>Encuentra, descarga y usa
>
Hace seis años escribía las siguientes líneas: Encuéntrame, descárgame y úsame. Déjate luego seducir y vuelve a mí una y otra vez. Yo por mi parte usaré mucho, mucho sentido común y trataré de sorprenderte cada día. Aunque no lo parezca, esto es la web de cada día. Como en cualquier medio de comunicación, también en la web debemos formular la siguiente pregunta: ¿Qué es más importante, la forma oel contenido? Por supuesto que el contenido, dirán ustedes, pero en realidad en la web esto no importa si no podemos acceder a él.
La web a finales del 2008 tenía más de 190 millones de sitios y en la práctica un número infinito de páginas, pues la mayoría son dinámicas y se generan en el momento en que la persona interactúa con la web. En esta inmensidad digital, los buscadores son el único medio para encontrar lo que queremos.
Sin embargo, en la web muchas veces tanto la forma como el contenido impiden encontrar y luego ver un sitio web. Es decir, un sitio tiene que estar en la web, lo que depende de muchos factores que tienen un orden causal, la mayoría producto de falta de sentido común, los que detallamos a continuación.
La web tiene un centro fuertemente conectado, en el cual podemos navegar desde un sitio a cualquier otro siguiendo los hiperenlaces. También existen muchísimas islas, sitios no conectados. Si nuestro sitio está en la región central, el buscador lo encontrará. Si no lo está, necesitamos registrarlo en el buscador. Sin embargo, no basta que el buscador lo encuentre, también debe poder descargar todo su contenido para poder indexarlo. Si lo que el buscador encuentra son sólo imágenes o código en lenguaje de programación, no siempre se podrá descargar su contenido. Por eso es importante usar HTML, el lenguaje estándar para describir una página web.
Cuando el buscador ha encontrado el sitio, entonces una persona recién podrá buscarlo. Para encontrarlo, el sitio debe tener las palabras que la gente usará en su búsqueda. Para ello, debemos conocer muy bien nuestro público objetivo. Sin embargo, esto no es suficiente. Como las personas sólo ven las primeras dos páginas de resultados en los buscadores, nuestro sitio tiene que estar en los primeros lugares del resultado (ranking).
El orden del resultado depende evidentemente de muchos factores, como los enlaces desde otros sitios, los títulos de las páginas, el texto, etcétera; y su fórmula exacta en cada buscador es un secreto para que este orden no pueda ser manipulado.
Pero como hay incentivos económicos para tener un mayor tráfico web, existen malas prácticas llamadas spam de web, que consisten en acciones que intentan modificar de manera no ética el orden del resultado, utilizando por ejemplo un texto con datos falsos o enlaces desde sitios web que no tienen un motivo válido. La reputación de un sitio web debe ser ganada de forma externa y su calidad intrínseca es al final de todo lo más importante.
La persona ha encontrado el sitio que quería, pero no sirve de nada si no puede verlo. La visibilidad depende del desempeño computacional de un sitio y de la calidad del enlace internet entre el sitio web y la persona que lo está usando. Incluso en el caso en que todo funcione correctamente, no es suficiente, pues la persona puede abandonar el sitio si la página no es compatible o tarda mucho en cargarse.
Por ello las páginas web tendrían que poder funcionar en cualquier sistema operativo y en cualquier navegador, ser accesibles para personas con discapacidades visuales y por supuesto ser livianas, siendo nuevamente HTML el mejor lenguaje que se puede usar.
Un último problema que puede ocurrir es cuando dibujar la página web es tan complicado, que, pese a que el navegador indica que ya ha descargado todo, aún no vemos la página. Así ocurre cuando se usan diseños complicados y monolíticos que no permiten desplegar la página poco a poco. Esto define la ubicuidad en la web tanto para buscadores como para personas, con sus dos componentes, la encontrabilidad o buscabilidad y la visibilidad.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
Fight Terror With YouTube
Al Qaeda made its name in blood and pixels, with deadly attacks and an avalanche of electronic news media. Recent news articles depict an online terrorist juggernaut that has defied the best efforts by the United States government to counter it. While these articles are themselves a testimony to Al Qaeda’s media savvy, they don’t tell the whole story.
When it comes to user-generated content and interactivity, Al Qaeda is now behind the curve. And the United States can help to keep it there by encouraging the growth of freer, more empowered online communities, especially in the Arab-Islamic world.
The genius of Al Qaeda was to combine real-world mayhem with virtual marketing. The group’s guerrilla media network supports a family of brands, from Al Qaeda in the Islamic Maghreb (in Algeria and Morocco) to the Islamic State of Iraq, through a daily stream of online media products that would make any corporation jealous.
