Ciencias y Arte

Noticias y comentarios sobre Ciencia Política, Administración Pública, Economía y Arte

>Los distintos rostros de la Primavera Árabe

>

Por Shlomo Ben Ami, ex ministro israelí de Asuntos Exteriores y en la actualidad vicepresidente del Centro Internacional Toledo por la Paz. Es autor de Scars of War, Wounds of Peace: The Israeli-Arab Tragedy (Cicatrices de guerra, heridas de paz: la tragedia árabe-israelí). Traducido del inglés por David Meléndez Tormen (Project Syndicate, 01/04/11):
En gran medida, el ataque a las fuerzas de Muammar Gadafi en Libia por parte de una alianza liderada por Occidente se motiva en principios. Si hubiera dado la espalda a los rebeldes libios, Occidente habría traicionado su identidad misma.
Por supuesto, no se están aplicando los mismos principios para salvar a las masas reprimidas brutalmente en Yemen o los manifestantes chiíes en Bahréin. Es dudoso que se extienda a Arabia Saudita y Siria, y mucho menos a Irán. Tampoco es improbable que una guerra prolongada en Libia acabe por dar justificación a la advertencia de los gobernantes autoritarios de la región de que el despertar árabe no es más que un preludio del caos.
Estas contradicciones internas se ven agravadas por las condiciones locales de cada uno de los estados árabes, así como por las limitaciones estratégicas, todo lo cual define los matices de esta desigual primavera árabe.
La legitimidad de las monarquías hereditarias, principio establecido por Metternich, el arquitecto del orden post-napoleónico, finalmente prevaleció en la Primavera Europea de 1848. Hasta ahora, el mismo principios sigue en vigor en el mundo árabe. Las monarquías -en Marruecos, Arabia Saudita, Jordania y la mayoría de las dinastías del Golfo- todavía parecen más aceptables a ojos de sus súbditos que las autocracias seculares. La vulnerabilidad de los regímenes de Egipto, Túnez, Libia, Siria y Yemen, que se basan en elecciones amañadas y un aparato estatal de represión, refleja su falta de cualquier otra fuente aceptable de legitimidad.
Por supuesto, las monarquías árabes no son totalmente inmunes a la amenaza de que ocurran levantamientos populares. Pero, debido a que su legitimidad proviene de una fuente religiosa o hasta divina más que de una ficción de apoyo democrático, como fue el caso de los presidentes árabes, sus gobiernos son menos cuestionables.
Más aún, a diferencia de las “repúblicas” árabes -casi de todas las cuales surgieron revoluciones “socialistas” o golpes militares que prometían grandeza y justicia social, sólo para acabar como regímenes corruptos y represivos-, las monarquías de la región nunca prometieron una utopía. En la historia, todas esas promesas han terminado, ya sea a las puertas de un gulag o, como en Egipto y Túnez, con el catártico derrocamiento de los gobernantes por parte de las masas desengañadas. En ninguna de las monarquías árabes han ido los manifestantes a por la cabeza del rey; sus demandas tienen relación con los límites al poder absoluto, no un fin a la monarquía.
El mapa revolucionario también se ve influido por las actitudes hacia Occidente. Una triste lección de la duplicidad de Occidente con respecto a las reformas democráticas en el mundo árabe, que tanto Siria como Irán han abrazado con complacencia, es que los líderes moderados pro-occidentales que abrieron espacios a los manifestantes pro-democracia terminaron siendo barridos a un costado, mientras que quienes aplastaron brutalmente a sus oponentes se mantienen en el poder. Occidente, después de todo, nunca aplicó una presión irresistible sobre ningún régimen árabe para que llevara a cabo reformas y abandonó a sus clientes autocráticos en Túnez y Egipto sólo cuando no pudieron cortar el brote revolucionario. La lección es que Occidente coexistirá con las tiranías, a condición de que sus mecanismos de represión sean rápidos y eficaces.
Estados Unidos, en particular, ha sido mucho más indulgente con respecto a la represión de los movimientos democráticos en el Golfo que en Egipto, Túnez o Libia. Y esto es así porque allí el asunto clave para los estadounidenses no es la democracia frente a la autocracia, sino un eje chií impulsado por Irán frente a los actuales regímenes suníes pro-occidentales.
Teniendo en cuenta el temor desenfrenado a la influencia iraní, el movimiento por la democracia en Bahréin y Arabia Saudita está destinado a ser sofocado con la complicidad de EE.UU. La intervención impulsada por los sauditas en Bahréin apunta a limitar los esfuerzos de Irán por avanzar en la región sobre las olas del descontento chií.
De hecho, el levantamiento de la mayoría chií de Bahréin se ha convertido ahora en una lucha por el dominio regional entre Irán y las monarquías suníes respaldadas por Estados Unidos en el Golfo. Incluso Turquía, un aliado de Irán cuyo primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, criticó duramente la intervención militar contra Libia -arremetiendo contra Occidente por ver la región como “como un peón en las guerras del petróleo por décadas” – hizo un llamado a Irán para que frenase su belicosa retórica durante la crisis de Bahréin.
La inmunidad de la monarquía saudí a las presiones de EE.UU. para que se lleven a cabo reformas democráticas le debe mucho al temor a una “media luna chií” sobre el Golfo, con Irán en su centro. De hecho, Arabia Saudita considera el empoderamiento político de la mayoría chií de Iraq como una calamidad de proporciones históricas, visión que se ve reivindicada por el apoyo abierto de Irak a los designios iraníes en el Golfo. El primer ministro, Nouri al-Maliki, se unió al coro de Irán en contra de “la intervención de las fuerzas suníes en un estado vecino.” Lo secundó el poderoso líder chií de Iraq, Mukhtada Sadr, y su clérigo supremo, el ayatolá Ali Sistani, que instó a Bahréin a deshacerse de las “fuerzas extranjeras”.
Se ha puesto de moda culpar a Occidente por las vicisitudes de la democratización árabe. Sin embargo, las encrucijadas de la historia nunca se han caracterizado por presentar opciones fáciles, y a menudo los errores humanos dan forma a los resultados más que la maldad humana. En su marcha admirable hacia las libertades civiles, los pueblos árabes deben enfrentan una prueba preliminar de toda democracia, por incipiente que sea: asumir la responsabilidad por las consecuencias de las decisiones propias.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

abril 2, 2011 Publicado por | conflicto armado, conflicto social, mundo árabe | Dejar un comentario

