>En primera línea
>
Anticipando un día caluroso, se había levantado pronto para recorrer las rocas del litoral en busca de marisco aprovechando el frescor de las primeras horas del día y la bajamar. Al alcanzar la orilla del mar se sentó sobre sus talones y se dejó invadir por el sonido de las olas que acariciaban la suave pendiente de la playa en su devenir, humedeciéndola en un juego de cambiantes texturas y color. Era su momento preferido del día.
Esta escena podría describir las sensaciones del lector de vacaciones en la costa, pero igualmente podría referirse al habitante de la cueva situada junto a la orilla del mar en Sudáfrica que representa el asentamiento de humanos modernos más antiguo conocido, y cuyos habitantes se alimentaban hace ya 170.000 años de moluscos, erizos y otros productos del marisqueo.
Hoy, una oleada de españoles se ha desplazado a nuestras costas para disfrutar de la sensación de bienestar y tranquilidad que la contemplación del azul inmenso del mar nos reporta desde entonces. Pero sabemos bien que algo ha cambiado: falta algo y sobra mucho. Las dunas coronadas por pinares han dado paso a edificios de 20 plantas que pugnan por situarse en primera línea, como la cueva de nuestro protagonista, comprimiendo la playa por la presión constructora desde tierra que ha transformado ya uno de cada tres kilómetros de nuestra costa.
Incluso el color del mar ha cambiado: falta azul y sobra verde. El aumento de aportes de nitrógeno y fósforo a la costa ha estimulado el crecimiento de algas tiñendo de un color verdoso las aguas costeras, cuyo oxígeno consumen al descomponerse hasta asfixiar la fauna marina creando zonas muertas que se expanden por las zonas costeras del planeta. Una tercera parte del nitrógeno que llega a los océanos se origina por la actividad humana, principalmente la aplicación de fertilizantes agrícolas, provocando el deterioro global de las aguas costeras. En China, cuya frenética actividad y gigantesca población resultan en enormes vertidos de materia orgánica y nutrientes al mar, compañías enteras de soldados se afanan en limpiar la costa de algas para que éstas no frenen a los navíos olímpicos. Extensiones de basuras se acumulan en las profundidades de los mares templados, e islas de plásticos flotantes crecen hasta alcanzar dimensiones colosales en el océano abierto mientras, no muy lejos, algunas islas de verdad están en vías de desaparecer por el aumento del nivel del mar.
Estos pensamientos nos incomodan y nos levantamos de nuestra silla para refrescarnos en el agua de mar, pero al acercarnos a la orilla nos tenemos que preguntar si el baño resultará realmente refrescante: La temperatura promedio del océano ha aumentado en cerca de 1º C por el calentamiento global, con un aumento de más de 3º C en la temperatura máxima en nuestro litoral Mediterráneo. Los fríos océanos polares no se libran del calentamiento sino que son los que más dramáticamente sufren sus consecuencias. La pérdida de hielo del Ártico se retransmite a través de los medios de comunicación como un espectáculo en directo cuyo desenlace será un Océano Glaciar Ártico libre de hielos en verano, provocando pérdidas de biodiversidad y cambios en el resto del planeta cuyo alcance aún no alcanzamos a prever. Las masas de hielo continentales de Groenlandia y la Patagonia se funden en un reguero de agua que, junto con la expansión del agua al calentarse, está acelerando el aumento del nivel del mar.
Muchas especies de nuestras costas se desplazan hacia el Norte buscando aguas menos cálidas, mientras que especies exóticas provenientes de la costa Africana, el Mar Rojo, o mares aún más lejanos -polizones del comercio global- se asientan en nuestras costas. Algunas de éstas, como una medusa llegada del Mar Rojo, contribuyen a las huestes de las masas de medusas a la deriva en el mar que el capricho de las corrientes y el viento llevarán a una playa u otra. Estas masas de medusas, que proliferan por todo el océano, se benefician de las altas temperaturas y el exceso de plancton que favorecen su crecimiento, y -sobre todo- del colapso de sus predadores: tortugas, presas accidentales de las redes de pesca o de la ingestión de plásticos que ingieren confundiéndolos con medusas; y peces luna, convertidos en harina para el engorde de pescados de acuicultura. También desaparecen sus competidores, atrapados por las redes pesqueras, con lo que sus poblaciones crecen sin restricciones de alimento. En definitiva, al acercarnos a la orilla nos tenemos que preguntar no sólo si el baño resultará refrescante sino si podrá resultar urticante.
La presión pesquera ha diezmado los stocks de peces hasta situarlos a un 10% de su nivel a principios del siglo XX. La pesca de arrastre mal regulada y otras prácticas aún más impactantes, como la pesca con cianuro y dinamita practicada en algunos países asiáticos, causan serios daños en los ecosistemas. Los hábitats costeros: manglares, marismas, corales y praderas submarinas desaparecen globalmente a velocidades entre 4 y 10 veces superiores a las de pérdida de la selva tropical. Las praderas submarinas y los arrecifes de coral sufren graves pérdidas con cada nueva ola de calor, y los arrecifes de coral se ven amenazados por la acidificación del agua del mar que el aumento de CO2 está provocando. El calentamiento climático podría ser el tiro de gracia para unos ecosistemas marinos cada vez más cercanos al colapso. Sin embargo, mientras el IPCC evalúa las posibles consecuencias del cambio climático sobre los ecosistemas, dedica poca o prácticamente ninguna atención a los ecosistemas marinos. Esto sólo puede explicarse por el escaso conocimiento que aún tenemos del océano.