A recent report I wrote for Radio Free Europe/Radio Liberty details this flow. In July 2007, for example, Al Qaeda released more than 450 statements, books, articles, magazines, audio recordings, short videos of attacks and longer films. These products reach the world through a network of quasi-official online production and distribution entities, like Al Sahab, which releases statements by Osama bin Laden.
But the Qaeda media nexus, as advanced as it is, is old hat. If Web 1.0 was about creating the snazziest official Web resources and Web 2.0 is about letting users run wild with self-created content and interactivity, Al Qaeda and its affiliates are stuck in 1.0.
In late 2006, with YouTube and Facebook growing rapidly, a position paper by a Qaeda-affiliated institute discouraged media jihadists from overly “exuberant” efforts on behalf of the group for fear of diluting its message.
This is probably sound advice, considering how Al Qaeda fares on YouTube. A recent list of the most viewed YouTube videos in Arabic about Al Qaeda included a rehash of an Islamic State of Iraq clip with sardonic commentary added and satirical verses about Al Qaeda by an Iraqi poet.
Statements by Mr. bin Laden and his chief deputy, Ayman al-Zawahri, that are posted to YouTube do draw comments aplenty. But the reactions, which range from praise to blanket condemnation, are a far cry from the invariably positive feedback Al Qaeda gets on moderated jihadist forums. And even Al Qaeda’s biggest YouTube hits attract at most a small fraction of the millions of views that clips of Arab pop stars rack up routinely.
Other Qaeda ventures into interactivity are equally unimpressive. Mr. Zawahri solicited online questions last December, but his answers didn’t appear until early April. That’s eons in Web time.
Even if security concerns dictated the delay, as Mr. Zawahri claimed, this is further evidence of the online obstacles facing the world’s most-wanted fugitives. Try to imagine Osama bin Laden managing his Facebook account, and you can see why full-scale social networking might not be Al Qaeda’s next frontier.
It’s also an indication of how a more interactive, empowered online community, particularly in the Arab-Islamic world, may prove to be Al Qaeda’s Achilles’ heel. Anonymity and accessibility, the hallmarks of Web 1.0, provided an ideal platform for Al Qaeda’s radical demagoguery. Social networking, the emerging hallmark of Web 2.0, can unite a fragmented silent majority and help it to find its voice in the face of thuggish opponents, whether they are repressive rulers or extremist Islamic movements.
Unfortunately, the authoritarian governments of the Middle East are doing their best to hobble Web 2.0. By blocking the Internet, they are leaving the field open to Al Qaeda and its recruiters. The American military’s statistics and jihadists’ own online postings show that among the most common countries of origin for foreign fighters in Iraq are Egypt, Libya, Saudi Arabia, Syria and Yemen. It’s no coincidence that Reporters Without Borders lists Egypt, Saudi Arabia and Syria as “Internet enemies,” and Libya and Yemen as countries where the Web is “under surveillance.” There is a simple lesson here: unfettered access to a free Internet is not merely a goal to which we should aspire on principle, but also a very practical means of countering Al Qaeda. As users increasingly make themselves heard, the ensuing chaos will not be to everyone’s liking, but it may shake the online edifice of Al Qaeda’s totalitarian ideology.
It would be premature to declare Al Qaeda’s marketing strategy hopelessly anachronistic. The group has shown remarkable resilience and will find ways to adapt to new trends.
But Al Qaeda’s online media network is also vulnerable to disruption. Technology-literate intelligence services that understand how the Qaeda media nexus works will do some of the job. The most damaging disruptions to the nexus, however, will come from millions of ordinary users in the communities that Al Qaeda aims for with its propaganda. We should do everything we can to empower them.
>Fight Terror With YouTube
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Al Qaeda made its name in blood and pixels, with deadly attacks and an avalanche of electronic news media. Recent news articles depict an online terrorist juggernaut that has defied the best efforts by the United States government to counter it. While these articles are themselves a testimony to Al Qaeda’s media savvy, they don’t tell the whole story.
When it comes to user-generated content and interactivity, Al Qaeda is now behind the curve. And the United States can help to keep it there by encouraging the growth of freer, more empowered online communities, especially in the Arab-Islamic world.
The genius of Al Qaeda was to combine real-world mayhem with virtual marketing. The group’s guerrilla media network supports a family of brands, from Al Qaeda in the Islamic Maghreb (in Algeria and Morocco) to the Islamic State of Iraq, through a daily stream of online media products that would make any corporation jealous.