>Los jóvenes inquietos del mundo árabe

>

Por Jeffrey D. Sachs, profesor de Economía y director del Earth Institute en la Universidad de Columbia. También es asesor especial del Secretario General de las Naciones Unidas sobre los Objetivos de Desarrollo del Milenio (Project Syndicate, 31/03/11):
Muchos factores están detrás de los continuos levantamientos en Oriente Medio: décadas de régimen corrupto y autoritario, sociedades cada vez más alfabetizadas y digitalmente conectadas y precios de los alimentos mundiales por las nubes. Para colmo, en todo Oriente Medio (así como en el África subsahariana y en gran parte del sur de Asia), el rápido crecimiento de la población está alimentando enormes presiones demográficas.
La población de Egipto, por ejemplo, cuando menos se duplicó en el transcurso del régimen de Hosni Mubarak, de 42 millones en 1980 a 85 millones en 2010. Este crecimiento es más remarcable aún dado que Egipto es un país desértico y sus habitantes viven hacinados a lo largo del Nilo. Sin lugar para extenderse, las densidades poblacionales están aumentando hacia un punto de quiebre. El Cairo se ha convertido en una región que se expande descontroladamente con unos 20 millones de personas que viven codo con codo, con una infraestructura inadecuada.
El rápido crecimiento de la población significa una población joven desbordante. De hecho, la mitad de la población de Egipto tiene menos de 25 años. Egipto, como decenas de países en todo el mundo, enfrenta el desafío extremo –y ampliamente en falta- de asegurar un empleo productivo y remunerado para sus jóvenes.
El crecimiento del empleo simplemente no va a la par del crecimiento de la población, al menos no en el sentido de empleos decentes con salarios decentes. La tasa de desempleo entre los jóvenes (15 a 24 años) en el norte de África y en Oriente Medio es de 30% o más. La frustración de los jóvenes desempleados y subempleados ahora se está volcando a las calles.
No obstante, el problema del alto desempleo entre los jóvenes ciertamente no se limita al mundo en desarrollo. En Estados Unidos, la tasa general de desempleo ronda el 9%, pero entre los jóvenes entre 18 y 25 años es de un asombroso 19%. Y esto incluye sólo a los jóvenes que en realidad trabajan o buscan trabajo. Hay muchos más que simplemente se desmoralizaron y quedaron afuera del mercado laboral por completo: no estudian, no trabajan y no buscan empleo. No protestan mucho, pero muchos terminan en prisión.
Los mercados laborales del mundo hoy están interconectados. Los jóvenes en países tan diversos como Egipto y Estados Unidos, en realidad, compiten con los jóvenes chinos e indios por empleos. Los trabajadores industriales mal pagos y razonablemente productivos de China así como la infraestructura de alta calidad del país (carreteras, energía, puertos y comunicaciones) establecieron el estándar para la competitividad a nivel global. En consecuencia, los trabajadores poco calificados de Egipto, Estados Unidos y otros países deben, o bien aumentar lo suficiente su productividad para competir con un salario decente, o bien aceptar una paga extremadamente baja o directamente el desempleo.
De manera que crear empleos decentes con salarios decentes es fundamental para ser internacionalmente competitivo. Eso requiere brindarles a los trabajadores una buena educación, una sólida capacitación laboral y una infraestructura de apoyo. Si bien el sector privado debe crear la mayoría de los empleos, el sector público debe generar las condiciones subyacentes para una alta productividad. Eso es mucho pedir.
Sólo una región de altos ingresos ha hecho un trabajo razonablemente bueno en cuanto a preparar a su juventud, y a su economía general, para una dura competencia global: el norte de Europa, incluyendo Alemania y Escandinavia (Dinamarca, Finlandia, Noruega y Suecia). En estos países, la educación pública es excelente, y la transición de la escuela al trabajo suele ir de la mano de programas como las becas por las cuales Alemania es particularmente famosa.
En los países en desarrollo, los principales progresos se detectan en países que enfatizan la excelencia en la educación, la inversión pública en infraestructura y una capacitación laboral seria. Corea del Sur probablemente sea la principal historia de éxito: un asombroso logro educativo y un empleo sólido entre los jóvenes lo llevaron de ser un país en desarrollo a una condición de altos ingresos en una generación. Y Corea del Sur ha logrado esta proeza siendo vecino inmediato de la intensamente competitiva China.
Estados Unidos, por el contrario, es un ejemplo de fracaso, excepto para los jóvenes de hogares de altos ingresos. Los niños norteamericanos criados en un contexto de prosperidad logran recibir una excelente educación y tener buenas perspectivas laborales después de una licenciatura. Pero como los ricos presionaron exitosamente a favor de recortes impositivos y reducciones en el gasto del gobierno, los niños de los hogares pobres y de clase trabajadora tienen muchas menos posibilidades de recibir una educación de alta calidad, y el gobierno de Estados Unidos no ha brindado una capacitación o una infraestructura adecuada. El resultado es una creciente crisis de desempleo entre los jóvenes pobres y de clase trabajadora.
Los países del norte de África y de Oriente Medio deberían aprender del este de Asia y del norte de Europa, y esforzarse por evitar los fracasos de Estados Unidos. Si la democracia ha de arraigarse y florecer en Egipto, Túnez y otras partes del mundo árabe, los nuevos gobiernos reformistas deben hacer de la crisis de desempleo entre los jóvenes su principal prioridad.
Los países de Oriente Medio deberían elaborar estrategias para mejorar la calidad y prolongar la escolaridad, invertir en capacitación laboral, establecer becas en el sector privado y desarrollar pequeñas y medianas empresas. Deberían identificar proyectos de infraestructura clave que resulten necesarios para asegurar la productividad del sector privado. Y deben trabajar juntos para profundizar la integración comercial regional, creando así un mercado mucho más grande.
Los gobernantes autoritarios depuestos –Zine El Abidine Ben Ali de Túnez, Mubarak y pronto el coronel Muammar Gadaffi de Libia- se quedaron con miles de millones de dólares robados del tesoro público. Debería recuperarse este dinero obtenido de manera ilícita y se lo debería colocar en un fondo especial para el empleo juvenil.
Es más, con los precios del petróleo nuevamente por encima de los 100 dólares el barril, los estados del Golfo están atravesando una bonanza. Ellos también deberían crear un fondo especial para el empleo juvenil en la región a través del Banco de Desarrollo Islámico. No puede haber mejor manera de utilizar los recursos de la región que asegurando que la vida de sus jóvenes se vea enriquecida por la educación, el desarrollo de capacidades y empleos de alta calidad.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 31, 2011 Publicado por | mundo árabe | Dejar un comentario