A pesar de que venimos utilizando el litoral como hábitat y fuente de recursos desde hace cientos de miles de años, el grueso de los cambios descritos se ha producido en tan sólo una generación. Nos hayamos, efectivamente, en primera línea, pero es la primera línea del frente de batalla del cambio global. Hemos de reaccionar pronto y sin titubeos. Hemos de mejorar el conocimiento científico sobre el océano y su respuesta al cambio global, pues no podemos proteger lo que no entendemos.
El inventario de biodiversidad marina sigue lejos de completarse, deparando aún importantes sorpresas, y las grandes profundidades del océano, que representan el ecosistema más grande de la Tierra, siguen aún pobremente exploradas. Sólo siete naciones tienen capacidad para acceder directamente a las profundidades marinas, que albergan importantes recursos para la biotecnología. El uso de los recursos marinos ha de regularse con criterios científicos conservativos, pues saltárselos supone pan para hoy y hambre para mañana. Las Naciones Unidas intentan regular la explotación de los recursos del océano buscando un cambio de paradigma en el concepto de aguas internacionales: de aguas de nadie a aguas de todos en cuya conservación se comprometan todas las naciones. Necesitamos políticas de conservación del mar firmes, sin concesiones a intereses coyunturales. Nuestros ciudadanos han de conocer y apoyar los esfuerzos de la Unión Europea en la protección de los océanos y exigir de nuestro gobierno el cumplimiento de los compromisos que nos corresponden. La Directiva Europea Hábitat ha creado una extensa red de espacios protegidos en nuestro litoral que multiplican la superficie marina protegida por nuestros Parques Nacionales y Naturales. La Directiva Marco del Agua compromete a los países miembros a asegurar el buen estado ecológico del litoral Europeo para el 2015, objetivo que la nueva Directiva de Estrategia Marina extiende a nuestra zona económica exclusiva. La Unión Europea lidera las propuestas para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero con el objetivo de detener el calentamiento climático antes de que éste supere los 2º C.
La Unión Europea supone un actor progresivo en la defensa de nuestras costas que asegura la perseverancia en este objetivo frente a la tentación recurrente de los estados miembros de traicionarlo para buscar réditos políticos o económicos coyunturales. Pero la regulación normativa no es suficiente: Interésense por el océano, conózcanlo y ámenlo; pues en él se encuentra buena parte de nuestro pasado y la garantía, con su potencial para aportar recursos energéticos, agua y alimento, de un futuro para la humanidad.
En primera línea
Anticipando un día caluroso, se había levantado pronto para recorrer las rocas del litoral en busca de marisco aprovechando el frescor de las primeras horas del día y la bajamar. Al alcanzar la orilla del mar se sentó sobre sus talones y se dejó invadir por el sonido de las olas que acariciaban la suave pendiente de la playa en su devenir, humedeciéndola en un juego de cambiantes texturas y color. Era su momento preferido del día.
Esta escena podría describir las sensaciones del lector de vacaciones en la costa, pero igualmente podría referirse al habitante de la cueva situada junto a la orilla del mar en Sudáfrica que representa el asentamiento de humanos modernos más antiguo conocido, y cuyos habitantes se alimentaban hace ya 170.000 años de moluscos, erizos y otros productos del marisqueo.
Hoy, una oleada de españoles se ha desplazado a nuestras costas para disfrutar de la sensación de bienestar y tranquilidad que la contemplación del azul inmenso del mar nos reporta desde entonces. Pero sabemos bien que algo ha cambiado: falta algo y sobra mucho. Las dunas coronadas por pinares han dado paso a edificios de 20 plantas que pugnan por situarse en primera línea, como la cueva de nuestro protagonista, comprimiendo la playa por la presión constructora desde tierra que ha transformado ya uno de cada tres kilómetros de nuestra costa.
Incluso el color del mar ha cambiado: falta azul y sobra verde. El aumento de aportes de nitrógeno y fósforo a la costa ha estimulado el crecimiento de algas tiñendo de un color verdoso las aguas costeras, cuyo oxígeno consumen al descomponerse hasta asfixiar la fauna marina creando zonas muertas que se expanden por las zonas costeras del planeta. Una tercera parte del nitrógeno que llega a los océanos se origina por la actividad humana, principalmente la aplicación de fertilizantes agrícolas, provocando el deterioro global de las aguas costeras. En China, cuya frenética actividad y gigantesca población resultan en enormes vertidos de materia orgánica y nutrientes al mar, compañías enteras de soldados se afanan en limpiar la costa de algas para que éstas no frenen a los navíos olímpicos. Extensiones de basuras se acumulan en las profundidades de los mares templados, e islas de plásticos flotantes crecen hasta alcanzar dimensiones colosales en el océano abierto mientras, no muy lejos, algunas islas de verdad están en vías de desaparecer por el aumento del nivel del mar.