A recent report I wrote for Radio Free Europe/Radio Liberty details this flow. In July 2007, for example, Al Qaeda released more than 450 statements, books, articles, magazines, audio recordings, short videos of attacks and longer films. These products reach the world through a network of quasi-official online production and distribution entities, like Al Sahab, which releases statements by Osama bin Laden.
But the Qaeda media nexus, as advanced as it is, is old hat. If Web 1.0 was about creating the snazziest official Web resources and Web 2.0 is about letting users run wild with self-created content and interactivity, Al Qaeda and its affiliates are stuck in 1.0.
In late 2006, with YouTube and Facebook growing rapidly, a position paper by a Qaeda-affiliated institute discouraged media jihadists from overly “exuberant” efforts on behalf of the group for fear of diluting its message.
This is probably sound advice, considering how Al Qaeda fares on YouTube. A recent list of the most viewed YouTube videos in Arabic about Al Qaeda included a rehash of an Islamic State of Iraq clip with sardonic commentary added and satirical verses about Al Qaeda by an Iraqi poet.
Statements by Mr. bin Laden and his chief deputy, Ayman al-Zawahri, that are posted to YouTube do draw comments aplenty. But the reactions, which range from praise to blanket condemnation, are a far cry from the invariably positive feedback Al Qaeda gets on moderated jihadist forums. And even Al Qaeda’s biggest YouTube hits attract at most a small fraction of the millions of views that clips of Arab pop stars rack up routinely.
Other Qaeda ventures into interactivity are equally unimpressive. Mr. Zawahri solicited online questions last December, but his answers didn’t appear until early April. That’s eons in Web time.
Even if security concerns dictated the delay, as Mr. Zawahri claimed, this is further evidence of the online obstacles facing the world’s most-wanted fugitives. Try to imagine Osama bin Laden managing his Facebook account, and you can see why full-scale social networking might not be Al Qaeda’s next frontier.
It’s also an indication of how a more interactive, empowered online community, particularly in the Arab-Islamic world, may prove to be Al Qaeda’s Achilles’ heel. Anonymity and accessibility, the hallmarks of Web 1.0, provided an ideal platform for Al Qaeda’s radical demagoguery. Social networking, the emerging hallmark of Web 2.0, can unite a fragmented silent majority and help it to find its voice in the face of thuggish opponents, whether they are repressive rulers or extremist Islamic movements.
Unfortunately, the authoritarian governments of the Middle East are doing their best to hobble Web 2.0. By blocking the Internet, they are leaving the field open to Al Qaeda and its recruiters. The American military’s statistics and jihadists’ own online postings show that among the most common countries of origin for foreign fighters in Iraq are Egypt, Libya, Saudi Arabia, Syria and Yemen. It’s no coincidence that Reporters Without Borders lists Egypt, Saudi Arabia and Syria as “Internet enemies,” and Libya and Yemen as countries where the Web is “under surveillance.” There is a simple lesson here: unfettered access to a free Internet is not merely a goal to which we should aspire on principle, but also a very practical means of countering Al Qaeda. As users increasingly make themselves heard, the ensuing chaos will not be to everyone’s liking, but it may shake the online edifice of Al Qaeda’s totalitarian ideology.
It would be premature to declare Al Qaeda’s marketing strategy hopelessly anachronistic. The group has shown remarkable resilience and will find ways to adapt to new trends.
But Al Qaeda’s online media network is also vulnerable to disruption. Technology-literate intelligence services that understand how the Qaeda media nexus works will do some of the job. The most damaging disruptions to the nexus, however, will come from millions of ordinary users in the communities that Al Qaeda aims for with its propaganda. We should do everything we can to empower them.
El espejo africano
Hace unos meses vi una película china que comienza con una travesía en una barca. Para matar el aburrimiento, unos pasajeros envían mensajes SMS y otros se leen la mano. Dos sistemas de comunicación coinciden en ese viaje: la telefonía satelital y la quiromancia. Los artificios de la tecnología se mezclan con lejanas formas de comportamiento.
¿Hasta dónde lo atávico coexiste con lo nuevo? Ciertos malentendidos aclaran la realidad, y uno de ellos me permitió un acercamiento insólito a internet. Me presentaron a un escritor negro que hablaba francés y había errado por varios países en busca de refugio. Como mi francés es deficiente, la conversación progresó entre lagunas de incomprensión. Creí entender que era un “autor de chat”. Me pareció interesante que las nuevas tecnologías determinaran su escritura. Me habló de la oralidad y el sentido tribal de la narración, la polifonía de voces que se mezclan en la página. Pensé que, en efecto, los usuarios conectados en la red representan una comunidad que reclama un testimonio múltiple, una fogata virtual donde los peregrinos cuentan sus historias.
