Ciencias y Arte

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>El caso del matrimonio forzoso

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Por Marc Carrillo, catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Pompeu Fabra (EL PAÍS, 29/04/09):

La forma democrática de Gobierno se basa en el respeto a los derechos humanos y la dignidad de la persona como requisitos ineludibles. El valor constitucional del pluralismo demanda que nadie pueda ser discriminado, como establece el artículo 14 de la Constitución española, por razón de nacimiento, raza, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal.

Una consecuencia de ello es, por ejemplo, que el Estado democrático se funda en la tolerancia hacia la diversidad cultural que expresan los ciudadanos, como titulares de derechos fundamentales. Pero la tolerancia no es indiferencia. Y el respeto a las tradiciones que se cristalizan en los comportamientos humanos en una sociedad multicultural no es ni puede ser ilimitado. La garantía de los derechos humanos es una frontera infranqueable, de lo contrario el Estado democrático perdería su identidad.

El tema es de actualidad. Una mujer mauritana ha sido condenada por un tribunal español por haber casado a su hija a los 14 años y haberla forzado a mantener relaciones sexuales con un hombre de 40 años. La joven denunció a sus padres, residentes en España, por haberla obligado a ir a Mauritania para casarse y después, de vuelta a su domicilio en Cádiz, repetir la experiencia con un marido 26 años mayor que ella. La condena ha sido por la comisión de los delitos de agresión sexual, coacciones y amenazas. La mujer mauritana ha pedido respeto para sus tradiciones. Y sus compatriotas han reclamado lo mismo ante la puerta del órgano judicial, afirmando que: “Os respetamos en nuestra tierra. Respetadnos en vuestra tierra”.

Pero resulta que obligar a una menor de edad a casarse y mantener relaciones sexuales, en el Estado democrático es una vulneración de un derecho humano básico, es un atentado flagrante a la libertad de la persona, es un delito. Y ante ello no hay tradición que pueda oponerse. El Estado no puede permanecer indiferente a lo que ocurre en su territorio, sino que ha de ser beligerante en defensa de la dignidad de las personas. En este sentido, las reglas privadas de la comunidad familiar nunca pueden prevalecer si la libertad del individuo está en peligro.

Este caso y otros, como la ablación del clítoris, o la negativa de ciertas familias inmigrantes a escolarizar a sus hijas adolescentes, o el reciente ocurrido en Francia de no alimentar por razones religiosas a los hijos para purificarlos, plantean la cuestión de cuál ha de ser la respuesta de los poderes públicos ante estos comportamientos o, más aún, cuál ha de ser el grado de tolerancia del Estado ante determinadas tradiciones.

Es evidente que tradiciones culturales o religiosas como las descritas colisionan con los valores de libertad e igualdad, que el Estado en una sociedad democrática ha de amparar sin distinción de nacionalidades. El hecho de que los ejemplos expuestos sean protagonizados por personas procedentes de la inmigración, como consecuencia de ciertas singularidades culturales, no puede suponer para los poderes públicos el establecimiento de distinción alguna respecto de otros comportamientos igualmente lesivos para la dignidad humana. Por ejemplo, en nuestro contexto más próximo, los lacerantes casos de violencia doméstica, la oposición de sectas religiosas a las transfusiones de sangre, o el sectarismo moral del que hacen gala otras sectas más sibilinas con los enfermos terminales.

La inmigración que viene a la Unión Europea y a Estados Unidos en busca de un lugar en el sol es esencialmente económica. Un sol, el de los países desarrollados, estructuralmente hegemónico y no siempre justo, pero donde los derechos de las minorías han de ser en todo caso respetados, en un contexto de integración a valores y principios democráticos básicos. Un contexto que ha de ayudar a superar situaciones de injusticia social y rémora moral. Por esta razón, el respeto que el Estado democrático de acogida debe garantizar a las señas de identidad de las minorías religiosas o culturales no puede hacerse sacrificando valores democráticos intangibles como la dignidad o la libertad de la persona.

El Estado no puede caer en una especie de paternalismo que, por mor de un exacerbado respeto a la multiculturalidad o la singularidad identitaria, permita comportamientos como los descritos. La democracia ha de servir para liberar personal y socialmente al individuo, no para explotarlo económicamente y mantenerlo ligado a referentes morales retrógrados.

El caso de la mujer mauritana y el respeto que sus compatriotas demandaban a sus tradiciones es un supuesto de diversidad cultural que el Estado democrático no puede tolerar. La necesaria garantía de la diversidad no alcanza a legitimar el establecimiento de un sistema jurídico alternativo, que proteja supuestos derechos naturales incontrovertibles fruto de la tradición.

El Estado no puede cobijar una diversidad moral en beneficio de valores que solamente procuren la subordinación y la alienación social. Frente a ello, los valores que son expresión de la racionalidad democrática han de ser un perímetro insuperable.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

mayo 4, 2009 Publicado por | migración, multiculturalismo | Dejar un comentario

>How to tell I’m not a terrorist

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By Sarfraz Manzoor (THE GUARDIAN, 25/04/09):

So it turns out that the 12 Muslims arrested two weeks ago – you know, the ones who, according to ­Gordon Brown, were planning a “very big terrorist plot” – were ­doing nothing of the sort. The ­arrests and subsequent release highlight how, in a time of heightened concern, anyone who is male and Muslim – and, even worse, happens to have ­Pakistani heritage – can get mistaken for a potential terrorist. It isn’t just the police who have a problem telling the difference. The trouble is that it isn’t obvious who is a benign, peace-loving Briton who happens to be Muslim, and who is a rage-filled Islamist intent on causing mayhem.

It used to be simple to spot the fundamentalist: they would have tell-tale signs such as metal hooks and carry a charred copy of The Satanic Verses or a “Death to Israel” placard. It isn’t so easy now. What does a moderate Muslim look like? How to tell if a bearded neighbour is a pious believer or plotting to blow up the local shopping centre? How to distinguish between the student who is taking photographs to send to relatives and the jihadist on reconnaissance?

If only these were theoretical dilemmas. Last week I was detained at JFK airport in New York. At the end of a lengthy grilling the officer turned to his colleague and said: “We have a 37-year-old male who has been to Pakistan in the past three years – shall I deport him?” The fact that the Pakistan trip was for a Radio 4 documentary, or that I had written a book which devoted a chapter to my fascination with the US was irrelevant. I was Pakistan-born and had a funny name so I was suspicious. It isn’t that I don’t understand the concern, or that some of it isn’t legitimate; I wish I knew what I should say next time to prove I don’t want to blow anyone up, and just want to spend a few days visiting galleries.

British Muslims are constantly called upon to denounce the extremists, to distance themselves from their ideas and actions. This leaves them forever on the defensive, having to react to the actions of the militant minority. So perhaps it’s time to get proactive. That in itself is controversial: the standard response from British Muslims is to say that they shouldn’t have to apologise for the actions of the extremists, that those Islamists are as Muslim as the KKK are Christian. But that theory doesn’t help much in practice.

So here are a few suggestions for how to help the police, airport immigration and anyone else who finds it hard to differentiate between liberal and extremist Muslims. All Muslims who consider themselves liberal and tolerant could apply for a special card which when presented would show the holder was a “pre-approved Muslim”, thus saving time at airports. Sure, some may say that such a card would represent a gross violation of human rights but I think it could be marketed like a credit card: membership has its privileges – in this case not being indiscriminately arrested or held up when travelling. Those who feel uncomfortable carrying a card could be offered an alternative – a white girlfriend perhaps, someone to vouch for the fact that they have successfully ­integrated into society and have no immediate plans for a holy war.