Estos pensamientos nos incomodan y nos levantamos de nuestra silla para refrescarnos en el agua de mar, pero al acercarnos a la orilla nos tenemos que preguntar si el baño resultará realmente refrescante: La temperatura promedio del océano ha aumentado en cerca de 1º C por el calentamiento global, con un aumento de más de 3º C en la temperatura máxima en nuestro litoral Mediterráneo. Los fríos océanos polares no se libran del calentamiento sino que son los que más dramáticamente sufren sus consecuencias. La pérdida de hielo del Ártico se retransmite a través de los medios de comunicación como un espectáculo en directo cuyo desenlace será un Océano Glaciar Ártico libre de hielos en verano, provocando pérdidas de biodiversidad y cambios en el resto del planeta cuyo alcance aún no alcanzamos a prever. Las masas de hielo continentales de Groenlandia y la Patagonia se funden en un reguero de agua que, junto con la expansión del agua al calentarse, está acelerando el aumento del nivel del mar.
Muchas especies de nuestras costas se desplazan hacia el Norte buscando aguas menos cálidas, mientras que especies exóticas provenientes de la costa Africana, el Mar Rojo, o mares aún más lejanos -polizones del comercio global- se asientan en nuestras costas. Algunas de éstas, como una medusa llegada del Mar Rojo, contribuyen a las huestes de las masas de medusas a la deriva en el mar que el capricho de las corrientes y el viento llevarán a una playa u otra. Estas masas de medusas, que proliferan por todo el océano, se benefician de las altas temperaturas y el exceso de plancton que favorecen su crecimiento, y -sobre todo- del colapso de sus predadores: tortugas, presas accidentales de las redes de pesca o de la ingestión de plásticos que ingieren confundiéndolos con medusas; y peces luna, convertidos en harina para el engorde de pescados de acuicultura. También desaparecen sus competidores, atrapados por las redes pesqueras, con lo que sus poblaciones crecen sin restricciones de alimento. En definitiva, al acercarnos a la orilla nos tenemos que preguntar no sólo si el baño resultará refrescante sino si podrá resultar urticante.
La presión pesquera ha diezmado los stocks de peces hasta situarlos a un 10% de su nivel a principios del siglo XX. La pesca de arrastre mal regulada y otras prácticas aún más impactantes, como la pesca con cianuro y dinamita practicada en algunos países asiáticos, causan serios daños en los ecosistemas. Los hábitats costeros: manglares, marismas, corales y praderas submarinas desaparecen globalmente a velocidades entre 4 y 10 veces superiores a las de pérdida de la selva tropical. Las praderas submarinas y los arrecifes de coral sufren graves pérdidas con cada nueva ola de calor, y los arrecifes de coral se ven amenazados por la acidificación del agua del mar que el aumento de CO2 está provocando. El calentamiento climático podría ser el tiro de gracia para unos ecosistemas marinos cada vez más cercanos al colapso. Sin embargo, mientras el IPCC evalúa las posibles consecuencias del cambio climático sobre los ecosistemas, dedica poca o prácticamente ninguna atención a los ecosistemas marinos. Esto sólo puede explicarse por el escaso conocimiento que aún tenemos del océano.
A pesar de que venimos utilizando el litoral como hábitat y fuente de recursos desde hace cientos de miles de años, el grueso de los cambios descritos se ha producido en tan sólo una generación. Nos hayamos, efectivamente, en primera línea, pero es la primera línea del frente de batalla del cambio global. Hemos de reaccionar pronto y sin titubeos. Hemos de mejorar el conocimiento científico sobre el océano y su respuesta al cambio global, pues no podemos proteger lo que no entendemos.
El inventario de biodiversidad marina sigue lejos de completarse, deparando aún importantes sorpresas, y las grandes profundidades del océano, que representan el ecosistema más grande de la Tierra, siguen aún pobremente exploradas. Sólo siete naciones tienen capacidad para acceder directamente a las profundidades marinas, que albergan importantes recursos para la biotecnología. El uso de los recursos marinos ha de regularse con criterios científicos conservativos, pues saltárselos supone pan para hoy y hambre para mañana. Las Naciones Unidas intentan regular la explotación de los recursos del océano buscando un cambio de paradigma en el concepto de aguas internacionales: de aguas de nadie a aguas de todos en cuya conservación se comprometan todas las naciones. Necesitamos políticas de conservación del mar firmes, sin concesiones a intereses coyunturales. Nuestros ciudadanos han de conocer y apoyar los esfuerzos de la Unión Europea en la protección de los océanos y exigir de nuestro gobierno el cumplimiento de los compromisos que nos corresponden. La Directiva Europea Hábitat ha creado una extensa red de espacios protegidos en nuestro litoral que multiplican la superficie marina protegida por nuestros Parques Nacionales y Naturales. La Directiva Marco del Agua compromete a los países miembros a asegurar el buen estado ecológico del litoral Europeo para el 2015, objetivo que la nueva Directiva de Estrategia Marina extiende a nuestra zona económica exclusiva. La Unión Europea lidera las propuestas para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero con el objetivo de detener el calentamiento climático antes de que éste supere los 2º C.
