pudiste escuchar. Era un clip de Obama hablando ante la AIPAC. No hemos oído bien lo que comentabas porque lo hacías mientras estábamos emitiendo este clip. Pero si puedes comentar sobre tu conocimiento de Barack Obama durante la pasada década y luego puedes continuar con lo que estabas diciendo…
ALI ABUNIMAH: Sí, disculpen. No sabía que estaban emitiendo un clip. En esencia, lo que quería decir es que Barack Obama se ha puesto a sí mismo contra la pared al apelar a los políticos pro-Israelíes de la línea más dura del país, al distanciarse de todo asesor, incluso de figuras muy representativas dentro del establishment, como Zbigniew o Robert Malley, uno de los funcionarios de Clinton que fue considerado como demasiado pro-palestino por el lobby pro-Israelí. Y lo que Obama ha hecho es abrazar públicamente a gente como Dennis Ross y Martin Indyk, dos de los funcionarios más pro-Israelíes de la era Clinton, que son mirados con total desconfianza por los Palestinos y por otros actores del Medio Oriente, porque se los percibe como defensores desde siempre de las posiciones de Israel. Y es así que ha convertido en imposible, o extremadamente difícil, el poder decir: “Miren, ahora vamos a tratar con una variedad más amplia de puntos de vista. Vamos a hablar con las voces excluidas que puedan aconsejar sobre la mejor salida de este caos en el que está la situación Palestino-israelí.” Y esto es muy preocupante.
Y creo que la gente progresista de este país, en lugar de regodearse en la euforia, tiene que levantarse hoy mismo y empezar a exigir que la administración Obama termine de inmediato el sitio de Gaza. Es totalmente inadmisible. Es un crimen sin precedentes en la historia contemporánea que un millón y medio de personas estén confiandas en un ghetto, sean privadas de alimento, permanezcan aisladas del mundo y amenazadas. Esto es indefendible y no hay excusa para que esto continúe ni un día más una vez que asuma el nuevo gobierno. Y deberíamos exigir lo máximo y no aceptar ligeras insinuaciones de que el gobierno de Obama podría aceptar en el curso de unos años un estado palestino, o que podría empezar a hablar sobre el tema. Los días para esto se han acabado. La situación es urgente y necesitamos realmente ver un cambio radical. Y esto no va venir de Rahm Emanuel, Dennis Ross y Martin Indyk; esto sólo va a llegar si hay una exigencia popular de que cumpla la promesa de cambio.
AMY GOODMAN: Ali Abunimah es Co-fundador de la Intifida Electrónica y autor de “One Country: A Bold Proposal to End the Israeli-Palestinian Impasse” (Un solo país: Una propuesta atrevida para acabar con el impasse Israelí-Palestino) Continuamos con nuestro viaje por el mundo en un minuto.
(pausa)
AMY GOODMAN: En nuestro viaje por el mundo, nos vamos ahora a Ciudad de Mexico, con Laura Carlsen. Ella es directora del Programa de las Américas del Centro de Política Internacional en la Ciudad de México. Laura Carlsen, ¿Nos puedes comentar sobre las reacciones en México y la importancia de Barack Obama para América Latina? Al comienzo del programa de hoy pusimos al aire una respuesta del Presidente de Venezuela, Chávez, en la que felicitaba a Barack Obama.
LAURA CARLSEN: Buenos días, Amy. Sí, he escuchado a muchos analistas estadounidenses decir que la elección de Barack Obama no cambia la imagen de Estados Unidos en el mundo de la noche a la mañana, pero éste ha sido el caso en América Latina. La primera y más obvia razón es que se da mucho valor al hecho de que esta nación haya sido capaz de romper las enormes barreras raciales al elegir a un presidente afro-estadounidense. Y esto es muy importante en países que también están buscando formas de lidiar con la diversidad y la discriminación. Por supuesto que todavía hay muchos que permanecen escépticos con respecto a cuánto cambiará realmente con Barack Obama, pero el hecho de que el sistema político estadounidense haya demostrado esta capacidad de cambio y este nivel de participación ciudadana, era algo que no se pensaba posible después de las dos elecciones de Bush y ha causado una gran impresión en la gente.
Una de las cosas más importantes que se ven como resultado de esto es que Barack Obama no es George Bush ni es la misma clase de gente que él. Y por supuesto el nivel de aprobación de George Bush en América Latina ha sido uno de los más bajos de la historia. Y hay mucha esperanza, a pesar de las advertencias que hemos escuchado de los otros comentaristas, de que haya un cambio de política con respecto al unilateralismo de Bush y la hegemonía estadounidense en la región. Estas políticas, si bien no han sido directamente intervencionistas, han implementado formas de hostigamiento e intimidación para que se acepten las posiciones de Washington, especialmente en cuanto a los modelos económicos y la política exterior estadounidense, así como mecanismos de aislamiento económico y diplomático para todo país que no aceptase las políticas sociales conservadoras o la ortodoxia económica neoliberal proveniente de Washington. Ha habido una tremenda falta de flexibilidad y voluntad para entrar en un diálogo real con las naciones de América Latina y esto ha causado mucho resentimiento. Ahora, con las declaraciones de Obama de que va a entrar en diálogo con naciones como Venezuela y Cuba y algunos indicios de que habrá modificaciones en las políticas de libre comercio, existe una gran esperanza de que pueda iniciarse una nueva era en las relaciones entre Estados Unidos y América Latina.