EL ESCRITOR habló de las tradiciones de su país, que privilegian el relato colectivo. Como internet es un espacio deslocalizado, que reúne a gente dispersa, le pregunté si registraba testimonios francófonos ajenos al dominio africano. Entonces me miró como si yo fuera un alienígena y volvió a explicar todo desde el principio: ¡no era un autor de chat sino del Chad! La oralidad a la que se refería no era fruto de una nueva tecnología sino de una arraigada tradición. Me parece que, pese a todo, mi disparatada interpretación no estuvo tan lejos del sentido profundo de la red. La comunidad digital permite un regreso a formas ancestrales de comunicación gregaria.
Quienes pertenecemos a la primera generación que tuvo en sus manos computadoras personales, nos sentimos a veces como viajeros del tiempo. Nuestro entorno coincide con aparatos que desafían el entendimiento. Formados en culturas lentas –los tiempos en que había que esperar un año para que instalaran un teléfono–, tenemos ahora la desconcertante posibilidad de hacer contactos instantáneos.
¿Cómo lidiar con el asombro de lo nuevo? Una forma de apropiarnos de un invento raro consiste en atribuirle una vida que no le pertenece. A veces alguien le pone un apodo a su ordenador o se refiere a él como a una mascota. El episodio más curioso que presencié al respecto ocurrió durante un congreso de escritores donde un novelista se resistía a apartarse de su portátil. Lo llevaba al desayuno y a todas las sesiones. Supuse que temía perder alguna información supervaliosa, pero se trataba de algo más significativo. Cuando le tocó exponer, leyó directamente de la pantalla. Pidió disculpas por ese gesto y dijo con desarmante sinceridad: “Hace año y medio me separé de mi mujer; ahora el ordenador es mi pareja”. La confesión fue recibida con el respeto que suscitan los detalles íntimos que no queremos oír. Me conmovió la soledad de mi colega y la forma en que una prótesis informática le servía de compañía. ¿Qué podíamos hacer por él? Me hubiera encantado presentarle a una amiga. Como no estaba en condiciones de hacerlo, me sentí tentado a ofrecerle mi computadora para que al menos tuviera un affaire con ella.
Cuando eso sucedió, me sentí testigo de una obsesión ajena: ese colega humanizaba en exceso su computadora. Seguí viajando en compañía de mi G-4 hasta que, hace unas semanas, sufrió un accidente. Cayó al suelo, y cuando lo encendí en mi hotel, la pantalla mostró un diseño con edificios de translúcida modernidad. Pensé que se trataba de un mensaje promocional. Estas ideas (mejor dicho: estos disparates) revelan una relación irracional con la tecnología. Para empezar, no se trataba de edificios sino de barras de color, provocadas por el golpe que la pantalla había sufrido. Además, no podían haber entrado a mi computadora sin pasar por una conexión a internet. Mis fantasías negaban lo evidente: la computadora había expirado. Una diagonal negra atravesaba la pantalla: sangre de plasma. Sé que la expresión es incorrecta, pero es la única que me permite describir lo que pasó.
HABÍA USADO el teclado durante tantos años que las letras estaban borradas. Si alguien me preguntaba dónde se encontraba la e, no podía decirlo; sin embargo, mis dedos la activaban por su cuenta cuando debía escribirla.
Solo entonces entendí la soledad del colega que hace unos años me pareció un fetichista de los aparatos. Vi la pantalla como un espejo roto. ¿Me traería siete años de mala suerte?
Durante ocho años aquel objeto se había vuelto progresivamente íntimo y desconocido. Ni siquiera sabía dónde tenía las letras, pero podía seguirlas de manera intuitiva, como las líneas de mi mano.
Lo único que en verdad entendí de mi G-4 fue el peso de su ausencia. Cuando alguien muere pensamos de inmediato en lo que no alcanzamos a decirle.
Ahora estreno teclado con la sensación de remontarme a los comienzos de la especie. El desconcierto de la tecnología estimula supersticiones para vincular lo nuevo con el origen.
Cada nueva pantalla es un espejo africano.
>El espejo africano
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Hace unos meses vi una película china que comienza con una travesía en una barca. Para matar el aburrimiento, unos pasajeros envían mensajes SMS y otros se leen la mano. Dos sistemas de comunicación coinciden en ese viaje: la telefonía satelital y la quiromancia. Los artificios de la tecnología se mezclan con lejanas formas de comportamiento.