>Printemps arabe : pas de démocratie sans les femmes

>

Par Béatrice Toulon et Isabelle Germain, Les Nouvelles News (LE MONDE, 30/03/11):
Une révolution dans la révolution gronde au cœur du printemps arabe, moins visible, moins bruyante, mais bien réelle et plus historique encore que la formidable leçon donnée par “la rue arabe” en Tunisie, Egypte, Yémen, Bahreïn, Libye, Syrie et autres pays musulmans du pourtour méditerranéen. Cette révolution c’est celle des femmes. Des femmes arabes et musulmanes. Ces femmes ne réclament pas de droits spécifiques, elles exigent une citoyenneté à part entière, à part égale, dans tous les domaines, politiques, économiques, juridiques, familiaux.
C’est nouveau, c’est unique, formidablement prometteur et au fond prévisible depuis qu’elles ont accès aux études, au contrôle des naissances et au monde grâce aux réseaux Internet. Mais ces femmes ont besoin du soutien des démocrates du monde entier, des médias en particulier, car elles ne bravent pas qu’un ordre politique autoritaire, elles défient l’ordre masculin, dominant, inégalitaire, dont la bonne conscience était jusqu’à ce jour légitimé par les traditions et la religion. Un sacré renversement, sans doute, mais capital comme l’a affirmé le 17 mars à Alger le professeur de sciences politiques Nourredine Saâdi : “C’est autour de la femme que va se jouer la démocratie.” C’est dire l’importance de l’enjeu.
Fait rare et signe des temps, les femmes ont d’abord manifesté avec les hommes, occupé la place Tahrir au Caire, arpenté les rues tunisiennes, bahreinis, yéménites, gazaouis, soudanaises, mêlées aux hommes ou séparées selon le degré d’influence de la Charia. Tant qu’il s’agissait de réclamer la démocratie en général, elles étaient les bienvenues. Mais quand, une fois les dictatures tombées, elles ont exigé la démocratie pour elles, le machisme a vite repris ses droits.
En Tunisie, les manifestations de femmes se heurtent régulièrement à des barrages masculins qui leur crient: “les femmes à la maison!”, “les femmes à la cuisine!“. Au Caire, le 8 mars dernier, les femmes étaient descendues en masse place Tahrir pour manifester contre le sexisme des autorités de transition : aucune femme dans le comité constitutionnel chargé de préparer la nouvelle Constitution ; aucune femme dans le comité civil de consultation appelé “conseil des hommes sages” ; une réforme constitutionnelle (approuvée le 20 mars par référendum) qui ne garantit aucun droit aux femmes et n’envisage qu’un candidat de sexe masculin à l’élection présidentielle. Un premier succès des Frères musulmans.
Ce jour-là, les manifestantes se sont heurtées à des hommes, venus en masse et extraordinairement hostiles. Que leur reprochaient-ils ? De mettre en péril la révolution en réclamant des droits trop tôt. Trop tôt ? L’Histoire des révolutions américaine, française, russe, algérienne, cubaine a montré que “later is never”, comme dit le proverbe anglais. Priyanka Motaparthy, de Human Rights Watch, présente ce jour-là place Tahrir en témoigne : “C’était une façon incroyablement violente d’essayer de chasser les femmes de l’espace public.” Mais ce jour-là il n’y avait ni soldats pour les protéger ni journalistes pour témoigner, tous occupés à suivre les tractations politiques qui faisaient l’actualité la veille et la feraient le lendemain.
Les machos de la rue arabe ne sont pas forcément à blâmer. Leur regard sur les femmes répète un schéma appris de leurs pères, assez universellement partagé et bien décrit par l’anthropologue Françoise Héritier, selon lequel les hommes représentent le centre, les femmes la périphérie. Les pleins droits pour les hommes, représentants universels de l’humanité, suffisent alors à l’exigence démocratique. En négligeant, ou plutôt en ne voyant pas la lutte des femmes pourtant au cœur du combat pour la vraie démocratie, les médias, nos médias, ne sont pas si loin d’une telle représentation du monde. Et pourtant, les femmes arabo-musulmanes bougent. Là où personne ne peut les faire taire, dans le cyber-espace. Encore faut-il les chercher pour les trouver.
On tombe alors sur un impressionnant réseau transnational de sites, de blogs, tags et autres pages sur les réseaux sociaux qui en disent long sur la soif de liberté, l’exigence d’égalité et la crainte que pour les femmes le temps reste à l’hiver. Une vidéo de jeunes Bahreinis, filles mais aussi garçons, réclamant des “equal rights” a buzzé sur la toile, tout comme le compte twitter SaoudiWomenRevolution ou un post saoudien qui dénonce le “mahran” la tutelle masculine sur les femmes saoudiennes. On ne compte plus les pages Facebook des Femmes d’Egypte, de Tunisie, du Yemen, les blogs (celui de Mona Kareem de Bahreïn), les échanges de femmes juristes sur la résolution 1326 du conseil de Sécurité de l’ONU qui oblige les Etats à favoriser toutes les actions visant la parité. Elles font circuler les chiffres : 25 % de femmes dans le parlement irakien ; 45 % dans celui de l’Afrique du Sud qui en abolissant le racisme a estimé cohérent d’abolir le sexisme.
CHANGEMENT DE PARADIGME
Il y a aussi les héroïnes dont les photos circulent comme celle de Kowatul Karman, leader de l’opposition yéménite, ou d’autres agitatrices, comme les égyptiennes Nawal El Saadawi et Fatma Emam. Qui les connaît en France ? Signe de l’universalité de cette révolution des femmes, un montage vidéo des “plus grandes femmes révoltées” circule, qui mêle les images de Jeanne d’Arc, Golda Meir, la suffragette américaines du XIXe siècle Susan B. Anthony et… Kowatul Karman.
Ces femmes ne continueront pas longtemps à se battre si leurs cris ne trouvent aucun écho sur lequel nourrir leur combat. Beaucoup d’hommes de ces pays les comprennent et aspirent aussi à une société plus égalitaire. Mais eux non plus n’auront bientôt plus le courage de s’opposer à cette arrogante domination masculine s’ils ne peuvent lui faire valoir le regard du monde. Le risque deviendrait trop grand pour eux d’être à leur tour exclus du cercle dominant.
Les femmes activistes doivent changer leur dynamique et assimiler leurs luttes aux luttes politiques”, martèle Mozn Hassan, director of the Cairo-based group Nazra for Feminist Studie. Les démocrates du monde entier doivent aussi changer de regard, laisser de côté tout relativisme culturel et comprendre que l’égalité des sexes est le passage obligé de tout projet social véritablement démocratique. L’effort mental requis par un tel changement de paradigme est énorme. Mais cet effort est indispensable car de même que la démocratie n’est en rien naturelle et semble pourtant le régime préféré des humains, de même l’égalité des sexes est la première des promesses d’égalité entre humains.
C’est maintenant que ces femmes doivent être soutenues, pas demain, quand elles auront renoncé sous le poids de leurs traditions et de notre indifférence.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 31, 2011 Publicado por | conflicto social, Igualdad de género, mundo árabe | Dejar un comentario