Perhaps I could carry a sandwichboard with the slogan “I ❤ John Stuart Mill”. That may prove too subtle, maybe something more permanent is needed to convince the sceptics. How about all moderate Muslims having “Don’t panic – I’m Islamic” inked on their forearms by a government-approved tattoo artist. That way, the next time extremists march in Luton against returning British soldiers, the moderate Muslims would only have to walk around in a T-shirt and everyone could breathe easy ­knowing they were not the bad guys.

There is one other possibility: that Muslims are presumed innocent, unless there is evidence to the contrary.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

abril 30, 2009 Publicado por | multiculturalismo, Reino Unido | Dejar un comentario

>El relativismo morboso

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Por Fernando García de Cortázar, director de la Fundación Dos de Mayo Nación y Libertad (ABC, 13/08/08):

Ahora que ha muerto en Moscú, me acuerdo de cómo recibió la izquierda intelectual su visita a España en los años setenta. Hoy, más de treinta años después de la publicación de Archipiélago Gulag, Solzhenitsyn es la voz atronadora que levantó a solas uno de los mayores y más rigurosos monumentos literarios contra los crímenes del totalitarismo soviético, el escritor que golpeó la buena conciencia de la izquierda mundial con el «yo acuso» de los tiempos del terror. Tiempos en que, bajo las máscaras del idealismo, el aire olía a persecución y muerte. Pero cuando aterrizó en España, finales del franquismo, las personas progresistas le recibieron con desconfianza y muecas de desdén. Hubo hasta alguno que no se resistió a bromear y formuló el irónico comentario de que el peor delito del régimen soviético había sido dejar en libertad a Solzhenitsyn. Parte de esa actitud reproducía el conocido rechazo de Sartre a mencionar la cuestión del Gulag sobre la argumentación de que desanimaría la justa militancia de la clase obrera francesa. Para la mayoría de intelectuales europeos que, en aquella época, se identificaban con la izquierda o que sencillamente rechazaban la sombra napoleónica de los Estados Unidos, y les consternaba la perspectiva de un mundo capitalista bajo vigilancia del coloso de las barras y estrellas, la condena a la Unión Soviética era, por lo menos, problemática.

Siempre hay gente que sostiene que la verdad es a veces inoportuna, desfavorable. Siempre hay figuras públicas que susurran que la verdad es un lujo. A esto se le llama pensar con sentido práctico, y en ocasiones, pensar con sentido político, con sentido de Estado. Hoy, aquellos decenios de no querer ver ni querer decir lo que se sabía respecto de la vida atenazada al otro lado del telón de acero, en países y ciudades avasalladas por los kafkianos jerarcas del Kremlin, nos resultan incomprensibles. Y sin embargo, no parece que hayamos aprendido nada de la impostura cínica de Sartre ni que hayamos renunciado al complaciente mecanismo de la autocensura. A principios del siglo XXI hemos cambiado de ilusiones, eso es todo.

Mucha gente inteligente de buenas intenciones y política humanitaria se repite a sí misma y a sus partidarios otras mentiras, y a veces, como en el pasado, a fin de no prestar auxilio y dar aliento al gran Satán del mundo, los Estados Unidos. Una de estas ilusiones es la del multiculturalismo que a nivel de política internacional ha desembocado en la bucólica Alianza de Civilizaciones.

Hoy, en la era de las comunicaciones y las migraciones masivas, la pluralidad es un hecho tan irreversible como la globalización. Nos guste o no vivimos en ella, y el sueño de una cultura única o el espejismo de ser los depositarios de una religión que debe imponerse a los demás resulta, en el mejor de los casos, una quimera nostálgica y, en el peor, una amenaza a la vida. Por ejemplo, cuando las ideas de pureza -racial, religiosa o cultural- se transforman en infiernos de limpieza étnica, como en la antigua Yugoslavia de Milosevic y Karadzic. O cuando los ideólogos integristas del Islam, con diatribas como «Quienes creen, combaten en la senda de Dios» incitan a los jóvenes musulmanes de Oriente y Occidente a matar y morir por una fe pura.

Los fundamentalistas utópicos de la Alianza de Civilizaciones nos dicen que casi todas las diversidades -de usos, de costumbres, de tradiciones, de valores- pueden y deben superarse, contra toda cerrazón estólida, en un diálogo fraterno, y que los crecientes contactos entre pueblos y culturas distintas, destinados a aumentar, suponen un enriquecimiento vital. Y es cierto. Pero no es menos cierto que dichos contactos generan situaciones conflictivas y elecciones dramáticas que no podemos ignorar, situaciones que impiden, moralmente, transigir, dialogar, tolerar. Y aquí, ante esta frontera, es donde fracasan los profetas del multiculturalismo, que con excesiva frecuencia distorsionan la tolerancia en algo que se asemeja mucho a ella, pero que en realidad es lo opuesto: la indiferencia, la intercambiabilidad de cualquier cosa por cualquier otra, un pretexto para justificar muchas cosas reaccionarias y opresivas. Por ejemplo, la opresión de la mujer en los regímenes islámicos. ¿O alguien cree que el burka, la prohibición de conducir y viajar o la purificación de las niñas mediante la ablación deben respetarse por el sencillo hecho de formar parte de una tradición? ¿Alguien piensa que el infierno de una vida de sometimiento, a Alá, al clan, al padre, a los varones de la familia, como el padecido por la exdiputada holandesa de origen somalí Ayaan Hirsi Alí puede tolerarse bajo el respeto común a todas las culturas? ¿Es cultura ser lapidada por adulterio? ¿No se comete un terrible error, fosilizando la perspectiva moral de millones de personas, cuando ignoramos que muchos musulmanes se sienten atrapados en Estados inspirados en el Medio Oriente neolítico y miran hacia las democracias occidentales como modelo e inspiración? Paradojas de nuestro tiempo: personas que se indignarían ante cualquier tentativa de limitar el derecho a la sátira de las creencias católicas o que se escandalizan ante cualquier intervención pública de la Iglesia tienden, al mismo tiempo, a considerar ilegítimo que se satirice y se critique a los Jomeini que ruedan por el mundo, cuando no cierran los ojos ante las monstruosidades derivadas de algunos planteamientos del Islam.

¿Adónde hemos llegado? Ya resulta desolador -y con frecuencia letal- que una parte de la humanidad considere que la convivencia política y social deba regirse implacablemente por un libro originado entre los nómadas de Arabia en el siglo VII. Pero más grave aún es que aquel «Todo está permitido» vaticinado con horror por Dostoievski haya dado en Occidente un paso hacia delante bajo el escepticismo posmoderno. El pecado del etnocentrismo asusta más a las almas sensibles de la izquierda que el relativismo morboso y complaciente, parodia de la verdadera tolerancia, en el que todo vale y nada se puede objetar al sátrapa tercermundista o al ritual bárbaro.