¿Hasta dónde lo atávico coexiste con lo nuevo? Ciertos malentendidos aclaran la realidad, y uno de ellos me permitió un acercamiento insólito a internet. Me presentaron a un escritor negro que hablaba francés y había errado por varios países en busca de refugio. Como mi francés es deficiente, la conversación progresó entre lagunas de incomprensión. Creí entender que era un “autor de chat”. Me pareció interesante que las nuevas tecnologías determinaran su escritura. Me habló de la oralidad y el sentido tribal de la narración, la polifonía de voces que se mezclan en la página. Pensé que, en efecto, los usuarios conectados en la red representan una comunidad que reclama un testimonio múltiple, una fogata virtual donde los peregrinos cuentan sus historias.
EL ESCRITOR habló de las tradiciones de su país, que privilegian el relato colectivo. Como internet es un espacio deslocalizado, que reúne a gente dispersa, le pregunté si registraba testimonios francófonos ajenos al dominio africano. Entonces me miró como si yo fuera un alienígena y volvió a explicar todo desde el principio: ¡no era un autor de chat sino del Chad! La oralidad a la que se refería no era fruto de una nueva tecnología sino de una arraigada tradición. Me parece que, pese a todo, mi disparatada interpretación no estuvo tan lejos del sentido profundo de la red. La comunidad digital permite un regreso a formas ancestrales de comunicación gregaria.
Quienes pertenecemos a la primera generación que tuvo en sus manos computadoras personales, nos sentimos a veces como viajeros del tiempo. Nuestro entorno coincide con aparatos que desafían el entendimiento. Formados en culturas lentas –los tiempos en que había que esperar un año para que instalaran un teléfono–, tenemos ahora la desconcertante posibilidad de hacer contactos instantáneos.
¿Cómo lidiar con el asombro de lo nuevo? Una forma de apropiarnos de un invento raro consiste en atribuirle una vida que no le pertenece. A veces alguien le pone un apodo a su ordenador o se refiere a él como a una mascota. El episodio más curioso que presencié al respecto ocurrió durante un congreso de escritores donde un novelista se resistía a apartarse de su portátil. Lo llevaba al desayuno y a todas las sesiones. Supuse que temía perder alguna información supervaliosa, pero se trataba de algo más significativo. Cuando le tocó exponer, leyó directamente de la pantalla. Pidió disculpas por ese gesto y dijo con desarmante sinceridad: “Hace año y medio me separé de mi mujer; ahora el ordenador es mi pareja”. La confesión fue recibida con el respeto que suscitan los detalles íntimos que no queremos oír. Me conmovió la soledad de mi colega y la forma en que una prótesis informática le servía de compañía. ¿Qué podíamos hacer por él? Me hubiera encantado presentarle a una amiga. Como no estaba en condiciones de hacerlo, me sentí tentado a ofrecerle mi computadora para que al menos tuviera un affaire con ella.
Cuando eso sucedió, me sentí testigo de una obsesión ajena: ese colega humanizaba en exceso su computadora. Seguí viajando en compañía de mi G-4 hasta que, hace unas semanas, sufrió un accidente. Cayó al suelo, y cuando lo encendí en mi hotel, la pantalla mostró un diseño con edificios de translúcida modernidad. Pensé que se trataba de un mensaje promocional. Estas ideas (mejor dicho: estos disparates) revelan una relación irracional con la tecnología. Para empezar, no se trataba de edificios sino de barras de color, provocadas por el golpe que la pantalla había sufrido. Además, no podían haber entrado a mi computadora sin pasar por una conexión a internet. Mis fantasías negaban lo evidente: la computadora había expirado. Una diagonal negra atravesaba la pantalla: sangre de plasma. Sé que la expresión es incorrecta, pero es la única que me permite describir lo que pasó.
HABÍA USADO el teclado durante tantos años que las letras estaban borradas. Si alguien me preguntaba dónde se encontraba la e, no podía decirlo; sin embargo, mis dedos la activaban por su cuenta cuando debía escribirla.
Solo entonces entendí la soledad del colega que hace unos años me pareció un fetichista de los aparatos. Vi la pantalla como un espejo roto. ¿Me traería siete años de mala suerte?
Durante ocho años aquel objeto se había vuelto progresivamente íntimo y desconocido. Ni siquiera sabía dónde tenía las letras, pero podía seguirlas de manera intuitiva, como las líneas de mi mano.
Lo único que en verdad entendí de mi G-4 fue el peso de su ausencia. Cuando alguien muere pensamos de inmediato en lo que no alcanzamos a decirle.
Ahora estreno teclado con la sensación de remontarme a los comienzos de la especie. El desconcierto de la tecnología estimula supersticiones para vincular lo nuevo con el origen.
Cada nueva pantalla es un espejo africano.