>The Arab World’s Agents of Change

>

By Jeffrey D. Sachs, director of the Earth Institute at Columbia University (THE NEW YORK TIMES, 29/03/11):
There can be no doubt about the core of the revolutions sweeping North Africa and the Middle East. As John F. Kennedy said in another context 50 years ago, the torch is being passed to a new generation. Much of Arab leadership was trapped in a time warp, sustained by U.S. power, a flood of oil earnings and brutal intelligence services.
Libya’s Muammar el-Qaddafi came to power in 1969; Yemen’s Ali Abdullah Saleh in 1978; Egypt’s Hosni Mubarak in 1981; and Tunisia’s Ben Ali in 1987. These are countries where the median age is around 25 years. Half the population or more has lived under only one increasingly decrepit leader.
The contrast of youthful energy and idealism versus the deadly rule of antiquated despots clinging to power could not have been more vivid than during my visit last week as part of U.N. Secretary General Ban Ki-moon’s trip to North Africa. He met with the interim governments and leaders of civil society to explore ways that the international community could support the fragile new democracies in Egypt and Tunisia.
My lasting impressions of the trip were not the meetings with senior officials grappling with timetables for approaching elections, though the seriousness of their work was reassuring. Nor was it the surrealistic contrast of pride and optimism in Egypt and Tunisia juxtaposed with death and destruction next door in Libya, where Qaddafi is fighting ruthlessly to prolong his despotic regime. The most overpowering impressions came in meetings with youth leaders, the real agents of revolutionary change in the region.
In both Cairo and Tunis, groups of around two dozen young activists came for roundtable discussions with the secretary general and the U.N. delegation. Here were true heroes: young college and medical school students who had stood in Tahrir Square in Cairo and Kasbah Square in Tunis while friends and colleagues were shot, beaten and dragged away. Their numbers swelled by the day, as a population fed up with lies and injustice found the will to topple the regimes that had held them in thrall.
In our meetings, the young people exuded idealism and hardheaded skepticism. They were justly proud of their actions and still stunned that peaceful acts of resistance had prevailed. Yet they asked tough questions. Where was the world community as corrupt dictators pillaged their countries? Where was the world during the days when thousands of their brethren were beaten or killed? What will the community of nations do now to ensure the success of democracy throughout the region?
One could of course explain that the world is cynical; that acts of state too often trump acts of principle; that some of the U.N.’s 192 member governments utterly fail to abide by the Universal Declaration of Human Rights. Yet such answers would miss the mark. The proper way to answer such concerns is to prove that universal values can still move the world community, by mobilizing global support for the democratic revolution that these young people have initiated.
Here are some of the things that the world can and should do. The first is to return the ill-gotten gains that the despots have stolen and placed in foreign accounts. The sums secreted away from Egypt and Tunisia amount to many billions of dollars. The money must be traced, frozen and repatriated.
The second is to stand with the people of these countries by returning quickly to the wondrous tourist sites that not only captivate the imagination but also bring employment and income.
The third is to respond to the economic hardship that has fueled discontent. Youth unemployment is disastrously high, perhaps 40 percent of those under 25 years of age. The systems of vocational education, on-the-job training and skill apprenticeships are in disarray. Both Egypt and Tunisia are natural hubs for youth employment — in information and communications technology, business processing operations, light manufacturing, construction trades, public health, education and many other fields. But the ramp from school to jobs must be made, along the lines perhaps of the successful models of Germany, the Netherlands and Sweden.
Here is a natural area for public-private partnership. Leading businesses in the region, both domestic and foreign, can commit to train hundreds of thousands of young people in the next few years, setting standards and training models that can be followed for millions of other young people. Regional institutions such as the Islamic Development Bank, the European Union and the Mediterranean initiatives pioneered by France, Greece and Turkey can step forward to help set the goals and share the costs. Most importantly, the young people themselves should play a leadership role. They’ve already proved their mastery of holding those in authority to account, and this can apply to economic programs as well as to politics.
I felt a bit curmudgeonly in telling the young people in front of me that their achievement, undoubtedly historic, was only a step. Democracy alone can’t solve their country’s problems. What can solve them, we all agreed, is their energy, idealism and commitment to working across religious and political borders.
The world should rush to offer support to these young people, not only to help Egypt and Tunisia, but also to rescue ourselves from the cynicism and drift that trap too many of our own societies
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 30, 2011 Publicado por | conflicto social, mundo árabe | Dejar un comentario

>Where Is the Arab Leadership?

>

By Patrick Seale, the author, most recently, of The Struggle for Arab Independence: Riad el-Solh (THE NEW YORK TIMES, 24/03/11):
The absence of Arab arms in the attack on Libya is a matter of regret — and could have serious long-term consequences. It has allowed Muammar el-Qaddafi to portray the attack on him as an aggression by the West to seize Libya’s oil — an argument which may strike a chord with his tribal loyalists.
The West’s record in the Arab world is by no means guilt-free. Nevertheless, the Western intervention in Libya should be seen in a more favorable light. It seems to have been driven by genuine revulsion at Qaddafi’s 42-year history of human rights abuses against his own people, not to speak of his murderous forays into external terrorism, such as the downing of civilian aircraft. Among his countless brutalities, the massacre of some 1,200 prisoners in the notorious Abu Salim prison in 1996 is only one of the most flagrant.
Every effort should be made to prevent the intervention in Libya from injecting further venom into the West’s relations with the Arab and Muslim world. The Arab states must be persuaded to shoulder more of the burden of bringing about a peaceful transition in Tripoli.
The Arab League gave the Western assault legitimacy — as did the U.N. Security Council resolution — but the overall Arab contribution has been feeble. Amr Moussa, the Arab League secretary general, has now voiced disquieting reservations about the West’s air strikes, apparently unaware that an effective no-flight zone requires the destruction of Libya’s air defenses.
In order to prevent further civilian casualties and great material destruction, Arab states must now work to bring the fighting in Libya to a close. They must act to save Libya from what could be a protracted civil war.
Yemen may also need Arab mediation to oversee a peaceful transition from President Ali Abdullah Saleh’s 33-year rule to a new government in tune with the demands of the protesters. Yemen was ravaged by a civil war from 1962 to 1970, which ended only when an uneasy reconciliation was arrived at with the help of outside powers.
In the case of Libya, a high-powered contact group should be formed, to mediate between the two sides and negotiate Qaddafi’s peaceful departure. As well as Arab states, the proposed contact group might include a regional power such as Turkey, and perhaps even one or two countries — such as Germany, China or Russia — that abstained when Resolution 1973 was adopted by the Security Council authorizing intervention.
No Arab country has a greater interest than Egypt in the outcome of the Libyan struggle. But it would seem that Egypt’s generals have been too preoccupied with managing the transition of power in their own country to think strategically about relations with their neighbors.
Egypt could have won the gratitude of the great majority of the Libyan people had it provided the rebels with early and decisive help — not simply the few small arms it is said to have given them. It is not too late for Egypt to act to pave the way for a close alliance.
Libya could greatly benefit from Egypt’s vast human resources, its wealth of skills, its experienced government institutions, as well as its cultural and educational establishments. Egypt, in turn, could benefit from Libya’s oil resources and from its thinly-populated land area. Together the two countries could provide a formidable anchor and powerhouse for the Arab world.
There is little doubt that Qaddafi’s rule must soon come to an end. It is important that the transition be handled without unnecessary violence, and in tune with the extraordinary awakening of the Arab peoples, which the world is witnessing from the Atlantic to the Gulf.
No regime in the Arab world will be immune from the explosion of protest and longing for freedom sweeping the entire region. To seek to repress the democratic movement by force will be as ineffective as seeking to contain a tsunami. Arab regimes which have so far escaped serious challenge should hurry to end police brutality, curb corruption and allow genuinely free elections. The use of force — and especially the killing of protesters — only adds fuel to the flames, as Syria is now discovering.
In addition to external mediation in Yemen and Libya, another urgent measure should be an attempt to negotiate an entente between Saudi Arabia and Iran. By sending troops into Bahrain, Saudi Arabia has asserted its authority in the Arabian Peninsula in defense of its national interests. If this intervention creates a moment of calm, the Bahraini ruling family should seize the opportunity to introduce real reforms.
It would be tragic if the crisis in Bahrain were interpreted as a Saudi-Iranian proxy war. Nothing could be more effective in calming tensions in the Gulf region than a genuine attempt at mutual understanding between those two powers — and between Sunni and Shiite Muslims, a task to which religious leaders in both camps should urgently address themselves.
Enlightened action by Arab leaders could spare their countries further turmoil and loss of life. The region’s fate should not be left to external powers.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 26, 2011 Publicado por | conflicto social, mundo árabe | Dejar un comentario