La Unión Europea supone un actor progresivo en la defensa de nuestras costas que asegura la perseverancia en este objetivo frente a la tentación recurrente de los estados miembros de traicionarlo para buscar réditos políticos o económicos coyunturales. Pero la regulación normativa no es suficiente: Interésense por el océano, conózcanlo y ámenlo; pues en él se encuentra buena parte de nuestro pasado y la garantía, con su potencial para aportar recursos energéticos, agua y alimento, de un futuro para la humanidad.
>El avestruz retórico
>
Los gobiernos han pasado por varias etapas en los temas ecológicos. Hace sólo pocos años, muchos de ellos negaban que hubiera problemas ecológicos a escala global. Posteriormente ya se vieron impelidos a reconocer que algo no iba bien, pero adoptaban la táctica del avestruz, derivando la atención pública hacia cualquier otro lado. En la actualidad ello ya no es posible. El avestruz se ha levantado y mira la realidad. Lo que pasa es que habla mucho, pero actúa poco. Y es que los temas ecológicos son mucho más propicios a la retórica que a la toma de decisiones de calado.
Cabe señalar cuatro aspectos que pueden ayudar a pasar de las declaraciones a la acción: 1. las principales dimensiones implicadas en el tema ecológico; 2. las variables e índices de medida de estas dimensiones; 3. ciertos equívocos del aparente discurso verde de algunas empresas y organizaciones, y 4. los posibles caminos de solución.
1. Las dimensiones. Últimamente se tiende a asimilar los problemas medioambientales con el “calentamiento global” del planeta (aumento del efecto invernadero relacionado con las emisiones humanas). Sin embargo, siendo esta una de sus dimensiones principales, no es la única (y quizás no la más grave). A su lado cabe incluir la deforestación, erosión y desertización del suelo; la extinción de especies animales y vegetales a gran escala (pérdida de biodiversidad); la creciente escasez de agua dulce; el aumento de la demanda de energía y de consumo asociados al mundo occidental y a los países en vías de desarrollo, así como al aumento previsible de la población global del planeta (de 6.600 millones a unos 9.000 millones previstos a mediados del siglo XXI). Estas dimensiones del tema ecológico están muchas veces interrelacionadas, pero deben distinguirse para entenderlas mejor y poder plantear más eficazmente el modo de combatirlas.
2. Las variables y los índices de medida. La salud medioambiental de un país no se mide simplemente por el grado de sus emisiones de gases de efecto invernadero.
Se necesitan índices que midan las principales variables que intervienen en el tema. Un índice que integra hasta 21 indicadores distintos es el índice ISA (índice de sostenibilidad ambiental) establecido por investigadores de Yale y Columbia en el 2005. Permite establecer un ranking más informativo de países, regiones, etcétera, que cuando sólo se miden aspectos parciales (los países mejor situados ese año fueron los nórdicos y Uruguay; los peores, algunas ex repúblicas soviéticas, Iraq, Taiwán y Corea del Norte. España ocupa el lugar 76 entre 146 países, ¡por detrás de 17 países africanos y 21 europeos!).
3. Equívocos ecológicos. A veces se detectan argumentos equívocos, casi demagógicos, en la búsqueda de posiciones de nuevos productos en el mercado. Es el caso, por ejemplo, de los coches verdes o de ciertos biocombustibles pretendidamente menos contaminantes. A pesar de que estos productos contaminan efectivamente menos que los tradicionales, el proceso energético y medioambiental debe ser analizado en su conjunto, y no sólo a partir del producto final. Es decir, deben tenerse en cuenta la energía empleada y los costes ecológicos de fabricar los nuevos coches o de producir biocombustibles. Se trata de procesos que además de energía necesitan grandes cantidades de agua, de materiales y generan residuos. El balance final es a veces contraproducente. Especialmente cuando el mercado incentiva el consumo de productos tras periodos cortos de uso de los anteriores.
4. Tres vías de solución. En general, suelen mencionarse tres erres ecológicas como vías de solución: reducir, reutilizar y reciclar. El objetivo general es llegar a una sostenibilidad energética compatible con la competitividad. No es fácil, pero resulta imprescindible apostar por ello. En las dos primeras vías, los actores que pueden propiciar un cambio son, principalmente, los gobiernos y las empresas. El objetivo de reducir es alcanzar un balance energético mucho más satisfactorio: que se utilice mucha menos energía y menos materiales en la fabricación de productos, y que se generen muchos menos residuos en los procesos de producción. Por su parte, reutilizar significa fabricar y utilizar productos con una mayor vida media. Todo ello es hoy técnicamente posible. Comprar menos productos y de una mayor calidad es una vía de futuro. Finalmente, el reciclaje es donde más podemos influir los ciudadanos. Y tiene su mejor sentido en el caso de materiales no renovables (derivados del petróleo como plásticos, fertilizantes, pinturas, etcétera). Pero reciclar no es la vía de mayor impacto medioambiental, ya que la tarea de separar, recuperar y transformar los materiales usados en otros nuevos implica un consumo de energía relativamente alto. Pero no hacerlo es peor, especialmente por la mayor generación de residuos cuando no se hace (además de la importancia de introducir progresivamente una mayor “cultura ecológica” en la ciudadanía).
