Tu cerebro entra en guerra
Eso pretende ahora el ejército estadounidense, que ha creado un comité para evaluar el potencial militar de la neurociencia. ¿Acaso no era de esperar?
Y es que ayer se publicó un artículo creado por el Departamento de Defensa bajo el título “Neurociencia Cognitiva Emergente y Tecnologías Relacionadas”, en el que se trataban todas aquellas tecnologías que potencialmente podían ser útiles, y también problemáticas.
Los principales campos de estudio fueron cuatro:
Lectura mental. El desarrollo de modelos psicológicos e imágenes neurológicas está haciendo posible observar si una persona está mintiendo.
Aún así, esta ciencia está en sus inicios, y hay problemas para poder realizar un estudio correcto. Estos lectores de mentes permitirían a los estadounidenses interrogar a enemigos capturados, o a “presuntos terroristas”, labor en la que suelen mostrarse de lo más exhaustivos.
Aumento cognitivo. Cuando los soldados se encuentren en plena guerra, sería importante conseguir drogas que los mantuvieran despiertos y alerta durante días, y porqué no, con un deseo de luchar intacto.
Además, se plantea la posibilidad de una mejora tan significativa en el diseño de drogas que permita dar fuerzas casi sobrehumanas a quien las tome. De la misma forma, si se puede llegar a crear una droga que incremente una habilidad, también se plantearía diseñar la opción contraria, para destruir habilidades físicas o mentales.
Control mental. Y entonces viene la gran pregunta que se hacen los militares: Si podemos alterar el cerebro, ¿porqué no controlarlo?
La motivación será básica en los estudios en este campo. Por un lado, que los soldados estadounidenses tengan deseo de luchar. Y por el otro, que los enemigos pierdan toda su motivación. Pero la intención no se queda aquí.
Hay ideas peores, aunque parezca mentira. Otras opciones que se plantean son: ¿Cómo hacer que la gente nos crea más? ¿Y si podemos eliminar la ira o el miedo? ¿Podríamos hacer que el enemigo nos obedeciera?
Conexión cerebro-máquina. Por último, será importante conseguir controlar sistemas robóticos (ya se puede mediante movimientos visuales, por ejemplo). Sería posible trabajar con prótesis sensoriales, asistentes robóticos que harían nuestro trabajo a distancia…
Un futuro inquietante, sin duda.
>Tu cerebro entra en guerra
>
Eso pretende ahora el ejército estadounidense, que ha creado un comité para evaluar el potencial militar de la neurociencia. ¿Acaso no era de esperar?
Y es que ayer se publicó un artículo creado por el Departamento de Defensa bajo el título “Neurociencia Cognitiva Emergente y Tecnologías Relacionadas”, en el que se trataban todas aquellas tecnologías que potencialmente podían ser útiles, y también problemáticas.
Los principales campos de estudio fueron cuatro:
Lectura mental. El desarrollo de modelos psicológicos e imágenes neurológicas está haciendo posible observar si una persona está mintiendo.
Aún así, esta ciencia está en sus inicios, y hay problemas para poder realizar un estudio correcto. Estos lectores de mentes permitirían a los estadounidenses interrogar a enemigos capturados, o a “presuntos terroristas”, labor en la que suelen mostrarse de lo más exhaustivos.
Aumento cognitivo. Cuando los soldados se encuentren en plena guerra, sería importante conseguir drogas que los mantuvieran despiertos y alerta durante días, y porqué no, con un deseo de luchar intacto.
Además, se plantea la posibilidad de una mejora tan significativa en el diseño de drogas que permita dar fuerzas casi sobrehumanas a quien las tome. De la misma forma, si se puede llegar a crear una droga que incremente una habilidad, también se plantearía diseñar la opción contraria, para destruir habilidades físicas o mentales.
Control mental. Y entonces viene la gran pregunta que se hacen los militares: Si podemos alterar el cerebro, ¿porqué no controlarlo?
La motivación será básica en los estudios en este campo. Por un lado, que los soldados estadounidenses tengan deseo de luchar. Y por el otro, que los enemigos pierdan toda su motivación. Pero la intención no se queda aquí.
Hay ideas peores, aunque parezca mentira. Otras opciones que se plantean son: ¿Cómo hacer que la gente nos crea más? ¿Y si podemos eliminar la ira o el miedo? ¿Podríamos hacer que el enemigo nos obedeciera?
Conexión cerebro-máquina. Por último, será importante conseguir controlar sistemas robóticos (ya se puede mediante movimientos visuales, por ejemplo). Sería posible trabajar con prótesis sensoriales, asistentes robóticos que harían nuestro trabajo a distancia…
Un futuro inquietante, sin duda.
Malos tiempos para la ética
Desde pequeños se nos ha dicho que somos los responsables de los actos que realizamos. Ya sea por haber robado una golosina en la librería de al lado de casa, o por haber sacado un sobresaliente en matemáticas, la reflexión que se nos pedía era observar que el resultado venía de nuestras decisiones.