El asfalto, la Red y las aulas
Estas mismas páginas vieron publicado el pasado día 14 un excelente artículo de la rectora de la Universitat Oberta de Catalunya, Imma Tubella, con el título siguiente: Bajo el asfalto estaba la Red. El estudio de la rectora confirma estadísticamente lo que algunos venimos defendiendo por intuición y observación desde hace ya algunos años: el corte drástico que se ha producido entre dos generaciones -la analógica y la digital- con consecuencias que o vemos y aplicamos o volveremos a perder otra oportunidad, la mejor de la historia, para avanzar por un camino nuevo e inimaginable hace sólo una decena de años.
Ese artículo plasmaba las horas que un joven se pasa delante de la pantalla de un ordenador, los SMS que enviaba, los e-mails que contestaba o escribía, etcétera. Puesto que mi acuerdo es absoluto con su contenido y con la conclusión obtenida, escribo estas líneas para añadir algo que ayude a comprender aún más la realidad que nos inunda.
Esos jóvenes digitalizados pasan seis horas de cada día, casi la mitad del tiempo que no duermen, imbuidos de una cultura analógica en los centros educativos españoles, sean éstos de primaria, secundaria o universitarios. En su casa, en su ocio, digitales; en la escuela o en la universidad, analógicos. No hay nada más diferente que un hospital del Primer Mundo comparado con un hospital del Tercer Mundo, pero no hay nada más idéntico que una escuela del Primer Mundo comparada con una escuela del Tercer Mundo. Si pudiéramos resucitar a un cirujano del siglo XIX y lo pusiéramos inmediatamente en un quirófano de cualquiera de nuestros hospitales, con toda seguridad no sabría dónde se encontraba y con total certeza no se atrevería a realizar una intervención quirúrgica consistente en un trasplante de corazón; pero si la misma operación la realizáramos con un maestro de aquel siglo y lo introdujéramos en una de nuestras aulas escolares, sabría decir que está en un centro educativo y que estaría capacitado para empezar a impartir allí mismo sus clases magistrales. Sólo necesitaría su voz, su libro de texto, sus apuntes y su pizarra, es decir, como siempre, como ayer y como hoy. Y durante seis horas diarias ese profesor, y la inmensa mayoría, se enfrentan a un proceso educativo analógico teniendo delante de ellos a unos alumnos que nacieron en la era de la digitalización.
¿Qué está sucediendo? Que la educación española no está dirigida a la creatividad innovadora en el desarrollo e investigación de nuevas técnicas, tecnologías y productos, sino a la obtención de unos titulados tendentes a trabajar por cuenta ajena para la obtención de un beneficio comercial inmediato. Nosotros, por ejemplo, vendemos equipos y componentes para la red informática, incluso estamos en condiciones de realizar la instalación y puesta en marcha de esos equipos; pero la inteligencia que incorpora la tarjeta de red que transforma los impulsos eléctricos en datos la desarrollan en Estados Unidos, en Alemania, en Irlanda o en Finlandia.
En la nueva sociedad digital, que tan bien describe la señora Tubella, se impone la necesidad de dar un valor real a las personas más que a las cosas, como consecuencia del proceso de digitalización que vivimos, donde la materia prima fundamental es la inteligencia. Hay que invertir en las personas porque son las que con sus capacidades pueden hacer crecer lo que se propongan. Esto puede parecer obvio y por lo tanto desgraciadamente lo obviamos. Estamos en esta nueva sociedad y todavía tenemos sistemas demasiado tradicionales. Los sistemas contables siguen contado como “gasto social” a las personas y como “inversión” a las cosas. En consecuencia, los primeros gastos que recorta una empresa cuando afronta una crisis afectan a las personas y no a las cosas. Esto ya no debe ser así en esta nueva sociedad, es un reto que se debe solucionar. No se puede seguir anclados en los sistemas de la sociedad industrial, donde era mejor invertir en máquinas que agilizasen el proceso, antes que en personas que lo reinventasen. Hoy el valor de la nueva sociedad es el capital humano.
Esa sociedad, esa nueva sociedad, ya no se basa en los parámetros tradicionales de la era del vapor y de la sociedad industrial clásica. Así que tenemos la responsabilidad histórica de ir a otros sitios por otros caminos. Otros sitios donde el proceso no es lineal (compro un producto, lo transformo y lo vendo más caro de lo que lo compré), sino que es un proceso biológico; otros sitios donde cuenta la formación, la inteligencia, la imaginación, la osadía, el riesgo, la diversidad y la emoción. Ése es el nuevo sitio, ésos son los factores que definen al nuevo sitio, a la nueva sociedad. ¿Y quiénes reúnen esas características para acometer esa aventura? La respuesta son los jóvenes; ellos son los que tienen esas características (osadía, imaginación, formación, diversidad, capacidad, riesgo). Y con ellos nos debemos proponer hacer una revolución en España para llegar a un sitio nuevo, para llegar a la nueva sociedad. Tenemos millones de jóvenes en España con edades comprendidas entre los 16 y 35 y que están llamando a nuestra puerta esperando que esa sociedad nueva que ellos sí ven, porque la imaginan, se pueda abrir y puedan tener su oportunidad.