Nos manifestamos por el limbo legal de Guantánamo, pero apenas nos perturban las ejecuciones de apóstatas y heréticos en países de Oriente Medio donde se ha implantado la sharia. Cuando en 1989 el ayatolá Jomeini condenó a muerte a Salman Rushdie por publicar los Versos satánicos, en lugar de salir incondicionalmente en defensa de la libertad de expresión, muchos escritores, periodistas y políticos europeos prefirieron lamentar que se hubiera ofendido la sensibilidad musulmana. A la somalí Ayaan Hirsi Ali la amenazaron de muerte por defender en Holanda -país de libertad, de derechos civiles, de diálogo, de tolerancia- entre la población musulmana, entre las mujeres sobre todo, que ninguna creencia religiosa ni política es aceptable si está reñida con los derechos humanos y que por lo tanto debe ser combatida sin el menor prejuicio, y en vez de solidarizarse con la perseguida, sus vecinos y conciudadanos holandeses la echaron del edificio donde vivía, amparados por los jueces, porque su presencia los ponía también a ellos en el punto de mira de jóvenes fundamentalistas como el asesino del cineasta Theo Van Gogh.

El diálogo tiene sus fronteras, duras y dolorosas como toda frontera que siempre separa, pero inevitables. No es moral ser ante todo tolerante, porque el plano ético al que la idea moderna de tolerancia se refiere no es un primer plano, no «es un ante todo». Raymond Aron afirmaba que sólo hace falta honradez para discernir entre lo preferible y lo espantoso, y Victor Serge, uno de los intelectuales que pasó en la Unión Soviética por todas las etapas de la represión y relató a Occidente las purgas de Stalin, decía que sólo se necesita algo de claridad e independencia para decir la verdad. A fin de cuentas, su caso, como el de Solzhenitsyn, es un ejemplo moral. Y hay muchos Solzhenitsyn. Tantos como ocasiones en que los derechos de las personas deben ser defendidos contra los opresores unánimes y las masas obedientes.

No resulta peregrino pensar que si la cultura de la libertad resiste y se salva de los asaltos del fanatismo o del nihilismo destructor es por la determinación indomable de esos ciudadanos que denuncian la injusticia de lo que a veces parece irremediable o de lo que aconseja la prudencia hipócrita. Personas como Ayaan Hirsi Ali, que, por haber sufrido en carne propia los horrores del oscurantismo religioso y la barbarie política, saben la diferencia.

agosto 13, 2008 Publicado por | multiculturalismo | Dejar un comentario

El relativismo morboso

Por Fernando García de Cortázar, director de la Fundación Dos de Mayo Nación y Libertad (ABC, 13/08/08):

Ahora que ha muerto en Moscú, me acuerdo de cómo recibió la izquierda intelectual su visita a España en los años setenta. Hoy, más de treinta años después de la publicación de Archipiélago Gulag, Solzhenitsyn es la voz atronadora que levantó a solas uno de los mayores y más rigurosos monumentos literarios contra los crímenes del totalitarismo soviético, el escritor que golpeó la buena conciencia de la izquierda mundial con el «yo acuso» de los tiempos del terror. Tiempos en que, bajo las máscaras del idealismo, el aire olía a persecución y muerte. Pero cuando aterrizó en España, finales del franquismo, las personas progresistas le recibieron con desconfianza y muecas de desdén. Hubo hasta alguno que no se resistió a bromear y formuló el irónico comentario de que el peor delito del régimen soviético había sido dejar en libertad a Solzhenitsyn. Parte de esa actitud reproducía el conocido rechazo de Sartre a mencionar la cuestión del Gulag sobre la argumentación de que desanimaría la justa militancia de la clase obrera francesa. Para la mayoría de intelectuales europeos que, en aquella época, se identificaban con la izquierda o que sencillamente rechazaban la sombra napoleónica de los Estados Unidos, y les consternaba la perspectiva de un mundo capitalista bajo vigilancia del coloso de las barras y estrellas, la condena a la Unión Soviética era, por lo menos, problemática.

Siempre hay gente que sostiene que la verdad es a veces inoportuna, desfavorable. Siempre hay figuras públicas que susurran que la verdad es un lujo. A esto se le llama pensar con sentido práctico, y en ocasiones, pensar con sentido político, con sentido de Estado. Hoy, aquellos decenios de no querer ver ni querer decir lo que se sabía respecto de la vida atenazada al otro lado del telón de acero, en países y ciudades avasalladas por los kafkianos jerarcas del Kremlin, nos resultan incomprensibles. Y sin embargo, no parece que hayamos aprendido nada de la impostura cínica de Sartre ni que hayamos renunciado al complaciente mecanismo de la autocensura. A principios del siglo XXI hemos cambiado de ilusiones, eso es todo.

Mucha gente inteligente de buenas intenciones y política humanitaria se repite a sí misma y a sus partidarios otras mentiras, y a veces, como en el pasado, a fin de no prestar auxilio y dar aliento al gran Satán del mundo, los Estados Unidos. Una de estas ilusiones es la del multiculturalismo que a nivel de política internacional ha desembocado en la bucólica Alianza de Civilizaciones.

Hoy, en la era de las comunicaciones y las migraciones masivas, la pluralidad es un hecho tan irreversible como la globalización. Nos guste o no vivimos en ella, y el sueño de una cultura única o el espejismo de ser los depositarios de una religión que debe imponerse a los demás resulta, en el mejor de los casos, una quimera nostálgica y, en el peor, una amenaza a la vida. Por ejemplo, cuando las ideas de pureza -racial, religiosa o cultural- se transforman en infiernos de limpieza étnica, como en la antigua Yugoslavia de Milosevic y Karadzic. O cuando los ideólogos integristas del Islam, con diatribas como «Quienes creen, combaten en la senda de Dios» incitan a los jóvenes musulmanes de Oriente y Occidente a matar y morir por una fe pura.

Los fundamentalistas utópicos de la Alianza de Civilizaciones nos dicen que casi todas las diversidades -de usos, de costumbres, de tradiciones, de valores- pueden y deben superarse, contra toda cerrazón estólida, en un diálogo fraterno, y que los crecientes contactos entre pueblos y culturas distintas, destinados a aumentar, suponen un enriquecimiento vital. Y es cierto. Pero no es menos cierto que dichos contactos generan situaciones conflictivas y elecciones dramáticas que no podemos ignorar, situaciones que impiden, moralmente, transigir, dialogar, tolerar. Y aquí, ante esta frontera, es donde fracasan los profetas del multiculturalismo, que con excesiva frecuencia distorsionan la tolerancia en algo que se asemeja mucho a ella, pero que en realidad es lo opuesto: la indiferencia, la intercambiabilidad de cualquier cosa por cualquier otra, un pretexto para justificar muchas cosas reaccionarias y opresivas. Por ejemplo, la opresión de la mujer en los regímenes islámicos. ¿O alguien cree que el burka, la prohibición de conducir y viajar o la purificación de las niñas mediante la ablación deben respetarse por el sencillo hecho de formar parte de una tradición? ¿Alguien piensa que el infierno de una vida de sometimiento, a Alá, al clan, al padre, a los varones de la familia, como el padecido por la exdiputada holandesa de origen somalí Ayaan Hirsi Alí puede tolerarse bajo el respeto común a todas las culturas? ¿Es cultura ser lapidada por adulterio? ¿No se comete un terrible error, fosilizando la perspectiva moral de millones de personas, cuando ignoramos que muchos musulmanes se sienten atrapados en Estados inspirados en el Medio Oriente neolítico y miran hacia las democracias occidentales como modelo e inspiración? Paradojas de nuestro tiempo: personas que se indignarían ante cualquier tentativa de limitar el derecho a la sátira de las creencias católicas o que se escandalizan ante cualquier intervención pública de la Iglesia tienden, al mismo tiempo, a considerar ilegítimo que se satirice y se critique a los Jomeini que ruedan por el mundo, cuando no cierran los ojos ante las monstruosidades derivadas de algunos planteamientos del Islam.