Las próximas décadas son decisivas. Según como se resuelvan (o no) las principales dimensiones ecológicas dependerá la calidad de vida de las próximas generaciones. Hay países que ya están haciendo los deberes. Otros, como EE. UU., Australia y España, siguen con la táctica del avestruz o escondiéndose tras mera retórica. Ser un gobierno progresista hoy tiene que ver con implementar, entre otras, medidas ecológicas prácticas que no sean un mero adorno.
El avestruz retórico
Los gobiernos han pasado por varias etapas en los temas ecológicos. Hace sólo pocos años, muchos de ellos negaban que hubiera problemas ecológicos a escala global. Posteriormente ya se vieron impelidos a reconocer que algo no iba bien, pero adoptaban la táctica del avestruz, derivando la atención pública hacia cualquier otro lado. En la actualidad ello ya no es posible. El avestruz se ha levantado y mira la realidad. Lo que pasa es que habla mucho, pero actúa poco. Y es que los temas ecológicos son mucho más propicios a la retórica que a la toma de decisiones de calado.
Cabe señalar cuatro aspectos que pueden ayudar a pasar de las declaraciones a la acción: 1. las principales dimensiones implicadas en el tema ecológico; 2. las variables e índices de medida de estas dimensiones; 3. ciertos equívocos del aparente discurso verde de algunas empresas y organizaciones, y 4. los posibles caminos de solución.
1. Las dimensiones. Últimamente se tiende a asimilar los problemas medioambientales con el “calentamiento global” del planeta (aumento del efecto invernadero relacionado con las emisiones humanas). Sin embargo, siendo esta una de sus dimensiones principales, no es la única (y quizás no la más grave). A su lado cabe incluir la deforestación, erosión y desertización del suelo; la extinción de especies animales y vegetales a gran escala (pérdida de biodiversidad); la creciente escasez de agua dulce; el aumento de la demanda de energía y de consumo asociados al mundo occidental y a los países en vías de desarrollo, así como al aumento previsible de la población global del planeta (de 6.600 millones a unos 9.000 millones previstos a mediados del siglo XXI). Estas dimensiones del tema ecológico están muchas veces interrelacionadas, pero deben distinguirse para entenderlas mejor y poder plantear más eficazmente el modo de combatirlas.
2. Las variables y los índices de medida. La salud medioambiental de un país no se mide simplemente por el grado de sus emisiones de gases de efecto invernadero.
Se necesitan índices que midan las principales variables que intervienen en el tema. Un índice que integra hasta 21 indicadores distintos es el índice ISA (índice de sostenibilidad ambiental) establecido por investigadores de Yale y Columbia en el 2005. Permite establecer un ranking más informativo de países, regiones, etcétera, que cuando sólo se miden aspectos parciales (los países mejor situados ese año fueron los nórdicos y Uruguay; los peores, algunas ex repúblicas soviéticas, Iraq, Taiwán y Corea del Norte. España ocupa el lugar 76 entre 146 países, ¡por detrás de 17 países africanos y 21 europeos!).
3. Equívocos ecológicos. A veces se detectan argumentos equívocos, casi demagógicos, en la búsqueda de posiciones de nuevos productos en el mercado. Es el caso, por ejemplo, de los coches verdes o de ciertos biocombustibles pretendidamente menos contaminantes. A pesar de que estos productos contaminan efectivamente menos que los tradicionales, el proceso energético y medioambiental debe ser analizado en su conjunto, y no sólo a partir del producto final. Es decir, deben tenerse en cuenta la energía empleada y los costes ecológicos de fabricar los nuevos coches o de producir biocombustibles. Se trata de procesos que además de energía necesitan grandes cantidades de agua, de materiales y generan residuos. El balance final es a veces contraproducente. Especialmente cuando el mercado incentiva el consumo de productos tras periodos cortos de uso de los anteriores.
4. Tres vías de solución. En general, suelen mencionarse tres erres ecológicas como vías de solución: reducir, reutilizar y reciclar. El objetivo general es llegar a una sostenibilidad energética compatible con la competitividad. No es fácil, pero resulta imprescindible apostar por ello. En las dos primeras vías, los actores que pueden propiciar un cambio son, principalmente, los gobiernos y las empresas. El objetivo de reducir es alcanzar un balance energético mucho más satisfactorio: que se utilice mucha menos energía y menos materiales en la fabricación de productos, y que se generen muchos menos residuos en los procesos de producción. Por su parte, reutilizar significa fabricar y utilizar productos con una mayor vida media. Todo ello es hoy técnicamente posible. Comprar menos productos y de una mayor calidad es una vía de futuro. Finalmente, el reciclaje es donde más podemos influir los ciudadanos. Y tiene su mejor sentido en el caso de materiales no renovables (derivados del petróleo como plásticos, fertilizantes, pinturas, etcétera). Pero reciclar no es la vía de mayor impacto medioambiental, ya que la tarea de separar, recuperar y transformar los materiales usados en otros nuevos implica un consumo de energía relativamente alto. Pero no hacerlo es peor, especialmente por la mayor generación de residuos cuando no se hace (además de la importancia de introducir progresivamente una mayor “cultura ecológica” en la ciudadanía).