Nuestros jóvenes son tolerantes, solidarios, abiertos, flexibles a las diferencias culturales, generosos, tan inteligentes como cualquiera, responsables, trabajadores y con unas ansias enormes de vivir y de ser felices y con una predisposición enorme para asumir riesgos hasta límites que pudieran, a los que no lo somos ya, parecernos insensatos; jóvenes que hacen proyectos y que dicen: como no sabía que era imposible lo hice y lo logré. Jóvenes capaces de aprender y desaprender con facilidad. Ahí está el ejemplo del euro: los jóvenes aprendieron la peseta y desaprendieron rápidamente la peseta y aprendieron el euro; los mayores no fuimos capaces de desaprender nunca la peseta. Frente a nuestra cultura analógica los jóvenes de hoy día tienen una cultura digital, y sólo digital. Es innata en ellos su capacidad de experimentación. Asumen con facilidad el riesgo sin temor al fracaso, precisamente porque son jóvenes, porque tienen tiempo y están en edad de aprender y probar de nuevo una y otra vez. Están habituados a los cambios de la nueva sociedad y de la cultura digital: Internet, el euro, los teléfonos móviles, los ordenadores, etcétera, son sólo pasos que los asimilan con facilidad, a diferencia de las generaciones mayores. Para ellos el cambio constante y vertiginoso por el que circula la nueva sociedad no es una tragedia que los paralice, sino un paso más en su proceso de formación y de aprendizaje. Y, además, por si fuera poco, tienen la capacidad y la formación para provocar ellos mismos los cambios, no necesitan de nadie. Sólo necesitan que sus gobernantes, sus profesores, los banqueros, sus familias no aspiren a que hagan lo mismo que sus padres pero mejor, y que entiendan que su mundo digital es el único que pueden seguir para ir a sitios distintos y ganar el futuro nuevo y asequible para ellos.
>El asfalto, la Red y las aulas
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Estas mismas páginas vieron publicado el pasado día 14 un excelente artículo de la rectora de la Universitat Oberta de Catalunya, Imma Tubella, con el título siguiente: Bajo el asfalto estaba la Red. El estudio de la rectora confirma estadísticamente lo que algunos venimos defendiendo por intuición y observación desde hace ya algunos años: el corte drástico que se ha producido entre dos generaciones -la analógica y la digital- con consecuencias que o vemos y aplicamos o volveremos a perder otra oportunidad, la mejor de la historia, para avanzar por un camino nuevo e inimaginable hace sólo una decena de años.
Ese artículo plasmaba las horas que un joven se pasa delante de la pantalla de un ordenador, los SMS que enviaba, los e-mails que contestaba o escribía, etcétera. Puesto que mi acuerdo es absoluto con su contenido y con la conclusión obtenida, escribo estas líneas para añadir algo que ayude a comprender aún más la realidad que nos inunda.
Esos jóvenes digitalizados pasan seis horas de cada día, casi la mitad del tiempo que no duermen, imbuidos de una cultura analógica en los centros educativos españoles, sean éstos de primaria, secundaria o universitarios. En su casa, en su ocio, digitales; en la escuela o en la universidad, analógicos. No hay nada más diferente que un hospital del Primer Mundo comparado con un hospital del Tercer Mundo, pero no hay nada más idéntico que una escuela del Primer Mundo comparada con una escuela del Tercer Mundo. Si pudiéramos resucitar a un cirujano del siglo XIX y lo pusiéramos inmediatamente en un quirófano de cualquiera de nuestros hospitales, con toda seguridad no sabría dónde se encontraba y con total certeza no se atrevería a realizar una intervención quirúrgica consistente en un trasplante de corazón; pero si la misma operación la realizáramos con un maestro de aquel siglo y lo introdujéramos en una de nuestras aulas escolares, sabría decir que está en un centro educativo y que estaría capacitado para empezar a impartir allí mismo sus clases magistrales. Sólo necesitaría su voz, su libro de texto, sus apuntes y su pizarra, es decir, como siempre, como ayer y como hoy. Y durante seis horas diarias ese profesor, y la inmensa mayoría, se enfrentan a un proceso educativo analógico teniendo delante de ellos a unos alumnos que nacieron en la era de la digitalización.