¿Adónde hemos llegado? Ya resulta desolador -y con frecuencia letal- que una parte de la humanidad considere que la convivencia política y social deba regirse implacablemente por un libro originado entre los nómadas de Arabia en el siglo VII. Pero más grave aún es que aquel «Todo está permitido» vaticinado con horror por Dostoievski haya dado en Occidente un paso hacia delante bajo el escepticismo posmoderno. El pecado del etnocentrismo asusta más a las almas sensibles de la izquierda que el relativismo morboso y complaciente, parodia de la verdadera tolerancia, en el que todo vale y nada se puede objetar al sátrapa tercermundista o al ritual bárbaro.

Nos manifestamos por el limbo legal de Guantánamo, pero apenas nos perturban las ejecuciones de apóstatas y heréticos en países de Oriente Medio donde se ha implantado la sharia. Cuando en 1989 el ayatolá Jomeini condenó a muerte a Salman Rushdie por publicar los Versos satánicos, en lugar de salir incondicionalmente en defensa de la libertad de expresión, muchos escritores, periodistas y políticos europeos prefirieron lamentar que se hubiera ofendido la sensibilidad musulmana. A la somalí Ayaan Hirsi Ali la amenazaron de muerte por defender en Holanda -país de libertad, de derechos civiles, de diálogo, de tolerancia- entre la población musulmana, entre las mujeres sobre todo, que ninguna creencia religiosa ni política es aceptable si está reñida con los derechos humanos y que por lo tanto debe ser combatida sin el menor prejuicio, y en vez de solidarizarse con la perseguida, sus vecinos y conciudadanos holandeses la echaron del edificio donde vivía, amparados por los jueces, porque su presencia los ponía también a ellos en el punto de mira de jóvenes fundamentalistas como el asesino del cineasta Theo Van Gogh.

El diálogo tiene sus fronteras, duras y dolorosas como toda frontera que siempre separa, pero inevitables. No es moral ser ante todo tolerante, porque el plano ético al que la idea moderna de tolerancia se refiere no es un primer plano, no «es un ante todo». Raymond Aron afirmaba que sólo hace falta honradez para discernir entre lo preferible y lo espantoso, y Victor Serge, uno de los intelectuales que pasó en la Unión Soviética por todas las etapas de la represión y relató a Occidente las purgas de Stalin, decía que sólo se necesita algo de claridad e independencia para decir la verdad. A fin de cuentas, su caso, como el de Solzhenitsyn, es un ejemplo moral. Y hay muchos Solzhenitsyn. Tantos como ocasiones en que los derechos de las personas deben ser defendidos contra los opresores unánimes y las masas obedientes.

No resulta peregrino pensar que si la cultura de la libertad resiste y se salva de los asaltos del fanatismo o del nihilismo destructor es por la determinación indomable de esos ciudadanos que denuncian la injusticia de lo que a veces parece irremediable o de lo que aconseja la prudencia hipócrita. Personas como Ayaan Hirsi Ali, que, por haber sufrido en carne propia los horrores del oscurantismo religioso y la barbarie política, saben la diferencia.

agosto 13, 2008 Publicado por | multiculturalismo | Dejar un comentario

>This persecution of Gypsies is now the shame of Europe

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By Seumas Milne (THE GUARDIAN, 10/07/08):

At the heart of Europe, police have begun fingerprinting children on the basis of their race – with barely a murmur of protest from European governments. Last week, Silvio Berlusconi’s new rightwing Italian administration announced plans to carry out a national registration of all the country’s estimated 150,000 Gypsies – Roma and Sinti people – whether Italian-born or migrants. Interior minister and leading light of the xenophobic Northern League, Roberto Maroni, insisted that taking fingerprints of all Roma, including children, was needed to “prevent begging” and, if necessary, remove the children from their parents.

The ethnic fingerprinting drive is part of a broader crackdown on Italy’s three-and-a-half million migrants, most of them legal, carried out in an atmosphere of increasingly hysterical rhetoric about crime and security. But the reviled Roma, some of whose families have been in Italy since the middle ages, are taking the brunt of it. The aim is to close 700 Roma squatter camps and force their inhabitants out of the cities or the country. In the same week as Maroni was defending his racial registration plans in parliament, Italy’s highest appeal court ruled that it was acceptable to discriminate against Roma on the grounds that “all Gypsies were thieves”, rather than because of their “Gypsy nature”.

Official roundups and forced closures of Roma camps have been punctuated with vigilante attacks. In May, rumours of an abduction of a baby girl by a Gypsy woman in Naples triggered an orgy of racist violence against Roma camps by thugs wielding iron bars, who torched caravans and drove Gypsies from their slum homes in dozens of assaults, orchestrated by the local mafia, the Camorra. The response of Berlusconi’s government to the firebombing and ethnic cleansing? “That is what happens when Gypsies steal babies,” shrugged Maroni; while fellow minister and Northern League leader Umberto Bossi declared: “The people do what the political class isn’t able to do.”

This, it should be recalled, is taking place in a state that under Benito Mussolini’s fascist dictatorship played a willing part in the Holocaust, during which more than a million Gypsies are estimated to have died as “sub-humans” alongside the Nazi genocide perpetrated against the Jews. The first expulsions of Gypsies by Mussolini took place as early as 1926. Now the dictator’s political heirs, the “post-fascist” National Alliance, are coalition partners in Berlusconi’s government. In case anyone missed that, when the Alliance’s Gianni Alemanno was elected mayor of Rome in April, his supporters gave the fascist salute chanting “Duce” (equivalent to the German “Führer”) and Berlusconi enthused: “We are the new Falange” (the Spanish fascist party of General Franco).

So you might have expected that Berlusconi would be taken to task for his vile treatment of the surviving Roma of Europe at the G8 summit in Japan this week by those fearless crusaders for human rights, George Bush and Gordon Brown. Far from it. Instead, Bush’s spokesman issued a grovelling apology to the Italian prime minister on Tuesday for a US briefing describing his “good friend” Berlusconi as “one of the most controversial leaders of Italy … hated by many”.

It has been left to others to speak out against this eruption of naked, officially sanctioned racism. Catholic human rights organisations have damned the fingerprinting of Gypsies as “evoking painful memories”. The chief rabbi of Rome insisted it “must be stopped now”. Roma groups have demonstrated, wearing the black triangles Gypsies were forced to wear in the Nazi concentration camps, and anti-racist campaigners in Rome this week began to bombard the interior ministry with their own fingerprints in protest against the treatment of the Gypsies. But, given that the European establishment has long turned a blind eye to anti-Roma discrimination and violence in the Czech Republic, Hungary and Romania, along with the celebration of SS units that took part in the Holocaust in the Baltic states, perhaps it’s no surprise that they ignore the outrages now taking place in Italy.