JUAN GONZALEZ: ¿Cómo ves la situación de la expansión de la guerra contra el narcotráfico en México y qué esperarías de la presidencia de Obama?
LAURA CARLSEN: Esta es la cuestión más preocupante: la militarización, particularmente dentro del hemisferio. Y en este aspecto las propuestas de Obama no se diferencian mucho del gobierno de Bush, que lanzó la guerra contra las drogas aquí, o mejor dicho, la apoyó, ya que la misma fue lanzada por el Presidente mexicano Felipe Calderón. Y así también apoyó el Plan Colombia. Las medidas políticas propuestas para América Latina contemplan una expansión de esto. Y aquí, en México, la violencia que ha surgido del modelo de prohibiciones e implementación de la ley del Plan Mexico es horrible. Y crece día a día, ahora afectando a miembros importantes del gobierno al igual que a muchos ciudadanos que se encuentran atrapados en el fuego cruzado de este modelo de guerra entre el Estado y los carteles de drogas. De modo que una de las cosas que se va a mirar más de cerca en México es si algo de esto va a cambiar. Sabemos que este modelo no funciona. Hay mucha evidencia sobre eso. Entonces, la esperanza es que haya gente en Estados Unidos presionando para modificar esto, hacia un paquete menos militarizado de ayuda para México, y que dentro de esto pueda haber algún cambio, porque ésta es una situación muy, muy seria.
AMY GOODMAN: Laura Carlsen, las últimas noticias hablan de que el número dos del equipo de Calderón, el ministro del Interior Juan Camilo Mourino, ha muerto en un accidente aéreo el mismo martes de las elecciones presidenciales en Estados Unidos.
LAURA CARLSEN: Sí. Esta es una de las noticias más impactantes de los últimos días. El gobierno lo llama un “accidente”, pero a medida que se investiga sobre el caso, sale a la luz que el avión no emitió señales de emergencia antes de caer, aparentemente, según informa la prensa. Y entonces, por supuesto, se está llevando a cabo una investigación, y circulan muchos rumores entre la población y hay mucha confusión y sospechas de que en realidad no fue un accidente. Y si resulta que los carteles de la droga están involucrados, eso significaría que la apuesta inicial puesta en juego en esta guerra entre ellos y el gobierno ha alcanzado un nivel sin precedentes. Y, por lo tanto, es necesario repensar por completo esta situación, antes de que el país se desintegre en un nivel de violencia que no ha conocido desde la guerra.
JUAN GONZALEZ: Me gustaría regresar a Londres para hablar con Tariq Ali, periodista de larga trayectoria, comentarista y activista. Nació en Pakistán y vive en Londres. Tariq, ¿cuál es tu opinión sobre la elección de Barack Obama y qué puede significar para Pakistán, tu tierra natal?
TARIQ ALI: Mi opinión no es tan diferente a la de las otras personas ya entrevistadas. Es decir, el hecho histórico de que una familia negra ocupe la Casa Blanca no puede ser subestimado, en el sentido del impacto que tendrá en la conciencia negra estadounidense. Creo que es algo importante en sí mismo sólo por esta razón. Con respecto a lo que las medidas políticas vayan a ser, la situación es bastante deprimente. Quiero decir que Obama no prometió mucho durante su campaña electoral, esencialmente habló con una serie de clichés y eslóganes sintéticos del tipo “el cambio en el que creemos.” Nadie sabe en qué consiste este cambio. En relación a asuntos de política exterior, lo que Obama dijo durante los debates es fundamentalmente una continuación de las políticas de Bush-Cheney. Y en relación a Afganistán, lo que dijo fue peor que lo que dijo McCain; dijo que deberíamos quitar las tropas de Irak y mandarlas a Afganistán y si fuera necesario, entrar a Pakistán y eliminar gente sin informar a su Gobierno.