¿Qué está sucediendo? Que la educación española no está dirigida a la creatividad innovadora en el desarrollo e investigación de nuevas técnicas, tecnologías y productos, sino a la obtención de unos titulados tendentes a trabajar por cuenta ajena para la obtención de un beneficio comercial inmediato. Nosotros, por ejemplo, vendemos equipos y componentes para la red informática, incluso estamos en condiciones de realizar la instalación y puesta en marcha de esos equipos; pero la inteligencia que incorpora la tarjeta de red que transforma los impulsos eléctricos en datos la desarrollan en Estados Unidos, en Alemania, en Irlanda o en Finlandia.
En la nueva sociedad digital, que tan bien describe la señora Tubella, se impone la necesidad de dar un valor real a las personas más que a las cosas, como consecuencia del proceso de digitalización que vivimos, donde la materia prima fundamental es la inteligencia. Hay que invertir en las personas porque son las que con sus capacidades pueden hacer crecer lo que se propongan. Esto puede parecer obvio y por lo tanto desgraciadamente lo obviamos. Estamos en esta nueva sociedad y todavía tenemos sistemas demasiado tradicionales. Los sistemas contables siguen contado como “gasto social” a las personas y como “inversión” a las cosas. En consecuencia, los primeros gastos que recorta una empresa cuando afronta una crisis afectan a las personas y no a las cosas. Esto ya no debe ser así en esta nueva sociedad, es un reto que se debe solucionar. No se puede seguir anclados en los sistemas de la sociedad industrial, donde era mejor invertir en máquinas que agilizasen el proceso, antes que en personas que lo reinventasen. Hoy el valor de la nueva sociedad es el capital humano.
Esa sociedad, esa nueva sociedad, ya no se basa en los parámetros tradicionales de la era del vapor y de la sociedad industrial clásica. Así que tenemos la responsabilidad histórica de ir a otros sitios por otros caminos. Otros sitios donde el proceso no es lineal (compro un producto, lo transformo y lo vendo más caro de lo que lo compré), sino que es un proceso biológico; otros sitios donde cuenta la formación, la inteligencia, la imaginación, la osadía, el riesgo, la diversidad y la emoción. Ése es el nuevo sitio, ésos son los factores que definen al nuevo sitio, a la nueva sociedad. ¿Y quiénes reúnen esas características para acometer esa aventura? La respuesta son los jóvenes; ellos son los que tienen esas características (osadía, imaginación, formación, diversidad, capacidad, riesgo). Y con ellos nos debemos proponer hacer una revolución en España para llegar a un sitio nuevo, para llegar a la nueva sociedad. Tenemos millones de jóvenes en España con edades comprendidas entre los 16 y 35 y que están llamando a nuestra puerta esperando que esa sociedad nueva que ellos sí ven, porque la imaginan, se pueda abrir y puedan tener su oportunidad.
Nuestros jóvenes son tolerantes, solidarios, abiertos, flexibles a las diferencias culturales, generosos, tan inteligentes como cualquiera, responsables, trabajadores y con unas ansias enormes de vivir y de ser felices y con una predisposición enorme para asumir riesgos hasta límites que pudieran, a los que no lo somos ya, parecernos insensatos; jóvenes que hacen proyectos y que dicen: como no sabía que era imposible lo hice y lo logré. Jóvenes capaces de aprender y desaprender con facilidad. Ahí está el ejemplo del euro: los jóvenes aprendieron la peseta y desaprendieron rápidamente la peseta y aprendieron el euro; los mayores no fuimos capaces de desaprender nunca la peseta. Frente a nuestra cultura analógica los jóvenes de hoy día tienen una cultura digital, y sólo digital. Es innata en ellos su capacidad de experimentación. Asumen con facilidad el riesgo sin temor al fracaso, precisamente porque son jóvenes, porque tienen tiempo y están en edad de aprender y probar de nuevo una y otra vez. Están habituados a los cambios de la nueva sociedad y de la cultura digital: Internet, el euro, los teléfonos móviles, los ordenadores, etcétera, son sólo pasos que los asimilan con facilidad, a diferencia de las generaciones mayores. Para ellos el cambio constante y vertiginoso por el que circula la nueva sociedad no es una tragedia que los paralice, sino un paso más en su proceso de formación y de aprendizaje. Y, además, por si fuera poco, tienen la capacidad y la formación para provocar ellos mismos los cambios, no necesitan de nadie. Sólo necesitan que sus gobernantes, sus profesores, los banqueros, sus familias no aspiren a que hagan lo mismo que sus padres pero mejor, y que entiendan que su mundo digital es el único que pueden seguir para ir a sitios distintos y ganar el futuro nuevo y asequible para ellos.
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