Pero conforme avanza la investigación en distintos campos de la neurociencia, parece extenderse la idea de que cada vez somos menos responsables de nuestras decisiones, y más bien hacemos lo que hacemos porque estamos “destinados” a hacerlo.
El caso más reciente del que se habla en la actualidad es el gen AVPR1A, relacionado con la capacidad de un animal para permanecer monógamo.
Según parece, los investigadores han descubierto en sus experimentos que los hombres que tienen la variante 334 de este gen tenían más problemas para estar bien con su pareja, o sencillamente serle fiel.
Aún así, también aclaran que esta variante genética es una pequeña parte del proceso que sigue una persona para relacionarse con el resto, por lo que el efecto del alelo 334 es modesto.
Otros estudios sobre la influencia de nuestro organismo en nuestro comportamiento están centrados en el comportamiento agresivo.
Según podemos leer en el libro “El alma está en el cerebro”, de Eduard Punset, el hecho de que una persona se comporte agresivamente puede deberse a defectos en el cerebro que afectan a la manera de actuar del sujeto.
Por ejemplo, está el hecho de haber sido víctima de maltrato infantil. Una bofetada a ciertas edades puede dañar el córtex prefrontal, y esto puede causar efectos perjudiciales a largo plazo.
Y es que esta parte del cerebro es la que nos calma ante situaciones conflictivas. Cuando algo nos molesta, nuestra primera reacción sería actuar con violencia (el sistema límbico es el responsable de ello, ya que genera nuestras reacciones emocionales), pero ahí tenemos el córtex prefrontal que nos hace verlo más fríamente.
Si en algún momento de nuestra infancia nos han dañado la comunicación entre estas dos partes, el sistema límbico puede hacerse amo y señor de nuestra actuación ante ciertas situaciones, creando a una persona violenta.
Quizás el caso de la “infidelidad genética” no llegue al extremo del comportamiento agresivo, pero ambos son ejemplos de la revolución que está produciéndose gracias a la neurociencia.
Así, conforme avancemos más en el conocimiento de nuestra mente, ¿de qué forma creéis que influirá en la sociedad?
¿Cambiarán las leyes para no enviar a la cárcel a gente que es incapaz de controlar su violencia?
¿Nos dejaremos llevar más por nuestros instintos?
Interesante futuro nos espera.
>Malos tiempos para la ética
>
Desde pequeños se nos ha dicho que somos los responsables de los actos que realizamos. Ya sea por haber robado una golosina en la librería de al lado de casa, o por haber sacado un sobresaliente en matemáticas, la reflexión que se nos pedía era observar que el resultado venía de nuestras decisiones.
Pero conforme avanza la investigación en distintos campos de la neurociencia, parece extenderse la idea de que cada vez somos menos responsables de nuestras decisiones, y más bien hacemos lo que hacemos porque estamos “destinados” a hacerlo.
El caso más reciente del que se habla en la actualidad es el gen AVPR1A, relacionado con la capacidad de un animal para permanecer monógamo.
Según parece, los investigadores han descubierto en sus experimentos que los hombres que tienen la variante 334 de este gen tenían más problemas para estar bien con su pareja, o sencillamente serle fiel.
Aún así, también aclaran que esta variante genética es una pequeña parte del proceso que sigue una persona para relacionarse con el resto, por lo que el efecto del alelo 334 es modesto.
Otros estudios sobre la influencia de nuestro organismo en nuestro comportamiento están centrados en el comportamiento agresivo.
Según podemos leer en el libro “El alma está en el cerebro”, de Eduard Punset, el hecho de que una persona se comporte agresivamente puede deberse a defectos en el cerebro que afectan a la manera de actuar del sujeto.
Por ejemplo, está el hecho de haber sido víctima de maltrato infantil. Una bofetada a ciertas edades puede dañar el córtex prefrontal, y esto puede causar efectos perjudiciales a largo plazo.
Y es que esta parte del cerebro es la que nos calma ante situaciones conflictivas. Cuando algo nos molesta, nuestra primera reacción sería actuar con violencia (el sistema límbico es el responsable de ello, ya que genera nuestras reacciones emocionales), pero ahí tenemos el córtex prefrontal que nos hace verlo más fríamente.
Si en algún momento de nuestra infancia nos han dañado la comunicación entre estas dos partes, el sistema límbico puede hacerse amo y señor de nuestra actuación ante ciertas situaciones, creando a una persona violenta.
Quizás el caso de la “infidelidad genética” no llegue al extremo del comportamiento agresivo, pero ambos son ejemplos de la revolución que está produciéndose gracias a la neurociencia.
Así, conforme avancemos más en el conocimiento de nuestra mente, ¿de qué forma creéis que influirá en la sociedad?
¿Cambiarán las leyes para no enviar a la cárcel a gente que es incapaz de controlar su violencia?
¿Nos dejaremos llevar más por nuestros instintos?
Interesante futuro nos espera.
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