Ahora bien, creo que en cuanto esté en el poder y vea los reportes de inteligencia sobre Afganistán, verá que ésta no es una opción viable. Quiero decir, los británicos ya están diciendo que el envío de más tropas no va a servir porque esta guerra ya está perdida. Las agencias de inteligencia estadounidenses ya están inmersas en discusiones en estado de pánico con la gente contra la que están luchando, los neo-Talibanes, intentando persuadirlos de que se unan a la coalición, a lo que ellos se niegan mientras haya tropas extranjeras en Afganistán. Así que no creo que intensificar la guerra sea una opción que pueda ser considerada seriamente. Y si Obama la lleva a cabo, va a ser un error muy serio de la magnitud de la invasión a Irak. Estaría muy mal aconsejado si lo hiciera. Y creo que hay gente que lo rodea que probablemente le dirá que ese fue un comentario tonto y desmedido en el calor de la pelea electoral, que hizo para no parecer demasiado débil o miedoso, puesto que ya se había opuesto supuestamente a la guerra en Irak, y que tendrá que retractarse de eso. Creo que la clave está en lo que vaya a hacer en Irak. ¿Va Irak a sufrir una balkanización, que es lo que quiere Joe Biden, con bases estadounidenses permanentes en el norte del país y una región kurda mantenida más o menos como un protectorado estadounidense-israelí? ¿O van a hacer lo que Estados Unidos hace tradicionalmente, desde mucho antes de la guerra contra el terrorismo, es decir, buscar relevos locales? Y si éste es el caso, tendrán que negociar con Irán. Y creo que la entrevista más importante en la última visita de Ahmadinejad a Nueva York fue aquella en que Amy le preguntó acerca de su postura sobra la guerra en Irak, etc. En la CNN y otros programas fue tratado con suavidad, lo que indica que le van a pedir a Irán que juegue un rol en la estabilización de Irak, y le pedirán lo mismo a Pakistán con respecto a Afganistán. Esta es la política exterior estadounidense más tradicional. Y si Obama va en esta dirección, esto significará el retiro de las tropas y la elaboración de una estrategia de salida de Afganistán.
AMY GOODMAN: Tariq Ali, se une también a nosotros desde Washington D.C. el blogger Iraquí y analista político Raed Jarrar, asesor iraquí del Comité de Servicio de los Amigos Estadounidenses (AFSC, por su sigla en inglés). Raed, la última noticia hoy mismo es que al menos seis personas han resultado muertas y más de veinte heridas en varias explosiones en Bagdad. Al menos treinta iraquíes han muerto y ochenta resultaron heridos desde el lunes. Y uno puede decir que Barack Obama es presidente hoy porque en el 2002 se opuso a la guerra de Irak. Y esto, yo creo, es lo que lo hizo ganar la candidatura demócrata contra Hillary Clinton. No creo que el Partido Demócrata ponga mucho énfasis en esto ahora, pero esa era la principal diferenecia, ya que ella y los otros principales oponentes de Barack Obama en la campaña presidencial votaron a favor de la invasión, mientras que él se opuso. ¿Cuáles son tus expectativas, Raed?
RAED JARRAR: Creo que la campaña de Obama transmitió a la opinión pública estadounidense el mensaje de que él iba a ser quien acabara con la ocupación . Y en todas partes a donde voy en Estados Unidos, la gente tiene la impresión de que Obama será el presidente que retire las tropas. La campaña fue muy vaga al respecto de cómo describió la retirada de las tropas, todas ellas, en unos dieciséis meses. Ahora bien, la letra pequeña de la campaña sugiere más bien lo contrario. La letra pequeña nos sugiere que Obama continuará con la misma política, dejando lo que él llama una “fuerza residual”, algo que tanto Bush como McCain querían dejar indefinidamente. Por ello no tengo mucha esperanza, dadas las declaraciones. Ahora bien, nadie sabe lo que pasará en los próximos meses, si Obama revelará ese lado progresista que todos están esperando ver o si continuará con la misma política.
Ahora bien, creo que a corto plazo hay una diferencia apreciable y me alegra que la campaña de Obama-Biden haya criticado el acuerdo a largo plazo. En su página web, hay un comunicado muy fuerte en donde reclaman al gobierno de Bush que someta cualquier posible acuerdo con Irak al Congreso o que acuerde posponerlo hasta que asuman el nuevo gobierno y el nuevo Congreso. Creo que este es un paso muy importante a corto plazo, pero no tengo muchas esperanzas en lo que respecta a las declaraciones sobre el largo plazo. Espero que haya un cambio de política y que la nueva política se base en una retirada completa que no deje bases permanentes ni mercenarios en Irak, porque sin este tipo de medidas, creo que la situación en Irak continuará deteriorándose.
JUAN GONZALEZ: Querría regresar a Mahmood Mamdani que está con nosotros en el estudio. Hemos oído una gran cantidad de escepticismo sobre el potencial de la nueva presidencia de Obama. ¿Cuáles son sus reflexiones? Creo que Ud. Tiene una sensación un poco más optimista
MAHMOOD MAMDANI: Bueno, lo que siento es que tenemos que situar al hombre en su contexto. Tengo idéntico escepticismo hacia aquellos que piensan que Obama es capaz de todo, como hacia aquellos que piensan que Obama es incapaz de hacer nada; sencillamente, estará atado al contexto. Creo que esta campaña empezó siendo una campaña sobre la cuestión de la paz. Obama comenzó siendo el candidato por la paz y terminó siendo el de la redistribución. Al comienzo, la política exterior estaba sentada en el asiento delantero y al final de la campaña terminó en el asiento trasero. Por lo que, en realidad, no sabemos mucho. Lo que sí sabemos es que cualquier presidente que quiere tener un impacto en la historia lo puede hacer sólo en momentos de crisis. Y éste es un momento de una profunda crisis a nivel nacional y también internacional. Creo que las declaraciones de campaña de Obama nos dan pocas pistas sobre lo que va a hacer. Estoy de acuerdo con que las designaciones que hizo nos dan una pista, y con que eso ya es un motivo de preocupación. Pero, al mismo tiempo, si estas designaciones conducen a las políticas que tememos que pueden conducir, alguna respuesta va a haber. Es una época llena de posibiliades y hay que organizarse y seguir presionando.