The rest of us cannot. There are particular reasons why Italy has been especially vulnerable in recent years to xenophobic and racist campaigns – even while crime is actually lower than it was in the 1990s (and below the level of Britain). The scale of recent immigration from the Balkans and Africa, an insecure and stagnant job market and the collapse of what was previously a powerful progressive and anti-fascist culture have all combined to create a particularly fearful and individualistic atmosphere, the leftwing Italian veteran Luciana Castellina argues.

But the same phenomena can be seen to varying degrees all over Europe, where racist and Islamophobic parties are on the march: take the far right Swiss People’s party, which on Tuesday succeeded in collecting enough signatures to force a referendum on banning minarets throughout the country. In Britain, as Peter Oborne’s Channel 4 film on Islamophobia this week underlined, a mendacious media and political campaign has fed anti-Muslim hostility and violence since the 2005 London bombings – just as hostility to asylum seekers was whipped up in the 1990s. The social and democratic degeneration now reached by Italy can happen anywhere in the current climate.

Italy has a further lesson for Britain and the rest of Europe. Berlusconi’s election victory in April was built on the collapse of confidence in the centre-left government of Romano Prodi, which stuck to a narrow neoliberal programme and miserably failed to deliver to its own voters. Meanwhile, centre-left politicians such as Walter Veltroni, the former mayor of Rome, pandered to, rather than challenged, the xenophobic agenda of the rightwing parties – tearing down Gypsy camps himself and absurdly claiming last year that 75% of all crime was committed by Romanians (often confused with Roma in Italy).

What was needed instead, as in the case of other countries experiencing large-scale immigration, was public action to provide decent housing and jobs, clamp down on exploitation of migrant workers and support economic development in Europe’s neighbours. That opportunity has now been lost, as Italy is gripped by an ominous and retrograde spasm. The persecution of Gypsies is Italy’s shame – and a warning to us all.

julio 11, 2008 Publicado por | Italia, multiculturalismo | Dejar un comentario

This persecution of Gypsies is now the shame of Europe

By Seumas Milne (THE GUARDIAN, 10/07/08):

At the heart of Europe, police have begun fingerprinting children on the basis of their race – with barely a murmur of protest from European governments. Last week, Silvio Berlusconi’s new rightwing Italian administration announced plans to carry out a national registration of all the country’s estimated 150,000 Gypsies – Roma and Sinti people – whether Italian-born or migrants. Interior minister and leading light of the xenophobic Northern League, Roberto Maroni, insisted that taking fingerprints of all Roma, including children, was needed to “prevent begging” and, if necessary, remove the children from their parents.

The ethnic fingerprinting drive is part of a broader crackdown on Italy’s three-and-a-half million migrants, most of them legal, carried out in an atmosphere of increasingly hysterical rhetoric about crime and security. But the reviled Roma, some of whose families have been in Italy since the middle ages, are taking the brunt of it. The aim is to close 700 Roma squatter camps and force their inhabitants out of the cities or the country. In the same week as Maroni was defending his racial registration plans in parliament, Italy’s highest appeal court ruled that it was acceptable to discriminate against Roma on the grounds that “all Gypsies were thieves”, rather than because of their “Gypsy nature”.

Official roundups and forced closures of Roma camps have been punctuated with vigilante attacks. In May, rumours of an abduction of a baby girl by a Gypsy woman in Naples triggered an orgy of racist violence against Roma camps by thugs wielding iron bars, who torched caravans and drove Gypsies from their slum homes in dozens of assaults, orchestrated by the local mafia, the Camorra. The response of Berlusconi’s government to the firebombing and ethnic cleansing? “That is what happens when Gypsies steal babies,” shrugged Maroni; while fellow minister and Northern League leader Umberto Bossi declared: “The people do what the political class isn’t able to do.”

This, it should be recalled, is taking place in a state that under Benito Mussolini’s fascist dictatorship played a willing part in the Holocaust, during which more than a million Gypsies are estimated to have died as “sub-humans” alongside the Nazi genocide perpetrated against the Jews. The first expulsions of Gypsies by Mussolini took place as early as 1926. Now the dictator’s political heirs, the “post-fascist” National Alliance, are coalition partners in Berlusconi’s government. In case anyone missed that, when the Alliance’s Gianni Alemanno was elected mayor of Rome in April, his supporters gave the fascist salute chanting “Duce” (equivalent to the German “Führer”) and Berlusconi enthused: “We are the new Falange” (the Spanish fascist party of General Franco).

So you might have expected that Berlusconi would be taken to task for his vile treatment of the surviving Roma of Europe at the G8 summit in Japan this week by those fearless crusaders for human rights, George Bush and Gordon Brown. Far from it. Instead, Bush’s spokesman issued a grovelling apology to the Italian prime minister on Tuesday for a US briefing describing his “good friend” Berlusconi as “one of the most controversial leaders of Italy … hated by many”.

It has been left to others to speak out against this eruption of naked, officially sanctioned racism. Catholic human rights organisations have damned the fingerprinting of Gypsies as “evoking painful memories”. The chief rabbi of Rome insisted it “must be stopped now”. Roma groups have demonstrated, wearing the black triangles Gypsies were forced to wear in the Nazi concentration camps, and anti-racist campaigners in Rome this week began to bombard the interior ministry with their own fingerprints in protest against the treatment of the Gypsies. But, given that the European establishment has long turned a blind eye to anti-Roma discrimination and violence in the Czech Republic, Hungary and Romania, along with the celebration of SS units that took part in the Holocaust in the Baltic states, perhaps it’s no surprise that they ignore the outrages now taking place in Italy.

The rest of us cannot. There are particular reasons why Italy has been especially vulnerable in recent years to xenophobic and racist campaigns – even while crime is actually lower than it was in the 1990s (and below the level of Britain). The scale of recent immigration from the Balkans and Africa, an insecure and stagnant job market and the collapse of what was previously a powerful progressive and anti-fascist culture have all combined to create a particularly fearful and individualistic atmosphere, the leftwing Italian veteran Luciana Castellina argues.

But the same phenomena can be seen to varying degrees all over Europe, where racist and Islamophobic parties are on the march: take the far right Swiss People’s party, which on Tuesday succeeded in collecting enough signatures to force a referendum on banning minarets throughout the country. In Britain, as Peter Oborne’s Channel 4 film on Islamophobia this week underlined, a mendacious media and political campaign has fed anti-Muslim hostility and violence since the 2005 London bombings – just as hostility to asylum seekers was whipped up in the 1990s. The social and democratic degeneration now reached by Italy can happen anywhere in the current climate.

Italy has a further lesson for Britain and the rest of Europe. Berlusconi’s election victory in April was built on the collapse of confidence in the centre-left government of Romano Prodi, which stuck to a narrow neoliberal programme and miserably failed to deliver to its own voters. Meanwhile, centre-left politicians such as Walter Veltroni, the former mayor of Rome, pandered to, rather than challenged, the xenophobic agenda of the rightwing parties – tearing down Gypsy camps himself and absurdly claiming last year that 75% of all crime was committed by Romanians (often confused with Roma in Italy).

What was needed instead, as in the case of other countries experiencing large-scale immigration, was public action to provide decent housing and jobs, clamp down on exploitation of migrant workers and support economic development in Europe’s neighbours. That opportunity has now been lost, as Italy is gripped by an ominous and retrograde spasm. The persecution of Gypsies is Italy’s shame – and a warning to us all.

julio 11, 2008 Publicado por | Italia, multiculturalismo | Dejar un comentario

>The Sharia debate: we can’t all be equal under different laws

>

By Matthew Parris (THE TIMES, 05/07/08):

Sneakily, Britain’s first Muslim Minister, Shahid Malik, has ducked the critics that he will enrage in an interview to be broadcast on Channel 4’s Dispatches programme on Monday.

