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>“Ay, Nicaragua, Nicaragüita”

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Por José Ignacio González Faus, teólogo (LA VANGUARDIA, 16/04/09):

Hoy, día 16 de abril, se presentarán en Barcelona las memorias de Fernando Cardenal, que en la edición nicaragüense se titulaban Sacerdote en la revolución. La edición española de Trotta ha cambiado ese título por Con mi pueblo y su revolución. Sugerí al autor que igual podía titularlas “Caperucita en zona roja”, plagiando al gran escritor salvadoreño Manlio Argueta. Pero Fernando ya dice de entrada que el lector no busque literatura, que esa se la deja a su hermano Ernesto.

La historia del protagonista es conocida. Jesuita y ministro de Educación del Gobierno sandinista de Nicaragua, hasta que la curia romana obligó al general de los jesuitas a expulsarlo de la orden. Caído el gobierno revolucionario, Fernando pidió volver a entrar en la compañía, hizo un nuevo noviciado en El Salvador y, hace pocos años, volvió a pronunciar sus votos definitivos.

Las memorias tienen páginas apasionantes sobre todo en sus comienzos, por la dosis de intriga que comporta la lucha clandestina contra cualquier dictadura brutal como la de Somoza. Las páginas que menos podrían interesar al lector español son aquellas en que evoca la muerte heroica de mil muchachos, desconocidos para nosotros, pero a los que Fernando quiere dedicar un sentido homenaje póstumo. Pero estas páginas dejan flotando una pregunta ineludible para cualquier lector: tamaño derroche de generosidad como el que hubo en la revolución nicaragüense ¿habrá sido inútil? Para mí, que tuve la suerte de andar por Nicaragua a mediados de los ochenta, en plena campaña de alfabetización, la pregunta es estremecedora.

Además, llaman la atención dos cosas en el relato del autor: todo arranca de una experiencia de la pobreza y de los pobres, tenida a los comienzos de su vida jesuítica, y que marcó el resto de sus días con un compromiso tal que, cuando se ve en el dilema de ser expulsado de la orden o dejar su cargo, y sabe que la decisión es enormemente oscura, la resuelve diciendo: “Si he de equivocarme, prefiero equivocarme con los pobres”. También sorprende el enorme respeto y capacidad de perdón con que está escrito el libro: ni una palabra dura, ni contra la institución eclesial que no le trató demasiado bien, ni siquiera contra Daniel Ortega, antiguo compañero de lucha, traidor sin paliativos de todos los ideales sandinistas por los que ambos habían luchado.

La evocación de estas memorias de un gran amigo me da ocasión de contar aquí una anécdota desconocida sobre la que durante tiempo he tenido una promesa de secreto, y que ahora puedo revelar al menos en parte. Afecta al episodio mundialmente conocido de la reprimenda pública de Juan Pablo II a Ernesto Cardenal, hermano de Fernando y también miembro del primer gobierno sandinista: la foto del dedo amenazador del Papa durante su primera visita a Nicaragua dio la vuelta al mundo. Fernando no estaba entonces en Nicaragua, pero su hermano le contó lo siguiente.

Había costado mucho conseguir el viaje del Papa a Nicaragua. El cardenal Casaroli era partidario, pero Wojtyla ponía como condición la salida del gobierno de los tres curas que formaban parte de él. La negociación avanzó hasta pedir que, al menos, no estuvieran presentes esos tres ministros en la recepción al Papa; pero el gobierno sandinista se negó a eso alegando que era una discriminación injusta. Al final se llegó al siguiente acuerdo: el Papa aterrizará y saludará sólo a los obispos nicaragüenses. El gobierno quedará a una prudente distancia como observador, y no será saludado por el Papa…

Pero siempre hay alguien más papista que el Papa y más sandinista que Sandino. Y he aquí que un alto cargo de la diplomacia nica, tras saludar el Papa a los obispos, fue a besarle las manos y a darle la más cordial bienvenida e, insensiblemente, acercó al Papa a donde estaban los miembros del gobierno. Para quienes están acostumbrados a volar desde Madrid o desde Barcelona será bueno aclarar que el aeropuerto de Managua, en cuanto sales de la pista de aterrizaje, apenas es como media cancha de tenis. El caso es que, sin casi saber cómo, el Papa se encontró frente a Daniel Ortega y no tuvo más remedio que darle la mano… y seguir así con el resto del gobierno, en contra de lo que se había pactado. Ernesto contaba con humor que en cuanto vio venir al Papa se preguntó: “Y ahora ¿qué hago?”. Y explica su decisión: “De chico me decían que al Papa hay que hincarle rodilla. Pues le hincaré la rodilla”. Cabe pensar que Wojtyla anduvo pensando algo parecido: ahora dirán que el Papa bendice a los curas metidos en política (y en política de izquierdas) y eso es intolerable. Y procuró reaccionar de manera que su rechazo quedase bien claro. La foto de esa reacción dio la vuelta al mundo. Otra anécdota sobre la opinión posterior de Wojtyla a propósito de este incidente ya no estoy autorizado a revelarla.

Volviendo a la pregunta que deja el libro: ¿fue inútil una generosidad tan grande? ¿Da eso razón de la posmodernidad desengañada de nuestra juventud? Fernando cree que no, que la juventud responde siempre cuando encuentra dos cosas: ideales válidos y coherencia en quien los proclama. A lo mejor esto segundo es que nos ha faltado.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

abril 17, 2009 Publicado por | Nicaragua | Dejar un comentario

>El martirio interior de Cardenal

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Por JAVIER LAFUENTE – Madrid – (El País.com, 01/03/2009)

No debe ser fácil elegir el momento más feliz de una vida cuando se tienen 84 años. Ernesto Cardenal, poeta, sacerdote, revolucionario, y ahora también represaliado por algunos de los que un día fueron sus amigos, tiene muy claro que el sueño del que nunca quiso despertar ocurrió el 19 de julio de 1979 con el triunfo de la revolución sandinista. Tres décadas después, no queda resquicio alguno de aquellos momentos y la situación política de Nicaragua es lo más parecido a una pesadilla de la que Cardenal no consigue deshacerse.

Su libertad la ha ido coartando Daniel Ortega desde que en 1994 se desligara del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) por la deriva autoritaria que empezaba a tomar el hoy presidente nicaragüense. Criticado y vilipendiado junto a quienes como él no han querido seguir el camino marcado por el sandinismo oficialista -los escritores Sergio Ramírez, Gioconda Belli y un largo etcétera-, con Cardenal han ido más allá. “Tengo libertad para todo menos para decir en público lo que pienso”, se lamenta el poeta octogenario, de carácter tosco, un tanto huraño. Se siente violento al hablar de Ortega; trata de cortar en seco cualquier pregunta sobre él, como si estuviese a punto de explotar ante la imposibilidad de expresarse abiertamente.

Motivos le sobran al autor de La revolución perdida. Una de las últimas veces que criticó en público la situación política de su país fue el pasado verano. Acusó a Ortega de “ladrón”, durante su visita a Paraguay con motivo de la toma de posesión del presidente Fernando Lugo. El líder nicaragüense no acudió por supuestos problemas con su avión, aunque los movimientos feministas le habían declarado la guerra por la acusación de violación a su hijastra Zoilamérica Narváez.

Acto seguido, en agosto de 2008, Cardenal fue condenado a pagar una multa de 20.000 córdobas (unos 700 euros) por injuriar al empresario alemán Inmanuel Zerger, un delito del que había sido absuelto en 2005, por una disputa de tierras en el archipiélago de Solentiname, donde el poeta fundó una comunidad casi monástica en 1965 -lo hizo con los cinco mil dólares que ganó del Premio Nacional Rubén Darío- en la que enseñó a escribir y a leer a decenas de campesinos. El juez Daniel Rojas, próximo a Daniel Ortega, fue quien reabrió el caso. El abogado de Zerger es el mismo que en 1998 defendió a Ortega cuando fue acusado por Zoilamérica. Cardenal no aceptó la condena por “injusta” e “ilegal”. Sus bienes, escasos, pues durante años donó casi todo lo que recibía a la lucha sandinista, han sido embargados.

El sacerdote conoce perfectamente al presidente nicaragüense, pero se niega a dar su versión de cómo ha llegado a convertirse en el caudillo que es hoy. Ya no. No puede. No quiere. “Era muy diferente. No entendemos el cambio que ha tenido”, es lo único que se atreve a decir, en plural, porque sabe que no es el único que así piensa. Inmediatamente, como si se arrepintiese de lo anterior, puntualiza: “Pero yo no tengo libertad para hablar del Gobierno de Nicaragua por las represalias que se me han hecho siempre que he hablado. Tenemos una dictadura y no puedo decir más. Tengo que callarme”.

Consciente o no de ello, el silencio de Cardenal transmite mucho más que toda la verborrea que pueda lanzar contra su otrora compañero de lucha. ¿Tiene miedo? “Cuando Franco estaba vivo no se podía vivir en España, salir al extranjero, decir verdades y volver. Yo estoy en esa situación”, responde con una sinceridad y rotundidad a la que poco hay que añadir.

A pesar de todo, el escritor, que esta semana ha recibido en Madrid el homenaje de la Casa de América, siempre se ha mantenido firme. En ningún caso se arrepiente de lo que dijo en Paraguay. “Tenía la obligación de hacerlo, callarse hubiese sido pecado”.