AMY GOODMAN: Lo tenemos que dejar aquí. Quiero agradecer a todos por estar con nosotros. Todavía una última pregunta: ¿Puede reconstituirse por sí mismo el movimiento que ha llevado a Obama a la victoria? ¿Puede reconstituirse sin la maquinaria Obama, que tuvo una excepcional organización tanto a través de internet como en el llano, con una lista de correo electrónico de diez millones de participantes, con mensajes de texto y correos electrónicos que hemos estado recibiendo cada par de horas? Porque ahora esa maquinaria es el Estado. ¿De qué manera la población puede expresar sus posturas si se diferencia del Estado?
MAHMOOD MAMDANI: ¿Ha sido absorvido este movimiento por el Estado? Mira, hay una diferencia significativa entre el movimiento de los jóvenes de los 60, organizado fundamentalmente fuera del sistema, y el movimiento de los jóvenes que ha llevado a Obama al poder, porque este movimiento se ha organizado dentro del sistema para reformarlo. Obama sigue diciendo que este movimiento no tiene que distanciarse, que el cambio todavía no ha llegado, que esto es sólo el comienzo del cambio. Ahora bien, ¿será capaz el candidato de domesticar al movimiento? ¿El movimiento será capaz de consolidarse en los días venideros?
AMY GOODMAN: Ahí dejamos esta pregunta. A Mahmood Mamdani y a todos los participantes en esta mesa redonda, gracias por su participación.
>"Debemos cambiar con el mundo"
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Repasa el discurso de Obama tras ganar las elecciones
Queridos conciudadanos:
Me presento aquí hoy humildemente consciente de la tarea que nos aguarda, agradecido por la confianza que habéis depositado en mí, conocedor de los sacrificios que hicieron nuestros antepasados. Doy gracias al presidente Bush por su servicio a nuestra nación y por la generosidad y la cooperación que ha demostrado en esta transición.
Son ya 44 los estadounidenses que han prestado juramento como presidentes. Lo han hecho durante mareas de prosperidad y en aguas pacíficas y tranquilas. Sin embargo, en ocasiones, este juramento se ha prestado en medio de nubes y tormentas. En esos momentos, Estados Unidos ha seguido adelante, no sólo gracias a la pericia o la visión de quienes ocupaban el cargo, sino porque Nosotros, el Pueblo, hemos permanecido fieles a los ideales de nuestros antepasados y a nuestros documentos fundacionales. Así ha sido. Y así debe ser con esta generación de estadounidenses.
Es bien sabido que estamos en medio de una crisis. Nuestro país está en guerra contra una red de violencia y odio de gran alcance. Nuestra economía se ha debilitado enormemente, como consecuencia de la codicia y la irresponsabilidad de algunos, pero también por nuestra incapacidad colectiva de tomar decisiones difíciles y preparar a la nación para una nueva era. Se han perdido casas; se han eliminado empleos; se han cerrado empresas. Nuestra Sanidad es muy cara; nuestras escuelas tienen demasiados fallos; y cada día trae nuevas pruebas de que nuestros usos de la energía fortalecen a nuestros adversarios y ponen en peligro el planeta.
Estos son indicadores de una crisis, sujetos a datos y estadísticas. Menos fácil de medir pero no menos profunda es la destrucción de la confianza en todo nuestro territorio, un temor persistente de que el declive de Estados Unidos es inevitable y la próxima generación tiene que rebajar sus miras.
Hoy os digo que los problemas que nos aguardan son reales. Son graves y son numerosos. No será fácil resolverlos, ni podrá hacerse en poco tiempo. Pero debes tener clara una cosa, América: los resolveremos.
Hoy estamos reunidos aquí porque hemos escogido la esperanza por encima del miedo, el propósito común por encima del conflicto y la discordia.
Hoy venimos a proclamar el fin de las disputas mezquinas y las falsas promesas, las recriminaciones y los dogmas gastados que durante tanto tiempo han sofocado nuestra política.
Seguimos siendo una nación joven, pero, como dicen las Escrituras, ha llegado la hora de dejar a un lado las cosas infantiles. Ha llegado la hora de reafirmar nuestro espíritu de resistencia; de escoger lo mejor que tiene nuestra historia; de llevar adelante ese precioso don, esa noble idea, transmitida de generación en generación: la promesa hecha por Dios de que todos somos iguales, todos somos libres, y todos merecemos una oportunidad de buscar toda la felicidad que nos sea posible.