Knowing that the phrase he uses to describe the situation of British Muslims – “the Jews of Europe” – will make the headlines, he has put it in the mouths of others. “If you ask Muslims today what do they feel like,” he says, “they feel like the Jews of Europe.” He does not say if he thinks that they are right.

I’ll respond in the Malik method. If you asked most non-Muslims what they feel about the suggestion, they would say that it was disgraceful, outrageous and insulting.

Mr Malik’s assessment of how some British Muslims feel may be accurate; but they are wrong. Race is not the issue. Unless we face up honestly to the incompatibilities between aspects of the ways of life of some (not all) Muslim groups in Britain, and the British mainstream culture, we shall find ourselves babbling about racism when the issue has less to do with race than with culture.

That is why I thought the Lord Chief Justice, Lord Phillips of Worth Matravers, in a careful speech at the East London Muslim Centre on Thursday, slid too quickly over the trickiest parts of his argument. He was discussing the application of Sharia in England and Wales.

The speech has been variously reported as anything from a gentle warning to cultural separatists within Islam, to a craven endorsement of the compromising speech about Sharia made by Dr Rowan Williams, the Archbishop of Canterbury, last year. Lord Phillips took as his theme and title Equality Before the Law. This was shrewder than it was brave.

“Equality” is a dummy concept in the philosophy of law. Here it allowed both speaker and audience to overlook real differences between them, because everyone is in favour of equality. But Lord Phillips was wrong to say that only recently has English law developed a respect for equality. Common Law and Statute have always regarded everyone as “equal before the law”, but depending on who and what you are and what you’ve done, your rights may differ. A cat burglar and a householder are not equal before the law. An under-age teenager and an adult, a British citizen and an illegal immigrant, are not equal. An in-catchment-area and out-of-catchment-area parent are not (in their children’s access to a local school) equal. It’s all a question of category; the categories of citizen that our laws create do and must create differences – inequalities – in the rights of individuals.

The only interesting question is whether these inequalities are fair and in the public interest. This must depend on moral and cultural standpoints, which change over time. The argument about “equality” for (say) women who wanted the right to vote, gays who want the right to marry, slaves who wanted to be free, or convicted paedophiles who want the right to be considered for employment in children’s homes, has only and always been about the suitability of these categories to enjoy the rights urged for them; not whether the law should be “equal”.

No more than English law does even the most brutal Sharia advocate “inequality”. It simply reflects a cultural belief that women are different. Lord Phillips ducked that by taking equality as his theme.

He ducked again by denying that Dr Williams had said anything surprising. He reminded his audience (as Dr Williams had) that it is possible under English law for groups to agree on whatever rulebook (or adjudicator) they like, and that Sharia cannot be excluded from the available range of rulebooks.

That apparently bland reminder steers round some serious difficulties about jurisdictions-within-a-jurisdiction. The key paragraph in Lord Phillips’s speech is this: “A point that the Archbishop was making was that it was possible for individuals voluntarily to conduct their lives in accordance with Sharia principles without this being in conflict with the rights guaranteed by our law. To quote him again ‘the refusal of a religious believer to act upon the legal recognition of a right is not, given the plural character of society, a denial to anyone inside or outside the community of access to that right’.”

There are two statements here, both doubtful. It is by no means certain that a group of individuals may voluntarily conduct themselves according to Sharia without breaking English law. It depends what Sharia says. We are not free under English law to agree (however willingly) to break English law. We may not agree to discriminate on racial or (usually) on religious grounds against third parties or even each other. A woman may not agree to accept diminished employment rights. We may not agree to punish each other (as elsewhere Phillips acknowledges) unlawfully. Without a clear account of what Sharia demands, Lord Phillips cannot know.

But the second claim that Lord Phillips endorses is more dangerous. Decoded, Dr Williams is saying that in a multicultural society it is fine for people within a culture to agree not to exercise certain rights, even if English law would allow them to.

This is a charter for male dominance. It’s a charter for cultural bullying; for peer-group pressurising; for self-oppression. It’s a charter against women and teenagers who cannot make wholly free choices because they have nowhere else to go; a charter against individuals whose circumstances have made it difficult to think outside the cultural box; a charter for discreet duress. I am sorry to hear the Lord Chief Justice endorsing it.

Public policy in Britain, however cloudy a thing, goes wider than law but informs the law and lawmaking. Make no bones about what 21st-century British public policy thinks of arranged marriage, the subjection and seclusion of women, unequal divorce and property arrangements within marriage, preaching hatred against apostasy, or the ostracising of homosexuals.

Public policy dislikes these things. Sometimes the State legislates to discourage them. Sometimes the State stands back.

Whether or when to intervene will in the end depend on no clear doctrine, but on a general understanding that things must not be allowed to get out of hand. How widespread, how deep, how harmful and how infectious are bad cultural attitudes, will ultimately be the decider.

Neither the Archbishop nor Lord Phillips do any service to public policy by seeming to encourage a recourse to religious rulebooks that runs against the modern British grain.

It made me sad to note that Lord Phillips began his speech by describing his maternal grandparents’ arrival in Britain in 1903, Sephardic Jews who eloped from Alexandria and their families’ attitudes “because they understood that England was a country in which they would enjoy freedom”. How fortunate that the attitudes they were escaping did not pursue them here with “voluntary” codes pushed forward by a “shared” culture whose compelling nature is more insidious in reality than it seems in law.

julio 11, 2008 Publicado por | multiculturalismo, Reino Unido | Dejar un comentario

The Sharia debate: we can’t all be equal under different laws

By Matthew Parris (THE TIMES, 05/07/08):

Sneakily, Britain’s first Muslim Minister, Shahid Malik, has ducked the critics that he will enrage in an interview to be broadcast on Channel 4’s Dispatches programme on Monday.

Knowing that the phrase he uses to describe the situation of British Muslims – “the Jews of Europe” – will make the headlines, he has put it in the mouths of others. “If you ask Muslims today what do they feel like,” he says, “they feel like the Jews of Europe.” He does not say if he thinks that they are right.

I’ll respond in the Malik method. If you asked most non-Muslims what they feel about the suggestion, they would say that it was disgraceful, outrageous and insulting.

Mr Malik’s assessment of how some British Muslims feel may be accurate; but they are wrong. Race is not the issue. Unless we face up honestly to the incompatibilities between aspects of the ways of life of some (not all) Muslim groups in Britain, and the British mainstream culture, we shall find ourselves babbling about racism when the issue has less to do with race than with culture.

That is why I thought the Lord Chief Justice, Lord Phillips of Worth Matravers, in a careful speech at the East London Muslim Centre on Thursday, slid too quickly over the trickiest parts of his argument. He was discussing the application of Sharia in England and Wales.

The speech has been variously reported as anything from a gentle warning to cultural separatists within Islam, to a craven endorsement of the compromising speech about Sharia made by Dr Rowan Williams, the Archbishop of Canterbury, last year. Lord Phillips took as his theme and title Equality Before the Law. This was shrewder than it was brave.