Dicen los que le conocen que Cardenal es una persona que se engrandece más y lo han engrandecido más al atacarlo. Al escuchar este comentario es de las pocas veces en toda la charla que hace una mueca, lo más parecido a una sonrisa. Es momentáneo. “Es posible que así sea, pero no me gusta este tipo de engrandecimiento, no me gusta que me ataquen”, se sincera.

A punto de cumplirse 30 años del derrocamiento del dictador Anastasio Somoza, Cardenal rememora cómo se unió al sandinismo. “Fue un consejo de mi mentor [el monje trapense] Thomas Merton que la vida contemplativa no debía ser indiferente a los problemas sociales y políticos. Mucho menos en América Latina, donde había dictaduras militares. El contemplativo, me decía, tiene que interesarse por los problemas de su pueblo. Eso hizo que yo me interesara por todo aquello, aunque siempre había tenido una vocación de rebeldía política”. Algunos de los muchachos de su comunidad participaron en la lucha armada y murieron. “Su ausencia era terrible, terrible, terrible. Algunos caían presos y no supimos que habían sido asesinados hasta que no triunfó la revolución. Tenías la esperanza de que estuvieran vivos en alguna cárcel. Pero no era así”.

No se arrepiente “en absoluto” de haber sido partícipe de aquella revolución. “Para mí fue muy bella, la apoyé de todo corazón”. Y ahora, ¿sigue creyendo que la lucha armada es legítima? “El papa Pablo VI dijo que la revolución armada era legítima contra una dictadura evidente y prolongada. Ahora mismo eso no ocurre en América Latina. Hay medios de comunicación, partidos políticos, denuncia cívica. No hay por qué echarse al monte”.

Consolidada la revolución, siendo Cardenal ministro de Cultura, en 1983, sucedió uno de los episodios más sonados en su vida política: el momento en el que Juan Pablo II, a su llegada a Managua, le regañó en público. “Me dijo: ‘usted debe regularizar su situación’, pero de una forma muy imponente, ruda. Como yo no quise responder, lo volvió a repetir”. No le importó tanto. Él prefiere recordar la visita del Pontífice por la tormentosa misa que celebró en Managua. “Él llegó para derrocar la revolución. Nicaragua era un país católico, con un Gobierno de izquierdas, de orientación marxista, pero apoyado por los cristianos y los sacerdotes. Llegó a hablar en contra de la revolución ante 700.000 personas, la tercera parte del país, para que le aplaudieran, le apoyaran y cayera la revolución. Pero el pueblo se rebeló y le faltó el respeto. La gente gritaba ‘¡poder popular! ¡poder popular!’ y el Papa ‘¡silencio!”, enfatiza.

Muchos fueron los logros de la revolución para uno de los máximos exponentes de la Teología de la Liberación: “El derrocamiento de la dictadura; después, la transformación del país, donde se hizo un trabajo verdaderamente voluntario, como fue la vacunación de todos los niños o la alfabetización. Estas cosas sólo son posibles en una revolución”.

Su país, que en su opinión necesita otra revolución, al igual que el resto del mundo, dejó de ser un referente hace años. ¿A qué se debe ese desencanto por Nicaragua? Ernesto Cardenal, ahora sí, no lo duda, lo dice de una tacada, sin pensárselo dos veces. Quizá por eso lo hace: “A la pérdida de la revolución y la traición que los que ahora gobiernan Nicaragua hicieron de ella. Allí no hay nada de izquierda, nada de revolución, nada de sandinismo. Lo que hay es nada más corrupción y dictadura. Una dictadura fascista, familiar, de Daniel Ortega, su mujer y sus hijos”.

febrero 28, 2009 Publicado por | Nicaragua, reportaje | Dejar un comentario

>Con los ojos abiertos

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Por Sergio Ramírez, escritor y ex vicepresidente del Gobierno de Nicaragua (EL PAÍS, 20/02/09):

Este año se cumple el 75 aniversario del asesinato de Sandino, ocurrido el 21 de febrero de 1934. Tenía 39 años de edad, con lo que entró en el panteón de los héroes que mueren jóvenes, siendo un requisito de la leyenda la muerte en plena juventud. Eran los años de su juventud madura, o de su juventud pletórica. Y esto de que el héroe, para serlo de verdad, no puede traspasar el umbral que lleva hacia la vejez, y así hacia el deterioro físico, y no pocas veces mental, lo deja claro Joseph Campbell, quien apunta con lucidez clásica cuáles son las etapas que se deben cumplir para trascender en la memoria, y quedarse para siempre como arquetipo del heroísmo. Primero, la purificación, a la usanza de los caballeros andantes, paso que el mismo don Quijote da al velar toda la noche sus armas en el patio de la primera posada en que para, antes de seguir por los caminos a cumplir sus hazañas; luego, la entrega total, a brazo partido, a la causa que mueve al héroe; y por último, la muerte temprana. Lo demás, queda para el mito que construirán las venideras generaciones, una especie de resurrección permanente. Y a todo este proceso, ¿cómo llamarlo sino la pasión, a la manera en que los evangelios entienden el término pasión? Pasión y muerte.

Treinta y tres años tenía Eva Perón cuando murió, y si hubiera terminado sus días en la vejez, seguramente el mito se habría derrumbado, carcomido por la polilla de los años, como a lo mejor se hubiera derrumbado también el del Che Guevara si no cae en combate a los 39, exactamente la edad de Sandino a la hora de su propio sacrificio.

¿Quién puede imaginar a Sandino a los 70, o al Che a los 80, desgastados por la edad y por la acción implacable de los años que arrastran cambios de escenarios y circunstancias, y acumulan la cauda de errores, debilidades y fracasos que son la piel de la longevidad? Morir joven es el privilegio de los amados de los dioses, y la pena de los dioses es no morirse nunca, recuerda Rubén en el Coloquio de los Centauros.

Quedan en el catálogo de Joseph Campbell quienes mueren a traición tras haber cumplido su hazaña en defensa de la soberanía nacional de un pequeño país, como Sandino, o empuñando el fusil ya sin esperanzas, como el Che en Bolivia, o en una cama de hospital, como Eva Perón, amada por las masas y desfigurada por la agonía; pero también entran en ese catálogo Marilyn Monroe, la empleadita de tienda que llegó a ser estrella de cine, tal como la ensalza Ernesto Cardenal en su poema, o James Dean, el héroe de la rebeldía sin causa de los años cincuenta, o John Lennon, asesinado por un fanático. Por eso es que están juntos en las tiendas que venden souvenirs con sus efigies: Marilyn Monroe, o John Lennon, o el Che Guevara, no importa, ya todos son estrellas pop. Son la leyenda entre los jóvenes, porque eran jóvenes a la hora de su muerte.

Pero de manera esencial, está de por medio la rebeldía en el camino marcado hacia el heroísmo. Durante sus vidas cambiaron algo en la sustancia de su tiempo, se rebelaron contra algún tipo de conducta establecida, fijaron para siempre su imagen en base al rigor de una hazaña, o de un puñado de hazañas, que los llevaron a la eternidad esquiva, no importa que luego sean convertidos en símbolos comerciales, afiches, camisetas, amuletos, marcas, o que se hagan películas y se escriban libros sobre ellos. Todo esto del culto comercial podríamos verlo más bien como consecuencia de la heroicidad, ese consenso que se transmite de generación en generación, esa chispa mágica sin la que ningún aparato publicitario que se empeñara en mantener viva una figura podría sobrevivir.

Sandino, que peleó a la cabeza de un puñado de hombres humildes, artesanos y campesinos iletrados, para expulsar a las fuerzas de ocupación de la Marina de Guerra de los Estados Unidos entre 1927 y 1933, seis años de una dura guerra desigual, David contra Goliat, está en ese panteón de los héroes que murieron jóvenes, sacrificados por su ideal de rebeldía, pero no brilla su nombre en las marquesinas mundiales como debería, olvidado por unos, tergiversado por otros. Pero no le falta ninguno de los requisitos del heroísmo de los elegidos de los dioses.

Dejó su vida común de trabajador petrolero en México para regresar a Nicaragua al llamado de esa voz que desde los cielos reclama a los héroes entrar a cumplir su destino, cuando Nicaragua fue invadida por las tropas extranjeras. Veló sus armas una noche triste en el cerro del Común, en absoluta soledad, preguntándose si debía emprender la lucha contra un ejército mil veces más grande en poderío que su pobre columna de 30 hombres mal comidos y peor armados, y la voz de los cielos le respondió que sí, porque “el hombre que de su patria no exige más que un palmo de tierra para su sepultura, merece ser oído, y no sólo ser oído, sino también ser creído”. Palabras simples pero cargadas de verdad. Y cuando las palabras simples están cargadas de verdad, es que surge la poesía.

Y tras seis años de combates, deshaciendo entuertos, emboscando malandrines y descabezando marionetas, al salir el último soldado de las tropas de ocupación entregó sus armas como caballero andante que siempre fue, fiel a sus promesas, y entonces, el peor de todos esos malandrines contra los que había luchado, Anastasio Somoza, que empezaba a consolidar el poder de medio siglo que heredaría más tarde a sus hijos, mandó emboscarlo y ordenó asesinarlo. En las historias de los héroes hay siempre un verdugo. El héroe y el rufián.

Si pequeña es la patria uno grande la sueña, alza la voz Rubén en un recóndito extremo del paisaje natal. No hay patria pequeña a la hora de defenderla, responde Sandino desde otro confín oscuro del mismo paisaje en el que las fantasmagorías del vicio político se repiten sin fin, miasmas de un pantano que parece inagotable, y donde deambulan las quimeras lanceadas en el costado por los malandrines.