Al reafirmar la grandeza de nuestra nación, sabemos que esa grandeza no es nunca un regalo. Hay que ganársela. Nuestro viaje nunca ha estado hecho de atajos ni se ha conformado con lo más fácil. No ha sido nunca un camino para los pusilánimes, para los que prefieren el ocio al trabajo, o no buscan más que los placeres de la riqueza y la fama. Han sido siempre los audaces, los más activos, los constructores de cosas -algunos reconocidos, pero, en su mayoría, hombres y mujeres cuyos esfuerzos permanecen en la oscuridad- los que nos han impulsado en el largo y arduo sendero hacia la prosperidad y la libertad.
Por nosotros empaquetaron sus escasas posesiones terrenales y cruzaron océanos en busca de una nueva vida. Por nosotros trabajaron en condiciones infrahumanas y colonizaron el Oeste; soportaron el látigo y labraron la dura tierra. Por nosotros combatieron y murieron en lugares como Concord y Gettysburg, Normandía y Khe Sahn.
Una y otra vez, esos hombres y mujeres lucharon y se sacrificaron y trabajaron hasta tener las manos en carne viva, para que nosotros pudiéramos tener una vida mejor. Vieron que Estados Unidos era más grande que la suma de nuestras ambiciones individuales; más grande que todas las diferencias de origen, de riqueza, de partido.
Ése es el viaje que hoy continuamos. Seguimos siendo el país más próspero y poderoso de la Tierra. Nuestros trabajadores no son menos productivos que cuando comenzó esta crisis. Nuestras mentes no son menos imaginativas, nuestros bienes y servicios no son menos necesarios que la semana pasada, el mes pasado ni el año pasado. Nuestra capacidad no ha disminuido. Pero el periodo del inmovilismo, de proteger estrechos intereses y aplazar decisiones desagradables ha terminado; a partir de hoy, debemos levantarnos, sacudirnos el polvo y empezar a trabajar para reconstruir Estados Unidos.
Porque, miremos donde miremos, hay trabajo que hacer. El estado de la economía exige actuar con audacia y rapidez, y vamos a actuar; no sólo para crear nuevos puestos de trabajo, sino para sentar nuevas bases de crecimiento. Construiremos las carreteras y los puentes, las redes eléctricas y las líneas digitales que nutren nuestro comercio y nos unen a todos. Volveremos a situar la ciencia en el lugar que le corresponde y utilizaremos las maravillas de la tecnología para elevar la calidad de la atención sanitaria y rebajar sus costes. Aprovecharemos el sol, los vientos y la tierra para hacer funcionar nuestros coches y nuestras fábricas. Y transformaremos nuestras escuelas y nuestras universidades para que respondan a las necesidades de una nueva era. Podemos hacer todo eso. Y todo lo vamos a hacer.
Ya sé que hay quienes ponen en duda la dimensión de mis ambiciones, quienes sugieren que nuestro sistema no puede soportar demasiados grandes planes. Tienen mala memoria. Porque se han olvidado de lo que ya ha hecho este país; de lo que los hombres y mujeres libres pueden lograr cuando la imaginación se une a un propósito común y la necesidad al valor.
Lo que no entienden los escépticos es que el terreno que pisan ha cambiado, que las manidas discusiones políticas que nos han consumido durante tanto tiempo ya no sirven. La pregunta que nos hacemos hoy no es si nuestro gobierno interviene demasiado o demasiado poco, sino si sirve de algo: si ayuda a las familias a encontrar trabajo con un sueldo decente, una sanidad que puedan pagar, una jubilación digna. En los programas en los que la respuesta sea sí, seguiremos adelante. En los que la respuesta sea no, los programas se cancelarán. Y los que manejemos el dinero público tendremos que responder de ello -gastar con prudencia, cambiar malos hábitos y hacer nuestro trabajo a la luz del día-, porque sólo entonces podremos restablecer la crucial confianza entre el pueblo y su gobierno.
Tampoco nos planteamos si el mercado es una fuerza positiva o negativa. Su capacidad de generar riqueza y extender la libertad no tiene igual, pero esta crisis nos ha recordado que, sin un ojo atento, el mercado puede descontrolarse, y que un país no puede prosperar durante mucho tiempo cuando sólo favorece a los que ya son prósperos. El éxito de nuestra economía ha dependido siempre, no sólo del tamaño de nuestro producto interior bruto, sino del alcance de nuestra prosperidad; de nuestra capacidad de ofrecer oportunidades a todas las personas, no por caridad, sino porque es la vía más firme hacia nuestro bien común.
En cuanto a nuestra defensa común, rechazamos como falso que haya que elegir entre nuestra seguridad y nuestros ideales. Nuestros Padres Fundadores, enfrentados a peligros que apenas podemos imaginar, elaboraron una carta que garantizase el imperio de la ley y los derechos humanos, una carta que se ha perfeccionado con la sangre de generaciones. Esos ideales siguen iluminando el mundo, y no vamos a renunciar a ellos por conveniencia. Por eso, a todos los demás pueblos y gobiernos que hoy nos contemplan, desde las mayores capitales hasta la pequeña aldea en la que nació mi padre, os digo: sabed que Estados Unidos es amigo de todas las naciones y todos los hombres, mujeres y niños que buscan paz y dignidad, y que estamos dispuestos a asumir de nuevo el liderazgo.