“Equality” is a dummy concept in the philosophy of law. Here it allowed both speaker and audience to overlook real differences between them, because everyone is in favour of equality. But Lord Phillips was wrong to say that only recently has English law developed a respect for equality. Common Law and Statute have always regarded everyone as “equal before the law”, but depending on who and what you are and what you’ve done, your rights may differ. A cat burglar and a householder are not equal before the law. An under-age teenager and an adult, a British citizen and an illegal immigrant, are not equal. An in-catchment-area and out-of-catchment-area parent are not (in their children’s access to a local school) equal. It’s all a question of category; the categories of citizen that our laws create do and must create differences – inequalities – in the rights of individuals.

The only interesting question is whether these inequalities are fair and in the public interest. This must depend on moral and cultural standpoints, which change over time. The argument about “equality” for (say) women who wanted the right to vote, gays who want the right to marry, slaves who wanted to be free, or convicted paedophiles who want the right to be considered for employment in children’s homes, has only and always been about the suitability of these categories to enjoy the rights urged for them; not whether the law should be “equal”.

No more than English law does even the most brutal Sharia advocate “inequality”. It simply reflects a cultural belief that women are different. Lord Phillips ducked that by taking equality as his theme.

He ducked again by denying that Dr Williams had said anything surprising. He reminded his audience (as Dr Williams had) that it is possible under English law for groups to agree on whatever rulebook (or adjudicator) they like, and that Sharia cannot be excluded from the available range of rulebooks.

That apparently bland reminder steers round some serious difficulties about jurisdictions-within-a-jurisdiction. The key paragraph in Lord Phillips’s speech is this: “A point that the Archbishop was making was that it was possible for individuals voluntarily to conduct their lives in accordance with Sharia principles without this being in conflict with the rights guaranteed by our law. To quote him again ‘the refusal of a religious believer to act upon the legal recognition of a right is not, given the plural character of society, a denial to anyone inside or outside the community of access to that right’.”

There are two statements here, both doubtful. It is by no means certain that a group of individuals may voluntarily conduct themselves according to Sharia without breaking English law. It depends what Sharia says. We are not free under English law to agree (however willingly) to break English law. We may not agree to discriminate on racial or (usually) on religious grounds against third parties or even each other. A woman may not agree to accept diminished employment rights. We may not agree to punish each other (as elsewhere Phillips acknowledges) unlawfully. Without a clear account of what Sharia demands, Lord Phillips cannot know.

But the second claim that Lord Phillips endorses is more dangerous. Decoded, Dr Williams is saying that in a multicultural society it is fine for people within a culture to agree not to exercise certain rights, even if English law would allow them to.

This is a charter for male dominance. It’s a charter for cultural bullying; for peer-group pressurising; for self-oppression. It’s a charter against women and teenagers who cannot make wholly free choices because they have nowhere else to go; a charter against individuals whose circumstances have made it difficult to think outside the cultural box; a charter for discreet duress. I am sorry to hear the Lord Chief Justice endorsing it.

Public policy in Britain, however cloudy a thing, goes wider than law but informs the law and lawmaking. Make no bones about what 21st-century British public policy thinks of arranged marriage, the subjection and seclusion of women, unequal divorce and property arrangements within marriage, preaching hatred against apostasy, or the ostracising of homosexuals.

Public policy dislikes these things. Sometimes the State legislates to discourage them. Sometimes the State stands back.

Whether or when to intervene will in the end depend on no clear doctrine, but on a general understanding that things must not be allowed to get out of hand. How widespread, how deep, how harmful and how infectious are bad cultural attitudes, will ultimately be the decider.

Neither the Archbishop nor Lord Phillips do any service to public policy by seeming to encourage a recourse to religious rulebooks that runs against the modern British grain.

It made me sad to note that Lord Phillips began his speech by describing his maternal grandparents’ arrival in Britain in 1903, Sephardic Jews who eloped from Alexandria and their families’ attitudes “because they understood that England was a country in which they would enjoy freedom”. How fortunate that the attitudes they were escaping did not pursue them here with “voluntary” codes pushed forward by a “shared” culture whose compelling nature is more insidious in reality than it seems in law.

julio 11, 2008 Publicado por | multiculturalismo, Reino Unido | Dejar un comentario

>La opción de llevar pañuelo

>

Por Ndeye Andújar, vicepresidenta de la Junta Islámica Catalana (EL PERIÓDICO, 01/07/08):

Hace unos días, la ministra de Igualdad, Bibiana Aído, hizo unas declaraciones polémicas en la jornada parlamentaria sobre el papel de las mujeres en la Alianza de Civilizaciones. Según la ministra, las prácticas culturales que vulneran los derechos humanos o que discriminan a las mujeres “no tienen por qué ser protegidas”. Como musulmana y española, comparto totalmente esa postura: no se pueden proteger los matrimonios forzosos, la mutilación genital femenina, el enclaustramiento de las mujeres y tantas otras prácticas abominables que atentan contra los derechos humanos y son claramente antiislámicas. Los musulmanes tenemos la responsabilidad ética y moral de denunciar públicamente la manipulación que se hace del islam.

UNA COSA es la cultura y otra, la religión. No basta con pensar que eso es una obviedad, sino que debemos alzar la voz para acallar a los que utilizan el islam para mantener el patriarcado, las desigualdades sociales y económicas y todo tipo de discriminaciones. Pero en su denuncia, la ministra se refería concretamente al uso del pañuelo por parte del colectivo musulmán: “En nuestro país, los hombres árabes o musulmanes pueden vestir al modo occidental porque su cultura no les exige que lleven ningún símbolo. Las mujeres, sin embargo, llevan vestidos largos que les tapan el cuerpo y también un pañuelo sobre la cabeza que les cubre el cabello”.

Si analizamos con detenimiento sus palabras, nos damos cuenta de que hay bastantes cosas que chirrían.
Lo primero que salta a la vista es que identifica a los musulmanes con los extranjeros (los árabes), lo que crea una fractura entre la nacionalidad y las creencias religiosas, además de reproducir ciertos estereotipos. ¿Qué significa vestir al modo occidental? ¿Visten igual una anciana, una campesina, una ejecutiva, una monja, una top model y una rapera? ¿Cuál es la cultura de los musulmanes? ¿La malaya, la marroquí, la española, la afgana? ¿Todas las musulmanas llevan pañuelo y ropas largas? Es un error pretender que existe por un lado una cultura occidental y por otro una cultura islámica porque se confunde el territorio con las creencias o, lo que es peor, se presentan como dos bloques monolíticos y antagónicos.
Muchos hombres musulmanes inmigrantes también visten según su cultura de origen, algo que no podemos criticar y que da colorido a nuestra sociedad, ayudándonos a salir de una larga historia de imposiciones y de monolitismo cultural.
Las razones para llevar el pañuelo son múltiples: no son solo culturales, sino también políticas, sociales y religiosas. Pero eso no significa que los hombres impongan su uso necesariamente. Identificar el pañuelo con un símbolo de sumisión supone obviar esas múltiples motivaciones.
La ministra de Igualdad tampoco ha tenido en cuenta al colectivo de mujeres musulmanas españolas ni a las futuras generaciones que son y serán de cultura española. Si aceptamos que el uso del pañuelo tiene que ver únicamente con una práctica extranjera, entonces consideramos que las musulmanas que lo llevan son eternas extranjeras. Es algo que tarde o temprano creará tensiones. ¿Es compatible ser musulmana con pañuelo y española? Ni la sociedad ni el Estado deberían obligar a nadie a elegir.
El Estado no debería aplicar una política demasiado intervencionista en cuestiones que atañen a las elecciones personales de los ciudadanos. Legislar sobre la vestimenta de las mujeres es, en sí, una paradoja: se asume erróneamente que a todas se les impone el uso del pañuelo y por ello se impone a su vez que se descubran el pelo. El problema no es el pañuelo, es la imposición.
El Estado no debe contribuir a la demonización de las mujeres musulmanas, muchas de las cuales se ven sometidas a una triple discriminación (como inmigrantes, como mujeres y como musulmanas). En vez de atacar a las mujeres más desfavorecidas de la sociedad, lo que debería hacer un ministerio que se preocupase realmente por la igualdad es ayudar a mejorar su situación. En vez de repetir estereotipos negativos, lo que debería hacer es defenderlas de las discriminaciones y de los ataques que sufren a causa de su religión. Debería apoyar las iniciativas a favor de la igualdad de los sexos dentro del islam, ya que entran de lleno en los objetivos de la Alianza de Civilizaciones. Es el trabajo de las llamadas feministas islámicas, un trabajo que se ha hecho visible gracias a los congresos internacionales de Feminismo Islámico que la Junta Islámica Catalana lleva organizando desde 2005.