Un sueño siempre interrumpido por las peores pesadillas. Pero el héroe joven siempre vigila, es su oficio para siempre, porque la inmortalidad consiste en eso, en dormir con los ojos juveniles abiertos.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

febrero 22, 2009 Publicado por | Nicaragua | Dejar un comentario

>"Daniel Ortega entiende Nicaragua como si fuera su finca"

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Por ANTÍA CASTEDO – Madrid – (El País.com, 03/02/2009)

Gilles Bataillon, director de estudios de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París, y uno de los grandes expertos en sandinismo, confiesa que se decepcionó “muy pronto” con la revolución contra el dictador Anastasio Somoza en 1979, y que Daniel Ortega, presidente del país en la actualidad (también lo fue en el período 1985-1990) y jefe de esa revolución, “no tiene nada de democrático”. Su único mérito, opina Bataillon, fue “aceptar su derrota electoral en 1990″, lo que significó la llegada al poder de Violeta Chamorro. Ortega entiende Nicaragua “como si fuera su finca”, al igual que el ex presidente Arnaldo Alemán, de la Alianza Partido Liberal Constitucionalista (APLC), procesado por la justicia por delitos de corrupción. “Son dos rivales políticos que se parecen muchísimo”, afirma el sociólogo francés, cuyo libro, Génesis de las Luchas Intestinas en América Central (1960-1983), acaba de publicar la editorial Fondo de Cultura Económica en España. Esta tarde, Bataillon ha dado una conferencia en la Casa de América de Madrid bajo el título Nicaragua: momento crítico.

Pregunta. El título de su conferencia es Nicaragua: momento crítico. ¿Cuál es la situación en Nicaragua?

Respuesta. Ortega llega al poder en 2006 a través de un pacto con Arnoldo Alemán (presidente en el período 1997-2001) para cambiar la ley electoral, lo que le permitió vetar una segunda ronda en la que la oposición podría haberse unido y haberle plantado cara al partido de Ortega, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSNL). A cambio, Ortega daba protección a Alemán [condenado a 20 años de cárcel en 2003 por blanqueo de dinero y saqueo de 250 millones de dólares -unos 160 millones de euros- de las arcas del Estado] para no ir a la cárcel y cumplir un arresto domiciliario. Además, Alemán apoyaba a Ortega en el Parlamento para que nunca se le retire la inmunidad parlamentaria que lo protege de las acusaciones de su hijastra, Zoiloamérica Narváez, por haber sido violada repetidamente por Ortega. ¡Y fue la misma juez la que condenó a Alemán y la que cerró el caso contra Ortega por violar a su hijastra! Ortega y Alemán son dos rivales políticos que se parecen muchísimo.

El segundo momento de este pacto fue el fraude que cometió el FSNL en las elecciones municipales de noviembre de 2008. Unas elecciones plagadas de irregularidades que la Corte Suprema de Justicia y el Consejo Supremo Electoral han declarado válidas, con el apoyo del APLC. A cambio, Alemán ha quedado libre de toda acusación, es más, su caso se ha cerrado. Ahora queda aprobar el cambio constitucional que permita la reelección indefinida del presidente.

P. Pero esas elecciones las denunció toda la oposición, incluso los liberales.

R. Sí, el que más se benefició del pacto fue Alemán, pero hubo liberales de su partido muy perjudicados por el fraude, políticos que perdieron alcaldías que habían ganado o que podían haber ganado si no se hubieran falsificado o robado las papeletas.

P. Entre ellos, Eduardo Montealegre, [opositor del APLC contra Ortega en 1996] candidato a la alcaldía de la capital, Managua.

R. Montealegre es el político liberal que más se opone a la alianza entre Arnoldo Alemán y Daniel Ortega porque cree que es perjudicial para el partido y para su país. Es de los pocos liberales que tuvo la valentía de desafiar a Alemán.

P. ¿Y lo hizo por convicción democrática, por sus propios intereses, o por una combinación de ambos?

R. No conozco tan bien su figura, pero siempre intervienen motivos personales y de ambición, lo mismo ocurre en el Partido Socialista Francés, no creo que sea diferente en Nicaragua. Los dos grandes caudillos de la política nicaragüense [Ortega y Alemán] no tienen nada de democrático, salvo el gesto de Ortega de aceptar su derrota en las elecciones de 1990 contra Violeta Chamorro. Ortega entiende Nicaragua como si fuera su finca. Pero la sociedad nicaragüense tiene nuevas expectativas democráticas, y la mejor prueba de esto para mí es Montealegre, así como las protestas tanto del lado sandinista como de los liberales y conservadores contra el fraude electoral y el pacto. Otra prueba clarísima es la emergencia del Movimiento Renovador Sandinista (MRS), fundado a iniciativa del escritor Sergio Ramírez [vicepresidente de Nicaragua entre 1984 y 1990], Dora María Téllez y otros opositores internos al FSLN, o Gioconda Belli, que abogan por opciones socialdemócratas y critican duramente el régimen de Ortega.

P. ¿Qué relevancia tiene el apoyo del presidente venezolano, Hugo Chávez, a Ortega?

R. El sueño dorado de Chávez es ser el líder de la revolución bolivariana en el continente, bajo la tutela inevitable de Fidel Castro, pero cuando muera Fidel bajo su tutela exclusiva. Pero la alianza de Chávez con Ortega es una alianza cara para Venezuela, y Ortega es el aliado más difícil que tiene Chávez en la región, el niño malcriado. Esto es un desastre para Chávez, a quien lo que le interesa es asegurar su permanencia en el poder, y a pesar de todas las declaraciones que puede hacer de amistad con Ortega, Chávez practica la realpolitik.

P. Pero los fondos venezolanos fluyen en Nicaragua.

R. A pesar de eso, Ortega ha sido incapaz de controlar el aumento de los precios de los productos de la canasta básica, o de hacer que bajase el precio del petróleo cuando lo hizo en todo el mundo. El dinero que invierte a través de los Consejos del Poder Ciudadano [organismos paraestatales coordinados por la primera dama, Rosario Murillo], no ha mejorado ni la educación pública, ni la escuela pública, ni las carreteras. Sólo hay mejoras de tipo clientelar gracias a la ayuda de Chávez que, por cierto, no aparece en los presupuestos, y es una de las críticas de la oposición, que se fiscalice la ayuda de la cooperación venezolana, dónde va, cómo se utiliza.

P. ¿Cuál es la situación de la prensa?

R. La libertad de prensa está amenazada a través de actos de intimidación, como lo que ocurrió en septiembre contra el periodista independiente Carlos Fernando Chamorro, al que incluso acusaron de narcotráfico. Si al final retrocedieron en este caso es porque hubo mucho apoyo internacional, de gente como Mario Vargas Llosa o Carlos Fuentes, que obligó a Ortega a rectificar.

P. ¿Considera entonces relevante el papel de la comunidad internacional?

R. Importantísimo. Por ejemplo, los diarios en español, como EL PAÍS, tienen una función de vigilancia esencial. La desgracia de Ortega o Alemán es que no viven en Kazajstán, sino en Nicaragua, América Latina, y cualquier cosa que hacen o dicen llega a la opinión pública. El papel de la prensa me parece fundamental.

febrero 4, 2009 Publicado por | entrevista, Nicaragua | Dejar un comentario

>Dictadores con alas

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Por Sergio Ramírez, escritor. Fue vicepresidente del Gobierno de Nicaragua en los años ochenta (EL PAÍS, 12/01/09):

Los dictadores, salvadores de la patria, presidentes perpetuos y líderes inmarcesibles de los países más pobres del mundo, tienen por lujo preferido los aviones privados. Quizás esta afición no es más que el paradigma de una vieja regla, aquella de que el cielo de las ostentaciones, adornado de nubes irisadas, se halla siempre colocado, de manera conveniente, muy lejos del infierno terrenal de la miseria. Sobre las capitales desprovistas de todo, sus edificios gubernamentales decrépitos, sus mercados hacinados y sus baldíos, se alzan en majestuoso vuelo las ultramodernas naves gigantes compradas de fábrica, llevando a los elegidos de la providencia y a sus séquitos íntimos y a sus familias, hijos, nietos, no importa que sean niños de pecho, tíos, hermanos, suegras, primos lejanos, para que prueben el vértigo dulce de las verdaderas alturas del poder.

El Sha de Irán, pionero de estos gustos, disponía de una flota familiar de aviones Boeing equipados como hoteles de seis estrellas, que tenían las palanganas y las manijas de los lavabos hechos de oro puro; cuadros de Degas y Picasso colgaban en los paneles divisorios, y los pisos se hallaban cubiertos de alfombras persas hechas a mano, de esas que costaba la vida entera de una persona terminarlas, o la vida de varias generaciones. Hoy en día firmas como Gucci o Balenciaga se ocupan de diseñar y decorar por entero el interior de esos aviones oficiales, desde las camas a los retretes.

Derrocado el Sha hace muchos años, su ejemplo no sólo perdura, sino que se multiplica. El dictador de Guinea Ecuatorial, Teodoro Obiang, estrenó en 1995 un Boeing BBJ con camas de agua y luces de cabaret, y el presidente Umaru Yar’Ardua de Nigeria posee un Boeing 737-700 equipado con salones de recepción, dormitorios, un gimnasio, y un comedor con un chef francés siempre a bordo. La lista se extiende, como se extienden los abismos de la mendicidad y desamparo en los países que gobiernan.