>La quimera turca

>

Por F. Stephen Larrabee, ex miembro del Consejo de Seguridad Nacional y titular de la cátedra distinguida de Seguridad Europea en la RAND Corporation. Traducción de Kena Nequiz (Project Syndicate, 23/03/11):
Las dramáticas revueltas en Túnez, Egipto y Libia han funcionado como catalizador de un despertar árabe más generalizado que ha sacudido los fundamentos del orden político del Medio Oriente que existía desde finales de los años setenta. Si bien es muy temprano para pronosticar los resultados finales, ya se vislumbran algunas consecuencias regionales importantes.
En primer lugar, las revueltas son una espada de dos filos para Irán. El régimen iraní podría beneficiarse de la expulsión o el debilitamiento de los líderes y regímenes pro occidentales de Egipto, Jordania y Arabia Saudita, pero el aliento inicial que dio Irán a los levantamientos democráticos en Túnez y Egipto tuvo consecuencias inesperadas. Los funcionarios iraníes tuvieron que cambiar el tono cuando su propio pueblo comenzó a pedir los mismos derechos democráticos, lo que sugiere que el país podría enfrentarse a presiones más fuertes en favor de la democracia y el cambio político a mediano y largo plazo.
En segundo lugar, los desórdenes amenazan con aislar más a Israel. Con la partida de Mubarak, Israel ha perdido a su socio regional más importante. En efecto, dado el grave deterioro de las relaciones del país con Turquía, la salida de Mubarak lo priva de sus dos aliados más claros en la región. Aunque el régimen militar interino de Egipto ha prometido que respetará el acuerdo de paz de 1979, un gobierno nuevo, más democrático, podría adoptar otra posición.
En tercer lugar, las presiones por el cambio democrático han reforzado significativamente la influencia regional de Turquía. Mientras que los Estados Unidos y la Unión Europea tomaron una actitud cautelosa al principio, el primer ministro turco Recep Tayyip Erdogan apoyó abiertamente las manifestaciones por la democracia de la Plaza Tahrir – decisión que aumentó el prestigio de Turquía entre la oposición democrática de Egipto y en otros lugares de la región.
Muchos árabes consideran que el tipo de Islam moderado que practica el partido gobernante de Turquía, el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), podría ser un modelo para el Medio Oriente. Muchos turcos han comenzado a ver las cosas del mismo modo. En una entrevista reciente, Erdogan indicó que Turquía podría ser una “fuente de inspiración” para los países del Medio Oriente, porque ha demostrado que el Islam y la democracia pueden convivir en armonía.
A primera vista, el modelo turco –que hace hincapié en la secularidad y la democracia—tiene un atractivo evidente en una región agobiada por gobiernos corruptos, autócratas, incompetentes e ineficientes. Pero la experiencia histórica y la evolución política de Turquía presentan diferencias importantes con respecto a las de los países árabes. Como resultado, su modelo no se puede trasplantar fácilmente.
El Islam turco es más moderado y plural que en cualquier otro lugar del Medio Oriente y, al menos desde finales del período otomano, Turquía ha intentado fusionar el Islam y la occidentalización. Esto distingue a Turquía de la mayor parte de los demás países musulmanes del Medio Oriente y le ha permitido evitar las agudas dicotomías y rupturas y la violencia que han caracterizado a la modernización política en otros lugares de la región.
El Islam moderado del AKP surgió en gran medida como respuesta a factores internos, particularmente los efectos acumulativos de varias décadas de democratización y transformación socioeconómica que crearon una nueva clase empresarial en Anatolia que era económicamente liberal pero social y políticamente conservadora. Esta clase, uno de los principales pilares del apoyo electoral del AKP, no existe en otros lugares del Medio Oriente.
Además, el modelo turco se debe en gran parte al liderazgo de Kemal Ataturk, el fundador de la República Turca. Ataturk, un convencido occidentalizador y visionario político, transformó el imperio otomano multinacional en un Estado moderno basado en el nacionalismo turco.
No obstante, Ataturk no inició la transformación de Turquía partiendo de cero. El proceso de occidentalización y modernización había comenzado a finales del siglo XIX bajo los otomanos, durante el período de la Tanzimat. Si bien los kemalistas buscaron romper radicalmente con el pasado otomano, hubo importantes elementos de continuidad entre sus esfuerzos de occidentalización y los que se llevaron a cabo a finales del período otomano. Ambos eran elitistas y estuvieron impulsados desde el Estado.
Estas importantes condiciones previas no existen en el Medio Oriente árabe. La mayoría de los países de la región carecen de instituciones y tradiciones políticas independientes y fuertes sobre las cuales se pueda construir un orden político democrático. También carecen de una sociedad civil dinámica.
Finalmente, los países árabes no tienen el beneficio de la tradición turca de Islam moderado ni su historia de éxito en la fusión del Islam y la occidentalización. Como resultado, es probable que el colapso de las viejas estructuras de poder en muchos países del Medio Oriente esté acompañado de un desorden político y una violencia considerables.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 26, 2011 Publicado por | conflicto social, mundo árabe | Dejar un comentario