Las próximas décadas son decisivas. Según como se resuelvan (o no) las principales dimensiones ecológicas dependerá la calidad de vida de las próximas generaciones. Hay países que ya están haciendo los deberes. Otros, como EE. UU., Australia y España, siguen con la táctica del avestruz o escondiéndose tras mera retórica. Ser un gobierno progresista hoy tiene que ver con implementar, entre otras, medidas ecológicas prácticas que no sean un mero adorno.
¿Puede salvarse la humanidad?
Hemos recibido en legado un solo planeta. La Tierra es hoy un patrimonio en peligro y la propia especie humana corre peligro.
La Unesco acaba de publicar, bajo la dirección de Jérôme Bindé, la tercera antología de los Coloquios del siglo XXI, titulada Firmemos la paz con la Tierra (Ediciones Unesco/ Icaria), con la colaboración de quince científicos de fama mundial. Hemos efectuado en esta obra, publicada también en catalán, una radiografía prospectiva de la crisis ecológica mundial, formulando a la vez una serie de propuestas que resumiré en lo esencial.
No insistiré sobre el diagnóstico, ya que por desgracia el panorama es de sobra conocido: cambio climático, desertización, crisis mundial de los recursos hídricos, deforestación, deterioro de los océanos, erosión acelerada de la biodiversidad y contaminación del aire, del suelo, del agua dulce y del mar.
La guerra que hemos declarado a nuestro planeta puede costar tanto como una guerra mundial, como se ha señalado en el informe Stern. Además, corremos el riesgo de desembocar en la guerra de verdad, debido no sólo a la escasez cada vez mayor de energías fósiles y recursos naturales, sino también al desplazamiento de los 150 a 200 millones de ecorrefugiados que vaticinan los estudios prospectivos.
Lo que consideramos problemas son más bien síntomas, el del crecimiento material en un mundo finito, ya señalado desde 1972 en el informe Los límites del crecimiento presentado al Club de Roma. Pero en 1972 la humanidad estaba por debajo de sus límites, mientras que ahora está por encima de ellos. Así lo atestiguan los datos que publicamos sobre la huella ecológica de la especie humana.
En estas condiciones, ¿puede salvarse todavía la humanidad? Respondemos afirmativamente a este interrogante. En vez de contraponer el crecimiento económico y el desarrollo sostenible, tenemos que armonizarlos. Para lograr esa armonización, necesitamos no sólo más ciencia, más sobriedad, menos materia y más acciones concretas, sino también más ética y política, en contra de lo que algunos puedan creer.
Más ciencia. Muchos creen que el enemigo es la tecnociencia. Sin embargo, la mano que inflige la herida es también la que la cura. No conseguiremos salvaguardar nuestro planeta y hacer que se salve su huésped, la especie humana, si no logramos construir sociedades del conocimiento que den prioridad a la educación, la investigación y la prospectiva. La Unesco, por su parte, ha venido construyendo una base de conocimientos de importancia mundial sobre el medio ambiente y el desarrollo sostenible desde hace varios decenios y sus programas científicos internacionales relativos al agua, a los océanos, las ciencias de la tierra y la biosfera son reconocidos como fuentes de recursos únicas en su género.
Más sobriedad. Va a ser necesario inventar formas de consumo menos caras y más eficaces. En efecto, la humanidad necesitaría disponer de los recursos naturales de tres o cuatro Tierras si llegan a extenderse por todo el planeta los modos actuales de consumo imperantes en Norteamérica.
Menos materia. Vamos a tener que desmaterializar la economía. En efecto, es muy probable que no podamos detener el crecimiento económico y, por eso, tendremos que reducir el consumo de recursos naturales y materias primas. La evolución de la economía hacia la desmaterialización ya se ha iniciado con la sustitución revolucionaria de los átomos por los bits, que son la base de las nuevas tecnologías y las sociedades del conocimiento. La desmaterialización de la economía podrá incluso impulsar el desarrollo del Sur, siempre que el Norte se comprometa a desmaterializar su crecimiento a un ritmo algo más rápido que el primero durante unos cincuenta años. Pero la mayor transformación de nuestras sociedades ha de consistir en modificar nuestras actitudes. ¿Cómo podremos desmaterializar la producción si seguimos siendo materialistas? ¿Cómo podremos disminuir el consumo si el consumidor que todos llevamos dentro acaba por devorar nuestra conciencia cívica? La educación para el desarrollo sostenible será la impulsora de la imprescindible modificación de nuestro comportamiento.
Acciones más concretas, ejecutando proyectos precisos y realistas, a fin de suprimir el gran trecho que media entre la utopía y la tiranía impuesta por las miras a corto plazo. Por ejemplo, la biodiversidad. Se necesitarían unos 50.000 millones de dólares – esto es, algo menos del 0,1% del PIB mundial- para preservar las 34 zonas ecológicas más prioritarias del planeta. Esas zonas, que sólo abarcan un 2,3% de la superficie terrestre, albergan sin embargo el 50% de las especies de plantas vasculares conocidas y el 42% de los mamíferos, aves, reptiles y anfibios existentes.
Un contrato natural. Al contrato social ya establecido entre los seres humanos, hay que añadir el contrato que vincule a estos a la naturaleza. Estamos ya protegiendo determinadas especies y parques naturales. Eso quiere decir que vamos reconociendo paulatinamente que la naturaleza es un auténtico sujeto de derecho con el que es posible establecer un contrato. La verdadera democracia del futuro tendrá que ser forzosamente prospectiva. La ética del futuro sabrá armonizar el crecimiento y el desarrollo sostenible.