El poder que vuela con alas de titanio y fibra de carbono. La miseria no es la misma a ras de tierra, sin agua corriente ni electricidad, con las aguas negras corriendo sobre las calles sin pavimento, que a 35.000 pies de altura, la alfombra mágica a propulsión a chorro volando sobre un suave colchón de espumosas nubes. A Ibiza, o Montecarlo, desde Malabo o desde Lagos. Desde Caracas o desde Managua, hasta Trípoli o Teherán.

Nursultán Narzalbayev, que sin ningún empacho pasó de ser líder supremo de Kazajistán bajo el régimen soviético, a presidente perpetuo bajo las nuevas reglas capitalistas, vuela en un Boeing 767 de 146 millones de euros. Mientras más altura se alcanza, más emperador se es. No le pesan las alas, como tampoco le pesan a su par Kurbanguly Berdymukhamedov, presidente de Turkmenistán, que tiene otro Boeing 767, pero que también vuela alto en tierra: su retrato está impreso en los billetes de banco, y aun en las etiquetas de las botellas de vodka, y se le puede ver a tamaño monumental en todas las avenidas y plazas, vigilante celoso de la paz y el sueño de sus conciudadanos.

El presidente de Egipto, Hosni Mubarak, faraón de faraones, utiliza un Airbus A-340, su pirámide voladora. Su vecino Muammar el Gaddafi, limpiado ahora de toda culpa por sus antiguos enemigos occidentales, prefiere también para sus viajes celestiales un Airbus A-340, que cuesta otros 146 millones de euros que no son nada, más arenas tiene el desierto donde se alzan las torres de sus pozos de petróleo.

Subir a los cielos en un avión de lujo, a su disposición todo el tiempo, tampoco es nada para el presidente Hugo Chávez, quien acumula horas de vuelo por el mundo, porque tiene una misión redentora que cumplir, cualquiera que sea la parte del globo donde se le requiera, y así va de Kuwait a Pekín, a Moscú, a La Habana, a Caracas, a La Paz, a Brasilia, a veces a Managua, a bordo de su flamante Airbus A-319-ACJ de 51 millones de euros, acondicionado a su gusto.

Pero hay magnates de magnates, y la cobija de oro no ajusta para todos; hay alas, y hay alitas, como en el cielo, donde las tienen grandes los arcángeles, y chiquitas los serafines. De esta manera, uno que no tiene avión, pero lo alquila cada vez que viaja al extranjero, es el presidente de Nicaragua, el comandante Daniel Ortega, porque tiene por regla no subir jamás a ninguno de línea comercial.

Y no alquila un avión de pocas plazas, como podría creerse, sino uno de gran envergadura: a veces un Boeing 707 matriculado en Mali, África, con capacidad para 150 pasajeros; y a veces un Boeing 737 a la compañía Global Air. Costo de renta por hora de vuelo: casi 3.000 euros. (El 50% de la población de Nicaragua vive con menos de 1 dólar al día, según las Naciones Unidas).

Los asientos son llenados cada vez por hijos, nietos, niñeras, novias y novios de sus hijos, que según los boletines oficiales cumplen funciones útiles a Nicaragua. “No van a divertirse a las discotecas, sino a trabajar”, explica el propio presidente. El alquiler del avión, se alega, además, no le cuesta nada al Estado de Nicaragua, lo paga el Gobierno de Venezuela con los fondos del ALBA (la Alianza Bolivariana de las Américas), con lo que, de ser así, el pecado del lujo para uno de los ilustres militantes del socialismo del siglo XXI, vendría a quedar perdonado por la propia conciencia. No pago, no peco.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

enero 15, 2009 Publicado por | dictaduras, Nicaragua | Dejar un comentario

>¿Fraude en las elecciones de Nicaragua?

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Por Benjamín Forcano, sacerdote y teólogo (EL PAÍS, 10/12/08):

El pasado mes de noviembre se celebraron las elecciones municipales en Nicaragua. Los grandes medios de comunicación informaron de ellas, pero asumiendo casi todos que esas elecciones las había ganado el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) de forma fraudulenta. Quienes, desde su triunfo en 1979 hasta el día de hoy, seguimos la revolución sandinista y la evolución de Nicaragua, nos hemos debatido entre la perplejidad y la pena, pues a ambos lados del conflicto teníamos amigos que, en la época primera de la revolución, habían luchado juntos. El tiempo pasado y una criba ponderada de la información recibida nos permiten llegar a ciertas conclusiones.

Las elecciones municipales fueron convertidas por la oposición en un plebiscito para quitar de la escena política a Daniel Ortega. “Todos contra Ortega” era el lema y ése, creo, fue un error de perspectiva. Los partidos opositores, sus ideólogos y sus medios de comunicación se obsesionaron con su triunfo a tal punto que dieron como un hecho que si no ganaban era porque se había dado un fraude. Pero las elecciones no eran para aprobar o desaprobar la persona y el Gobierno de Ortega, que no es todo el partido sandinista. Eran para medir la eficacia en los gobiernos municipales y, en ese campo, la exitosa gestión de las alcaldías del FSLN, desde hace ocho años, le daban una ventaja sustantiva sobre el PLC y la derecha. Por eso, la campaña “Todos contra Ortega” fracasó, no convenció ni tuvo los resultados esperados por la oposición.

El Consejo Supremo Electoral (CSE) aceptó revisar el proceso electoral, verificando acta por acta, con la presencia y firma de cuatro partidos: Alianza Liberal Nicaragüense, Partido Resistencia Nicaragüense, FSLN y Alternativa por el Cambio. A esta convocatoria tan decisiva no se presentó el PLC, no obstante ser el único partido que había exigido la revisión de las actas.

Pero para entender la situación de Nicaragua es necesario recordar los hechos que han acontecido desde la derrota electoral del FSLN en 1990. Entonces, después de su inesperada y traumática derrota electoral, el Gobierno sandinista traspasó el poder a la alianza antisandinista patrocinada por Estados Unidos. Con el poder, el sandinismo entregó más de 300 empresas públicas -entre ellas complejos industriales, ingenios azucareros, proyectos lecheros, línea aérea, flota pesquera, un ferrocarril-, que era el mayor patrimonio nacional jamás recibido por un Gobierno en la historia del país. En 1993 no quedaba ni patrimonio ni empresas. El Gobierno de Violeta Chamorro había vendido a precio de saldo absolutamente todo en una rapiña obscena que desmanteló Nicaragua. Hubo corrupción en la primera etapa del FSLN, cierto, pero ésta fue ridícula comparada con el festínque luego se dio la derecha en sus 16 años de gobiernos.

El FSLN no escapó a la crisis tras la derrota. Entre 1990 y 1991 desde las bases del partido surgió un movimiento de renovación espontáneo, pero desorganizado, que pedía responsabilidades y relevos. La dirección sandinista, a la que ya pertenecía Sergio Ramírez, paró en seco el movimiento, lo cual no impide que, en 1994, Sergio Ramírez constituyera su propia corriente y propusiera que el FSLN girara a la socialdemocracia, sustituyera a Daniel Ortega y nominara a Ramírez candidato presidencial en 1996.

Al final, la asamblea sandinista apoyó la línea de izquierda y a Daniel Ortega y le ratificó como líder y candidato a la presidencia. Sergio Ramírez reaccionó abandonando el FSLN y creando su propio partido, el Movimiento de Renovación Sandinista (MRS).

En 1996 las encuestas marcan un ascenso creciente del FSLN. Las votaciones, en octubre, se dan entre inmensas irregularidades, que se hacen más escandalosas a medida que pasan las horas. El FSLN denuncia el inmenso fraude, pero Estados Unidos, la Unión Europea y la Organización de Estados Americanos (OEA) le fuerzan a aceptar los resultados. Nadie, en el exterior, se hace eco de las protestas sandinistas. Al FSLN le dejan, oficialmente, un 38% de votos y 36 diputados en la Asamblea Nacional, por 42 diputados de la Alianza Liberal. Al contrario que doña Violeta Chamorro, Arnoldo Alemán recibe un Estado vacío y vaciado, sin empresas ni recursos que privatizar. Por eso debe meter mano directamente en los recursos del Estado, en un ambiente de corrupción general, con el país como botín.

En 1999 sucede uno de los episodios más polémicos del FSLN y Daniel Ortega: el pacto con el PLC. La sola idea de pactar con un Gobierno tan desacreditado produce rechazos vehementes en el sandinismo y el MRS condena el acuerdo FSLN-PLC para reformar la Constitución. Pese a ello, en las elecciones municipales del 2000 el FSLN se alza como ganador principal. Vence en Managua, con Herty Lewittes de candidato, y en 11 de las 17 cabeceras departamentales, con lo que gobernará al 60% de la población.

Las presidenciales de 2001 las perderá de nuevo el FSLN ante el bloque antisandinista. Las elecciones clave son las municipales de 2004, en las que el FSLN obtiene sus mejores resultados desde 1984. Al fin, en 2006, el FSLN gana las elecciones presidenciales, con casi el 39% de votos, frente al 28% de la ALN y el 15% del PLC.