>Surprised by the Arab revolutions

>

By Rebecca Solnit, the author of the books A Paradise Built in Hell: The Extraordinary Communities That Arise in Disaster and Infinite City: A San Francisco Atlas. A longer version of this article appears at tomdispatch.com (LOS ANGELES TIMES, 20/03/11):
There were surprises in this year’s unfinished revolutions in Tunisia, Egypt and Libya.
Many in the West were surprised that the Arab world, which we have regularly been told is medieval, hierarchical and undemocratic, was full of young men and women using their cellphones, their Internet access and their bodies in streets and squares to foment change through direct democracy and popular power.
And there was the surprise that the seemingly unshakable regimes of the strongmen were shaken into pieces in ways that have frightened the mighty from Saudi Arabia to China to Algeria to Bahrain.
And finally, there was the surprise of timing. Why now?
In hindsight, we have constructed a narrative in which it all makes sense. A young Tunisian college graduate, Mohammed Bouazizi, who could find no better work than selling produce from a cart on the street, was so upset over his treatment by a policewoman that he set himself afire on Dec. 17. His death two weeks later became the match that set his country afire, and that blaze quickly spread.
But why was it that death that sparked the uprisings? When exactly do abuses that have long been tolerated become intolerable? When does the fear evaporate? Tunisia and Egypt were not short on intolerable situations and tragedies before Bouazizi’s self-immolation. The boiling point of water is straightforward, but the boiling point of societies is mysterious.
WikiLeaks and Facebook and Twitter helped, but new media had been around for years. Asmaa Mahfouz, a young Egyptian woman, tried to use the Internet to organize a protest on April 6, 2008. Turnout was small, and the demonstration was quickly broken up.
In January of this year, Mahfouz again called for Egyptians to rise up, urging them to gather in Tahrir Square on Jan. 25. This time she didn’t stand alone. Millions of Egyptians stood with her, and the government could not withstand the force of their collective will.
That the revolution was called by a young woman with nothing more than a Facebook account and passionate conviction shouldn’t surprise us. Revolution has often been sparked by such acts of bravery. On Oct. 5, 1789, a young girl took a drum to the central markets of Paris, where women were fretting over the high price and scarcity of bread. The drummer girl helped focus that rage, gathering a mostly female crowd of thousands who marched to Versailles, and seized the royal family. It was the end of the Bourbon monarchy.
In 1977, in Czechoslovakia, people signed Charter 77, a manifesto demanding greater freedom. And along the waterfront in Gdansk, Poland, in 1980, a group of dockworkers founded a labor union. In these simple acts of bravery was the beginning of the end of the Soviet empire.
Those who are not afraid are ungovernable, at least by fear. And when people lose their fear, amazing things sometimes happen. In Egypt, there were moments of violence when people pushed back against the government’s goons. Still, no armies marched, no superior weaponry decided the fate of the country, nobody was pushed from power by armed might. People gathered in public and discovered themselves as the public, as civil society. They found that the repression and exploitation they had long tolerated were intolerable, and they found that they could do something about it, even if that something was only gathering, standing together and insisting on their rights.
In Argentina in 2001, in the wake of a brutal economic collapse, such a sudden shift in consciousness toppled the neoliberal regime of Fernando de la Rúa and ushered in a revolutionary era of economic desperation but also of brilliant, generous innovation. In Iceland in early 2009, in the wake of a global economic meltdown that was especially fierce in that small island nation, a once-docile population almost literally drummed the ruling party out of power.
Hard economic times are in store for most people, and that may lead to times of increasing boldness. Or not. One summation of chaos theory notes that the flapping of a butterfly’s wings in Brazil can shape the weather in Texas. There are billions of butterflies, all flapping their wings, but when their flight will stir the winds of insurrection, no one can know in advance.
It is incumbent on us all to expect the unexpected but not just to wait for it. Sometimes we have to become the unexpected, as the young heroes and heroines of 2011 have.
As Asmaa Mahfouz put it, “As long as you say there is no hope, then there will be no hope, but if you go down and take a stance, then there will be hope.”
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 22, 2011 Publicado por | conflicto social, mundo árabe | Dejar un comentario

>Alemania enseña a superar el pasado

>

Por Timothy Garton Ash, catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford, investigador titular en la Hoover Institution de la Universidad de Stanford. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 20/03/11):
Nos guste o no, Alemania sigue siendo la referencia mundial en materia de maldad política. Hitler es el Diablo de una Europa laica. El nazismo y el Holocausto son comparaciones que utiliza la gente en todas partes. La Ley de Godwin, así llamada por el abogado estadounidense Mike Godwin, defensor de la libertad de expresión, afirma que “a medida que se prolonga un debate en la Red, la probabilidad de que haya una referencia o una comparación con Hitler o los nazis se aproxima a 1″.
Es una realidad con la que los alemanes actuales tienen que vivir. Pero existe otra cara de la moneda que es más brillante. Porque la experiencia de lidiar con dos dictaduras, una fascista y otra comunista, ha permitido que Alemania sea también el punto de referencia sobre cómo abordar un pasado difícil. El alemán moderno utiliza dos palabras, Geschichtsaufarbeitung y Vergangenheitsbewältigung, para describir este complejo proceso de abordar, desentrañar e incluso “vencer” un pasado difícil. Algo que nadie ha hecho mejor que Alemania, con aptitudes y métodos desarrollados para enfrentarse al pasado nazi y perfeccionados después con el legado de la Stasi. Así como se emplean normas alemanas para evaluar muchos productos industriales, las famosas normas DIN, existen también unas normas DIN para superar el pasado.
Ahora, los países árabes, que luchan para salir de años de oscuridad bajo sus dictadores, pueden aprender de Alemania. Además de un aspecto tan importante como la restitución y la compensación a las víctimas, la superación del pasado, en general, tiene tres facetas fundamentales: juicios, purgas y lecciones de historia.
Nuestras ideas actuales sobre la necesidad de someter a juicio a los responsables de “crímenes contra la humanidad” se remontan a los juicios de los dirigentes nazis en Núremberg. Pero, aunque Núremberg sentó un precedente crucial, tuvo dos grandes fallos: los “crímenes contra la humanidad” por los que se juzgó a los acusados no eran delitos de derecho internacional en el momento de cometerlos, y entre los jueces hubo representantes de la Unión Soviética, a su vez culpable de crímenes contra la humanidad durante el mismo periodo. Se podría acusar a Núremberg de haber sido una justicia de vencedores, selectiva y con efectos retroactivos.
Por suerte, el Tribunal Penal Internacional que tenemos hoy, y ante el que pueden comparecer los dirigentes árabes, evita en gran medida esos fallos. Las leyes internacionales están firmemente establecidas y este es un tribunal creado como es debido, aunque es una vergüenza que todavía no cuente con la participación de Estados Unidos, China ni Rusia.
Si los juicios internacionales son complicados, los que se llevan a cabo con arreglo a leyes y jurisdicciones nacionales pueden serlo todavía más. Y ese es un aspecto en el que Alemania no lo ha hecho mejor que los demás. Los juicios de los exdirigentes de Alemania del Este como Erich Honecker, dejaron mucho que desear y con frecuencia acabaron en fracaso. Dado que en casi todos los regímenes totalitarios o autoritarios hay muchas personas cómplices, lo normal es que se produzcan contradicciones. O castigamos a los peces pequeños y dejamos que se marchen algunos peces gordos, o damos un castigo ejemplar a unos cuantos peces gordos pero dejamos a otros, y a los tiburones más pequeños, en libertad.
El mes pasado, tres esbirros del régimen de Mubarak -el magnate del acero Ahmed Ezz y los exministros de Vivienda y Turismo- llegaron a un juzgado de El Cairo, en medio de una lluvia de piedras, para comparecer por acusaciones de corrupción. No me cabe duda de que eran muy corruptos, ¿pero más que algunos de los generales que los estaban sacrificando como ofrendas a una multitud indignada?
En circunstancias así, una rápida purga administrativa puede ser más eficaz, e incluso más justa, que unos juicios selectivos que se convierten en espectáculo. Consiste en que el país que está saliendo de una dictadura decide que hay algunas personas tan involucradas en las barbaridades del viejo régimen que dejar que sigan en activo en cargos importantes pone en peligro el nuevo orden. Estas medidas también tienen precedentes en Alemania. La “desbaazificación” de Irak y la “descomunistización” de Europa del Este tras 1989 se inspiraron en la “desnazificación” a partir de 1945. Pero la desnazificación también fue selectiva, y se interrumpió de forma brusca cuando Alemania Occidental se convirtió en Estado independiente en 1949.
Un ejemplo mejor es quizá la investigación sistemática de los vínculos de los funcionarios con la Stasi, la policía secreta de Alemania del Este. Tras la unificación alemana en 1990, se creó un ministerio para examinar los archivos de la Stasi. La gente lo llamaba “la autoridad Gauck”, por su primer responsable, Joachim Gauck. En mi opinión, quisieron abarcar demasiado. ¿De verdad había que investigar si cada cartero se había relacionado con la policía secreta? Pero el procedimiento en sí era riguroso, justo y apelable.
Alemania es excelente en lo que yo llamo las lecciones de historia. Después de un periodo de callar y reprimir el pasado nazi en los años cincuenta y primeros sesenta, Alemania Occidental empezó a investigar, documentar y enseñar con toda minuciosidad su difícil historia. Y la Alemania unida demostró que había aprendido las lecciones y lo hizo aún mejor con el legado comunista oriental. Se formó una comisión de la verdad, llamada Enquete Kommission. Se abrieron los archivos de la Stasi; se hicieron estudios; se aprendieron lecciones.
También la “autoridad Gauck” fue fundamental en esta clase magistral de cómo superar el pasado, porque permitió que cualquiera que se hubiese visto perjudicado por las acciones de la Stasi, tuviera acceso a los expedientes. Hasta ahora, ha recibido nada menos que 2,7 millones de solicitudes de particulares para obtener o leer información de los archivos. Esta semana nombraron al tercer responsable del organismo, Roland Jahn, otro antiguo disidente de Alemania del Este. Por tanto, ahora ha pasado a ser la “autoridad Jahn”. Se dice que tal vez no se cierre en 2019, como estaba previsto, sino que es posible que prolongue su actividad.
Como es natural, resulta muy improbable que ningún país árabe salido de la dictadura haga algo semejante, ni en dimensión ni en calidad. Aparte de la cultura legal, académica, periodística y administrativa tan desarrollada que se necesita para sostener un ministerio de los archivos como el de Alemania, es además un procedimiento muy caro. Los jóvenes árabes en paro y sin vivienda pueden pensar que sus Gobiernos tienen cosas más urgentes en las que gastar el dinero. Ahora bien, una vez decidido el cierre de su temido Servicio de Seguridad del Estado, no estaría mal, tal vez, que Egipto pida a Joachim Glauck que vaya a aconsejarles cuál es la mejor forma de abrir sus archivos.
Hay que ser precavidos. En las últimas semanas he oído decir muchas veces a europeos bien intencionados, pero demasiado satisfechos de sí mismos que “tenemos una rica experiencia de transiciones de la dictadura a la democracia y debemos ofrecérsela a nuestros amigos árabes”.
Lo primero es escuchar a quienes están allí, en el norte de África y Oriente Próximo. Es posible que sus prioridades y necesidades sean diferentes. Y una lección que nos enseñaron las transiciones de Europa del Este tras la caída del comunismo en 1989 es que no se puede aplicar un modelo occidental como si tal cosa. El mismo error que se cometió cuando Alemania Occidental, a menudo tan inflexible, incorporó Alemania del Este.
Por consiguiente, lo que debemos ofrecer a nuestros amigos de la otra orilla del Mediterráneo no es un modelo, sino unas herramientas. Unas herramientas entre las que ellos puedan escoger cuáles utilizar, cuándo, dónde y cómo. Entre esas herramientas para la transición debe haber, sin duda, un juego de llaves inglesas relucientes, que son las normas DIN para superar el pasado. Y esas llaves inglesas, como tantas otras exportaciones europeas, llevarán el letrero made in Germany.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 22, 2011 Publicado por | mundo árabe | Dejar un comentario