Recordemos que generaciones anteriores se enfrentaron al fascismo y el comunismo no sólo con misiles y carros de combate, sino con alianzas sólidas y convicciones duraderas. Comprendieron que nuestro poder no puede protegernos por sí solo, ni nos da derecho a hacer lo que queramos. Al contrario, sabían que nuestro poder crece mediante su uso prudente; nuestra seguridad nace de la justicia de nuestra causa, la fuerza de nuestro ejemplo y la moderación que deriva de la humildad y la contención.
Somos los guardianes de este legado. Guiados otra vez por estos principios, podemos hacer frente a esas nuevas amenazas que exigen un esfuerzo aún mayor, más cooperación y más comprensión entre naciones. Empezaremos a dejar Irak, de manera responsable, en manos de su pueblo, y a forjar una merecida paz en Afganistán. Trabajaremos sin descanso con viejos amigos y antiguos enemigos para disminuir la amenaza nuclear y hacer retroceder el espectro del calentamiento del planeta. No pediremos perdón por nuestra forma de vida ni flaquearemos en su defensa, y a quienes pretendan conseguir sus objetivos provocando el terror y asesinando a inocentes les decimos que nuestro espíritu es más fuerte y no podéis romperlo; no duraréis más que nosotros, y os derrotaremos.
Porque sabemos que nuestra herencia multicolor es una ventaja, no una debilidad. Somos una nación de cristianos y musulmanes, judíos e hindúes, y no creyentes. Somos lo que somos por la influencia de todas las lenguas y todas las culturas de todos los rincones de la Tierra; y porque probamos el amargo sabor de la guerra civil y la segregación, y salimos de aquel oscuro capítulo más fuertes y más unidos, no tenemos más remedio que creer que los viejos odios desaparecerán algún día; que las líneas tribales pronto se disolverán; y que Estados Unidos debe desempeñar su papel y ayudar a iniciar una nueva era de paz.
Al mundo musulmán: buscamos un nuevo camino hacia adelante, basado en intereses mutuos y mutuo respeto. A esos líderes de todo el mundo que pretenden sembrar el conflicto o culpar de los males de su sociedad a Occidente: sabed que vuestro pueblo os juzgará por lo que seáis capaces de construir, no por lo que destruyáis. A quienes se aferran al poder mediante la corrupción y el engaño y acallando a los que disienten, tened claro que la historia no está de vuestra parte; pero estamos dispuestos a tender la mano si vosotros abrís el puño.
A los habitantes de los países pobres: nos comprometemos a trabajar a vuestro lado para conseguir que vuestras granjas florezcan y que fluyan aguas potables; para dar de comer a los cuerpos desnutridos y saciar las mentes sedientas. Y a esas naciones que, como la nuestra, disfrutan de una relativa riqueza, les decimos que no podemos seguir mostrando indiferencia ante el sufrimiento que existe más allá de nuestras fronteras, ni podemos consumir los recursos mundiales sin tener en cuenta las consecuencias. Porque el mundo ha cambiado, y nosotros debemos cambiar con él.
Mientras reflexionamos sobre el camino que nos espera, recordamos con humilde gratitud a esos valerosos estadounidenses que en este mismo instante patrullan desiertos lejanos y montañas remotas. Tienen cosas que decirnos, del mismo modo que los héroes caídos que yacen en Arlington nos susurran a través del tiempo. Les rendimos homenaje no sólo porque son guardianes de nuestra libertad, sino porque encarnan el espíritu de servicio, la voluntad de encontrar sentido en algo más grande que ellos mismos. Y sin embargo, en este momento -un momento que definirá a una generación-, ese espíritu es precisamente el que debe llenarnos a todos.
Porque, con todo lo que el gobierno puede y debe hacer, a la hora de la verdad, la fe y el empeño del pueblo norteamericano son el fundamento supremo sobre el que se apoya esta nación. La bondad de dar cobijo a un extraño cuando se rompen los diques, la generosidad de los trabajadores que prefieren reducir sus horas antes que ver cómo pierde su empleo un amigo: eso es lo que nos ayuda a sobrellevar los tiempos más difíciles. Es el valor del bombero que sube corriendo por una escalera llena de humo, pero también la voluntad de un padre de cuidar de su hijo; eso es lo que, al final, decide nuestro destino.