En enero de 2007, el FSLN recibe un país en coma, que resumen unos pocos datos. La abandonada producción energética nacional provocaba apagones diarios, de hasta 14 horas de duración. Un sector salud postrado había convertido a los hospitales en cámaras mortuorias. El analfabetismo (12% en 1990) era del 22%. No había banco de desarrollo que financiara a pequeños y medianos productores, y el hambre abatía extensas zonas del país. Gracias al apoyo de distintos gobiernos, como los de Venezuela y Cuba, en menos de un año se pone fin a los apagones y en menos de dos años se ha llevado agua potable a 217.000 personas y, aplicando el programa “Yo Sí Puedo”, se ha reducido el analfabetismo al 13%. La tasa de mortalidad materna ha pasado del 90,4 en 2006 a 22,1 por cada mil nacidos vivos. El esfuerzo del Gobierno debía tener efectos.

Las elecciones municipales de este 2008 se han dado en un ambiente de profunda lucha ideológica entre el sandinismo y sus detractores. En un proceso vertiginoso de cambios de chaqueta y afiliaciones, Eduardo Montealegre se arregla con Alemán y sale candidato a alcalde de Managua por el desacreditado PLC. ALC y PLC pasan a competir por los mismos votos. Para sorpresa de todos, el MRS pide votar al PLC.

Los resultados de estas elecciones municipales han confirmado el ascenso constante del FSLN desde 1996 y, especialmente, desde 2004. Pese a sus protestas, el PLC no ha podido probar el presunto fraude.

También debe desmentirse la información de que no había observadores internacionales. A Nicaragua llegaron como observadores delegados de los tribunales electorales de América Latina, de los países miembros del Protocolo de Quito y de los países signatarios del Protocolo de Tikal, así como observadores del Tribunal Electoral de México.

No fueron unas elecciones perfectas, pero comparadas con las de 1996, cuyos resultados le fueron impuestos bajo coerción al FSLN, las elecciones municipales de 2008 fueron cristalinas como las que más.

Fuente: Bitácora AlmendrónTribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

diciembre 11, 2008 Publicado por | elecciones, Nicaragua | Dejar un comentario

>Nicaragua: de revolución a farsa

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Por Gioconda Belli, escritora nicaragüense (EL PAÍS, 26/11/08):

Para defender los fraudulentos resultados de las recientes elecciones municipales del 9 de noviembre en Nicaragua, Daniel Ortega no encontró mejor salida que instaurar la anarquía en varios sitios del país. Para acallar las protestas de la población al conocerse las evidencias del fraude, mandó a sus seguidores para que impidieran con lluvias de piedras y amenazas de palos que ésta se manifestara.

Para quienes siguieron de cerca la Revolución Sandinista en los años 80, resulta difícil entender lo que sucede. Figuras emblemáticas de aquellos años, como Ernesto Cardenal, Dora María Téllez, Sergio Ramírez, han denunciado que en el país se está gestando otra dictadura. A menudo, he comprobado el desconcierto de quienes apoyaron con su solidaridad lo que semejaba entonces una gesta de David contra Goliat. Preguntan sorprendidos: ¿qué le ha pasado a Daniel Ortega? ¿Cómo fue que cambió tanto? Confieso que me da un poco de vergüenza responderles. Para muchos de los que formamos parte de aquella masa intrépida que derrocó a la tiranía somocista el 19 de julio de 1979, los bandazos y arbitrariedades de Ortega eran un secreto a voces que guardábamos en casa. Atribuíamos ese comportamiento a su falta de experiencia, al poco don de gentes de su inescrutable personalidad, al impacto psicológico de los siete años que pasó en la cárcel. Lo aclamábamos en medio del fervor idealista, pero en la intimidad criticábamos su constante necesidad de ser desafiante sin medir las consecuencias. Nuestro consuelo era saber que, aunque el mundo lo considerara el líder de la revolución, en realidad él era solamente uno más.

La dirección del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) y del Gobierno revolucionario era colectiva y varios de los nueve hombres que conformaban el directorio eran personas capaces e ilustradas cuya autoridad era un contrapeso a la peculiar manera del presidente de hacer política. Recuerdo incluso una conversación que sostuve, antes del triunfo de la revolución nicaragüense, con Fidel Castro. Cuando le reclamé su aparente preferencia por la facción dirigida por los hermanos Ortega, Humberto y Daniel -el FSLN se encontraba dividido entonces en tres grupos-, Fidel me contestó diciendo que precisamente porque las ideas y la disposición de los Ortega era menos predecible, él consideraba que no podía dejarlos solos. No sé qué pensará Fidel ahora.

La supremacía de Daniel Ortega entre aquel grupo de primus inter pares fue asentándose gracias, en gran medida, al poder indiscutible que la llamada Guerra de la Contra, confirió a su hermano, Humberto, el comandante en jefe del Ejército Popular Sandinista. Más astuto que Daniel, su habilidad para salirse con la suya a cualquier costo le había ganado el sobrenombre dePuñal. Durante los 10 años que duró la Revolución, Humberto Ortega fue inclinando el fiel de la balanza a favor de su hermano hasta asignarle un protagonismo que justificaba con el argumento de que la autoridad de un presidente confería institucionalidad a la revolución. Ni él mismo, creo, imaginó lo aventajado que resultaría su hermano como aprendiz de sus mañas.

Paradójicamente, la hora más alta de Daniel Ortega no sobrevino en ninguno de sus momentos de triunfo, sino ante la inesperada derrota del FSLN en las elecciones de 1990, las más vigiladas en la historia del país. En el discurso en que concedió la victoria a su contrincante, Violeta Chamorro, destacó la trascendencia de aceptar la voluntad popular, aun cuando la guerra financiada por Ronald Reagan, hubiese puesto al pueblo de Nicaragua a votar con una pistola en la sien. No quedó ojo seco entre quienes lo escuchaban, fuera por tristeza o por alivio. Al día siguiente, sin embargo, Ortega cambió su tono conciliador y ante una azorada multitud prometió “gobernar desde abajo”.

El debate sobre lo que esto significaba para un FSLN en la oposición fue el origen de la primera gran fractura interna del sandinismo. Ortega y tras él las disciplinadas estructuras partidarias reclamaban que jamás renunciarían al derecho a ejercer la violencia “revolucionaria”, que hacerlo era traicionar al pueblo. La otra posición planteaba que el partido debía adaptarse a las nuevas condiciones del mundo. La caída del bloque socialista demostraba el fracaso de la “dictadura del proletariado”. El país requería una izquierda moderna que descartara la violencia como método de resolver diferencias y se apuntara con brío a radicalizar la democracia y abogar por los intereses populares respetando la diversidad y las leyes.

Las acusaciones de los sectores más dogmáticos contra quienes sosteníamos estas ideas no se hicieron esperar. A los disidentes se nos endilgaron adjetivos que iban desde cobardes hasta traidores. Daniel Ortega dirigió la embestida y se erigió como el único capaz de preservar la amenazada unidad. Renovó así el discurso de confrontación de los años 80, esta vez contra los miembros de su propio partido. Mientras tanto, en la práctica, él y otros dirigentes como Bayardo Arce y Tomás Borge, se encargaban de asegurar la supervivencia económica del FSLN y de ellos mismos, distribuyendo propiedades del Estado y otros recursos y acumulando fortunas personales.

La llamada piñata sandinista fue vergonzosa. Si bien la propiedad de la tierra fue legalizada a las cooperativas, en un acto de democratización del área propiedad del pueblo compuesta por los bienes confiscados a Somoza y la dictadura, cuadros sandinistas alertados sobre el valor de estas tierras, las compraron a los cooperados y pasaron a ser dueños, entre otras cosas, de las anchas costas del Pacífico nicaragüense que hoy son vendidas a inversores europeos y norteamericanos por millones de dólares. La piñata causó nuevas deserciones en el interior del FSLN por desacuerdos éticos, pero generó, al mismo tiempo, complicidades estrechas ya no basadas en ideales y sueños, sino en negocios o en el mutuo encubrimiento. El FSLN se apropió de emisoras de radio y equipos de televisión. Fundó un banco y formó empresas usando los nombres de cuadros leales que también se enriquecieron.

Esta incursión en el mundo de los negocios no impidió, sin embargo, que continuara el discurso populista. Y fue este divorcio entre el discurso y la práctica lo que, en 1999, le permitió pactar la división del país con el entonces presidente y jefe máximo del Partido Liberal Constitucionalista, Arnoldo Alemán. Acusado de corrupción, Alemán se encontraba en una posición de debilidad. Para asegurar su supervivencia política aceptó el pacto con Ortega. Se amplió el número de magistrados y miembros de la Corte Suprema, del Consejo Electoral, de la Contraloría, de la Asamblea Nacional para incluir a los sandinistas y se inició un cogobierno. Eventualmente, Ortega le arrancó a Alemán la concesión clave: bajar el porcentaje de votos necesario para ser electo presidente de un 45% a un 35%.

Hecho esto, Ortega escenificó el regreso del hijo pródigo a los brazos de la Iglesia católica, a quien atribuía una influencia decisiva en sus previas derrotas electorales. Empezó a visitar a su antiguo némesis, el cardenal Miguel Obando y Bravo. Poco después, éste ofició la misa en que el líder sandinista se casó por la iglesia con su compañera de vida, Rosario Murillo (cuya hija lo acusó en 2003 de abuso sexual desde los 11 años), y sus discursos se llenaron de frases bíblicas y alabanzas a Dios. Como ofrenda final, Ortega apoyó la revocación de una disposición constitucional del siglo XIX que autorizaba la interrupción del embarazo si hacía peligrar la vida de la madre.

Tras tres intentos fallidos, el tozudo comandante logró coronar su ambición de regresar a la presidencia el 10 de enero de 2006, al alcanzar una votación del 38%. Su actitud desde entonces y en las recientes elecciones municipales parece indicar que esta vez no está dispuesto a jugarse el poder más que en simulacros democráticos cuyos resultados le favorezcan.