>Efectos geopolíticos de una insurrección inesperada

>

Por Mariano Aguirre, director del Norwegian Peacebuilding Centre, Oslo (EL PAÍS, 14/03/11):
Las revueltas en el Norte de África y parte de Oriente Medio están poniendo en evidencia el fin de una época de relaciones políticas de la región con Europa y Estados Unidos. El levantamiento desde Túnez y Egipto hasta Bahréin y Yemen muestra que ni los poderes dictatoriales ni la diversidad de opositores han contado con Washington o los Gobiernos europeos para sus decisiones. En el futuro, en cambio, será Turquía un elemento clave de la reforma política en estos países.
Estados Unidos y Europa mantuvieron durante décadas sus políticas hacia los regímenes locales, considerando que las dictaduras continuarían eternamente, como las pirámides egipcias. Peor aún, pese a las informaciones de las embajadas (que conocemos por Wikileaks), los poderes occidentales creyeron que los árabes eran apáticos hacia la democracia, que las formas autoritarias de gobierno eran las únicas posibles, y que, en todo caso, resultaba económicamente y políticamente rentable convivir con los dictadores.
Desde el punto de vista económico se trataba de tener acceso fácil y previsible a los recursos energéticos y a mano de obra barata para establecer industrias. Políticamente, un mundo árabe dominado por líderes corruptos aliados de Occidente era la garantía contra el ascenso del Islam político radical. A la vez, pese a su retórica, estos líderes protegían el acuerdo geopolítico de Estados Unidos y Europa para apoyar a Israel y mantener controladas las demandas palestinas. El eje de este pacto ha estado anclado especialmente en la masiva ayuda militar de Estados Unidos a Egipto y Jordania, mientras los otros países árabes han sido cómplices con su ineficacia y pasividad.
Desde que las revueltas comenzasen en Túnez, tanto Estados Unidos como los principales países que fueron expotencias coloniales en la región dieron respuestas limitadas. Esto fue coherente con no haber visto que las condiciones para una explosión social estaban servidas: una masa creciente de jóvenes mejor educados pero estructuralmente desempleados, unas políticas económicas que generan desempleo, el aumento de los precios de los alimentos, las expectativas crecientes reproducidas por los medios de comunicación global, y unos gobiernos represivos en manos de líderes que han perdido la legitimidad de una lejana lucha anti-colonial.
El análisis de Estados Unidos y Europa era, en gran medida, una continuación de la lógica de la Guerra contra el Terror de George W. Bush y el discurso de la derecha en Europa, con su temor a que la democracia pueda acarrear inestabilidad, esta provoque movimientos migratorios “bíblicos”, como ha dicho el ministro de Exteriores italiano, y eventualmente se abra la puerta a los partidos islamistas. Esta alianza implícita de intereses se completaba con el interés de Israel en mantener un statu quo en el mundo árabe que le garantizara una paz fría a cambio de continuar siendo la mayor potencia económica, militar y nuclear de la región.
Atrapados en esa explicación sobre el mundo árabe, cuando la gente salió a la calle, los gobernantes occidentales se quedaron sin palabras o en evidencia. Por ejemplo, la ministra de Exteriores francesa aconsejando al dictador tunecino como lidiar con los manifestantes, o Gran Bretaña y Bélgica vendiendo armas utilizadas en la represión. La inercia y los lazos económicos y políticos les impidieron pensar que este levantamiento podría ser la segunda independencia del mundo árabe, luego de haber conquistado hace medio siglo la soberanía pero nunca la democracia. Si esta hipótesis es correcta, la revolución actual será, además, antes nacionalista y democrática que religiosa.
Mientras que los dictadores no han hecho caso a Occidente sobre cómo debían iniciar la transición o marcharse sin matanzas de por medio, el levantamiento tomó por sorpresa a todo el mundo, incluyendo a los temidos islamistas radicales en Egipto y Túnez. En Jordania, Marruecos, Argelia y Arabia Saudí los Gobiernos se han apresurado a aumentar salarios, cambiar ministros y prometer reformas.
La incógnita es cuál será el modelo que seguirán estos países en sus transiciones. La mera prescripción occidental de volverse democráticos no es suficiente. Ante la presencia de partidos islamistas, y el peso de la religión en las sociedades árabes, los modelos a los que se mira en la región son Irán y Turquía. El primero está desprestigiado: es difícil que millones de personas pidiendo más libertad vean a Mahmud Ahmadineyad como su guía.
En el caso de Turquía, miembro de la OTAN y eterno aspirante a ingresar en la UE, hay una atractiva complejidad. Podría ser un modelo a seguir aunque tiene una tradición parlamentaria de la que carecen, por ejemplo, Yemen y Libia, países organizados sobre estructuras tribales a las que se superpuso el modelo colonial. Turquía tiene un ejército fuerte y respetado, como en Egipto, y el país se encuentra en un proceso de democratización y constante negociación interna entre seculares e islamistas. Al mismo tiempo, su diplomacia desempeña un fuerte papel regional y crecientemente global como una de las potencias económicas y políticas emergentes, junto con Brasil, India y China. Washington y los europeos deberán, inevitablemente, contar con el factor turco para renegociar su papel en la región.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 20, 2011 Publicado por | mundo árabe, Orden Mundial | Dejar un comentario