¿Puede salvarse la humanidad?
Hemos recibido en legado un solo planeta. La Tierra es hoy un patrimonio en peligro y la propia especie humana corre peligro.
La Unesco acaba de publicar, bajo la dirección de Jérôme Bindé, la tercera antología de los Coloquios del siglo XXI, titulada Firmemos la paz con la Tierra (Ediciones Unesco/ Icaria), con la colaboración de quince científicos de fama mundial. Hemos efectuado en esta obra, publicada también en catalán, una radiografía prospectiva de la crisis ecológica mundial, formulando a la vez una serie de propuestas que resumiré en lo esencial.
No insistiré sobre el diagnóstico, ya que por desgracia el panorama es de sobra conocido: cambio climático, desertización, crisis mundial de los recursos hídricos, deforestación, deterioro de los océanos, erosión acelerada de la biodiversidad y contaminación del aire, del suelo, del agua dulce y del mar.
La guerra que hemos declarado a nuestro planeta puede costar tanto como una guerra mundial, como se ha señalado en el informe Stern. Además, corremos el riesgo de desembocar en la guerra de verdad, debido no sólo a la escasez cada vez mayor de energías fósiles y recursos naturales, sino también al desplazamiento de los 150 a 200 millones de ecorrefugiados que vaticinan los estudios prospectivos.
Lo que consideramos problemas son más bien síntomas, el del crecimiento material en un mundo finito, ya señalado desde 1972 en el informe Los límites del crecimiento presentado al Club de Roma. Pero en 1972 la humanidad estaba por debajo de sus límites, mientras que ahora está por encima de ellos. Así lo atestiguan los datos que publicamos sobre la huella ecológica de la especie humana.
En estas condiciones, ¿puede salvarse todavía la humanidad? Respondemos afirmativamente a este interrogante. En vez de contraponer el crecimiento económico y el desarrollo sostenible, tenemos que armonizarlos. Para lograr esa armonización, necesitamos no sólo más ciencia, más sobriedad, menos materia y más acciones concretas, sino también más ética y política, en contra de lo que algunos puedan creer.
Más ciencia. Muchos creen que el enemigo es la tecnociencia. Sin embargo, la mano que inflige la herida es también la que la cura. No conseguiremos salvaguardar nuestro planeta y hacer que se salve su huésped, la especie humana, si no logramos construir sociedades del conocimiento que den prioridad a la educación, la investigación y la prospectiva. La Unesco, por su parte, ha venido construyendo una base de conocimientos de importancia mundial sobre el medio ambiente y el desarrollo sostenible desde hace varios decenios y sus programas científicos internacionales relativos al agua, a los océanos, las ciencias de la tierra y la biosfera son reconocidos como fuentes de recursos únicas en su género.
Más sobriedad. Va a ser necesario inventar formas de consumo menos caras y más eficaces. En efecto, la humanidad necesitaría disponer de los recursos naturales de tres o cuatro Tierras si llegan a extenderse por todo el planeta los modos actuales de consumo imperantes en Norteamérica.
Menos materia. Vamos a tener que desmaterializar la economía. En efecto, es muy probable que no podamos detener el crecimiento económico y, por eso, tendremos que reducir el consumo de recursos naturales y materias primas. La evolución de la economía hacia la desmaterialización ya se ha iniciado con la sustitución revolucionaria de los átomos por los bits, que son la base de las nuevas tecnologías y las sociedades del conocimiento. La desmaterialización de la economía podrá incluso impulsar el desarrollo del Sur, siempre que el Norte se comprometa a desmaterializar su crecimiento a un ritmo algo más rápido que el primero durante unos cincuenta años. Pero la mayor transformación de nuestras sociedades ha de consistir en modificar nuestras actitudes. ¿Cómo podremos desmaterializar la producción si seguimos siendo materialistas? ¿Cómo podremos disminuir el consumo si el consumidor que todos llevamos dentro acaba por devorar nuestra conciencia cívica? La educación para el desarrollo sostenible será la impulsora de la imprescindible modificación de nuestro comportamiento.
Acciones más concretas, ejecutando proyectos precisos y realistas, a fin de suprimir el gran trecho que media entre la utopía y la tiranía impuesta por las miras a corto plazo. Por ejemplo, la biodiversidad. Se necesitarían unos 50.000 millones de dólares – esto es, algo menos del 0,1% del PIB mundial- para preservar las 34 zonas ecológicas más prioritarias del planeta. Esas zonas, que sólo abarcan un 2,3% de la superficie terrestre, albergan sin embargo el 50% de las especies de plantas vasculares conocidas y el 42% de los mamíferos, aves, reptiles y anfibios existentes.
Un contrato natural. Al contrato social ya establecido entre los seres humanos, hay que añadir el contrato que vincule a estos a la naturaleza. Estamos ya protegiendo determinadas especies y parques naturales. Eso quiere decir que vamos reconociendo paulatinamente que la naturaleza es un auténtico sujeto de derecho con el que es posible establecer un contrato. La verdadera democracia del futuro tendrá que ser forzosamente prospectiva. La ética del futuro sabrá armonizar el crecimiento y el desarrollo sostenible.