Nuestros retos pueden ser nuevos. Los instrumentos con los que los afrontamos pueden ser nuevos. Pero los valores de los que depende nuestro éxito -el esfuerzo y la honradez, el valor y el juego limpio, la tolerancia y la curiosidad, la lealtad y el patriotismo- son algo viejo. Son cosas reales. Han sido el callado motor de nuestro progreso a lo largo de la historia. Por eso, lo que se necesita es volver a estas verdades. Lo que se nos exige ahora es una nueva era de responsabilidad, un reconocimiento, por parte de cada estadounidense, de que tenemos obligaciones con nosotros mismos, nuestro país y el mundo; unas obligaciones que no aceptamos a regañadientes sino que asumimos de buen grado, con la firme convicción de que no existe nada tan satisfactorio para el espíritu, que defina tan bien nuestro carácter, como la entrega total a una tarea difícil.
Éste es el precio y la promesa de la ciudadanía. Ésta es la fuente de nuestra confianza; la seguridad de que Dios nos pide que dejemos huella en un destino incierto.
Éste es el significado de nuestra libertad y nuestro credo, por lo que hombres, mujeres y niños de todas las razas y todas las creencias pueden unirse en celebración en este grandioso Mall y por lo que un hombre a cuyo padre, no hace ni 60 años, quizá no le habrían atendido en un restaurante local, puede estar ahora aquí, ante vosotros, y prestar el juramento más sagrado.
Marquemos, pues, este día con el recuerdo de quiénes somos y cuánto camino hemos recorrido. En el año del nacimiento de Estados Unidos, en el mes más frío, un pequeño grupo de patriotas se encontraba apiñado en torno a unas cuantas hogueras mortecinas a orillas de un río helado. La capital estaba abandonada. El enemigo avanzaba. La nieve estaba manchada de sangre. En un momento en el que el resultado de nuestra revolución era completamente incierto, el padre de nuestra nación ordenó que leyeran estas palabras: “Que se cuente al mundo futuro… que en el más profundo invierno, cuando no podía sobrevivir nada más que la esperanza y la virtud… la ciudad y el campo, alarmados ante el peligro común, se apresuraron a hacerle frente”.
América. Ante nuestros peligros comunes, en este invierno de nuestras dificultades, recordemos estas palabras eternas. Con esperanza y virtud, afrontemos una vez más las corrientes heladas y soportemos las tormentas que puedan venir. Que los hijos de nuestros hijos puedan decir que, cuando se nos puso a prueba, nos negamos a permitir que se interrumpiera este viaje, no nos dimos la vuelta ni flaqueamos; y que, con la mirada puesta en el horizonte y la gracia de Dios con nosotros, seguimos llevando hacia adelante el gran don de la libertad y lo entregamos a salvo a las generaciones futuras.
Gracias, que Dios os bendiga, que Dios bendiga a América.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia
President Apostate?
Barack Obama has emerged as a classic example of charismatic leadership — a figure upon whom others project their own hopes and desires. The resulting emotional intensity adds greatly to the more conventional strengths of the well-organized Obama campaign, and it has certainly sufficed to overcome the formidable initial advantages of Senator Hillary Clinton.
One danger of such charisma, however, is that it can evoke unrealistic hopes of what a candidate could actually accomplish in office regardless of his own personal abilities. Case in point is the oft-made claim that an Obama presidency would be welcomed by the Muslim world.
This idea often goes hand in hand with the altogether more plausible argument that Mr. Obama’s election would raise America’s esteem in Africa — indeed, he already arouses much enthusiasm in his father’s native Kenya and to a degree elsewhere on the continent.
But it is a mistake to conflate his African identity with his Muslim heritage. Senator Obama is half African by birth and Africans can understandably identify with him. In Islam, however, there is no such thing as a half-Muslim. Like all monotheistic religions, Islam is an exclusive faith.
As the son of the Muslim father, Senator Obama was born a Muslim under Muslim law as it is universally understood. It makes no difference that, as Senator Obama has written, his father said he renounced his religion. Likewise, under Muslim law based on the Koran his mother’s Christian background is irrelevant.
Of course, as most Americans understand it, Senator Obama is not a Muslim. He chose to become a Christian, and indeed has written convincingly to explain how he arrived at his choice and how important his Christian faith is to him.
His conversion, however, was a crime in Muslim eyes; it is “irtidad” or “ridda,” usually translated from the Arabic as “apostasy,” but with connotations of rebellion and treason. Indeed, it is the worst of all crimes that a Muslim can commit, worse than murder (which the victim’s family may choose to forgive).
With few exceptions, the jurists of all Sunni and Shiite schools prescribe execution for all adults who leave the faith not under duress; the recommended punishment is beheading at the hands of a cleric, although in recent years there have been both stonings and hangings. (Some may point to cases in which lesser punishments were ordered — as with some Egyptian intellectuals who have been punished for writings that were construed as apostasy — but those were really instances of supposed heresy, not explicitly declared apostasy as in Senator Obama’s case.)
It is true that the criminal codes in most Muslim countries do not mandate execution for apostasy (although a law doing exactly that is pending before Iran’s Parliament and in two Malaysian states). But as a practical matter, in very few Islamic countries do the governments have sufficient authority to resist demands for the punishment of apostates at the hands of religious authorities.