>De la esperanza a la desesperación

>

Por Walter Laqueur, director del Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos de Washington (LA VANGUARDIA, 13/03/11):
Hace tan sólo un mes que las revueltas en Oriente Medio y el norte de África fueron recibidas como el mayor acontecimiento positivo sucedido en la historia reciente en esta parte del mundo. Fue el comienzo de una revolución democrática que, en última instancia, iba a transformar el mundo para mejorarlo; además, y según se decía, sus efectos alcanzarían a China e India y representarían la apertura en dirección a una revolución democrática global, barriendo a los dictadores y los regímenes autocráticos.
¿Dónde estamos ahora? Poco resta de tal optimismo. Han sido depuestos dos dictadores, pero ¿quién les sustituye y de qué modo? Medio Egipto se halla en huelga, y la situación económica se deteriora con rapidez. El país depende del turismo en grado considerable, pero ahora hay pocos turistas que quieran ver las pirámides. Libia se halla sumida en una guerra civil, y Yemen está a punto de fracturarse. Puede haber problemas en otros lugares. Washington y la UE se ven presionados a intervenir en Libia. No obstante, en caso de hacerlo, se levantaría una polvareda en todo Oriente Medio: “¡Agresión imperialista!”. Sea como sea, ¿por qué debería intervenir la UE y no Turquía, que se ha proclamado nueva potencia líder en Oriente Medio? (ha habido presencia turca en suelo libio en la historia reciente).
Las revoluciones son periodos sin ley acompañados de violencia. Tal vez no habría que inquietarse mucho por los ataques en Egipto contra mujeres que se manifiestan por los derechos de las mujeres ni por los ataques contra minorías como la cristiana. Tal vez, en efecto, el orden será restablecido tras la celebración de elecciones dentro de seis meses que con la ayuda de tuiteadores y usuarios de Facebook aportarán libertad y democracia.
Sin embargo, las perspectivas no son halagüeñas. Los mandos militares gobernantes han manifestado que no mantendrán su posición actual un día más allá de la jornada electoral. Pero ahora les está entrando miedo a los líderes civiles de la revuelta: ¿cómo crear partidos políticos en un periodo tan corto (cinco meses) con vistas a instaurar un sistema democrático dotado de solidez que no se derrumbe al cabo de unos meses? Naturalmente, también podrían celebrarse elecciones sin partidos políticos, pero no será un sistema democrático la realidad resultante de tales circunstancias.
En las últimas décadas ha aparecido en Egipto una nueva clase media, además de grupos progresistas y democráticos, pero aún son débiles y, por lo demás, no se trata precisamente de la clase de fuerzas que organiza barricadas y combate en las calles, al menos no más de un día o dos. Muchos corresponsales extranjeros esperaron demasiado de Facebook como fuente de democratización de Oriente Medio.
Occidente ha apoyado a dictadores en Oriente Medio durante décadas, pero, dada la notable dependencia de Europa respecto del petróleo y el gas de Oriente Medio, ¿cuáles eran las alternativas? Occidente contaba con escasa libertad de maniobra: podría haber intentado reducir su dependencia de varias maneras, pero tampoco se hicieron mayores esfuerzos en ese sentido. Ahora las cosas han cambiado y algunos dictadores han sido expulsados del poder. Los gobiernos occidentales harán bien en apoyar por fin a las fuerzas favorables al cambio que luchan por la libertad y la democracia.
Por desgracia, no está claro en absoluto quién se alzará victorioso en la lucha por el poder en Oriente Medio. Podría pasar perfectamente que aparecieran nuevos dictadores de signo menos anticuado y de enfoque más populista y demagógico. Parte de los que piden reformas no quieren necesariamente reformas democráticas e, indudablemente, no son amigos de Occidente.
O, si se quiere decir con mayor precisión, a muchos no les importaría vivir en Occidente, pero creen que las instituciones occidentales no son adecuadas para sus países. Cuando hace unos años el Gobierno estadounidense anunció un sistema de lotería de reparto de un número determinado de permisos de residencia que autorizaban a sus titulares a emigrar a EE. UU., se presentaron ocho millones de jóvenes egipcios. Cientos de miles de inmigrantes árabes viven hoy en Europa, inmigrantes legales e ilegales. Pero Europa y EE. UU. no absorberán ocho millones sino un número reducido. El problema fundamental de Oriente Medio es la explosión demográfica juvenil, el hecho de que muchos millones de jóvenes están parados o subempleados. Tal es el caso de Egipto, como también de Yemen e incluso de Arabia Saudí y de otros países árabes. En todos estos países, el 60% o más de la población tiene menos de 30 años. Y es en estos países con tal explosión demográfica donde se registra la gran mayoría de los conflictos políticos del mundo. Dado el bajo nivel del sistema educativo, no cabe la posibilidad de convertir a Egipto o Yemen en un segundo Singapur, y de cualquier forma la alta tecnología no da empleo a tanta gente como en este último caso.
Encontrar empleo es el problema fundamental en el caso de la juventud de Oriente Medio. Si no se encuentra una solución, todas esas palabras sobre las reformas democráticas se quedarán en mera charla, y la zona seguirá siendo una región de tensiones y conflictos mucho tiempo. Y, a menos que se reduzca la dependencia europea del petróleo y el gas de Oriente Medio, Europa habrá de tratar con quienquiera que se halle en el poder.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 18, 2011 Publicado por | conflicto social, mundo árabe | Dejar un comentario

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.