Mientras escribo esto, la carretera de acceso a mi casa está cortada por grupos de choque orteguistas. Apostados allí, intentan impedir que medios y diplomáticos lleguen a una iglesia donde Eduardo Montealegre, el candidato a alcalde de Managua por la oposición, mostrará las actas de votación que demuestran el fraude perpetrado en su contra. Aparentemente, para salirse con la suya, Daniel Ortega también está dispuesto a incendiar el país. Lo mismo hizo Somoza en 1979. El revolucionario se ha convertido en su propia antítesis.

Fuente: Bitácora AlmendrónTribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

noviembre 26, 2008 Publicado por | Nicaragua | Dejar un comentario

>Unas elecciones municipales cruciales en Nicaragua

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Por Jorge Salaverry, consultor internacional y ex embajador de Nicaragua en España (REAL INSTITUTO ELCANO, 23/10/08):

Tema: Nicaragua celebra elecciones municipales en noviembre de este año. Participan cinco partidos, pero la contienda real está planteada entre los candidatos del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN, partido de gobierno) y los de la Alianza Partido Liberal Constitucionalista (PLC).

Resumen: Daniel Ortega fue elegido presidente por segunda vez en noviembre de 2006, con un escaso 38% de los votos, lo que no le ha impedido desde entonces ir revirtiendo los avances democráticos que a lo largo de tres gobiernos se alcanzaron tras perder el poder en las elecciones de 1990.

Los espacios para expresarse cívicamente se están cerrando a paso acelerado. Cada vez son mayores y más frecuentes los ataques de Ortega a los medios de comunicación independientes y a las ONG no controladas por el gobierno. En las últimas semanas el sandinismo ha impedido de forma violenta, y con la actitud complaciente de la Policía Nacional, manifestaciones pacíficas de repudio al gobierno.

Como las próximas elecciones generales no se celebrarán hasta finales de 2011, los opositores pretenden que estas elecciones municipales de noviembre se conviertan en una manifestación de rechazo a Ortega, algo que, por su propia naturaleza, es muy difícil de lograr, porque en estos comicios los electores votan pensando no en el presidente de la República, sino en quién puede ser el mejor alcalde para su ayuntamiento. Sólo si ganara el liberal Eduardo Montealegre en la capital, Managua, que concentra más del 30% de todos los electores, se podría extrapolar el resultado a nivel nacional, ya que Montealegre es percibido como un candidato de proyección nacional al haber competido con Ortega por la presidencia en 2006.

Un problema con el que hay que vivir en estas elecciones es la desconfianza en la imparcialidad del Consejo Supremo Electoral. Esa desconfianza se acentúa ante la negativa del Consejo, a día de hoy, de acreditar a observadores nacionales e internacionales independientes.

Análisis: El 9 de noviembre los nicaragüenses volverán a las urnas para elegir a 146 alcaldes de los 153 existentes (los otros siete serán elegidos a principios de 2009). Estas elecciones, cuya importancia en circunstancias normales no debería de trascender los límites de cada municipalidad, han sido convertidas por los políticos y los medios de comunicación en un tema de trascendencia nacional, al considerar que sus resultados servirán para determinar si el mandato de Daniel Ortega como presidente de la República tiene o no aceptación popular. Ortega, presidente de Nicaragua en la década de 1980, fue elegido por segunda vez en las elecciones generales de noviembre de 2006 con sólo el 37,99% de los votos. Esto fue posible debido a la combinación de dos elementos: una reforma constitucional del año 2000 que redujo del 45% al 35% el porcentaje mínimo para ser elegido en primera vuelta y, sobre todo, la división del liberalismo que, en vez de ir unido como en ocasiones anteriores, se fraccionó y presentó dos candidatos.

El liberalismo ha demostrado ser la fuerza política mayoritaria de Nicaragua. En las elecciones de 1996 el candidato liberal, Arnoldo Alemán, obtuvo el 51,03% de los votos y derrotó a Ortega, con el 37,75%. En las siguientes elecciones generales de 2001, Ortega volvió a ser derrotado por otro liberal, Enrique Bolaños, que obtuvo el 56,30% contra el 42,30%. En las elecciones de 2006, Ortega logró la victoria pese a haber obtenido un porcentaje de votos inferior al de 2001, cuando perdió.

En 2006 el liberalismo volvió a demostrar que es la ideología política preferida por los nicaragüenses cuando se trata de elegir presidente. Los dos candidatos liberales sumaron el 55,41% de los votos (28,30% de la Alianza Liberal Nicaragüense ALN, Eduardo Montealegre, y 27,11% del Partido Liberal Constitucionalista PLC, José Rizo Castellón) en tanto Daniel Ortega sólo obtuvo el 37,99%. Si el liberalismo no se hubiese dividido, el sandinismo, aún con la reforma constitucional mencionada, no estaría hoy en el poder.

Partidos que participan
Cinco partidos participarán en estas elecciones: Alianza Partido Liberal Constitucionalista (PLC, liberal), Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN, gubernamental), Alternativa por el Cambio (AC); Alianza Liberal Nicaragüense (ALN) y Partido Resistencia Nicaragüense (PRN). Se prevé que la contienda real en la mayoría de los municipios sea entre la Alianza PLC y el FSLN. Los otros tres partidos son débiles y se espera que logren resultados marginales.

El sandinismo gobernante, a través del control que ejerce sobre el Consejo Supremo Electoral (CSE), ha logrado conformar un panorama electoral favorable a sus intereses. En junio de 2008, el CSE le quitó la personalidad jurídica al Movimiento Renovador Sandinista (MRS) para que el FSLN quedara como único partido sandinista en la papeleta electoral (en el mismo acto suprimió también la personalidad jurídica del centenario Partido Conservador). Previamente había ya privado a Eduardo Montealegre de la representación legal de la ALN, para entregársela al diputado Eliseo Núñez Hernández. Su hijo, el también diputado Eliseo Núñez Morales, lo ha denunciado como un “tonto útil” en manos del sandinismo.

Las maniobras del Consejo, no obstante, han tenido dos consecuencias no deseadas por el oficialismo. En primer lugar, hicieron que Eduardo Montealegre se uniera con la otra facción liberal para ser el candidato de la Alianza PLC a la alcaldía de Managua, y también que el MRS llamara a sus partidarios a votar “en contra” de los candidatos del FSLN, lo que tácitamente es un llamamiento a sus miembros y electores a votar en favor de los candidatos de la Alianza PLC, único verdadero contendiente del FSLN.

Resultados de elecciones municipales anteriores
A partir de una reforma de la Ley Electoral, en 2000 se estableció que las elecciones municipales se llevarían a cabo cada cuatro años. Las generales son cada cinco. Ese año, cuando Arnoldo Alemán llevaba cuatro años en el poder y sólo le faltaba uno para concluir su mandato, hubo unas elecciones municipales en las que el liberalismo ganó 94 de las 151 alcaldías existentes. El FSLN obtuvo 52, pero consiguió quitarle la alcaldía de la capital al gobernante PLC. El Partido Conservador –hoy desaparecido por disposición del CSE– ganó en cinco municipios.

En las elecciones municipales de 2004 los resultados fueron distintos. El PLC pasó de 94 alcaldías a 57, mientras el FSLN pasó de 52 a 87, incluyendo 14 cabeceras departamentales (equivalentes a capitales de provincia) y reteniendo la capital, Managua. En las elecciones que se avecinan, el FSLN espera no sólo renovar mandato en las alcaldías que ya gestiona sino también aumentar unas cuantas. Confía en que lo podrá lograr como consecuencia de las obras que sus alcaldes han hecho en estos 22 meses en los que el gobierno central los ha favorecido con una asignación casi exclusiva de los recursos provenientes de la abundante cooperación venezolana. La Alianza PLC, por su parte, aspira a arrebatarle al FSLN algunos municipios, especialmente la joya de la corona, la alcaldía de Managua, en la actualidad en manos del sandinista Dionisio Marenco.

La lucha por Managua
Managua, la capital de Nicaragua, concentra más del 30% del electorado nacional. Como sede del gobierno central es también el municipio de mayor importancia política. A pesar de que hay cinco aspirantes a la alcaldía, sólo dos tienen posibilidades de ganar: Alexis Argüello, del FSLN, y Eduardo Montealegre, de la Alianza PLC. Argüello es una gloria histórica del deporte nacional. En las décadas de 1970 y 1980 conquistó tres coronas mundiales de boxeo. Resultó elegido vicealcalde de Managua en 2004, como compañero de fórmula de Dionisio Marenco.

Durante el primer gobierno sandinista, en los años 80, Argüello fue acusado de somocista (seguidor del derrocado presidente Anastasio Somoza) y por ello sufrió la expropiación de sus bienes. En la guerra que en esa década se libró entre el Ejército Popular Sandinista y la Resistencia Nicaragüense (la Contra) Alexis apoyó a la Resistencia, y aunque no participó en la lucha armada, en alguna ocasión llegó a visitar un campamento de la Resistencia para hacerse la foto vestido con uniforme de combatiente. Su pasado somocista hace que algunos sandinistas se sientan incómodos con él. Sin embargo, logró imponerse como candidato del FSLN porque goza del favor de Daniel Ortega y de su esposa, Rosario Murillo. Mientras fue vicealcalde, Argüello demostró no tener habilidades administrativas, y en esta campaña ha rehusado aceptar el reto que le ha lanzado Montealegre para debatir en público los problemas de la capital y sus posibles soluciones.