>¿Puede salvarse la humanidad?
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Hemos recibido en legado un solo planeta. La Tierra es hoy un patrimonio en peligro y la propia especie humana corre peligro.
La Unesco acaba de publicar, bajo la dirección de Jérôme Bindé, la tercera antología de los Coloquios del siglo XXI, titulada Firmemos la paz con la Tierra (Ediciones Unesco/ Icaria), con la colaboración de quince científicos de fama mundial. Hemos efectuado en esta obra, publicada también en catalán, una radiografía prospectiva de la crisis ecológica mundial, formulando a la vez una serie de propuestas que resumiré en lo esencial.
No insistiré sobre el diagnóstico, ya que por desgracia el panorama es de sobra conocido: cambio climático, desertización, crisis mundial de los recursos hídricos, deforestación, deterioro de los océanos, erosión acelerada de la biodiversidad y contaminación del aire, del suelo, del agua dulce y del mar.
La guerra que hemos declarado a nuestro planeta puede costar tanto como una guerra mundial, como se ha señalado en el informe Stern. Además, corremos el riesgo de desembocar en la guerra de verdad, debido no sólo a la escasez cada vez mayor de energías fósiles y recursos naturales, sino también al desplazamiento de los 150 a 200 millones de ecorrefugiados que vaticinan los estudios prospectivos.
Lo que consideramos problemas son más bien síntomas, el del crecimiento material en un mundo finito, ya señalado desde 1972 en el informe Los límites del crecimiento presentado al Club de Roma. Pero en 1972 la humanidad estaba por debajo de sus límites, mientras que ahora está por encima de ellos. Así lo atestiguan los datos que publicamos sobre la huella ecológica de la especie humana.
En estas condiciones, ¿puede salvarse todavía la humanidad? Respondemos afirmativamente a este interrogante. En vez de contraponer el crecimiento económico y el desarrollo sostenible, tenemos que armonizarlos. Para lograr esa armonización, necesitamos no sólo más ciencia, más sobriedad, menos materia y más acciones concretas, sino también más ética y política, en contra de lo que algunos puedan creer.
Más ciencia. Muchos creen que el enemigo es la tecnociencia. Sin embargo, la mano que inflige la herida es también la que la cura. No conseguiremos salvaguardar nuestro planeta y hacer que se salve su huésped, la especie humana, si no logramos construir sociedades del conocimiento que den prioridad a la educación, la investigación y la prospectiva. La Unesco, por su parte, ha venido construyendo una base de conocimientos de importancia mundial sobre el medio ambiente y el desarrollo sostenible desde hace varios decenios y sus programas científicos internacionales relativos al agua, a los océanos, las ciencias de la tierra y la biosfera son reconocidos como fuentes de recursos únicas en su género.
Más sobriedad. Va a ser necesario inventar formas de consumo menos caras y más eficaces. En efecto, la humanidad necesitaría disponer de los recursos naturales de tres o cuatro Tierras si llegan a extenderse por todo el planeta los modos actuales de consumo imperantes en Norteamérica.
Menos materia. Vamos a tener que desmaterializar la economía. En efecto, es muy probable que no podamos detener el crecimiento económico y, por eso, tendremos que reducir el consumo de recursos naturales y materias primas. La evolución de la economía hacia la desmaterialización ya se ha iniciado con la sustitución revolucionaria de los átomos por los bits, que son la base de las nuevas tecnologías y las sociedades del conocimiento. La desmaterialización de la economía podrá incluso impulsar el desarrollo del Sur, siempre que el Norte se comprometa a desmaterializar su crecimiento a un ritmo algo más rápido que el primero durante unos cincuenta años. Pero la mayor transformación de nuestras sociedades ha de consistir en modificar nuestras actitudes. ¿Cómo podremos desmaterializar la producción si seguimos siendo materialistas? ¿Cómo podremos disminuir el consumo si el consumidor que todos llevamos dentro acaba por devorar nuestra conciencia cívica? La educación para el desarrollo sostenible será la impulsora de la imprescindible modificación de nuestro comportamiento.
Acciones más concretas, ejecutando proyectos precisos y realistas, a fin de suprimir el gran trecho que media entre la utopía y la tiranía impuesta por las miras a corto plazo. Por ejemplo, la biodiversidad. Se necesitarían unos 50.000 millones de dólares – esto es, algo menos del 0,1% del PIB mundial- para preservar las 34 zonas ecológicas más prioritarias del planeta. Esas zonas, que sólo abarcan un 2,3% de la superficie terrestre, albergan sin embargo el 50% de las especies de plantas vasculares conocidas y el 42% de los mamíferos, aves, reptiles y anfibios existentes.
Un contrato natural. Al contrato social ya establecido entre los seres humanos, hay que añadir el contrato que vincule a estos a la naturaleza. Estamos ya protegiendo determinadas especies y parques naturales. Eso quiere decir que vamos reconociendo paulatinamente que la naturaleza es un auténtico sujeto de derecho con el que es posible establecer un contrato. La verdadera democracia del futuro tendrá que ser forzosamente prospectiva. La ética del futuro sabrá armonizar el crecimiento y el desarrollo sostenible.
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