For example, in Iran in 1994 the intervention of Pope John Paul II and others won a Christian convert a last-minute reprieve, but the man was abducted and killed shortly after his release. Likewise, in 2006 in Afghanistan, a Christian convert had to be declared insane to prevent his execution, and he was still forced to flee to Italy.
Because no government is likely to allow the prosecution of a President Obama — not even those of Iran and Saudi Arabia, the only two countries where Islamic religious courts dominate over secular law — another provision of Muslim law is perhaps more relevant: it prohibits punishment for any Muslim who kills any apostate, and effectively prohibits interference with such a killing.
At the very least, that would complicate the security planning of state visits by President Obama to Muslim countries, because the very act of protecting him would be sinful for Islamic security guards. More broadly, most citizens of the Islamic world would be horrified by the fact of Senator Obama’s conversion to Christianity once it became widely known — as it would, no doubt, should he win the White House. This would compromise the ability of governments in Muslim nations to cooperate with the United States in the fight against terrorism, as well as American efforts to export democracy and human rights abroad.
That an Obama presidency would cause such complications in our dealings with the Islamic world is not likely to be a major factor with American voters, and the implication is not that it should be. But of all the well-meaning desires projected on Senator Obama, the hope that he would decisively improve relations with the world’s Muslims is the least realistic.
>President Apostate?
>
Barack Obama has emerged as a classic example of charismatic leadership — a figure upon whom others project their own hopes and desires. The resulting emotional intensity adds greatly to the more conventional strengths of the well-organized Obama campaign, and it has certainly sufficed to overcome the formidable initial advantages of Senator Hillary Clinton.
One danger of such charisma, however, is that it can evoke unrealistic hopes of what a candidate could actually accomplish in office regardless of his own personal abilities. Case in point is the oft-made claim that an Obama presidency would be welcomed by the Muslim world.
This idea often goes hand in hand with the altogether more plausible argument that Mr. Obama’s election would raise America’s esteem in Africa — indeed, he already arouses much enthusiasm in his father’s native Kenya and to a degree elsewhere on the continent.
But it is a mistake to conflate his African identity with his Muslim heritage. Senator Obama is half African by birth and Africans can understandably identify with him. In Islam, however, there is no such thing as a half-Muslim. Like all monotheistic religions, Islam is an exclusive faith.
As the son of the Muslim father, Senator Obama was born a Muslim under Muslim law as it is universally understood. It makes no difference that, as Senator Obama has written, his father said he renounced his religion. Likewise, under Muslim law based on the Koran his mother’s Christian background is irrelevant.
Of course, as most Americans understand it, Senator Obama is not a Muslim. He chose to become a Christian, and indeed has written convincingly to explain how he arrived at his choice and how important his Christian faith is to him.
His conversion, however, was a crime in Muslim eyes; it is “irtidad” or “ridda,” usually translated from the Arabic as “apostasy,” but with connotations of rebellion and treason. Indeed, it is the worst of all crimes that a Muslim can commit, worse than murder (which the victim’s family may choose to forgive).
With few exceptions, the jurists of all Sunni and Shiite schools prescribe execution for all adults who leave the faith not under duress; the recommended punishment is beheading at the hands of a cleric, although in recent years there have been both stonings and hangings. (Some may point to cases in which lesser punishments were ordered — as with some Egyptian intellectuals who have been punished for writings that were construed as apostasy — but those were really instances of supposed heresy, not explicitly declared apostasy as in Senator Obama’s case.)
It is true that the criminal codes in most Muslim countries do not mandate execution for apostasy (although a law doing exactly that is pending before Iran’s Parliament and in two Malaysian states). But as a practical matter, in very few Islamic countries do the governments have sufficient authority to resist demands for the punishment of apostates at the hands of religious authorities.
For example, in Iran in 1994 the intervention of Pope John Paul II and others won a Christian convert a last-minute reprieve, but the man was abducted and killed shortly after his release. Likewise, in 2006 in Afghanistan, a Christian convert had to be declared insane to prevent his execution, and he was still forced to flee to Italy.
Because no government is likely to allow the prosecution of a President Obama — not even those of Iran and Saudi Arabia, the only two countries where Islamic religious courts dominate over secular law — another provision of Muslim law is perhaps more relevant: it prohibits punishment for any Muslim who kills any apostate, and effectively prohibits interference with such a killing.
At the very least, that would complicate the security planning of state visits by President Obama to Muslim countries, because the very act of protecting him would be sinful for Islamic security guards. More broadly, most citizens of the Islamic world would be horrified by the fact of Senator Obama’s conversion to Christianity once it became widely known — as it would, no doubt, should he win the White House. This would compromise the ability of governments in Muslim nations to cooperate with the United States in the fight against terrorism, as well as American efforts to export democracy and human rights abroad.
That an Obama presidency would cause such complications in our dealings with the Islamic world is not likely to be a major factor with American voters, and the implication is not that it should be. But of all the well-meaning desires projected on Senator Obama, the hope that he would decisively improve relations with the world’s Muslims is the least realistic.
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