El candidato liberal, Montealegre, tiene una sólida formación profesional y amplia experiencia administrativa, tanto en el sector público como en el privado. Fue candidato a la presidencia por la ALN en las elecciones generales de 2006 y quedó en segundo lugar después de Daniel Ortega. Montealegre resulta ser en estas elecciones un buen candidato, ya que a la simpatía personal acumulada como candidato de una de las facciones liberales en las elecciones generales de 2006, se suma el hecho de que esta vez va unido con la otra facción y representa una candidatura de unidad liberal.

Si bien en la papeleta de votación aparece otra candidatura liberal, la de la ALN, de la que precisamente Montealegre fue candidato en las generales de 2006, no es de esperar que le quite muchos votos a la Alianza PLC. En una encuesta reciente, el candidato de ALN aparece con tan solo un 1,2% de intención de voto.

Pequeños pero ruidosos
El MRS, formado por conocidos disidentes del FSLN como el poeta Ernesto Cardenal, el escritor y ex vicepresidente de la República Sergio Ramírez Mercado, el cantautor Carlos Mejía Godoy y la ex comandante guerrillera Dora María Téllez, entre otros, obtuvo en las elecciones generales de 2006 unos resultados modestos, el 6,29% de los votos. Las esperanzas que tenía de atraer a los electores independientes, estimados en un 40%, fracasaron, ya que estos se decantaron, al igual que en elecciones anteriores, por el liberalismo.

El MRS se ha convertido en un fuerte crítico del gobierno de Ortega y ha contribuido a que se conozcan internacionalmente los rasgos dictatoriales de su presidencia. Ortega les ha respondido haciendo que el CSE, que él controla, le quitara la personalidad jurídica en junio de 2008 para que no pudiera participar en los comicios de noviembre.

En las elecciones municipales de 2004 el FSLN y el MRS fueron unidos, pero es evidente que ahora el sandinismo orteguista temía que si el MRS participaba de manera independiente le restaría una cantidad considerable de votos, especialmente en Managua y algunas cabeceras departamentales importantes.

Al verse impedido de participar en las elecciones, el MRS había manifestado inicialmente su intención de hacer un llamamiento a la abstención o al voto nulo. Sin embargo, al final decidió no apoyar de manera explícita a ningún candidato pero convino en pedirle a sus miembros y simpatizantes que voten contra lo que denominaron “la dictadura somocista Ortega-Murillo”.

¿Cómo piensan que se puede materializar esa petición? “Hay que votar por el mal menor” ha dicho uno de sus líderes, y ex candidato a la presidencia en las últimas elecciones generales, Edmundo Jarquín. Señaló que “se taparán la nariz” cuando deban votar en la casilla del liberalismo, lo que consideran “el mal menor”. El MRS se ha convencido de que Nicaragua, bajo la presidencia de Daniel Ortega, va camino a una dictadura que, de consolidarse, costará a los nicaragüenses mucho dolor y sufrimiento desembarazarse de ella.

Observación electoral
El Consejo Supremo Electoral de Nicaragua (CSE) tiene a su cargo la organización, ejecución y supervisión de los procesos electorales. Cuenta con siete miembros, tres liberales y tres sandinistas, más el presidente que, aunque no pertenece oficialmente a ninguno de los dos partidos mayoritarios, se percibe como inclinado al Frente Sandinista. El funcionamiento del CSE deja mucho que desear. A un año y 11 meses de las elecciones generales de 2006 aún no ha dado los resultados finales. Los que utiliza son unos preliminares que, a falta de los definitivos, se toman como tales. En una encuesta hecha recientemente en Managua, un 67,5% de los consultados manifestó que desconfía del CSE, y sólo un 30,1% expresó su confianza en esa organización.

Ante un organismo electoral tan cuestionado salta a la vista la necesidad de contar con supervisores nacionales e internacionales independientes. En las elecciones anteriores los ha habido, y aunque quizá no han servido para impedir hechos indebidos, al menos han sido permitidos. Esta vez, hasta la fecha, el CSE no ha querido acreditar a la Organización de Estados Americanos (OEA) y ni siquiera a los nacionales que en otras ocasiones han desplegado un gran número de observadores, como el conocido y experimentado grupo de Ética y Transparencia, IPADE, o Hagamos Democracia. La presión para su acreditación continúa.

Al único observador internacional que el CSE ha acreditado es el Consejo de Expertos Electorales de América Latina (CEELA), conformado por ex magistrados de organismos electorales latinoamericanos de tendencia izquierdista. Sus vínculos se manifestaron en una reunión del Foro de São Paulo celebrada en Managua el 20 de julio de 2007. Un magistrado sandinista del CSE, José Luis Villavicencio, reveló que durante una reunión en Venezuela se discutió sobre la conveniencia de formar “un organismo latinoamericano de magistrados y ex magistrados que fuese independiente de la OEA” a fin de poder “desarrollar nuestra propia estrategia de lucha para apoyar e incidir en la organización de los partidos políticos de izquierda en su lucha por acceder al poder mediante este sistema (el electoral)”.

¿Sentido plebiscitario?
No son pocos los políticos opositores, analistas y medios de comunicación críticos del gobierno que insisten en asignarle a las elecciones municipales un sentido plebiscitario respecto a la gestión de Daniel Ortega. Son de la opinión de que, por ser su administración tan deficiente y reprobable en tantos sentidos, estas elecciones deben convertirse en una oportunidad para que el pueblo exprese su descontento con Ortega votando en contra de los candidatos sandinistas.

Estimo que quienes así piensan cometen un grave error. Para que fuese un verdadero plebiscito tendría que preguntarse de manera directa a los votantes si están o no de acuerdo con la gestión de Ortega, y esa pregunta no se hará. En los comicios municipales lo que la mayor parte de los electores tienen en mente a la hora de votar no es al presidente de la República, que ni siquiera aparece en las papeletas de votación, sino al candidato que estiman que podría hacer una mejor labor en pro de su municipio. Por consiguiente, del número de alcaldías que ganen los sandinistas y los liberales no podrá determinarse el grado de apoyo popular de que disfruta el presidente Ortega.

Reclamo del triunfo
Aunque son los opositores al gobierno de Ortega quienes más insisten en asignarle un sentido plebiscitario a estas elecciones, se espera también que si el sandinismo logra aumentar unas cuantas alcaldías a las que ya tiene, proyectará ese resultado como un triunfo de la gestión presidencial de Ortega, pero estarían evidentemente cometiendo el mismo error que los opositores.

En todo caso, es solamente en el resultado que tengan las elecciones en Managua –la capital– donde sería más aceptable hacer una lectura en clave plebiscitaria, ya que además de tener más del 30% de los votantes, el candidato liberal, Montealegre, que en las generales de 2006 compitió contra Ortega, está haciendo una campaña en la que insiste en presentar su posible triunfo como una derrota sobre Ortega más que sobre su oponente Alexis Argüello. Se entiende fácilmente por qué el gobierno está volcando todos sus esfuerzos e ilimitados recursos financieros para asegurar el triunfo de su candidato en Managua.

Conclusiones: Las elecciones de noviembre serán, en lo general, lo que son: unas elecciones municipales en las que en la casi totalidad de ayuntamientos, salvo Managua, la gente elegirá pensando en cuál de los candidatos podría ser el mejor alcalde para su municipio, y no pensando en que si con su voto aprueba o rechaza a Daniel Ortega. El gran problema de estas elecciones es que se llega a ellas con un CSE en el que los electores tienen muy poca confianza, La desconfianza se agrava por el persistente rechazo del CSE a aceptar observadores nacionales e internacionales independientes. La sola presencia del CEELA dista mucho de satisfacer la necesidad de contar, como en comicios anteriores, con una observación plural e independiente.

Lo que parece claro, al margen del resultado que produzcan estas elecciones, es que Daniel Ortega tratará después de ellas de eliminar, a través de una reforma a la Constitución, la disposición legal que le impide presentarse otra vez como candidato a la presidencia en 2011. Las esperanzas que abrigan algunos de que si el Frente Sandinista no logra un número de alcaldías mayor que la Alianza PLC podría hacer desistir a Ortega de ese propósito no parecen tener mucho fundamento.

octubre 24, 2008 Publicado por | elecciones, Nicaragua | Dejar un comentario

>La escena del crimen

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Por Sergio Ramírez, escritor. Fue vicepresidente del Gobierno de Nicaragua en los años ochenta (EL PAÍS, 16/10/08):

Este domingo, muy temprano en la mañana, fuerzas de la Policía Nacional de Nicaragua, actuando bajo las órdenes de un juez, rompieron con mazos y barras las puertas del pequeño edificio que aloja las oficinas de la Fundación Cinco que preside el periodista Carlos Fernando Chamorro, como si se tratara de entrar al cuartel de unos traficantes de drogas. Ya allanado el local, el fiscal que encabezaba el operativo procedió a requisar los archivos de la fundación.

Una operación parecida se había consumado la noche anterior en las oficinas del Movimiento Autónomo de Mujeres (MAM), y otras 15 organizaciones de mujeres, derechos humanos, promoción del voto y defensa de los derechos políticos de los ciudadanos.

Un amplio perímetro alrededor de la sede de la fundación fue rodeado por destacamentos policiales mientras duró el operativo, impidiendo el ingreso de personas y el tráfico de vehículos, y las calles de acceso fueron cerradas con cintas amarillas en las que se leía “escena del crimen”.