ES UNA LÁSTIMA que lo único que trascendiera de esa jornada fuera la polémica en torno al pañuelo. Poco sabemos sobre cuál es el papel real de las mujeres en la Alianza de Civilizaciones. Tampoco sabemos cuántas mujeres musulmanas participan en este proyecto, cuántas han sido consultadas y qué poder de decisión tienen en general. Las organizaciones feministas musulmanas que trabajan por la igualdad de género así como los y las intelectuales musulmanes que abogan por los derechos humanos y la democracia, deberían formar parte integrante de la Alianza de Civilizaciones si no queremos que sea un escaparate muy bonito, pero vacío.

julio 10, 2008 Publicado por | multiculturalismo, símbolos religiosos | Dejar un comentario

La opción de llevar pañuelo

Por Ndeye Andújar, vicepresidenta de la Junta Islámica Catalana (EL PERIÓDICO, 01/07/08):

Hace unos días, la ministra de Igualdad, Bibiana Aído, hizo unas declaraciones polémicas en la jornada parlamentaria sobre el papel de las mujeres en la Alianza de Civilizaciones. Según la ministra, las prácticas culturales que vulneran los derechos humanos o que discriminan a las mujeres “no tienen por qué ser protegidas”. Como musulmana y española, comparto totalmente esa postura: no se pueden proteger los matrimonios forzosos, la mutilación genital femenina, el enclaustramiento de las mujeres y tantas otras prácticas abominables que atentan contra los derechos humanos y son claramente antiislámicas. Los musulmanes tenemos la responsabilidad ética y moral de denunciar públicamente la manipulación que se hace del islam.

UNA COSA es la cultura y otra, la religión. No basta con pensar que eso es una obviedad, sino que debemos alzar la voz para acallar a los que utilizan el islam para mantener el patriarcado, las desigualdades sociales y económicas y todo tipo de discriminaciones. Pero en su denuncia, la ministra se refería concretamente al uso del pañuelo por parte del colectivo musulmán: “En nuestro país, los hombres árabes o musulmanes pueden vestir al modo occidental porque su cultura no les exige que lleven ningún símbolo. Las mujeres, sin embargo, llevan vestidos largos que les tapan el cuerpo y también un pañuelo sobre la cabeza que les cubre el cabello”.

Si analizamos con detenimiento sus palabras, nos damos cuenta de que hay bastantes cosas que chirrían.
Lo primero que salta a la vista es que identifica a los musulmanes con los extranjeros (los árabes), lo que crea una fractura entre la nacionalidad y las creencias religiosas, además de reproducir ciertos estereotipos. ¿Qué significa vestir al modo occidental? ¿Visten igual una anciana, una campesina, una ejecutiva, una monja, una top model y una rapera? ¿Cuál es la cultura de los musulmanes? ¿La malaya, la marroquí, la española, la afgana? ¿Todas las musulmanas llevan pañuelo y ropas largas? Es un error pretender que existe por un lado una cultura occidental y por otro una cultura islámica porque se confunde el territorio con las creencias o, lo que es peor, se presentan como dos bloques monolíticos y antagónicos.
Muchos hombres musulmanes inmigrantes también visten según su cultura de origen, algo que no podemos criticar y que da colorido a nuestra sociedad, ayudándonos a salir de una larga historia de imposiciones y de monolitismo cultural.
Las razones para llevar el pañuelo son múltiples: no son solo culturales, sino también políticas, sociales y religiosas. Pero eso no significa que los hombres impongan su uso necesariamente. Identificar el pañuelo con un símbolo de sumisión supone obviar esas múltiples motivaciones.
La ministra de Igualdad tampoco ha tenido en cuenta al colectivo de mujeres musulmanas españolas ni a las futuras generaciones que son y serán de cultura española. Si aceptamos que el uso del pañuelo tiene que ver únicamente con una práctica extranjera, entonces consideramos que las musulmanas que lo llevan son eternas extranjeras. Es algo que tarde o temprano creará tensiones. ¿Es compatible ser musulmana con pañuelo y española? Ni la sociedad ni el Estado deberían obligar a nadie a elegir.
El Estado no debería aplicar una política demasiado intervencionista en cuestiones que atañen a las elecciones personales de los ciudadanos. Legislar sobre la vestimenta de las mujeres es, en sí, una paradoja: se asume erróneamente que a todas se les impone el uso del pañuelo y por ello se impone a su vez que se descubran el pelo. El problema no es el pañuelo, es la imposición.
El Estado no debe contribuir a la demonización de las mujeres musulmanas, muchas de las cuales se ven sometidas a una triple discriminación (como inmigrantes, como mujeres y como musulmanas). En vez de atacar a las mujeres más desfavorecidas de la sociedad, lo que debería hacer un ministerio que se preocupase realmente por la igualdad es ayudar a mejorar su situación. En vez de repetir estereotipos negativos, lo que debería hacer es defenderlas de las discriminaciones y de los ataques que sufren a causa de su religión. Debería apoyar las iniciativas a favor de la igualdad de los sexos dentro del islam, ya que entran de lleno en los objetivos de la Alianza de Civilizaciones. Es el trabajo de las llamadas feministas islámicas, un trabajo que se ha hecho visible gracias a los congresos internacionales de Feminismo Islámico que la Junta Islámica Catalana lleva organizando desde 2005.

ES UNA LÁSTIMA que lo único que trascendiera de esa jornada fuera la polémica en torno al pañuelo. Poco sabemos sobre cuál es el papel real de las mujeres en la Alianza de Civilizaciones. Tampoco sabemos cuántas mujeres musulmanas participan en este proyecto, cuántas han sido consultadas y qué poder de decisión tienen en general. Las organizaciones feministas musulmanas que trabajan por la igualdad de género así como los y las intelectuales musulmanes que abogan por los derechos humanos y la democracia, deberían formar parte integrante de la Alianza de Civilizaciones si no queremos que sea un escaparate muy bonito, pero vacío.

julio 10, 2008 Publicado por | multiculturalismo, símbolos religiosos | Dejar un comentario

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