¿Cuál es el crimen cometido, que merece semejante despliegue y el secuestro de los archivos de organizaciones como la Fundación Cinco y el Movimiento Autónomo de Mujeres? Oponerse al régimen de Daniel Ortega, la corrupción, y los abusos de poder.

La Fundación Cinco, que preside Carlos Fernando, se dedica a promover estudios e investigaciones sobre la comunicación y problemas sociales y ciudadanos, y lo hace con recursos donados por organizaciones internacionales, entre ellas Oxfam. Y algunas veces, esas investigaciones se realizan en colaboración con otras organizaciones, como el Movimiento Autónomo de Mujeres. Son actividades normales en cualquier país normal. No en Nicaragua.

Los medios oficiales de propaganda, a cargo de la primera dama Rosario Murillo, empezaron a acusar hace semanas a Carlos Fernando Chamorro de triangular ilícitamente fondos, y lo declararon de antemano culpable de lavado de dinero, como parte de una feroz campaña de descrédito. A esta campaña siguió la acción de la Fiscalía General, que ya había citado a declarar a Chamorro, durante cinco horas, sin que en ningún momento se le señalara el delito por el cual se le investigaba, algo que viola las garantías del proceso penal justo que manda la Constitución.

El fiscal que consumó el allanamiento y el secuestro de los archivos de la Fundación Cinco tampoco explicó cuáles eran los delitos investigados, y se llevó un total de 15.000 folios, entre estudios, proyectos, correspondencia, estados contables, además de cinco computadoras, cuyos datos no fueron sometidos a comprobación en el acto del secuestro, y podrán ser falseados. ¿Por qué todos estos atropellos?

Carlos Fernando Chamorro, hijo de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, el legendario director del diario La Prensa asesinado por la dictadura de Somoza en enero de 1978, es el conductor de Esta Semana, el programa de televisión de información y análisis político que tiene el mayor índice de audiencia. Dirige también el semanario Confidencial, y la Fundación Cinco. Y en su trabajo de periodista es culpable del delito de exponer, a través de rigurosos trabajos de investigación, negocios ilícitos que se consuman al amparo del Gobierno.

Uno de estos casos fue la formación de una compañía fantasma, con gente del círculo de Ortega como verdaderos dueños, organizada para explotar plantas térmicas de producción de energía eléctrica, que sería vendida al Estado a precios sobrevalorados. El otro, el chantaje ejercido, también por gente del círculo de Ortega, sobre empresarios de una compañía de desarrollo turístico en las playas del Pacífico, para obligarlos a darles una tajada en el negocio, un chanchullo que Chamorro expuso con grabaciones de las conversaciones entre los implicados.

¿Y el delito de las dirigentes del Movimiento Autónomo de Mujeres? Su campaña constante y sostenida en contra de la prohibición del aborto terapéutico, una prohibición medieval impuesta por el régimen de los esposos Ortega.

La represión contra Carlos Fernando Chamorro no termina con el allanamiento violento de la Fundación Cinco. No hay duda de que la Fiscalía General está preparando la acusación criminal en contra suya, si no está ya redactada y lista para ser presentada a los jueces penales, en su inmensa mayoría fieles a los mandatos de Ortega, tan fieles como los fiscales.

No importa que no haya bases jurídicas, no importa que se violenten las leyes, no importa que no se respeten las garantías procesales. El objetivo es convertir a Carlos Fernando en rehén, para buscar cómo acallar el ejercicio de su periodismo crítico con la amenaza de la cárcel, o meterlo en la cárcel para escarmiento suyo y de los que se atrevan a denunciar la corrupción y la ilegalidad.

Asunto que tampoco termina allí. Ya que Ortega pretende quedarse en el poder, reformando la Constitución Política que prohíbe la reelección, necesita silencio y sumisión, y las voces que disienten y critican resultan contrarias a su proyecto de control, que no se extiende sólo a las instituciones públicas, control que ya tiene, sino también a las entidades de la sociedad civil, empezando por los medios independientes de comunicación. Pronto veremos a toda Nicaragua rodeada por la cinta amarilla en la que se leerá “escena del crimen”.

octubre 16, 2008 Publicado por | libertad de expresión, Nicaragua | Dejar un comentario

Daniel Ortega persigue a Ernesto Cardenal

Por Benjamín Prado, escritor (EL PAÍS, 22/09/08):

Hay países cuya historia es una sucesión de pesadillas, y para comprobarlo sólo hace falta visitar Nicaragua y ver que allí se vive igual que si todos los días fueran el día siguiente del terremoto que devastó Managua en 1972, entre ruinas, edificios a punto de caer y saqueadores que roban cualquier cosa que se les ponga por delante. Aquel seísmo que arrasó la ciudad la noche del 23 de diciembre, y que fue descrito como un ensayo en 30 segundos del Juicio Final, causó 10.000 muertos y entregó las calles a la oscuridad y el fuego. Las iglesias del Cristo de Rosario, El Carmen, El Calvario y El Redentor se desplomaron y en los muros de la imponente Catedral Metropolitana se abrieron grietas que no han sido reparadas y que mantienen el templo en un equilibrio milagroso. Por desgracia, a ese medio minuto lo han seguido 36 años funestos, porque aunque Nicaragua no ha sufrido un tercer terremoto después de los de 1931 y 1972, tampoco ha podido salir de entre los escombros, a causa de los sucesivos Gobiernos rapaces que desangraron un país que no ha tenido presidentes, sino carteristas, algo que vale para toda la dinastía Somoza, sirve para el infausto Arnoldo Alemán, condenado a 20 años de cárcel tras expoliar 250 millones de dólares al Estado entre 1997 y 2002, y parece irle como anillo al dedo a su actual mandatario, Daniel Ortega, el antiguo rebelde que cristalizó en autócrata y sobre el que recaen sospechas y acusaciones terribles que le atribuyen actos de corrupción, abuso de poder y violación, esto último por parte de su hijastra, Zoilamérica Narváez, que ha denunciado ante los tribunales la forma salvaje en que abusó de ella desde que tenía 11 años y la forzó sistemáticamente a partir de los 15. En un artículo publicado en EL PAÍS, Mario Vargas Llosa definió su drama como “la historia de una violación impune; de un movimiento hecho trizas, el sandinismo, y de una espuria alianza entre el ex revolucionario Ortega y el corrupto ex presidente derechista Arnoldo Alemán que evitó la rendición de cuentas de ambos ante la justicia y abrió paso a una suerte de autoritarismo institucional en Nicaragua”. El terremoto de 1972 dejó la Casa Presidencial deshecha, pero en pie. Sus sucesivos inquilinos la han transformado en una guarida.

El comandante Ortega, de quien hoy se declaran enemigos irreconciliables casi todos los dirigentes históricos del FSLN, ha dado su última muestra de despotismo con la cacería a la que somete al poeta Ernesto Cardenal, a quien persigue con la justicia en la mano hasta el punto de haber hecho que se reabriera de forma arbitraria un caso contra él que había sido archivado hacía años y que se congelen sus cuentas bancarias. Todo ello, para vengarse del sacerdote, que desde hace años lo critica sin miedo. Si digo que Ortega lo persigue con la justicia en la mano, no es porque sus actos se ajusten a la ley, sino porque tiene a la mayoría de los magistrados de su país metidos en un puño. Ese control lo usó para que la Corte Suprema declarase prescritos los cargos que su hijastra hizo contra él y lo utiliza ahora para silenciar a sus opositores con la colaboración de los magistrados serviles a los que maneja desde las alturas.

El supuesto delito de Cardenal, que ha esquivado la cárcel por su edad pero está bajo arresto domiciliario, fue un artículo en el que imputaba al empresario alemán Immanuel Zerger numerosas anomalías en torno al hotel que regenta en la isla Mancarrón, en Solentiname, el archipiélago donde el escritor fundó hace casi medio siglo una comunidad en la que se enseñaba a leer y escribir poemas a los campesinos. Zerger le puso una demanda y el autor de El estrecho dudoso fue sancionado con una multa simbólica de 20.000 córdobas, unos 700 euros. Pero ésa es la coartada y la realidad es que Ortega intenta silenciar a Cardenal por atreverse a censurarlo, cosa que hizo por última vez en Asunción, mientras asistía a la toma de posesión del presidente de Paraguay, a la que no fue el tirano por las protestas de diversas organizaciones feministas del país y de la propia ministra de la Mujer, que aseguró que si el presunto violador asistía al acto, ella presentaría su renuncia. Cardenal fue recibido como un héroe, y cuando le preguntaron qué pensaba de Ortega contestó: “Es un ladrón”.

La protesta internacional por el ataque al poeta la encabezan autores como Mario Benedetti, Nélida Piñón, José Saramago, Gioconda Belli, Tomás Eloy Martínez, Eduardo Galeano, Ángeles Mastretta, José Emilio Pacheco, Eugeni Evtuchenko, Laura Restrepo, Antonio Skármeta, Sergio Ramírez o Mario Vargas Llosa. Para los que aún tienen dificultades a la hora de distinguir a un inquisidor de un libertador y se preguntan si este caso “favorece a los enemigos de los procesos emancipadores de Latinoamérica”, como ha hecho la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, el propio Cardenal, que como se sabe fue durante 10 años ministro de Cultura de Nicaragua, ha dejado escrita la respuesta: “Ortega no es el sandinismo, sino su traición”.

septiembre 23, 2008 Publicado por | Nicaragua | Dejar un comentario

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